El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Decimotercera parte. La influencia continua de Pablo y Pedro
Capítulo 48. Pedro
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
48.1. Introducción
De las tres figuras principales de la primera
generación del cristianismo
embrionario, Pedro es la que suscita mayor intriga. El impacto de Pablo
es
indudable, tanto por las iglesias que fundó como por las cartas que
legó, donde
definió con agudeza su teología. También Santiago dejó una clara
impresión de
su importancia como figura fundacional, perceptible en la carta a él
atribuida
y en los escritos judeocristianos. Pero en el caso de Pedro las nieblas
de los
siglos I y II se hacen más densas y resulta difícil distinguir sus
rasgos
sobresalientes.
La tradición evangélica, ya difundida en la
primera generación, recordaba
a Pedro/Cefas como el primer nombrado de los Doce, su líder y portavoz,
y como
el primero de los tres discípulos más íntimos de Jesús (Pedro, Santiago
y
Juan). Pablo cita como tradición credal reconocida que Jesús resucitado
se
apareció primero a Cefas (1 Cor 15,5), gesto honorífico e indicio de
una
relación especial con el Señor exaltado. Y Lucas pudo servirse de buena
tradición sobre Pedro como primer dirigente de lo que llegó a ser la
iglesia de
Jerusalén (Hch 1–5; Gál 1,18).
Después la niebla se espesa. Lucas refiere que
Pedro consolidó la misión
en Samaría (Hch 8), ejerció un ministerio activo y curativo en la costa
de
Judea (Hch 9,32-43) y, muy notablemente, tomó la inesperada iniciativa
de abrir
el evangelio a los no judíos (Hch 10–12). Más allá de esto su actividad
se
oscurece: durante la persecución de Herodes Agripa, Pedro desaparece de
Jerusalén y marcha «a otro lugar» (12,17), cuya identidad nunca se
revela.
Pablo y Lucas refieren de modo diverso la
participación de Pedro en la
conferencia de Jerusalén y su conformidad con el acuerdo de que los
creyentes
gentiles no necesitaban circuncidarse (Gál 2,1-10; Hch 15). Según
Hechos, los
argumentos decisivos los presentó Pedro, pero la decisión conclusiva la
tomó
Santiago, que era realmente primus inter pares (Gál 2,9). La
responsabilidad de Pedro quedó fijada en la misión a sus compatriotas
judíos
(Gál 2,8-9). Su posterior conducta en Antioquía —renunciar a comer con
creyentes gentiles (Gál 2,12)— sugiere que era muy consciente de esa
responsabilidad y que no quería ofender innecesariamente a los judíos,
alineándose con Santiago en una política más restrictiva sobre la plena
hermandad con los gentiles (posiblemente la del «decreto apostólico»).
Por Pablo sabemos además que Pedro (Cefas) partió
en misión acompañado de
su mujer (1 Cor 9,5) y que su influencia fue un factor en el
faccionalismo
potencial de Corinto (1 Cor 1,12; 3,22), aunque no haya indicios
sólidos de una
visita suya a esa ciudad. Precisamente si no la visitó, el que su
nombre se
convirtiera en una consigna entre los corintios atestigua la alta
estima que se
le tenía incluso más allá de las áreas donde había trabajado.
En suma, los indicios de la primera generación
dejan una imagen irregular
y confusa de Pedro. En particular, ¿cuál era su posición ante la
cuestión que
más dividió a la primera generación: la plena pertenencia de los
creyentes
gentiles al pueblo de Dios sin adoptar los marcadores de la alianza
(circuncisión y leyes de pureza)? ¿Se situó entre Santiago y Pablo,
procurando
mantener cohesionada a la primera generación, apoyando a veces a uno y
a veces
a otro? Su ausencia de los capítulos finales de Hechos aumenta la
intriga. Para
seguir explorando su influencia continua en el siglo II hay que
examinar las
fuentes disponibles: las cartas petrinas; los indicios de su
importancia en
otros escritos neotestamentarios de la segunda generación; los Padres
apostólicos y los apologetas; el Pedro apócrifo, y el Pedro de los
textos
judeocristianos y legendarios.
48.2. Las cartas de Pedro
Las cartas atribuidas a Pedro, 1 y 2 Pedro, no
ofrecen el punto de
partida que cabría esperar. En el caso de Pablo se cuenta con un buen
número de
cartas casi universalmente reconocidas como suyas, que dan clara
información
sobre sus movimientos y su pensamiento. En el de Santiago, la carta a
él
atribuida representa con probabilidad su enseñanza en contenido y
estilo. Con
las cartas de Pedro, en cambio, el caso es bastante distinto.
a. 1 Pedro
La frustración con 1 Pedro es intensa. De las
tres cartas «fundacionales»
(Efesios para Pablo, Santiago para Santiago, 1 Pedro para Pedro), esta
es la
menos convincente como representación de la enseñanza característica de
aquel a
quien se atribuye, porque sabemos muy poco de lo distintivo de la
predicación
de Pedro por las otras fuentes del NT.
