El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Undécima parte. Jesús aún recordado
Capítulo 43. El evangelio de Jesucristo, reconfigurado: Juan y Tomás
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Otros
dos documentos titulados «Evangelio» —el Evangelio de Juan y el
Evangelio de
Tomás— comparten rasgos similares pero también opuestos. Ambos hicieron
un uso
abundante de la tradición de Jesús tal como está atestiguada en la
tradición
sinóptica, pero a la vez divergen marcadamente de ella en el contenido
y el
carácter de su material. Esa diversidad en el empleo de la tradición
anterior
difiere tanto de la que se manifiesta entre Marcos, Mateo y Lucas que
ambos
pueden clasificarse como pertenecientes a otra categoría.
Para
quienes conocen el Nuevo Testamento y, por tanto, la canonicidad de
Juan y el
estatus no-canónico de Tomás, este planteamiento puede resultar
discutible.
Pero un examen desapasionado sorprende por la divergencia del
tratamiento
joánico de Jesús respecto a los demás Evangelios canónicos y por la
cercanía de
buena parte de Tomás a la tradición sinóptica. Estudiando ambos
Evangelios por
separado de los demás canónicos, y estableciendo comparaciones
apositivas, se
aprecian mejor los dos aspectos —la divergencia de uno y la cercanía
del otro
respecto a los sinópticos—, para llegar a una apreciación plenamente
informada
de Juan y Tomás. Será importante entender mejor por qué uno fue
admitido en el
canon del Nuevo Testamento y el otro rechazado, y preguntarse si, ante
la nueva
oleada de interés en el Evangelio de Tomás, ese juicio debe ser
revisado o
matizado.
43.1. El Evangelio
según Juan
Cuando
personas poco familiarizadas con los Evangelios pasan de los sinópticos
a Juan,
pueden experimentar cierta sorpresa. Los sinópticos, pese a sus rasgos
distintivos, son considerablemente similares, cortados de un mismo
paño: cuando
se exponen de manera sinóptica, el grado de semejanza y coincidencia es
notable. Lo característico del cuarto Evangelio respecto a los otros
tres es,
en cambio, su desemejanza. Tiene una estructura «evangélica» similar e
incluso
un grado notable de coincidencia, pero su carácter y contenido son muy
diferentes.
La
diferencia plantea un importante problema a la exploración de cómo la
tradición
de Jesús fue recordada y utilizada en las últimas décadas del siglo I y
entrado
el II. Con los sinópticos se da una considerable semejanza en el modo
de usar y
desarrollar la tradición de Jesús. Pero con Juan surgen preguntas de
gran
calado: ¿qué sucedió con esa tradición familiar por los sinópticos?
¿Prescindió
Juan de ella? ¿La desarrolló de modo que sus comienzos en la misión de
Jesús
quedaran oscuros? Los sinópticos mostraron flexibilidad en el uso de la
tradición, pero siempre la mantuvieron con su peculiaridad y estructura
básicas
(«lo mismo aunque distinto»), de modo que se puede distinguir la huella
del que
causó el impacto que dio lugar a la tradición. Con Juan, en cambio, no
es
posible hablar de «lo mismo aunque distinto».
Surge
así la pregunta de si las influencias controladoras que mantenían la
semejanza
básica perdieron su eficacia en el caso del cuarto Evangelio, o si hubo
otras
influencias que configuraron la tradición primitiva en formas muy
diferentes.
¿O era la corriente sinóptica solo una de varias surgidas de la misión
de
Jesús? ¿Produjo Jesús impactos muy distintos en diferentes individuos y
grupos,
de modo que ningún Evangelio podría haber retenido la totalidad de su
misión?
Estas preguntas atañen también a los Evangelios no-canónicos, pero es
significativo que surjan primero con el Evangelio de Juan.
a. El rompecabezas
del Evangelio de Juan
Con
los tres primeros Evangelios, un primer paso natural fue explorar sus
interrelaciones, algunas literarias y otras probablemente orales. En el
caso
del cuarto Evangelio, las diferencias con los sinópticos son tan
grandes que
resulta difícil compararlo con ellos de manera directa. Como la
familiaridad
con los Evangelios puede cegar a los lectores respecto a las
diferencias,
conviene comenzar indicando lo amplias y profundamente arraigadas que
son esas
desemejanzas. Por otro lado, hay considerables indicios de que la
tradición
subyacente al cuarto Evangelio tiene raíces tan hondas que es posible
que Juan
se sirviera de buena tradición histórica para su composición. Sería
sumamente
interesante mostrar que los discursos joánicos, tan diferentes de la
memoria
sinóptica de la enseñanza de Jesús, traen también sus raíces de
tradición
sinóptica o similar.
a.1. Las
diferencias entre los Evangelios sinópticos y el Evangelio de Juan
Las
diferencias se pueden resumir y tipificar contrastando ambas
tradiciones. En
los sinópticos, Mateo y Lucas comienzan con una concepción o parto
virginal; en
Juan, el Evangelio comienza con la encarnación del Logos preexistente.
En los
sinópticos, Jesús va a Jerusalén solo para la última semana; en Juan,
está
activo en Judea durante gran parte de su misión. Los sinópticos
mencionan una
sola Pascua; Juan extiende la misión a tres Pascuas. En los sinópticos
la
última comida es de carácter pascual; en Juan, Jesús es crucificado el
día de
preparación para la Pascua.
En
los sinópticos Jesús habla poco de sí mismo, nunca con declaraciones
del tipo
«yo soy»; en Juan habla mucho de sí, notablemente con esas
declaraciones. En
los sinópticos llama a la fe en Dios y el tema central es el reino de
Dios; en
Juan llama a la fe en él y el reino tiene una presencia muy limitada en
su
discurso. En los sinópticos habla a menudo de arrepentimiento y perdón;
en Juan
no habla nunca de arrepentimiento y de perdón solo en 20,23. Lo típico
de Jesús
en los sinópticos es expresarse en aforismos y parábolas; en Juan entra
en
largos diálogos y consideraciones enrevesadas. Habla solo
ocasionalmente de
vida eterna en los sinópticos, pero regularmente en Juan. Muestra gran
preocupación por los pobres y los pecadores en los sinópticos, y poca
en Juan.
Los exorcismos son parte notable del ministerio en los sinópticos,
mientras que
en Juan no hay ninguno. Y peculiar del cuarto Evangelio, sin verdadero
paralelo
en los sinópticos, es su dualismo (arriba/abajo, luz/tinieblas).
Antiguas
explicaciones armonizadoras pretendían justificar estas diferencias
aduciendo
que Jesús habló a distintos auditorios: los sinópticos recordarían su
enseñanza
a las multitudes, y Juan a sus discípulos. Pero, como señaló hace mucho
David
Friedrich Strauss, el discurso de Jesús en Juan tiene un estilo
constante, ya
hable con Nicodemo, con la samaritana, con «los judíos» o con los
discípulos;
estilo muy similar al del Bautista y al de 1 Juan. La inferencia
inevitable es
que el estilo es el del evangelista o el de su tradición, más que el de
Jesús.
Por
otro lado, parece escasamente creíble que Jesús articulara
declaraciones como
las iniciadas con «yo soy», tan vívidamente asertivas de su persona,
sin que
ninguno de los sinópticos las recordase o recogiese. ¿Cómo pudieron ser
desconocidas o no consideradas por los evangelistas anteriores? La
única
conclusión obvia es que esos dichos con «yo soy», tan distintivos de
Juan, no
pueden remontarse, tal como los conocemos, a Jesús mismo: se trata de
tradición
desarrollada mucho más allá de sus raíces en la misión de Jesús.
a.2. El
valor histórico del Evangelio de Juan
Pese
a las diferencias, hay muchos indicios de que el Evangelio de Juan
tiene buenas
raíces en los acontecimientos históricos de la misión de Jesús. Un
ejemplo
frecuentemente citado son los varios detalles geográficos dispersos a
lo largo
de la narración joánica que, al no servir a ningún propósito literario
o
teológico discernible, probablemente corresponden a reminiscencias
históricas:
Betania al otro lado del Jordán (1,28); Caná de Galilea (2,1; 4,46);
Ainón,
cerca de Salim (3,23); el pozo de Jacob, cerca de Sicar (4,5-6); la
piscina de
Bezatá (5,2); la piscina de Siloé (9,7); la ciudad de Efraín (11,54);
el
torrente Cedrón (18,1); y el «Enlosado» o Gabbatha (19,13). Todas estas
indicaciones se encuentran solo en Juan y se explican como detalles
históricos
adheridos a la formulación más antigua de estas tradiciones.
Igualmente
llamativas son las coincidencias entre Juan y la tradición sinóptica.
Un
ejemplo muy bueno son las tradiciones sobre Juan el Bautista. En ellas
se
observa que: la misión del predecesor inmediato de Jesús se
caracterizaba por
un bautismo y se ejercía en el Jordán; está indicado el éxito de la
misión del
Bautista; se cita Is 40,3 («la voz que clama en el desierto»); el
Bautista
establece el contraste entre su categoría y la del que viene («no soy
digno de
desatarle la correa de su sandalia»); contrasta su bautismo con agua y
el del
que viene en Espíritu Santo; se da por hecho que administra el bautismo
a
Jesús; los cuatro Evangelios dejan claro que el Espíritu Santo bajó
sobre él
«como una paloma»; la bajada del Espíritu se relaciona con la condición
de Hijo
de Dios de Jesús (en los sinópticos por la voz del cielo, en Juan por
el
testimonio del Bautista); y se refiere el encarcelamiento del Bautista.
Cabe
poca duda de que los cuatro evangelistas se sirvieron de la misma
tradición: el
recuerdo de los primeros discípulos de que la misión de Jesús surgió de
la
exitosa misión del Bautista y de lo sucedido junto al Jordán, con la
bajada del
Espíritu Santo confirmando su condición de Hijo de Dios. Casi la única
parte de
la enseñanza del Bautista recordada por los cuatro es el contraste
entre su
bautismo en agua y el del que viene en el Espíritu, lo que sugiere que
la
conciencia de ser beneficiarios del don del Espíritu estaba entre las
características de los primeros cristianos. Podemos dar por seguro que
este
recuerdo y este relato básico formaron parte de la tradición oral desde
el
principio.
Otras
coincidencias sustanciales son: la purificación del templo (2,14-22),
aunque
Juan la sitúa al comienzo de la misión; la curación del hijo del
funcionario
real (4,46-54); la combinación de la multiplicación de los panes y el
caminar
sobre las aguas (6,1-21); la confesión de Pedro (6,68-69); la unción en
Betania
(12,1-8); el relato joánico de la pasión, que comparte la misma
estructura que
los sinópticos; y la pesca milagrosa (21,1-14), que podría ser una
reelaboración de la tradición usada por Lucas (Lc 5,1-11). Todos estos
ejemplos
comparten el rasgo «sinóptico» de «lo mismo aunque distinto» y apuntan
a que
son variaciones de una misma tradición básica con raíces en los inicios
de la
tradición de Jesús. Diferentes miembros del grupo inicial acentuaron
distintos
aspectos de una corriente compartida, con recuerdos personales sobre
detalles
concretos.
Todavía
más sorprendentes son los datos históricos que ofrece Juan, sobre todo
en
relación con la tradición compartida con los sinópticos. La tradición
del
Bautista es de nuevo la más esclarecedora, pues Juan parece servirse de
tradición que los otros pasaron por alto o desconocían. No duda en
incluir el
período anterior al encarcelamiento del Bautista (3,24) durante el cual
la
misión de Jesús se solapó con la de Juan (3,22-36), aunque el
evangelista niega
que Jesús mismo bautizara (4,2). Esta tradición se remonta casi con
seguridad a
los primeros discípulos, ya que incluye el dato de que algunos
discípulos
principales de Jesús habían sido antes discípulos del Bautista
(1,35-42), dato
que no parece inventado dada la situación embarazosa que suponía.
