El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Duodécima parte. El cristianismo judío y la separación de caminos
Capítulo 46. La separación de caminos
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
46.1. Las imágenes
adecuadas
Conviene
recordar de entrada que ni el «judaísmo» ni el «cristianismo» fueron,
en rigor,
los factores principales de lo que se va a examinar. Los propios
términos
apenas aparecen en los escritos de referencia: «judaísmo» figura solo
dos veces
en el NT (Gál 1,13-14) y en Ignacio de Antioquía (IgnMagn 8,1; 10,3;
IgnFil
6,1), y «cristianismo» únicamente en Ignacio. La cuestión no es de mera
semántica ni de uso anacrónico: lo decisivo es evitar la idea de que
«judaísmo»
y «cristianismo» fueran ya entidades claramente definidas y
diferenciadas entre
sí en los dos primeros siglos.
Durante
la mayor parte de ese período, los herederos del «judaísmo del Segundo
Templo»
seguían bajo los efectos de la conmoción de las tres revueltas fallidas
contra
Roma. El judaísmo rabínico, nacido de la asamblea de Yamnia tras el
desastre
del 70 d. C., solo empezaba a establecerse y a imprimir su carácter en
las
sinagogas de fuera de Palestina. El judaísmo de la diáspora occidental,
con el
que el cristianismo emergente tenía más relación, era aún «judaísmo
helenístico» y no rabínico, con toda la diversidad que ello implica. Y
el
cristianismo embrionario se configuraba a veces tentativamente, a veces
de
manera decidida, trazando líneas de continuidad con la herencia de
Israel y de
la Judea posexílica. Los problemas de definir la relación del judaísmo
rabínico
con el de la diáspora se correspondían, en el lado cristiano, con los
de
definir la relación entre creyentes en Jesús judíos y gentiles.
Por
eso no estamos ante dos religiones bien definidas que se relacionan
entre sí,
ni ante dos grupos étnica, religiosa y culturalmente distintos, pues ni
siquiera ritos y prácticas (circuncisión, bautismo, comidas
compartidas)
tuvieron en muchos casos el carácter tan distintivo que se podría
suponer.
Estamos, más bien, ante varios grupos diversos que reconocen su
dependencia de
las Escrituras (AT), fundan en ellas sus afirmaciones de identidad y
pretenden,
de diversos modos, definir esa identidad con mayor claridad. Para los
cristianos, las aserciones sobre Jesucristo y la trascendencia de su
enseñanza,
muerte y resurrección eran centrales, pero no independientes de esa
herencia
escriturística. De ahí que la necesidad de justificar las creencias y
prácticas
centradas en Jesús como de carácter plenamente judío o escriturístico
fuera
parte fundamental del diálogo entre «judíos» y «cristianos» en este
período.
De
lo anterior se sigue de inmediato una consecuencia importante: la
imagen de «la
separación de caminos» es más engañosa que útil. Su principal
inadecuación está
en suponer que la realidad histórica se representa fielmente con la
bifurcación
de un solo camino («judaísmo») en dos («cristianismo» y «judaísmo»
rabínico), o
con un único acto de «separación» entre dos religiones bien definidas.
Pero a
comienzos del siglo I el judaísmo del Segundo Templo no era un solo
«camino» ni
una sola entidad: había varios caminos seguidos por judíos. Todos
confesaban al
único Dios de Israel, creían en su condición de pueblo elegido,
celebraban su
identidad étnica, se comprometían a obedecer la Torá y reconocían la
centralidad del templo y el culto de Jerusalén. Lo que variaba —tanto o
más que
las creencias— eran las prácticas. Por eso muchos estudiosos prefieren
hablar
de «judaísmos»: saduceos, fariseos y esenios, pero también la
literatura
henóquica, los apocalípticos, los místicos, los helenizadores, el
judaísmo de
la diáspora, «el pueblo de la tierra» y los samaritanos.
Igualmente
problemático es el uso de «cristianismo» referido al siglo I, pues la
palabra
no aparece hasta comienzos del siglo II, al parecer acuñada por
Ignacio.
Lingüísticamente, el «cristianismo» no existía aún en el siglo I; pero
fue
consecuencia natural de que a los creyentes en Jesús el Cristo se los
venía
llamando «cristianos» (Hch 11,26). En Hechos, el movimiento de los
seguidores
de Jesús es mencionado como «secta» y «la secta de los nazarenos» (Hch
24,5.14;
28,22), el mismo término que el libro —como Josefo— aplica a saduceos,
fariseos
y esenios. Es decir, Hechos consideraba el movimiento como una de las
sectas
surgidas del judaísmo del Segundo Templo e integrante de él.
Significativamente,
los primeros creyentes son descritos como «los que pertenecen al
camino». La
imagen refleja el giro hebreo de «caminar» (halak) metafóricamente por
un
sendero, que Pablo seguía empleando, y enlaza con la idea
farisaica/rabínica de
la Halaká y con el uso de Qumrán, que se concebía como «los perfectos
del
camino (derek)». El movimiento surgido de Jesús era visto, pues, como
otro
«camino», otro modo de vivir las obligaciones de la alianza de Israel.
Las
dificultades aumentan porque no está claro cómo el judaísmo rabínico
—expresión
normativa del judaísmo entre los siglos II y IV— se relaciona con las
diversas
expresiones del Segundo Templo. Los rabinos pueden considerarse
herederos
directos de los fariseos, pero ¿lo son también de las otras formas del
judaísmo? Y ¿es el cristianismo, religión oficial del Imperio en el
siglo IV,
el heredero directo y único de «la secta de los nazarenos»? ¿Hubo en
cada caso
una conexión lineal, sin vías laterales, o tuvieron los caminos
direcciones
erráticas, se fragmentaron, se fundieron con otros? No tarda en surgir,
además,
la cuestión del cristianismo gnóstico.
En
la antigüedad tardía y los inicios de la Edad Media sí había dos
entidades
distintas, judaísmo y cristianismo, de modo que alguna clase de
división o
separación había tenido lugar. Pero ninguna imagen única describe
adecuadamente
un proceso tan complejo. Quizá las más útiles sean la de una prenda que
se va
rayendo y rompiendo con el uso, o la de los remaches que saltan cuando
la mar
gruesa presiona las planchas de un barco. Son imágenes imperfectas,
pero ayudan
a centrarse en las tensiones entre judíos —incluidos especialmente los
judíos
creyentes en Jesús— que acabaron en rasgos irreconciliables. Y como es
tan
escaso nuestro conocimiento del judaísmo fariseo (30-70 d. C.) y los
comienzos
del rabínico (70-100) en relación con los seguidores de Jesús, para
saber más
habrá que recurrir casi exclusivamente a fuentes cristianas.
46.2. Tensiones y
desavenencias tempranas
Algunos
consideran que la división entre judaísmo y cristianismo o bien ya se
había
producido durante el primer período, o bien se había hecho inevitable
por lo
ocurrido entonces. Conviene examinarlo.
a. Muerte y
resurrección de Jesús
La
idea cristiana tradicional es que el rechazo de Jesús por la mayoría de
los
judíos supuso el rechazo de ellos mismos. Algunos sostienen que la
crucifixión
y la resurrección (o las primeras afirmaciones de que Jesús había
resucitado)
fueron factores decisivos casi desde el principio; otros, subrayando la
dimensión apocalíptica de esas afirmaciones, dan a entender que el
cristianismo
habría surgido en un plano muy distinto, sin continuidad
salvífico-histórica
con el antiguo Israel.
Una
segunda «separación» suele vincularse a la creencia de que la muerte de
Jesús
se entendía no como un sacrificio corriente, sino como uno que hacía
innecesarios, nulos y sin validez todos los demás sacrificios del
templo,
argumento desarrollado con fuerza en la Carta a los Hebreos. Una
tercera
«separación» se postula respecto a la persecución posterior al
linchamiento de
Esteban (Hch 6-7): el principal perseguidor, Saulo de Tarso, atribuyó
su
actuación a su «celo» como fariseo en su «vida anterior en el judaísmo»
(Gál
1,13-14). Pero «judaísmo», para Saulo, no era todo el judaísmo de la
época, y
su persecución es más bien un derivado execrable de la tendencia a la
división
en facciones del judaísmo del Segundo Templo.
Nada
de esto prueba que los «caminos» se hubieran «separado» ya en aquellos
años.
Los primeros creyentes jerosolimitanos siguieron participando en el
culto del
templo, incluidas las ofrendas por el pecado; aún no se había planteado
la
cuestión de un sacrificio que pusiera fin a todos los sacrificios. Y la
importancia del templo ya había sido cuestionada antes por Qumrán, que
se veía
como sustituta del corrupto templo de Jerusalén. Los judíos creyentes
en Jesús
siguieron considerablemente tranquilos en Jerusalén antes de la
revuelta del
66-70. Había mayor peligro de «separación» entre los creyentes judíos
de
Jerusalén y la misión paulina que entre el cristianismo y el judaísmo
del
Segundo Templo: las tensiones se experimentaron más dentro del
cristianismo primitivo
que entre «cristianismo» y «judaísmo». La cuestión de si los caminos
debían
separarse no fue una conclusión obvia en la primera generación.
b. La apertura a
los gentiles
La
tensión más obvia dentro del judaísmo del Segundo Templo fue la
ampliación de
la condición de miembro a no-judíos. La cuestión étnica siempre había
sido
central: la descendencia física de Abrahán, Isaac y Jacob. Los
no-judíos podían
incorporarse haciéndose prosélitos, y se esperaba una peregrinación de
gentiles
a Sión en el tiempo final. Pero, como el núcleo de la identidad judía
era la
condición de judío étnico, ligada a la Judea geográfica, la inclusión
de
gentiles era delicada. Pablo lo sabía bien (Gál 2,15) y trató de
redefinir
«judío» —como disposición interior respecto a Dios (Rom 2,28-29)— e
«Israel»
—como los llamados por Dios, judíos y gentiles (Rom 9,6-12.24)—. La
pregunta es
si esas redefiniciones tuvieron éxito y si podían tenerlo.
Pablo
identificaba su misión con la del Siervo de Yahvé, «luz para los
gentiles», y
veía el evangelio a los gentiles como cumplimiento de la promesa a
Abrahán (Gál
3,8). Pero ¿convenció a más de unos pocos judíos? En cualquier caso, la
escisión de la secta de Jesús respecto al judaísmo del Segundo Templo
no
aconteció en vida de Pablo. Su empeño en la colecta de las iglesias
mayoritariamente gentiles para los pobres de Jerusalén indica que
estaba
decidido a que las tensiones entre creyentes judíos y gentiles no
empeorasen.
La
aceptación de gentiles no fue, por sí sola, causa de división:
creyentes judíos
tradicionalistas como Santiago se mostraban dispuestos a incorporar
gentiles a
la alianza (Hch 15), y tampoco la circuncisión parecía decisiva para
los
dirigentes judíos del movimiento (Gál 2,7-9). Aunque hubo grave tensión
sobre
si las leyes judías podían pasarse por alto, Pablo no veía evangelio y
Ley como
opuestos: la fe, el Espíritu y el amor eran las claves para cumplir la
Ley, y
guardar los mandamientos seguía siendo importante (1 Cor 7,19).
