El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni judío ni griego. Una identidad cuestionada Décima parte. Un nuevo comienzo
Capítulo 39. Las fuentes: siglo primero (el Nuevo Testamento)
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
39.1.
Diversidad y carácter del material de las fuentes
Como
recuerda Helmut Koester en el prólogo al segundo tomo de su Introduction,
para reconstruir el desarrollo histórico del cristianismo primitivo es preciso
aprender desde el principio a entender los escritos del período más temprano
dentro de su propio contexto histórico. La historia del cristianismo primitivo
es, en buena medida, la historia de la primera literatura que el propio
movimiento cristiano generó y provocó. Por ello, como en los tomos anteriores
de El cristianismo en sus comienzos, el punto de partida ha de ser la
enumeración y evaluación de las fuentes. Y aquí la situación es muy distinta de
la de los tomos I y II. En Jesús recordado, los Evangelios del NT (o al
menos los sinópticos) ofrecían las fuentes principales en torno a las cuales
agrupar otras más secundarias; en Comenzando desde Jerusalén, los Hechos
de los Apóstoles y las cartas de Pablo desempeñaron un papel axial equivalente.
Ahora, en cambio, no disponemos de nada similar. La obra que en principio
podría cumplir esa función —la Historia eclesiástica de Eusebio— es
demasiado tardía (siglo IV) y poco adecuada para nuestros propósitos.
Y
sin embargo, para el período que ahora nos ocupa hay realmente más documentos
disponibles que para las dos épocas ya estudiadas. Dejando aparte las cartas
paulinas, la mayoría de los escritos neotestamentarios datan probablemente de
unos treinta años después de la destrucción de Jerusalén. Aunque el judaísmo
del Segundo Templo feneció con la destrucción del santuario, algunos de los
escritos judíos más característicos —señaladamente los apocalipsis de 4 Esdras
y 2 Baruc— proceden de ese período, como también los escritos del historiador
judío Josefo. Los Padres apostólicos apenas son posteriores; algunos
historiadores romanos clásicos (en especial Tácito y Suetonio), así como
ciertas fuentes utilizadas por Eusebio (sobre todo Papías y Hegesipo), pertenecen
al mismo lapso. Hay debate sobre la datación de varios escritos
judeocristianos, gnósticos tempranos y sincréticos, pero es razonable situar en
el siglo II al menos muchas de sus tradiciones y fuentes. A ello se suman las
grandes figuras de la parte central y de la segunda mitad de ese siglo
—particularmente Justino e Ireneo, pero también Valentín y Marción— y el caudal
creciente de documentos papirológicos y epigráficos. Materiales no faltan, por
tanto; el problema es cómo articularlos y utilizarlos para nuestra búsqueda.
Una
opción sería una taxonomía cronológica: fijar la fecha de cada documento y
elemento de información y examinarlos sucesivamente. Otra, una taxonomía
geográfica: determinar el origen de cada documento y agruparlos en
consecuencia. El problema, en ambos casos, es que muchas fechas y
localizaciones —o la mayoría— no están suficientemente claras o son objeto de
discusión. Una masa de incertidumbres e hipótesis especulativas acabaría
juntándose con el limitado número de fechas y lugares relativamente más seguros
(las cartas de Ignacio de Antioquía, por ejemplo), y la imagen total quedaría
distorsionada o conduciría a conclusiones sacadas con mayor desenvoltura de lo
que los datos permiten.
La
tercera opción, hacia la que me inclino, es buscar tendencias y situaciones más
generales sin vincularlas demasiado estrechamente a determinados lugares y
tiempos ni hacer su significación demasiado dependiente de esos hallazgos. Esta
estrategia no exime de investigar autorías, fechas y localizaciones de las
fuentes, pero implica —y esto es menos satisfactorio— que tendrá menos sentido
asignar cada documento relevante a un capítulo concreto para su tratamiento
completo, como sí fue posible con las cartas de Pablo. En lugar de eso, dado
que cada documento aporta algo a la realidad examinada, se hará uso de él
simplemente en razón de su pertinencia. En algunos casos esto permitirá ofrecer
una información amplia del documento; otras veces ello solo será posible
sumando las consideraciones efectuadas en secciones de dos o tres capítulos.
Un
punto preliminar importante: la elección de los documentos para un examen más
detenido depende de la medida en que podamos confiar en que los textos
disponibles se acercan lo suficiente a lo originalmente escrito; solo así
podrán servir como indicios de las ideas y maneras de proceder de aquel tiempo.
Las fuentes de que realmente disponemos consisten en: a) textos completos pero
en copias del original, generalmente posteriores en varios siglos; b) textos
anteriores, pero más fragmentarios, a veces muy próximos a la época del autor;
c) traducciones del original a otras lenguas mediterráneas; y d) citas (no
raramente extensas) o referencias debidas a autores posteriores. En todo esto
la situación es mucho más favorable para los textos luego incorporados al NT
que para los demás documentos. Mientras que para el NT hay muchos textos
—fragmentarios, incompletos o íntegros—, para los otros escritos (documentos
apócrifos, textos de historiadores romanos) con frecuencia dependemos de copias
escasas y mucho más distantes en el tiempo del original. Podemos confiar, pues,
en que los primeros escritos cristianos, objeto principal de nuestro interés,
se acercan más a la versión genuina. La mayor inseguridad respecto a las otras
fuentes debe preocuparnos menos, por tratarse de materiales más indirectamente
relacionados con el trabajo. Ello no ignora que la crítica textual de los
escritos neotestamentarios plantee importantes interrogantes sobre las formas o
versiones que llegaron a las distintas iglesias; pero esas cuestiones no
empezaron a emerger hasta la última parte del siglo II.
Para
este capítulo nos proponemos, pues, la tarea bastante modesta de tratar las
cuestiones introductorias tradicionales: autor, lugar de composición (o lugar
del que el escrito da testimonio implícita o explícitamente) y fecha. El
procedimiento más racional parece agrupar los documentos conforme a su probable
sucesión cronológica: los Evangelios canónicos y el resto de los escritos del
NT (§ 39), seguidos de los Padres apostólicos y los apologetas (§ 40). Más
difícil resulta proceder así con documentos cuya fecha (o forma primitiva) es
objeto de controversia; por eso la sucesión en el resto de § 40 es un tanto
arbitraria, e incluye los Evangelios apócrifos, los Hechos apócrifos y otros
apocalipsis. El procedimiento obedece más a razones prácticas que a otra cosa:
preguntas como en qué medida cabe agrupar algunos documentos o si hay límites
claros entre los grupos no encuentran respuesta por esta vía. Al final de § 40
se resumirán los resultados en un cuadro con la gama de dataciones posibles y
las áreas geográficas en que los escritos se originaron o a las que fueron
dirigidos.
39.2.
Los Evangelios canónicos
El
material de los primeros Evangelios cristianos se divide en dos categorías: los
Evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas, Juan) y los demás documentos
también conocidos como Evangelios. Es ante todo una cuestión de preferencia
compositiva: un único capítulo que tratase de todos los documentos llamados
Evangelios sería desmesuradamente largo. Aunque pueda parecer que tal
procedimiento privilegia a los canónicos, no hace sino reflejar la realidad
histórica más probable: los canónicos aparecieron primero y fueron considerados
más ampliamente como de mayor autoridad y valor que los otros. Hay un
historicismo idealista que, comprensiblemente, rechaza las ataduras de antiguas
decisiones de iglesias y concilios y pretende tratar toda la documentación en
igualdad de condiciones; pero parte de la integridad del historiador es
reconocer que algunos materiales fueron privilegiados en aquellos primeros
decenios y siglos, y preguntarse por qué. No es una distorsión de la historia
reconocer que algunos de los muchos documentos producidos en los siglos I y II
gozaron de mayor y más amplia estima que otros, y tratarlos primero.
Los
Evangelios del NT proporcionan a los críticos textuales una cantidad enorme de
datos. Con las cuatro categorías de fuentes ya enumeradas hay más que
suficiente para hacerse una idea clara de la forma de cada texto y de su
historia primitiva: a) los grandes manuscritos unciales del siglo IV (Sinaítico
y Vaticano) y copias subsiguientes; b) fragmentos papirológicos, en algunos
casos del siglo II; c) traducciones de los Evangelios, señaladamente al latín
antiguo y al siríaco, que a veces se remontan al siglo IV; y d) muchas citas y
referencias en los primeros Padres cristianos, a veces del siglo II.
a.
El Evangelio de Marcos
Comenzamos
por Marcos, pues comparto el amplio consenso de que es el primero de los
Evangelios y pieza fundacional del NT. No se ha llegado a esa idea por una
datación segura, sino por una cuestión de interrelación literaria: la mayor
parte de los expertos deducen de esas interrelaciones que Mateo y Lucas
pudieron servirse de Marcos al escribir sus propios Evangelios. En las
cuestiones introductorias —autor, fecha, lugar de composición—, cada una
influye en las otras, por lo que el orden es casi irrelevante. En este caso,
sin embargo, el lugar depende tanto del autor y la fecha que conviene dejarlo
para el final.
a.1.
Autor
El
Evangelio no menciona a su autor. Tal ausencia podría implicar que el documento
fue escrito por un grupo relacionado con él. Por otro lado, no debe incurrirse
en la “falacia de un solo documento” —la suposición de que cada comunidad
utilizó un único escrito que expresaría su teología definitiva—, ni en su
equivalente: que cada Evangelio se escribió para una sola iglesia (o un grupo
reducido de ellas) y refleja su teología particular. Cada Evangelio pudo
haberse escrito buscando la mayor circulación posible. Sabemos que Pablo
esperaba que sus cartas circulasen por otras iglesias (Col 4,16), y los
Evangelios escritos eran materiales aún más atractivos para compartir, sobre
todo cuando el creciente número de iglesias dificultó las visitas regulares de
los primeros discípulos y cuando esa primera generación empezó a desaparecer.
