¿Puede el cristianismo ser universal?
JAVIER MONSERRAT
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La posible existencia de seres inteligentes fuera de la Tierra replantea viejas cuestiones de la teología.
Un postulado esencial del kerigma cristiano, que ha repetido la
teología de todos los tiempos, es la universalidad del cristianismo.
Sin embargo, si el hecho real es que Cristo aparece en un momento
avanzado de la historia y no ha sido conocido por la inmensa mayoría de
los hombres, ¿es defendible esta pretensión de universalidad de la
teología cristiana? El mismo problema se amplía al considerar la
posible existencia de seres inteligentes fuera de la Tierra.
El pasado mes de julio (2012), apareció en esta misma sección de Tendencias21 un interesante artículo
de Carlos Beorlegui y Leandro Sequeiros en el que se exponía y
comentaba una reflexión sobre las consecuencias de las indagaciones que
actualmente realiza una nueva disciplina científica denominada astrobiología.
En él, se abordan dos cuestiones que antes pudieran parecer de
ciencia ficción, pero que hoy gozan de legitimidad científica
incuestionable: ¿existe la vida fuera de nuestro planeta Tierra? O lo
que es lo mismo: más allá de nosotros, ¿existe vida en el universo?
Además de esta primera cuestión, se plantea otra en estrecha conexión,
que puede considerarse una especificación de la anterior: aparte de
nosotros, ¿existe otra vida inteligente en el universo?
La astrobiología pretende investigar científicamente qué hechos
podemos constatar y qué teorías construir para responder estas
preguntas. La Templeton Foundation ha dotado fondos recientemente para
investigar estas cuestiones. Pero, además, después de hacer una síntesis
del estado de la investigación en Astrobiología –mencionando también
autores clásicos como Paul Davis, Christian de Duve, Jacques Monod,
François Jacob, Stephen Jay Gould, y otros– el artículo de Beorlegui y
Sequeiros introducía importantes preguntas que la eventual existencia de
seres inteligentes fuera de la tierra debería plantear a la teología
cristiana.
Sobre esto último vamos a seguir pensando en este artículo, al
hilo de las sugerencias formuladas por Beorlegui/Sequeiros en su
interesante escrito.
La proyección, en efecto, de la eventual existencia de seres
inteligentes fuera de la tierra sobre la teología cristiana es
fácilmente comprensible, si se tienen en cuenta los principales
contenidos dogmáticos del cristianismo.
La creación ha sido emprendida por el Dios Trinitario como
escenario para que el hombre asuma personal y libremente la oferta a la
filiación divina. Dios ha aceptado el mal uso de la libertad, el pecado,
lo ha perdonado, y esta es la decisión divina redentora personificada
en el Verbo que ha hecho posible la creación.
Esta voluntad redentora y creadora dada en el tiempo eterno de
Dios es la que se ha manifestado en el tiempo del mundo por la
Encarnación del Verbo y por el Misterio de la Muerte y Resurrección de
Cristo. Este Misterio realiza y manifiesta el eterno designio divino en
la creación y en la salvación del hombre.
Un aspecto esencial de la dogmática cristiana es entender que el
hombre no puede abrirse a Dios desde el interior del mundo y aceptar la
oferta divina de filiación si no es aceptando el Misterio de Cristo.
Así, el hombre no puede tener fe en Dios, creer en Dios, si no es por la
mediación cristológica universal, es decir, creyendo en Cristo. La
aceptación de Cristo es por ello la esencia necesaria de toda posible
religiosidad humana.
La conciliación cristiana de pretensión universal y localidad histórica
Estos contenidos esenciales de la dogmática cristiana no dejan de
plantear problemas teológicos que se formularon desde antiguo y que han
sido de nuevo considerados en la teología moderna. El cristianismo
afirma que la salvación ofertada por Dios, la filiación divina, se
dirige a todos los hombres, es universal.
Ahora bien, si el hombre sólo puede acceder a esa salvación
aceptando a Cristo, o sea, creyendo en el Misterio de Cristo, entonces
se plantea un problema que ha intrigado a los teólogos durante siglos.
Cristo nace en un momento del tiempo, en la historia humana, es
histórico, y el hecho es que sólo una parte pequeña de la humanidad ha
tenido conocimiento de Él.
Muchos hombres vivieron antes de Cristo sin conocerlo, sólo unos
cuantos accedieron a su mensaje mientras vivió en Palestina, y, tras su
muerte, la inmensa mayoría de la humanidad tampoco ha conocido su
mensaje, o no lo ha aceptado. En la actualidad la mayoría de los hombres
siguen desconociendo a Cristo. Entonces, ¿cómo puede pretender el
cristianismo una salvación abierta universalmente a todos, si esta
salvación depende de la aceptación de Cristo y el Cristo histórico sólo
ha sido conocido por una pequeña parte de la humanidad?
Este problema tradicional, considerado sólo en una dimensión
terráquea, se radicaliza por la eventual existencia de seres
inteligentes en otros puntos del universo. La teología cristiana de la
redención y de la salvación en Cristo, la universalidad del logos
cristológico como esencia de la creación, se ha pensado sólo en relación
a la estirpe humana: sólo se ha pensado en relación al hombre sobre la
tierra.
Pero si en efecto resultara que existieran seres inteligentes
fuera de la tierra, entonces, ¿entrarían dentro del plan de salvación
establecido por Dios para la estirpe humana, según las creencias
cristianas? Es difícil pensar que en el universo creado por Dios
hubieran sido producidos en la evolución otros seres inteligentes, de
condición personal libre similar a la humana, a los que Dios hubiera
permanecido cerrado y que no estuvieran llamados a salvarse por la
filiación divina, tal como el hombre efectivamente ha sido llamado.
