Ateos y teístas se esfuerzan por poner de su parte a la razón
JAVIER MONSERRAT
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La manera holística de ver el universo,
derivada de la ciencia moderna, es compatible tanto con el teísmo como
con el ateísmo, lo que debe reforzar el respeto y la tolerancia.
Hay personas que han comprometido su vida, bien con una metafísica
teísta (piensan que Dios es real y existente y viven en consecuencia)
bien con una metafísica atea (consideran que Dios no existe y, por
ello, obran sin referencia a Dios en sus vidas). Tanto teístas como
ateos, se esfuerzan en poner de su parte a la razón, y una parte
fundamental de la razón es, en la cultura moderna, la ciencia. Sin
embargo, el compromiso vital con el teísmo o con el ateísmo no
dependerá sólo de argumentos científico-filosóficos (que en el fondo
nos dejan ante el enigma), sino también de la experiencia de la
existencia, de la cultura y de la historia en su conjunto.
¿Cuál es la imagen de la materia, del universo, de la vida y del
hombre? ¿A qué reflexión filosófica conduce en relación con las últimas
preguntas metafísicas, sobre la existencia o la no existencia de Dios?
Está claro que la ciencia produce muchos resultados que no tienen
relevancia en orden a las grandes cuestiones metafísicas (por ejemplo,
la investigación bioquímica sobre drogas anticancerígenas no tiene
relevancia filosófica).
En realidad, en mi opinión, los tres grandes "campos de problemas"
que surgen en la ciencia y que deben ser razonados por la filosofía en
orden al problema metafísico son tres: a) el problema de la consistencia
y estabilidad absoluta del universo; b) el problema de las causas que
han producido el orden físico y biológico dentro de la evolución del
universo; c) el problema de la explicación de la naturaleza y el origen
de la sensibilidad-conciencia dentro del universo, es decir, la
explicación del sorprendente hecho de que en el universo hayan emergido
por evolución seres vivos con sensibilidad y conciencia, y con las
propiedades y facultades del psiquismo animal y humano.
Sin duda, se trata de cuestiones difíciles y complicadas que, para
entenderlas bien, deben ser estudiadas atendiendo a mucha información
científica y filosófica. Pero, ¿es posible presentar estos problemas en
términos sencillos, de tal manera que se entienda fácilmente su
verdadera dimensión y su sentido en orden al conocimiento filosófico
último? Creemos que sí, en efecto, aunque cualquier exposición siempre
implique una cierta dificultad en la comprensión de los problemas, que
se deriva inevitablemente de la profundidad de los temas tratados. Esta
explicación asequible es la que queremos presentar ahora en este
artículo que puede complementarse con otros muchos publicados en
Tendencias21.
a) El problema de la consistencia y la estabilidad absoluta del universo
El hecho del que partimos es obvio para todos: la existencia del
universo que nos contiene y nos ha producido (dicho de forma más
filosófica, la existencia del sistema objetivo de la
realidad-en-su-conjunto). Este universo
se presenta de hecho como una estructura dinámica: o sea, como un
conjunto de elementos relacionados entre sí formando una unidad
interdependiente que evoluciona en el tiempo. Es, pues, real y existente
como estructura dinámica: partículas, energía, vibraciones
ondulatorias, luz, átomos, campos físicos, moléculas, materia, cuerpos
celestes, estrellas, planetas, galaxias, etc., todo ello relacionado en
el sistema global interdependiente que nombramos como universo o cosmos.
La experiencia nos impone, pues, el hecho de la existencia del
universo.
De ahí surge una inferencia racional básica: si el universo está
ahí, es real y existente, es porque puede estar. Es decir, porque debe
tener todo aquello que le permite ser real. De principio, por tanto, la
razón postula que el universo debe ser suficiente o autosuficiente: esto
quiere decir simplemente que debe poseer aquellas propiedades y
contenidos que le permiten mantenerse en el tiempo sin deshacerse. Se
habla entonces de su consistencia y estabilidad en sí mismo (teniendo en
cuenta que algo estable puede ser dinámico), de forma absoluta en el
sentido de que su suficiencia debe estar en un ámbito de realidad que ya
no necesita referirse a algo exterior para justificar su propia
realidad (esto es lo que suele entenderse en filosofía por ab-solutum,
liberado de dependencias externas para dar razón de su propia realidad).
Orientada por esta inferencia básica (una intuición que todos
tenemos y que se explica en epistemología, dando origen al
conocimiento), la razón observa el universo para conocer cómo está
formado de hecho y entender cómo, en efecto, es suficiente o
autosuficiente. Esto es lo que ha hecho la ciencia con un método que
consiste en describir los hechos y sacar consecuencias racionales por
medio del análisis y síntesis de estructuras (el universo es real y
existente como estructura).
