El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Decimotercera parte. La influencia continua de Pablo y Pedro
Capítulo 47. Pablo
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
47.1. Introducción
De
las tres grandes figuras de la primera generación cristiana, fue Pablo
quien
causó —y sigue causando— el impacto más duradero. Santiago quedó
relegado por
una Iglesia que, ya en el siglo II, buscaba definir su identidad
distanciándose
del judaísmo y, con ello, del judeocristianismo que él personificaba; y
Pedro,
pese a su posición central en el catolicismo emergente, dejó poca
huella
explícita en los escritos que terminarían siendo el Nuevo Testamento.
Pablo, en
cambio, dejó una impresión intensa desde la primera generación de
dirigentes
cristianos. Llamarlo «el segundo fundador del cristianismo» no es
atribuirle un
título inmerecido.
Su
impacto decisivo no se redujo a extender la secta mesiánica judía y
atraer a un
número creciente de gentiles, acelerando así —contra sus propias
intenciones—
el desarrollo del cristianismo aparte del judaísmo. Como resume Efesios
(3,1-10), su papel fue llevar el Evangelio a las naciones, y a él se
debe en
buena medida que aquella secta liderada por Santiago llegara a
constituirse en
el siglo II como una religión de pleno derecho, de judíos y gentiles,
pero cada
vez más gentil en su composición.
Tampoco
puede pasarse por alto su influencia en la configuración del Nuevo
Testamento.
De los veintisiete escritos que lo componen, trece se atribuyen a
Pablo: siete
de autoría prácticamente indiscutida, dos discutidos por igual, y otros
cuatro
que entraron en el canon precisamente por atribuírsele. Hebreos aseguró
su
lugar gracias a la creencia, arraigada, de que era paulino; los Hechos
de los
Apóstoles son, más bien, los hechos de Pablo, su héroe principal; y el
Evangelio de Marcos —que toma de Pablo el término «evangelio» y lo
convierte en
un relato de la misión, muerte y resurrección de Jesús— marcó la forma
del
Evangelio canónico que siguieron los demás evangelistas, incluido Juan.
A ello
se añade que 1 Pedro tiene un lenguaje muy paulino y que la Carta de
Santiago
parece reaccionar en parte frente a Pablo (Sant 2,18-26). Abarcando
este breve
repaso unas tres cuartas partes del Nuevo Testamento, es razonable
concluir que
Pablo fue, de los tres dirigentes de la primera generación, el de mayor
peso en
la formación de sus escritos.
La
pregunta del capítulo es cómo describir y evaluar la influencia
continuada de
Pablo durante la segunda generación y el siglo II. La cuestión es más
compleja
de lo que cabría esperar: su dependencia de la tradición de Jesús es
solo
modestamente explícita, y los judíos creyentes en Jesús solían juzgarlo
como
una fuerza hostil. ¿Cómo era visto Pablo retrospectivamente? ¿Cuánto se
valoraban sus cartas? ¿Fue su influencia en la formación de la Iglesia
tan
grande como en el Nuevo Testamento? ¿Se le veía como precedente de
formas más
radicales del cristianismo? El examen recorrerá la presentación de
Pablo en la
segunda generación (47.2), el uso y la colección de sus cartas (47.3),
el
desarrollo de leyendas paulinas y su influjo gnóstico (47.4), la
cuestión de Marción
como el más paulino de sus seguidores (47.5) y el papel de Ireneo
(47.6).
47.2. Pablo descrito en los documentos
neotestamentarios de la segunda generación
Ya
Efesios —probablemente la primera de las cartas posteriores al Apóstol—
resumía
bien sus prioridades, aunque con un tono más jactancioso del que él
habría
deseado. Pero Pablo es retratado también en las cartas pastorales y en
los
Hechos de Lucas. ¿Qué nos dicen estos escritos sobre cómo era percibido
y
evaluado en las últimas décadas del siglo I?
a. Las cartas pastorales
Suponiendo
que las pastorales fueron escritas por un antiguo discípulo o asociado
que
quería «actualizar» la influencia de Pablo para su propia generación,
la
veneración por él es manifiesta: figura heroica cuya conversión expresó
el
poder del evangelio (1 Tim 1,12-17), modelo de servicio comprometido (2
Tim
4,6-8), hombre que llama a la disciplina, rechaza a quienes le fallaron
y
previene contra las falsas doctrinas.
Pero
los rasgos más característicos son la «creciente institucionalización»
y la
«cristalización de la fe en formas fijas», ambos indicativos de un
movimiento
de segunda generación, en el que la libertad del innovador carismático
se
percibe cada vez más como una amenaza para las formas que habían
demostrado ser
eficaces. Ahora importaba más conservar que explorar: la experiencia
universal
de los movimientos de renovación, ilustrada por la Reforma del siglo
XVI y por
el pentecostalismo del XX.
