El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni judío ni griego. Una identidad cuestionada Undécima parte. Jesús aún recordado
Capítulo 42. La historia de Jesús contada: Marcos, Mateo y Lucas
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
El
segundo aspecto del paso de evangelio a Evangelio fue la transición del
evangelio oral al Evangelio escrito: la escribalización de los recuerdos acerca
de Jesús, cuando la tradición que hoy forma la tradición sinóptica fue recogida
en los Evangelios. No menos notables que la fascinación producida por los
Evangelios canónicos son las diferentes maneras en que esto se hizo, los
distintos modos en que la tradición oral fue utilizada para contar la historia
de Jesús. En cada caso, sin embargo, la fórmula es «El Evangelio según...», no
«El Evangelio de...». Lo verdaderamente interesante es el punto de flexibilidad
que el «según» da a cada narración; si esa diversidad llegó a ser tanta como
para hacernos cambiar de hecho el «según» por «de» es una cuestión que se
considerará más adelante.
Este
capítulo se centra en los tres Evangelios más claramente dependientes de la
tradición de Jesús, que constituye la mayor parte de los tres primeros
Evangelios canónicos. Tal tradición compartida permite inferir —y esta fue la
principal hipótesis de trabajo en Jesús recordado— que ella representa
de la manera más apreciable cómo recordaban a Jesús sus principales discípulos
y el grupo más importante de iglesias fundadas durante la primera generación
del cristianismo. Por eso tiene pleno sentido centrar la investigación inicial
en esos tres Evangelios, que proporcionan la sinopsis que pone de manifiesto el
carácter de la tradición de Jesús durante el período anterior a la aparición de
los Evangelios escritos. Esto incluye dejar a un lado el cuarto Evangelio
canónico durante esta etapa, pues las diferencias entre Juan y los sinópticos
son tan sustanciales que merece un tratamiento aparte. Lo mismo, con mayor
motivo, cabe decir de los restantes documentos llamados «Evangelios»; pero como
de todos ellos es el Evangelio de Tomás el que tiene vínculos más estrechos con
la tradición sinóptica, será oportuno ocuparse de él inmediatamente después de
Juan.
42.1. De la tradición oral al Evangelio escrito
a.
La tradición oral
Conviene
recordar el camino recorrido por el cristianismo en sus comienzos. En Jesús
recordado se puso de relieve la necesidad de reconocer el carácter oral de
la tradición. Durante más de dos siglos de búsqueda del Jesús histórico, la
hipótesis de trabajo predominante ha sido que «el problema sinóptico» puede
resolverse satisfactoriamente desde una perspectiva literaria: que la
interrelación de los tres primeros Evangelios tendría como única explicación la
copia y adaptación de fuentes escritas. La posibilidad de que la gran mayoría
—quizá el noventa por ciento— de la típica comunidad cristiana primitiva
estuviera constituida por personas iletradas no parece inquietar a los
defensores de esa posición. Sin embargo, lo más probable es que la tradición de
Jesús fuera comunicada en su mayor parte oralmente durante las dos o tres
primeras décadas. Si la interrelación de los sinópticos se explicase solo por
dependencia literaria, el corolario inevitable sería que prácticamente nada
podemos decir sobre la tradición de Jesús ni sobre cómo fue recordado en los
primeros veinte o treinta años del cristianismo.
A
juicio del autor, en cambio, el carácter de la tradición sinóptica se explica
mejor por lo que se puede deducir que fue el uso y el proceso de transmisión
oral de la tradición de Jesús antes de que se pusiera por escrito. La tradición
sinóptica muestra constantemente ese carácter, aunque con variaciones: se
cuentan los mismos relatos, pero con detalles diferentes; se ofrecen las mismas
enseñanzas, pero formuladas y agrupadas de modo distinto; y en aproximadamente
la mitad de los casos las diferencias parecen intrascendentes. Esta
característica —«lo mismo aunque irrelevantemente distinto»— es propia de la
tradición oral. El paradigma literario, por el contrario, presupone una primera
edición original luego copiada y adaptada; y cuando «original» se reemplaza por
«auténtico», la búsqueda del Jesús histórico pasa a estar dirigida por el afán
de descubrir lo «original», con la consecuencia de que toda versión secundaria
queda descartada como «inauténtica».
El
valor de contemplar la tradición sinóptica como «la misma pero diferente»,
propia de la tradición oral, es que libera al investigador de ir tras el
original único y exclusivamente auténtico. En su lugar, puede encontrar en ella
muestras permanentes de cómo se recordaba realmente a Jesús: de cómo distintos
discípulos tenían recuerdos diferentes de sus actividades y dichos, y de cómo
los relatos y enseñanzas fueron transmitidos de diversas formas desde el
principio. Sobre el abismo de veinte a treinta años entre Jesús y los primeros
Evangelios escritos se puede tender un puente, reconociendo que por un extremo
se extiende el impacto causado por Jesús y por el otro la tradición sinóptica
vista como expresión de una tradición transmitida oralmente. La consistencia de
la figura central de esta tradición refleja bien el impacto producido por ella:
Jesús tal como era recordado.
No
debemos imaginar el período transcurrido entre Jesús y los Evangelios como un
gran espacio vacío. Si Jesús fue una figura influyente, ese espacio tuvo que
estar lleno de personas en las que su influencia se había hecho sentir,
personas que compartían sus recuerdos, los interpretaban y desarrollaban, pero
inicialmente solo en formas orales. Los primeros discípulos, apóstoles y
maestros contarían historias sobre Jesús en las reuniones de los creyentes, las
presentarían según sus estilos personales y sacarían conclusiones relacionadas
con sus propias situaciones. No se trataba de aprendizaje mecánico ni de
memorización de textos sagrados —no es ese el carácter de la tradición
sinóptica—, sino de tradición viva, narraciones que daban sentido a la vida de
los discípulos y enseñanzas según las cuales vivían.
Algunos
recurren a teorías sobre la memoria social para insistir en que la memoria es
creativa y selectiva, que adapta y elabora lo «recordado» para apoyar los
valores y prioridades de la comunidad recordadora. La observación es pertinente
y no debe desdeñarse. Con todo, el punto clave sigue siendo el carácter de la
tradición sinóptica como indicio de cómo se recordaba a Jesús. El hecho de que,
a lo largo de tres Evangelios diferentes, esa tradición muestre la fuerza y
permanencia de la impresión causada por Jesús es prueba suficiente de que era
recordado por la impresión que produjo. Cada evangelista seleccionó, adaptó y
compuso para sus propios fines o reflejó los aspectos de mayor interés para su
comunidad; pero lo más importante es que los sinópticos ofrecen el retrato más
notablemente coherente de aquel cuya historia cuentan, indicativo de recuerdos
compartidos que atestiguan el impacto originado por Jesús.
b.
La tradición escrita
Llegamos
a la transición de la tradición oral a la escrita. No debe verse este paso como
un abandono radical del evangelio transmitido oralmente. Werner Kelber sostuvo
que la tradición oral era la única auténtica y que ponerla por escrito fue como
una caída en desgracia, la muerte de la palabra viva. Tal tesis fue
desafortunada, pues opacaba la importancia de lo que él mismo decía sobre la
fase oral. No hay razón para postular una transición tan drástica entre lo oral
y lo escrito. Por el contrario, hay mucho que decir a favor de considerar el
Evangelio de Marcos como una evolución comprensible de la fase oral: casi con
seguridad no fue escrito para lectura privada, sino para ser leído en voz alta
ante un auditorio, y utiliza las mismas habilidades y técnicas que la
exposición oral de la tradición. Era, en realidad, una versión escrita de una
recitación oral de la tradición de Jesús. El corolario es que mucho de lo que
una generación de especialistas juzgó redacción literaria fue poco más que las
variaciones que diferentes maestros orales introducían en la tradición para
mostrar su pertinencia a la situación de los oyentes.
Varios
comentarios generales se imponen:
Primero,
entender el contraste entre lo oral y lo escrito como el contraste entre lo
flexible y lo fijo corre el riesgo de repetir el error de buscar la versión
«original». Si Jesús enseñó el mismo mensaje muchas veces con términos
diferentes, la idea de una sola versión «original» es engañosa. Y si el
Evangelio de Marcos es una especie de registro de la predicación de Pedro (así
Papías), cabe suponer que Pedro no repitió cada historia o enseñanza una sola
vez ni con las mismas palabras; según el propio Papías, Pedro «ajustó sus
enseñanzas a las necesidades» de sus oyentes. Por eso la versión marcana no
debe verse como fija y final, sino como una muestra de cómo la tradición de
Jesús se usaba y podía usarse. Marcos no puso fin a la flexibilidad del período
oral, sino que ofreció un ejemplo de cómo utilizar y difundir la forma
evangélica, ejemplo que Mateo y Lucas siguieron.
Segundo,
aunque la mayor parte de la tradición se usó y transmitió oralmente, es muy
posible que al menos una porción se pusiera por escrito tempranamente. No es
que lo escrito se considerase más fiable que lo oral —tal idea es expresión de
la mentalidad literaria moderna—; antes de la imprenta, los textos escritos
solían considerarse menos fiables que lo retenido por la memoria. La escritura
era especialmente importante cuando había distancia entre comunicador y
destinatario. Pero su traslado a documento no encorsetó la tradición de Jesús:
la diversidad entre los sinópticos muestra que los evangelistas no consideraban
esencial producir formas fijas y rígidas. Aunque Mateo y Lucas conocieron y
utilizaron al menos una fuente escrita (Marcos), no se limitaron a copiarla,
sino que ofrecieron su propia versión incluso de las tradiciones que él había
transmitido. En otras palabras, la flexibilidad del período de transmisión oral
pasó a las formas escritas.
Uno
de los principales fallos de los intentos de resolver el problema sinóptico
desde planteamientos exclusivamente literarios es inferir que cuando Mateo o
Lucas recibieron sus copias de Marcos fue esa la primera vez que entraron en
contacto con sus relatos y enseñanzas. Tal hipótesis es difícilmente creíble:
mucho de la tradición puesta por escrito en Marcos debió de circular
ampliamente y ser bien conocido en las comunidades cristianas de Siria y más
allá. En muchos casos donde Mateo y Marcos divergen significativamente, la
explicación más obvia es que Mateo conocía una versión oral distinta y prefirió
usarla. La tradición circuló en forma oral y escrita al mismo tiempo y entre
las mismas iglesias; al principio, lo escrito era esencialmente la transcripción
de una versión oral, con las mismas características («las mismas pero
diferentes») típicas de la forma oral. No hay que olvidar que la mayor parte
del conocimiento que los cristianos tenían de los Evangelios escritos lo habían
adquirido auditivamente («segunda oralidad»).
Tercero,
todo esto obliga a revisar la idea que se tiene de Q. El material no marcano
compartido por Mateo y Lucas no debe agruparse dando por hecho que todo procede
de un mismo documento. Hay indicios de que parte del material Q se puso por
escrito, pero no apoyan la hipótesis de un solo documento. Salvo en los pasajes
formulados de manera casi idéntica, la diversidad es tal que se hace mucho más
verosímil otra explicación: esa diversidad ilustra la variabilidad de uno o más
fragmentos de tradición oral transmitidos por apóstoles o maestros,
representativos de los repertorios que muchos maestros tomaban del depósito
comunitario. Que la hipótesis Q necesite postular distintas versiones o
ediciones del documento pone de manifiesto la miopía de la mentalidad
literaria. El intento de recuperar un documento Q es admirable, pero nos ha
impedido reconocer que, bien entrada la segunda mitad del siglo II e incluso
después, la tradición de Jesús se conocía todavía en forma oral, y ha hecho
perder de vista su carácter vivo.
