El cristianismo en sus comienzos.

Tomo III. Ni judío ni griego. Una identidad cuestionada
Décima parte. Un nuevo comienzo
Capítulo 40. Las fuentes: siglo segundo

JAMES D. G. DUNN





RESUMEN

Este capítulo ofrece una introducción a la literatura cristiana del siglo II, examinando para cada escrito las cuestiones básicas de autoría, lugar de composición, destinatarios y datación. Como en el caso de los escritos del Nuevo Testamento, el análisis se limita a estos puntos fundamentales, dejando para capítulos posteriores la valoración del contenido teológico y de las relaciones entre los distintos documentos.



40.1. Los Padres apostólicos


«Los Padres apostólicos» es el nombre que reciben los autores de escritos cristianos conservados de las primeras décadas del siglo II, considerados y venerados como asociados o discípulos de los apóstoles a quienes se atribuían escritos del Nuevo Testamento. El hecho de que algunos de ellos fueran a veces relacionados con los escritos neotestamentarios atestigua la estima en que se los tenía. Inicialmente la colección comprendía solo las cartas de Clemente, Ignacio, Policarpo y Bernabé, junto con el Pastor de Hermas; luego se incluyeron la Carta a Diogneto y las obras de Papías; y, finalmente, la Didajé, tras su descubrimiento en 1873. El análisis sigue la sucesión cronológica más probable, dejando la Carta a Diogneto para la sección de los apologetas, ya que tiene más bien carácter de apología.


a. 1ª Clemente


1 Clemente es sin duda el primer escrito de los Padres apostólicos, por ser el más temprano y por haber sido atribuido casi desde el principio a Clemente, posteriormente designado obispo de Roma. La propia carta proporciona casi todo lo necesario sobre autor, origen, ocasión, destinatarios y data. Según su introducción, fue escrita desde «la iglesia de Dios que reside temporalmente en Roma a la iglesia de Dios que reside temporalmente en Corinto». La razón es igualmente clara: el autor estaba preocupado por las desavenencias surgidas en la iglesia corintia, donde miembros jóvenes se mostraban en rebeldía contra el liderazgo de los ancianos (presbíteros), negándoles el respeto debido y causando enfrentamientos y divisiones. Clemente escribe para garantizar que se preste el respeto que corresponde a los dirigentes establecidos. Resulta irónico que la iglesia del siglo I sobre la que tenemos mayor conocimiento (Corinto) produjera precisamente las cartas (1 Corintios, 2 Corintios, 1 Clemente) que nos informan sobre problemas surgidos de divisiones internas.

La carta fue compuesta por un miembro importante de la comunidad cristiana de Roma, capaz de escribir con la autoridad de la iglesia de la capital del Imperio y reivindicando cierta preeminencia sobre una iglesia provincial. Las referencias a obispos y la autoridad ejercida podrían sugerir que el escritor se consideraba de rango episcopal, algo perceptible también en el modo en que refleja la exhortación y autoridad de «la epístola de ese bendito apóstol, Pablo». Durante el período patrístico nunca hubo duda de que el autor era Clemente, venerado como tercer (o segundo) obispo de Roma. Indicios tempranos podrían hallarse en el Pastor de Hermas y, más adelante, en la referencia de Dionisio de Corinto a una carta enviada «por medio de Clemente», todavía leída en la iglesia corintia.

En cuanto a la data, el indicio más notable es la referencia, en el capítulo 5, a Pedro y Pablo como «nobles ejemplos de nuestra generación»; y la implicación del capítulo 44 de que los nombrados por los apóstoles ocupaban todavía sus puestos. Por eso la idea tradicional de que 1 Clemente se escribió al final del reinado de Domiciano, es decir, en 95 o 96 d. C., parece bien fundada, aunque algunos estudiosos han propuesto dataciones más tempranas (entre 65 y 70, o anteriores al año 70) y otros, como Welborn, se muestran tan escépticos como para admitir solo un margen amplio entre 80 y 140 d. C. No debe perderse de vista que 1 Clemente es casi con seguridad anterior a algunos de los escritos que finalmente fueron incluidos en el NT; de no haberse distinguido Clemente tan claramente de los apóstoles, podría haber sido un buen candidato a formar parte del canon neotestamentario.


b. Ignacio de Antioquía


Las cartas de Ignacio ofrecen una de las descripciones más vivas e impresionantes del cristianismo en Asia Menor durante las primeras décadas del siglo II. Ignacio había sido arrestado durante alguna persecución o disturbio en Antioquía —quizá por un enfrentamiento dentro de su propia comunidad eclesial— y era conducido bajo vigilancia militar («atado a diez leopardos, que es una escolta de soldados») camino de Roma, donde sería víctima de las fieras en el circo. Era un martirio que esperaba con gozo, e instaba a los destinatarios a que no intervinieran en su favor.

No hay discusión sobre la autoría, pues él se presenta a sí mismo al inicio de cada carta: «Ignacio, que es llamado también Teóforo [portador de Dios]». Se refiere a sí mismo como «el obispo de Siria» y pide que recuerden en sus oraciones a la iglesia de Siria. La razón principal de escribir parece haber sido política: aprovechó la ocasión para realzar la importancia del obispo de cada comunidad («Estamos claramente obligados a ver al obispo como al Señor mismo»). El único punto debatible es si escribió más cartas y si las siete conservadas están tal como él las redactó; en la Edad Media circuló una recensión ampliada, pero los estudios de Theodor Zahn y J. B. Lightfoot establecieron un amplio consenso en que solo siete cartas deben considerarse auténticas.

El lugar de composición y los destinatarios quedan claros en las propias cartas. Las cuatro primeras (Efesios, Magnesios, Tralianos y Romanos) fueron escritas desde Esmirna, donde el pelotón descansó algunos días; las tres últimas (Filadelfios, Esmirnenses y Policarpo) desde Tróade, mientras el grupo aguardaba nave hacia Europa. Una navegación inesperada desde Tróade hasta Neápolis impidió que Ignacio escribiera más cartas, por lo que encargó a Policarpo: «Escribe a las iglesias por delante de mí». No hay certeza sobre la fecha exacta del viaje; las fuentes patrísticas solo indican que Ignacio fue obispo de Antioquía durante el reinado de Trajano (98-117 d. C.). Una datación de las cartas a finales de la primera década del siglo II o principios de la segunda parece temprana, pero nada en ellas —su enfrentamiento al judaísmo, su oposición al docetismo, su cristología, su promoción del monoepiscopado o su énfasis en la eucaristía— excluye esa datación. Lo más importante, en realidad, es hasta qué punto era Ignacio representativo de las ideas que expresaba, o si debe considerarse más bien como portavoz de una facción dentro del cristianismo en desarrollo.


c. Policarpo


Policarpo, obispo de Esmirna, estuvo en contacto con Ignacio durante el paso de este por la provincia de Asia, y fue probablemente el destinatario de su última carta. Es más conocido como mártir, y el relato de su martirio es un clásico del cristianismo primitivo. Según Ireneo, Policarpo estuvo conectado directamente con el apóstol Juan y representó un puente entre los apóstoles e Ireneo, lo que permitió a este describirse como distante solo dos generaciones de los discípulos del Señor. Si su martirio se data en 155 d. C. y tenía ochenta y seis años al morir, debió de nacer hacia el año 70 d. C.