En
cuanto a la organización eclesiástica, el contraste más obvio es con 1
Corintios. Frente a la grave falta de disciplina corintia, Pablo nunca
recurre
a «presbíteros», «supervisores» o «diáconos» para imponer orden: apela
al buen
sentido de la comunidad, espera que se ejerza el carisma de la
sabiduría e
insta a respetar a quienes sirven (1 Cor 5; 6,5; 16,15-18). Su concepto
de
orden eclesial es mucho más carismático, dependiente de la dirección
inmediata
del Espíritu. Puede argüirse que 1 Corintios es temprana y que la
experiencia
le hizo exigir más orden; pero Pablo llevaba ya unos veinte años de
misión al
escribirla y fue ejecutado menos de diez años después, sin que sus
últimas
cartas muestren ese giro. Lo más verosímil es que discípulos
posteriores conjeturasen
cómo habría reaccionado él, restringiendo la libertad carismática. Por
eso
Timoteo y Tito aparecen con un poder para ordenar y nombrar (1 Tim
5,22; Tit
1,5) que Pablo nunca ejerció: el carisma ya no es un don impartido a
todos los
miembros del cuerpo de Cristo (Rom 12; 1 Cor 12), sino un
empoderamiento formal
para el cargo (1 Tim 4,14; 2 Tim 1,6). El Pablo de las pastorales se ha
vuelto
un hombre de Iglesia, considerablemente distinto del antiguo apóstol
innovador.
En
lo referente a la cristalización de la fe, la imagen es similar: un
deseo de
consolidar y asegurar una identidad objetivada. La fe es ahora «la fe»
que hay
que creer, «la norma de la doctrina sana» (2 Tim 1,13), un depósito que
hay que
«guardar» (1 Tim 6,1). Pablo sigue siendo predicador del evangelio,
pero los
líderes se caracterizan más como maestros de «palabras fieles» y
«doctrina
sana». Este es el Pablo de las pastorales: aquel para quien la
prioridad era
consolidar la fe, protegerla con resolución y transmitirla fielmente,
preparando a sus iglesias para un futuro previsto como amenazador.
b. El Pablo de
Hechos
Pablo
es el protagonista principal de la historia de los comienzos cristianos
contada
por Lucas: su conversión y actividad misionera ocupan más de la mitad
del
libro. Lucas comparte la valoración paulina de su vocación a los
gentiles,
aunque duda en situarlo como apóstol junto a los Doce; quedan sin
resolver por
qué Lucas no menciona que Pablo escribiera cartas y por qué omite la
presencia
de cristianos en Roma antes de su cautividad. Pero el Pablo de Hechos
es una
figura mucho más irénica, sobre todo en sus relaciones con la
iglesia-madre de Jerusalén, de lo que sugeriría su propio testimonio
epistolar.
Conviene recordar varios episodios reveladores:
Hechos
lo presenta subiendo pronto a Jerusalén tras su conversión para
reunirse con
los apóstoles (Hch 9,23-27), mientras que Pablo niega enfáticamente
esos
contactos: no subió de inmediato, y cuando fue, tres años después, solo
vio a
Pedro y a Santiago (Gal 1,17-20). Lucas lo presenta nombrando
presbíteros (Hch
14,23), aunque estos no aparecen en el corpus paulino antes de las
pastorales.
En la controversia sobre la circuncisión de los gentiles, Lucas hace
decisivo
el testimonio de Pedro y la resolución de Santiago, autor del «decreto
apostólico» (Hch 15), que Pablo nunca menciona en su propio relato,
donde su
argumentación es la determinante (Gal 2,1-9). Lucas silencia el
incidente de
Antioquía, en que Pablo se enfrentó a Pedro (Gal 2,11-14), y reduce la
ruptura
con Bernabé a una disputa trivial sobre Marcos (Hch 15,36-39). Tampoco
refiere
las intervenciones de judeocristianos que perturbaron la misión
paulina, y
traza paralelos entre Pedro y Pablo predicando el mismo mensaje.
Subraya, en
cambio, el deseo de Pablo de que Timoteo se circuncidase (16,3), su
voto
nazireo (18,18-23) y su sometimiento a los ritos de purificación en el
templo
(21,21-26), insinuando una motivación tendenciosa. Y no aclara la
finalidad del
último viaje a Jerusalén —la entrega de la colecta (Rom 15,25-28)— ni
los
temores de Pablo de que no fuera aceptada (15,31), ni alude a apoyo
alguno de
los líderes de Jerusalén durante su prisión, lo que sugiere
poderosamente que
la brecha no se había cerrado.