Cuarto,
no debemos pensar que hubo una sola transición de la oralidad a la escritura,
como si poner por escrito la tradición hubiera puesto fin a la tradición oral o
a su flexibilidad. Los usos y ecos de esa tradición —por ejemplo en Santiago,
en 1 Pedro y, como veremos, en los Padres apostólicos— evidencian que sus
autores conocían versiones de la tradición de Jesús diferentes de las de los
Evangelios. Las formas orales de la tradición se adentraron, junto a las
versiones escritas, en el siglo II. Cabe añadir el argumento de recientes
críticos textuales: la transición a formas escritas no acabó con la
flexibilidad de la tradición. Así como es inadecuado pensar en una sola versión
original de un dicho, los críticos textuales han dejado de suponer un solo texto
original auténtico con toda variación vista como corrupción; lo que la
tradición textual atestigua son diferentes versiones de esos textos para
diferentes iglesias, reflejo de la continua flexibilidad de la tradición.
c.
Conocimiento por los evangelistas de otras ramas de la tradición
Otra
cuestión exige reflexión: si los responsables de las distintas ramas o
colecciones de la tradición de Jesús conocían las otras. Planteada en términos
de fuentes literarias, sería preguntar si Marcos conocía Q, el material
especial mateano (M) o el especial lucano (L); siguiendo a B. H. Streeter, si
las iglesias de Roma, Jerusalén, Cesarea y Antioquía conocían la tradición de
las otras. Aunque describamos esas tradiciones como colecciones orales, la
cuestión es la misma, pues el material marcano difiere considerablemente del
material Q, y M y L difieren a su vez.
El
autor se resiste a la hipótesis de muchos estudiosos de que cada rama o
colección fue posesión exclusiva de un grupo o iglesia y puede servir como
fuente para la teología o cristología de esa comunidad. No es metodológicamente
acertado suponer que cada grupo tenía una sola colección de una sola clase de
tradición (solo enseñanza sapiencial, o solo relatos de milagros, etc.). Ver el
material evangélico aún no escrito como consistente en variadas colecciones de
relatos y enseñanzas facilita pensar que apóstoles y maestros poseían y
conservaban varias colecciones diversas, empleando en el culto y la enseñanza
diferentes ramas según la ocasión lo permitía o demandaba.
Por
otro lado, tampoco la tradición formaba un enorme depósito único al que toda
comunidad tuviera pleno acceso. ¿Conocía Marcos el material Q y simplemente lo
ignoró? ¿O escribió toda la tradición que conocía y luego le sorprendió
descubrir que existía el material Q? No es posible responder con plena
seguridad, pero de los datos surgen dos observaciones. La primera: el relieve
que Marcos da a Jesús como maestro sugiere que conocía más enseñanzas de las
que recogió; si no incluyó más, fue por selección deliberada para desarrollar a
su manera la trama que pretendía contar. Pocos biógrafos e historiadores,
antiguos o modernos, han usado todos los materiales a su disposición. Marcos
pudo conocer una versión completa de la enseñanza del Bautista pero omitir la
referencia al juicio final tan marcada en el material Q; y es muy improbable
que conociera el «Sermón del monte» como tal, aunque el más breve «Sermón de la
llanura» de Lucas muestra que esas enseñanzas circulaban en colecciones más
breves y dichos individuales.
La
segunda observación es el número de dobletes reconocibles entre Marcos y Q.
Marcos y Q parecen tener colecciones distintas, pero parcialmente coincidentes,
de enseñanzas de Jesús —por ejemplo, sobre sus exorcismos—. Esto indica que el
interés en lo que Jesús enseñó sobre su ministerio era tal que algunos de sus
dichos fueron agrupados en unidades, y que había diferentes conjuntos de esos
dichos según su uso por distintas iglesias. Las diferencias indican hasta qué
punto la memoria compartida se conservaba y circulaba por distintos grupos:
parte de ella agrupada en combinaciones duraderas, parte empleada como
tradiciones sueltas según la ocasión. No hay que suponer que Marcos se encontró
ante un revoltijo en el que fue el primero en imponer orden, ni que todo estaba
ya fijado en unidades inalterables. Como en el caso de los otros dos
sinópticos, no hay que pensar que Mateo o Lucas desconocieran la tradición
usada por Marcos hasta que este llegó a sus manos por escrito: es mucho más
probable que conocieran grandes porciones del material marcano en diversas
formas orales y que a menudo prefiriesen la versión que les era más familiar.
42.2. El Evangelio según Marcos
Al
igual que en la transición de evangelio a Evangelio, en la transición de la
tradición oral al Evangelio escrito hay que prestar atención primero a Marcos.
Por consenso general, fue él quien primero transcribió la tradición oral de
Jesús en una forma escrita extensa, en una narración completa, en un Evangelio.
Este acto casi revolucionario y creativo, de inestimables consecuencias, puede
describirse poniendo el foco en dos cuestiones interrelacionadas que conviene
tratar por separado: ¿cómo ideó Marcos su Evangelio a partir de la tradición de
Jesús? y ¿por qué lo escribió, qué esperaba conseguir?
a.
¿Cómo ideó Marcos la composición de su Evangelio?
No
se trata de la modificación de una o más fuentes escritas, sino de la puesta
por escrito de lo que Marcos podría haber presentado oralmente en reuniones
cristianas. El Evangelio evidencia características orales que sugieren que
Marcos estaba acostumbrado a oír la tradición de Jesús recitada en asambleas.
La tradición que recoge Papías contemplaba solo la familiaridad de Marcos con
la tradición tal como la usaba Pedro al enseñar; pero parece verosímil que
Marcos conociera también su uso por otros maestros. Que algunas influencias
petrinas sean tan alusivas e incidentales sugiere que, aun teniendo una
especial deuda con Pedro, Marcos no creyó necesario subrayar que escribía por
orden o con la autoridad de Pedro: el evangelio cuyo contenido formó el Evangelio
era ya muy conocido como el evangelio de Jesucristo.
La
historia del estudio crítico de los sinópticos arroja luz sobre la técnica de
Marcos. Julius Wellhausen demostró que en cada Evangelio puede distinguirse
entre tradición antigua y contribución del evangelista, y que la labor
redaccional da a cada Evangelio su forma presente. K. L. Schmidt examinó los
vínculos entre episodios y concluyó que casi todas las referencias de tiempo y
lugar pertenecen al trabajo redaccional, de modo que la impresión de narración
histórica continua se debe a esos vínculos. De ahí el corolario importante: la
mejor manera de percibir la intención y el arte del evangelista es poner el
foco en el material redaccional. Estos hallazgos dieron base a la crítica de
las formas. Décadas más tarde, H. W. Kuhn señaló que Marcos había utilizado no
solo unidades aisladas, sino también colecciones de tradiciones premarcanas: el
grupo de relatos de controversia (Mc 2,1–3,6), el bloque de parábolas (4,2-33)
y la serie de milagros en torno al lago. En la sociedad oral de mediados del
siglo I es verosímil que tales agrupaciones fueran típicas de los recursos de
maestros y ancianos.
En
la segunda mitad del siglo XX se prestó más atención a la redacción del
material heredado (crítica de la redacción) y a la estructuración del conjunto
(crítica de la composición). El predecesor aquí fue William Wrede, que halló en
el «secreto mesiánico» un importante elemento estructural del Evangelio
marcano. Invirtiendo la crítica redaccional, también puede reconocerse la labor
de Marcos por lo que Mateo y Lucas omitieron al reelaborarlo. Las
modificaciones marcanas se determinan atendiendo a varios aspectos: los
vínculos redaccionales entre pasajes, las declaraciones sumarias que enlazan
episodios y los énfasis temáticos coherentes aplicados a varios episodios.
Menos convincente resulta el criterio de la peculiaridad del lenguaje, pues,
aunque funciona con la terminología característica de Marcos, plantea la
difícil cuestión de cómo distinguir fuente de redacción cuando los términos son
solo predominantemente marcanos.
b.
La buena noticia de Jesucristo
¿Por
qué escribió Marcos su Evangelio? Quiso ofrecer el contenido de «el evangelio
de Jesucristo» (Mc 1,1) y, al hacerlo, elaboró el primer Evangelio. Conviene
desarrollar esta respuesta indicando cómo presentó a Jesús, fijándose en las
tres características más prominentes de su cristología, y prestando especial
atención al trabajo redaccional en la medida en que pueda distinguirse.
b.1.
Jesús, «el Hijo de Dios»
Marcos
quiso presentar a Jesús como el Hijo de Dios y persuadir de ello a sus lectores
y oyentes. Es la voz que Jesús oye al ser bautizado («Tú eres mi hijo amado»,
1,11); los espíritus impuros lo proclaman así (3,11; 5,7); en la
Transfiguración la voz del cielo lo confirma (9,7); aparece en la parábola de
los viñadores, en el «hijo amado» (12,6); en la afirmación de que «nadie sabe»
la hora, «ni el Hijo, sino solo el Padre» (13,32); en la respuesta afirmativa
ante el sumo sacerdote (14,61-62); y, sobre todo, en la confesión del centurión
romano ante Jesús muerto: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios»
(15,39), la verdad que el sumo sacerdote fue incapaz de aceptar.
Marcos
tituló todo su escrito «el evangelio de Jesucristo» (1,1) y posiblemente añadió
«Hijo de Dios», frase ausente en algunos manuscritos tempranos y quizá adición
de escribas; pero, de ser así, esos escribas captaban lo central que era el
tema. El carácter inclusivo de 1,1 con 1,11 y 15,39 subraya su importancia.
Para Marcos, la buena noticia no consiste en que Jesús deba considerarse hijo
de Dios como se atribuiría tal filiación a un rey o un filósofo, ni como la de
maestros carismáticos como Hanina ben Dosa u Honi: su condición la atestigua el
cielo mismo como filiación especial, «mi Hijo, el amado», e incluye sufrimiento
y culmina en condena a muerte. Esta es la buena noticia, y la gran ironía es
que sea un centurión romano el único ser humano en confesar que el que acaba de
morir en una cruz es Hijo de Dios.
b.2.
Jesús, sanador y exorcista
Quien
lee el Evangelio no puede menos que notar la frecuencia con que Marcos presenta
a Jesús como sanador y exorcista muy eficaz en la primera mitad de su obra. La
lista es impresionante:
•
curación de un endemoniado en la
sinagoga (1,23-28) y de la suegra de Pedro (1,29-31), con resúmenes de
curaciones y exorcismos (1,32-34.39);
•
curación de un leproso (1,40-45),
de un paralítico (2,1-12) y de un hombre con la mano atrofiada (3,1-5), con
nuevo resumen (3,10-12) y la disputa con los fariseos sobre sus poderes
(3,22-27);
•
la calma de la tormenta en el lago
(4,35-41), el exorcismo del geraseno (5,1-20) y la curación de la mujer con
hemorragias y de la hija de Jairo (5,21-43);
•
las pocas curaciones en Nazaret
(6,3.5), el envío de los discípulos a exorcizar y curar (6,12-13), la
multiplicación para cinco mil (6,35-44) y el caminar sobre las aguas (6,45-52);
•
la curación a distancia de la hija
de la sirofenicia (7,24-30), la del sordomudo (7,31-37), la multiplicación para
cuatro mil (8,1-10) y la curación en dos fases del ciego (8,22-26).