¿Cabría entonces pensar que la redención universal del eterno
designio divino, que se realiza y manifiesta en la historia en el
Misterio de Cristo, se extendería también a esas otras estirpes de seres
inteligentes emergidos en la evolución del universo creado por Dios?
¿Les habría comunicado Dios en alguna manera el sentido de su eterno
designio creador en Cristo?
Además, el problema del desconocimiento del Cristo histórico para
la inmensa mayoría de los terrestres se extendería ahora a esas posibles
estirpes de seres inteligentes extraterrestres. Si Dios debiera
haberles dejado abierto un camino de salvación, ¿estaría al margen de
Cristo, es decir, de la aceptación del logos cristológico de la
creación? Si su salvación, como se afirma en la dogmática cristiana,
debiera estar mediada por Cristo, ¿cómo sería posible en ellos un
conocimiento de Cristo que hiciera posible su aceptación, tal como se
postula como principio esencial de la teología cristiana?
Como se ve, el cristocentrismo de la teología cristiana (no sólo
católica) no es fácilmente conciliable con los hechos (entendible desde
ellos). La realidad histórica (el localismo de Cristo) parece estar en
contradicción con el necesario cristocentrismo (la universalidad
pretendida). Esta contradicción está patente ya cuando se pone en
consideración la historia de la humanidad en la tierra, pero se
radicaliza y se amplía al considerar también la eventual existencia de
otros seres extraterrestres con inteligencia y condición personal libre
similar a la humana.
¿Estamos solos en el universo?
El artículo de Beorlegui y Sequeiros comienza planteándose esta
pregunta y trata de responderla de acuerdo con las evidencias y las
teorías científicas. En la Astrobiología se busca precisamente hacer
acopio de los conocimientos de que hoy puede disponer la ciencia para
considerar si existe vida en el universo, o si sería posible que
existiera; y, en continuidad con esta cuestión, para considerar también
si existe, o pudiera existir, vida inteligente fuera de la tierra.
La revisión inicial que el artículo ofrece llega a una doble
conclusión: primero que no hay evidencias que constaten la existencia de
manifestaciones importantes de vida fuera de la tierra; segundo que,
sin embargo, todo parece indicar que la vida sería posible. Lo mismo
cabe afirmar de la vida inteligente: primero que no hay evidencias de
que exista; pero, segundo, que todo parece indicar que sería en efecto
posible.
En último término, aunque fuera posible, el artículo presenta lo
que hoy parece ser la posición más extendida: el biogeocentrismo. Esta
posición defiende que el fenómeno de la vida responde a unas condiciones
tan difíciles que cabría calificar de irrepetibles, de tal manera que
la vida sobre la tierra sería resultado de un azar que no sería
verosímil pensar que pudiera repetirse en otro punto del universo.
Beorlegui/Sequeiros observan que para muchos autores esta recurrencia al
puro azar es una forma de querer insistir en que la vida no debe ser
atribuida a ningún tipo de diseño que hiciera pensar en un diseñador,
sino que es debida al puro azar.
En este artículo no abundaré en la revisión científica de
Beorlegui y Sequeiros. Por ello sugiero que, como presupuesto de cuanto
aquí decimos, se repasara su artículo que, según lo dicho, parece
concluir en que de momento todo apunta a que estamos solos en el
universo, aunque la ciencia vea hoy posibilidades de que pudiéramos
descubrir la existencia de vida, o de vida de seres inteligentes, fuera
de la tierra.
Pero la eventual existencia de inteligencia exterior lleva a la
teología cristiana a plantear un problema teológico que ya se había
enunciado desde antiguo al considerar que la mayor parte de la humanidad
había vivido y vivía en el desconocimiento de la figura de Cristo.
Sobre esto seguiremos pensado aquí.
Pero, por mi parte, aprovecho sólo unas líneas para exponer antes
mi opinión sobre la revisión científica. Es claro que, como casi todos,
creo que de momento no cabe afirmar la existencia de vida inteligente
extraterrestre. Pero creo que debemos insistir en que la ciencia parece
avalar hoy la posibilidad teórica de su existencia. Si la especulación
de multiversos y la consideración de los juegos de valores de la teoría de supercuerdas
fuera verdadera, entonces, entre un conjunto cuasi-infinito de
universos, no cabría excluir que pudiera haberse producido otro con
valores cuasi-antrópicos que hicieran posible un tipo de vida similar o
distinta a la nuestra.
En último término, todos los universos tendrían una unidad de
origen ontológico (en su meta-universo de referencia) como burbujas de
un meta-universo común; y en uno de ellos la materia habría hecho
posible ya la emergencia de sensibilidad y de conciencia (en el
nuestro). ¿Por qué no en otros también? Sin embargo, la eventualidad de
vida inteligente suele ponderarse no tanto en el marco de los
multiversos cuanto dentro de nuestro universo real, el único realmente
existente con seguridad.
En relación con esto quiero indicar que la ontología de la materia
y la naturaleza de las leyes que de ella se han derivado son las mismas
en todo nuestro universo. Ahora bien, son esta ontología y estas leyes
las que han hecho posible en la tierra a) la producción de orden físico y
biológico que está en la base mecánico-determinista de la vida y b) la
emergencia de la sensibilidad y del conjunto de la vida psíquica. Lo que
hoy conocemos como las sorprendentes propiedades antrópicas del
universo (los valores que, sin ser necesarios, coinciden en hacer
posible la vida y el hombre) son propiedades de la materia y de las
leyes que rigen en todo nuestro universo.