El
punto de ruptura más decisivo no fue tanto la teología o la misión de
Pablo
como las prácticas que favoreció en las comunidades de la diáspora. En
Corinto
y Roma intentó constituir comunidades que incluyeran a judíos
tradicionalistas
y a gentiles poco respetuosos de los escrúpulos judíos; defendió el
derecho de
los primeros a mantener tales escrúpulos, sin verlos necesarios, y
pidió
moderación a los menos observantes. Pero las relaciones con las
comunidades
locales debían de resultar difíciles (cf. Col 2,16-23). Pablo podía
afirmar que
en Cristo «ya no hay judío ni griego» (Gál 3,28), pero para quienes
veían su
identidad como «judía» esa socavación era difícil de soportar. ¿Era
inevitable
que las iglesias paulinas, más gentiles, se hicieran menos judías?
c. Un nuevo nombre
¿En
qué medida la designación de los primeros creyentes como «cristianos»
prueba o
favoreció la separación? El nombre (christianoi) fue acuñado por las
autoridades romanas en Antioquía, por analogía con «herodianos» o
«cesarianos»,
porque se percibía a aquellas personas como partidarios de «Cristo». Lo
que las
distinguía a ojos de las autoridades no era su condición étnica, sino
su
adhesión a Jesús Mesías. El término no aludía a cristianos vistos como
distintos de los judíos, sino a subgrupos sinagogales judíos que habían
admitido creyentes gentiles.
Conviene
considerar la expulsión de los judíos de Roma por Claudio
(probablemente en el
49 d. C.). Suetonio la atribuye a disturbios que implicaban a «Cresto»,
lo que
sugiere altercados dentro de la comunidad judía, presumiblemente
originados por
creyentes en Jesús Mesías. Algunos piensan que esa expulsión separó a
los
creyentes de sus sinagogas; pero, incluso con Hch 18,2, nada indica que
solo se
expulsara a los creyentes en Jesús. Pablo escribió después (c. 57) a
creyentes
romanos judíos y gentiles, y Rom 14,1–15,7 refleja una situación en que
creyentes judíos tradicionalistas, regresados tras la muerte de
Claudio,
recibían una acogida fría de los gentiles más liberales, ya mayoría. En
el
relato del tiempo de Pablo en Roma (Hch 28), la falta de mención
explícita de
creyentes en Jesús se explica porque quedaban incluidos en los
contactos de
Pablo con la comunidad judía romana, con la que aún había estrechos
lazos.
Otra
posible causa de ruptura depende también del nombre: la persecución de
Nerón en
el 64 d. C., tras el incendio de Roma. Según Tácito, Nerón castigó a
quienes
«la gente llamaba cristianos» (Anales 15.44.2). La inferencia frecuente
es que
ya se identificaba a los cristianos como grupo distinto de las
sinagogas; pero
la referencia sugiere más bien que los agentes de Nerón pensaron en
ellos
guiándose por rumores callejeros. No hay indicio de que se los
considerara
distintos de los judíos ni de que las sinagogas incitaran a
perseguirlos.
Acusaciones como el «odio a la raza humana» y el ateísmo eran
habituales contra
los judíos, y Sulpicio Severo refiere que Tito quiso destruir el templo
«a fin
de que la religión [en singular] de los judíos y cristianos sea más
completamente eliminada» (Chronicle 2.30.7): para un observador
externo, judíos
y cristianos, aunque distintos, todavía no eran fáciles de diferenciar.
La
situación legal era relevante. Roma desconfiaba de los grupos no
autorizados;
los collegia y las sinagogas judías eran la excepción, con derechos
reconocidos. Ningún grupo de interés dentro de la sinagoga suscitaba
sospechas,
y ni siquiera la ruptura de uno de ellos pasaba de ser una cuestión
interna «de
judíos contra judíos» (cf. Hch 18,12-17). El contexto sensible de la
capital
sería motivación suficiente para que los nuevos grupos, incluidos los
gentiles,
buscaran la protección del régimen jurídico sinagogal, en coherencia
con el
quietismo social que el propio Pablo recomendaba (Rom 12,14–13,7). Y
aun si las
autoridades los percibían como grupo distinto, eso diría poco del
sentimiento
de identidad de la mayoría de los creyentes.
En
suma, hay indicios de numerosas tensiones entre creyentes en Jesús
dentro de
las comunidades judías antes del 70, pero ninguna referencia clara a
una
separación de caminos ya consumada, en Jerusalén o en otra parte. En el
período
30-70, la mayoría de los judíos rehusó aceptar que Jesús fuera el
Mesías, pero
nada indica que considerasen «cristianos» y ya no «judíos» a sus
correligionarios creyentes. El período posterior al 70 adquiere nueva
complejidad, y conviene abordarlo en tres aspectos: la política romana
hacia
Israel y los judíos; los cambios dentro del judaísmo; y lo que dicen
los
escritos cristianos.
46.3. Roma lo
cambia todo
La
catástrofe del 70 d. C. —el final de la primera guerra judía y la
destrucción
del templo de Jerusalén— cambió el carácter del proceso. El «judaísmo»
inició
un proceso de autodefinición que contribuyó al surgimiento de las
primeras
tensiones. El «cristianismo» perdió su iglesia madre, y Jerusalén y la
tierra
de Israel pasaron a desempeñar poco o ningún papel en los cambios
decisivos
para su identidad. Las dos grandes áreas de investigación serán, pues,
la
evolución del «judaísmo» y del «cristianismo» entre el 70 y el 180,
cómo
interactuaron esos cambios y en qué medida la formación de identidad
estuvo
determinada por el distanciamiento mutuo. Pero primero conviene
describir la
escena política.
a. La pérdida del
templo de Jerusalén
La
destrucción de Jerusalén fue de importancia extraordinaria para los
judíos.
Aunque la ciudad no había estado bajo control independiente judío desde
Pompeyo
(63 a. C.), la dinastía herodiana y las familias sumosacerdotales
habían
mantenido de hecho un considerable control judío de la vida cotidiana.
Desde el
70 ese control se perdió, y Jerusalén pasó por una sucesión de
dominadores
—romanos, bizantinos, musulmanes, cruzados, mamelucos, otomanos,
británicos—
hasta que el pleno control independiente no retornó a manos judías
hasta 1967.
La devastación, sin embargo, no fue tan grave para los judíos de fuera
de la
tierra ni siquiera para los de Galilea. Para el judaísmo, la pérdida
fundamental fue el templo.
El
dolor quedó expresado por los autores de apocalipsis, que escribieron
en las
décadas siguientes y situaron sus lamentos en el contexto de la primera
destrucción del templo (587 a. C.), como en 2 Baruc (35,2-4). El templo
había
estado en el centro de la religión de Israel: el lugar donde Dios había
puesto
su nombre y punto focal del culto sacrificial del que dependían el
bienestar y
la salvación. Hubo gran esperanza de reconstruirlo, pero Vespasiano no
concedió
permiso (las pasiones zelóticas que el templo había inspirado bastaban
como
advertencia). Aun así, recordando que los judíos posexílicos habían
restaurado
el primer templo, se mantenía la esperanza, ilustrada en 2 Baruc
(68,5-6): Sión
sería reconstruida, «pero no completamente como antes».
El
despertar de esa esperanza fue un factor en la segunda rebelión
(132-135). Que
Adriano arrasara cuanto quedaba en pie, construyera Aelia Capitolina y
levantara un templo a Júpiter Capitolino en el lugar del templo judío
debió de
ser un golpe mortal para ella. Y hoy la presencia del Haram al-Sharif
(la
Cúpula de la Roca) sobre la antigua explanada descarta, realistamente,
toda
restauración previsible.
Hasta
qué punto afectó el desastre del 70 al judaísmo no está del todo claro.
Los
judíos de Antioquía sufrieron, junto con muchos temerosos de Dios, y
fueron
acusados de un gran incendio (Josefo, Guerra 7.409-419, 437-441).
Extremistas
sicarios huidos intentaron provocar disturbios en Alejandría y Cirene
sin gran
éxito. No hubo tumultos en otros lugares con importantes comunidades
judías, en
particular Roma y Asia Menor; según Trifón (en Justino), los judíos de
Asia no
fueron molestados e incluso prosperaron durante la segunda guerra. Sí
les
afectó el gravamen impuesto por Vespasiano a todos los judíos del
Imperio.
Los
creyentes jerosolimitanos quedaron muy perturbados por la catástrofe,
pero el
impacto en otras iglesias es más difícil de detectar. Salvo la versión
mateana
de la parábola del banquete nupcial (Mt 22,2-14), con su alusión a la
destrucción de Jerusalén, apenas hay referencias indirectas. Llama la
atención
la ausencia de todo lamento cristiano patético por los desastres del
pueblo
judío, como el de 4 Esdras y 2 Baruc. La caída de Jerusalén, aparte de
dar
sentido a la muerte de Jesús, produjo poca impresión en los creyentes
de la
diáspora, presumiblemente por su lejanía geográfica y —quizá por la
influencia
helenística— también espiritual del culto jerosolimitano. No es claro
si ese
desinterés cristiano fue un factor significativo en las relaciones
entre judíos
y cristianos de la diáspora occidental; pero también aquí el fiscus
judaicus
pudo desempeñar un papel.
b. El fiscus
judaicus
El fiscus
judaicus era el impuesto establecido por Vespasiano tras la
rebelión,
equivalente al anterior impuesto del templo (dos dracmas) exigido a los
varones
judíos, pero que ahora —destruido el templo— se pagaba al templo de
Júpiter
Capitolino en Roma (Josefo, Guerra 7.218). Vespasiano repuso así el
tesoro
imperial e impuso a la nación judía un castigo acorde con su deseo de
impedir
la reconstrucción del templo. La situación empeoró con Domiciano
(81-96), que
lo exigió «con sumo rigor» (acerbissime): según Suetonio,
alcanzó a
quienes «sin haber reconocido públicamente su fe vivían como judíos» y
a «los
que ocultaban su origen» (Domiciano 12,2), es decir, gentiles
judaizantes y
judíos desvinculados de la religión. Dion Casio confirma que muchos que
«vagaban por caminos judíos» eran condenados por ateísmo (Historia
romana
67.14.2). Esto debió de conmocionar a los creyentes en Jesús judíos que
trataban de dejar atrás su identidad judía, y a la vez dio motivo a
muchos
creyentes gentiles para negar que se habían convertido al judaísmo y
distinguirse como no-judíos, evitando el impuesto.