El
hincapié es realmente notable, tanto más cuanto que en la segunda mitad Jesús
realiza un solo exorcismo (el del muchacho epiléptico, 9,14-29) y una sola
curación (la del ciego Bartimeo, 10,46-52). Claramente, Marcos buscó un cambio
de enfoque, y este se produce en el punto central del Evangelio: en 8,27-33 la
confesión de Pedro de que Jesús es el Mesías es opacada o corregida por la
predicción de que el Hijo del hombre tiene que sufrir, ser rechazado por las
autoridades de Jerusalén, recibir muerte y resucitar. La narración del gran
sanador y exorcista da paso al relato de la pasión.
En
las décadas centrales del siglo XX, varios estudiosos argumentaron que Marcos
organizó así su Evangelio para corregir una visión sesgada de Jesús como
«hombre divino» (theios anēr); cuando Pedro lo confiesa Mesías, Jesús
habla enseguida de su sufrimiento y llega a llamarlo portavoz de Satanás, como
si Pedro lo hubiera presentado como Mesías triunfalista. El autor no se
convence del todo: el predominio de la actividad sanadora podría significar que
Marcos no la consideraba inconveniente, quizá entendiéndola como expresión de
la compasión de Jesús y de su respuesta a la fe; y la negativa de Jesús a dar
una señal (8,11-12) sugiere que no quería verlo como profeta de señales. Lo que
sí puede afirmarse con más confianza es que el relato sobre la respuesta de
Jesús a la confesión de Pedro fue un medio de desviar el foco del Jesús Mesías
al Jesús Hijo del hombre, dejando atrás toda idea de un jefe militar que
liberaría a Israel: la importancia de Jesús no podía apreciarse sin referencia
a su muerte y resurrección.
b.3.
Jesús Mesías, es decir, Hijo del hombre
Marcos
entendía que Jesús era el Mesías, el Cristo (1,1; 8,29; 14,61-62), pero la
característica más notable de su narración es el tema del secreto, el llamado
«secreto mesiánico». Siguiendo a Wrede pueden señalarse varios rasgos:
•
las órdenes con que Jesús silencia
las confesiones sobre su condición hechas por endemoniados y demonios
(1,23-25.34; 3,11-12; cf. 5,6-7);
•
las órdenes de guardar silencio a
los curados milagrosamente (1,43-45; 5,43; 7,36; 8,26);
•
otras órdenes de silencio tras la
confesión de Pedro (8,30) y la Transfiguración (9,9);
•
la intención de Jesús de
permanecer oculto (1,35.45; 3,7.9; 6,46; 7,24; 9,30.33) y de realizar
curaciones lejos de la mirada pública (5,37.40; 7,33; 8,23);
•
y el carácter privado de la
enseñanza de Jesús a sus discípulos (4,34; 6,31-32; 7,17; 9,2.28-29; 13,3),
implícito también en las tres predicciones de la pasión (8,31; 9,31; 10,32-34).
Que
«secreto mesiánico» sea la mejor definición es discutible, pues es difícil
relacionar todos los pasajes con la cuestión mesiánica, y, además, el secreto
no se guarda: los curados o los testigos difunden el hecho. Si Marcos lo
introdujo para explicar por qué Jesús no fue reconocido como Mesías, él mismo
habría menoscabado su estrategia. Una explicación más obvia del origen es que
se recordaba que Jesús no había querido demasiada publicidad. Con todo, es
difícil evitar la conclusión de que Wrede acertó al identificar el secreto como
peculiaridad del Evangelio, expresiva del modo en que Marcos quería que se
recibiera la buena noticia.
La
deducción más obvia es que Marcos tomó un rasgo ya presente en algún grado en
la tradición y lo desarrolló hasta convertirlo en tema prominente. Su aparición
en la primera mitad del Evangelio y su vínculo con curaciones y exorcismos
sugieren que formaba parte de la estrategia de transformar una narración de
hechos taumatúrgicos en un relato de la pasión, dejando atrás la inadecuada
visión petrina de la mesianidad para pasar a la perspectiva del propio Jesús
sobre su misión como el Hijo del hombre. Esto se refleja en el creciente
relieve de esa designación: primero figura de autoridad (2,10.28), luego figura
sobre todo sufriente, aunque con promesa de justificación. Marcos era
consciente de que un Mesías así resultaba demasiado inesperado para ser aceptado
fácilmente; de ahí las órdenes de silencio, acompañadas regularmente de
revelaciones sobrenaturales de la filiación divina, con las que esperaba
alertar a sus oyentes de que este Mesías, Hijo de Dios, Hijo del hombre, no era
lo que la mayoría habría esperado.
Estrechamente
relacionadas con el secreto están las referencias a la incapacidad de los
discípulos para entender a Jesús. Con la curación en dos etapas del ciego de
Betsaida (8,22-26) Marcos advirtió simbólicamente que la subsiguiente confesión
de Pedro era solo parcial. Ni Pedro ni los demás pudieron entenderlo hasta
haber sido testigos del final de su misión, esto es, hasta después de su muerte
y resurrección, a lo que apunta Mc 9,9 como clave del tema del secreto. De
nuevo, la clave para entender la misión de Jesús, incluida su mesianidad, solo
se encontraba en su muerte y resurrección.
c.
Un manual de disciplina
Para
Marcos, la tradición de Jesús era evangelio no solo por anunciarlo y proclamar
la importancia de su muerte y resurrección, sino también por proporcionar
enseñanza a quienes se hacían sus discípulos; no pensaba que evangelio (kerygma)
y enseñanza (didache) fueran categorías separadas.
c.1.
Jesús, maestro de extraordinaria autoridad
Aunque
Marcos recoge mucha menos enseñanza que Mateo y Lucas, hace referencia a la
actividad de Jesús como «maestro» y a su «enseñanza» tanto o más que ellos,
pese a su menor extensión. Curiosamente, Mateo y Lucas cambian a menudo el
«maestro» (didaskalos) marcano por «Señor» (kyrios) o «maestro» (epistates), u
omiten las referencias a que Jesús enseñaba. Claramente importaba a Marcos
presentar a Jesús como maestro. El acento recae, sin embargo, en los
discípulos: ya el primer episodio de la misión es la llamada de los cuatro
primeros (1,16-20), y seguir a Jesús significaba ser preparado para hacer más
discípulos. Adquiere temprana prominencia la elección de los Doce (3,13-19),
elegidos «para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar». La historia que
narra Marcos es la de «Jesús y sus discípulos»; en particular, es un libro
sobre el discipulado.
Marcos
suele indicar el asombro que produce la enseñanza de Jesús, porque enseñaba
«como alguien dotado de autoridad, y no como los escribas» (1,22), con «una
enseñanza nueva, con autoridad» (1,27). Esto era importante para él, no porque
quisiera presentar a Jesús simplemente como maestro, sino porque, así como los
discípulos habían necesitado enseñanza, los que después creyeron necesitaban
igualmente ser enseñados: el énfasis hace de su Evangelio también un manual de
enseñanza. Que percibía esa enseñanza como un privilegio es evidente en el
capítulo de parábolas (Mc 4): a los discípulos se les ha «comunicado el
misterio del reino de Dios», mientras que a los de fuera todo se les presenta
en parábolas. La contradicción entre la incapacidad de los discípulos para
entender la mesianidad y su privilegio como receptores del misterio se explica
mejor refiriendo la incapacidad a los discípulos durante la misión y el
privilegio a los discípulos para quienes Marcos escribió, a quienes su
Evangelio dio la clave del entendimiento correcto de Jesús y de la vida
discipular.
c.2.
El contenido de la enseñanza
El
«manual de disciplina» de Marcos contiene episodios con explicaciones para los
cristianos que escuchaban la lectura. La idea de que una nueva doctrina inicia
una nueva época está plasmada en las parábolas del paño nuevo y el vino nuevo
(2,21-22) y la lámpara (4,21-22); el significado escatológico de los exorcismos
(la atadura de Satanás) es claro (3,23-27), con sus implicaciones incluso para
las relaciones familiares (3,31-35). Se exponen el reexamen del sábado
(2,23–3,5), el cuestionamiento de «la tradición de los antiguos» frente a la
palabra de Dios (7,1-13) y la reconsideración de las causas de la impureza
humana (7,14-23), con la indicación de cómo esta nueva doctrina elimina las
barreras a los gentiles («así declaraba puros todos los alimentos», 7,19),
implicación que se manifiesta enseguida en el ministerio a la sirofenicia
(7,24-30).
Cuando
la atención se centra en la redefinición de la misión de Jesús, Marcos expone
las implicaciones para los discípulos: tomar la cruz, perder la vida para
ganarla, confesar a Jesús (8,34-38). Seguir a Jesús es seguirlo por el camino
de la cruz. Sigue una serie de instrucciones sobre:
•
la necesidad de orar para un
ministerio exitoso (9,28-29);
•
la necesidad de revisar todo
concepto de grandeza y seguir el ejemplo del siervo Hijo del hombre (9,33-37;
10,13-16.41-45);
•
la apertura a reconocer el bien
procedente de quienes siguen otro camino (9,38-41);
•
los peligros de ser causa de
tropiezo para otros creyentes y los riesgos de las falsas prioridades (9,42-48;
10,17-31);
•
el ideal del matrimonio (10,2-9);
la imposibilidad de evitar el sufrimiento en la vida discipular
(10,29-30.38-39);
•
y, por último, la fe como clave
del discipulado (11,22-24), junto con la importancia del perdón mutuo si la
oración ha de ser real (11,25).
Hay
enseñanzas sobre el templo, las autoridades y su futuro, y un punto culminante
en la identificación de los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo
(12,28-34), que representaba la solución cristiana gentil al debate sobre la
validez de la Ley judía, acompañada de un contraste entre la espiritualidad
superficial y la verdadera.
El
largo discurso escatológico (13,1-37), por situarse antes del relato de la
pasión, indica su importancia. Hay dos huellas marcanas sorprendentes: la
probable adición de que «el evangelio debe ser predicado primero a todos los
gentiles» (13,10), que destaca la misión a los gentiles y no elude la
implicación de un intervalo significativo («todavía no es el fin», 13,7); y el
recordatorio al lector de su responsabilidad de leer con entendimiento (13,14).
Pensara Marcos en la caída de Jerusalén como inminente o reciente, deseaba que
sus auditorios apreciaran tanto los poderes proféticos de Jesús como las
implicaciones de su proceso y muerte, las falsas expectativas y la necesidad de
permanecer alerta. Al mismo tiempo, la venida inminente del reino no es parte
del discurso, y Marcos matiza la urgencia con el «todavía no» y las
implicaciones de 13,10; más característicos de su Jesús son «el misterio del
reino» (4,11), la necesidad de recibirlo «como un niño» (10,14-15) y la
advertencia sobre la riqueza (10,23-25). Da la impresión de que Marcos se
sentía arrastrado en direcciones opuestas y no buscó una resolución clara de la
tensión.
d.
El clímax de la pasión
Los
capítulos finales debían de resultar familiares a la mayoría de los lectores.