Si
seguimos esta lógica, lo más probable es que esos escritos se conocieran por
título y autor. En cuanto las iglesias o personas comenzaron a formar pequeñas
colecciones de documentos cristianos, cada escrito necesitaría una etiqueta
distintiva que facilitara su localización. Ese título identificador no lo
proporcionaba el propio autor, sino quien lo ponía en circulación o quienes lo
recibían.
Así
llegamos al título que, antes o después, se dio a un Evangelio: Euangelion
kata Markon, “(El) Evangelio según Marcos”. Los códices Sinaítico y
Vaticano traen simplemente Kata Markon, probable abreviación del título
completo, lo que sugiere que este era suficientemente conocido para poder
abreviarse. Aunque no se ha conservado ninguna muestra de ese título completo,
sí tenemos ejemplos del siglo II y de la primera parte del III correspondientes
a los otros Evangelios canónicos, denominados con títulos similares. Importa
subrayar que los Evangelios no se conocían con una variedad de títulos: la
posibilidad de que así fuera dependía más de los receptores que del autor; y el
hecho de que fueran casi universalmente conocidos por su título completo, “El
Evangelio según...”, sugiere que se dio título a cada uno tan pronto como fue
puesto en circulación, para hacerlo más ampliamente conocido fuera de su lugar
de origen.
La
conclusión es que, aunque el autor de Marcos no se identificó, es muy posible
que el título “El Evangelio según Marcos” estuviera muy pronto y firmemente
unido a su libro. Papías hace referencia a los Evangelios de Marcos y Mateo por
sus nombres, atribuyendo tal referencia a lo que “el Anciano solía decir” años
antes (¿c. 100?); es decir, “Marcos” era ya el nombre identificativo de ese
Evangelio. Ello sugiere que no había verdadero problema de anonimia y que se
sabía que un hombre llamado Marcos era su autor antes del final del siglo I. La
tendencia natural habría sido atribuir un escrito anónimo de este carácter a
uno de los apóstoles; el que no fuera así parece indicar que la autoría de
Marcos nunca fue sustancialmente cuestionada.
¿Quién
era ese “Marcos”? La figura que inevitablemente viene a la mente es Juan
Marcos: el conocido jerosolimitano (Hch 12,12), que acompañó a Pablo y Bernabé
en su misión desde Antioquía, que fue luego la razón de la separación entre
ambos, que posteriormente se reconcilió con Pablo (Col 4,10; Flm 24; 2 Tim
4,11), y al que Pedro, en su primera carta, saluda como “mi hijo Marcos” (1 Pe
5,13). Ninguna de estas referencias alude a Marcos como autor —nunca aparece
como coautor de cartas paulinas—, pero la última (1 Pe 5,13) ofrece una
interesante conexión con la tradición narrada por Papías, obispo de Hierápolis
a principios del siglo II.
Según
ese testimonio, el Anciano decía que Marcos, habiendo llegado a ser
“intérprete” (hermeneutes) de Pedro, escribió con exactitud todo lo que
recordaba, aunque no en orden, pues no había seguido al Señor sino que más
tarde siguió a Pedro, quien adaptaba sus predicaciones a las necesidades; de
modo que Marcos no hizo nada malo al escribir las cosas tal como las recordaba,
poniendo especial cuidado en no omitir nada de lo oído ni incluir información
falsa. Y de Mateo se decía que “reunió los oráculos en lengua hebrea, y cada
uno los interpretó lo mejor que pudo” (Eusebio, HE 3.39.15-16). Papías no llama
“Evangelio” al escrito de Marcos, pero el que pase de inmediato a hablar de
Mateo hace más que probable que se refiera al Evangelio marcano. Justino Mártir,
algo después, alude de manera similar a los recuerdos (apomnemoneumata)
de Pedro.
Aunque
Papías no debe seguirse ciegamente, su testimonio conecta bien con lo que el
propio título sugiere. De las referencias del NT a Marcos cabe inferir que se
le conocía bien en las primeras iglesias, por lo que la suposición general
debería ser que el “Evangelio según Marcos” se atribuía a ese Marcos bien
conocido y no a uno desconocido. Las objeciones de que el Evangelio muestra
demasiada ignorancia de la geografía palestina y poca familiaridad con
costumbres judías están muy exageradas. Que Marcos se sirviera de tradición
premarcana ya formada no excluye su dependencia inmediata de una figura como
Pedro; y la descripción de Marcos como “intérprete” de Pedro no supone
necesariamente que tradujese del arameo, pues pudo limitarse a ayudar a un
apóstol que no dominaba bien el griego. La agrupación marcana de tradición de
Jesús (disputas, parábolas, milagros) bien pudo reflejar el estilo y el
repertorio de Pedro; y varios pasajes —especialmente los más embarazosos para
Pedro— sugieren a este como fuente especial. Richard Bauckham percibe incluso
una “perspectiva petrina” en Marcos, percepción que, aun sin base sólida,
refuerza la impresión de reminiscencias personales de Jesús y no solo de
tradición transmitida.
Tales
consideraciones tocan más a los tomos anteriores de la obra. Lo que importa
aquí es que la autoría del Evangelio fue probablemente bastante conocida tan
pronto como el escrito tuvo circulación más amplia, y que ya en la primera
parte del siglo II se valoraba Marcos como registro particular de
reminiscencias de Pedro.
a.2.
Data
Un
medio habitual para datar un documento es buscar cuándo escritores posteriores
lo citan por primera vez. En el caso de Marcos esto ayuda poco: no hay
referencia clara hasta mediados del siglo II, con Justino Mártir, y luego
Ireneo y Clemente de Alejandría. La utilización de Marcos por Mateo y Lucas
apunta a una fecha anterior a la de esos Evangelios, pero como sus dataciones
dependen en parte de la de Marcos, poco se avanza por ahí.
Hay
que servirse, pues, de los indicios internos. El consenso es que la información
más significativa la ofrece el capítulo 13, “el pequeño apocalipsis”, derivado
de la predicción de Jesús sobre la destrucción del templo. ¿Reflejan las
palabras “no quedará piedra sobre piedra” (Mc 13,2) el conocimiento de la
destrucción del año 70, o son recordadas como predicción aún por cumplir? El
hecho de que algunas enormes piedras del muro de contención permanecieran en su
sitio (señaladamente el muro occidental) podría apuntar a una profecía no
cumplida y apoyar una datación anterior al 70.
Más
prometedor es Mc 13,14: “cuando veáis que el ídolo abominable y devastador está
donde no debe (procure entenderlo el lector), entonces los que estén en Judea
que huyan a los montes”. Estas palabras podrían reflejar la crisis anterior
provocada por la insistencia de Calígula en erigir su estatua en el templo.
Pero la llamada al lector parece una inserción marcana dirigida a quien leía el
Evangelio a la comunidad reunida. Sería verosímil, entonces, que el Evangelio
se escribiese algún tiempo después de estallar la rebelión judía, tras la
profanación del templo por las facciones revolucionarias. Ello concordaría con
la tradición de Pella, según la cual los creyentes de Jerusalén abandonaron la
ciudad antes de que las legiones romanas hicieran imposible la huida. De ser
así, cabría sugerir una composición en los años 68 o 69, quizá durante las
“guerras y rumores de guerras” (Mc 13,7) tras la muerte de Nerón y antes de que
Vespasiano consolidara su autoridad. Pero para ser creíble, esta posibilidad
depende de dónde se escribió el Evangelio y de si pudo leerse en iglesias de
Jerusalén o Judea durante ese período.
Alternativamente,
no es descabellado suponer que Marcos se escribiera tras la rebelión, mientras
las comunidades judías (¿y cristianas?) seguían trastornadas por el resultado.
El énfasis del Evangelio en el sufrimiento que tendrán que soportar los discípulos
(8,34-35; 10,29-30; 13,9-20) podría reflejar esa situación, y Mc 13,14 serviría
para infundir aliento y la seguridad de que Jesús había predicho claramente la
destrucción del templo. La mayoría de los comentaristas encuentran el vínculo
entre el capítulo 13 y la destrucción del templo lo bastante estrecho para
datar el Evangelio entre 65 y 75 d. C. Antes del 75 probablemente no se habría
resaltado tanto la predicción y la posibilidad de sufrimiento; y después de esa
fecha el marco temporal para la composición de Mateo y Lucas —familiarizados
con Marcos— se estrecha incómodamente. Con eso debemos contentarnos,
conscientes de lo baldío de un empeño excesivo en mayor precisión.
a.3.
Lugar de composición: origen o destino
Las
principales opciones son Roma y Siria. Roma es una deducción obvia, resultante
del testimonio combinado de 1 Pe 5,13 y de Papías: si 1 Pedro fue escrita en
Roma (en clave, “Babilonia”) estando Marcos allí, y si el Evangelio consiste en
recuerdos de Pedro, es natural inferir que Marcos lo escribió en Roma. El
argumento pierde fuerza si la muerte de Pedro se debió a la persecución de
Nerón (¿64 d. C.?), pues la continua residencia y supervivencia de Marcos en
Roma se hace más dudosa.