El
asunto se complicó cuando Nerva, sucesor de Domiciano, revocó la medida
en el
96, reformó el fiscus judaicus y eliminó la práctica de
permitir a
esclavos y libertos acusar a otros de «adoptar el estilo de vida judío»
(Dion
Casio 68.1.2). Hay monedas de Nerva con la leyenda Fisci iudaici
calumnia
sublata («la calumnia respecto al impuesto judío ha sido
eliminada»). La
reforma alivió tanto a quienes querían afirmar su identidad judía como
a
quienes querían negarla. Los gentiles con religión de marcado carácter
judío
(cristianos gentiles) podían negar esas raíces para eximirse. Tal
estímulo a
separar la identidad cristiana de la judía duró quizá una década y
ayuda a
explicar por qué los escritores romanos de la primera parte del siglo
II
—Tácito, Suetonio, Plinio el Joven— pudieron referirse por primera vez
a «los
cristianos» como grupo distinto e identificable (practicantes similares
a los
judíos, pero no sujetos al impuesto judío). Irónicamente, fue una
cuestión
económica e impositiva lo que acabó haciendo claramente distinta la
situación
legal de los cristianos a ojos de Roma.
c. La rebelión
judía de 115-117
Hay
que mencionar la rebelión en tiempos de Trajano en Cirenaica y Egipto,
de
orígenes poco claros y con escasas referencias (Dion Casio 68.32.1-3;
Eusebio,
HE 4.2.1-5). Un conflicto racial entre judíos y griegos —especialmente
en
Alejandría, donde la tensión era antigua— acabó convirtiéndose en
rebelión
contra Roma, con dimensión nacionalista y probable intento de marchar
hacia la
tierra prometida. La represión romana fue masiva, «tan a gran escala
que la
sangre de los muertos tiñó el mar tan lejos como Chipre». Las
comunidades
judías de Cirenaica, Alejandría y Chipre declinaron drásticamente;
según Dion,
no se permitía a ningún judío poner el pie en Chipre.
De
interés es que los cristianos no son mencionados en estos relatos,
aunque la
secta de Jesús se había extendido pronto a Chipre (Hch 13,4-12; 15,39)
y debió
de tener cierto impacto en Alejandría. La deducción más probable es que
los
cristianos no eran considerados todavía (por la mayoría de los judíos)
un grupo
aparte de la comunidad judía. La alternativa —que se los identificara
con «los
griegos» y sufrieran la violencia judía— es menos verosímil, pues los
revolucionarios judíos habrían visto a los cristianos como
especialmente
odiosos por sus reivindicaciones sobre la herencia judía; pero no hay
indicio
de ello.
d. La rebelión de
Bar Kojba (132-135 d. C.)
La
continua sospecha romana sobre la aparición de farsantes mesiánicos en
Judea, y
la reciente rebelión norteafricana, muestran la cautela que exigía la
administración de los asuntos judíos. Durante su visita a Judea (130),
Adriano
probablemente concibió la idea de construir Aelia Capitolina sobre
Jerusalén y
erigir un templo a Zeus en el lugar del templo destruido. La
frustración por la
ausencia de culto y la idea de que un templo pagano impediría la
restauración
bastaron para reavivar el resentimiento y desencadenar la rebelión.
Al
frente estaba Simón ben Kosiba, considerado por muchos —entre ellos
Rabí Akiba—
como Bar Kojba, «hijo de la Estrella» (Nm 24,17), es decir, el Mesías;
sus
oponentes lo llamaban Bar Koziba, «hijo de la mentira». La revuelta
tuvo éxito
inicial: hay monedas y documentos que datan hasta cuatro años «la
liberación de
Israel» y llaman al jefe «Nasi (Príncipe) de Israel». Se extendió por
toda
Palestina y fue tan peligrosa que el propio Adriano dirigió la lucha un
tiempo.
No se sabe con certeza si los rebeldes capturaron Jerusalén. Mediante
la toma
de baluartes y refugios, los romanos llevaron la rebelión a su final;
la última
batalla se dio en el fuerte de Beter (134/135), donde, tras un largo
asedio,
los rebeldes sucumbieron al hambre y la sed (Eusebio, HE 4.6.3).
La
revuelta debió de acabar con toda asociación entre los rebeldes y los
judíos
creyentes en Jesús: reconocer a Bar Kojba como Mesías les habría sido
imposible, por lo que casi con seguridad fueron considerados traidores
y
apóstatas. Para los judíos, las consecuencias fueron peores: con la
fundación
de Aelia Capitolina ya no pudieron establecerse en su antigua capital,
ocupada
por colonos gentiles, y «no se permitió a ningún judío entrar en el
área
urbana» bajo pena de muerte. La prohibición afectaría también a los
judíos
creyentes en Jesús, que dejaron de ver Jerusalén como su centro
espiritual. En
cambio, creyentes no-judíos se asentaron allí, y la iglesia de
Jerusalén se
hizo completamente gentil (Eusebio, HE 4.6.4). En la propia Palestina,
la
rebelión y su resultado dejaron una herida muy abierta y de difícil
cura.
e. La política
romana subsiguiente
El
final de una era estuvo marcado por varios actos simbólicos: el paso
del arado
por el solar del templo, la prohibición de entrada de los judíos en
Jerusalén y
el cambio de nombre de la provincia, que de Judea pasó a llamarse
Siria-Palestina. El resultado más angustioso fue la prohibición por
Adriano de
la circuncisión como costumbre bárbara, equiparada a la castración:
aunque la
circuncisión era habitual en varias naciones semíticas, la medida iba
dirigida
específicamente contra el judaísmo —«prohibir la circuncisión fue, para
la
mentalidad judía, equivalente a prohibir el mismo judaísmo»—. Antonino
Pío
(138-161) la suprimió luego, posiblemente tras nueva agitación, al
reconocer
que sin tolerar las tradiciones judías habría rebeldía permanente. Pero
fue
precisamente la supresión efectiva de Israel como entidad política lo
que abrió
la puerta al desarrollo del judaísmo rabínico: demostrada la futilidad
de la
rebelión, los rabinos pudieron concentrarse en reconstituir el judaísmo.
46.4. Desarrollo
del judaísmo y cambios dentro de él
Antes
del 70 la pregunta era si cabía hablar de una separación entre los
creyentes en
Jesús y el judaísmo del Segundo Templo. Con la destrucción del templo
—el final
de facto de ese judaísmo— la cuestión cambia: ya no se trata de una
separación
del judaísmo del Segundo Templo, sino de una separación ¿de qué? Y si
la
separación fue en parte provocada desde dentro del judaísmo, ¿respecto
a qué se
inició un camino distinto?
a. Los comienzos
del judaísmo rabínico
Tras
el 70 no hubo intento de restablecer Jerusalén como centro religioso;
sin
templo, faltaba la motivación principal, y tras el 135 se prohibió a
los judíos
asentarse allí. El foco pasó a Yamnia, en la costa de Judea. Según la
tradición
rabínica, Yohanán ben Zakkai había sobrevivido al desastre y obtuvo
permiso de
Vespasiano para reunir un grupo de estudiosos de la Torá; esto marcó,
retrospectivamente, el comienzo del intento de reconstruir el judaísmo
sin
templo (la «academia» y luego el «Concilio de Yamnia»). Cuánto se
realizó
realmente allí es muy discutido. A Yohanán le sucedió Gamaliel II; ya
muy
avanzado el siglo II, la escuela se trasladó a Galilea, a Séforis y
luego a
Tiberíades, más libres de la devastación de Bar Kojba.
El
factor principal de la reconstitución fue la transferencia a la Torá
del
simbolismo del templo. Lo que destruyó definitivamente el judaísmo del
Segundo
Templo fue el cese del culto sacrificial; con todo, los rabinos
siguieron
dictando normas sobre ese culto como si aún funcionara (también Josefo
y
autores cristianos usaban el presente para referirse a los
sacrificios),
presumiblemente legislando para un modelo que sería restaurado. Pero el
verdadero centro de interés era ya la Torá: asumir la responsabilidad
antes
sacerdotal de fijar el calendario, «rabinizar» la liturgia y reunir y
ampliar
las normas haláquicas (la Torá oral), ya bastante desarrolladas por los
fariseos. Estas disposiciones, ordenadas y debatidas, se transcribieron
en la
Misná a finales del siglo II, bajo la dirección de Judá el Príncipe
(nasi). El
judaísmo se transformó así de una religión de culto sacrificial en una
de
acatamiento de la Torá, con un ministerio central ya no sacerdotal,
sino
rabínico: «un nuevo judaísmo en el que las buenas acciones y la oración
ocupaban el lugar, al menos en eficacia teológica, del culto del
templo».
Lo
sucedido a las otras sectas es menos claro. Qumrán había sido destruida
en el
68 y nunca volvió a habitarse; la influencia de los saduceos quedó
minada por
el desastre. Pero los sacerdotes habrían conservado su posición en las
comunidades locales, gobernadas por ancianos y dirigentes; la
desaparición
completa de saduceos y esenios después del 70 es prácticamente
impensable.
También siguieron existiendo corrientes místicas y apocalípticas,
aunque su
influencia posterior fue marginal. Lo decisivo a largo plazo fue que
los
rabinos de Yamnia y sus sucesores siguieron una política deliberada de
definición más ajustada del judaísmo conforme a su lectura de la Torá.
Creían
simplemente aclarar qué judaísmo debía haber habido siempre, pero
quienes no se
conformaban quedaban de hecho excluidos. La diversidad anterior
—saduceos junto
a fariseos y esenios, diáspora junto a tierra natal, corrientes mística
y
apocalíptica— se perdió en gran parte.
El
judaísmo rabínico no surgió de la noche a la mañana, ni su modelo fue
adoptado
con inmediatez fuera de Siria-Palestina; el judaísmo de la diáspora
romana que
encontraron las comunidades cristianas durante el siglo II no era
todavía
rabínico. Todo ello hace más interesante cómo le fue al cristianismo
embrionario en este proceso. La actitud del emergente judaísmo rabínico
hacia
la secta de los nazarenos difícilmente se separa de su actitud hacia
los otros
judaísmos del Segundo Templo. Y cabe plantear la pregunta de forma
incisiva:
dado que el judaísmo rabínico se desvinculó de las otras formas del
judaísmo
del Segundo Templo, ¿fue la secta de los nazarenos la única en hacer
una
reivindicación legítima y exclusiva de la herencia de su judaísmo de
origen? ¿Fue
el surgimiento del judaísmo rabínico el factor decisivo de «la
separación de
caminos»?
b. La birkat
ha-minim
La
indicación más notable de que los rabinos de Yamnia procuraron excluir
a los
cristianos es la birkat ha-minim, «la bendición [o maldición] a los
herejes»,
insertada como duodécima bendición de las Shemoné Esré (las Dieciocho
Bendiciones, o Amidá):
«Que
no haya esperanza para los apóstatas; que el reino de la insolencia sea
arrancado de raíz en nuestros días; que los nazarenos y los herejes
(minim) no
tarden en perecer; que, borrados del Libro de la Vida, no sean
inscritos con
los justos. Bendito seas tú, Señor, que humillas a los insolentes».
