El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Décima parte. Un nuevo comienzo
Capítulo 40. Las fuentes: siglo segundo
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Este
capítulo ofrece una introducción a la literatura cristiana del siglo
II,
examinando para cada escrito las cuestiones básicas de autoría, lugar
de
composición, destinatarios y datación. Como en el caso de los escritos
del
Nuevo Testamento, el análisis se limita a estos puntos fundamentales,
dejando
para capítulos posteriores la valoración del contenido teológico y de
las
relaciones entre los distintos documentos.
40.1. Los
Padres apostólicos
«Los
Padres apostólicos» es el nombre que reciben los autores de escritos
cristianos
conservados de las primeras décadas del siglo II, considerados y
venerados como
asociados o discípulos de los apóstoles a quienes se atribuían escritos
del
Nuevo Testamento. El hecho de que algunos de ellos fueran a veces
relacionados
con los escritos neotestamentarios atestigua la estima en que se los
tenía.
Inicialmente la colección comprendía solo las cartas de Clemente,
Ignacio,
Policarpo y Bernabé, junto con el Pastor de Hermas; luego se
incluyeron
la Carta a Diogneto y las obras de Papías; y, finalmente, la Didajé,
tras su descubrimiento en 1873. El análisis sigue la sucesión
cronológica más
probable, dejando la Carta a Diogneto para la sección de los
apologetas,
ya que tiene más bien carácter de apología.
a. 1ª Clemente
1
Clemente es sin duda el primer escrito de los Padres apostólicos,
por ser
el más temprano y por haber sido atribuido casi desde el principio a
Clemente,
posteriormente designado obispo de Roma. La propia carta proporciona
casi todo
lo necesario sobre autor, origen, ocasión, destinatarios y data. Según
su
introducción, fue escrita desde «la iglesia de Dios que reside
temporalmente en
Roma a la iglesia de Dios que reside temporalmente en Corinto». La
razón es
igualmente clara: el autor estaba preocupado por las desavenencias
surgidas en
la iglesia corintia, donde miembros jóvenes se mostraban en rebeldía
contra el
liderazgo de los ancianos (presbíteros), negándoles el respeto debido y
causando enfrentamientos y divisiones. Clemente escribe para garantizar
que se
preste el respeto que corresponde a los dirigentes establecidos.
Resulta
irónico que la iglesia del siglo I sobre la que tenemos mayor
conocimiento
(Corinto) produjera precisamente las cartas (1 Corintios, 2 Corintios,
1
Clemente) que nos informan sobre problemas surgidos de divisiones
internas.
La
carta fue compuesta por un miembro importante de la comunidad cristiana
de
Roma, capaz de escribir con la autoridad de la iglesia de la capital
del
Imperio y reivindicando cierta preeminencia sobre una iglesia
provincial. Las
referencias a obispos y la autoridad ejercida podrían sugerir que el
escritor
se consideraba de rango episcopal, algo perceptible también en el modo
en que
refleja la exhortación y autoridad de «la epístola de ese bendito
apóstol,
Pablo». Durante el período patrístico nunca hubo duda de que el autor
era
Clemente, venerado como tercer (o segundo) obispo de Roma. Indicios
tempranos
podrían hallarse en el Pastor de Hermas y, más adelante, en la
referencia de Dionisio de Corinto a una carta enviada «por medio de
Clemente»,
todavía leída en la iglesia corintia.
En
cuanto a la data, el indicio más notable es la referencia, en el
capítulo 5, a
Pedro y Pablo como «nobles ejemplos de nuestra generación»; y la
implicación
del capítulo 44 de que los nombrados por los apóstoles ocupaban todavía
sus
puestos. Por eso la idea tradicional de que 1 Clemente se
escribió al
final del reinado de Domiciano, es decir, en 95 o 96 d. C., parece bien
fundada, aunque algunos estudiosos han propuesto dataciones más
tempranas
(entre 65 y 70, o anteriores al año 70) y otros, como Welborn, se
muestran tan
escépticos como para admitir solo un margen amplio entre 80 y 140 d. C.
No debe
perderse de vista que 1 Clemente es casi con seguridad anterior
a
algunos de los escritos que finalmente fueron incluidos en el NT; de no
haberse
distinguido Clemente tan claramente de los apóstoles, podría haber sido
un buen
candidato a formar parte del canon neotestamentario.
b. Ignacio de
Antioquía
Las
cartas de Ignacio ofrecen una de las descripciones más vivas e
impresionantes
del cristianismo en Asia Menor durante las primeras décadas del siglo
II.
Ignacio había sido arrestado durante alguna persecución o disturbio en
Antioquía —quizá por un enfrentamiento dentro de su propia comunidad
eclesial—
y era conducido bajo vigilancia militar («atado a diez leopardos, que
es una
escolta de soldados») camino de Roma, donde sería víctima de las fieras
en el
circo. Era un martirio que esperaba con gozo, e instaba a los
destinatarios a
que no intervinieran en su favor.
No
hay discusión sobre la autoría, pues él se presenta a sí mismo al
inicio de
cada carta: «Ignacio, que es llamado también Teóforo [portador de
Dios]». Se
refiere a sí mismo como «el obispo de Siria» y pide que recuerden en
sus
oraciones a la iglesia de Siria. La razón principal de escribir parece
haber
sido política: aprovechó la ocasión para realzar la importancia del
obispo de
cada comunidad («Estamos claramente obligados a ver al obispo como al
Señor
mismo»). El único punto debatible es si escribió más cartas y si las
siete
conservadas están tal como él las redactó; en la Edad Media circuló una
recensión ampliada, pero los estudios de Theodor Zahn y J. B. Lightfoot
establecieron un amplio consenso en que solo siete cartas deben
considerarse
auténticas.
El
lugar de composición y los destinatarios quedan claros en las propias
cartas.
Las cuatro primeras (Efesios, Magnesios, Tralianos
y Romanos)
fueron escritas desde Esmirna, donde el pelotón descansó algunos días;
las tres
últimas (Filadelfios, Esmirnenses y Policarpo)
desde
Tróade, mientras el grupo aguardaba nave hacia Europa. Una navegación
inesperada desde Tróade hasta Neápolis impidió que Ignacio escribiera
más
cartas, por lo que encargó a Policarpo: «Escribe a las iglesias por
delante de
mí». No hay certeza sobre la fecha exacta del viaje; las fuentes
patrísticas
solo indican que Ignacio fue obispo de Antioquía durante el reinado de
Trajano
(98-117 d. C.). Una datación de las cartas a finales de la primera
década del
siglo II o principios de la segunda parece temprana, pero nada en ellas
—su
enfrentamiento al judaísmo, su oposición al docetismo, su cristología,
su
promoción del monoepiscopado o su énfasis en la eucaristía— excluye esa
datación. Lo más importante, en realidad, es hasta qué punto era
Ignacio
representativo de las ideas que expresaba, o si debe considerarse más
bien como
portavoz de una facción dentro del cristianismo en desarrollo.
c. Policarpo
Policarpo,
obispo de Esmirna, estuvo en contacto con Ignacio durante el paso de
este por
la provincia de Asia, y fue probablemente el destinatario de su última
carta.
Es más conocido como mártir, y el relato de su martirio es un clásico
del
cristianismo primitivo. Según Ireneo, Policarpo estuvo conectado
directamente
con el apóstol Juan y representó un puente entre los apóstoles e
Ireneo, lo que
permitió a este describirse como distante solo dos generaciones de los
discípulos del Señor. Si su martirio se data en 155 d. C. y tenía
ochenta y
seis años al morir, debió de nacer hacia el año 70 d. C.