La
presencia de latinismos en Marcos podría indicar que se escribió en Italia o en
la parte occidental del Imperio, o al menos para destinatarios de esas
regiones. En Mc 12,42 y 15,16 el evangelista aclara términos griegos con su
equivalente latino (las dos lepta como un quadrans; el patio del
palacio como praetorium). Pero el que Marcos también explique costumbres
judías (en especial 7,3-4) sugiere que escribió para una variedad de
comunidades fuera de Israel-Palestina. La familiaridad con el latín podría confirmar
solo que el autor había pasado tiempo en Italia, sin implicar que el Evangelio
se escribiera en la misma Roma o exclusivamente para un público romano. Además,
la ausencia de relación entre Marcos y otros escritos claramente asociados con
Roma (Romanos, 1 Pedro, 1 Clemente, Hermas) resta fuerza al vínculo específico
con esa ciudad.
Siria
o Transjordania gozan de más preferencia entre quienes entienden que el
sufrimiento reflejado o previsto tiene más que ver con la rebelión judía que
con la persecución neroniana. Joel Marcus observa que la predicción de “falsos
mesías y falsos profetas” con “señales y prodigios” (13,22) refleja bien las
circunstancias que, según Josefo, condujeron a la revuelta; y que el uso de
“bandidos” (lestai) en la purificación del templo (11,17) recoge el
término de oprobio que Josefo aplicaba a los revolucionarios. Todo ello sugiere
un conocimiento cercano de la rebelión y sus antecedentes. Es verosímil que
alguien que había padecido las primeras penalidades de la revuelta escribiese
su Evangelio pensando en los seguidores de Jesús que aún estaban en Judea, o bien
en la región más amplia de Siria, con muchos lectores u oyentes que ya habían
experimentado la guerra.
Al
final, no hay conclusión firme que se pueda sacar con confianza. Es concebible
que Marcos regresara a Jerusalén tras la muerte de Pedro y viviera allí algo de
la rebelión, y que escribiera su Evangelio para consolidar sus recuerdos de la
predicación de Pedro, muy consciente de lo mal que iban —o habían ido— las
cosas en Israel y Judea. Es más o menos todo lo que podemos decir; el lugar de
composición y los destinatarios escapan a mayores averiguaciones, y conviene no
fabricar nuevas teorías sobre puntos tan dependientes de esas cuestiones.
b.
El Evangelio de Lucas
Nuestra
segunda mirada se dirige a Lucas, sin que ello suponga poder establecer con
confianza las fechas relativas de Mateo y Lucas. En la práctica suele tratarse
Mateo antes que Lucas, quizá en la suposición de que aquel se escribió primero.
La minoría que cuestiona la existencia de Q tiende a sostener que Lucas obtuvo
de Mateo el material no-marcano compartido. Pero si hubiera que elegir entre el
uso por Lucas del material Q de Mateo y el uso por Mateo del material Q de
Lucas, lo segundo sería más probable, pues las omisiones y reordenaciones del
material Q en Lucas respecto de los contextos de Mateo son más difíciles de
explicar que a la inversa. Parece, pues, más probable la anterioridad de Lucas
respecto a Mateo, aunque no quepa apostar decididamente por ello.
Presupongo
que las variaciones de los Evangelios reflejan y continúan las variaciones en
las versiones orales de la tradición de Jesús antes de ser puesta por escrito,
con el corolario de que una variación más extensa no prueba que una versión sea
posterior. No hay ley de transmisión oral que dicte que las versiones más
elaboradas sean por ello posteriores —fue esta una suposición equivocada de
Bultmann—. Por eso, el problema de cuál de los dos Evangelios se escribió
primero está lejos de resolverse (pese a mi inclinación por la prioridad de
Lucas), y la decisión de tratar Lucas primero es algo arbitraria.
b.1.
Autor
El
Evangelio de Lucas es considerado generalmente como el primero de los dos
volúmenes de la obra lucana (Lucas-Hechos). Por eso lo dicho sobre la autoría
de Hechos vale también aquí. Esto es importante, porque si dependiéramos solo
del Evangelio, no tendríamos ni idea de la identidad de su autor. Pero al
considerar Hechos como obra del mismo escritor, cobra fuerza la probabilidad de
que el autor sea quien narró partes de Hechos en primera persona. Ha habido una
fuerte y extraña resistencia a reconocer que el que habla de “nosotros” en
algunas secciones de Hechos pueda ser el propio narrador; pero ninguna
alternativa resulta tan creíble como la solución más obvia: que el narrador
participó personalmente en los episodios referidos y ofrece un testimonio presencial.
Es significativo que el autor de Lucas se refiera a sí mismo en primera persona
ya en el prólogo (“yo también he decidido...”, 1,3).
Nunca
se dice en Hechos quién era este compañero de Pablo, pero la tradición lo ha
identificado con Lucas, “el querido médico” de Col 4,14 (cf. 2 Tim 4,11; Flm
24). Esta tradición ya estaba bien establecida en la última parte del siglo II
(p75, Ireneo, el fragmento Muratoriano, el prólogo antimarcionita), aunque no
hay indicios anteriores a Ireneo. Como en el caso de Marcos, el título Euangelion
kata Loukan presumiblemente indica que tan pronto como el Evangelio empezó
a circular fue identificado como obra de Lucas. Aquí entra en juego el
destinatario, el “excelente Teófilo” (Lc 1,3): si era persona real (opinión
mayoritaria), quizá el documento le fue enviado para que hiciera copias
destinadas a un uso más amplio; y si “Teófilo” era un modo de invitar a todos
los “amigos de Dios” a leerlo, el corolario es de nuevo que el Evangelio
buscaba mayor difusión. En tal caso, el título ya existiría al comienzo de ese
proceso, lo que situaría la tradición de la autoría lucana a finales del siglo
I o comienzos del II.
Cabría
argüir que esa tradición fue producto del deseo de dar autoridad al documento
atribuyéndolo a un compañero de Pablo. Pero los escritos no conceden a Lucas
una categoría tan elevada: solo se le menciona tres veces en el corpus paulino,
no más que a Dimas, y ni siquiera como compañero estrecho de Pablo. Un relato
de la vida de Jesús escrito por él no tendría tanta importancia como uno
escrito por un discípulo directo. De nuevo es difícil superar la solución más
obvia: el Evangelio acabó conocido como “según Lucas” simplemente porque
quienes lo promovían sabían que se debía a Lucas, el antiguo compañero de
Pablo.
b.2.
Data
La
cuestión de la fecha está más limitada que en los otros Evangelios. Por un
lado, el consenso del “problema sinóptico” es que Lucas utilizó Marcos como una
de sus fuentes, por lo que la fecha a quo es casi con seguridad
posterior al año 70; además, Lc 21,24 implica probablemente que pudo mirar
retrospectivamente la destrucción de Jerusalén (cf. 19,43-44). Por otro lado,
el Evangelio fue escrito antes que Hechos, es decir (por consenso general), antes
de los años ochenta o primeros noventa. Si Lucas, como compañero de Pablo,
empleó los dos años de prisión del apóstol en Cesarea para reunir información,
también pudo aprovecharlos para acopiar tradición de Jesús. No debemos inferir
del prólogo (1,1-3) que solo recientemente se interesara por coleccionar tradiciones;
es posible que ese interés fuera muy anterior. Las investigaciones que realizó
(1,3) le exigieron tiempo y viajes, por lo que una datación en los últimos años
setenta o primeros ochenta es enteramente verosímil. Como compañero de Pablo en
los años cincuenta, es fácil imaginarlo investigando y componiendo cuando aún
tenía cincuenta o sesenta años.
b.3.
Lugar de composición: origen o destino
Los
indicios apuntan a un Lucas viajero: los pasajes en primera persona del plural
de Hechos son todos notas (¿recuerdos?) de viajes. Las tres referencias
neotestamentarias implican que permaneció fiel a Pablo durante su prisión (o
prisiones) en Roma. Hch 16,10-17 y 20,5-6 sugieren que pudo residir en Filipos
algún tiempo. Eusebio dice que era “de Antioquía”, y el prólogo antimarcionita
lo describe como “un sirio de Antioquía”. Pero no importa mucho dónde compuso
su Evangelio, porque parece haber sido más cosmopolita que otros cristianos de
los primeros tiempos —si bien con un cosmopolitismo relativo, dado el espacio
en que se movió: de Jerusalén a Roma y muchos puntos intermedios—. La
composición pudo ser una empresa de cierta envergadura, dependiente de una
situación estable. Debemos evitar la habitual inferencia de que el Evangelio se
escribió para una comunidad determinada y refleja sus creencias y prácticas:
más que cualquier otro Evangelio del NT, el de Lucas fue escrito desde una
perspectiva amplia y refleja lo que importaba a una persona de intereses y
experiencias cosmopolitas. Probablemente nos instruya poco sobre comunidades
específicas y más sobre el carácter de un movimiento que atraía a un número
creciente de personas en un área cada vez mayor durante la última parte del
siglo I y la primera del II en el mundo mediterráneo.
c.
El Evangelio de Mateo
En
tercer lugar, Mateo. Se le suele considerar anterior a Lucas y como su posible
fuente, opinión arraigada porque la tradición de que Mateo fue el primero de
los cuatro estaba firmemente establecida en la Iglesia primitiva: sostienen su
prioridad nada menos que Clemente de Alejandría, Orígenes y Eusebio. Es
comprensible: los Evangelios casi seguramente anteriores (Marcos y Lucas) se
atribuían a fuentes secundarias (Marcos dependiente de Pedro, Lucas de Pablo),
mientras que Mateo era uno de los doce discípulos de Jesús. Para quienes
deseaban testimonios de origen ocular, Mateo tenía una autoridad de la que
Marcos y Lucas solo eran acreedores como transmisores no directos. Por eso, en
el caso de Mateo la cuestión de la autoridad reviste mayor significación.
c.1.
