Christopher
Hitchens contra la religión
JAVIER MONSERRAT
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Fue uno de los ateos que, en nuestro tiempo,
ha
alcanzado más amplia difusión e influencia.
El periodista y escritor inglés Christopher Hitchens mantuvo desde
siempre una posición en extremo crítica para con la religión y el
cristianismo. Se convirtió, de hecho, en uno de los ateos de nuestro
tiempo cuyo pensamiento ha alcanzado una más amplia difusión e
influencia. Hitchens denunciaba la incompatibilidad de la idea de un
Dios bueno con el Mal sin control; y la incompatibilidad de Dios con la
perversión del mundo de las religiones. Sin embargo, sus argumentos no
estuvieron exentos de odio, agresividad y desprecio a la mayoría de los
seres humanos.
El ateísmo de Christopher Hitchens (Reino Unido, 1949–Texas,
EEUU, 2011) responde al mismo estilo del de Sam Harris, al que dediqué
un estudio anterior en Tendencias21 de las
Religiones. Vinculado al periodismo durante años, intervino en
informaciones, polémicas y discusiones políticas de todo tipo.
Muchos de sus libros se refieren a temáticas sociales y políticas
relacionadas con el periodismo. Destacó como un decidido leftist,
de orientación socialista, pero acabó siendo definido como un
intelectual esencialmente anti-totalitario. A lo largo de los años,
colaboró en numerosas publicaciones y revistas de prestigio como
periodista.
Desde siempre su posición fue en extremo crítica para con la religión y
el cristianismo. Sin embargo, la explosión anti-teísta no se produjo
hasta después del atentado del 11 de septiembre de 2001. Hitchens,
junto con Dennett, Harris y Dawkins (de todos he hablado previamente en Tendencias21de
las Religiones), es considerado uno de
los ateos de nuestro tiempo cuyo pensamiento ha alcanzado una más
amplia difusión e influencia.
Para Hitchens es contradictorio con la idea de Dios que el universo
pueda ser explicado sin Dios. Si Dios crea el universo, ¿por qué el
universo nos separa racionalmente de Dios? Esto no tiene sentido. Es
además contradictorio con la idea de Dios la existencia del Mal
producido por una naturaleza ciega. ¿Tiene sentido creer que existe un
Dios cruel autor de una creación que impone el sufrimiento de los
individuos y de los pueblos? ¿Acaso el universo no es un universo mal
hecho, incompatible con una pretendida bondad divina?
Es, por último, contradictorio con la idea de Dios la inmensa
perversión moral de las religiones y los daños producidos por estas a
la sociedad humana a lo largo de la historia por el atraso, la
superstición, la represión moral, el dominio y control teocrático, la
represión por torturas y violencia, así como por haber sido germen de
la violencia y de las guerras. En efecto, ¿tiene sentido pensar que
existe un Dios que, si existiera y estuviera presente en las
religiones, debería haberlas impulsado hacia el bien de acuerdo con la
dignidad humana?
Coincidencias y diferencias con respecto
a
Harris
Como Harris, también Hitchens está persuadido de que la religión no
sólo es irracional sino que representa un inmenso peligro para la
humanidad, y también para la felicidad natural del hombre bien
entendida. Es conocida su evolución hacia posiciones más de derecha
política, incluso llegando a apoyar la defensa militar decidida contra
el mundo irracional del islam (en la línea de Bush).
Por ello, no se puede ser neutral en la consideración de lo religioso.
No basta con ser ateo, puesto que se debe mantener un decidido
compromiso anti-teísta que contribuya a que la humanidad se libere
finalmente de las religiones. Sin embargo, aunque la agresividad de
Hitchens contra lo religioso es extrema, yo diría que su posición es
algo más suave que la de Sam Harris.
Creemos que es más moderado, y matizado, Hitchens que Harris. Basta
atender al hecho de que el eje de la crítica intelectual de Harris es
la postulación del fin de la fe, sin embargo, Hitchens cree
que la fe difícilmente será erradicada porque nace de fantasmas
ancestrales de la mente que difícilmente se erradicarán. Pero, a pesar
de que la religión vaya a pervivir, debe ser combatida y anulada al
máximo su influencia. Por ello, Hitchens, al igual que Harris, es
pasionalmente anti-teísta y denuncia que la religión está ejerciendo
sobre la humanidad una influencia nefasta que debe ser neutralizada en
cuanto de nosotros dependa.