Por tanto, si la materia es la misma en todo el universo, ¿por qué
no admitir la posibilidad de que la evolución hubiera generado en otros
lugares a) orden físico y biológico y b) un orden apropiado para que
emergieran los estados de sensibilidad-conciencia que terminaran
evolutivamente en sujetos psíquicos conscientes (no necesariamente
iguales a nosotros).
Se argumenta que la aparición de la vida en el planeta tierra
tiene relación a propiedades muy específicas y extrañas que coinciden de
forma sorprendente (posición en el sistema planetario, eje de la
tierra, temperatura, etc.). Es verdad que las posibilidades intrínsecas
de la materia han prosperado ante la facilidad extraña del planeta
tierra (y, en este sentido, también podríamos decir que el planeta
tierra tiene sorprendentes propiedades antrópicas).
Pero en un universo con galaxias y sistemas planetarios
incontables, ¿por qué no conceder que fuera posible la producción de
condiciones similares a las de la tierra, u otras distintas, pero que
hicieran posible la generación de sistemas vivientes que terminaran en
vida inteligente?
Con esto no quiero afirmar que existan vida y vida inteligente más
allá de la tierra. Simplemente afirmo que no parecen existir
consideraciones teóricas, ni empíricas, que nos cierren la posibilidad
de que, en efecto, existieran. Y ello corrobora la oportunidad de
plantear, al menos en hipótesis, qué podría pensar la teología cristiana
ante la eventualidad posible, hoy considerada por instituciones serias,
de que hubiera vida inteligente extraterrestre.
El reto de la eventual inteligencia extraterrestre a la teología cristiana
Beorlegui y Sequeiros han sintetizado el problema teológico en estos términos:
“A la hora de juzgar si la posibilidad de inteligencias
extraterrestres pondrían o no en cuestión el cristocentrismo, se pueden
considerar tres posturas:
• considerar que esa hipótesis echaría por tierra las tesis cristianas, con lo que se demostraría su falsedad;
• pensar que habría que suponer la posibilidad de otra encarnación
de Dios en esas otras civilizaciones inteligentes, que adoptaría forma y
características específicas, sin que podamos saber cuáles…
• entender que no hay dificultad teológica en extender la
condición salvadora y mediadora única de Jesús, el Hijo de Dios, al
conjunto de las otras posibles civilizaciones inteligentes del cosmos.
Esta postura, en la que me sitúo [Beorlegui/Sequeiros], considera que
tal dificultad ya se da a la hora de entender la mediación salvífica de
Jesús dentro de la propia historia humana, y ese es en la actualidad uno
de los temas teológicos más candentes que se suscitan en el diálogo
entre las diferentes religiones".
La teología cristiana ha tratado siempre de conjugar dos elementos
fundamentales: la universal voluntad salvífica de Dios, que “quiere que
todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4) y la radical centralidad de
Cristo, ya que “no hay salvación en ningún otro” (Hch 4,12). (Cfr. A.
Torres Queiruga, Repensar la revelación. La revelación divina en la realización humana, Madrid, Trotta, 2008, p. 322).
Pero dada la dificultad de realizarse esta centralidad, no queda
más remedio que situarse en medio de dos posturas extremas: diluir la
universalidad específica de la revelación cristiana, dada la
universalidad numérica de los humanos, o bien, por ahondar en la
centralidad de Cristo, dejar en la sombra el destino salvífico de tantos
humanos que no lo llegan nunca a conocer”.
Beorlegui y Sequeiros, siguiendo a Torres Queiruga, exponen la
inevitabilidad de que, de producirse una revelación de Dios, esta
debiera ser histórica, es decir, situarse en un tiempo y lugar
determinado, en una cultura necesariamente local. Pero desde ahí, desde
este particularismo, Cristo debería “convertirse en significativo para
todos los hombres de su momento y del conjunto de la historia, tanto del
pasado como del futuro”.
“El problema, nos dicen, no está en la particularidad de la
encarnación de Dios, algo inevitable, sino en si muestra auténtica
capacidad universal. El problema que suscita esto es qué pasa con los
hombres que no van a entrar en contacto con este salvador concreto”. “La
dificultad… que siempre se ha dado en la historia de la teología, se
halla en el hecho de que muchas personas no conocieron ni conocerán a
Jesús, por lo que no resulta significativo ni para los que
vivieron antes que él ni para los que vivirán después sin tener ninguna
noticia suya”.
Por consiguiente, sintetizando el problema, la teología cristiana:
a) asume que Cristo se revela históricamente (en circunstancias
históricas particulares que se hacen difícilmente accesibles a los
hombres del pasado, del presente y del futuro); b) la teología cristiana
entiende que la persona de Cristo, como Hijo de Dios que salva en el
Misterio de su Muerte y Resurrección, debe ser aceptada por la libertad
personal de todo hombre para relacionarse con Dios, ser religioso y
acceder a la filiación divina; c) la teología cristiana debe postular,
puesto que es inevitable admitir la imposibilidad de acceso histórico a
Cristo de la mayoría de los hombres, que la realidad de Cristo (es
decir, el Misterio de su Muerte y Resurrección) debe de “estar presente”
en la vida de todo hombre, en todos los tiempos y lugares, en todas las
culturas, de tal manera que este “estar presente” haga posible que
Cristo sea, en alguna manera, aceptado o rechazado por el hombre libre;
d) la teología cristiana se ve abocada a tener que explicar cómo y por
qué Cristo, aun habiéndose revelado en un contexto histórico, particular
tiene la “capacidad universal” de “estar presente” en la existencia de
todo hombre, de tal manera que pueda ser aceptado o rechazado; es decir,
debe explicar la universalidad del cristianismo.