Es
probable que Lucas siguiera la versión jerosolimitana de muchos de
estos
episodios, sin necesidad de suponer que torciera deliberadamente su
relato para
sintetizar las dos corrientes (jerosolimitana y paulina). Aun así, su
presentación quedó condicionada por el fuerte impulso de mostrar a
Pablo
aceptando sumiso el liderazgo de Santiago, desarrollando una misión
paralela a
la de Pedro y manteniendo intacta su relación con Jerusalén. En suma,
el
retrato lucano, junto con las pastorales, dominó la visión que de Pablo
tenían
las iglesias que difundieron esos escritos: las pastorales y Hechos lo
situaron
en la zona de confort de una jerarquía que buscaba consolidar la fe y
el orden.
Ya no era el personaje controvertido y sin pelos en la lengua, sino el
Pablo
seguro, el Pablo eclesial.
c. 2 Pedro
El
aspecto más sorprendente del testimonio de 2 Pedro es que valora las
cartas de
Pablo como Escritura: dice que Pablo escribió «conforme a la sabiduría
que le
había sido dada», que en sus cartas hay puntos difíciles de entender
que los
ignorantes interpretan erróneamente «como hacen con el resto de las
Escrituras»
(3,15-16). Esto es extraño, porque esa categoría no se confiere a
escritos del
Nuevo Testamento hasta 2 Clemente y Justino. Dos datos más merecen
atención: el
autor estaba familiarizado con «todas» (muchas o la mayoría de) las
cartas de
Pablo y las equiparaba al «resto de las Escrituras», lo que sugiere que
ya
habían sido coleccionadas y circulaban ampliamente (quizá en Roma); y
que esas
cartas eran usadas también por aquellos a los que 2 Pedro considera
«ignorantes
e inestables», probablemente los falsos maestros, tal vez extrayendo
corolarios
antinómicos de la enseñanza paulina sobre la libertad respecto a la
Ley. Ya en
2 Pedro se hacen evidentes dos tendencias: una veneración creciente por
Pablo y
el hecho de que sus cartas alimentaran una amplia variedad de enseñanza
aceptable para la Iglesia.
47.3. La recepción
de Pablo en el siglo II
Entre
los judíos creyentes en Cristo, una tendencia ebionita situaba a Pablo
en aguda
antítesis con Santiago, mientras una corriente nazarena se mostraba más
abierta. No sorprende que el escrito más judeocristiano de los Padres
apostólicos, la Didajé, muestre la menor influencia de Pablo,
ni que el Pastor
de Hermas refleje un interés igualmente escaso. ¿Cómo era considerado
entonces
y por qué acabó aceptado por la mayor parte de la corriente principal?
a. 1 Clemente
Clemente
tenía un altísimo concepto de Pablo (1 Clem 5,5-7): siete veces
encadenado,
exiliado, apedreado, predicador en Oriente y Occidente, máximo ejemplo
de
«resistencia» (hypomoné) y maestro de «justicia» (dikaiosyné),
términos de fuerte resonancia paulina, especialmente en Romanos. La
información
sobre sus sufrimientos coincide solo en parte con 2 Cor 11,23-27 y
parece
presuponer datos de sus años finales en Roma. Hay además conocimiento
de
primera mano de 1 Corintios, a la que se refiere directamente al
recordar cómo
Pablo escribió a los corintios «respecto a él mismo, Cefas y Apolo» (1
Clem
47,1-3), prueba de que las cartas a iglesias concretas circulaban en
otras (cf.
Col 4,16). Clemente conocía probablemente también Romanos y quizá
Gálatas,
Filipenses, Colosenses y Efesios, y comparte con las pastorales el
firme
convencimiento de que las iglesias necesitaban más disciplina; va
incluso más
allá que ellas al distinguir entre sacerdotes y laicos y definir al
obispo como
sacerdote que ofrece sacrificios (1 Clem 40-44). En la medida en que
hubo
influencia paulina, esta fue adaptada al modelo de religión normalmente
organizada y practicada.
