El
cristianismo en sus comienzos.
Tomo III. Ni
judío ni griego. Una identidad cuestionada
Decimocuarta parte. Más allá de la primera generación
Capítulo 50. Una identidad cuestionada
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Este
capítulo es el balance final del tercer tomo de El cristianismo en
sus
comienzos, cuya preocupación ha sido seguir la aparición del
carácter
distintivo del cristianismo durante el siglo II. El punto de partida
fue el año
70, con la destrucción de Jerusalén y su templo, final del judaísmo del
Segundo
Templo y momento en que se pusieron en marcha tanto el judaísmo
rabínico como
el cristianismo embrionario, nacido en la matriz de aquel judaísmo. El
punto
final es Ireneo, atalaya desde la que contemplar lo sucedido y figura
que
configuró el cristianismo que triunfaría con Constantino. Pero ahí
concluyó un
período mucho más complejo y agitado, en que la identidad del
cristianismo fue
mucho más discutida de lo que Ireneo habría admitido. Un interés
compartido por
todos los grupos competidores era situar el origen de sus puntos de
vista en Jesús
y sus primeros discípulos, apoyándose en Santiago, Pablo, Pedro y Juan
(y
Tomás). De ahí el procedimiento: estudiar la influencia continua de
esas
figuras y el modo en que atribuirse su apoyo fue esencial en la
competición.
50.1. La continua
influencia de Jesús y de los líderes
de la primera generación
a. La tradición de
Jesús
El rasgo
más notable es cómo el término evangelio pasó a incluir la
historia de
la misión y enseñanza de Jesús, y no solo su muerte y resurrección. La
transición de evangelio a Evangelio no desvió la
atención de la
cruz: el relato de la pasión siguió siendo la culminación, y la misión
de Jesús
como Salvador permaneció como lo esencial. Pero la enseñanza era
importante y
no debía separarse de la misión anterior a la pasión; el acontecimiento
salvífico fue la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, inseparable
de su
misión en Galilea y Judea. Esa percepción del Evangelio como historia
completa
impidió compartimentar sufrimiento, enseñanza y milagros, y dio una
presentación normalizada que subsistió a las disputas del siglo II.
Los tres
sinópticos muestran cómo la misma historia podía contarse con detalles
distintos: lo mismo pero diferente, rasgo probablemente
heredado de la
transmisión oral. Como el evangelio en Pablo podía ser para
los
circuncidados y para los incircuncisos (Gal 2,7), el
Evangelio se
reformuló de modos no siempre compatibles, pero la diversidad no era
ilimitada:
se mantenía dentro del marco de un relato de la pasión con una
introducción
extensa, algo decisivo en la guerra con los apócrifos. Juan
cuestionó que Marcos
hubiera dado la definición determinante, sobre todo comparado con el Evangelio
de Tomás. La diferencia esencial es que Juan conservó la estructura
de
Marcos y reelabora la tradición anterior desde dentro, con línea de
continuidad
directa con Jesús; Tomás, en cambio, inserta la tradición
sinóptica en
un relato distinto, y su material distintivo carece de conexión hacia
atrás con
Jesús, apuntando más bien hacia lo que sería central en los sistemas
gnósticos.
En la
primera mitad del siglo II la tradición de Jesús se conocía sobre todo
de forma
oral, pese a estar ya escritos los cuatro Evangelios: el acceso de las
iglesias
domésticas era la enseñanza de maestros, la catequesis y la liturgia, y
cada
copia añadía variantes textuales. Pero hacia la mitad del siglo el
conocimiento
se adquiría principalmente por los Evangelios escritos, leídos en el
culto
(Justino) y citados por los doctos (Ireneo). Mateo fue el más utilizado
y
citado, lo que explica el prestigio de Pedro; aunque era una segunda
edición de
Marcos, este siguió circulando como memorias de Pedro, y
también Lucas y
Juan eran muy valorados. Frente a la idea de que surgieron muchos
Evangelios de
igual mérito, casi nada indica que otros fueran tan venerados como los
del NT.