Este es, pues, el problema de entender la universalidad del logos
cristológico. Es el problema de entender lo que la teología cristiana
siempre ha proclamado: que no hay salvación sin admitir a Cristo. Es
decir, no puede concebirse una aceptación de Dios y una religiosidad
natural auténtica cuyo logos natural no sea, en el fondo, un logos –una
racionalidad o sentido– cristológico.
La teología cristiana predica la universalidad del logos
cristológico que abarca a toda la creación. La creación tuvo sentido y
fue emprendida por
Dios por el logos cristológico; por ello, el hombre, desde dentro
de la creación, no puede acceder al sentido de todo en Dios sin aceptar
el logos cristológico. Esto parece un galimatías, juegos de palabras
esotéricos que no responden a nada. Pero no es así, se trata de algo que
tiene profundo sentido humano y cósmico. Lo podremos entender con
claridad meridiana, si seguimos leyendo.
Buscando soluciones: ¿es la autenticidad moral el logos cristológico?
En una Carta Apostólica del papa Juan Pablo II, Dominus Jesus,
se planteaba la necesidad de afirmar el cristocentrismo en la teología
cristiana, es decir, la necesidad de que Cristo sea el logos profundo de
toda religión natural. Se salía al paso de intentos de valorar las
religiones no cristianas por medio de una minusvalorización del
cristocentrismo. Por otra parte, la Carta reconocía que, aunque no
sepamos bien cómo explicarlo, sin embargo, había que insistir en la
universalidad de Cristo. La Carta, pues, reconocía la dificultad
explicativa.
Este es en realidad el problema: explicar qué hace significativo a
Cristo en toda vida humana de todos los tiempos (aun de todos aquellos
que no han conocido a Cristo, y eventualmente de extraterrestres de
otras civilizaciones inteligentes). Es decir, en dónde radica su
capacidad universal (de desbordar el particularismo de un tiempo y un
lugar) para “estar presente”, en alguna manera, en la condición natural
de todo hombre, de manera que, como decíamos, pudiera ser aceptado o
rechazado.
Piénsese que la teología cristiana, en efecto, no lo pone fácil:
aceptar o rechazar a Cristo no es cualquier cosa, pues debe entenderse
como aceptar o rechazar al Dios Encarnado que realiza el Misterio de su
Muerte y Resurrección. ¿Cómo entender que un contenido teológico tan
específico, y en apariencia tan peculiar como la historia de Jesús, esté
presente ante la conciencia de todo hombre para poder ser aceptado o
rechazado? Hay dos propuestas que han aparecido en la historia de la
teología y debemos considerar.
La respuesta de la autenticidad moral
Se ha propuesto una
solución primera que viene de antiguo y que parece obvia casi de
inmediato. Todo hombre que vive una vida honesta con autenticidad y
rectitud moral es ya cristiano; es decir, está aceptando implícitamente a
Cristo (o, en su caso, rechazándolo en caso de inautenticidad moral).
La obra de Hegel, catalogada en sus escritos de juventud por Nohl,
titulada Jesús, ofrece esta imagen del cristianismo identificado
con la moral natural kantiana. Esta posición es la que parece asumirse
en el artículo de Beorlegui/Sequeiros, siguiendo de Torres Queiruga.
“Jesús se ofrece más bien como un universal salvador, como un
modelo de realización humana, no tanto por extensión a los demás de un
particularismo cultural, sino como una meta simbólica a ir realizando
como proceso emergente desde cada situación particular y cultural.
Se da, por tanto, una dialéctica entre la particularidad y la
universalidad. Esto supone que si la teología cristiana quiere presentar
a Cristo como universal, según Torres Queiruga, ´tiene que dar prueba
de su destinación universal, mostrando que en ella se manifiesta, sin
acaparamiento ni privilegio, la plenitud de aquello mismo que todos de
alguna manera viven, presienten y buscan´.
De alguna forma, en el mismo evangelio, en Mt. 25, 31-46, en el
denominado juicio de las naciones, advierte Jesús que la realización o
salvación, y por tanto el juicio positivo de Dios, no proviene tanto de
realizar una serie de prácticas religiosas de una determinada iglesia,
sino de realizar la solidaridad y el amor al prójimo necesitado, como
vía de realización humana universalizable. Y en la medida en que se
cumple ese programa, se está realizando el ideal de humanidad y el ideal
de salvación que Cristo ofrece a todos”.
Según esta manera de entender, por tanto, Cristo estaría presente
en toda vida humana como modelo de autenticidad y rectitud moral.
Aceptar a Cristo equivaldría, por tanto, a obrar con rectitud moral.
Ahora bien, ¿es esta interpretación moral suficiente para justificar de
qué manera Cristo “está presente” en toda vida humana, de acuerdo con
las exigencias de la teología cristiana? Creemos sinceramente que no.
Por dos razones.
a) En primer lugar porque hoy en día la antropología filosófica y
la ética han llevado al pensamiento contemporáneo a entender que el
orden moral y el social nacen de la naturaleza humana mediante el
ejercicio de la razón. Por ello, se reconoce que la honestidad, la
autenticidad y la rectitud moral del hombre, que se abre solidariamente a
los demás en la justicia, es posible al margen de la religión y de la
referencia a Dios. Si afirmamos que toda rectitud moral es aceptación de
Cristo (con las inevitables connotaciones religiosas que esto
implicaría) rompemos entonces la autonomía del orden moral natural y
parece que imponemos un teocentrismo moral, que a todas luces está hoy
fuera de lugar.