La Carta de Policarpo a los Filipenses tiene mayor carácter de exhortación y no es tan política ni polémica como las de Ignacio, pero se ajusta a ellas como una especie de apéndice, pues Policarpo deja claro que escribió en respuesta a la petición de Ignacio. Se suele interpretar Polic 9.1-2 como indicio de que Ignacio ya había sufrido el martirio, aunque cabe otra lectura. En cualquier caso, la carta es con bastante probabilidad solo unos meses posterior a las de Ignacio, por lo que pertenecería a los años diez del siglo segundo.


d. Martirio de Policarpo


El Martirio de Policarpo tiene la forma de una carta escrita por un tal Marción desde la iglesia de Esmirna a la de Filomelio (en Frigia), con el propósito de una distribución más amplia. Es una viva y conmovedora exposición de la ejecución de Policarpo, que se convirtió en modelo para posteriores actas de mártires cristianos. Refiere cómo fue capturado en una persecución por las autoridades romanas locales y cómo se le urgió varias veces a «jurar por la Fortuna del césar», hacer sacrificio e injuriar a Cristo, a lo que respondió: «Durante ochenta y seis años le he servido, y no me ha hecho mal alguno. ¿Cómo puedo blasfemar contra mi rey que me ha salvado? […] Yo soy cristiano». La ejecución incluye elementos legendarios (el fuego no produce efecto, Policarpo es apuñalado, sale una paloma, la sangre apaga el fuego). El martirio suele datarse en 155 d. C., siendo procónsul Estacio Cuadrato; el autor se incluye entre los testigos oculares, por lo que una data de 156 para el Martirio, quizá con ocasión del primer aniversario, es verosímil.


e. La Didajé


La enseñanza de los doce apóstoles es una de las obras más fascinantes de los Padres apostólicos. Aunque mencionada por Eusebio, no fue conocida hasta que Filoteo Bryennios descubrió su texto en Constantinopla en 1873, dentro del códice Jerosolimitano. El descubrimiento revolucionó el estudio del cristianismo primitivo, pues cada una de sus secciones principales ofrece percepciones valiosas: la sección de «Los dos caminos» (caps. 1-6) confirmó la importancia de esta tradición parenética judía en la catequesis cristiana; el tratamiento del bautismo y la eucaristía (caps. 7-10) arroja luz sobre la liturgia de la primera parte del siglo II; la prominencia dada al ministerio de apóstoles itinerantes, profetas y maestros (caps. 11-13), junto con los obispos y diáconos nombrados localmente (cap. 15), indica que los modos de ministerio eran más diversos de lo que sugieren las cartas pastorales e ignacianas; y el capítulo 16 muestra la continua expectativa apocalíptica.


e.1. Autor


La Didajé no se atribuye a ningún autor individual; tiene más bien el carácter de instrucción catequética y guía de disciplina comunitaria redactada por una comisión, un manual de tradición y orden eclesial, posiblemente producido juntando tres o cuatro secciones de enseñanza antes conocidas en forma oral. Las palabras iniciales («La enseñanza del Señor para las naciones por medio de los apóstoles») reflejan la convicción de que la enseñanza representaba una verdadera herencia recibida de los apóstoles fundadores.


e.2. Proveniencia


La opinión está dividida entre Egipto y Siria. Si se asigna Bernabé a Egipto, la semejanza entre Did 1-6 y Bern 18-20 podría sugerir un origen egipcio. Pero la Didajé no refleja el carácter judeo-helenístico de Alejandría, y la interacción entre tradición judía y cristiana que muestra, más típica de Siria, junto con la influencia de Mateo, favorece probablemente el origen sirio.


e.3. Data


La influencia de rasgos mateanos sugiere un terminus a quo de mediados de los años ochenta. El cambio en el final del Padrenuestro, el hecho de que la eucaristía sea aún una comida y la prominencia de misioneros y profetas itinerantes apuntan a una etapa temprana del desarrollo litúrgico y eclesiástico y a un terminus ad quem poco avanzado en el siglo II. Una composición situada en el período 100-120 parece concordar con estos datos tanto como cualquier otra.


f. Carta de Bernabé


Un texto completo de Bernabé no se conoció hasta el descubrimiento del códice Sinaítico (1859) y el Jerosolimitano (1873). La carta plantea preguntas más o menos sin respuesta sobre cada uno de los temas tratados en estas secciones.


f.1. Autor


El texto es anónimo. Clemente de Alejandría daba por hecho que era de Bernabé, pero hoy la atribución es muy mayoritariamente cuestionada, entre otras razones por la probable data del escrito. La carta está redactada en primera persona y, pese a que el autor afirma no escribir «como maestro», es verosímil que se considerase tal, como sugiere su dominio de la Escritura. La atribución a Bernabé pudo deberse a su interés por las regulaciones levíticas y a que Bernabé es el único dirigente cristiano de la primera generación explícitamente identificado como levita. Sin embargo, la perspectiva de la carta sobre la Ley judía es la de alguien no afectado por ella, que se expresa como representativo de los gentiles convertidos. Es concebible que un cristiano gentil se sintiera tan fascinado por la herencia judía como para adquirir un considerable conocimiento de la Ley y la tradición y considerar su tarea acercar esa herencia a los creyentes gentiles.


f.2. Proveniencia


Tradicionalmente se ha pensado en Alejandría. Algunas tradiciones sitúan allí a Bernabé, y Clemente de Alejandría no solo conocía la carta, sino que encontró conveniente su contenido. Los paralelos más estrechos con la interpretación de Bernabé de pasajes y ritos de la Torá se encuentran en escritos alejandrinos: Filón, con su exposición alegorizante, y la Carta de Aristeas, con su interpretación de las regulaciones sobre animales. El conocimiento de la tradición rabínica podría debilitar el argumento basado en paralelos, pero, en conjunto, el origen alejandrino resulta algo más sustancial.


f.3. Data


Hay amplio acuerdo en que la carta es posterior a la destrucción del templo de Jerusalén («porque en la guerra fue destruido por sus enemigos»). Pero ¿cuánto después? El «cuerno pequeño» de Daniel podría identificarse con Vespasiano o Nerva, aunque hay oscuridad. Más curiosa es la expectativa, en 16.3-4, de que judíos asociados con los romanos reconstruirían el templo. La actitud más tolerante de Nerva pudo despertar cierta esperanza. Más atractiva es la hipótesis de que Adriano había concebido construir un templo a Zeus durante su visita a Jerusalén en 130, lo que contribuyó a provocar la rebelión de Bar Kojba y a renovar el entusiasmo por la reconstrucción del templo judío. Como Bernabé no hace ninguna referencia a la rebelión de Bar Kojba ni a su fracaso, se piensa en una data ad quem de 131/132 d. C., y en 130/131 como la más verosímil, aunque «verosímil» es un término relativo. (Jefford y otros prefieren una datación entre 96 y 100 d. C.).


g. El Pastor de Hermas


El Pastor de Hermas contiene largas series de cinco Visiones, doce Mandatos y diez Similitudes, explicados en su mayor parte a Hermas por un ángel, especialmente en referencia al problema del pecado posbautismal. Funciona en un nivel muy ingenuo y, sin embargo, alcanzó gran popularidad, hasta el punto de ser incluido en el códice Sinaítico junto con Bernabé y los escritos del NT; presumiblemente indica el nivel de compromiso intelectual y discipulado ético de la mayoría de los cristianos de aquellas décadas.

Aunque las tres secciones sugieren varios autores, numerosos críticos postulan una autoría única, quizá compuesta en tiempos diferentes. La única indicación de la identidad del autor es su autopresentación: «El que me crio me vendió a una mujer llamada Roda, en Roma», lo que sugiere que era un liberto. Se identifica como «Hermas» y no se atribuye ninguna posición de liderazgo ni se dice profeta o maestro. Desde la quinta visión lo instruye el «Pastor», identificado como «el ángel del arrepentimiento». Podríamos imaginarlo como un miembro no especialmente culto de una comunidad romana, favorecido de manera especial. El origen romano apenas se cuestiona. La data es más discutida: el fragmento Muratoriano señala que Hermas escribió el Pastor cuando su hermano Pío ocupaba la sede episcopal de Roma (142-157), lo que invitaría a una fecha entre 145-155. Pero si se desestima ese testimonio, la mención de «ancianos» y «obispos» implica una etapa eclesiológica anterior al establecimiento de un solo obispo, lo que sugiere una fecha anterior: digamos 130-150.


h. 2ª Clemente


2 Clemente es una homilía probablemente escrita para ser leída en voz alta en una reunión cultual cristiana. Su autor y lugar de composición son desconocidos. El mejor indicio se halla en la referencia de Eusebio a una carta de Dionisio de Corinto remitida a Sotero, en la que se cita también «la carta de Clemente a los Corintios». La deducción natural es que la segunda carta atribuida a Clemente corresponde a lo que hoy llamamos 2 Clemente, conocida y designada como tal hacia el año 170 y considerada escrita desde Roma a Corinto, al igual que 1 Clemente. El principal problema es que Eusebio atestigua que solo se reconocía una carta como de Clemente y que la segunda no tenía amplio reconocimiento. Quizá deba inferirse simplemente que 2 Clemente llegó a asociarse con 1 Clemente porque ambas se leían en las asambleas corintias y se guardaban juntas. En cuanto a la datación, la sola mención de «ancianos» sugiere, como en el Pastor, una composición anterior al establecimiento del monoepiscopado; una data en torno a 140 d. C. parece la mejor conjetura.