Una
tradición del Talmud de Babilonia (b. Ber. 28b) atribuye su composición
a
Samuel el Menor, durante el período en que Gamaliel presidió Yamnia (c.
80–c.
105). Se ha relacionado con la expulsión de creyentes en Jesús de la
sinagoga
(Jn 9,22) y con «la maldición en vuestras sinagogas de los que creen en
Cristo»
a la que Justino se refiere ante Trifón: ningún seguidor de Jesús
podría
recitar la duodécima bendición sin maldecirse a sí mismo. De ser así,
ya en los
años ochenta del siglo I tendríamos el primer indicio, del lado judío,
de una
medida para establecer una división.
El
asunto es complejo, porque la referencia explícita a los cristianos
(notzrim)
pudo ser una adición posterior; es dudoso que formara parte de la
formulación
original. Aun así, la tradición refleja una temprana decisión rabínica
de
considerar inaceptables otras formas del judaísmo del Segundo Templo,
calificadas de minut y sus practicantes de minim. Además, Jn 9,22
indica alguna
decisión sinagogal formal de expulsar a los creyentes, y el Diálogo con
Trifón
atestigua acusación activa contra Jesús y sus seguidores a mediados del
siglo
II. Aunque la datación de la birkat ha-minim dirigida explícitamente
contra los
cristianos sea poco segura, refuerza la impresión de que los primeros
dirigentes rabínicos intentaban trazar una clara línea divisoria. Si
cabe hablar
de separación, fue buscada tanto por judíos como por cristianos. Y el
uso de
notzrim suponía reconocer que los cristianos formaban una herejía
judía; como
mínimo, minim y notzrim evidencian que buena parte de los judíos
resistieron el
intento rabínico de reconstituir el judaísmo.
c. Los cristianos
vistos como minim
La
voz min denota «sectario» conforme al clásico modelo eclesial: la
corriente
mayoritaria y formalmente reconocida (iglesia) frente al grupo
minoritario
(secta). Minim es el término despectivo del grupo principal hacia el
disidente,
con matices de «apóstatas» o «herejes». Aunque los rabinos no
representaron a
la mayoría de los judíos palestinos durante un tiempo, formaban el
cuerpo más
organizado del judaísmo palestino del siglo II y se consideraron
capaces de
formular un judaísmo normativo. Parte de esa tarea era catalogar como
minim a
los judíos que no se amoldaban. Irónicamente, el «separatismo» antes
alabado
pasó a ser señal de disentimiento: los fariseos se llamaban así por ser
«separatistas» (perushim), pero ahora, con sus herederos como corriente
mayoritaria,
perushim llegó a aplicarse a los minim, y la secta que pretendiera
separarse
era considerada minut.
Aunque
se designara minut a todos los grupos separatistas, solo se llamaba
minim a
judíos, y prominentes entre ellos eran los seguidores de Jesús. La
prueba más
patente es t. Hul. 2,22-24 (primera mitad del siglo II): actuar o
enseñar en
nombre de Jesús se veía como minut, e incluso hablar con un creyente
exponía a
la acusación de herejía. Casi por definición, todo seguidor de Jesús
era
considerado un min.
Como
los Evangelios escritos iban arraigando en la primera mitad del siglo
II, son
de interés las reglas rabínicas sobre «los gilyonim y los siftei minim»
y su
estatus frente a las Escrituras canónicas: la cuestión era si
«manchaban las
manos» (es decir, si tenían valor canónico) y si debían librarse del
fuego. Se
piensa que los gilyonim son los Evangelios cristianos, aunque es
discutido. En
cualquier caso, las normas atestiguan un período en que muchos judíos
leían y
valoraban documentos cristianos, en categoría semejante a Ben Sirá;
fueron los
dirigentes judíos quienes juzgaron importante prohibirlos. Cabe añadir
que el
cierre del canon hebreo por los rabinos pudo tener una motivación
antiherética
y anticristiana: no solo los gilyonim, sino también escritos apócrifos
del AT
como Ben Sirá —apreciado entre los cristianos— quedaron fuera de lo
inspirado.
Una
de las principales «herejías» atribuidas a los minim es la creencia en
«dos
poderes en el cielo», vista por los rabinos como negación de la unidad
de Dios.
Sus raíces parecen estar en la especulación sobre seres angélicos
gloriosos en
viajes celestiales visionarios de la literatura apocalíptica y en la
experiencia mística (la visión del carro-trono de Ez 1, las visiones de
Is 6 y
Dn 7 y 10), y en figuras humanas exaltadas como Henoc (1 Hen 71,14). Es
famosa
la tradición de los cuatro sabios que «entraron en el jardín (pardes)»:
uno
confundió la gloriosa figura (Metatrón) en el trono con un segundo
poder
celestial, negando la unidad de Dios; también Akiba fue reprendido por
su
especulación sobre el ocupante del segundo trono.
Que
este episodio se relacione con las primeras décadas del siglo II —el
mismo
período de los minim creyentes en Jesús— sugiere que las primeras
reflexiones
cristianas sobre Jesús fueron uno de los blancos del rechazo rabínico
de la
minut de los dos poderes. Desde el principio Jesús había sido venerado
como el
que se sienta a la derecha de Dios (Sal 110,1), ¡en el segundo trono!
Los
candidatos más obvios a esa «herejía» eran los cristianos con su
cristología en
desarrollo. Las alternativas —que apuntase al gnosticismo o al culto
imperial—
tienen poco apoyo: la herejía parece originarse en la reflexión judía
sobre
epifanías y mediación divinas, y se dispara ante la afirmación de un
segundo
poder divino, el Señor Jesucristo. Probablemente, pues, los dos poderes
minut
se identifican con la doctrina cristiana del siglo II sobre Jesús,
sobre todo
la firme cristología del Logos de los apologetas, aunque ya el
Evangelio de
Juan muestra que las afirmaciones cristológicas suscitaban hostilidad
rabínica
antes del final del siglo I.
Merece
mención la propuesta de Daniel Boyarin: la cristología del Logos en
desarrollo
debe verse en paralelo a la teología Memra (de los targumes) del
judaísmo. La
teología rabínica optó por llamar herejía lo que había sido la
tradicional
doctrina del Logos/Memra —la herejía arquetípica de «los dos poderes»—
catalogando así de herejía el cristianismo, mientras los heresiólogos
cristianos etiquetaban de «judaísmo» el monarquianismo y el modalismo.
La
propuesta es provocativa y muestra lo confusas que eran las
controversias
cristológicas; refuerza la idea de que la cristología primitiva era una
extensión de la reflexión del Segundo Templo sobre Dios y sus
principales
agentes, y que fue esa extensión la que llevó a los rabinos a un
entendimiento
más diáfano de la unidad de Dios. Si Boyarin tiene razón, la
disociación se
llevó a cabo por ambas partes, con sus respectivos heresiólogos
trazando la
línea divisoria. En todo caso, parece haber, si no una separación de
caminos,
sí al menos un consciente interés en ella por parte de quienes
modelaban ambas
identidades para distanciarlas.
46.5. Los escritos
del Nuevo Testamento
¿Qué
cabe aprender, desde el lado cristiano, de las tensiones posteriores al
70? El
grueso de los escritos neotestamentarios abarca las últimas décadas del
siglo
I, y la mayoría tiene un carácter marcadamente judío. Santiago se
dirige a «las
doce tribus de la diáspora» (Sant 1,1) y 1 Pedro a «los elegidos que
viven como
extranjeros en la diáspora» (1 Pe 1,1). En el otro extremo, las cartas
a
Esmirna y Filadelfia hablan con desdén de «los que se llaman judíos sin
serlo,
sino que son una sinagoga de Satanás» (Ap 2,9; 3,9), indicando una
grave
ruptura local. En las pastorales, las tensiones provocadas por el
evangelio
paulino a los gentiles parecen ya lejanas. Conviene centrarse en
Hechos, Mateo,
Juan y Hebreos.
a. Los Hechos de
los Apóstoles
Se
ha sostenido que Lucas presenta a «los judíos» como irremediablemente
resistentes a la voluntad de Dios, como «los que mataron a Jesús» y
como
alborotadores por naturaleza. Es cierto que en los discursos se culpa a
los
judíos de la muerte de Jesús y que en la narración se los describe a
menudo
como hostiles a la misión. Pero muchas referencias a «los judíos» son a
comunidades concretas (Antioquía, Iconio, Tesalónica, Corinto, Éfeso),
y hay
varias favorables: judíos que creían, que hablaban bien de Cornelio y
Ananías,
y la afirmación de Pablo de su propia identidad judía («Yo soy un
judío», Hch
21,39; 22,3). Es dudoso, pues, que Hechos pueda calificarse
legítimamente de
antijudío. El traslado de la responsabilidad de la crucifixión desde
Roma a las
autoridades del templo fue más una táctica apologética que antagonismo,
y la
idea de que los judíos solían ser los primeros en resistir era una
generalización injusta de algo frecuente.
La
cuestión se plantea de forma más aguda en la escena final (Pablo bajo
arresto
en Roma): ¿marca una ruptura final, con el evangelio ya solo para
gentiles (Hch
28,28)? Argumentarlo así desatiende la hermandad entre judíos y
gentiles que
Lucas había destacado en Hch 15. Además, Lucas habla de un «giro a los
gentiles» también en 13,46-47 y 18,6, y en ambos casos Pablo sigue
predicando
primero en la sinagoga. Lucas presenta a Pablo hablando positivamente
de «las
costumbres ancestrales» de «mi nación» y de su prisión «por la
esperanza de
Israel» (28,17-20), y la cita de Is 6,9-10 aparece en el marco de la
misión de
Isaías al pueblo. Los versículos finales (28,30-31), con Pablo
recibiendo «a
todos», implican que entre «todos» seguían los judíos con quienes había
contactado. El relato es coherente con una misión que continuaría
buscando a
gentiles y también a judíos.
Un
dato interesante es el llamado «texto occidental» de Hechos (ej. el
códice
Beza, D), datado en el siglo II y descrito como de «tendencias
antijudías».
Quizá solo intensificara tendencias ya presentes; pero el hecho de que
acentúe
actitudes más negativas hacia los judíos implica que el diálogo se iba
haciendo
más tenso a lo largo del siglo II.
b. Mateo
Más
intriga suscita Mateo. Se ha debatido largamente si escribió
«intramuros» o
«extramuros», es decir, considerándose aún dentro del judaísmo de los
años
ochenta o ya fuera. Dada su datación posterior al 70, la cuestión debe
reformularse: ¿escribió cuando ya empezaban a levantarse los muros del
judaísmo
rabínico emergente («el seto de los Sabios»), o estaba ya su comunidad
fuera,
como iglesia que atacaba a la sinagoga «de la vuelta de la esquina»?
Las
dificultades para un criterio firme son obvias: los cismas posteriores
del
cristianismo —y la rivalidad entre denominaciones, o entre suníes y
chiitas—
plantean la misma pregunta de cuándo el marcador definitorio de una
facción
pasa a ser tan distinto del de otra que cabe hablar de dos religiones.