Tanto el teísmo y la religión como el ateísmo y la increencia se
entienden siempre en función del silencio-de-Dios. Traduciendo la
posición ateísta en forma de argumentos el fundamento es siempre
científico-filosófico: es el primer argumento de que la razón humana,
en la ciencia y en la filosofía, no permite justificar que exista algo
así como lo que se denomina Dios.
Estamos en el universo y es un hecho que nuestro conocimiento del
universo excluye la existencia de Dios. El ateísmo se funda en lo
cosmológico (incluyendo la biología, la neurología y la antropología).
Hitchens, al igual que Harris, es periodista y su formación lo mantiene
alejado de la discusión de aportaciones científicas, o de finos
argumentos científicos o filosóficos sobre el universo, la vida, o el
hombre, para justificar el ateísmo. Que Dios es irracional para la
ciencia se establece como supuesto. Lo da por supuesto y argumentado
por otros. Pero, dada la objetividad de los argumentos cosmológicos
contra Dios, yendo más allá, incluso la misma idea de Dios, en el
supuesto de que Dios existiera, es contradictoria con la realidad de
experiencia inmediata en sus aspectos humanos y sociales.
a) Es contradictorio con la idea de Dios que el universo pueda ser
explicado sin Dios (si Dios crea el universo, ¿por qué el universo
separa racionalmente de Dios?). Esto no tiene sentido. b) Es
además contradictoria con la idea de Dios la existencia del Mal
producido por una naturaleza ciega (¿tiene sentido creer que existe un
Dios cruel autor de una creación que impone el sufrimiento de los
individuos y de los pueblos? ¿Acaso el universo no es un universo mal
hecho, incompatible con una pretendida bondad divina?). c) Es, por
último, contradictoria con la idea de Dios la inmensa perversión moral
de las religiones y los daños producidos por estas a la sociedad humana
a lo largo de la historia por el atraso, la superstición, la represión
moral, el dominio y control teocrático, la represión por torturas y
violencia, así como por haber sido germen de la violencia y las
guerras. En efecto, ¿tiene sentido pensar que existe un Dios que, si
existiera y estuviera presente en las religiones, debería haberlas
impulsado hacia el bien de acuerdo con la dignidad humana?
¿Dónde situar el ateísmo de Hitchens?
¿Dónde situar el ateísmo de Hitchens y su crítica a la religión? Me
atrevería a decir que se sitúa claramente en el segundo y tercer punto
del párrafo anterior. Principalmente en el tercero. Hitchens no es un
científico ni un filósofo. Hitchens denuncia la incompatibilidad de la
idea de un Dios bueno con el Mal sin control e indiscriminado de una
naturaleza ciega y, sobre todo, denuncia la incompatibilidad de Dios
con la perversión del mundo de las religiones.
Tras el 11 de septiembre de 2001 aparecen en 2007 las dos obras
principales de Hitchens sobre el ateísmo: God is not Great y The
Portable Atheist, esta última una antología de textos ateos de
toda la historia, que se han traducido al español respectivamente con
los títulos de Dios no es bueno y Dios no existe.
Los títulos en español han buscado radicalizar el radicalismo de
Hitchens, pero en alguna manera lo traicionan.
God is not Great, a mi entender, no quiere
decir que Dios no es bueno (cosa que no se excluye), sino que Dios no
es el conductor cualificado y grande (Great) que debería haber
llevado las religiones al bien, porque éstas muestran en la historia, a
juicio de Hitchens, una inmensa perversión de todo tipo. Es lo que
describe a lo largo de los capítulos de su libro.
La agresividad de Hitchens contra la religión es enorme. No sólo por
recordar y describir hechos que, al fin y al cabo, son ciertos, aunque
redunden en bochorno de las religiones, al menos desde nuestra
perspectiva actual. Es que, además, Hitchens no se reprime en espetar
todo tipo de insultos y generalizaciones injustificadas, poco
matizadas, que no sólo son ofensivas, sino crueles y despreciativas
para la casi totalidad del género humano, que ha sido religioso.
