El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Duodécima parte. El cristianismo judío y la separación de caminos
Capítulo 45. El cristianismo judío
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
45.1. Introducción
La
designación cristianismo judío resulta más problemática que
útil.
Tradicionalmente se ha empleado para referirse a las sectas judeocristianas
rechazadas por Ireneo, Epifanio y otros heresiólogos de los primeros
tiempos,
hasta el punto de que cabe dudar si tiene sentido seguir usando un
término tan
confuso, desorientador y manchado por la historia de su uso. Se han
ensayado
alternativas —judaísmo cristiano, judíos creyentes en Jesús—,
pero todas plantean sus propios problemas: no dejan claro si esos
creyentes
mantenían o habían abandonado su estilo de vida judío, asunto que ya
dividió a
la iglesia en tiempos de Pablo (Rom 14,1–15,6) y que se hizo aún más
polémico
con Ignacio de Antioquía. Pese a sus deficiencias, conviene aferrarse a
la
expresión cristianismo judío, porque expresa con fuerza la
paradoja que
está en el centro de la identidad cristiana:
•
que
el cristianismo es una secta
judía convertida en predominantemente no judía y tradicionalmente
desdeñosa de
la religión judía;
•
que
más de tres cuartas partes de
sus escritos sagrados son los escritos de Israel, la Biblia hebrea y su
versión
griega (LXX);
•
que
el Dios al que adora es el
Dios de esos escritos, el Dios de Israel;
•
que
el Salvador que exalta es
Jesús Mesías, el emisario de Dios largamente esperado por los profetas
de
Israel;
•
que
los apóstoles sobre los que se
edificó la Iglesia eran todos judíos.
A
esta paradoja se unen las tensiones manifiestas ya en la primera
generación con
la misión de Pablo a los gentiles: una identidad determinada a la vez
por la
etnicidad, la práctica y la fe; la necesidad de marcadores rituales
(circuncisión, bautismo) para definir esa identidad, y las condiciones
de
asociación entre grupos de ritos y estilos de vida distintos. Pablo
trató de
mantener la unidad pese a la paradoja, pero la mayoría de los indicios
apuntaban a un resultado negativo. La cuestión para nosotros es cómo
funcionaron esa paradoja y esas tensiones tras el fracaso de la primera
rebelión judía y a lo largo del siglo II. El mejor camino es analizar
las dos
partes de la designación: cómo el cristianismo siguió siendo judío,
incluso allí donde se distanció del judaísmo, y cómo cristiano
era un
adjetivo aplicable a todo judío que creía en Jesús Mesías, incluidos
los que
los heresiólogos rechazaban como herejes. Una de las tensiones
decisivas que
conviene rastrear es la que enfrentó a Pablo con Santiago, cuya
influencia se
prolongó hasta entrado el siglo II.
45.2. El enigma de
Santiago
a. El Santiago del
Nuevo Testamento
Santiago,
el hermano de Jesús, fue la figura principal de la comunidad
jerosolimitana de
creyentes en Jesús desde el año 40 hasta su ejecución en el 62. La
impresión
que ofrece Hch 15,13-21 es que aventajaba ligeramente a Pedro como
líder, y
Pablo lo confirma al nombrarlo el primero de los apóstoles columnas
(Gal
2,9) y al referir que Pedro dejó de comer con creyentes gentiles cuando
llegaron algunos del grupo de Santiago (2,12). Quizá la segunda
lista de
testigos de la resurrección en 1 Cor 15,7 (se apareció a Santiago,
luego a
todos los apóstoles) fue compuesta para complementar o rivalizar
con la
primera, derivando de esa aparición tanta autoridad como de la
concedida a
Cefas. La tensión entre Santiago y Pablo es perceptible en Gal 2, Rom
15,31 y
Hch 21,20-21, y revela un significativo grado de faccionalismo en el
movimiento
primitivo.
La
carta atribuida a Santiago sugiere que gozaba de gran estima entre los
judíos
de la diáspora creyentes en Jesús. Su inclusión en el canon del NT,
pese a su
marcado carácter judío y su escasez de temas distintivamente
cristianos, indica
que era muy valorada por un amplio abanico de iglesias y que los
creyentes
judíos eran respetados incluso por las iglesias predominantemente
gentiles, a
pesar de que la carta reafirma la interpretación judía tradicional de
Gn 15,6,
con reservas frente a un argumento central de Pablo (Sant 2,18-26).
Así, la
imagen de Santiago en el NT es confusa y ambivalente, lo que ayuda a
explicar
por qué, más allá del siglo I, su figura resulta todavía más ambigua.
b. El Santiago
patrístico
Hegesipo
(siglo II) ofrece una extensa descripción de Santiago el Justo
y de su
ejecución (HE 2.23). La única descripción de la aparición
posresurreccional de
Jesús a Santiago la transmite Jerónimo, citando el Evangelio según
los
Hebreos: el Señor lleva pan a Santiago —que había jurado no comer
hasta
verlo resucitado— y le dice: Hermano mío, come tu pan, porque el
Hijo del
hombre ha resucitado de entre los que duermen. El texto implica que
Santiago estuvo en la última cena y que su conversión fue anterior a la
muerte
de Jesús.
La
referencia patrística más temprana procede probablemente de Ireneo,
quien al
citar Hechos 15 incluye explícitamente a Santiago para refutar el
intento
marcionita de oponer a Pablo contra la Ley mosaica. Tertuliano
reacciona de
modo semejante. Clemente de Alejandría (citado por Eusebio) presenta a
Santiago
el Justo como receptor, junto con Pedro y Juan, de la tradición del
conocimiento, pero siempre asociado al mismo equipo apostólico. La
principal vía de conservación de Santiago en la tradición fue
acomodarlo a la
eclesiología en desarrollo, revistiéndolo de dignidad episcopal:
Eusebio lo
presenta como el primero que ocupó el trono episcopal de la iglesia
de
Jerusalén (HE 2.1.2). Debe añadirse el Protoevangelio de
Santiago,
cuya atribución refleja el respeto que se le tenía en los círculos
donde se
desarrolló la veneración a María. En conjunto, el interés por Santiago
se
explica por su parentesco con Jesús, por 1 Cor 15,7, por su función en
Jerusalén y por los relatos de su piedad y su cruel ejecución; pero los
Padres
no lo consideraron una figura de influencia continua.
c. El Santiago
judeocristiano
Santiago
aparece con perfil más marcado en los documentos relacionados con lo
que los
Padres veían como sectas judeocristianas. En el Evangelio según los
Hebreos
es objeto de especial atención del Resucitado, con cierta prominencia
eucarística. Hegesipo afirma que la carga de la Iglesia pasó a
Santiago, el
hermano de Jesús, junto con los apóstoles, presentándolo como un primus
inter pares de la Iglesia entera y como la puerta de Jesús,
con
función de acceso a la salvación. Aunque Hegesipo no es fiable como
fuente
histórica, su testimonio indica la alta estima de los creyentes judíos
hacia
Santiago entre las dos rebeliones.
