Ciencia y religión, dos visiones del mundo
JAVIER MONSERRAT
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Lejos de la oposición, suponen visiones complementarias de la realidad.
Ciencia y religión son la dos grandes visiones del mundo más
importantes. Son fenómenos globales presentes a lo largo de toda la
historia de la humanidad. Las relaciones entre ciencia y religión se
pueden enfocar desde tres puntos de vista: histórico, epistemológico y
sociológico. La primera pregunta que se plantea es si son entre si
compatibles o incompatibles. Dentro de la compatibilidad se puede
destacar su autonomía y desde ella el diálogo y la complementaridad. El
problema de los orígenes del universo, la vida y el hombre puede
plantearse desde la religión y de la ciencia. Aunque esto llevó a
ciertos conflictos hoy encontramos que no tiene por que oponerse. El
campo de la ética es un terreno en el que ciencia y religión se
encuentran.
Con el título Ciencia y Religión. Dos Visiones del Mundo,
Agustín Udías Vallina, jesuita y catedrático de geofísica en la
Universidad Complutense de Madrid, ha publicado un libro (Santander: Sal
Terrae, 2010) sobre las relaciones entre ciencia y religión. Este es
hoy en día un problema candente que tiene una gran tradición en la
cultura anglosajona y está despertando un gran interés en nuestro país.
Muchas preguntas están en el ambiente a las que no siempre se dan la
respuestas correctas ¿Son ciencia y religión incompatibles y opuestas?
¿Ha perseguido la Iglesia a los científicos? ¿Murió Galileo en la
hoguera condenado por la Inquisición? ¿Han condenado los papas la teoría
de la evolución? ¿Son la mayoría de los científicos materialistas y
ateos?
Muchas afirmaciones negativas sobre la relación entre ciencia y
religión se siguen repitiendo hoy, a veces, con enconada virulencia y
algunos ven en la religión un virus maligno que se opone al progreso de
la ciencia. El tema necesita de una reflexión seria y serena que examine
la relación entre ciencia y religión como formas de conocimiento y
fenómenos sociales, y cómo ha sido esta relación a lo largo de la
historia, en especial, en relación con el cristianismo. Este es el
enfoque de este nuevo libro.
Nadie puede hoy dudar que la ciencia y la religión son, sin
lugar a dudas, las dos grandes visiones sobre el mundo. Aunque hay
otras visiones, como la artística, estas dos tienen una extensión y
fuerza que las sitúan como las dos más importantes maneras de mirar al
mundo. En general, podemos decir que la ciencia trata de comprender la
naturaleza del mundo material que nos rodea, cómo ha llegado a ser, cómo
lo conocemos y qué leyes lo rigen. La religión, por otro lado, trata de
lo que transciende el mundo material y pone al hombre en contacto
con lo que está más allá, lo numinoso, lo misterioso, en una palabra con
el misterio de Dios y su relación con el hombre y el universo. Este es
el enfoque que toma el autor y trata de analizar ambas visiones y
establecer cuales pueden ser las relaciones que hay entre ellas.
Tres enfoques: epistemológico, histórico y sociológico
Las relaciones entre ciencia y religión pueden enfocarse desde
diversos puntos de vista. Este estudio se centra en tres, el histórico,
el epistemológico y el sociológico. Tanto la religión como la ciencia
son fenómenos culturales que han estado presentes a lo largo de la
historia desde la más remota antigüedad. A veces se corre el peligro de
suponer que la ciencia empieza con la ciencia moderna del Renacimiento,
olvidando todos los desarrollos anteriores. Esto es un grave error, ya
que el nacimiento de la misma ciencia moderna no puede entenderse sin
los desarrollos científicos anteriores. Remontándonos a los albores de
la ciencia en la antigüedad podemos encontrar ya interacciones con la
religión.
Un interés especial tiene la relación entre el cristianismo y la
ciencia, ya que la ciencia moderna nace precisamente en el occidente
cristiano. Esta relación comienza con los primeros autores cristianos
del siglo III y se continúa a lo largo del tiempo hasta nuestros días. A
veces se simplifican y se presentan conclusiones erróneas sobre esta
relación al no tenerse en cuenta cómo ha discurrido a lo largo de la
historia. El enfoque histórico es, por lo tanto, imprescindible para
llegar a una visión correcta del problema.
