Del ateísmo
al teísmo por la razón científica: El caso de Antony Flew (II)
JAVIER MONSERRAT
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Argumentos de una sorprendente conversión
racional.
Durante el siglo XX, el filósofo inglés Antony Flew fue un protagonista
de una crítica a la religión construida desde la filosofía analítica.
Su obra en este sentido fue la de un gran maestro: Flew analizó los
sistemas de lenguaje religioso de las sociedades humanas, para mostrar
que no responden al mundo empírico, que es el único que podría dar
carta de legitimidad a nuestro lenguaje. Sin embargo, en sus últimos
años, en Flew se produjo una sorprendente conversión racional al teísmo
que había combatido. ¿En qué argumentos fundó su tránsito al teísmo?
¿Cómo podemos valorarlos?
En el presente artículo proseguimos el análisis del pensamiento de Antony Flew iniciado en un trabajo previo, recientemente también
publicado en Tendencias21 de las Religiones.
En otros artículos de esta revista me he referido a lo que se ha venido
en llamar en la última década el Nuevo Ateísmo , representado por Richard Dawkins, Daniel Dennett, Sam Harris y Christopher Hitchens. Stephen Hawking no pertenece a este grupo, pero
sus ideas han sido comentadas con frecuencia en relación a la cuestión
de Dios. Por ello, hemos abordado también una discusión de su idea del
universo y su referencia a Dios. El Nuevo Ateísmo da por
supuesto que la ciencia moderna excluye taxativamente la existencia de
Dios. Sin embargo, estos no son los únicos ateos. Tanto desde el campo
de la ciencia (vg. Steven Weinberg, Carl Sagan, el mismo Roger
Penrose), como igualmente desde el campo de la filosofía en los últimos
siglos y en la actualidad, numerosos pensadores han llenado las filas
del ateísmo.
Antony Flew es un autor clásico y maestro del ateísmo en el siglo XX,
un autor que defendió durante cincuenta años el ateísmo desde la
perspectiva de la Escuela de Filosofía Analítica (que seguidamente
explicamos). Sin embargo, en sus últimos años se produjo una
sorprendente conversión al teísmo que dejó sin palabras a muchos de los
ateos más sobresalientes, entre ellos a Richard Dawkins. En un primer
artículo estudiamos el ateísmo clásico de Flew, mantenido a lo largo de
su vida y del que fue considerado el gran maestro. En este artículo
conclusivo exponemos y valoramos los argumentos, principalmente
cosmológicos, que avalan su cambio de perspectiva a favor del teísmo.
El descubrimiento de lo divino en Antony
Flew
Hemos dicho que el cambio de posición de Flew hacia el teísmo no ha
resultado de experiencias religiosas, sino de ponderaciones racionales
situadas en el marco analítico de su enfoque filosófico de siempre.
“Debo recalcar que mi descubrimiento de lo divino ha operado en un
nivel puramente natural, sin ninguna referencia a fenómenos
sobrenaturales. Ha sido un ejercicio de lo que tradicionalmente es
conocido como teología natural. No ha tenido relación con ninguna de
las religiones reveladas. Tampoco pretendo haber tenido una experiencia
personal de Dios, ni ninguna otra experiencia que pueda considerarse
sobrenatural o milagrosa. En resumen, mi descubrimiento de lo divino ha
sido una peregrinación de la razón, y no de la fe” (Dios existe,
p. 90).
Además, este itinerario ha tocado sólo los puntos fundamentales del
teísmo, a saber, la existencia de Dios establecida como resultado de un
análisis racional del cosmos. Es, además, evidente que Flew sólo expone
su conclusión personal subjetiva y no es dogmático.
Ahora bien, lo que interesa, en definitiva, es
conocer las razones precisas que Flew aporta para cambiar de ateísmo a
teísmo.
“Hacer una argumentación racional, nos dice, implica necesariamente
aportar razones que sustenten una tesis… pues si la afirmación es
verdaderamente racional, si es realmente un argumento, debe ciertamente
proporcionar razones científicas o filosóficas que la sustenten” (Dios
existe, p. 86). ¿Cuáles son, por tanto, estas razones? ¿Cómo
debemos valorarlas y discutirlas desde nuestra perspectiva personal
propia?
“Es hora ya”, prosigue Flew, “de que ponga mis cartas sobre la mesa,
esto es, de que exponga mis propias opiniones y las razones en que se
apoyan. Creo ahora que el universo fue traído a la existencia por una
Inteligencia infinita. Creo que las intrincadas leyes de este universo
manifiestan lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo
que la vida y la reproducción tienen su origen en una fuente divina.
¿Por qué creo ahora esto, después de haber expuesto y defendido el
ateísmo durante más de medio siglo? La breve respuesta es la siguiente:
tal es la imagen del mundo que, en mi opinión, ha emergido de la
ciencia moderna. La ciencia atisba tres dimensiones de la naturaleza
que apuntan hacia Dios. La primera es el hecho de que la naturaleza
obedece leyes. La segunda es la dimensión de la vida, la existencia de
seres organizados inteligentemente y guiados por propósitos, que
surgieron de la materia. Tercera es la propia existencia de la
naturaleza. Pero no es sólo la ciencia la que me ha guiado. También me
ha ayudado la reconsideración de los argumentos filosóficos clásicos” (Dios
existe, p. 87).
