El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni judío ni griego. Una identidad cuestionada Undécima parte. Jesús aún recordado
Capítulo 44. La tradición de Jesús en el siglo segundo
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
44.1.
Introducción
La
tradición de Jesús causó un fuerte impacto y fue transmitida durante los
primeros setenta años aproximados del movimiento cristiano. La mayor parte
circuló oralmente durante veinte o treinta años, y la prueba de que era
ampliamente conocida en ese período está implícita en el hecho de que, cuando
por primera vez se puso por escrito lo sustancial de su contenido (Q y Marcos,
seguidos por Lucas y Mateo), ya existían uno o varios grandes depósitos de
tradición de los que los escritores podían servirse. Esos depósitos eran la
tradición oral viva procedente de los primeros discípulos y apóstoles,
fundadores de un creciente círculo de iglesias, que se utilizaba en distintas
combinaciones y agrupaciones. Tal tradición dio a esas comunidades su identidad
y les proporcionó inspiración para el culto, instrucción para la vida y
recursos para su testimonio y apologética. Es la tradición que los evangelistas
configuraron de maneras que reflejaban modos característicos de presentar a
Jesús en las diversas iglesias. El Evangelio de Juan y el de Tomás muestran
cuán ampliamente se conocía la tradición oral, y varias cartas del NT (Romanos,
1 Corintios, 1 Tesalonicenses, Santiago, 1 Pedro) aumentan la probabilidad de
que, ya en los primeros cincuenta años aproximados, mucha de esa tradición oral
hubiera penetrado en la cadena de iglesias en torno al cuadrante nordeste del
Mediterráneo.
¿Qué
sucedió con la tradición de Jesús en el siglo II? Los Evangelios que pasaron a
formar parte del canon del NT estaban ya escritos, y en este capítulo se
considera su influencia en expansión y su progreso hacia la canonización. Pero
no debe inferirse que, al ser puesta por escrito, la tradición de Jesús terminó
su fase oral. Tanto Juan como Tomás atestiguan conocerla ampliamente y muestran
muchas coincidencias con la tradición sinóptica, además de implicar
conocimiento de tradición oral no recogida en los sinópticos. Es natural
deducir que la tradición de Jesús siguió siendo conocida y circulando
oralmente, incluso cuando los Evangelios fueron quedando establecidos más allá
de los destinatarios para quienes inicialmente se escribieron. Y si Juan y
Tomás muestran que la tradición pudo desarrollarse mucho más allá de lo que
conocía la tradición sinóptica, cabe preguntarse si en el siglo II se
desarrolló de algún modo y con qué grado de aceptabilidad.
En
particular, ¿deben considerarse los Evangelios neotestamentarios los únicos
verdaderos herederos de la tradición oral de Jesús? Ireneo, obispo de Lyon,
escribiendo entre 175 y 185, estableció el primer compromiso con un canon
compuesto exclusivamente de cuatro Evangelios, pero ya circulaban otros, como
él mismo sabía. ¿Por qué insistió en solo cuatro —Mateo, Marcos, Lucas y Juan—
y con qué justificación? La última generación de estudiosos se ha visto casi
abrumada al comprobar que muchos otros documentos llamados Evangelios reabren
la antigua cuestión (ya planteada en el siglo II) de por qué pasaron al canon
esos cuatro y no otros, los llamados “apócrifos”. La controversia sobre el
Evangelio Secreto de Marcos, la publicidad dada a las afirmaciones seudohistóricas
de El código Da Vinci y el descubrimiento del Evangelio de Judas han devuelto
estas cuestiones al debate público.
¿Tenía
razón Walter Bauer al sugerir que los comienzos del cristianismo fueron mucho
más variados de lo que antes se pensaba, y que la “ortodoxia” fue simplemente
la perspectiva de la facción que acabó imponiéndose en cada centro y condenando
como “herejes” a las demás? ¿Hubo otros Evangelios inicialmente tan
autoritativos como los del NT, luego suprimidos por la corriente principal?
¿Inició Ireneo una nueva tendencia, o más bien salvó a Juan en particular del
oscuro destino al que querían condenarlo otros cristianos de inclinaciones
gnósticas? Estas cuestiones se resumen en el provocativo título del libro de
Bart Ehrman Lost Christianities (“Cristianismos perdidos”): ¿hubo en el siglo
II movimientos tan influidos por Jesús y su tradición como el que Ignacio de
Antioquía llamó “cristianismo”, y con tanto derecho a llevar ese nombre? Por
eso este tercer tomo de El cristianismo en sus comienzos se titula Ni judío ni
griego: una identidad cuestionada, pues fue en el siglo II cuando la rivalidad
entre esas formas se hizo real y virulenta, con las posiciones acerca de Jesús
y el uso de su tradición en el centro.
Los
objetivos del capítulo son tres: investigar los indicios de que la tradición de
Jesús seguía siendo conocida oralmente, con independencia de los Evangelios
escritos, examinando los Padres apostólicos (primera parte del siglo II), entre
ellos el famoso comentario de Papías, y los apologetas (mediados de siglo);
investigar qué hacían con la tradición los “otros” Evangelios y qué controles
(o falta de ellos) ejercía la propia tradición sobre el proceso; e investigar
el fenómeno de los cuatro Evangelios del NT, su creciente influencia, por qué
fueron distinguidos de los demás y si esa distinción estuvo justificada.
Conviene
tener presente, desde el principio, la lista de “otros Evangelios” que podrían
haber existido antes de 175 d. C.: el Evangelio de los Ebionitas, el de los
Egipcios, el de los Hebreos, el de los Nazarenos, el de Tomás, el de Pedro, el
Evangelio Desconocido (Papiro Egerton 2), el Evangelio de Judas y el
Protoevangelio de Santiago; a ellos se añaden otros documentos que, surgidos
quizá en el siglo II, llevan el título “Evangelio”. La cuestión de fondo es
doble: si esos escritos atestiguan formas de tradición de Jesús anteriores o
independientes de los Evangelios del NT, y qué nos dicen acerca del modo en que
el cristianismo del siglo II se estaba desarrollando. Como se irá viendo, el
valor de la mayor parte de ese material para el conocimiento del Jesús
histórico es escaso o nulo, pero ilumina extraordinariamente la espiritualidad
de la época y la fascinación que la figura de Jesús ejercía sobre círculos muy
diversos.
44.2.
La tradición oral de Jesús en el siglo segundo: los Padres apostólicos
La
familiaridad de los escritores cristianos del siglo II con la tradición de
Jesús fascina a los estudiosos desde el siglo XIX. En la época en que el
interés predominante era descubrir las fuentes escritas de los Evangelios, se
daba por supuesto que el conocimiento de los Padres apostólicos derivaba de su
dependencia de uno o más Evangelios. Así, por ejemplo, J. B. Lightfoot afirmaba
que, aunque las citas de Clemente sean vagas, no es necesario alejarse de los
Evangelios canónicos para hallar su fuente, sobrando la hipótesis de una
tradición oral o de un Evangelio perdido. Esa postura reflejaba el desagrado
con que se acogía toda idea de una fuente oral: se suponía que la validez de
una referencia dependía de poder identificar una fuente escrita, de modo que la
categoría de “no canónica” (o “extracanónica”) implicaba “poco fiable”. Sin
embargo, el siglo XX vio una creciente disposición a admitir que las citas y
alusiones a la tradición de Jesús del siglo II se explican mejor como
testimonios de una tradición oral aún muy viva y usada. Merece reconocimiento
especial Helmut Koester, por haber subrayado que la tradición de Jesús existió
en corrientes orales (“tradición libre”) hasta bien entrado el siglo II,
advirtiendo contra la suposición de un desarrollo puramente literario y lineal.
a.
¿Qué constituye una cita o alusión a la tradición de Jesús?
Antes
de examinar textos concretos conviene recordar las dificultades de evaluar si
un texto depende de otro anterior y si tal dependencia implica conocimiento del
otro texto. Las opciones son más numerosas de lo que estudios previos
apreciaron, y pueden ordenarse así:
Dependencia
literaria por uso de uno de los Evangelios del NT y cita de un texto suyo, no
necesariamente marcada como cita formal —la clase de dependencia a la que se
dedicó una ingente cantidad de estudios—.
Dependencia
literaria por cita de memoria de un Evangelio leído o estudiado antes,
reconocible aun cuando el material citado sea una variante del texto llegado
hasta nosotros.
Dependencia
literaria por cita de un texto variante de los Evangelios: décadas de crítica
textual han mostrado abundantes variantes, y no puede descartarse que una cita
proceda de un texto evangélico hoy desconocido para nosotros.
La
misma gama de posibilidades se aplica a la categoría más amplia de alusión o
eco, siempre susceptible de disputa; el factor decisivo suele ser si la
supuesta alusión muestra conocimiento de rasgos distintivos del texto en
cuestión, lo cual es particularmente importante para saber si se alude a un
determinado Evangelio.
La
dependencia no literaria, es decir, el conocimiento y uso de la tradición de
Jesús en forma oral, conocida a través de la liturgia, la predicación y la
catequesis; aspecto de especial relieve en estos tomos. Esto incluye la
“segunda oralidad”: Evangelios escritos conocidos solo por audición de su
lectura pública, quizá frecuente, pero acaso oída tiempo atrás.
La
posibilidad de que rasgos distintivos de un Evangelio del NT fueran absorbidos
por una tradición oral de Jesús más amplia, de modo que lo que parece alusión a
un determinado Evangelio podría haber sido tomado simplemente de esa tradición
oral; aun así, que un rasgo distintivo llegara a ser más ampliamente conocido
es ya testimonio de la influencia de ese Evangelio.