Pero quizá ahí esté la clave de por qué se
escribió y se le atribuyó. Tal
vez se valoraba precisamente por no ser distintiva: expresaba creencias
sobre
Jesús que eran parte integral de la fe común y que unían a los
creyentes de
muchas provincias romanas; hablaba a cristianos conscientes de vivir en
un
mundo hostil y amenazados de persecución; y ofrecía un modelo de cómo
debían
ser iglesia. Esto sugeriría que, tras el año 70, Pedro no era visto
como jefe
de una facción, sino como alguien que ponía el acento en lo común de la
fe y la
praxis cristianas, aquello que mantenía aglutinados a los creyentes.
Dos rasgos
más refuerzan esta lectura.
El primero es el enigma de si la carta se dirige
a creyentes judíos o
gentiles. Si a judíos, concordaría con la tradición de que la misión de
Pedro
se orientaba a ellos, reafirmándolos en zonas (Ponto, Galacia,
Capadocia, Asia,
Bitinia) donde dominaba la misión a los gentiles; y, al no reflejar
tensión ni
divisiones, se valoraría por subrayar lo común frente a lo que dividía.
Si a
gentiles, sorprende el uso de temas característicamente israelitas para
describir a los destinatarios («raza elegida, sacerdocio real, nación
santa,
pueblo de la posesión de Dios», 1 Pe 2,9), junto a la fuerte impronta
del AT y
el énfasis en las profecías cumplidas por Jesús: el propósito sería
llevar a
los gentiles a un modelo de fe característicamente judío. En ambos
casos la inferencia
es la misma: la figura de Pedro se recordaba como fuerza unificadora y
no
divisiva, a diferencia de Pablo y Santiago.
El otro aspecto interesante es el carácter
marcadamente paulino de la
carta: la expresión «en Cristo», la idea de los «carismas» como dones
de
servicio y de palabra (4,10-11) o la de compartir los sufrimientos de
Cristo
(4,13). Esto va a contrapelo de la oposición entre Pablo y Pedro que
cabría
deducir de Gál 2,12 y 1 Cor 1–12, y quizá fuera deliberado: el Pedro
dedicado
al ministerio entre los judíos emplea el mismo lenguaje que Pablo,
dedicado al
ministerio entre los gentiles. Que, como Pablo, 1 Pedro entremezcle la
parénesis con la tradición de Jesús sugiere que la carta se valoraba
por unir
la influencia fundacional de Jesús con las secciones potencialmente
divergentes
de la misión a judíos y a gentiles. Pedro queda así descrito como una
figura
unificadora que articulaba grupos diversos.
b. 2 Pedro
No está nada claro qué pensar de 2 Pedro. Su
seudonimia se da por
supuesta entre los estudiosos serios y no hay indicio de que fuera
conocida en
el siglo II, de modo que lo que diga de Pedro procede en el mejor de
los casos
de deducciones. Con todo, es muy probable que se compusiera en la
primera mitad
del siglo II; el que llegara a ser lo bastante estimada para incluirse
en el
canon recomienda descartar una datación más tardía, y eso ya dice algo
sobre la
estima hacia Pedro en aquel siglo.
La carta recurre a tradiciones primitivas sobre
la estrecha relación de
Pedro con Jesús: la transfiguración (compartida con Santiago y Juan),
como
testimonio personal, y la predicción joánica de la muerte de Pedro,
también
como testimonio personal. Ambas evocaciones son altamente honoríficas,
sobre
todo porque podrían haberse incluido en su lugar las tradiciones sobre
su
deslealtad y negación. Esto sugiere que se le estimaba precisamente por
esa
relación íntima con Jesús y por el honor que el Maestro le dispensó.
Es notable también que 2 Pedro incorpore buena
parte de la Carta de
Judas, valorada por atribuirse al hermano de Jesús y de Santiago. Ello
conecta
firmemente la carta con la familia de Jesús, en torno a la cual se
reunieron
los creyentes de Jerusalén antes y después del año 70, y confirma que
se
recordaba a Pedro manteniendo lazos estrechos con los primeros líderes
judíos
creyentes en Jesús. El carácter apocalíptico de las exhortaciones de
Judas y de
2 Pedro es típicamente judío y podría reflejar reacciones de aquellos
creyentes
ante las calamidades de las dos rebeliones fallidas contra Roma.