Ireneo no los eligió arbitrariamente: confirmó lo que era el caso desde
hacía
décadas, que los cuatro eran la forma más clara de la tradición de
Jesús.
b. Santiago y el
cristianismo judío (§§ 45-46)
Santiago, el
hermano de Jesús (Mt 13,55), fue la línea más directa de
continuidad con
él, y su emergencia como dirigente de la iglesia madre de Jerusalén fue
probablemente inevitable. Su nombre pasó a ser sinónimo de un
cristianismo
embrionario que se veía como una secta mesiánica y escatológica dentro
del
judaísmo del Segundo Templo. Su principal influencia fue hacia los
grupos de
judíos creyentes en Jesús que mantenían sus prácticas judías;
considerados
sectas o herejías judeocristianas, estuvieron activos durante el siglo
II y
sobrevivieron dos o tres siglos, con una continuidad con Santiago
difícil de
negar. El cristianismo jacobeo fue como la primera piel del
cristianismo, de la
que este se fue desprendiendo; el recuerdo de Santiago se conservó
racionalizándolo
como primer obispo de Jerusalén, aunque su carta permitió que muchas de
sus
prioridades siguieran en un cristianismo que se había desentendido de
él.
Nada de
esto debe ocultar el carácter continuamente judío del cristianismo. El
Dios
cristiano era el de Israel, el del AT —principal línea de defensa
frente a
valentinianos y marcionitas—; era esencial afirmar que Jesús era Cristo
(Mesías) y Cristo era Jesús; y las Escrituras de Israel, interpretadas
en sentido
llano, autorizaban las creencias de la gran Iglesia frente a la
sutileza
gnóstica. Llamarlas Biblia cristiana no las hizo menos judías, sino que
reforzó
el carácter ineludiblemente judío de un cristianismo que debía
presentarse como
su cumplimiento; afirmar que el cristianismo era Israel nunca podía
tener éxito
de forma exclusivista sin menoscabar su propio carácter. La separación
de
cristianismo y judaísmo no podía ser sino larga y conflictiva: la idea
de una
ruptura clara ya a comienzos del siglo II tenía poco sentido para los
simples
creyentes que veían sábado y domingo, Pascua y última cena,
circuncisión y
bautismo como variaciones de un mismo tema. Para quienes insisten en
una
ruptura total, el carácter judío del cristianismo, de Jesús, de los
apóstoles y
del NT será siempre un cuestionamiento en el corazón del cristianismo
mismo.
c. Pablo (§ 47)
Pablo es
el enfant terrible del cristianismo: con sus preguntas
difíciles —como
si la fe judía permitía incorporar a gentiles— hizo que el movimiento
cambiara
de acento, aunque no de dirección. Su misión apostólica garantizó que
el
cristianismo rompiera las barreras tradicionales de Israel, y su
definición del
evangelio proporcionó el formato para Marcos y para el Evangelio que
quedaría
como definitivo. Pero para ser valorado por el cristianismo mayoritario
hubo
que suavizar lo que tenía de terrible, como en las pastorales y
en
Hechos: este Pablo domesticado pudo usarse con seguridad, y el Pablo
apócrifo
resultó moldeable. Fueron valentinianos y Marción quienes exageraron
sus
contenidos más problemáticos fuera de contexto, a lo que Ireneo y
Tertuliano
respondieron con cuidadosa exégesis. Aun así, ese ir por libre
de Pablo
en el canon, y sus propios intentos de explicar su misión en relación
con su
religión de origen, siguen provocando malentendidos que revelan
incapacidad de
apreciar la sutileza de su teología.
d. Pedro (§ 48)
Pedro es
el gran enigma, que raramente se deja ver de manera directa pero cuya
sombra
llega hasta nuestra época. Tres rasgos establecieron su importancia: su
categoría de líder y portavoz de los discípulos e íntimo de Jesús; su
posición
privilegiada de ser el primero en ver al resucitado y ser comisionado
por él
(atestiguado por Pablo); y, el más decisivo, el testimonio de Mateo de
que
Jesús lo llamó la roca sobre la que edificaría su Iglesia (Mt
16,18-19).
