El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Decimocuarta parte. Más allá de la primera generación
Capítulo 49. Juan
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
49.1. Introducción
Tras examinar las influencias más destacadas en
el cristianismo de la
primera generación —la tradición de Jesús, Santiago el hermano de
Jesús, Pablo y Pedro—,
queda un espacio sin cubrir: uno de los escritos más importantes del
Nuevo
Testamento es el Evangelio de Juan. Si a él se añaden las cartas
joánicas y
quizá el Apocalipsis, es evidente que aún hay mucho que decir para
seguir la
historia completa del cristianismo durante el siglo siguiente al
fracaso de la
primera rebelión judía.
Por Juan se entiende principalmente el
hijo de Zebedeo, hermano de
Santiago, quien junto con Pedro y Santiago parece haber sido el más
próximo a
Jesús de los doce. Los problemas surgen al preguntar si fue una figura
influyente en los comienzos del cristianismo. En los sinópticos no
tiene la
relevancia de Pedro: en Marcos y Mateo es nombrado siempre en segundo
lugar,
como el hermano de Santiago. En Hechos aparece un tiempo como
sombra
fiel de Pedro y luego desaparece; ni siquiera es mencionado en el
concilio de
Jerusalén. Pablo solo lo cita en Gálatas 2,9, confirmando su categoría
de
apóstol columna, pero sin convertirlo en figura prominente
frente a
Pedro y Santiago el hermano de Jesús.
Los problemas no disminuyen ante la literatura
joánica del NT, pues
ningún Juan es mencionado en el Evangelio ni en las cartas
joánicas. La
identificación del discípulo amado con Juan hijo de Zebedeo
carece de
respuesta clara y consensuada, y el Juan del Apocalipsis
difícilmente
puede identificarse con el apóstol. Con todo, cuesta suponer que el
Evangelio
de Juan cayera del cielo en la segunda generación: su interacción con
la
tradición de Jesús de la primera generación indica un factor poderoso
ya presente
entonces, que floreció con posterioridad. La importancia que Ireneo dio
a la
tradición, vinculando a Policarpo y Papías con Juan, confirma que Juan
proporcionó precisamente ese vínculo con la era apostólica. Juan
demostró ser una de las influencias más poderosas en la formación del
cristianismo.
a. Recapitulación
Juan no ha estado ausente de las fases anteriores
de la investigación,
pero se lo había encontrado al tratar otros temas: el papel del cuarto
Evangelio en el desarrollo de la tradición de Jesús y la cuestión del cristianismo
judío. El interés se centró entonces en demostrar la fidelidad de
Juan a la
anterior tradición de Jesús y el carácter judío de su presentación,
poniendo el
foco en las continuidades: los cambios en la tradición de Jesús fueron
impulsados desde dentro, no impuestos desde fuera como en el Evangelio
de
Tomás. Sin renunciar a esos hallazgos, conviene ahora considerar a
Juan de
manera más directa, dejando que Juan sea Juan, pues centrarse
solo en
las continuidades haría demasiado fácil pasar por alto las diferencias
y el
carácter distintivo de Juan dentro del NT.
b. El Juan
conservador
Las raíces del Evangelio de Juan se remontan
seguramente a la misión de
Jesús y a testimonios presenciales, aunque no sea posible identificar
con
confianza la fuente (el discípulo amado, Juan hijo de Zebedeo, Juan el
Mayor u
otro). Tampoco puede descartarse que Juan se sirviera de conocimiento
personal
y especializado, por ejemplo sobre la coincidencia parcial entre las
misiones
iniciales de Jesús y del Bautista, o sobre la misión de Jesús en Judea.
Esta
tradición debió de circular oralmente durante el mismo período que la
sinóptica. Que esta pasara por alto parte de la información joánica
parece
demasiado deliberado para atribuirlo a desconocimiento: las comunidades
que
valoraban la tradición sinóptica se desenvolvían separadamente de las
que
apreciaban la joánica. El desarrollo de Juan parece una y otra vez
desarrollo
de tradición compartida más que desconocida.
Este proceso comenzó probablemente ya en
Judea/Palestina. Cabe
preguntarse si hubo una aportación samaritana que ayudase a explicar
las
referencias hostiles a los judíos, y el hecho de que el
dualismo joánico
se acerque más al de los documentos del Mar Muerto que al gnóstico
podría
sugerir alguna influencia de Qumrán o de esenios convertidos, aunque no
hay
indicio claro de que el autor conociera esos escritos. La polémica
contra
discípulos del Bautista apunta a un debate vivo en Judea/Palestina. Muy
notablemente,
la virulenta oposición de y contra los judíos sugiere un
contexto donde
las sinagogas ejercían poderosa influencia local. De ahí la
verosimilitud de
que el Evangelio funcione a dos niveles, reflejando la situación de la
misión
de Jesús y la de las comunidades joánicas posteriores al 70 d. C.
Cuanto más se
amplía el tiempo y la distancia desde la misión de Jesús —¿Siria?,
¿Éfeso?—,
mayor es la posibilidad de que intervengan otros factores en el
desarrollo de
la narración joánica.
c. Juan el judío
Basta recordar las percepciones sobre la
cristología del cuarto
Evangelio. Juan consideraba que su mensaje —Jesús es el Mesías, el
Hijo de
Dios (Jn 20,31)— era la afirmación central de su Evangelio. El
carácter
distintivo de la mesianidad de Jesús partía de la expectativa judía y
se basaba
en temas característicamente judíos. Jesús como Hijo de Dios era una
ampliación
de la misión profética; como Hijo del hombre se aproximaba a la
reflexión judía
sobre Daniel 7,13-14; y su presentación como Sabiduría y Palabra
resonaba
favorablemente en oídos judíos. Hubo, en suma, una estrategia
deliberada de
presentar a Jesús como el que cumplía las esperanzas de Israel en una
medida
que sobrepasaba todas las alternativas previas, incluidos Moisés, la
Torá y los
profetas.