Autor
La
autoría de Mateo es tan problemática como la de Marcos. El título Euangelion
kata Maththaion sugiere que, tan pronto como el Evangelio circuló, fue
identificado como obra de Mateo. Papías, escribiendo en la segunda mitad del
siglo II, sitúa el Evangelio de Mateo en estrecha conexión con el de Marcos.
Pero su descripción de la obra de Mateo es aún más problemática. Hay dos
maneras de entenderla. La primera: que Papías se refería al Evangelio como tal,
dando por supuesto que Mateo reunió la tradición de dichos de Jesús (los
“oráculos”) en arameo, es decir, que el Evangelio se compuso enteramente de
tradición oral aramea; o bien que la nota de que “cada uno los interpretó lo
mejor que pudo” implica que otra persona tradujo el original hebreo al griego.
El problema es que, según el consenso, Mateo tomó mucho material del Marcos
griego, incluida su estructura.
La
segunda interpretación: que Papías se refería en realidad al material Q,
consistente casi en su totalidad en dichos (“oráculos”). El valor de sus
palabras sería que atestiguan la creencia de que fue Mateo quien transcribió la
tradición que hoy sabemos compartida por Mateo y Lucas: el documento Q. La
dificultad es que Papías dice que Mateo reunió el material en hebreo/arameo y
atribuye la traducción a otros; y que, si el material Q constituía proporción
tan importante del Evangelio de Mateo, se juzgó adecuado atribuir el conjunto a
quien había proporcionado ese material. Con esta tesis, sin embargo, el autor
real del Evangelio quedaría a dos posiciones de Mateo, lo que haría la
atribución cuando menos desorientadora. En suma, si se toma en serio el testimonio
de Papías, la alternativa es pensar que estaba equivocado (al menos en parte) o
que atribuyó arbitrariamente el Evangelio a Mateo.
Las
pistas internas también son problemáticas. Cabe identificar al autor como un
judeocristiano o judeocristiano helenista. Tres versículos invitan a percibir
referencias personales: Mt 13,52 (“Todo maestro de la Ley que se ha hecho
discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que saca de su
tesoro cosas nuevas y viejas”), entendible como descripción de lo que el autor
creía estar haciendo; Mt 9,9, donde el nombre del recaudador llamado por Jesús
se cambia de “Leví” (Mc 2,14) a “Mateo”; y Mt 10,3, donde solo Mateo añade al
apóstol Mateo la descripción de “recaudador de impuestos”, confirmando aquella
identidad. Es posible que “Mateo” fuera el nombre por el que el recaudador
llegó a ser conocido, y que su inserción intentara identificar al “escriba”
responsable del Evangelio, posiblemente incluso por el propio autor, lo que
ayudaría a explicar el temprano título “según Mateo”.
El
problema básico de atribuir el Evangelio al discípulo Mateo es la fecha: si una
data no anterior a los primeros años ochenta es la más probable, el discípulo
habría escrito siendo octogenario o mayor, lo que es poco verosímil. Además, la
atribución —que debió de ser muy temprana— probablemente implica que la
composición fue obra de un ayudante o discípulo cercano que, tras la muerte de
Mateo, reunió la tradición que este había usado y escribió el Evangelio en su
honor y según su espíritu. Tal acto de piadosa devoción a un maestro habría
sido comprendido en los grupos religiosos y filosóficos de la época. La
alternativa —que un individuo o grupo buscara autoridad apostólica subrayando
las referencias mateanas— explica peor el título asignado tan pronto (¿por qué
no “según Pedro”, que sobresale mucho más en el Evangelio?). La cuestión
permanece oscura y probablemente fuera de nuestro alcance.
c.2.
Data
Dado
que Mateo casi con seguridad conocía y usó a Marcos, la fecha de este es el terminus
a quo: Mateo se escribió después del año 70. Lo confirma la versión mateana
de la parábola del banquete de boda (22,1-14): solo Mateo añade que el rey
“envió sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas e incendió su ciudad”
(22,7), adición que estropea el argumento principal pero refleja casi con
certeza la destrucción de Jerusalén por el ejército de Tito, entendida como
castigo de Dios por el rechazo del evangelio. Esta reflexión sobre los
acontecimientos del 70 indica claramente una fecha posterior.
¿Podemos
precisar más? El equivalente mateano del “pequeño apocalipsis” (Mt 24) plantea
un rompecabezas similar al de Marcos. Si Mateo preveía que el “fin del mundo”
(24,3) sería la catástrofe cósmica final y la vinculaba a la destrucción del
templo, sería difícil que escribiera mucho después del 70 (pues no había
ocurrido tal catástrofe); pero cabe leer el capítulo 24 distinguiendo la
reciente destrucción del templo (24,2) del “fin del mundo” aún por venir, o
entender todo como referencia a la caída de Jerusalén con imágenes
apocalípticas. Por eso, Mt 24 presta poca ayuda. Un terminus ad quem lo
ofrece probablemente Ignacio de Antioquía, que muestra conocimiento del
Evangelio (especialmente IgnEsm 1.1, sobre el bautismo “para que se cumpliese
toda justicia”). Como las cartas de Ignacio se datan con confianza entre el año
100 y su muerte (c. 118), cabe deducir que Mateo había empezado a circular unos
años antes. La detección de su influencia en 1 Clemente (mediados de los
noventa) y la Didajé (¿100-120?) es mucho menos clara.
Mateo
parece reflejar un período de tensión y antagonismo con los sucesores de los
fariseos en tiempo posterior al 70 (Mt 23). Conviene descartar la idea de que
los rabinos de Yamnia resolvieran enseguida todas las cuestiones haláquicas y
ejercieran de inmediato su influencia sobre todo Israel. Las demás facciones
del judaísmo del Segundo Templo habían sido destruidas (esenios, zelotas) o
privadas de poder (saduceos), pero es improbable que los herederos de los
fariseos alcanzaran autoridad rápida y generalizada. Por eso debemos
contentarnos con la idea ampliamente compartida de que Mateo se escribió en los
años ochenta, seguramente a mediados de esa década.
c.3.
Lugar de composición: origen o destino
Lo
dicho sobre los protagonistas de Mt 23 tiene un corolario para el lugar. Es
probable que el judaísmo rabínico se granjease respeto al principio solo dentro
de Judea, y que creciera gradualmente. Buena parte de los judíos de la diáspora
no había sido sustancialmente afectada por el desastre de la guerra (salvo la
transformación del impuesto del medio siclo en el fiscus Iudaicus), por
lo que no sentirían la necesidad de las disposiciones de Yamnia. Esto hace muy
improbable que el marco vital de Mateo se localice muy lejos de los límites de
la tierra de Israel. Incluso respecto a Galilea hay indicios de que Yohanán ben
Zakkai, padre fundador de la “academia” de Yamnia, no era muy apreciado allí
(la tradición pone en su boca: “¡Oh Galilea, Galilea! ¡Odias la Torá!”), lo que
sugiere resistencia continua a las halakot de Yamnia. Si la influencia
de Yamnia no se estableció en Galilea hasta bien entrados los años ochenta, su
extensión a las comunidades de la diáspora en Siria habría requerido aún más
tiempo.
La
conjetura de mayor peso es que Mateo refleja una situación en tierra extranjera
próxima, es decir, en Siria. De toda la diáspora, los judíos más numerosos se
encontraban en Siria y, particularmente, en Antioquía; y la salvaje persecución
de la revuelta pudo hacer que el judaísmo más conservador de Yamnia resultara
atractivo para muchos supervivientes que trataban de reafirmar su identidad
tras el 70. Por eso Antioquía de Siria es quizá el lugar donde más
probablemente residía la comunidad mateana y se compuso el Evangelio. Dado lo
limitado de nuestro conocimiento sobre el origen de los cuatro Evangelios, la
ubicación de Mateo en Siria puede ser la más segura de unas cuantas
conclusiones discutidas.
d.
El Evangelio de Juan
De
los cuatro Evangelios neotestamentarios, Juan es el que con más justificación
puede estudiarse junto con los no incluidos en el NT, pues es muy diferente de
los sinópticos y, al menos superficialmente, se asemeja en su presentación de
Jesús a algunos Evangelios no canónicos (por ejemplo, El diálogo del
Salvador). Una de las tareas principales será demostrar que esa lectura es
superficial y que Juan está más cerca de los sinópticos que de los no
neotestamentarios, y que es un “Evangelio” tal como la categoría fue
determinada por Marcos y los demás sinópticos. Primero, sin embargo, las
cuestiones introductorias habituales.
d.1.
Autor
Desde
el título Euangelion kata Ioannen funciona el mismo razonamiento que con
los otros Evangelios: el que Juan nunca sea atribuido a nadie más que a “Juan”
puede significar que la etiqueta se aplicó desde el principio. Pero la pregunta
surgió muy pronto: “¿Qué Juan?”. La tradición habla de varios: Juan, hijo de
Zebedeo y hermano de Santiago, uno de los apóstoles; Juan el vidente, autor del
Apocalipsis; Juan el Anciano (presbyteros), según Papías; y Juan Marcos.
La complicación aumenta con la cuestión del “discípulo amado” y con la
probabilidad de que Juan 21 sea un apéndice añadido para completar el
Evangelio.
El
primer indicio —y el más revelador— es Jn 21,24: “Este es el discípulo que da
testimonio de estas cosas y las ha escrito; y nosotros sabemos que su
testimonio es verdadero”. El discípulo referido es “el discípulo al que Jesús
amaba” (21,20), y la implicación de 21,23 es que ese discípulo ya había muerto.