Un tercer aspecto es la estima hacia Pablo,
«nuestro querido hermano» (2
Pe 3,15), cuyas cartas son vistas como autoritativas, de hecho como
«Escrituras» (3,16). El grupo que las tenía por Escritura debía aprobar
la
misión paulina a los gentiles. Al mismo tiempo, reconocer que esas
cartas eran
malinterpretadas por «falsos maestros» (2,1; 3,16) podría indicar
conocimiento
de su uso por grupos gnósticos o por Marción. Se oye aquí la voz de la
gran
Iglesia, que trata de conservar a Pablo como uno de sus portavoces
evitando que
lo capte una corriente gnostizante radical. Y es significativo que tal
enaltecimiento de Pablo se atribuya a Pedro: si a 2 Pedro corresponde
algún
mérito por retener el radicalismo paulino dentro de la ortodoxia, esa
deuda
bastaría para asegurarle su puesto en el canon.
Pese a sus diferencias, 1 y 2 Pedro hacen un
trabajo similar y refuerzan
la impresión de que en el siglo II se veía a Pedro como un constructor
de
puentes (pontifex), que mantenía unidas las otras tres
influencias
formativas de la primera generación —la tradición de Jesús, Santiago y
Pablo—,
cada una de ellas apartada de las demás por ideologías parasitarias o
fuerzas
polarizadoras. Pedro era, en cambio, una fuerza estabilizadora; menos
interesante por menos controvertida, pero el vínculo que impedía que la
cadena
de la gran Iglesia se desuniera. Es mucho deducir solo de las cartas
petrinas:
hay que seguir investigando.
48.3. Pedro en el resto del Nuevo
Testamento
Fuera de 1 y 2 Pedro, (Simón) Pedro/Cefas solo
aparece en el NT en los
cuatro Evangelios y en algunas cartas de Pablo (1 Corintios y Gálatas).
Conviene recordar que Pablo reconoció cierta primacía de Pedro en el
establecimiento del evangelio (1 Cor 15,5); que al recurrir a él (Gál
1,18)
reconoció su papel de líder de los primeros discípulos y, por tanto, el
mejor
recurso para reeducarse sobre la misión de Jesús; que reconoció sin
reservas su
labor misionera; y que el respeto de Pablo por Pedro no quedó seria ni
duraderamente dañado por el desacuerdo de Antioquía (Gál 2,12-16) ni
por las
tensiones de Corinto.
a. Marcos
Aquí cuenta la tradición de Papías de que Marcos
fue intérprete de Pedro,
testimonio de la importancia atribuida a Pedro en la primera mitad del
siglo II
como testigo principal de la misión y la enseñanza de Jesús. Que el
propio
Marcos no lo destaque podría deberse a que tal dependencia era
demasiado
conocida. Esa dependencia se reflejaría en la prominencia que da a
Pedro como
primera y última persona nombrada (Mc 1,16; 16,7), formando una
inclusión;
cerca del final, el mensaje angélico es explícitamente «para sus
discípulos y
para Pedro», lo que tranquiliza al lector de que la negación no se
mantuvo
contra él ni debilitó su liderazgo. Si Marcos obtuvo su retrato del
propio
apóstol, el corolario es que fue Pedro mismo quien dio prominencia a su
papel
sin ocultar sus fallos. Sea cual fuere la fuente, el rasgo
sobresaliente es que
Pedro era el más prominente de los Doce.
b. Mateo
Es probablemente Mateo el Evangelio que determinó
la importancia de Pedro
y aseguró su primacía. Frente al escueto «Tú eres el Cristo» de Mc 8,29
(y Lc
9,20), Mt 16,16-19 ofrece el relato más completo de la confesión de
Cesarea de
Filipo, con la bienaventuranza a «Simón, hijo de Jonás», la designación
como
«roca» (Petros / petra) sobre la que se edificará la Iglesia, la
promesa
de que las puertas del Hades no prevalecerán y la entrega de «las
llaves del
reino de los cielos» con el poder de atar y desatar.
El juego de palabras Petros / petra es
evidente en griego, pero
era igualmente eficaz en arameo (Kepha). Que Pedro fuera
conocido como
Cefas lo atestiguan Pablo y Juan, por lo que debió de recibir ese
sobrenombre
en la primera generación, probablemente de boca del propio Jesús (Jn
1,42 lo
sitúa al comienzo del discipulado, al margen del contexto mateano). Aun
así,
fue la versión de Mateo la que estableció el sobrenombre y su
significación a
partir de la segunda generación.