b. Ignacio de
Antioquía
Ignacio
veneraba a Pablo, «el santo» que recibió el martirio (IgnEf 12,2), y
reconocía
la autoridad apostólica de Pedro y Pablo frente a su propia condición
de reo
(IgnRom 4,3). No hay citas directas como en Clemente, pero los ecos del
lenguaje paulino son lo bastante frecuentes para pensar que había
estudiado y
meditado varias cartas durante su ministerio en Antioquía,
particularmente 1
Corintios. Esto es notable por dos razones. Primera: no es obvio que
Ignacio
fuera paulinista en teología, aunque sus temas son desarrollos
comprensibles de
Pablo —sobre todo su cristología de un Jesús verdaderamente divino y
humano
(carne), frente al docetismo—; con todo, su insistencia en la
resurrección «en
la carne» (IgnEsm 3,1) abandona la distinción paulina entre carne y
cuerpo (1
Cor 15,35-50), y su monoepiscopado y su exigencia de una eucaristía
autorizada
por el obispo difícilmente habrían contado con la aprobación de Pablo,
como
tampoco su tajante contraposición entre cristianismo y judaísmo.
Segunda: las
iglesias sirias eran, tras las palestinas, probablemente las más
alejadas y
críticas del Apóstol, por lo que cabe pensar que fue Ignacio mismo
quien
introdujo las cartas paulinas para la enseñanza de la iglesia de
Antioquía. No
hay que forzar los indicios para describirlo como un protegido de Pablo.
c. Policarpo
Policarpo,
en su Carta a los Filipenses, confiesa que nadie como él puede alcanzar
«la
sabiduría del bendito y glorioso Pablo» (Polic 3,2). Conocía bien la
carta
paulina a los filipenses y, como Clemente, atestigua la circulación de
las
cartas en colecciones. Cita casi literalmente 1 Cor 6,2 («¿no sabéis
que los
santos juzgarán al mundo?... como enseña Pablo», Polic 11,2) y se
refiere a Ef
4,26 como texto escriturístico (Polic 12,1). Probablemente conocía
otras
cartas, incluidas las generalmente tenidas por pospaulinas (Efesios, 1
Timoteo), notable testimonio de la aceptabilidad de los autores
pospaulinos.
Dos implicaciones son obvias: que en las primeras décadas del siglo II
circulaba un número sustancial de cartas paulinas entre las iglesias
del Egeo,
reunidas ya en alguna suerte de colección regular y organizada; y que,
además
del recuerdo y la reputación de Pablo, sus cartas llegaron a estimarse
tanto
que no hubo protesta al citarlas como Escritura, apenas cincuenta años
después
de su martirio. Pablo no era entonces una figura controvertida.
d. Carta de Bernabé
Sorprende
que Bernabé refleje poca influencia de Pablo, pues su tendencia
antijudía podría haberse apoyado en la crítica paulina de la
circuncisión. El
eco más verosímil está en Bern 13,7, sobre Abrahán hecho «padre
de las
naciones... pese a ser incircuncisos», que recuerda Rom 4,9-17. La
diferencia
es decisiva: Pablo incluye a los gentiles incircuncisos junto con
los
circuncisos, mientras Bernabé enfatiza que el Israel
circuncidado queda excluido
de la alianza. Probablemente Bernabé se hace eco de Pablo solo
para
rechazar su línea inclusiva, optando por desentenderse de él casi por
completo.
Ello podría constituir, paradójicamente, un testimonio —por la vía del
silencio— de la continua influencia de Pablo en la promoción de
relaciones
positivas entre judíos y cristianos.
e. 2 Clemente,
Odas de Salomón, Arístides y
Diogneto
2
Clemente aporta poco: sus ecos paulinos no superan la categoría de
«posibles» y, según Gregory y Tuckett, no hay en él referencias
deliberadas ni
citas de Pablo, aunque ello no implica indiferencia. Las Odas de
Salomón,
en cambio, contienen ecos claros (OdSl 11,1-3) de la «gracia», de la
circuncisión del corazón por el Espíritu, de los frutos del Espíritu
(Gal 5,22)
y del amor de Dios derramado en los corazones (Rom 5,5), que apuntan a
una
comunidad para la que las cartas paulinas eran alimento espiritual.
Arístides,
pese a posibles ecos, no se interesó por demostrar dependencia de
escritos
anteriores. La Carta a Diogneto, de mayor interés, presenta una
cita
manifiesta y numerosas alusiones (hombre nuevo, peligros de la carne,
Cristo
agente de la creación, el misterio antes oculto y ahora revelado, el
justo dado
para justificar a los sin ley), hasta el punto de que Pablo aparece
como «la
fuerza intelectual más formativa» de su teología; que nunca sea
nombrado puede
indicar que su enseñanza se había vuelto, hacia mediados de siglo,
parte
esencial de la catequesis.
f. Justino Mártir
y los demás apologetas
Justino
es el apologeta más desconcertante: nunca menciona a Pablo y los ecos
de su
enseñanza son tenues, lo que sorprende dado que es el testigo más
sólido de la
implantación de los Evangelios y que en Roma Pablo era venerado desde
hacía
medio siglo. La excepción principal son sus frecuentes referencias a la
circuncisión —como «señal» que separa a los judíos, frente a la
justificación
de Abrahán «incircunciso» y la «circuncisión del corazón» de los
cristianos—
que recuerdan Rom 2,28-29; 4,10-11 y Col 2,11; y la afirmación de que
los
gentiles son hijos de Abrahán por compartir una fe semejante, eco de
Gal 3,6-7.
