Ateos y
creyentes ante la incertidumbre del más allá: «El gran enigma»
JAVIER MONSERRAT
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Un libro plantea posibles respuestas para
cuestiones fundamentales.
El universo es enigmático, y está cargado de incertidumbre metafísica:
¿Existe Dios? Y, si existe, ¿ha querido crear tanta incertidumbre? ¿Ha
creado un universo para la libertad? En mi obra ‘El gran enigma. Ateos
y creyentes ante la incertidumbre del más allá’ (San Pablo, Madrid,
2015), abordo estas y otras cuestiones, como el más allá de la muerte y
lo que deba suceder con nuestras vidas en dependencia de la verdad
última metafísica del universo. El teísmo y el ateísmo, como respuestas
a estas preguntas fundamentales, deberían construirse desde una
información correcta sobre el teísmo, las religiones y el ateísmo.
El gran enigma, el enigma fundamental de la vida
de todo hombre, es el enigma de la verdad metafísica última del
universo. En último término, es el enigma de si el universo es
últimamente Dios o un puro mundo sin Dios. El desconcierto y
desorientación, que nace de la discusión social en torno a Lo
último, hace que muchos aparquen la cuestión metafísica como algo
irresoluble que está más allá de la capacidad de análisis del hombre
normal. Aparece una gran indiferencia ante lo metafísico, tanto frente
al teísmo como frente al ateísmo.
En mi libro de reciente aparición El
gran enigma una guía de
información y análisis, para ateos y creyentes, que, a pesar del enigma
y la incertidumbre inevitable, pueda ayudar a vivir en autenticidad
responsable ante la gran cuestión que se planteará con más y más fuerza
a medida que se acerque el final.
La experiencia inmediata de la existencia humana
instala a todo hombre en la apetencia de la Vida que une a los
instintos animales asentados a la evolución. Frente al deseo de existir
y conocer el universo para hallar en él el camino hacia la Vida, el
universo en el que el hombre ha emergido y debe vivir su vida no le
permite el acceso a conocer su verdad metafísica última.
El hombre queda por ello en una molesta incertidumbre sobre lo que
puede esperar últimamente de la vida, porque esto dependería de esa
verdad última que no es patente y es desconocida. Desde antiguo,
enfrentado al enigma y a la incertidumbre, el hombre trató por su razón
y por sus emociones de hacer conjeturas sobre esa enigmática verdad
última. Nacieron las religiones y estas se transformaron poco a poco en
un dogmatismo religioso que impuso su dominio social.
Sin embargo, en los últimos años se ha producido un cambio
crucial en el pensamiento y en la cultura humana, un cambio
que lleva consigo la superación del dogmatismo y la vuelta a la
experiencia primordial de enigma y de incertidumbre. Este cambio
crucial impone hoy, en la modernidad, una nueva manera de
entender el teísmo, el ateísmo, así como la unidad y sentido del
movimiento religioso universal. A esto nos hemos referido en El
gran enigma, y a esto mismo nos referimos ahora en este
artículo.
Abiertos al enigma del universo
El impulso racio-emocional hacia la Vida
El hecho esencial que explica nuestra actuación como seres humanos es
que tenemos un cuerpo biológico que permite sentirnos, sentir del
universo, sentir la presencia de los otros seres vivientes y, ante
todo, la de los otros seres humanos. A partir de nuestra sensibilidad
ha surgido nuestra mente racional que hace que formulemos preguntas,
siempre orientadas a lograr una supervivencia mejor, al estar mejor
adaptada a las condiciones del mundo en que debemos llevar a cabo
nuestra vida.
Las especies animales tienen ya conocimiento, pero la razón, en efecto,
ha surgido en la especie humana como un instrumento o medio más
perfecto y eficaz de supervivencia. La razón está, pues, al servicio de
la Vida. Vivir es lo que, en último término, persigue todo ser humano
al dar salida al impulso de los instintos vitales recibidos del mundo
animal. Es la fuerza de la Vida.
El hombre, pues, como ser racional, ha emergido en el universo y asume
el impulso hacia la Vida que el mismo universo le ha entregado. ¿Cómo
actuar para alcanzar la vida, para vivir de la forma más plena posible?
Los animales disponen ya de un sistema de sentidos y de conocimiento,
muy rico y bien construido por la evolución, que les permite orientarse
instintivamente en el mundo de su experiencia inmediata para sobrevivir
y alcanzar, en el marco de su biología, una vida lo más plena posible.
Pero el hombre, aunque asume los instintos, dispone también de la razón
para orientarse en la tarea de existir. Por la razón descubre cómo está
hecho en profundidad el mundo inmediato y, a partir de ese
conocimiento, construye una portentosa tecnología que le hace dominar
el mundo para vivir más plenamente. Además, por el ejercicio mismo de
la razón, los hombres han ingeniado formas de convivencia para vivir
unidos unos con otros y alcanzar así un mejor disfrute de la Vida.
Todas las facultades humanas están así orientadas al servicio de la
Vida, bien en el dominio del mundo, bien a favor de la convivencia con
los otros hombres en la tarea de existir.
De ahí que “vivir con sentido” sea hacerlo aprovechando al máximo todas
las posibilidades de vida que el mundo objetivo ofrece. Para el hombre
se trata de todas las posibilidades desveladas por la razón. En el uso
ordinario de la palabra algo, una acción humana, tiene “sentido” cuando
está adecuada al medio objetivo en el que debe realizarse esa acción.
De ahí que el sentido de la vida, lo que el hombre ansía alcanzar, es
vivir dotando a la vida de una adecuación, de una armonía con el
universo en que de hecho debemos existir. Para el hombre, valga la
redundancia, no tiene “sentido” vivir “sin sentido”.
El gran enigma
El hombre, por tanto, cae en la cuenta de la facticidad de la propia
existencia. Todo nace de ahí, de esa experiencia primordial. Es un
hecho, fuera de toda duda, que tenemos un cuerpo biológico, que
aspiramos a la vida, que lo hacemos racio-emocionalmente, que nuestra
existencia se despliega en un universo que está ahí ante nosotros, que
nos contiene y en su forma de ser real abre todas las posibilidades
ofrecidas a la especie humana y las condiciona.