La
literatura seudoclementina —de marcados rasgos judeocristianos—
refuerza esta
imagen. La Epistula Petri se dirige a Santiago como el
señor y obispo
de la santa iglesia y le suplica que no entregue los libros de las
predicaciones de Pedro a ningún gentil ni a quien no haya superado un
período
de prueba, por temor a que sean distorsionados por el hombre que es
mi
enemigo —es decir, Pablo—, presentado como quien predica la
disolución
de la Ley. La Epistula Clementis se dirige a Santiago como el
señor obispo de obispos. Esta estima episcopal, que supera los
límites de
Jerusalén, ha llevado a preguntarse si algunos lo consideraban el
primer
papa. Destacan la desconfianza hacia los creyentes gentiles y el
antagonismo hacia Pablo, lo que indica la continuación de la situación
tensa
conocida por Pablo y Hechos.
La Ascesis
de Santiago (Anabathmoi Iakobou), fuente de las Recogniciones
(1.33-71), presenta a Santiago como obispo nombrado por el Señor y jefe
de
los obispos. Su éxito al persuadir al pueblo y al sumo sacerdote
para
recibir el bautismo es interrumpido por un hombre hostil
—claramente
Saulo/Pablo— que lo arroja de cabeza por las escaleras y luego marcha a
Damasco
con cartas de Caifás para perseguir a los creyentes. En las Homilías
17.18-19 se ataca a Pablo bajo la figura de Simón el Mago y se rechaza
su pretensión
de haber visto a Cristo resucitado y de haber sido comisionado apóstol,
argumentando que las revelaciones por visiones y sueños son propias de
la ira
contra un enemigo, no del trato cara a cara con un amigo. La literatura
seudoclementina representa, pues, una forma de cristianismo orientada
contra
Pablo, que lo sitúa en abierto antagonismo con Santiago y Pedro y que
vincula
estrechamente a estos dos para rechazar la misión paulina entre los
gentiles
como no autorizada.
d. El Santiago
gnóstico
Santiago
aparece con sorprendente frecuencia en los códices de Nag Hammadi. En
el Evangelio
de Tomás (logion 12) los discípulos preguntan quién será su líder y
Jesús
responde: buscad a Santiago el Justo, por quien el cielo y la
tierra
cobraron existencia, aunque el logion 13 podría sugerir que la
enseñanza
secreta de Tomás reemplaza la autoridad de Santiago. Tres escritos de
Nag
Hammadi se le atribuyen. El Apócrifo de Santiago lo presenta
como
receptor de un libro secreto revelado por el Señor a Pedro y a él. El Primer
Apocalipsis de Santiago lo reconoce como hermano de Jesús y el
Justo,
con un vínculo notable con Siria (Addai) como lugar de fusión entre
tradición
judeocristiana y especulación gnóstica. El Segundo Apocalipsis de
Santiago
termina con su lapidación, pero lo presenta pensando desde una
perspectiva
gnóstica. Hipólito refiere además que los naasenos atribuían sus
enseñanzas a
Santiago. La estima gnóstica refleja algo de la judeocristiana, pero el
Santiago gnóstico carece de raíces en la tradición primitiva y se
desarrolla
solo como mediador de tradición secreta.
Los
rasgos principales del enigma son, pues: Santiago es recordado como muy
próximo
a Jesús y dirigente de la primera iglesia de Jerusalén, venerado por su
virtud;
pero, fuera de ese liderazgo redefinido como episcopado monárquico, no
fue
considerado figura de influencia continua por los Padres; para muchos
creyentes
judíos era un defensor, junto con Pedro, frente a las iglesias
gentiles; y,
sorprendentemente, se le presentaba también como garante de enseñanza
gnóstica.
Todo ello revela la falta de voluntad de la gran Iglesia para
considerarlo
plenamente uno de los suyos, asignándolo finalmente, sin mucho pesar, a
las
alas judeocristiana y gnóstica del cristianismo en expansión.
45.3. ¿Qué le
sucedió a la iglesia de Jerusalén?
La
comunidad jerosolimitana fue, hasta el año 70, la madre iglesia de
todas las
del Mediterráneo oriental y, a la vez, el corazón de una concepción
judía
tradicionalista de la joven religión (Hch 21,20-21). Para este período
dependemos casi por completo de Eusebio, fuente que no merece plena
confianza y
que no indica sus fuentes. Según refiere, tras el martirio de Santiago
y la
caída de Jerusalén, los apóstoles y parientes del Señor que aún vivían
se
reunieron y eligieron unánimemente a Simeón, hijo de Cleofás y primo
del
Salvador, como sucesor en el trono de la diócesis. Eusebio
cuenta
también que Vespasiano ordenó buscar a todos los de la familia de
David, y que
bajo Domiciano los nietos de Judas —hermano del Señor— fueron delatados
como
descendientes de David; interrogados sobre el reino de Cristo,
respondieron que
era celestial y escatológico, por lo que el emperador los despreció
como gente
corriente y los liberó. Estos parientes presidieron las iglesias hasta
el
reinado de Trajano, época en que Simeón fue martirizado, ya anciano,
crucificado tras ser acusado por ciertos herejes de ser
descendiente de
David y cristiano.
Si
Eusebio es fiable, esto ofrece un valioso testimonio sobre la comunidad
jerosolimitana posterior al año 70. La sucesión de Santiago por un
primo
concuerda con la idea de que él mismo obtuvo el puesto por ser hermano
de
Jesús, reflejando quizá un sistema dinástico familiar. Es probable que
comunidades de creyentes judíos siguieran floreciendo en Palestina bajo
el
liderazgo de la familia de Jesús al menos hasta la segunda década del
siglo II.