En relación a estas tres dimensiones concibe Flew la explicación
esencial de su libro. “Tres áreas de la indagación científica han
resultado especialmente importantes para mí, y voy a examinarlas a
continuación, a la luz de los datos actualmente disponibles. La primera
es la cuestión que ha intrigado siempre y continúa intrigando a los
científicos reflexivos: ¿cómo llegaron a existir las leyes de la
naturaleza? La segunda es una cuestión evidente para todos: ¿cómo pudo
emerger el fenómeno de la vida a partir de lo no vivo? Y la tercera es
el problema que los filósofos legaron a los cosmólogos: ¿cómo llegó a
existir el universo (entendiendo por universo todo lo que es físico)?”
(Dios existe, p. 88-89).
Cabe que comparar el enfoque de Flew con mi posición personal.
Entendemos que en la ciencia se delimitan tres campos o dimensiones en
que sus resultados se proyectan especialmente sobre la metafísica y
que, por ello, plantean cuestiones decisivas a la filosofía (ya que la
ciencia como tal no puede abordar directamente lo metafísico, aunque
sus resultados sean decisivos para la reflexión filosófica). Según
nuestro enfoque, a) la primera dimensión es el problema de la
consistencia y estabilidad del universo. Esto coincide grosso modo
con la tercera cuestión planteada por Flew (¿cómo llegó a existir
el universo?). b) La segunda dimensión es el problema de las causas que
han producido la aparición de orden dentro del proceso evolutivo de un
universo que ya consideramos existente. Esto coincide, también grosso
modo, con la primera y la segunda cuestión planteadas por
Flew (las leyes de la naturaleza y el complejo orden biológico). c) Sin
embargo, Flew ignora, al parecer (pero veremos que no es así del todo,
ya que plantea alguna cuestión similar), la tercera dimensión que para
mí es fundamental, a saber, el problema del origen y naturaleza de la
sensibilidad-conciencia.
No es necesario explicitar que, en nuestra opinión, nuestra propuesta
de dimensiones científicas que proyectan sobre lo metafísico está mejor
hecha que la planteada por Flew en Dios existe. Sin embargo,
existe un paralelismo evidente que muestra que, en efecto, por ahí van
las cosas. Las grandes dimensiones metafísicas de la ciencia son la
existencia misma del universo, el orden emergido en su proceso
evolutivo, y la existencia de la sorprendente capacidad psíquica, la
sensibilidad-conciencia, de los seres vivos. Exponemos y discutimos
seguidamente los argumentos de Flew.
La argumentación teísta de Flew
Quedan claras, por tanto, las tres cuestiones que Flew aborda desde la
ciencia y que fundan sus conclusiones metafísicas teístas (conclusiones
que no son ciencia sino filosofía construida desde la ciencia). Las
sometemos a revisión en lo que sigue. Pero debemos indicar que, de la
misma manera que Flew expone honestamente una valoración subjetiva que
inclina su decisión personal a favor del teísmo, así igualmente
nosotros tenemos una valoración subjetiva que nos obliga a matizar
bastantes de las posiciones defendidas por Flew. Ahora no hacemos sino
evaluar las aportaciones de Flew desde nuestra valoración personal.
El argumento de las leyes de la
naturaleza
Flew define las leyes de la naturaleza como las regularidades y
simetrías que en ella existen. Lo importante no es que haya
regularidades sino que sean matemáticamente precisas, universales y que
estén “atadas unas a otras”. La existencia de leyes ha hecho que los
científicos de todos los tiempos hayan visto en ellas lo que Einstein
llamó una “razón encarnada”. ¿Por qué la naturaleza tiene esta
racionalidad profunda? La respuesta de los científicos ha sido siempre:
porque en ella se refleja el diseño de la Mente de Dios. Flew recuerda
la célebre sentencia de Hawking en La historia del tiempo al
decir que si conociéramos por qué existimos nosotros y por qué existe
el universo, habríamos conocido entonces la Mente de Dios.
La racionalidad de las leyes naturales
Flew dedica algunas páginas a exponer la forma en que la mayoría de los
científicos teístas constataron la racionalidad de las leyes de la
naturaleza y cómo la fundaron en la hipótesis teísta de la existencia
de Dios. Comienza por Einstein, siguiendo a Max Hammer, su intérprete
más autorizado (Einstein and Religion, 1999), para presentarlo
como teísta y rechazar el falso uso de Einstein hecho por Dawkins para
presentarlo como ateo. Además, el teísmo de Einstein fue precisamente
una admiración religiosa ante la Mente Superior necesariamente
diseñadora del orden de las leyes naturales. Los grandes padres de la
mecánica cuántica, sigue refiriendo Flew, reconocieron también la
conexión entre las leyes de la naturaleza y la Mente de Dios.
Max Plank, Werner Heisenberg, Erwin Schoedinger, Paul Dirac y Wolfgang
Pauli, reconocieron y respetaron la presencia de la Mente de Dios en la
naturaleza. Se refiere incluso a Darwin, considerado en ocasiones como
cabeza de lanza del ateísmo, que dice en su autobiografía: “La razón me
indica la extrema dificultad, o, más bien, la imposibilidad de concebir
este inmenso y maravilloso universo… como resultado del azar ciego o de
la necesidad. Cuando reflexiono sobre esto, me siento obligado a
volverme hacia una Primera Causa dotada de una mente inteligente y
análoga en cierta medida a la del hombre; y merezco, por tanto, ser
llamado teísta” (The Autobiography of Charles Darwin 1809-1882,
ed. Nora Barlow, Collins, Londres 1958, p. 92-93).