El hombre es un hecho, pero también es un hecho la existencia del
universo. Es el hecho unitario que asocia al hombre con universo: la
existencia del hombre en el universo. Un hecho que sólo es tal porque
es sentido y conocido desde la conciencia humana.
Vivir con eficacia, por tanto, vivir lo más plenamente posible, depende
del conocimiento del universo, ya que es en él y sólo en él donde
hallamos todo aquello que puede hacernos vivir. Así, por ejemplo, el
conocimiento científico que ha llevado a la tecnología a abrir
sorprendentes formas de vida. En este impulso por conocer lo que es el
universo, el conocimiento humano no tiene límites. Es lógico. Es en
este marco que apunta hacia el conocimiento final donde, ya desde
tiempos primitivos, el hombre quedó abierto al enigma del
universo.
En efecto, el hombre tiene experiencia inmediata de su cuerpo, de su
psiquismo consciente, del universo que lo contiene y del que todo ha
surgido. Pero la forma de esta experiencia le hace entender que el
universo tiene más contenido que lo que advierte por sus sentidos y por
el ejercicio de la razón. Así, el hombre está desbordado, primero, por
el espacio y por el tiempo. Ocupa un lugar del espacio que se pierde en
lo profundo de la bóveda estrellada. Ocupa también un lugar del tiempo
que viene del pasado y se proyecta hacia un futuro incierto. Pero,
además, en segundo lugar, el universo deja abierta la profundidad
abismal de la naturaleza de la materia.
Desde lo macroscópico y desde lo microscópico el hombre se abre al
enigma del fondo verdadero del universo. ¿Qué es el fondo de las cosas?
¿Qué contiene la inmensidad del espacio tiempo? ¿Cuál es la naturaleza
de una materia insondable en su profundidad abismal?
El hombre, según esto, intuye que el universo “aparece” ante él por el
ejercicio de sus sentidos, de su conciencia, de su razón, de sus
emociones, pero esta apariencia deja oculta la verdad última y final
del universo. El hombre vive en un mundo de “fenómenos” (fenómeno
significa en griego lo que aparece o se manifiesta). Pero, más allá del
fenómeno percibido y conocido por el hombre, existe una verdad última y
profunda del universo. Es evidente que conocer esa verdad –que
equivaldría a conocer la verdad última del hombre que forma parte de
ese universo– tendría para la especie humana una importancia decisiva,
ya que ofrecería el marco final de cuanto el hombre, en último término,
pudiera esperar del universo para la realización de sus aspiraciones
vitales.
Sin embargo, la mayor fuente de inquietud para la existencia humana
nace del hecho de que esa verdad última del universo no es evidente, ni
para los sentidos ni para la razón del hombre. El universo, en su forma
de presentarse ante la conciencia humana muestra que tiene un fondo
“metafísico” (que está “meta”, más allá, de la experiencia física
inmediata de la naturaleza, tal como el hombre puede alcanzarla). El
universo físico que conocemos proyecta así hacia un fondo metafísico,
que constituiría su verdad última. Un fondo metafísico que, por lo
dicho, constituye el gran enigma con el que debe
enfrentarse el ser humano. ¿Qué es posible esperar finalmente del
universo?
Respuestas dogmáticas al enigma
Dios y las conjeturas religiosas
El hombre sabe, pues, que el universo que inmediatamente percibe por
sus sentidos y conoce por la razón deja vislumbrar la existencia de un
fondo último cuya verdad, sin embargo, no es patente. Esto crea una
inquietud metafísica inevitable porque conocer esa verdad podría tener
consecuencias en el camino hacia la Vida. Por ello, como muestra la
totalidad de la historia, ya desde tiempos prehistóricos, los grupos
humanos se esforzaron por la razón, por las emociones y por sus mismos
intereses existenciales, en hacer conjeturas sobre la verdad última del
universo.
La idea de Dios, las religiones y la referencia a un más allá, en que
el hombre podría pervivir tras la muerte, está presente ya en la
prehistoria. Desde entonces, la construcción de las ideas religiosas en
las culturas antiguas ha acompañado siempre la historia de la
humanidad. Nacieron las grandes religiones y con ellas se consumó poco
a poco, y de diversas maneras, la introducción de lo metafísico en la
vida humana. La referencia explícita a lo metafísico fue introducida en
la historia a través de las conjeturas y construcciones religiosas de
la mente humana.
Entender, pues, que el universo estaba dominado desde sus dimensiones
metafísicas desconocidas por un Ser personal, o seres personales, al
que se podía recurrir en solicitud de ayuda y que eventualmente podría
salvar más allá de la muerte, fue sin duda un consuelo para la
existencia del hombre. No parece poder ponerse en duda que el éxito
histórico de las religiones se debe a que conferían a los grupos
humanos un horizonte de esperanza frente al dramatismo de la vida y,
por ello, los hombres podían soñar en un futuro mejor de liberación y
salvación.
Las más diversas religiones, muchas de ellas hoy extinguidas, fueron
naciendo, por tanto, con sus teologías propias, su idea de Dios, de sus
relaciones con el universo, y de las formas de relación humana con lo
divino (es decir, con sus historicismos propios).
Las creencias religiosas fueron el elemento esencial que daba cohesión
social a la familia, a los grupos humanos, a las tribus y a las
culturas. A medida que la religión ganaba en importancia se convertía
en eje de las sociedades, de tal manera que su dominio social llegó a
hacerse absoluto. Aunque en realidad a Dios nadie lo había visto nunca,
el contenido de las creencias religiosas, y su idea de lo divino, llegó
a aceptarse como algo cuasi-evidente que nadie podía poner en duda sin
someterse al rechazo social. Puede decirse que estas sociedades
derivaron a un dogmatismo teísta, o religioso, porque este constituía
una verdad incuestionable avalada por la razón, las emociones, los
intereses vitales, las tradiciones y la cohesión social.
El cristianismo. Es una de las
grandes religiones de la historia que nace como la adhesión a la
persona y a la doctrina de Jesús de Nazaret. El cristianismo por ello
entendió que sus creencias se limitaban a proclamar el contenido del
mensaje de Jesús. Esta proclamación era el kerigma cristiano. Sin
embargo, los cristianos entendieron también desde el principio que era
legítimo hacer una interpretación del contenido del kerigma a la luz de
la razón y de la cultura de su tiempo.