Esa estrategia frente a los compatriotas judíos
estaba fallando o había
fallado: los judíos son tratados con hostilidad y los joanistas
habían
sido expulsados de la sinagoga. Pero Juan parece haber mantenido la
esperanza
de que su Evangelio fuera aceptado por quienes podían apreciarlo,
esperando que
personas como Nicodemo o el ciego de nacimiento, que creían en secreto,
salieran a la luz. El uso posterior por los apologetas de la teología
joánica
del Logos y la herejía rabínica de los dos poderes podrían
reflejar las
dos partes de una disputa continua entre el cristianismo y el judaísmo
emergentes. En definitiva, Juan vio probablemente su imagen de Jesús
Mesías
plenamente dentro de los límites de las Escrituras judías y de la
reflexión del
Segundo Templo. Trató de ampliar esos límites en la cristología, como
Pablo
había hecho con un evangelio para gentiles, abriendo el evangelio a
interpretaciones discutibles, pero podría haber negado que estuviera
violando
los límites de la herencia de Israel.
d. La peculiaridad
de Juan
El estudio permite señalar en qué se distingue
Juan respecto de las otras
influencias principales de la primera generación:
•
Juan
reaccionó a la anterior
tradición de Jesús, que resultó una influencia profunda aunque muy
reflexionada; pero muy poco de la imagen sinóptica de Jesús prepara
para su
característica reelaboración. Un rasgo llamativo es cómo el equilibrio
sinóptico entre el reino ya activo y su presencia futura se convierte
en Juan
en un continuo énfasis en la escatología realizada.
•
Nada
vincula a Juan con Santiago
el hermano de Jesús salvo su función compartida de apóstoles columnas
(Gal
2,9). Cabe preguntar si Juan se movía conscientemente más allá de los
creyentes
judíos más tradicionales, tratando de persuadirlos —y a los medio
convencidos—
para dar el paso siguiente.
•
La
relación con Pablo intriga,
dada la vinculación de Juan con Éfeso, centro de la misión paulina;
pero Juan
parece dispuesto a ir más allá de lo que en comparación parecen
exploraciones
tentativas de la cristología de Pablo.
•
Aún
más intriga la relación con
Pedro, el único con quien Juan aparece asociado en los primeros
capítulos de
Hechos: no puede descartarse que fueran considerados figuras y
autoridades
rivales (Jn 20,1-10; 21,20-23).
Vuelve a surgir la cuestión, no de si había
corrientes rivales de
tradición de Jesús (improbable), sino de si había corrientes rivales
dentro de
la tradición compartida. Si el cristianismo joánico era una especie de
cristianismo de conventículo, esto podría indicar reacción
contra la
eclesiología petrina que avanzaba en la dirección de las pastorales e
Ignacio.
Juan evita llamar apóstoles a los discípulos (ausente también
en las
cartas), no refiere el bautismo de Jesús ni la cena del Señor, describe
el culto
deseado por Dios como adoración espiritual más que institucional (Jn
4,23-24) y
advierte que la carne no sirve para nada (6,63). Todo ello confirma que
el
cristianismo joánico marcaba un sendero distintivo a finales del siglo
I.
Al mismo tiempo, el Evangelio de Juan era
conocido, utilizado y respetado
en el siglo II. No hay indicios de rivalidad continua entre Juan y
Santiago,
Pablo o Pedro, ni de que iglesias protoortodoxas lo pasaran por alto o
lo
vieran con recelo, contra una opinión frecuente en el siglo XX.
Cualquier
intento de sacar a Juan del cristianismo representado por Santiago,
Pablo y
Pedro carece de apoyo. La distintividad de Juan se concentra en su
cristología,
que parece haber abierto la puerta a interpretaciones que él no habría
aprobado.
49.2. Que Juan sea
Juan
Al considerar la presentación joánica de Cristo,
su firme vinculación y
continuidad con el judaísmo y la primitiva teologización cristiana no
debe
disminuir la percepción de la transmutación radical que Juan realiza en
su
imagen de Cristo.
a. La Palabra
encarnada
No basta con apuntar al lenguaje del Logos y la
Sabiduría que Juan
utilizó, sobre todo en el prólogo. Lo que dijo es que el Logos/la
Sabiduría se hizo
carne (Jn 1,14): no como mera metáfora poética de la acción divina,
ni al
modo simbólico de los héroes de Israel (como en Filón), ni como un
visitante
casual con apariencia humana, sino que se hizo un ser humano
que vivió
como tal desde su nacimiento hasta su muerte en la Palestina del siglo
I.
Juan era plenamente consciente del alcance de su
declaración. No la
formuló de manera ambigua, como Pablo en Colosenses 2,9, ni
alusivamente, como
Mateo en su cristología de la Sabiduría. No distinguió el Logos de Dios
presentándolo como emanación distante: el Logos no solo estaba con Dios
desde
el principio, sino que era Dios (Jn 1,1). Tampoco quitó importancia a
aquello
que el Logos devino: lo nacido de la carne es carne, la
carne no
sirve para nada, pero el Logos se hizo carne, lo
diametralmente
opuesto a él. El prólogo contiene algo que la mayoría habría
considerado
absurdo: que Dios pudiera convertirse en un ser humano de carne y
hueso,
susceptible de morir, salvando así el abismo entre Creador y creación.
Los
griegos podían concebir dioses que aparecían brevemente o semidioses,
pero no
un dios que se hiciese carne material y corruptible. Los sabios de
Israel
identificaron la Sabiduría con la Torá, pero no afirmaron que se
hubiera
encarnado en una figura humana particular. Los sistemas gnósticos
posteriores
salvaban el abismo mediante una larga serie de eones de divinidad
decreciente;
el prólogo joánico lo salva en un solo paso: la Palabra se hizo
carne.
Este paso llevó la teología de la relación
divino-humana a un terreno
nuevo y constituyó un punto de inflexión potencial de enorme
importancia. ¿Iba
la osada identificación —Dios hecho carne— demasiado lejos, debiendo
reafirmarse la diferencia entre lo divino y lo humano negando la
realidad de la
carne en el Logos-Cristo? ¿O había que insistir en la lógica de la
encarnación,
afirmando su pleno sentido soteriológico —que al hacerse carne la
Divinidad, la
carne misma quedó redimida en una encarnación que era teosis—, con la
cruz y la
resurrección como una especie de aditamento? Cualquiera que fuese la
intención
de Juan, la suerte estaba echada y la discusión teológica se trasladó a
otro
nivel.
b. El Hijo enviado
y el Hijo del hombre
descendido
No menos deliberada fue la presentación de Jesús
como Hijo de Dios para
transformar los debates cristológicos anteriores. La firme
identificación del
Mesías con el Hijo de Dios (Jn 20,31) transformó el viejo
debate sobre
si Jesús era el Mesías. Aún más notable es el esfuerzo del prólogo por
vincular
la afirmación del Logos hecho carne con la idea del Logos encarnado
visto como
Hijo de Dios: la gloria del Logos encarnado era recibida del Padre
como Hijo
único (1,14); el Dios unigénito (monogenés), que está en el
seno del
Padre, lo ha dado a conocer (1,18). Esta mezcla de la cristología
del Logos
con la del Hijo conectó la primera con una cristología arraigada en la
espiritualidad de Jesús y dio a la cristología del Hijo una nueva
dimensión.