Según Papías era además la fuente del Evangelio de Marcos, y como Mateo
—su
segunda edición— se volvió predominante, su reputación se extendió
tanto como
la circulación de aquel. La tradición de su martirio en Roma ofreció un
vínculo
natural a quienes veían la Iglesia de la capital como sucesora de la
jerosolimitana,
base providencial para posteriores afirmaciones sobre la sucesión
apostólica y
el pontificado. Las referencias en Pablo, Hechos y su carta lo muestran
como
una figura que, a diferencia de Santiago y Pablo, no tenía postura
consolidada
en cuestiones polémicas: capaz de entender a ambas partes y adaptarse,
situada
en el centro, definidora del terreno común. Quizá hizo y representó más
de lo
que muchos protestantes querrían reconocer: el gran constructor de
puentes (pontifex
maximus) de los comienzos del cristianismo.
e. Juan (§ 49)
Cuando la
influencia de la primera generación parece consolidada, entra Juan en
escena.
Aporta más información sobre la misión de Jesús y una nueva perspectiva
que da
un giro inesperado a su carácter judío, permite atisbar las tensiones
de los
judíos creyentes en Jesús a finales del siglo I y ofrece una
alternativa a la
historia de Pedro, poniendo el foco en el discípulo amado y
María
Magdalena. Su cristología del Logos, inaceptable para los rabinos,
indicó el
camino para redefinir el monoteísmo judío; y su insistencia en que el
Logos se
había hecho carne —no simplemente tomado su apariencia— fue el adhesivo
que
permitió a Ireneo integrar creación y salvación frente a los gnósticos.
Una
consecuencia quizá no pretendida fue el desplazamiento del énfasis
desde la
cruz y la resurrección hacia la encarnación como acto salvífico
decisivo: Juan
mantuvo unidos esos acontecimientos ajustándose al formato marcano,
pero la
teología de la cruz se convertía con facilidad en teología de teosis,
tensión
nunca resuelta. Además, su individualismo y su impronta conventicular
se
oponían a la institucionalización del episcopado monárquico que Ignacio
defendería poco después; su espiritualidad alimentaba una variedad
devocional
más amplia (las Odas de Salomón) y su énfasis en el Paráclito
condujo a
un montanismo que recuerda que un cristianismo espiritual es
tan
legítimo como el católico. Juan amplía el espectro del cristianismo más
de lo
reconocido, y, sumado al apocalipticismo de la otra voz joánica,
muestra que la
herencia de los primeros tiempos es más compleja y conflictiva de lo
que la
mayoría admite.
f. Tomás
La
inclusión de Tomás podría sorprender. Aunque miembro de los doce,
apenas figura
en el NT fuera de su papel en la segunda aparición joánica del
resucitado, y
luego desaparece; sin embargo, su nombre se identifica con escritos del
siglo
II tan a menudo como los de Santiago, Pablo y Pedro. El factor decisivo
fue que
era llamado Dídimo (= gemelo), lo que bastó para afirmar que
era el
hermano gemelo de Jesús. En un cristianismo que daba por supuesta la
importancia de la autenticación por figuras del origen, esa relación
tan
estrecha era una legitimación demasiado importante para dejarla pasar.
Tuvo
poco impacto en Occidente, salvo en comunidades gnósticas, pero en
Siria
oriental Tomás fue apóstol fundador y piedra angular del cristianismo
siríaco,
extendido hasta la India. El problema es que la reivindicación de base
era
extremadamente dudosa, la raíz del Evangelio de Tomás no era
independiente de la tradición sinóptica y su mensaje distintivo no
derivaba de
Jesús. Por eso, para la identidad cristiana, las afirmaciones tomasinas
eran
las menos sólidas, y, salvo en el cristianismo siríaco, Tomás no tuvo
papel
continuo en su formación.