Su comunidad aprovecha para añadir la conclusión (21,24-25), atribuyéndole el
testimonio y la redacción. El razonamiento admite un paso más: “el discípulo
amado” aparece varias veces en el cuerpo del Evangelio, por lo que “estas
cosas” no se limitan a Juan 21. Se confirma en 19,35 (“Lo atestigua el que lo
vio... y su testimonio es verdadero”), pasaje muy similar a 21,24, y en el
paralelo con 20,31, que suena como conclusión del Evangelio antes del capítulo
21.
Un
punto es evidente, aunque a veces eclipsado por los análisis del testimonio
patrístico: ya dentro del Evangelio en su forma final es explícito el
testimonio sobre su autoría, algo excepcional, pues ningún otro Evangelio
canónico contiene afirmaciones semejantes. Mucho antes de que los cristianos
del siglo II mencionasen la cuestión, ya se había resuelto ese rompecabezas. El
testimonio es doble: 1) afirma que la fuente y autoridad de la narración era de
carácter personal —el testigo había presenciado lo que refería—; y 2) que ese
testigo directo escribió “estas cosas”, de modo que el Evangelio había sido
escrito por un discípulo cercano de Jesús.
No
podemos ir mucho más allá. La identidad de “el discípulo amado” sigue siendo
uno de los grandes enigmas, quizá con la intención de evitar que esa persona
atrajese excesiva atención. Se ha debatido si es una invención literaria,
símbolo del círculo discipular; pero los pasajes que lo presentan como figura
de autoridad fiable apuntan más bien a alguien real, uno de los discípulos
cercanos a Jesús, uno de los Doce (13,23; 19,26-27). Si tomamos en serio la
atribución a Juan, el candidato con más posibilidades es Juan, hijo de Zebedeo,
nunca nombrado en el Evangelio (aunque hay una referencia a “los hijos de
Zebedeo” en 21,2). La estrecha asociación del discípulo amado con Pedro
(20,2-10; 21,20-23) es paralela a la de Pedro y Juan en Hechos, y estos pasajes
parecen promover al discípulo amado como autoridad igual o alternativa a la de
Pedro, quizá incluso como autoridad opuesta y más fiable.
Nada
es aquí seguro. El testimonio de los escritores del siglo II ayuda poco. Hacia
el final del siglo, Ireneo atestigua con claridad que el autor fue “Juan, el
discípulo del Señor que se reclinó en su pecho”, identificándolo con el
discípulo amado, y sitúa el origen de ese conocimiento en “todos los ancianos”
de Asia que hablaron con Juan, sobre todo Papías y Policarpo. Policarpo, obispo
de Esmirna y probablemente el cristiano más importante de Asia Menor a mediados
del siglo II, fue ejecutado hacia 155 siendo octogenario; Papías, obispo de
Hierápolis, vivió entre 70 y 130 aproximadamente. Es, pues, probable una
coincidencia parcial en el tiempo con “el discípulo del Señor”, de modo que el
testimonio de Ireneo, aunque posterior en unos ochenta años a la publicación
del Evangelio, está vinculado casi directamente (por medio de Policarpo) a la
persona a la que atribuyó el escrito.
Desconcierta,
sin embargo, que en las citas de Papías conservadas por Eusebio no haya
referencia a Juan como autor del cuarto Evangelio; que Ignacio, al escribir a
Éfeso, no lo mencione; y que tampoco Policarpo aluda a su relación con el
apóstol en su Carta a los Filipenses. Si la línea de tradición era tan poderosa
como mantiene Ireneo, sorprende que no se recogiera antes. Aun así, el
testimonio interno, la implicación del título y la cadena de testigos de Ireneo
hacen creíble en conjunto la atribución del cuarto Evangelio a Juan, hijo de
Zebedeo. Hay además indicios de que el Evangelio fue producto final de un largo
proceso de desarrollo de la tradición, con borradores o versiones anteriores;
por eso cabe que la atribución a Juan fuese primero, o principalmente, una
atribución a él como fuente y autoridad. Una sugerencia aceptable es que una
versión anterior fuese corregida y aumentada por otro Juan, “Juan el Anciano”,
quizá vinculable con “el Anciano” de la segunda y tercera cartas de Juan. No
ayuda que Papías llame también a Juan el Anciano “discípulo del Señor”, la
misma fórmula usada para “Juan, el discípulo del Señor”.
Quizá
debamos contentarnos con la declaración de 19,35 y 21,24 (y, por implicación,
20,2-10 y 21,20-23) de que el Evangelio de Juan tenía sus raíces y fuente en el
testimonio ocular de una persona cercana a Jesús. Si damos a Kata Ioannen
el valor que parece merecer, podemos concluir que el título se aplicó porque
los primeros receptores creían firmemente que Juan (apóstol o Anciano) era la
fuente que daba autoridad al escrito. Y cabría inferir, aunque con más dudas,
que esta versión del evangelio se publicó un tanto deliberadamente para servir
de alternativa o contrapeso a las versiones cuya autoridad se situaba
principalmente en Pedro. No es mucho, pero es más de lo que cabía esperar tras
plantear la cuestión de la autoría en los demás Evangelios.
d.2.
Lugar de composición
Hay
una sólida tradición patrística que vincula a Juan con Asia Menor,
concretamente con Éfeso. Eusebio cita testimonios de Ireneo de que Juan estuvo
en Asia “hasta los tiempos de Trajano” y de que escribió el Evangelio viviendo
todavía en Éfeso; añade un pasaje de Clemente de Alejandría sobre el trabajo
misionero de Juan desde Éfeso, y cita a Polícrates, obispo de Éfeso, que
atestigua allí su muerte e informa de dos sepulturas atribuidas a Juan. Ante
tradición tan unánime, la conclusión más probable es que Juan, el discípulo
amado —ya fuera el apóstol o el Anciano—, pasó los últimos años de su
ministerio en Éfeso y Asia. Ahora bien, como los materiales del Evangelio son
fruto de un largo proceso de tradición, es posible matizar: las raíces de la
tradición en Galilea y Palestina son muy evidentes, y es verosímil que, antes o
después de la destrucción del templo, Juan con otros dejara Palestina rumbo a
Siria antes de pasar a la diáspora occidental. Asia Menor, y Éfeso en
particular, con su nutrida comunidad judía y su iglesia de fundación paulina,
sería un obvio lugar de composición. Poco más podemos decir.
d.3.
Data
Intrínsecamente
hay pocos aspectos que sugieran una fecha posterior a la de los sinópticos. Las
referencias a la expulsión de las sinagogas (Jn 9,22; 12,42; 16,2) no ayudan
mucho, pues no está claro cuándo empezaron a ser expulsados los creyentes y los
sucesos pudieron ser muy locales. En Jn 11,48 cabe pensar que se da por
acontecida la destrucción de Jerusalén y del templo; en los capítulos 20-21
parece suponerse que ya ha muerto el discípulo amado y que era una autoridad
alternativa a la de Pedro. La cristología de Juan parece más desarrollada que
la de los sinópticos, aunque ello no supone un desarrollo en línea recta y
cronológica.
El
testimonio externo aporta alguna ayuda. No hay indicio claro de que los Padres
apostólicos conocieran el Evangelio de Juan; la prueba más temprana de
conocimiento es un escrito de Justino Mártir, que no puede datarse antes de 150
d. C. aproximadamente. Pero las Odas de Salomón, o fueron influidas por
Juan o comparten con él una espiritualidad muy similar, y su composición puede
defenderse en el primer cuarto del siglo II. Esto aliviaría la presión sobre el
fragmento p52, datado generalmente hacia 125 d. C. —datación cuestionada en los
últimos años, con propuestas en torno al 150—. Aun así, ese fragmento, hallado
en Egipto, implica que el Evangelio ya había circulado considerablemente fuera
de su probable lugar de origen. Por eso, la fecha más popular en la
investigación reciente —la última década del siglo I o el cambio de siglo—
puede ser también la más probable. Pero aquí, de nuevo, cabe poca confianza y
ninguna seguridad, por lo que no es prudente elaborar tesis sobre el desarrollo
del cristianismo primitivo que dependan de una fecha clara y firme del
Evangelio de Juan.
39.3.
El resto del Nuevo Testamento
En
un proyecto cronológico tiene sentido considerar los demás escritos conservados
como parte del Nuevo Testamento, puesto que los documentos neotestamentarios
constituyen casi todo el material cristiano compuesto en el siglo I y son, por
tanto, los escritos cristianos más tempranos llegados hasta nosotros.
a.
La cuestión de la seudoepigrafía
Varios
escritos del NT siguen siendo considerados seudoepigráficos o seudónimos por la
mayoría de los expertos, por lo que conviene aclarar la cuestión antes de
examinarlos. Las palabras “seudoepigráfico” y “seudónimo” denotan escritos
falsamente atribuidos (epigraphé = “inscripción”) o falsamente
denominados (onoma = “nombre”), aunque solo el primer término se remonta
a la Antigüedad. En ambos casos se alude a documentos que figuran
explícitamente como obra de una persona determinada cuando, según el consenso
general, fueron escritos por otra. Es la falsa atribución, no la anonimia, lo
que define la seudoepigrafía: muchos escritos del NT son anónimos (los
Evangelios, Hebreos), pero ello no impugna su inclusión. Tampoco debe
confundirse con “apócrifo”, término que aplicado a los seudoepígrafos del AT
tiene el sentido de inadecuado para la lectura pública.