Todo lo que la ciencia puede decir del universo se funda, pues, en
las evidencias empíricas y en los hechos: a partir de ahí concibe cómo
se relacionan en estructuras reales (vg. el complejo sistema o
estructura de una célula viviente, o del universo en su conjunto). Por
tanto, ¿a qué imagen científica de la naturaleza del universo se ha
llegado por la razón humana y por la ciencia? ¿Ha sido posible entender
lo que la razón postula de principio, a saber, la autosuficiencia
absoluta del universo?
En un primer momento la ciencia ha querido trazar aquella imagen
de la materia y del universo que puede argumentarse a partir de las
evidencias empíricas (es decir, que hay evidencias firmes de que tales o
cuáles cosas o estados físicos se produjeron en el pasado o se
producirán en el futuro). Esta imagen científica (argumentada con rigor
desde las evidencias constatables por diversos métodos) es lo que se
llama, por una parte, el modelo estándar de partículas (sobre la materia
o mundo microfísico) y, por otra, el modelo cosmológico estándar (sobre
la cosmología o mundo macrofísico).
El modelo estándar de partículas y del cosmos
Se ha comenzado a conocer, ya desde la altura del año 1925, que la
materia germinal del universo responde a ciertas propiedades extrañas
que se describen en la llamada mecánica cuántica. Nos dice que la
materia puede presentarse como corpúsculo y como vibración ondulatoria.
El modelo estándar explica cómo la materia cuántica, al producir
partículas de una cierta forma de vibración, causó la aparición del
mundo objetivo que vemos por nuestros sentidos, hecho de objetos firmes y
estables, diferenciados, separados unos de otros en el espacio y en el
tiempo (planetas, seres vivos, distancias, etc.).
Este mundo de experiencia humana es el mundo que describió la
mecánica clásica de Newton (pero las interacciones entre los objetos
clásicos no responden a las propiedades de la materia germinal cuántica
que, no obstante, los constituye internamente). La ciencia nos dice que
el universo está hecho, pues, de materia (clásica y cuántica). ¿Cómo ha
evolucionado en el curso del tiempo? Es decir, ¿qué estados ha
atravesado el universo en el pasado y qué estados deberá todavía
transitar en el futuro? También ahora, al igual que al hablar de la
materia, no se trata de especular sino de argumentar el pasado y el
futuro en función estricta de las evidencias empíricas.
Aquí es donde comienza la cosmología científica. Argumentando a
partir de las evidencias empíricas del presente, ¿qué puede pensarse de
los estados que fue atravesando el universo en el pasado? Esta
retrotracción hacia el pasado termina en la postulación de un estado
primordial, el big bang, en que se produce una inmensa fuente de energía
que fue transformándose primero en materia germinal y dando origen
después a los cuerpos celestes, ya como materia organizada en cuerpos
estables o materia clásica. Todo concuerda en apoyar que así sucedió en
realidad.
Esta energía germinal y la materia naciente tenían unas
propiedades y leyes que la ciencia ha descrito: pero la ciencia no tiene
razones para afirmar por qué son tal como de hecho son. Podrían haber
sido distintas. Pero el hecho es que las propiedades de la materia (que
podían haber sido otras) son las que han hecho posible el nacimiento de
la vida y del hombre. Por eso se dice que el universo es antrópico: con
las propiedades precisas que hacen posible la aparición de la vida y del
hombre en la evolución. Un universo con otros valores en sus variables
no hubiera podido producir la vida y el hombre. Piénsese que esta
naturaleza antrópica del universo es tan evidente que no es negada ni
por Richard Dawkins, ni por Stephen Hawking, ni por Penrose, ni por
Martin Rees, entre otros muchos.
Ahora bien, ¿qué pasará con el universo en el futuro? También en
función de las evidencias del estado actual del universo, la ciencia
hace conjeturas sobre lo que pasará en el futuro. Y, en el estado actual
de la ciencia, todo mueve a pensar que la hipótesis más probable es que
el universo vaya evolucionando hasta perder toda su energía y
desaparecer.
Puesto que para la ciencia la energía ni se crea ni se destruye,
cabe suponer que la energía inicial del big bang habría nacido de un
fondo o mar de energía en que poco a poco, al final, quedaría
reabsorbida toda la energía que se desplegó en la historia del universo.
[No parece que el universo tenga suficiente masa gravitatoria para
frenar la expansión actual y entrar en una fase de concentración hasta
un big cranch que produjera otro big bang en una historia oscilante del
universo, siendo por ello la hipótesis de la muerte energética la más
probable para el modelo cosmológico estándar].