Aquí las huellas de organización y redacción marcanas son mucho más escasas, lo
que implica que la estructura y el contenido ya estaban bien establecidos antes
de Marcos: la historia de la pasión era tan fundamental y de tanta importancia
para el culto pascual que la tarea de Marcos se redujo sobre todo a contar bien
un relato ya conocido. Que haya poco consenso sobre los detalles de un relato
premarcano no mengua la probabilidad de que su estructura básica fuera bien
conocida.
Marcos
narra la semana culminante comenzando con la unción de Jesús en Betania
(14,3-9), flanqueada por la intención de los jefes de los sacerdotes (14,1-2) y
la traición de Judas (14,10-11), de modo que el gesto de amor contrasta con
ambos; la afirmación de que se recordará dondequiera que se proclame el
evangelio (14,9) es probablemente huella marcana. Respecto a la Última Cena,
probablemente no fue Marcos quien le dio significación pascual —la visión de
Jesús como cordero pascual era ya corriente—, pero, consciente de que la
tradición no la presentaba como pascual, subrayó ese carácter.
La
creciente sensación de crisis está bien lograda en la secuencia: la
confabulación para eliminar a Jesús (14,1-2.10-11); los preparativos secretos
para la Pascua (14,12-16); la Última Cena, flanqueada por la advertencia de
traición (14,18-21) y las negaciones de Pedro (14,26-31); la cruda descripción
de la angustia en Getsemaní, demasiado cruda para Mateo y Lucas (14,32-42); y
la falsedad de Judas en el arresto (14,43-50). La única huella clara aquí es la
enigmática mención del joven que seguía al pelotón de arresto y huyó desnudo
(14,51-52), figura que inevitablemente suscita especulación sobre su identidad.
Característico
del estilo marcano es encerrar un relato dentro de otro: el seguimiento y las
negaciones de Pedro (14,53-54.66-72) flanquean la comparecencia ante el sumo
sacerdote (14,55-65). La intervención de Marcos es más clara en dos puntos
ausentes de los paralelos: el contraste «hecho por manos / no hecho por manos»
en los cargos sobre el templo (14,58), que refleja la hostilidad hacia el
templo entre quienes llevaron la misión más allá de Israel; y la respuesta
inequívoca «Yo soy» a la pregunta del sumo sacerdote (14,62), mientras que en
las demás versiones la respuesta es ambigua («Tú lo dices»). Marcos quería
presentar una declaración inequívoca de que Jesús era el Hijo de Dios, que pone
de manifiesto su majestad y serenidad frente a falsos testigos y maltratos, en
contraste con la debilidad de Pedro. Ante Pilato, Marcos se refrena de adaptar
mucho: vuelve a la respuesta ambigua (15,2), añade quizá la nota sobre Barrabás
(15,7) y la tendencia a trasladar la responsabilidad de Pilato a los jefes de
los sacerdotes, y precisa que Simón de Cirene era padre de Alejandro y Rufo
(15,21).
El
relato de la muerte (15,22-38) está configurado con ecos escriturísticos, sobre
todo del salmo 22. Mientras que los otros sinópticos completaron detalles
sirviéndose más de los Salmos, Marcos se contentó con narrar el relato en su
forma más simple, culminando en el simbolismo de la cortina del templo rasgada
(15,38) y en la confesión del centurión (15,39). En el relato de la sepultura y
resurrección, Marcos destaca el papel de las mujeres (15,40-41; 16,1-8), e
introduce la nota sobre el apoyo que ellas habían prestado a Jesús; la
confusión sobre su identidad sugiere que circulaban diferentes versiones. La
versión marcana del sepulcro vacío es peculiar en tres aspectos: la presencia
del «joven» que explica lo sucedido (16,5); la petición de avisar a los discípulos
«y a Pedro» (16,7), detalle sensible; y, lo más llamativo, que Marcos no narra
ninguna aparición del resucitado, sino que remite a Galilea.
De
manera sorprendente, el Evangelio remata con una nota penosa: «no dijeron nada
a nadie porque tenían miedo» (16,8). El final es tan inesperado que es tentador
concluir que la versión original se mutiló; pero es más atractivo pensar que
Marcos terminó deliberadamente en 16,8. Acabar con la preposición «porque»
(gar) es excepcional, pero no inaceptable; y la descripción del estado de las
mujeres está cuidadosamente escogida: «temblando» puede indicar conciencia de
la incapacidad humana que confía en el poder de Dios, y «asombro» denota la
estupefacción ante una señal milagrosa. Marcos escribía para auditorios que
conocían lo básico del relato en forma confesional (1 Cor 15,3-5), y sus pistas
en 14,28 y 16,7 eran claras: 16,8 no marcaba el fin de la historia.
Probablemente Marcos terminó así porque entendía que la narración continuaba en
la expansión del cristianismo y quería que sus oyentes la experimentaran en sus
propias vidas.
e.
La recepción del Evangelio de Marcos
Marcos
ofrece, pues, un buen ejemplo de cómo la tradición de Jesús pasó a la segunda
generación. No hubo intento ni deseo de transmitirla de forma memorizada.
Marcos se sentía libre de ordenar, organizar y configurar la tradición con
arreglo a sus propios fines, pero no —hasta donde podemos decir— de crear ex
novo temas enteros como el secreto mesiánico. Trabajó con la tradición
principalmente oral que había recibido y a partir de ella; el impacto de Jesús
se percibe aún con nitidez. Lo que hizo fue tomar lo que él (¿o Pedro?)
consideraba las características fundamentales y emplear su narrativa y sus
vínculos sumariales para reforzarlas: el carácter evangélico de toda la misión,
culminante en la pasión; Jesús, Hijo amado de Dios; Jesús, exorcista y sanador
escatológico; Jesús Mesías reinterpretado como el sufriente Hijo del hombre; y
Jesús, maestro con autoridad cuya enseñanza sobre el discipulado los nuevos
discípulos aún necesitaban oír. Esta era la tradición viva de Jesús a la manera
marcana: el evangelio según Marcos.
Poner
la tradición por escrito no acabó con el período oral ni la fijó: durante años
debió de haber iglesias desconocedoras de Marcos y conocedoras solo de sus
propias variaciones, y la familiaridad con el escrito se alcanzaría casi
siempre auditivamente. La recepción debió de ser cálida, aunque no es posible
conocer la rapidez y amplitud de su difusión; la mayoría deduce de su contenido
que se escribió para una comunidad amenazada o ya golpeada por la persecución.
El primer indicio real de su recepción es que lo conocieron y usaron Mateo y
Lucas. De ese uso se infiere que Marcos llevaba de diez a veinte años de amplia
circulación; que era muy estimado como fuente auténtica y autoritativa; que su
estructura de Evangelio (relato de la pasión con introducción extensa)
proporcionó la norma para Mateo y Lucas; que ambos lo consideraban
probablemente primus inter pares entre sus materiales, sin juzgar menos
valiosas sus otras tradiciones orales; y que no trataron ni a Marcos ni a las
otras tradiciones como Escritura intocable, sino que las adaptaron con la misma
flexibilidad con que lo habían hecho los transmisores orales.
42.3. El Evangelio según Mateo
Aunque
el autor cree que Lucas se escribió antes que Mateo, este es mucho más cercano
a Marcos: puede considerarse un suplemento de Marcos o incluso una segunda
edición ampliada de él, lo que hace natural pasar de Marcos directamente a
Mateo. No hay indicios convincentes de que Mateo conociera el Evangelio de
Lucas ni viceversa. Como con Marcos, se plantean dos preguntas: ¿cómo ideó
Mateo su Evangelio a partir de la tradición de que disponía? y ¿qué esperaba
conseguir escribiendo esta «segunda edición» de Marcos? La segunda pregunta es
valiosa, pues puede decir mucho sobre la relación del cristianismo emergente
con el judaísmo rabínico, también emergente, en el período posterior a la
destrucción del templo.
a.
¿Cómo compuso Mateo su Evangelio?
La
solución consensuada al problema sinóptico es la respuesta más diáfana: Mateo
disponía de dos fuentes escritas, Marcos y Q. La teoría de las dos fuentes ha
conservado el apoyo mayoritario frente a la minoritaria «hipótesis de
Griesbach» (prioridad de Mateo). Pero la investigación se ha desarrollado sobre
la base de que una hipótesis exclusivamente literaria basta para explicar las
fuentes de Mateo, lo cual pasa por alto la cultura oral de las primeras
comunidades. El debate proviene sobre todo de la confianza excesiva en que todo
el material no marcano compartido por Mateo y Lucas procede de un documento
escrito (Q) recuperable casi íntegramente, aunque mucho de lo compartido es
notablemente divergente en detalle.
Una
hipótesis más verosímil es que Mateo pudo servirse de cinco colecciones o
categorías de tradición de Jesús: (1) el Evangelio de Marcos, con pasajes cuya
proximidad de formulación se explica mejor por dependencia literaria; (2) la
tradición que Marcos transcribió pero que Mateo parece haber conocido en una
forma oral independiente y algo distinta; (3) la tradición Q escrita, donde el
paralelismo tan estrecho con Lucas apunta a una fuente literaria compartida;
(4) el material Q en forma oral, de ahí las divergencias entre las versiones
mateana y lucana; y (5) la tradición exclusiva de Mateo (M), que sugiere que la
gama de tradición oral a su disposición era aún más amplia. Más que cinco
colecciones distintas, conviene hablar de cinco categorías, sin pretender
precisar qué elementos situar en cada una, salvo en el caso de Marcos.
Discernir
la técnica de Mateo es algo más fácil que en Marcos: la comparación de su texto
con Marcos y con la tradición Q (mejor conservada por Lucas) ofrece indicios
bastante claros de redacción. Pero la concentración excesiva en los cambios
redaccionales puede inducir a error, por lo que crítica redaccional y
compositiva deben ir de la mano. Buenos ejemplos de modificación estilística
son el tono más lento al que llega Mateo eliminando recursos que aceleran la
narración marcana (el «inmediatamente», el «de nuevo», el presente histórico,
la parataxis), la omisión o atenuación de comentarios sobre los discípulos y la
intensa abreviación de algunos relatos de milagros.
Mateo
siguió de cerca el modelo marcano, pero no dudó en adaptar la tradición a sus
fines. Entre los ejemplos de probable adaptación teológica figuran: el intento
de explicar por qué Jesús fue bautizado (3,14-15); el sesgo positivo hacia la
Ley (5,17.19-20); la matización del divorcio (5,32); la adición de Oseas 6,6 a
dos relatos marcanos (9,13; 12,7); la restricción de la misión a «las ovejas
perdidas de la casa de Israel» (10,5-6; 15,24); la atenuación de que Jesús no
pudo obrar milagros en Nazaret (13,58); el episodio del fallo de Pedro al
caminar sobre las aguas (14,28-31); la transformación de la decepcionante
conclusión marcana en devoción (14,33); la omisión de la nota de que Jesús
declaró puros todos los alimentos (15,17); la declaración sobre el estatus de
Pedro (16,17-19); la identificación explícita del Bautista con Elías (17,13);
la cláusula de excepción en el divorcio (19,3-9); y la condena de los
dirigentes jerosolimitanos añadida a la parábola de los viñadores (21,43-45).
En muchos casos Mateo pudo servirse de versiones alternativas, pero su elección
estaría teológicamente motivada, lo que no es muy diferente.