50.2. El
cristianismo en proceso de ser definido
Sería un
error pensar que la competición se resolvió descartando la insistencia
judeocristiana en la Ley y las pretensiones gnósticas de nueva
revelación,
dando un cristianismo homogéneo. La identidad que perduró es más
compleja de lo
que sugiere la historia tradicional de Eusebio, que identifica tres
elementos
clave: un sistema eclesiástico de obispo, sacerdote y diácono; un Nuevo
Testamento que define la apostolicidad y es definido por ella; y un
papel
preponderante de la fe que funcionaba como credo apostólico antes de
redactarse
los credos. La pregunta es cómo afecta el estudio a esa historia y si
se ha
hallado un centro estable en medio de la diversidad.
a. Jesús, centro
definitorio
El primer
rasgo identificador es la continuidad, cercanía y dependencia respecto
a Jesús,
origen de todo el movimiento. Es lo que los Evangelios del NT
establecieron y
los otros reivindicaron sin éxito; lo que dio a Pedro y a Juan un papel
en la
fundación de la gran Iglesia, y lo que aseguró que la controvertida
misión de
Pablo —basada en un encargo directo del resucitado y centrada en su
muerte y
resurrección— se contara como parte del desarrollo y no lo
desarticulara.
Santiago, pese a su continuidad directa como hermano, quedó atrás, y
Tomás,
pese a su atribuida condición de gemelo, representó una forma de
cristianismo
que había perdido su conexión con los comienzos. En suma, la identidad
la
definía el Cristo de su centro, el Jesús que cumplió su misión
en
Galilea y Judea y resucitó en Jerusalén tras morir en la cruz. Él era
el cubo
de la rueda, y los radios que partían de él soportaban la llanta que,
hacia el
final del siglo II, empezaba a definir la rueda del cristianismo.
b. La eclesiología
del cristianismo
Las formas
eclesiásticas primitivas variaban entre una forma sinagogal, en torno a
ancianos (Jerusalén en Hechos, Santiago 5,14, también Pedro), y otra
más
carismática de profeta y maestro (Hch 13,1, iglesias paulinas). En
ambas la
centralidad de los apóstoles era explícita, pero no había una segunda
generación de apóstoles: su importancia era constituir la conexión
vital con
Jesús, pues solo los comisionados directamente por él podían ser
fundadores (1
Cor 15,7). Pablo nunca menciona presbíteros nombrados por él, por lo
que las
referencias de las pastorales (1 Tim 5,17; Tit 1,5-6) reflejan más bien
una
eclesiología sinagogal; 1 Clemente muestra que nombrar ancianos
no
aseguró el orden en Corinto, y la Didajé y Hermas indican que
aún se
daba margen a profetas y maestros.
La función
de diácono apareció pronto en las iglesias paulinas (Rom 16,1, la
diaconisa
Febe; Flp 1,1), consolidada por 1 Timoteo, Clemente e Ignacio. Los episkopoi
también figuran temprano (Flp 1,1), en plural, y para la época de las
pastorales una función episcopal es perceptible (1 Tim 3,2; Tit
1,7; Did
15). Con Ignacio la idea de varias comunidades con un solo obispo
como
autoridad suprema y centro de unidad adquiere expresión inequívoca; que
insistiera tanto sugiere que no era un modelo establecido en Asia
Menor, y no
menciona obispo en Roma. Fuera voz solitaria o promotor de un modelo en
expansión, el episcopado monárquico se convirtió en la estructura
básica de la
gran Iglesia, y que Ireneo aceptara a los obispos como sucesión
apostólica
se debió en gran medida a Ignacio.
El
desarrollo más sorprendente es el surgimiento de un orden sacerdotal
cristiano,
desconocido en la primera generación. Los sacerdotes judíos conversos
(Hch 6,7)
no siguieron funcionando como tales; Pablo usó lenguaje sacerdotal para
servicios cristianos pero nunca menciona un orden sacerdotal; 1 Pe 2,5
y Ap 1,6
conciben a todos los creyentes como pueblo sacerdotal (Ex 19,6).