El kerigma era fiable porque constituía el depósito de doctrina que
Jesús había entregado a la iglesia y, además, ésta se entendía
inspirada y asistida por Dios para mantenerlo y proclamarlo
correctamente en la historia, sin transformarlo. Sin embargo, la
interpretación de acuerdo con la cultura (o sea, lo que se llamó
“hermenéutica”) era posible y necesaria porque entre la Voz de
Dios en Jesús y la Voz de Dios en la Creación, asequible
por la razón, no debía haber ninguna contradicción. En la revelación
(Jesús) y en la Creación (la razón) debía resonar la misma Voz del
único Dios.
Por ello, desde los primeros siglos de historia cristiana, se comenzó a
construir una interpretación o hermenéutica del kerigma desde
presupuestos filosóficos y socio-políticos que eran propios del mundo
greco-romano. El resultado fue el nacimiento de una forma de
interpretar el cristianismo que he llamado el paradigma
greco-romano. En lo filosófico-teológico este paradigma fue teocéntrico
/ teocrático
(Dios era el único punto de referencia posible para organizar la
sociedad civil y entender el origen del principio de autoridad, bien en
la ley natural-divina o bien en la ley positiva de Dios por la
revelación).
(la razón conocía con certeza absoluta la existencia de Dios y la vida
humana no podía sino tener a Dios como centro esencial de referencia,
es decir, no era posible una idea del hombre sin Dios) y, además, en lo
socio-político fue también
En resumidas cuentas, el cristianismo fue convirtiéndose poco a poco en
una religión que respondía al dogmatismo que fue propio de las otras
religiones surgidas en la historia en las más variadas culturas con sus
historicismos propios. El dominio ideológico
filosófico-teológico (teocéntrico) y el dominio socio-político
(teocrático) del cristianismo fueron consolidándose desde Constantino
por la cristianización del imperio romano y se asentaron finalmente en
la edad media.
Más allá de la edad media, en los siglos XVI y XVII, este paradigma
cristiano dominante durante siglos comenzó a tener problemas al tiempo
en que nacía y se consolidaba el movimiento cultural de la modernidad.
Sin embargo, el hecho es que el cristianismo se mantuvo en sus trece y
trató de seguir defendiendo el paradigma greco-romano. Es verdad que en
los últimos años filósofos y teólogos cristianos, a título personal,
han entendido que ni el teocentrismo ni el teocratismo son hoy
posibles, y han ofrecido alternativas, discordantes con la doctrina
oficial, más o menos interesantes.
Sin embargo, las corrientes teológicas más importantes en el mundo
católico de los últimos años, incluyendo el presente (la escolástica
clásica, bien tomista o suarista, el neotomismo transcendental
kantiano, y el mismo evolucionismo de Teilhard), siguen siendo
teocéntricas. Igualmente las posiciones oficiales de la iglesia
católica responden todavía al paradigma antiguo que no ha sido
derogado, sino que sigue presente indefinidamente, con unos perfiles
borrosos, que de tanto en tanto reviven con fuerza insospechada. Sin
que esto impida que la iglesia, presionada por evidencias difíciles de
ignorar en la cultura moderna, haya asumido ciertas “adaptaciones ad
hoc” que nunca han supuesto una revisión sistemática oficial del
paradigma antiguo (así, la teoría de la evolución o la admisión
matizada del laicismo moderno).
El gran enigma: un puro mundo sin Dios
Aunque en la mayor parte de la historia las culturas se construyeron en
un marco teísta –una solución religiosa al enigma metafísico de la
vida– que llegó a ser dominante, e incluso opresivo, cabe pensar que
siempre hubo seres humanos que vieron la idea de Dios con poca
convicción y aceptación subjetiva (personas más bien “mundanas”). Pero
difícilmente podía contradecirse el teísmo religioso que lo dominaba
todo y reprimía duramente a los disidentes.
Sin embargo, a fines de la edad media, en los siglos XV-XVI-XVII, al
comenzar el renacimiento, se inicia también el movimiento cultural de
la modernidad que, con diversas etapas y una evolución lógica, llega
hasta nuestros días. Este movimiento hizo posible que por primera vez
se formulara una alternativa rigurosa al pensamiento teísta, hasta
entonces dominante. La posibilidad de entender el universo sin Dios y,
en consecuencia, vivir una vida individual y social sin Dios,
mundanamente, tomó carta de ciudadanía.
Todos sabemos que, en efecto, el ateísmo comenzó a formarse en el siglo
XVII (quizá Hobbes), se formuló con fuerza en la ilustración francesa
del XVIII, así como en el enciclopedismo fundado en la ciencia de aquel
tiempo. En el siglo XIX se dio tanto en la izquierda hegeliana y en el
marxismo, así como en el vitalismo en general, y en especial en el de
Nietzsche. A caballo entre el XIX y el XX Freud aportó el ateísmo
psicoanalítico.
Finalmente el ateísmo analítico del Wienerkreis completó los
cuatro grandes ateísmos clásicos: Marx, Nietzsche, Freud y filosofía
analítico-científica. En continuidad con ellos, el siglo XX presenta
una amplia variedad de escuelas y ateos, que culminan en los que se
conocen hoy como los grandes ateos de nuestro tiempo: Richard Dawkins,
Daniel Dennett, Christopher Hitchens y Sam Harris.
La aparición de la alternativa atea al teísmo religioso ancestral tuvo,
pues, dos vertientes lógicas: por una parte la científico-filosófica y,
por otra, la socio-política. Esta última es la que produjo, poco a
poco, la emancipación de la sociedad civil frente a sus fundamentos
religiosos. Dios ya no formaba parte de la lógica racional que
naturalmente daba origen a la sociedad civil y a su organización
socio-política.
Pero lo más importante no fue que ciertos intelectuales fueran capaces
de argumentar sistemáticamente el ateísmo, o se situaran en el
agnosticismo, sino que la forma de vivir sin Dios, arreligiosa, sin
referencias metafísicas, ni teístas ni ateas, sino simplemente
mundanas, comenzó a extenderse entre la gente normal, hasta el punto de
llegar a constituir una opción metafísica, alternativa y objetiva, que
gozaba de una total legitimidad.