No se puede decir más del universo en función de las evidencias
empíricas. Pero esta imagen construida por la ciencia es insuficiente
para entender lo que la razón postula de principio: a saber, que el
universo debería ser suficiente o autosuficiente para mantenerse de
forma consistente y estable a lo largo del tiempo, sin deshacerse. Por
ello es extraña la existencia de un universo que tiene su origen real en
el big bang y que se deshará en el futuro por una muerte energética.
Sin embargo, la ciencia no tiene fundamentos empíricos para
establecer hipótesis argumentadas sobre lo que había antes del big bang y
lo que habrá después de su muerte energética. En el fondo es lo mismo:
el enigma de ese mar de energía del que nace y en el que se reabsorbe el
universo. De ese mar de energía puede afirmarse científicamente, eso
sí, todo aquello que debe poseer para hacer posible la génesis de
energía y su reabsorción final. Pero, aparte de esto, no es posible
decir más cosas que tengan fundamento empírico.
Es posible especular científicamente (como seguidamente veremos),
pero sólo como pura teoría que, en el fondo, no tenemos pruebas
empíricas de que se corresponda con la realidad. Las puras teorías son
legítimas y tienen cabida en la ciencia, siempre que sean lógicas,
consistentes en sí mismas y no contradigan la experiencia, aunque no
podamos saber si se corresponden con la realidad (por no tener un aval
empírico). Pero, además, existe otro tipo de especulación posible: es la
especulación filosófica (aunque fundada en la ciencia). Como veremos,
tanto el teísmo como el ateísmo son una especulación filosófica posible a
partir de los resultados empíricos y teóricos de la ciencia.
Modelos especulativos de la materia y del universo
Por ello, se entra en un segundo momento en que predomina la
especulación, bien sea científica (la pura teoría especulativa) o la
filosófica.
La especulación científica ha buscado concebir alguna explicación
que permita entender el universo (o el sistema de la
realidad-en-su-conjunto) como una realidad autosuficiente, consistente y
estable en el tiempo para mantenerse en sí misma. A esta especulación
han contribuido dos teorías: la teoría de cuerdas o supercuerdas y la
teoría de multiuniversos. La especulación sobre multiversos supone que
ese mar de energía (del que brota y en el que se diluye finalmente
nuestro universo) podría entenderse como una metarrealidad o dimensión
transcendente de realidad que estaría produciendo continuamente
diferentes universos que serían reales en paralelo.
Cada uno tendría comienzo como un big bang y, por azar, su tipo de
materia y sus leyes responderían a alguna de las formas de materia
previstas por la teoría de cuerdas. Nuestro universo sería uno más de
entre esa infinitud de universos que nacerían y morirían y, por azar, no
sería ya extraño que nuestro universo tuviera el conjunto de
propiedades que hacen posible la vida y el hombre. No sería extraño que,
por azar, se hubiera producido un universo antrópico, como de hecho es
el nuestro (ver lo que antes decíamos sobre el universo antrópico). Por
tanto, estas dos teorías, supercuerdas y multiversos, son sólo
especulativas, pura teoría, sin fundamento empírico, pero son
lógicamente posibles; algunos autores indican que incluso, por su propia
naturaleza física, nunca podrían llegar a tener el respaldo de
evidencias empíricas. En realidad son teorías muy discutidas y les
crecen las alternativas por todas partes (por ejemplo Leo Smolin o Roger
Penrose frente a la teoría de cuerdas).
La mayor parte de los científicos, que con prudencia sólo quieren
hacer ciencia y no especulación teórica o filosófica, se limitan a decir
lo que puede decirse dentro de lo que hemos llamado antes el modelo
estándar de partículas y el modelo cosmológico estándar, sin adentrarse
pues en el campo de la especulación, ni científica ni filosófica.
La especulación filosófica se construye a partir de los modelos
estándar y de las especulaciones teóricas posibles. Pero argumentar el
teísmo o el ateísmo supone siempre necesariamente moverse dentro de la
especulación filosófica. En la ciencia se preparan conocimientos
previos, pero la metafísica es filosófica. Esto es inevitable. La
ciencia como tal no impone una metafísica “científica”, ya que toda
metafísica, aunque fundada en la ciencia, es siempre “filosófica”, tanto
la teísta como la atea.
El ateísmo argumentado científico-filosóficamente debe conseguir
ofrecer una explicación bien construida de la autosuficiencia del
universo. Para ello tiene en la actualidad dos vías posibles: argumentar
un universo oscilante de expansión-concentración eterna (Hawking lo
defendió hace años y en 2010 Roger Penrose ha ofrecido una nueva versión
en la forma de multiversos que nacen unos de otros) o argumentar la
existencia de multiversos que se producirían en una dimensión de
metarrealidad (Stephen Hawking ha publicado también en 2010 su teoría de
multiversos, abandonando al parecer su primera teoría oscilante).
