Del ateísmo
al teísmo por la razón científica: El caso de Antony Flew (I)
JAVIER MONSERRAT
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Su conversión dejó sin palabras a muchos de
los ateos más sobresalientes, entre ellos a Richard Dawkins.
Antony Flew es un autor del XX que, durante medio siglo, defendió el
ateísmo, desde la perspectiva de la Escuela de Filosofía Analítica. Sin
embargo, en sus últimos años se convirtió al teísmo. En este primer
artículo estudiamos el ateísmo clásico de Flew, mantenido a lo largo de
su vida, y del que fue considerado el gran maestro. En un próximo
trabajo expondremos y valoraremos su cambio de perspectiva a favor del
teísmo.
Me he referido en otros artículos de Tendencias21 de las Religiones
a lo que se ha venido en llamar en la última década el Nuevo
Ateísmo, representado por Richard Dawkins, Daniel Dennett, Sam Harris y Christopher Hitchens. Stephen Hawking no pertenece a este grupo, pero
sus ideas han sido comentadas con frecuencia en relación a la cuestión
de Dios. Por ello, hemos abordado también una discusión de su idea del
universo y su referencia a Dios. El Nuevo Ateísmo da por
supuesto que la ciencia moderna excluye taxativamente la existencia de
Dios.
Sin embargo, estos no son los únicos ateos. Tanto desde el campo de la
ciencia (vg. Steven Weinberg, Carl Sagan, el mismo Roger Penrose), como
igualmente desde el campo de la filosofía, en los últimos siglos y en
la actualidad, numerosos pensadores han llenado las filas del ateísmo.
Antony
Flew es un autor clásico y maestro del ateísmo en el siglo XX, un
autor que defendió durante cincuenta años el ateísmo desde la
perspectiva de la Escuela de Filosofía Analítica (que seguidamente
explicamos). Sin embargo, en sus últimos años se produjo una
sorprendente conversión al teísmo que dejó sin palabras a muchos de los
ateos más sobresalientes, entre ellos a Richard Dawkins.
En este primer artículo estudiamos primero el ateísmo clásico de Flew,
mantenido a lo largo de su vida y del que fue considerado el gran
maestro. En otro artículo expondremos y valoraremos su cambio de
perspectiva a favor del teísmo.
El ateísmo en la filosofía clásica
La filosofía clásica de la modernidad dogmática fue atea en gran parte;
de ahí la dificultad, mantenida durante siglos, de que se entablase un
diálogo entre el teísmo cristiano antiguo y aquel ateísmo dogmático de
la modernidad.
David Hume estuvo cercano al ateísmo. Fue claramente atea gran parte de
la ilustración francesa enciclopedista del XVIII. Schopenhauer fue ateo
y la izquierda hegeliana estuvo militando ya con toda claridad en el
ateísmo, como Ludwig Feuerbach y Karl Marx. El ateísmo de Marx-Engels
estuvo en la esencia de la filosofía marxista, que alcanzó un inmenso
influjo hasta llegar al ateísmo oficial de la Unión Soviética. La
filosofía del XIX estuvo influida por la idea reduccionista del
universo y de la vida que ofrecía la ciencia de aquel tiempo. Marx,
Nietzsche y Freud fueron los tres grandes padres del ateísmo filosófico
moderno.
Otros muchos filósofos del siglo XX fueron también ateos, o al menos
agnósticos: así Bertrand Russell, Alfred Ayer, Jean-Paul Sartre, Albert
Camus y Martin Heidegger. W.V.O. Quine, Gilbert Ryle o Rudolf Carnap
militaron también en las posiciones ateas. Al igual que autores como
Richard Rorty o Jacques Derrida. Podríamos enumerar otros muchos
nombres de la filosofía internacional que se han manifestado
abiertamente en el ateísmo. No digamos en el mundo de la cultura y de
las artes. Aunque hemos mencionado este ateísmo filosófico clásico, no
me he querido entretener en él porque es muy conocido y sus posiciones
han sido radicalizadas en el Nuevo Ateísmo que está hoy más
en el candelero.