Un rasgo del ateísmo naciente que no debe olvidarse para entender bien
lo que aconteció en los últimos siglos y lo que todavía sigue
afectándonos, es que el ateísmo producido en la modernidad fue un
ateísmo dogmático (al igual que el teísmo, como decíamos, fue también
un teísmo dogmático desde la antigüedad).
No se trata, pues, de que el ateísmo argumentara que era “posible” que
Dios no existiera, sino que su afirmación precisa era más radical:
consistía en establecer que la razón, la ciencia y la filosofía
demostraban que Dios no existía, o, dicho con otras palabras, que no
había argumentos de ningún tipo que permitieran pensar en la
posibilidad de que Dios existiera. La religión, por tanto, era un
error, una debilidad moral o existencial, un juego o evasión a favor de
una vida ilusoria. Esta tradición dogmática de los grandes ateos
modernos sigue presente y la he analizado en detalle en artículos que
he publicado en Tendencias sobre Richard Dawkins, Daniel Dennet,
Christopher Hitchens o Sam Harris.
El gran enigma en un tiempo de dogmatismos
El teísmo ancestral, en Europa cristiano, fue en efecto dogmático, en
el mundo antiguo y así siguió siendo durante el desarrollo de la
modernidad. Pero también lo fue el ateísmo naciente en los primeros
siglos de modernidad. En el fondo, el dogmatismo fue durante siglos una
manera de entender el conocimiento que era propio de la cultura
filosófica general. Todo el mundo era dogmático. Por ello, el hombre
abierto, por propio interés existencial, a la pregunta por la verdad
metafísica última del universo, se hallaba en una situación muy
definida.
Se hallaba en una tradición cultural de antiguo que respondía la
pregunta por lo metafísico por medio de un teísmo dogmático, pero
advertía además, al mismo tiempo, que en la sociedad existía también un
ateísmo dogmático opuesto radicalmente al teísmo. Se trataba por ello
–así fue durante siglos– de la lucha, contrapuesta y excluyente,
diríamos incluso que bidireccionalmente despreciativa, entre dos
dogmatismos que, cada uno a su manera, estaban persuadidos de poseer la
verdad absoluta por la razón, la ciencia y la filosofía.
La existencia de estos dos grandes dogmatismos contrapuestos –que
todavía perduran en sectores sociales muy amplios de la sociedad
actual– creaba en los individuos una lógica inquietud, malestar y
desconcierto. ¿Cómo era posible que un mismo universo diera origen a
dos dogmatismos contrapuestos y tan radicales? ¿Quién tenía la verdad?
Incluso los que ya había tomado parte por uno de estos dogmatismos,
teísmo o ateísmo, no podían dejar de sentirse inquietos por el hecho
mismo de la existencia del otro dogmatismo contrapuesto y alternativo.
De hecho la situación de una sociedad contrapuesta y escindida por
metafísicas excluyentes y antagónicas ha dado lugar, principalmente en
los dos últimos siglos, al crecimiento de una actitud de indiferencia
ante lo metafísico. No sólo ante la metafísica teísta-religiosa, sino
también ante la atea-arreligiosa. La mayor parte de la gente siente una
gran impotencia para razonar con orden y concierto ante las incógnitas
metafísicas. Son cuestiones que suponen tener una formación filosófica,
científica, teológica, que abarca muchos problemas que la gente normal
no está en condiciones de responder.
Por ello, mucha gente toma la posición pragmática de prescindir de
referencias a lo metafísico (una cuestión ante la que se sienten
impotentes) y viven simplemente una existencia dirigida a las
inquietudes mundanas más inmediatas. En último término creen que el
hecho de un universo confuso y borroso metafísicamente les justifica
moralmente, incluso ante un posible Dios, en su actitud de indiferencia
metafísica.
Un cambio crucial en la historia
Un aspecto esencial de mi obra El gran enigma
es afirmar que en la historia moderna del pensamiento se ha producido
un cambio crucial que tiene consecuencias
transcendentales en la forma hoy posible de entender el teísmo y el
ateísmo, es decir, la forma en que estos deben construir y entender sus
argumentos metafísicos; también en la forma de entender la religión
natural (aquella que es posible para el hombre como ser que forma parte
de la naturaleza); en el entendimiento además del sentido de las
grandes religiones, del cristianismo, y, en definitiva, de la unidad y
sentido del movimiento religioso universal. Este cambio crucial al que
estamos aludiendo es, pues, hasta tal punto importante que implica un
replanteamiento de la manera de ver el acceso humano a lo metafísico,
al teísmo, al ateísmo, a las religiones y, en especial, al
cristianismo.
Este cambio crucial, en concreto, sería tan
importante para el cristianismo que supondría una exigencia de
re-interpretación o nueva lectura hermenéutica del contenido del
kerigma cristiano. Hasta el punto de que implicaría el abandono de la
forma de hermenéutica o interpretación del cristianismo antiguo,
habitual durante muchos siglos: desde el paradigma antiguo greco-romano
al paradigma de la modernidad. Ciertos perfiles de este cambio pueden
haber sido apuntados por filósofos y teólogos cristianos de los últimos
años, con mayor o menor acierto, pero la iglesia oficial sigue
instalada todavía en el paradigma antiguo, aunque disimulado al máximo,
y procurando actuar siempre como pura proclamación kerigmática de la
doctrina de Jesús.
Siendo esto lo esencial, sin embargo, la proclamación queda oscurecida
al no tener el complemento ni de una hermenéutica antigua, en la que ya
no se confía, ni de una hermenéutica nueva fundada en el logos de la
modernidad, a la que todavía no se ha llegado. Se proclama el kerigma
cristiano pero sin mostrar que la Voz del Dios de la Revelación
es la misma Voz del Dios de la Creación.