La religión y la ciencia constituyen formas de acercamiento a la
realidad, es decir, formas de conocimiento con distintas
peculiaridades. Es, por lo tanto, importante estudiar la distinta
naturaleza de cada una de ellas y la relación que puede establecerse
entre el conocimiento científico y el conocimiento religioso. Esta
reflexión pertenece al campo de la filosofía.
La reflexión filosófica y en concreto la epistemológica es
imprescindible para establecer las relaciones entre ciencia y religión
como formas de conocimiento. Fe y experiencia religiosa forman el
fundamento del conocimiento religioso que se formaliza en la teología,
mientras el conocimiento científico está formado por un marco formal de
leyes y teorías, relacionadas con una base empírica de experimentos y
observaciones. Establecer claramente la naturaleza y los límites de
estos dos tipos de conocimiento es fundamental para poder establecer
correctamente la relación entre ambos.
La religión y la ciencia son además fenómenos sociales. Su aspecto
sociológico es, por lo tanto, muy importante para conocer las
relaciones entre ellas. Este aspecto es menos conocido y pocas veces se
tiene en cuenta. Ciencia y religión forman dos sistemas sociales
complejos que agrupan experiencias individuales y colectivas y que
tienen sus normas y patrones de comportamientos que resultan en la
formación de comunidades con un tipo de estructura y lenguaje propio.
Ambas comunidades interaccionan con la sociedad general en claves
que pueden ser de aceptación, rechazo, prestigio e influencia con las
consecuentes interacciones entre ellas. La afirmación de posiciones de
influencia social ha resultado, a veces, en confrontaciones entre
ellas. La incidencia normativa de la religión en los comportamientos,
que desemboca en propuestas éticas, interacciona con la práctica de la
ciencia, que no puede ser ajena a los problemas éticos que en ella
pueden surgir. La preocupación cada vez mayor de la sociedad por los
problemas éticos relacionados con la ciencia abre hoy nuevos campos de
relación de esta con el pensamiento religioso.
Ciencia y religión ¿compatibles o incompatibles?
La primera pregunta que podemos plantearnos es si ciencia y
religión son entre sí compatibles o no. Es decir, si una y otra pueden
convivir o necesariamente la una excluye a la otra y entre ellas solo
puede haber un inevitable conflicto. No es raro encontrar, aun hoy, la
opinión, a veces generalizada, de que ciencia y religión son mutuamente
incompatibles y la relación entre ellas ha sido siempre una fuente de
inevitables conflictos.
Se las considera como dos visiones contrapuestas del mundo, que no
pueden menos que chocar siempre entre sí. No solo esto, sino que cada
una de ellas niega la validez de la otra. Hoy, además, se mantiene que
solo la visión de la ciencia puede ser la verdadera, con lo que la
visión religiosa tiene que ir poco a poco desapareciendo. Desde este
punto de vista, el avance de la ciencia implica siempre un retroceso de
la religión. Para apoyar esta posición se hace a menudo una
interpretación sesgada de la historia y se traen siempre los mismos
casos de Galileo y Darwin.
Aunque se hace retroceder esta posición hasta los orígenes de la
ciencia moderna, indicando con ello que la ciencia misma no puede más
que estar en conflicto con la religión, en realidad empieza en el siglo
XIX, aunque se pueden encontrar algunas raíces en el XVIII. Dos libros
publicados por John W. Draper y Andrew D. White a finales del siglo
XIX contribuyeron de una manera especial a extender esta postura.
Draper, sobre todo, dedica sus ataques más furiosos contra la
Iglesia católica de la que dice que el cristianismo católico y la
ciencia son absolutamente incompatibles. Estos dos libros han pasado a
representar la postura que mantiene la incompatibilidad y el conflicto
inevitable entre ciencia y religión.
Después de la segunda guerra mundial se da un cambio en estas
posturas. Por un lado, se empieza a dar un abandono de la euforia
cientificista que había favorecido la idea de la incompatibilidad y el
conflicto inevitable entre la ciencia y la religión. De la admiración
sin límite de la ciencia se fue pasando a una mirada más crítica y aun a
un cierto recelo, causado por el peligro a algunas de sus
consecuencias.