La estructura de la crítica de la religión es muy sencilla. Primero se
argumenta que el universo, al ser conocido por la razón, científica y
filosófica, no ofrece justificación alguna a la consideración de que
algo así como lo que llamamos Dios pudiera ser real y existente (son
los argumentos cosmológicos básicos, de lo que todo depende).
Pero, además, resulta que, si observamos el universo como escenario de
la vida humana, tampoco hallamos ningún rastro de que Dios esté
interviniendo en el mundo. El Mal producido para el hombre en un
universo ciego es incompatible con Dios. La perversidad humana, en
especial la perversidad de las religiones, tampoco permiten pensar que
haya un Dios que inspire o mueva a los hombres a vivir con dignidad y
bondad. Por tanto, no hay rastro de Dios ni en el universo, ni en el
escenario de la vida humana. En consecuencia, Dios no existe.
Ahora bien, si es un hecho que no es racional considerar a Dios como
existente, ¿por qué razón los hombres se han empeñado en ser religiosos
y siguen siéndolo aún en la actualidad? La respuesta la ha construido
el ateísmo clásico en las teorías de la alienación: teorías
que explican por qué los hombres, aun sin tener razones para ello, se
han alienado en la idea de Dios, es decir, han perdido su dignidad
humana, se han hecho algo “extraño” a lo que realmente son (se han
alienado, es decir, se han “extrañado” a sí mismos, convirtiéndose en
“otros”).
El marxismo vio en la indigencia del hombre, pobre y
necesitado, la razón de consolarse en la idea de un Dios salvador; idea
que, además, fue utilizada en las sociedades como ideología útil para
el dominio de unas clases sociales sobre otras. El psicoanálisis
de Freud vio también en la precariedad psicológica del hombre y su
angustia el impulso a crear la imagen ilusoria de un Super-Yo divino
que sirviera de consuelo en la frustración.
Nietzsche y el vitalismo vieron en Dios una necesidad de los
débiles, incapaces de afrontar la vida en toda su fuerza.
El neopositivismo lógico, y su derivación a la llamada filosofía
analítica, aportaron también ideas para explicar cuáles habían
sido los fallos lógicos y las trasposiciones del lenguaje, y de sus
significados, para que, bajo la presión de las emociones, los hombres
hubieran creado el concepto de Dios y lo hubieran introducido en los
sistemas semánticos del lenguaje. La posición filosófica de Antony Flew
debe situarse en la crítica de la religión aparecida en el marco de la
filosofía analítica y durante años fue uno de sus representantes más
importantes.
Antony Flew y la filosofía analítica
Siguiendo las huellas de la forma de pensar que habían inaugurado los
sensismos del siglo XVI, los empirismos del XVII-XVIII y el
asociacionismo del XVIII-XIX, el siglo XIX desarrollo diversas
epistemologías o teorías de la ciencia que se conocen como positivismo.
Después de diversos autores, etapas y escuelas, el neopositivismo
lógico representa su forma más moderna (todavía hoy existen autores que
son bien positivistas o neopositivistas lógicos).
El punto de vista fundamental de esta forma de pensar consiste en un
principio que parece claro y que yo no me atrevería a poner en
cuestión: que todo el contenido de la mente humana, y todo aquello que
en alguna manera puede ser considerado por el hombre como real, debe
estar fundado, o referido a, la experiencia, las sensaciones (incluso
la “experiencia de Dios” es, decimos en perspectiva religiosa, una
sensación interior, psíquica, aunque sea extraña, mística, misteriosa,
y no podamos fijarla como un hecho objetivo incuestionable).
A esta referencia básica de la ciencia a lo empírico, sin embargo,
debemos hacerle algunas matizaciones. Es verdad que todo se funda en
“lo positivo” (en alemán, das Gegebene, para los
neopositivistas del Círculo de Viena). Pero lo “dado” se muestra de
manera tal que la razón humana infiere que es sólo fenómeno:
no manifiesta o contiene toda la realidad y apunta a una dimensión de
la realidad desbordante, en el espacio y en el tiempo, que desconocemos
(Kant en su momento histórico habló del noumeno, que hoy
llamaríamos la esencia profunda de las cosas, es decir, de la
materia, del universo, de la vida y del hombre).