En otras palabras: no parece que rectitud moral deba suponer
necesariamente aceptar el “modelo Cristo” porque la moral natural se
explica simplemente como seguimiento del ideal humano configurado por la
pura razón natural, tal como vemos en la autonomía moral del hombre
moderno.
b) En segundo lugar, si Cristo no podría estar presente como tal,
en sus rasgos históricos, en los hombres que no lo han conocido,
entonces a Él sólo se accedería cuando los hombres por su razón natural
perfilaran el ideal moral humano que deben seguir. En este sentido,
Cristo sólo podría estar presente como un modelo natural de moral y de
rectitud humana. En otras palabras: se habría reducido el cristianismo a
una moral natural (que incluso podría entenderse sin Dios). Ahora bien,
esto parece estar muy lejos de las exigencias de la teología cristiana
que, por cristocentrismo, entiende una aceptación de Cristo como Dios
Encarnado que manifiesta a Dios en el Misterio de su Muerte y
Resurrección. La aceptación de Cristo implica un carácter religioso y no
simplemente moral.
Sea dicho todo esto atendiendo al texto evangélico de Mt 25,
31-46, citado por Beorlegui/Sequeiros siguiendo a Torres Queiruga, que, a
mi entender, no debe interpretarse en el sentido de que Cristo reduzca
la salvación a un asunto de moral natural. En el conjunto del mensaje de
Jesús es claro que quien está abierto a Dios (al amor que Dios es)
realiza en su vida este amor en sus obras, en la apertura y solidaridad
con los hermanos, de tal manera que el Juicio de Dios juzga
unitariamente nuestra apertura a Dios a través de nuestras obras.
La moral evangélica de quienes serán salvados por Dios está
presente algo más que moral natural. Está presente un Dios que es el
que, en los cristianos, mueve de una forma más profunda a la honestidad,
autenticidad y rectitud moral.
La respuesta del teísmo natural
Por consiguiente, la
condición natural que haga presente en la vida humana, al margen de su
conocimiento histórico, a Cristo, de tal manera que el hombre pueda
decidirse ante Él, parece que no podría consistir sólo en la rectitud
moral. La presencia de Cristo debería estar conectada con Dios o con lo
religioso. Por ello, al cristocentrismo que asume la teología cristiana
puede dársele una respuesta teísta. Los hombres, en efecto, han estado
abiertos a Dios naturalmente. Es decir, han podido aceptar o negar a
Dios en sus vidas.
Por tanto, podría postularse que la religiosidad natural es
siempre implícitamente cristológica (en alguna manera Cristo está
presente en ella). La postura de Karl Rahner sobre los cristianos
anónimos podría considerarse una forma de postulación cristocéntrica del
teísmo natural. Un teísmo natural que por sí mismo conduciría a
impulsar la vida humana hacia una rectitud moral que ya no sería sólo
rectitud moral pura (que podría ser como tal no religiosa), sino
rectitud moral fundada en la religiosidad natural que acepta a Dios.
En el artículo de Beorlegui/Sequeiros, siguiendo a Torres
Queiruga, parece aludirse al teísmo natural en un breve comentario a
Pannenberg. Se apunta a que la revelación (que se da plenamente en
Cristo) tiene que vislumbrarse por el ejercicio de la razón humana y que
por ello debe estar presente en las diversas religiones históricas.
“De ahí que el reto para el universalismo de Cristo y del
cristianismo está en la verificación y en lo creíble que resulte su
oferta de universalidad. Torres Queiruga, siguiendo a W. Pannenberg, se esfuerza por mostrar una fórmula que haga creíble esta pretensión.
Para Pannenberg, es evidente que la revelación sólo resulta hoy
aceptable y universal, si puede validarse ante la razón crítica y la
investigación histórica. Por tanto, la revelación aparece como
demostrable con certeza en la historia. Con esto lo que se quiere decir
es que Dios se revela, de modo indirecto (no al estilo gnóstico), en
todas las religiones, guiando a los seres humanos a su propia
realización.
Pero, en medio de las diversas religiones, el modo más explícito y
completo lo ha hecho en Jesús, el Cristo, en el que se tiene la
pretensión de que se ha revelado el auténtico rostro de Dios y el ideal
humano (individual y social), no tanto como extensión de un
particularismo cultural al resto de los humanos, sino como expresión
ideal de lo que ya se está dando en simiente en todas las culturas y
religiones”.
Estamos de acuerdo en que esa presencia de Cristo, en tanto en
cuanto pueda describirse por la razón y comprobarse que se da en la
historia, es decir, en las religiones, podrá hacer creíble su oferta de
universalidad. En Cristo se habría producido una revelación de Dios que
no debería consistir en agregar un nuevo particularismo “historicista” a
los muchos existentes, en el mismo nivel y en paralelo, sino en
expresar algo más profundo, a saber, la esencia universal de la
religiosidad humana presente, por su misma universalidad, en todas las
religiones.
La cuestión esencial
Pero volvamos de nuevo a la cuestión de fondo, pues estamos, como se dice, afilando el cuchillo, pero sin entrar a cortar.
La cuestión está perfectamente definida: ¿cómo y de qué manera
puede la razón natural entender que Cristo, según lo que significa para
la teología cristiana, esté en efecto presente en la vida de todo
hombre? Decir, como hace el teísmo natural, que la idea natural de Dios
debe ser implícitamente cristiana, que debe ser inteligible por nuestra
razón y estar presente en las religiones como un factor universal, no va
más allá de enunciar lo que debemos postular desde la fe cristiana. Lo
mismo hace Pannenberg. Sin embargo, de lo que se trata es de llenar de
contenido real (explicar) qué significa realmente el postulado de
cristocentrismo.
De acuerdo en que, según Pannenberg, como recuerda Torres
Queiruga, en la resurrección de Cristo se nos anuncia que la revelación
se hará plena en el final de la historia. La resurrección de Cristo es
anuncio, anticipación o prolepsis de la totalidad final que, en la
actualidad, permanece todavía abierta al futuro. Pero de lo que se trata
no es del futuro, sino de explicar por la razón cuál es, y ha sido, la
presencia efectiva del logos cristológico en la vida presente de los
hombres, de manera que pueda hacerse efectiva e inteligible la
universalidad real del cristianismo.