El
estilo compositivo de Mateo incluye pasajes de ligazón y, sobre todo, la
reunión de las enseñanzas de Jesús en cinco grandes discursos —señaladamente el
Sermón del monte (Mt 5–7)— y una colección de parábolas (Mt 13). Hay temas
verbales peculiares suyos: «el reino de los cielos», «vuestro/mi Padre que está
en el cielo», «el llanto y el rechinar de dientes», y términos que expresan
aspectos importantes de su teología, como anomia («ausencia de ley»), dikaiosyne
(«justicia»), proskynein («adorar») e hypocrites («hipócrita»).
b.
La importancia de Jesús para Israel
De
manera un tanto sorprendente para un evangelio de Jesús, Hijo de Dios, Mateo
rompe la inclusión marcana de 1,1 y 15,39: conserva la confesión del centurión,
pero su versículo inicial designa a Jesús «hijo de David, hijo de Abrahán»
(1,1), y omite el resumen marcano de los espíritus que lo llaman Hijo de Dios
(3,11). Aun así, destaca significativamente el tema del Hijo de Dios: comienza
con los relatos del nacimiento, cuya afirmación es que Jesús es Hijo de Dios e
hijo de David; presenta las tentaciones como demostraciones de esa filiación
(«Si eres Hijo de Dios...»); toma del material Q el dicho «nadie conoce al Hijo
sino el Padre...» (11,27); concluye el episodio del caminar sobre las aguas con
la confesión «Verdaderamente eres Hijo de Dios» (14,33); amplía la confesión de
Pedro («Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», 16,16); y multiplica las
referencias a Dios como «Padre».
Mateo
se refiere a Jesús como Mesías casi tan frecuentemente como Marcos, destacando
ligeramente la significación titular de «Cristo», pero restando fuerza al
secreto mesiánico. En contraste con Marcos, destaca su condición de «hijo de
David»: la genealogía subraya el linaje davídico; ante las curaciones la gente
se pregunta «¿No será este el hijo de David?» (12,23); la sirofenicia se dirige
a él como «hijo de David» (15,22); y en la entrada triunfal la aclamación se
convierte en «¡Hosanna al hijo de David!» (21,9.15). Donde Marcos pudo dudar en
destacar el linaje real —en la rebelión judía o sus secuelas—, Mateo
consideraba alejado tal peligro político, y muestra menos inhibición al llamar
a Jesús «Rey de los judíos».
Entre
las ideas que más subraya Mateo está que Jesús era la respuesta a las
esperanzas de Israel, especialmente en el cumplimiento de las Escrituras, cuya
significación mesiánica Jesús había arrojado luz. Numerosas citas de
cumplimiento —«para que se cumpliera lo que había sido anunciado»— jalonan el
Evangelio:
•
la profecía sobre la concepción
virginal y Emmanuel (1,22-23; Is 7,14);
•
«De Egipto llamé a mi hijo» (2,15;
Os 11,1) y «Será llamado nazareno» (2,23);
•
«Galilea de los gentiles...»
(4,14-16; Is 9,1-2) y el texto del Siervo cumplido en la actividad sanadora
(8,17; Is 53,4);
•
otra canción del Siervo cumplida
en Jesús (12,17-21; Is 42,1-4) y la predicción del uso de parábolas (13,35; Sal
78,2);
•
la entrada en Jerusalén como
cumplimiento de Zacarías (21,4-5; Zac 9,9); las profecías cumplidas en el
arresto (26,56); y el empleo del precio de la traición (27,9; Zac 11,13).
Hay
que notar la prominencia de Isaías, confirmación de la importante influencia
que tuvo en el pensamiento cristiano de los primeros tiempos.
Más
discutida es la influencia de la expectativa de un profeta como Moisés (Dt
18,15.18); Mateo parece presentar a Jesús como un nuevo Moisés: las palabras
iniciales («libro de la generación») evocan el Génesis; Jesús niño es salvado
de Herodes como Moisés del faraón; el tema del éxodo está en 2,15; las
tentaciones se interpretan con pasajes del Deuteronomio; las enseñanzas se
reúnen en cinco bloques que evocan el Pentateuco; hay una decidida defensa de
la Ley (5,17-19); y en la Transfiguración el rostro de Jesús «brillaba como el
sol», eco de Éxodo 34. El uso mateano del tema es la afirmación cristológica
más positiva del Nuevo Testamento en este aspecto, indicio de su interés en
hablar a sus compatriotas judíos.
Mateo
va más allá de las expectativas judías tradicionales. El nacimiento de Jesús no
simboliza simplemente la presencia de Dios, sino que Jesús encarna esa
presencia: «Emmanuel, Dios está con nosotros» (1,23), confirmado por la promesa
«donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo» (18,20) y por las
palabras finales «yo estoy con vosotros... hasta el final de este mundo»
(28,20), que forman inclusión con el dicho de Emmanuel. Como los rabinos tras
el año 70 afrontaron la destrucción del templo reubicando la presencia divina
en la Torá, los cristianos la vieron situada en Jesús. De modo similar, Mateo
parece presentar a Jesús no solo como portavoz de la Sabiduría divina, sino
como su encarnación: identifica a Jesús con la Sabiduría (11,19), invita a
cargar con su yugo (11,28-30), y hace que sea Jesús mismo quien diga «Yo os
enviaré profetas» (23,34). Hay peligro de leer demasiado en estos datos, pero
encajan tan bien en el tema de la presencia divina que refuerzan la
probabilidad de que, para Mateo, Jesús = Sabiduría fuera un modo adecuado de
leer su Evangelio.
Otro
aspecto confirma una cristología más alta: el uso de proskynein mucho
más frecuentemente que Marcos o Lucas. El término es ambiguo —puede expresar
sumisión ante una alta autoridad—, pero Mateo era consciente de su sentido de
«adorar», y en las apariciones del resucitado la traducción más natural es que
los presentes «adoraron» a Jesús (28,9.17). Es significativo que lo emplee tan
a menudo y lo inserte donde otras versiones tienen otros términos: para Mateo
había continuidad directa entre la humilde súplica a Jesús durante su misión y
la adoración del resucitado, coherente con su cristología de la presencia
divina.
Curiosamente,
todo este desarrollo derivó de la tradición de Jesús. El desarrollo es
sustancial, pero nada en él fuerza la tradición a afirmar algo que ella misma
no pudiera sostener: en ella estaba arraigada su condición de Hijo de Dios, su
mesianidad y la designación «el Hijo del hombre»; los temas del hijo de David y
del profeta como Moisés no eran ajenos al impacto de Jesús; y los argumentos
del cumplimiento de profecías tenían ya uso establecido. Aunque Mateo modeló y
desarrolló la tradición, el impacto causado por Jesús es aún manifiesto. El
Jesús de Mateo es todavía Jesús recordado.
c.
Un manual de discipulado y disciplina eclesiástica
No
menos que Marcos, Mateo se interesó en mostrar que la tradición de Jesús
proporcionaba una guía clara para los creyentes. Subraya menos la figura de
Jesús como maestro —prefiere «Señor» a «Maestro», dada su cristología más
desarrollada—, pero tiene episodios característicos: la invitación a cargar con
su yugo (11,29) y la insistencia en que los discípulos tienen «un solo maestro»
(23,8). Compensó su omisión de las referencias al «maestro» con la inclusión de
muchas más enseñanzas en los cinco sermones: el Sermón del monte (Mt 5–7)
funcionó como compendio catequístico, desde las bienaventuranzas hasta la
parábola del hombre prudente; el discurso apostólico de Mt 10 sirvió de manual
misionero; la colección de parábolas de Mt 13 desarrolla sin igual el capítulo
marcano; Mt 18 equivale a una regla de comunidad; y Mt 24–25 proporciona las
exhortaciones para la preparación ante el retorno de Cristo.
Más
característico de la parénesis mateana es su sentido eclesiástico, con
instrucciones para la identidad corporativa como Iglesia. Mateo es el único
evangelista que emplea la palabra ekklesia (16,18; 18,17), consciente de
que era la traducción griega habitual del «qahal» o asamblea de Israel; como
Pablo, consideraba la Iglesia continuación de Israel. Mt 19,28 (los Doce
juzgando a las doce tribus) confirma su conciencia del simbolismo de los Doce.
Da mayor relieve a las imágenes del pastor y las ovejas; describe la comunidad
como una hermandad y nueva familia en torno al hermano mayor, Jesús; la
parábola de la cizaña (13,24-30.36-43) y el final de la parábola de la gran
cena (22,11-14) presentan la Iglesia como mezcla de buenos y malos; la barca
calmada simboliza quizá la Iglesia que sobrevive a las tormentas; y el encargo
final incluye bautizar «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»
(28,19), indicio de una cristología en evolución.
Sorprende
la función y categoría que Mateo asigna a Pedro. Marcos indica su importancia
pero ofrece pocas muestras, y en Q ni siquiera es mencionado; Mateo añade
referencias que ponen de relieve su liderazgo: lo designa «primero» entre los
Doce (10,2); lo presenta como portavoz en varios casos; añade el episodio de
Pedro caminando sobre las aguas (14,28-31); y, sobre todo, añade el elogio de
Jesús y el anuncio del papel de Pedro como roca sobre la que edificará su
Iglesia, con el poder de las llaves (16,17-19). Este texto confirma que, al
menos en parte sustancial de las comunidades, ya se consideraba a Pedro figura
fundacional. Pero ese papel no debe exagerarse ni relacionarse exclusivamente
con él: Pedro es mostrado como representativo de la «poca fe» de los
discípulos; la autoridad de «atar y desatar» se da también al conjunto de los
discípulos (18,17-18); y Mateo desincentiva los títulos de rango eclesiástico
(23,8-10). Estas restricciones reflejan la alta estima, defectos incluidos, en
que se tenía a Pedro en las iglesias sirias de finales del siglo I, y refuerzan
la inferencia de que su función estaba centrada en la misión judeocristiana.
Notable
también es la composición de Mt 18, la «regla de la comunidad»: empieza con la
instrucción sobre la verdadera grandeza, añade advertencias sobre tentaciones y
la parábola de la oveja perdida, con prioridad al bienestar de «uno de estos
pequeños»; sigue la instrucción sobre disciplina eclesial (18,15-18),
desarrollo de la enseñanza sobre el perdón; y termina con la promesa de la
presencia de Jesús entre los reunidos y la parábola del siervo inexorable,
exclusivas de Mateo. Es uno de los mejores ejemplos de cómo se adaptó y amplió
la tradición de Jesús para responder a situaciones de las primeras iglesias,
manteniéndose coherente con el espíritu didáctico que se remonta al propio
Jesús.
d.
Lidiando con los fariseos por la herencia de Israel
Hay
amplio consenso en que Mateo se escribió algún tiempo después del año 70 y
refleja cierto grado de confrontación con el judaísmo rabínico emergente en
Palestina. Pero Mateo no se limita a «reflejar» tal confrontación: el Evangelio
es la mejor prueba de ella, y una de las razones de su composición fue entrar
en esa pugna. Varios indicios lo apuntan: Jesús como Mesías de Israel, hijo de
David, rey de los judíos; el paralelo con Moisés; el cumplimiento de las
Escrituras; el relato del nacimiento que asegura que Jesús «salvará a su pueblo
de sus pecados» y será «pastor de mi pueblo Israel»; la Iglesia como
continuación de Israel; la misión a «la oveja perdida de la casa de Israel»; y
los Doce que juzgarán a las tribus. La atención de Mateo a los fariseos como
adversarios revela un objetivo común: subrayar que el cristianismo naciente era
el desarrollo escatológico del judaísmo del Segundo Templo, en oposición a un
judaísmo fariseo que decía lo mismo de sí.