Por ello, desde la experiencia, desde los hechos, la razón humana
especula (razona) para inferir cuál es la esencia profunda del
universo. La ciencia no es sólo experimentación, hechos, base empírica
(que no puede faltar), ya que la ciencia es también legítimamente
teoría construida por el uso critico de la razón, en forma abierta y no
dogmática (por esto la escuela de Popper se denomina racionalismo
crítico).
En este contexto, el Círculo de Viena, por ejemplo Rudolf Carnap,
concibió que para hacer ciencia correctamente había siempre que dar dos
pasos: primero describir bien los hechos (teoría de la base empírica) y
segundo someter estos hechos a un sistema de deducciones bien
construido que no los falseara (teoría de los sistemas formales
lógicos). Así, un enunciado es científico cuando o bien él mismo es un
enunciado protocolario (que describe directamente los hechos) o bien
puede retrotraerse por análisis lógico a sus fundamentos de
experiencia, que deben ser ciertos enunciados protocolarios.
Si no puede verse de qué manera un enunciado puede retrotraerse a
la experiencia (no se ve que, en efecto, es una derivación de la
experiencia), entonces ese enunciado no puede formar parte de la
ciencia, e incluso no puede pensarse que sea una descripción del mundo
real. Así nació el análisis lógico dentro del positivismo.
Además, poco después, apareció una derivación filosófica del
positivismo que se conoce como la filosofía analítica.
Su objetivo era una aplicación de las ideas del neopositivismo:
analizar los sistemas semánticos de lenguaje en las sociedades humanas
para mostrar cómo y hasta dónde sus contenidos estaban fundados en la
experiencia. Esto suponía, en último término, comprobar si los
lenguajes humanos, y sus contenidos semánticos, estaban enraizados en
la realidad. Fueron objeto de análisis lógico, por ejemplo, las normas
morales (muchos profesores de ética eran analistas lógicos) y, sobre
todo, los enunciados religiosos.
Aquí es donde introducimos, con toda claridad, el protagonismo de
Antony Flew en la crítica de la religión construida por la filosofía
analítica. Flew analizó los sistemas de lenguaje de las sociedades
humanas, principalmente las sociedades desarrolladas actuales, para
mostrar de diversas formas y perspectivas, que los términos religiosos,
ante todo la idea de Dios, no responden al mundo empírico que es el
único que puede dar carta de legitimidad a nuestro lenguaje y a sus
pretensiones semánticas (de estar en correspondencia con la realidad).
El lenguaje religioso no es significativo (no está fundado en
la realidad) y, por tanto, no tiene sentido
para el hombre (no lo instala moralmente en la realidad, sino que lo
saca de ella, lo aliena y le hace vivir en una realidad ilusoria).
Pero, entonces, si no es significativo y no tiene sentido, ¿por qué los
hombres se han empeñado, contra viento y marea, en ser religiosos?
La respuesta de Flew se enmarca en el contexto de las teorías de
la alienación: porque existen fuertes razones emocionales que
impelen al hombre a entregarse a la ilusión de que Dios existe y esta
presión emocional es la que ha inducido a construir las tretas que
llevan a introducir en falso los términos religiosos en el lenguaje
ordinario. Estos fallos lógicos son precisamente los que descubre la
filosofía analítica, tal como Flew contribuyó a denunciar. La
popularización de la llamada parábola del jardinero invisible dio a
Flew un especial protagonismo.
Esta es la parábola del jardinero invisible de Antony Flew.
Dos exploradores encuentran en el claro de un bosque unas cuantas
flores y arbustos. Uno de ellos dice que eso es obra de un jardinero;
el otro lo niega. Para ver quién tiene razón plantan una tienda en ese
lugar y lo vigilan estrechamente. Pero no ven nada. El creyente emite
entonces la hipótesis de que el jardinero es invisible. Patrullan el
lugar con sabuesos que olfateen al presunto jardinero invisible, pero
no ocurre nada.