Aún
más intrigante es que Hegesipo rastree las siete herejías entre el
pueblo
hasta Tebutis, despechado por no haber sido nombrado obispo. Entre las
herejías
nombradas figuran las de Simón, Dositeo, Gorteo y Masboteo, de las que
harían
derivar a menandrianos, marcionitas, carpocracianos, valentinianos,
basilidianos y saturnilianos. Es notable que Dositeo (samaritano) y los
masboteanos sean presentados como sectas judías, lo que sugiere que
Hegesipo no
distinguía nítidamente entre sectas judías y grupos gnósticos o
protognósticos.
Su testimonio refuerza la posibilidad de que la influencia judía
tuviese un
papel significativo en la aparición de grupos luego descritos como
gnósticos.
En cualquier caso, sería discutible representar a la gran Iglesia como
una
trayectoria principal flanqueada por las trayectorias judeocristiana y
gnóstica:
el desarrollo del cristianismo fue mucho más complicado, un
entrecruzamiento de
senderos confusos más que de caminos distintos y divergentes.
45.4. Los escritos
judeocristianos del Nuevo
Testamento
Para
apreciar en qué medida era judía la corriente principal del
cristianismo de
finales del siglo I conviene atender a los documentos del NT surgidos
en ese
período. El punto que debe subrayarse es que el adjetivo judío
no
indicaba una corriente separada o renegada, sino que el núcleo
documental de lo
que llegaría a ser el cristianismo católico era también completamente
judío,
con profundas raíces en las Escrituras, la fe y la ética judías. No es
exagerado situar al cristianismo mayoritario en continuidad directa con
el
judaísmo del Segundo Templo.
a. Los Evangelios del
Nuevo Testamento
a.1. Marcos
Marcos
es seguramente el menos judío de los cuatro Evangelios canónicos, pero
incluso
en él está claramente presupuesto el contexto judío de la misión de
Jesús: las
citas iniciales de Éxodo e Isaías (Mc 1,2-3), el contexto galileo, la
misión en
las sinagogas, la insistencia en que el leproso curado acuda al
sacerdote
(1,44), las disputas sobre el sábado (centradas en el cómo, no en el
si) y
sobre la pureza con cita de Isaías, la confesión de Pedro de que Jesús
es el
Mesías (8,29), la transfiguración con Moisés y Elías, las
discusiones sobre
el divorcio y los mandamientos, la aclamación como hijo de David,
la
purificación del templo justificada con Isaías y Jeremías, la
afirmación de la
Shemá (Dt 6,4-5) y de Lv 19,18, el deseo de celebrar la Pascua, la
confesión
mesiánica ante el Sumo Sacerdote y la crucifixión como rey de los
judíos,
hasta el desgarro del velo del templo. Marcos, consciente de escribir
para
gentiles, explicó el contexto judío (p. ej. el término koinós)
sin
ocultarlo: la anulación de las leyes alimentarias (7,19) o la
predicción de la
destrucción del templo son puntualizaciones dentro de una imagen
integralmente
judía.
a.2. Lucas
La
orientación gentil de Lucas-Hechos es más clara, pero Lucas pone aún
más empeño
en que el carácter judío de Jesús quede fuera de duda: los cánticos de
Lc 1–2
impregnados de esperanza judía (el Magníficat evoca el cántico
de Ana),
el cumplimiento de la alianza con Abrahán, la circuncisión y
purificación de
Jesús conforme a la Ley, Simeón esperando la consolación de Israel,
Jesús realizando la esperanza de Is 61, el pequeño rebaño, los
Doce que
juzgarán a las tribus de Israel y el Resucitado explicando que todo fue
conforme a la esperanza profética. En Hechos, la reconstitución de los
Doce, el
cumplimiento de profecías, la promesa a la descendencia de Abrahán como
bendición para todas las familias de la tierra y la apelación de Pablo
a la
esperanza en la resurrección compartida con los fariseos. Lucas integra
plenamente la apertura a los gentiles con el carácter judío de la
promesa y la
esperanza profética.
a.3. Mateo
Mateo
es el más judío de todos. Su manejo de la tradición de Jesús demuestra
la
importancia de este para Israel como Mesías e hijo de David, en quien
se
cumplen las Escrituras. Solo Mateo refiere que Jesús fue enviado a
las
ovejas perdidas de la casa de Israel (10,6; 15,24), y presenta a
Jesús como
absolutamente fiel a la Ley, más devoto que los fariseos (5,17-20),
casi como
un nuevo Moisés. Su mentalidad judía se manifiesta en el entendimiento
del
pecado como deuda y en el énfasis en castigo y recompensa.
a.4. Juan
En
Juan la perspectiva es igual de diáfana: insiste en que Jesús es Mesías
(1,41;
4,25-26) y explica su misión a partir de la historia de Israel: el
cordero
pascual de Dios, la serpiente de bronce, el agua del pozo de Jacob (con
la
declaración la salvación viene de los judíos), el escrito de
Moisés
sobre Jesús, el maná como prefiguración del pan del cielo y la imagen
de la vid
verdadera evocando a Israel como viña. Juan no podía concebir a Jesús
fuera de
su contexto judío. Aunque Mateo y Juan se estudian a menudo en relación
con la separación
de caminos y el posible antisemitismo (§ 46.5), es importante
subrayar que
estos documentos eran de carácter totalmente judío y nunca consideraron
que
Jesús pudiera ser otra cosa que el Mesías de Israel.
b. Las cartas
paulinas posteriores
b.1. Efesios
Efesios
ofrece una de las declaraciones más claras de las prioridades paulinas
al
comunicar un evangelio judío a no-judíos, pero sorprende por su
carácter
abiertamente judío: los receptores son llamados santos (con más
frecuencia que en cualquier otra carta paulina); la bendición de 1,3-14
y la
oración de 1,17-19 están llenas de lenguaje semítico; la parénesis
incluye más
de veinte citas y ecos de los LXX. La carta refleja un pensamiento
impregnado
de giros idiomáticos judíos, con una decidida posición desde dentro
frente a los gentiles, descritos en su estado precristiano como muertos
en
delitos, hijos de la desobediencia y antes en tinieblas.
