El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Décima parte. Un nuevo comienzo
Capítulo 38. El cristianismo en formación
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Prólogo al tomo III
Con
este tomo (el tercero) llego al final de mi intento de describir el
cristianismo en sus comienzos. El año 70 representó un tiempo idóneo
para concluir el tomo II, dado que la primera generación del cristianismo (años
30-70) había sido decisiva en conseguir que el influjo de Jesús trascendiera el
círculo inmediato de los discípulos de Jesús y las fronteras del antiguo
Israel. La destrucción de Jerusalén por las legiones romanas constituyó
ciertamente un punto de inflexión de importancia máxima, tanto para la
comunidad fundadora del cristianismo (la jerosolimitana) como para la
religión donde este había tenido su origen, el judaísmo. Pero la mayoría de los
escritos del Nuevo Testamento se compusieron probablemente en el período subsiguiente
a ese acontecimiento tan trascendental. El año 70, en efecto, marcó la
transición desde los dirigentes cristianos de la primera generación -Santiago,
Pedro y Pablo- a una segunda generación de líderes todavía importantes, como
Clemente e Ignacio. Además, los asuntos e intereses empezaban a orientarse
hacia las cuestiones más diversas y complejas que configuraron las primeras
iglesias. Es entonces cuando inesperadamente entra en escena el último apóstol
de la primera generación (Juan). Pero con Justino Mártir, con los retos
planteados por Valentín y Marción, y con la consolidación proporcionada por
Ireneo en particular, se hace evidente qué estaba deviniendo el cristianismo y
cuáles eran las características que se consolidarían y cobrarían forma en las
décadas siguientes. Por más que hubiera sido atractivo continuar nuestro
estudio para adentrarnos en Tertuliano y Orígenes, o incluso en Cipriano y más
allá, el núcleo del cristianismo había quedado forjado en los primeros ciento
cincuenta años, y lo que siguió fue, en considerable medida, solo desarrollo de
lo que había quedado establecido en aquel período de inicio o de cimentación.
Tardé
en decidir qué título dar a este tomo. Inicialmente, mis preferencias se
decantaban por Tertium genus, una expresión tomada de la obra de
Tertuliano Ad nationes (1.8), y bastante empleada. Representa bien la
sensación, compartida por los cristianos y sus oponentes al comienzo del siglo
II, de que, en el curso de los últimos cien años aproximadamente (considerados
en el presente tomo), el cristianismo había surgido como una fuerza con su
propio carácter distintivo, casi como una "tercera raza", que se
diferenciaba no solo del sistema religioso grecorromano, imperante en la época,
sino también del judaísmo, en el que había tenido su cuna. Pero al final opté
por el título menos oscuro de Ni judío ni griego, tomado de Pablo
(Gal 3,28), con buen fundamento en la superación de distinciones
y fronteras y en la "nueva creación" que ya había percibido Pablo en
la primera generación del movimiento cristiano (2 Cor 5,17) y que
se hizo más patente a lo largo del siglo segundo.
Los
tomos I (Jesús recordado) y II (Comenzando desde Jerusalén) se
habían publicado ya con un espacioso intervalo de seis años (2003 y 2009).
Completar la trilogía ha sido mi preocupación principal como escritor en la
segunda fase de mi jubilación desde que, tras sufrir yo una importante crisis
de salud, se hizo evidente que mi esposa (Meta) y yo debíamos dejar
Durham, en el noroeste de Inglaterra, para vivir más cerca de nuestros hijos,
en el sur. De ahí que ahora tengamos nuestra casa en Chichester, en la costa meridional
inglesa (¡no precisamente un castigo para unos escoceses, esto de vivir tan al
sur de nuestra hermosa tierra!). Habiendo tenido que reducir mi biblioteca de 7.000
a 3.000 volúmenes, pude al menos conservar a mano los libros
adecuados para esta etapa final. Pero llegó un momento en que, al no bastar las
existencias de mi biblioteca, tuve la decepcionante experiencia de que los re
cursos bibliotecarios en la costa sur no cubrían ni mucho menos mis
necesidades. Por fortuna, gracias a Richard Burridge, el King's College de
Londres (KCL) vino en mi ayuda y me otorgó amablemente la posición de profesor
invitado. Esto me proporcionó el muy ventajoso acceso a la Biblioteca Maughan,
así como buenas relaciones con el claustro del KCL. El apoyo de Eddie Adams fue
particularmente apreciado (¡y no digamos cuando el Metro de Londres quedó
paralizado por una huelga!), así como la supervisión y crítica profesora! de
Joan Taylor. También me resultaron muy valiosas las conexiones con Oxford (Cambridge
me quedaba demasiado lejos), donde conté especialmente con la ayuda de Markus
Bockmuehl y David Lincicum, con la hospitalidad del obispo John Pritchard y su
esposa, Wendy, y con la ventaja de la gran Biblioteca Bodleiana. Voluntarios
del Keble College (Oxford) y del KCL participaron en una serie de seminarios en
los que los textos provisionales de estos capítulos proporcionaron el
principal tema de debate (para inmenso beneficio del segundo borrador).
Matthew Thomas fue especial mente útil con una serie de comentarios, y lo
mismo digo de Anna Grojinowski, Piotr Ashwin-Siejkowski y Graham Stevenson.
Como
de costumbre, una ronda de lecciones y conferencias me brindó la oportunidad de
presentar mis ideas en desarrollo y obtener provecho de res puestas y
críticas. Entre los temas tratados cabe mencionar en particular:
•
"El Evangelio de Juan y la tradición evangélica oral':
• "¿Cómo abordó Mateo la composición de su Evangelio?':
• "Los primeros intérpretes de la tradición de Jesús: un estudio de
hermenéutica temprana':
• "El desarrollo y expansión del cristianismo en los tres primeros siglos de
nuestra era. Cómo y por qué se expandió el cristianismo embrionario no solo
entre el pueblo judío':
• "Tertuliano y Pablo, respecto al espíritu de profecía':
Los
datos completos se encuentran en la bibliografía ofrecida al final de este
libro.
La
primera redacción provisional del presente tomo también se benefició enormemente
de los comentarios y la crítica de varios amigos y colegas que respondieron a
mi petición de una lectura crítica de los borradores correspondientes a los
capítulos iniciales. Chris Tuckett, Simon Gathercole, Helen Bond, Bruce Longenecker
y Graham Stevenson me aportaron mucho ánimo. Bob Morgan y William Baird
criticaron algunos capítulos, y Karl-Wilhelm Niebuhr, Jens Schröter y Michael
Wolter hicieron lo mismo con varios más. Uli Luz envió extensas cartas llenas
de observaciones agudas, y Paul Trebilco leyó y analizó cada capítulo, en una
verdadera muestra de supererogación. En su generosidad, todos ellos se tomaron
muy en serio la tarea de ayudarme, profundizando en los textos, formulando
preguntas perspicaces, señalando desaciertos (¡y algunos aciertos!) en el
borrador y recomendando una nueva revisión. El tomo resultante tiene una
consistencia que yo no habría podido lograr solo con mis propias fuerzas, y estoy
muy agradecido a todos los que han contribuido a dársela.
La
sensación de que más o menos estaba ya cumplida la tarea que yo me había
propuesto, y la percepción de que siempre me quedarían importantes artículos y
libros por leer y aprovechar, me llevaron a inferir que debía correr el riesgo
de dar de lado textos verdaderamente significativos, capaces de in fluir en
mis conclusiones en un sentido o en otro.