El concepto de la intimidad del Logos-Hijo con el
Padre, del que es
revelador, transforma una imagen ya poderosa en algo aún más fuerte. Hijo
de
Dios ya no es simplemente un modo de referirse a alguien favorecido
por
Dios, ni enviado denota solo un encargo con autorización
divina. En la
expresión preferida de Juan, el Padre que me envió, un encargo
del cielo
se convierte en una misión del cielo: el Hijo bajó del cielo (6,38),
fuente de
la frase del credo niceno descendió del cielo. Lo no formulado
claramente
en Romanos 8,3, Gálatas 4,4 o Filipenses 2,6-7 se expresa ahora
abiertamente:
el Hijo no solo conocía el propósito del Padre íntimamente, sino que
actuaba
como plenipotenciario del Padre en el sentido más pleno. El monogenés y
el
Logos que es Dios y se ha hecho carne son las dos caras de una misma
moneda.
Con el mismo espíritu Juan desarrolló la
cristología del Hijo del hombre,
añadiendo que descendió y ascendió (3,13; 6,62). Lo que había sido
imagen
apocalíptica del triunfo de Cristo se convierte en una nueva manera de
hablar
de su venida inicial desde el cielo. La afirmación de 3,13 —Nadie ha
subido
al cielo, salvo el que bajó del cielo— podría dirigirse contra la
idea de
patriarcas y profetas que subieron al cielo para oír directamente a
Dios. La
idea del profeta como enviado se transforma en la afirmación de que
Jesús, como
Logos-Hijo, era el único que realmente había estado presente en la
asamblea
celestial. Es este atisbo de la realidad celestial —no por un viaje al
cielo
con un ángel intérprete, sino mediante una revelación en la tierra en
Jesús y a
través de él— lo que sitúa al Evangelio en un nuevo plano.
c. El Revelador
Como para Juan Jesús era la Palabra encarnada, el
único que había vuelto
visible al Dios invisible, consideraba fundamental explicar a su
público la
verdad de este hecho. Bultmann subrayó el papel de revelador de Jesús,
pero
resumiéndolo como que todo lo que revela es que es el Revelador,
resumen
inadecuado del propósito joánico. Jesús, como Palabra y Sabiduría
encarnadas,
desempeña su papel revelador; pero su importancia para Juan es que
reveló a Dios:
el Hijo reveló al Padre, la Palabra pronunciada reveló al que
la
pronunció. Conocer esto era conocer realmente quién era Jesús y así
conocer a
Dios: Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero,
y al que tú enviaste, Jesucristo (17,3).
Este énfasis es un elemento clave de la
transmutación joánica del
evangelio en algo más audaz. Cristo no solo trajo la palabra de Dios:
él es
la Palabra; no solo trajo la revelación del Padre: él es la
revelación. Nadie
ha visto nunca a Dios […] él lo ha dado a conocer (1,18); quien
me ve a
mí, ve al que me ha enviado (12,45); Quien me ha visto a mí, ha
visto al
Padre (14,9); él y el Padre son uno (10,30); expresa el Yo soy
divino. Esta es la declaración que elevó a Jesús por encima de la
categoría de
alguien comparable a Moisés o a Mahoma, y que hace que las afirmaciones
del
cristianismo parezcan tan desmedidas en los diálogos interreligiosos;
pero está
en el núcleo de la presentación joánica de Cristo.
No hay que suponer que, al hablar de la
dependencia del Hijo respecto del
Padre (5,19), Juan estuviera atrapado en los posteriores debates
trinitarios.
Etiquetar 14,28 (el Padre es más que yo) como cristología
subordinacionista es leer el Evangelio sobre un trasfondo muy
posterior. El
lenguaje de Juan era expresión de su cristología del Logos: un medio de
manifestar la continuidad entre Padre e Hijo, la autoridad y el
carácter
definitivo de la revelación del Padre por el Hijo, el Hijo como
autoexpresión
(Logos) del Padre. Jesús habla las palabras de Dios (3,34), lo que oyó
de Dios
(8,26), lo que el Padre le mandó decir (12,49); no vino por iniciativa
propia
(7,28; 8,42), sino como Hijo enviado a revelar al Padre. El Logos
expresa ante
todo continuidad y unidad, no distinción.
d. La cristología
de Juan en perspectiva
gnóstica
La transmutación cristológica de Juan era tan
radical que suscitó la
pregunta de si no había ido demasiado lejos: ¿había gnosticizado el
evangelio?
La presentación de Jesús como Hijo de Dios enviado por el Padre y como
Hijo del
hombre bajado a la tierra tenía llamativos paralelos con el posterior
mito del
Redentor gnóstico. El énfasis en Jesús como Revelador divino que trae
la
verdad, y el dualismo joánico luz/tinieblas, contenían el corolario de
que la
salvación era ignorancia disipada por nuevo conocimiento (cf. cap. 9),
implicando casi inevitablemente que tal iluminación era lo esencial de
la
salvación. La cuestión se agudizó cuando Bultmann sacó la conclusión de
que en
la configuración de la cristología joánica había sido decisivo el mito
precristiano del Redentor gnóstico, aunque reconociendo que ciertos
temas del
mito —como la liberación de chispas de luz cautivas— están ausentes en
Juan. Su
discípulo Käsemann, conocedor del estrecho paralelo del dualismo en los
manuscritos del Mar Muerto, creyó imposible evitar la conclusión de que
el
Evangelio estaba bien encaminado a describir a Jesús en términos
gnósticos,
advirtiendo del peligro de docetismo en su cristología de gloria,
presente de forma ingenua y no reflexionada.
Las opiniones de Käsemann estaban en un extremo
del espectro, pero los
peligros que describía parecen confirmarse por la popularidad del
Evangelio
joánico entre los gnósticos, particularmente los valentinianos.
Heracleón (c.
160-180) escribió el primer comentario al Evangelio de Juan; Tolomeo,
una
extensa exégesis del prólogo; Ireneo era muy consciente del abundante
uso
valentiniano de Juan, y los códices de Nag Hammadi muestran su
influencia en
múltiples pasajes. Curiosamente, los alogoi, secta de Asia
Menor opuesta
a la cristología del Logos, atribuían el Evangelio a Cerinto.
Sin embargo, la exégesis valentiniana (conocida
por Ireneo, Clemente e
Hipólito) rechazaba la aserción explícita de que el Logos se hizo
carne
y toda idea de una conjunción inmediata de Dios con el mundo físico.