Hoy en día, la mayoría de los científicos/filósofos ateos y con
militancia atea se inclinan más bien por la teoría de multiuniversos,
aunque sea discutida y puedan ponérsele muchas objeciones. Un defensor
(Stegmark) de los multiversos ha promovido incluso la pintoresca opinión
de que, aunque no haya evidencias empíricas, debemos pensar que es real
y existente todo aquello que nuestra razón puede construir lógicamente
(esta era la tesis del racionalismo clásico del XVIII). Por tanto, si
los multiversos están bien construidos como pura teoría (matemática y
física) debemos postular su existencia. La especulación filosófica se
proyectaría entonces hacia lo metafísico y argumentaria que un universo
autosuficiente de esta naturaleza explicaría perfectamente su propia
existencia y haría innecesaria la referencia a Dios.
El teísmo funda su argumentación en dos pilares: a) la inferencia
racional de que si algo existe (el universo) debe estar fundado en una
suficiencia absoluta; y b) el hecho de que la forma de ser del universo
real que podemos describir tiene unas propiedades que hacen muy difícil
entenderlo como una estructura a la que pueda atribuírsele la
autosuficiencia absoluta que debería postularse. En otras palabras: el
universo aparece como insuficiente, tal como está hecho, para dar razón
de una existencia eterna, consistente y estable. ¿Qué explicación cabe
dar a un universo que surge en el big bang y se diluye energéticamente
en el curso del tiempo? El ateísmo argumenta que el mar de energía
podría ser entendido como una metarrealidad que produce infinitos
universos; es una especulación. El teísmo argumenta que es posible
pensar que esa metarrealidad podría ser entendida como un Ser Divino que
funda la suficiencia absoluta (divina) del universo, lo crea y lo
diseña con su Inteligencia; también es una especulación.
Para el teísmo, por tanto, el universo real no es autosuficiente,
pero tiene su suficiencia fundada en la autosuficiencia de la Divinidad.
El tesísmo formula entonces una idea de cómo debería ser esa realidad
divina para poder fundar la suficiencia del universo. Para el teísmo
poner en Dios el fundamento suficiente y necesario del Ser sería una
solución posible y más fácil. Para los autores teístas la idea de un
universo oscilante o de la existencia de infinitos universos es muy
oscura y discutida: no tiene la fuerza requerida para imponerse con
claridad, aunque sean hipótesis defendibles lógicamente. La solución más
fácil y mejor construida, a la que libre y legítimamente se inclina el
teísmo, es referir la existencia del universo a Dios.
Además, el teísmo no excluye totalmente que Dios incluso hubiera
podido crear el universo por medio de los multiversos, o hubiera podido
crear de tal manera que fuera posible, al menos, concebir correctamente,
desde dentro de nuestro universo, la hipótesis de multiuniversos. El
cristianismo, tal como hoy muchos teólogos lo entienden, no pretende
decir que Dios ha creado un mundo para imponerse racionalmente al hombre
con toda evidencia. Al contrario, Dios ha debido crear el universo de
tal manera –como entendemos en la modernidad– que el hombre pueda
rechazar en el uso de su libertad el reconocimiento de su existencia
para vivir al margen de Dios. Un universo, creado por multiversos o que,
al menos, permite concebir su posibilidad, podría traslucir la
estrategia divina de crear un universo que pueda ser entendido sin Dios.
Conclusión. Es claro que el ateo, movido por impulsos emocionales a
negar la existencia de Dios, se inclinará científico-filosóficamente
por su hipótesis atea. Lo mismo le pasa al teísta, movido sin duda
emocionalmente por su conexión con la presencia de Dios en la historia
de las religiones. No se trata de discutir quién tiene razón, cuestión
racionalmente insoluble por cierto. El hecho es que estas dos hipótesis
se muestran socialmente y su presencia es inequívoca. Por tanto, este
hecho avala la constatación de que el universo es enigmático y que da
pie a la incertidumbre metafísica que todos deben personal y libremente
resolver.
b) Las causas del orden físico y biológico
Dejando aparte la explicación científico-filosófica de la
existencia misma del universo, su suficiencia o autosuficiencia, el
hecho es que ese universo existe y a través del proceso evolutivo ha
producido un orden altamente cualitativo, en lo puramente físico y en lo
biológico. Es propio de la ciencia preguntarse por las causas reales
que han producido la aparición de este orden: no hay duda de que el
orden está ahí y de que se habrá producido por ciertas causas que la
ciencia debe conocer. Pues bien, la deliberación científico-filosófica
sobre ellas ha sido otro de los campos problemáticos relevantes en que
la ciencia se ha proyectado sobre las grandes cuestiones metafísicas.
Con mucha mayor brevedad, digamos ahora algo sobre ello.