Por
eso, con la idea de ver mi escritorio desembarazado del manuscrito a tiempo
para unas buenas vacaciones de verano, y con un suspiro de alivio por haber
llevado este proyecto de quince años a (lo que espero sea) una exitosa
conclusión, quiero decir adiós a las grandes empresas de mi carrera de investigador
y dedicarme más a mis responsabilidades y placeres como marido, padre y abuelo.
Eso, sin olvidar los goces de la amistad y las oportunidades y retos de algunas
predicaciones, conferencias y eventuales contribuciones a publicaciones en
honor de colegas míos, y sin olvidar tampoco los trabajos manuales y la
jardinería en casa. ¡Y luego están todas esas novelas que he comprado a lo
largo de los años y que tengo aún por leer!
Estoy
sumamente agradecido a quienes me han ayudado en la fase final del proceso, la
de mayor apremio. Ellen Steinke y Ronald "Charlie" Hurlocker,
graduados por la Escuela de Teología y Ministerio de la Universidad Wesleyana
de Indiana, desarrollaron el trabajo principal con la creación de los índices
de autores y de fuentes antiguas, dirigidos por Ken Schenk, uno de mis
estudiantes posgraduados de años anteriores. Y gracias asimismo a John Simpson
y a todos los que en la Editorial Eerdmans contribuyeron al proceso de
convertir el manuscrito en un tomo publicado.
Pero
no puedo terminar sin expresar mi gratitud al Señor, por la gracia de haberme
sostenido a lo largo de mi carrera, y a mi mujer, Meta, quien con su aliento y
su crítica me ha prestado un inestimable apoyo durante más de cincuenta años (celebramos
nuestras bodas de oro en 2013). Puesto que el primer tomo del Cristianismo
en sus comienzos se lo dediqué a ella, y el segundo a nuestros queridísimos
hijos, Catrina, David y Piona, el tomo III está dedicado, naturalmente, a
nuestros maravillosos nietos: Hannah, Tijs, Julia, Barney, Sam, Megan y Alfie.
Como se puede ver, ¡no había necesidad ni justificación de un cuarto tomo!
JAMES
D. G. DUNN
Julio
de 2014
Capítulo 38. El cristianismo en formación
38.1.
Introducción
La
ejecución de los tres grandes dirigentes de la primera generación
cristiana
—Santiago, Pablo y Pedro— a comienzos de los años sesenta del siglo I,
junto
con la destrucción de la iglesia madre de Jerusalén y de la propia
ciudad en el
año 70, supuso para el cristianismo naciente un golpe casi tan
desastroso como
lo había sido la ejecución de Jesús. La forma inicial del movimiento,
la secta
renovadora mesiánica del judaísmo del Segundo Templo representada por
Santiago
y los creyentes de Judea, sufrió un revés devastador del que nunca se
recuperó
del todo. Sin embargo, el movimiento en desarrollo, ya bien establecido
en
Siria y en expansión por las ciudades del cuadrante nordeste del
Mediterráneo,
estaba suficientemente consolidado y a suficiente distancia de la
catástrofe de
Israel/Palestina como para conservar su poder de atracción y seguir
creciendo.
La tradición de Jesús y el evangelio de su muerte y resurrección eran
aún
recientes, y había todavía bastantes discípulos de la primera
generación
activos en las iglesias para que el carácter impreso por Jesús
permaneciera
indeleble en el núcleo del movimiento y le proporcionara una motivación
continua de gran fuerza.
De
hecho, fue tras el desastre del año 70, y hasta bastante avanzado el
siglo II,
cuando se afianzaron los marcadores de identidad y las estructuras que
darían
al movimiento de Jesús su peculiaridad y su creciente atractivo en los
siglos
siguientes. Antes del 70, pese a su expansión entre personas no judías
dentro
del Imperio romano, el movimiento centrado en el Mesías/Cristo Jesús no
había
dejado de ser, esencial y legalmente —e incluso en el pensamiento de
sus
líderes—, una secta de la religión nacional de los judíos. Aún no era
«cristianismo»: como entidad distintiva, no recibió ese nombre hasta la
segunda
década del siglo II. Por eso el período comprendido entre las dos
rebeliones
judías (66-73 y 132-135), y los años subsiguientes, resultó crítico
para la
redefinición del judaísmo que esas calamidades hicieron necesaria y
para los
primeros intentos de redefinir el «cristianismo», sobre todo en su
relación con
el judaísmo del que había nacido. Otras evoluciones religiosas, en
parte
estimuladas por el mismo surgimiento del cristianismo —en especial
cuanto se
sitúa bajo la rúbrica del gnosticismo—, exigieron también un cuidadoso
análisis
de las disparidades internas del cristianismo. No debe suponerse que el
cristianismo emergente fuera un movimiento único y perfectamente
trabado. Desde
dentro y desde fuera se les planteaba a sus teólogos y líderes la
pregunta:
«¿Qué es el cristianismo y cuáles son sus características distintivas y
definitorias?».
La
tarea de este tercer tomo es más ardua que la de los anteriores, no
solo por la
diferencia en los espacios de tiempo —tres años para Jesús recordado,
unos
cuarenta para Comenzando desde Jerusalén, frente al siglo largo de esta
fase—,
sino porque carecemos de una guía para investigar esos cien años. En
Jesús
recordado los Evangelios sinópticos ofrecían un material coherente y
relativamente limitado, con una estructura para el análisis. En
Comenzando
desde Jerusalén, la narración de Lucas en los Hechos y las cartas de
Pablo
permitían componer una sola historia. Pero ahora no tenemos un Lucas
que nos
guíe ni unos Hechos de los que partir. Las referencias que proporciona
Eusebio
en el siglo IV, aunque valiosas, son demasiado remotas, fragmentarias y
anacrónicas
para ofrecer una ayuda equivalente. Los demás escritos del Nuevo
Testamento
concretan poco sobre su propio origen y son difíciles de conectar entre
sí, a
diferencia de lo que ocurre con los Evangelios o con la relación entre
los
Hechos y las cartas paulinas. Los escritos cristianos conservados nos
ofrecen
solo imágenes episódicas del período, y las aportaciones de la
tradición
rabínica, de otros escritos judíos y judeocristianos y de los
documentos
gnósticos son cuestionadas en casi cada punto.
¿Cómo
llevar adelante la tarea? En cierto modo es una suerte que haya habido
pocos
intentos de escribir una historia del cristianismo en formación durante
este
período. Los especialistas en el Nuevo Testamento se han limitado por
lo
general a él y a su contexto inmediato, mientras que muchos estudiosos
de la
«Iglesia primitiva» han empezado sus tratamientos al final del período
neotestamentario, centrándose en el siglo II y posteriores. Esto
tropieza con
que algunos escritos tempranos de la Iglesia son anteriores a los del
Nuevo
Testamento, por lo que ese período de solapamiento merece mayor
atención.
Además, un especialista en el Nuevo Testamento no puede desentenderse
del
efecto y la influencia que esos escritos ejercieron hasta acabar siendo
reconocidos como «canónicos», es decir, de su «recepción». No es
aceptable
suponer que la «edad apostólica» fue un período ideal y puro al que
siguió otro
de decadencia «subapostólica».
Una
línea de reflexión similar señala el final más lógico para este
análisis:
Ireneo. Con él quedó establecido efectivamente el canon de los cuatro
Evangelios; fue él quien hizo lo necesario para que las sectas
gnósticas no se
apropiaran de los dos autores más destacados del Nuevo Testamento, Juan
y
Pablo, sino que se reconocieran como determinantes para la corriente
principal
del cristianismo. Con Ireneo, los conflictos externos con las sectas
gnósticas
y judeocristianas alcanzaron un punto crítico, y fue él quien reaseguró
el
carácter del cristianismo subsistente más allá de esas pugnas. Como
primer
«teólogo bíblico» genuino, Ireneo constituye un lugar natural de
detención, y
en él culminará nuestro estudio.