Nada
aclara más este punto que la presentación de Jesús en relación con la Ley. No
hay indicio de que Mateo quisiera presentar a Jesús rechazándola; al contrario,
está interesado en demostrar su lealtad y la de su comunidad a la Torá. El
Jesús mateano declara: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los
Profetas... sino a llevarlos hasta sus últimas consecuencias» (5,17-19), y
exige una justicia que supere la de los escribas y fariseos (5,20). En el resto
del capítulo 5 penetra bajo las palabras de los mandamientos hasta su
significado profundo (la ira, la lujuria); no tanto abroga la Ley cuanto da su
interpretación definitiva. Resume la Ley en la regla de oro (7,12) y, como
Marcos, en el doble mandamiento del amor (22,37-40). Intensifica el paralelo con
David en el episodio de las espigas (12,1); recalca que la pureza interior
importa más que la de los alimentos, sin deducir la abolición de las
distinciones (15,17-20); refleja la autoridad rabínica de «atar y desatar»;
participa en el debate entre Hillel y Shammai sobre el divorcio (19,3-9),
apoyando la posición más rigurosa; reconoce la autoridad de los escribas y
fariseos como maestros de la Ley, aunque critica su incoherencia (23,2-3.23);
cita dos veces Oseas 6,6 (9,13; 12,7); y añade a la advertencia sobre la huida
la mención del sábado (24,20), lo que indica que su comunidad seguía
observándolo.
Notable
es el empleo de dos palabras distintivas. Mateo es el único evangelista que
habla de anomia («ausencia de ley»): al advertir contra ella, proclamaba
la lealtad de Jesús —y la suya— a la Ley. Igualmente distintivo es el uso de dikaiosyne
(«justicia»), como en 5,20. Las disputas con los fariseos ayudan a entender el
hincapié en Jesús como presencia divina y Sabiduría: como para los rabinos el
centro de la presencia divina pasó del templo a la Torá, y la tradición
sapiencial había identificado la Sabiduría con la Torá, Mateo indica a sus
adversarios que la línea de continuidad va de Moisés a Jesús, no a la Ley; el
centro de la presencia divina está ahora en Jesús. Tomar de Marcos el formato
del Evangelio no significaba ver el evangelio como antitético a la Ley: Mateo
no habría aceptado la antítesis entre evangelio y Ley que la Reforma leyó en
Pablo, ni la idea de que el cristianismo abandonó su herencia judía. Para él,
el evangelio era absolutamente judío, en el espíritu de la Ley y los Profetas;
cumplimiento no equivalía a abrogación, y fue el centro en Jesús lo que puso
también la Ley en el centro, para leerse a través de la lente de Jesús y su
evangelio.
e.
La misión a los gentiles
Pese
a su índole judía, una característica notable de Mateo es su compromiso con que
el evangelio de Jesús llegue a las demás naciones, relacionado con la idea de
que Israel estaba en peligro de ser reemplazado en el plan salvífico. Lo
apuntan numerosos rasgos:
•
la genealogía que se remonta
implícitamente a la inclusión de los gentiles (1,1) y que menciona a cuatro
mujeres no judías antes de María (1,3-6);
•
los magos «de Oriente» que adoran
a Jesús, en contraste con Herodes, que trata de eliminarlo (2,1-16); y la
advertencia del Bautista («Dios puede sacar de estas piedras descendientes de
Abrahán», 3,9);
•
la conclusión afirmativa sobre la
fe del centurión y pesimista sobre Israel: muchos vendrán de Oriente y
Occidente mientras los hijos del reino serán arrojados fuera (8,11-12);
•
la inserción de Is 42,1-4, que
culmina en «en su nombre los gentiles pondrán su esperanza» (12,18-21); y el
contraste de Nínive y la reina del Sur con la generación de Jesús (11,41-42);
•
el campo que es «el mundo» (13,38)
y la previsión de que el evangelio del reino se predicará «en el mundo entero»
(24,14); la parábola de los trabajadores de la viña (20,1-16);
•
la conclusión añadida a la
parábola de los viñadores («se os quitará el reino... y se entregará a un
pueblo que dé sus frutos», 21,43) y la parábola del banquete de boda (22,8-9);
•
y, sobre todo, el encargo final:
«Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (28,19-20).
La
postura aparentemente antijudía y favorable a los gentiles ha hecho que algunos
deduzcan que Mateo era gentil; pero es más exacto describirla como favorable a
la misión entre los gentiles, considerada un continuo reto para Israel. Para
Mateo, este era el inevitable desarrollo de la enseñanza de Jesús a la luz de
su resurrección. Conservó fielmente las palabras que subrayaban los objetivos
limitados de la misión de Jesús (10,5-16; 15,24), pero el clímax de 28,19-20
deja claro que la resurrección lo había revolucionado todo, sin pasar por alto
la enseñanza de Jesús. Es importante que «todas las naciones» (panta ta ethne)
no se traduzca «todos los gentiles»: Mateo no había abandonado la esperanza de
hacer discípulos entre los judíos. La retención de 10,5-6 y 15,24 podría
deberse a que Mateo y su comunidad tardaron en darse cuenta de que la
restricción había sido eliminada.
En
suma, Mateo fue un fiel transmisor de la tradición de Jesús. La manejó como se
venía haciendo desde el principio: siguió el ejemplo de Marcos dando estructura
evangélica, insertó el material Q, adaptó la tradición para resaltar lo de
continua importancia, la interpretó para una comunidad principalmente judía y
añadió frases para dar precisión a enunciados más ambiguos. Sobre todo, la luz
de la resurrección le iluminó el significado del evangelio como buena noticia
también para las naciones. Las marcas de la impresión originalmente producida
por Jesús siguen siendo muy perceptibles: el Jesús de Mateo no es distinto del
de Marcos; el impacto fue leído de modo ligeramente distintivo, pero la
tradición de Jesús siguió siendo tal como había sido celebrada y transmitida.
42.4. El Evangelio según Lucas... y Hechos
Se
plantean las dos mismas preguntas que con Marcos y Mateo: ¿cómo ideó Lucas su
Evangelio a partir de la tradición a la que tenía acceso? y ¿qué esperaba
conseguir escribiendo la que él mismo reconoció como una narración entre
«muchas» otras, descrita como «una exposición ordenada de los acontecimientos
verificados entre nosotros» (Lc 1,1)? Ambas preguntas cobran fuerza por el
prólogo (Lc 1,1-4). Las narraciones anteriores eran «como nos las transmitieron
desde el principio los testigos oculares y siervos de la palabra» (1,2): Lucas
veía su trabajo vinculado a contribuciones ya establecidas y autoritativas, no
inadecuadas. Su intención de «seguirlo todo cuidadosamente desde el principio y
escribirlo en sucesión ordenada» (1,3) no buscaba desacreditar a sus
predecesores, sino confirmar, mediante investigación cuidadosa, lo recibido
como testimonio ocular.
a.
¿Cómo compuso Lucas su Evangelio?
De
nuevo, la solución consensuada al problema sinóptico parece diáfana: como
Mateo, Lucas tenía dos fuentes escritas, Marcos y Q. Pero sus conclusiones
deben matizarse con el prólogo. Entre las «muchas» exposiciones a las que se
refiere cabe incluir Marcos y Q, pero «muchas» difícilmente puede referirse
solo a ellos. Esto no significa que hubiera varios relatos escritos previos:
«diégesis» apunta simplemente a una ordenada descripción de hechos o palabras,
y puede referirse no solo a una narración escrita, sino también a recitaciones
orales. Lucas pudo tener en mente el limitado número de narraciones escritas
(¿Marcos, Q y...?), pero también colecciones de tradición oral lo bastante
sustanciales como para describirse como «exposiciones», incluidas versiones
orales equivalentes a buena parte de Marcos y colecciones de tradición ahora
designadas «Q» y «L».
Hay
un corolario importante: Lucas no pensaba sacar a la luz tradición desconocida
ni ir en busca de antiguos apóstoles por primera vez, sino confirmar lo que
cabía suponer. Primero, que la tradición de Jesús, en colecciones ordenadas, se
usaba mucho y era conocida por la gran mayoría; sus palabras iniciales no
informaban de algo nuevo, sino que apelaban a una familiaridad conocida.
Segundo, que generalmente fueron apóstoles originales quienes al principio
transmitieron la tradición; es significativo que 1,2 (testigos oculares)
preceda a 1,3, apuntando al carácter bien conocido de las exposiciones
precedentes. La importancia de ambos puntos para apreciar cómo se usó la
tradición de Jesús antes de los Evangelios y su reconocimiento como testimonio
ocular se ha minimizado demasiado.
Como
con Mateo, podemos concebir cinco colecciones o categorías de tradición de las
que Lucas pudo servirse: (1) el Evangelio de Marcos, con pasajes de clara
dependencia literaria donde la crítica redaccional funciona bien; (2) la
tradición que Marcos transcribió pero que Lucas conocía en forma oral
independiente; (3) la tradición Q escrita; (4) el material Q en forma oral; y
(5) la tradición exclusiva de Lucas (L), que constituye entre un tercio y el
cuarenta por ciento del Evangelio. No es necesario postular una sexta fuente,
el «Proto-Lucas», pues, dada la regularidad del estilo de Lucas y el papel
estructural de Marcos, carece de coherencia suficiente. Parece más lógico que
Lucas tuviera acceso a diversas colecciones que incluían relatos y parábolas que
ningún otro evangelista canónico aprovechó.
La
mejor manera de captar las intenciones de Lucas es combinar crítica de la
redacción y de la composición. Con Lucas, sin embargo, dado lo extenso del
material, su uso de la tradición se discierne más fácilmente a partir del nuevo
material que introdujo, señaladamente:
•
el fuerte vínculo mostrado entre
Juan el Bautista y Jesús (1,5-80) y la inclusión de cánticos marcadamente
judeocristianos (caps. 1–2);
•
los relatos sobre los pastores y
el Jesús de corta edad (2,1-20.41-52) y la exhortación del Bautista a una
integridad ética (3,10-14);
•
el extenso relato de la
predicación de Jesús en Nazaret (4,16-30) y la confesión de Pedro de que es un
«pecador» (5,8);
•
la adición de los «ay» a las
bienaventuranzas (6,24-26), la compasión por la viuda de Naín (7,11-17) y la
aceptación de los cuidados de una pecadora (7,36-50);
•
la prominencia de las mujeres que
apoyaban a Jesús (8,2-3) y el temprano comienzo del viaje a Jerusalén (9,51),
que ofrece marco para una proporción mucho mayor de tradición (9,51–19,26);
•
el encuentro con samaritanos
(9,52-56), la misión de los setenta y dos (10,1-12.17-20) y las parábolas del
buen samaritano (10,29-37) y de María y Marta (10,38-42);
•
el peligro de la codicia
(12,13-21), la parábola de la higuera estéril (13,1-9), la lógica de curar en
sábado (14,1-6) y la importancia de la humildad (14,7-14);
•
el interés prioritario por los
extraviados (15,8-32), la parábola del hombre rico y Lázaro (16,19-31), el
samaritano agradecido (17,11-19), las parábolas del juez inicuo (18,1-8) y del
fariseo y el recaudador (18,9-14) y la salvación de Zaqueo (19,1-10).