Otros posibles ecos (la maldición de la Ley en Gal 3,10-13; cadenas de
textos
de Rom 3; Ef 4,8; Col 1,15) son más débiles. Caben varias explicaciones
de su
silencio: que valorase las cartas por debajo del AT y de la tradición
de Jesús;
que le resultara embarazosa la relativa valoración positiva que Pablo
hacía de
su propio pueblo; o que, sabiéndolo utilizado por Marción y los
gnostizantes,
lo viera como «una causa perdida». En todo caso, no puede tenérsele por
testigo
negativo, ni mucho menos por testigo de que Pablo se viera como un
precedente
peligroso. Entre los demás apologetas hay ecos posibles en Taciano (que
malinterpretó textos paulinos), en Atenágoras (cuya idea de la
resurrección
procede de 1 Cor 15) y en Teófilo (con varias citas); Melitón apenas
refleja a
Pablo. La Epistula Apostolorum subraya su papel de predicador a
los
gentiles.
En
suma, el examen ofrece resultados misceláneos. La gran veneración de
Clemente,
Ignacio y Policarpo al comienzo del siglo no se refleja tanto en
escritos
posteriores, quizá porque Pablo pasó a ser visto como figura incómoda,
tomado
con demasiado entusiasmo por Marción y los gnósticos. La relativa
omisión en
autores como Bernabé, 2 Clemente, Arístides o Melitón no debe leerse
necesariamente como desprecio, pues pudo faltar simplemente el
incentivo para
emplear sus argumentos distintivos. La impresión más marcada es que la
mayoría
de las cartas paulinas eran conocidas y utilizadas —leídas en las
asambleas,
empleadas en la catequesis y reunidas ya en colecciones—, desde Roma
hasta
Antioquía pasando por Asia Menor. Y que Pablo no sea citado con
frecuencia como
autoridad explícita no implica irreverencia, sino que su enseñanza
había
penetrado de tal modo en la vida de las iglesias que la atribución se
consideraba innecesaria, en paralelo con lo ocurrido con la tradición
de Jesús.
47.4. Pablo, el
personaje legendario
Como
en los casos de Jesús y Santiago, la vida y la enseñanza de Pablo
fueron objeto
de especulación y reconstrucción imaginativa, en especial allí donde la
tradición era deficiente. Inevitablemente surgieron escritos
adicionales acerca
de él o atribuidos a él.
a. Hechos de Pablo
Los Hechos de Pablo
muestran conocimiento del
itinerario misionero
atestiguado en los Hechos canónicos: la conversión cerca de Damasco,
Antioquía,
Iconio (donde encuentra a Tecla), Mira, Sidón, Tiro, Éfeso, Filipos,
Corinto y
Roma. Varios episodios son ecos de Hechos: el apedreamiento y expulsión
(reflejo de Listra, Hch 14,19-20), el aplazamiento del proceso por el
gobernador de Iconio (como Félix en Cesarea), la reacción de los
orfebres de
Éfeso (Hch 19,23-41), el combate con bestias en el anfiteatro (sobre 1
Cor
15,32) y la resurrección de Patroclo, copero de Nerón, caído de una
ventana
(eco de Eutico, Hch 20,7-12). Ninguno aporta buena información
histórica, pero
revelan conocimiento de los Hechos lucanos, probablemente complementado
con
tradiciones orales.
En
los Hechos de Pablo y Tecla aparecen los falsos discípulos
Dimas y
Hermógenes frente a los fieles Onesíforo y Tito, nombres tomados quizá
de 2
Timoteo (donde reciben comentarios similares); a aquellos se les
atribuye la
enseñanza de que «la resurrección ya ha sucedido» (cf. 2 Tim 2,18). 3
Corintios, incorporado a la obra, contiene fuertes ecos de 1
Corintios («os
he transmitido ante todo lo que recibí de los apóstoles», cf. 1 Cor
15,3) y de
Rom 8, Gal 6,17 y Flp 3. Pero la enseñanza paulina se lleva a extremos
que él
no habría aceptado: la castidad domina el relato de Tecla, inspirada
quizá en
la reserva de Pablo ante el matrimonio (1 Cor 7,29), pese a que Pablo
era mucho
más comprensivo con la vida conyugal (1 Cor 7,3-5.36-38); y la
resurrección se
afirma «de la carne» (HchPa 8,3.6.24), abandonando la doctrina paulina
del
cuerpo «espiritual» que «no puede heredar el reino de Dios» (1 Cor
15,44.50).