En este pasaje clave Jesús asigna a Pedro la
categoría de roca-fundamento
de la Iglesia. Que el término «Iglesia» (ekklésia) refleje un
vocabulario eclesiológico posterior no altera el efecto de la imagen, y
no hay
que exagerar su incompatibilidad con 1 Cor 3,11 («el fundamento es
Jesucristo»)
ni con Ef 2,20 (fundamento son los apóstoles y profetas, con Cristo
como piedra
angular). El poder de atar y desatar se concede luego a todos los
discípulos
(Mt 18,18), lo que hace de Pedro más un primus inter pares que
una
autoridad única; pero la entrega de las llaves se reserva solo a él.
Dado que
Mateo fue el Evangelio más influyente del siglo II, todo el peso de Mt
16,16-19
recayó sobre la importancia de Pedro entre los creyentes posteriores al
año 70,
asegurándole una relevancia por encima de la de cualquier otro.
c. Lucas-Hechos
Lucas sigue a Marcos al destacar el liderazgo de
Pedro, pero centra aún
más el foco en él. Mientras Marcos y Mateo narran la llamada conjunta
de Pedro,
Andrés, Santiago y Juan, Lucas refiere solo la llamada a Pedro (Lc
5,1-11), en
el contexto de la pesca milagrosa, cuyo clímax es la humilde confesión
«Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador»; la comisión «serás
pescador de
hombres» se dirige solo a Simón.
Exclusivo de Lucas es el anuncio de la negación
con la oración de Jesús
por Pedro: «Simón, Simón… he rogado por ti, para que tu fe no
desfallezca; y
tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32),
comisión para
un ministerio pospascual paralela al encargo joánico de apacentar las
ovejas.
Lucas añade además que «el Señor se volvió y miró a Pedro» (22,61-62) y
es el
único Evangelio que confirma que el resucitado se apareció primero a
Simón (Lc
24,34; cf. 1 Cor 15,5). Esta prominencia al comienzo y al final de la
narración
indica que, después de Jesús, Pedro era recordado como el más
prominente de los
discípulos por su estrecha relación con él.
El énfasis en su liderazgo se mantiene y acentúa
en Hechos. Aunque Pedro
y Juan aparecen asociados (caps. 3–5 y 8), Juan queda en la sombra. Lo
más
interesante es que Lucas impugna las tensiones entre Pablo y Pedro
poniendo sus
misiones en paralelo: ambos predican el mismo mensaje, curan a un
tullido,
predican movidos por el Espíritu, reaccionan con dureza ante el engaño,
obran
asombrosas curaciones, transmiten el Espíritu Santo, triunfan sobre
magos,
curan postrados en cama, resucitan muertos, refrenan a quienes quieren
adorarlos y son liberados milagrosamente de prisión. Para Lucas no
había
antagonismo, sino sociedad en una misión compartida; con ello quiso
evitar la
impresión de que Pablo empequeñecía a Pedro.
Lo más curioso es que, aun reconociendo que
Cristo encargó especialmente
a Pablo la misión a los gentiles, Lucas atribuye a Pedro el avance del
evangelio entre ellos (caps. 10–11): el precedente de Felipe con el
eunuco
etíope se trata brevemente, y el episodio de Cornelio en Cesarea recibe
cinco o
seis veces más atención. En la conferencia de Jerusalén la contribución
decisiva se atribuye a Pedro (15,7-11), con Bernabé y Pablo en papel
secundario, frente al recuerdo paulino de Gál 2,1-10. La antigua tesis
de Baur
—Hechos como escrito tardío para reconciliar partidos opuestos de Pedro
y
Pablo— era demasiado tendenciosa; pero algo acertaba: con Hechos se
corrió un
velo sobre las tensiones históricas, presentando a ambos como almas
gemelas en
la expansión del cristianismo.
Aunque Lucas-Hechos no fue tan influyente como
Mateo, los dos volúmenes
fueron bastante conocidos e inspiraron escritos posteriores como los Hechos
de Pablo. Es razonable deducir que añadieron considerable peso a la
figura
de Pedro a comienzos del siglo II, presentándolo como el discípulo
principal
especialmente próximo a Jesús, el primer líder de la iglesia de
Jerusalén,
pionero —como Pablo— en la expansión fuera de Palestina hacia los no
judíos, y
una fuerza más conciliadora que divisiva. Se acentúa así su función de
puente (pontifex)
entre la misión de Jesús y los comienzos del cristianismo y entre las
dos
corrientes potencialmente divergentes de los seguidores de Cristo.