No obstante, como decíamos, su posición parece más moderada que la de
Harris, y debemos decirlo en honor a la verdad. A veces hay asomos de
que parece reconocer cosas que Harris ignora por completo. Así,
Hitchens, aunque defiende que la religión es irracional, parece a veces
reconocer que, en último término, no se puede demostrar que Dios exista
o no exista, dejando entonces, al menos a nuestro entender, una puerta
abierta a la incertidumbre metafísica de fondo.
Además, reconoce también que la religión no podrá ser erradicada porque
representa instintos muy fuertes insertos en la naturaleza humana.
Reconoce incluso que las religiones hayan podido tener una función
personal y social de consuelo, y aunque hayan sido un error han
producido algún tipo de beneficios que no excusan que hoy deba
mantenerse una militancia anti-teísta.
La estructura de los
argumentos
“Los argumentos a favor del ateísmo –nos dice Hitchens– pueden
dividirse en dos categorías principales: los que ponen en duda la
existencia de Dios y los que demuestran los efectos perniciosos de la
religión. Quizá sea mejor ampliarlo un poco diciendo que lo que se pone
en duda es la existencia de un Dios que interviene. A fin de cuentas,
la religión es más que la fe en un ser supremo. Es el culto de ese ser
supremo, y la creencia en que se han dado a conocer sus deseos, o es
posible determinarlos” (Dios no existe, p. 28-29).
Creer simplemente en la existencia en un Ser Supremo, como hacían los
masones Jefferson y Paine, próceres de la independencia americana,
sería sólo un deísmo ilustrado (propio del siglo XVIII). Pero la
religión cree que Dios interviene en la historia del mundo y que ha
diseñado la creación para un proyecto de relación con el hombre. Esta
pretensión interventiva de Dios en la historia hace a las religiones
mucho más irracionales porque la realidad no es compatible con la
intervención divina, por el absurdo ciego del Mal natural y por la
perversidad humana y de las religiones.
Se argumenta, por tanto, que Dios no existe a) porque la razón que
estudia el cosmos no tiene argumentos para pensar que sea real y b)
porque los efectos perniciosos de la religión dejan sin argumentos la
pretensión de que Dios intervenga en la historia.
“Sigue habiendo cuatro objeciones irreductibles a la fe religiosa: que
representa de forma absolutamente incorrecta los orígenes del ser
humano y del cosmos; que debido a este error inicial consigue aunar el
máximo de servilismo con el máximo de solipsismo; que es causa y
consecuencia al mismo tiempo de una peligrosa represión sexual; y que,
en última instancia, se basa en ilusiones” (Dios no es bueno,
p. 18-19).
El error esencial de las religiones es, pues, creer que Dios es el
fundamento creador del universo y del hombre. Pero de esa creencia se
deriva entender que todo tiene una finalidad que va orientada a solo el
hombre (solipsismo), sin darse cuenta de que el universo es un proceso
universal en que el hombre apenas es una anécdota.
“Todo ello satisface nuestra estupidez innata, así como nuestra
disposición a dejarnos convencer, pese a todas las pruebas en contra,
de que sí somos el centro del universo, y de que todo está dispuesto
pensando en nosotros. Este penoso solipsismo se puede rastrear en todos
los argumentos que rechazan (cada vez más desesperadamente) las
interpretaciones propuestas por las escuelas de Darwin y Einstein.
Ahora disponemos de explicaciones mejores y más sencillas del origen de
las especies y del universo. (´Más sencillas´ sólo porque son
comprobables y coherentes, no porque no sean muchísimo más complejas).
Bueno, vale, objeta el creyente; supongamos (¡ya era hora!) que son
ciertos los registros de la evolución natural, y los datos del Hubble
acerca del big bang. ¿No es la demostración de que el creador
de todo lo que existe aún era más ingenioso de lo que pensábamos?