La Carta
de Policarpo a los Filipenses tiene mayor carácter de exhortación y
no es
tan política ni polémica como las de Ignacio, pero se ajusta a ellas
como una
especie de apéndice, pues Policarpo deja claro que escribió en
respuesta a la
petición de Ignacio. Se suele interpretar Polic 9.1-2 como
indicio de
que Ignacio ya había sufrido el martirio, aunque cabe otra lectura. En
cualquier caso, la carta es con bastante probabilidad solo unos meses
posterior
a las de Ignacio, por lo que pertenecería a los años diez del siglo
segundo.
d. Martirio de
Policarpo
El Martirio
de Policarpo tiene la forma de una carta escrita por un tal Marción
desde
la iglesia de Esmirna a la de Filomelio (en Frigia), con el propósito
de una
distribución más amplia. Es una viva y conmovedora exposición de la
ejecución
de Policarpo, que se convirtió en modelo para posteriores actas de
mártires
cristianos. Refiere cómo fue capturado en una persecución por las
autoridades
romanas locales y cómo se le urgió varias veces a «jurar por la Fortuna
del
césar», hacer sacrificio e injuriar a Cristo, a lo que respondió:
«Durante
ochenta y seis años le he servido, y no me ha hecho mal alguno. ¿Cómo
puedo
blasfemar contra mi rey que me ha salvado? […] Yo soy cristiano». La
ejecución
incluye elementos legendarios (el fuego no produce efecto, Policarpo es
apuñalado, sale una paloma, la sangre apaga el fuego). El martirio
suele
datarse en 155 d. C., siendo procónsul Estacio Cuadrato; el autor se
incluye
entre los testigos oculares, por lo que una data de 156 para el Martirio,
quizá con ocasión del primer aniversario, es verosímil.
e. La Didajé
La
enseñanza de los doce apóstoles es una de las obras más fascinantes
de los
Padres apostólicos. Aunque mencionada por Eusebio, no fue conocida
hasta que
Filoteo Bryennios descubrió su texto en Constantinopla en 1873, dentro
del
códice Jerosolimitano. El descubrimiento revolucionó el estudio del
cristianismo primitivo, pues cada una de sus secciones principales
ofrece
percepciones valiosas: la sección de «Los dos caminos» (caps. 1-6)
confirmó la
importancia de esta tradición parenética judía en la catequesis
cristiana; el
tratamiento del bautismo y la eucaristía (caps. 7-10) arroja luz sobre
la
liturgia de la primera parte del siglo II; la prominencia dada al
ministerio de
apóstoles itinerantes, profetas y maestros (caps. 11-13), junto con los
obispos
y diáconos nombrados localmente (cap. 15), indica que los modos de
ministerio
eran más diversos de lo que sugieren las cartas pastorales e
ignacianas; y el
capítulo 16 muestra la continua expectativa apocalíptica.
e.1. Autor
La Didajé
no se atribuye a ningún autor individual; tiene más bien el carácter de
instrucción catequética y guía de disciplina comunitaria redactada por
una
comisión, un manual de tradición y orden eclesial, posiblemente
producido
juntando tres o cuatro secciones de enseñanza antes conocidas en forma
oral.
Las palabras iniciales («La enseñanza del Señor para las naciones por
medio de
los apóstoles») reflejan la convicción de que la enseñanza representaba
una
verdadera herencia recibida de los apóstoles fundadores.
e.2. Proveniencia
La
opinión está dividida entre Egipto y Siria. Si se asigna Bernabé a
Egipto, la
semejanza entre Did 1-6 y Bern 18-20 podría sugerir un
origen
egipcio. Pero la Didajé no refleja el carácter
judeo-helenístico de
Alejandría, y la interacción entre tradición judía y cristiana que
muestra, más
típica de Siria, junto con la influencia de Mateo, favorece
probablemente el
origen sirio.
e.3. Data
La
influencia de rasgos mateanos sugiere un terminus a quo de
mediados de
los años ochenta. El cambio en el final del Padrenuestro, el hecho de
que la
eucaristía sea aún una comida y la prominencia de misioneros y profetas
itinerantes apuntan a una etapa temprana del desarrollo litúrgico y
eclesiástico y a un terminus ad quem poco avanzado en el siglo
II. Una
composición situada en el período 100-120 parece concordar con estos
datos
tanto como cualquier otra.
f. Carta de Bernabé
Un
texto completo de Bernabé no se conoció hasta el descubrimiento
del
códice Sinaítico (1859) y el Jerosolimitano (1873). La carta plantea
preguntas
más o menos sin respuesta sobre cada uno de los temas tratados en estas
secciones.
f.1. Autor
El
texto es anónimo. Clemente de Alejandría daba por hecho que era de
Bernabé,
pero hoy la atribución es muy mayoritariamente cuestionada, entre otras
razones
por la probable data del escrito. La carta está redactada en primera
persona y,
pese a que el autor afirma no escribir «como maestro», es verosímil que
se
considerase tal, como sugiere su dominio de la Escritura. La atribución
a
Bernabé pudo deberse a su interés por las regulaciones levíticas y a
que
Bernabé es el único dirigente cristiano de la primera generación
explícitamente
identificado como levita. Sin embargo, la perspectiva de la carta sobre
la Ley
judía es la de alguien no afectado por ella, que se expresa como
representativo
de los gentiles convertidos. Es concebible que un cristiano gentil se
sintiera
tan fascinado por la herencia judía como para adquirir un considerable
conocimiento de la Ley y la tradición y considerar su tarea acercar esa
herencia a los creyentes gentiles.
f.2. Proveniencia
Tradicionalmente
se ha pensado en Alejandría. Algunas tradiciones sitúan allí a Bernabé,
y
Clemente de Alejandría no solo conocía la carta, sino que encontró
conveniente
su contenido. Los paralelos más estrechos con la interpretación de
Bernabé de
pasajes y ritos de la Torá se encuentran en escritos alejandrinos:
Filón, con
su exposición alegorizante, y la Carta de Aristeas, con su
interpretación de las regulaciones sobre animales. El conocimiento de
la
tradición rabínica podría debilitar el argumento basado en paralelos,
pero, en
conjunto, el origen alejandrino resulta algo más sustancial.
f.3. Data
Hay
amplio acuerdo en que la carta es posterior a la destrucción del templo
de
Jerusalén («porque en la guerra fue destruido por sus enemigos»). Pero
¿cuánto
después? El «cuerno pequeño» de Daniel podría identificarse con
Vespasiano o
Nerva, aunque hay oscuridad. Más curiosa es la expectativa, en 16.3-4,
de que
judíos asociados con los romanos reconstruirían el templo. La actitud
más
tolerante de Nerva pudo despertar cierta esperanza. Más atractiva es la
hipótesis de que Adriano había concebido construir un templo a Zeus
durante su
visita a Jerusalén en 130, lo que contribuyó a provocar la rebelión de
Bar
Kojba y a renovar el entusiasmo por la reconstrucción del templo judío.
Como
Bernabé no hace ninguna referencia a la rebelión de Bar Kojba ni a su
fracaso,
se piensa en una data ad quem de 131/132 d. C., y en 130/131
como la más
verosímil, aunque «verosímil» es un término relativo. (Jefford y otros
prefieren una datación entre 96 y 100 d. C.).
g. El Pastor de
Hermas
El Pastor
de Hermas contiene largas series de cinco Visiones, doce Mandatos y
diez
Similitudes, explicados en su mayor parte a Hermas por un ángel,
especialmente
en referencia al problema del pecado posbautismal. Funciona en un nivel
muy
ingenuo y, sin embargo, alcanzó gran popularidad, hasta el punto de ser
incluido en el códice Sinaítico junto con Bernabé y los escritos del
NT;
presumiblemente indica el nivel de compromiso intelectual y discipulado
ético
de la mayoría de los cristianos de aquellas décadas.
Aunque
las tres secciones sugieren varios autores, numerosos críticos postulan
una
autoría única, quizá compuesta en tiempos diferentes. La única
indicación de la
identidad del autor es su autopresentación: «El que me crio me vendió a
una
mujer llamada Roda, en Roma», lo que sugiere que era un liberto. Se
identifica
como «Hermas» y no se atribuye ninguna posición de liderazgo ni se dice
profeta
o maestro. Desde la quinta visión lo instruye el «Pastor», identificado
como
«el ángel del arrepentimiento». Podríamos imaginarlo como un miembro no
especialmente culto de una comunidad romana, favorecido de manera
especial. El
origen romano apenas se cuestiona. La data es más discutida: el
fragmento
Muratoriano señala que Hermas escribió el Pastor cuando su
hermano Pío
ocupaba la sede episcopal de Roma (142-157), lo que invitaría a una
fecha entre
145-155. Pero si se desestima ese testimonio, la mención de «ancianos»
y
«obispos» implica una etapa eclesiológica anterior al establecimiento
de un solo
obispo, lo que sugiere una fecha anterior: digamos 130-150.
h. 2ª Clemente
2
Clemente es una homilía probablemente escrita para ser leída en voz
alta en
una reunión cultual cristiana. Su autor y lugar de composición son
desconocidos. El mejor indicio se halla en la referencia de Eusebio a
una carta
de Dionisio de Corinto remitida a Sotero, en la que se cita también «la
carta
de Clemente a los Corintios». La deducción natural es que la segunda
carta
atribuida a Clemente corresponde a lo que hoy llamamos 2 Clemente,
conocida y designada como tal hacia el año 170 y considerada escrita
desde Roma
a Corinto, al igual que 1 Clemente. El principal problema es
que Eusebio
atestigua que solo se reconocía una carta como de Clemente y que la
segunda no
tenía amplio reconocimiento. Quizá deba inferirse simplemente que 2
Clemente
llegó a asociarse con 1 Clemente porque ambas se leían en las
asambleas
corintias y se guardaban juntas. En cuanto a la datación, la sola
mención de
«ancianos» sugiere, como en el Pastor, una composición anterior
al
establecimiento del monoepiscopado; una data en torno a 140 d. C.
parece la
mejor conjetura.
i. Papías
Papías
se incluye aquí porque, aunque su obra en cinco volúmenes, Exposición
de los
oráculos del Señor, no ha llegado hasta nosotros, las citas
existentes
—sobre todo en Eusebio— proporcionan información interesante sobre la
transmisión de Jesús y la composición de algunos Evangelios del NT.