Y
la posibilidad de que buena parte de la tradición de Jesús hubiera entrado en
los procesos mentales y en la vida social de los cristianos del siglo II, igual
que tantas frases e imágenes de la Biblia del rey Jacobo o de Shakespeare
pasaron al lenguaje corriente del inglés: lenguaje e imágenes que no son citas
ni alusiones, sino material que atestigua cuán conocida era esa tradición.
b.
Tradición de Jesús en las cartas del siglo primero
Varios
pasajes de las cartas de Pablo, Santiago y 1 Pedro son considerados alusiones o
ecos de la tradición de Jesús. Sirven para obtener una idea más nítida de lo
que puede considerarse una alusión efectuada entre mediados y finales del siglo
I, y de cómo funcionaba la tradición en comunidades donde los Evangelios
escritos no eran conocidos ni servían de fuente. Entre los mejores ejemplos:
Rom
12,14 — “Bendecid a los que os
persiguen…” (cf. Lc 6,27-28)
1
Cor 13,2 — “toda la fe como para
mover montañas…” (cf. Mt 17,20)
1
Tes 5,2 — “el Día del Señor va a
venir como un ladrón en la noche” (cf. Mt 24,43/Lc 12,39)
Sant
5,12 — “no juréis… que vuestro
‘sí’ sea ‘sí’…” (cf. Mt 5,34-37)
1
Pe 2,12 — “que vean vuestras
buenas obras y glorifiquen a Dios” (cf. Mt 5,16)
Comparados
con los Padres apostólicos, estos ejemplos muestran dos características. La
parénesis posterior siguió más de cerca la tradición de Jesús —la dependencia
respecto a enseñanzas conocidas sobre todo por los sinópticos es más concreta y
reconocible—, lo que podría indicar que la puesta por escrito en los Evangelios
ya proporcionaba forma más sólida y estable. Y mientras las cartas del NT
simplemente habían absorbido la tradición sin hacer constar su origen, algunos
Padres apostólicos muestran interés en subrayar que esa enseñanza procedía del
Señor Jesús. Conviene recordar también dos ágrafa recogidos fuera del NT (Hch
20,35: “Hay más dicha en dar que en recibir”; y Lc 6,4 en el códice D, sobre el
hombre que trabaja en sábado), que recuerdan que no toda la enseñanza de Jesús
estuvo disponible para cada evangelista, que la tradición era más extensa de lo
recogido en los Evangelios y que se mantuvo en forma oral viva incluso después
de empezar a pasar a colecciones escritas.
c.
1 Clemente
Las
consideraciones se centran en dos pasajes: 1 Clem 13.2 y 46.8. El primero cita
una sucesión de siete dichos del Señor, introducidos por la llamada “Recordad
las palabras del Señor Jesús, porque dijo”:
«Tened
misericordia para que os tengan misericordia; perdonad para que os perdonen; lo
que hagáis os lo harán a vosotros; según deis os será dado; como juzguéis
seréis juzgados; según mostréis bondad se os mostrará bondad; con la medida con
que midáis se os medirá.»
Los
siete dichos son paralelos en algún grado con Lc 6,31.36-38, y cuatro tienen
paralelos en Mateo. Aunque podría imaginarse a Clemente con un ejemplar de
Lucas al lado, la formulación no es particularmente cercana a Mateo o Lucas, y
el orden de las unidades no sugiere dependencia de un Evangelio escrito;
difícilmente hay algo que sugiera dependencia literaria. La explicación más
verosímil es que Clemente conocía una de las diversas colecciones de enseñanzas
de Jesús, quizá una preparada por él mismo para predicación, en torno al tema
“Lo que hagas, te harán”; un excelente ejemplo de cómo la tradición oral se
presentaba en distintas combinaciones, con formato adaptado a un tema
destacable. El texto de Policarpo (Polic 2,3) es muy similar, con cuatro de los
mismos dichos introducidos por una llamada parecida a recordar, pero la
variación en el orden apunta a una agrupación conocida más que a dependencia
directa de 1 Clemente.
El
segundo pasaje (1 Clem 46.8) muestra claro conocimiento de la advertencia de
Jesús contra escandalizar a un “pequeño”, con la tremenda imagen de morir
ahogado bajo el peso de una piedra de molino, atestiguada en los tres
sinópticos (Mt 18,6-7; Mc 14,21 y 9,42; Lc 17,1-2). Las variantes en la
formulación hacen improbable que Clemente citara de un Evangelio escrito; lo
más probable es que esa advertencia fuese recordada y citada muy ampliamente en
la parénesis cristiana primitiva con las ligeras variaciones típicas de la
tradición oral. La frase “mejor sería para él no haber nacido”, más familiar
respecto a Judas (Mc 14,21), es la clase de variación alusiva esperable en la
tradición oral. Cabe concluir con Koester que 1 Clemente nunca se sirve de
ninguno de los Evangelios sinópticos; pero la tradición de Jesús era conocida
en diferentes agrupaciones y valorada como parte integral de la catequesis y la
parénesis.
d.
Ignacio de Antioquía
Las
posibles alusiones a la tradición de Jesús en las siete cartas de Ignacio son
pocas, lo que no sorprende dado su escaso interés por las Escrituras
veterotestamentarias. Pueden considerarse seis ejemplos principales:
IgnEf
5,2 — “¿cuánto más la oración del
obispo y de la iglesia entera?” (cf. Mt 18,19-20)
IgnEsm
1,1 — “bautizado por Juan, para
que se cumpliera en él toda justicia” (cf. Mt 3,13-15)
IgnEsm
3,2-3 — “Tocadme y ved que no soy
un demonio sin cuerpo… comió y bebió con ellos” (cf. Lc 24,39.42-43)
IgnEsm
6,1 — “El que entienda, que
entienda” (cf. Mt 19,12)
IgnPol
2,1 — “Si amas a los discípulos
buenos, esto no es mérito” (cf. Lc 6,32)
IgnPol
2,2 — “Sé prudente como la
serpiente… y puro como la paloma” (cf. Mt 10,16/Tomás 39,3)
IgnEf
5,2 tiene poca cercanía verbal con Mateo, por lo que a lo sumo Ignacio conocía
una versión del dicho. IgnEsm 1,1 refleja en cambio el peculiar tratamiento
mateano del bautismo de Jesús —con el énfasis en “justicia” y “cumplimiento”,
exclusivo de Mateo—, único texto en que la redacción propia de Mateo parece
reflejada en Ignacio; la navaja de Occam sugiere que postular una fuente o
versión utilizada por Mateo es complicación innecesaria, de modo que parece más
razonable que Ignacio tuviera acceso a Mateo o memoria de él, o bien que su
postura distintiva había entrado en la tradición más amplia. IgnEsm 3,2-3
muestra conocimiento de la tradición recogida por Lucas, pero probablemente de
manera independiente, ya que Ignacio incluye elementos no lucanos y omite otros
que reforzarían su argumento (la cita figura además en otros escritos atribuida
a “la doctrina de Pedro” y al Evangelio de los Hebreos). IgnEsm 6,1 e IgnPol
2,1-2 son exhortaciones proverbiales que flotan sueltas. Otras alusiones (a Mt
15,13 sobre la “plantación del Padre”, a “la ira inminente” de Mt 3,7/Lc 3,7, a
Mt 12,33 sobre el árbol y su fruto) son imágenes bíblicas o proverbiales que no
exigen dependencia literaria.
Dos
casos sugieren conocimiento de Juan o de la tradición joánica: IgnRom 7,2-3
(“agua viva que también me habla”, cf. Jn 4,10.14; “pan de Dios que es la carne
de Jesucristo… su sangre”, cf. Jn 6,41-58) y IgnFil 7,1 (“de dónde viene y
adónde va”, que coincide palabra por palabra con Jn 3,8, salvo que el sujeto es
ahí el Espíritu). La mezcla de temas joánicos indica que Ignacio conocía la
reelaboración joánica de la tradición y estuvo influido por ella, aunque la
diferencia respecto a Juan en IgnFil 7,1 hace improbable una cita. Hay que
recordar que Ignacio escribió camino de su martirio, con limitada capacidad de
llevar textos, de modo que los ecos derivaban muy probablemente de su memoria.
El número de ecos y su relativa independencia de la formulación canónica
sugieren una tradición viva, en parte procedente de Jesús, conocida sobre todo
por uso oral, más valorada por su impacto continuo que por su atribución a
Jesús. No puede concluirse con confianza que Ignacio conociera un Evangelio
escrito, pero sí que al menos Mateo y Juan eran ya bastante conocidos o
influyentes, probablemente en Siria y Asia Menor.
e.
Policarpo a los Filipenses
La
Carta de Policarpo contiene varias alusiones. Polic 2,3 (cf. Mt 5,3.10 y Lc
6,20) sobre los pobres y los perseguidos por la justicia muestra, por el motivo
mateano de la “justicia”, cierto conocimiento o influencia de Mateo, quizá ya
incorporado a la forma oral más difundida. Polic 7,2 combina un eco del
Padrenuestro (Mt 6,13) con el dicho “el espíritu está pronto, pero la carne es
débil” (Mc 14,38/Mt 26,41); más que dependencia literaria, parece una
exhortación surgida de la meditación sobre el Padrenuestro, conocido por el uso
litúrgico, a la que Policarpo conectó un dicho proverbial. Polic 6,2 refleja la
reflexión que evocaba la petición de perdón del Padrenuestro. Polic 7,1-2
sugiere además conocimiento del corpus joánico (“todo el que no confiesa que
Jesucristo vino en la carne es un anticristo”, cf. 1 Jn 4,2-3; “primogénito de
Satanás”, cf. Jn 8,44), y Polic 6,1 (“deudores respecto al pecado”) implica un
dicho conocido y autoritativo de fuente desconocida. De nuevo cabe hablar de
influencia de Mateo y Juan, que confirma su arraigo en Asia Menor en la primera
parte del siglo II.
f.