Por ello, el cambio crucial que el cristianismo
debería abordar equivaldría a pasar el paradigma antiguo vigente hasta
ahora (veinte siglos) al paradigma de la modernidad, al que fuerzan los
cambios, inevitables e innegables, de la historia. Como vengo
repitiendo en otros escritos, este cambio debería ser de tal
importancia que exigiría ser abordado por un gran concilio ecuménico
que estableciera los parámetros y criterios esenciales para la
inserción del mundo cristiano en la modernidad.
La idea de la necesidad de un nuevo concilio la he defendido en otros
sitios con mayor amplitud (en: Hacia el Nuevo Concilio. El
paradigma de la modernidad en la Era de la Ciencia, San Pablo,
Madrid 2010), sin embargo, aunque no es, en este nuevo libro, la
cuestión esencial, también la menciono al concluir en el Anexo final mi
obra El gran enigma. Ateos y creyentes ante la
incertidumbre del más allá).
¿En qué consiste el cambio crucial del
tiempo nuevo?
Ahora bien, ¿en qué consiste pues ese cambio crucial al que estamos
aludiendo? Es muy fácil de entender. Hasta entrado el primer tercio del
siglo XX seguían predominando entre los creyentes el dogmatismo teísta
y entre los increyentes el dogmatismo ateo (lo acabamos de exponer).
Pero, a lo largo de los dos últimos tercios han venido produciéndose un
conjunto de cambios, en el pensamiento y en la forma de entender la
vida, tanto en el arte, en la política, en la literatura, en la misma
filosofía, pero principalmente en la ciencia, que ha llevado consigo la
aversión y el rechazo a los “grandes relatos” dogmáticos que pretendían
establecer con toda seguridad tanto el conocimiento de la verdad final
del universo, como la del sentido de la vida, desde el comportamiento
ordinario a las ideologías socio-políticas.
La gente se ha ido haciendo menos radical y cree menos en quienes
tratan de imponer una verdad absoluta y dogmática, en cualquier campo.
Algunos han detectado este nuevo movimiento cultural y lo han llamado
“post-modernidad”. Yo he defendido que la modernidad no ha terminado,
sino que simplemente se ha pasado de una modernidad dogmática a una
modernidad crítica. Para mí, el gran movimiento de la modernidad no ha
terminado, pasando a otra cosa, sino que se ha reencontrado a sí mismo
en el criticismo que abandona el dogmatismo y pasa a la modernidad
crítica.
Durante muchos siglos de modernidad, la ciencia fue un instrumento al
servicio del dogmatismo. Era una ciencia mecanoclásica (newtoniana),
determinista y mecánica, en definitiva reduccionista. Esta ciencia era
difícilmente compatible con la idea de Dios, e incluso con el humanismo
de nuestra experiencia ordinaria de la vida. Sin embargo, a partir del
nacimiento de la mecánica cuántica, las cosas comenzaron a cambiar.
Fue naciendo la nueva ciencia, la nueva física, cuya imagen del
universo pasó a ser indeterminista, enormemente enigmática en su idea
de la materia y entendió el universo a partir de la idea de campos
físicos. En resumidas cuentas, el universo descrito por la ciencia se
presentaba como un profundo enigma que llevaba a la incertidumbre
metafísica.
Por consiguiente, volviendo a la pregunta planteada, ¿en qué consiste
el cambio crucial al que estamos aludiendo?,
responderíamos con toda precisión: en que la evolución de la ciencia en
el tiempo de la modernidad crítica ha mostrado una imagen del universo
como enigma y esto ha llevado a la filosofía a reconocer que el
universo nos deja instalados en una incertidumbre metafísica. Antes, en
la cultura dogmática de la modernidad, se creía en una “patencia
absoluta de la Verdad” que teístas y ateos entendían de forma
diferente. En nuestro tiempo, en la cultura crítica e ilustrada de la
modernidad crítica, se ha caído en la cuenta de que estamos abiertos al
enigma del universo y a la incertidumbre
metafísica
Este es el cambio crucial que ha tenido consecuencias de extrema
importancia. Estamos, pues, tal como describíamos la
experiencia ordinaria del hombre al comenzar este artículo: en el
enigma y en la incertidumbre, que nos colocan en una inquietud profunda
en torno a preguntas que sería perentorio responder para dar un sentido
auténtico a nuestra vida.
Pero hoy vemos que los intentos teístas y ateos por responder al enigma
del universo con el dogmatismo fueron un gran “sueño de la razón”, una
ilusión del racionalismo que hoy debemos denunciar. Nos quedamos, pues,
con el enigma y con la incertidumbre que vivimos en la vida ordinaria y
que constituye la esencia del “problema de la vida”: a Dios no lo
vemos, es un enigma la verdad final del universo y estamos sumidos en
la incertidumbre metafísica.
¿Qué ha significado, y qué significa, la ciencia para la evolución de
la metafísica en el siglo XX? Ya hemos descrito su aportación crucial:
promover el tránsito desde el dogmatismo, desde la
patencia-de-la-Verdad, a la conciencia de enigma e incertidumbre
metafísica. Pero esta consecuencia crucial representa algo muy general,
que deja abiertas cuestiones concretas que siguen abiertas y siendo
objeto de investigación científica y de ponderación filosófica.
Cuestiones de la cosmología, del origen del universo, el modelo
cosmológico estándar y la teoría de multiversos, de la naturaleza de la
materia, la viabilidad de la teoría de supercuerdas, de la neurología,
de la explicación física del psiquismo animal y humano, y otras muchas,
siguen siendo discutidas en relación a los nuevos y continuos
resultados de la ciencia. Pero la tendencia general, la significación
global, de la nueva imagen del universo en la ciencia, en su
repercusión sobre la filosofía, puede sintetizarse en el punto
crucial mencionado: en la conciencia de enigma y de
incertidumbre.
El silencio-de-Dios: teísmo crítico y
ateísmo crítico
Decíamos que el cambio crucial descrito era importante porque obligaba
a cambios decisivos en la manera de referirse a lo metafísico. Estos
cambios, en efecto, suponían un replanteamiento de muchas maneras de
entender que, hasta ahora, habían estado en los fundamentos del
comportamiento del hombre moderno. Ahora bien, ¿cuáles son estos
cambios? El primero de ellos consiste sin duda en un cambio en la forma
de entender el teísmo (y la religiosidad) y el ateísmo (y la
arreligiosidad).