d. Juan
En el cuarto Evangelio una preocupación principal
parece ser introducir
un contrapeso a la precedencia de Pedro mediante «el discípulo amado»
(Jn
13,23.25) y el importante papel de María Magdalena como apostola
apostolorum
(Jn 20,1-18), anticipo de su prominencia en el Evangelio de María
y en
el ministerio femenino. Aun así, Juan sigue destacando a Pedro: Andrés
es «el
hermano de Simón Pedro» (1,40); solo en Juan cambia Jesús el nombre a
Cefas en
el primer encuentro (1,42); y es Pedro quien hace la confesión joánica
equivalente: «Tú eres el Santo de Dios» (6,68). También aparecen
escenas
embarazosas —su negativa a que Jesús le lave los pies (13,4-10) o el
intento de
defenderlo con la espada (18,10-11)— y en la última cena es solo uno
más de los
interlocutores.
El verdadero interés está en los relatos de la
resurrección. Juan dice
que Pedro fue el primero en entrar en el sepulcro vacío (20,2-7; cf. Lc
24,12),
pero no confirma que fuera el primero en ver al resucitado. En el
capítulo 21,
probablemente añadido, la pesca milagrosa en Galilea no se aprovecha
para
desarrollar esa relación especial; pero poco después Jesús dedica plena
atención a Pedro y le arranca una triple confesión de amor, seguida
cada vez de
un encargo pastoral: «Apacienta mis corderos», «Cuida mis ovejas»,
«Apacienta
mis ovejas» (21,15-17). Pedro queda establecido como pastor del rebaño
del que
Jesús había hablado en el cap. 10. Luego Jesús predice su muerte
(21,18-19),
posible alusión a la tradición de su crucifixión, y le ordena:
«Sígueme» (21,19),
orden propia de un seguidor preeminente.
48.4. Pedro en los
Padres apostólicos y en
los apologetas
Si la imagen de Pedro se mantiene tan alta a lo
largo de los Evangelios,
cabría esperar que se le siguiera atribuyendo elevada categoría y se le
citara
con frecuencia en los escritos más representativos del cristianismo
mayoritario
de la primera mitad del siglo II. Sorprendentemente, no es así: las
referencias
a Pedro son menos que las hechas a Pablo (salvo en Papías), y los
indicios de
alusiones a 1 Pedro son mucho más dudosos que las —mucho más
abundantes— a las
cartas paulinas.
a. Referencias a
Pedro
La búsqueda empieza bien pero decepciona. 1
Clemente tiene una
sola referencia: Pedro y Pablo son elegidos como «los más altos y
rectos
pilares», y Pedro es nombrado primero, pese a que el vínculo
Roma-Corinto en
que se apoya el escrito procedía de Pablo. Esto sugiere que ya antes de
acabar
el siglo I se consideraba a Pedro el apóstol líder y la más alta
autoridad
eclesiástica en Roma.
Ignacio de Antioquía lo menciona dos veces. En IgnRom
4,3 lo
nombra junto a Pablo («Pedro y Pablo… ellos eran apóstoles»), de nuevo
a Pedro
primero, pese a que su itinerario y expectativas reflejaban más las de
Pablo.
En IgnEsm 3,2-3 describe la aparición del resucitado «a los que
estaban
con/alrededor de (peri) Pedro», presentándolo como figura
central en
torno a la cual se reunían los demás; es notable que dé por supuesto
que los
discípulos estaban reunidos alrededor de Pedro aludiendo a Lc 24,39,
donde Pedro
no se menciona. Es, sin embargo, el único ejemplo de tal suposición en
los
Padres apostólicos.
Las demás referencias proceden de Papías, citado
por Eusebio: la famosa
tradición de Marcos como intérprete de Pedro. Extraña, no obstante, que
al
enumerar sus fuentes Papías no singularice a Pedro («lo que dijeron
Andrés o
Pedro, o Felipe, Tomás, Santiago, Juan, Mateo…»), y que se le recuerde
más por
haber oído al apóstol Juan.