Trataré de poner fin a la triste vida de este argumento con la ayuda de
otras personas que serán citadas in extenso a lo largo del
libro (los autores de la antología atea). Supongamos que es cierta la
premisa de los religiosos, la de que alguien, o algo, estuvo ´presente
en la creación´, y que dio la orden para que explotase la materia, y
para que más tarde comenzase el proceso evolutivo sobre nuestro
planeta. No entienden por qué esta premisa es imposible de demostrar.
Reconozcámosla de todos modos. A fin de cuentas, tampoco se puede
refutar con contundencia; ni esa, ni ninguna otra premisa que no se
apoye en pruebas” (Dios no existe, p. 21).
Hitchens, por tanto, entiende que la ciencia moderna explica el
universo sin Dios y que los supuestos del teísmo religioso son
innecesarios, a saber, la existencia de un ser supremo presente en el
nacimiento del universo como creador y diseñador de su proceso
evolutivo. Hitchens, sin embargo, aunque establece con dogmatismo que
la ciencia moderna ha dejado sin fundamento al teísmo clásico, parece
abrir una puerta a la incertidumbre. En realidad nosotros sabemos, al
menos esta es mi tesis, que el enigma del universo abierto por la
ciencia moderna es mucho más serio y profundo que las concesiones
arrogantes y perdona-vidas de Hitchens.
El universo presenta el enigma de su consistencia y estabilidad, del
origen causal que ha producido su orden evolutivo interno con una
inequívoca orientación antrópica, y del origen de la sensibilidad y de
la conciencia. Hoy en día, sólo desde un trasnochado dogmatismo, fuera
ya de su tiempo, de la epistemología moderna, y de la valoración de los
resultados reales de la ciencia, puede negarse el enigma profundo que
el universo y el proceso evolutivo imponen a la ciencia y a la
filosofía.
“No hay equivalencia moral o intelectual sobre los distintos grados de
incertidumbre. Lo que suelen decir los ateos (aunque Victor Stenger
tenga la audacia de ir un poco más lejos) es que no se puede probar la
existencia de una deidad. Sólo se puede constatar la carencia de
pruebas que la respalden. El teísta tiene la opción de ser un simple
deísta, y decir que la magnificencia del orden natural apunta con
fuerza a la existencia de una fuerza ordenadora. (Fue el planteamiento
que adoptaron, por lo menos en público, enemigos de la religión como
Thomas Jefferson o Thomas Paine.) En cambio, la persona religiosa debe
ir forzosamente más allá, diciendo que la fuerza creadora en cuestión
también es una fuerza que interviene, a la que le importan nuestros
asuntos humanos y a la que le interesa qué comemos, con quienes tenemos
relaciones sexuales y cuál es el desenlace de nuestras guerras y
batallas. Afirmarlo equivale lisa y llanamente a afirmar más de lo que
puede pretender saber cualquier ser humano; de ese pie cojea y por eso
habría que rechazarlo; por eso hace tiempo que tendría que haberse
rechazado” (Dios no existe, p. 22).
Por consiguiente, la pretensión de las religiones de conocer el hecho,
la forma y el sentido, de una intervención de Dios en la historia del
mundo se constituye en el argumento complementario esencial en contra
de la religión. El mundo real como escenario de la historia humana es
tan absurdo que, en relación con la divinidad, lo único que hace es
constituirse en argumento de su no existencia. Las religiones han sido
inventadas por el hombre y ha sido éste el que las ha diseñado como un
instrumento de represión. Pero, ¿por qué existen las religiones? La
única respuesta es la que dio Freud: porque constituyen una ilusión y
un sueño evasivo de la realidad molesta de la vida humana.
Incredibilidad y antihumanismo de las
creencias religiosas
Ahora bien, las religiones no sólo son inaceptables para Hitchens
porque el universo objetivo no permite argumentar su existencia y
porque es injustificable tratar de hallar las huellas de una
intervención divina en la historia del mundo, que sería absurda por el
Mal y por la perversidad religiosa, sino porque el estudio racional de
las afirmaciones contenidas en la fe religiosa son totalmente
irracionales e inaceptables en sí mismas. Son historias, mitos,
narraciones, que son inverosímiles y desbordan para Hitchens toda
credibilidad.