Se refiere también a otros científicos como Paul Davis, John Barrow,
John Polkinghorne, Freeman Dyson, Francis Collins, Owen Gingerich y
Roger Penrose (al que, anoto al margen, yo consideraba ateo) y a
filósofos de la ciencia como Richard Swinburne, John Foster o John
Leslie. Todos ellos concluyen que la evidencia de la naturaleza impone
constatar una racionalidad, presente en las leyes naturales
universales, y que este hecho exigir indagar sus causas. Es esta
indagación la que, en opinión de Flew, avalado por la selección de
científicos que lo acompañan, apunta a que la mejor hipótesis es
admitir la existencia de una Mente diseñadora que debe identificarse
con un ser divino.
La racionalidad antrópica de la naturaleza
Ya en el comentario anterior (por ejemplo, al hablar de Paul Davis o
John Barrow) había mencionado Flew el principio antrópico,
pero le dedica además una sección especial, encabezado con la pregunta:
¿sabía el universo que nosotros veníamos? El principio antrópico
es hoy reconocido por la casi totalidad de los científicos porque se
funda en evidencias científicas que no se pueden ignorar (así, el mismo
Dawkins lo reconoce).
Por tanto, no se trata sólo –como hemos visto en este ensayo– de que
exista en absoluto una racionalidad en la naturaleza, sino de que esta
racionalidad responde a un ajuste fino de sus propiedades y
variables, de tal manera que este orden pudiera tener unos u otros
ajustes de sus variables, pero resulta que tiene precisamente una
cadena impresionante de ajustes finos que son los que hacen
posible que ese orden produzca la vida y el hombre. Constatar
simplemente este ajuste antrópico fino es lo que se llama el principio
antrópico débil que, como veíamos, forma parte de la descripción
del universo en el modelo cosmológico estándar.
Si sólo existe un universo y este es de hecho antrópico, descrito por
el modelo cosmológico estándar, es muy difícil no inclinarse
a reconocer que debe postularse que este universo tiene un diseño y que
este diseño debe provenir de una Mente inteligente, que se postula como
la Mente de Dios. Esta es la argumentación a la que se inclina Flew.
Tiene derecho a hacerlo, porque es una inferencia para la que tiene
fundamento objetivo y es la misma que han hecho otros muchos
científicos y filósofos.
Sin embargo, la alternativa moderna al teísmo derivado del principio
antrópico está constituida por la teoría de multiversos. Existen
diversos modelos de multiversos: los universos burbuja que se producen
desde una metarrealidad (como el propuesto por Hawking, antes
explicado), los multiversos que nacerían dentro de nuestro universo en
los agujeros negros y producirían espacio-tiempos aislados
absolutamente (Guth, Harrison o Smolin), los “muchos mundos” (al estilo
de Everett o de los universos superpuestos de Linda Randall), o los
multiversos dados en un sistema eterno de expansión-concentración al
estilo de Penrose en 2010, en su obra Cycles of Time.
Flew expone, por tanto, las teorías de multiversos y les pone las
objeciones que considera racionalmente fundadas. Admite que es posible
lógicamente construir una teoría de multiversos, pero añade a renglón
seguido, como todos saben, que es una teoría puramente especulativa que
no tiene ninguna evidencia empírica a su favor.
Lo más interesante dicho por Flew es que en caso de que existiera un
metauniverso que produjera los cuasi-infinitos universos burbuja habría
también que postular, como el mismo Martin Rees admite, que este
metauniverso estaría sometido a unas leyes generales profundas, de las
que serían una derivación las leyes de los universos burbuja. La
racionalidad de estas leyes seguiría exigiendo una explicación que
indagara sus causas y seguiría conduciendo al diseño de una Mente
Divina.
Comentario: seguimos en la incertidumbre
El primer comentario que haría al enfoque analítico de Flew es que
razona a partir de la existencia de las leyes de la naturaleza. Hablar
de leyes supone ya por el mismo concepto, o uso lingüístico, la
referencia a un Legislador que fácilmente se convierte en Diseñador. A
mi modo de entender, debería hablarse de lo que constituye realmente el
factum primordial en el modelo
cosmológico estándar: la aparición de la materia-energía en el big
bang. La materia que emergió tenía ya de hecho unas ciertas
propiedades ontológicas que explican cómo se produjo el enfriamiento
del universo, la aparición de las partículas, de las partículas
fermiónicas, de su modo de organización, de la aparición del mundo
mecano-clásico, etc.
Los modos de organización e interacción de la materia dieron lugar a
ciertas constantes, regularidades, simetrías y fractales, derivados de
las propiedades ontológicas de la materia. Las leyes son descripción de
esos efectos de la materia, tal como el hombre la hace en la ciencia.
Lo primordial, por tanto, no son las leyes sino las propiedades de la
materia. Por ello, la pregunta por el eventual diseño y por la
racionalidad debe trasladarse desde las leyes a las propiedades
primordiales de la materia.