El
término “seudoepigrafía” implica un juicio negativo sobre la autenticidad y
aceptabilidad de un documento, como muestra su más temprano uso cristiano:
Serapión lo aplicó al Evangelio de Pedro (“los escritos que falsamente llevan
sus nombres y que nosotros rechazamos... sabiendo que no son los que nos fueron
legados”). Es ese juicio de falsedad —el intento de pasar por apostólico lo que
no debe considerarse tal— lo que hace tan sensible la cuestión en el NT, pues
plantearía un problema moral y teológico para la noción de un canon
autoritativo. Y la incómoda realidad es que hay un gran consenso de que algunos
escritos —especialmente Efesios, las cartas pastorales y 2 Pedro— son
seudoepigráficos: los primeros falsamente atribuidos a Pablo, el último a Pedro.
¿Cómo entender, pues, la aparente contradicción de la expresión “seudoepigrafía
neotestamentaria”? Ha habido varias tentativas de conciliar las ideas opuestas
de seudoepigrafía y canon.
1)
Que en la Antigüedad los escritores no compartían el concepto moderno de
propiedad intelectual; si los escritos eran bienes comunes, el uso del nombre
de otro no buscaría engañar. Sin embargo, W. Speyer demostró que el sentido de
la propiedad intelectual estaba ya bien desarrollado en la cultura griega mucho
antes del siglo I a. C., y que el helenismo introdujo ese sentido también en la
cultura judía (testimonio de 2 Macabeos respecto a Jasón de Cirene;
susceptibilidades sobre falsas atribuciones en 2 Tes 2,2 y Ap 22,18).
2)
Que la seudoepigrafía era un recurso literario aceptable. Funciona bien con
documentos aparecidos siglos después de la muerte de sus supuestos autores (los
neopitagóricos atribuían sus escritos a Pitágoras; según Jámblico era honorable
publicar bajo el nombre de un maestro venerado). Pero hay una gran diferencia
entre adoptar como seudónimo a una figura antigua o simbólica y pretender
continuar una tradición pocos años después de la muerte de su iniciador, como
en Efesios. La cuestión del engaño se vuelve más delicada en el segundo caso, y
los antiguos eran conscientes de ello.
3)
Que la seudoepigrafía era aceptable cuando provenía de la aspiración del
escritor a alguna identidad mística o espiritual con aquel cuyo nombre usaba.
K. Aland ve aquí una solución: atribuir la autoría efectiva al Espíritu Santo
tendía “un puente entre las generaciones”, de modo que la identidad del autor
humano no importaba. Pero esto pasa por alto la extendida conciencia del
peligro de la falsa profecía en el cristianismo primitivo. El argumento gana
verosimilitud para escritos que narran visiones y viajes celestiales, pero
incluso en ellos falta el sentido de identificación mística, y para el género
epistolar es muy dudoso.
4)
La obra de N. Brox destaca tres aspectos que ayudan a entender el fenómeno: el
“amor por la antigüedad” (lo antiguo infundía respeto); la “inautenticidad
noble” (la falta de autenticidad en apoyo de una causa noble, como la religión,
era admisible y no atraía el estigma del engaño —la “mentira blanca”—); y el
principio de que el contenido importaba más que la autoría. Estas observaciones
captan algo de las actitudes de la época, pero es discutible cuánto contribuyen
a la cuestión específica del NT.
5)
La contribución más prometedora es la tesis de D. G. Meade. Para él, el
contexto más adecuado no son los géneros grecorromanos ni los apócrifos judíos,
sino el proceso de la composición religiosa judía por el cual una tradición se
atribuye a una figura histórica prominente y un depósito original se amplía con
nuevo material adscrito a esa figura (Pentateuco, Isaías, corpus salomónico,
tradiciones de Daniel y Henoc). En cada caso, la atribución indica
principalmente la autoridad de la tradición, no el origen literario, y sigue un
patrón persistente: 1) una figura venerada del pasado; 2) un desarrollo de la
tradición desde dentro de ella; y 3) el reconocimiento de que la vitalidad de
la tradición no se mantendría si la conexión con la figura autoritativa se
hiciese demasiado tenue. Aplicado al NT, la relación de Efesios y las
pastorales con las cartas indiscutiblemente paulinas equivaldría a la del
Segundo y Tercer Isaías con el Primero: la motivación fue hacer presentes y
renovadamente actuales las tradiciones petrina y paulina para la generación
siguiente. La tesis de Meade es la que mayor potencial tiene para explicar cómo
los primeros cristianos aceptaron documentos cuyo pretendido autor ya había
muerto: una práctica bíblica de continuar y desarrollar una tradición
literaria, iniciada por una figura autoritativa, después de su muerte,
reconocida como partícipe de su autoridad.
b.
Las cartas pastorales
Como
con el resto del material, limitamos las consideraciones a las tres cuestiones
de autoría, receptores y fecha.
b.1.
Autor
A
primera vista la pregunta tiene fácil respuesta: las tres cartas se presentan
como escritas por Pablo y dirigidas a Timoteo (dos) y Tito, sus “verdaderos” y
“amados” hijos. Su autoría paulina no fue objetada en el siglo II. Pero en los
últimos doscientos años la mayoría de los especialistas han concluido que no
fueron escritas por Pablo y deben considerarse seudónimas, sobre la base de
varias particularidades:
Lenguaje
y estilo: el vocabulario es muy característico, con muchos más hápax por
carta que en cualquier otra del corpus paulino, y faltan numerosas palabras y
partículas propias de Pablo que funcionan como “huellas digitales” de su
estilo.
Circunstancias
históricas: cuesta compaginar los movimientos de Pablo implícitos en las cartas
con lo que sabemos por otros escritos; suponen el levantamiento del arresto
domiciliario y un viaje posterior por la zona del Egeo, cuando antes había
determinado ir de Roma a España (Rom 15,23-28). De haber emprendido Pablo una
nueva misión, sorprendería que Lucas no continuara su historia, pues el epílogo
de Hechos (28,30-31), a la luz de la despedida de Hch 20, presenta la actividad
romana como culminación de su itinerario.
La
oposición: las cartas reflejan un adversario que parece una mezcla de elementos
judíos y protognósticos, sin paralelo en los textos neotestamentarios
anteriores al 70, aunque coincidente con la idea, presente en Hegesipo, de que
las herejías gnósticas clásicas surgieron de judíos creyentes que sobrevivieron
a la destrucción de Jerusalén.
Institucionalización
creciente: las pastorales reflejan un grado de organización eclesiástica más
próximo a Ignacio de Antioquía que al Pablo anterior al 70: hablan de
“ancianos” por primera vez en el corpus paulino; “supervisor” (obispo) y
“diácono” parecen cargos establecidos; Timoteo y Tito tienen autoridad para
ordenar, nombrar y actuar como tribunal de apelación. Mientras que en las
cartas anteriores el carisma era gracia concedida a todos los miembros del
cuerpo de Cristo, aquí parece un poder otorgado formalmente para el desempeño
de una función.
Cristalización
de la fe en formas fijas: aparece un cuerpo coherente de enseñanza, ya
descriptible como “ortodoxia” (“la enseñanza”, “sana doctrina”, “la fe”, “el
depósito de la fe”), cuya conservación y transmisión fiel es papel de la
jerarquía eclesiástica.
A
la luz de estos datos es muy difícil evitar la conclusión de que las pastorales
no fueron escritas por Pablo y reflejan situaciones muy probablemente
posteriores al año 70. Cabe imaginar que uno o más discípulos intentaran
proteger lo que consideraban la herencia de Pablo, presentándolo como más
conservador. Lo más probable es catalogarlas como seudónimas y atribuirlas a un
discípulo conservador desconocido que creyó hacer lo que Pablo habría aprobado.
Hay una posibilidad adicional: que el autor completara estos escritos como
ampliaciones de una o más cartas breves auténticas que Pablo pudo enviar tras
empeorar su situación como preso en Roma. El pasaje clave es 2 Tim 4,6-18, de
carácter muy personal, que sugeriría que, tras una primera comparecencia sin
condena, Pablo se veía ante una segunda de fatal desenlace. En todo caso, la
improbabilidad de que Pablo sea el autor de las pastorales tal como han llegado
hasta nosotros es la inferencia más fiable.
b.2.
¿Por qué y a quién?
Dado
su carácter, la respuesta más obvia es que se escribieron para consolidar el
acervo de la primera generación y asegurar que lo valioso de la estructura de
las iglesias paulinas pasara a las generaciones futuras; posiblemente también
para que se recordase a Pablo preocupado por la buena marcha de las iglesias
que había fundado, y para situarlo firmemente en la corriente principal del
cristianismo, de modo que su legado no se interpretara primariamente desde la
perspectiva de 1 Corintios. Ello sugiere de nuevo autores entre los discípulos
más conservadores, e invita a pensar que las pastorales se escribieron para
incluirse en lo que ya era, en las últimas décadas del siglo I, una o varias
colecciones de cartas paulinas. Eusebio refiere que Timoteo fue primer obispo
de Éfeso y Tito de las iglesias de Creta; cabe inferir que ambos ejercieron
importantes funciones directivas en las iglesias del Egeo tras la muerte de
Pablo, y que eran figuras adecuadas para llevar adelante la herencia paulina.
b.3.
Data
La
fecha depende sobre todo de cuándo se desarrolló la eclesiología de las cartas.
En una estimación aproximada, parece situarse entre la eclesiología de Efesios
y la de Ignacio de Antioquía, y coincidir con la de Hechos. Esto invita a datar
las pastorales en las dos últimas décadas del siglo primero.
c.
Hebreos
Hebreos
es uno de los grandes rompecabezas del NT. Su calidad como escrito —un tratado
o sermón didáctico mezclado con una exhortación (“palabra de exhortación”, Heb
13,23) y acabado a modo de carta— es considerable; de hecho, se le considera
generalmente la mejor composición griega del NT. Pero las cuestiones usuales,
especialmente las de autor y destinatarios, dejan más interrogantes en el aire
que casi cualquier otro documento.
c.1.