“Hay cosas que se pueden creer, y otras que ni por asomo. Por mi
parte, puedo elegir creer que Jesús de Nazaret fue engendrado en Belén
por una virgen, y que más tarde murió y no murió, ya que fue visto por
seres humanos tras su aparente defunción. Más tarde uno ha dicho que la
propia inverosimilitud de la historia la hace un poquito más probable.
Supongamos, pues, que admito el nacimiento virginal y la resurrección.
Los religiosos siguen teniendo todo el trabajo por delante. Aunque se
confirmaran estos hechos, no demostrarían que Jesús era hijo de dios.
Tampoco probaría que sus enseñanzas fueran ciertas o morales. Tampoco
que haya un más allá o un juicio final. Del mismo modo, si se
verificasen sus milagros, quedaría como uno de tantos chamanes y magos
(muchos presentes en el Antiguo Testamento) que al parecer eran capaces
de obrar prodigios por arte de hechicería” (Dios no existe, p.
22-23).
“He aquí, sin embargo, algo en lo que no puede creer nadie. La especie
humana lleva existiendo como Homo sapiens al menos ciento
cincuenta mil años (no discutamos el número exacto): un solo instante
en términos evolutivos, pero una larga historia desde el punto de vista
de los primates con cerebros [e imaginaciones] de un tamaño como el que
podemos aducir nosotros. Para suscribir una religión monoteísta hay que
creer que durante todo ese tiempo nacieron, vivieron y murieron seres
humanos, muchos de ellos durante el parto, o por falta de alimentos
básicos, y con una esperanza de vida de cómo máximo tres décadas.
Añádanse a estos factores las guerras intestinas entre grupos y tribus
discrepantes, epidemias de una magnitud alarmante sin ninguna teoría de
gérmenes que pudiera, no ya paliarlas, sino explicarlas, y toda una
serie de desastres naturales, con un reguero de tragedias humanas. Pues
bien, durante todos esos milenios el cielo observaba con indiferencia,
hasta que (como máximo en los últimos seis mil años) decidió que era
hora de intervenir, y redimir. ¡Y el cielo sólo quiso intervenir y
redimir en zonas apartadas de Oriente Próximo, haciendo así que
apareciesen muchas más generaciones antes de que pudiese difundirse la
nueva! Voy a dar voces por el Sinaí, y a hacer un pacto con una sola
tribu de paletos tozudos y codiciosos… Voy a pedirle al ángel Gabriel
que haga emprender vuelos retóricos a un mercader analfabeto e inculto.
¡Por fin se disipará la oscuridad que impuse! Estar dispuesto ni que
sea a plantearse unas ideas de tan laboriosa insensatez comporta mucho
más que la suspensión de la incredulidad, o que la credulidad tonta que
provocan los trucos de magia” (Dios no existe, p. 23-24).
El contenido, pues, de las afirmaciones que constituyen las creencias
religiosas es, para Hitchens, completamente inverosímil. En estos
textos se refiere a las creencias cristianas, que refiere con
comentarios irónicos desde una arrogancia instalada en el dogmatismo,
sin duda ingenuo, pero lo mismo podría decir de las otras religiones.
En descargo de Hitchens cabe observar que no es responsable de la idea
del cristianismo a que le ha inducido un tipo de cristianismo muy
simple, ingenuo, anclado en el pasado y en una vivencia de creencias no
armonizadas con el logos de nuestro tiempo. Hitchens habla del
cristianismo a partir de las cuatro o cinco cosas que conoce desde
pequeño y que observa en el cristianismo popular.
Sin embargo, cuando un autor serio emprende una descalificación del
cristianismo como la suya, parece moralmente exigible una información,
un esfuerzo por entender con mayor precisión lo que dice el
cristianismo, en un cierto nivel intelectual, y cuál es para los
cristianos subjetivamente el sentido de su fe (esto puede hacerse con
objetividad y rigor sin necesidad de aceptar las creencias). No hay
ningún rasgo de que Hitchens haya entendido ni de lejos lo que dice la
teología cristiana. Hitchens no entiende ni siquiera lo que constituía
la teología clásica cristiana. Mucho menos conoce los esfuerzos
modernos por hallar nuevas hermenéuticas del cristianismo. Las
religiones son siempre un proceso abierto en evolución y, si se
pretende un juicio actual, absoluto, no pueden reducirse a lo que
fueron en el pasado hace diez siglos.