Cuando la ciencia, en efecto, explica cómo aparece el universo a partir
de una materia primordial debe tratar de conciliar dos principios: el
principio de la autonomía del proceso y el principio antrópico. Autonomía
del proceso significa que, una vez supuestas las propiedades de la
materia, la dinámica evolutiva propia de esta debería de poder dar
razón autónomamente (es decir, por esas mismas propiedades) de todos
los estados surgidos dentro del proceso evolutivo, incluidos los de
mayor orden y complejidad (física y biológica), ya que, si no fuera
así, entonces habría que recurrir bien a una intervención de factores
externos al universo (lo cual es imposible), bien a una cierta
intervención divina (supuesto en el que se reduciría el papel de Dios
al de un Dios-tapa-agujeros, controlador de las causas segundas,
similar al que ha tratado de defender el Intelligent Design
del fundamentalismo cristiano de los últimos años).
Principio antrópico, por su parte,
significa la evidencia de que en el proceso evolutivo van apareciendo
momentos cruciales en los que la línea seguida, que pudiera haber sido
otra, es de hecho la que acaba haciendo posible la vida y el hombre.
En consecuencia, la forma de conciliar autonomía
del proceso y principio antrópico no parece poder ser
otra que postular que las propiedades primigenias de la
materia tenían las características apropiadas (quizá todavía
desconocidas) para guiar de forma natural, autónomamente, la propensión
o inclinación del proceso evolutivo a seguir la línea que conduce
finalmente al hombre. Habría que postular que las propiedades
primordiales debieron de estar tan finamente ajustadas que implicaban
las propensiones que señalarían una evolución antrópica, dirigida al
hombre.
Esto coloca entonces la pregunta por la racionalidad en su fundamento
radical: ¿por qué la materia que emerge en el big bang tenía
las propiedades ontológicas precisas para generar autónomamente el
proceso antrópico? La respuesta sólo puede ser una de dos: o bien la
materia tuvo un diseño racional concebido por una Mente inteligente, la
Mente divina, o bien estas propiedades antrópicas surgieron por azar en
nuestro universo como resultado afortunado de entre un cuasi-infinito
de otros universos burbuja que no tuvieron un diseño antrópico.
Metarrealidad, supercuerdas,
multiuniversos
Pensemos que hoy se ha puesto de moda en algunos autores (entre ellos
Polkinghorne) decir que la información es anterior a las cosas reales
(a la materia). Por una parte, esta aseveración parece tener un cierto
sentido. En efecto, al producirse el nacimiento de la materia en el big
bang debemos postular, por lo que venimos diciendo, que la información
(el diseño de las propiedades de la materia que tienen en germen todo
el proceso evolutivo antrópico) es anterior a la existencia misma de la
materia.
En esta línea, en último término, toda la información primordial que
pudiera producir este y otros universos se hallaría en la Mente divina
(sería algo así como las ideas eternas de Whitehead, a su manera
postuladas también en la metafísica de tradición platónica). Pero, si
Dios es eterno, entonces no cabría nunca postular una anterioridad sino
una co-existencia eterna entre Dios y su Mente, entre la realidad de
Dios y la información que contiene su Mente (en la idea trinitaria
cristiana de Dios algo similar se afirma al hablar de la co-existencia
eterna de Dios y su Verbo, o Sabiduría divina).
En el caso de los multiversos, a su vez, la información sería anterior
a la generación de la materia primordial de un universo burbuja
concreto como el nuestro; ya lo hemos dicho. Pero habría que presuponer
las propiedades primordiales de la metarrealidad o metauniverso del que
nacen los universos burbuja. Si ese metauniverso debiera de ser eterno,
entonces es obvio que en él co-existirían eternamente su realidad y las
propiedades ontológicas de esa realidad (información). Propiedades que
tendrían en germen la generación de las propiedades variables de cada
uno de los universos burbuja.
Flew no hace referencia alguna a la teoría de cuerdas, hoy
estrechamente ligada a la teoría de los multi-universos, tal como se ha
explicado en este ensayo, y hemos comentado además al hilo del
pensamiento de Hawking. ¿Podría ser la teoría de cuerdas, la Magic-Theory,
la descripción de esa ontología primigenia del meta-universo, de tal
manera que las propiedades de la materia de cada uno de los universos
burbuja fuera un juego de valores posible previsto por ella? Es
posible, pero se trata de una pura especulación sin evidencia empírica.
Lo discutimos en la referencia hecha antes a Stephen Hawking.
Por tanto, no tenemos duda de que Flew está en todo su derecho al
ponderar los resultados de la ciencia y llegar a la conclusión personal
de que las leyes de la naturaleza, la racionalidad intrínseca de la
naturaleza, conducen a establecer que la hipótesis causal de la
existencia de una Mente divina diseñadora. Es lo que nosotros mismos
defendimos en este ensayo páginas atrás: que el orden del universo
entendido dentro del modelo cosmológico estándar hace
verosímil la hipótesis de que tenga su causa en el diseño primordial de
una Mente divina ordenadora. Aceptar esta verosimilitud e inclinarse a
ella es legítimo. Pero el hilo conductor para llegar a esta conclusión
no debiera haber sido la ponderación de las leyes de la naturaleza,
sino la ontología primordial de la materia. Lo hemos
explicado. Pero la conclusión es la misma.