Según la
tradición, Papías fue obispo de Hierápolis, en el valle del río Lico,
cerca de
Colosas y Laodicea. Ireneo lo conocía como «oyente de Juan y compañero
de
Policarpo». Si la información es verídica, Juan y Policarpo
proporcionan un
marco temporal (c. 90-135 d. C.) para su actividad; suponiendo que
escribió
siendo obispo, su obra principal se dataría hacia 130 y se situaría
probablemente en Hierápolis.
j. Las Odas de
Salomón
No
está claro en qué categoría incluir las Odas de Salomón, pero
si la Didajé
puede clasificarse como el primer libro de orden de la comunidad
eclesial, las Odas
serían «el primer himnario cristiano», y resulta apropiada su inclusión
entre
los escritos de la primera parte del siglo II. Pese a su título y su
carácter
de «Salmos de David», el libro es indudablemente cristiano: no contiene
el
nombre «Jesús», pero habla del Mesías y emplea títulos como «Señor»,
«el
Amado», «Hijo», «Hijo del hombre», «Hijo de Dios» y «Salvador», con
alusiones a
la encarnación, el nacimiento virginal, el bautismo, la muerte y la
resurrección. Los ecos del Evangelio de Juan indican que surgieron de
una
comunidad joánica, y los paralelos con los documentos del Mar Muerto
sugieren que
fueron compuestas por un esenio convertido en creyente de Jesús.
Las Odas se conocían solo en extractos
antes de
que Rendel Harris
descubriera el conjunto (42) en Siria, en 1909; muy probablemente
fueron
escritas en siríaco y ofrecen una valiosa percepción del cristianismo
sirio
primitivo. Aunque algunos investigadores buscaron influencia gnóstica
en ellas,
no se observa nada distintivamente gnóstico, lo que puede atribuirse a
la
mezcla reinante en la religiosidad de la época. Su carácter
marcadamente judío,
el frecuente uso de la referencia al seguimiento de «el Camino», la
viva
espiritualidad, la teología poco desarrollada y los ecos joánicos
sugieren una
data temprana, muy posiblemente en el primer cuarto del siglo II.
40.2. Los
apologetas
«Apologetas»
designa a los escritores cristianos cuya contribución consistió en
hacer una
razonada defensa y recomendación de su fe. Las apologías cristianas no
son las
primeras del género —Platón y Jenofonte escribieron sendas apologías de
Sócrates, gran parte de la obra de Filón es apologética y Josefo define
su Contra
Apionem como «apología»—, y en el NT la carta a los Romanos, 1
Pedro y los
Hechos tienen carácter apologético. Pero las apologías cristianas no
aparecieron como género hasta el siglo II, cuando su escritura se
convirtió
casi en una industria al intentar los cristianos aclarar y defender lo
que
eran. Ireneo podría servir de límite, aunque debe verse más bien como
el más
influyente de los heresiólogos.
a. Cuadrato
Cuadrato
es considerado tradicionalmente el primero que escribió una apología de
la fe
cristiana. Según Eusebio, dirigió su tratado al emperador Adriano, lo
que
situaría su composición hacia 125 d. C. La obra existía aún en tiempos
de
Eusebio, pero solo conocemos la breve cita que este transcribe,
referida a las
curaciones y resurrecciones efectuadas por Jesús, algunos de cuyos
beneficiarios «vivían todavía en nuestro tiempo». La brevedad del
fragmento
impide que Cuadrato contribuya algo más al estudio.
b. Arístides
Según
Eusebio, la Apología de Arístides de Atenas también estaba
dirigida a
Adriano; pero en la traducción siríaca —descubierta en 1889— se dirige
a
Antonino Pío (138-161), lo que implicaría una data no anterior a 140,
si bien
podría ser una versión revisada. Es un intento más ambicioso de defensa
filosófica de la percepción cristiana (y judía) de Dios frente a la
idolatría y
el naturalismo de los caldeos, la debilidad de los dioses griegos y los
dioses
animales de los egipcios. Llama la atención la clara distinción entre
caldeos/bárbaros, griegos, judíos y cristianos, que implica que
Arístides
hablaba para un conjunto de cristianos que se consideraban un género
particular
dentro del mundo mediterráneo.
c. Kerygma
Petrou
El Kerygma
Petrou se conserva solo en fragmentos citados por Clemente de
Alejandría,
en los que, como en Arístides, se afirma la unidad de Dios y se rechaza
el
culto griego como idolatría. Podría haber un vínculo entre el Kerygma
y
Arístides, aunque no está clara la dirección de la influencia. Puede
datarse
muy probablemente en las tres primeras décadas del siglo II. Clemente
lo
consideraba enseñanza auténtica de Pedro; Orígenes albergaba más dudas.
d. Carta a Diogneto
La Carta
a Diogneto suele incluirse entre los Padres apostólicos, pero
conecta más
naturalmente con los apologetas por su carácter y datación. Es uno de
los
escritos más pulidos del cristianismo primitivo, con una calidad
retórica más
elevada que la de otros anteriores. Es famosa por describir la función
de los
cristianos en el mundo como la del alma respecto al cuerpo (cap. 6) y
por su
exposición de la concepción paulina del Evangelio desde la perspectiva
del
justo entregado por los injustos (cap. 9). El autor de los caps. 11-12
se
describe como «un discípulo de los apóstoles», pero por lo demás es
desconocido; el autor de los caps. 1-10b ha suscitado numerosas
conjeturas
(Apolo, Clemente de Roma, Justino, Hipólito, Melitón), ninguna
convincente.
Tampoco se sabe quién fue Diogneto, que sigue siendo un enigma como el
Teófilo
al que se dirige Lucas. La data es otro rompecabezas: aunque algunos la
sitúan
en el siglo III, una datación en la segunda mitad del siglo II —o
incluso
antes— es completamente verosímil.
e. Justino mártir
Justino,
el más importante entre los apologetas de mediados del siglo II, era
hijo de
Prisco, natural de Flavia Neápolis (Siquem), en Palestina. Aunque llama
«samaritanos» a las gentes de su nación, se describe a sí mismo como
gentil. Al
comienzo de su Diálogo con Trifón atestigua que había
encontrado
satisfacción en la filosofía de Platón antes de conocer a «una persona
anciana
y venerable» que lo orientó hacia los profetas y el Cristo que ellos
anunciaban; esa fue la filosofía a la que se dedicó. Se estableció en
Roma,
donde fundó su propia escuela (Taciano fue alumno suyo). Su obra es
sustancial:
refiere haber compuesto un tratado contra todas las herejías, y Eusebio
le
atribuye ocho obras. Murió decapitado junto con seis compañeros en 165,
por
orden del prefecto Rústico, al negarse a sacrificar a los dioses.
De
sus obras solo tres han llegado completas: las dos Apologías y
el Diálogo
con Trifón. La Primera Apología, dirigida a Antonino Pío y
datada
hacia 155, denuncia la injusticia de condenar a los cristianos por el
mero
nombre e intenta presentar el cristianismo como análogo pero superior a
las
creencias grecorromanas y a las falsas enseñanzas de Simón el Mago y
Marción;
demuestra que Cristo y el cristianismo realizan las profecías
veterotestamentarias y describe las reuniones cristianas para el culto.
La Segunda
Apología, escrita poco después (tan tarde como 161), es casi un
apéndice y
contiene el famoso concepto de la razón seminal (logos
spermatikos),
presente en filosofías anteriores pero completa solo en el Cristo
encarnado. El Diálogo con Trifón, posterior a la Primera
Apología (no antes de
c. 160), sitúa la escena tras el estallido de la segunda rebelión
judía; aunque
es una composición fictiva, ofrece una ventana valiosa a la relación
entre
cristianismo y judaísmo de la diáspora occidental.
f. Taciano
Taciano
nació «en la tierra de los asirios» y se trasladó a Roma, donde,
leyendo la
Biblia judía, se convirtió al cristianismo y se hizo discípulo del
«admirabilísimo Justino». Ireneo lo acusa de haberse apartado de la
Iglesia
tras el martirio de Justino y de introducir un sistema sobre eones
invisibles
semejante al de los valentinianos, declarando, como Marción y
Saturnino, que el
matrimonio era corrupción, y negando la salvación de Adán. La
influencia de
Justino es manifiesta en el Discurso a los griegos (datado
entre 155 y
165), donde supera a Justino ridiculizando las creencias sobre los
dioses y
argumentando que Moisés fue más importante que Homero.