Autor
El
mayor enigma es el autor. La atribución posterior a Pablo —no afirmada en
Occidente hasta el siglo IV— recibe alguna credibilidad por la referencia a
“nuestro hermano Timoteo” (13,23) y por la inclusión del documento en p46
dentro del corpus paulino. Pero en estilo y perspectiva difiere mucho de las
cartas de Pablo, y la autoría paulina ha sido descartada por casi todos los
especialistas modernos. La pista más útil, aunque inadecuada, es la cosmovisión
característicamente judeo-helenística de la carta, con marcados paralelos en el
judaísmo alejandrino (el libro de la Sabiduría, Filón). El uso de Ex 25,40
(“Hazlo todo conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte”) une su
pensamiento con una cosmología de tipo platónico en que las entidades terrenas
son copias o sombras de los ideales celestiales —cosmovisión característica de
Filón—. Ello no implica que el autor conociera o dependiera de Filón, pero sí
que se sirvió de una cosmología filosófica similar para exponer las
insuficiencias del tabernáculo y sus ritos. Más característicamente, Hebreos
mezcla las imágenes cosmológicas platónicas con la tradición apocalíptica judía
del viaje celestial, presentando el culto aarónico como sombra del culto
celestial y como anuncio de la realidad que Jesús ha traído, en que la era y la
alianza antiguas dan paso a las nuevas.
Esta
línea de pensamiento no acerca a identificar un autor concreto, aunque Apolo de
Alejandría constituye una especulación atractiva. Pero, dada la incertidumbre
ya en los primeros siglos, lo más relevante es que la calidad y fuerza del
escrito bastaron para que obtuviese la categoría de canónico. Ese hecho, más
que la identificación de un autor, es lo que hace valioso el testimonio de
Hebreos para la última parte del siglo I.
c.2.
Destinatarios
“A
los Hebreos” es casi con seguridad un título añadido al empezar a circular el
escrito, como deducción de su carácter intensamente judío, centrado en el
ritual sacerdotal y sacrificial de Israel. Era natural inferir que los
destinatarios estaban particularmente interesados e informados sobre el culto
de Israel. Una respuesta popular es que se trataba de judíos creyentes que
añoraban el culto del templo, o de judíos de la diáspora desolados por la
destrucción del santuario en el 70; pero igualmente podría tratarse de
creyentes gentiles temerosos de Dios atraídos por el templo. El título
posterior no resuelve la cuestión. La pista más importante quizá esté en el
capítulo 10, donde el argumento culmina mostrando que los sacrificios por el
pecado que deben repetirse son ineficaces, mientras que un sacrificio de una
vez por todas trae el perdón. La repetida mención de la “conciencia” (caps.
9-10) sugiere un interés pastoral por quienes tenían problemas de conciencia y
añoraban la tangibilidad del culto sacrificial. En cuanto al lugar, el saludo
de “los de Italia” (13,24) podría sugerir una carta escrita a Roma —aunque la
frase es ambigua—, y el conocimiento de Clemente de Roma apunta en esa
dirección; la referencia a Timoteo liberado podría sugerir un envío desde
Éfeso. Poco más cabe añadir con utilidad.
c.3.
Data
Que
en Hebreos no se haga referencia explícita ni implícita a la destrucción del
templo parecería favorecer una fecha anterior al año 70, y nada en su
cristología o eclesiología se opone con claridad a ello. Pero otros escritos
judíos posteriores al 70 (Josefo, la Misná) siguieron hablando del templo y sus
ritos como si aún existieran. Más significativo es que la carta gire en torno
al tabernáculo del desierto y a sus ritos tal como están en la Torá, sin
referencia al culto del Segundo Templo: lo que el autor quería cuestionar era
la continua necesidad y legitimidad de los principios escriturísticos
fundacionales. Si su argumentación valía respecto al sacerdocio aarónico y el
tabernáculo, socavaba también el Templo de Herodes. Tal estrategia bien podría
reflejar una situación posterior al 70, en que cualquier argumento sobre el
templo destruido podía contrarrestarse alegando que el culto de la Torá seguía
válido, con la esperanza de su restauración. Centrándose en las prefiguraciones
de la Torá y mostrando su irrelevancia ahora que se han cumplido en la muerte y
entrada de Jesús en el cielo, Hebreos podía debilitar toda añoranza de lo
destruido y toda esperanza de reconstrucción. Esta reflexión potencia el
argumento de una fecha posterior al 70 (cuando Timoteo aún vivía, 13,23),
aproximadamente una década antes de 1 Clemente, que suele datarse hacia el año
96.
d.
Santiago y 1 Pedro
Para
Santiago y 1 Pedro remito al lector a Comenzando desde Jerusalén (vol.
II/2, §§ 37.2 y 37.3). La Carta de Judas y 2 Pedro pueden considerarse
estrechamente relacionadas, puesto que la opinión general es que hay
dependencia literaria entre ambas y que para 2 Pedro se hizo uso de Judas. Por
eso se examina Judas en primer lugar.
e.
La Carta de Judas
e.1.
Autor
La
carta se atribuye a Judas (Ioudas), “hermano de Santiago”. Aunque hubo
más de un Santiago en los comienzos del cristianismo, la referencia sin más
datos indica al más prominente: el hermano de Jesús, jefe de la iglesia de
Jerusalén a mediados del siglo I. Sabemos por Mc 6,3 que Jesús tenía hermanos
llamados “Santiago, José, Judas y Simón”, y Hegesipo alude a Judas, “de quien
se decía que había sido su hermano según la carne”, cuyos nietos fueron
dirigentes de las iglesias durante el reinado de Domiciano. Apenas hay duda,
pues, de que la intención era identificar al autor con Judas, el hermano de
Santiago y de Jesús.
¿Pudo
escribirla el propio Judas? En tal caso lo habría hecho en los últimos años
cincuenta o en los sesenta. Pero los indicios apuntan a una fecha posterior,
por lo que la carta es probablemente seudónima, aunque la atribución a Judas
indica que tuvo considerable importancia y un papel significativo en las
primeras iglesias de Judea. El carácter marcadamente judío del escrito indica
que el autor era judío, pero también que había profundizado en la reflexión
apocalíptica sobre el mal presente y el juicio futuro.
e.2.
¿Quién o quiénes eran los destinatarios?
Nadie
en particular, al parecer. El documento, más parecido a un sermón con
introducción epistolar y doxología final, fue concebido para amplia
distribución. El que varias alusiones al Antiguo Testamento reflejen
conocimiento del texto hebreo en vez de los LXX sugiere una distribución
inicial en Palestina. Una posible reacción a temas paulinos podría apuntar a
una lucha judeocristiana (en Judea) con la herencia de Pablo.
e.3.
Data
La
fecha depende de cómo interpretemos el carácter del documento y sus indicios
temporales: el carácter apocalíptico podría reflejar la oleada de
apocalipticismo posterior a la catástrofe del 70; “la fe de una vez por todas
transmitida a los creyentes” (v. 3) recuerda la cristalización de “la fe” de
las pastorales; la referencia a los apóstoles (v. 17) parece la exhortación de
una segunda generación que mira hacia atrás; y las advertencias contra los
falsos maestros como señal de los últimos días son típicamente de segunda
generación. En suma, la última parte del siglo I parece la datación más
temprana razonable, y el terminus ad quem depende de lo más tarde que
pueda datarse 2 Pedro.
f.
2 Pedro
Una
de las peculiaridades más llamativas de 2 Pedro es lo mucho que comparte con la
Carta de Judas en temas, ilustraciones y palabras, especialmente las
coincidencias entre Jds 6-8.12-16.17-18 y 2 Pe 2,4-10.17-18; 3,1-3. Las
advertencias contra el libertinaje y la negación del Maestro, contra la
calumnia y la blasfemia y sobre la proximidad del juicio; la misma serie de
ilustraciones paralelas (ángeles rebeldes, Sodoma y Gomorra, Balaán); la
comparación de los oponentes con “animales irracionales”; la mención despectiva
de su “banquetear juntos” y el empleo de terminología poco común en ambas, todo
hace pensar en un alto grado de interdependencia literaria. Se tiene la
impresión de que 2 Pedro utilizó la Carta de Judas, más breve y de argumentos
más aglutinados, como estímulo y fuente. La gran mayoría de los comentaristas
deducen, en consecuencia, que 2 Pedro fue escrita después de Judas y con
dependencia de esta.
f.1.
Autor
Varios
factores apuntan a que el apóstol Pedro no fue el autor: es casi seguro que se
hizo uso de Judas; las diferencias de terminología e ideas respecto a 1 Pedro
son demasiado manifiestas para un mismo autor; y son demasiado claros los
indicios de una perspectiva de segunda o tercera generación. Hay muy pocas
alternativas a la conclusión de que 2 Pedro es seudónima; de hecho, es el más
obvio candidato a tal descripción, pues no solo dice estar escrita por “Simeón
Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo” (1,1), sino que expresa recuerdos
autobiográficos: el autor dice saber que pronto llegará su muerte (1,14,
inspirado en Jn 21,18-19), afirma haber sido testigo ocular de la majestad de
Jesús en “el monte santo” (1,16-18) y declara que esta era su segunda carta
(3,1), alusión a 1 Pedro. Notable es también la referencia a Pablo como
“nuestro querido hermano” (3,15). Las demás opciones —un discípulo directo, un
grupo que recogiera o resumiera la enseñanza de Pedro, o escribas diversos— no
ofrecen explicación adecuada. La carta ganó aceptación poco a poco y fue vista
como expresión adecuada de lo que Pedro habría querido decir. Es incómodo
afrontar la probabilidad de que el cristianismo primitivo fuera más crédulo o
menos inquisitivo en su aceptación de lo que sería aceptable en una cuestión
como el canon, pero tal parece la situación.
f.2.