El cambio es evidente: hasta el cambio crucial referido en la
modernidad crítica teísmo y ateísmo eran dogmáticos. Todavía hoy gran
parte del teísmo y del ateísmo siguen siendo dogmáticos: unos piensan
que la razón, la ciencia y la filosofía muestra con evidencia que Dios
existe (teísmo) o que no existe (ateísmo). Teistas y ateos se siguen
sintiendo con la seguridad racional (ilusoria) propia del dogmatismo.
Lo vemos en la sociedad actual. Pero el cambio consiste en que vivir de
acuerdo con la sensibilidad y el espíritu de nuestro tiempo exige a
teísmo y ateísmo antiguos una conversión al teísmo “crítico” y al
ateísmo “crítico”. Sólo este tipo de teísmo y ateísmo son posibles en
la sociedad crítica e ilustrada de la modernidad crítica.
Pero para entender lo que este moderno “criticismo” significa es
necesario dar un primer paso: entender en qué sentido el cambio crucial
del dogmatismo al criticismo supone la aparición de una manera nueva,
más profunda y radical, de entender el silencio-de-Dios. La expresión
silencio-de-Dios es muy antigua, viene de la patrística y fue en
extremo ponderada en la literatura mística. Pero para el dogmatismo
teísta, en último término, Dios no estaba en silencio porque se había
manifestado inequívocamente a la razón en la naturaleza. Por su parte,
para el ateísmo dogmático no tenía sentido hablar de silencio-de-Dios
porque Dios en definitiva no existía en absoluto.
En cambio, el teísmo crítico y el ateísmo crítico –de acuerdo con la
conciencia de estar dentro del enigma del universo y en incertidumbre
metafísica– saben que los argumentos que los avalan son hipotéticos, no
son impositivos, y deben ser valorados por la razón de todo hombre
hasta llegar a una decisión personal libre. Así, el teísmo crítico cree
que la hipótesis, la conjetura, el supuesto, de la existencia de Dios
es la mejor y más argumentada; pero, en último término, sabe también
que “Dios podría no existir”. Igualmente el ateo acepta, a su juicio,
la mayor fuerza y verosimilitud de los argumentos que avalan el
ateísmo; pero sabe también, en último término, que “Dios podría
existir”.
La consecuencia es inmediata: lo que ciertamente cabe decir es que el
posible Dios, en caso de existir, está en silencio. Si es el autor y
creador de la naturaleza, el hecho es que la ha creado de tal manera
que en ella ha resonado el silencio cósmico de Dios, el factum de que
el posible Dios está en silencio y no se ha manifestado con evidencia
impositiva a las facultades humanas naturales del hombre. No ha dotado
a la naturaleza creada de una “patencia de la Verdad”. Es lo que
muestra la experiencia y se impone sociológicamente. Dios, por tanto,
ha creado una naturaleza en que es verosímil el teísmo, pero también lo
es el ateísmo. Por esto puede decirse que Dios calla y está en
silencio.
La discusión antigua en torno a la cuestión metafísica de si Dios
existía o no existía, era una discusión acerca de si los argumentos
dogmáticos del teísmo y del ateísmo eran correctos o no. Se discutía
cuál de los dogmatismos era el verdadero (ya que el otro era obviamente
falso). En cambio, en el tiempo de la modernidad crítica la discusión
comenzó a centrarse en la cuestión de si tiene sentido, o no lo tiene,
la verosimilitud de admitir la existencia de un Dios que permanece en
silencio.
Se trataba, pues, de ponderar y tomar una actitud ante todas las
dimensiones reales en que se manifiesta el silencio-de-Dios. La primera
dimensión del silencio-de-Dios era su silencio ante el conocimiento
humano por el enigma del universo; es el hecho comentado de que no
sabemos con evidencia impositiva racional si Dios existe o no existe.
La segunda dimensión es el silencio-de-Dios ante el drama de la
historia por el sufrimiento humano personal y colectivo, por el Mal
natural ciego y por la perversidad humana.
¿Tiene sentido aceptar la existencia de un Dios que permanece en
silencio en estas dos dimensiones tan importantes y desconcertantes
para el hombre? La respuesta del teísmo y de las religiones es que hay
argumentos que hacen verosímil que ese Dios en silencio exista. La
respuesta del ateísmo, al contrario, es defender los argumentos que
muestran que ese Dios en silencio no existe.
En El gran enigma he expuesto y analizado,
desde la perspectiva del dogmatismo y del criticismo moderno, cuáles
han sido y son los argumentos que avalan al teísmo y al ateísmo, así
como su relación con la ciencia moderna. En la modernidad crítica, por
tanto, teísmo y ateísmo son posibles y pueden ser construidos por la
razón de forma legítima y honesta moralmente. Es lo que vemos además
socialmente. Sin embargo, teísmo y ateísmo deben respetarse mutuamente
puesto que ambos saben que son sólo un juicio de verosimilitud que no
es una certeza racional absoluta, sino que la borrosidad enigmática del
universo deja abiertas ambas alternativas.
La religión natural
Religión natural es aquella a la que tiene acceso el hombre como
consecuencia de su inserción en la naturaleza y en uso de todas sus
facultades naturales, en especial la razón y las emociones. Pensemos
que la inmensa mayor parte de los hombres no han conocido el
cristianismo (ni las otras grandes religiones). Sin embargo, han sido
religiosos, de una u otra manera.
Si Dios existe, ha creado el universo y tiene la intención de hacer
posible para todos los hombres por igual una relación religiosa con Él,
entonces es obvio que esa religiosidad pretendida por Dios debe hacerse
posible por la naturaleza misma, en todos los hombres por igual. No
tendría sentido que la salvación (eventualmente pretendida por Dios
para todos los hombres) fuera asequible sólo a unos pocos en el
hinduismo, en el judaísmo o en el cristianismo. La religión debe
hacerse posible por la naturaleza, por la existencia humana misma y
debe poder llegar a todos los hombres por igual. Es difícil no ver que
así deben entenderse las cosas.