La Didajé
La
enseñanza de los doce apóstoles se presenta como “la enseñanza de Jesús a los
gentiles por medio de los doce apóstoles”: una idealización del papel activo de
los Doce que, sin embargo, refleja que hubo discípulos destacados que desde el
principio asumieron la responsabilidad de reunir, formular, exponer y
transmitir lo que habían recibido de Jesús. La Didajé empieza con la técnica
parenética de los “dos caminos” (Did 1-6); el camino de vida arranca con una
serie de enseñanzas de Jesús con notable paralelo con el material Q del Sermón
del monte y del Sermón de la llanura. El bloque inicial reúne el doble
mandamiento del amor, la regla de oro y exhortaciones sobre los enemigos y la
no resistencia:
«Amarás
a Dios que te creó, y a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que no quieras que
te pase a ti, no se lo hagas a otro» (cf. Mt 7,12/Lc 6,31). «Bendecid a los que
os maldicen, rogad por vuestros enemigos» (cf. Mt 5,44/Lc 6,27-28). «Si alguien
te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda» (cf.
Mt 5,39). «Da a todo el que te pida, y no se lo reclames» (cf. Lc 6,30/Mt
5,42).
Aparte
de Lc 6,30, los paralelos más próximos son con Mateo, pero el grado de desorden
respecto a la sucesión mateana y el material adicional (paralelos con 1 Pe
2,11, ampliaciones, y un dicho desconocido —“que tu limosna sude en tus manos
hasta que sepas a quién se la das”—) invitan a pensar en una tradición que se
expandió en el uso. Es posible que el compilador conociera Mateo o, más
exactamente, la tradición de la que se sirvió el evangelista; las diferencias
respecto a Mateo, los indicios de Rom 12,14 y 1 Pe 2,11, y los paralelos con
Bernabé invitan a pensar en un material ampliamente usado en la parénesis
cristiana y configurado en el proceso de transmisión oral, sin que ello excluya
la contribución mateana a esa tradición.
En
la sección sobre bautismo, ayuno, Padrenuestro y eucaristía (Did 7-10) la
influencia mateana es muy marcada: la fórmula bautismal trinitaria (Did 7.2-3,
cf. Mt 28,19) es característica de Mateo —en el resto del NT el bautismo se
administra “en el nombre del Señor Jesús”—, lo que refleja la incorporación de
esa formulación a la práctica litúrgica; Did 8 sigue las instrucciones de Mt 6
sobre ayuno y oración (“hipócritas” es palabra casi distintiva de Mateo) y
reproduce el Padrenuestro casi palabra por palabra en la versión mateana:
«Padre
nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu reino;
hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra; el pan nuestro de cada
día dánoslo hoy; y perdónanos nuestra deuda, así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del Mal.
Porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos.»
Que
la versión coincida casi exactamente con la de Mateo —pese a que Lucas
atestigua que circulaban versiones distintas del Padrenuestro—, y que la
advertencia contra los “hipócritas” se asemeje tanto a Mt 6, lleva a la
conclusión más obvia de que hubo conocimiento de Mateo o influencia de él. La
frase “como el Señor mandó en su evangelio” indica que “evangelio”, como
exposición que incluía la enseñanza de Jesús, era ya un concepto bien
establecido, y la doxología añadida al Padrenuestro es indicio de la tendencia
litúrgica natural a completar la oración recordada como enseñanza de Jesús,
prueba de la flexibilidad que conservaba incluso la tradición más estable.
Otros ecos (Did 9.5/Mt 7,6; 11,1-4/Mt 10,40-41; 11,7/Mt 12,31; 13,2/Mt 10,10)
son distintivamente mateanos, y Did 16 refleja el discurso apocalíptico de Mt
24. En suma, la composición de la Didajé sugiere insistentemente que Mateo era
el más conocido e influyente de los Evangelios ya habituales en las iglesias
mediterráneas, sea por conocimiento inmediato o por una influencia muy
sustancial en la configuración del material litúrgico y parenético.
g.
Carta de Bernabé
En
comparación con las muchas citas del AT, las referencias a la tradición de
Jesús en Bernabé son escasas. Lo más llamativo es Bern 4.14 (“muchos llamados,
pero pocos elegidos”, cf. Mt 22,14), posiblemente cita de Mateo, aunque la
fórmula “como está escrito” suele introducir una cita escriturística, lo que
abre otras posibilidades. Otros vínculos son aún más débiles: Bern 5.9 (“no
vine a llamar a los justos, sino a los pecadores”, cf. Mc 2,17), pero la
tradición no derivaba exclusivamente de los Evangelios; Bern 5.12 y 6.6 parecen
referirse al pasaje del AT citado; Bern 7.3 (“hiel”, solo en Mt 27,34) pudo
pasar a la rememoración de la crucifixión. La Carta muestra que el relato de la
pasión era muy conocido en las asambleas cristianas, pero no informa con
fiabilidad sobre si la tradición estaba en forma escrita; el que se reconozcan
tales alusiones confirma un grado significativo de estabilidad en la tradición
oral.
h.
El Pastor de Hermas
Hermas
resulta decepcionante desde esta perspectiva. Aunque es probablemente uno de
los últimos Padres apostólicos, no cita explícitamente ninguno de los
Evangelios ni alude a ellos (tampoco a cartas paulinas), y a pesar de ser la
obra más larga del corpus ofrece pocos ecos de la tradición de Jesús, alejados
entre sí. Entre los ejemplos que se podrían esperar y que, sin embargo, no
recurren a la tradición de Jesús: los mandatos dados a Hermas, aunque ordenados
en serie, no se relacionan con los mandamientos de Jesús; la mención de “malos
espíritus” que habitan en alguien podría haber aludido a Mt 12,43-45, pero no
lo hace; al tratar de los dos caminos no se recurre a la tradición de Jesús, a
diferencia de la Didajé; los catálogos del Octavo Mandato no guardan relación
con Mc 7,21-22; la parábola del amo que parte de viaje dejando su viña no
muestra conocimiento de parábolas comparables; y la advertencia contra la duda
al rogar a Dios es eco de Sant 1,8, no de Mc 11,23-24. La interpretación de las
“cuatro patas” de un diván o las “cuatro hileras” de una torre como referencias
a los cuatro Evangelios ha sido rechazada unánimemente y a menudo ridiculizada.
h.1.
2 Clemente
La
llamada Segunda Carta de Clemente —en realidad una homilía— cita y refleja una
porción sustancial de tradición de Jesús, y es notable porque en algún punto la
introduce con la fórmula propia de la Escritura. Así, 2 Clem 2.4 cita el dicho
“no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores” (cf. Mc 2,17)
presentándolo como “Escritura”, lo que ilustra cómo, hacia mediados del siglo
II, la tradición de Jesús empezaba a recibir un trato de autoridad equiparable
al de las Escrituras judías, sin que pueda excluirse que la fuente fuera ya uno
de los Evangelios escritos. 2 Clemente refleja también dichos de tendencia
próxima a la de Tomás (por ejemplo en 12.2, sobre “cuando los dos sean uno”) y
atestigua, en conjunto, que un cuerpo amplio de enseñanza de Jesús era conocido
y usado en la predicación, todavía con la flexibilidad típica de su
transmisión, pero ya con señales de la transición hacia el reconocimiento de
textos autoritativos.
j.
Papías
El
testimonio de Papías requiere especial atención. Conviene tener delante el
núcleo de su declaración, conservada por Eusebio:
«Si
venía a mí alguien que había estado relacionado con los ancianos, le preguntaba
acerca de los discursos de ellos: lo que había dicho Andrés, o Pedro, o Felipe,
o Tomás, o Santiago, o Juan, o Mateo, o cualquier otro de los discípulos del
Señor, y lo que decían Aristión y el anciano Juan, discípulos del Señor. Porque
tenía yo la idea de que los libros no me iban a ser tan provechosos como las
consideraciones de una voz viva y permanente.»
Papías
atestigua claramente la existencia de tradición oral (“tradición no escrita”),
con la que se familiarizó en su juventud, prefiriendo “las consideraciones de
una voz viva y permanente” a los libros. Es notable que no mencione colecciones
escritas ni Evangelios al afirmar la verdad y autoridad de su enseñanza, sin
sentir presión por validarla demostrando que llegó en forma escrita. Casi a la
vista hay una cadena de tradición de tres eslabones —apóstoles, compañeros,
Papías—, y parte de su confesión se centra en Aristión y Juan el anciano; los
tiempos verbales implican que Papías no llegó a conocer a los apóstoles, pero
sí escuchó a aquellos dos discípulos, todavía activos probablemente en Asia
durante sus años jóvenes. Papías cita un amplio círculo de fuentes (siete de
los Doce, además de “cualquier otro de los discípulos”), sin sentir presión por
centrarse en uno o dos, ni siquiera en Pedro, lo que añade peso a la idea de
que muchos de los discípulos originales participaron en la difusión y configuración
de las tradiciones, dándoles la forma que conserva la tradición sinóptica.