Como en Ignacio, esta sobrerreacción frente al docetismo tuvo
consecuencias
desastrosas para la evaluación cristiana posterior de la función física
y
sexual.
Con
todo, los Hechos de Pablo muestran que era venerado como
apóstol,
maestro, taumaturgo y mártir, y que tanto Hechos como sus cartas eran
muy
conocidos. La cuestión judío/gentil deja solo un eco débil: lo alabado
aquí es
Pablo el famoso predicador, no el apóstol de los gentiles. Frente a las
pastorales —que ofrecen una visión positiva del matrimonio y de los
alimentos,
pero suprimen el papel de las mujeres y acentúan una jerarquía
masculina—, los Hechos
de Pablo valoran la virginidad y el celibato, pero dan prominencia
al
ministerio carismático de la mujer, encargando a Tecla: «Ve y enseña la
palabra
de Dios» (3,41). Aun así, fue el Pablo de las pastorales el que terminó
imponiéndose en la eclesiología cristiana.
b. Hechos de Pedro
y otros escritos
atribuidos a Pablo
Los Hechos de Pedro
(códice Verceliense) comienzan
con la partida de Pablo
hacia España; solo tras su marcha llega a Roma Simón el Mago, seguido
de Pedro.
No se presenta a Pedro como fundador de la comunidad romana, que cree
en «el
que Pablo les predicó», sino que se subraya la colegialidad de ambos al
predicar la misma fe. Entre los escritos posteriores atribuidos a
Pablo, la Carta
a los Laodicenses es decepcionante por carecer de todo interés:
repite
sentimientos paulinos y solo muestra respeto por el Apóstol. La correspondencia
entre Pablo y Séneca imagina una amistad entre ambos, sugestiva
para un
cristiano del siglo IV. Y el Apocalipsis de Pablo exhibe una
altísima
consideración hacia él —concede a las almas del infierno un alivio «por
la
gracia de Pablo» y lo hace recibir por María, Moisés y Noé—,
recordándolo como
el gran apóstol de las naciones, pero sin rastro de las tensiones entre
judíos y
gentiles que marcaron su misión.
c. El Pablo
gnóstico
Es
un hecho incómodo que tanto de Pablo resultara atractivo para los
gnósticos. En
varios aspectos sostuvo posiciones que lo hacían más estimado por los
«herejes»
que por los Padres «ortodoxos». Los naasenos pudieron apoyarse en 2 Cor
12,4 y
1 Cor 2,13-14 para reivindicar una sabiduría secreta; los cainitas
compusieron
una Ascensión de Pablo a partir de las «palabras inefables» del viaje
al tercer
cielo (2 Cor 12,4); y los valentinianos citaban 1 Cor 2,13-14 y 15,48
para
sostener su triple distinción de pneumáticos, psíquicos e hílicos.
Schmithals
llegó a leer Gal 1,12 como argumento «genuinamente gnóstico» —el
apóstol
identificado no por una cadena de tradición, sino por vocación
pneumática
directa— y 1 Cor 2,6–3,1 como exposición gnóstica. No en vano
Reitzenstein pudo
describir a Pablo como quizá «el más grande de todos los gnósticos».
Mucho
de esa disputa era tendencioso por ambas partes. Pablo no dijo derivar
su
evangelio exclusivamente de su encuentro con Cristo: afirmaba haberlo
recibido
de los ya creyentes (1 Cor 15,3); lo propio era su interpretación de él
como
válido para los no judíos. Su revelación era muy distinta de las
gnósticas. El
dualismo gnóstico entre creación y redención pudo, sin embargo,
alimentarse de
la concepción paulina del cuerpo resucitado como «espiritual». Por eso
los
Padres —Ignacio, Ireneo, Tertuliano— insistieron en la resurrección de
la carne
y lucharon con 1 Cor 15,50 («la carne y la sangre no pueden heredar el
reino de
Dios»). Lo que se perdió fue la sutileza de Pablo: su distinción entre
«cuerpo»
y «carne», que conservaba la concepción hebrea de la creación material
y buena
a la vez que desviaba la antipatía helenística hacia lo material. Al
ignorar
esa distinción y volver a la identificación griega de cuerpo y carne,
los
Padres refutaron el menosprecio gnóstico de lo físico, pero abrieron la
puerta
a entender las advertencias paulinas sobre «vivir según la carne» como
antipatía al cuerpo: con Agustín y Jerónimo, la función sexual pasó a
considerarse carnal y negativa, y se exaltaron virginidad y celibato
hasta
extremos que una teología bíblica de la creación nunca habría admitido.