Por otro lado, los nuevos estudios históricos han mostrado que
muchos de los argumentos usados por Draper y White no tienen una seria
base histórica. Las relaciones entre la ciencia y la religión a lo largo
de la historia han sido complejas y no se pueden reducir a las de su
absoluta incompatibilidad y continuo conflicto.
Numerosos estudios de tipo histórico en los últimos años, que
tocan temas tan delicados como las épocas de Galileo y Darwin, han
demostrado bastante claramente que ni solo el necesario conflicto ni la
continua armonía reflejan las complejas relaciones entre ciencia y
religión. Se trata de dos visiones autónomas del mundo entre las que
debe establecerse un fructuoso diálogo y que pueden considerarse como
complementarias. Algunos autores han buscado una cierta integración
entre ambas, pero esto resulta más problemático.
El origen del universo, la vida y el hombre
El hombre ha sentido siempre la necesidad de comprender la
naturaleza y el origen de las cosas que le rodean, y de esta forma
llegar a hacerlo también del conjunto de todas ellas, es decir, del
universo y de una manera especial de la vida y de sí mismo. A lo largo
del tiempo estas concepciones del universo o cosmologías han ido
cambiando hasta llegar a la que tenemos hoy, que sin lugar a dudas
cambiará también en los siglos futuros. Junto con la visión de la
naturaleza del universo, se plantea también la de su origen y como ha
llegado a ser como lo vemos hoy.
Al enfrentarse con el universo, y tratar de dar una respuesta a
las preguntas que se le plantean sobre su naturaleza y origen, el hombre
adopta diversos puntos de vista, que hoy podemos separar como
científico, filosófico y teológico. Hoy estos puntos de vista están más o
menos separados, pero durante mucho tiempo estuvieron mezclados. Aún
hoy, a pesar de no ser reconocido muchas veces, estos puntos de vista se
confunden en cuestiones que cruzan inadvertidamente las fronteras que
hemos establecido entre ellos. Respecto a estos temas se siguen
planteándose cuestiones que cruzan la frontera a la filosofía y aún a la
teología y son uno de los campos más importante de la relación entre
ciencia y religión.
Un problema importante es considerar las concepciones que el
hombre ha tenido de la naturaleza y origen del universo a lo largo de la
historia y la imagen que nos da de ellas hoy la ciencia actual, y ver
como se relacionan con lo que las religiones nos dicen sobre el mismo
tema. El problema tiene que ver con las relaciones que se establecen
entre el mundo y la divinidad en cada pensamiento religioso.
Las tradiciones orientales participan de un cierto panteísmo e
imanentismo, en el que la separación entre el mundo y la divinidad queda
difuminada en una concepción en la que la última realidad es unitaria.
En ellas se encuentra la idea de un universo eterno, cíclico que
últimamente tiene su fundamento en un último principio omnipresente e
incognoscible, más allá del ser y no-ser, bien sea Brahma o Tao, con el
que finalmente se identifica. No hay un verdadero concepto de creación,
sino que el universo mismo es como una extensión de lo que podemos
considerar como el ámbito de lo divino y no distinto de él.
Las ideas de la unidad y el cambio ocupan un papel importante, ya
que el universo es a la vez eternamente cambiante y el mismo, que nace,
se desarrolla, muere y vuelve a nacer y que no es realmente distinto del
principio divino con el que se identifica y cuyos avatares se
manifiestan en la naturaleza.
El Dios creador del Islam
En la tradición judío-cristiana recogida también por el Islam
encontramos una novedad respecto a las concepciones de las tradiciones
orientales que consiste en la concepción absolutamente monoteísta y
trascendente de un solo Dios que se revela en la historia y que es el
creador del cielo y la tierra, es decir, de todo lo que existe. El
pueblo judío elabora esta concepción de Dios y del mundo en sus escritos
contenidos en los diversos libros de la Biblia. Estos escritos
aceptados en la Biblia cristiana son la base de una elaboración
posterior de acuerdo con la fe cristiana. Ellos sirven, también, de base
a la concepción de Dios creador del Islam. La importancia de esta
tradición es grande, ya que la ciencia moderna nace en el contexto
cristiano de occidente y en ella influyó su concepción del mundo como
distinto de Dios y creado por él.