La
antítesis que establece Papías es entre información de primera mano e
información ofrecida por libros; la tradición oral no entra en ese contraste, y
deducir que Papías desconfiaba de ella es tendencioso. Papías valoraba las
visitas de quienes habían tratado a los primeros discípulos no tanto por algún
episodio nuevo que pudieran traer, sino porque confirmaban lo que él ya conocía
por la tradición oral de las comunidades; es el mismo impulso que hoy llevaría
a escuchar de primera mano a una gran figura histórica, aunque lo que dijera
fuera ya conocido. Papías parece situarse en la cúspide entre la tradición oral
y su puesta por escrito, representante típico (como Mateo) de una generación
que empezó a ver el valor de transcribir la tradición, sin sentir necesidad de
reconocer dependencia respecto a algún predecesor literario. Era consciente de
que existían otras enseñanzas y competidores, pero solo le interesaban “los que
recuerdan los mandamientos procedentes del Señor”, aunque reconocía a Tomás sin
reservas como fuente para la enseñanza del Señor.
Aunque
su atención se centra en el testimonio presencial, Papías proporciona también
el testimonio más temprano de los Evangelios escritos de Marcos y Mateo; se le
cita además citando Lc 10,18, parece haber conocido el relato de la mujer
sorprendida en adulterio (Jn 7,53-8,11), y es posible que Ireneo, al atribuir
la cita de Jn 14,2 a “los mayores, los discípulos de los apóstoles”, se esté
sirviendo de él. En suma, es completamente posible que Papías conociera los
cuatro Evangelios del NT como receptáculos autoritativos de la enseñanza de
Jesús, a la vez que da fe de que la tradición oral seguía siendo, en su tiempo,
un recurso vivo y muy estimado.
k.
Conclusiones
El
examen de los Padres apostólicos ha sido revelador. Con una o dos excepciones,
la tradición de Jesús —en particular sus dichos— fue citada con frecuencia y
constituyó un elemento importante de la enseñanza catequética y parenética.
Esto fue así en un amplio espectro de iglesias: Clemente pudo citar tradición
de Jesús dando por supuesto que sería conocida tanto en Corinto como en Roma;
Ignacio, durante su viaje desde Siria, pudo suponer que sus alusiones serían
entendidas en las iglesias de Asia Menor y Roma; la Didajé presentó material de
enseñanza ampliamente conocido y un orden litúrgico practicado en muchos
lugares; y 2 Clemente cita y refleja una porción sustancial de la tradición.
Parte
del uso se atribuye explícitamente al Señor, pero mucho parece haberse
integrado simplemente en la vida de las iglesias, de modo que las alusiones
reverberaban como en una cámara de eco con otras enseñanzas afines. Aunque
diversos aspectos pueden relacionarse con rasgos distintivos de un Evangelio
(sobre todo Mateo, también Juan), no hay que interpretarlos necesariamente como
citas de quien tenía un Evangelio a mano, ni como lecturas mal recordadas:
pueden ser ejemplos de segunda oralidad, o de rasgos distintivos absorbidos por
la tradición oral de mayor circulación, al arraigar las variaciones de la
exposición oral en exposiciones posteriores. Lo que cabe inferir con mayor
confianza, cuando se reflejan aspectos distintivos de Mateo, es la marcada probabilidad
de que ese Evangelio ya estuviera escrito y ejerciera una influencia creciente.
El testimonio de Papías confirma que la tradición oral seguía siendo un recurso
vivo, pero que las primeras décadas del siglo II marcaron una transición
creciente desde la dependencia de la tradición oral hacia la conciencia de que
los testigos oculares quedaban demasiado alejados en el tiempo y de que la
transcripción del evangelio oral se hacía más deseable y necesaria.
44.3.
La tradición oral de Jesús en el siglo segundo: los apologetas
Dado
que los apologetas podrían llevar hasta el siglo III, el estudio se limita a
Arístides, Justino Mártir, Taciano, Atenágoras, Teófilo de Antioquía y Melitón
de Sardes, incluyendo a Ireneo, y dejando a un lado la Carta a Diogneto, que no
muestra interés por la tradición de Jesús.
a.
Arístides
Lo
más llamativo de su Apología es la invitación al rey (¿el emperador Adriano?) a
leer por sí mismo “lo que es llamado el escrito del santo evangelio”, además de
hablar de “los escritos de los cristianos”. Pero los indicios de conocimiento y
uso específicos de la tradición son demasiado leves para construir un argumento
sustancial. Massaux apunta a un posible eco de Mt 13,44 y Hill a un eco de Jn
19,37; en este último caso podríamos estar de nuevo ante un elemento joánico
absorbido por la corriente más amplia, que confirmaría la influencia de Juan
pero no el uso del Evangelio joánico.
b.
Justino Mártir
Es
indudable que Justino conoció el Evangelio en forma escrita y, al parecer, más
de uno. Invitó al emperador a “examinar nuestros escritos”, reprendió a
Crescencio por no haber encontrado las enseñanzas de Cristo y dio por sentado
que Trifón había “leído lo que enseñó nuestro Salvador”. Atestigua que las
“Memorias de los apóstoles” se consideraban tan adecuadas para las lecturas
dominicales como “los escritos de los profetas” (1 Apol 67.3), la referencia
más antigua a la lectura de los Evangelios en el culto cristiano. Puesto que
Justino cita la tradición sinóptica más extensamente que ningún otro escritor
del siglo II antes de Ireneo, la deducción más sencilla es que sus citas
ofrecen prueba añadida de la influencia de los Evangelios escritos. Respecto a
Marcos, las posibles alusiones son muy pocas (1 Apol 16.7/Diál 101.2 con Mc
10,17-18; 1 Apol 66.3 con Mc 14,22-23), aunque Diál 106.3 refiere detalles
“recogidos por Pedro en sus Memorias”, como el sobrenombre “Boanerges”,
confirmando que Justino consideraba a Marcos como las “Memorias” de Pedro.
En
contraste, los indicios del uso de Mateo, o de tradición distintivamente
mateana, son extraordinariamente abundantes:
1
Apol 15,1-2 — Mt 5,28.29
1
Apol 15,11.15.17 — Mt
6,19-20.31-33.1
1
Apol 16,1-2.5.9 — Mt 5,39-40.16;
5,34.37; 7,21
Diál
17,4; 35,3; 51,3 — Mt 23,23.27;
7,15; 11,12-15
Diál
76,4.5; 120,6; 140,4 — Mt
8,11-12; 7,22-23; 25,41
Un
examen clásico de las citas de Evangelio en Justino concluía que unos diez
pasajes coinciden de manera casi exacta, veinticinco presentan ligeras
variaciones y treinta y dos diferencias muy marcadas, lo que confirma a la vez
el conocimiento de los Evangelios escritos y la flexibilidad con que se citaba.
Justino muestra también conocimiento de la tradición lucana y joánica. La
puesta por escrito de la tradición fue vista, además, como un modo de prevenir
que se desarrollara apartándose demasiado de su original inspiración en la
vida, enseñanza, muerte y resurrección de Jesús.
c.
Taciano, Atenágoras, Teófilo de Antioquía e Ireneo
Taciano,
discípulo de Justino, compuso el Diatessaron, armonía que entrelaza los cuatro
Evangelios del NT en un único relato continuo; el mero hecho de que diera por
supuesto que solo esos cuatro debían ser entrelazados constituye un testimonio
decisivo de que ya eran tratados como las fuentes autoritativas para la misión
y enseñanza de Jesús. Algo similar cabe decir de Teófilo de Antioquía, que
también incluyó a Juan en su armonización y citó la tradición evangélica como
autoridad. Atenágoras (Súplica) aporta indicios de conocimiento de la tradición
sinóptica —notablemente del mandamiento de amar a los enemigos y de orar por
los perseguidores— y joánica. Es significativo que ni Taciano ni Teófilo
mostraran interés por Evangelios distintos de los cuatro canónicos.
Ireneo,
finalmente, lleva a una conclusión apropiada en el siglo II lo que venía siendo
el sentido principal de la tradición de Jesús desde la última parte del siglo
I. No tomó un camino inusual ni hizo la guerra por su cuenta a una hueste de
Evangelios alternativos: estableció el reconocimiento de Mateo, Marcos, Lucas y
Juan como los documentos fundacionales, usando la conocida analogía de las
“cuatro partes del mundo” y los “cuatro vientos principales” para argumentar
que los Evangelios no podían ser en número mayor ni menor de cuatro. Su
intervención fue decisiva, sobre todo, para asegurar el lugar de Juan frente a
los intentos gnósticos de apropiárselo.
44.4.
Otras corrientes de tradición de Jesús
Por
el Evangelio de Tomás se sabe que hubo corrientes de tradición distintas de las
conservadas en los Evangelios del NT, y circularon muchos otros documentos
similares a Evangelios. ¿Qué validez tiene lo que dicen esas otras fuentes,
como testimonio del Jesús recordado y del carácter evolutivo de la tradición?
Estas cuestiones cobraron importancia cuando, en las últimas décadas del siglo
XX, se puso de moda en algunos círculos descubrir en esos “otros Evangelios”
expresiones de tradición anteriores a la de los Evangelios del NT. Tal
tendencia era en parte culminación de la búsqueda del mito del Redentor
gnóstico precristiano, perseguida con entusiasmo y sin resultado en las décadas
centrales del siglo XX; en parte se debía al cansancio con una búsqueda del
Jesús histórico empantanada en debates interminables, y a cierta insatisfacción
por depender tanto de las fuentes tradicionales (especialmente Hechos). De ahí
que la posibilidad de que escritos del siglo II, o incluso del III, contuvieran
formas de tradición anteriores a las del NT representara un gran incentivo para
la investigación y la especulación.