En el pasado, en el presente y en el futuro. Hemos argumentado que
la pura rectitud moral natural no basta para explicarla. ¿Dónde está
por tanto la explicación? Si el marco explicativo de un teísmo cristiano
no va más allá de afilar el cuchillo (postular que la religión natural
debe de ser cristocéntrica) pero sin entrar a cortar (explicar cómo y
por qué) nos seguimos moviendo en el desconcierto que ha tenido la
teología cristiana durante siglos. En el fondo es la posición que admite
la Carta Dominus Iesus al insistir en el cristocentrismo que impone el
kerigma cristiano, aunque no sepamos todavía cómo explicarlo.
La razón natural ante el enigma del posible Dios
Por tanto, ¿existe alguna explicación? Creo que sí existe y la he explicado con amplitud en Hacia el Nuevo Concilio,
y en otros escritos. A partir de ahora me limito, pues, a exponer mi
opinión. La explicación es, por tanto, asequible a la razón natural que
es capaz de describir el conocimiento que tenemos del universo y de la
forma en que el hombre, orientado por la razón, queda abierto ante el
enigma último del universo.
Lo que decimos seguidamente es muy sencillo y puede ser fácilmente
entendido. Más difícil es encuadrar lo que decimos en la historia del
pensamiento filosófico y teológico para mostrar su verdadera
significación y transcendencia como nuevo paradigma del cristianismo (y
en el fondo de toda religiosidad) en la modernidad.
Para entender el verdadero dramatismo de la vida humana ante el
posible Dios y el sentido que tiene la religiosidad (que acepta a Dios
como existente y religa a Él la existencia humana en una esperanza de
salvación) es necesario advertir que esta apertura no supone la
evidencia de Dios, su conocimiento como certeza absoluta o metafísica,
racionalmente inevitable, como decía el teocentrismo tradicional y las
antropologías que afirmaban como no es posible un humanismo sin Dios,
tal como ha sido habitual hasta ahora en el paradigma greco-romano.
Ha sido precisamente la cultura moderna, en especial la ciencia y
la filosofía derivada, la que ha hecho entender que Dios, como
fundamento del universo, es posible y hay argumentaciones que lo avalan.
Pero no es una evidencia que se imponga por la fuerza necesaria de las
circunstancias de la naturaleza objetiva. De hecho, la historia moderna
muestra que es posible un entendimiento puramente mundano, sin Dios del
universo. La razón moderna muestra, pues, que estamos abiertos a Dios
pero no como evidencia, sino como posibilidad argumentable por la razón.
Esto es lo que muestran la ciencia, la filosofía y, en general, la
cultura moderna. Pero la intuición de que la naturaleza objetiva no nos
impone a Dios no sólo es una consideración del grupo restringido de los
intelectuales. Hay razones para pensar que la mente natural del hombre
de todas las épocas (incluso de aquellas en que predominaba un
teocentrismo impositivo cultural en la sociedad) ha intuido en
profundidad que el posible Dios estaba oculto: que era verosímil pero
que era un Dios que de hecho estaba alejado de una realidad en que el
hombre estaba abocado a su propia soledad y libertad.
El dramatismo de la religiosidad natural ante el Dios oculto y liberador
Este enigma fáctico del universo (impuesto por los hechos) sitúa
al hombre en una embarazosa situación que tiñe su existencia de unos
tonos dramáticos, de una gran incertidumbre y dramatismo metafísico. El
drama consiste en que el hombre desearía que Dios existiera y liberara a
la humanidad, haciendo posible una felicidad final, pero frente a este
impulso metafísico religioso, la facticidad de los hechos impone el
enigma de un posible Dios, que, de existir, no se ha manifestado con
evidencia, y en último término pudiera ser que no existiera, tal como
parecen dar por asentado muchos hombre en la cultura moderna. Por ello,
todo hombre vive su vida como un drama metafísico en que debe decidir si
vive, o no, abierto a la creencia en Dios.
No se trata tanto, en principio, de la inserción en una religión
social objetiva, cuanto de la posición religiosa interior, profunda, del
hombre ante la enigmática dimensión metafísica de Lo Último.
Esta vivencia dramática de la posición humana ante el posible Dios
es vivida por todos los hombres: es una consecuencia de los factores
inevitables que pesan sobre su condición humana. Seres inteligentes de
otros lugares del universo formarían parte del mismo universo, por su
razón podrían haber entendido también la posibilidad de que su universo
se fundara en Dios, pero estarían de hecho instalados en la misma
incertidumbre metafísica de los humanos.
¿Qué supone esta conciencia del enigma del universo? La situación
misma de incertidumbre, el hecho de que Dios no sea evidente y el
universo sea un enigma metafísico, hacen que la posible inclinación
hacia Dios sea problemática, es decir, que contenga aspectos o perfiles
que la hacen oscura, no evidente por sí misma. Estos perfiles negativos
de la posible imagen de Dios son dos.
Primero es el problema del silencio de Dios ante el conocimiento,
es el silencio divino ante el universo: es la dificultad de aceptar que
un Dios real se haya ocultado en la realidad y el hombre se halle en la
molesta situación de no saber a ciencia cierta si existe. Segundo es el
problema del silencio de Dios ante el sufrimiento humano y el drama de
la historia en su conjunto, es el silencio divino ante el sufrimiento de
la historia: la dificultad obvia de que un Dios que se postula bueno
haya diseñado la creación de un universo en que la estirpe humana debe
atravesar el camino dramático del sufrimiento y de la muerte.