Para el ateísmo es esencial defender que el orden cósmico se ha
producido por la naturaleza misma de la materia surgida del big bang.
Sus propiedades y sus leyes son las que han causado la forma de
organización y el aumento evolutivo de la complejidad que han derivado
al orden físico y al orden biológico. Para poner un ejemplo, podemos
recordar a Richard Dawkins. Para dar razón de que nuestro universo haya
surgido de una materia con las leyes apropiadas para que aparezcan el
orden físico y biológico recurre a los multiversos (que presenta como
una especie de darwinismo cósmico en el que, por azar, la materia de
nuestro universo ha resultado con sus sorprendentes propiedades
antrópicas). Notemos que casi ningún ateo niega hoy en día el hecho de
las propiedades antrópicas, ya que forman parte del modelo cosmológico
estándar; Dawkins también lo admite, como antes dijimos. Pero, además,
las leyes de esta materia y los lentos procesos de ensayo y error,
entendidos en el marco de referencia de una teoría darwinista general,
explican que sistemas altamente complejos hayan podido surgir como una
combinación entre azar, necesidad y utilidad adaptativa al medio.
Existe, pues, en el ateísmo una explicación autosuficiente del orden
producido evolutivamente dentro del universo.
El teísmo, por su parte, tal como hoy es entendido, admite que la
ontología de la materia (es decir, el modo de ser real de la materia,
sus propiedades y sus leyes) haya sido la causa del orden producido en
la evolución. Incluso los procesos y estados de mayor complejidad
constatados (como los procesos embriogenéticos del orden de la formación
del globo ocular) pueden explicarse dentro de un proceso autónomo de la
naturaleza. Dios ha creado una naturaleza autónoma en el sentido de
que, funcionando según sus propias leyes creadas, puede producir todos
los procesos y estados internos que aparecen evolutivamente, incluso los
más complejos, sin necesidad de una intervención puntual de Dios como
un Deus ex maquina o un Dios-tapa-agujeros (ya la antigua escolástica
decía que Dios no obra a través de las causas segundas, es decir,
interviniendo en las interacciones naturaleza de este mundo autónomo).
El mundo, desde el soporte del concurso divino, funciona autónomamente.
En la teología cristiana actual, no se admite lo que se ha llamado el Intelligent Design
promovido sobre todo por el fundamentalismo protestante americano. Por
ello, el hombre, desde el interior del mundo, puede entender la
autonomía del proceso evolutivo natural sin Dios. Podría decirse que es
comprensible que Dios haya creado un mundo autónomo porque Dios no
quiere imponerse absolutamente a la razón humana, sino crear un universo
enigmático que permita con más fuerza la libertad humana para decidir
el sentido de la vida dentro de la incertidumbre.
Sin embargo, aun reconociendo esta autonomía, el teísmo es libre
para valorar que la enorme complejidad del universo y su orientación a
medida de la génesis de un escenario antrópico (orientado al hombre)
permite establecer la hipótesis de que todo el universo y su escenario
antrópico respondan al diseño racional de la Inteligencia Ordenadora de
un Ser Divino. La complejidad racional de las propiedades emergentes de
la materia (antrópicas) en cuanto deben producir la enorme complejidad
evolutiva que hará posible al hombre en ese proceso, que como decíamos
es autónomo, permiten la hipótesis de un Diseño Global de la
racionalidad profunda del universo, que aúna la autonomía con la
finalidad en último término antrópica.
La posibilidad de la hipótesis ateísta no se niega, pero postular
una Inteligencia Ordenadora es también una buena hipótesis, viable tanto
más por ser congruente con la posibilidad de que la suficiencia del
mismo universo se fundara en la existencia de una Divinidad creadora.
Nada impide, en efecto, que esta hipótesis sea formulable, argumentable y
admisible, ya que el teísmo y el ateísmo responden a la libertad
valorativa humana, abierta dentro del enigma de la incertidumbre
metafísica del universo.
c) El problema de la emergencia de la sensibilidad y de la conciencia
Es un hecho empírico –incuestionable para la ciencia puesto que
ésta debe explicar todo lo que ha sido producido dentro de la evolución
del universo– que la sensibilidad (capacidad de sentir, presente ya
probablemente en animales unicelulares) y la conciencia (sensibilidad
integrada y referida a un sujeto psíquico que impulsa las acciones de
respuesta al medio, tal como aparece en animales superiores) han
emergido, forman parte constitutiva de los seres vivos y son un elemento
necesario para entender lo que objetivamente es el mundo biológico.