El creyente dice entonces que el jardinero, además de invisible, es
inodoro. Ponen cercas electrificadas para ver si con ellas detectan al
jardinero, pero nada ocurre. El creyente dice entonces que el jardinero
es intangible e insensible a los choques eléctricos. Finalmente el
escéptico dice: ¿qué queda de tu afirmación original? ¿En qué se
diferencia lo que tú llamas un jardinero invisible, intangible,
eternamente elusivo, de un jardinero imaginario o aun de ningún
jardinero?
El jardín con flores y arbustos es el universo. El creyente postula que
existe un jardinero que no vemos, invisible. Los dos exploradores se
concentran por ello en detectar sus huellas. Pero no hay rastro alguno
de la presencia del jardinero invisible. Esto se traduce en establecer
el hecho de que el universo no tiene rastro de Dios porque puede ser
explicado de forma puramente mundana, sin Dios.
Además, podría pensar que su rastro puede detectarse en las
circunstancias de la vida humana, en la historia. Pero en un escenario
de la vida dominado por el Mal ciego y el drama de la historia, tampoco
se haya huella alguna de la presencia de Dios. Por tanto, no hay
rastros de Dios o del jardinero invisible, ¿qué significación y sentido
tiene entonces creer en la existencia de un jardinero invisible o de un
Dios creador?
Durante cuarenta años Antony Flew fue uno de los grandes maestros de la
crítica de la religión en la filosofía analítica. Expuso sus ideas en
primeros artículos que, a lo largo de los años, dieron lugar a libros,
conferencias, participación en seminarios y congresos, docencia
universitaria, siempre con un protagonismo estelar. Flew fue durante
décadas el gran maestro que ponía coto, mediante análisis certeros del
lenguaje, a las pretensiones de que el mundo de lo religioso pudiera
reclamar una conexión justificable con la realidad.
La idea de Dios, por tanto, surgía sólo de las emociones y, además, la
misma idea de Dios en sí misma contenía contradicciones denunciables.
Flew se convirtió en el gran patriarca del ateísmo filosófico moderno
que defendía sus ideas con solvencia en todos los foros de discusión
intelectual de altura.
Por ello, cuando, ya en la vejez, Antony Flew dio un sorprendente giro
intelectual en su vida, abandonó el ateísmo y defendió la viabilidad
del teísmo, no por causas emocionales sino como aceptación de que debía
inclinarse a argumentos racionales, científicos y filosóficos,
objetivos, se produjo una profunda conmoción en el mundo de ateísmo.
Fue mucho peor que si un obispo dejara los hábitos y se fuera por
sorpresa con una mujer. Fue algo así (los términos de la comparación no
son míos) como si un papa declarara de pronto que Dios no existe. Una
conmoción similar causó que el que para muchos era el “papa del
ateísmo” declarara de pronto que Dios existe.
Roy Abraham Varghese
Tras algunas sospechas y desmentidos de que Flew había aceptado el
teísmo, ya desde 2001, la edición a fines de 2004 de una entrevista en
video confirmó lo que ya se venía sospechando con imprecisión, a saber,
que Flew abandonaba el ateísmo y abrazaba un pensamiento teísta, por él
calificado como deísmo, término propio de la ilustración. El mismo Flew
describió su deísmo con una referencia al deísmo de Thomas Jefferson,
centrando su creencia en Dios en los argumentos del diseño natural y no
en revelaciones de ese Dios o en eventuales relaciones de Dios con los
seres humanos.
Flew creía en un Dios inactivo, inofensivo. Parece que se abrió a un
Dios al que quiso “proteger” (como ya había hecho a su manera Alfred N.
Whitehead en la filosofía del proceso) del caos de la historia,
difícilmente atribuible a Dios. No se debe exagerar, por tanto,
el alcance de la “conversión” de Flew al deísmo, y mucho menos a
religiones o al cristianismo. Cree en un Dios que funda la racionalidad
del universo, pero sus creencias no llegan a establecer la forma de la
relación de Dios con los hombres, o la pervivencia más allá de la
muerte y, mucho menos, a la aceptación de los contenidos propios de las
religiones establecidas, entre ellas, el cristianismo, obviamente la
religión culturalmente más cercana a Flew, incluso por su misma
tradición familiar.