Sin embargo, debemos también matizar que, aunque Flew concede que los
multiversos son lógicamente concebibles, los rechaza como una
hipótesis real que fuera aceptable, y de
hecho los califica incluso como un disparate. Es posible que algunas
teorías de multiversos (quizá como la propuesta de Stegmark o los
mundos paralelos de Everett o Randall) nos pongan en el límite y nos
acerquemos a considerarlas como un disparate científico.
No obstante, nosotros pensamos que, aunque sea verdad que la hipótesis
de multiversos es puramente especulativa y no tenga evidencias
científicas, sin embargo, es un hecho que hoy la ciencia entiende que
nuestro universo surgió desde el big bang que debió de
producirse dentro de un campo preexistente, un vacío cuántico, un mar
de energía o universo implícito, el fondo holístico del campo de Higgs,
o lo que sea. Pero es claro que el universo surge de algo y será
resuelto en algo que reabsorberá la energía total del universo. Que ese
fondo del universo pudiera resolverse en la ontología holística de un
Ser Divino es una especulación verosímil que puede aceptarse. Pero la
consideración de que ese fondo pudiera estar constituido por un
metauniverso (o algún otro tipo de realidad) del que emergiera nuestro
universo, y quizá otros, es una especulación posible y verosímil a la
que pueden inclinarse con libertad quienes así quieran considerarlo.
La teoría de multiversos (como teoría bien construida, ya que puede
construirse mal, como un disparate) es aceptable en su forma lógica y
matemática, así como hipótesis de algo que pudo haber sucedido
realmente. Flew toma una actitud polémica y excluyente para defender su
interpretación teísta. Tiene todo el derecho a defenderla (también
nosotros pensamos que el teísmo es más verosímil). Pero se debe siempre
respetar que existen alternativas reales al teísmo.
En otras palabras, teísmo y ateísmo son
posibles, argumentables y verosímiles. Ninguno de los dos se impone con
necesidad. Por ello, la ciencia ofrece una imagen enigmática de la
verdad última del universo y conduce la reflexión filosófica a la
incertidumbre metafísica. Si sólo el teísmo o el ateísmo fueran
argumentables, entonces, aunque la verdad final siguiera siendo un
misterio, el misterio de Dios o del puro mundo existente, conoceríamos
con seguridad la verdad final, aunque no la comprendiéramos en toda su
profundidad.
La racionalidad del código genético
Entiendo que lo que Flew dice sobre la racionalidad biológica,
especialmente la racionalidad del código genético, es un caso especial
de la racionalidad universal de la naturaleza, que acabamos de valorar
en el epígrafe anterior. El comentario que debemos hacer a sus
propuestas responde, pues, a la misma lógica. La pregunta esencial la
formula Flew en estos términos: “¿cómo puede un universo hecho de
materia no pensante producir seres dotados de fines intrínsecos,
capacidad de autorreplicación y una química codificada?” (Dios existe,
p. 110).
Al referirse a “materia no pensante”, parece Flew apuntar al problema
de la emergencia de la sensibilidad-conciencia que evoluciona hasta
constituir la mente animal y la mente humana. Pero en realidad esta
gran cuestión (uno de los campos problemáticos básicos que, desde la
ciencia, se proyectan sobre la metafísica) no acaba de estar claramente
definida por Flew. A veces parece que se refiera a ella, pero no acaba
de definirse y desaparece.
Lo que en realidad aborda en su escrito es el hecho de que los seres
vivos tengan fines intrínsecos (teleología), capacidad de
autorreplicación y química codificada. Lo que en realidad le interesa
es la racionalidad de diseño que aparece en el ADN, o en el código
genético. Lo que acaba planteándose es que la racionalidad de la vida
(en el fondo en sus aspectos mecánico-deterministas, o mecano-clásicos)
exige un diseño racional que, en el fondo, acaba también refiriéndonos
a la Mente Divina diseñadora.
¿Qué es un código? Es un conjunto de señales (vg. señales Morse) que se
corresponden con la realidad (palabras y mundo real). Se habla de
código genético o ADN porque los genes contienen una serie de señales
(estructuras bioquímicas) que se traducen en otras estructuras
bioquímicas (ARN) que producen en el citoplasma de la célula la
organización de los aminoácidos y de las proteínas.
Estas conforman el cuerpo y acaban traduciéndose en un mundo real con
sentido e intenciones, mediante un diseño racional orientado a la
realidad (con un contenido semántico derivado de las señales
primitivas). Lo que se constata es, pues, la conexión de un sistema de
señales que consiste en interacciones puramente físico-químicas con un
conjunto de contenidos semánticos que hacen referencia a las acciones
de los seres vivos que acabarán siendo intencionales. ¿Cómo puede
armonizarse una bioquímica ciega con una serie de contenidos
semánticos? Flew acabará en la inferencia de que la conexión exige un
diseño racional que debe ser atribuido a una Mente diseñadora, es
decir, a Dios.
Se refiere a Paul Davis para reforzar sus puntos de vista. “Enfatiza el
hecho (Davis) de que un gen no es más que un conjunto de instrucciones
codificadas con una receta precisa para construir proteínas. Y, lo que
es más importante, estas instrucciones genéticas no son el tipo de
información que puede encontrarse en la termodinámica y la mecánica
estadística; se trata, más bien, de información semántica. Es decir,
información con un significado específico.