Es
digna de mención la clara evidencia de cómo la tradición oral de Jesús
(y del
Bautista) pudo ser tratada: omitiendo un aspecto importante para evitar
confusión entre las dos misiones y subrayar la peculiaridad de Jesús
(sinópticos); o enfocando la tradición en el papel del Bautista como
testigo de
Jesús y en su importancia inferior (Juan). El hecho de que la tradición
sinóptica suprimiera el período de solapamiento dificulta evaluar la
tradición
joánica del modo usual. Pero podemos confiar en que esta también se
remonta a
los primeros discípulos; de hecho, ha conservado un recuerdo más nítido
del
solapamiento. Una simple regla de que la tradición sinóptica es siempre
más
fiable que la de Juan queda, pues, invalidada.
Otros
ejemplos de detalles adicionales proporcionados por Juan: en el
episodio de la
purificación del templo, dice Jesús «Destruid este templo, y en tres
días lo
levantaré» (2,19), las mismas palabras que Marcos y Mateo atribuyen a
un falso
testimonio en el proceso. Es difícil evitar la conclusión de que Jesús
predijo
realmente la destrucción del templo y quizá habló también de su
reconstrucción.
En tal caso, Juan es un mejor testigo de Jesús que los sinópticos, y
queda
patente que la memoria oral de lo que Jesús dijo se conservó pese a la
manera
en que fue usado contra él. La versión de Juan refuerza además la
posibilidad
de que Jesús impartiera enseñanza en el contexto de la purificación, y
de que
la combinación de ambas cosas determinara la acción de las autoridades.
También, entre los dos milagros de Jn 6, el evangelista insertó la nota
de que
la multitud quería «tomarlo por la fuerza para hacerlo rey» (6,15),
dato muy
verosímil que ayuda a entender aspectos extraños del relato de Marcos.
Una
de las diferencias más llamativas es que los sinópticos ponen el foco
en la
misión en Galilea, mientras que gran parte de la narración de Juan se
centra en
Judea y Jerusalén. No es improbable que Jesús hiciera más visitas a
Jerusalén
de lo que indica la tradición sinóptica: el período inicial de
coincidencia con
el Bautista sugiere una misión temprana en Judea; Lucas vincula a María
y Marta
(Lc 10,38-42), y Juan concreta que el pueblo es Betania, cercano a
Jerusalén
(11,1.18; 12,1-8); la expresión «cuántas veces» del lamento de Jesús
por
Jerusalén (Mt 23,37-38/Lc 13,34-35) sugiere viajes frecuentes; y el
hecho de
que los sinópticos omitieran los comienzos de Jesús en el movimiento
del
Bautista induce a pensar que pudieron hacer algo similar con la misión
en
Judea. Se puede suponer también que Jesús tenía seguidores cercanos en
Jerusalén, a juzgar por los discípulos que le proporcionaron el asno
para la
entrada y la sala para la Última Cena.
¿Por
qué la tradición sinóptica omitió anteriores visitas de Jesús a
Jerusalén? La
exclusión deliberada del período de solapamiento con el Bautista es
indicio
suficiente de omisión voluntaria. Quizá Marcos o su tradición quisieron
hacer
de la visita final a Jerusalén la culminación de la historia, y Mateo y
Lucas
le siguieron. Dado que los dirigentes de la comunidad jerosolimitana
eran
galileos, se entiende que la tradición que iniciaron se centrara en
Galilea.
Juan, por su parte, no se desentiende de la misión galilea, aunque las
idas y
venidas de Jesús en los primeros capítulos dan cierta impresión de
torpeza. Los
milagros de ese material (4,46-54; 6,1-21) son los más cercanos a la
tradición
sinóptica. Pero a lo largo del cuarto Evangelio crece la probabilidad
de que
Juan tuviera para la misión de Jesús una fuente diferente de los
recuerdos de
Pedro, o que al menos los complementaba: la figura del «discípulo al
que Jesús
amaba» (13,23; 19,26; 21,7), que pudo ser buena fuente para el período
de
solapamiento y tenía buenos contactos en Jerusalén (era conocido del
sumo
sacerdote). Esto explicaría episodios y contactos como Nicodemo y José
de
Arimatea, que los otros transmisores desconocían.
Con
solo el testimonio de Juan para la misión en Judea, y dada la libertad
con que
representa los recuerdos, es difícil sacar conclusiones firmes. Pero la
explicación más verosímil es que Juan se sirvió de buenos recuerdos de
una o
más visitas de Jesús a Jerusalén, aunque los utilizara conforme a su
peculiar
estilo parabólico o simbólico.
a.3. La
enseñanza de Jesús
Quizá
se haya exagerado el contraste entre los dichos aforísticos y las
parábolas de
los sinópticos y los discursos joánicos, pues la enseñanza de Jesús en
Juan
incluye material parabólico y, lo que es más interesante, los discursos
joánicos a menudo parecen haber sido desarrollados a partir de una
enseñanza
más aforística de Jesús que la de la tradición sinóptica.
Diversos
ejemplos lo muestran: en 3,5 («a menos que una persona nazca de agua y
Espíritu
no podrá entrar en el reino de Dios») se conserva la única referencia
joánica
de tipo sinóptico al «reino de Dios», emparentada con Mt 18,3; en 3,29
(la
presencia de Jesús como la del novio) refleja Mc 2,19-20; en 5,19-30
(la
relación entre el Padre y el Hijo) podría desarrollarse a partir de Mt
11,27/Lc
10,22; en 6,20 («Soy yo; no temáis») la estrecha semejanza con Mc 6,50
sugiere
que los dichos «yo soy» fueron sugeridos al evangelista por la
aparición
epifánica sobre las aguas; en 6,26-58 (el discurso del pan de la vida)
reflexiona sobre las palabras de la Última Cena; en 8,31-58 (sobre ser
descendiente de Abrahán) podría partir de la advertencia del Bautista;
en 10,1-18
(el buen pastor) procede del uso por Jesús de la imagen de la oveja
perdida; en
12,24-26 amplía la enseñanza sobre el coste del discipulado (Mc 8,35);
en
13,13-16 (el lavatorio de los pies) ilustra enseñanzas como Mt
10,24-25; y en
14,16-17, 15,26-27 y 16,4-15 (la promesa del Espíritu) empezó
probablemente con
la aserción de que el Espíritu inspiraría lo que dijeran los discípulos
(Mc
13,11). La fórmula «En verdad, en verdad», tan regular en Juan, procede
de la
tradición de la introducción por Jesús de dichos con «En verdad…».
Varias
exhortaciones similares a las sinópticas salpican los capítulos 13-16
(por
ejemplo, 13,16; 13,20; 13,34-35; 15,14-15; 15,16; 15,18-21; 16,1-4;
16,23-24;
16,32). Los discursos contienen también parábolas de forma no alejada
de la
canónica y series de dichos cercanos al patrón sinóptico. El
solapamiento con
la tradición sinóptica en un punto tras otro indica conocimiento
independiente
de la enseñanza que las iglesias primitivas recordaban como de Jesús.
La
relativa falta de reelaboración de estos puntos permite reconocer el
paralelo
(la memoria compartida de una misma enseñanza) y afirmar con confianza
que los
discursos de Juan proceden de recuerdos de lo que Jesús enseñó en
Galilea o en
Judea.
En
suma, pese a las diferencias de estilo, desarrollo y enriquecimiento,
varios
discursos de Juan están profundamente enraizados en tradición similar a
la
sinóptica. No hay que excluir que Juan conociera otra tradición de ese
tipo, no
recogida en los sinópticos, y tratada de manera análoga. ¿Son, pues,
los
discursos joánicos un ejemplo de lo radical y ampliamente que la
tradición de
Jesús podía ser desarrollada dentro de las iglesias del cristianismo
emergente
a finales del siglo I?
b. ¿Cómo procedió
Juan en la composición de su
Evangelio?
Se
puede suponer que la producción del Evangelio de Juan en su forma final
fue
resultado de un largo proceso, cuyo comienzo y final están bastante
claros. El
contenido se puede retrotraer en buena parte a la primera generación de
creyentes, a testigos presenciales y de oídas cercanos a Jesús; la
tradición
del Bautista es ilustración suficiente de ello. Y es claro que en una
redacción
final se añadió Jn 21 y el final del testimonio de 21,24 (pues 20,30-31
marca
una conclusión obvia). Pero entre ese comienzo y final, el carácter del
proceso
es oscuro y abierto a especulaciones: ¿sufrió la versión final una
redacción
muy sustancial (según Bultmann)? ¿Pudo servirse de una «fuente de
señales»?
¿Hubo una fase samaritana de desarrollo? ¿Es el prólogo (1,1-18) una
adición
tardía? ¿Es la forma final realmente la pretendida, o consiste en una
estructura de «piezas móviles» flexible para el culto y la meditación?
El
debate más largo es si Juan conoció uno o más de los Evangelios
sinópticos. El
argumento de la dependencia tiene cierta sustancia, reforzado por los
paralelos
anotados. Pero es en parte producto de la misma mentalidad literaria
que ha
distorsionado los estudios de los Evangelios durante siglo y medio,
según la
cual toda semejanza indica influencia literaria. La hipótesis de
trabajo del
presente estudio es diferente: hubo un largo período (20-30 años) en
que la
tradición de Jesús se conoció y utilizó casi exclusivamente en forma
oral,
celebrada, enseñada y transmitida en diversas formas, variedad aún
apreciable
en la tradición sinóptica, que no debe considerarse la suma total de la
tradición. El corolario para Juan es claro: o bien conocía mucha
tradición
similar a la sinóptica, o bien la tradición joánica tuvo su origen en
material
similar al sinóptico. Puesto que no hay ningún caso manifiesto de
copia, es
razonable concluir que, en una sociedad predominantemente oral, una
tradición
similar a la sinóptica era parte del material de base sobre el que se
construyó
la presentación joánica de Jesús. Sobre todo en la forma final, Juan se
sintió
libre de moldear a su manera la tradición de que disponía.
b.1. El
marco de la misión de Jesús
En
cuanto al marco de la misión, Juan difiere marcadamente de los
sinópticos.
Mientras que Lucas utilizó el sermón en la sinagoga de Nazaret para
mostrar el
carácter de la misión (Lc 4,16-30), Juan proporciona un doble
paréntesis
inicial: la boda de Caná (2,1-11), tradición desconocida para los
sinópticos
pero que ilustra el carácter semejante a una boda de la misión de
Jesús, con un
simbolismo obvio (el agua de los ritos judíos transformada en vino de
calidad);
y la purificación del templo (2,14-22), muy probablemente la versión
joánica de
la tradición sinóptica, que ellos sitúan al final. Es improbable que
hubiera
dos episodios de ese tipo, pues ambos relatos tienen el mismo carácter.
La
conclusión más natural es que Juan empezó su narración con la
purificación del
templo porque, junto con la boda de Caná, anunciaba y compendiaba el
efecto de
la misión de Jesús en relación con su judaísmo natal: él iba a
transformar el
ritual judío de pureza en vino nuevo; iba a reemplazar el templo con su
propio
cuerpo (2,21); el agua que él da supera el agua del pozo de Jacob
(4,12-14) y
el pan del cielo supera el de Moisés (6,30-35). Igual que Lucas
trasladó la
predicación de Nazaret, Juan se sintió libre de trasladar la culminante
purificación para preparar y resumir lo que iba a pasar. Esto solo
parecería
atrevido si supusiéramos que los evangelistas debían ordenar sus
materiales en
estricto orden cronológico, suposición que contradice demasiados
indicios.
Si
Juan se sintió libre de modificar el comienzo, se sintió igualmente
libre de
elaborar el paréntesis de cierre. En los sinópticos fue la
«purificación» del
templo lo que desencadenó la oposición final y condujo al arresto. Juan
apunta
a un desencadenante muy diferente: la resurrección de Lázaro es la
causa
inmediata de las medidas finales contra Jesús. Las señales que había
realizado,
con culminación en Lázaro, llevaron al sumo sacerdote a concluir que
era
preferible que muriera un hombre por el pueblo (11,47-53.57). Juan
refuerza la
cuestión refiriendo la fama de la resurrección de Lázaro y la amenaza
que
suponía para el statu quo (12,9-11.17-19).