i. Papías


Papías se incluye aquí porque, aunque su obra en cinco volúmenes, Exposición de los oráculos del Señor, no ha llegado hasta nosotros, las citas existentes —sobre todo en Eusebio— proporcionan información interesante sobre la transmisión de Jesús y la composición de algunos Evangelios del NT. Según la tradición, Papías fue obispo de Hierápolis, en el valle del río Lico, cerca de Colosas y Laodicea. Ireneo lo conocía como «oyente de Juan y compañero de Policarpo». Si la información es verídica, Juan y Policarpo proporcionan un marco temporal (c. 90-135 d. C.) para su actividad; suponiendo que escribió siendo obispo, su obra principal se dataría hacia 130 y se situaría probablemente en Hierápolis.


j. Las Odas de Salomón


No está claro en qué categoría incluir las Odas de Salomón, pero si la Didajé puede clasificarse como el primer libro de orden de la comunidad eclesial, las Odas serían «el primer himnario cristiano», y resulta apropiada su inclusión entre los escritos de la primera parte del siglo II. Pese a su título y su carácter de «Salmos de David», el libro es indudablemente cristiano: no contiene el nombre «Jesús», pero habla del Mesías y emplea títulos como «Señor», «el Amado», «Hijo», «Hijo del hombre», «Hijo de Dios» y «Salvador», con alusiones a la encarnación, el nacimiento virginal, el bautismo, la muerte y la resurrección. Los ecos del Evangelio de Juan indican que surgieron de una comunidad joánica, y los paralelos con los documentos del Mar Muerto sugieren que fueron compuestas por un esenio convertido en creyente de Jesús.

Las Odas se conocían solo en extractos antes de que Rendel Harris descubriera el conjunto (42) en Siria, en 1909; muy probablemente fueron escritas en siríaco y ofrecen una valiosa percepción del cristianismo sirio primitivo. Aunque algunos investigadores buscaron influencia gnóstica en ellas, no se observa nada distintivamente gnóstico, lo que puede atribuirse a la mezcla reinante en la religiosidad de la época. Su carácter marcadamente judío, el frecuente uso de la referencia al seguimiento de «el Camino», la viva espiritualidad, la teología poco desarrollada y los ecos joánicos sugieren una data temprana, muy posiblemente en el primer cuarto del siglo II.



40.2. Los apologetas


«Apologetas» designa a los escritores cristianos cuya contribución consistió en hacer una razonada defensa y recomendación de su fe. Las apologías cristianas no son las primeras del género —Platón y Jenofonte escribieron sendas apologías de Sócrates, gran parte de la obra de Filón es apologética y Josefo define su Contra Apionem como «apología»—, y en el NT la carta a los Romanos, 1 Pedro y los Hechos tienen carácter apologético. Pero las apologías cristianas no aparecieron como género hasta el siglo II, cuando su escritura se convirtió casi en una industria al intentar los cristianos aclarar y defender lo que eran. Ireneo podría servir de límite, aunque debe verse más bien como el más influyente de los heresiólogos.


a. Cuadrato


Cuadrato es considerado tradicionalmente el primero que escribió una apología de la fe cristiana. Según Eusebio, dirigió su tratado al emperador Adriano, lo que situaría su composición hacia 125 d. C. La obra existía aún en tiempos de Eusebio, pero solo conocemos la breve cita que este transcribe, referida a las curaciones y resurrecciones efectuadas por Jesús, algunos de cuyos beneficiarios «vivían todavía en nuestro tiempo». La brevedad del fragmento impide que Cuadrato contribuya algo más al estudio.


b. Arístides


Según Eusebio, la Apología de Arístides de Atenas también estaba dirigida a Adriano; pero en la traducción siríaca —descubierta en 1889— se dirige a Antonino Pío (138-161), lo que implicaría una data no anterior a 140, si bien podría ser una versión revisada. Es un intento más ambicioso de defensa filosófica de la percepción cristiana (y judía) de Dios frente a la idolatría y el naturalismo de los caldeos, la debilidad de los dioses griegos y los dioses animales de los egipcios. Llama la atención la clara distinción entre caldeos/bárbaros, griegos, judíos y cristianos, que implica que Arístides hablaba para un conjunto de cristianos que se consideraban un género particular dentro del mundo mediterráneo.


c. Kerygma Petrou


El Kerygma Petrou se conserva solo en fragmentos citados por Clemente de Alejandría, en los que, como en Arístides, se afirma la unidad de Dios y se rechaza el culto griego como idolatría. Podría haber un vínculo entre el Kerygma y Arístides, aunque no está clara la dirección de la influencia. Puede datarse muy probablemente en las tres primeras décadas del siglo II. Clemente lo consideraba enseñanza auténtica de Pedro; Orígenes albergaba más dudas.


d. Carta a Diogneto


La Carta a Diogneto suele incluirse entre los Padres apostólicos, pero conecta más naturalmente con los apologetas por su carácter y datación. Es uno de los escritos más pulidos del cristianismo primitivo, con una calidad retórica más elevada que la de otros anteriores. Es famosa por describir la función de los cristianos en el mundo como la del alma respecto al cuerpo (cap. 6) y por su exposición de la concepción paulina del Evangelio desde la perspectiva del justo entregado por los injustos (cap. 9). El autor de los caps. 11-12 se describe como «un discípulo de los apóstoles», pero por lo demás es desconocido; el autor de los caps. 1-10b ha suscitado numerosas conjeturas (Apolo, Clemente de Roma, Justino, Hipólito, Melitón), ninguna convincente. Tampoco se sabe quién fue Diogneto, que sigue siendo un enigma como el Teófilo al que se dirige Lucas. La data es otro rompecabezas: aunque algunos la sitúan en el siglo III, una datación en la segunda mitad del siglo II —o incluso antes— es completamente verosímil.


e. Justino mártir


Justino, el más importante entre los apologetas de mediados del siglo II, era hijo de Prisco, natural de Flavia Neápolis (Siquem), en Palestina. Aunque llama «samaritanos» a las gentes de su nación, se describe a sí mismo como gentil. Al comienzo de su Diálogo con Trifón atestigua que había encontrado satisfacción en la filosofía de Platón antes de conocer a «una persona anciana y venerable» que lo orientó hacia los profetas y el Cristo que ellos anunciaban; esa fue la filosofía a la que se dedicó. Se estableció en Roma, donde fundó su propia escuela (Taciano fue alumno suyo). Su obra es sustancial: refiere haber compuesto un tratado contra todas las herejías, y Eusebio le atribuye ocho obras. Murió decapitado junto con seis compañeros en 165, por orden del prefecto Rústico, al negarse a sacrificar a los dioses.

De sus obras solo tres han llegado completas: las dos Apologías y el Diálogo con Trifón. La Primera Apología, dirigida a Antonino Pío y datada hacia 155, denuncia la injusticia de condenar a los cristianos por el mero nombre e intenta presentar el cristianismo como análogo pero superior a las creencias grecorromanas y a las falsas enseñanzas de Simón el Mago y Marción; demuestra que Cristo y el cristianismo realizan las profecías veterotestamentarias y describe las reuniones cristianas para el culto. La Segunda Apología, escrita poco después (tan tarde como 161), es casi un apéndice y contiene el famoso concepto de la razón seminal (logos spermatikos), presente en filosofías anteriores pero completa solo en el Cristo encarnado. El Diálogo con Trifón, posterior a la Primera Apología (no antes de c. 160), sitúa la escena tras el estallido de la segunda rebelión judía; aunque es una composición fictiva, ofrece una ventana valiosa a la relación entre cristianismo y judaísmo de la diáspora occidental.