Hebreos
argumenta que el sistema de sacerdotes intermediarios, propio de la
antigua
alianza, fue superado por Cristo en un sacerdocio único e irrepetible
(Heb
7,3): los creyentes pueden acercarse directamente a Dios sin
intermediarios
(4,14-16). En cambio, Clemente vio el ministerio como continuación del
sacerdocio levítico, con ofrendas, altar y distinción entre sacerdotes
y laicos
(40-43), e Ignacio habla de sacerdotes y de altar de sacrificio. No es
extraño
que reapareciera un orden sacerdotal, que la eucaristía se viera como
sacrificio y la mesa como altar: toda religión antigua se centraba en
templos
donde los sacerdotes ofrecían sacrificios, y una iglesia sin lugar
santo, sin
sacerdotes ni sacrificios parecía irreligiosa. La presión sociológica
para
ajustarse a la norma fue irresistible: no triunfó la teología de la
generación
apostólica, sino las presiones sociales para adaptarse a otros grupos
religiosos.
Conviene
recordar que el canon del NT no contiene a Clemente ni a Ignacio, pero
sí
Hebreos, 1 Corintios, las cartas joánicas y el Apocalipsis. La incómoda
realidad es que los modelos de religión de esos escritos —frecuentes
hoy en las
iglesias carismáticas— fueron desbordados por el modelo católico, dado
por
supuesto como única norma: la conformidad social triunfó sobre la
diversidad
del NT. Como observó Käsemann, el canon, en su accesibilidad al
historiador, no
es el fundamento de la unidad de la Iglesia, sino la base para la
multiplicidad
de las confesiones.
c. El Nuevo
Testamento: unidad en la diversidad
El factor
determinante en la formación del canon fue la apostolicidad, de nuevo
el
vínculo con Jesús y los comienzos. A menudo el criterio formal era una
excusa
racionalizada: la conexión con un apóstol era discutible en Marcos y
Lucas,
insostenible en las pastorales y 1 Pedro, y se rompió con Hebreos y 2
Pedro.
Hacia la mitad del siglo II los cuatro Evangelios eran ya la expresión
autoritativa de la tradición de Jesús; Ireneo no fue el primero en
reconocerlo,
solo aportó floreo retórico. Otros Evangelios despertaban interés, pero
nunca
tuvieron igual autoridad, ni siquiera reivindicando origen apostólico:
la
apostolicidad era cuestión de contenido más que de nombre, y la
incapacidad de Tomás
y Pedro para demostrar sus fuentes los hizo inaceptables. Los
cuatro
canónicos no obtuvieron una autoridad nueva, sino el reconocimiento de
la que
ejercían desde hacía décadas.
El otro
elemento central, las cartas de Pablo, circuló ampliamente desde
finales del
siglo I. Que los creyentes judíos reaccionaran con hostilidad
contribuyó a que
su condición de grupos cristianos fuera cuestionada; la popularidad de
Pablo
entre valentinianos y marcionitas confirma su papel determinante, pero
más
impresionante es que Ireneo y Tertuliano se negaran a cedérselo:
también para
la gran Iglesia las cartas paulinas eran fundamentales. Que el Pablo de
Hechos
y las pastorales fuera más compatible con los postulados mayoritarios
facilitó
ese apoyo y aseguró su puesto en el canon. Este proceso canonizó una
diversidad
más perturbadora de lo reconocido: frente a la estima de Marción por
Lucas, la
respuesta no fue sustituirlo por Mateo ni combinar los cuatro (como el Diatessaron
de Taciano), sino insistir en los cuatro como autoritativos. Pero
reconocer que
el evangelio podía expresarse de cuatro maneras tenía repercusiones
difíciles
de controlar: que Mateo —base de la primacía de Pedro— fuera un
Evangelio judío
que mantenía la Ley (Mt 5,17-20) y advertía contra el clericalismo
(23,2-12)
debió de inquietar a los clérigos, que se desentendieron de esos
aspectos.