Pero
¿cómo llegar desde el final de la primera generación hasta Ireneo, del
año 70
al 180? Intentos anteriores han permitido ver que el camino puede
hallarse en
una o más de las perspectivas siguientes: el surgimiento de los rasgos
distintivos del cristianismo —el canon, el credo, el rito y el
episcopado, esto
es, la aparición de la Iglesia católica antigua o «catolicismo
primitivo»—; la
creciente separación del cristianismo respecto al judaísmo, con la
divergencia
de las sectas judeocristianas; la helenización del cristianismo y la
divergencia del cristianismo gnóstico; y la atención prioritaria, por
turnos, a
los grandes centros del cristianismo: Antioquía, Éfeso, Roma, etc. Un
breve
examen de estas perspectivas aclara el carácter conflictivo del
material y
ofrece orientación para el trabajo posterior.
38.2.
El surgimiento de la gran Iglesia
La
publicación de la Historia eclesiástica de Eusebio (hacia 311-325)
coincidió
aproximadamente con el acuerdo constantiniano que estableció el
cristianismo
como la religión preferida del Imperio. Quedó así fijado el patrón para
contar
la historia del establecimiento del cristianismo: una historia narrada
desde la
perspectiva de los vencedores, tras varias generaciones de conflicto y
persecución. Se habla de una Iglesia cuyas estructuras, según Eusebio,
estaban
claras desde el principio, lo que le permitió resistir y acabar
imponiéndose.
El principal objetivo de Eusebio era instituir el principio de la
sucesión
apostólica: los sucesores de los apóstoles y la sucesión de los obispos
en las
sedes principales, clave del éxito de la Iglesia.
Eusebio
inauguró así la visión triunfalista de los comienzos del cristianismo,
en la
que el historiador entiende su tarea como narrar la historia de lo que
se
convirtió en las características de la Iglesia victoriosa y, por
implicación,
en las razones de su éxito. Las líneas maestras de la Iglesia posterior
aparecen conectadas con los mismos comienzos: Santiago, el hermano de
Jesús,
habría sido el primer elegido para el trono episcopal de Jerusalén; la
sucesión
apostólica quedó establecida desde el principio en Roma, con Lino como
primer
sucesor de Pedro y Clemente como tercer obispo; y el primer obispo de
Atenas
podría identificarse con el Dionisio de Hechos 17,34. Ni siquiera se
consideraron las cuestiones de si el título «obispo» había surgido ya
en esas
plantaciones iniciales ni si resultaba apropiado para la manera en que
la
dirección de la Iglesia se había concebido y ejercido originalmente. En
cuanto
a los competidores por la herencia de Jesús, nunca pudieron haber sido
parte de
la gran Iglesia: el que discrepa de nosotros no puede ser uno de
nosotros.
Esta
ha sido la visión predominante de los comienzos del cristianismo a lo
largo de
los siglos, partiendo de la suposición de que lo que sucede ahora ha
sucedido
siempre. Siguiendo a Eusebio, se ha pensado que siempre existió el
triple
ministerio de diácono, sacerdote y obispo, que en el meollo del
ministerio
cristiano siempre estuvo el sacerdocio y que la eucaristía fue siempre
como es.
El principal interés histórico se ha dirigido a determinar cómo y
cuándo surgió
el obispo de carácter monárquico. Los indicios de que los cristianos de
primera
generación no reconocían un orden especial de sacerdotes, y de que la
Carta a
los Hebreos consideraba tal orden obsoleto y perteneciente a la antigua
alianza
superada, resultaban embarazosos, pero en gran medida se pasaron por
alto.
Igualmente pudo ignorarse que la reaparición de los sacerdotes
sacrificadores
estuvo acorde con lo que todo el mundo consideraba característico de la
religión, así como la opinión de Lightfoot de que, cuando en el siglo
II se
introdujo un orden de sacerdocio, se entendió inicialmente que los
sacerdotes
representaban el sacerdocio de la comunidad creyente y no el de Cristo.
De
ahí que difícilmente se tomaran en consideración las posibilidades de
que los
comienzos de la eucaristía tuvieran que ver sobre todo con las comidas
compartidas de Jesús y de los primeros cristianos, ni de que la
limitación del
rito a un poco de pan ácimo y un sorbo de vino hubiera hecho perder
algo
esencial de la Cena del Señor. Posturas similares han caracterizado las
investigaciones tradicionales. La apostolicidad pasó a ser el factor
determinante del reconocimiento de autoridad canónica: la autoría de
los
apóstoles o de sus compañeros cercanos (Marcos y Lucas) establecía la
canonicidad. Como pudo hacerse ver que incluso Hebreos o 2 Pedro
procedían de
un apóstol, acabaron siendo aceptados, mientras que Clemente e Ignacio
no
pasaron la prueba. Aunque el alcance y los contenidos del canon no
quedaron
resueltos hasta tres siglos después, lo verdaderamente importante fue
el
vínculo con el tiempo sagrado de los comienzos, la voz inicial aún
determinante. Todo ello a pesar de que esos documentos evidencian
desacuerdos
en numerosas cuestiones, mientras que una lectura canónica no declarada
hacía
que en ellos sonara una voz común acorde con las prioridades de los
eclesiásticos de los siglos III y IV. Todavía hoy el cristianismo
ortodoxo no
conoce otra manera de leer los escritos neotestamentarios que a través
de los
Padres y en sintonía con ellos.
Lo
mismo cabe decir de las confesiones credales. Se acepta sin discusión
que
fueron formuladas por los concilios ecuménicos, desde Nicea (325) en
adelante,
pero la afirmación implícita en todas ellas es que solo expresan «la
regla de
fe» aceptada desde el principio. También aquí hay poco interés en
afrontar la
posibilidad de que los primeros cristianos funcionaran con diversas
reglas de
fe: una fe compartida en la mayoría de sus postulados fundamentales
acerca de
Jesús, pero entendida y vivida de maneras diferentes. Varios textos
bíblicos
podían interpretarse con naturalidad como apoyo de puntos de vista
divergentes
—por ejemplo, sobre la creación de Sofía y el Logos, o sobre la
resurrección de
la carne—, lo que llevó a verlos como demasiado incómodos para tomarse
en
serio.
En
el cristianismo occidental, la Reforma planteó preguntas punzantes a
una
Iglesia aún medieval, pero los reformadores tendieron a interpretar la
historia
inicial del cristianismo desde su propia perspectiva, buscando en ella
apoyo
para sus reformas. No fue hasta que la Ilustración introdujo un enfoque
más
crítico de las fuentes cuando entraron en juego cuestiones largamente
suprimidas. Con todo, como en Albrecht Ritschl, el objetivo seguía
siendo
establecer «el origen de la antigua Iglesia católica», y la
investigación sobre
los comienzos de la gran Iglesia continuó como preocupación dominante.
Lo
importante es que la Reforma y la Ilustración iniciaron el proceso de
aflojar
la mano firme de la tradición que había controlado la percepción de los
comienzos del cristianismo. Los pioneros de la Historia de las
Religiones
relajaron la concentración en la doctrina y el dogma, y William Wrede
aflojó la
mano controladora del canon neotestamentario.