f. Taciano


Taciano nació «en la tierra de los asirios» y se trasladó a Roma, donde, leyendo la Biblia judía, se convirtió al cristianismo y se hizo discípulo del «admirabilísimo Justino». Ireneo lo acusa de haberse apartado de la Iglesia tras el martirio de Justino y de introducir un sistema sobre eones invisibles semejante al de los valentinianos, declarando, como Marción y Saturnino, que el matrimonio era corrupción, y negando la salvación de Adán. La influencia de Justino es manifiesta en el Discurso a los griegos (datado entre 155 y 165), donde supera a Justino ridiculizando las creencias sobre los dioses y argumentando que Moisés fue más importante que Homero. Sorprendentemente, nunca menciona a Jesús, a Cristo ni a los cristianos, por lo que su apologética resulta extrañamente poco declarativa. Eusebio lo acusa de encratita —abstención de alimentos animales y predicación contra el matrimonio—. Tras la ejecución de Justino volvió a Siria, donde compuso su Diatessaron, la primera armonía conservada de los cuatro Evangelios canónicos, datada hacia 170-175 y escrita probablemente en siríaco. El Diatessaron fue el texto evangélico estándar en las iglesias de lengua siríaca hasta el siglo V, cuando fue reemplazado por la Peshitta, por haber sido su autor reprobado como hereje.


g. Apolinar


Apolinar, obispo de Hierápolis, fue muy elogiado por Eusebio en relación con varios libros, entre ellos un tratado dirigido a Marco Aurelio (escrito hacia 176), donde se refería a la «Legión Tonante», nombre dado a una legión para conmemorar su milagrosa salvación —gracias a un trueno— en una batalla contra germanos y sármatas, salvación que Apolinar atribuía a las oraciones de los legionarios cristianos. Eusebio lo describe también como invencible campeón de la verdad contra la herejía catafrigia (el montanismo). Ninguno de sus escritos se ha conservado.


h. Atenágoras


Atenágoras el Ateniense es recordado por su Súplica en favor de los cristianos, dirigida a Marco Aurelio y su hijo Cómodo en 176 o 177, que añade indicios de que los cristianos eran perseguidos por el mero nombre. Niega que sean ateos, se apoya en los filósofos para sostener que Dios es uno y formula la primera expresión clara de Dios como Trinidad, contrastando la moralidad cristiana con la de sus acusadores. Su tratado Sobre la resurrección de los muertos, probablemente posterior pero del mismo período, muestra lo difícil que era para la mentalidad griega aceptar tal idea y cómo podía exponerse de modo apreciable. Por alguna razón desconocida, Atenágoras parece haber influido poco en el pensamiento cristiano, y Eusebio ni siquiera lo menciona.


i. Teófilo de Antioquía


Eusebio recuerda a Teófilo como el sexto obispo de Antioquía, en activo probablemente entre c. 170 y los primeros años ochenta del siglo II. El único de sus escritos que se conserva es la apología A Autólico, escrita en Antioquía poco después de 180. Como otros apologetas, distingue la concepción cristiana de Dios de las ideas comunes sobre los dioses, deriva su entendimiento de la creación de las Escrituras judías y transcribe una cronología desde Adán para demostrar la antigüedad de los hebreos y, en consecuencia, de la doctrina cristiana. Sorprendentemente, no emplea los nombres «Jesús» y «Cristo», pero llama a la Palabra de Dios «su Hijo». Es el primero en abordar la distinción estoica entre el logos endiathetos («la palabra en la mente») y el logos prophorikos («la palabra expresada»), y el primero en usar la palabra «trinidad» (trias) en relación con Dios, refiriéndola a Dios, su Palabra y su Sabiduría.


j. Melitón de Sardes


Melitón es una figura más bien oscura, pero, según Eusebio, fue el más conocido obispo de Sardes y famoso por sus apologías dirigidas a Marco Aurelio. Se creía perdida toda su obra hasta que, en 1940 y 1960, se descubrieron papiros con su Peri Pascha («Sobre la Pascua»), del tercer cuarto del siglo II. Su ubicación en Sardes permite contextualizar sus escritos: las excavaciones desde 1958 han revelado allí la que probablemente es la sinagoga más impresionante de la diáspora occidental, indicio de una comunidad judía bien establecida, próspera e influyente. Conviene recordar que en la última parte del siglo II la comunidad judía de Sardes era altamente considerada, mientras que la cristiana estaba más bien relegada; las iglesias cristianas no habían aparecido aún cuando las sinagogas eran ya elemento importante de la arquitectura urbana.

El Peri Pascha tiene valor considerable: ofrece una explicación clara de la teología del «tipo»; proporciona percepción de las relaciones entre judíos y cristianos, ayudando a explicar su tono suplicante más que intimidatorio; y su cristología es característica: Cristo «es por naturaleza Dios y hombre». Melitón atribuye a Cristo la creación y el cuidado divino de Israel; no utiliza la cristología del Logos como tal, sino la función de Cristo como agente de Dios, con antecedentes en la reflexión del judaísmo del Segundo Templo sobre la Sabiduría divina.



40.3. Eusebio y los heresiólogos


Entre las fuentes principales para la historia de la Iglesia deben incluirse Eusebio y los heresiólogos —Hegesipo, Ireneo, Tertuliano, Hipólito, Epifanio—, aunque la lista va más allá del punto límite de la última parte del siglo II. No destacan por su fiabilidad, pero suelen incluir información del siglo II que, de otro modo, difícilmente habría llegado hasta nosotros. Todos marcan una etapa en la historia del cristianismo primitivo en que lo que Celso llamó la «gran Iglesia» había empezado a surgir como un cuerpo de cristianos con suficiente confianza para considerar su forma de cristianismo «ortodoxa» y todas las demás «herejías». Con Ireneo se empieza a dejar atrás la etapa en que la identidad esencial era cuestionada respecto a la relación con el judaísmo y a la posibilidad de redimir la creación; la transición de la apologética a la heresiología supuso un punto de inflexión y marca la línea en que se detiene este estudio. Los seis autores se examinan por orden cronológico.


a. Hegesipo


Hegesipo ocupa el primer puesto, pues, según Eusebio, «pertenece a la generación subsiguiente a los apóstoles». Es a Eusebio a quien debemos nuestro conocimiento de él. Lo presenta como un judío converso y refiere que escribió cinco libros de «Memorias», donde incluyó una lista de sucesión de los obispos de Roma e información sobre los comienzos de diversas herejías, atribuidas irónicamente a disputas sobre la sucesión en la iglesia-madre de Jerusalén.


b. Ireneo


Ireneo puede considerarse el último de los apologetas, pero, como su obra principal fueron los cinco libros de Contra las herejías, se incluye más adecuadamente entre los heresiólogos. Es el único de los autores de esta sección cuya vida transcurrió enteramente en el siglo II (c. 130-c. 200) y constituye un puente entre Oriente y Occidente. Se piensa que nació en Esmirna, pues de muchacho escuchó a Policarpo; fue obispo de Lyon desde 178 y escribió al papa Víctor en nombre de los cuartodecimanos de Asia Menor. Su Adversus omnes Haereses es una polémica detallada contra las formas de gnosticismo, sobre todo el valentinismo. Por ser el primer gran teólogo católico y genuinamente bíblico, marca una división entre la era subapostólica y el cristianismo católico; su insistencia en que solo los cuatro Evangelios son auténticos y la mezcla de influencia paulina y joánica en su teología lo hacen un actor decisivo en la definición de la identidad cristiana y una culminación adecuada del desarrollo del cristianismo en el siglo segundo.


c. Tertuliano


Tertuliano nació hacia el año 160 en Cartago, se formó probablemente como abogado y se hizo cristiano poco antes de 197. Sus escritos más importantes fueron sus polémicas contra la herejía. En De praescriptione haereticorum rechaza en principio todas las herejías: solo la única Iglesia verdadera, visible en la sucesión episcopal (siguiendo a Ireneo), posee la auténtica tradición de Cristo y de los apóstoles y tiene autoridad para interpretar la Escritura. Su obra más extensa fueron los cinco libros Adversus Marcionem, donde mantuvo la identidad del único Dios del Antiguo y el Nuevo Testamento y de Jesús como Mesías de las profecías. Su reputación sufrió por su acercamiento al montanismo, cuyo ascetismo, énfasis en el Espíritu y profecía extática lo atraían.


d. Hipólito


Apenas se conoce la primera parte de la vida de Hipólito (c. 170-c. 236), pero a comienzos del siglo III enseñaba en Roma, donde se granjeó una reputación controvertida. Su Refutatio Omnium Haeresium es la más importante de sus obras, de la cual se han perdido algunos de los diez libros que la componían.


e. Eusebio


Eusebio, obispo de Cesarea (c. 200-c. 340), tuvo una historia controvertida, con su apoyo a Arrio y su poco entusiasta aprobación del credo niceno. Generalmente es considerado el «padre de la historia de la Iglesia». Sus diez libros de la Historia eclesiástica —obra intensamente sesgada hacia la perspectiva de los ganadores en el acuerdo constantiniano— contienen largos extractos de escritos anteriores que, de otro modo, se habrían perdido. Aunque carece de la proximidad a los acontecimientos que tuvo Lucas, su Historia es un recurso inestimable.


f. Epifanio


Epifanio, obispo de Salamina (c. 315-403), era natural de Palestina y un entusiasta —aunque acrítico— defensor de la fe nicena, intolerante ante cualquier sospecha de herejía. Su escrito más importante es el Panarion («Cofre de medicinas», como protección contra los venenos de la herejía), luego conocido como Adversus haereses, en el que describe y refuta ochenta sectas, desde Adán hasta su propia época (incluidos helenismo, samaritanismo y ¡judaísmo!). Como los de Eusebio y Hegesipo, el Panarion proporciona mucha información que, sin él, nunca habría llegado a nosotros, y es especialmente valioso como fuente sobre Evangelios judíos como el Evangelio de los Ebionitas y el Evangelio de los Hebreos.