Un elemento clave en el nacimiento de la ciencia moderna es la
propuesta de un nuevo modelo cosmológico heliocéntrico que va a
sustituir el geocéntrico, vigente desde la antigüedad y elaborado por
los grandes astrónomos griegos. Este modelo cosmológico geocéntrico
adaptado al pensamiento cristiano dio origen a la imagen del universo
vigente durante toda la Edad Media.
La propuesta de la nueva cosmología fue obra de Nicolás Copérnico y
con su defensa por Galileo Galilei va dar origen a uno de los
conflictos más famosos entre ciencia y religión. El problema se centró
en la confrontación entre la interpretación literal de los textos de la
Biblia que presentaban la Tierra inmóvil y el Sol moviéndose y la nueva
propuesta cosmológica de la Tierra girando alrededor del Sol. Este
problema va a llevar a la condena por la Iglesia del sistema copernicano
y más tarde de la de Galileo por defenderlo públicamente en su libro.
Mucho se ha escrito sobre esta condena, lo que no cabe duda es que
se había cometido un gran error y una gran injusticia. En realidad, la
que salió más perjudicada fue la Iglesia misma, que ha tenido que cargar
desde entonces con el peso de una decisión equivocada, que ha marcado
negativamente su relación con la ciencia.
Aunque la prudencia podría aconsejar entonces cierta precaución
respecto a la aceptación del nuevo sistema cosmológico, esto no
justifica el aferrase a la interpretación literal de la Escritura y
condenarlo, como opuesto a la fe cristiana y, menos todavía, obligar a
Galileo a su abjuración. Las autoridades eclesiásticas no supieron
desligarse de las cuestiones astronómicas, en las que no debieron haber
entrado, y arrastrados por una interpretación literal de la Biblia
llegaron a considerar como doctrina herética, o al menos sospechosa de
herejía al heliocentrismo.
Génesis y creación
En el occidente cristiano, el relato del Génesis sobre la
creación, que se aceptaba literalmente, implicaba que las especies de
animales y plantas habían sido creadas cada una independientemente en el
transcurso de seis días. Los comentarios a estos textos no harán más
que recalcar esta idea de la creación directa de Dios de cada una de las
especies de plantas y animales y en especial la creación del hombre a
su imagen y semejanza, dando al universo una duración de unos 6000 años.
Esta visión va entrar en colisión con los desarrollos de la
geología y la propuesta de Charles Darwin de la teoría de la evolución
en la que se propone el mecanismo de la selección natural para explicar
el origen de las especies, incluido el hombre, desde unos primeros seres
vivos.
Aunque al principio hubo, desde el punto de vista puramente
científico cierta oposición, la teoría de la evolución se fue
imponiendo, de forma que en veinte años el acuerdo entre la comunidad
científica era ya casi unánime. Está claro que las ideas de Darwin sobre
la evolución chocaban con muchos aspectos de las doctrina tradicional
cristiana, entre ellos, la naturaleza de la acción de Dios en el mundo,
la finalidad de la creación, la historicidad del relato de la creación
interpretado literalmente y la historia de la creación del hombre a
imagen de Dios.
No faltaron desde el principio las interpretaciones puramente
materialistas, de lo que se ha llamado el “naturalismo evolutivo” que
sería utilizado en contra de la doctrina cristiana de la creación y la
providencia. La selección natural presentaba una propuesta de
naturalismo riguroso, en el que no se necesitaba la acción de ningún
agente externo para explicar el desarrollo y la evolución de las
especies.
Para el pensamiento ortodoxo cristiano esto representaba un
eliminar de la consideración de la naturaleza toda referencia a un Dios
creador. Es natural que la evolución se percibiera como una amenaza para
la religión. El tender puentes entre las dos doctrinas resultaba
difícil al principio, cuando además las mismas bases científicas del
mecanismo de la evolución resultaban todavía sujetas a debate.