Los apologetas apenas tratan la categoría de
Pedro. La excepción es
Justino Mártir, que en el Diálogo con Trifón menciona dos veces
que
Jesús puso a Simón el sobrenombre de Pedro (100,3; 106,3), teniendo en
mente el
relato mateano de la confesión; sus alusiones confirman que Mt 16,16-19
era muy
conocido y objeto de reflexión, aunque sorprende que no mencione la
residencia
o el martirio de Pedro en Roma. También Ireneo apenas lo menciona:
recuerda Mt
16,17 dos veces, pero para él «el Apóstol» por excelencia es Pablo; usa
Hechos
10 en clave antimarcionita (Adv. haer. 3,12,7). Orígenes, en Contra
Celso, lo llama «primicia de los apóstoles» y subraya que Pedro
observó
largo tiempo las costumbres de la Ley mosaica, proporcionando un nexo
con los
creyentes judíos. Clemente de Alejandría (Stromata 7, en
Eusebio, HE
3,30,2) refiere cómo Pedro animó a su esposa camino del martirio
—«¡Acuérdate
del Señor!»—, ejemplo que muestra ya un comienzo de hagiografía.
b. Posibles ecos
de 1 Pedro
Los indicios más marcados de dependencia de 1
Pedro están en la Carta
a los Filipenses de Policarpo, con tres casos manifiestos (Polic
1,3 / 1 Pe
1,8.12; Polic 8,1 / 1 Pe 2,21-24; Polic 10,2 / 1 Pe 2,12). En los demás
casos
las coincidencias son poco convincentes y apuntan más a un uso
litúrgico y
catequético compartido que a conocimiento directo de la carta. En 1
Clemente e
Ignacio los posibles ecos son débiles; tampoco resultan persuasivos en
la
Didajé, Bernabé, el Pastor de Hermas o 2 Clemente, y aún menos en los
apologetas. Las primeras citas explícitas de 1 Pedro están en Ireneo.
Cabe concluir que probablemente hubo conocimiento
de 1 Pedro y que
contribuyó en alguna medida al lenguaje litúrgico y parenético de las
iglesias
del siglo II, pero no que se usara con frecuencia ni que fuera objeto
regular
de cita. A diferencia de Pablo, la reputación de Pedro no dependía de
lo que
hubiera escrito; por eso esta carta añade poco a nuestro conocimiento
de cómo
se le consideraba.
48.5. Pedro el
judeocristiano
Aquí se vuelve a la literatura seudoclementina.
La carta de Pedro a
Santiago que introduce las Homilías presenta a Pedro
escribiendo a
Santiago, «el señor y obispo de la santa iglesia» (Epistula Petri
1,1),
y solicitando su ayuda: Pedro aparece, pues, en papel subordinado a
Santiago.
A Pedro le preocupa que los gentiles entiendan
mal su predicación y,
sobre todo, que se piense que enseña «la disolución de la Ley» (2,4),
opinión
que rechaza con firmeza. Esto sugiere que tras su muerte era visto como
figura
ambigua, a quien los gentiles atribuían una observancia menos estricta.
La
carta sería un intento de los judíos creyentes en Jesús de recuperar a
Pedro
como fiel a la Ley y reconocedor del ejemplo de Santiago; la respuesta
de este
implica que los libros con predicaciones de Pedro se consideraban
peligrosos y
que se restringió su circulación. La referencia a «el hombre que es mi
enemigo»
(casi ciertamente Pablo) y el paralelo con Homilías 17,18-19,
que mezcla
a Pablo con Simón el Mago, sirven para distinguir nítidamente a Pedro
de Pablo
y para asociar estrechamente a Pedro con Santiago en su oposición a
aquel.
La Carta de Clemente a Santiago incluye
una introducción sumamente
laudatoria: Simón, nombrado «piedra fundamental de la Iglesia», recibió
de
Jesús el sobrenombre de Pedro (Mt 16,17-18); fue «primicia del Señor»,
el
primero de los apóstoles, a quien primero el Padre reveló a su Hijo (1
Cor
15,5), llamado «bienaventurado», escogido como compañero de mesa y de
viaje, y
encargado de iluminar la parte más oscura del mundo, el Occidente (cf.
1 Clem
5,7). Pedro nombra obispo a Clemente y le confía su cátedra y «la
autoridad
para atar y desatar».
El texto encierra dos posibilidades de interés:
que se quisiera atribuir
a Pedro la misión paulina de iluminar a los gentiles (cf. Hch 26,18; 1
Clem
5,7), y que Clemente supliera de hecho a Marcos como fiel compañero y
recopilador de las enseñanzas de Pedro. De nuevo se vincula a Pedro con
una
visión judía más tradicionalista del cristianismo. Más duradera, sin
embargo,
era la estima debida a su posición favorecida en Mt 16,17-19. La
afirmación de
que Clemente, obispo de Roma, fue nombrado por Pedro supone un gran
paso hacia
la doctrina de la sucesión apostólica con el Papa como sucesor de
Pedro. Es
notable, además, que —a diferencia del Pablo de los Hechos apócrifos—
no haya
mujeres entre los discípulos de Pedro ni entre quienes designa para
cargos.