40.4. Los otros Evangelios


La división del estudio de las fuentes evangélicas en dos categorías se debe en parte a comodidad y en parte a la influencia mayor y más duradera de los Evangelios canónicos. Como las cuestiones de autoría, datación y origen son aquí más bien irresolubles por la escasez de datos, el objetivo es proporcionar la visión general de un conjunto de documentos que parecen haber tenido cierta importancia en el carácter discutido del cristianismo en el siglo segundo.


a. Los Evangelios judeocristianos


Varios dirigentes de la corriente principal de la Iglesia —Clemente de Alejandría, Eusebio, Epifanio y Jerónimo— hacen referencia o citan los llamados Evangelios «judeocristianos». La interpretación habitual es que hubo tres: el Evangelio de los Hebreos, el Evangelio de los Nazarenos y el Evangelio de los Ebionitas. Pero las referencias son lo bastante incongruentes para plantear preguntas casi sin respuesta: si esos nombres designan uno o más Evangelios; si alguno fue escrito o traducido al hebreo; y qué relación tenían con el Evangelio de Mateo, hasta el punto de preguntarse si Papías se refería a este al escribir que «Mateo coleccionó los oráculos en la lengua hebrea».

Por desdicha, las referencias y citas patrísticas son la única información disponible: no hay manuscritos ni siquiera fragmentos de papiros, por lo que es virtualmente imposible hacerse una imagen clara de su estructura y carácter, y nos vemos forzados a verlos a través de los ojos de quienes los atacaban. Mientras que el carácter del «gnosticismo» es hoy más nítido, permanecemos en la oscuridad respecto al «cristianismo judío», cuya importancia es particularmente grande para valorar el cristianismo sirio y las relaciones con el judaísmo emergente. Todo lo que cabe decir sobre las datas es que debieron de aparecer en la primera mitad o a mediados del siglo II. Sobre su origen geográfico, los testimonios del Evangelio de los Hebreos (Clemente, Orígenes) apuntan a Egipto; el de los Nazarenos podría situarse en Beroea de Celesiria, atestiguando la influencia de Mateo en Siria; y el de los Ebionitas, en Transjordania, donde Epifanio pudo consultarlo. En cualquier caso, andamos a tientas.


b. Evangelio de Tomás


El Evangelio de Tomás merece atención especial. Conocido por unas pocas referencias patrísticas, su descubrimiento como parte de la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi en 1945-1946 revolucionó el estudio del cristianismo primitivo, del gnosticismo y de la tradición de Jesús. Algunos estudiosos lo han considerado de categoría e influencia igual o mayor que la de los Evangelios del NT. Escrito en copto pero traducido del griego, consiste en una colección de 114 dichos sin estructura narrativa. Dos aspectos indican su valor: la sustancial coincidencia entre sus dichos y la tradición sinóptica, especialmente el material Q; y el hecho de que varios papiros de Oxirrinco, descubiertos décadas antes, contengan algunos dichos y permitan seguir la historia de estos a través de tres fases (la tradición sinóptica, los papiros de Oxirrinco y el Evangelio de Tomás).


b.1. Autor


El Evangelio de Tomás no se describe como «Evangelio», sino que se presenta como «las palabras secretas que pronunció Jesús en vida y que Judas, llamado también Tomás, puso por escrito». El texto copto lo describe como Judas Tomás Dídimo, es decir, «Judas el mellizo». En la iglesia siria, Judas Tomás era conocido como hermano mellizo de Jesús, y a él se atribuía la fundación de iglesias sirias orientales, en particular Edesa, y en la India. La atribución a Tomás sugiere un deseo de autoridad apostólica; EvTom 13 parece destacar a Tomás sobre Pedro y Mateo como favorecido con una revelación interior especial. No puede excluirse algún vínculo con el Tomás histórico, pero tampoco darse por supuesto, pues su sobrenombre («el Mellizo») pudo bastar para que se le considerase hermano mellizo de Jesús y depositario de revelaciones ocultas.


b.2. Lugar de composición


Es fuerte el vínculo entre el Evangelio de Tomás y Siria oriental, particularmente Edesa. Los Hechos de Tomás, atribuidos al mismo Judas Tomás Dídimo, deben asociarse estrechamente con Edesa, donde una antigua tradición sitúa su tumba, y fueron probablemente compuestos en siríaco. Dado el carácter tomasino del cristianismo sirio, la deducción más obvia es que el Evangelio de Tomás también se compuso allí, originalmente en siríaco, aunque las porciones conservadas estén en griego (Oxirrinco) y copto (Nag Hammadi). El hallazgo de los textos en Egipto no disminuye la posibilidad de un contexto sirio.


b.3. Data


La biblioteca de Nag Hammadi fue enterrada en torno a 400 d. C., con c. 350 como probable data del Evangelio de Tomás copto; pero al menos un fragmento griego de Oxirrinco procede de un manuscrito anterior a 200 d. C. El copto es traducción del griego, aunque probablemente ambos sean transcripciones de una tradición casi completamente oral, transcrita en fases distintas. La corriente de tradición compartida debió de fluir vigorosamente durante al menos la segunda mitad del siglo II. El grado de coincidencia con la tradición sinóptica y con Q indica que al menos alguna fuente de la tradición tomasina se remonta al siglo I. Esto plantea preguntas decisivas —si la tradición sinóptica es solo un afluente de la tomasina, si Q podría considerarse una edición anterior del Evangelio de Tomás, o si Tomás es simplemente tradición temprana recogida en una composición posterior— que se abordarán con detalle más adelante.


c. Los otros Evangelios de Nag Hammadi


Aparte del Evangelio de Tomás, los códices de Nag Hammadi contienen otros tres «Evangelios»: el Evangelio de la Verdad, el Evangelio de Felipe y el Evangelio de los Egipcios. El Evangelio de María se incluye en la colección por figurar junto a escritos de Nag Hammadi en el papiro de Berlín 8502. El Evangelio de la Verdad (NHL I.3) tiene carácter valentiniano, atribuido a Valentín o a sus discípulos; si se identifica con el mencionado por Ireneo, puede datarse en 150-180 d. C. y originarse en Roma. El Evangelio de Felipe (NHL II.3) es una compilación sobre el significado de los sacramentos en clave valentiniana; las referencias al siríaco sugieren origen sirio y la data es difícil de calcular (¿siglo III?). El Evangelio de los Egipcios citado por Clemente de Alejandría, donde Salomé tiene papel destacado, circuló en Egipto en la última parte del siglo II y no debe confundirse con el Evangelio de los Egipcios de Nag Hammadi, de carácter setiano. El Evangelio de María (María Magdalena), nunca mencionado por los Padres, se conserva en copto (Berlín 8502) y en dos fragmentos griegos del siglo III; probablemente fue escrito en griego dentro del siglo II y presenta a María como maestra dotada de autoridad.