El
historiador debe prestar tanta atención a los documentos no integrados
en el
Nuevo Testamento como a los que sí lo están, puesto que el Nuevo
Testamento ha
desempeñado un papel monopolístico en la determinación de las fechas y
los
acontecimientos. No fue hasta muy entrado el siglo XX, con el estudio
de Walter
Bauer sobre ortodoxia y herejía en el cristianismo primitivo, cuando se
impugnó
decisivamente el modo tradicional de considerar las fechas y se
pusieron en
cuestión los presupuestos de Eusebio. Bauer combatió precisamente la
suposición
de que primero hubo «ortodoxia» y que la «herejía» siempre llegó
después, como
corrupción de una pureza original que habría caracterizado a todas las
iglesias
de la edad apostólica. Bauer preguntó cuáles fueron las formas
originales del
cristianismo, sobre todo en ciudades sobre las que los Hechos no se
centraron,
como Edesa y Alejandría; si esas formas fueron más heterogéneas de lo
que se
pensaba; si hubo alguna vez una forma «pura»; y si la victoria de la
gran Iglesia
fue menos un triunfo sobre presiones externas que el triunfo de una
facción
sobre otras rivales dentro de las iglesias primitivas. ¿Es esa la razón
de que
las voces que todavía se oyen sean solo las de los Ignacios, los
Justinos y los
Ireneos, mientras las demás fueron silenciadas y sus escritos
destruidos?
El
descubrimiento de los escritos de Nag Hammadi, a mediados de los años
cuarenta
del siglo pasado, hizo que los historiadores cobraran nueva conciencia
de que
muchas voces de los siglos II y III habían sido silenciadas, de que se
habían
perdido numerosos escritos y de que, con un conjunto más
representativo, las
reconstrucciones de los comienzos del cristianismo habrían sido muy
diferentes.
Por su foco en el siglo II, la tesis de Bauer y las preguntas
suscitadas por
los códices de Nag Hammadi entran de lleno en el programa de este tomo:
¿fueron
los comienzos del cristianismo en los diversos centros mediterráneos
mucho más
heterogéneos de lo que dejan ver las referencias tradicionales? ¿Hubo
una línea
recta desde Pablo o Pedro hasta la gran Iglesia, o varias líneas en
distintas
direcciones? ¿Qué era el «cristianismo» surgido en el siglo II y cuánto
se
diferenciaba del que Constantino elevó a religión oficial?
38.3.
Cristianismo y judaísmo
En
la base del cristianismo está su relación con el judaísmo, y ambos
deben
definirse con cuidado para que la afirmación no resulte estérilmente
polémica.
Si por «cristianismo» entendemos el movimiento que comenzó en Jerusalén
en los
años treinta del siglo I, todo lo expuesto en los dos primeros tomos
subraya
que surgió dentro del judaísmo de la primera centuria, inspirado en su
herencia, como muestra que sus Escrituras fueran las de Israel. Y si
por
«judaísmo» nos referimos al del Segundo Templo, es claro que en él
había
diversas prioridades y sectas, entre ellas la de los nazarenos. En
cambio, si
el «cristianismo» del que hablamos es el que tomó su forma distintiva
en el
período patrístico, y el «judaísmo» es el rabínico que comenzó a
perfilarse
tras el año 70, la afirmación se vuelve mucho más problemática. Una
cuestión
fundamental es en qué medida la situación posterior al 70 difiere de la
anterior, tanto respecto al judaísmo como al cristianismo.
Conviene
recordar que no se empezó a hablar de «cristianismo» hasta comienzos
del siglo
II. El término fue acuñado por Ignacio de Antioquía, o al menos usado
por
primera vez por él, pocos años antes del 110 d. C. Y, lo que es más
importante,
en su primera utilización «cristianismo» se empleó en oposición a
«judaísmo».
Irónicamente, se siguió el patrón fijado en la primera formulación del
término
«judaísmo»: así como este se había definido como diferente del
helenismo y
opuesto a él, con «cristianismo» se quería establecer una distinción
frente al
«judaísmo». Como la rebelión macabea había definido de hecho el
judaísmo como
«no-helenismo», Ignacio definió de hecho el cristianismo como
«no-judaísmo».
Este intento de distanciamiento se intensificó a lo largo del período
patrístico y se consolidó en las tradiciones antijudías y antisemíticas
del
cristianismo.
El
punto de partida aquí es la repercusión de F. C. Baur, quien centró de
nuevo la
atención en que el cristianismo había nacido de matriz judía, más
precisamente
del judaísmo del Segundo Templo, convirtiendo ese origen en interés
primordial
de los historiadores. Que Jesús fuera reconocido como el Mesías
esperado por
los judíos, que los primeros creyentes fueran todos judíos y que sus
Escrituras
fueran las del Segundo Templo hacía insoslayable definir el
cristianismo
emergente como distinto del judaísmo. La descripción de Baur careció
algo de
ecuanimidad, sesgada por el tradicional recelo cristiano hacia el
judaísmo, y
la fascinación por el gnosticismo precristiano desvió largo tiempo la
atención
del desafío que dejó a sus sucesores. Pero, desde la Segunda Guerra
Mundial y
la Shoá, intelectuales y dirigentes cristianos han censurado el
antijudaísmo
anterior, lo que ha permitido tratar de nuevo el judaísmo del Segundo
Templo
como matriz del cristianismo. Para nuestro estudio, la cuestión
presenta tres
aspectos: cuándo se produjo la separación entre el cristianismo
emergente y el
judaísmo rabínico; la posición del judeocristianismo en el conjunto del
cristianismo; y el asunto del antisemitismo en los documentos
neotestamentarios.
a.
La separación entre cristianismo y judaísmo
Es
difícil negar que el cristianismo y el judaísmo rabínico tuvieron su
origen en
el judaísmo del Segundo Templo, y aún más evidente que hoy son dos
religiones
distintas y que lo son desde hace siglos. Por ello hay que preguntarse
cuándo y
en qué circunstancias se volvieron distintas. En la primera edición de
The
Partings of the Ways se empleó la forma plural —«separaciones», no
«separación»— para subrayar que el cristianismo no se apartó del
judaísmo
rabínico en un momento y lugar determinados, como si hubiera habido una
sola
«separación de caminos». La disociación entre las dos religiones se
asemejó
mucho más a un proceso, y duró mucho más tiempo del que la mayoría
supone, en
hacerse patente y definitiva. En algunos momentos los desgarros fueron
más evidentes,
y hubo confrontaciones que aceleraron el proceso, pero cabe preguntarse
hasta
qué punto fueron decisivos, finales y universales.
Cabía
concluir que en el siglo II, con la segunda rebelión contra Roma, y
desde luego
al final de esa centuria, podía discernirse una «separación» final. Sin
embargo, la imagen de los dos caminos puede ser excesivamente simple,
pues
implica con demasiada facilidad que se trataba de dos religiones
embrionarias,
cada una entidad homogénea que seguía un solo camino regular a través
de los
diversos contextos del Mediterráneo y el Próximo Oriente; la realidad
sociológica se describe mejor como «un entrecruzamiento de sendas
embarradas».
La «separación de caminos» no debe entenderse como si solo hubiera dos
vías
bien definidas que se bifurcaran en otras dos igualmente nítidas. Había
más
bien varias tendencias dentro de las corrientes más anchas en que se
convirtieron
el judaísmo rabínico y el cristianismo. Con todo, la imagen de los
«caminos» o
«sendas» resulta preferible a la de «trayectorias» —que sugiere
recorridos
predeterminados— o a la de «corriente», que implica una fuerza
irresistible:
las sendas no implican causalidad directa y pueden cruzar un paisaje
donde los
caminantes avanzan sin sentido claro de su destino. La senda realmente
recorrida solo es clara mirando hacia atrás.