Sorprendentemente, nunca
menciona a Jesús, a Cristo ni a los cristianos, por lo que su
apologética resulta
extrañamente poco declarativa. Eusebio lo acusa de encratita
—abstención de
alimentos animales y predicación contra el matrimonio—. Tras la
ejecución de
Justino volvió a Siria, donde compuso su Diatessaron, la
primera armonía
conservada de los cuatro Evangelios canónicos, datada hacia 170-175 y
escrita
probablemente en siríaco. El Diatessaron fue el texto
evangélico
estándar en las iglesias de lengua siríaca hasta el siglo V, cuando fue
reemplazado por la Peshitta, por haber sido su autor reprobado como
hereje.
g. Apolinar
Apolinar,
obispo de Hierápolis, fue muy elogiado por Eusebio en relación con
varios
libros, entre ellos un tratado dirigido a Marco Aurelio (escrito hacia
176),
donde se refería a la «Legión Tonante», nombre dado a una legión para
conmemorar su milagrosa salvación —gracias a un trueno— en una batalla
contra
germanos y sármatas, salvación que Apolinar atribuía a las oraciones de
los
legionarios cristianos. Eusebio lo describe también como invencible
campeón de
la verdad contra la herejía catafrigia (el montanismo). Ninguno de sus
escritos
se ha conservado.
h. Atenágoras
Atenágoras
el Ateniense es recordado por su Súplica en favor de los cristianos,
dirigida a Marco Aurelio y su hijo Cómodo en 176 o 177, que añade
indicios de
que los cristianos eran perseguidos por el mero nombre. Niega que sean
ateos,
se apoya en los filósofos para sostener que Dios es uno y formula la
primera
expresión clara de Dios como Trinidad, contrastando la moralidad
cristiana con
la de sus acusadores. Su tratado Sobre la resurrección de los
muertos,
probablemente posterior pero del mismo período, muestra lo difícil que
era para
la mentalidad griega aceptar tal idea y cómo podía exponerse de modo
apreciable. Por alguna razón desconocida, Atenágoras parece haber
influido poco
en el pensamiento cristiano, y Eusebio ni siquiera lo menciona.
i. Teófilo de
Antioquía
Eusebio
recuerda a Teófilo como el sexto obispo de Antioquía, en activo
probablemente
entre c. 170 y los primeros años ochenta del siglo II. El único de sus
escritos
que se conserva es la apología A Autólico, escrita en Antioquía
poco
después de 180. Como otros apologetas, distingue la concepción
cristiana de
Dios de las ideas comunes sobre los dioses, deriva su entendimiento de
la
creación de las Escrituras judías y transcribe una cronología desde
Adán para
demostrar la antigüedad de los hebreos y, en consecuencia, de la
doctrina
cristiana. Sorprendentemente, no emplea los nombres «Jesús» y «Cristo»,
pero
llama a la Palabra de Dios «su Hijo». Es el primero en abordar la
distinción
estoica entre el logos endiathetos («la palabra en la mente») y
el logos
prophorikos («la palabra expresada»), y el primero en usar la
palabra
«trinidad» (trias) en relación con Dios, refiriéndola a Dios, su
Palabra
y su Sabiduría.
j. Melitón de
Sardes
Melitón
es una figura más bien oscura, pero, según Eusebio, fue el más conocido
obispo
de Sardes y famoso por sus apologías dirigidas a Marco Aurelio. Se
creía
perdida toda su obra hasta que, en 1940 y 1960, se descubrieron papiros
con su Peri
Pascha («Sobre la Pascua»), del tercer cuarto del siglo II. Su
ubicación en
Sardes permite contextualizar sus escritos: las excavaciones desde 1958
han
revelado allí la que probablemente es la sinagoga más impresionante de
la
diáspora occidental, indicio de una comunidad judía bien establecida,
próspera
e influyente. Conviene recordar que en la última parte del siglo II la
comunidad judía de Sardes era altamente considerada, mientras que la
cristiana
estaba más bien relegada; las iglesias cristianas no habían aparecido
aún
cuando las sinagogas eran ya elemento importante de la arquitectura
urbana.
El Peri
Pascha tiene valor considerable: ofrece una explicación clara de la
teología del «tipo»; proporciona percepción de las relaciones entre
judíos y
cristianos, ayudando a explicar su tono suplicante más que
intimidatorio; y su
cristología es característica: Cristo «es por naturaleza Dios y
hombre».
Melitón atribuye a Cristo la creación y el cuidado divino de Israel; no
utiliza
la cristología del Logos como tal, sino la función de Cristo como
agente de
Dios, con antecedentes en la reflexión del judaísmo del Segundo Templo
sobre la
Sabiduría divina.
40.3. Eusebio y
los heresiólogos
Entre
las fuentes principales para la historia de la Iglesia deben incluirse
Eusebio
y los heresiólogos —Hegesipo, Ireneo, Tertuliano, Hipólito, Epifanio—,
aunque
la lista va más allá del punto límite de la última parte del siglo II.
No
destacan por su fiabilidad, pero suelen incluir información del siglo
II que,
de otro modo, difícilmente habría llegado hasta nosotros. Todos marcan
una
etapa en la historia del cristianismo primitivo en que lo que Celso
llamó la
«gran Iglesia» había empezado a surgir como un cuerpo de cristianos con
suficiente confianza para considerar su forma de cristianismo
«ortodoxa» y
todas las demás «herejías». Con Ireneo se empieza a dejar atrás la
etapa en que
la identidad esencial era cuestionada respecto a la relación con el
judaísmo y
a la posibilidad de redimir la creación; la transición de la
apologética a la
heresiología supuso un punto de inflexión y marca la línea en que se
detiene
este estudio. Los seis autores se examinan por orden cronológico.
a. Hegesipo
Hegesipo
ocupa el primer puesto, pues, según Eusebio, «pertenece a la generación
subsiguiente a los apóstoles». Es a Eusebio a quien debemos nuestro
conocimiento de él. Lo presenta como un judío converso y refiere que
escribió
cinco libros de «Memorias», donde incluyó una lista de sucesión de los
obispos
de Roma e información sobre los comienzos de diversas herejías,
atribuidas
irónicamente a disputas sobre la sucesión en la iglesia-madre de
Jerusalén.
b. Ireneo
Ireneo
puede considerarse el último de los apologetas, pero, como su obra
principal
fueron los cinco libros de Contra las herejías, se incluye más
adecuadamente entre los heresiólogos. Es el único de los autores de
esta
sección cuya vida transcurrió enteramente en el siglo II (c. 130-c.
200) y
constituye un puente entre Oriente y Occidente. Se piensa que nació en
Esmirna,
pues de muchacho escuchó a Policarpo; fue obispo de Lyon desde 178 y
escribió
al papa Víctor en nombre de los cuartodecimanos de Asia Menor. Su Adversus
omnes Haereses es una polémica detallada contra las formas de
gnosticismo,
sobre todo el valentinismo. Por ser el primer gran teólogo católico y
genuinamente bíblico, marca una división entre la era subapostólica y
el
cristianismo católico; su insistencia en que solo los cuatro Evangelios
son
auténticos y la mezcla de influencia paulina y joánica en su teología
lo hacen
un actor decisivo en la definición de la identidad cristiana y una
culminación
adecuada del desarrollo del cristianismo en el siglo segundo.
c. Tertuliano
Tertuliano
nació hacia el año 160 en Cartago, se formó probablemente como abogado
y se
hizo cristiano poco antes de 197. Sus escritos más importantes fueron
sus
polémicas contra la herejía. En De praescriptione haereticorum
rechaza
en principio todas las herejías: solo la única Iglesia verdadera,
visible en la
sucesión episcopal (siguiendo a Ireneo), posee la auténtica tradición
de Cristo
y de los apóstoles y tiene autoridad para interpretar la Escritura. Su
obra más
extensa fueron los cinco libros Adversus Marcionem, donde
mantuvo la
identidad del único Dios del Antiguo y el Nuevo Testamento y de Jesús
como
Mesías de las profecías. Su reputación sufrió por su acercamiento al
montanismo, cuyo ascetismo, énfasis en el Espíritu y profecía extática
lo
atraían.
d. Hipólito
Apenas
se conoce la primera parte de la vida de Hipólito (c. 170-c. 236), pero
a
comienzos del siglo III enseñaba en Roma, donde se granjeó una
reputación
controvertida. Su Refutatio Omnium Haeresium es la más
importante de sus
obras, de la cual se han perdido algunos de los diez libros que la
componían.
e. Eusebio
Eusebio,
obispo de Cesarea (c. 200-c. 340), tuvo una historia controvertida, con
su
apoyo a Arrio y su poco entusiasta aprobación del credo niceno.