Otros documentos están demasiado lejos de los Evangelios del NT para considerarse: el Apócrifo de Juan, relación gnóstica setiana clásica; el Segundo Tratado del Gran Set, con Simón de Cirene crucificado en vez de Jesús; y la Carta de Pedro a Felipe (NHL VIII.2), «diálogo de revelación» en que una narración gnóstica se funde con tradición cristiana, con ecos del encargo de predicar la salvación y un mensaje sobre los eones, el pléroma y la caída de Sofía. También merecen mención dos Evangelios recientemente descubiertos: el Evangelio del Salvador (papiro de Berlín 22220), fragmentario, compuesto en griego posiblemente en el siglo II y centrado en las horas finales de Jesús; y el Evangelio de Judas (códice Tchacos), publicado en 2006, mencionado por Ireneo y Epifanio y clasificable como Evangelio gnóstico.


d. Otros Evangelios


Entre los papiros fragmentarios destaca el papiro Egerton 2 (publicado en 1935), datable tan tempranamente como 150 d. C., notable por su conocimiento de material distintivamente joánico. El Evangelio de Pedro es mencionado por Eusebio a propósito de Serapión, obispo de Antioquía, quien primero permitió su uso en Rosus y luego lo desautorizó por contener enseñanza docética. Un fragmento del siglo VIII o IX (el fragmento de Ajmim) presenta a Pedro narrando los acontecimientos, desde el lavado de manos de Pilato hasta la resurrección. La ignorancia de Serapión sugiere una publicación reciente y local en Siria, improbablemente anterior a mediados del siglo II, aunque hay controversia sobre si algo de su tradición es tan antiguo como los Evangelios del NT.

Otros Evangelios se centran en los sufrimientos de Jesús, todos tardíos. El Evangelio de Nicodemo, conocido con ese título solo desde la Edad Media, se compone de un anterior Hechos de Pilato (quizá conocido por Justino y Tertuliano) al que se añadió el Descenso de Cristo a los infiernos; contribuyó a transformar a Pilato de personaje frío y cruel en un hombre que reconoció la divinidad de Jesús y acabó contado entre los santos en las Iglesias etíope y copta. El Evangelio de Gamaliel y el Evangelio de Bartolomé (más conocido como Cuestiones de Bartolomé) apenas tienen relevancia para el siglo II. Otros se centran en los comienzos de la vida de Jesús: el Protoevangelio de Santiago, muy popular hacia el final del siglo II, glorifica a María y su virginidad y ofrece testimonio temprano del culto mariano; y el Evangelio de la Infancia de Tomás, probablemente compuesto antes del final del siglo II, refiere historias de la infancia que anuncian la grandeza del héroe. Finalmente, el controvertido Evangelio secreto de Marcos, supuestamente descubierto por Morton Smith en Mar Saba en 1958 en forma de una carta de Clemente de Alejandría, plantea dudas sobre su autenticidad —si es genuina o una falsificación—, una nota triste pero propia de las incertidumbres que caracterizan la evaluación de los datos del siglo segundo.



40.5. Otras cartas


Las cartas de Pablo, de tanta influencia, proporcionaron un precedente seguido por Juan (Ap 2-3) y los Padres apostólicos. Pero, de manera decepcionante, la mayoría de los cristianos literariamente activos no consideraron el género epistolar el más adecuado para expresar sus puntos de vista. De toda la literatura apócrifa, las cartas son lo menos interesante, aunque conviene señalar algunos ejemplos.


a. 3ª Corintios


A 3 Corintios se hace referencia más adelante, puesto que está incluida en los Hechos de Pablo.


b. La Carta a los Laodicenses


Laodicenses es una carta breve supuestamente escrita por Pablo, compuesta para proporcionar un referente a la carta mencionada en Col 4,16, como sugiere su conclusión. Se piensa que fue elaborada juntando frases de cartas de Pablo, sobre todo de Gálatas y Filipenses. Es improbable que la referencia en el fragmento Muratoriano a una carta a los Laodicenses corresponda a esta, pues de aquella se dice que fue falsificada para promover la herejía de Marción. En cuanto al origen, una data entre los siglos segundo y cuarto es lo más preciso a que se puede llegar.


c. La correspondencia de Pablo y Séneca


Catorce cartas constituyen la correspondencia entre Pablo y Séneca, el filósofo influyente durante el reinado de Nerón: ocho de Séneca y seis de Pablo. Su estilo evidencia que no pudieron ser escritas por ninguno de los dos. Como probablemente las conocían Jerónimo y Agustín, la mayoría de los estudiosos las datan en el siglo IV, aunque se debate si se escribieron juntas o si algunas se añadieron después.


d. La Carta de Tito


Seudo-Tito es una diatriba fanática contra todas las formas de relación y actividad sexual. Probablemente no fue compuesta antes del siglo V; su único interés es confirmar que una intensa antipatía dualista hacia la carne —y la consiguiente exaltación de la virginidad y el celibato— se hicieron características de mucha espiritualidad cristiana desde el siglo III, tendencia ya arraigada en los Hechos apócrifos.


e. La Epistula Apostolorum


La Epistula Apostolorum, probablemente compuesta en griego, permaneció desconocida hasta que grandes porciones se descubrieron en copto (1895) y una traducción íntegra en etiópico. Aunque presentada como carta, es más bien una exhortación admonitoria que, imitando un discurso gnóstico de revelación, se dirige en parte contra ideas gnósticas tempranas: Simón el Mago y Cerinto son tomados como blanco explícito, la referencia a la encarnación es explícita y hay reiterada insistencia en la resurrección de la carne. Esto sugiere una data a mediados del siglo II o incluso antes. Su familiaridad con un amplio abanico de escritos neotestamentarios, apócrifos del AT y literatura cristiana del siglo II aporta un testimonio importante de la amplia difusión de esos escritos.



40.6. Los otros Hechos


Así como las colecciones de tradición de Jesús y los primeros Evangelios provocaron la aparición de otros Evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles sirvió de precedente para una serie de Hechos apócrifos. Esto se entiende por el deseo de historias capaces de atraer, animar y formar, en un mundo grecorromano donde abundaban las novelas, y por modelos judíos como Daniel, Tobías, Judit y la novela José y Asenet. El prestigio de los apóstoles animó a presentarlos en historias, especialmente aquellos de los que se sabía poco. El estudio se centra en los Hechos principales, originados antes del siglo III, que indican el carácter de la religiosidad que esas historias alimentaban.


a. Los Hechos de Pablo


Es probablemente la más popular e influyente de las historias sobre Pablo, conocida hoy de manera fragmentaria. Puede datarse con cierta confianza en la segunda mitad o las últimas décadas del siglo II, pues Tertuliano se refirió a ella hacia el cambio de siglo. Consiste en el relato de un viaje de Pablo por varias ciudades (Antioquía, Iconio, Mira, Sidón, Tiro, Éfeso, Filipos, Corinto) e Italia, entablando contacto con creyentes, hallando resistencia y realizando milagros. No encuentra oposición judía, a diferencia de los Hechos del NT. Destacan las referencias al bautismo como «el sello», el ataque a creencias sobre la resurrección, la famosa descripción física de Pablo («un hombre de baja estatura, calvo, estevado, de facciones nobles, cejas unidas, nariz más bien ganchuda, lleno de gracia») y el relato de su martirio por decapitación. Tertuliano atribuyó el escrito a un presbítero de Asia que confesó haberlo compuesto por amor a Pablo.

La historia de Pablo y Tecla es la más encantadora. Tecla, una bella joven, se convierte por la predicación de Pablo en Iconio; atraída por el ascetismo y la virginidad, renuncia a su compromiso matrimonial. Pablo es azotado y expulsado, y Tecla, condenada a morir quemada, se salva milagrosamente. Tras reencontrar a Pablo, en Antioquía es de nuevo condenada (esta vez a luchar con fieras) y otra vez salvada; se bautiza a sí misma («En el nombre de Jesucristo, me bautizo a mí misma en mi último día») e instruye a Trifena en la palabra de Dios. Pablo le encarga «enseñar la palabra de Dios», y en un desarrollo ulterior Tecla vive como eremita y predica durante setenta y dos años más. Destacan la afirmación de la virginidad, la aceptabilidad del autobautismo y el honor concedido a una mujer como enseñante; Tecla pertenece a la tradición de mujeres fuertes (Miriam, Ester, Judit) y fue celebrada como la primera de las santas vírgenes después de María.