De
la resurrección de Lázaro ninguno de los otros evangelistas muestra
conocimiento. Es concebible que la tradición primitiva dejara a un lado
el
episodio por miedo a represalias contra Lázaro (12,10). Pero los
sinópticos se
escribieron cuarenta o más años después, cuando Jerusalén había sido
devastada.
Además, el relato refleja las creencias de las iglesias joánicas
posteriores:
la señal que prefigura la resurrección de Jesús, la inconsciente
confesión del
sumo sacerdote, el hecho de que muchos judíos pasaran a creer, y la
expulsión
de la sinagoga. Es difícil evitar la conclusión de que Juan trasladó la
purificación del templo a los primeros capítulos para proporcionar una
ventana
a través de la cual contemplar la misión de Jesús, y para dejar espacio
a su
propia versión del momento culminante.
b.2.
Misión sanadora de Jesús
Es
sorprendente la manera en que Juan estructuró la actividad sanadora de
Jesús
(Jn 3-12), en lo que C. H. Dodd designó como «el libro de las señales».
Juan
parece trabajar con un patrón de milagros característicos, cada uno
destacando
un aspecto de la misión de Jesús y su significado; ningún tipo de
milagro se
repite. Tomó seis milagros característicos, quizá representativos,
exponiendo
su significado mediante un largo discurso o diálogo vinculado al
milagro. La
exposición se subraya con el término «señal», un suceso significativo
de mayor
alcance que el suceso en sí. Los temas más persistentes son la nueva
vida y la
luz frente a las tinieblas, ya anunciados en el prólogo (1,4-5.7-9).
El
esquema es el siguiente: la conversión del agua en vino (2,1-11),
primera
señal, seguida del diálogo con Nicodemo sobre nacer de nuevo; la
salvación del
hijo del funcionario real (4,46-54), con énfasis en la vida y
advertencia
contra la fe basada solo en señales, junto al diálogo con la samaritana
sobre
el agua viva; la curación del paralítico (5,1-9), con el diálogo sobre
la
significación cristológica de la curación en sábado; la multiplicación
de los
panes (6,1-14), conectada al caminar sobre las aguas, con el gran
discurso
sobre el pan de la vida; la curación del ciego (9,1-7), con el discurso
sobre
la ceguera y la vista, precedido de la promesa de la luz de la vida
(8,12); y
la resurrección de Lázaro (11,1-44), cuyo significado se expone desde
el principio
con el discurso sobre la vida eterna.
Esto
plantea si Juan tomó de su tradición los milagros que relata, o si
proporciona
una serie de milagros-tipo: a) en parte extraídos de una tradición
específica
(multiplicación de los panes, curación a distancia); b) en parte
modelos de
sanación por las que Jesús era famoso (paralíticos y ciegos); y c) en
parte
episodios para expresar la significación de Jesús, no necesariamente
basados en
acontecimientos específicos (agua convertida en vino; resurrección de
Lázaro).
La
primera posibilidad intriga, pues la versión joánica de la curación del
hijo
del funcionario real es muy diferente de Mateo y Lucas; en la
multiplicación de
los panes, los únicos puntos de coincidencia significativos son las
cifras
(5000 personas, 200 denarios, 5 panes, 2 peces, 12 canastos), prueba
importante
del grado de diversidad con que se puede referir un mismo recuerdo. La
segunda
sugiere que Juan o su tradición no tuvieron reparo en contar la
historia usando
tipos de actividad sanadora. La tercera no puede excluirse, dada la
dificultad
de situar el agua convertida en vino y la resurrección de Lázaro dentro
de la
misión, y lo poderosamente que ilustran su efecto. De aquí podríamos
deducir
que Juan o su tradición documentó libremente la misión de Jesús con
relatos
parabólicos y no solo con hechos reales recordados. Si así fuera,
acusar al
evangelista de engaño sería un grave desconocimiento de su intención.
Juan no
entendía su función como simplemente dejar constancia de los recuerdos,
sino
como referir la tradición con mayor intensidad para poner de relieve su
significado.
b.3.
Los discursos joánicos
En
cuanto a los discursos joánicos, son sus raíces en una tradición que
refleja la
sinóptica y tiene paralelos con ella lo que sugiere la mejor manera de
entenderlos. Son discursos y temas que expresan reflexión sobre cosas
que Jesús
dijo, enseñó e hizo, reflexión a la luz de la más rica cristología que
la
resurrección y exaltación de Jesús hizo surgir. No solo muestran la
transmisión
de la tradición, sino también el modo en que esa tradición sirvió para
entender
a Jesús a la luz de lo sucedido posteriormente.
El
propio Juan atestigua y justifica este proceso. Dos veces señala
explícitamente
que los discípulos no entendían lo que Jesús decía o hacía, pero que
más tarde
lo recordaron y entendieron a la luz de su resurrección y glorificación
(2,22;
12,16; también 13,7; 14,20; 16,4). Sus discípulos inmediatos ya tenían
un
verdadero conocimiento de él (6,69; 17,7-8), pero todavía imperfecto.
El mismo
efecto deriva del papel del Espíritu/Paráclito: durante la misión, «el
Espíritu
aún no era» (7,39), pero cuando viniera enseñaría todo a los discípulos
y les
recordaría cuanto Jesús dijo (14,26), guiándolos hacia la verdad
(16,12-13).
Este es el equilibrio entre revelación ya recibida y revelación más
completa
por recibir, que hace más clara la revelación ya proporcionada.
En
suma, es difícil dudar de que la versión joánica de la enseñanza de
Jesús
consiste en una elaboración de aforismos, parábolas y temas recordados
como
característicos de Jesús, tal como atestigua la tradición sinóptica. No
fue una
pura invención ni surgió solo de la fe pascual, sino que fue un
desarrollo de
consideraciones recordadas como típicas de Jesús. A diferencia de
«Evangelios»
posteriores, Juan no atribuye la percepción plena de quién era Jesús a
una
enseñanza secreta tras la resurrección, sino que sitúa sus raíces en la
tradición de Jesús compartida con otras iglesias y enraizada en el
recuerdo de
su misión. Para Juan, la verdad de Jesús no era una repetición
puntillosa de la
tradición sinóptica, sino el significado de esa tradición expuesto
mediante
extensos discursos. Criticar el procedimiento de Juan como inadmisible
sería
limitar la tarea del evangelista a un simple anotar palabras y hechos;
pero
Juan entendía su tarea como extraer el significado pleno de lo que
Jesús había
hecho y dicho, y conducir a los seguidores a un entendimiento total de
la
verdad hecha posible por la resurrección y ascensión.
c. La buena
noticia acerca de Jesús
Pasamos
ahora del «cómo» al «por qué»: ¿por qué Juan compuso su Evangelio? El
suyo es
casi el único entre los Evangelios del NT que da una respuesta precisa:
«Estas
[cosas] han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el
Hijo de
Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (20,31). El primer
objetivo de Juan era evangélico y cristológico: persuadir a los oyentes
de que
debían creer en Jesucristo, el Hijo de Dios.
c.1.
Jesús es Mesías
Intriga
que Juan sea el único escritor del NT que se refiere a Jesús como
«Mesías».
Andrés, discípulo del Bautista, confiesa: «Hemos encontrado al Mesías
(Messias)», traducido como «Cristo (Christos)» (1,41). Y la samaritana
expresa
la esperanza del Mesías, a lo que Jesús responde: «Yo soy, el que te
está
hablando» (4,25-26). Lo intrigante es que la palabra hebrea «Mesías» se
usa
aquí por primera vez en el NT, generalmente considerado uno de los
últimos
escritos. Sin embargo, ya en los escritos de Pablo «Cristo» había
perdido en
gran parte su significado titular para convertirse en nombre propio
(«Jesucristo»).
La
importancia de esto es doble. Primero, es una nueva confirmación de que
buena
parte de la tradición usada por Juan lleva el sello de preocupaciones
muy
tempranas y refleja expectativas judías anteriores al año 70 d. C.: uno
de los
principales empeños de los primeros discípulos tras la resurrección era
demostrar que Jesús era realmente el Mesías. Segundo, llama la atención
que
Juan, escribiendo a finales del siglo I, estimase necesario seguir
afirmándolo,
lo que indica que la cuestión de la mesianidad seguía siendo objeto de
debate
entre aquellos a los que Juan trataba de llegar.
Las
maneras en que Juan adapta la tradición para hacer su afirmación son
fascinantes. El uso de las tradiciones del Bautista lo ilustra: Juan lo
presenta como el testigo por excelencia de Jesús, estrechando su
tradición
hasta hacerla enfocar casi exclusivamente ese papel. Así, el contraste
entre el
Bautista y Jesús es realzado; el bautismo de Jesús por Juan es
soslayado,
evitando toda sensación embarazosa; el Bautista hace una triple
confesión de
que no es el Mesías ni Elías ni el profeta (1,20-21); atestigua que
Jesús es
«el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (1,29.36); y subraya
que su
finalidad es revelar que Jesús es el Hijo de Dios (1,31.34).
Es
interesante ver cómo la tradición básica podía transmitirse
desarrollada o
reducida según los puntos de vista del evangelista, y nada nos dice que
esto no
sucediera ya cuando era oral. El uso que Juan hace de la tradición
sugiere que
combatía conscientemente una valoración demasiado alta del Bautista, de
ahí el
continuo empobrecimiento de su relación con Jesús: Juan no era la luz
sino
testigo de ella; el Mesías estaba siempre por delante de él; no era el
Mesías;
era preciso que menguase; era de la tierra mientras Jesús venía del
cielo. Esto
se expresa en lenguaje típicamente joánico, por lo que cabe hablar de
adaptación joánica de tradición anterior, aunque la tendencia a
destacar la
categoría superior del que viene trae sus raíces de tradición anterior.
La
versión joánica de la tradición del Bautista ilustra tanto la fijeza de
su
material nuclear como el modo en que sus elementos podían ser
desarrollados
según cambiaban las necesidades de las iglesias joánicas.
Un
segundo aspecto es la prominencia de la cuestión del Mesías/Cristo en
el cap.
4, sobre la misión en Samaría. Probablemente refleja que los
samaritanos tenían
una esperanza similar respecto a la venida de un «Mesías» o Taheb. Esto
sugiere
que el pasaje puede tener que ver con un episodio histórico en que la
cuestión
surgió en referencia a la esperanza samaritana. Un tercer aspecto es
cómo Juan
desarrolla el argumento marcado por la última pregunta de la
samaritana, pues
la cuestión de la mesianidad reaparece en el cap. 7 como motivo
principal: la
multitud sopesa las opciones (7,26-27.31.41-42), y a lo largo del libro
de las
señales algunos creen y confiesan que Jesús es el Cristo (9,22; 11,27)
mientras
otros dudan (10,24; 12,34). Este tema estaba bien enraizado en los
primeros
recuerdos, pues durante la misión la cuestión de si Jesús era el Mesías
estuvo
viva. Juan se sirve de buena tradición, y trataba de lanzar su
presentación con
un ojo puesto en «la multitud», los que aún se preguntaban si Jesús
podía ser
el Mesías.
Juan
no duda en incluir que Jesús es «rey de Israel» (1,49; 12,13), aunque
se
muestra menos seguro respecto a «rey de los judíos», y deja claro que
su reino
«no es de este mundo» (18,36). La presentación de Jesús como Mesías
real es
afirmada pero trascendida, y las insinuaciones políticas quedan
desactivadas.