Mantener a Pablo como portavoz de la «ortodoxia» frente a la «herejía»
fue, en
este punto, una victoria pírrica de consecuencias desastrosas a largo
plazo
para la valoración cristiana de la sexualidad.
47.5. Marción: el
paulinista radical
Marción
se ha dejado para el final porque su particular uso de Pablo lo
convirtió en un
reto y una amenaza para la «gran Iglesia». Harnack llegó a describirlo
como «el
primer protestante», y Stephen Wilson recuerda que, en su apogeo, la
Iglesia
marcionita fue una de las formas sobresalientes del cristianismo.
Discípulo
inicial de Cerdo —quien enseñaba que el Dios de la Ley y los Profetas,
justo,
no era el Padre, benévolo, de Jesucristo—, Marción desarrolló esa
enseñanza.
Según Ireneo, «mutiló» el Evangelio de Lucas y desmembró las cartas de
Pablo,
eliminando las citas de los profetas (Adv. haer. 1.27.2).
Tomara
su inspiración directamente de Pablo o de su herencia de Cerdo, fue el
Apóstol
quien le proporcionó la autoridad principal para su enseñanza y su
pretensión
de ser el más fiel seguidor de Pablo; Tertuliano observa que bien
podría haber
publicado su Evangelio a nombre del propio Pablo. Su punto de partida
fue
probablemente la antítesis entre la Ley y el evangelio, fácilmente
derivable de
Pablo y base de sus Antítesis; significativamente, reservó el primer
lugar de
su colección epistolar a Gálatas, la más polémica de las cartas.
Eliminó cuanto
consideraba contaminación judía —incluido el AT y todas sus citas y
dependencias—, por lo que Ireneo lo acusa de ser «el único que ha osado
mutilar
manifiestamente las Escrituras» y de usar «el cuchillo en vez de la
pluma».
Obtuvo así un Lucas mutilado y empleó Gal 2 y 2 Cor 11,13 para insinuar
la poca
fiabilidad de los demás apóstoles.
Había
una atractiva sencillez en el Evangelio de Marción: resolvía las
tensiones
entre el Dios punitivo del AT y el Dios clemente de Jesús y Pablo. Para
esa fe
simplista, los contrastes paulinos entre la antigua y la nueva alianza,
entre
«letra» y «Espíritu» (2 Cor 3), resultaban la clave de un sistema
religioso
completo. Nunca se explotaron tan radicalmente las tensiones entre los
líderes
de la secta mesiánica judía y la misión paulina a los gentiles. ¿Era
esto lo
que habían temido los creyentes judíos hostiles a Pablo, el final
inevitable
por el que el cristianismo se liberaba de su matriz judía? Marción
demostró que
esa trayectoria podía sacarse de Pablo, y no está claro que quienes lo
rechazaban entendieran a Pablo mucho mejor.
La
gran Iglesia, no obstante, tuvo poca dificultad en contrarrestarlo:
Pablo no
predicó un Dios nuevo. Tertuliano argumentó largamente que el conflicto
con
Pedro (Gal 2,13-14) no debe exagerarse, que la conexión de Cristo con
el
Creador es perceptible en Lucas, y que las cartas paulinas están en
perfecta
consonancia con el AT (Adv. Marc. libros 4-5): 1 Cor 1,18-25 y 5,7
contradicen
a Marción, 2 Cor 3 no contempla dos dioses, Rom 8,3 no admite lectura
docética
(«similar» se refiere a «pecado», no a «carne») y Col 1,15-17 vincula a
Cristo
con la creación. Por vulnerable que sea la exposición marcionita, queda
el
hecho incómodo de que Marción expuso con agudeza «el problema de
Pablo»: la
complejidad y sutileza de una teología que trataba de mantener unidas
la
revelación anterior (la religión y las Escrituras de Israel) y la nueva
revelación en Cristo, proclamando una fe judía a un público gentil. No
en vano
2 Pedro hablaba de «algunas cosas difíciles de entender» (3,16). En el
paulinismo de Marción tenemos el ejemplo clásico de un aspecto
abstraído de un
sistema más complejo y llevado al extremo; simplificar así una teología
tan
profunda era traicionarla. Y, sin embargo, fue probablemente Marción
quien
impulsó a los teólogos cristianos a estudiar a Pablo en profundidad, en
vez de
limitarse a citarlo.