Dada la popularidad de las seudoclementinas (atestiguada por el gran
número de
manuscritos latinos), su influencia debió de ser importante en el
establecimiento del dominio de Pedro en la eclesiología de la gran
Iglesia.
48.6. El Pedro
apócrifo
La variedad de escritos que llevan el nombre de
Pedro provoca sospecha,
pues sugiere la motivación «si otros tienen Evangelios, Hechos y
Apocalipsis,
¿por qué no Pedro?». De ser así, implicaría que Pedro era considerado
tan
preeminente que parecía un asunto de honor atribuirle ese tipo de
obras; ya no
importaba tanto que reflejaran su enseñanza como que lo enseñado fuera
lo
bastante apropiado para llevar su nombre. También esto dice algo sobre
la
estima hacia Pedro a lo largo del siglo II.
a. Kerygma
Petrou
Clemente de Alejandría lo tomó por relato genuino
de la predicación de
Pedro; Orígenes lo cuestionó. Presenta a Pedro como misionero que
recuerda el
encargo de predicar a Israel (lenguaje próximo a Rom 10,14-18) y la
misión
universal de Mt 28,19. En él Pedro distancia a los cristianos como una
tercera
«raza» frente a griegos y judíos, rechazando tanto la religión judía
como la
idolatría gentil. Si se escribió en las primeras décadas del siglo II,
supuso
una transformación rotunda: sacó a Pedro de su contexto judío y lo
alineó con
un cristianismo que adquiría posición independiente en el mundo
helenístico,
asegurándolo como portavoz del cristianismo de la «tercera raza».
b. Evangelio de
Pedro
No aporta información adicional sobre Pedro.
Presenta el relato de la
pasión y resurrección como testimonio en primera persona («Yo, Simón
Pedro, y
mi hermano Andrés…»), pero deriva claramente de los Evangelios
canónicos, deja
a Pedro fuera del episodio del sepulcro vacío y no muestra interés en
promoverlo como testigo del resucitado. De circulación limitada, solo
indica
que Pedro era una elección natural como narrador de una presentación
novelística, atribución que pudo llevar a Serapión a aceptarlo
inicialmente
para el uso eclesial; más significativa es la alta estima de Serapión:
«recibimos a Pedro y a los otros apóstoles como a Cristo» (Eusebio, HE
6,12,3).
c. Hechos de Pedro
Añaden poco. Reelaboran la tradición de Hechos 8
sobre Pedro y Simón el
Mago —núcleo del documento—, y recogen episodios como el caminar sobre
las
aguas, su negación, el recuerdo de «soy un pecador» (cf. Lc 5,7) o la
majestad
de Cristo en el monte santo (próximo a 2 Pe 1,17-18), con ecos de 1
Pedro y del
Evangelio de Juan. Junto con los Hechos de Pablo —donde
aparecen nuevos
vínculos entre ambos apóstoles— muestran que la veneración por los dos
creció a
la vez. El contraste es que Pedro era el heresiólogo preeminente,
vencedor del
archihereje Simón el Mago, mientras que las enseñanzas de Pablo se
tergiversaban con facilidad; irónicamente, el que el papel docente de
Pedro no
se recordara especialmente lo libró de interpretaciones peligrosas.
Pese a su
clasificación de «apócrifo», los Hechos de Pedro —sobre todo el
Martirio
de Pedro— se usaron ampliamente en iglesias de la corriente
principal,
reflejo de la estima que se le tenía.
d. Hechos de Pedro
y los Doce Apóstoles
Es valioso solo en cuanto confirma que Pedro era
venerado como líder y
portavoz principal de los Doce. La alusión a Mt 16,16.18 (imposición
del
nombre) confirma el papel decisivo que ese pasaje tenía ya en su
categoría.
e. Apocalipsis de
Pedro
Pedro es la figura principal en el diálogo con
Jesús tomado de Mt 24, que
introduce la descripción del juicio final. Muy notable es el encargo
del Señor:
«Ve a la ciudad de Occidente» (¿Roma?) a difundir el evangelio en paz
(14,4-6);
de nuevo la misión propia de Pablo se transfiere a Pedro sin mención
alguna de
aquel. Que la sección concluya comentando el papel de Pedro en la
transfiguración (Mt 17,1-8; cf. 2 Pe 1,16-18) indica que ese pasaje,
junto con
Mt 16,17-19, fue factor importante en la hagiografía que se
desarrollaba en
torno a Pedro. El Apocalipsis de Pedro copto, por su parte,
solo recluta
a Pedro para la antropología y cristología gnósticas, mostrando hasta
qué punto
era parte integral de la identidad cristiana.