La idea de que Juan aún percibía la posibilidad de persuadir a sus
compatriotas
judíos ayuda a explicar su constancia en hacer que los principios y
prácticas
centrales de la religión de Israel apunten a Jesús y sean completados
en él,
hasta el punto de que ha dejado de haber necesidad de ellos: la Ley fue
dada
por Moisés, la gracia y la verdad por Jesucristo (1,17); Jesús es el
Cordero
pascual (1,29); el agua de los ritos es convertida en vino (2,6-10); el
templo
será reemplazado por su cuerpo (2,19-21); la serpiente de bronce es
sobrepasada
por la elevación del Hijo del hombre (3,14-15); el agua del pozo de
Jacob por
el agua viva (4,10-14); Moisés escribió acerca de Jesús (5,39-47);
Jesús es más
grande que Moisés que dio el maná (6,32-35); en la fiesta de los
Tabernáculos
es la fuente del agua viva (7,37-38); el origen en Abrahán queda
opacado
(8,56-58); en la fiesta de la Dedicación se afirma como buen pastor
(10,1-18);
Caifás profetiza que Jesús moriría para unir a los hijos de Dios
dispersos
(11,49-52); y «la verdadera vid» (15,1) evoca la imagen de Israel como
viña.
En
suma, la creencia de que Jesús es el Cristo que Juan esperaba inculcar
no era
la del Mesías que probablemente esperaban «los judíos» (6,15). Era el
Mesías
del que daba testimonio el Bautista, el que cumplía las esperanzas de
Israel
pero a la vez las trascendía y redefinía. Poco de todo esto está tomado
de la
tradición anterior; hay que verlo como fruto de larga reflexión sobre
la vida y
misión de Jesús y su importancia para las Escrituras de Israel. El tema
marcano
del «secreto mesiánico» es pasado por alto casi por completo: en Juan,
Jesús es
presentado abierta y decididamente como Mesías/Cristo desde el comienzo.
c.2.
Jesús es el Hijo de Dios
La
reinterpretación de la esperanza mesiánica continúa, acentuada, en la
presentación de Jesús como Hijo de Dios. En 20,31 «el Hijo de Dios» es
una
adición explicativa a «Jesús es el Cristo». «Mesías» era rico en
significado
para un auditorio judío pero oscuro para uno general; «Hijo de Dios»
tenía
mayor resonancia para ambos: para los judíos (acostumbrados a pensar en
el rey
y en Israel como hijo de Dios) y para un auditorio más amplio
(habituado a que
reyes y figuras icónicas fueran ensalzados como hijos de Dios).
Este
es el principal medio del que se vale Juan para identificar a Jesús.
Aunque el
título era importante para los sinópticos, no aparece con frecuencia en
ellos;
pero en Juan la imagen se vuelve torrencial, y «el Padre que me envió»
pasa a
ser el modo más regular en que Jesús se identifica. Entre los aspectos
notables: las confesiones más claras son las del Bautista (1,34),
Natanael
(1,49) y Marta (11,27); la unicidad de Jesús como «el Hijo único
(monogenes)»
se repite (1,14; 3,16.18; 1,18); el tema del envío está tomado de la
costumbre
judía y grecorromana del embajador con autoridad plenipotenciaria; e
incluye la
autorización recibida del Padre (5,22.27; 3,35; 5,19; 5,26). En Juan,
el tema
del «Hijo del hombre» está en línea con el del Hijo de Dios: el
apocalíptico
que «viene entre las nubes» se pierde de vista y se complementa con el
«bajado
del cielo» (3,13); en 5,27 es el Hijo del hombre el que recibe
autoridad para
juzgar; y el modo modesto en que los sinópticos vinculan la confesión
de Hijo
de Dios con la crucifixión es abandonado en favor del tema de que el
Hijo es
«levantado» y «glorificado» en su muerte y resurrección.
Esta
cristología Hijo de Dios/Hijo del hombre debe considerarse un cambio
sustancial
dentro de la tradición de Jesús, pero las raíces del cambio son muy
claras: las
referencias de Jesús a sí mismo como el Hijo y a Dios como Padre son un
desarrollo del temprano recuerdo de Jesús dirigiéndose a Dios como
«Abba»; la
afirmación de haber sido enviado por el Padre desarrolla alguna
declaración
ocasional de Jesús; el uso de «Hijo del hombre» añade la idea de su
ascendencia, elevación y glorificación; y quizá Juan incluye el
pensamiento de
Jesús como Hijo único solo en su trabajo redaccional. Uno de los
aspectos más
interesantes es que muchos que conocían los sinópticos acogieron con
gusto el
Evangelio de Juan, no por su historicidad sino porque, hacia la tercera
generación,
los cristianos deseaban conocer también el significado profundo de lo
que Jesús
había dicho y hecho. Esta fue la necesidad a la que respondió Juan.
c.3.
Jesús es la Palabra y Sabiduría divina
El
rasgo más distintivo de la cristología joánica llama la atención en el
prólogo,
tan sencillo en su formulación y tan profundo en lo que declara: «En el
principio estaba la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra
era
Dios… Todo llegó a ser por medio de él… En él estaba la vida, y la vida
era luz
de la humanidad. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no
la
vencieron» (1,1-5).
Es
muy probable que Juan abriera su Evangelio centrándose en la Palabra
(logos)
porque el término tenía sentido tanto para judíos como para griegos.
«La
palabra de Dios» era familiar a todo judío devoto, no solo por las
Escrituras
(referida a la profecía inspirada) sino por su poder para crear: «Por
la
palabra de Yahvé fueron hechos los cielos» (Sal 33,6); «la palabra que
salga de
mi boca no volverá a mí de vacío» (Is 55,11). El logos era también
familiar a
los griegos: en el estoicismo era la razón divina inmanente que
impregnaba
todas las cosas, presente también en el hombre como logos seminal. Los
estoicos
distinguían el logos endiathetos (pensamiento interior) y el logos
prophorikos
(pensamiento expresado).
Por
eso, al empezar con «En el principio estaba el logos», Juan se dirigía
a un
amplio espectro de público. Los oyentes judíos pensarían en la palabra
profética y en la poderosa palabra creadora; los griegos, en la razón
divina
que sostenía el mundo. Al continuar «El logos estaba con Dios y era
Dios»,
ninguno encontraría nada excepcional, pues el logos era el pensamiento
y la
expresión de Dios. El filósofo judío alejandrino Filón muestra cuán
fructíferamente el entendimiento judío y griego del logos podían
combinarse,
concibiendo la Palabra casi como un agente divino que hacía conocible e
inmanente al Dios invisible.
Lo
que los auditorios encontraron inesperado fue el punto culminante: «Y
la
Palabra se hizo carne y habitó (eskenōsen) entre nosotros… El único
Dios
engendrado… lo ha dado a conocer» (1,14.18). Los griegos podían
concebir dioses
tomando apariencia humana, e incluso Filón contemplaba figuras
históricas como
símbolos alegóricos de la Palabra. Pero concebir la Palabra haciéndose
carne
era un paso exageradamente grande, incluso repulsivo para la mentalidad
griega.
Este es, sin embargo, el paso del prólogo. Juan integra sus aserciones
con la
presentación de Jesús como Hijo único del Padre: la palabra por la que
Dios
creó el mundo se había convertido en Jesús encarnado. El versículo 1,18
deja
clara la cuestión: Dios está más allá de la concepción humana («Nadie
ha visto
jamás a Dios», axioma fundamental de Israel), pero la teología del
Logos había
proporcionado un modo de concebir cómo el Dios invisible se daba a
conocer, y
Juan avanza un paso más al afirmar que Jesús era ahora el que hacía
visible al
Dios invisible (cf. Col 1,15). De ahí que más tarde entreteja este
pensamiento
con su cristología del Padre-Hijo: «Quien me ha visto a mí, ha visto al
Padre»
(14,9). Jesús es la expresión de Dios.
Como
Juan no hace explícita su cristología del Logos en el resto del
Evangelio, es
importante reconocer que el prólogo se podría describir más exactamente
como
cristología de la Sabiduría. La razón de optar por la Palabra podría
ser que
prefería el masculino Logos al femenino Sophia, aunque el amplio
conocimiento
de logos fuera del judaísmo fue también factor decisivo. Aparte de
Filón,
«Sabiduría» era el término más usado en la reflexión del judaísmo
primitivo
sobre la interacción de Dios con su creación e Israel, y los paralelos
entre el
prólogo y la reflexión sapiencial son más extensos que con el Logos
(por
ejemplo, con Sab 9,8; Prov 8; Prov 3,19; Prov 8,35; Sab 7,29-30; Sab
9,10; Bar
3,37; Eclo 24,8). Obviamente, logos y sophia eran maneras equivalentes
de
hablar de la interacción de Dios con el mundo, como muestra Sab 9,1-2.
Parece
que en el judaísmo primitivo hubo un «mito de la Sabiduría»: buscada
por todos,
imposible de descubrir por el esfuerzo propio, pero otorgada por Dios a
Israel
en la Torá (Eclo 24,23; Bar 4,1-4). El prólogo amplía la misma lógica:
como la
sabiduría divina se encontraba ahora en la Torá, Juan hace la misma
afirmación
respecto a Jesús, en quien la Palabra creadora, reveladora y redentora
había
venido a la humanidad.
No
menos importante es que el prólogo está integrado con el resto del
Evangelio,
concebido como una ventana a través de la cual leer lo demás. La rica
tradición
sapiencial proporcionó mucha de la inspiración de la cristología
joánica: la
Sabiduría que reúne a los que la buscan (1,38-39); enviada desde el
cielo
(3,13); enviada al mundo a traer vida y salvación (3,16-17); el agua
viva como
don especial (4,10.14); proveedora de pan y bebida (6,30-58); fuente de
vida
(11,17-44); y los dichos «yo soy», imagen característica de la
Sabiduría (Prov
8; Eclo 24), aunque también aportación de Juan, con Jesús como
exponente del
«yo soy» de Ex 3,14.
Así,
la cristología del Evangelio de Juan no debe desvincularse de la del
prólogo.
La cristología relativa al Logos/Sabiduría podría proporcionar el
camino para
leer las declaraciones de Jesús en todo el Evangelio. La cristología
dominante
del Padre-Hijo no debe leerse como una cristología distinta, sino como
una
mezcla de cristología primitiva del agente divino (profeta) y la
avanzada
cristología del Logos/Sabiduría del prólogo. Juan debió de conocer bien
las
afirmaciones en primera persona de la Sabiduría y las vivas imágenes
para
describir su importancia reveladora y redentora, y acaso el lenguaje
del Logos
de Filón. Quizá por eso elaboró la unión Hijo de Dios y
Logos/Sabiduría, para
que el lenguaje personal del Padre-Hijo sirviera como desarrollo aún
más rico
del misterio revelado.
Habría
aquí un importante corolario: si la cristología joánica del Hijo es
esencialmente un desarrollo metafórico a gran escala de la del Logos,
entonces
hay que leer la del Hijo como parte de la del Logos. Diversos aspectos
de la
cristología del Hijo no deben leerse independientemente, sino como
elementos
concebidos para servir a la cristología del Logos. No solo la acusación
de que
Jesús se hacía igual a Dios (5,18) y la afirmación de ser uno con el
Padre
(10,30) —expresión obvia de la cristología del Logos/Sabiduría—, ni
solo el
tema del envío, sino sobre todo los aspectos normalmente entendidos
como
«subordinación» del Hijo al Padre, resumidos en «El Padre es más que
yo»
(14,28). La idea no es tanto de subordinación como de la autoridad y
validez de
la revelación que el Hijo hace del Padre, la continuidad entre el logos
no
expresado y el expresado. Numerosas declaraciones lo muestran (3,35;
5,17-19.26.30; 6,38.57; 7,16; 8,16.28-29.42; 10,17-18.29.38; 12,49-50;
16,32).
En todos estos casos sería exacto decir que es el Logos-Hijo el que
habla.
Igualmente, el culto ofrecido a Jesús (20,28) es, desde la perspectiva
de Juan,
el culto a Dios manifestado en el Logos. Solo cuando la cristología del
Logos
es sustituida por la del Hijo de Nicea, y se desvincula del Logos,
surge la
cuestión de las relaciones personales dentro de la divinidad y se hace
necesario hablar de «subordinación».
No
se puede negar que, desarrollando así su presentación de Jesús, Mesías
e Hijo
de Dios, Juan fue mucho más allá de la tradición atestiguada en los
sinópticos.