Más
problemático era Juan, con su imagen de Jesús marcadamente diferente.
Compatible con la cristología en desarrollo —y configuradora de ella—,
dio sin
embargo margen a lecturas docéticas y gnósticas, aunque su insistencia
en la
corporalidad de la encarnación lo impidió. Su audacia y su atractivo
para los
situados fuera de la gran Iglesia inquietaron a muchos; su apelación al
Espíritu-Paráclito ofreció un precedente para afirmaciones montanistas
que
Tertuliano no pudo negar; y su modelo eclesiológico encaja con
dificultad en
una eclesiología de sucesión apostólica y triple ministerio. Tampoco
Pablo es
distinto: la base de su autoridad en una revelación efectuada solo a él
creó un
precedente para atribuciones similares, y que los apóstoles de
Jerusalén reconocieran
su evangelio (Gal 1,11; 2,2) pese a su carácter distintivo ofrecía
esperanza —o
advertencia— a quienes reivindicaban revelaciones especiales. Leer 1
Corintios
a través de 1 Timoteo tendrá sentido eclesiológico, pero devalúa lo que
hizo
vital a Pablo: el de las pastorales es un Pablo disecado; el de las
cartas
anteriores, el que inspiró a Ireneo y Tertuliano. Un canon centrado en
los
cuatro Evangelios y en Pablo canonizaba una diversidad vital: Jesús
seguía en
el centro, pero la insistencia en una sola eclesiología o una sola
expresión de
la fe se condenaba a sí misma como no-canónica.
d. La regla de fe
Las cartas
de Pablo permiten colegir una fe común: usó una declaración credal
temprana al
escribir a Roma (Rom 1,3-4), y 1 Cor 15,1-7 apela a un credo compartido
predicado por todos (15,11). Formas credales del NT —Ef 4,4-6 (un
solo
Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos)
y el
discurso de la fe de las pastorales— muestran que la fe
unificadora era
ya prioridad. Esto culminó con la insistencia de Ireneo en la fe recibida
de
los apóstoles (Adv. haer. 1.10.1) y la regula fidei
de
Tertuliano (Praescript. 13), ambas centradas casi exclusivamente
en la
cristología: un solo Dios Creador mediante su Palabra, que es su Hijo,
hecho
carne en la Virgen, crucificado, resucitado, ascendido y que vendrá a
juzgar
con resurrección de la carne. El campo más obvio de la fe que unía a la
mayoría
era la cristología, la cuestión más definitoria pero también la más
divisoria.
La
cristología de Juan fue decisiva. La del Logos resultaba inaceptable
para los
judíos de Juan y, durante el siglo II, los rabinos la juzgaron una
reformulación inadmisible del monoteísmo; también el nacimiento
virginal y la
filiación divina hallaron oposición entre muchos judíos creyentes en
Jesús, y
los valentinianos intentaron adaptar el Logos joánico a su teología de
emanaciones. Frente a ambos retos, apologetas e Ireneo se mantuvieron
firmes:
el Logos era la expresión del Dios único, y su encarnación sufriente
impedía
una versión gnóstica de la salvación. La primera gran batalla teológica
fue por
el monoteísmo: cómo concebir al único Dios posibilitando la salvación
de la
humanidad física sin perder su unicidad ni el abismo entre Creador y
creación.
La cristología joánica del Logos permitió navegar entre Escila y
Caribdis y
mantener la fe en un Dios único, aunque a un coste: decir sin más que
el Logos
se hizo carne parecía demasiado simple, lo que llevó a credos cada vez
más
complejos hasta Nicea y Calcedonia, donde se intentó definir lo
indefinible.
Quizá el canon invita a volver a la percepción básica del siglo I: Dios
es
invisible, pero Jesús ha hecho visible al invisible Dios.