La manera de entender qué son los seres vivos, qué papel juegan en
ellos la sensibilidad y la conciencia, cómo su forma de ser biológica
específica se relaciona con el mundo físico del que surge, ha sido
también un aspecto de la idea científica del universo que ha tenido una
repercusión relevante sobre la metafísica; o sea, sobre la forma en que
los resultados de la ciencia, sometidos a la reflexión de la filosofía,
se proyectan sobre la idea metafísica última del universo. El problema
de la sensibilidad-conciencia ha sido, por tanto, el tercer campo
problemático que, a mi entender, se proyecta sobre la metafísica. Así ha
sido en la historia de la filosofía y de la filosofía de la ciencia, y
así sigue siendo en la actualidad.
Como decíamos, no cabe duda de que la imagen que la ciencia debe
ofrecernos del universo, de la materia, de la vida y del hombre, debe
hacer inteligible que en el proceso evolutivo se haya producido la
emergencia de la sensibilidad y de la conciencia. Hacer inteligible
significa que la ciencia debe conocer las causas que, dentro de la
unidad del proceso evolutivo, han hecho posible la emergencia de la
sensibilidad. Ahora bien, puesto que el origen del mundo biológico, en
el que aparece la sensibilidad, es el mundo físico (en el universo
durante muchos miles de millones de años sólo hubo realidad física y de
ella surgió la realidad biológica y psíquica en un determinado momento),
cabe pensar que el mundo físico tiene una constitución ontológica tal
que haga posible la emergencia de la sensibilidad-conciencia.
La pregunta es, pues, en un ámbito estrictamente científico: ¿cuál
es entonces el soporte físico, o sea, la ontología o manera de ser real
de la materia, que haga posible e inteligible la emergencia del mundo
de la sensibilidad-conciencia tal como de hecho lo advertimos en nuestra
experiencia fenomenológica?
La explicación mecanoclásica
Es sabido que durante muchos años, siglos, la explicación
científica del mundo físico se hizo exclusivamente en el marco de la
llamada mecánica clásica de Newton. El universo era un sistema de
entidades diferenciadas, situadas en un espacio-tiempo de forma precisa,
con distancias métricas entre ellas y sometidas a un conjunto de
interacciones por las fuerzas naturales conocidas (que actualmente son
las gravitatorias, electromagnéticas, nuclear débil y nuclear fuerte).
El mundo estaba hecho de cuerpos e incluso la luz era un chorro de
corpúsculos finísimos. Es claro que esta imagen derivó a una idea
mecánica y determinista de las interacciones entre un universo de
materia diferenciada y distante.
En este contexto –o sea, con esta idea del soporte físico del que
debiera surgir la sensibilidad– era muy difícil llegar a explicar la
génesis evolutiva de lo biológico y de sus aspectos psíquicos
(sensibilidad-conciencia), presentes en los seres vivos. Pues bien, la
ciencia (o filosofía) que pretende explicar lo psíquico aplicando
simplemente la imagen mecanoclásica del universo es lo que ha venido a
llamarse reduccionismo (reducir lo psíquico al tipo de realidad que se
conoce en la mecánica clásica). El reduccionismo todavía existe y tiene
hoy nuevas formulaciones a través de la imagen robótica o computacional
de animales y hombres en biología, neurología (determinismo neural) y
antropología computacional (según los modelos computacionales seriales o
los conexionistas).
Esta imagen del universo, de la materia, de la vida y del hombre,
unificada desde los principios mecánicos y deterministas de la mecánica
clásica, apenas pudo llegar a explicar nuestra experiencia personal y
social de la vida. Lo psíquico era un fenómeno extraño, algo así como un
epifenómeno (un fenómeno marginal sobrevenido por la evolución). En
este perspectiva del universo no sólo no se explicaba el humanismo
esencial para entender nuestra vida, sino que a fortiori tampoco se
podía explicar la realidad de un posible Dios y su relación con el
mundo. El reduccionismo fue incompatible durante mucho tiempo con la
imagen religiosa de Dios y favoreció el ateísmo, tal como puede
comprobarse en la historia científica y filosófica de los últimos
siglos.
La explicación mecanocuántica
La imagen clásica del universo comenzó a verse ampliada (no digo cuestionada) con la aparición de la mecánica cuántica
en torno a 1925. Poco a poco se fue conociendo que la materia
primordial, es decir, la materia en su forma más germinal, poseía unas
propiedades y unas formas de interacción que no se cumplían en el mundo
macroscópico, cuyo conocimiento había dado lugar a la mecánica clásica.
Desde la mecánica cuántica, o sea, desde la idea de la materia cuántica
podía explicarse cómo y por qué se había producido en la evolución del
cosmos la aparición de los objetos clásicos, en cuya interacción no se
cumplían las propiedades de la materia primordial.
El mundo físico real ya no era sólo el mundo clásico de objetos
diferenciados y distantes, sino también el mundo cuántico de campos
unificados y coherentes de materia que llenaban el espacio y que no
permitían la diferenciación; una materia indeterminada, abierta a
evolucionar de una u otra forma; una materia que interactuaba a través
del espacio de una forma no-local por la llamada acción-a-distancia.