El
pasaje clave (2,11-22) presenta a los gentiles antes excluidos de
la
ciudadanía de Israel y ahora hechos conciudadanos de los santos,
con
el simbolismo del templo transferido a la comunidad. El lenguaje no es
de
triunfalismo gentil, sino de un Israel universalizado mediante la
categoría de
la nueva creación: un cristianismo gentil que solo podía entenderse
partiendo
de Israel y de sus beneficios.
b.2. Las
cartas pastorales
En
las pastorales los asuntos de contexto judío parecen un grado más
alejados: el
apostolado de Pablo entre los gentiles pierde centralidad, el misterio
se formaliza, y los problemas afrontados (mitos y genealogías, disputas
sobre palabras) parecen carecer de carácter distintivamente judío,
aunque
cabe que elementos judíos actuasen como catalizador de especulación
gnóstica
primitiva. Más notable es la actitud positiva hacia la Ley (1 Tim
1,7-9), el
eco de cuestiones paulinas sobre alimentos (1 Tim 4,3-5), la salvación
por
gracia (2 Tim 1,9; Tit 3,5) y la afirmación de que toda Escritura
está
inspirada por Dios (2 Tim 3,16). Solo en Tito hay clara oposición a
cuestiones judías (los de la circuncisión, mitos judíos,
disputas
sobre la Ley), quizá reflejo de una rivalidad con la sinagoga por
captar temerosos
de Dios. Con todo, el pensamiento de estas cartas emplea a menudo,
casi
inconscientemente, categorías judías (la asamblea como morada de Dios,
los
relatos de Adán, citas del Deuteronomio, Job y Eclesiastés), de modo
que el
cristianismo así expresado sigue siendo completamente judío.
c. El resto del Nuevo
Testamento
c.1 Hebreos
Aunque
podría ser el primer documento del NT en expresar sentimientos
contrarios al
judaísmo (§ 46.5d), Hebreos es uno de los escritos más judíos del NT,
estructurado en torno a un uso regular de las Escrituras de Israel. Sus
argumentos sobre la significación de Cristo están basados enteramente
en el
culto, las tradiciones y las esperanzas de Israel: la cristología
sapiencial
inicial, la superioridad del Hijo sobre los ángeles, la solidaridad de
Jesús
con la humanidad, el sumo sacerdocio según el orden de Melquisedec, el
contraste entre el santuario terrenal y el celestial, la nueva alianza,
el
sacrificio único de Cristo frente a la repetición de los sacrificios, y
la gran
nube de testigos tomada de la historia de Israel. La carta describe
un
Cristo vestido enteramente con los ropajes del sacerdocio, el santuario
y el
sistema sacrificial israelitas, y probablemente se dirigió a personas
muy
atraídas por el culto de Jerusalén.
c.2. Las
otras cartas del Nuevo Testamento
La
Carta de Santiago es característicamente judía y vagamente cristiana,
con profundas raíces en la tradición sapiencial judía (Proverbios, Ben
Sirá,
Sabiduría) y un talante positivo hacia la Ley; una Iglesia que la
incluía en su
canon valoraba el carácter judío de su herencia. La Primera de Pedro,
aunque
más cercana a Pablo, va dirigida a la diáspora y enraíza la fe
cristiana en las
Escrituras judías, presentando a Cristo como cumplimiento de las
profecías. La
Carta de Judas es especialmente llamativa: todos sus ejemplos
admonitorios
proceden de la historia judía (la generación del desierto, los ángeles
rebeldes, Sodoma, Caín, Coré y Balaán, Henoc, etc.), con notable
influencia de
las tradiciones henóquicas; su amplia aceptación, pese a ser tan breve
y tan
judía, atestigua la fuerza del componente judío en las comunidades que
la
estimaban. La Segunda de Pedro, como testamento, depende de
Judas y de
esperanzas escatológicas judías. En las cartas joánicas la influencia
veterotestamentaria es menos evidente, aunque persisten la fe en que Jesús
es el Cristo y el recuerdo de Jesús como el justo.
c.3. El
Apocalipsis
El
Apocalipsis de Juan figura entre los escritos más judíos del NT. Como
único
apocalipsis propiamente dicho del NT, se sitúa de inmediato dentro de
la
tradición apocalíptica del Segundo Templo, junto a Daniel, los
apocalipsis
henóquicos y, por su fecha, 4 Esdras y 2 Baruc, escritos que expresan
la crisis
provocada por la destrucción del templo. Su cristología está
profundamente
influida por categorías apocalípticas: la visión inicial de uno
como un hijo
de hombre combina Dn 7,9.13 con Ez 1 y Dn 10, aprovechando la
confusión
entre el ángel glorioso y Dios mismo; otras designaciones —el León
de Judá
(Gn 49,9), el Retoño de David (Is 11), el cordero con
siete
cuernos y siete ojos— derivan del imaginario judío. El libro depende en
gran
medida del AT, y de modo especial de Ezequiel (los cuatro vivientes, el
sello
protector, la orden de comer el rollo, la medición del templo,
Babilonia como la
Gran Ramera, Gog y Magog), hasta el punto de que Juan puede ser
descrito
como un nuevo Ezequiel. Su escrito es a la vez una respuesta
cristiana y
una respuesta judía a la crisis sobre la esperanza e identidad de
Israel.
De
este examen sobresalen dos aspectos. El primero es el continuo carácter
judío
del lenguaje y los énfasis religiosos: un cristianismo que tiene por
canónicos
estos escritos no puede dejar de reconocer su carácter judío, tanto más
cuanto
que acogió cartas como Santiago y Judas y el Apocalipsis. El segundo es
que ese
reconocimiento, salvo excepciones como Hebreos y la disputa perceptible
en
Mateo y Juan (§ 46.5), no se hace renegando de la religión de Israel:
el
carácter judío de la herencia nunca está en discusión y las
reivindicaciones
cristianas tienen hondas raíces en las Escrituras de Israel.
45.5. El carácter
judío de escritos cristianos del
siglo segundo
En
el siglo II el carácter judío de los escritos cristianos no es tan
constante
como en los del siglo I, pero aún se manifiesta en varios documentos
importantes.
a. 1 Clemente
1
Clemente utiliza las Escrituras (AT) más abundantemente que ningún otro
escrito
cristiano: desde el capítulo 3 al 37 hay citas en casi cada capítulo.