Estas instrucciones sólo pueden ser eficaces en un contexto molecular
capaz de interpretar el significado del contenido del código genético.
La cuestión del origen pasa así a primer plano. “El problema, dice
Davis literalmente citado por Flew, de cómo esta información
significativa o semántica pudo surgir de una colección de moléculas no
inteligentes, sometidas a fuerzas ciegas y carentes de propósito,
supone un profundo desafío conceptual” (Dios existe, p. 113).
Realmente, me es difícil entender dónde está el problema de la conexión
entre bioquímica ciega y contenidos semánticos, en los términos de
Flew. Si nos remontamos, en efecto, a momentos muy primitivos en la
conformación del código genético en estadios unicelulares, podemos
imaginar lo que estaba sucediendo, según las hipótesis evolutivas.
Supongamos que un pequeño cambio al azar del código genético llegó a
producir un cambio en la producción de proteínas que terminó en mejorar
la célula como sistema de supervivencia.
Otros cambios, al contrario, deterioraron la célula y, al ir
replicándose el error se acabó en la extinción. Por su parte, la
acumulación d cambios genéticos favorables fue dotando de supervivencia
eficaz a cierto tipo de células. Pensemos que así nacieron, por
ejemplo, las mejoras de membrana, el citoesqueleto o los microtúbulos
del organismo todavía unicelular. Estos cambios genéticos acumulados se
asentaron porque precisamente contribuían a la supervivencia en el
marco real del medio ambiente, es decir, se reforzaron por su conexión
“semántica”. Y todo ello se produjo de una manera ciega. Así, poco a
poco, por pequeños pasos de eficacia adaptativa creciente fue
apareciendo un código genético capaz de secuenciar el desarrollo
embriogenético hasta detalles sorprendentes.
En contra de lo afirmado hoy por el Inteligent Design del
fundamentalismo americano, incluso la conformación del globo ocular o
del sistema inmunológico pudo llegar a estar regida por instrucciones
genéticas secuenciadas en el tiempo. La ciencia vive hoy en el supuesto
de que esta programación genética dirigida a la eficacia adaptativa al
medio (es decir, con contenido semántico, referido a la realidad),
incluso en los estados de mayor complejidad mecánica, pudo haberse
producido en el lento proceso evolutivo que conformó el código
genético.
La evolución se dio realmente en el código genético armonizado con la
prueba del resultado adaptativo de sus cambios. La mayor parte de los
mecanismos de este inmenso proceso adaptativo-genético se desconocen.
Pero la ciencia tiene muy claro el supuesto general de que se ha
tratado de un proceso ciego de ensayo-error que ha conducido a un
resultado favorable.
Un universo evolutivo y autónomo
Si el universo, en el reino de lo biológico, no pudiera explicar cómo y
por qué sus procesos internos producen como resultado todos los estados
que evolutivamente han ido apareciendo, incluso los más complejos y
organizados, entonces el universo no sería autónomo,
suficiente para explicar su proceso evolutivo. Si la ciencia constatara
su insuficiencia explicativa y hubiera que recurrir a un Deus ex
maquina, o un Dios-tapa-agujeros que interviene y controla las
causas segundas (en terminología escolástica tradicional), entonces la
razón no podría explicar el proceso del mundo como un proceso autónomo
que diera pie a entender el universo de una forma puramente mundana,
sin Dios.
La importancia de que Dios haya creado un universo autónomo, o mejor
que pueda ser explicado por la ciencia como autónomo. Autónomo no
significa (a veces hay quien lo entiende mal) que, en el fondo, Dios no
esté sustentando continuamente el ser del universo (creatio continua).
Así es en realidad, pero el hombre no lo ve como una evidencia que se
imponga a todos. No sabemos si, en el fondo, Dios interviene
puntualmente para dirigir el proceso evolutivo (por ejemplo, para
conformar el código genético), pero el hombre no lo sabe y, además,
puede construir la hipótesis de que no fuera así. Por eso Dios ha
creado un universo autónomo a los ojos del hombre y esto es decisivo
para entender la forma en que Dios ha creado un universo para la
libertad.
Por consiguiente, entendemos que la sorprendente racionalidad del
código genético puede dar pie a la hipótesis de un diseño. Es una
hipótesis posible, y respetable. Pero en realidad no sabemos ni
siquiera si esa intervención de Dios en las causas segundas ha sido
necesaria y Dios la ha querido en su diseño creador. Lo que sabemos es
que la ciencia puede concebir la hipótesis de que la complejidad
apareció como resultado de un proceso evolutivo autónomo, sin necesidad
de diseño.
El problema del diseño debe situarse, como antes decía, en el nivel de
las propiedades primordiales de la materia, hasta tal punto
sorprendentemente afinadas, que fueron capaces de generar las
propiedades antrópicas, la complejidad y la organización del mundo
biológico, incluida la racionalidad del código genético. La realidad
tiene un profundo diseño contenido en las propiedades primordiales del
universo, ahí es donde está lo sorprendente y maravilloso. ¿De dónde
surgió ese diseño de propiedades tan sorprendentes que llevaban incoado
potencialmente el orden físico-biológico y el orden antrópico? ¿Surgió
del diseño racional de una Mente divina? ¿Surgió por azar desde una
dimensión de metarrealidad, o metauniverso, en que la producción
singular de nuestro universo fue un suceso sorprendentemente
afortunado? Esta es la gran cuestión que la ciencia no resuelve por sí
misma y que, al proyectarse sobre la filosofía nos instala en la
incertidumbre metafísica.