Flew fue un temperamento extraordinariamente analítico por su misma
tradición filosófica. Su análisis le llevó con todo rigor a persuadirse
del deísmo, de la existencia de un Dios diseñador de la racionalidad
del universo, pero su análisis no llegó de hecho más lejos. No sabemos
hasta dónde hubiera llegado, si hubiera podido disponer de más años.
Pero, en todo caso, su conversión al deísmo, que llegó hasta donde
llegó y no a más, merece ser reseñada aquí (es lo que haremos en otro
artículo en relación con éste). Al fin y a cabo, frente al ateísmo, la
posición fundamental es afirmar la existencia de Dios.
La edición de la entrevista en internet tuvo un efecto enorme en las
redes sociales. No parecía verosímil que el “padre del ateísmo” se
hubiera pasado al teísmo. Las reacciones no fueron cordiales o
comprensivas. Todo lo contrario, se lo tachó de deshonesto e incluso de
que, por su edad, chocheaba y no estaba en uso de sus facultades
normales. Fue precisamente la desabrida reacción de quienes hasta hacía
poco eran sus correligionarios en el ateísmo, la que movió a Flew a
poner por escrito las razones de su posición intelectual.
La entrevista fue hecha por Gary Habermas, pero en sus preparativos y
realización intervino Roy Abraham Varghese. Varghese era un escritor,
ya de edad en 2044, que durante años se había dedicado al diálogo
ciencia-religión. Había publicado diversos libros, siempre desde una
posición creyente, y había organizado también en las últimas décadas
conferencias y seminarios que habían reunido a lo más selecto del
diálogo ciencia-religión en la cultura anglosajona.
Por ello, Varghese conocía desde hacía años a Flew, que había
participado en conferencias organizadas por Varghese, aunque militaba
en el bando contrario, el de la creencia religiosa. La relación con
Flew creció tras el video y, cuando Flew decidió escribir su libro There
is a God. How the world´s most notorious atheist changes his mind
(2007), parece que Varghese estuvo a su lado y le ayudó en la
composición. También lo ayudaron con su conversación Richard Swinburne
y Brian Lewftow, como el mismo Flew confiesa. Cuando estalló la
polémica tras la entrevista y el libro se publicó, hubo incluso quienes
dijeron que el libro lo había escrito Varghese.
Es difícil admitir que una cosa así fuera aceptada por Flew, quien
rechazó explícitamente estas acusaciones. Varghese escribió de hecho, y
firmó, el Prefacio de Dios existe y el apéndice A
en que se comenta el Nuevo Ateísmo. Es obvio que entre
Varghese y Flew hubo una complicidad, pero el libro fue firmado
exclusivamente por Antony Flew. Sin embargo, antes de referirnos a las
razones expuestas por Flew, tiene interés recoger aquí algunas de las
consideraciones previas de Varghese en el Prefacio.
“La reacción de los correligionarios ateos de Flew a la noticia de la Associated
Press rayó en la histeria… Los insultos necios y las caricaturas
grotescas sobre Flew abundaron en la blogosfera librepensadora. Las
mismas personas que solían quejarse de la Inquisición y de la quema de
brujas, se entregaban ahora a su propia caza de herejes. Los defensores
de la tolerancia resultaban no ser demasiado tolerantes. Según parece,
los fanáticos religiosos no tienen el monopolio del dogmatismo, la
incivilidad, el sectarismo y la paranoia. Pero las turbas furiosas no
pueden reescribir la historia. Y la posición de Flew en la historia del
ateísmo supera todo lo que los ateos actuales puedan ofrecer” (Dios
existe, p. 24).
Para Varghese la obra de Flew permitió superar el simplismo positivista
de la cuestión de Dios, fundado en la simple aseveración de que Dios,
por las buenas, no es objeto de experiencia y no responde al principio
de verificación. Flew introdujo el enfoque analítico que profundizaba
con respeto en el lenguaje sobre Dios para descubrir con precisión cómo
y por qué no reflejaba el mundo de experiencia real, al que el hombre
estaba vinculado.