Cuando
percibimos en estos materiales lo que entendía Lucas que la tradición de Jesús
decía a sus contemporáneos, vemos que concuerdan con lo que encontramos en el
resto del tercer Evangelio y en el conjunto de Lucas-Hechos.
Respecto
a la segunda pregunta, hay que tener presente que Lucas compuso dos libros
estrechamente conectados. Cuando escribió el Evangelio ya tenía la intención de
escribir un segundo volumen: no pretendió que el Evangelio fuera completo en el
sentido en que lo eran Marcos y Mateo, sino que veía sus dos volúmenes como
partes de una misma narración situada en la historia del mundo. Comienza Hechos
refiriéndose al primero como el relato de «lo que Jesús empezó a hacer y
enseñar» (Hch 1,1). Para responder a la segunda pregunta hay que tener en
cuenta también Hechos, pues sus objetivos eran una extensión de los del
Evangelio.
b.
La significación de Jesús
Lucas
realza la cristología marcana de Jesús como Hijo de Dios mediante el relato de
la concepción virginal (1,32.35) y refuerza el tema de Dios como «Padre», pero
por lo demás conserva las referencias Hijo/Padre de Marcos y Q. Notablemente,
deja la respuesta de Jesús al sumo sacerdote en el ambiguo «Vosotros decís que
yo soy» (22,70), y convierte la confesión del centurión en «Ciertamente, este
hombre era justo» (23,47); creía que Jesús era Hijo de Dios, pero no dio a esa
creencia el énfasis marcano. La condición de Mesías e hijo de David se realza
en el relato del nacimiento, pero por lo demás conserva el tono marcano; en las
escenas finales se acelera el ritmo (la aclamación como «rey», la explicación
de que «Cristo» significa «rey»), y el clímax de las apariciones es la
exposición de las Escrituras como demostración de que el Cristo tenía que
sufrir antes de resucitar (24,26.46). El secreto mesiánico se reduce
considerablemente. Aunque el tema del cumplimiento es importante, no es tan
estructural como en Mateo y pertenece al tema de más calado del cumplimiento
escatológico; más característico de Lucas es el énfasis en la necesidad divina
(dei) de lo que Jesús hizo y de lo que le sucedió.
Distintivamente
lucano es el relieve del Espíritu Santo en su cristología: en la concepción
(1,35), en el comienzo de la misión (4,1.14) y en la unción para ella (4,18).
Esto conecta con el ramal del «profeta como Moisés», que Lucas conserva: Jesús
provee alimento en el desierto, Moisés y Elías hablan de su «éxodo», expulsa
demonios «por el dedo de Dios», y se declara que, como profeta, debe morir en
Jerusalén (13,33). Lucas conserva la mayoría de las referencias al Hijo del
hombre, con algunas peculiares («el día del Hijo del hombre», 17,22-30),
prominente en su papel escatológico; curiosamente, en Hechos solo aparece una
vez (7,56), confirmando que esa designación no tenía contexto vivo fuera de la
tradición evangélica.
Otro
aspecto destaca la transición que la resurrección formó entre la misión de
Jesús y su estado exaltado: el cuidadoso empleo del título «Señor» (kyrios).
Lucas se abstiene de ponerlo en labios de quienes acompañan a Jesús durante su
misión; solo en Lc 24,34, tras la resurrección, sus allegados se refieren a él
como «el Señor». Lucas tomó en serio la temprana confesión que atribuye a
Pedro: «Dios ha constituido en Señor y Mesías a este Jesús» (Hch 2,36). En
Hechos el aserto pospascual es regular; el propio Lucas, como narrador, llama a
Jesús «el Señor», pues contaba la historia desde una perspectiva pospascual,
pero tuvo cuidado en conservar la impresionante transformación que la
resurrección produjo en la fe de los primeros discípulos.
Irónicamente,
este énfasis en la resurrección refleja un cambio respecto a la función de la
cruz. El relato marcano incluía la idea de la muerte como «rescate por muchos»
(Mc 10,45), la sangre «derramada por muchos» (14,24); pero Lucas prefiere otra
versión de la enseñanza sobre la grandeza (22,24-27) y, en la Última Cena, el
énfasis cambia de sacrificio expiatorio a sacrificio pactal («la nueva alianza
en mi sangre»). En Hechos, las referencias a la muerte de Jesús carecen del
hincapié en la expiación; las alusiones al Siervo retoman el tema de la
justificación tras el sufrimiento, no el sufrimiento vicario; y la alusión a Dt
21,22-23 («colgándolo de un árbol») parece destacar la vergüenza, sirviendo al
tema humillación-justificación. Un aspecto notable de Lucas-Hechos es, pues, la
casi completa ausencia de la teología de la muerte de Jesús como sacrificio
expiatorio; el pensamiento es mucho más de maravilla por la resurrección y por
el poder del Espíritu. Esto podría reflejar una perspectiva teológica temprana
pronto dejada atrás, que Lucas tuvo la fidelidad de reflejar.
En
cuanto a la importancia de Jesús, el uso lucano de la tradición parece más
constreñido que el de Marcos y Mateo. Lucas sigue a Marcos en conservar la
narración ordenada culminante en muerte y resurrección, y, aunque no presiona
para entender esa muerte como desagravio por el pecado, mantiene el énfasis en
su necesidad y en la diferencia decisiva de la resurrección. Para Lucas no
había embarazosa transición entre el Jesús prepascual y el pospascual, entre el
Evangelio y Hechos: transmitía gustosamente su tradición cuidadosamente
investigada, sin necesidad de crear nuevos motivos ni airear aspectos
desconcertantes.
c.
El carácter del Evangelio
No
es casual que Lucas sea el único sinóptico en llamar a Jesús «Salvador» (Lc
2,11): algo consustancial del evangelio para él es que «salva», lo cual es muy
perceptible en Hechos (no hay salvación en ningún otro nombre; «cree en el
Señor Jesucristo y te salvarás»). Igualmente significativo es el énfasis en el
perdón y en el arrepentimiento que da lugar al perdón: Lucas crea una inclusión
intencional entre el mensaje del Bautista y el clímax de la misión de Jesús,
donde la consecuencia de la resurrección es «la predicación del arrepentimiento
y el perdón de los pecados... a todas las naciones» (24,47). Para Lucas, el
evangelio puede resumirse como promesa de perdón de los pecados; pero sostiene
también la importancia de la fe. La paz es otro efecto característico (el
Benedictus, el saludo de los seres celestiales, el envío de los discípulos con
un mensaje de paz).
Notable
es la prominencia del tema de los «pecadores»: el evangelio lleva esperanza a
los pecadores, término que Lucas emplea mucho más que los otros. Añade la
confesión de Pedro como pecador (5,8), la pulla de que Jesús es «amigo de
pecadores» (7,34), la identificación de la mujer que lo unge, las parábolas de
las cosas perdidas dirigidas a los que murmuran que come con pecadores
(15,1-2), la alegría del cielo por un pecador arrepentido, la parábola del
fariseo y el recaudador (18,13-14) y la hospitalidad a Zaqueo. El interés del
evangelio va más allá de las convenciones sociales y la tradición religiosa,
como muestran las parábolas exclusivas del buen samaritano, la higuera estéril
y el juez inicuo. Lucas no emplea en el Evangelio el término paulino «gracia»
de modo evangélico, pero su historia de Jesús ilustra esa característica.
Distintivo
de la imagen lucana es el hincapié en el Espíritu Santo: el Bautista lleno del
Espíritu desde su nacimiento; la concepción de Jesús; Zacarías, Simeón; Jesús
«lleno del Espíritu» que regresa «por la fuerza del Espíritu» y se proclama el
ungido de Is 61,1; el gozo en el Espíritu al regreso de los setenta y dos; y la
promesa misma del Espíritu (11,13). La relativa falta de referencias al
Espíritu en todos los Evangelios llama la atención, pero Lucas tiene las
suficientes para preparar la importancia del don del Espíritu en Hechos: la
predicción del Bautista de uno que bautizará con Espíritu y fuego se tomó en
serio y devino factor decisivo en la misión. El Espíritu es complemento
esencial del perdón y lo que completa el bautismo y la fe. Lucas estaba
especialmente impresionado por la tangibilidad del Espíritu, ofreciendo más de
un precedente para el «entusiasmo» de épocas posteriores.
Lucas
lleva a su segundo libro el núcleo de la predicación de Jesús sobre el reino de
Dios. Aunque Pablo no se esfuerza mucho en indicar esa continuidad y Juan pasa
por alto la enseñanza del reino, Lucas estaba decidido a demostrar que ese
mensaje seguía siendo elemento principal de la predicación cristiana: sus
referencias al «reino de Dios» igualan o superan las de Marcos y Mateo, e
insiste en su prominencia en la predicación de Felipe y de Pablo; usa como
«sujetalibros» de Hechos dos referencias al reino (1,3; 28,30-31). Las
características lucanas pueden parecer confusas: omite el sumario marcano («el
reino de Dios está cerca»), matiza la inminencia, y distingue la caída de
Jerusalén de la venida futura del Hijo del hombre, añadiendo «los tiempos de los
gentiles». Lo confuso no es la tensión entre presencia y futuro del reino —ya
evidente en la proclamación de Jesús—, sino la preocupación por que la cercanía
no se exagere. La suposición de que Lucas adaptó su narración para resolver «el
retraso de la parusía» es más una preocupación del siglo XX que de Lucas: lo
que le inquietaba era que la ansiedad por el tiempo desviara la atención de lo
que importaba, que era vivir el reino y comprometerse con el reinado de Dios,
cualesquiera persecuciones que entrañara.
d.
Israel y los gentiles
Uno
de los aspectos más llamativos es cómo cada evangelista lidia con la realidad
de que, cuando escribía, ya estaba establecido que la buena noticia era tanto
para los gentiles como para Israel. La cuestión es de especial importancia para
Lucas, que tuvo desde el principio el propósito de que la «primera palabra»
fuera seguida de una «segunda» (Hch 1,1). Hay dos peculiaridades en su tema: el
carácter judío de la misión de Jesús y del evangelio predicado, y el hecho de
que ese evangelio, siendo buena noticia para Israel, lo sea igualmente para las
naciones. Lo que se hace cada vez más evidente es la continuidad que Lucas veía
entre Israel, por un lado, y la misión de Jesús y el compromiso con los
gentiles, por otro.
El
carácter judío y centrado en Israel del evangelio según Lucas es marcado: la
narración inicial empieza y termina en el templo; se predice que el Bautista
convertirá a muchos de Israel y que Jesús reinará sobre la casa de Jacob; los
personajes (Zacarías, María, Simeón, Ana) son admirables desde la piedad judía;
los cánticos (Magníficat, Benedictus) siguen el modelo de la oración de Ana y
se hacen eco del Salterio, culminando en el recuerdo de la promesa a Abrahán.
Solo Lucas presenta a Jesús declarando cumplida la profecía de Is 61,1-2
(4,16-21); mantiene el énfasis en Jesús-profeta; conserva la tradición de los
Doce que juzgarán a las tribus; y subraya la dimensión de Nueva Alianza en la
Última Cena (22,20). El tema continúa en Hechos: la pregunta sobre el
restablecimiento del reino de Israel (1,6), que Jesús no desestima; la
sustitución de Judas para completar los Doce; los sermones de Pedro con sus
ecos de Abrahán y los profetas; la misión «comenzando desde Jerusalén»; y el
final con un Pablo que predica todavía «el reino de Dios» (28,30-31). Así, el
tema del cumplimiento es tan marcado en Lucas como en Mateo, aunque no se trate
tan explícitamente.