Incorporadas a los Hechos de Pablo hay cartas breves de los corintios y una tercera carta de Pablo «a los Corintios». Los corintios informan de que dos falsos maestros, Simón y Cleobio, enseñan que no hay resurrección del cuerpo, que Dios no hizo al hombre, que Cristo no vino en la carne ni nació de María y que el mundo es obra de ángeles —reflejo de enseñanza gnóstica—. 3 Corintios describe la falsa doctrina como la «maldita creencia de la serpiente» (sugiriendo a los ofitas) y afirma enfáticamente la resurrección de la carne. También se incluye el Martirio del Santo Apóstol Pablo: el copero de Nerón, Patroclo, es devuelto a la vida y convertido por Pablo; Nerón se vuelve contra los cristianos y ordena decapitar a Pablo, de cuya herida brota leche en vez de sangre; Pablo, fiel a su palabra, se aparece a Nerón tras su muerte y le advierte del castigo por perseguir a los cristianos. Esta versión contribuyó a establecer la tradición de los martirios hagiográficos, junto con los relatos del martirio de Justino, de los mártires escilitanos (180) y de la Pasión de Santas Perpetua y Felicidad (203).


b. Los Hechos de Pedro


Los Hechos de Pedro tienen una historia confusa. La referencia clara más temprana está en Eusebio, que los desconoce en la tradición católica. El texto principal es el códice Vercellense, traducción (siglos III-V) de un texto griego anterior, del que se halló un fragmento en Oxirrinco. Es difícil datarlos, pero es verosímil que se compusieran en las últimas décadas del siglo II; el lugar es incierto (Roma, una gran ciudad de Asia Menor o Siria). La idea de que es una obra gnóstica ha sido abandonada en general, aunque hay influencia ocasional de ese tipo.

El relato comienza con Pablo preparándose para su misión en España. Simón el Mago aparece en Roma realizando prodigios y siendo adorado, mientras la gente se vuelve contra Pablo. Pedro recibe en Jerusalén la orden de ir a Roma; en el viaje convierte al timonel Teón. Sigue el largo relato de cómo Pedro devuelve a la fe a Marcelo, un cristiano acaudalado pasado al bando de Simón. La culminación es el enfrentamiento público entre Pedro y Simón: ante una competición por resucitar a un muerto, Simón fracasa y Pedro resucita a un esclavo y al hijo de una viuda. Finalmente Simón intenta volar sobre Roma, pero Pedro clama al Señor para que caiga, y Simón muere a consecuencia de la operación de la pierna rota. Pronto se refiere el martirio de Pedro: el prefecto Agripa y Albino planean matarlo por el efecto de su predicación sobre la castidad; Pedro intenta huir, pero a las puertas de la ciudad encuentra al Señor y le plantea la famosa pregunta «Quo Vadis?», a la que responde: «Voy a Roma, a ser crucificado». Pedro regresa, es detenido y, a petición propia, crucificado boca abajo. Marcelo deposita su cuerpo en su propio sepulcro.

Este documento contiene poco de gran valor histórico, aunque ilustra el mundo social de la escritura. La sección sobre el enfrentamiento con Simón el Mago podría inspirarse en la noticia de Justino sobre una estatua a Simón junto al Tíber. No hay verdadera pretensión de refutar la enseñanza gnóstica, y la narración permanece en el nivel infantil de la competición taumatúrgica, mostrando cómo un prodigio supera al anterior. Es un cristianismo popular que desarrolla la reputación de Pedro como taumaturgo y mártir, y dice más sobre la credulidad de los cristianos del siglo II que sobre la evolución de la identidad y la teología cristianas.


c. Los Hechos de Juan


El conocimiento de los Hechos de Juan no es seguro antes del siglo IV (Eusebio), aunque su uso en el Salterio Maniqueo lo retrotrae al siglo III, y hay indicios de que el escrito pudiera provenir de la segunda mitad o finales del siglo II. Como su narración se centra en Éfeso, cabe pensar que se originó en la provincia de Asia (aunque algunos defienden un origen sirio). La restauración del texto es difícil; probablemente se conservan dos tercios. La imaginativa narración del ministerio de Juan en Asia consiste en relatos detallados de curaciones y resurrecciones que dan como resultado conversiones. El más completo alaba la castidad de Drusiana, que muere y es luego resucitada, frustrándose el intento de un amante de violar su cadáver. Se incluyen el milagroso desplome del templo de Artemisa en Éfeso y el episodio de las chinches a las que Juan ordena dejarlo dormir en paz. Las lecciones teológicas y éticas son un tanto pedestres.


d. Los Hechos de Andrés


Los Hechos de Andrés son de escaso valor para este examen, salvo en que la elección del «bienaventurado Andrés» se explica por el deseo de dar al hermano de Pedro mayor prominencia. Son muy característicos del género: describen al protagonista como exitoso exorcista y taumaturgo y riguroso propugnador de la continencia sexual. La narración gira en torno a la conversión de Maximila, esposa del procónsul Egeates, que pasa a sentir repulsión por las relaciones sexuales, lo que lleva a Egeates a ejecutar a Andrés. La teología es más platónica que cristiana o gnóstica, y aunque Cristo es mencionado con frecuencia, hay poco distintivamente cristiano. Esta composición de comienzos del siglo III fue popular durante siglos y originó varias continuaciones.


e. Los Hechos de Tomás


Tomás, como Juan, es una figura que alcanza una popularidad sorprendentemente dilatada en el siglo II, sobre todo a través del Evangelio de Tomás. Los Hechos de Tomás, datados en la primera parte del siglo III, caen fuera del marco temporal de este tomo, pero aumentan el conocimiento de las tradiciones de Tomás, en particular las sirias. El escrito reviste interés por varias razones: juega con la suposición de que Tomás, hermano mellizo de Jesús, se le parecía mucho («un hombre que tenía dos formas»); presenta a Tomás como receptor de enseñanza especial y secreta, como en el Evangelio de Tomás; fue escrito probablemente en siríaco, muy verosímilmente en Edesa, ofreciendo una impresión clara del cristianismo sirio primitivo; proporciona un claro testimonio del rito bautismal sirio (primero unción con aceite, luego bautismo en nombre de la Trinidad y, por último, eucaristía con pan y quizá agua); describe a Tomás como encargado de evangelizar la India, dando origen a la tradición de que fundó la Iglesia de Mar Thoma —reforzada por la aparición del rey Gundáforo, históricamente atestiguado—; y acentúa la concepción encratita de la espiritualidad, con su rechazo de la «sucia cópula». Incluye además «El Himno de la Perla», famoso por los intentos de descubrir en él un mito redentor gnóstico precristiano, aunque su mensaje refleja más bien la inquietud del alma que, habiendo olvidado su origen divino, es despertada por revelación divina.


f. Los Hechos de Pedro y de los Doce Apóstoles


Este documento no merece mucho tiempo. Es una fábula o alegoría imaginativa de Pedro y los apóstoles en un misterioso viaje, en el que encuentran a un extranjero que vende perlas, identificado primero como Litargoel y luego como Jesús. El hilo conector es la misión, con especial preocupación por los pobres. Incluido entre los códices de Nag Hammadi, no tiene carácter propiamente gnóstico, pero podría encajar en una cosmovisión gnóstica. Cuándo y dónde fue compuesto son cuestiones de conjetura, pero es improbable que saliera a la luz antes de mediado el siglo III.


g. La literatura seudoclementina


La literatura seudoclementina es de mucho mayor interés, pese a ser de época posterior. Consiste en dos documentos surgidos con independencia: las Homilías (con dos cartas a Santiago, conocidas por manuscritos griegos) y las Recogniciones (en traducción latina de Rufino), disponibles también en siríaco; conforme a un patrón de Bildungsroman, son exposiciones noveladas. Durante más de un siglo hubo amplio consenso en que un escrito titulable Kerygmata Petrou fue su fuente, pero esta hipótesis ha sido objeto de creciente crítica y ha perdido apoyo. El Grundschrift más probable se ha identificado con los Periodoi Petrou («Recorridos de Pedro»), datables a comienzos del siglo III. Más interesante es la fuente utilizada por las Recogniciones (probablemente Recog. 1.27-71), posiblemente identificable con los Anabathmoi Iakobou («Ascensiones de Santiago»), que Epifanio consideraba obra ebionita; aunque el vínculo no es seguro, esta sección parece exponer puntos de vista característicos de judíos creyentes en Jesús.