Bajo la influencia del estilo analítico de Flew no pocos filósofos
analíticos comenzaron a abordar con gran precisión “problemas como la
significatividad de las afirmaciones sobre Dios, la coherencia lógica
de los atributos divinos y la cuestión de si la creencia en Dios es
básica: es decir, precisamente los problemas planteados por Flew en el
debate que buscó generar” (Dios existe, p. 28).
Varghese, en el Prefacio, reacciona con vehemencia emocional ante el Nuevo
Ateísmo que, cuando se produjo la entrevista de Flew (2004) y
cuando apareció su libro Dios existe (2007), estaba en su
momento de eclosión, como consecuencia emocional del atentado de 2001.
La razón de la reacción defensiva de Varghese es obvia porque fueron
los nuevos ateos quienes reaccionaron primero con vehemencia emocional
para descalificar el hecho de que Flew hubiera cambiado de posición
desde el ateísmo al teísmo, poniendo incluso en duda el uso de sus
facultades mentales o su honestidad personal.
“El blanco principal de los ataques contenidos en esos libros (del Nuevo
Ateísmo) es, sin duda, la religión organizada de cualquier tipo,
tiempo y lugar. Paradójicamente, los propios libros suenan como
sermones fundamentalistas. Loa autores, en su mayor parte, parecen
predicadores incendiarios que nos amenazan con duros castigos, incluso
con el apocalipsis, si no abandonamos nuestras creencias extraviadas y
las prácticas asociadas a ellas. No hay espacio en ellos para la
ambigüedad o la sutileza. Todo es blanco o negro. O estamos con ellos,
o estamos con el enemigo. Incluso algunos pensadores eminentes que
expresan un mínimo de empatía con la parte contraria, son denunciados
como traidores. Y los propios evangelistas (del ateísmo) se ven a sí
mismos como espíritus valientes que intentan transmitir urgentemente su
mensaje, ante el martirio inminente” (Dios existe, p. 28).
Se refiere también Varghese a que Richard Dawkins quiso desprestigiar a
Flew comparándolo con Bertrad Russell (en The God Delusion).
Nos dice Varghese que “después de escribir (Dawkins) que Bertrand
Russell “era un ateo extremadamente ecuánime, más que dispuesto a
dejarse convencer si la lógica parecía exigirlo”, añade en una nota al
pie: “Podríamos estar viendo algo similar en la sobrepublicitada
tergiversación del filósofo Antony Flew, que ha anunciado en su
ancianidad que se había convertido a la creencia a algún tipo de deidad
(desencadenando un frenesí de repetición ávida en todo internet).
Russell, en cambio, era un gran filósofo. Russell ganó el Premio Nobel”
(hasta aquí la cita que Varghese hace de Dawkins). La petulacia pueril
–prosigue Varghese– con que despectivamente compara al gran filósofo
Russell con un Flew en la ancianidad es típica del tono de las
epístolas de Dawkins a los ilustrados. Pero lo que resulta interesante
aquí son las palabras que escoge Dawkins; palabras que delatan
inconscientemente como funciona su mente. “Tergiversación” significa
–en el sentido que le quiere dar Dawkins– “apostasía”. Así, el pecado
principal de Flew estriba en haber apostatado de la fe atea de sus
mayores” (Dios existe, p. 30).
Dawkins ha insistido siempre en que Russell fue su gran maestro, un
hombre fiel al ateísmo sin fisuras. Por ello de un nivel de calidad
humana muy superior al de Flew, con su razón perturbada en la
ancianidad. Sin embargo, Varghese aprovecha para aportar algunos datos
que podrían poner en duda el ateísmo sin fisuras de Russell, aportando
algunos textos de la obra de la hija de Russell, Katherine Tait, My
Father, Bertrand Russell (New York, 1975). Para Katherine su
padre no sólo rechazó la religión por argumentos intelectuales, sino
que se hallaba repelido por el comportamiento y el estilo de las
religiones y de los creyentes religiosos que encontró en su vida.