Acompañaban su lectura del prólogo con la consideración de que el
ámbito divino
era mucho más complejo que el del monoteísmo judío y que la transición
de lo
divino a lo humano era más tortuosa: Tolomeo distinguía en Jn 1,1-2 una
triple
realidad (Dios, Principio y Logos) y, con 1,3-4 y 14, una primera
tétrada que,
vinculada a la segunda, forma la ogdóada madre de todos los eones;
Heracleón leía en él (1,3-4) como referido a los hombres
espirituales
(pneumáticos), conforme a la división valentiniana de la humanidad en
pneumáticos, psíquicos e hílicos, e interpretaba alegóricamente
diversos
pasajes. Estas lecturas son típicas de una eiségesis tendente a buscar
apoyo
para una posición preestablecida, en contraste con la exégesis. Ireneo
refutó
tal eiségesis con una lectura directa de Jn 1,14: era la Palabra de
Dios, el
Hijo único, la que se hizo carne, la misma de la que fue formado Adán
del
polvo.
El argumento de Käsemann era de hecho similar al
de Tolomeo, reflejando
la posible interpretación lógica de muchos valentinianos: que la
Palabra se
hizo carne quedaba completamente opacada por la confesión y
nosotros hemos visto su gloria. Pero Käsemann era injusto con Juan:
para él
la gloria no opacaba la carne, sino que se manifestó en carne y
como carne.
La gloria no era solo la del preexistente o la del Cristo
ascendido,
sino la glorificación de Jesús en su crucifixión, y Juan conserva la
estructura
del Evangelio de Marcos. La exégesis gnóstica solo pudo reclamar a Juan
prescindiendo de la carne, la gloria en carne, la muerte y la
resurrección. Al
subrayar la inmediatez y compleción de la conjunción en Jn 1,14, Juan
frustró
todo intento de situarlo en el campo gnóstico; Ireneo y Clemente tenían
razón
al afirmar que los gnósticos lo usaron torcidamente.
Käsemann también tenía razón al señalar que Juan
no se metió realmente en
terrenos complicados, y al deducir que el reconocimiento de la
autoridad
canónica del Evangelio joánico equivalía a reconocer que la
proclamación del
evangelio ha de ser inventiva y creativa —a veces peligrosamente— para
hablar
con eficacia a generaciones con cosmovisiones cambiantes. El éxito de
Ireneo al
impedir que los valentinianos se apropiaran de Juan tuvo ventajas e
inconvenientes, pues el Evangelio introduce en el canon cierto grado de
adaptación e inventiva que produce desazón a quienes prefieren la
antigua
historia evangélica sin variación. Hay una ironía final: fue la
cristología de
Juan la que produjo el efecto más duradero en la teología cristiana,
mientras
que su eclesiología fue pronto pasada por alto y subsistió solo en los
márgenes
de un cristianismo dominado por un episcopado monárquico y la sucesión
apostólica.
49.3. Las tres
cartas de Juan
Cabe suponer que las tres cartas joánicas
proceden del mismo grupo o
escuela y se escribieron aproximadamente en el mismo período que el
Evangelio.
El indicio más importante de su mutua relación es quizá la falta en
ellas de
toda referencia a los judíos, rasgo esencial en la construcción
del
Evangelio. Lo más lógico es inferir que las cartas se escribieron
después de la
ruptura con la sinagoga (¿local?) reflejada en Jn 9,22, cuando la
comunidad
joánica trataba de ser ella misma con gran independencia de su matriz
judía. La
transformación del mandamiento ama a tu prójimo en ama a
tus hermanos
sugiere una perspectiva grupal muy consciente de la necesidad de
mantenerse
unidos frente a un mundo hostil. Su tranquilidad venía solo de su común
adhesión a Cristo y de la unión entre ellos (1 Jn 1,3-7).
a. 1 Juan
En 1 Jn 2,19 está la pista esencial de la nueva
situación. El escrito (en
realidad no es una carta) se desarrolla hacia ese versículo. Comienza
exponiendo la base de la seguridad de los lectores —la sangre de Cristo
garantiza perdón, pureza y expiación (1,7–2,2)— y señala que hay
quienes dicen
conocer a Cristo pero no cumplen sus mandamientos, dicen estar en la
luz
mientras odian a sus hermanos, y aman el mundo. Luego viene la franca
denuncia:
es la hora última, han aparecido muchos anticristos que salieron
de
entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Es fácil entender lo
sucedido: había habido un cisma dentro de la comunidad; no se separaron
uno o
dos miembros, sino que se rompió el grupo mismo. Las palabras de 1 Juan
se
dirigen a quienes se mantuvieron fieles al mensaje original —el
evangelio joánico,
la palabra de vida, la verdad que recibieron y
creyeron—, acusando al
grupo saliente de no haber permanecido fiel; la acusación de que eran mentirosos
que caminaban en las tinieblas describe a quienes discrepaban
radicalmente
sobre el mensaje desde el principio.
También está claro a qué equivale la
discrepancia. El mentiroso niega
que Jesús es el Cristo (2,22); el espíritu del anticristo no
confiesa que Jesucristo
vino en la carne (4,2-3); el grupo fiel confiesa que Jesús es el
Hijo de
Dios (4,15; 5,5). Lo notable es el grado en que el escritor se aferra
al
mensaje del Evangelio: que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (Jn
20,31), lo
que incluye la afirmación de que la Palabra se hizo carne (1,14) y que
es
comiendo la carne de Cristo como se recibe vida eterna (6,54-58).
Aquello
contra lo que previene es una enseñanza nueva o alternativa de
refinamiento atractivo,
que rechaza de plano: quienes han sido ungidos con el Espíritu ya
conocen la
verdad (2,20.27), y ese Espíritu de la verdad confirma lo que han oído
desde el
principio.
Hablar de nueva enseñanza induce a
equivocación: más probablemente
los atacados derivaron su doctrina del propio Evangelio de Juan, base
común de
la comunidad. Cabe inferir que reaccionaban contra la interpretación
directa de
Jn 1,14, apelando quizá a Jn 6,63 (Es el Espíritu el que da vida; la
carne
no sirve para nada) como impedimento de una lectura literal. ¿Fue
una
negativa judía a creer que la Palabra pudiera hacerse carne? ¿Una
perspectiva
gnóstica temprana de que lo divino no podía hacerse humano, de que
Cristo sufrió
solo en apariencia o de que Cristo era distinto de Jesús y no murió
en la
cruz? ¿O —como anticipó Käsemann— que los secesionistas afirmaban que
el
verdadero énfasis de 1,14 estaba en la gloria, siendo la carne solo el
lugar de
su manifestación? De ahí la respuesta de 1 Juan: Jesucristo no vino
solo por el
agua, sino también por la sangre (1 Jn 5,6); realmente murió.