Con todo, es posible distinguir las semillas de lo que cultivó: Jesús
como la
«palabra» está anunciado en el prólogo de Lucas («testigos oculares y
servidores de la palabra», Lc 1,2); el pensar en Jesús como hijo y
portavoz de
la Sabiduría tiene raíces sinópticas (Lc 7,35; Mt 11,25-27/Lc
10,21-22), y
Mateo ya había dado el paso de identificar a Jesús con la Sabiduría
misma; y
los «yo soy» están enraizados en la primitiva tradición del caminar
sobre las
aguas («Soy yo; no temáis», Mc 6,50), que Juan recoge (6,20).
Cabe
suponer, pues, que la cristología joánica de la Palabra/Sabiduría sea
producto
de larga reflexión sobre tales aspectos de la primitiva tradición de
Jesús. A
la luz de la resurrección y exaltación, era natural ver su completa
significación y desarrollar una expresión más rica dentro del marco
evangélico
ya establecido. Si la historicidad hubiera sido para Juan una cuestión
real en
el sentido actual, probablemente habría confirmado que no era su
intento
proporcionar información histórica de lo que Jesús hizo y dijo. Le
interesaba
más bien exponer la verdad de Jesús tal como ellos la percibían, la
significación plena de su vida y misión históricas, que no quedó clara
hasta
décadas después. Para Juan, la verdad de Jesús era mucho más completa y
rica
que la realidad de lo que dijo e hizo durante los tres años de su
misión.
Insistir en leer a Juan desde la misma perspectiva que los sinópticos
es
desentenderse de lo que el propio Juan creía estar diciendo.
d. La buena
noticia que aporta la fe en Jesús
Juan
expresó su propósito evangélico y pastoral en el mismo versículo
(20,31):
«Estas [cosas] fueron escritas para que creáis que Jesús es el Cristo,
el Hijo
de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre». La invitación
es a
creer la buena noticia acerca de Jesús; la promesa es de vida en su
nombre.
d.1. Una
exhortación a creer
Curiosamente,
Juan no emplea nunca la palabra «fe», pero usa el verbo «creer» mucho
más a
menudo que cualquier otro escritor neotestamentario, y su exhortación a
creer
es más insistente que la de cualquier otro evangelista. Numerosos
pasajes lo
muestran: el Bautista vino para que todos creyeran (1,7); Dios facultó
para
hacerse hijos suyos a los que creen en su nombre (1,12); las señales y
las
palabras de Jesús inducían a creer (2,11; 4,41); el que cree en el Hijo
del
hombre tiene vida eterna (3,15-16.36); creer es la obra de Dios (6,29);
«A
menos que creáis que yo soy, moriréis en vuestros pecados» (8,24); «Yo
soy la
resurrección y la vida; el que cree en mí no morirá nunca» (11,25-26);
«El que
cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió» (12,44); y creer en
Jesús
resucitado (20,8.25.29).
Tres
puntos merecen atención. Primero, aunque Juan indica como objetivo
llevar a
creer «que Jesús es el Cristo», en realidad esperaba más: que la gente
creyera
en Jesús, es decir, que se encomendara a él. Juan parece usar pisteuein
hoti
(«creer que») y pisteuein eis («encomendarse a») más o menos como
sinónimos.
Creer, para Juan, incluía una persuasión intelectual de que Jesús había
sido
enviado por Dios, pero también la actuación de esa fe poniéndose en
manos del
Hijo. Segundo, la distinción entre «creer que» y «creer en» era
importante,
pues hay un nivel inadecuado de fe: la fe basada en señales/milagros.
Juan
quería que sus auditorios fueran cautos al respecto (2,23-25; 4,48;
6,30); sin
«creer en», «creer que» no era suficiente. Tercero, es notable que
creer sea la
única respuesta que busca el Evangelio: nunca hay una llamada al
«arrepentimiento», ni siquiera al describir al Bautista, y Juan hace
poco caso
del bautismo como parte de la respuesta. El único pasaje que puede
referirse al
bautismo como esencial (3,5: «nazca de agua y Espíritu») podría aludir
a los
dos nacimientos: el natural «de la carne» y el «del Espíritu» (3,6);
era en
este último en el que Juan pensaba principalmente.
d.2.
Para que tengáis vida
«Vida»
(zoe) es otro término característicamente joánico. En cambio, nunca se
habla de
«perdón» (salvo en 20,23) y el lenguaje de «salvación» es menos
frecuente que
en los otros Evangelios. Así como Juan resumió en «creer» aquello a lo
que
instaba, resume la promesa hablando de «vida»: «Todo el que cree en él
tiene
vida eterna» (3,15-16); para entrar en el reino es necesario nacer de
arriba
(3,3-8); el agua viva (4,10-14); Jesús como pan de la vida (6,27-54);
«Todo el
que guarda mi palabra, nunca verá la muerte» (8,51-52); «He venido para
que
tengan vida, y la tengan en abundancia» (10,10); «Yo soy la
resurrección y la
vida» (11,25); «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (14,6); «Esta es
la vida
eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo,
al que
tú enviaste» (17,3).
Un
aspecto notable es la visión del Espíritu de Dios como instrumento de
vida: el
misterio de la nueva vida se atribuye al Espíritu (3,5-8); el «agua
viva» se
identifica con el Espíritu (7,39); el Espíritu es «el que da vida»
(6,63); y en
la tarde de la resurrección Jesús sopla (enephysēsen) sobre los
discípulos en
un acto de nueva creación (20,22). Un segundo aspecto es la escatología
implícita: por creer en Jesús, Dios da vida eterna ahora. Para Juan,
«vida
eterna» no es típicamente algo aún esperado, sino algo que el creyente
ya
tiene, lo que sería un inmenso consuelo para creyentes que se sentían
en medio
de un mundo hostil.
d.3.
Conocimiento de la realidad
Juan
emplea con frecuencia el lenguaje de «conocer», pero, pese a la
tendencia del
siglo XX a leerlo en relación con el gnosticismo, no destaca el
«conocimiento»
de manera especial ni usa el término gnosis ni una sola vez. Más típico
es el
énfasis en la verdad de Jesús y su efecto benéfico. Juan podía exhortar
a creer
porque confiaba en que lo que había dicho sobre Jesús era verdad —como
atestiguaba quien podía hacerlo (19,35; 21,24)— y porque sabía que
Jesús era la
verdad y la medida de la realidad: la «luz verdadera» (1,9); «lleno de
gracia y
verdad» (1,14.17); «verdaderamente el Salvador del mundo» (4,42);
«conoceréis
la verdad, y la verdad os hará libres» (8,31-32); «Yo soy el camino, la
verdad
y la vida» (14,6); «el Espíritu de la verdad» (14,17); «Yo soy la vid
verdadera» (15,1); «para dar testimonio de la verdad» (18,37).
La
idea de iluminación, el llegar a ver algo para lo que antes se estaba
ciego,
fue otro tema vinculado al contraste entre luz y tinieblas: la vida en
el Logos
era la verdadera luz (1,4.9); «La luz brilla en las tinieblas, y las
tinieblas
nunca la vencieron» (1,5). Más sorprendente es el efecto de la luz
(3,19-21):
«vino la luz al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas…
porque sus
obras eran malas». Y uno de los dichos «yo soy» más memorables amplía
el
pensamiento: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en
tinieblas,
sino que tendrá la luz de la vida» (8,12). El mensaje es evidente: tal
como es
el mundo, los que están en él se hallan atrapados en tinieblas; pero
con Jesús
venido al mundo está disponible la luz que la humanidad necesita para
vivir
adecuadamente.
d.4.
¿Quiénes son los gentiles?
Puesto
que el desarrollo de una secta mesiánica judía en una religión de
fieles
mayoritariamente gentiles fue una característica principal del
crecimiento
inicial del cristianismo, uno esperaría que Juan reflejara este
fenómeno. Pero
parece haber tenido poco o ningún interés: usa «nación» (ethnos) solo
en
relación con Israel (11,48-52; 18,35) y nunca emplea el plural; hace
referencia
a «griegos» solo dos veces (7,35; 12,20). Cuando unos griegos quieren
ver a
Jesús (12,20), él no muestra interés directo. Hay una posible reflexión
sobre
la posterior misión gentil (7,35), y en el cap. 11 Juan glosa la
profecía del
sumo sacerdote añadiendo «y no solo por la nación, sino también para
reunir en
uno a los dispersos hijos de Dios» (11,52), lo que recuerda el discurso
sobre
el buen pastor: «Tengo otras ovejas que no pertenecen a este redil»
(10,16).
Ambos
pasajes tocan temas familiares para los auditorios judíos (Israel como
ovejas
dispersas), pero Juan parece tener en mente a otros, ajenos a «la
nación» de
Israel. La inferencia más obvia es que pensaba en los gentiles que
llegarían a
la fe (1,12), haciendo lo que muchos otros escritores del NT: aplicar a
los
creyentes en Jesús, gentiles y judíos, imágenes y temas del concepto
que Israel
tenía de sí mismo. Al mismo tiempo, uno de los términos más frecuentes
en los
escritos joánicos es kosmos, el «mundo», que no equivale a la suma de
judíos y
gentiles. Para Juan, «el mundo» es un reino de tinieblas donde Satanás
es el
príncipe; pero es justamente el mundo al que Dios ama (3,16) y al que
ha
enviado a su Hijo para salvarlo. Por eso, tanto para Juan como para
Pablo, la
buena noticia trasciende la nación de Israel y llega a todo el mundo de
tinieblas.
Con
todo, sorprende que Juan no haga más hincapié en la salida del
cristianismo
embrionario hacia el mundo gentil. Su esperanza parecía aún centrada en
la
confrontación con «los judíos» y en poder ganarlos, pese a la amenaza
de
expulsión de la sinagoga (9,22; 12,42; 16,2). La dinámica judío/gentil,
que
tanto motivó a Pablo, Lucas y Mateo, parece haber sido reemplazada por
una
confrontación creyente/mundo. Fue ese arrinconamiento de la cuestión
específica
de si el cristianismo emergente era una forma de judaísmo, y su
universalización en «en el mundo pero no del mundo», lo que hizo a Juan
tan
interesante para los gnósticos del siglo II.
e. Amor a los
hermanos
En
comparación con los sinópticos, el Evangelio de Juan no proporciona
muchas
orientaciones para vivir. Juan se centra más en conocer y creer, y poco
en el
hacer y vivir. La excepción principal es el énfasis en el amor.
e.1. El
nuevo mandamiento
El
amor es otro tema característico en el que Juan sobrepasa a los demás
Evangelios, y uno de los más distintivos de la literatura joánica
(Evangelio y
cartas). Es central el amor recíproco entre el Padre y el Hijo, que
vincula el
tema del amor a la cristología de la intimidad entre Dios y su Logos;
igualmente importante es el amor del Padre y el Hijo al mundo y a los
discípulos. Las enseñanzas más explícitas son: «Un nuevo mandamiento os
doy:
que os améis los unos a los otros» (13,34; 15,12.17); «En esto
conocerán todos
que sois mis discípulos» (13,35); «Si me amáis, guardaréis mis
mandamientos»
(14,15); «El que recibe mis mandamientos y los guarda, es el que me
ama»
(14,21); «Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor»
(15,10);
«Nadie tiene un amor mayor que el que entrega la vida por sus amigos»
(15,13);
«para que el amor con que tú me has amado en ellos esté» (17,26).
Hay
dos aspectos notables. Uno es la petición de «que os améis los unos a
los
otros», que se aleja del segundo gran mandamiento sinóptico («amad al
prójimo
como a vosotros mismos», Mc 12,31) y contrasta con la afirmación de que
«Dios
amó al mundo» (3,16). Para el auditorio joánico, el mundo es un lugar
hostil
poco digno de ser amado, y estrechar el foco del amor del prójimo en
general al
amor a los del propio círculo es una reacción comprensible en situación
de
amenaza, aunque es una reelaboración un tanto penosa de uno de los
elementos
más notables de la enseñanza de Jesús. El segundo aspecto es que el
amor ha de
mostrarse guardando los mandamientos de Jesús, aunque cuáles sean
(aparte de
15,13) queda oscuro, lo que sugiere una comunidad introvertida cuyos
patrones
de conducta eran de sobra conocidos.
e.2. El
individualismo de Juan
Una
peculiaridad del Evangelio de Juan es lo que podría llamarse falta de
eclesiología; sería más exacto hablar del «individualismo» de Juan.