Generalmente es
considerado el «padre de la historia de la Iglesia». Sus diez libros de
la Historia
eclesiástica —obra intensamente sesgada hacia la perspectiva de los
ganadores en el acuerdo constantiniano— contienen largos extractos de
escritos
anteriores que, de otro modo, se habrían perdido. Aunque carece de la
proximidad a los acontecimientos que tuvo Lucas, su Historia es
un
recurso inestimable.
f. Epifanio
Epifanio,
obispo de Salamina (c. 315-403), era natural de Palestina y un
entusiasta
—aunque acrítico— defensor de la fe nicena, intolerante ante cualquier
sospecha
de herejía. Su escrito más importante es el Panarion («Cofre de
medicinas», como protección contra los venenos de la herejía), luego
conocido
como Adversus haereses, en el que describe y refuta ochenta
sectas,
desde Adán hasta su propia época (incluidos helenismo, samaritanismo y
¡judaísmo!). Como los de Eusebio y Hegesipo, el Panarion
proporciona
mucha información que, sin él, nunca habría llegado a nosotros, y es
especialmente valioso como fuente sobre Evangelios judíos como el Evangelio
de los Ebionitas y el Evangelio de los Hebreos.
40.4. Los otros
Evangelios
La
división del estudio de las fuentes evangélicas en dos categorías se
debe en
parte a comodidad y en parte a la influencia mayor y más duradera de
los
Evangelios canónicos. Como las cuestiones de autoría, datación y origen
son
aquí más bien irresolubles por la escasez de datos, el objetivo es
proporcionar
la visión general de un conjunto de documentos que parecen haber tenido
cierta
importancia en el carácter discutido del cristianismo en el siglo
segundo.
a. Los Evangelios
judeocristianos
Varios
dirigentes de la corriente principal de la Iglesia —Clemente de
Alejandría,
Eusebio, Epifanio y Jerónimo— hacen referencia o citan los llamados
Evangelios
«judeocristianos». La interpretación habitual es que hubo tres: el Evangelio
de los Hebreos, el Evangelio de los Nazarenos y el Evangelio
de
los Ebionitas. Pero las referencias son lo bastante incongruentes
para
plantear preguntas casi sin respuesta: si esos nombres designan uno o
más
Evangelios; si alguno fue escrito o traducido al hebreo; y qué relación
tenían
con el Evangelio de Mateo, hasta el punto de preguntarse si Papías se
refería a
este al escribir que «Mateo coleccionó los oráculos en la lengua
hebrea».
Por
desdicha, las referencias y citas patrísticas son la única información
disponible: no hay manuscritos ni siquiera fragmentos de papiros, por
lo que es
virtualmente imposible hacerse una imagen clara de su estructura y
carácter, y
nos vemos forzados a verlos a través de los ojos de quienes los
atacaban.
Mientras que el carácter del «gnosticismo» es hoy más nítido,
permanecemos en
la oscuridad respecto al «cristianismo judío», cuya importancia es
particularmente grande para valorar el cristianismo sirio y las
relaciones con
el judaísmo emergente. Todo lo que cabe decir sobre las datas es que
debieron
de aparecer en la primera mitad o a mediados del siglo II. Sobre su
origen
geográfico, los testimonios del Evangelio de los Hebreos
(Clemente,
Orígenes) apuntan a Egipto; el de los Nazarenos podría situarse en
Beroea de
Celesiria, atestiguando la influencia de Mateo en Siria; y el de los
Ebionitas,
en Transjordania, donde Epifanio pudo consultarlo. En cualquier caso,
andamos a
tientas.
b. Evangelio de
Tomás
El Evangelio
de Tomás merece atención especial. Conocido por unas pocas
referencias
patrísticas, su descubrimiento como parte de la biblioteca gnóstica de
Nag
Hammadi en 1945-1946 revolucionó el estudio del cristianismo primitivo,
del
gnosticismo y de la tradición de Jesús. Algunos estudiosos lo han
considerado
de categoría e influencia igual o mayor que la de los Evangelios del
NT.
Escrito en copto pero traducido del griego, consiste en una colección
de 114
dichos sin estructura narrativa. Dos aspectos indican su valor: la
sustancial
coincidencia entre sus dichos y la tradición sinóptica, especialmente
el
material Q; y el hecho de que varios papiros de Oxirrinco, descubiertos
décadas
antes, contengan algunos dichos y permitan seguir la historia de estos
a través
de tres fases (la tradición sinóptica, los papiros de Oxirrinco y el Evangelio
de Tomás).
b.1. Autor
El Evangelio
de Tomás no se describe como «Evangelio», sino que se presenta como
«las
palabras secretas que pronunció Jesús en vida y que Judas, llamado
también
Tomás, puso por escrito». El texto copto lo describe como Judas Tomás
Dídimo,
es decir, «Judas el mellizo». En la iglesia siria, Judas Tomás era
conocido
como hermano mellizo de Jesús, y a él se atribuía la fundación de
iglesias
sirias orientales, en particular Edesa, y en la India. La atribución a
Tomás
sugiere un deseo de autoridad apostólica; EvTom 13 parece
destacar a
Tomás sobre Pedro y Mateo como favorecido con una revelación interior
especial.
No puede excluirse algún vínculo con el Tomás histórico, pero tampoco
darse por
supuesto, pues su sobrenombre («el Mellizo») pudo bastar para que se le
considerase
hermano mellizo de Jesús y depositario de revelaciones ocultas.
b.2. Lugar de composición
Es
fuerte el vínculo entre el Evangelio de Tomás y Siria oriental,
particularmente Edesa. Los Hechos de Tomás, atribuidos al mismo
Judas
Tomás Dídimo, deben asociarse estrechamente con Edesa, donde una
antigua
tradición sitúa su tumba, y fueron probablemente compuestos en siríaco.
Dado el
carácter tomasino del cristianismo sirio, la deducción más obvia es que
el Evangelio
de Tomás también se compuso allí, originalmente en siríaco, aunque
las
porciones conservadas estén en griego (Oxirrinco) y copto (Nag
Hammadi). El
hallazgo de los textos en Egipto no disminuye la posibilidad de un
contexto
sirio.
b.3. Data
La
biblioteca de Nag Hammadi fue enterrada en torno a 400 d. C., con c.
350 como
probable data del Evangelio de Tomás copto; pero al menos un
fragmento
griego de Oxirrinco procede de un manuscrito anterior a 200 d. C. El
copto es
traducción del griego, aunque probablemente ambos sean transcripciones
de una
tradición casi completamente oral, transcrita en fases distintas. La
corriente
de tradición compartida debió de fluir vigorosamente durante al menos
la
segunda mitad del siglo II. El grado de coincidencia con la tradición
sinóptica
y con Q indica que al menos alguna fuente de la tradición tomasina se
remonta
al siglo I. Esto plantea preguntas decisivas —si la tradición sinóptica
es solo
un afluente de la tomasina, si Q podría considerarse una edición
anterior del Evangelio
de Tomás, o si Tomás es simplemente tradición temprana recogida en
una
composición posterior— que se abordarán con detalle más adelante.
c. Los otros
Evangelios de Nag Hammadi
Aparte
del Evangelio de Tomás, los códices de Nag Hammadi contienen
otros tres
«Evangelios»: el Evangelio de la Verdad, el Evangelio de
Felipe y
el Evangelio de los Egipcios. El Evangelio de María se
incluye en
la colección por figurar junto a escritos de Nag Hammadi en el papiro
de Berlín
8502. El Evangelio de la Verdad (NHL I.3) tiene carácter
valentiniano,
atribuido a Valentín o a sus discípulos; si se identifica con el
mencionado por
Ireneo, puede datarse en 150-180 d. C. y originarse en Roma. El Evangelio
de
Felipe (NHL II.3) es una compilación sobre el significado de los
sacramentos en clave valentiniana; las referencias al siríaco sugieren
origen
sirio y la data es difícil de calcular (¿siglo III?). El Evangelio
de los
Egipcios citado por Clemente de Alejandría, donde Salomé tiene
papel
destacado, circuló en Egipto en la última parte del siglo II y no debe
confundirse con el Evangelio de los Egipcios de Nag Hammadi, de
carácter
setiano. El Evangelio de María (María Magdalena), nunca
mencionado por
los Padres, se conserva en copto (Berlín 8502) y en dos fragmentos
griegos del
siglo III; probablemente fue escrito en griego dentro del siglo II y
presenta a
María como maestra dotada de autoridad.