Tres
factores ulteriores han recibido un énfasis inadecuado. El primero es
que el
judaísmo rabínico no debe considerarse la única forma de judaísmo con
la que
interactuó el cristianismo emergente. Frente a la teoría antigua y
simplista de
que el judaísmo se hizo rabínico al reconstituirse en Yamnia tras el
año 70,
hoy hay acuerdo creciente en que los rabinos no lograron imponer su
interpretación de la herencia de Israel hasta mucho más tarde,
probablemente
hacia la segunda mitad del siglo IV, cuando el reconocimiento del
cristianismo
como religión oficial aceleró la separación definitiva. El corolario es
que la
mayoría de los judíos de la diáspora occidental durante los dos
primeros siglos
no deben verse estrictamente como parte del judaísmo rabínico, lo que
difumina
las fronteras entre los judíos sin más, los judíos creyentes en Jesús y
los
cristianos, y recuerda que la separación necesitó mucho más tiempo del
que se
ha supuesto.
El
segundo aspecto es que fueron los cristianos, y no los rabinos, quienes
conservaron buena parte de la literatura judía del Segundo Templo y
posterior.
Los cristianos valoraron y trabajaron con documentos como la Ascensión
de
Moisés o los Testamentos de los Doce Patriarcas. Cabe preguntarse si
deben
considerarse adaptaciones cristianas de documentos originariamente
«judíos» o,
más bien, escritos judeocristianos que manifiestan devoción a Jesús sin
renunciar a una autodefinición judía: testimonios de una época en que
los
caminos aún no se habían separado y las definiciones de «judaísmo» y
«cristianismo» todavía estaban tomando forma.
El
tercer aspecto, bien documentado por James Parkes y Marcel Simon, es
que los
líderes cristianos, tan tarde como en el siglo IV, tuvieron que
amonestar
continuamente a sus comunidades acerca de asistir a sinagogas y
observar
fiestas y costumbres judías. Ignacio de Antioquía advirtió contra una
vida
«conforme al judaísmo» y la observancia del sábado; Orígenes atacaba a
quienes
seguían ayunos y fiestas judías; y diversos concilios —Antioquía (341),
Laodicea (hacia 363)— y las Constituciones apostólicas legislaron
contra
celebrar fiestas con judíos, guardar el sábado o comer pan ázimo. La
correspondencia entre Agustín y Jerónimo y las polémicas de Crisóstomo
confirman que muchos cristianos observaban prácticas judías y gozaban
de
respeto en la sinagoga. A tales cristianos se los llamaba nostri
judaizantes,
expresión cuyo nostri revelaba la voluntad de seguir contando con
ellos. Como
observa Simon, se percibe una tradición de judaizar ininterrumpida, que
se
remonta a la época de las cartas a los Gálatas y a los Colosenses.
Esto
indica que, durante los primeros tres o cuatro siglos, los «cristianos
corrientes» no veían el cristianismo y el judaísmo como dos religiones
separadas ni opuestas, de modo semejante a como en el cristianismo no
denominacional actual algunos se sienten libres de asistir a cultos de
distintas denominaciones sin sentirse infieles. Muchos seguían
considerando los
dos caminos como coincidentes en gran parte. La frecuencia de esas
amonestaciones sugiere dos cosas: que la percepción de la coincidencia
parcial
entre judaísmo y cristianismo estaba extendida, y que fueron los
dirigentes
quienes presionaron para establecer una división más clara. Cabe
preguntarse si
eran ellos o los «cristianos de a pie» los más fieles a la herencia del
cristianismo del siglo I.
Especial
mención merece la contribución de Daniel Boyarin, cuya tesis
fundamental
desarrolla la idea de que «el judaísmo y el cristianismo no fueron
entidades
separadas hasta muy tarde en la Antigüedad». Argumenta que los
escritores
cristianos y los rabinos desarrollaron el modelo de ortodoxia/herejía
precisamente como medio de afirmar sus respectivas identidades, en una
transición que empezó en la primera mitad del siglo II: así se produjo
la
transformación del cristianismo y del judaísmo nacientes, de grupos de
sectas,
en iglesias ortodoxas con sus correspondientes herejías. La observación
es
saludable, pues las categorías de «ortodoxia» y «herejía», desde el
estudio de
Bauer, se reconocen como términos algo controvertidos de la
autodefinición
cristiana. Boyarin subraya que en el judaísmo y el cristianismo
emergentes
tenían lugar procesos muy similares: ambos se definían como sendas
estrechas
dentro de los caminos más anchos surgidos del siglo I, designando como
«herejía» las zonas de coincidencia entre ambos.
La
respuesta a la pregunta «¿cuándo se produjo la separación de caminos?»
ha de
ser: durante un largo período, en diferentes tiempos y lugares y, a
juicio de
distintas personas, de maneras diferentes, según cuáles fueran
considerados
marcadores de identidad no negociables y por quién. Pronto hubo
dirigentes que
buscaban claridad y autodefinición; pero en muchos creyentes y
practicantes
corrientes hubo un largo y persistente abrazo de ambas religiones, roto
finalmente solo después del acuerdo constantiniano.
b.
El judeocristianismo
El
«cristianismo judío» ha tenido mala prensa tanto en el cristianismo
como en el
judaísmo, considerado por ambos una herejía inaceptable. Es una
desdicha, pues
bien podría argüirse que el judeocristianismo es un modo más completo y
apropiado de definir el cristianismo. Quien piense que tal argumento
oscurece
el asunto puede al menos reconocer que el cristianismo judío ocupó en
buena
parte el terreno medio entre los dos caminos divergentes. Y si las dos
religiones emergentes se solaparon durante varios siglos, ese «terreno
medio»
debe entenderse como zona de solapamiento, no como segmentos
desconectados. Los
judeocristianos, que en la descripción de Orígenes son «cristianos que
quieren
seguir viviendo según la ley de los judíos como la gran parte de los
judíos»,
constituyeron seguramente un grupo numeroso y significativo.
Conviene
tener presentes los considerables escritos clasificables como
judeocristianos
—y no simplemente como judíos o como cristianos— al considerar las
descripciones de las sectas judeocristianas «heréticas» y las cartas
seudoclementinas. Al igual que los primeros dirigentes cristianos
tenían
problemas con miembros que veían la sinagoga como un punto de
referencia
natural, los rabinos los tenían con judíos que creían en Jesús como
Mesías pero
deseaban seguir practicando como judíos. Los estudios sobre la
separación de
caminos se han centrado en exceso en Occidente y apenas han examinado
la
relación, fuera del Imperio romano, entre judíos convertidos y
cristianos: de
hecho, en Arabia, Mesopotamia y Siria los cristianos existentes a la
llegada
del islam pueden definirse con bastante exactitud como judeocristianos.
No
es extraño que la desaparición del judeocristianismo coincida más o
menos con
una «separación» final entre cristianismo y judaísmo en la segunda
mitad del
siglo IV, cuando, presumiblemente, los restos de los grupos
judeocristianos
fueron absorbidos por las dos religiones ya distintas. Un recordatorio
del
patetismo de esa desaparición y de las posibilidades que el
judeocristianismo
representó es la reaparición de los judíos mesiánicos («Judíos para
Jesús»). No
sorprende que hoy tanto los dirigentes cristianos como los judíos no
quieran
saber nada de ellos: el reto que ese movimiento plantea a identidades
formadas
por contraste sigue siendo tan capaz de herir sensibilidades como en
los
primeros siglos.
c.
¿Antijudaísmo en el Nuevo Testamento?