El cristianismo entendido desde el logos de la modernidad, no tiene
nada que ver con el cristianismo al que se refiere Hitchens. En la
misma cultura anglosajona cristiana hay autores como Barbour, Peacocke,
Polkinghorne o Ellis, entre otros muchos, que desconoce por completo y
que debería haber conocido, al menos si tenía la pretensión de hablar
sobre el cristianismo y las religiones con una cierta competencia.
Por ello, la valoración que Hitchens hace de la religión es emocional,
incompetente técnicamente, caricaturesca, exaltada y agresiva. Además,
es ofensiva (al igual que en Harris), no sólo para con un inmenso
número de intelectuales creyentes, sino para con la inmensa mayor parte
de la humanidad que ha sido y sigue siendo religiosa. Hitchens hace
pasar lo singular por universal: es cierto que en las religiones ha
habido tortura y violencia, pero la mayor parte de los religiosos no
han sido así.
En el texto que sigue, se refiere Hitchens a una consideración clásica
en la historia de las críticas a la religión: que afirmar a Dios como
poder superior opresivo destruye al hombre, destruye su libertad y, por
tanto, la religión es anti-humanística. Concedemos que en momentos
pasados de la historia del cristianismo el enfoque hermenéutico
teocéntrico y teocrático indujo una visión de Dios opresivo y
controlador.
Pero, insistimos, no se puede pensar con anacronismos y creer que el
pasado es el presente. La caricaturesca exposición que Hitchens hace de
la religión se hace más evidente sólo si el lector de este ensayo
recuerda que, según lo aquí expuesto, la hermenéutica del cristianismo
desde la modernidad, en la cultura de la incertidumbre, permite
entenderlo precisamente como la religión de la libertad.
“Actualmente todavía hay científicos (pocos, todo sea dicho)
convencidos de que sus descubrimientos son compatibles con la fe en un
creador. Tal vez no puedan establecer una relación lógica entre lo uno
y lo otro, ni pretendan hacerlo, pero demuestran la extrema tozudez con
la que personas inteligentes se aferran a opiniones sin fundamento. En
todo caso no cabe duda de que la forma original de tiranía del hombre
sobre el hombre, y del hombre sobre el pensamiento del hombre (a veces
llamada totalitarismo), era teocrática, y nunca se derrotará del todo
el absolutismo o la arbitrariedad si no se tiene la lucidez de rechazar
a cualquier dictador cuya autoridad se base en lo sobrenatural. Yo
mismo he intentado formular una posición que he llamado anti-teísta.
A fin de cuentas, hay ateos que dicen que les gustaría que fueran
verdad los mitos, pero que no pueden suspender la incredulidad como es
debido, o bien les entristece haber renunciado a la fe. Mi respuesta es
la siguiente: ¿a quién le parece deseable la existencia de un
despotismo celestial permanente e inalterable que nos someta a una
vigilancia continua, pueda condenarnos por delitos de pensamiento, y
nos considere como su propiedad privada incluso después de nuestra
muerte? ¡Cuánto debería alegrarnos la idea de que no haya una sola
prueba respetable de apoyo de tan horrible hipótesis! ¡Y cuánta
gratitud deberíamos sentir hacia nuestros predecesores que repudiaron
esta negación absoluta de la libertad humana! Mucho antes de Darwin,
Einstein, y hasta Galileo, hubo mucha gente que no se dejó engañar por
lo que decían los rabinos, los curas y los imanes. Antiguamente, este
rechazo solía exigir un valor extraordinario” (Dios no existe,
p.26).