La
idea de que la comunidad de Mateo ya se había separado del judaísmo
supone un
«judaísmo» claramente definido, que en las décadas finales del siglo I
no
existía aún. El punto merece repetirse: no había todavía un «judaísmo»
ni un
«cristianismo» bien definidos, sino judíos de variadas tendencias que
trataban
de practicar más plenamente su devoción al Dios de Israel. La comunidad
de
Mateo figuraba entre ellos y, aunque más empeñada en la misión a los
no-judíos,
el encargo de hacer discípulos de todas las naciones no excluía a los
judíos.
Varios
factores merecen ponderarse. ¿Indica la feroz polémica contra «escribas
y
fariseos» de Mt 23 una ruptura con el intento rabínico de reconstituir
el
judaísmo, o una continuación de las ácidas disputas del Segundo Templo?
La
referencia mateana a «sus sinagogas» (10,17; 23,34) puede implicar
distanciamiento, o ser simplemente «sus»/«vuestras» frente a «nuestras»
sinagogas; la perspectiva de ser azotado «en sus sinagogas» implica que
el
público seguía reconociendo la autoridad sinagogal para castigar (cf. 2
Cor
11,24). Mateo habla también de «sus escribas» (7,29), pero presenta a
otros
bajo luz positiva (8,19; 23,34) y podría referirse a sí mismo como
escriba
(13,52). El lenguaje podría reflejar tan solo intercambios de golpes
entre
subgrupos intramuros.
Más
sorprendentes son los pasajes que parecen indicar que Dios había
rechazado al
pueblo judío. Pero 8,11-12 recuerda las advertencias intrajudías sobre
facciones que faltan a sus obligaciones pactales; 21,43 se dirige a
«los jefes
de los sacerdotes y escribas» (21,45), advertencia profética típica; y
22,7-8 y
23,37-39 se entienden mejor como alusiones a la catástrofe del 70. Lo
que Mateo
condena no es a Israel, sino a sus dirigentes, al modo de Ezequiel (Ez
34).
Incluso la terrible respuesta de «todo el pueblo» a Pilato (Mt 27,25)
es más
bien indicio del fracaso de los jefes en guiar al pueblo descarriado
(27,20) y
refleja los términos de la alianza. Las admoniciones de las facciones
del
Segundo Templo tenían un carácter más vitriólico que los
enfrentamientos
modernos, y, como notó David Flusser, todos los temas de la diatriba de
Mt 23
se hallan también en la literatura rabínica.
Desde
el lado positivo, Mateo conserva que Jesús veía su misión limitada a
Israel
(10,5-6; 15,24), insiste más que ningún otro evangelista en que Jesús
era un
judío devoto cuya fidelidad a la Ley superaba la de los fariseos
(5,17-20), lo
presenta como nuevo Moisés y amplía la misión a «todas las naciones»
(28,19).
Hay consenso en que las comunidades de Mateo estaban muy enfrentadas
con los
dirigentes del judaísmo rabínico emergente; lo que no está claro es si
se
trataba de debates intramuros, extensión de las disputas de Jesús con
los
fariseos, o de un rechazo desde fuera. De hecho, Mateo estaba
fuertemente
motivado para presentar a Jesús plenamente dentro de los límites del
judaísmo,
con la esperanza de ganar a los judíos para Jesús. Para él y su
iglesia, el
debate seguía intramuros: aún esperaba que «el pueblo» llegase a creer
(27,64),
la iglesia estaba en continuidad con la «asamblea» (ekklesia) de
Israel
(16,18; 18,17), los doce se sentarían a juzgar a las doce tribus
(19,28) y el
cumplimiento de la Ley por Jesús era guía para los discípulos
(5,17-20). Aunque
los rabinos de Yamnia veían a la iglesia mateana como ajena, Mateo se
entendía
aún intramuros, viéndose como una secta dentro de la religión de Israel
—como
fariseos, saduceos y esenios— y esperando reconfigurar Israel. La
presión por
una «separación de caminos» llegaba del lado de los rabinos; para
Mateo, los
caminos aún no se habían separado.
c. Juan
Aún
más intriga despierta Juan. Su autor parece esforzarse en presentar
como
obsoletos los iconos tradicionales de la religión de Israel: interpreta
«destruid este templo, y en tres días lo levantaré» como referencia al
«templo
de su cuerpo» (2,19-22); convierte el agua de los ritos de purificación
en vino
(2,6-10); compara desfavorablemente el agua del pozo de Jacob con el
agua viva
(4,6-15); y en el discurso del pan de vida, Jesús eclipsa a Moisés,
pues es el
pan del cielo que da vida al mundo (6,32-58). Pero todo ello se elabora
dentro
de las referencias y esperanzas de Israel. ¿Es desprecio de los
símbolos de
Israel y distanciamiento del judaísmo de origen, o más bien invitación
a los
judíos a percibir en Jesús el cumplimiento de las visiones proféticas
de
Israel?
Juan
plantea ásperamente «los judíos», que aparecen hostiles a Jesús; en Jn
8 los
acusa de ser hijos del diablo, no de Abrahán (8,39-44). Es fácil
deducir que ya
ha habido una separación. Pero la situación no es tan clara: en muchos
pasajes
«los judíos» son las autoridades judías; en otros, el pueblo común, «la
multitud». Lo llamativo de la sección central es que esa multitud está
dividida
acerca de Jesús —sobre quién es y si merece crédito—, y algunos llegan
a creer.
«Los judíos»/la multitud están en medio, entre «los judíos»/las
autoridades y
los discípulos, todavía sin decidir su actitud. Cabe preguntarse si
Juan
entendía que, aunque las autoridades estaban contra Jesús, la multitud
era
todavía susceptible de ser persuadida.
La
cuestión reaparece con el único uso joánico de aposynagogos, «expulsado
de la
sinagoga»: los padres del ciego «tenían miedo de los judíos, porque los
judíos
se habían puesto de acuerdo en que todo el que lo reconociese como el
Cristo
fuera expulsado de la sinagoga» (9,22); muchos dirigentes no confesaban
su fe
«para no ser expulsados» (12,42); y los discípulos deben prever que los
expulsarán (16,2). Esto ha invitado a conjeturar que la birkat ha-minim
ya se
pronunciaba; la conjetura es problemática, pues la referencia explícita
a los
notzrim fue muy probablemente una adición posterior. Aun así, es
probable que
tempranamente los padres rabínicos vieran como minim a los judíos
creyentes en
Jesús. Y no hace falta decidir cuándo y en qué forma se empezó a
recitar la
birkat ha-minim para reconocer, por Jn 9,22, que algunas autoridades
sinagogales (en Siria-Palestina) ya tomaban medidas, antes del final
del siglo
I, para expulsar a los creyentes de las sinagogas que controlaban. Pese
a lo
local del contexto, el pasaje indica que las presiones iniciales para
la
separación llegaron principalmente del lado de las autoridades
judías/rabínicas.
El
otro aspecto relevante es que fueron las afirmaciones cristianas sobre
Jesús lo
que parece haber sido, al parecer por primera vez, punto de ruptura
para
algunos/muchos judíos. Es claro en dos pasajes: «los judíos» tratan de
matar a
Jesús «porque [...] llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a
Dios»
(5,18), y toman piedras por su afirmación «el Padre y yo somos una sola
cosa»
(10,30-31). Las posturas a favor de Jesús se reconocieron por primera
vez como
amenaza a la unidad de Dios, el credo fundamental judío (Shemá, Dt 6,4).
¿Por
qué esas afirmaciones no habían provocado reacción negativa antes del
70?
Probablemente por la misma razón por la que los cristianos acabaron
siendo
considerados minim (§ 46.4c): buena parte de la cristología de Juan se
entiende
mejor en el contexto de la reflexión del judaísmo tardío del Segundo
Templo
sobre las epifanías y la acción divinas. La cristología de la
Sabiduría/Logos
de Jn 1,1-18 es esencialmente la teología sapiencial judía (Prov 8;
Eclo 24;
Bar 3-4) y filoniana; la aparición de Dios en forma humana (Ez 1,26) no
dista
de la encarnación (Jn 1,14.18); Jn 3,13 rechaza afirmaciones de
revelación
recibida en viajes celestiales visionarios; el Hijo del hombre que
desciende/asciende (3,13; 6,62) extiende Dn 7,13-14, como en las
Similitudes de
1 Henoc y 4 Esdras 13; «el que Dios ha enviado» (6,29) trasciende el
papel de
Moisés como profeta; y los dichos «yo soy» y la preexistencia (8,58) no
sonarían extraños a quien conociera las afirmaciones en primera persona
de la
Sabiduría.
No
fue, pues, que la cristología joánica fuera ajena al judaísmo de la
época, sino
que las reflexiones de los creyentes llevaban demasiado lejos las
líneas
anteriores. La reacción rabínica contra las revelaciones derivadas de
visiones
apocalípticas o prácticas místicas incluía una reacción contra esta
cristología. Las afirmaciones cristológicas fueron probablemente el
factor
principal que predispuso a los rabinos posteriores al 70 a decidir que
los
judíos creyentes en Jesús eran minim, merecedores de expulsión. Ni
siquiera
entonces se resolvió el problema, pues las controversias cristológicas
del
siglo II fueron al menos en parte controversias entre un cristianismo y
un
judaísmo que trataban de definirse frente al otro. Juan indica que esa
reacción
ya había empezado antes del final del siglo I.
d. La Carta a los
Hebreos
El
tema principal de Hebreos es doble. Presenta el tabernáculo y su culto,
ordenados a Moisés, como copia y sombra de la presencia divina en el
cielo; la
instrucción de construirlo «según el modelo que te ha sido mostrado en
el
monte» sugiere un vínculo con la concepción platónica de los arquetipos
celestiales, «sombra de los bienes futuros» (Heb 10,1). Sobre todo está
en
mente la ceremonia del Día de la Expiación, único día en que el sumo
sacerdote
entraba en el Santo de los Santos (Lv 16). La idea es clara: lo
sucedido a
Cristo —su muerte y exaltación al cielo— era la verdadera realización
de lo que
el culto judío y el rito de la Expiación solo prefiguraban (Heb
9,6-14). Jesús
era el verdadero sumo sacerdote; su muerte, el verdadero sacrificio; su
entrada
en el cielo, la entrada en la presencia divina (9,24-26; 10,10-12). Su
sacerdocio fue único, del orden de Melquisedec (Gn 14,17-20; Sal
110,4), «un
sacerdote para siempre» (Heb 7,3), y su sacrificio, de carácter eterno
y válido
de una vez por todas (hapax) (9,26-28). Todos los demás sacrificios
quedaban
redundantes (9,8-10; 10,1-4), pues el camino a la presencia de Dios se
había
abierto definitivamente, de modo que los seguidores de Cristo pudieran
«acercarse al trono de gracia» sin más mediación sacerdotal.