Al principio los fenómenos cuánticos se veían todavía como algo
extraño y predominaba la imagen del universo en la imagen clásica. Sin
embargo, ya a mitad del siglo XX, fue el gran ingeniero John von Neumann
el que insistió en una hipótesis que ya habían atisbado los padres de
la macánica cuántica, como Schrödinger o Bohr,
a saber, que entre las propiedades extrañas de la materia cuántica y
las propiedades fenomenológicas del mundo no menos extraño del psiquismo
(sensibilidad-conciencia) existía una sorprendente similitud.
Por ello, la ciencia debía investigar para entender que los seres
vivos eran un equilibrio entre una organización clásica (estable y
determinista que explicaba el cuerpo) y ciertas estructuras que
permitían la existencia de estados cuánticos en la textura biológica (de
tal manera que estos estados cuánticos serían el soporte físico que
explicaría los estados psíquicos).
Esta nueva forma de concebir el mundo físico, la nueva física
–orientada ante todo a ofrecer una imagen congruente de una materia que
debe poder constituir el soporte fisico que explica por evolución
cósmica la realidad emergida en la biología y en la
sensibilidad-conciencia– supuso ciertamente una superación del
reduccionismo como filosofía de la naturaleza. La indeterminación, los
campos físicos, la coherencia y la acción-a-distancia, condujeron a una
imagen holística de un universo que estaría referido a un fondo
ontológico profundo, un mar de energía, un universo implícito o un vacío
cuántico, es decir, una dimensión unitaria y holística de la que
nacería y en la que se diluiría finalmente la energía total del
universo.
Teismo y ateísmo ante el problema de la conciencia (del psiquismo)
Según lo dicho, la nueva física presentaría una imagen holística
del universo y de la materia que permitiría una armonía entre las
propiedades del mundo psíquico y las del mundo físico (esto no pasaba
con el reduccionismo.
Pero, para explicar científicamente el origen evolutivo de la
sensibilidad-conciencia sería necesario postular la atribución a la
materia de la propiedad de poder producir sensación. Ahora bien. ¿por
qué la materia poseería en sí misma esta ontología germinal sensible?
La ciencia no puede dar una explicación, ya que no es posible
exigir a priori que la materia fuera capaz de generar sensación.
Simplemente se debería admitir que así es de hecho. En consecuencia,
debería dar una explicación de las propiedades de la materia que puedan
dar razón de la experiencia fenomenológica del psiquismo en animales y
hombres (de la que no podemos dudar porque es una evidencia empírica).
La ciencia y la filosofía no dan razón, por tanto, de que la materia
tenga la propiedad ontológica real de producir sensibilidad (o no la
tenga), sino, esto supuesto, sólo de aquellas propiedades de la materia
para que de ella pudieran emerger los seres psíquicos con las
propiedades que de hecho poseen.
Así, el reduccionismo no alcanza a explicar el psiquismo, ni la
experiencia psíquica holística de campo (como en la visión de un campo
de luz), ni en la indeterminación, flexibilidad y oscilación de las
respuestas al medio, que en el caso humano llegan a la libertad de que
en parte disfrutamos. Pero la nueva física holística sí ofrece, en
efecto, de forma en gran parte convincente, una explicación del soporte
físico (cuántico) que estaría en la base de nuestra vida psíquica, tanto
en lo que tiene de campal-holístico como en la indeterminación de la
conducta de los seres vivos.
Debemos decir que esta manera holística de ver el universo es
compatible tanto con el teísmo y como con el ateísmo. No hay que pensar
que el holismo de la nueva física impone el teísmo. No es así. Sin
embargo, es verdad que este holísmo moderno, no reduccionista, hace
mucho más verosímil la imagen de un universo que podría tener a la
Divinidad como su fundamento profundo. Este universo holístico hace, en
efecto, más inteligible la imagen de un Dios que, como dice el
cristianismo, pero también las religiones orientales como el hinduísmo,
es el fondo de la realidad que lo abarca todo.
El Dios en el que, en expresión de San Pablo, nos movemos,
existimos y somos. El universo, para el cristianismo, ha sido creado ex
nihilo, de la nada; pero el universo ha sido creado en la ontología
divina, ha nacido en Dios. Así lo han vivido la mayor parte de las
religiones. Dios sería el fondo holístico del universo del que habrían
sido producido el universo, sería la realidad fontanal que funda la
génesis de la realidad. Esto no es si emanantismo (al estilo Plotiniano o
neoplatónico) ni es panteísmo.