47.6. Pablo e
Ireneo
El
comienzo del estudio serio del Apóstol lo marca Ireneo, «el primer gran
expositor de Pablo». Familiarizado con todo el corpus, citaba sus
cartas con
regularidad y proporciona prueba irrefutable de que hacia el fin del
siglo II
circulaban ampliamente, ya reunidas en colección (Ireneo residía en la
actual
Lyon). No le resultaba embarazoso su uso: sabía que valentinianos y
Marción se
habían servido de Pablo, pero confiaba en poder demostrar la invalidez
de tal
uso. Para él no había duda de que Pablo era «el Apóstol» cuya doctrina
estableció la fe de la gran Iglesia.
Ireneo
no se limitó a citar: hizo teología con Pablo y a través de él. Realizó
cuidadosa exégesis de 2 Cor 4,4, Gal 3,19 y 2 Tes 2,8 (Adv. haer.
3.7.1-2),
mostró claro entendimiento de Gal 3, Rom 9, Rom 4 y 2 Cor 3 en el libro
cuarto,
e intentó largamente refutar la lectura errónea de 1 Cor 15,50,
entendiendo «la
carne y la sangre» como «los que no tienen en sí el Espíritu de Dios»
(libro
quinto). Sobre todo, construyó su teología sobre Pablo en la tesis de
la
recapitulación: Cristo, la Palabra, resumió a Adán en sí (apoyándose en
Rom
5,14 y 1 Cor 15,20-22), «reconstituyó la raza humana» y recapituló en
su
persona la obra original del Padre. Esto le permitió refutar a quienes
negaban
la salvación de Adán y, especialmente, las soteriologías de
valentinianos y
marcionitas: fue el mismo Dios quien hizo a Adán y envió a su Hijo, y
la
asunción de la carne por el Hijo asegura la resurrección de la carne
(«si la
carne no fuera susceptible de ser salvada, la Palabra de Dios de ningún
modo se
habría hecho carne», 5.14.1). El genio de Ireneo mezcló la cristología
adánica
de Pablo con la cristología encarnacional de Juan para ofrecer una
verdadera
teología bíblica.
Un
corolario significativo es que, aunque la muerte de Cristo sigue siendo
punto
de conflicto con los gnósticos, el énfasis paulino en la cruz como
sacrificio
de expiación queda al margen: lo destacado es la muerte de Cristo como
destrucción de la muerte y reversión de la corrupción de Adán (Rom
5,12-21).
Más importante aún: Ireneo no siguió a la gran Iglesia en leer a Pablo
a través
de las pastorales y Hechos, sino que formó su teología por interacción
directa
con las cartas principales, especialmente Romanos y 1 Corintios,
asegurando que
la teología paulina fuese una dinámica fructífera para el cristianismo
posterior. Fue Ireneo quien puso a Pablo en el centro de la teología
cristiana,
abriendo el camino a un continuado comentario exegético —de Tertuliano
y
Orígenes a Crisóstomo, Teodoro de Mopsuestia y, en Occidente, Mario
Victorino,
Ambrosiaster, Jerónimo y Agustín.
En resumen
Pablo
ha permanecido como una figura antagónica y problemática en la historia
del
cristianismo, y sus cartas tan provocativas como confirmatorias. Pero
precisamente por ello son tan valiosas dentro del canon. Pablo —como
hizo
Jesús— impide que un cristianismo provisto de su canon se vuelva
demasiado
satisfecho de sí mismo y conformista, demasiado contento con una
identidad
confortable o con un sistema bellamente coherente. Que un judío
creyente en
Jesús pudiera condenarlo como apóstata, o que un Valentín o un Marción
hallaran
en él inspiración para sistemas divergentes, debe ser advertencia
continua de
que una teología simplistamente trabada o una Iglesia demasiado cómoda
ha
perdido a Pablo. Al mismo tiempo, que pudiera inspirar a Ireneo, a
Agustín y a
Lutero es ya suficiente carta de presentación. Una Iglesia o teología
de tipo
paulino tendrá siempre tensiones internas y favorecerá diversas formas
y
expresiones. Tal fue el papel inicial de Pablo: cuestionar
presuposiciones y
presunciones y recordar a las Iglesias de todas las generaciones que el
núcleo
de la cuestión es siempre una pura confianza en la gracia y
misericordia del
Dios y Padre del Señor Jesucristo. Es un papel que Pablo sigue
desempeñando.
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