A medida que la teoría científica se fue solidificando y los
mecanismos de la selección natural se hicieron más claros, su aceptación
en el pensamiento cristiano se fue haciendo cada vez más necesaria. A
pesar de que durante un tiempo las posturas evolucionistas se veían en
ambientes eclesiásticos con sospecha, su aceptación terminó por
imponerse. A pesar de que durante un tiempo las posturas evolucionistas
se veían en ambientes eclesiásticos con sospecha, su aceptación terminó
por imponerse. La evolución de universo y la vida sobre la tierra
muestran como Dios ha creado el mundo.
Ética, ciencia y religión
La ciencia puede considerarse como una actividad humana y como
una forma de conocimiento. En el primer caso, como toda actividad
humana, uno puede preguntarse si su práctica se debe ajustar a las
normativas de la ética y en el segundo si sus conocimientos aportan algo
a dichas normativas. Lo primero se aplica también, con más motivo, a la
técnica como aplicación práctica de la ciencia a las diversas
necesidades humanas.
Por otro lado, toda religión comporta normativas de los
comportamientos y tiene, por lo tanto, una dimensión ética. De esta
forma, el problema ético es inevitable al tratar de las relaciones entre
ciencia y religión. Ambas inciden en el campo de la ética y esto puede
llevar a roces y conflictos entre ellas.
Podemos empezar por plantearnos el comportamiento ético dentro de
la práctica misma de la ciencia, y si puede ella misma suministrarse
los principios de su comportamiento ético, o si es necesario que acepte
valoraciones que se basan en otros ámbitos del conocer humano. A estas
consideraciones podemos llamar la ética interna de la ciencia.
Es cada vez más patente, que en la misma práctica científica, las
normas éticas del comportamiento deben de ser respetadas. Los físicos,
entre los científicos, han negado a menudo que la conducta no-ética sea
en este campo de la ciencia un verdadero problema. Sin embargo, muchas
voces se han levantado para reconocer que esta postura debe ser
abandonada.
El comportamiento ético no pertenece solo a las ciencias aplicadas
o a la tecnología, sino a toda actividad científica, aun a aquella,
como la física, que se considera más alejadas de los planteamientos
éticos. En efecto, hoy se reconoce que existen muchos problemas en la
práctica de la ciencia que deben reconocerse como comportamientos
no-éticos.
Pasemos ahora al problema de lo que podemos llamar la ética
externa, es decir, la ética que tiene que ver con los resultados de la
ciencia. Se trata ahora, por lo tanto, en la ética que afecta al uso de
los resultados de la ciencia. La responsabilidad respecto a los
resultados del trabajo científico abre una amplia gama de
consideraciones. Se puede hablar en este contexto de una ética personal
de cada científico y también de una responsabilidad colectiva de la
comunidad científica.
Esta responsabilidad personal y colectiva lleva consigo que se han
de tener siempre presente las posibles consecuencias que se derivan del
trabajo científico. Hoy esto adquiere una importancia mayor, debido al
papel primordial que ha adquirido la ciencia en el desarrollo material y
crítico de nuestra sociedad. Esta responsabilidad no puede excluirse
nunca y se extiende a todo trabajo científico, aunque en sí mismo se
considere apartado de toda aplicación práctica.
Aunque hoy los proyectos científicos incluyen a un número grande
de investigadores y técnicos, esto no excluye de la responsabilidad que
cada uno de ellos tiene. El investigador no puede ampararse en la
colectividad para desentenderse de su propia responsabilidad. Esta
responsabilidad obliga a cada uno y a la colectividad a hacer todo lo
posible para que los resultados del trabajo científico se empleen solo
en bien del hombre y la sociedad. En ocasiones esta responsabilidad
puede llevar a tener que tomar decisiones con consecuencias personales
graves, pero que no pueden ser eludidas. El autor añade como ejemplo los
problemas de la ética medioambiental.
Conclusión
El tema de la relación entre ciencia y religión es enormemente
amplio, como queda recogido en los capítulos del libro de Agustín Udías
de los que hemos dado algunas breves anotaciones. En él el autor
pretende presentar estos problemas con serenidad y claridad al objeto de
ayudar a una reflexión seria sobre el tema. Conviene recordar la
amplitud dada a los temas históricos con los que se quiere esclarecer
muchos malentendidos que han oscurecido la recta comprensión de la
relación entre ciencia y religión, el análisis de las relaciones que se
pueden establecer entre ellas y como inciden ambas en los problemas
éticos.
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