Una religión universal
Pues bien, otra de las consecuencias trascendentales del cambio
crucial que nos está permitiendo entrar en un tiempo nuevo es
precisamente la forma de entender la religión natural. Es una
consecuencia de lo dicho anteriormente: a saber, que se ha pasado del
dogmatismo al enigma y a la incertidumbre, que esto deja abierta una
forma crítica nueva de entender el teísmo y el ateísmo, de tal manera
que en la modernidad tenemos una experiencia radical más profunda del
silencio-de-Dios y de los argumentos que avalan creer o no creer que
ese posible Dios-en-silencio es verosímil y cabe aceptarlo o no
aceptarlo.
Esto es lo que, en definitiva, nos permite entender en qué consiste la
religión natural de que estamos hablando y en qué sentido está presente
en todos los hombres y ha sido el germen que ha hecho formarse las
grandes religiones de la historia en sus condiciones historicistas
propias (hinduismo, budismo, judaísmo, cristianismo, islamismo).
Reconstruyendo, en función de estos principios, los argumentos que dan
sentido a la religión natural, vemos que el cosmos se presenta
enigmático en su verdad metafísica última, pero hace posible argumentos
que llevan a la razón, en la ciencia y en la filosofía, a admitir la
verosimilitud de que Dios existiera como fundamento metafísico del
universo.
Así lo intuye todo hombre en la vida ordinaria. Pero esta verosimilitud
no se impone de forma absoluta y única, como veíamos. Además, también
hace a Dios verosímil la experiencia religiosa subjetiva y objetiva (en
la historia de las religiones). Dios no es evidente objetivamente ni lo
hace evidente a la razón ningún tipo de experiencia subjetiva o social
(religiones). Pero es objetivo el hecho la persistencia histórica
inefable, misteriosa, mística, de esas extrañas experiencias religiosas
que podrían ser indicio de la existencia de una Divinidad oculta.
Sin embargo, el argumento esencial que hace posible la religión natural
de todo hombre en el mundo es el que permite entender que, a pesar del
silencio divino en sus dos dimensiones (antes mencionadas), a saber, el
silencio ante el conocimiento (por el enigma del universo) y el
silencio ante el drama de la historia (por el Mal ciego de la
naturaleza y por la perversidad humana), el silencio-de-Dios podría
tener un sentido-en-Dios. Como he explicado en El gran
enigma, la religiosidad humana, desde el interior de un
universo en que Dios calla y está en silencio, sólo es posible si se
admite el logos, es decir, el sentido, de un Dios oculto y liberador, a
pesar de su lejanía y de su silencio.
Sentido del universal religioso
Existe, pues, un rasgo universal, presente en todos los hombres, común
a toda posible religiosidad, que podríamos llamar el universal
religioso. Este universal religioso (que juega un papel
decisivo en El gran enigma) podría
enunciarse en los siguientes términos: sería la creencia en la
existencia de un Dios oculto y liberador, porque cabría pensar que su
ausencia del mundo, su lejanía y su silencio, tienen para Él un sentido
teo-lógico (un sentido-en-Dios, un logos o una razón, una
explicación). Es decir, cabría aceptar a un Dios oculto y liberador, a
pesar de su ausencia, de su lejanía y de su silencio. Esta aceptación
sería el universal religioso, presente en toda religiosidad
humana.
Pero la religión radical, profunda, de todo hombre se asienta en la
experiencia inmediata de la ausencia de un Dios al que no vemos y de la
ausencia de un Dios que deja al hombre desamparado ante el drama de la
historia. Pero, a pesar de todo ello, el hombre religioso cree siempre
en un poder transcendente que salva a pesar de su aparente desamparo,
ausencia, lejanía y silencio. El hombre natural está interesado
existencialmente en que Dios exista. Le va la vida en ello. Sólo si
Dios existiera y quisiera liberar al hombre, podría entonces soñarse en
un futuro de felicidad y se podría vivir en el consuelo profundo de que
Dios acompaña al hombre en su sufrimiento y lo lleva a la salvación.
Pero la creencia en que la esperanza futura ofrecida por la religión
sea real se funda en argumentos que giran siempre en torno a la
creencia en el sentido, logos o razón, de un Dios oculto y
liberador. La creencia en el Dios oculto y liberador es, como hemos
dicho, el universal religioso que constituye la esencia
profunda de toda religiosidad.
Religiosidad universal en la vida humana
Lo que el cambio crucial del tiempo nuevo ha
permitido entender es, por tanto, lo que sin duda ha pasado, pasa y
sigue pasando en la vida humana ordinaria de los hombres, aun dentro de
la inmensa variedad de las circunstancias propias de sus vidas y de sus
culturas. Antes, en y después del cristianismo histórico todos los
hombres, aun sin ser cristianos, viven el dramatismo de sus vidas en
función de unos factores antropológicos, inevitablemente presentes en
ellos.
Todo hombre vive la indigencia de su vida, el drama de sus
circunstancias vitales y el final trágico de la muerte. Todo hombre se
siente sólo y abierto al enigma y a la incertidumbre porque no es
patente la verdad última del universo y a Dios nadie lo ha visto.
Es la angustia inevitable del silencio-de-Dios que acompaña a todo
hombre, en su experiencia profunda interior, en cualquier
circunstancia, incluso en las culturas teístas dogmáticas, teocéntricas
y teocráticas. De ahí que todo hombre abierto a la esperanza de la
existencia de un Dios en silencio que, sin embargo, quiere salvar al
hombre, lo hace creyendo en la existencia de un Dios oculto y
liberador, por encima de su lejanía y de su silencio. Este voto de
confianza en Dios, a pesar de todo, es lo que constituye la
esencia del universal religioso.
El cambio crucial, antes descrito, tal como se ha
producido con la modernidad crítica, habría sido entonces la ocasión
histórica de que, al abandonarse los dogmatismos culturales,
teocéntricos y teocráticos, se haya podido entender de forma explícita
y argumentada lo que ya estaba presente desde siempre en la
religiosidad natural del hombre: a saber, el logos del universal
religioso.