Hebreos
parece escrita para creyentes judíos («a los hebreos») acongojados por
la
pérdida del templo, y quizá para temerosos de Dios atraídos por sus
ritos. Esto
explica por qué el autor se centra en el tabernáculo: no argumenta a
partir del
templo destruido, sino de la base escriturística del tabernáculo, sin
desviar
la atención hacia el lugar geográfico. La única Jerusalén que le
interesa es la
celestial (12,22). Limitando el culto jerosolimitano al pasado, a una
copia
imperfecta y una sombra, desestimaba de hecho el culto tradicional como
vetusto
y terminado: el sacrificio de Cristo era lo real para lo que aquel solo
había
preparado. La «nueva alianza» anhelada por Israel estaba ya vigente y
había
dejado la primera «anticuada» y «a punto de cesar» (8,13). El
cristianismo de
Hebreos venía a reemplazar el judaísmo de tabernáculo y templo.
Para
la mayoría de los comentaristas, esta argumentación fue la nota inicial
del
«supersesionismo» o teología del reemplazo. El debate se centra en Heb
8,13, a
menudo traducido en términos más duros («hizo obsoleta la primera
[alianza]...
cerca de la destrucción»). Pero ¿debe leerse Hebreos de modo tan
vitriólico?
Cabe matizar:
1)
La crítica se ciñe al culto del tabernáculo y, por implicación, al
jerosolimitano; hay una leve arremetida contra las prescripciones
alimentarias
(13,9), pero ninguna crítica paulina de la circuncisión o la Ley, ni
polémica
mateana contra los dirigentes. ¿Es «supersesionismo» una llamada a
«correr la
carrera» cuando es la fe de los héroes de Israel (11,4-40) la «gran
nube de
testigos» (12,1) que anima a los destinatarios?
2)
La crítica del culto jerosolimitano no era infrecuente en los judaísmos
de la
época: Qumrán lo consideraba corrupto, y los rabinos de Yamnia pronto
buscaron
alternativas a los sacrificios. Un escrito de finales del siglo I que
criticaba
el culto del tabernáculo y proponía una alternativa en términos
reconocibles
para judíos alejandrinos y apocalípticos no debe leerse como un escrito
cristiano de mediados del siglo II. Su confrontación con el culto era
única,
pero podía verse como parte de la reevaluación a la que estaban
llamados
quienes habían tenido el templo por centro de su fe.
3)
Al citar Jr 31,31-34, el escritor reproduce la promesa de la nueva
alianza
hecha a «la casa de Israel», incluida la fórmula «yo seré su Dios y
ellos serán
mi pueblo» (8,10). En ningún lugar indica que la nueva alianza no sea
ya con el
Israel étnico, ni sugiere que el pueblo judío deba ser reemplazado por
otro
pueblo de Dios. Busca la continuación y concreción de una realidad
anunciada de
antiguo, no el «reemplazo» de un Israel judío por uno gentil.
4)
Todo se resume en la traducción de 8,13. ¿Consideraba el culto obsoleto
o
simplemente antiguo? El término aphanismos, único en el NT, «recuerda
lenguaje
técnico para una ley que ha quedado fuera de uso» (Attridge), de modo
que
podría indicar el contraste entre lo nuevo y lo antiguo: cuando llega
lo nuevo,
largo tiempo anhelado, lo antiguo, terrenal y transitorio, puede ir
quedando
atrás. Afirmar que la esperanza del culto de Israel se ha realizado ¿es
denigrarlo o, como la enseñanza de Jesús sobre la Ley en Mt 5, extraer
su
significado más hondo? ¿Y era eso tan distinto de cómo reaccionaron los
rabinos
de Yamnia al cesar el culto?
¿Cómo
leer un documento que desde antiguo se ha leído en clave adversus
Judaeos, pero
que fue escrito antes del arraigo de esa tradición y acaso sin
intención tan
hostil? El uso mismo de las imágenes del sacerdote y del modelo del
tabernáculo
(8,5) recuerda lo judío que era todavía el mundo mental del escritor y
su
público, y que la Torá le proporcionaba el vocabulario para expresar
sus
creencias sobre Jesús. Los judíos tradicionalistas que lidiaban con las
consecuencias de la pérdida del templo para su conciencia del perdón,
¿habrían
encontrado tan ofensiva la transición hacia la realidad celestial? Que
durante
siglos persistieran dudas sobre el carácter apostólico de Hebreos en
Occidente
quizá sugiera que muchos cristianos se sentían incómodos con lo que
podía
entenderse como actitud despectiva hacia el origen de su propia fe; y,
por
ironía, que el cristianismo se convirtiera en una religión centrada en
un
sacerdote que ofrece un sacrificio implica que la visión de Hebreos era
demasiado perturbadora también para muchos cristianos.
e. ¿Antijudaísmo
cristiano?
Mucho
del material examinado suscita la pregunta de si el NT es antijudío o
incluso
antisemítico. La consideración vital es situar esos textos de finales
del siglo
I en su contexto histórico. Hay toda la diferencia del mundo entre dos
instituciones bien establecidas que vilipendian a adversarios de largo
tiempo,
y dos grupos que empiezan a surgir dentro de la misma herencia y se
esfuerzan
por aclarar sus identidades en contraste mutuo. Es lo segundo lo que
ocurre
aquí: cuando «cristianismo» y «judaísmo (rabínico)» apenas empezaban a
emerger,
la polémica y las descalificaciones tenían el carácter de las fuertes
tensiones
entre las facciones del Segundo Templo. El bochorno por la acusación de
antijudaísmo solo surge cuando se ignora el carácter y el contexto de
los
escritos. Cuando Ap 2,9 («sinagoga de Satanás») se convierte en excusa
para que
un Crisóstomo condene las sinagogas como moradas de demonios, o cuando
se toma
Jn 8,44 como «palabra de Dios» intemporal y juicio permanente contra
«los
judíos», los sentimientos antijudíos deben atribuirse al predicador, no
al
texto.
En
suma, los escritos cristianos de las últimas décadas del siglo I
contienen
indicios de incomodidad y tensión entre los judíos creyentes en Jesús y
los
demás judíos supervivientes de la catástrofe, y de que los cristianos
presionaban por un nuevo entendimiento de la fe a la luz de lo sucedido
a
Jesús, viéndose todavía dentro de las coordenadas del Segundo Templo. Y
hay
indicios de que los rabinos de Yamnia iniciaron una redefinición del
judaísmo
que progresivamente marginó y excluyó a los judíos creyentes en Jesús.
Pero
hablar ya de una separación de caminos —o de un antijudaísmo cristiano—
está,
en ese momento, muy lejos de estar justificado.
46.6. Literatura
cristiana del siglo segundo
Al
volver la atención a los Padres apostólicos y los apologetas sorprende
que,
mientras hubo mucho que considerar sobre la tradición de Jesús y el
carácter
judío del cristianismo, los indicios de tensiones y rupturas con el
judaísmo
rabínico naciente son mucho más limitados. 1 Clemente está centrado en
los
problemas internos de Corinto, nunca menciona a los «judíos» y sus
referencias
a «Israel» son históricas. El Pastor de Hermas refleja conflictos
sociales en
Roma, pero sin indicio de que las relaciones con los judíos fueran un
factor.
No cabe deducir del silencio que las relaciones fueran positivas, pero
la
ausencia de toda señal de competición u hostilidad debería frenar
conclusiones
precipitadas.
Entre
los Padres apostólicos basta centrarse en dos cartas de Ignacio y en la
Carta
de Bernabé. La de Policarpo no añade nada, aunque el Martirio de
Policarpo
acusa a «los judíos» de participar en su muerte (13,1; 17,3; 18,1),
señal de
ruptura y hostilidad en Esmirna, reminiscente de la hostilidad de «los
judíos»
en Hechos, sin que ello implique un rechazo del cristianismo
generalizado en la
diáspora. Did 8,1-2, sobre los «hipócritas» que ayunan en lunes y
jueves,
indica el deseo de distinguir la práctica cristiana (miércoles y
viernes) de la
judía; pero, al servirse de Mt 6,5.16, llamarla «polémica antijudía» es
exagerado. Entre los apologetas, Taciano limita su antijudaísmo a la
responsabilidad en la crucifixión (reflejo de los Evangelios y los
primeros sermones
de Hechos); Apolinar de Hierápolis escribió dos libros Contra los
judíos, en
una situación quizá similar a la de Melitón; Atenágoras nada aporta; y
Teófilo
cita extensamente el AT sin conciencia de negárselo a los judíos.
a. Ignacio de
Antioquía
Los
pasajes relevantes están en las cartas a los Magnesios y a los
Filadelfios. En
IgnMagn 8-10 e IgnFil 6 Ignacio sostiene que es «extravagante predicar
a
Jesucristo y practicar el judaísmo», porque «el cristianismo no cree en
el
judaísmo, sino el judaísmo en el cristianismo», y que «más vale
escuchar
cristianismo de un circunciso que judaísmo de un incircunciso».
«No
os dejéis engañar por falsas opiniones ni por viejas fábulas que no
sirven para
nada. Porque si vivimos hasta ahora con arreglo al judaísmo, debemos
admitir
que no recibimos el gracioso don de Dios... aprendamos a vivir de
acuerdo con
el cristianismo... dejad a un lado la mala levadura, que ha quedado
rancia y
ácida, y volveos hacia la nueva levadura, que es Jesucristo» (IgnMagn
8,1;
10,1-3).
Varias
cuestiones llaman la atención. Este es el primer uso conocido de
«cristianismo»
y, aparte de Gál 1,13-14, el primero de «judaísmo» en un documento
cristiano:
Ignacio concebía ya dos sistemas religiosos distinguibles, y partía
precisamente de Antioquía, donde se acuñó «cristianos». Pensaba que
hasta
entonces los cristianos habían «vivido conforme al judaísmo» y que los
judíos
hechos cristianos habían cambiado sus prácticas (ya no observan el
sábado, sino
el día del Señor); le preocupaba que cristianos —judíos o gentiles
atraídos—
quisieran «practicar el judaísmo», aunque en realidad debía suceder a
la
inversa: era el judaísmo el que creía en el cristianismo. Reconocía que
los
cristianos judíos entendían mejor el cristianismo (IgnFil 6,1). Su
actitud hacia
el «judaísmo» era negativa («falsas opiniones», «viejas fábulas», «mala
levadura rancia y ácida»), pero no intensamente antagónica.