La
separación entre el cristianismo y el judaísmo rabínico, y la
irritación
causada por la coincidencia del judeocristianismo, dieron lugar a
considerable
hostilidad y vituperio mutuos. La cuestión más honda para el
cristianismo en
formación es si el antijudaísmo —e incluso el antisemitismo— que
ciertamente se
reconoce en algunas voces cristianas influyentes desde el siglo II era
ya
perceptible en los propios escritos neotestamentarios. Conviene
distinguir
ambos términos: el antijudaísmo era hostilidad a la religión judía —de
la que
escapaban los judíos convertidos al cristianismo—, mientras que el
antisemitismo, racial, no surgió como tal hasta el siglo XIX, y de él
la
conversión no salvaba, como demostró el período nazi.
Algunos
especialistas están convencidos de que el antisemitismo tiene raíces en
el
Nuevo Testamento, y citan varios Evangelios y los Hechos como ejemplos.
En
Mateo destacan la polémica contra los fariseos del capítulo 23
—fundamento de
la denigración tradicional de ese grupo— y las palabras de la gente de
Jerusalén en Mt 27,25 («¡Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros
hijos!»),
que sirvieron de pretexto escriturístico para acusar a los judíos de
«asesinos
de Cristo». La odiada figura de Judas, el traidor, fue tomada como
representativa del judío en general. En el Evangelio de Juan, «los
judíos»
aparecen como típicamente hostiles a Jesús; especialmente Jn 8,44
(«Vosotros
sois de vuestro padre, el diablo») se ha considerado una raíz principal
del
antisemitismo cristiano, hasta el punto de que algunos juzgan a Juan el
más
abiertamente antisemita de los Evangelios.
De
forma más inesperada, en la segunda mitad del siglo XX los dos
volúmenes de
Lucas, en particular los Hechos, han sido juzgados antijudíos. Ya
Harnack había
definido los Hechos como «la primera etapa en el desarrollo del
antisemitismo
cristiano primitivo»; J. T. Sanders los describió sin paliativos como
«antisemíticos», y Norman Beck los considera el documento más antijudío
del
Nuevo Testamento. «Los judíos» aparecen siguiendo los pasos de Pablo y
oponiéndose al evangelio, Lucas subraya tres veces el abandono de los
judíos
por Pablo para abrazar a los gentiles, y la nota final (Hch 28,26-28)
parece
mostrar que la salvación es solo para los gentiles. Según Haenchen,
«Lucas dio
a los judíos por perdidos». En otros escritos se citan las duras
palabras de 1 Tes
2,14-16, la «sinagoga de Satanás» del Apocalipsis (Ap 2,9) y la
desautorización
de la antigua alianza en Hebreos (10,1-4; 8,13).
¿Significa
todo esto que el antijudaísmo, o incluso el antisemitismo, es endémico
o
inherente al cristianismo? Rosemary Ruether planteó la cuestión
crudamente:
«¿Es posible decir “Jesús es Mesías” sin decir al mismo tiempo “y
malditos los
judíos”?». La pregunta incita a reflexionar sobre la gravedad del
asunto y
sobre cómo relacionar tales materiales con los indicios de un largo
solapamiento entre cristianismo y judaísmo, cómo se leían en el siglo
II y si
situarlos en su contexto histórico o canónico permite reducir la dureza
de la
cuestión. Se discute si esos pasajes deben dejar de incluirse en la
liturgia,
si los sermones deben eludir el problema o si las traducciones deben
atenuar su
carácter ofensivo, por ejemplo vertiendo hoi Ioudaioi como «las
autoridades judías» en vez de «los judíos». La sola formulación de
estas
opciones evidencia la necesidad de abordar el material con seriedad y
aclarar
su función dentro del proceso histórico, sociológico y teológico que
llamamos
«el cristianismo en sus comienzos».
38.4.
La helenización del cristianismo
El
interés por la separación del cristianismo respecto al judaísmo
encuentra su
contrapeso natural en el porqué y el cómo de la expansión cristiana en
el ancho
mundo grecorromano. En qué vino a parar el cristianismo ha resultado
ser una
cuestión más duradera que la de qué había sido o cómo había empezado.
a.
El gnosticismo
La
helenización del cristianismo primitivo originó gran fascinación hacia
el final
del siglo XIX. Siempre se supo que durante el período patrístico el
pensamiento
cristiano se acercó progresivamente al lenguaje y las ideas de la
filosofía
griega para expresar sus postulados teológicos, sobre todo en lo
referente a
Cristo. En esto el cristianismo seguía una vía abierta por el filósofo
judío
Filón de Alejandría, contemporáneo de Pablo aunque mayor que él, que en
sus
exposiciones de la Torá había adaptado ideas del platonismo y el
estoicismo y
demostrado que, con la interpretación alegórica, se podían sostener
afirmaciones profundas sobre Dios. Filón ejerció gran influencia en la
escuela
alejandrina, representada por Clemente de Alejandría y Orígenes, y su
teología
del Logos fue un precedente tan valioso para la cristología del Logos
que puede
considerársele un Padre de la Iglesia honorario.
El
protestantismo liberal de finales del siglo XIX, centrado en el mensaje
moralista de Jesús y contraponiendo el Jesús de la historia al Cristo
de la fe,
juzgó la deriva hacia el dogma como desgraciadamente inevitable.
Harnack
consideró el influjo del helenismo y su unión con el evangelio como el
hecho
más grande de la historia de la Iglesia en el siglo II, pero también
como una
grave corrupción del evangelio de Jesús, y entendió que el surgimiento
del
gnosticismo marcaba un declive aún más profundo: la helenización aguda
del
cristianismo. El gnosticismo era bien conocido como el principal
competidor y
la principal amenaza para el cristianismo en los siglos II y III.
A
partir de los heresiólogos cristianos es posible obtener una imagen del
gnosticismo tal como ellos lo percibían. W. Foerster resume sus puntos
principales: entre este mundo y el Dios incomprensible existe un
antagonismo
irreconciliable; el «yo» del gnóstico, su espíritu, es inalterablemente
divino;
el mal consiste en que ese «yo» ha caído en este mundo, que lo
aprisiona y
anestesia; solo la «llamada» divina desde el mundo de la luz suelta sus
cadenas; y solo al fin del mundo podrá el elemento divino volver al
lugar que
le corresponde.
Varios
maestros destacados se asociaban al fenómeno gnóstico, según los
heresiólogos,
sobre todo Ireneo. Simón el Mago, mencionado en Hechos 8 y oriundo de
Samaría,
era visto por los textos patrísticos como origen de la herejía
gnóstica: según
Ireneo, iba acompañado de Helena, que representaba la primera emanación
(Ennoia) de la mente divina que era él, aprisionada en cuerpos humanos,
mientras Simón se presentaba como su redentor. Menandro, también
samaritano,
fue recordado como su discípulo y sucesor. Cerinto, activo a finales
del siglo
I, enseñó que el mundo no fue creado por el primer Dios sino por un
poder
remoto, y que sobre Jesús —hijo de José y María— descendió Cristo tras
el
bautismo, separándose de él antes de la pasión. Carpócrates afirmaba
que el
mundo había sido hecho por ángeles inferiores al Padre ingénito.
Basílides,
activo en Alejandría antes del 150, ofreció series detalladas de eones
y
ángeles, y sostenía que el Dios supremo envió a su primogénito, Nous
(Cristo),
que, no pudiendo sufrir, hizo que Simón de Cirene fuera crucificado en
su
lugar, de modo que la salvación es solo para el alma.