Cualquiera que fuese la razón, la división fue de
carácter cristológico y
surgió de la reacción de algunos creyentes al intento de Juan de
revisar las
primeras afirmaciones sobre Cristo en términos atrevidos: el Logos-Dios
hecho
hombre, decisivo para la salvación. Si la disputa anuncia los
posteriores
intentos valentinianos de reclamar a Juan, 1 Juan puede verse como la
refutación anticipada de la legitimidad de tal lectura. Ireneo
reconoció esto
al escribir sobre 1 y 2 Juan para refutar toda distinción entre Jesús y
Cristo:
1 Jn 4,1-2 ya había dejado claro que solo es de Dios el Espíritu que
confiesa
que Jesucristo vino en la carne. El papel de 1 Juan como corolario del
Evangelio fue así enormemente importante, pues invalidaba todo intento
de leer
Jn 1,14 en otro sentido que el pretendido por Juan.
El carácter de la comunidad surgida de la
confrontación con los judíos
también intriga. El individualismo de Juan y 1 Juan refuerzan
la
impresión de que las comunidades joánicas tenían cierta impronta de
conventículo. Se resalta el carácter directo e inmediato de la relación
con
Dios y Cristo: se ha nacido de Dios, se conoce a Dios y
se vive
en él. Lo más cerca de una descripción de la iglesia es la confraternidad
(koinonia) con el Padre y el Hijo (1 Jn 1,3.6.7); hermano es la
referencia habitual a otros creyentes; el escritor se dirige a sus
lectores
como hijitos míos y queridos, sin que sea clara su
relación
(¿apóstol?, ¿predicador?). No hay indicios de jerarquía eclesiástica
—contraste
llamativo con Ignacio, que refuerza la autoridad del obispo—; el
escritor puede
incluso decir que los miembros tienen todo el conocimiento que
necesitan por la
unción del Espíritu y no precisan otro maestro (2,20.27). No hay
profetas con
funciones importantes; la única referencia es una advertencia contra
los falsos
profetas (4,1-3).
En resumen, las líneas de continuidad con el
Evangelio son obvias (el
énfasis en el Padre y el Hijo, la mutua permanencia, el Espíritu). La
imagen
joánica de Jesús tiene fuerte respaldo —es la palabra desde el
principio—
e incluye la antigua imagen de la muerte de Cristo como sacrificio de
propiciación (hilasmos). Pero retirarse de la afirmación de que Jesús
era la
Palabra hecha carne se considera fuera de lugar. La comunidad
resultante
afirmaba que Dios ama al mundo, pero desconfiaba completamente de él y
era más
bien introvertida, como consecuencia de su cisma. Los vínculos con Juan
son
manifiestos, pero apenas existen con otras formas de cristianismo de la
época:
en la discutida identidad del siglo II, 1 Juan aparece como un
solitario que
confirma la cristología y teología del cuarto Evangelio.
b. 2 Juan
2 Juan, con su carácter mucho más marcado de
carta, poco añade a 1 Juan.
Aunque pueda identificarse al autor como el Presbítero o el
Mayor
(¿Juan el Mayor?), eso no hace avanzar el estudio; la dirección a
la señora
elegida y a sus hijos (4-5) y el saludo final de los hijos de
tu hermana
elegida (13) son más un rompecabezas que una ayuda. Pero el énfasis
en la verdad,
en el amor medido por el cumplimiento de los mandamientos y en
la
fidelidad al mensaje desde el principio sitúa a 2 Juan en el
mismo campo
que 1 Juan. La falsa doctrina impugnada es de nuevo la del anticristo,
que
niega que Jesucristo viene en la carne (7); a todo el que se
presente
con tal enseñanza hay que negarle el saludo y la hospitalidad (10-11).
Habla
aquí una apologética defensiva que difícilmente confía en su capacidad
de
contraargumentar.
c. 3 Juan
3 Juan es más interesante y se acerca más a las
cartas de Pablo que
ninguna otra epístola no paulina del NT: el autor escribe a una persona
determinada (Gayo), comienza con una oración por el destinatario y
complacencia
por su caminar en la verdad, finaliza con la esperanza de verlo
pronto y
muestra preocupación por el giro de los acontecimientos en su iglesia.
El
Presbítero escribió antes a esa iglesia, pero no se hizo caso de su
carta (9);
por eso escribe a Gayo para que acoja y apoye a los hermanos que acuden
en
misión por el Nombre (5-8). Se implica que esas iglesias (¿de
Asia?) no
estaban aisladas y que muchos creyentes mantenían vínculos entre ellas
(cf. Did
11-12). Demetrio (12) era de la misma facción del Presbítero y quizá
encabezaba
a los misioneros; el eco de Jn 21,24 podría apoyar que al Presbítero se
debía
también Jn 21 y que veía su verdad en línea con la del
Evangelio.
El problema era Diótrefes, que ambiciona el
primer puesto y se
había arrogado el liderazgo en la iglesia de Gayo: no nos recibe
(9),
hace comentarios maliciosos, se niega a recibir a los hermanos, lo
impide a
quienes desean hacerlo y los expulsa de la iglesia (10). ¿Quién era
Diótrefes y
cuál la causa de la división? La inferencia más obvia es que el
Presbítero
defendía el entendimiento joánico del evangelio; la apelación a la verdad
(alétheia) es tan central como en 1 y 2 Juan. Pero aquí la división no
parece
versar sobre teología o cristología, sino que parece un choque de
personalidades. La hipótesis más curiosa es que Diótrefes seguía la
línea
eclesiástica representada por Ignacio, ejerciendo la autoridad que este
atribuía al obispo local. Dado el individualismo de Juan y la
posibilidad de
que las asambleas joánicas se vieran como conventículos, es muy
verosímil que 3 Juan fuese la primera protesta contra el episcopado
monárquico,
que llegó a ser la norma de la eclesiología de la gran Iglesia; las
quejas
contra Diótrefes anticipan las acusaciones de arrogancia y abuso de
poder que
ensombrecerían la jerarquía cristiana.
Asombra que 3 Juan, quizá muy apretadamente,
lograse entrar en el canon.
Tal vez Diótrefes era un ejemplo aislado, o más probablemente la
influencia del
Presbítero como representante de la tradición joánica reconocida por
Papías fue
suficiente para asegurar la retención de la carta. En todo caso, es un
importante recordatorio de la diversidad de tendencias del cristianismo
emergente y de las tensiones —eclesiásticas y cristológicas— entre los
herederos de la primera generación. Si la cristología joánica alimentó
la
corriente mayoritaria de la gran Iglesia, también puede inferirse que
los
herederos de su forma conventicular acabaron reconciliándose
gradualmente con
una forma episcopal cada vez más preponderante.