Para Juan,
la relación «vertical» con Dios es esencialmente un asunto individual:
hay
pertenencia común a Cristo, pero no interdependencia común en esa
pertenencia.
Cada oveja oye la voz del pastor individualmente (10,3-4.16); cada
sarmiento
sale directamente de la vid (15,4-7); cada uno come la carne de Jesús
para sí
(6,53-58); cada uno bebe el agua de su costado (7,37-38). Y aunque el
pensamiento de ser todos «uno» conserva el patrón de la morada mutua
del Padre
y el Hijo (17,11.21-23), es una unidad lograda no tanto por cooperación
mutua
(como en la concepción paulina del cuerpo de Cristo) como por la
permanencia en
Cristo de cada creyente.
El
Jesús joánico busca un culto no sujeto a un centro cultual, sino en
espíritu y
verdad (4,20-24). No sorprende que haya poca idea de diferentes
ministerios:
como en Pablo, no hay mención de sacerdotes; pero, a diferencia de
Pablo,
tampoco de «apóstoles» ni de «profetas». El papel de «testigo», tan
destacado
en el Bautista, se relaciona con los discípulos solo una vez (15,27).
Más
llamativa es la ausencia de referencia a «maestros», ni en el Evangelio
ni en
las cartas: cada uno recibirá enseñanza directa de Dios (6,45), y todos
los
creyentes, ungidos por el Santo, no necesitan que nadie les enseñe (1
Jn
2,20.27), cumpliendo la promesa del Paráclito (14,26). Los únicos
ministerios
claramente conceptualizados aparecen al final: la autoridad para
perdonar pecados
concedida a los discípulos (20,23) y el encargo a Pedro del ministerio
pastoral
(21,15-17).
Por
último, en cuanto al rito, Juan, como Pablo, parece aceptar como
normales los
sacramentos del bautismo y la eucaristía, pero abriga reservas sobre la
significación vinculada a ellos. No menciona el bautismo de Jesús, solo
la
bajada del Espíritu (1,32-34); no menciona la Última Cena. Aunque hace
hincapié
en que solo los que comen la carne del Hijo del hombre tienen vida
eterna
(6,53-58), añade: «Es el Espíritu el que da vida; la carne no sirve
para nada»
(6,63). La imagen más común, la diversidad de referencias al agua, es
presentada como reflejo de la dinámica vivificante del Espíritu, no
como imagen
del bautismo. El Evangelio de Juan da la impresión de estar escrito
para una
especie de cristianismo de conventículo, no bien integrado en la
sociedad, cuyos
miembros se sentían amenazados y necesitados de estrechar los lazos
afectivos,
sosteniendo su espiritualidad volviendo la espalda al mundo y
alimentados por
la seguridad de que, pese a las tinieblas circundantes, ellos eran de
la luz,
conocían la verdad y tenían vida eterna.
f. Conclusión
En
suma, el Evangelio de Juan no puede ni debe presentarse simplemente
como
paralelo a los otros tres canónicos. Aunque los cuatro pueden ponerse
en
paralelo, los tres primeros lo son de un modo y grado que no se dan en
Juan;
por eso cabe referirse a Mateo, Marcos y Lucas como «los Evangelios
sinópticos», pero no a Juan.
La
peculiaridad de la presentación que Juan hace de Jesús no se puede
minimizar.
El intento de armonizar los cuatro Evangelios siempre ha tenido mucho
de
descabellado. Juan no pretendió hacer lo mismo que los sinópticos, y la
más
breve comparación muestra que estos estaban mucho más constreñidos por
las
formas de su tradición que Juan; de otro modo no se explicaría la
estrecha
semejanza en los paralelos. Leer e interpretar el Evangelio de Juan
como si
hubiera tratado de hacer lo mismo que los sinópticos es interpretarlo
incorrectamente, lo que constituye un reto para quienes lo abordan
desde una
perspectiva conservadora. La verdad de Jesús no fue expresada de una
sola
manera; se demostró aceptable que el carácter y los temas de la misión
de Jesús
proporcionaran la base para una reflexión más completa y profunda sobre
aquello
que Jesús había defendido y logrado.
Al
mismo tiempo, es igualmente importante señalar que Juan conoció la
misma clase
de tradición que usaron los sinópticos: sigue el mismo formato
evangélico; tuvo
fuentes o acceso a recuerdos de discípulos cercanos a Jesús que le
permitieron
completar partes que los otros omitieron (el período de coincidencia
con el
Bautista, los viajes anteriores a Judea y Jerusalén); las indicaciones
de que
disponía de buenas fuentes sugieren que otras partes de su Evangelio
están más
enraizadas en tradición histórica de lo que ahora podemos decir; su uso
de la
tradición de milagros fue selectivo, pero los tipos descritos eran
conocidos
como ejemplos de la actividad sanadora de Jesús; los discursos y
enseñanzas
sugieren estar enraizados en tradición similar a la sinóptica; y la
pasión
final la conoció de fuentes de primera mano (19,35; 21,24), que pueden
identificarse con el discípulo amado y María Magdalena.
La
mejor manera de entender la peculiaridad del retrato joánico es que
Juan
conocía bien la tradición que compartió con los sinópticos y que
elaboró su
producto mucho más refinado del mismo material, fruto de muchos años de
reflexión sobre la significación de lo que Jesús había enseñado y
realizado. No
debemos minimizar la peculiaridad de Juan, pero tampoco exagerar la
diferencia:
Juan, a su modo, nos cuenta la misma historia que los otros
evangelistas,
aunque elaborándola a su propio modo. El Evangelio de Juan debería
valorarse
por lo que es, no por lo que no es.
Desde
la perspectiva de la tradición oral, el Evangelio de Juan muestra hasta
qué
punto podía ser diversa esa tradición. La manera en que trabajó Juan
hizo
controvertida la tradición de Jesús; reiteradamente anduvo por el borde
de lo
aceptable. Pero el hecho de que su escrito mantuviera el carácter
evangélico y
su anclaje en la tradición oral primitiva fue suficiente para asegurar
que
pasara a integrarse entre los cuatro reconocidos como canónicos. ¿Qué
decir,
entonces, de uno que no lo es, el Evangelio de Tomás?
43.2. El Evangelio
de Tomás
Cuando
los lectores pasan del cuarto Evangelio al Evangelio de Tomás
experimentan una
sorpresa similar a la que sintieron al pasar de los sinópticos a Juan,
solo que
al revés. Con Juan, la sorpresa es que su presentación de Jesús es muy
diferente de la sinóptica. Con Tomás, el lector nota que retrocede de
la
tradición sustancialmente desarrollada por Juan, con su fuerte
cristología, a
un material mucho más cercano en la forma al de los sinópticos.
Difícilmente se
puede dejar de observar que las conexiones entre Tomás y la tradición
sinóptica
son claras y sustanciales. Esta es la paradoja de Juan y Tomás: porque
si Juan
es parte del canon, Tomás está regularmente más cerca de la tradición
sinóptica.
Una
de las principales consecuencias del descubrimiento de Tomás fue que el
hipotético documento Q pasó a ser de repente la hipótesis más realista,
pues
este escrito consiste enteramente, como Q, en dichos atribuidos a
Jesús. A
diferencia de los sinópticos, no hay en Tomás (como tampoco en Q) un
marco
narrativo ni un relato de la pasión. Casi desde la primera ojeada,
Tomás lleva
a preguntarse: ¿es esta una forma desarrollada del documento Q? ¿Cuál
fue la
forma menos desarrollada de Tomás? ¿Era la misma que la forma Q? ¿O
proporciona
Tomás indicios de tradición temprana de Jesús que Mateo y Lucas
desconocían u
omitieron? ¿Proporciona prueba de una respuesta a Jesús más variada que
la de
los sinópticos? ¿Es indicio de que una clase diferente de cristianismo
surgió
del impacto de Jesús? Tal ha sido la conclusión de muchos especialistas
y no
puede ser desechada a la ligera.
Empezamos,
pues, formulando dos preguntas: ¿de dónde derivó el Evangelio de Tomás
su
tradición de Jesús? Y ¿cuáles eran los objetivos de quienes tuvieron la
responsabilidad última en su compilación?
a. Tomás y la
tradición sinóptica
Los
paralelos entre Tomás y la tradición sinóptica son numerosos y claros,
más que
los existentes entre Juan y los sinópticos. Por «paralelos estrechos»
se
entiende semejanzas verbales que indican variación dentro de lo mismo.
La
tradición de Tomás proporciona una prueba de lo más característico de
la
tradición oral de Jesús («lo mismo pero diferente») y de lo variadas
que eran
las formas que tomaba esa tradición oral en su uso y transmisión.
Diversos
ejemplos lo ilustran. La parábola del sembrador (EvTom 9 // Mc 4,3-8)
muestra
la misma estructura con variaciones de detalle. El dicho sobre la
división
(EvTom 16,1-2 // Lc 12,51/Mt 10,34) añade «fuego, espada, guerra». La
parábola
del grano de mostaza (EvTom 20,1-4 // Mc 4,30-32), el dicho del ladrón
(EvTom
21,5 // Mt 24,43), la mota y la viga (EvTom 26,1-2 // Mt 7,3-5/Lc
6,41-42), el
profeta y el médico en su pueblo (EvTom 31,1-2 // Lc 4,23-24), las
llaves del
conocimiento (EvTom 39,1-3 // Mt 23,13/Lc 11,52), el árbol y su fruto
(EvTom
45,1-4 // Lc 6,44-45), el vino nuevo en odres viejos (EvTom 47,3-5 //
Mc
2,21-22), odiar a la familia y cargar la cruz (EvTom 55,1-2 // Lc
14,26-27/Mt
10,37-38), el tesoro imperecedero (EvTom 76,3 // Lc 12,33/Mt 6,19-20),
la dicha
del vientre (EvTom 79,1-3 // Lc 11,27-28), las zorras y las aves (EvTom
86,1-2
// Mt 8,20/Lc 9,58), el yugo suave (EvTom 90,1-2 // Mt 11,28-30), lo
santo a
los perros (EvTom 93,1-2 // Mt 7,6), la levadura (EvTom 96,1-2 // Mt
13,33/Lc
13,20-21) y los verdaderos parientes (EvTom 99,1-3 // Lc 8,19-21)
muestran
considerablemente las mismas variaciones que eran manifiestas entre
Marcos,
Mateo y Lucas: lo mismo pero diferente.
Otro
aspecto interesante es que la versión de Tomás es significativamente
más breve
que los paralelos sinópticos en varios logia (36, sobre la ansiedad;
57, la
cizaña; 63, el rico insensato; 100, el tributo al César; 107, la oveja
perdida). Esto podría sugerir que las versiones sinópticas son
desarrollos de
un esquema más breve, pero probablemente es un recordatorio de que el
material
tradicional podía ser abreviado o expandido sin perjuicio de lo
principal. La
parábola de la gran cena (EvTom 64 con sus paralelos) muestra lo
variado que
puede ser un relato en diferentes versiones que exponen el mismo tema
con la
misma estructura.
Lo
que llama la atención es si los paralelos son estrechos en medida
suficiente
para hacer pensar en dependencia literaria, o si sugieren que Tomás fue
producto de copiar y modificar uno de los sinópticos. En cada caso, la
tradición es indudablemente la misma; pero, casi siempre, las
variaciones se
pueden explicar como típicas de múltiples exposiciones orales de lo que
básicamente es la misma tradición. Con esto no se quiere decir que una
forma
fuera más original que otras, más próxima a lo que Jesús dijo
realmente. Se
subraya, más bien, que la tradición de Jesús fue variada desde el
principio;
que Jesús bien pudo impartir sus enseñanzas más importantes en diversas
ocasiones, en formas variadas y con palabras no fijas, y que en muchos
casos
puede ser descabellado argumentar que una versión es necesariamente más
auténtica que otra.