El antiteísmo y la alternativa
“El debate sobre la fe –explica Hitchens– es el origen y fundamento de
todas las discusiones porque representa el comienzo (pero no el final)
de todas las discusiones acerca de la filosofía, la ciencia, la
historia y la naturaleza humana. Es también el comienzo (pero en modo
alguno el final) de todas las disputas sobre la vida buena y la ciudad
justa. La fe religiosa es imposible de erradicar precisamente porque
somos criaturas que todavía estamos evolucionando. Jamás sucumbirá; o,
al menos, no sucumbirá hasta que superemos el miedo a la muerte, a las
tinieblas, a lo desconocido y a los demás. Por esta razón, no la
prohibiría ni siquiera en el caso de que pudiera hacerlo. Usted dirá:
es muy generoso. Pero, ¿serán los creyentes igual de indulgentes
conmigo? Lo digo porque hay una auténtica e importante diferencia entre
mis amigos religiosos y yo, y los amigos auténticos e importantes son
lo suficientemente honrados para reconocerlo. Me conformaría con poder
acudir a los ritos con que se acoge la maduración religiosa de sus
hijos, con maravillarme ante sus catedrales góticas, con ´respetar´ su
fe en que el Corán fue fruto de un dictado, aunque fuera exclusivamente
en árabe y a un comerciante analfabeto, o con interesarme por el
consuelo que ofrecen las religiones neopaganas, el hinduismo o el
jainismo. Y, si es así, seguiré haciéndolo sin insistir en que me
prodiguen cortés y recíprocamente idéntico trato… que consiste en que
ellos, por su parte, me dejen en paz. Pero, en última
instancia, la religión es incapaz de hacerlo. Mientras escribo estas
palabras, y mientras usted las lee, las personas de fe planean cada una
a su modo destruirnos a usted y a mí y destruir todas las magnificas
realizaciones humanas que he mencionado y que han costado tanto
esfuerzo. La religión lo emponzoña todo” (Dios no es bueno, p.
27).
Hitchens, por tanto, conviviría con las religiones, hasta este punto
llegaría su bondad, pero el problema es que las religiones tienen en su
propia esencia la violencia y no pueden dejar de maniquinar cómo
destruyen a los que no aceptan su credo. Por ello, no caben las
actitudes moderadas y contemporizadoras. Lo único que tiene sentido es
el anti-teísmo, no basta con ser ateo y dejar vivir… Hitchens pide a
las religiones que le dejen en paz… Esto, a nuestro entender,
no es simplemente posible.
Es un hecho inevitable que se impone por sí mismo, sin que las
religiones quieran “molestar”. Las religiones, sin violencia alguna,
simplemente por estar en la historia (y tienen todo el derecho a estar)
siembran una inquietud inevitable sobre el enigma metafísico final que
pesa sobre la conciencia de los increyentes. Esto es un hecho
inevitable.
“A veces se dice que no creer en un despotismo celestial temible y
tentador convierte la vida en algo árido, tedioso y cínico, un mero
existir sin ningún tipo de consuelo, ni de conciencia de lo numinoso y
lo transcendental. Tonterías. Para empezar incurre en un error
evidente. Es como decir que no deberíamos creer que somos una especie
animal con componentes defectuosos y una duración reducida, tanto en
nuestro caso como en el del planeta, porque las consecuencias de
creerlo podrían resultarnos desagradables o vergonzosas. ¿Hay algo que
ponga más de manifiesto los efectos perniciosos de negarse a ver la
realidad?”.
“Partiendo de la base (como reconoce implícitamente esta objeción
religiosa) de que para el ser humano vale la pena vivir, se puede
luchar contra este pesimismo natural mediante el estoicismo y el
rechazo de las ilusiones, a la vez que se embellece el panorama con
alguna de las siguientes cosas. Están las bellezas de la ciencia y las
maravillas extraordinarias de la naturaleza. Están el consuelo y la
ironía de la filosofía. Están los esplendores infinitos de la
literatura y la poesía, sin descartar sus aspectos litúrgicos y
devocionales, como los que aparecen John Donne y George Herbert. Está
el formidable recurso al arte, la música y la arquitectura, sin
descartar tampoco en este caso los elementos que aspiran a lo sublime.