49.4. El
Apocalipsis de Juan
La irresoluble cuestión de si Juan el vidente
tiene algo que ver con el
apóstol o con Juan el Presbítero no excluye al Apocalipsis de una
consideración
sobre la influencia de Juan en el siglo II. La confusión podría indicar
que la influencia
joánica tenía carácter amorfo, aunque aparentemente todo procedía
de Asia o
de Éfeso. La influencia del Apocalipsis en el milenarismo de Papías y
otros es
bien conocida, pues provocó una fascinación que la escatología
realizada del
Evangelio nunca pudo igualar. Que el Apocalipsis se acabase aceptando
en el
canon, pese a sus problemas de interpretación, recuerda lo importante
que era
la dimensión espiritual cósmica para las distintas formas del
cristianismo
primitivo, y lo peligrosamente inestable que era el género apocalíptico.
a. La cristología
del Apocalipsis
Buena parte de la cristología es lo esperable,
con sus peculiaridades: el
escrito es la revelación (apokalypsis) de Jesucristo (1,1); el
vidente
atestigua la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo
(1,2); la
bendición introductoria procede del que es, era y va a venir, de los
siete
espíritus y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre
los
muertos y el príncipe de los reyes de la tierra (1,4-5). Que Cristo
fue
exaltado, reina con Dios y se sienta para juzgar se da por descontado,
como su pronta
venida. La expresión más frecuente para el Cristo exaltado es el
Cordero,
que aparece como degollado (5,6) y es adorado como el
Cordero que fue
degollado (5,12): es ante todo el cordero sacrificial. Así Juan el
vidente
conserva el énfasis de las cristologías de Pablo y de los Evangelios;
por mucho
que Cristo se asocie a Dios en su reinado cósmico, el centro de
atención sigue
siendo que Cristo había muerto. El significado cósmico no se expresa
hablando
de preexistencia o del Logos, sino describiendo al Cordero degollado
como el
que revela y determina el futuro.
El aspecto más llamativo es cómo Juan el vidente
amplía los límites de
las cristologías anteriores, tan innovador como el cuarto Evangelio
pero
notablemente diferente y, por su simbolismo apocalíptico, más difícil
de
penetrar. Capta la atención la visión inicial del Jesús exaltado
(1,12-16): uno
como un hijo de hombre, con túnica larga y banda de oro, cabellos
blancos
como lana, ojos como llamas, pies como bronce bruñido y voz como muchas
aguas,
con siete estrellas y una espada de dos filos saliendo de su boca. Toda
persona
familiarizada con la apocalíptica judía reconocería elementos tomados
de
Ezequiel y Daniel. Lo más sorprendente es que el vidente se sirve de
vislumbres
del mismo Dios y de visiones de ángeles gloriosos: Jesús es descrito
con
términos que en Daniel 7,9.13 valen no solo para el hijo de hombre,
sino
también para el Anciano de Días.
Estamos en la tradición apocalíptica de una
gloriosa figura angélica
fácilmente confundible con Dios (como Yahoel en el Apocalipsis de
Abrahán,
alusión al ángel de Éxodo 23,20-21 en quien está el nombre de Dios).
Pero los
apocalípticos cuidaban de que el visionario no confundiera al ángel con
Dios,
haciendo que el ángel rechazase ser adorado o se uniera al visionario
en
adoración. Precisamente en este punto Juan el vidente abandonó la línea
de los
demás: los siguió al dejar claro que el ángel intérprete no debía ser
adorado (¡Adora
a Dios!, 19,10; 22,8-9), pero Jesús es más claramente adorado en el
Apocalipsis que en ningún otro escrito del NT. Los himnos al Cordero
del
capítulo 5 no difieren de los himnos a Dios del capítulo 4; el Cordero
es
vinculado con Dios en una común adscripción de adoración (5,13; 7,10).
Las
inhibiciones respecto a adorar a un ángel glorioso se abandonan en el
caso del
Cristo exaltado.
Esto implica que no fue accidental la integración
de las descripciones de
Dios y de los ángeles gloriosos de Ezequiel y Daniel: la intención era
decir
que el Jesús exaltado no era simplemente un ángel glorioso. Al ángel no
había
que adorarlo, ¡pero al Cristo exaltado, sí! De manera deliberada, tanto
Dios
como el Cristo exaltado dicen Yo soy el Alfa y la Omega; Juan
no duda en
llamarlo el Santo, Rey de Reyes y Señor de Señores
(17,14;
19,16), y algunas descripciones dan a entender que el Cordero estaba
sentado en
el trono de Dios: el trono de Dios y del Cordero (22,1.3).
Probablemente
esto es un modo de reconocer toda la categoría de Cristo en relación
con Dios
sin abandonar el monoteísmo más tradicional dentro de una tradición
apocalíptica familiar. En todo caso, en el Apocalipsis la inhibición
que
impedía a los primeros escritores —incluido Pablo— referirse al Jesús
exaltado
como Dios y hablar abiertamente de su adoración ha quedado
superada. Un
avance similar se registró con el otro Juan; juntos representan un
aumento de
la confianza cristiana en afirmar la importancia de Jesús al final del
siglo I,
importancia que Ignacio ya expresaba con mucha mayor desinhibición. Sea
influencia joánica o dos corrientes distintas, es significativo que la
teología
joánica del Logos y la apocalíptica confluyeran en esa afirmación
desinhibida
de una teocristología.
b. Las iglesias
del Apocalipsis
Otro aspecto importante es que Juan el vidente
podía escribir con
autoridad a las siete iglesias de Asia (caps. 2-3), cartas que ofrecen
una
visión panorámica del carácter del cristianismo arraigado en Asia. Las
iglesias
parecen todas diferentes, porque diferentes son sus circunstancias y
retos; muy
probablemente habían sido plantadas desde Éfeso en tiempos tan
tempranos como
los de Pablo. Éfeso —la iglesia madre— ha abandonado su primer amor
y es
llamada al arrepentimiento; Sardes tiene buena reputación pero está muerta;
Laodicea, ni fría ni caliente, está demasiado satisfecha de sí
misma,
creyéndose rica cuando es pobre, ciega y desnuda. Aquí se repite una
situación
constante en la historia del cristianismo: iglesias que, establecidas
con
entusiasmo, pronto se acomodaron y vieron diluirse la distintividad de
su
testimonio inicial.