Lo
que emerge es que en la primera parte del siglo II había una extendida
percepción (en Siria y Asia) de que judaísmo y cristianismo eran
religiones
estrechamente relacionadas: que el «cristianismo» descendía del
«judaísmo» y
que eran, en realidad, dos formas de una misma religión. Esta
imbricación no
era aceptable para Ignacio, que quería trazar una clara línea
divisoria. No
tenía inconveniente en reconocer que el cristianismo surgió del
judaísmo, que
la Iglesia se componía de judíos y gentiles (IgnEsm 1,2) y que los
creyentes
judíos conocían mejor el cristianismo; pero disuadía a los muchos
cristianos
que apenas veían diferencia entre uno y otro, instándolos a rechazar la
atracción de los ritos y fiestas sinagogales: el «cristianismo» era la
«nueva
esperanza» hacia la que el «judaísmo» debía contentarse con mirar. Se
percibe
en Ignacio el comienzo de los intentos de los dirigentes cristianos por
definir
el cristianismo distinguiéndolo del judaísmo, tensión que reaparece a
lo largo
del siglo II y después.
b. Carta de Bernabé
Con
Bernabé la imagen se hace más oscura. Su antipatía al culto del templo
(2,4-6)
está a tono con la crítica profética del culto superficial (Is 1,11-13)
y no
dista mucho de un judaísmo rabínico acostumbrándose a no tener templo;
podría
reflejar reacción ante la posibilidad de reconstruirlo (cap. 16). Hay
verdadera
preocupación de que miembros de su comunidad fueran atraídos a abrazar
plenamente la religión de Israel («para que no fuéramos arrastrados
como
prosélitos a su ley», 3,6). La actitud hacia Israel es ambigua: ha sido
«abandonado» (4,14), pero Dios había hecho signos entre ellos y «los
amaba
profundamente» (5,8). ¿Son los cristianos «Israel» (6,16) o «un nuevo
pueblo»
(5,7)?
«No
os asemejéis a ciertas gentes amontonando pecados sobre pecados,
diciendo que
la alianza es de aquellos y nuestra. Nuestra ciertamente es. Pero
aquellos
finalmente la perdieron... Moisés entendió y arrojó las dos tablas de
sus
manos, y se hizo pedazos la alianza de ellos, para que la alianza de su
amado,
Jesús, quedara sellada en nuestros corazones» (Bern 4,6-8).
Israel
recibió la alianza, pero «finalmente la perdió» (4,7), porque «no eran
dignos
de ella» (14,4). No está del todo claro si Bernabé entiende que los
cristianos
tomaron para sí la alianza de Israel —la misma herencia— o si tiene en
mente
otra alianza, «la alianza de su amado, Jesús». Hay, en todo caso, una
línea de
continuidad a través de Jesús: «para que nosotros recibiéramos la
alianza a
través de Jesús que la había heredado» (14,5), alianza presentada como
«alianza
del pueblo» en la que el Siervo será «luz de las naciones» (Is 42,6).
La
continuidad se marca con las referencias a la circuncisión: lo que
cuenta es la
del corazón (9,1; 10,12), no la de la carne (9,4); y los mandamientos
no se
relacionan solo con los alimentos, pues «Moisés habló en el Espíritu»
(10,2).
Buena
parte del material refleja un período en que el judaísmo atraía
continuamente a
(potenciales) prosélitos gentiles (3,6). Hay que imaginar una comunidad
judía
establecida frente a la cual el movimiento cristiano, más nuevo, era
menos
influyente y respetado. La cuestión de los orígenes del cristianismo en
la
religión de Israel no era académica, sino que tenía que ver con la
definición y
defensa de una identidad emergente frente a la identidad más diáfana de
la
comunidad judía local. Aunque es difícil evitar la impresión de una
teología
tendente al supersesionismo, Bernabé muestra más pesar porque Israel
«finalmente la perdió» que crítica o desprecio: su actitud tiene raíces
en el
llamamiento profético a una realidad más profunda de culto y rectitud,
y refleja
la vacilación de la teología de Israel sobre si su esperanza era de una
nueva
alianza o de una realización más completa de la primera. Suena más como
la voz
de alguien preocupado por recordar a Israel su destino, presentándolo
como
realizado en el cristianismo entre los gentiles, que como una simple
voz
crítica.
c. 5 Esdras y Oráculos Sibilinos
Entre
los cambios redaccionales o adiciones a escritos judíos destacan 5
Esdras y los
Oráculos Sibilinos. Aunque 5 Esdras es de carácter judío, probablemente
de
origen judeocristiano, sus advertencias van más allá de las típicas de
los
profetas: «Porque me habéis abandonado, también yo os abandonaré... no
la
tendré con vosotros» (4 Esd 1,25); «Os arrojaré fuera de mi presencia»
(1,30-31); «Decid a mi pueblo que les daré el reino de Jerusalén, que
yo iba a
dar a Israel» (2,10). La reprensión y el rechazo difieren notablemente
de otros
escritos judíos posbíblicos, que explican el castigo como disciplina
sin
abandono (cf. 2 Mac 6,16). Los judíos creyentes en Jesús empezaban como
pueblo
de Dios, pero distinto de Israel.
En
la redacción de los Oráculos, los pasajes más notables (OrSib 1.365-375
y
1.387-400) atribuyen la muerte de Jesús a Israel, que actúa «con labios
abominables y saliva ponzoñosa»; la consecuencia es que «los hebreos
obtienen
la mala cosecha» y «serán echados de su tierra; andarán errantes». En
OrSib
6.21 se llama a la tierra de Israel «tierra de Sodoma». Hay aquí una
enemistad
que, de ser expresada por judíos creyentes en Jesús, indica desilusión
y
distanciamiento respecto a los «hebreos», que ya no pueden llamarse sin
dificultad «judeocristianos». En ambos escritos es palpable el
desafecto hacia
Israel, aun cuando los autores se sirven de anteriores lamentaciones
intrajudías, en el intento de establecer su identidad distanciándose de
lo que
antes había sido parte integral de ella.
d. Arístides
Lo
más llamativo de Arístides es su clara distinción entre judíos y
cristianos
como dos «clases [distintas] de hombres» (Apol 2). Alaba la percepción
de Dios
de los judíos como más cercana a la verdad que la de las demás
naciones, pero
los critica porque «por su modo de observancia es a los ángeles, y no a
Dios, a
quien rinden culto», y por el ayuno, la circuncisión y la purificación
de las
carnes, «cosas que, sin embargo, no observan perfectamente» (Apol
siríaca 14).
Hay cierto respeto, pero ningún reconocimiento de que el cristianismo
debiera
algo a la antigua religión de los judíos, a pesar de afirmar que se
originó a
partir de «Jesús el Mesías, nacido de la raza de los hebreos» y «de una
virgen
hebrea» (Apol 2). Escribió un gentil sin mucha idea —ni disposición a
reconocer— la abundante herencia judía del cristianismo.
e. Kerygma Petrou
A
juzgar por los extractos en Clemente de Alejandría, el Kerygma trató de
distinguir a los cristianos de griegos y judíos: adoran a Dios «de una
manera
nueva, por Cristo», «de un tercer tipo» (Strom. 6.5.39-41). El único
Dios fue
conocido por los griegos de manera gentil, por los judíos de manera
judía, y
por los cristianos «de una manera nueva y espiritual», sin tres
naturalezas,
sino formados en distintas alianzas del único Señor. La descripción
parece
imparcial e incluso generosa, pero la denigración de la religión griega
como
mera idolatría tiene su paralelo en una denigración del culto judío,
acusado de
servir «a ángeles y arcángeles, al mes y a la luna». El concepto de un
tercer
tipo de creyente —ni griego ni judío, sino cristiano— podría haberse
atribuido
a Pablo, si no fuera porque Pablo veía la nueva entidad compuesta por
judíos y
griegos. Aquí la identidad propia solo se logra denigrando a la
religión
hermana; tal polémica no dista mucho de la autojustificativa de Qumrán,
salvo
que esta se daba dentro del judaísmo del Segundo Templo, mientras que
aquí el
distanciamiento es del cristianismo respecto al judaísmo.
f. Carta a Diogneto
Como
Arístides y el Kerygma, la Carta a Diogneto distingue a los cristianos
de los
judíos: «los cristianos no rinden culto como los judíos» (3,1). Tras
criticar
la idolatría griega, critica el culto judío como poco distinto del
idolátrico.
En el cap. 4 desprecia repetidamente a los judíos por su alazoneia
(«altanería,
arrogancia») respecto a la circuncisión, por mentir acerca de Dios
diciendo que
prohíbe lo bueno en sábado (4,3) y por su simulación en ayunos y
novilunios:
«todo eso son cosas ridículas e indignas de consideración» (4,1), «la
vulgar
tontería, falacia, susceptibilidad y arrogancia de los judíos» (4,6).
También
aquí la protesta paulina se ha convertido en un rechazo denigratorio de
marcadores fundamentales de identidad judía. En estos tres escritos es
manifiesto el deseo de distanciar al cristianismo del judaísmo, sin
verdadera
voluntad de reconocer sus orígenes judíos.
g. Justino Mártir
Mucho
más interesante es el Diálogo con Trifón. Justino atestigua que los
judíos
maldicen en sus sinagogas a Cristo y a sus seguidores, y los acusa de
perseguir
a los cristianos cuando pueden. Pero sabe también que algunos judíos
reconocen
que Jesús es el Cristo, aunque «declaren que era de origen simplemente
humano»
(Diál 48,4; 49,1). Confía en que los creyentes judíos que siguen
practicando
como judíos se salvarán, siempre que no persuadan a los gentiles de
vivir según
la Ley (46,1–47,3; 120,2), y afirma que también se salvarán «los que
condujeron
sus vidas de acuerdo con la Ley de Moisés», por medio de Cristo, junto
con los
justos anteriores —Noé, Henoc, Jacob— y los que reconocen a Cristo como
Hijo de
Dios (45,3-4).
Es
interesante que Justino se refiera a «los que son cristianos de nombre»
y, por
implicación, a los «llamados judíos», enumerando siete sectas
(saduceos,
genistas, meristas, galileos, helenianos, fariseos y baptistas) que
«reconocen
a Dios con los labios, pero su corazón está lejos de él». Veía a judíos
y
cristianos desde un mismo ángulo, con conciencia de la diversidad del
judaísmo
del siglo II, aunque su entendimiento de él fuera confuso, informado
sobre todo
por la diáspora (sabe que los LXX se leían en las sinagogas, 72,3). El
judaísmo
rabínico empezaba a extender su autoridad a la diáspora occidental
(advertía a
los judíos de no conversar con individuos como Justino, 38,1), pero
personas
como Trifón pasaban por alto tal advertencia, y la diáspora judía
occidental
estaba aún más abierta a las aserciones sobre Jesús —muchos judíos se
hacían
discípulos de Cristo (39,2)— que los rabinos de Siria-Palestina.