El cristianismo
Todas las grandes religiones, las religiones menores, e incluso las
religiones antiguas ya desaparecidas, toda forma de religiosidad humana
interior vivida al margen de la religión social, han respondido siempre
al universal religioso. Han sido siempre la creencia en un
Dios oculto y liberador, por encima de su ausencia, de su lejanía y de
su silencio. El cristianismo responde igualmente al universal
religioso, ya que este pertenece a la esencia de toda posible
religiosidad humana. También de la religiosidad cristiana. Pero en el
cristianismo, al margen de que seamos cristianos o no, concurren una
serie de circunstancias objetivas sorprendentes que pueden ser
estudiadas por todos con objetividad y nos muestran la presencia
sublimada del universal religioso.
Como religión, el cristianismo, como se explica en El gran
enigma, consiste en la adhesión a la persona y a la
doctrina de Jesús de Nazaret. Pero el hecho es que Jesús presenta su
doctrina como la revelación de la esencia de Dios y de sus planes en el
diseño de la creación del universo. Sin embargo, lo verdaderamente
sorprendente de la pretendida Voz del Dios de la Revelación
en Jesús es su profunda armonía con la Voz del Dios de la Creación.
Si existe un Dios es que ese Dios es el autor de la creación y del
escenario en que debe realizarse la vida humana. Si el Dios que
pretendidamente se revela en Jesús de Nazaret fuera el Dios real y
existente, se debería entonces suponer que el diseño de creación que
Jesús revela fuera armónico con la forma real en que, de hecho, tal
como sabemos a la altura de nuestro conocimiento en el mundo moderno,
ha sido creado el universo.
Ahora bien, este mundo real y el escenario que implica para la vida
humana, pretendidos por Dios, como hemos dicho, es el que nos instala
ante el enigma del universo y en la incertidumbre metafísica ante el
más-allá. Es, en definitiva, el que acaba situando al hombre ante la
alternativa de creer o no creer en el Dios oculto y
liberador, a pesar de su ausencia, de su lejanía y de su silencio.
Por tanto, el mundo real es un mundo que hace la apertura a Dios
posible a través del universal religioso.
Pues bien, la Voz del Dios de la Revelación que predica Jesús
de Nazaret no hace sino proclamar que, efectivamente, es real y
existente un Dios que ha querido ocultarse, pero que alberga un plan de
liberación de la estirpe humana. El Dios cristiano no hace sino asumir
y profundizar el universal religioso presente en todos los
hombres por su misma naturaleza, al margen de que hayan conocido o no
el cristianismo.
El Dios que revela el cristianismo es un Dios que, en su eterno
designio, asume, usando un término de san Pablo, la kénosis
de su presencia en la creación. Esta kénosis es el ocultamiento, el
anonadamiento, la humillación de Dios en la creación, para hacer un
mundo de libertad en que no vemos a Dios por el conocimiento y en que
son posibles la negación de Dios y el pecado. Es, al mismo tiempo, la
humillación de Dios ante el drama de la historia que presenta un Dios
inoperante, impotente, que parece abandonar la historia humana a manos
de las fuerzas ciegas del Mal.
El Dios cristiano es un Dios que asume, redime, esta creación
“kenótica” en que Dios se humilla por su ocultamiento ante el
conocimiento humano y por su impotencia ante el drama de la historia
por el sufrimiento. La razón de esta kénosis ante la libertad, creando
la autonomía del universo y del hombre, es que este dramático universo
debe ser el escenario que hará posible la maravillosa historia de la
santidad humana, que acabará conduciendo a los hombres a su integración
en la misma vida divina.
El cristianismo proclama que Dios ha querido realizar y manifestar en
el tiempo humano su eterno designio creador a través del Misterio de
Cristo que en su Muerte manifiesta la kénosis en la creación, por su ocultamiento
ante el conocimiento y el drama sufriente de la historia, y que en su
Resurrección manifiesta la futura liberación con que Dios
salvará la historia humana. El Dios manifiesto en Jesucristo es el Dios
oculto y liberador que juega un papel esencial, por el universal
religioso, en todos los hombres.
Para el cristianismo Dios ha creado el universo de manera que todo
hombre pueda llegar a conocer y aceptar su oferta de amistad. La
naturaleza hace ya verosímil que un Dios creador pudiera ser su
fundamento. Además, es posible creer en la existencia de un Dios oculto
y liberador, cuya ausencia, lejanía y silencio en el mundo tienen un
sentido, y se ha manifestado en el Misterio de Cristo. Por último, el
cristianismo cree que el Espíritu de Dios está interiormente presente
en el interior del espíritu de todo hombre de una forma sobrenatural o
mística, misteriosa pero real, que no rompe su ocultamiento, pero que
da el testimonio interior definitivo de la verdad de Dios. La
explicación en detalle de la naturaleza del cristianismo como religión
será uno de los temas principales de El gran enigma.
El gran enigma
El gran enigma que pesa sobre la existencia de todo hombre en el mundo,
y sin duda sobre nosotros, es primariamente el enigma de la Verdad
Última, metafísica, que se esconde en el más allá, cuya naturaleza
acabará afectando sin duda a nuestro futuro. Por la intuición inmediata
de la experiencia de la vida, o por la razón en la ciencia y en la
filosofía, quedamos instalados ante el enigma del universo en una
molesta sensación de incertidumbre ante el más-allá, ante lo que
constituye el fondo metafísico de la realidad.
Que el universo sea un enigma, y que la búsqueda humana de la verdad se
debata en la incertidumbre, impone el hecho de que Dios podría no
existir (para el creyente) y podría existir (para el increyente).
Creencia e increencia nacerán de una decisión personal posible por la
estructura del mundo. Pero creer o no creer debe ser una decisión
informada y competente. El creyente debe conocer el conjunto de serios
argumentos que hacen posible el ateísmo. Pero el ateo debe conocer
también los argumentos que hacen la creencia posible y que muestran la
extraordinaria coherencia y armonía del movimiento religioso universal.
Pero, en los términos expuestos, el siempre posible Dios está ausente,
lejano y en silencio.
Esto plantea la gran pregunta a la que queda abierta la existencia del
hombre: a saber, si tiene sentido creer en la existencia de un Dios
oculto y liberador. Por ello, el gran enigma del universo
se cifra, en el fondo, en el gran enigma de si es real y existente un
Dios oculto y liberador. ¿Qué actitud tomar ante el enigma último del
universo y de nuestra vida?
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