Al
rechazar el faccionalismo de los corintios, toma sus ejemplos —buenos y
malos—
de las Escrituras de Israel (Abel, Caín, Noé, Henoc, Abrahán, David,
Daniel,
Judit, Ester). Clemente daba por sentado que esas eran las Escrituras
de sus
iglesias y veía una continuidad directa entre la historia de Israel y
los
cristianos de Roma y Corinto, a los que aplica términos propios del
pueblo de
Dios (llamados, amados, elegidos) sin pretender
reemplazar
a Israel. Toma además su eclesiología de la organización sacerdotal y
los ritos
de Israel, suponiendo que el ministerio cristiano prolongaba el culto
sacerdotal judío. Es más consciente que casi ningún otro autor de su
época del
carácter judío del cristianismo.
a.2. Didajé
A
diferencia de 1 Clemente, la Didajé no se construye sobre extensas
citas del
AT, pero, como la Carta de Santiago, mezcla un abundante uso de la
tradición de
Jesús con sabiduría y ética típicamente judías, tratando aquella como
continuación natural de la enseñanza judía. Comienza con la doctrina de
los dos
caminos —uno de vida y otro de muerte—, modo característicamente
judío de
exponer opciones éticas con raíces en Dt 30, Jr 21 y los manuscritos
del Mar
Muerto. Su carácter judío es evidente: la combinación de Dt 6,5 y Lv
19,18, el
desarrollo del decálogo, la advertencia de no añadir ni quitar nada (Dt
4,2),
la imagen del yugo del Señor, el ayuno dos veces por semana
distinguido
del de los hipócritas, el rezo del Padrenuestro tres veces al
día, los
temas judíos de las plegarias eucarísticas (la vid de David, la
reunión
de los dispersos), el uso del arameo (Maranatha) y la
transposición de
las obligaciones sacerdotales a los profetas. Tan judía es la Didajé
que cabe
preguntarse si judío y cristiano eran categorías
separadas para
sus comunidades; es probablemente más acreedora al adjetivo judeocristiano
que ningún otro escrito de la época.
a.3. Carta de Bernabé
Como
1 Clemente, Bernabé cita y se sirve abundantemente del AT, y sus
capítulos
finales ofrecen otra parénesis de dos caminos. A diferencia de
Clemente,
aporta una exposición polémica de los textos (§ 46.6b). Bernabé obtenía
su
enseñanza directamente de las Escrituras —la Torá, los profetas y los
Salmos—
como fuente de conocimiento, pero reconocía la necesidad de mostrar que
debían
entenderse como anuncio del cristianismo: de ahí su abundante tipología
(el
sacrificio de Isaac, el chivo expiatorio, la vaca roja, la serpiente de
bronce)
y su interpretación numerológica (los 318 circuncidados que apuntan a Jesús
y a la cruz) y la espiritualización de las leyes alimentarias. Anticipa
así la
técnica cristiana de alegorizar los pasajes incómodos, pero subraya la
importancia que seguían teniendo las Escrituras; si su autor era un
gentil
converso, es tanto más notable su conciencia (no sin cierto embarazo)
de la
herencia judía.
a.4. 2 Clemente
Esta
homilía se sirve sustancialmente del AT, en particular de Isaías (su
exposición
de Is 54,1 recuerda al comentario de Habacuc de Qumrán), y, como la
Carta de
Santiago y la Didajé, da por supuesto que la tradición de Jesús es un
recurso
igualmente válido para la exhortación: los libros de los profetas y
los de
los apóstoles son autoridades conjuntas para la Iglesia (14,2).
b. Los restantes
Padres apostólicos
Ignacio,
centrado en reforzar la posición del obispo, cita ocasionalmente la
Escritura
demostrando su conocimiento y su autoridad. Policarpo, en su Carta a
los
Filipenses, refleja Ef 2,8-9 y subraya los mandamientos de Dios, la
justicia y
la necesidad de conocer bien las sagradas Escrituras. El Pastor
de
Hermas, en cambio, no contiene citas explícitas del AT y solo alusiones
ocasionales, con un despliegue de mandamientos influido por
ambas
tradiciones, pero de manera superficial. De Papías cabe extraer poco,
aunque su
especulación sobre la era venidera (similar a 2 Bar 29) y su
interpretación
cristológica del relato de la creación sugieren una mentalidad
determinada por
las Escrituras. En esta etapa, mentalidad bíblica y mentalidad judía
eran
todavía más o menos sinónimas.
c. Los apologistas
Arístides
describe a judíos y cristianos como entidades distintas, por lo que
apenas
muestra influencia judía explícita, aunque su crítica de la idolatría y
su
afirmación de la unicidad de Dios están enraizadas en la polémica judía
y su
ética se sirve del decálogo. La Carta a Diogneto considera a los
cristianos un nuevo
pueblo, con escasa influencia de la polémica judía, pero con una
cuasi cita
de Sal 146, reflexiones sobre el paraíso, la observación de que nadie
ha visto
jamás a Dios y una referencia a la Pascua del Señor: el
ambiente judío
queda al menos implícito.
Justino
Mártir es muy diferente. Para él era de primera importancia demostrar
que su fe
en Jesús como Cristo era totalmente acorde con las Escrituras, la
palabra de
Dios. En su primera Apología demuestra que las profecías hablan de
Cristo
(32-42; 48-53), pero es sobre todo en el Diálogo con Trifón
donde se
esfuerza por probar que los judíos yerran al no reconocer que Cristo
era el
anunciado por las Escrituras. Cita pasajes extensos, señala que figuras
como
Abel, Henoc o Melquisedec agradaron a Dios sin estar circuncidados,
y es
el primero en usar la ambigüedad entre el ángel de Dios y Dios mismo
para
argumentar la presencia de Cristo, en interpretar cristológicamente el nosotros
de la creación (Gn 1,26-28) y en responder a la objeción sobre la virgen
de Is 7,14. Justino quería demostrar la continuidad integral del
cristianismo
con la religión de Israel: él y Trifón rendían culto al mismo Dios,
Jesús era
de la estirpe de David, y cada día algunos judíos siguen haciéndose
discípulos en nombre del Cristo.
Atenágoras
apela a Moisés, Isaías y Jeremías, pero recurre mucho más a Homero.
Teófilo, en
cambio, utiliza regularmente las sagradas Escrituras de los santos
profetas
en su descripción de la creación, del paraíso y de la caída,
sosteniendo que
las creencias cristianas no eran nuevas sino antiguas y verdaderas
porque eran
las de los escritos proféticos, más antiguos que cualquier
escritor
griego.