Los
paralelos menos estrechos muestran que, aunque el logion de Tomás tiene
algún
contacto con la tradición sinóptica, ese contacto suele ser más bien
tangencial, y el paralelo sinóptico es en realidad una desviación de la
intención de Tomás (por ejemplo, EvTom 3,1-3 // Lc 17,20-21; EvTom
5,1-2 // Mc
4,22; EvTom 10 // Lc 12,49; EvTom 32 // Mt 5,14; EvTom 47,1-2 // Mt
6,24/Lc
16,13; EvTom 92,1-2 // Mt 7,7-8/Lc 11,9-10).
Los
cuadros de paralelos revelan varios aspectos importantes: De los 114
logia de
Tomás, 42 contienen material paralelo estrecho (el 36,8 %), aunque el
porcentaje es engañoso porque solo una parte de muchos logia tiene
paralelo.
Cuando se incluyen los paralelos menos estrechos, la cifra asciende a
63 logia
(el 56,2 %), lo que indica que Tomás compartió gran parte de la
tradición de
Jesús que conocemos por los sinópticos; y si la tradición sinóptica es
la que
mejor expresa el impacto de Jesús y el modo en que era recordado, se
sigue que
Tomás es también un testimonio de ese impacto. Los paralelos con
material Q son
particularmente notables (29 en total, el 25,4 %), aunque Tomás también
comparte tradición con un solo sinóptico (Marcos, 21 casos; Mateo, 11).
La
cantidad de paralelos confirma que Tomás conoció material Q, pero su
conocimiento de una colección Q distintiva fue mucho menor que el de la
tradición de Jesús representada por la tradición sinóptica.
Lo
mismo cabe decir de los indicios de que Tomás utilizó tradición solo
conocida
por un Evangelio sinóptico: los paralelos no demuestran dependencia
literaria.
Se refuerza la impresión de que la tradición de Jesús estaba muy
extendida y
era conocida en grados diversos, en distintas ordenaciones, en
diferentes
centros y con variedad de formulaciones, similarmente a la tradición
sinóptica.
Puesto que parte tan considerable de la tradición de Tomás comparte
rasgos con
la sinóptica, se podría inferir que ciertas características distintivas
de la
tradición de Jesús habían llegado a estar más ampliamente establecidas,
formando una parte considerable del «genoma» de la tradición de Jesús.
De
interés es el indicio de que la costumbre de insertar la exhortación
«El que
tenga oídos, que oiga» para reforzar algunos logia, atestiguada en la
tradición
sinóptica, es también un rasgo de Tomás. Así como los genes humanos
vinculan a
las personas con sus antepasados, la «composición genética» de la
tradición de
Jesús es prueba del impacto causado por él, tradición que es en sí
parte
permanente de ese impacto.
b. La distintiva
tradición de Tomás
Al
mismo tiempo, 52 de los 114 logia de Tomás no están incluidos en las
cifras
anteriores; es decir, el 45 % de los logia carecen de paralelo con la
tradición
sinóptica. La cifra es aún más alta, pues de los logia incluidos hay
partes que
no cuentan, de modo que más del 50 % de Tomás carece de paralelo
sinóptico.
Este
material distintivo incluye dichos como: la dicha del león ingerido por
un
hombre (7,1-2); el dicho sobre el cielo que pasará y los muertos que ya
no
viven (11,1-4); el principio y el fin (18,1-3); la abstinencia del
mundo
(27,1); «Sed transeúntes» (42); la llegada del descanso de los muertos
y el
mundo nuevo (51,1-2); los mercaderes que no entrarán en los lugares del
Padre
(64,12); las parábolas de la mujer con la jarra de harina (97,1-4) y
del
individuo que apuñala la pared (98); el dicho contra los fariseos como
perro en
el pesebre (102); el rico que debe renunciar al mundo (110); y el reino
del
Padre que «está extendido sobre la tierra, pero la gente no lo ve»
(113,1-4).
Nada
de esto forma paralelo directo con la tradición sinóptica, pero no
faltan ecos
de dichos sinópticos, y las repetidas referencias al reino indican que
se ha
conservado este elemento central de la predicación de Jesús, así como
su
práctica de decir parábolas provocativas (EvTom 97; 98). La mayor parte
de la
enseñanza de Tomás concuerda con el reto del logion inicial: «Quien
encuentre
el sentido de estas palabras no conocerá la muerte» (EvTom 1).
También
es interesante el número de logia que pueden contener un eco de Juan o
reflejar
el lenguaje joánico más distintivo (por ejemplo, EvTom 1 // Jn 8,51;
EvTom 13,5
// Jn 4,14; EvTom 24,1 // Jn 7,33-34; EvTom 25,1-2 // Jn 15,12; EvTom
28,1 //
Jn 1,14; EvTom 38,2 // Jn 7,34; EvTom 43,1-3 // Jn 8,25; 14,9; EvTom 77
// Jn
1,3-5.9; 8,12; EvTom 92,1-2 // Jn 16,4-5). Estos logia reflejan
tradición
joánica distintiva, pero toda cuestión de dependencia literaria
respecto a que
Tomás conociera el Evangelio de Juan puede responderse con una firme
negativa.
En una cultura donde el conocimiento de la tradición de Jesús dependía
en gran
medida de la transmisión oral, es mucho más probable que esos ecos, a
menudo
muy débiles, indiquen que el peculiar tratamiento oral joánico pasó a
ser un
elemento en el conjunto de la tradición. Juan no debe considerarse un
desvío de
la corriente principal; la autoridad del Evangelio de Juan, con su
fuente en el
«discípulo amado», podría asegurar que su formulación de la tradición
era ampliamente
respetada e influyente. Tomás se refiere con frecuencia a Dios como «el
Padre»
(en 17 logia), pero nunca sigue a Juan en hablar de Jesús como «el
Hijo».
Otro
aspecto importante es la serie de referencias a temas judíos
predominantes en
las primeras décadas del cristianismo embrionario: la observancia del
sábado
(27,2), la circuncisión (53), el sacrificio ritual (60); la crítica a
quienes
aman el árbol y odian el fruto (43,2); el dicho sobre los veinticuatro
profetas
de Israel (52,1-2); y las sorprendentes referencias a Santiago el
Justo, «por
quien el cielo y la tierra fueron creados» (12), y a los fariseos. Esto
indica
que la tradición de Tomás tenía fuertes raíces en círculos donde la
observancia
del sábado era todavía importante y donde se veneraba
extraordinariamente a
Santiago. No podemos deducir que toda la tradición pasara por una fase
judeocristiana tradicionalista, pero sí que Tomás absorbió y conservó
tradiciones primitivas en que puntos de vista representados por
Santiago eran
prominentes, lo que indica su respeto por las raíces antiguas.
En
suma, aunque Tomás refleja diferentes fases de desarrollo de la
tradición de
Jesús, nada en su material distintivo sugiere que se remonte a los
comienzos de
la tradición de Jesús, es decir, al impacto causado por Jesús mismo.
Pero esta
es una cuestión que requiere un examen más completo del mensaje de
Tomás.
c. La buena
noticia para Tomás
c.1. La
cristología de Tomás
Lo
primero que salta a la vista al comparar Tomás con los Evangelios
canónicos es
la ausencia de títulos y nombres aplicados a Jesús. Nunca se le llama
Mesías o
Cristo, ni se alude a si es el Mesías de Israel. Hay una mención del
«hijo del
hombre» (EvTom 86), pero no está claro si es un título o una referencia
al «ser
humano». Solo una vez se hace referencia a Jesús como «Hijo» de Dios
(EvTom 37)
y nunca como «Señor».
Uno
de los logia más interesantes es el equivalente tomasino de la
confesión de
Pedro. En los sinópticos, Pedro confiesa que Jesús es el Mesías (Mc
8,27-29).
En EvTom 13, Pedro responde que Jesús es «como un ángel justo» y Mateo
«como un
hombre sabio», pero Tomás reconoce su incapacidad de responder.
Entonces Jesús
lo toma aparte y «le revela tres palabras»; al volver, Tomás se niega a
comunicarlas. Parece como si la revelación secreta fuera que Jesús
comparte el
nombre divino, lo que conectaría con la especulación sobre el ángel al
que Dios
puso su nombre (Ex 23,21) y con el desarrollo joánico de la misma (Jn
17,11).
Como en EvTom 15 y 61,2-5, Jesús puede ser identificado con el Padre y
visto
como igual a él.
En
Tomás, la manera más característica de referirse a<span style="font-size: 12pt;"> Jesús es «el
Viviente»
(prólogo; 52; 59; 111), aunque también «el Hijo del Viviente» (37).
Jesús es
presentado como la encarnación de «la luz que está sobre todas las
cosas» (77),
presente por doquier: «Levantad una piedra, y allí me encontraréis»
(30). Esto
lleva a la principal característica de la cristología tomasina: Jesús
es
reverenciado, pero no a causa de su muerte y resurrección. Él es el
Viviente
por representar tan completamente al Padre, y su importancia deriva
sobre todo
de que ha traído la revelación salvífica. Como el Cristo joánico, es el
Revelador; pero mientras Juan relaciona ese papel con el evangelio de
su muerte
y resurrección, Tomás se centra casi exclusivamente en la revelación:
«las
palabras secretas que pronunció Jesús el Viviente» (prólogo).
c.2. El
Evangelio alternativo
Una
idea muy aceptada es que aquellos para quienes se escribió el Evangelio
de
Tomás estaban convencidos de que su verdadera naturaleza y su hogar
espiritual
no tenían nada que ver con su existencia en este mundo. Diversos logia
lo
muestran: «El reino está dentro de vosotros y fuera de vosotros. Cuando
os
conozcáis a vosotros mismos… os daréis cuenta de que sois hijos del
Padre
Viviente» (3,3-4); la pregunta sobre el principio y el fin (18);
«Dichoso el
que ya existía antes de nacer» (19,1); «Dichosos los célibes, los
elegidos… de
él procedéis y a él volveréis» (49); el origen en la luz (50); y los
logia
sobre las imágenes y la luz del Padre (83; 84).
Esas
personas pueden desconocer su verdadera naturaleza y origen: «si no os
conocéis
a vosotros mismos, viviréis en la pobreza» (3,5); «Yo estuve en medio
del mundo
y me manifesté a ellos en carne. Los encontré a todos bebidos» (28); el
milagro
del Espíritu que llega gracias al cuerpo (29); «Quien ha llegado a
conocer el
mundo ha encontrado un cadáver» (56 = 80). El proceso de salvación es
entendido
muy diferentemente de los escritos del NT: no como un cambio de
posición ni una
transformación redentora, sino como la percepción por el individuo de
su
verdadera naturaleza.
Envuelta
en todo esto está lo que parece una forma de teología adámica, en la
que la
imagen divina original era andrógina (reconociendo los dos relatos de
la
creación, Gn 1,26-27 y 2,7.22), de modo que la restauración a la pureza
primigenia era un regreso de los dos a uno y la conversión de las
mujeres en
hombres (11,3-4; 22,4-7; 85; 106,1; 114). La consecuencia ética parece
haber
sido un código marcadamente ascético, que incluía un celibato tenido en
muy
alta estima. Por eso frecuentemente se considera que Tomás surgió en
círculos
encratitas, notablemente carente de preocupaciones comunitarias o
eclesiales;
el individualismo de este escrito supera incluso al de Juan (4,2-4;
16,4;
21,1-4; 23,2; 37; 75; 105).
El
relato que subyace a todo esto es bastante claro para quienes están
familiarizados con la literatura gnóstica: individuos que perciben que
su yo
real y su hogar verdadero no tienen que ver con este mundo, gente de
espiritualidad enteramente en discordancia con la existencia material.