Particularmente interesantes son las tensiones
con sinagogas locales:
Esmirna sufre calumnias de los que dicen ser judíos sin serlo y son
una
sinagoga de Satanás (2,9), y Filadelfia es atacada por los de
la
sinagoga de Satanás (3,9). La tensión indica el feroz rechazo de los
judíos (cf. Jn 8,44), pero la negación del carácter judío a la
sinagoga
local parece reflejar una preocupación paulina por conservar judío
como
término espiritual y no étnico, o el convencimiento de que los judíos
locales
no habían estado a la altura de su misión. Más graves eran los peligros
internos: Éfeso odiaba las obras de los nicolaítas (2,6);
algunos de
Pérgamo seguían la doctrina de Balaán, comiendo lo sacrificado
a los
ídolos y practicando el libertinaje (2,14-15); y Tiatira toleraba a Jezabel,
que se decía profetisa y enseñaba a fornicar y comer lo sacrificado a
los
ídolos (2,20). Son los problemas que Pablo abordó en 1 Corintios 5–10,
aunque
el vidente parece más estricto que Pablo. Estas preocupaciones estaban
enraizadas en las prioridades judías: evitar la porneia y la
idolatría.
Junto a ello, el reconocimiento de que la falsa doctrina podía venir
desde
dentro: los que dicen ser apóstoles sin serlo (2,2) y la
tolerada
Jezabel (2,20), con paralelos en 2 Corintios 11,5.13 y Did 11,2-6. Las
primeras
comunidades del Egeo tenían líneas de demarcación borrosas, abiertas a
apóstoles y profetas visitantes de diverso historial.
En eclesiología, varios indicios apuntan a una
posición entre Pablo y
Juan. Sorprende la ausencia de toda idea de jerarquía y cargo oficial,
especialmente frente a documentos tan cercanos como las pastorales y
los de
Ignacio. Todos los creyentes son reyes y sacerdotes (1,6; 5,10; 20,6) y
siervos
de Dios (7,3); los santos designa a los creyentes en general.
Los
apóstoles son mencionados positivamente, pero como pertenecientes a la
era
fundacional (21,14). Los ancianos del salón del trono representarían,
si acaso,
a todos los creyentes —doce por el Israel antiguo y doce por el nuevo
Israel—,
no a cargos determinados; los ángeles de las iglesias (1,20;
caps. 2-3)
no representan obispos, sino quizá representantes celestiales de cada
iglesia.
No hay mención de obispos, diáconos, maestros o pastores; sacerdotes
y ancianos
designan a toda la comunidad. Los únicos ministerios específicos son el
de
profeta y el de testigo o mártir, que a veces parecen denotar
individuos
especiales pero en 11,3.10 simbolizan probablemente a la comunidad
entera. No
hay idea de una jerarquía profética: todos los creyentes son llamados a
dar
testimonio y a experimentar el Espíritu de profecía. El vidente afirma
una
autoridad única, pero es simplemente la de la inspiración profética. En
suma,
el Apocalipsis describe iglesias que vivían para y por la profecía, en
tensión
con el sistema jerárquico en desarrollo que Ignacio propugnaba y que se
convirtió en el modelo de la gran Iglesia.
49.5. La
influencia joánica en el siglo II
a. Las Odas de
Salomón
Todo intento de seguir la trayectoria de la
influencia de Juan en el
siglo II debe incluir las
Odas de Salomón, que contienen repetidos
ecos del Evangelio: el
Espíritu que enseña a conocer los caminos del Señor (3,10; cf. Jn
14,26), la
Palabra que adquiere una naturaleza y forma humanas (7,6; cf. Jn 1,14),
el
aparecerse a los que eran de los suyos (7,12; cf. Jn 1,11), el agua
viva (11,7; 30,1-2; cf. Jn 4,14; 4,10; 7,37-38), la morada de
la Palabra
es el hombre (12,12; cf. Jn 1,14), los mundos hechos mediante su
palabra
(16,19; cf. Jn 1,3), o la luz que no es vencida por la oscuridad (18,6;
cf. Jn
1,5). Los pasajes donde Cristo habla en primera persona podrían indicar
influencia de los dichos yo soy. Las Odas podrían situarse en
la línea
del Evangelio y de 1 y 2 Juan, no lejos de esas comunidades, pues
muestran el
atractivo de la espiritualidad gnóstica como el cuarto Evangelio y
reflejan la
importancia del prólogo para su cristología y soteriología, aunque sin
tanta
insistencia explícita en el carácter físico de la encarnación.
b. El Juan gnóstico
Tras la interpretación valentiniana ya examinada,
otros escritos llegados
hasta nosotros muestran cómo pudo influir Juan en el pensamiento
gnóstico.
b.1. El Apócrifo de Juan
El Apócrifo de Juan refleja una intensa
reflexión sobre los
primeros capítulos del Génesis y la preocupación por mantener el
infinito
abismo entre el Espíritu Invisible y la materia creada. La ayudante de
Adán es
la luminosa Epinoia llamada Vida, tomada de la fuerza del
hombre y no de
su costilla como dice Moisés; es responsable de que coman del árbol
del conocimiento, que es la Epinoia de la luz, lo que los despierta
del
sueño; es Yaldabaoth quien luego los arroja del paraíso y trae el
diluvio. El
segundo relato de la creación ofrece ocasión para explicar la chispa
divina
atrapada en el cuerpo y considerar positivamente el árbol del
conocimiento por
proporcionar la gnosis. Pero no hay ningún indicio de influencia del
cuarto
Evangelio: lo más próximo es la descripción en primera persona de la
Pronoia
perfecta que desciende a las tinieblas, que difícilmente puede
considerarse
joánica, pues la insistencia de Juan en que el Logos-Dios se hizo carne
no se
pone nunca en cuestión. Que el tratado se atribuya a Juan solo puede
deberse a
que el hijo de Zebedeo era un nombre estimado y un maestro de profundas
reflexiones que se prestaban a interpretación gnóstica; la falta de
toda
influencia o dependencia confirma que la lectura gnóstica del texto
joánico se
hizo a cierta distancia crítica del Evangelio.
b.2. La Protennoia trimorfa
La Protennoia trimorfa ejemplifica cómo
se desarrolló el
pensamiento en el crisol de la religiosidad mediterránea del siglo II.
Parece
haber comenzado como una predicación del primer pensamiento trimorfo,
configurado sobre el himno judío de la Sabiduría (como en Eclo 24) y
orientado
en dirección gnóstica: la Sabiduría despierta a los dormidos, existe en
todo
ser humano, es imagen del Espíritu Invisible, es Barbelo, es andrógina.
En
cierto momento se introduce a Cristo, el Hijo perfecto, el Dios
unigénito. J.