Melitón
de Sardes conocía bien la Escritura: Eusebio cita su lista de
los
escritos del AT. En su Peri Pascha explica las regulaciones
pascuales y
ve predicciones de los sufrimientos de Cristo en Abel, Isaac, José,
Moisés y
David; aunque relativiza el valor continuo del tipo (§ 46.6h), le
importaba
demostrar la continuidad entre su fe en Cristo y las Escrituras judías.
Ireneo,
finalmente, se sirve repetidamente del AT contra valentinianos y
marcionitas
para demostrar que no hay otro Dios que el de Abrahán, Isaac y Jacob,
Padre de
nuestro Señor Jesucristo; con su imagen de la Iglesia como jardín del
que
alimentarse de las Escrituras del Señor (Adv. haer. 5.20.2)
vemos la
transición de la Escritura judía a la Biblia cristiana.
Por
último, los cuartodecimanos de Asia Menor observaban la Pascua del
Salvador el
14 de nisán —día en que se sacrificaban los corderos y, según Juan,
Jesús
celebró la Última Cena—, práctica que se creía procedente del apóstol
Juan y
apoyada por Policarpo y Melitón. Cuando Víctor de Roma trató de
suprimirla,
Ireneo defendió que tal diversidad debía tolerarse. Esto muestra un
importante
grupo de cristianos del siglo II aferrados al carácter pascual de la
eucaristía
y de la muerte de Jesús. En suma, los Padres apostólicos y los
apologistas
daban por sentado el carácter judío de la fe cristiana, sin negar en
ningún
momento que los pasajes que citaban eran de las Escrituras judías.
45.6. La herencia
del judaísmo del Segundo Templo
La
afirmación de que el cristianismo era más genuinamente heredero del
judaísmo
del Segundo Templo que el propio judaísmo rabínico puede parecer
absurda a
primera vista, pues el judaísmo rabínico fue el heredero real de la
religión
surgida de la resistencia macabea. Pero el judaísmo del Segundo Templo
era
mucho más diverso que el fariseo: incluía a saduceos, esenios,
apocalípticos y
judaísmo de la diáspora, y la secta de los nazarenos puede describirse
adecuadamente como otra de sus formas. El factor decisivo es que fue el
cristianismo, y no el judaísmo rabínico, el que conservó gran parte de
esa
herencia diversa que de otro modo se habría perdido: los rabinos se
sirvieron
sobre todo de la Halaká, mientras que el cristianismo conservó los LXX,
así
como las obras de Filón y Josefo —Filón influyó en la cristología
primitiva con
su concepto del Logos—, y los escritos henóquicos, cuya influencia es
manifiesta en el NT.
Aún
más interesante es que los primeros cristianos utilizaron escritos
judíos como
patrón de sus propias composiciones: las Constituciones apostólicas
reelaboraron oraciones sinagogales helenísticas; los Testamentos de los
Doce
Patriarcas se basaron en un modelo judío anterior (con fragmentos
hallados en
Qumrán); el Martirio de Isaías recibió una interpolación cristiana; 4
Esdras
fue ampliado con adiciones cristianas (5 y 6 Esdras); los Oráculos
sibilinos
—género judío desde el siglo II a. C.— recibieron reelaboraciones
cristianas, y
las Odas de Salomón, de inspiración cristiana y con ecos del Evangelio
de Juan,
parecen obra de un judío creyente en Jesús. Destaca la familiaridad de
los
primeros cristianos con escritos distintivamente judíos y la sensación
de que
también eran suyos. El medio de transmisión fueron muy probablemente
creyentes
judíos todavía en contacto con comunidades judías, que veían su fe en
Jesús
como consecuencia natural de su fe judía. Estos documentos proceden de
diversos
países (Egipto, Roma, Siria, Palestina), lo que atestigua que los
creyentes
judíos se habían extendido por la diáspora occidental, donde el
cristianismo
halló un fértil semillero para su identidad.
45.7. Los minim
Uno
de los aspectos más fascinantes son los minim, individuos que
las
tradiciones rabínicas desaprobaban o veían como adversarios. Se discute
si eran
simples inconformistas o si las cuestiones en juego eran doctrinales, y
hay una
marcada tendencia a identificar al menos a muchos de ellos como
cristianos, es
decir, judíos creyentes en Jesús, lo que indicaría que en el siglo II
había
muchos en Siria-Palestina. El indicio más claro son dos pasajes de la Tosefta
Hullín 2, reconocidos como referentes a cristianos: el caso de Rabí
Eleazar
ben Dama, a quien Jacob de Kefar Sama quiso curar en el nombre de
Jesús ben
Pantera, impedido por Rabí Ismael, y el de Rabí Eliezer, arrestado a
causa de minut tras escuchar y aprobar una enseñanza dicha en
nombre de
Jesús por Jacob de Kefar Sijnin. Jesús de Nazaret aparece así referido
como Jesús
ben Pantera. Los pasajes confirman la presencia de creyentes en
Jesús en
pueblos galileos, conviviendo con sus vecinos, y la preocupación
rabínica por
su influencia, atribuida a maestros como Ismael y Akiba (120-140), lo
que
sugiere que el proceso de separación estaba ya muy avanzado.
La
prueba más convincente de la irritación rabínica ante las afirmaciones
cristianas sobre Jesús es la herejía de los dos poderes (§
46.4c): el
argumento contra dos poderes en el cielo tenía como objetivo la
afirmación cristiana de que Jesús fue exaltado a la derecha de Dios y
recibió
honores divinos (cf. Flp 2,10-11; Jn 5,18; 10,33). Más tarde, Jerónimo
se
refiere a los mineanos activos en sinagogas de oriente,
llamados también
nazarenos, que creen en Cristo nacido de la
virgen María pero que, aunque
pretenden ser judíos y cristianos, no son ni judíos ni cristianos
(Ep.
112.13). Su testimonio indica que los minim —judíos creyentes en Jesús—
siguieron activos en sinagogas de Siria-Palestina hasta época tan
tardía como
el siglo IV.