f. Carta de Pedro
a Felipe
Como «diálogo de revelación» más gnóstico que
cristiano, nada acrecienta
nuestro conocimiento, salvo demostrar de nuevo que Pedro era una figura
autoritativa a la que importaba atribuir el mensaje de salvación. Su
conclusión
—los apóstoles parten «con cuatro palabras a fin de predicar»— puede
aludir a
los cuatro Evangelios, ya reconocidos como Escritura cristiana, pasando
por
alto que pudiera haber otros de igual mérito.
g. Apócrifo de
Santiago
En el Apócrifo de Santiago de Nag
Hammadi, Santiago describe el
texto como «un libro secreto que el Señor nos reveló a Pedro y a mí»
(1,1,10-12). La asociación con Santiago busca potenciar la revelación
atribuida
a este con el peso de la autoridad petrina.
h. Basílides
Según Clemente de Alejandría (Strom.
7,17), Basílides afirmaba que
su maestro había sido Glaucias, «el intérprete de Pedro», posiblemente
como
modo de contrarrestar la tradición Pedro-Marcos corriente en los
círculos
eclesiásticos alejandrinos.
i. Epistula
Apostolorum
Sus dos menciones de Pedro son de interés. En EpApost
2, en la
lista de apóstoles, Pedro es nombrado tras Juan y Tomás y,
curiosamente, se le
distingue de Cefas, lo que dio margen a quienes querían separar a Pedro
del
Cefas de Gál 2,11-14. En EpApost 11 se recuerda la triple
negación, pero
también la invitación de Jesús a poner el dedo en las llagas; que Pedro
figurara entre «algunos que dudaron» (Mt 28,17) implica que
representaba a
quienes, tras tocar al resucitado, quedaron convencidos de que «había
resucitado
en la carne».
j. Pedro y Roma
Hay que mencionar la leyenda de la fundación por
Pedro —o por Pedro y
Pablo— de la iglesia de Roma, atestiguada primero por Ireneo (Adv.
haer.
3,3,2). Pero había reuniones cristianas en Roma antes de Pablo (como
atestigua
Romanos), y si Pedro hubiera estado allí antes, Pablo lo habría
indicado; los
únicos apóstoles vinculados a reuniones prepaulinas son Andrónico y
Junia (Rom
16,7). Por eso, aunque es muy probable que Pedro sufriera martirio en
Roma,
atribuirle la fundación de su iglesia merece la misma sospecha
histórica que
las afirmaciones de que fue apóstol fundador de Corinto o primer obispo
de
Antioquía.
Que Pedro era la figura más prestigiosa de la
corriente principal se
confirma, además, en que otros grupos vieron la necesidad de minar la
primacía
a él conferida: las seudoclementinas lo presentan pidiendo el apoyo de
Santiago; en EvTom 13 su confesión queda muy atenuada y es Tomás quien
recibe
la revelación secreta; y en el Evangelio de María se le
recrimina por
dudar de la enseñanza secreta dada a María, «a quien el Salvador amaba
más que
a nosotros». Si otros grupos creyeron necesario cuestionar su autoridad
y su
relación privilegiada con Jesús, cabe inferir que Pedro no solo era muy
estimado en la gran Iglesia, sino que esta basaba sus afirmaciones en
el rango
conferido a él.
48.7. Conclusión
Durante diecinueve siglos Pedro ha sido
reverenciado como primer obispo
de Roma, primer Papa del catolicismo, cima de la teología de la
sucesión
apostólica y vínculo histórico más directo con Jesús, casi tanto como
él piedra
angular de la Iglesia. Que el historiador ya no pueda considerarlo
fundador
apostólico de las comunidades de Roma, Antioquía o Corinto carece de
verdadera
importancia. Lo que contaba y cuenta es la categoría asignada a Pedro,
especialmente en Mt 16,17-19: la roca sobre la que se sostiene la
Iglesia. Esto
atestigua la alta estima de que gozaba ya antes de finalizar el siglo
I, y lo
visto confirma que su influencia fue muy grande: pudo desempeñar un
papel
determinante para mantener unido el cristianismo pese a sus
disparidades y para
ayudar a sus sucesores a permanecer fieles a la herencia central de la
tradición de Jesús y al evangelio de Pablo.
En suma, que la «identidad cuestionada» se
resolviera a través de Pedro
—y no de Santiago o Pablo— podría deberse mucho más a él, al papel que
desempeñó en las controversias de la primera generación y a la
«construcción de
puentes» efectuada después por su influencia. En teología es probable
que ceda
la palma a Pablo; pero en eclesiología, en influencia eclesiástica,
Pedro no
tiene par.
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