Lugar de composición y destinatarios
Es
virtualmente imposible determinar dónde y para quién se escribió 2 Pedro. Ya
cuando se discutió su categoría se había perdido de vista su origen. La idea de
que los criticados eran gnósticos apenas se corrobora en sus falsas enseñanzas
y estilo de vida libertino, ya que ni lo uno ni lo otro era exclusivo de los
gnósticos, y otras etiquetas específicas son igualmente discutibles.
f.3.
Data
El
carácter tardío está indicado en dos aspectos. El retraso de la parusía se ha
convertido, por primera vez en el NT, en un serio problema (“¿Dónde queda la
promesa de su venida?”, 3,4), tratado con la reflexión de que “ante el Señor un
día es como mil años” (3,8) y con la idea de la paciencia divina (3,9), antes
de reafirmar que “el día del Señor vendrá como un ladrón” (3,10-12). Y las
cartas de Pablo son consideradas parte de la Escritura (3,15-16), categoría no
atribuida expresamente a escritos del NT hasta 2 Clemente y Justino. Muy
probablemente, pues, 2 Pedro se compuso en el siglo II, por lo que es muy
probable que sea el único escrito del NT datado después del año 100. Algún
momento en la primera mitad del siglo II es seguramente la conjetura más aproximada
que podemos formular.
g.
1-3 Juan
Dos
asuntos han ocupado a los especialistas en la literatura joánica: la relación
(autoría, cronología, pensamiento) de las tres cartas con el Evangelio de Juan,
y el orden cronológico de las tres cartas. Pero, dado que hay consenso en que
las tres comparten las características distintivamente joánicas del cuarto
Evangelio y en que están interrelacionadas cualquiera que fuera su orden de
composición, basta centrarse en las tres cuestiones habituales.
g.1.
Autor
Por
la proximidad entre el cuarto Evangelio y 1-3 Juan, la autoría de las cartas
queda atrapada en las mismas incertidumbres. Como “Juan el Anciano” es uno de
los candidatos convincentes a la autoría del Evangelio, el que la segunda y
tercera cartas se presenten como escritas por “el Anciano” apoya la idea de que
el autor final del Evangelio y el de 2-3 Juan eran la misma persona. Que “el
Anciano” no se identifique como “Juan” no debilita el argumento, pues tampoco
el autor del Evangelio se identifica. Por otro lado, esa designación no tenía
el mismo peso que “Juan” en la valoración patrística, y pudo dar a entender que
el autor no se atribuía la condición de apóstol —lo que probablemente influyó
en la tardía aceptación de las cartas—. Hoy difícilmente podemos ir más allá de
la confusión de los indicios patrísticos. A diferencia de las otras dos, 1 Juan
no se presenta como carta ni ofrece pista sobre su autor, pero las similitudes
con el Evangelio y las otras cartas sugieren un mismo origen, por lo que nuestra
incapacidad para identificar un autor específico es de escasa trascendencia.
g.2.
Lugar de composición
Como
las cartas parecen reflejar el mismo ambiente que el Evangelio, es natural
inferir la misma procedencia, muy posiblemente Éfeso. El autor de 1 Juan se
dirige a “mis hijitos” y llama a los lectores “queridos”, señal de que pensaba
en varias comunidades, lo que validaría su clasificación como “epístola
católica”. 2 Juan se dirige a la “señora elegida”, probablemente una comunidad
local, y se envía desde otra muy vinculada con ella. 3 Juan, aunque dirigida a
una persona (Gayo), parece concebida para lectura pública. Las iglesias en que
se piensa son probablemente de Asia Menor.
g.3.
Data
Las
fechas son igualmente difíciles de determinar. El que 2 y 3 Juan sean tan
breves implica que su aceptación y circulación se garantizaban por ser su autor
una figura conocida y respetada (no necesitaba identificarse más que como “el
Anciano”), lo que es uno de los principales argumentos a favor de su
composición antes de 1 Juan; pero no hay verdadera razón para que 1 Juan no
pudiera aparecer al mismo tiempo o antes. Más importante es si las cartas
aparecieron antes o después del Evangelio. La diferencia principal es que el
Evangelio refleja sobre todo una pugna entre creyentes joánicos y “los judíos”,
sin mucha indicación de disputa interna, mientras que las cartas hacen pensar
en otro tipo de desavenencia, que parece haber causado disputas internas (1 Jn
2,19). Si imaginamos las peculiaridades joánicas como fruto de un largo proceso
que incluyó un traslado después del 70 a Siria y luego a Éfeso, lo mejor es
leer las cartas como intentos de afrontar los problemas de esos traslados y
contextos nuevos. Ello sugiere que son posteriores al Evangelio, pero no
necesariamente mucho. Una fecha en torno al final del siglo I o muy temprana en
el II es totalmente posible y verosímil.
h.
El Apocalipsis de Juan
El
de Juan es el único apocalipsis incluido en el NT. Como documento que se
presenta con la capacidad de revelar secretos del cielo, hace la afirmación más
explícita de todos los escritos neotestamentarios de ser inspirado y transmitir
revelaciones divinas (Ap 1,1; 22,8).
h.1.
Autor
A
diferencia de la mayor parte de las cartas, este escrito es muy abierto
respecto a su autor: Juan, distinguible con facilidad de los otros Juanes del
NT como “Juan el vidente” (1,1.4; 22,8). Escribe también cartas (Ap 2-3), pero
no se presenta como su autor, sino como simple amanuense (“Escribe al ángel de
la iglesia de Éfeso”, 2,1). Centra su Apocalipsis en dar a conocer los
misterios celestiales revelados, y lo hace en primera persona. Se describe como
profeta (22,9) y su escritura como “profecía”. Todo lo que sabemos por el texto
es que era un cristiano (“hermano”) que compartía “la tribulación, el reino y
la paciencia en el sufrimiento en Jesús” (1,9) y que recibió la revelación
cuando estaba “en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y el
testimonio de Jesús”. La implicación más obvia es que había sido objeto de
alguna persecución, en forma de destierro, a Patmos. Su uso del género
apocalíptico, su conocimiento de la Biblia hebrea y el carácter semítico de su
discurso sugieren que era un judío palestino, probablemente parte de la
diáspora originada tras la primera rebelión judía.
En
la época patrística estaba extendida la opinión de que Juan el vidente era el
apóstol Juan. Pero el Apocalipsis es tan diferente del Evangelio y de 1-3 Juan
en lenguaje y estilo que pocos especialistas lo comparten hoy, aun admitiendo
la libertad secretarial. El estilo del Apocalipsis es tan intensamente personal
que difícilmente puede ser otra cosa que lo referido verbalmente por Juan el
vidente, y difiere tanto de los otros escritos joánicos que malamente puede
atribuirse a él. Volvemos a la confusión patrística sobre los distintos Juanes.
Si hay una propensión legítima a relacionar a Juan el vidente con Juan el
apóstol (o el Anciano), bien podemos imaginarlo como discípulo del apóstol
Juan, con un estilo distinto del de otros discípulos. Por otro lado, no hay
razón para excluir que fuera totalmente independiente de la escuela joánica y
que su composición ganase aceptación por declararse “revelación” y por dar
inspiración y apoyo a las iglesias de Asia Menor.
h.2.
Lugar de composición
Aunque
Juan emplea el presente en 1,9, no debe inferirse que el documento se
escribiera en Patmos. Pero, como Patmos estaba a menos de sesenta y cinco
kilómetros de Mileto y a solo ochenta de Éfeso, y como las cartas de los
capítulos 2-3 se dirigen a siete iglesias de Asia Menor, lo más natural es
concluir que el documento se compuso en Asia Menor y posiblemente en Éfeso
mismo (la primera carta se dirige a Éfeso). Ello refuerza la posibilidad de que
Juan el vidente tuviera al menos alguna relación con la escuela joánica,
situada muy probablemente en Éfeso.
h.3.
Data
Hay
amplio consenso en datar el Apocalipsis en los primeros años noventa. La
principal teoría es que durante el reinado de Domiciano se intensificó la
presión social y política sobre los creyentes asiáticos para participar en el
culto imperial como prueba de lealtad a Roma. En Éfeso, el doble templo de
César y de la diosa Roma fue eclipsado por un gran templo dedicado a los
Sebastos Flavios, construido probablemente bajo Domiciano. Entre los efectos de
tal presión podrían estar el destierro de Juan, la amenaza de aprisionamiento
(2,9-10), un caso de martirio ya acontecido (2,13) y la inducción a las
iglesias de Pérgamo y Tiatira a participar en el culto al césar (2,14.20). Casi
con seguridad se alude al poder imperial romano en la bestia “con diez cuernos y
siete cabezas” (13,1-8) y en la acusación contra Babilonia del capítulo 18. Hay
pocos indicios de que los cristianos sufrieran persecución estatal en tiempos
de Domiciano, pero el tono dominante del Apocalipsis es de premonición de
tribulación inminente. Por eso, la datación en los años finales de Domiciano no
depende de las discutidas tradiciones sobre su reinado de terror, sino de la
posibilidad de que el Apocalipsis refleje la presión creciente de la élite
provincial para que ciudadanos y residentes expresaran su lealtad a Roma
participando en el culto imperial.
Con
esto se completan las notas introductorias sobre los escritos que pasaron a
formar parte del Nuevo Testamento.
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