De
hecho, buena parte de lo que cabe llamar “corrientes de tradición de Jesús”
—los ágrafa y los papiros fragmentarios en particular— se asemeja más a
“balsas” o “charcos” que a ríos. Hay además textos que son parte de escritos
más extensos, con abundantes enseñanzas atribuidas a Jesús o relatos sobre su
nacimiento, infancia y pasión. Sobre todo, el valor de este material para el
conocimiento del Jesús histórico es casi inexistente; pero muestra que Jesús
era una figura fascinante, foco creciente de reflexión y esperanza para quienes
buscaban una respuesta espiritual a su desorientación, y por ello ofrece hondas
penetraciones en la espiritualidad de la época. Esta sección se ocupa más de
los “charcos” (ágrafa y papiros) y deja los “otros Evangelios” propiamente
dichos para 44.5-7.
a.
Los ágrafa
Los
ágrafa son dichos de Jesús, o atribuidos a él, sin paralelo en los Evangelios
canónicos, atestiguados en variantes textuales y en los Padres de la Iglesia.
Su propia denominación (“no escritos”) recuerda la mentalidad que concebía la
transmisión solo por escrito. Los poquísimos que se han considerado
probablemente “auténticos” sugieren la riqueza y durabilidad de la tradición
oral, pero su credibilidad como dichos de Jesús depende de su compatibilidad
con las tradiciones sinópticas, y es mínima. Su valor reside, sobre todo, en
demostrar que la tradición tardía se había alejado cada vez más de la del siglo
primero. Entre los “dichos desconocidos” más notables:
Jerónimo,
sobre Ef 5,4, cita del Evangelio Hebreo: “Solo entonces estaréis contentos,
cuando miréis a vuestro hermano con amor”.
Epifanio
cita el Evangelio de los Ebionitas: “Yo he venido a abolir los sacrificios: si
no dejáis de sacrificar, la ira no dejará de pesar sobre vosotros”.
Del
Evangelio de los Egipcios (Clemente, Strom. 3.9.1): “He venido a deshacer las
obras de la hembra”.
Del
Evangelio de los Hebreos (Strom. 2.9.45): “El que se maravilla reinará, y el
que reina descansará”.
De
Tomás 82 (Orígenes): “El que está cerca de mí, está cerca del fuego; el que
está lejos de mí, está lejos del reino”.
Clemente
de Alejandría recoge además dos dichos del Kerygma Petri que parecen
desarrollos de encargos misioneros posresurreccionales. Varios de estos dichos
de tendencia gnóstica citan o reflejan el Evangelio de Tomás, lo que confirma
que su desarrollo gnóstico tuvo una difusión más amplia de lo que se pensaba.
Hacia el final del siglo II la tradición de Jesús parece haber sido conocida ya
solo en su forma escrita.
b.
Los papiros fragmentarios
Diversos
papiros de Egipto indican que la tradición de Jesús era ampliamente conocida y
desarrollada. En el papiro Egerton 2, el fragmento 1 muestra una influencia del
Evangelio de Juan difícil de negar (“Buscad en las Escrituras… ellas dan
testimonio de mí”, cf. Jn 5,39.45; el doble intento de apedrear y arrestar a
Jesús, cf. Jn 10,31; 7,30), pero la mezcla de rasgos joánicos no sugiere copia
directa, sino una amplia familiarización (segunda oralidad), con la implicación
de que Juan era muy conocido. Igualmente llamativa es la influencia de la
tradición sinóptica en los rectos de los fragmentos 1 y 2 (la curación del
leproso, cf. Lc 5,12-14; la pregunta sobre el tributo y la cita de Isaías, cf.
Mc 12,14-15; Mt 15,7-9), también probablemente por vía oral. El hecho de que no
aparezca ninguna fuente distinta de la tradición de Jesús conocida por los
sinópticos y Juan, y la mezcla de tradición sinóptica y joánica, indica que
esas aportaciones quedaron absorbidas en la tradición de Jesús y que Juan era
tratado tan sencillamente como los sinópticos. Otros fragmentos (El Fayún,
P.Merton 51, P.Oxy 1224 y 840, el de Estrasburgo, los papiros de Berlín y El
Cairo) muestran que incluso en siglos posteriores la referencia a la tradición
evangélica en homilías evidenciaba poco interés por la precisión en las citas,
sin indicios sustanciales de conocimiento de los Evangelios no canónicos ni
dependencia de ellos.
c.
Epistula Apostolorum
La
Epistula Apostolorum tiene muchas citas y ecos de una amplia variedad de
escritos del NT, con conocimiento de aspectos distintivos de los cuatro
Evangelios:
EpApost
3 — primer intento de combinar el
Logos hecho carne (Jn 1,13-14) con el nacimiento lucano (Lc 2,7)
EpApost
5 — bodas de Caná (Jn 2);
curaciones marcanas/lucanas; impuesto del templo (Mt 17,24-27)
EpApost
11.14 — incredulidad de Tomás (Jn
20,27); anunciación a María (Lc 1,26-38)
EpApost
18.41.48 — mandamiento nuevo (Jn
13,34); vírgenes prudentes y necias (Mt 25); corrección fraterna (Mt 18,15-18)
Es
muy posible que su autor conociera los cuatro Evangelios, y la obra prueba,
incluso antes que Justino, que esos cuatro escritos eran ya muy estimados y
utilizados entre quienes se oponían a la presentación gnóstica de la tradición.
d.
Evangelios judeocristianos
Las
referencias a los Evangelios judeocristianos en Clemente, Orígenes, Jerónimo y
otros incluyen versiones de episodios conocidos sobre todo por Mateo. No es
posible saber si proceden de uno o más Evangelios, quizá de una versión
hebrea/aramea del escrito mateano, pero ofrecen indicios insuficientes de una
versión premateana, ya que las variaciones están dentro de los límites que el
propio Mateo habría podido permitirse. Los materiales paralelos más obvios son:
Evangelio
de los Hebreos — Strom. 2.9.45
(cf. Mt 7,7); Jerónimo, sobre Is (Mc 1,9-11); aparición a Santiago tras la
resurrección
Evangelio
de los Nazarenos — Orígenes (Mt
19,16-24); Eusebio (Mt 25,14-30); Jerónimo (Mt 2; 12,9-14; 3,13-14; 18,21-22)
Evangelio
de los Ebionitas — Epifanio (Mc
1,16-20; 3,13-19; 1,4-6; Mt 3,14-15)
Estos
breves extractos no permiten trazar una imagen coherente, pero parecen proceder
de versiones de uno o más Evangelios del NT —probablemente Mateo— inspiradas en
tradición desarrollada y luego adaptadas para expresar puntos de vista
ebionitas (vegetarianismo, objeciones a los sacrificios). Confirman que la
tradición sinóptica/mateana era ampliamente conocida, “empaquetada” una y otra
vez de diferentes maneras. En conjunto, a partir aproximadamente de mediados
del siglo II, las citas y alusiones indican conocimiento y uso de los
Evangelios escritos del NT.
44.5.
Los Evangelios gnósticos 1: la cuestión del material de fuentes primitivas
Se
examina primero el material que dice conservar enseñanza de Jesús. Helmut
Koester intentó hallar indicios de tradición temprana en dos “diálogos
evangélicos” de Nag Hammadi: el Diálogo del Salvador y el Apócrifo de Santiago.
Pero los indicios corroboran malamente su tesis: los vínculos son tenues y los
argumentos tendenciosos.
a.
El Diálogo del Salvador
El
Diálogo tiene paralelos con Juan (el “Hijo unigénito”, el énfasis en la luz),
pero la forma misma del diálogo dice poco o nada, y a falta de paralelos más
estrechos es imposible determinar la dirección de la influencia. Sus paralelos
más marcados son con el Evangelio de Tomás, y en los puntos de contacto con
Juan y Tomás se perciben ecos de la tradición sinóptica:
DialSalv
14 — “La lámpara del cuerpo es la
mente” (cf. Mt 6,22-23)
DialSalv
9-12.20 — “El que busca… revela”
(cf. Mt 7,7/Lc 11,9)
DialSalv
14 — “llanto y rechinar de
dientes” (cf. Mt 8,12)
DialSalv
35 — "el Hijo conoce al Padre" (cf.
Mt 11,27)
Pero
los pasajes que Koester propone como paralelos joánicos (DialSalv 25-30/Jn
14,2-12) no encajan en esa categoría. Mucho más notables son los rasgos
gnostizantes de tipo tomasino que desvían la línea de pensamiento hacia una
narración muy diferente: consideraciones sobre “este cosmos empobrecido”,
“llevar el peso de la carne”, vestirse de luz y entrar en la cámara nupcial, o
la destrucción de las “obras de la condición femenina” (cf. Tomás 114). La
forma misma —diálogo sostenido entre el Señor, Mateo, Judas y María— refuerza
su carácter próximo al gnosticismo.
b.