Valentín
fue el maestro gnóstico más destacado y probablemente el de mayor
autoridad.
Procedente de Egipto, llegó a Roma hacia el año 136, enseñó allí y tuvo
discípulos influyentes como Tolomeo, Heraclión y Marcos; aun siendo
candidato
aceptable para obispo de Roma, fue postergado, abandonó la Iglesia y,
tras un
tiempo en Oriente, murió en Roma hacia el 165. Las escuelas
valentinianas
describieron un complicado proceso de declive desde el Pléroma divino,
iniciado
cuando Sofía engendró una sustancia informe sin su consorte. Su rasgo
distintivo fue la introducción de una clase intermedia, los psíquicos,
entre
los espirituales (pneumáticos) y los materiales (hílicos): según
Ireneo, los
gnósticos consideraban a «los de la Iglesia» como psíquicos que podían
salvarse
por su buena conducta, mientras que ellos se veían como pneumáticos
salvados
por naturaleza, y los hílicos no podían salvarse. El hombre interior y
espiritual es redimido a través del conocimiento.
Desde
la perspectiva eusebiana de la historia, todo se reducía a exponer cómo
el
cristianismo se defendía de esos «lobos crueles» sobre los que Pablo
había
advertido (Hch 20,29). Tal advertencia reforzó la visión de la «falsa
enseñanza» como corrupción posterior de la enseñanza de los apóstoles,
y de la
«herejía» como «ortodoxia corrompida», visión que Bauer procuró minar.
b.
La cuestión del gnosticismo precristiano
A
finales del siglo XIX, la escuela de la historia de las religiones
trastocó la
idea de una helenización gradual, argumentando que desde los primeros
días
había elementos helenísticos integrados en el cristianismo, sobre todo
en los
ritos y el misticismo de Cristo. Más desafiante fue el esfuerzo, a
comienzos
del siglo XX, por revalorar el gnosticismo, sosteniendo que las ideas
gnósticas
no eran corrupciones posteriores ni intrusiones, sino parte del
evangelio
anunciado por Pablo y expresado en el Evangelio de Juan. La búsqueda
del
gnosticismo precristiano fue un aspecto importante de los estudios
neotestamentarios del siglo XX.
Desde
entonces ha habido dos hechos de relieve. El primero y más importante
fue el
descubrimiento de la biblioteca de manuscritos coptos en papiro del
siglo IV en
Nag Hammadi, generalmente considerados de carácter gnóstico. Su
importancia es
inconmensurable: antes del hallazgo, el conocimiento de los sistemas
gnósticos
se circunscribía a las referencias patrísticas, unánimemente
despectivas, lo
que dificultaba una visión imparcial. Los documentos de Nag Hammadi
acabaron
con la idea de un fenómeno histórico único definible como «gnosticismo»
y
ofrecieron una perspectiva más clara y diversa: muchos textos no tienen
un
demiurgo malo; para Tolomeo el Dios creador no es ni bueno ni malo,
sino justo;
en El Tratado Tripartito, el Padre, el Hijo y la Iglesia forman una
tríada
inicial; en el Libro de Tomás el Contendiente el dualismo es más
antropológico
que cósmico; en el Evangelio de la Verdad no figura Sofía y no hay
reparos en
describir a Jesús como crucificado. Además, la mayoría de los textos
tiende al
ascetismo, sin indicios de prácticas libertinas, y se ha cobrado mayor
conciencia del carácter distintivo de los setianos.
Al
mismo tiempo, los documentos confirman y desarrollan muchos aspectos
atribuidos
por los heresiólogos a la doctrina gnóstica: extensas listas de
emanaciones de
la Mónada, el mito cósmico de la caída de Sofía y la tripartición
valentiniana
de la humanidad. Resulta irónico que el descubrimiento de Nag Hammadi
coincidiera con el abandono generalizado de la búsqueda del gnosticismo
precristiano, al reconocerse que este era más una especulación del
siglo XX que
un fenómeno del siglo I. Se impuso la conclusión de que el lenguaje y
los temas
presentes en el siglo I, que luego pasaron a formar parte de sistemas
posteriores, no prueban que esos sistemas ya existieran. Fue necesario
reaprender que la existencia en paralelo no significa dependencia y que
la
analogía no equivale a genealogía.
Con
todo, los documentos de Nag Hammadi, aunque tardíos, podrían reflejar
tradiciones anteriores, de modo que sigue planteada la cuestión de la
influencia gnóstica dentro del cristianismo más temprano. Lo que ha
cambiado
son los términos del debate: ya no se discute si el «mito del redentor
gnóstico» era precristiano, pues la observación de que las afirmaciones
cristianas sobre Jesús parecen haber proporcionado el precedente para
figuras
de redentor gnósticas —como Simón el Mago y Menandro—, y no a la
inversa,
resulta mucho más convincente. La cuestión es ahora si alguno de los
textos de
Nag Hammadi, como el célebre Evangelio de Tomás, ofrece indicios de que
la
influencia gnóstica se remonte a la enseñanza de Jesús mismo, o de que
algunos
de sus primeros seguidores lo percibieran de maneras distintas a las
recogidas
en los Evangelios del Nuevo Testamento.
c.
La cuestión del gnosticismo
El
segundo hecho relevante es el planteamiento de si está justificado
hablar de
«gnosticismo». Como ocurrió con el «mito del redentor gnóstico
precristiano» y
el «hombre divino», el «gnosticismo» ha pasado a considerarse más una
especulación moderna que un fenómeno histórico. El debate, a comienzos
del
siglo XXI, no concierne tanto a si determinadas nociones deben
etiquetarse de
«gnósticas» como a si hubo un fenómeno único y reconocible denominable
«gnosticismo», o más bien una serie de ideas religiosas que no
convergieron en
un solo sistema pero influyeron en diversos individuos y grupos. Para
nuestro
propósito, la cuestión es si varias de esas ideas fueron parte integral
de
formas tempranas de cristianismo en mayor medida de lo reconocido, si
los
grupos gnósticos estuvieron más cerca de Jesús y Pablo de lo que la
gran
Iglesia quiso admitir, y si deben verse como subconjuntos de un
fenómeno
diverso o como una herejía cristiana.
Sin
entrar en el debate sobre si cabe hablar de gnosticismo o sobre sus
orígenes,
puede admitirse que había ideas, extendidas en el Próximo Oriente y el
mundo
grecorromano, sobre la condición humana y su resolución, que ofrecían
una
alternativa o contrapunto al evangelio predicado por Pablo. Sus
elementos
principales parecen haber sido: el sentimiento de que la persona real,
el «yo»,
es distinta del cuerpo físico, con insatisfacción y distanciamiento
respecto al
mundo material, raíz común de sistemas más elaborados; un dualismo
básicamente
platónico entre mente/espíritu y materia, que lleva a ver lo físico
como
inferior y a la verdadera persona como espiritual y perteneciente a
otra
esfera; la consideración de la creación del mundo material como obra no
del
Dios supremo, sino de un ser divino menor, el demiurgo; la idea de que
el alma,
ciega a su verdadera naturaleza, se salva mediante el conocimiento
(gnosis) que
le infunde una figura de redentor divino, para escapar a su hogar
celestial; y,
dado el antagonismo hacia el cuerpo, una tendencia normalmente
ascética, aunque
algunos pudieron concluir que daba igual entregarse a una vida
licenciosa,
conclusión que pudo deberse a la misma propaganda negativa que acusaba
a los
cristianos de usar sus ágapes como tapadera del desenfreno.