“Me hubiera gustado convencer a mi padre de que yo había encontrado lo
que él había estado buscando, ese inefable “algo” que había añorado
toda su vida. Me hubiera gustado persuadirle de que la búsqueda de Dios
no está condenada a ser vana. Pero no había nada que hacer. Había
conocido a demasiados cristianos ciegos, moralistas tristes que
extirpaban toda alegría de la vida y perseguían a sus oponentes; él
nunca habría sido capaz de ver la verdad que, pese a todo, albergaban” (Dios
existe, p. 31). Tait cree, sin embargo, que la vida de Russell fue
una búsqueda de Dios, tal como Varghese relata.
“En algún lugar, en el fondo de la mente de mi padre, en las
profundidades de su alma, había un hueco que había sido llenado alguna
vez por Dios, y nunca encontró otra cosa que pudiera ocupar su lugar”.
“Tenía, prosigue Varghese citando a Tait, el “sentimiento espectral del
desarraigo, del no tener un hogar en este mundo” (Dios existe,
p. 32). Finalmente recuerda Varghese un poderoso pasaje de Russell en
su Autobiografía cuando dice que: “nada puede llenar el corazón humano,
si no es la intensidad más alta del tipo de amor que predicaron los
maestros religiosos” (Dios existe, p. 32). Por tanto, como
Varghese intenta sugerir, no sería descabellado pensar que Russell
estuvo más cerca del criticismo honesto y abierto de Flew, que del
radicalismo dogmático de Dawkins.
Quiero concluir esta referencia al Prefacio de Varghese citando una
referencia suya a Stephen Hawking, de indudable interés. “Cuando se
preguntó a Stephen Hawking, durante una visita a Jerusalén, si creía en
la existencia de Dios, el famoso físico contestó que, afectivamente
“creo en la existencia de Dios, pero también creo que esa fuerza
divina, una vez estableció las leyes físicas de la naturaleza, ya no
interviene en el mundo ni lo controla” (Dios existe, p. 33).
La negación de lo divino en Antony Flew
Esta ha sido, en efecto, la posición que mantuvo Flew durante seis
décadas, convirtiéndole en uno de los grandes maestros del ateísmo.
Pero, ciertamente, no fue nunca un ateo al estilo radical de Dawkins,
Harris o Hitchens. Su estilo analítico le hizo defender la posición de
que era a los teístas a quienes correspondía la responsabilidad de
aportar pruebas o argumentos que hicieran aceptable la existencia de
Dios. El ateísmo era la posición que, por defecto, debía siempre ser
asumida. Flew se mantuvo en esta tesis que fue combatida por los
teístas coetáneos ingleses como Plantinga. Para éste, lo obvio social e
históricamente es Dios, y es el ateísmo el que debe aportar pruebas.
A mi entender, entiendo que lo obvio no es ni el ateísmo (Flew) ni el
teísmo (Plantinga) sino el enigma del universo y la incertidumbre
metafísica. Ni ateísmo ni teísmo son obvios, ya que dependen de una
toma de posición humana ante el enigma. El teísta debe ponderar los
argumentos del ateo, y viceversa.
Antony Flew aplicó el método analítico para ponderar los argumentos a
favor de la existencia de Dios que venían siendo esgrimidos por el
teísmo de su tiempo. El resultado fue que durante años y años el fino
análisis de Flew fue mostrando la insuficiencia de los argumentos
teístas. Por una parte, consideró que los argumentos tradicionales (los
metafísico-ontológicos, los teleológicos o de la finalidad-racionalidad
del universo, y los derivados de la historia de las religiones) no
tenían una corrección lógica que los hiciera aceptables.
Pero, por otra parte, consideró también que la misma idea de Dios que
ofrecía el pensamiento teísta no era aceptable porque mostraba un
contenido que no era defendible ante la razón por ser incongruente con
nuestra idea de la realidad (así criticó Flew la idea de Dios, su
relación con el mundo, y los atributos divinos). Pero la actitud de
Flew fue siempre respetuosa y abierta. Decía lo que con honestidad
creía que podía decir por el uso de la razón, científica y filosófica.