45.8. Judíos que
también siguieron a Jesús
Justino
afirma que los cristianos de Asia Menor afrontaban una situación
semejante a la
de Pablo: existían dos clases de judíos creyentes en Jesús. De un lado,
los que
querían seguir observando la Ley mosaica sin imponerla a los gentiles,
a los
que Justino aseguraba la salvación y recomendaba plena comunión como hermanos
nuestros; de otro, los que trataban de obligar a los gentiles a
guardar los
mandamientos como ellos, postura que Justino no aceptaba, aunque
tampoco les
negaba la salvación mientras no abandonaran la fe en Cristo (Diál 47).
Esta
situación anuncia los datos más complejos de las fuentes patrísticas
posteriores sobre ebionitas, nazarenos y elkesaítas, grupos de los que
dependemos enteramente de referencias hostiles.
a. Los ebionitas
El
término ebionitas significa probablemente los pobres.
Su
cristología es la más confusa: una referencia habitual dice que creían
que
Jesús nació de un hombre y una mujer como todos, pero Orígenes,
Eusebio,
Epifanio y Teodoreto distinguen varias opiniones, incluyendo grupos que
aceptaban el nacimiento virginal. Pese a la confusión de los datos,
puede darse
por supuesto que, sobre todo en Siria, había grupos ebionitas,
herederos plenos
de Santiago y de los creyentes judíos de Hch 21,20: creyentes que
vivían como
judíos (circuncisión y observancia de la Ley) y en quienes se acentuaba
la
antipatía hacia Pablo y su misión exenta de Ley. No deben imaginarse
como un
cuerpo monolítico, sino como una variedad de agrupaciones
—particularmente en
Siria-Palestina— que veían a Jesús como Mesías, más integradas en las
sinagogas
que en los grupos cristianos. Representan bien el continuo que aún
existía
entre judaísmo y cristianismo: en palabras de Jerónimo, querían ser cristianos
y judíos, pero para rabinos y dirigentes cristianos no eran ni
judíos ni
cristianos, medio cristiano y medio judío.
b. Los nazarenos
El
testimonio sobre los nazarenos procede casi por completo del poco
fiable
Epifanio y de Jerónimo, conocedor del Evangelio de los Nazarenos.
El
nombre deriva de que Jesús era el Nazareno (de Nazaret); hubo
un tiempo
en que todos los cristianos eran llamados así (Hch 24,5), y notzrim
pasó
a ser el término rabínico para los cristianos. Según Epifanio, los
nazarenos
son judíos de nacimiento, sometidos a la circuncisión y observantes
de la
Ley, que creen en Jesús, en la resurrección y en un solo Dios y su
Hijo
Jesucristo, dominan el hebreo y leen las Escrituras en esa lengua, y
solo se
diferencian de los judíos por su fe en Cristo y de los cristianos por
su
práctica de la Ley, el sábado y la circuncisión; declaran que Cristo
nació del
Espíritu Santo y de María y tienen todo el Evangelio de Mateo en
hebreo.
Jerónimo los describe como los que aceptan a Cristo sin dejar por
ello de
observar la Ley, y señala que afirmaban que Pablo fue el último de
los
apóstoles. Su único rasgo distintivo parecería ser la observancia de la
Ley,
estando probablemente más abiertos a la expansión de la fe por medio de
Pablo y
sin esperar que los gentiles la observasen. Su retención del nombre nazareno
—abandonado por el resto del cristianismo salvo en Siria— puede
entenderse como
afirmación de continuidad directa con la iglesia de Jerusalén del siglo
I y
sugiere la fuerza y antigüedad del cristianismo judío sirio.
c. Los elkesaítas
Hay
incertidumbre sobre si los elkesaítas —conocidos también como
sampseanos u
oseanos y vinculados con los ebionitas— deben incluirse entre las
sectas
judeocristianas, pues Epifanio no los consideraba típicamente judíos.
Rechazaban partes de la Escritura y al Apóstol (Pablo) por
completo, y
se situaban en la región de Perea, al oriente del Mar Muerto. La
herejía se
atribuye a un maestro llamado Elxai o Elchasai, que se unió a estas
sectas en
tiempos de Trajano e influyó en su cristología, y a un libro que dicen
que
cayó del cielo revelando grandes misterios. Estos grupos
son una
buena indicación de la mezcla de creencias y prácticas religiosas
surgidas en
los primeros siglos en torno a figuras proféticas o visionarias, que
prosperaban en los márgenes de la Sinagoga y la Iglesia.
d. La literatura
seudoclementina
Si
las Recogniciones 1.27-71 transmiten material judeocristiano,
constituyen un valioso testimonio de las ideas de los creyentes judíos
en
Jesús. Entre sus rasgos destacan: una gran consideración hacia
Santiago, ordenado
obispo por el Señor; la convicción de que Jesús es el profeta
anunciado por
Moisés, el verdadero profeta y el Cristo eterno e Hijo de Dios
encarnado; el
bautismo en el nombre trino; un claro sentido de distancia respecto a
los
judíos incrédulos, los samaritanos y los discípulos del Bautista; el
rechazo de
los sacrificios; la presentación de Saulo/Pablo como cierta persona
hostil
que ataca a Santiago, y, sorprendentemente, un reconocimiento de que
los
gentiles podrían ser llamados para que se llegase al número
mostrado a
Abrahán. El escrito muestra conocimiento de Mateo y de Hechos,
sugiere una
perspectiva posterior al año 135 y refleja tradiciones como la huida a
Pella;
expresa los puntos de vista de creyentes judíos en Jesús, próximos en
parte a
los nazarenos, aunque sin que quepa establecer una conexión directa con
ninguno
de los otros grupos.
e. El cristianismo
judío en el siglo II
Aunque
casi todos los indicios son posteriores al siglo II, dada la
continuidad entre
los comienzos del cristianismo (los nazarenos) y el cristianismo
judío
posterior, es apropiado inferir que el cristianismo judío tuvo
fuerza en
el siglo II. Hubo un número considerable de judíos que creían que Jesús
era el
Mesías y se distinguían por su observancia de la Ley y su estilo de
vida judío,
entendido como lealtad a la memoria de Jesús. Su conocimiento y uso de
la tradición
de Jesús en hebreo indican lo primitivo de sus orígenes y su
continuidad con
los hebreos de Jerusalén; tenían a Santiago en alta estima y
muchos
veían con hostilidad los cambios asociados con Pablo. Cristológicamente
había
mayor diversidad: unos sostenían que Jesús era simplemente un hombre;
otros
aceptaban el nacimiento virginal según Mateo y Lucas; otros estaban
influidos
por sistemas más especulativos (Cerinto). Relacionando estos datos con
la
afirmación de Justino sobre dos clases de creyentes judíos, cabe
identificar a
los nazarenos con aquellos con los que él se sentía más cercano y a los
ebionitas con los de actitud judía más dura, recordando que había
también
creyentes influidos por tendencias gnósticas. No cabe suponer un cristianismo
judío sistemático y monolítico: los creyentes funcionaban todavía
en
sinagogas, en reuniones domésticas o asociados con iglesias domésticas
más
explícitamente cristianas.