El dramatismo metafísico de toda vida humana consiste, pues, en
que se debe tomar necesariamente una posición ante lo metafísico, con
Dios o sin Dios, pero las circunstancias fácticas mueven a desconfiar
que fuera real lo que, en el fondo, se desearía, a saber, que Dios fuera
real.
Los hombres de todas las culturas que están abiertos, por el
impulso de la razón en la naturaleza, a la eventual creencia en un poder
(o poderes) personal (personales) que salva, se ven abiertos a
considerar que el silencio de Dios en el universo y su silencio ante el
drama de la historia son argumentos disuasorios de su creencia. La
condición humana hace inevitable que así sea en todos los hombres.
El sentido o logos de la religiosidad natural
Puesto que este dramatismo de la apertura a Dios, desde la
condición humana de ser racional existente dentro de este universo, es
antropológicamente inevitable, resulta que ser religioso o no serlo
depende siempre de la creencia o no-creencia en un Dios oculto y en
silencio ante el enigma del universo y ante el enigma del sufrimiento de
la historia. El hombre religioso es aquel que cree en la existencia de
un Dios que quiere salvar o liberar la historia humana, a pesar de su
silencio en el universo y su silencio en el drama de la historia. En
alguna manera, el hombre religioso entiende que tiene un sentido o un
logos, una explicación racional, que Dios haya creado el universo que de
hecho ha creado.
Así, por ello, el hombre religioso da un voto de confianza a Dios,
creyendo que tiene sentido creer que es real ese Dios oculto y
liberador, cuya existencia, por otra parte, se hace verosímil por la
consideración racional de la misma naturaleza.
La religiosidad natural del hombre de todos los tiempos y de todas
las culturas, dejando aparte su pertenencia a una u otra de las grandes
religiones históricas, es siempre un hombre que vive afectado por el
abandono del posible Dios en una naturaleza que, además, es cruel,
inhóspita y le impone un duro camino de sufrimiento.
Sin embargo, ese hombre, a pesar de la lejanía del posible Dios,
de su silencio y ocultamiento en el enigma del universo y en el drama de
la historia, cree en la existencia de Dios y espera en que la historia
culmine en una liberación final emprendida por ese Dios, de momento
oculto.
Los posibles extraterrestres con inteligencia racional deberían
haberse desarrollado en otros lugares dentro de un universo evolutivo,
que como el nuestro sería enigmático y productor del sufrimiento, y su
posible referencia Dios estaría también condicionada (o mediada) por
esta inevitable confianza en un Dios oculto y en silencio, pero en cuya
futura acción liberadora podrían esperar.
La experiencia religiosa y la apelación interior a Dios, nacida de
esta disposición personal a creer en un Dios oculto y liberador habría
reforzado la seguridad subjetiva del hombre religioso.
Además, la vivencia religiosa habría dado lugar a la agrupación
social de los creyentes en religiones sociales que de diversas formas
habrían expresado su religiosidad constituyendo tradiciones
historicistas fundadas en experiencias primordiales, narraciones,
teologías, ritos y leyes morales. Todas las religiones se habrían
diferenciado en el barroquismo de su interpretación de la religiosidad,
en coloristas tradiciones historicistas, pero coincidirían siempre en
ser manifestaciones de una creencia religiosa nacida de hombres que
participan de la misma condición humana: una condición que les hace
palpar existencialmente la lejanía y abandono de Dios en el universo y
el drama del sufrimiento personal y colectivo, pero hombres que, a pesar
de ello, se abren esperanzados a la creencia en un Dios oculto y
liberador.
Por otra parte, queda fuera de cuestión que el hombre religioso, y
todas las religiones, en apertura a un Dios oculto/liberador, se
entenderían en hermandad con todos los seres humanos y vivirían su vida
con una rectitud moral a la que se sentirían llamados ya por su pura
condición humana.
Por ello se entiende el texto de Mateo, citado por Torres
Queiruga, cuando en el Juicio de Dios se llama a la salvación a quienes
muestran su entrega a Dios en su consecuente entrega a los hombres en la
rectitud moral. La rectitud que Dios premia es la que va unida a la
rectitud religiosa ante Dios.
La esencia cristológica de la religión natural
Si la condición humana es la que hemos descrito y la religiosidad
natural debe responder siempre a un logos que da sentido a la creencia
en un Dios oculto y liberador, entonces puede vislumbrarse con facilidad
qué queremos decir al considerar que la religiosidad natural es siempre
cristológica. Pero, ¿por qué lo decimos? No es difícil entenderlo.
Según lo dicho, en efecto, creer en un poder personal divino que
crea y domina el universo es creer en un Dios que se ha ocultado para
constituir lo que el hombre advierte, a saber, su existencia personal
libre que debe aceptar a Dios por decisiones libres.
El hombre acepta a ese Dios que quiere ocultarse y que asume lo
que es la vida humana real. El hombre, además, confía en ese Dios
oculto, y entiende que el drama de la historia tiene un sentido
encaminado a la liberación de la historia.
En esto vemos que la religiosidad natural supone aceptar en
esencia el diseño trinitario de la creación propio del kerigma
cristiano. El Dios trinitario decide la creación asumiendo la creación
de un universo en que el hombre estará abierto a su libertad, y en el
que podrá aparecer el pecado, la cerrazón del hombre a Dios.