Pero estuvo siempre abierto a considerar de nuevo las cosas, hallar
nuevos argumentos y cambiar.
Flew caracterizaba su actitud como la de dejarse llevar con honestidad…
hasta donde nos lleve la evidencia. Y con toda honestidad se dejó
llevar, al final de sus días, hasta dónde las evidencias le llevaban,
es decir, al tránsito desde su ateísmo ancestral a una nueva posición
teísta. El libro de Flew en 2007, Dios existe, muestra a las
claras que sabe perfectamente lo que dice, tiene la información
pertinente y razona con gran precisión y agudeza. No se ve ni por asomo
el “desvarío de la ancianidad” que ha pretendido atribuirle Dawkins
malévolamente.
La primera parte del libro está dedicada a explicar sus años de
ateísmo: cómo llegó a ser ateo y cuáles fueron los argumentos en que
fundaba su opinión. Es, más o menos, la contextualización que ya hemos
hecho aquí en lo anterior y que no tenemos intención de presentar en
detalle. Flew aporta sus experiencias familiares, informa sobre sus
estudios, sus contactos con personas y profesores, sus relaciones con
grandes autores de su tiempo, su ingreso en la universidad como docente
hasta el final de su carrera académica.
Refiere igualmente el contenido de sus obras y los pasos que fue dando
en ellas, siempre en orden a defender la posición atea en el marco del
pensamiento analítico. El lector interesado leerá estos capítulos de
Flew con provecho.
Pero quiero reseñar aquí, sacándolo de la biografía intelectual que
Flew nos expone, su mención de la forma en que el problema del Mal
influyó en su ateísmo de juventud. “Las razones por las que abracé el
ateísmo a la edad de quince años eran claramente inadecuadas. Se
basaban en lo que describí más tarde como dos “obsesiones juveniles”:
1) que el problema del mal constituía una refutación decisiva de la
existencia de un Dios infinitamente bueno y omnipotente; 2) que el
recurso a la libertad del hombre no eximía al Creador de su
responsabilidad por los manifiestos defectos de la creación” (Dios
existe, p. 59).
“Si decimos que Dios nos ama, debemos preguntar qué fenómenos excluye
dicha afirmación. Obviamente, la existencia del dolor y el sufrimiento
aparece como un problema para la tesis en cuestión. Los teístas nos
dicen que, con las apropiadas cualificaciones, estos fenómenos pueden
ser reconciliados con la existencia y el amor de Dios. Pero entonces
surge la cuestión de por qué no deberíamos simplemente concluir que
Dios no nos ama. Los teístas, según parece, no permiten que ningún
fenómeno pueda contar como incompatible con la tesis de que Dios nos
ama. Esto significaría que nada puede contar a su favor tampoco. Se
convierte de hecho en una afirmación vacía. Concluía que una hipótesis
presuntuosa puede así ser muerta poco a poco: se le inflige la muerte
de las mil cualificaciones” (Dios existe, p. 60). El problema
del Mal, sin embargo, no será abordado en su obra de 2004, reducida a
considerar el teísmo como una exigencia de la razón cosmológica.
Conclusión
Ciertamente, el contenido de la obra de Flew que supone su conversión
final al teísmo es, ante todo una argumentación cosmológica. En detalle
valoraremos su análisis en un próximo artículo sobre su descubrimiento
de lo divino.
Como explicaré, su nuevo teísmo y los argumentos que esgrime para
defenderlo tienen un indudable interés. Sin embargo, en mi opinión, no
creo que estén construidos con toda precisión y en conformidad con lo
que permite hoy decir la ciencia moderna.
No es que estemos en disconformidad con el nuevo teísmo de Flew, pero
sí creemos que sus argumentos deben ser revisados y no pueden ser
aceptados sin más. Lo explicaremos en el siguiente artículo que
completará nuestro análisis del pensamiento de este gran maestro del
ateísmo/teísmo, es decir, del problema del ateísmo y del teísmo en el
siglo XX.
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