En todo caso, respondería a lo que hoy se llama panenteísmo (vg.
en la filosofía de la naturaleza de Arthur Peacocke, en total
congruencia con la idea de Dios en la ortodoxia cristiana). Esta fácil
intuición de lo que Dios podría representar como fondo ontológico del
universo no era accesible para la imagen reduccionista clásica de un
espacio escindido en unidades diferenciadas e irreductibles, que
producen un mecanicismo universal determinista y ciego. Pero sí es
congruente con la imagen de la nueva física que hace concebible un
universo holístico que se resolvería en un fondo de referencia unitaria
–bien se llame mar de energía, universo implícito, fundamento holístico,
vacío cuántico o metarrealidad– que haría verosímil entenderlo, ya en
perspectiva filosófica o teológica, con la ontología fundante y fontanal
de la Divinidad.
d) Valoración final
La tesis que hemos defendido en este artículo es que los
resultados actuales de la investigación científica, sometidos a
reflexión filosófica, no nos imponen una patencia de la verdad
metafísica última del universo, sino que más bien nos dejan abiertos a
un persistente enigma metafísico. Podríamos nombrar esta tesis con
brevedad como la tesis de la incertidumbre metafísica del universo.
Puesto que esa incertidumbre hace posible una explicación teísta, pero
también atea, entonces podríamos también hablar de la tesis de la
ambivalencia metafísica del universo.
¿Quiénes podría estar en desacuerdo con esta tesis? Creo que
quienes piensan que el universo hace patente su verdad última en forma
inequívoca. El teísmo dogmático, por una parte, afirmaría que la
existencia de Dios es patente racionalmente para todo hombre (ante todo
porque a los resultados de la ciencia se suman los argumentos
metafísicos que vienen de la filosofía). Pero el ateísmo dogmático, por
otra parte, también afirmaría que la no existencia de Dios también es
patente ante la razón. Richard Dawkins, el ateo quizá más popular de
nuestro tiempo, viene a decir que la probabilidad racional de que el
teísmo sea verdadero es tan reducidísima que, en la práctica, el ateísmo
es racionalmente patente y se impone inevitablemente a la razón.
La tesis que defendemos es, evidentemente, una interpretación. No
es la verdad absoluta. Pero es la tesis más fácil de defender, tanto si
reflexionamos sobre los resultados mismos de las ciencias y su análisis
filosófico, como si atendemos a los hechos que nos impone el análisis
sociológico objetivo de lo que realmente pasa en la sociedad. La
experiencia social muestra, en efecto, que hay intelectuales
científicos/filósofos que se inclinan por una metafísica teísta y dan
argumentos para ello; pero también que hay otros que se inclinan por una
metafísica atea y también nos exponen ampliamente sus argumentos.
Esto parece indicar que, en efecto, estamos en un universo con la
incertidumbre y la ambivalencia metafísica que mencionábamos. ¿Quién
tiene la razón? ¿Son unos tontos y los otros listos? En realidad no
existe, ni es posible, un tribunal que dictamine quién es más objetivo o
quién se acerca más a la verdad (como ingenuamente parece postular
Dawkins, constituyéndose él mismo en presidente del Tribunal). El ateo
considera que su hipótesis es la más correcta y por ello la sigue; pero
el teísta piensa igualmente que el teísmo tiene mejor argumentación y
por ello lo sigue. Para cada cual su posición es la más correcta. Esto
es lo que los hechos parece mostrar y es muy difícil ir en contra de
estas evidencias, pretendiendo defender dogmáticamente la patencia del
teísmo o del ateísmo.
Aportando a estas reflexiones mi experiencia personal, diría que
soy, como se trasluce en este escrito (y en otros), un pensador teísta.
Pero soy consciente de que mis creencias teístas no sólo se fundan en
argumentos racionales de carácter científico o filosófico. Creo que mis
creencias religiosas son congruentes y se hacen muy verosímiles desde la
imagen actual del universo ante la razón, la ciencia y la filosofía.
Creo poder decirlo desde un conocimiento profundo de las ciencias y de
la filosofía. Pero soy también consciente de que se trata de mi posición
personal que es una certeza moral libre.
Por ello, reconozco que el ateísmo tiene la posibilidad lógica
objetiva de construir una hipótesis metafísica atea del universo, a la
que se llegará también sin duda por algo más que los puros argumentos
racionales de la ciencia y la filosofía. En consecuencia, quienes asumen
racionalmente una posición teísta o atea no se comportan con corrección
si no son conscientes del enigma del universo, de que su posición es
sólo una certeza moral libre subjetiva, una creencia (tanto teísta como
atea), y no respetan a quienes siguen una metafísica alternativa a la
suya. El que caiga en la cuenta de todo esto contribuirá sin duda a
reforzar el respeto y tolerancia mutua en una sociedad ilustrada por la
razón.
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