Hubo
entre los estudiosos una tendencia casi irrefrenable a construir con
estos
elementos un sistema («gnosticismo») y a preguntarse si fue anterior al
cristianismo o una alteración posterior. No es necesario avanzar por
ese camino
ni debatir sobre los orígenes. Lo claro es que existían tales ideas,
sostenidas
individualmente o en diversos grupos, y que sus defensores fueron
vistos como
una amenaza por los principales pensadores cristianos de finales del
siglo II y
comienzos del III. Que podamos llamarlos «gnósticos» o inferir un
sistema de
«gnosticismo» carece de importancia; lo que importa es que esas ideas
fueron
influyentes, y la verdadera cuestión es si influyeron en los primeros
cristianos, fueron absorbidas por ellos, o surgieron de Pablo, de Juan
o de
Jesús.
d.
Marción
Marción,
a veces considerado gnóstico, tiene una teología ciertamente teñida de
gnosticismo, pero fue ante todo un pensador independiente. Nació en
Sínope,
ciudad del Ponto, a finales del siglo I. La noticia del
Seudo-Tertuliano de que
era hijo del obispo de Sínope y fue excomulgado por su padre por
seducir a una
virgen puede descartarse como propaganda negativa; en cambio, la
presentación
que de él hace Tertuliano —«ese naviero del Ponto, ferviente estudiante
del
estoicismo»— se considera buena información. Llegó a Roma en los años
treinta
del siglo II, estuvo activo allí y en el Asia Menor occidental, y fue
excomulgado y expulsado de Roma en 144 —la única fecha segura de su
vida— por
sostener que la Iglesia se había equivocado al conservar el Antiguo
Testamento
y al afirmar que Jesús era el Mesías anunciado por los profetas.
Su
escrito más famoso, Antítesis, se construyó sobre una marcada oposición
entre
el Dios creador y el Dios revelado por Jesús, y entre el Antiguo
Testamento y
un cristianismo construido en torno a un Pablo desmembrado y un
mutilado
Evangelio de Lucas. El libro resultó muy del gusto de quienes deseaban
ver su
fe expresada con nitidez. Marción organizó su propia Iglesia, «la
Verdadera
Iglesia», que enseñaba con base en sus propias Escrituras y exigía
abstinencia
sexual —al ser la procreación un mandato del Dios creador—, pero por lo
demás
se parecía bastante a la Iglesia que lo había rechazado; algunos
estudiosos
conjeturan que los marcionitas pudieron superar en número a los no
marcionitas
durante los años sesenta y setenta del siglo II. Su Iglesia declinó en
Occidente antes de Constantino, pero se mantuvo pujante en Oriente
durante
varios siglos. Dado que estaba tan influido por Pablo que cabe
contemplarlo
como un paulinista radical, las consideraciones ulteriores sobre
Marción se
posponen al tratamiento de la influencia de Pablo en el siglo II.
38.5.
Una identidad cuestionada
La
historia del cristianismo entre los años 70 y 180 es, pues, más
compleja de lo
que tradicionalmente se ha pensado. Dicho de otro modo: la historia del
cristianismo —la sucesión real de hechos— es mucho más compleja de lo
que la
historia del cristianismo —la relación ofrecida por los historiadores
de la
Iglesia— ha acostumbrado a reconocer. La realidad histórica tuvo mucha
más
tensión y lucha entre ideas, fes o prácticas concurrentes de lo que
sugieren
las referencias al irresistible surgimiento de la gran Iglesia con una
fe y
unas estructuras ya definidas. La realidad cotidiana era que grupos
distintos
se definían a sí mismos de maneras diversas con referencia a Jesús, y
la
identidad de lo que acabaría contando como «cristianismo» estaba
todavía en
proceso de definición y cuestionada en todos sus factores principales.
¿Cómo
rastrear ese proceso de definición? No mirando hacia delante, partiendo
de los
resultados, pues ello asume el modelo de historia escrita por los
vencedores:
acepta que lo descartado tenía poco valor, que la autodefinición por
antítesis
fue el único modo de formar la identidad cristiana, que el
«gnosticismo» era
una entidad precisa sin cabida en el cristianismo y que todo lo que no
fuese
«ortodoxia» era irremediablemente «herejía». Es preferible mirar el
período
desde la dirección opuesta: desde el pasado, desde el carácter de la
primera
generación cristiana y la perspectiva de quienes dieron a los orígenes
del
cristianismo su fuerza y mostraron sus potencialidades. Cabe plantear
preguntas
poco realistas pero fascinantes: ¿habrían estado satisfechos Pedro,
Santiago y
Pablo con lo sucedido en el siglo II, como lo estaba Eusebio? ¿Habrían
afirmado
que el surgimiento de la gran Iglesia, la antítesis con el judaísmo, el
repudio
del judeocristianismo y la impugnación de la variante gnóstica fueron
el resultado
más deseable de sus convicciones? ¿Hubo otras influencias formativas,
ocultas
hasta ahora —sobre todo la de Juan—? Cuando consideramos el nacimiento
del
cristianismo embrionario, ¿ante qué nos encontramos realmente: un solo
neonato,
gemelos, trillizos?
En
consecuencia, para estructurar este tercer tomo cabe preguntarse cómo
los
principales factores que configuraron la primera generación cristiana
fueron
recibidos en la segunda, la tercera y la cuarta. En cada caso, la
respuesta es
que todavía se valoraba y reivindicaba su influencia, pero que al mismo
tiempo
esa influencia se ponía en cuestión y la línea seguida por el
cristianismo era
objeto de intensa controversia. Los factores definitorios del
cristianismo de
la primera generación fueron cuatro, a los que hay que añadir la
contribución
joánica, y en ellos se centrará la atención de lo que sigue:
La
tradición de Jesús, como el medio principal con que su misión siguió
ejerciendo
influencia en generaciones posteriores, contenida en los Evangelios y
poco a
poco limitada a ellos, diversa de un Evangelio canónico a otro, pero
objetada
por valedores de otras tradiciones: en otras palabras, el surgimiento
del
formato evangélico.
La
influencia de Santiago, que ofreció un modelo diferente de iglesia
judía y
gentil, dejado en gran parte de lado por quienes definían el
cristianismo
frente al judaísmo: de ahí la relación entre el cristianismo emergente
y el
judaísmo rabínico, con el solapamiento judeocristiano como reto para
ambos.
La
influencia de Pablo en la transformación de una secta mesiánica judía
en una
religión abierta a los no judíos, atestiguada por las cartas pastorales
y los
Hechos, pero también por Marción y, en medio de la lucha entre los
seguidores
de Clemente y los valentinianos, por la recepción de Pablo entre el 70
y el
180.
La
influencia de Pedro, a veces sorprendentemente oculta en la primera
generación
pero con creciente fuerza después, y su herencia cada vez más afirmada
como
primer obispo de Roma, vinculada a una tendencia a la
institucionalización y la
centralización más polémica de lo admitido por la historia del
cristianismo
católico.
La
influencia de Juan, apenas perceptible en la primera generación pero
voz
principal a finales del siglo I y comienzos del II, que suscita nuevas
preguntas sobre cómo se recibió la tradición de Jesús y resulta
especialmente
polémica, no solo por los gnósticos sino también por los montanistas.
Las
conclusiones de estos capítulos llevarán inevitablemente a replantear
el
surgimiento de las llamadas «notas de la Iglesia» —el imperio de la fe,
la
cristología, el canon del Nuevo Testamento y el episcopado monárquico—,
con
Ireneo como momento crítico o punto de inflexión. Esto proporciona la
estructura general del tomo III; pero, como en los tomos anteriores,
conviene
empezar ofreciendo cumplida relación de las fuentes.
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