Recordemos el texto de Stephen Hawking anteriormente mencionado, al
seguir el Prefacio de Varghese: “creo en la existencia de Dios, pero
también creo que esa fuerza divina, una vez estableció las leyes
físicas de la naturaleza, ya no interviene en el mundo ni lo controla”.
Esta frase muestra que Hawking defiende la autonomía del mundo creado.
Como creyente haría, sin embargo, una observación.
Dios crea el mundo, en efecto, para que sea
autónomo. El universo evolutivo surge de las propiedades primordiales
del big bang y Dios quiere que evolucione por sí mismo desde
esas propiedades, diseñadas por un ajuste muy fino. Es ese universo
autónomo el que dejará abierta la libertad porque será ambiguo, ya que
podría fundarse en Dios o ser un puro mundo sin Dios, al mismo tiempo
que establecerá las condiciones que hagan al hombre indigente y
necesitado de Dios.
El que Dios quiera que el mundo sea autónomo, no quiera intervenir en
su proceso y controlarlo no significa que no pueda en absoluto. El
universo es autónomo ante el borroso conocimiento humano. Pero en sí
mismo el universo depende de Dios y puede ser objeto de la intervención
divina, tal como, en efecto, piensan los creyentes. Por ello tiene
sentido “creyente” recurrir a Dios y pedirle su ayuda.
¿Salió algo de la nada? La propia existencia
del universo
En el tercer argumento esgrimido por Flew a favor de la existencia de
Dios, se hace eco claramente de los argumentos clásicos escolásticos,
por él rechazados durante mucho tiempo, pero ante los que parece haber
cedido finalmente. El argumento clásico es la tercera vía de santo
Tomás, o el juicio-de-contingencia en la metafísica de Suárez. En él se
constata que el mundo está hecho de seres o estados que se califica
como “contingentes” (no tienen en sí mismos la razón suficiente de su
existencia).
Por tanto, una serie infinita de seres o estados contingentes debe
considerarse también como “contingente” (que no tiene en si misma la
suficiencia del ser). El supuesto es, por tanto, que el conjunto,
aunque fuera infinito en el espacio y en el tiempo, no podría nunca dar
una razón suficiente de su existencia. Por ello, la existencia pura del
universo, el mero hecho de que existe, exige fundar su existencia en un
ser suficiente que existe por sí mismo y es por ello necesario.
“En la obra de David Conway El redescubrimiento de la sabiduría
y en la edición de 2004 de la obra de Richard Swinburne La
existencia de Dios, encontré respuestas especialmente eficaces a
la crítica humeana (y kantiana) del argumento cosmológico. Conway da
cuenta sistemáticamente de todas las objeciones de Hume.
Por ejemplo, Hume sostuvo que no hay ninguna causa de la existencia de
una serie de entes físicos, más allá de la mera suma de todos los
miembros de la serie. Si hay una serie sin comienzo de entidades
contingentes, entonces esta sería una causa suficiente del universo en
su conjunto. Conway rechaza esta objeción con el argumento de que “las
explicaciones causales de las partes de una totalidad en términos de
otras partes no pueden sumarse para constituir una explicación global
de la totalidad, si los entes invocados como causas son entes cuya
propia existencia está necesitada de una explicación causal” (Dios
existe, p. 121). Como vemos es el clásico argumento escolástico de
la contingencia.
Más adelante completa estas ideas con un texto de Swinburne. “La
totalidad de la serie infinita se quedará sin explicar, pues no habrá
causas de los elementos de la serie que estén fuera de la propia serie.
En este caso, la existencia del universo a lo largo de un tiempo
infinito será un hecho puro inexplicable. Habrá una explicación en
términos de leyes, de por qué, una vez existe, continua existiendo.
Pero lo que resultará inexplicable es su existencia misma, globalmente
considerada, a través de un tiempo infinito. La existencia de un
universo físico complejo a lo largo de un tiempo finito o infinito es
algo “demasiado grande” para ser explicado por la ciencia” (Dios
existe, p. 122).
En otros lugares he respondido a esta manera de pensar que considero
inaceptable para la ciencia y la filosofía actual. Lo primero que, a mi
entender, debe decirse es que la ciencia y la filosofía no ponen
obstáculo a considerar que todos los estados y seres singulares que van
surgiendo en el proceso del universo sean “contigentes”: no tienen en
sí mismos, en su singularidad, la razón suficiente de que existan. Así
es. Participan su realidad de la realidad del universo como conjunto
que los va generando, y de-generando, en el tiempo.