Apócrifo de Santiago
Hay
conexiones con la tradición, pero alejadas de la sinóptica y joánica:
ApcrSant
4.23-30 — “hemos dejado a
nuestros padres… te hemos seguido” (cf. Mc 10,28-29; Mt 6,13)
ApcrSant
8.6-10 — lista de parábolas
(pastores, semilla, constructores, vírgenes, didracma…)
ApcrSant
8.16-23 — “La palabra es como un
grano de trigo…” (cf. Mc 4,26-29)
ApcrSant
12.41-13.1 — “¡Dichosos los que
aun sin ver han creído!” (cf. Jn 20,29)
Por
estar siempre unidas a rasgos distantes de los paralelos, es tendencioso
argumentar que el Apócrifo prueba la existencia de formas anteriores a las
versiones sinóptica y joánica. La impresión es de ecos distantes e influencia
debilitada, con elementos gnostizantes débiles (“nadie de los que se visten de
carne se salvará”). El Apócrifo combina su confesada naturaleza de “libro
secreto” con la afirmación de “recordar” lo que enseñó el Salvador durante los
550 días de sus apariciones posresurreccionales: una tensión que se explica
como estrategia para superar la paradoja de presentar como enseñanza genuina de
Jesús algo distante de la tradición habitual, alegando que le había sido
comunicado secretamente a Santiago y Pedro. Este “recordar” es notablemente
distinto del de 1 Clem 13.2 y Polic 2.3, donde se recuerda tradición de Jesús
con margen para las variaciones orales. Señala, además, la transición de la
tradición oral al escrito: la enseñanza del Apócrifo, demasiado distante de la
tradición oral, solo podía esperar quedar establecida por medio de un
documento.
c.
Otros diálogos de revelación
Otros
diálogos de revelación, presentados como mantenidos entre Jesús y uno o más de
sus discípulos, tienen menos raíces —de hecho ninguna visible— en la tradición
de Jesús, y reflejan meditaciones espirituales posteriores unidas
novelísticamente a nombres de discípulos. Indican la fascinación que ejerció la
reputación de Jesús en círculos de espiritualidad durante los siglos II y III,
pero poco más. El Evangelio de los Egipcios, conocido solo por fragmentos
citados por Clemente de Alejandría, parece un diálogo entre Jesús y Salomé, sin
raíces en la tradición primitiva. El Libro de Tomás el Contendiente se presenta
como “las palabras secretas que el Salvador dijo a Judas Tomás”, pero la
abrumadora mayoría de su material es de naturaleza esencialmente no cristiana,
incluso ajena al cristianismo. Y en el Primer Apocalipsis de Santiago, aparte
de la importancia dada a Santiago el Justo, poco hay atribuible a la influencia
del judeocristianismo, lo que sugiere que un círculo gnóstico escogió la figura
de Santiago como escaparate idóneo de su propia enseñanza. La persistente
atracción de las “enseñanzas secretas” comunicadas a uno u otro apóstol es, en
el fondo, una admisión tácita de que tales escritos no podían obtener mucho
apoyo de la enseñanza pública reconocida de Jesús.
44.6.
Los Evangelios gnósticos 2
Otros
documentos, mejor descritos como Evangelios gnósticos, se alejaron cada vez más
de la primitiva tradición de Jesús; su contenido es claramente tardío, y
resulta casi imposible argumentar que derive de variantes del siglo primero.
a.
Evangelio de Felipe
Se
describe mejor como un florilegio o antología de dichos, semejante a los
“libros de notas” frecuentes en Europa siglos atrás. Su inspiración puede
considerarse cristiana (la palabra “cristiano” aparece varias veces en
autorreferencia) y habla mucho de Jesús, el Nazareno, el Cristo, aunque no le
atribuye la enseñanza del escrito. Una de sus fuentes fue sin duda la tradición
cristiana primitiva, empleada para sus propios fines, con material que remite a
1 Cor 15,50 y Jn 6,53, a Ef 5,32, a Mt 6,6, a Mc 15,34, a Jn 3,5-8 y 4,23, a Mt
3,15 y 3,10, a Jn 8,32-34, a Lc 10,34, a 1 Pe 4,8 y a Mt 15,13. Entre sus
curiosidades gnostizantes figuran:
“Algunos
han dicho: ‘María concibió por el Espíritu Santo’. ¡Están en un error!… ¿Cuándo
ha concebido una mujer por obra de una mujer?”
“Jesús
engañó a todos. Porque no se mostró como era, sino como los otros podían
verlo”; “El ser perfecto concibe mediante un beso y da a luz”.
b.
Evangelio de la Verdad
El
Evangelio de la Verdad refleja posiblemente Jn 14,6 y utiliza la parábola de la
oveja perdida y Mt 12,11, hablando a menudo del Padre y del Hijo (“el nombre
del Padre es el Hijo”), pero todo en el contexto de una visión gnóstica de la
condición humana como ebriedad, sueño o ignorancia superable solo por la
recepción del conocimiento. Lo más probable es que su autor, posiblemente el
propio Valentín, hubiera leído el Evangelio de Juan.
c.
Evangelio de María
El
Evangelio de María emplea material y frases evangélicas conocidas (incluida “el
que tenga oídos para oír, que oiga”) y refleja algo del temor de los primeros
círculos cristianos. Lo más llamativo es la sección final, donde Pedro y Andrés
niegan que Jesús dijese esas cosas, y menos a una mujer, mientras Leví defiende
a María recordando que el Salvador la amaba más que al resto. Esto refleja
verosímilmente tensiones del cristianismo del siglo II: Andrés y Pedro
representarían la línea principal, y María Magdalena sería presentada como
portavoz de una manera distinta de entender el evangelio, atribuida a Jesús
pero cuestionada por ellos. Pudo resultar embarazoso para la corriente
principal que la primera aparición del resucitado fuera a María Magdalena, mientras
los gnósticos atribuían a ella su versión del proceso de salvación.
d.
Evangelio del Salvador
No
es de gran importancia, pero muestra conocimiento de los Evangelios del NT, con
pasajes que tienen más carácter de cita directa que de tradición oral
independiente, sobre todo del cuarto Evangelio:
Salvador
17-19 — “Heriré al pastor… yo soy
el buen pastor” (Mt 26,31; Jn 10,11)
Salvador
48 — “Padre mío, haz que pase de
mí este cáliz” (Mt 26,39)
Salvador
70.75 — “No me toques hasta que
suba…” (Jn 20,17); “Poco tiempo estaré entre vosotros” (Jn)
Su
principal curiosidad es la personificación de la cruz, a la que el Salvador se
dirige instándola a no temer y asegurándole que la colmará de su riqueza.
Ilustra la clase de especulación religiosa sincrética en la que fue introducida
algo de la tradición de Jesús.
e.
Evangelio de Judas
Pese
a la publicidad de su publicación, tiene escasa relevancia, pues su pensamiento
es característicamente gnóstico, en particular setiano. Sus palabras iniciales
(“el discurso de revelación secreto…”) son típicas de un mensaje que no procede
de la tradición primitiva, atribuible a Jesús solo alegando comunicación
secreta. En una parodia de la confesión de Pedro, los discípulos confiesan que
Jesús es “el Hijo de nuestro Dios” (en realidad el Demiurgo Yaldabaot), pero
Jesús los reprende, y Judas hace una confesión más “verdadera” (“Tú viniste del
inmortal Eón de Barbelo…”). La segunda parte (47-57) se dedica al intento
setiano de explicar el origen del mundo imperfecto a partir del “gran espíritu
invisible”. Esta cosmología elaborada marca casi con seguridad una etapa más
tardía que la del Evangelio de Tomás y el Diálogo del Salvador, sugiriendo una
datación no anterior a mediados del siglo II.
f.
Marcos Secreto
La
carta atribuida a Clemente de Alejandría contiene dos citas de un texto
marcano. El breve documento parece compuesto de una mezcla de frases y ecos de
los Evangelios del NT, por lo que, aun suponiéndolo auténtico, difícilmente
puede ser una versión anterior a Marcos: es mucho más probable que Marcos
Secreto fuera compuesto tomando frases del Marcos canónico que a la inversa. Su
implicación de una iniciación mistérica del “joven” refleja la clase de
especulación con que Clemente se muestra familiarizado. Confirma que Marcos (y
Juan) eran muy conocidos, pero no aporta información sobre la tradición de
Jesús ni su influencia en el siglo II.
En
suma, los Evangelios gnósticos muestran conocimiento y dependencia de la
tradición de Jesús tal como ha llegado en los Evangelios del NT, pero no
permiten vislumbrar cómo pudo ser la tradición conocida pero no utilizada por
los evangelistas. Solo dejan ver la tradición desarrollada y adaptada para
encajar en concepciones antropológicas y soteriológicas tomadas de una
percepción diferente. De particular interés es que algunos grupos vieran en la
relación especial entre Jesús y María Magdalena la oportunidad de cuestionar la
dirección patriarcal de la Iglesia.
44.7.
Evangelios narrativos
Hay
también Evangelios, o escritos relacionados con tal género, que desarrollan la
tradición narrativa de los Evangelios del NT. Son casi todos elaboraciones
novelísticas, especulativas y a menudo fantásticas de partes de relatos
demasiado breves o que dejaban preguntas sin responder.
a.
Evangelio de Pedro
El
más notable es el Evangelio de Pedro, desarrollo de tradiciones anteriores
sobre la crucifixión, sepultura y resurrección. Se ha intentado con
considerable esfuerzo encontrar bajo él un relato más antiguo, el original de
la pasión (así Crossan, con su “Evangelio de la Cruz”), pero su dependencia
respecto a los Evangelios del NT —quizá solo por segunda oralidad— se aprecia
claramente: Pilato lavándose las manos y la guardia ante el sepulcro como en
Mateo (EvPe 1.1/Mt 27,24; EvPe 8.29-11.49/Mt 27,62-66; 28,11-15), y el ladrón
arrepentido como en Lucas (EvPe 4.13/Lc 23,40-41). Las diferencias se explican
mejor como variaciones sociales propias de la comunicación oral en público que
como modificaciones literarias, y los propios Evangelios del NT atestiguan que
no hubo una sola versión escrita de la pasión de la que derivaran todos los
relatos.