¿En
qué fue a parar el cristianismo judío? Dada la escasez de
datos, lo más
probable es que esa rama acabase desgajada en dos: la forma que
aceptaba el
nacimiento virginal (los nazarenos), predominante en Siria, sería
absorbida por
el cristianismo mayoritario; y los que afirmaban que Cristo era un
hombre como
los demás (los ebionitas) acabarían integrados en el judaísmo rabínico.
Resulta
intrigante la reaparición, en las últimas décadas del siglo XX, de
judíos
mesiánicos que conservan su identidad judía aceptando que Jesús es el
Mesías:
como sus antecesores de las primeras centurias, no son vistos ni como
judíos ni
como cristianos; pero, si aquellos creyentes fueron un nexo esencial de
continuidad entre judíos y cristianos, no debe despreciarse el
potencial de
estos creyentes modernos para revitalizar el diálogo.
f. El cristianismo
sirio
No
puede cerrarse la sección sin considerar en qué medida el cristianismo
sirio,
en especial el sirio oriental centrado en Edesa, debe verse como la
forma más
duradera del cristianismo judío. La victoria de Pedro sobre
Pablo en el
incidente antioqueno habría reforzado el carácter judío tradicional del
cristianismo de Antioquía, centro influyente de una praxis jacobea con
el que
se asocian documentos judeocristianos como Mateo, la Didajé y las Odas
de Salomón;
las cartas de Ignacio sugieren que la competición con los judíos era
allí una
preocupación dominante, y la apología de Teófilo de Antioquía es de
carácter
muy judío. Pero el drama más intrigante se desarrollaba más al este, en
Edesa.
Eusebio recoge la leyenda de la correspondencia entre el rey Abgar y
Jesús y la
misión de Tadeo, según la cual la ciudad fue dedicada al nombre de
Cristo desde
tiempos muy tempranos; Bauer cuestionó esta historia, conjeturando que
el
cristianismo se estableció allí primero en forma de marcionismo hacia
el año
150.
Hoy
es imposible determinar cuán pronto llegó el cristianismo a Edesa,
aunque
probablemente lo hizo por los vínculos comerciales con Antioquía, quizá
no
antes del 166 d. C. La estrecha asociación de Tomás con el cristianismo
sirio y
el carácter de la literatura tomasina sugieren que el cristianismo
sirio
oriental era una forma mucho más sincrética de lo que Eusebio admitía:
aplicarle etiquetas únicas (gnosticismo, marcionismo, maniqueísmo) no
serviría
de mucho. April DeConick sostiene que el Evangelio de Tomás,
lejos de
ser una herejía gnóstica genérica, representa la voz del
cristianismo del
este de Siria en su más antigua forma recuperable, una pequeña
corriente de
las tradiciones que acabaron en la ortodoxia oriental. La relación que
Hegesipo
establece entre el origen de las siete herejías y la iglesia
jerosolimitana posterior al año 70 podría describir con más exactitud
cómo
cambió el cristianismo judío al extenderse hacia el este. Conviene unir
a Tomás
al triunvirato de la primera generación (junto con Juan), pues él o las
tradiciones asociadas a su nombre fueron muy influyentes en Siria
oriental y
más allá.
Conclusiones
Más
importante que resolver los diversos rompecabezas del cristianismo
judío
es reconocer el carácter judío del cristianismo. Durante la mayor parte
de su
historia, judío y cristiano se han considerado términos
contrastantes, incluso antitéticos; pero judío nunca fue un
mero
referente étnico, y en los siglos I y II era un término más amplio que judaísmo.
Es esencial para la propia identidad del cristianismo que no olvide ni
minimice
sus orígenes judíos: un Mesías judío, apóstoles judíos, Escrituras
judías y el
Dios de Israel. E importa también que el judaísmo reconozca el carácter
judío
del cristianismo y acepte la afirmación de que Jesús es el Mesías de
las
expectativas judías. En particular:
•
Santiago,
el hermano de Jesús, es
acreedor a mucho más respeto del que ha recibido: como pariente carnal
de Jesús
es uno de los nexos más estrechos del cristianismo primitivo con él, y
no
debería seguir siendo tratado como un hombre de paja opuesto a Pablo,
sino
recibir una veneración equivalente a la de Pedro y Pablo.
•
Jerusalén,
y no Roma ni Bizancio,
debe reafirmarse como la iglesia madre del cristianismo, pues era ella,
especialmente bajo Santiago, la que aseguraba la conexión directa con
Jesús.
•
El
carácter judío de los primeros
escritos cristianos —el NT y muchos del siglo II— no debe considerarse
embarazoso, sino reconocerse y afirmarse, sobre todo por el grado en
que las
Escrituras judías definieron el entendimiento del cristianismo.
•
Debe
reconocerse cuánto de la
expresión y el carácter del judaísmo del Segundo Templo pasó
fructuosamente al
cristianismo más que al judaísmo rabínico; el puente que representó
Filón
merece ser reafirmado y explorado por su capacidad de potenciar el
diálogo.
•
Sobre
todo, debe revisarse la
evaluación de los minim, los notzrim, los nazarenos y los ebionitas:
con
identidades hoy establecidas y límites que muestran más capacidad de
inhibición
que de afirmación, bien puede sostenerse que hay sitio para grupos
decididos a
llenar los espacios intermedios con integridad y honor.
•
El
vínculo que una evaluación
positiva del cristianismo judío puede aportar entre el
cristianismo
occidental y el oriental requiere una nueva mirada por su potencial
ecuménico.
•
La
reaparición de judíos
mesiánicos en el presente debe verse como una oportunidad para
desarrollar el
respeto y el entendimiento, sin repetir la historia de condena y
denigración
por herejía.
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