La voluntad trinitaria de Redención, que asume la realidad humana
tal cual es, está personificada en el Verbo, el Hijo de Dios, por cuya
aceptación del hombre y de su libertad nace toda la creación que tiene
en su voluntad redentora el fundamento. Esta decisión redentora del
Verbo nacida en la voluntad eterna de Dios es la que el cristianismo
entiende que se realiza y manifiesta, en un momento del tiempo del
mundo, a través de la Encarnación y del Misterio de la Muerte y
Resurrección de Cristo. La Muerte de Cristo manifiesta que el designio
eterno de Dios ha asumido la kénosis, el anonadamiento, el vaciamiento
de la Divinidad ante un mundo en que la Gloria de la Divinidad estará
ausente para hacer al hombre personal y libre, poniendo en sus manos la
historia.
Igualmente la Resurrección de Cristo manifiesta que el plan de
Dios para establecer una relación con la estirpe humana culminará en la
liberación escatológica de la historia, anticipada en la resurrección de la persona de Cristo.
Por tanto, lo que el cristianismo revela en Cristo es lo que
constituye la esencia de la religiosidad natural. Todo hombre que acepta
a Dios y es religioso desde el interior de la creación lo hace creyendo
en un Dios cuyo eterno designio es ocultarse en el mundo para emprender
la liberación escatológica. El logos de la única posible religiosidad
humana es creer en el Dios oculto (la cruz) y en el Dios liberador (la
resurrección).
Toda religiosidad humana supone, pues, aceptar el eterno designio
de un Dios oculto y liberador: esta creencia asume de forma implícita lo
que ha manifestado explícitamente el Misterio de la Muerte y de la
Resurrección de Cristo. Al aceptar el Dios oculto y liberador se está
aceptando implícitamente el eterno designio divino. El universo no se
puede entender como creación divina si su Autor no es un Dios que obra
como Dios oculto/liberador. A su vez, la aceptación y relación del
hombre natural con Dios tampoco puede hacerse sino no es dirigiéndose a
ese Dios de la
creación, oculto/liberador.
Religiosidad universal, cristianismo universal, iglesia universal
Estamos de acuerdo, pues, con la postulación que defiende el
artículo de Beorlegi/Sequeiros, siguiendo a Torres Queiruga, a saber,
que el cristianismo no debe ser entendido como una religión que opone
una particularidad a otras particularidades. Debe ser la proclamación de
la verdad de la condición humana universal que hace posible al hombre
relacionarse con Dios. Sólo si se hace girar el entendimiento del
cristianismo en torno a lo universal podrá entenderse la universalidad
cristocéntrica que postula la teología cristiana. Pero, ¿cómo explicar
esta universalidad?
No parece existir otra vía que postular que el teísmo natural es
un teísmo cristiano. ¿Por qué es así? La verdad es que, en mi opinión,
no existe otro acceso racional a la descripción de esa universalidad
cristiana que mostrar cómo el dramatismo metafísico de la vida humana,
desde el interior de un universo que no es teocéntrico sino que instala
al hombre en el enigma y en la incertidumbre metafísica, conduce a que
la religiosidad –o no-religiosidad humana– sea una toma de posición ante
el posible Dios oculto/liberador.
Es precisamente la cultura de la modernidad la que nos ha sacado
del teocentrismo del paradigma greco-romano y hace posible hoy una nueva
hermenéutica del cristianismo. Esto es lo que he explicado ampliamente
en mi libro Hacia el Nuevo Concilio y que aquí he resumido sumariamente.
Lo que se muestra en la religiosidad universal, en el cristianismo
universal y en la iglesia universal es, por tanto, el mismo logos o
razón del único sentido en que es posible entender el universo como
creación de Dios. Este logos es el que está universalmente presente en
toda religiosidad humana.
Este logos es el que Jesús ha revelado para decirnos que el eterno
designio divino responde a esa voluntad de crear en el logos
cristológico. Este logos universal es el que la iglesia debe proclamar
–poniendo lo particular e historicista de su propia historia en el lugar
que le corresponde– sabiendo que este es el camino para hallar la
convergencia enriquecedora con el movimiento religioso universal.
Esta perspectiva universal, en efecto, volviendo al tema que ha
suscitado estas reflexiones, siguiendo a Beorlegui/Sequeiros, es la que
nos permite entender que Cristo, el logos cristológico de la creación,
ha estado presente en todos los hombres del pasado, del presente y del
futuro, al margen de que hayan conocido a la persona histórica de
Cristo.
Desde el mismo criterio puede también juzgarse la eventual
extensión del cristianismo a posibles culturas de seres extraterrestres
inteligentes. Si existieran seres inteligentes fuera de la tierra, en
otros lugares del universo, sería imposible valorar el sentido de su
religiosidad y de su posible relación con el Misterio de Cristo, sin
conocer en qué situación se hallan ni cuál es el plan de Dios para con
ellos.
¿Estarían viviendo sólo una religión natural (que por lo dicho
sería también implícitamente cristológica)? ¿Se les habría Dios
manifestado en alguna manera congruente o similar con la revelación en
Cristo dada en nuestro planeta tierra? ¿Sería plan de Dios que llegaran a
conocer la revelación del logos cristológico por su contacto con el
planeta tierra? Todo son especulaciones abiertas.
Pero, en todo caso, lo que debería pensarse desde el cristianismo
sería que el logos cristológico de la creación se debería extender
también a todos los posibles linajes inteligentes del universo.
Y esto quiere decir que vivirían en un universo creado para la
dignidad y la libertad, en que se presentaría el silencio de Dios ante
el conocimiento y el silencio ante el sufrimiento de linajes
inteligentes que también deberían hacerse a sí mismos por el sufrimiento
evolutivo inevitable en que se accede a la vida por la muerte. Para
ellos también una posible religiosidad estaría mediada por el logos de
un Dios oculto y liberador. Y, si fueran religiosos, su religiosidad
estaría mediada por el logos cristológico, tal como acabamos de exponer.
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