Pero, ¿qué decir del universo como conjunto, como sistema que genera
sus estados singulares? ¿Es el universo como tal contingente? Por ello,
la pregunta decisiva es si el universo como
sistema-de-realidad-en-su-conjunto es contingente o no: si tiene en sí
la suficiencia o no la tiene, es decir, si es autosuficiente. Si fuera
autosuficiente no sería contingente, ya que tendría en sí mismo, como
sistema, la suficiencia. La intuición de Heráclito al decirnos que “el
cosmos es fuego eternamente viviente que se crea y se destruye según
medidas”, es precisamente lo que ha estado examinando la ciencia y la
filosofía moderna. La metafísica antigua entendió el universo como una
suma de estados singulares contingentes, pero no se preguntó si el
universo en su conjunto como sistema evolutivo en el tiempo era también
contingente.
Esto es precisamente lo que hemos estado discutiendo a lo largo de este
ensayo: si la suficiencia de la realidad del universo pertenece al puro
universo sin Dios o pertenece a la realidad fundante de Dios. Hemos
visto que hay argumentos que hacen verosímil que la verdad sea bien el
puro universo sin Dios, bien la realidad fundamental de Dios. Pero, en
todo caso, la cuestión está en el aire, unos la responden de una manera
y otros de otra, son posibles metafísicas alternativas, teísta y atea,
y por ello estamos en la incertidumbre. Los puntos cruciales para la
ciencia y su proyección filosófica, que determinan una u otra
respuesta, son el problema de la consistencia y estabilidad del
universo (su suficiencia), el problema del orden producido en su
interior, físico y biológico, y el problema de la naturaleza y origen
de la sensibilidad-conciencia.
Por consiguiente, si la razón hace que nos inclinemos a considerar que
lo más verosímil es la autosuficiencia del universo, entonces deberemos
atribuirle la necesidad, es decir, la existencia permanente en un
tiempo eterno. Ahora bien, ¿por qué existiría ese universo, y más bien
no existiría? ¿Por qué existe algo y por qué no, más bien, la Nada? La
verdad es que nunca lo sabremos. Al hombre sólo le cabe constatar el
hecho de que el universo existe, buscar su suficiencia y, si lo logra,
atribuirle la necesidad eterna. Pero es imposible saber por qué existe
algo y no, más bien, la Nada. Pero, en la metafísica teísta
alternativa, decimos lo mismo. Si la búsqueda de suficiencia para el
universo resulta infructuosa y debemos atribuírsela a una realidad
divina transcendente, como hace el teísmo (en el que nosotros nos
incluimos), entonces debemos postular que Dios es necesario de acuerdo
con su propia esencia.
Ahora bien, ¿por qué existe Dios o, más bien, no existe? Nunca lo
sabremos. Ni de Dios ni del universo podemos en ningún caso decir
racionalmente a priori que existan por necesidad (este sería
el argumento de san Anselmo, después repetido en la ilustración como se
ve en Descartes). No se puede decir que Dios sea el único ser del que
podemos predicar la necesidad, porque el universo, aunque existiera
eternamente en un tiempo infinito, no podría nunca ser necesario. Esto
no es correcto. Lo que la ciencia y la filosofía moderna hacen es
constatar el universo, conocerlo, buscar dónde radica su suficiencia
(en Dios o en el puro mundo sin Dios) y, una vez hallada atribuirle la
necesidad, siendo conscientes de que nunca sabremos a priori
por qué Dios o el puro mundo existen o más bien no existen.
Buscando un lugar para Dios
Flew concluye su análisis haciendo referencia a un problema clásico
suscitado por la posible existencia de Dios. Es el problema de su
omnipresencia. El mismo Dawkins dice, en The God Delusion,
que es absurdo pensar que exista un Dios que está en todas partes y
está presente en el interior de millones y millones de hombres,
escuchándolos al mismo tiempo. Flew hace algunas reflexiones al
respecto aportando ideas de algunos filósofos analíticos teístas.
Sin embargo, como antes he dicho, Flew no se plantea a fondo el
problema de la sensibilidad-conciencia y de la reflexión filosófica que
proyecta este problema sobre la transcendencia de Dios.
Como he explicado antes, las teorías cuánticas
de la conciencia abren hoy a una idea de la realidad como campo
holístico que coincidiría finalmente con el campo holístico de la
ontología divina que permea universalmente todas las cosas. El
pensamiento de Flew se hubiera enriquecido haciendo referencia a todas
estas cuestiones.
Conclusión: el teísmo de Flew
Obviamente estamos de acuerdo con el teísmo de Flew. Pero creemos que
los argumentos en que lo fundamenta están necesitados de serias
matizaciones y complementos. Es lo que, en definitiva, hemos expuesto.
Flew insiste mucho en que su teísmo es puramente racional. Pero tenemos
la impresión de que hay algo más. No entra en el problema del mal que
es el gran problema del silencio-de-Dios. No examina las religiones.
Pero concluye su obra declarándose abierto a la omnipotencia divina.
Refiriéndose al cristianismo nos dice con entusiasmo: “¡Si queremos que
la omnipotencia funde una religión, esta (el cristianismo) es la que
tiene todas las papeletas para ser elegida!” (Dios existe, p.
132). Y refiriéndose a la Mente divina concluye diciendo: “Algunos
aseguran haber establecido contacto con esa Mente. Yo no lo he hecho;
no todavía. Pero, ¿quién sabe lo que podría ocurrir en el futuro? Quizá
algún día pueda oír una Voz que dice: ¿me oyes ahora?” (Dios existe,
p. 133).
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