La
versión de Pedro responde también a la curiosidad despertada por el relato
mateano de la guardia y, en particular, por la resurrección misma, no descrita
en los Evangelios anteriores, lo que motivó un relato imaginativo:
La
piedra del sepulcro se corre “por sí sola”; dos hombres venidos del cielo
entran en él; la guardia ve salir a tres hombres, dos sosteniendo al otro y
seguidos de una cruz, con las cabezas de los dos llegando al cielo y la del que
sostienen “más allá de los cielos” (EvPe 9,36-10,40).
Podría
haber un tinte docético —la insensibilidad de Jesús al dolor en la cruz (4,10)
y su grito “¡Poder, oh poder mío, me has abandonado!” (5,20)—, pero no es un
Evangelio gnóstico, y su tendencia a responsabilizar a los judíos de la
crucifixión (6,21) y a exonerar a Pilato (11,46) refleja la creciente
hostilidad del cristianismo del siglo II. No hay verdaderos indicios de un
relato de la pasión anterior e independiente de los Evangelios del NT; al
contrario, abundan los indicios de dependencia respecto a sus rasgos
distintivos. El mismo interés novelístico es evidente en los Hechos de Pilato
(Evangelio de Nicodemo), datables quizá en el siglo II: desarrollan el relato
neotestamentario con la comparecencia ante Pilato (Jn 18), la acusación de
destruir y reconstruir el templo (Mc 14,58), la réplica de la muchedumbre (Mt
27,25) y nombres añadidos (Dimas y Gestas para los crucificados, Longino para
el soldado de la lanza), con una cristología más desarrollada que da a Pilato
un papel más favorable a costa de los judíos.
b.
Otros Evangelios de la infancia
El
otro gran vacío era la ausencia de información sobre la infancia y juventud de
Jesús, pues los Evangelios del NT solo ofrecían los relatos del nacimiento de
Mateo y Lucas y el episodio aislado del Jesús de doce años en el templo (Lc
2,41-51). Así surgieron escritos como el Protoevangelio de Santiago, cuyo
conocimiento de los relatos de la infancia de Mateo y Lucas se puede dar por
seguro y cuya información sobre los padres de María (Joaquín y Ana) no parece
basada en datos fiables y es probablemente imaginaria. El Evangelio de la
Infancia de Tomás empieza con el relato ingenuo del niño Jesús de cinco años
que moldea gorriones de barro y les da vida, pero continúa con episodios de un
Jesús petulante que causa la muerte de compañeros que lo ofenden y la ceguera
de quienes se quejan de él, y que, conociendo ya las letras, explica los
misterios de la primera, el alfa; probablemente cumplía una función similar a
la de la literatura infantil. La misma curiosidad explica las tradiciones
posteriores sobre los años de Jesús en la India y el Tíbet, en Egipto, o en
Qumrán.
Lo
que aprendemos de toda esa especulación, surgida ya en el siglo II, es que
Jesús se consideraba tan importante y su enseñanza tan significativa que
provocó muchas especulaciones —algunas valoradas durante un tiempo—, no que
estas tuvieran raíces históricas fiables ni permitieran una visión profunda y
duradera de su figura. Estos “otros Evangelios” no pueden equipararse a los
canónicos, ni siquiera a Tomás, como testimonios del impacto continuo de la
tradición. Atestiguan la importancia atribuida a Jesús y la fascinación por su
vida, llenando los vacíos con entusiasmo novelístico, e indican que en el siglo
II Jesús se convirtió en tal foco de revelación y salvación que otros análisis
de la condición humana deseaban incorporarlo. Uno de los aspectos más interesantes
de esta interacción de la segunda mitad del siglo II es el grado en que
atestigua una tradición oral menos continua y viva, con una dependencia más
intensa de los Evangelios escritos, concretamente los del NT. La impresión
general es de un creciente alejamiento de la tradición anterior. Especialmente
notable es que los Evangelios gnósticos tuvieran que basar su mensaje en
enseñanza comunicada secretamente por Jesús, lo que era en el fondo una
admisión de que no podían basarlo en la antigua tradición.
44.8.
El reconocimiento de los cuatro Evangelios (canónicos)
Los
ecos y alusiones en las cartas del NT indican que el recuerdo y uso de la
enseñanza de Jesús estaban vivos en el culto y la parénesis de las iglesias. La
utilización de Marcos por Mateo y Lucas en las últimas décadas del siglo I
prueba que al menos un Evangelio escrito se conocía más allá de sus círculos de
origen. Pero el estudio de los documentos de las primeras décadas del siglo II
ha dado resultados sorprendentemente más ambiguos: la conclusión más obvia es
que la enseñanza de Jesús aún se conocía oralmente, aunque hay suficientes
indicios de que Mateo, y probablemente Lucas y Juan, habían influido por sus
aportaciones en el carácter y contenido de la tradición. La inferencia es que
la primera mitad del siglo II fue una fase de transición, en la que la
transmisión y adquisición del conocimiento de la tradición pasó de una
tradición oral todavía viva a una creciente influencia y dependencia de los
Evangelios escritos.
Apoya
esta idea el modo en que el término euangelion empezó a referirse en este
período a un Evangelio escrito, así como el hecho de que por entonces se
empieza a tratar la tradición de Jesús como Escritura e incluso a citarla como
tal (Bern 4.14; 2 Clem 2.4). El conocimiento que Justino tenía del Evangelio en
forma escrita y de más de un “Evangelio” es muy característico de la mitad del
siglo II, y su información de que las “memorias de los apóstoles” se leían en
las asambleas dominicales con la misma veneración que “los escritos de los
profetas” refleja un respeto similar al mostrado por la enseñanza de Jesús. Si
el caso de Justino es representativo, la tradición se conocía y utilizaba con
la misma flexibilidad que antes —oral (litúrgica o catequética), segunda
oralidad, o audición de la lectura de uno u otro Evangelio escrito—, sin que
los textos sustituyeran aún a la tradición oral ni la fijaran en una forma
final, aunque crece la evidencia de conocimiento y dependencia de los
Evangelios escritos, principalmente los canónicos, ya que los otros documentos
examinados resultaban ser versiones cada vez más sectarias de Mateo o vehículos
de un mensaje muy distinto.
a.
Marcos
Hay
pocos indicios de que se conociera y usara Marcos, lo que no sorprende: había
sido tan absorbido por Mateo que es difícil reconocer alusiones distintivamente
marcanas, pues sus rasgos propios (su carácter de “relato de la pasión con una
introducción extensa”) pasaron a los Evangelios subsiguientes. Siendo Mateo una
especie de segunda edición de Marcos, sorprende que este subsistiera como
Evangelio aparte digno de conservación, a diferencia del documento Q, que no se
conservó porque su contenido, incorporado por Mateo y Lucas, ya tenía en ellos
su contexto permanente y su significado más claro, por lo que no había
necesidad de mantenerlo como documento. Conviene recordar que a Marcos se le
añadió un final más extenso, probablemente en la primera mitad del siglo II
(atestiguado también por HchPil 14.1), y que Taciano y Teófilo lo entrelazaron
en sus armonías, de modo que la tradición recogida en Marcos era sin duda muy
conocida, utilizada y respetada en el siglo II, ya directamente, ya a través de
Mateo.
b.
Mateo
Como
se vio en 44.2-3, puede construirse un argumento sólido de que Mateo era
conocido y muy influyente en la enseñanza catequética y parenética de las tres
o cuatro primeras décadas del siglo II. Aunque no hay prueba palmaria de
dependencia directa, es muy improbable que pasajes como IgnEsm 1.1, Polic 2.2,
Did 1.2-6, 7.2-3 y 8.1-2 figurasen tal cual si Mateo no hubiera escrito su
Evangelio o no hubiera influido en la forma del material tradicional. 2
Clemente, Atenágoras, Teófilo, Justino, la Epistula Apostolorum, los Evangelios
judeocristianos, el Evangelio del Salvador, el de Felipe, el de la Verdad y
especialmente el de Pedro y el Protoevangelio de Santiago dan testimonio del
conocimiento e influencia de Mateo. Con todo, los indicios no apoyan que la tradición
hubiera quedado condensada y fijada en Mateo: las variaciones respecto a su
texto sugieren que la tradición seguía siendo flexible, que la influencia de
Mateo crecía y que la enseñanza de Jesús se recordaba más o menos como desde el
principio: con fidelidad a la sustancia, pero con variación en los detalles
verbales y las agrupaciones.
c.
Lucas
A
diferencia de Mateo, hay pocos indicios de tradición con rasgos lucanos en la
primera parte del siglo II, pero hacia mediados de siglo reaparecen
(Atenágoras, P.Egerton 2, Epistula Apostolorum, Evangelio de Felipe, Evangelio
de Pedro), junto con las armonías de Taciano y Teófilo. Aún más notable es el
testimonio de Marción, que en los años cuarenta y cincuenta ideó su sistema
basándose en una versión modificada de Lucas y las cartas de Pablo (Ireneo dice
que “mutiló” el Evangelio de Lucas). Marción es un testigo un tanto embarazoso
de que Lucas era una autoridad establecida para la enseñanza de Jesús a
mediados del siglo II, siendo el primer testimonio de un texto evangélico
tratado como un todo independiente.
d.