Justino
no duda en afirmar que los cristianos son el verdadero Israel:
«Nosotros somos
la nación israelita verdadera y espiritual» (11,5). Pero no quita el
título de
«Israel» a sus interlocutores judíos; su crítica es que se engañan al
actuar
«como si solo vosotros fuerais Israel» (123,6). Según su exégesis
tipológica de
las dos mujeres de Jacob (Gn 29-30), «Lía es vuestro pueblo y la
Sinagoga, pero
Raquel es nuestra Iglesia. Y Cristo cuida todavía de estas y de sus
siervos»
(134,3); y espera que «Jesús el Cristo haga volver de la dispersión al
pueblo»
(113,3). Pone en tela de juicio la necesidad de la circuncisión (19,3),
pero la
entiende como «tipo de la verdadera circuncisión» (41,4), la del
corazón,
efectuada por las palabras de Jesús (113,6; 114,4); su crítica de las
prácticas
judías no dista de la profética, y su ampliación de «Israel» a los
gentiles
está en continuidad con Pablo. El Diálogo indica un notable grado de
separación
entre cristianos gentiles y judíos tradicionalistas, pero también una
considerable
diversidad de judíos creyentes en Jesús y, en contraste con Bernabé y
Diogneto,
indicios de apertura a los judíos tradicionalistas y disposición a
reconocer
que Dios honrará a los judíos que practican la justicia.
h. Melitón de Sardes
En
su Peri Pascha («Sobre la Pascua»), Melitón sigue a Bernabé y a Justino
en el
uso de la tipología, pero la hace central en su apología y expone su
lógica:
todo necesita un modelo o prefiguración (35-37); pero, una vez que
«surge la
cosa para la que se hizo el modelo, lo que llevaba la imagen es
destruido al no
ser ya de utilidad» (37-38). El cordero pascual es tipo de la muerte de
Cristo;
con su cumplimiento, el tipo pierde su valor (44).
«El
pueblo tenía valor antes de que la Iglesia entrase en escena, y la Ley
era
maravillosa antes de que saliera a la luz el evangelio... la Ley se
cumplió...
el pueblo fue destruido cuando apareció el Señor... El templo de aquí
abajo en
un tiempo fue valioso, pero ahora no tiene valor a causa del Cristo de
arriba.
La Jerusalén de aquí abajo tenía antes valor, pero ahora no lo tiene a
causa de
la Jerusalén de arriba» (41-45).
Los
indicadores de su visión sobre el Israel aún existente son claros: «el
tipo es
destruido cuando apareció el Señor» (43). Pero el tono es menos
acusatorio que
indicativo de lo que a Melitón parecía obvio: ¿quién querría atenerse
al modelo
cuando la realidad ya ha llegado? El planteamiento es similar al de
Pablo en
Gálatas (papel temporal de la Ley, Jerusalén terrena superada por la de
arriba), pero Pablo nunca infirió que lo fundamental para Israel
careciera por
completo de valor y debiera ser «destruido»; su postura en Rom 9,4-5 y
11,29 es
mucho más afirmativa. La actitud de Melitón está más cerca de Hebreos,
con su
tipología reemplazando la cosmovisión platónica. Su acusación a Israel
(nunca
habla de «los judíos») de negar, abandonar y matar al Señor tiene más
de
lamento que de ira, y es menos agria que la de varios predecesores. Lo
que le
hería era la incapacidad de Israel para reconocer al unigénito de Dios
y su
ingratitud:
«¿Por
qué, Israel inicuo, cometiste el abominable delito de entregar a nuevos
sufrimientos a tu Señor, el que te formó, el que te hizo, el que te
honró, el
que te llamó Israel?» (81).
Cuando
dice «has demostrado que no eres realmente Israel, porque no viste a
Dios»
(82), Melitón juega con la interpretación filoniana de «Israel» como
«hombre
que vio a Dios», tomada luego por Clemente de Alejandría y otros
Padres. A
diferencia de Pablo, no parecía ver esperanza alguna para Israel; los
desastres
de las dos rebeliones habían «destruido el tipo». Cómo se traducía esto
en su
interacción con los judíos de Sardes, ciudad donde la sinagoga era
prominente,
permanece oscuro.
i. Ireneo
Con
Ireneo entramos en una atmósfera muy distinta: las acusaciones de
Bernabé y
Melitón quedan atrás. «Los judíos» son mencionados regularmente, pero
casi
nunca de manera despectiva; incluso ellos ponen en fuga a los demonios
invocando el nombre de Dios (Adv. haer. 2.6.2), y Jesús actuó conforme
a la
práctica judía (2.22.3). Defendiendo la pulcritud de los LXX en Is 7,14
frente
a Teodoción y Áquila, recuerda que fueron judíos quienes los tradujeron
mucho
antes de Cristo (3.21.1). Frente a Simón el Mago y Marción (Libro
3.12), aclara
que la fe cristiana en Dios concuerda con la enseñanza de Moisés sobre
el Dios
Creador: los apóstoles no enseñaban a los judíos «otro Padre», ni el
Dios de
los judíos era distinto del de los cristianos; todos anunciaban un solo
Dios y
a Jesucristo, su Hijo.
En
el Libro 4.9-16 Ireneo muestra que no hay más que un autor de la Ley
antigua y
de la nueva: el propósito de Dios era conducir a los hombres por pactos
sucesivos hacia la salvación. Basándose en Mateo 5, distingue la Ley
natural
(el Decálogo) de la mosaica: Cristo no abrogó la Ley natural, sino que
propugnó
su cumplimiento y ampliación (4.13); las leyes del tabernáculo
enseñaban «por
medio de tipos» a temer a Dios (4.14.3), y otras se añadieron por la
«dureza de
corazón» (4.15.2), pero «la Ley nunca fue óbice para que ellos creyeran
en el
Hijo de Dios» (4.2.7). Los judíos son condenados como «los que mataron
al
Señor» (3.12.6; 4.28.3), pero con más dolor que aborrecimiento. Su
principal
queja es que los judíos no aceptan la palabra de libertad y no
reconocen el
advenimiento de Cristo (4.33.1; 4.34.4), crítica similar a la de Pablo
en 2 Cor
3 («cuando la Ley es leída a los judíos parece una fábula... pero leída
por los
cristianos es como un tesoro escondido», 4.26.1), y, reflejando Rom
9-11, traza
el paralelo: «así como [los judíos] se salvaron por la ceguera de los
egipcios,
nosotros nos salvamos por la ceguera de los judíos» (4.28.3).
Ireneo
pone el acento en la continuidad y no en la discontinuidad. Frente a
las
«herejías» de Simón el Mago y Marción, era vital para él que el Dios y
Padre de
Jesucristo fuera el Dios de Moisés, que la Ley y los profetas fueran
palabra de
Dios y que la historia de los judíos se mirara sobre todo en sus
aspectos
positivos. El rechazo de Cristo fue lamentable, pero, en el espíritu de
Pablo,
probablemente no abandonó la esperanza de la segunda venida. Si Bernabé
y
Melitón son las voces del supersesionismo, Justino e Ireneo invitan a
un
diálogo más positivo.
Hay,
pues, claros indicios en los escritos cristianos del siglo II de que
dirigentes
cristianos intentaron repetidamente definir la identidad del
cristianismo
distinguiéndolo y distanciándolo de la religión de los judíos, negando
que el
Israel étnico fuera todavía el pueblo elegido y reclamando para sí su
herencia.
Pero esa actitud no era uniforme: junto a rechazos supersesionistas
hubo
expresiones de pesar por la incapacidad de Israel para apreciar su
herencia.
Más aún, esa autodefinición —probablemente inevitable desde un punto de
vista
psicosociológico— no concierne a toda la historia del cristianismo ni a
todos
los cristianos. Los dirigentes insistían en una clara separación
precisamente
porque no estaba claro que la hubiera: cristianos judíos y gentiles
judaizantes
asistían a la sinagoga en sábado y observaban las fiestas
tradicionales, viendo
su fe como parte de una herencia judía más amplia. Las pruebas llegan
bastante
más allá del siglo II, y el problema para dirigentes y sínodos alcanza
el siglo
IV. Si escuchamos solo a los Ignacios y Melitones, diríamos que la
separación
ya había ocurrido (o, más exactamente, que ellos trataban de
imponerla); pero
es más seguro concluir que esas voces eran las más altas e insistentes
en
pregonar la separación precisamente porque aún no había acontecido.
¿Qué voz,
entonces, escuchar con más atención?
46.7. Conclusión
Varias
conclusiones se desprenden con claridad de los dos últimos capítulos.
El
principal «otro» para el cristianismo primitivo era el judaísmo
primitivo, y
viceversa. Ambos —cristianismo y judaísmo rabínico— eran enteramente
dependientes de las Escrituras y las creencias fundamentales de Israel
para
definir sus propias identidades. Pero, mientras el judaísmo rabínico
reaccionó
a los desastres de las dos rebeliones desprendiéndose de las
expresiones del
Segundo Templo ya no acordes con su foco en la Torá, el cristianismo
conservó y
desarrolló expresiones de ese judaísmo.
No
hay que olvidar que, pese a la primera rebelión, el judaísmo era
ampliamente
reconocido y respetado como religión nacional antigua, con sinagogas a
menudo
prominentes en las ciudades del Mediterráneo. Los pequeños grupos e
iglesias
domésticas cristianas eran, en cambio, formaciones de poca importancia,
ubicadas en calles secundarias y probablemente resguardadas en alguna
medida
bajo la relativa protección del estatuto concedido a los judíos. Judíos
creyentes en Jesús siguieron formando parte de sus comunidades judías
en Siria
y Palestina durante varias generaciones, probablemente para
desconcierto de
rabinos y dirigentes cristianos por igual.
Figuras
principales de la «gran Iglesia», cada vez más dominada por su
componente
gentil, y el emergente judaísmo rabínico, probablemente tras el fracaso
de Bar
Kojba, hicieron crecientes intentos de identificar y definir sus
religiones
trazando líneas divisorias. Sorprendentemente, la cristología en
desarrollo no
era todavía esa línea divisoria de forma tan marcada como lo sería
después con
los Ignacios y los Melitones, ni tan distinta de las reflexiones judías
acerca
de Dios. Al mismo tiempo, dentro de las áreas que algunos dirigentes se
empeñaban en definir, muchos no pensaban en dos movimientos claramente
distintos, sino que se veían como copartícipes de una misma herencia
que se
remontaba a los patriarcas; Ireneo apunta hacia una dirección más
positiva.
Estas
conclusiones refuerzan los indicios examinados al comienzo de la
investigación:
el cristianismo y el judaísmo no llegaron a ser claramente distintos a
ojos de
muchos cristianos gentiles y judíos de la diáspora durante todo el
siglo II, y
probablemente tampoco hasta después de que el pacto constantiniano
diera al
cristianismo un sentimiento de superioridad e integración en el orden
establecido con el que el judaísmo no podía competir. Pero incluso
entonces el
terreno común seguía invitando a algunos a salir de los límites
trazados en
busca de almas afines. Es cierto que el cristianismo establecido
desarrolló una
política antijudía, en ocasiones virulenta, con consecuencias tan
terribles
como las del siglo XX; pero instituciones como el Council for
Christians and
Jews y la reaparición de los Judíos Mesiánicos y los Judíos para Jesús
han
venido a demostrar que, para muchos, los vínculos son más importantes
que las
líneas divisorias.
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