Otros
documentos están demasiado lejos de los Evangelios del NT para
considerarse: el Apócrifo de Juan, relación gnóstica setiana
clásica; el Segundo
Tratado del Gran Set, con Simón de Cirene crucificado en vez de
Jesús; y la Carta de Pedro a Felipe (NHL VIII.2), «diálogo
de revelación» en que una
narración gnóstica se funde con tradición cristiana, con ecos del
encargo de
predicar la salvación y un mensaje sobre los eones, el pléroma
y la
caída de Sofía. También merecen mención dos Evangelios recientemente
descubiertos: el Evangelio del Salvador (papiro de Berlín
22220),
fragmentario, compuesto en griego posiblemente en el siglo II y
centrado en las
horas finales de Jesús; y el Evangelio de Judas (códice
Tchacos),
publicado en 2006, mencionado por Ireneo y Epifanio y clasificable como
Evangelio gnóstico.
d. Otros Evangelios
Entre
los papiros fragmentarios destaca el papiro Egerton 2
(publicado en
1935), datable tan tempranamente como 150 d. C., notable por su
conocimiento de
material distintivamente joánico. El Evangelio de Pedro es
mencionado
por Eusebio a propósito de Serapión, obispo de Antioquía, quien primero
permitió su uso en Rosus y luego lo desautorizó por contener enseñanza
docética. Un fragmento del siglo VIII o IX (el fragmento de Ajmim)
presenta a
Pedro narrando los acontecimientos, desde el lavado de manos de Pilato
hasta la
resurrección. La ignorancia de Serapión sugiere una publicación
reciente y
local en Siria, improbablemente anterior a mediados del siglo II,
aunque hay
controversia sobre si algo de su tradición es tan antiguo como los
Evangelios
del NT.
Otros
Evangelios se centran en los sufrimientos de Jesús, todos tardíos. El Evangelio
de Nicodemo, conocido con ese título solo desde la Edad Media, se
compone
de un anterior Hechos de Pilato (quizá conocido por Justino y
Tertuliano) al que se añadió el Descenso de Cristo a los infiernos;
contribuyó a transformar a Pilato de personaje frío y cruel en un
hombre que
reconoció la divinidad de Jesús y acabó contado entre los santos en las
Iglesias etíope y copta. El Evangelio de Gamaliel y el Evangelio
de
Bartolomé (más conocido como Cuestiones de Bartolomé)
apenas tienen
relevancia para el siglo II. Otros se centran en los comienzos de la
vida de
Jesús: el Protoevangelio de Santiago, muy popular hacia el
final del
siglo II, glorifica a María y su virginidad y ofrece testimonio
temprano del
culto mariano; y el Evangelio de la Infancia de Tomás,
probablemente
compuesto antes del final del siglo II, refiere historias de la
infancia que
anuncian la grandeza del héroe. Finalmente, el controvertido Evangelio
secreto de Marcos, supuestamente descubierto por Morton Smith en
Mar Saba
en 1958 en forma de una carta de Clemente de Alejandría, plantea dudas
sobre su
autenticidad —si es genuina o una falsificación—, una nota triste pero
propia
de las incertidumbres que caracterizan la evaluación de los datos del
siglo
segundo.
40.5. Otras cartas
Las
cartas de Pablo, de tanta influencia, proporcionaron un precedente
seguido por
Juan (Ap 2-3) y los Padres apostólicos. Pero, de manera decepcionante,
la
mayoría de los cristianos literariamente activos no consideraron el
género
epistolar el más adecuado para expresar sus puntos de vista. De toda la
literatura apócrifa, las cartas son lo menos interesante, aunque
conviene
señalar algunos ejemplos.
a. 3ª Corintios
A 3
Corintios se hace referencia más adelante, puesto que está incluida
en los Hechos
de Pablo.
b. La Carta a los
Laodicenses
Laodicenses
es una carta breve supuestamente escrita por Pablo, compuesta para
proporcionar
un referente a la carta mencionada en Col 4,16, como sugiere su
conclusión. Se
piensa que fue elaborada juntando frases de cartas de Pablo, sobre todo
de
Gálatas y Filipenses. Es improbable que la referencia en el fragmento
Muratoriano a una carta a los Laodicenses corresponda a esta, pues de
aquella
se dice que fue falsificada para promover la herejía de Marción. En
cuanto al
origen, una data entre los siglos segundo y cuarto es lo más preciso a
que se
puede llegar.
c. La
correspondencia de Pablo y Séneca
Catorce
cartas constituyen la correspondencia entre Pablo y Séneca, el filósofo
influyente durante el reinado de Nerón: ocho de Séneca y seis de Pablo.
Su
estilo evidencia que no pudieron ser escritas por ninguno de los dos.
Como
probablemente las conocían Jerónimo y Agustín, la mayoría de los
estudiosos las
datan en el siglo IV, aunque se debate si se escribieron juntas o si
algunas se
añadieron después.
d. La Carta de Tito
Seudo-Tito
es una diatriba fanática contra todas las formas de relación y
actividad
sexual. Probablemente no fue compuesta antes del siglo V; su único
interés es
confirmar que una intensa antipatía dualista hacia la carne —y la
consiguiente
exaltación de la virginidad y el celibato— se hicieron características
de mucha
espiritualidad cristiana desde el siglo III, tendencia ya arraigada en
los
Hechos apócrifos.
e. La Epistula
Apostolorum
La Epistula
Apostolorum, probablemente compuesta en griego, permaneció
desconocida
hasta que grandes porciones se descubrieron en copto (1895) y una
traducción
íntegra en etiópico. Aunque presentada como carta, es más bien una
exhortación
admonitoria que, imitando un discurso gnóstico de revelación, se dirige
en
parte contra ideas gnósticas tempranas: Simón el Mago y Cerinto son
tomados
como blanco explícito, la referencia a la encarnación es explícita y
hay
reiterada insistencia en la resurrección de la carne. Esto sugiere una
data a
mediados del siglo II o incluso antes. Su familiaridad con un amplio
abanico de
escritos neotestamentarios, apócrifos del AT y literatura cristiana del
siglo
II aporta un testimonio importante de la amplia difusión de esos
escritos.
40.6. Los otros
Hechos
Así
como las colecciones de tradición de Jesús y los primeros Evangelios
provocaron
la aparición de otros Evangelios, el libro de los Hechos de los
Apóstoles
sirvió de precedente para una serie de Hechos apócrifos. Esto se
entiende por
el deseo de historias capaces de atraer, animar y formar, en un mundo
grecorromano donde abundaban las novelas, y por modelos judíos como
Daniel,
Tobías, Judit y la novela José y Asenet. El prestigio de los
apóstoles
animó a presentarlos en historias, especialmente aquellos de los que se
sabía
poco. El estudio se centra en los Hechos principales, originados antes
del
siglo III, que indican el carácter de la religiosidad que esas
historias
alimentaban.
a. Los Hechos de
Pablo
Es
probablemente la más popular e influyente de las historias sobre Pablo,
conocida hoy de manera fragmentaria. Puede datarse con cierta confianza
en la
segunda mitad o las últimas décadas del siglo II, pues Tertuliano se
refirió a
ella hacia el cambio de siglo. Consiste en el relato de un viaje de
Pablo por
varias ciudades (Antioquía, Iconio, Mira, Sidón, Tiro, Éfeso, Filipos,
Corinto)
e Italia, entablando contacto con creyentes, hallando resistencia y
realizando
milagros. No encuentra oposición judía, a diferencia de los Hechos del
NT.
Destacan las referencias al bautismo como «el sello», el ataque a
creencias
sobre la resurrección, la famosa descripción física de Pablo («un
hombre de
baja estatura, calvo, estevado, de facciones nobles, cejas unidas,
nariz más
bien ganchuda, lleno de gracia») y el relato de su martirio por
decapitación.
Tertuliano atribuyó el escrito a un presbítero de Asia que confesó
haberlo
compuesto por amor a Pablo.
La
historia de Pablo y Tecla es la más encantadora. Tecla, una bella
joven, se
convierte por la predicación de Pablo en Iconio; atraída por el
ascetismo y la
virginidad, renuncia a su compromiso matrimonial. Pablo es azotado y
expulsado,
y Tecla, condenada a morir quemada, se salva milagrosamente. Tras
reencontrar a
Pablo, en Antioquía es de nuevo condenada (esta vez a luchar con
fieras) y otra
vez salvada; se bautiza a sí misma («En el nombre de Jesucristo, me
bautizo a
mí misma en mi último día») e instruye a Trifena en la palabra de Dios.
Pablo
le encarga «enseñar la palabra de Dios», y en un desarrollo ulterior
Tecla vive
como eremita y predica durante setenta y dos años más. Destacan la
afirmación
de la virginidad, la aceptabilidad del autobautismo y el honor
concedido a una
mujer como enseñante; Tecla pertenece a la tradición de mujeres fuertes
(Miriam, Ester, Judit) y fue celebrada como la primera de las santas
vírgenes
después de María.
Incorporadas
a los Hechos de Pablo hay cartas breves de los corintios y una
tercera
carta de Pablo «a los Corintios». Los corintios informan de que dos
falsos
maestros, Simón y Cleobio, enseñan que no hay resurrección del cuerpo,
que Dios
no hizo al hombre, que Cristo no vino en la carne ni nació de María y
que el
mundo es obra de ángeles —reflejo de enseñanza gnóstica—. 3
Corintios
describe la falsa doctrina como la «maldita creencia de la serpiente»
(sugiriendo a los ofitas) y afirma enfáticamente la resurrección de la
carne.