Juan
Hay
mucho debate sobre el conocimiento de Juan en el siglo II. Durante largo tiempo
dominó la idea de que el cuarto Evangelio era poco conocido en la corriente
mayoritaria y mejor valorado entre los gnósticos, con la implicación de que era
mirado con recelo por los protoortodoxos. Pero Charles Hill ha torpedeado
eficazmente esa idea (“la teoría de la joanofobia ortodoxa” y “el mito de la
joanofilia gnóstica”): el conocimiento e influencia de Juan están firmemente
atestiguados en textos tan tempranos como IgnRom 7.2-3, Polic 7.1-2 y la
Epistula Apostolorum, y muy probablemente los apologetas (Justino, Taciano,
Atenágoras, Teófilo) conocían el cuarto Evangelio. P.Egerton 2 lo utilizó
indudablemente, y es más probable que Juan influyese en los Evangelios de tendencia
gnóstica (Diálogo del Salvador, Felipe, Evangelio de la Verdad) que a la
inversa. La opinión antigua es correcta solo en cuanto fue Ireneo quien más
eficazmente se opuso a los intentos gnósticos de utilizar a su modo el prólogo
joánico, asegurando que Juan proporcionara una base firme para la reflexión
cristiana y un baluarte contra las alternativas gnósticas.
e.
Papiros y códices
Frente
a la afirmación de que el siglo II estaba inundado de Evangelios tan conocidos
como los del NT, Hill apunta a los datos de los primeros papiros. Del período
anterior a 200 d. C. se han hallado entre siete y trece posibles manuscritos de
uno de los cuatro Evangelios canónicos (aparte de Marcos), frente a solo entre
dos y cinco de Evangelios no canónicos (Egerton, Pedro, Tomás), con
proporciones similares en el siglo III, aunque con números mayores en cada
caso. Conviene recordar que en esos períodos ninguna facción cristiana era lo
bastante poderosa para neutralizar a otras —todas eran susceptibles de
persecución y supresión por las autoridades—, de modo que los manuscritos
siempre peligraron, y la relativa propagación de papiros sirve más bien para indicar
la posible expansión de las ideas en ellos expresadas. Un segundo dato es el
hecho curioso de que todas las copias más antiguas de Mateo, Marcos, Lucas y
Juan fueron escritas en códices, formato adecuado para la lectura pública
litúrgica (una “edición de púlpito”), lo que podría explicar por qué los
primeros cristianos lo adoptaron; en cambio, solo el Evangelio Egerton y uno de
los tres ejemplares de Tomás parecen destinados a lectura privada, como la
mayoría de los apócrifos, con función similar a la de los relatos populares.
Si
los cristianos empezaron a emplear el códice ya en la primera parte del siglo
II o antes —el manuscrito neotestamentario más antiguo conocido, p52, datado
hacia 125 d. C., es un códice—, probablemente Justino y sus sucesores pudieron
consultar un códice con dos o más Evangelios del NT (como el p45 del siglo III,
que contiene los cuatro Evangelios y Hechos, o el p75, con porciones de Lucas y
Juan). No hay indicios, en cambio, de que ningún “quinto” Evangelio fuera
situado a la altura de los cuatro canónicos ni incluido en tales códices. La
situación implícita en el uso del códice, la categoría atribuida a los cuatro
Evangelios y la posibilidad de que un códice con esos cuatro escritos fuera ya
algo más o menos frecuente en la última parte del siglo II anticipan el
reconocimiento formal de que Mateo, Marcos, Lucas y Juan conformaban el canon
del NT.
Cabe
concluir con confianza que los cuatro Evangelios del NT eran conocidos, muy
estimados y utilizados durante la primera mitad del siglo II. Pese a las
incertidumbres relativas a la tradición oral, la segunda oralidad y las citas
de memoria, hay indicios suficientes en Ignacio, Policarpo, Papías y Justino no
solo de que la tradición contenida en ellos era conocida, sino de que los
cuatro Evangelios mismos resultaban familiares y eran tratados como fuentes
autoritativas. Que Mateo y Juan fueran especialmente valorados se explica
porque podían atribuirse a discípulos inmediatos; Lucas, algo menos utilizado,
era estimado como portavoz de Pablo, y Marcos, aunque sustituido por Mateo,
tenía prestigio como portavoz de Pedro. Significativamente, Justino no muestra
interés por otros Evangelios que los cuatro, y Taciano y Teófilo dieron por
supuesto que solo esos cuatro merecían incluirse en sus armonías. Puede
hablarse, en suma, de un “canon de cuatro Evangelios” ya ampliamente reconocido
antes de que Ireneo sellara la cuestión, mientras que los demás Evangelios
nunca alcanzaron tan alta difusión y autoridad.
44.9.
Conclusiones
a)
Es muy probable que la tradición de Jesús continuase siendo conocida
oralmente bien entrado el siglo II. Su traslado a documento escrito por Marcos
y los demás evangelistas no supuso el fin de la fase oral. Como la gran mayoría
de los miembros de las comunidades cristianas eran iletrados, su conocimiento
de la tradición tenía que ser oral, incluida la segunda oralidad derivada de la
lectura en voz alta de los Evangelios. Aunque Papías es típico de los
cristianos más instruidos, estos valoraban las visitas de quienes podían
referir episodios y enseñanzas de la misión de Jesús que habían oído de
testigos oculares, no tanto por algún episodio nuevo como por la confirmación o
corrección de lo que ya conocían como recurso para su culto y su vida.
b)
Hay indicios suficientes de que, al poner por escrito la tradición de
Jesús, los evangelistas —sobre todo Mateo y Juan— influyeron en la tradición
oral más amplia. Por eso, a menudo, los ecos y alusiones a la tradición de
Jesús, o a la más difundida tradición catequética, litúrgica y apologética,
llevaban el sello de elementos introducidos por las versiones que Mateo y Juan
convirtieron en documentos.
c)
Al avanzar el siglo II disminuyó la dependencia respecto a la tradición
oral, en tanto que los Evangelios del NT se hicieron más conocidos e
influyentes; una dependencia de la tradición oral que continuara en la cuarta
generación no habría dejado de ser sorprendente. El testimonio combinado de
Justino, Taciano, Teófilo e Ireneo indica que la referencia a la misión y
enseñanza de Jesús era más probablemente a los Evangelios del NT ya conocidos.
Y si el caso de Clemente de Alejandría es típico, la transición desde el
conocimiento por tradición oral al dependiente de los Evangelios escritos quedó
más o menos completa hacia el final del siglo II.
d)
Los otros Evangelios (los no canónicos) también atestiguan la influencia de
la tradición de Jesús del siglo I. Pero un rasgo característico es que los
Evangelios más tendentes al gnosticismo entremezclan la tradición de Jesús con
una diagnosis y un relato de la condición humana extraídos de otras fuentes. Es
esa narración alternativa la que proporciona el “otro evangelio”: se recurre a
la tradición de Jesús cuando puede servir a ese fin, pero no se le permite
corregirlo. Lo que constituía el “evangelio” para Pablo y los escritores del NT
—la muerte y resurrección— ha sido casi totalmente pasado por alto; el ADN
distintivo ha sido abstraído de la tradición y lo utilizable injertado para
obtener una especie diferente. Toda pretensión de descubrir uso de la tradición
primitiva ha sido abandonada: Jesús sigue teniendo un atractivo magnético, pero
el mensaje distintivo se toma enteramente fuera de esa tradición, presentándolo
como enseñanza secreta conocida solo por la secta que lo publicó.
e)
Es perfectamente entendible, por tanto, que Ireneo viese en los cuatro
Evangelios del NT los documentos fundacionales del cristianismo y el baluarte
contra las distorsiones del evangelio que eran los otros Evangelios. No tomó un
camino inusual ni hizo la guerra por su cuenta a una hueste de Evangelios
alternativos: simplemente resumió las tendencias que venían dándose desde la
última parte del siglo I y llevó a una conclusión apropiada lo que había sido
el sentido principal de la tradición de Jesús.
En
la Undécima parte (§§ 41-44) se ha rastreado la influencia del Jesús recordado
desde la caída de Jerusalén (70 d. C.) hasta casi el final del siglo II. Ha
sido un estudio de cómo “evangelio” devino, especialmente bajo la influencia de
Pablo, un modo fundamental de expresar lo que se creía que Jesús había llevado
a cabo, y de la transición de “evangelio” a “Evangelio”: la narración escrita
de la misión de Jesús que culminó en su muerte y resurrección. Llaman la
atención la coherencia y similitud de los primeros Evangelios escritos (Marcos,
Lucas, Mateo), que comparten la estructura básica y presentan al mismo Jesús
recordado, con diferencias debidas a sus contextos. La diferencia del cuarto
Evangelio (Juan) parecía plantear un problema, sobre todo cotejado con Tomás,
pero un examen más detenido reveló que Juan es esencialmente un desarrollo de
las mismas tradiciones que usaron los evangelistas anteriores, mientras que el
mensaje distintivo de Tomás procede de otra parte.
La
prominencia dada al Evangelio de Tomás en años recientes ha ahogado la
evidencia de las principales figuras del siglo II. Que Jesús fuera visto como
un maestro de enorme importancia se atestigua en casi todos los aspectos
considerados, y era inevitable que atrajese otras maneras de entender la
necesidad y el problema esenciales del ser humano, y que mucha de la enseñanza
atribuida a él se mezclase con la tradición conservada por los sinópticos. Pero
los modos en que el Jesús recordado fue configurado en los Evangelios del NT se
rastrean fácilmente a lo largo del siglo II, y en esa centuria se intensifica
la atención a los Evangelios neotestamentarios como los únicos plenamente
merecedores del título “Evangelio”, mientras los otros se convierten más en curiosidades
o amenazas que en serios competidores. Habiendo examinado el primer gran factor
que configuró el cristianismo temprano —la impresión causada por Jesús y la
tradición relativa a él—, la atención se dirige ahora al impacto del hermano de
Jesús, Santiago (§ 45), y al episodio de la separación de caminos (§ 46).
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