La
teología joánica de la encarnación supuso además un cambio de énfasis:
de la
muerte de Jesús como expiación a la encarnación como asunción de la
naturaleza
humana. Pese a la insistencia paulina en que Cristo murió por
nuestros
pecados (1 Cor 15,3), los credos desplazaron el foco a la
encarnación; la
tensión entre salvación por muerte expiatoria o por teosis continúa
entre el
cristianismo occidental y el oriental. La insistencia en que la
resurrección
fue de la carne (ya en Ignacio) perdió la sutil distinción paulina
entre cuerpo
y carne y abrió paso a un cristianismo que despreciaba la corporalidad
y la
sexualidad, en forma de encratismo y misoginia. Y la tensión entre una
fe
enraizada en la elección de Israel y un evangelio para todos se hizo
imposible
de expresar: ni Pablo ni Pedro lograron compatibilizar el evangelio de
circuncisos e incircuncisos. Justino mostró disposición al diálogo e
Ireneo
respeto, pero fueron los Ignacios y los Melitones quienes marcaron la
senda;
nunca se logró una regla de fe que mantuviera unidos a los judíos
creyentes en
Jesús y a los demás cristianos, y la pérdida de aprecio por el carácter
judío
del cristianismo sigue siendo un rasgo de la religión cristiana hasta
hoy.
50.3. Conclusión
El
criterio para adjudicar identidad cristiana estaba ya indicado en el
siglo II,
con Jesús en su centro: estar directamente conectado con Jesús de
Nazaret
durante su misión en Galilea y Judea, o derivar de él, era el factor
determinante. Pero demasiado pronto quedó relegada la particularidad
histórica
de esa revelación. Resultaba esencial la condición de judío de Jesús;
que el
Dios por él revelado era el de Israel, Creador de todo; que Jesús era
el Logos,
expresión de Dios; y que el Espíritu, conocido en la historia profética
de
Israel, potenciaba su misión y continuaba su obra tras su exaltación.
Cuando
esa particularidad fue relativizada y se presentó la historia de Jesús
como
atemporal, o se puso el foco en el Jesús celestial posresurreccional,
se aflojó
el vínculo con el Jesús histórico y el centro perdió su papel
definitorio.
El
arrumbamiento de la condición judía de Jesús hizo también que Pablo
fuera menos
apreciado de lo que lo había sido. Solo al ver cuán judíos eran los
primeros
discípulos y en qué medida el cristianismo emergente era una secta
mesiánica
del judaísmo se reconoce la contribución de Pablo: fue él, al insistir
en que
la gracia estaba al alcance de todos, quien amplió la identidad
cristiana a
gentiles y judíos e hizo de la reconciliación entre razas y clases
parte
ineludible del evangelio. Si Jesús es el centro definitorio y a Pablo
se debe
que el evangelio fuera para cuantos respondían con fe, estos son los
determinantes fundamentales. Algunos elementos están estrechamente
unidos con
ellos:
•
El
modelo de vida de Jesús,
impregnado de valores judíos, mostraba cómo los códigos morales y
rituales
debían ser expresión de amor a Dios y al prójimo, incluso al enemigo.
•
La
práctica de compartir mesa, la última
cena, y el bautismo como rito de iniciación desde el principio.
•
La
insistencia de Pablo en que
solo la fe en Cristo crucificado es fundamental, y que añadir
requerimientos
destruye el principio evangélico básico.
En el
desarrollo de lo que estos elementos implicaban era inevitable cierta
diversidad, pues ninguna formulación única sería nunca adecuada; y al
avanzar
desde la identidad unificadora —sobre todo en culto, orden y
ministerio— la
diversidad esperable es aún mayor. El modelo de Ignacio ganaba
aceptación, pero
las alternativas del canon nunca desaparecieron y han reaparecido de
forma
dinámica hoy. Si el centro de identidad era tan simple y limitado como
parecía,
el corolario es que cada una de las diversas expresiones del
cristianismo en
torno a ese núcleo común hubiera debido reconocer la legitimidad de las
otras y
unirse a ellas en cooperación, contentas todas de ser radios en una
rueda mucho
mayor de lo que un radio individual hubiera podido experimentar jamás.
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