No todos
son conscientes de su verdadero yo, de su verdadero origen y hogar
espiritual.
La buena nueva es que Jesús vino de allí, el reino del Padre, y con su
enseñanza trajo la sabiduría secreta que es la revelación de su
verdadero ser.
Que esto pueda calificarse de «gnóstico» depende de cómo se defina el
gnosticismo. Pero si se puede calificar de «gnóstica» una
espiritualidad
ampliamente extendida que reconocía un dualismo básico entre espíritu y
materia, no estaba a gusto con el mundo y buscaba una respuesta que
resolviera
la paradoja de la existencia humana (desde la perspectiva del
conocimiento de
la verdadera identidad y conforme a un estilo de vida ascético),
entonces Tomás
puede describirse como «gnóstico».
43.3. Comparación
entre Juan y Tomás
La
característica que define el Evangelio de Juan es su presentación de la
verdad
completa, manifiesta en la enseñanza y misión de Jesús como era
conocida en la
comunidad joánica a partir de tradición similar a la sinóptica.
Determinados
dichos y parábolas quedaron reflejados en el cuarto Evangelio, y su
significado
completo fue desarrollado en discursos a veces prolijos. Milagros
característicos fueron vistos como «señales», y su significado extraído
en
otros discursos. Con Tomás, en cambio, la tradición similar a la
sinóptica es
presentada más o menos tal cual, y su buena noticia no está sacada de
la
tradición primitiva, sino más bien añadida a ella.
Varios
ejemplos lo muestran. Tanto Juan como Tomás toman el episodio de la
confesión
de Pedro (Mc 8,27-30). En Jn 6,68-69, Pedro responde «Tú tienes las
palabras de
vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que eres el Santo de Dios»,
confesión
que encaja en el argumento joánico y se expresa en lenguaje judío. En
EvTom 13,
el episodio se convierte en un modo de relativizar la categoría de
Pedro y
destacar que Tomás había recibido una revelación especial y secreta. En
Jn 3,5,
Juan desarrolla la condición para entrar en el reino (Mt 18,3): «Nadie
puede
entrar en el reino de Dios si no nace de agua y Espíritu». EvTom 22
sigue su
propio camino, incluyendo el pensamiento en su propia narración y temas
básicos
(hacer de dos cosas una, lo masculino y lo femenino, etc.). En Jn
14-16, Jesús
calma la ansiedad de los discípulos hablándoles de su relación con el
Padre;
EvTom 37 vuelve a dirigir la atención hacia su evangelio gnóstico
(andar
desnudos sin vergüenza). En Jn 16,23-24, las palabras sobre pedir,
buscar y llamar
presentan a Jesús animando a pedir; EvTom 2 añade un tema muy diferente
(el que
busca se quedará perplejo y admirado, y reinará sobre todas las cosas).
En
Juan, la venida de Jesús como la luz que separa el bien del mal
(3,19-21) es
clave para concebirlo como «la luz del mundo» (8,12); en cambio, EvTom
77
limita la concepción a su significación escatológica.
Parece
haber, pues, una diferencia fundamental entre los modos en que Juan y
Tomás
tratan la tradición primitiva de Jesús. Juan vive y respira en la
atmósfera de
ella, la hace objeto de largas reflexiones y la exprime para extraer su
significado profundo. Tomás, por su parte, tomó una porción
considerable de
tradición similar a la sinóptica, con la clase de variación que ya
hemos visto.
De hecho, la tradición similar a la sinóptica es mucho más reconocible
en Tomás
que en Juan. Pero —y esto es lo importante— el mensaje de Tomás que se
puede
considerar distintivo no está tomado de esa tradición, como sucede en
Juan.
Está tomado de un análisis diferente de la condición humana y de una
solución
diferente. Hay puntos de contacto (los temas de la luz y la vida
ofrecen
coincidencias); como Jesús era la principal fuente de inspiración de
gran parte
de ese lenguaje, era un buen receptor al que atribuir el mensaje
diferente.
Pero el mensaje central no era el de Jesús ni el de la tradición de
Jesús, de
la que pudieron servirse Juan y Tomás.
43.4. ¿Es Tomás un
«Evangelio»?
La
relación de la tradición de Tomás con las tradiciones sinóptica y
joánica
suscita especial intriga, pues hay numerosos puntos de contacto y
claras
indicaciones de continuidad, especialmente con la tradición sinóptica.
El punto
esencial, sin embargo, es que la narración básica que mantiene unida la
tradición de Tomás es manifiestamente distinta de la que encontramos en
la
tradición sinóptica e incluso en la joánica. El distintivo mensaje de
Tomás
proviene de una fuente y una visión de la condición humana que no se
encuentra
en la tradición de Jesús: es algo importado a esa tradición. Hay
suficientes
elementos en la tradición sinóptica que Tomás pudo utilizar y mezclar
con su
narración subyacente, pero es difícil pensar que el mensaje distintivo
fue
tomado de la tradición de Jesús, al contrario de lo que sucede con los
sinópticos (y con Juan).
No
es que Tomás se originase del impacto inicial de Jesús y simplemente
abandonase
la escatología y soteriología de la tradición, sino que la tradición
sinóptica
tomada por Tomás fue privada casi enteramente de toda conexión con la
vida (y
muerte) real de Jesús. Es un dicho libre, sin anclaje histórico
sustancial.
Tampoco hay indicios de que el mensaje distintivo fuera parte del
impacto
inmediato de Jesús. La base narrativa de Tomás es demasiado peculiar y
diferente de las otras indicaciones del siglo I sobre el impacto de
Jesús.
Mucho más probable es que la comunidad tomasina encontrase atractiva la
tradición que conocía porque les permitía completar su propia narración
instintiva, dado que hablaba de una visión de sí mismos cuyo origen
situaban en
otro que en Jesús. La tradición de Jesús proporcionaba una figura cuya
enseñanza contenía revelación que aportaba iluminación a la comunidad,
y que
les permitía ampliar la capacidad reveladora de esa tradición
desarrollándola
más allá de su sentido original. La tradición de Jesús que preferían
era
simplemente la que estaba incorporada a su cosmovisión y espiritualidad
«gnósticas».
Si
esto sucedió en oposición directa al evangelio establecido por Pablo e
incorporado a Marcos y los demás canónicos, es imposible saberlo. La
ausencia
de polémica explícita contra un evangelio alternativo paulino sugiere
un grupo
que encontró en la tradición de Jesús suficiente material para vincular
a un
relato que explicaba su identidad derivada de otra parte. Denominar
esto
«Evangelio» se entiende por el uso sustancial de la tradición de Jesús,
y las
referencias patrísticas a otros Evangelios recuerdan que la forma del
Evangelio
de Marcos no estaba tan establecida como para impedir que formas no
marcanas
fueran designadas «Evangelios». La cuestión decisiva es que en manos de
los
evangelistas canónicos la tradición de Jesús fue mantenida dentro del
marco
evangélico, es decir, el «Evangelio» tal como lo había denominado
Pablo: un
relato de la misión de Jesús que culminaba en su muerte y resurrección.
Tomás,
como manual de enseñanza para un grupo encratita o gnóstico que
consideraba a
Jesús el gran revelador de su verdadera condición, no debe contarse
como un
«Evangelio» conforme a la definición de los cristianos del siglo
primero.
En
suma, desde la perspectiva de la forma y el género literario,
«Evangelio»
podría parecer el título más natural para Tomás. Pero, en cuanto a la
estructura y el contenido, se diferencia tanto del «evangelio» según la
definición paulina y los Evangelios canónicos que «Evangelio de Tomás»
puede y
debe juzgarse un nombre inadecuado. Y dado que el título persiste,
conviene
considerar que Tomás es un evangelio muy diferente de los del NT. Su
exclusión
del canon neotestamentario, el canon de la cuádruple tradición de
Jesús, es
comprensible y completamente apropiada.
43.5. Dos
Evangelios diferentes, dos estrategias
hermenéuticas diferentes
En
el Evangelio de Juan vimos una presentación de la misión y enseñanza de
Jesús
cuyas raíces pueden relacionarse fácilmente con el más remoto impacto
causado
por Jesús, como atestigua la tradición sinóptica. Sobre la tradición
primitiva
se reflexionó durante muchos años, y el Evangelio de Juan es el fruto
de
aquella reflexión. Juan «podó» la tradición hasta dejarla en lo que
consideraba
sus características principales. En lo que se percibe como etapa final,
esas
características fueron ampliadas y elaboradas mucho más allá de lo que
los
sinópticos se permitieron (sobre todo «señales» cuya enjundia es
explicada, y
dichos y parábolas cuyo significado es desarrollado). Vemos elementos
ya
presentes en la tradición primitiva pero no destacados, traídos ahora a
la luz
—señaladamente la llamada a la fe y la promesa de vida eterna—, y
elementos que
en uno o más Evangelios anteriores habían suscitado reflexión, traídos
a la
claridad de los focos —la relación Padre-Hijo y el refuerzo de la
autoridad
divina de Jesús—. Puesto que las raíces de esto se identifican
claramente en la
tradición primitiva, lo definimos como un desarrollo de la tradición de
Jesús
desde dentro.
En
cambio, el material distintivo tomasino no aparece como un desarrollo
del
material sinóptico de que se sirve Tomás. El distintivo Evangelio de
Tomás es
una adición a la tradición similar a la sinóptica; procede de otra
fuente. La
tradición sinóptica pudo haber sido leída a la luz del análisis de
Tomás de la
condición humana, pero la lectura no fue tomada de esa tradición: fue
impuesta
sobre ella. Si la tradición joánica puede describirse como un
desarrollo de la
tradición de Jesús desde dentro, Tomás podría describirse como un
desarrollo
desde fuera.
Hay
varios paralelos entre Juan y Tomás, sobre todo en la presentación de
Jesús
como un revelador que puede ser identificado con Dios, y en el dualismo
arriba-abajo. Pero el contenido de la buena noticia revelada es muy
diferente,
como también lo son la actitud respecto al mundo, la respuesta derivada
y el
grado de enraizamiento en la tradición de Jesús. La gente de Tomás
encontró
atractiva la tradición de Jesús porque les ayudaba a completar su
propia
narración instintiva, ya que concordaba con ideas de sí mismos cuyo
origen
podían relacionar con cualquier cosa menos con Jesús. No totalmente
diferente
de Juan, Tomás encontró en la tradición de Jesús una figura cuya
enseñanza
contenía revelación con la que enriquecer sus percepciones instintivas.
Pero,
en realidad, la tradición que les gustaba fue simplemente adherida a su
cosmovisión y espiritualidad gnóstica básica.
En
resumen, Juan desarrolló la tradición sinóptica como si fuera desde
dentro,
ampliando el significado de la tradición heredada, aún con raíces en el
Antiguo
Testamento y aún de inmediata aplicabilidad a «los judíos». En cambio,
Tomás
trabajó sobre la tradición primitiva de Jesús más desde fuera, tomando
de ella
y adaptándola a un concepto muy diferente de la situación humana. Su
uso de la
tradición primitiva es más bien una absorción hostil, mientras que en
el caso
de Juan es como la exploración por un heredero de una riqueza recibida
de Jesús
a través de su tradición.
Todo
esto ayuda a entender mejor por qué la gran Iglesia conservó el
Evangelio de
Juan dentro del canon y por qué Tomás fue rechazado: las distintas
estrategias
hermenéuticas causaron la diferencia. Y el corolario para la tradición
de la
Iglesia —y para la traducción de la Escritura a otras lenguas— no se
puede
pasar por alto. Si Juan es un precedente y un modelo, entonces la
hermenéutica
aceptable es una que prolonga la tradición anterior (Escritura) tomando
de ella
lo que la Iglesia entiende de continua validez o de importancia recién
percibida. Y si Tomás es la advertencia precedente, la hermenéutica que
debe
mirarse con desconfianza es la que hace de una filosofía con diferentes
raíces
la clave para entender la tradición anterior (Escritura), o simplemente
añade
elementos de la Escritura a un marco o narración tomado de otra parte.
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