40.7. Otros apocalipsis


Las colecciones de apócrifos del NT reflejan sustancialmente el modelo de los escritos neotestamentarios: Evangelios, cartas, Hechos. Como la mayoría fueron compuestos antes de que cuajase la idea de un canon, el hecho de que reflejen el contenido del NT es testimonio de lo influyentes —y ya estimados como autoritativos— que eran esos escritos. Aún más persuasivo como precedente es el formato de apocalipsis: aunque el NT contiene solo uno, el carácter escatológico del cristianismo primitivo —con su convicción del comienzo del tiempo final, la resurrección de los muertos, el derramamiento del Espíritu y la inminente venida de Cristo como juez— aseguraba que la apocalíptica fuera un género apropiado, tanto más cuanto que ya estaba establecido en el judaísmo del Segundo Templo (Daniel, 4 Esdras, 2 Baruc).

Un aspecto particular era el quiliasmo o milenarismo, la creencia de que Cristo reinaría mil años con los santos resucitados. Entre sus protagonistas figuraban Papías, bien conocido por sus creencias milenaristas; Ireneo, que le atribuye la enseñanza de un período venidero milagrosamente fructuoso; Gayo de Roma y Dionisio de Corinto, que atribuían ideas quiliásticas a Cerinto (lo que hizo dudar a Eusebio del Apocalipsis de Juan); Justino, que creía que Cristo pasaría mil años en Jerusalén; y Tertuliano, con una convicción similar compartida con el montanismo. Se señalan solo los ejemplos más característicos de apocalipsis cristianos del siglo II.


a. El Primer Apocalipsis de Santiago


Se encontró en Nag Hammadi (NHL V.3) y luego en el códice Tchacos, junto con el Evangelio de Judas y la Carta de Pedro a Felipe. Es un «diálogo de revelación» en que Santiago dialoga con el Señor, aunque de carácter típicamente gnóstico: Santiago se dirige a Jesús como el redentor gnóstico y es provisto de las respuestas que debe dar a los poderes que tratarán de impedir su regreso al Padre preexistente.


b. El Segundo Apocalipsis de Santiago


En el códice NHL V.4, se presenta como un «discurso que Santiago el Justo dijo en Jerusalén», en realidad una revelación de Cristo resucitado. Contiene una curiosa mezcla de temas cristianos muy primitivos y gnósticos: Jesús se identifica como «el primero en ser engendrado» e infunde ánimo sobre el desnudarse y volver a ser como antes.


c. El Apocalipsis de Pablo


Fue inspirado por la referencia paulina a haber sido arrebatado al tercer cielo y haber oído «palabras inefables» (2 Cor 12). Mediante visiones describe el cielo de los justos y el infierno reservado a los pecadores —incluidos eclesiásticos y quienes desprecian la Palabra de Dios—. Junto con el Apocalipsis de Pedro, fue responsable de la fascinación que las ideas populares del cielo y, especialmente, del infierno ejercieron en el cristianismo medieval occidental.


d. El Apocalipsis de Pablo copto


El Apocalipsis de Pablo copto (NHL V.2) refiere el viaje celestial de Pablo al noveno cielo y es más tradicional, pues ese viaje revela los misterios de los cielos. El eco de Gal 1,15 indica la estima en que se tenía a Pablo, pero el escrito también describe al «anciano» (de Dn 7,13) tratando de impedir el acceso de Pablo. No hay conexión entre los dos apocalipsis, aunque es notable que tanto la gran Iglesia como el cristianismo gnóstico presentaran a Pedro y Pablo como portavoces de sus respectivos puntos de vista.


e. El Apocalipsis de Pedro


Fue el más conocido de los apocalipsis apócrifos en los primeros siglos. El fragmento Muratoriano lo incluye, aunque advirtiendo que algunos no permitirían su lectura en la iglesia; Eusebio lo desdeña como no auténtico. Pero el catálogo esticométrico del códice Claromontano lo incluye junto con la Carta de Bernabé, el Pastor de Hermas y los Hechos de Pablo, indicio de uso extendido y popularidad. Se conoce en griego (manuscrito de Ajmim) y completo en versión etiópica. El hecho de que Clemente de Alejandría lo conociera sugiere una data anterior a 150 d. C. El Apocalipsis de Pedro estableció el sentido que llegó a adquirir el término «apocalipsis»: de la inicial revelación de misterios del cielo pasó a designar los horrores y bendiciones del juicio final. Con su descripción detallada de veintiún tipos de pecador y sus castigos, casi con seguridad influyó en el Infierno de Dante.


f. El Apocalipsis de Pedro copto


El Apocalipsis de Pedro copto (NHL VII.3) no tiene relación con el anterior. Como «revelación» hecha a Pedro en secreto, tiene más carácter de visiones que ponen al descubierto el misterio de la condición humana que de apocalipsis escatológico. Interesa por dos razones: su carácter polémico, que advierte contra los ciegos y critica a la gran Iglesia (cuyos «obispo» y «diácono» son aludidos), con un posible eco de la condena de Pablo en la literatura seudoclementina, aunque también podría dirigirse contra otros grupos gnósticos; y la interpretación gnóstica clásica de la crucifixión, en la que «el Jesús vivo» mira su imagen carnal clavada en la cruz y se ríe de la ceguera de los que están alrededor.


g. El Apocalipsis de Tomás


Otros apocalipsis confirman que el género siguió atrayendo la atención judía y cristiana. De ellos, el único de interés es el Apocalipsis de Tomás (¿anterior al siglo V?), configurado conforme al Apocalipsis de Juan, repartiendo los acontecimientos finales en siete días según el modelo de sietes. No está clara la razón de su atribución a Tomás, pero sugiere que, como otros apóstoles, era conocido como fuente de enseñanzas secretas de Jesús. Parece haber sido estimado en círculos maniqueos y priscilianistas, lo que confirma que Tomás era particularmente venerado dentro de las corrientes de pensamiento gnóstico, como también indican el Evangelio de Tomás, los Hechos de Tomás y el Libro de Tomás el Contendiente.



40.8. Resumen


En suma, los datos literarios del siglo II ilustran dos aspectos del cristianismo primitivo.

En primer lugar, que Evangelios, cartas, Hechos y apocalipsis se convirtieran en expresiones tan dominantes y difundidas confirma que tales escritos tuvieron como modelos versiones principales o ejemplares de esos géneros. Que los cuatro géneros se hallen incluidos en el Nuevo Testamento indica probablemente que los documentos correspondientes sirvieron de modelos para otros posteriores, y que solo esos documentos principales encontraran acomodo en el NT es indicio de que fueron valorados de manera particularmente especial y extendida, hasta convertirse en los que inspiraron la literatura subsiguiente.

En segundo lugar, en conjunto los escritos derivados son de valor muy inferior al de los reconocidos como canónicos. La escasa calidad de buena parte de esta literatura confirma que la Iglesia primitiva acertó al reconocer la canonicidad e importancia de casi todos los documentos del NT. La excepción del Evangelio de Tomás requerirá consideraciones más detenidas; pero, por lo general, el valor «subcanónico» de la literatura examinada confirma que las decisiones del cristianismo primitivo en cuanto a canonización estuvieron bien fundadas. El simple hecho de que escritos de varios de los Padres apostólicos y de los apologetas puedan valorarse por encima de casi toda esa literatura parece prueba suficiente de que quienes establecieron el canon del NT lo hicieron con sabiduría y tino.

Tras esta introducción básica a casi todo el material que se tratará en el resto del tomo, procede considerar el modo en que los cuatro rasgos principales de la generación fundadora del cristianismo configuraron el período post-70 y el siglo II. El objetivo no es escribir una historia de los comienzos del cristianismo, sino examinar los factores e influencias principales que dieron su carácter distintivo a ese cristianismo naciente. En el caso de la mayoría de los escritos, la cuestión del origen no admite más que conjeturas, y los lugares de composición de casi todos los documentos conservados gracias a Nag Hammadi son desconocidos. Pero aun cuando las conjeturas sean erróneas, la probable expansión de las fuentes ofrece, en general, una idea bastante aproximada de cuáles eran los principales centros de influencia en los tres primeros siglos del desarrollo del cristianismo, como recoge el cuadro cronológico siguiente, distribuido por centros (Roma, Asia, Siria, Palestina, Alejandría):


Este cuadro, junto con la distribución geográfica en torno al Mediterráneo central y oriental, ofrece una panorámica de los principales centros de producción literaria cristiana en los tres primeros siglos, confirmando el papel de Roma, Asia Menor, Siria, Palestina y Alejandría como focos de influencia decisivos en la configuración del cristianismo naciente.