También se incluye el Martirio del Santo Apóstol Pablo: el
copero de
Nerón, Patroclo, es devuelto a la vida y convertido por Pablo; Nerón se
vuelve
contra los cristianos y ordena decapitar a Pablo, de cuya herida brota
leche en
vez de sangre; Pablo, fiel a su palabra, se aparece a Nerón tras su
muerte y le
advierte del castigo por perseguir a los cristianos. Esta versión
contribuyó a
establecer la tradición de los martirios hagiográficos, junto con los
relatos
del martirio de Justino, de los mártires escilitanos (180) y de la Pasión
de
Santas Perpetua y Felicidad (203).
b. Los Hechos de
Pedro
Los Hechos de Pedro tienen una historia
confusa.
La referencia clara más
temprana está en Eusebio, que los desconoce en la tradición católica.
El texto
principal es el códice Vercellense, traducción (siglos III-V) de un
texto
griego anterior, del que se halló un fragmento en Oxirrinco. Es difícil
datarlos, pero es verosímil que se compusieran en las últimas décadas
del siglo
II; el lugar es incierto (Roma, una gran ciudad de Asia Menor o Siria).
La idea
de que es una obra gnóstica ha sido abandonada en general, aunque hay
influencia ocasional de ese tipo.
El
relato comienza con Pablo preparándose para su misión en España. Simón
el Mago
aparece en Roma realizando prodigios y siendo adorado, mientras la
gente se
vuelve contra Pablo. Pedro recibe en Jerusalén la orden de ir a Roma;
en el
viaje convierte al timonel Teón. Sigue el largo relato de cómo Pedro
devuelve a
la fe a Marcelo, un cristiano acaudalado pasado al bando de Simón. La
culminación es el enfrentamiento público entre Pedro y Simón: ante una
competición por resucitar a un muerto, Simón fracasa y Pedro resucita a
un
esclavo y al hijo de una viuda. Finalmente Simón intenta volar sobre
Roma, pero
Pedro clama al Señor para que caiga, y Simón muere a consecuencia de la
operación de la pierna rota. Pronto se refiere el martirio de Pedro: el
prefecto Agripa y Albino planean matarlo por el efecto de su
predicación sobre
la castidad; Pedro intenta huir, pero a las puertas de la ciudad
encuentra al
Señor y le plantea la famosa pregunta «Quo Vadis?», a la que responde:
«Voy a
Roma, a ser crucificado». Pedro regresa, es detenido y, a petición
propia,
crucificado boca abajo. Marcelo deposita su cuerpo en su propio
sepulcro.
Este
documento contiene poco de gran valor histórico, aunque ilustra el
mundo social
de la escritura. La sección sobre el enfrentamiento con Simón el Mago
podría
inspirarse en la noticia de Justino sobre una estatua a Simón junto al
Tíber.
No hay verdadera pretensión de refutar la enseñanza gnóstica, y la
narración
permanece en el nivel infantil de la competición taumatúrgica,
mostrando cómo
un prodigio supera al anterior. Es un cristianismo popular que
desarrolla la
reputación de Pedro como taumaturgo y mártir, y dice más sobre la
credulidad de
los cristianos del siglo II que sobre la evolución de la identidad y la
teología cristianas.
c. Los Hechos de
Juan
El
conocimiento de los Hechos de Juan no es seguro antes del siglo
IV
(Eusebio), aunque su uso en el Salterio Maniqueo lo retrotrae al siglo
III, y
hay indicios de que el escrito pudiera provenir de la segunda mitad o
finales
del siglo II. Como su narración se centra en Éfeso, cabe pensar que se
originó
en la provincia de Asia (aunque algunos defienden un origen sirio). La
restauración del texto es difícil; probablemente se conservan dos
tercios. La
imaginativa narración del ministerio de Juan en Asia consiste en
relatos
detallados de curaciones y resurrecciones que dan como resultado
conversiones.
El más completo alaba la castidad de Drusiana, que muere y es luego
resucitada,
frustrándose el intento de un amante de violar su cadáver. Se incluyen
el
milagroso desplome del templo de Artemisa en Éfeso y el episodio de las
chinches a las que Juan ordena dejarlo dormir en paz. Las lecciones
teológicas
y éticas son un tanto pedestres.
d. Los Hechos de
Andrés
Los Hechos de Andrés son de escaso valor
para este
examen, salvo en que la
elección del «bienaventurado Andrés» se explica por el deseo de dar al
hermano
de Pedro mayor prominencia. Son muy característicos del género:
describen al
protagonista como exitoso exorcista y taumaturgo y riguroso propugnador
de la
continencia sexual. La narración gira en torno a la conversión de
Maximila,
esposa del procónsul Egeates, que pasa a sentir repulsión por las
relaciones
sexuales, lo que lleva a Egeates a ejecutar a Andrés. La teología es
más
platónica que cristiana o gnóstica, y aunque Cristo es mencionado con
frecuencia, hay poco distintivamente cristiano. Esta composición de
comienzos
del siglo III fue popular durante siglos y originó varias
continuaciones.
e. Los Hechos de
Tomás
Tomás,
como Juan, es una figura que alcanza una popularidad sorprendentemente
dilatada
en el siglo II, sobre todo a través del Evangelio de Tomás. Los
Hechos
de Tomás, datados en la primera parte del siglo III, caen fuera del
marco
temporal de este tomo, pero aumentan el conocimiento de las tradiciones
de
Tomás, en particular las sirias. El escrito reviste interés por varias
razones:
juega con la suposición de que Tomás, hermano mellizo de Jesús, se le
parecía
mucho («un hombre que tenía dos formas»); presenta a Tomás como
receptor de
enseñanza especial y secreta, como en el Evangelio de Tomás;
fue escrito
probablemente en siríaco, muy verosímilmente en Edesa, ofreciendo una
impresión
clara del cristianismo sirio primitivo; proporciona un claro testimonio
del
rito bautismal sirio (primero unción con aceite, luego bautismo en
nombre de la
Trinidad y, por último, eucaristía con pan y quizá agua); describe a
Tomás como
encargado de evangelizar la India, dando origen a la tradición de que
fundó la
Iglesia de Mar Thoma —reforzada por la aparición del rey Gundáforo,
históricamente atestiguado—; y acentúa la concepción encratita de la
espiritualidad, con su rechazo de la «sucia cópula». Incluye además «El
Himno
de la Perla», famoso por los intentos de descubrir en él un mito
redentor
gnóstico precristiano, aunque su mensaje refleja más bien la inquietud
del alma
que, habiendo olvidado su origen divino, es despertada por revelación
divina.
f. Los Hechos de
Pedro y de los Doce Apóstoles
Este
documento no merece mucho tiempo. Es una fábula o alegoría imaginativa
de Pedro
y los apóstoles en un misterioso viaje, en el que encuentran a un
extranjero
que vende perlas, identificado primero como Litargoel y luego como
Jesús. El
hilo conector es la misión, con especial preocupación por los pobres.
Incluido
entre los códices de Nag Hammadi, no tiene carácter propiamente
gnóstico, pero
podría encajar en una cosmovisión gnóstica. Cuándo y dónde fue
compuesto son
cuestiones de conjetura, pero es improbable que saliera a la luz antes
de
mediado el siglo III.
g. La literatura
seudoclementina
La
literatura seudoclementina es de mucho mayor interés, pese a ser de
época
posterior. Consiste en dos documentos surgidos con independencia: las Homilías
(con dos cartas a Santiago, conocidas por manuscritos griegos) y las Recogniciones
(en traducción latina de Rufino), disponibles también en siríaco;
conforme a un
patrón de Bildungsroman, son exposiciones noveladas. Durante
más de un
siglo hubo amplio consenso en que un escrito titulable Kerygmata
Petrou
fue su fuente, pero esta hipótesis ha sido objeto de creciente crítica
y ha
perdido apoyo. El Grundschrift más probable se ha identificado
con los Periodoi
Petrou («Recorridos de Pedro»), datables a comienzos del siglo III.
Más
interesante es la fuente utilizada por las Recogniciones
(probablemente Recog.
1.27-71), posiblemente identificable con los Anabathmoi Iakobou
(«Ascensiones de Santiago»), que Epifanio consideraba obra ebionita;
aunque el
vínculo no es seguro, esta sección parece exponer puntos de vista
característicos de judíos creyentes en Jesús.