En todas estas actividades, cada una de las cuales daría para toda una
vida, se puede encontrar un sentido del sobrecogimiento y de la
magnificencia que en absoluto dependen de ninguna invocación a lo
sobrenatural. Es más: difícilmente a una persona armada de arte,
cultura, literatura y filosofía le despertarán algo más que
aburrimiento y náuseas los cuentos de fantasmas, ovnis, experiencias
espiritistas o balbuceos desde el más allá” (Dios no existe,
p. 27).
“Con gran frecuencia se alega que algún tipo de poder o relevancia debe
de tener la religión cuando aparece tan constantemente en cualquier
época y lugar. Esto nunca lo negarían ninguno de los autores reunidos
en este libro (los autores de la antología atea seleccionados por
Hitchens en su obra Dios no existe). Algunos de ellos
sostendrían que la religión forma una parte tan intrínseca de nuestra
naturaleza humana o animal, que de hecho no se puede erradicar. Por si
a alguien le interesa, es lo que pienso yo. Mientras tengamos miedo a
la muerte, o de la oscuridad, y mientras persistamos en nuestro
egocentrismo, difícilmente dejaremos de fabricar dioses, o de
inventarnos ceremonias de su agrado, y eso podría significar mucho
tiempo. En contrapartida, podemos tener la misma seguridad en que
seguiremos mirando nuestras invenciones con escepticismo, ironía y
hasta ingenio. Si la religión es innata a nosotros, también lo es dudar
de ella y despreciar nuestras debilidades” (Dios no existe,
p.28).
Estamos de acuerdo en que el ateo, dentro ya de su visión metafísica de
la vida, debe intentar la felicidad y tiene muchos elementos para
conseguirla hasta un cierto grado. Pero al final es inevitable que todo
acabe en fracaso y en muerte. Puede mantenerse firme en su ateísmo como
hizo Hitchens en el penoso curso de su enfermedad (relatado en Mortalidad,
2012). Pero la fragilidad de la felicidad natural es lo que ha
impulsado a la mayoría de los hombres a la esperanza de que pudiera
haber un Dios oculto y liberador.
Estamos también de acuerdo con Hitchens cuando dice que mientras
tengamos miedo a la muerte existirá la religión. Es verdad. Pero yo
diría que la religión sigue siendo una opción viable porque por la
ciencia y la filosofía, y por la intuición ordinaria, el hombre sigue
instalado en la incertidumbre metafísica del universo. Estamos de
acuerdo en que las religiones han obrado, y siguen obrando, muchas
perversidades. Lo lamento profundamente, aunque la historia no debe
juzgarse con anacronismos.
Pero ni Hitchens ni nadie, a no ser que se halle extemporánea y
extravagantemente en un dogmatismo caducado, puede negar que no puede
demostrarse la no existencia de Dios: es posible argumentar que es
verosímil el ateísmo y que es verosímil el teísmo, en un marco final de
incertidumbre metafísica. Por ello, seguirá habiendo teístas y ateos en
una cultura de la incertidumbre como resultado de un ejercicio de la
capacidad personal libre de orientar el sentido metafísico de la
existencia.
No ponemos en duda que el ateísmo sea posible, legítimo, honesto
moralmente, que pueda construirse con argumentos lógicos en lo
cosmológico, en la duda de Dios por el mal de una naturaleza ciega o
por la perversidad humana general y de las religiones. El enigma del
universo y el silencio-de-Dios permiten construir un ateísmo respetable
y humanamente rico. Pero el ateísmo de Dennett, de Dawkins, de Harris o
de Hitchens, no es este tipo de ateísmo. Sus argumentos no son
correctos y hacen del ateísmo un espectáculo de odio, agresividad y
desprecio de la mayoría de los seres humanos.
En el fondo, con una superioridad arrogante, ilusoria, ingenua y falsa,
se ríen de la mayor parte de la humanidad, sintiéndose poseedores de la
verdad. Es un ateísmo que no es humano, no es solidario con el hombre,
ni siente el más mínimo respeto, ternura y compasión con la
humanidad sufriente. En el fondo, se trata de un ateísmo agresivo y
descalificador que cae en aquello que quiere denunciar: la
intransigencia, el fanatismo, el dogmatismo, y, en el fondo, hasta la
misma irracionalidad.
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