D. Turner supone que una tercera etapa fue una incorporación
deliberadamente
polémica de materiales cristianos, específicamente joánicos, que
quizá
debería asignarse al período de lucha sobre la interpretación de la
cristología
del cuarto Evangelio atestiguado en las cartas joánicas, en el primer
cuarto o
la mitad del siglo II.
b.3. Hechos de Juan
Los Hechos de Juan refuerzan la tradición
de que Juan se centró en
Éfeso y de su pertenencia, con Pedro y Santiago, al círculo más íntimo
de Jesús
(88-91). Su relato de la muerte de Juan (196-215) sugiere que la
tradición de
que falleció de muerte natural estaba tan arraigada que no dio margen
al relato
más dramático del martirio. Notable es su cristología, que lidia con
los
problemas del evangelio tradicional de la salvación a través de los
sufrimientos de Jesús en un ambiente donde la corporeidad parecía
contraria al
sentido común. Cristo aparece en formas polimorfas; tenía a veces un
cuerpo
material y sólido y a veces una sustancia inmaterial e
incorpórea, y
Juan dice que sus pisadas nunca dejaban huella (93). El himno lidia con
las
paradojas (Habéis oído que sufrí, pero yo no sufrí…, 101) y
afirma que
la cruz real no es la de madera y que no es él quien está en ella (99),
invitando a adorar a aquel que se hizo hombre aparte de su cuerpo
(103).
Difícilmente puede describirse esto como visión gnóstica en puridad,
pero
muestra los problemas que un evangelio de la pasión planteaba a una
cosmovisión
platónica. Que tal complejidad se ofreciera en nombre de Juan atestigua
el
respeto que en el siglo II merecía su descripción de Cristo, aunque
también
podría reflejar el desarrollo de una interpretación más docética del
cuarto
Evangelio, cuestionada por las cartas joánicas: cabe relacionar a sus
proponentes con los que salieron de entre nosotros, pero no eran de
los
nuestros (1 Jn 2,19).
c. Los montanistas
Es apropiado incluir el montanismo, pues hay
claros testimonios de que
ese movimiento fue influido por el Evangelio y el Apocalipsis de Juan.
Surgió
en el tercer cuarto del siglo II en Frigia —de ahí frigios o catafrigios—,
y su característica inicial fue la profecía extática, por lo que se lo
conoció
también como la Nueva Profecía. Su fundador fue Montano, aunque
destacaron también dos profetisas, Priscila y Maximila. Su influencia
se
extendió mucho más allá de Asia y obtuvo en sus últimos años el apoyo
de
Tertuliano, padre del cristianismo latino. Que el Evangelio de Juan
proporcionó
justificación escriturística se ve en que sus seguidores afirmaban que
Montano,
Priscila y Maximila estaban inspirados por el Espíritu Paráclito, en
obvia
referencia al Paráclito prometido en Jn 14–16.
Las revelaciones no afectaban a temas doctrinales
—la cristología
montanista parece haber sido inobjetable—, sino a cuestiones de
disciplina: no
permitían un segundo matrimonio, instituyeron nuevos ayunos y
estimulaban el
martirio. Ireneo les reprochaba que descuidaran lo que Pablo había
escrito
sobre la profecía. Tertuliano se sirvió de Jn 14,26 para defender que
el
Paráclito no había permanecido en silencio desde Juan, sino activo en la
dirección de la disciplina, la revelación de las Escrituras, la reforma
del
intelecto, el progreso hacia las cosas mejores. La influencia del
Apocalipsis es clara: profecías de Maximila tenían carácter
apocalíptico (Habrá
guerra y revoluciones; Después de mí no habrá más profecía,
sino el fin),
y Priscila tuvo una visión de Cristo aparecido en forma de mujer que
revelaba
que Pepuza era sagrada y que allí bajaría la Jerusalén celestial. Lo
más
notable es la defensa que hace Tertuliano del papel permanente del
Espíritu en
la Iglesia, contra quienes ponen límites a Dios. Tertuliano
mantuvo así
una interpretación de Juan que preservaba la importancia de la
inmediatez del
Espíritu, su papel permanente y los peligros de confinarlo en los
sacramentos o
en la Biblia; y a los montanistas se les puede atribuir el mérito de
haberse negado
a seguir a la Iglesia en su resistencia a reconocer la legitimidad de
las
mujeres en el ministerio.
49.6. Conclusión
La trayectoria joánica en el siglo II tuvo dos
aspectos distintivos. El
primero fue su cristología, base de la cristología del Logos adoptada
por los
apologetas según su propio modo filosófico. La presentación del
Logos-Hijo, que
reveló al Padre invisible en un mundo hostil, dio ocasión a una
narración
gnóstica en que la salvación era esencialmente que las personas
espirituales
tomasen conciencia de su origen y destino. Pero la insistencia de Juan
en que
el Logos se hizo carne dejaba poco margen a quienes veían la salvación
como
liberación de la carne y del mundo material; y los intentos de atenuar
la
rotundidad de Jn 1,14 fueron fácilmente desautorizados por las cartas
joánicas,
por Justino y especialmente por Ireneo. No es verdad que Juan fuera
adoptado por
los sistemas gnósticos ni que Ireneo lo rescatase con gran dificultad:
al
contrario, fue su insistencia en la realidad humana de aquel que reveló
a Dios
lo que pronto fue reconocido y destacado por Ireneo. Y fue el Evangelio
de
Juan, así como su Apocalipsis, lo que aseguró que el culto a Jesús
resucitado y
al Cordero no era culto a un segundo ser divino, sino a Dios tal como
se reveló
en Jesús.
El segundo aspecto fue la justificación por Juan
de su reelaboración de
la tradición de Jesús recurriendo al Paráclito/Espíritu, no solo como
recuerdo
de lo dicho antes (Jn 14,26), sino como conducción hacia la verdad no
previamente revelada (16,12-14). Este reconocimiento de que el Espíritu
lleva a
nuevas percepciones fue la base de cómo concebía Juan su tarea de
contar la
historia de Jesús; en 1 Juan se reafirmó que la unción del Espíritu
daba a los
creyentes el conocimiento que necesitaban (2,20.27), y en el
Apocalipsis se
hizo lo mismo mediante el Espíritu de profecía (19,10). Esta
orientación atraía
menos a los simpatizantes gnósticos, pero halló resonancia en las Odas
de
Salomón y en el montanismo.
El efecto de la audacia de Juan fue, por tanto,
doble. Ofreció una
percepción de la importancia de Jesús que pasó a ser tema fundamental
en la
cristología del cristianismo católico. Pero también dejó abierta una
puerta al
cristianismo del Espíritu, no contento con formas y fórmulas
tradicionales. En
otras palabras, Juan representa en el canon del NT un elemento tan
potencialmente problemático como Pablo. La diferencia es que, mientras
Pablo
llegó a dominar al apóstol que había sido, Juan no tenía esa reserva de
orientación institucional, y el Apocalipsis no hizo sino aumentar la
paradoja
del cristianismo joánico.
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