Igualmente
notable es la repetida indicación de que esa buena noticia no es solo para
Israel, sino también para los gentiles, presente tanto en el Evangelio como en
Hechos: la visión de Simeón de una «luz para iluminar a los gentiles»
(2,29-32), con ecos del Siervo de Isaías; la prolongación de la cita de Is
40,3-5 hasta «todos verán la salvación de Dios»; la advertencia del Bautista
(«Dios puede sacar de estas piedras descendientes de Abrahán»); la genealogía
que se remonta a Adán, hijo de Dios; la ampliación del relato de Nazaret con
los ejemplos de Elías y Eliseo enviados a no judíos (4,25-27); el centurión
gentil y la expectativa de que muchos vendrán de oriente y occidente; la doble
misión (a los Doce y a los setenta y dos); y, particularmente, la prominencia
de los samaritanos (la reprensión a Santiago y Juan, la parábola del buen
samaritano, el leproso agradecido). En Hechos se confirma con la cita de Gn
12,3, el encargo a Pablo de ser luz para el mundo, la lección de Pedro sobre
pureza, y la resolución del problema gentil por Santiago, que cita Amós 9,11-12
y formula el «decreto apostólico» tomando como base la legislación del
«residente extranjero».
Hay,
pues, una insistencia de Lucas en que el evangelio no es ajeno a Israel ni está
en oposición a la Ley, sino que busca la restauración de Israel, la realización
de las esperanzas de los profetas y la inclusión de los gentiles como parte del
cumplimiento de esas esperanzas. A diferencia de Marcos, no se centra en la
discontinuidad entre la Ley y un mensaje abierto a los gentiles; a diferencia
de Mateo, no pugna con los rabinos por la herencia de Moisés. Para Lucas, el
Evangelio no es evangelio salvo cuando trabaja por el cumplimiento de la
esperanza de Israel, que incluye a los gentiles dentro de ella. La continuidad
no era de Israel dejado atrás, sino de la esperanza de Israel cumplida
precisamente con la inclusión de los gentiles. Lucas veía implicaciones en la
tradición de Jesús que pudo desarrollar y hacer explícitas en el material sobre
el que tenía pleno control, sin crear material nuevo ni insertar libremente sus
preocupaciones.
e.
Prioridades del discipulado
Un
aspecto sorprendente, por no decir decepcionante, de Hechos es que su autor no
aprovechó la oportunidad para describir las cuestiones éticas y prioridades de
las nuevas iglesias; faltan la clase de enseñanza del sermón de la llanura o
las cuestiones que trató Pablo en sus cartas. Hay referencias a la comunidad de
bienes y a la colecta para Judea, y notas éticas en el discurso de Mileto, pero
descripciones sumarias dicen poco sobre cómo vivían los primeros cristianos.
Notable es la ausencia completa de referencias al amor en Hechos;
presumiblemente Lucas supuso que la parénesis del Evangelio continuaba la
enseñanza, pero el silencio resulta desconcertante.
A
diferencia de Mateo, el Evangelio de Lucas parece carecer de una preocupación
explícita por la enseñanza, pero esto no debe restar importancia a sus temas
pastorales y éticos. Una indicación temprana es el párrafo, solo suyo, sobre la
predicación del Bautista, que exhorta a la generosidad y la justicia (3,10-14).
Lucas destaca la humildad más que los demás (el sentimiento de falta de
merecimiento del centurión, la enseñanza sobre la grandeza con el niño como
modelo, la parábola del fariseo y el recaudador). Más prominentes son las
repetidas advertencias contra los peligros de la riqueza, características de su
Evangelio:
•
Dios «despidió a los ricos sin
nada» (1,53) y «¡ay de vosotros, los ricos!» (6,24);
•
mientras Marcos apunta a la
«seducción de la riqueza», en Lucas la ahoga simplemente la riqueza (8,14); la
advertencia contra la codicia (12,15) va seguida de la parábola del rico necio
(12,16-21);
•
el discipulado tiene como
condición la entrega de los propios bienes (12,33; 14,33), como ilustran los
primeros discípulos; los fariseos son descalificados como «amantes de las
riquezas» (16,14);
•
la parábola del hombre rico y
Lázaro resume tales prioridades (16,19-31); se agudiza el reto al joven
principal («Vende todo lo que tienes», 18,22); y la promesa de Zaqueo suscita
la respuesta «Hoy, la salvación ha llegado a esta casa» (19,8-9).
Un
corolario natural es la preocupación por los pobres, presente desde el
Magníficat («llenó a los pobres de cosas buenas») y la primera bienaventuranza
(«vosotros los pobres»), en cierto contraste con los «pobres de espíritu» de
Mateo.
Notable,
en una sociedad patriarcal, es cómo Lucas pone de relieve la atención de Jesús
a las mujeres y su papel en su misión: Isabel, María y Ana; la pecadora de
7,36-50; el ministerio de mujeres en 8,2-3; Marta y María; la viuda de Naín y
la mujer encorvada; la viuda persistente; y la presencia destacada de mujeres
en las escenas finales. La característica más distintiva, sin embargo, es la
prominencia de la oración de Jesús: el Evangelio empieza en ambiente de
oración; el Espíritu baja mientras Jesús ora; Jesús se retira a orar, pasa la
noche en oración antes de elegir a los Doce, ora antes de la confesión de Pedro
y durante la Transfiguración; su práctica lleva a los discípulos a pedirle que
les enseñe a orar; y las parábolas del amigo importuno y del juez inicuo
enseñan la persistencia en la oración. Lucas optó por destacar el tema para
ofrecer con la vida de Jesús un modelo de oración.
La
comparación con los otros sinópticos es interesante: mientras Marcos y Mateo
transcriben el evangelio para ofrecer un manual de disciplina, Lucas lo usa
para hacer comprender aspectos de la misión de Jesús con consecuencias
prácticas para los valores y prioridades de la vida conforme al evangelio.
Sigue a Marcos en las «condiciones del discipulado», las realza con más
materiales y comparte mucho de lo que Mateo reunió en el sermón del monte,
aunque más disperso, lo que sugiere que prefería la enseñanza parenética
episódica. Expone su mensaje pastoral de manera alusiva y mediante parábolas,
muchas desconocidas por los otros evangelistas, decisión pedagógica con la que
impulsaba a su público a prestar atención: narró la historia de Jesús como la
parábola de Jesús.
De
nuevo se ve cómo un experto transmisor supo narrar de manera eficaz los
episodios y parábolas de la tradición. Su centrarse en aspectos particulares
fue apropiado, y nada de lo que expuso dejó de mostrar profundamente arraigado
en la tradición conocida por los discípulos. El Evangelio de Lucas era una
recitación prolongada de la tradición de Jesús, cuyo carácter debía de ser
familiar a la mayoría de los cristianos. En suma, la «exposición ordenada» de
Lucas (1,3) no era probablemente distinta de las de sus predecesores: su manera
de manejar la tradición era típica del modo en que ellos se habían servido de
ella. Si se hubiera presentado aportando material nuevo y desconocido o un
retrato discordante, difícilmente habría convencido a Teófilo de la «certeza»
de lo recibido. Lo que buscaba era la confirmación de esa enseñanza anterior.
Los aspectos que trae a primer plano se reconocen como aspectos de la tradición
de Jesús, formulados por sus primeros discípulos y familiares a los cristianos
del tiempo de Lucas en una variedad de formatos. El Jesús de Lucas es todavía
Jesús recordado.
42.5. Jesús recordado se convierte en el evangelio de
Jesucristo
Este
capítulo ha examinado cómo era recordado Jesús, una vez visto en el primer tomo
qué se recordaba de él y señaladas las que podrían considerarse primeras
creencias acerca de él. Se ha visto cómo esas primeras creencias formaron el
recuerdo. El evangelio formulado por Pablo y configurado más completamente por
Marcos como una narración (Evangelio) del ministerio de Jesús, culminante en su
muerte y resurrección, fue desarrollado por escrito aproximadamente en los
primeros sesenta años del cristianismo. El hecho mismo de que la buena noticia
fuera puesta por escrito de forma extensa y coherente, con su clímax en la
muerte y resurrección, estando aún en vida los discípulos inmediatos, es una
realidad clave a la que no se ha prestado la atención merecida. Y que las tres
primeras narraciones estén tan interrelacionadas y ofrezcan una visión tan
coherente del ministerio nos da confianza en que esos recuerdos eran de los
discípulos del propio Jesús: el impacto causado por Jesús, extendido al período
oral, acabó dejando su marca en el material de los sinópticos.
Ha
quedado claro que había una amplia variedad de recuerdos de la misión de Jesús
compartidos por sus primeros seguidores. Los discípulos compartían una misma fe
—la evocada por el «evangelio» y expresada en la confluencia de las tradiciones
de los tres primeros Evangelios—, pero esa fe se podía expresar de maneras
diferentes: con los mismos relatos más otros distintos, y con recuerdos de sus
mismas enseñanzas formuladas diversamente según los contextos.
La
forma completa del Evangelio ofrecida por Marcos expuso la buena noticia desde
la perspectiva de la relación de Jesús con Dios (el Hijo de Dios), de su
ministerio de curaciones y exorcismos y de su relación con Israel como Mesías y
con el mundo como el Hijo del hombre, proporcionando además un manual de
discipulado que subrayaba su autoridad como maestro. Mateo siguió a Marcos
—algo cuya importancia no debe pasarse por alto— en la forma de su Evangelio,
exponiendo la significación de Jesús para Israel y ofreciendo un manual de
discipulado y disciplina eclesiástica; su conexión con las tensiones de su
época se percibe en sus enfrentamientos con los herederos de los fariseos por
la herencia de Israel y en sus esfuerzos por presentar una misión dirigida principalmente
a Israel pero abierta a los gentiles. Y Lucas procedió de igual manera,
aprovechando la misma gama de tradiciones, aunque con una investigación
probablemente más amplia, lo que le permitió describir la importancia de Jesús
desde sus propios puntos de vista, subrayar el carácter del evangelio —sobre
todo respecto a los «pecadores» y al don del Espíritu— y poner de relieve que
el evangelio tenía a los gentiles como destinatarios, junto con las prioridades
evangélicas.
Lo
que llama la atención es la unidad de los tres primeros Evangelios en su
diversidad, su «igualdad dentro de la diferencia» en las maneras en que Jesús
era reflejado y presentado. Esto es lo que hizo posible escribir Jesús
recordado: que la rica diversidad de los sinópticos permitió hacerse una
idea de las diferentes lecciones que pudieron sacarse de unos mismos recuerdos,
o, más exactamente, de diferentes recuerdos acerca de un mismo hombre y su
misión. Mostrar el otro lado de la recordación —que los diferentes recuerdos
indican también qué era importante para quienes tenían la responsabilidad de
recordar— ha sido la tarea de este capítulo. Queda la tentación de adentrarse
en la recepción de los sinópticos, pero ello obligaría a entrar de lleno en el
siglo II, lo que es mejor posponer. Antes habrá que estudiar en detalle el
Evangelio de Juan; solo entonces será posible preguntarse cómo era recordado
Jesús en el siglo segundo.
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