40.7. Otros
apocalipsis
Las
colecciones de apócrifos del NT reflejan sustancialmente el modelo de
los
escritos neotestamentarios: Evangelios, cartas, Hechos. Como la mayoría
fueron
compuestos antes de que cuajase la idea de un canon, el hecho de que
reflejen
el contenido del NT es testimonio de lo influyentes —y ya estimados
como
autoritativos— que eran esos escritos. Aún más persuasivo como
precedente es el
formato de apocalipsis: aunque el NT contiene solo uno, el carácter
escatológico del cristianismo primitivo —con su convicción del comienzo
del
tiempo final, la resurrección de los muertos, el derramamiento del
Espíritu y
la inminente venida de Cristo como juez— aseguraba que la apocalíptica
fuera un
género apropiado, tanto más cuanto que ya estaba establecido en el
judaísmo del
Segundo Templo (Daniel, 4 Esdras, 2 Baruc).
Un
aspecto particular era el quiliasmo o milenarismo, la creencia de que
Cristo
reinaría mil años con los santos resucitados. Entre sus protagonistas
figuraban
Papías, bien conocido por sus creencias milenaristas; Ireneo, que le
atribuye
la enseñanza de un período venidero milagrosamente fructuoso; Gayo de
Roma y
Dionisio de Corinto, que atribuían ideas quiliásticas a Cerinto (lo que
hizo
dudar a Eusebio del Apocalipsis de Juan); Justino, que creía que Cristo
pasaría
mil años en Jerusalén; y Tertuliano, con una convicción similar
compartida con
el montanismo. Se señalan solo los ejemplos más característicos de
apocalipsis
cristianos del siglo II.
a. El Primer
Apocalipsis de Santiago
Se
encontró en Nag Hammadi (NHL V.3) y luego en el códice Tchacos, junto
con el Evangelio
de Judas y la Carta de Pedro a Felipe. Es un «diálogo de
revelación»
en que Santiago dialoga con el Señor, aunque de carácter típicamente
gnóstico:
Santiago se dirige a Jesús como el redentor gnóstico y es provisto de
las
respuestas que debe dar a los poderes que tratarán de impedir su
regreso al
Padre preexistente.
b. El Segundo
Apocalipsis de Santiago
En
el códice NHL V.4, se presenta como un «discurso que Santiago el Justo
dijo en
Jerusalén», en realidad una revelación de Cristo resucitado. Contiene
una
curiosa mezcla de temas cristianos muy primitivos y gnósticos: Jesús se
identifica como «el primero en ser engendrado» e infunde ánimo sobre el
desnudarse y volver a ser como antes.
c. El Apocalipsis
de Pablo
Fue
inspirado por la referencia paulina a haber sido arrebatado al tercer
cielo y
haber oído «palabras inefables» (2 Cor 12). Mediante visiones describe
el cielo
de los justos y el infierno reservado a los pecadores —incluidos
eclesiásticos
y quienes desprecian la Palabra de Dios—. Junto con el Apocalipsis
de Pedro,
fue responsable de la fascinación que las ideas populares del cielo y,
especialmente, del infierno ejercieron en el cristianismo medieval
occidental.
d. El Apocalipsis
de Pablo copto
El Apocalipsis
de Pablo copto (NHL V.2) refiere el viaje celestial de Pablo al
noveno
cielo y es más tradicional, pues ese viaje revela los misterios de los
cielos.
El eco de Gal 1,15 indica la estima en que se tenía a Pablo, pero el
escrito
también describe al «anciano» (de Dn 7,13) tratando de impedir el
acceso de
Pablo. No hay conexión entre los dos apocalipsis, aunque es notable que
tanto
la gran Iglesia como el cristianismo gnóstico presentaran a Pedro y
Pablo como
portavoces de sus respectivos puntos de vista.
e. El Apocalipsis
de Pedro
Fue
el más conocido de los apocalipsis apócrifos en los primeros siglos. El
fragmento Muratoriano lo incluye, aunque advirtiendo que algunos no
permitirían
su lectura en la iglesia; Eusebio lo desdeña como no auténtico. Pero el
catálogo esticométrico del códice Claromontano lo incluye junto con la Carta
de Bernabé, el Pastor de Hermas y los Hechos de Pablo,
indicio de uso extendido y popularidad. Se conoce en griego (manuscrito
de
Ajmim) y completo en versión etiópica. El hecho de que Clemente de
Alejandría
lo conociera sugiere una data anterior a 150 d. C. El Apocalipsis
de Pedro
estableció el sentido que llegó a adquirir el término «apocalipsis»: de
la
inicial revelación de misterios del cielo pasó a designar los horrores
y
bendiciones del juicio final. Con su descripción detallada de veintiún
tipos de
pecador y sus castigos, casi con seguridad influyó en el Infierno
de
Dante.
f. El Apocalipsis
de Pedro copto
El Apocalipsis
de Pedro copto (NHL VII.3) no tiene relación con el anterior. Como
«revelación» hecha a Pedro en secreto, tiene más carácter de visiones
que ponen
al descubierto el misterio de la condición humana que de apocalipsis
escatológico. Interesa por dos razones: su carácter polémico, que
advierte
contra los ciegos y critica a la gran Iglesia (cuyos «obispo» y
«diácono» son
aludidos), con un posible eco de la condena de Pablo en la literatura
seudoclementina, aunque también podría dirigirse contra otros grupos
gnósticos;
y la interpretación gnóstica clásica de la crucifixión, en la que «el
Jesús
vivo» mira su imagen carnal clavada en la cruz y se ríe de la ceguera
de los
que están alrededor.
g. El Apocalipsis
de Tomás
Otros
apocalipsis confirman que el género siguió atrayendo la atención judía
y
cristiana. De ellos, el único de interés es el Apocalipsis de Tomás
(¿anterior al siglo V?), configurado conforme al Apocalipsis de Juan,
repartiendo los acontecimientos finales en siete días según el modelo
de
sietes. No está clara la razón de su atribución a Tomás, pero sugiere
que, como
otros apóstoles, era conocido como fuente de enseñanzas secretas de
Jesús.
Parece haber sido estimado en círculos maniqueos y priscilianistas, lo
que
confirma que Tomás era particularmente venerado dentro de las
corrientes de
pensamiento gnóstico, como también indican el Evangelio de Tomás,
los Hechos
de Tomás y el Libro de Tomás el Contendiente.
40.8. Resumen
En
suma, los datos literarios del siglo II ilustran dos aspectos del
cristianismo
primitivo.
En
primer lugar, que Evangelios, cartas, Hechos y apocalipsis se
convirtieran en
expresiones tan dominantes y difundidas confirma que tales escritos
tuvieron
como modelos versiones principales o ejemplares de esos géneros. Que
los cuatro
géneros se hallen incluidos en el Nuevo Testamento indica probablemente
que los
documentos correspondientes sirvieron de modelos para otros
posteriores, y que
solo esos documentos principales encontraran acomodo en el NT es
indicio de que
fueron valorados de manera particularmente especial y extendida, hasta
convertirse en los que inspiraron la literatura subsiguiente.
En
segundo lugar, en conjunto los escritos derivados son de valor muy
inferior al
de los reconocidos como canónicos. La escasa calidad de buena parte de
esta
literatura confirma que la Iglesia primitiva acertó al reconocer la
canonicidad
e importancia de casi todos los documentos del NT. La excepción del Evangelio
de Tomás requerirá consideraciones más detenidas; pero, por lo
general, el
valor «subcanónico» de la literatura examinada confirma que las
decisiones del
cristianismo primitivo en cuanto a canonización estuvieron bien
fundadas. El
simple hecho de que escritos de varios de los Padres apostólicos y de
los
apologetas puedan valorarse por encima de casi toda esa literatura
parece
prueba suficiente de que quienes establecieron el canon del NT lo
hicieron con
sabiduría y tino.
Tras
esta introducción básica a casi todo el material que se tratará en el
resto del
tomo, procede considerar el modo en que los cuatro rasgos principales
de la
generación fundadora del cristianismo configuraron el período post-70 y
el
siglo II. El objetivo no es escribir una historia de los comienzos del
cristianismo, sino examinar los factores e influencias principales que
dieron
su carácter distintivo a ese cristianismo naciente. En el caso de la
mayoría de
los escritos, la cuestión del origen no admite más que conjeturas, y
los
lugares de composición de casi todos los documentos conservados gracias
a Nag
Hammadi son desconocidos. Pero aun cuando las conjeturas sean erróneas,
la
probable expansión de las fuentes ofrece, en general, una idea bastante
aproximada
de cuáles eran los principales centros de influencia en los tres
primeros
siglos del desarrollo del cristianismo, como recoge el cuadro
cronológico
siguiente, distribuido por centros (Roma, Asia, Siria, Palestina,
Alejandría):
Este
cuadro, junto con la distribución geográfica en torno al Mediterráneo
central y
oriental, ofrece una panorámica de los principales centros de
producción
literaria cristiana en los tres primeros siglos, confirmando el papel
de Roma,
Asia Menor, Siria, Palestina y Alejandría como focos de influencia
decisivos en
la configuración del cristianismo naciente.
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