El descubrimiento del bosón de Higgs se proyecta en la metafísica y en la filosofía
JAVIER MONSERRAT
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La “partícula de Dios” confirma el modelo estándar de partículas y plantea cuestiones más allá de la ciencia.
El reciente descubrimiento experimental del CERN de la existencia del
bosón de Higgs ha venido acompañado de una enorme proyección mediática.
Se trata de algo sin duda importante, porque confirma el modelo
estándar de la teoría de partículas. Pero, más allá de los aspectos
técnicos del hallazgo, ¿qué relación tiene este con la metafísica y la
filosofía?
Con la apretura que produce sobre la agenda de trabajo la cercanía
del verano, que nos obliga a interrumpir muchas cosas, ha llegado, de
forma esperada, pero imprevista en este preciso instante, el anuncio de
la casi segura confirmación estadística de la existencia del bosón de Higgs (con un nivel de confianza estadística casi de 5 Sigma).
Se trata de algo sin duda importante porque confirma el modelo
estándar de la teoría de partículas, tal como hasta ahora ha sido
propuesto en la ciencia física, y confirmado repetidamente a lo largo de
estos últimos cuarenta años.
En periódicos y en toda clase de comentarios en la web se han
ponderado, desde un punto de vista tecnológico y de física teórica, los
conceptos que deben entenderse para colocar la significación del
campo/bosón de Higgs en nuestro conocimiento de la materia y del
universo (puesto que éste es una evolución de la materia).
No queremos insistir ahora en este tipo de exposición técnica, que
sin duda tiene voces más cualificadas, aunque quizá, al paso de
nuestras consideraciones, debamos recordar algunos puntos que tienen
relación con las valoraciones metafísicas y filosóficas que expondremos
seguidamente.
Por tanto, queremos referirnos aquí sólo a la proyección de estos
descubrimientos sobre la metafísica o la filosofía, es decir, sobre
nuestra visión última y fundante del universo (pero, ¿es que tiene
alguna? Esto es lo que debemos discutir). Dada la complejidad del tema y
la premura de tiempo ante el acoso próximo del verano, estaba ya a
punto de dejarlo pasar, cuando la lectura de un artículo
de Javier Igea en el diario El Mundo (lunes, 9 de julio de 2012),
titulado “¿Es el bosón de Higgs la partícula de Dios?” me ha animado a
escribir un comentario acelerado.
La referencia a este artículo se hace sólo porque hace
observaciones acertadas, es claro, porque podemos identificarnos con su
enfoque, porque toca cuestiones que proyectan la existencia del bosón de
Higgs en lo metafísico (relacionándolo con lo religioso o con Dios) y
porque nos da pie a sugerir una serie de comentarios para matizar, desde
nuestro punto de vista, algunas de sus consideraciones.
El bosón de Higgs: ciencia, metafísica, religión
Nos dice Javier Igea: “Han pasado sólo unos días desde el anuncio
del descubrimiento del bosón de Higgs, la mal llamada “partícula de
Dios”. Las reacciones de los medios han sido de lo más variopintas. Antonio Lucas
cree que por haberse descubierto del bosón de Higgs, la religión ha
sufrido un duro golpe: ´dos milenios de guerras religiosas para nada´.
Ruiz de Elvira afirma sin lugar a dudas que la iglesia se llena de gozo
por el descubrimiento del bosón de Higgs; supongo que habrá oído varias
homilías al respecto. Yo que soy sacerdote y doctor en astrofísica ,
especializado en la ionización de discos protoplanetarios por rayos X,
me he alegrado por este descubrimiento, pero no creo que sea por las
razones que da Ruiz de Elvira. Tampoco he considerado que sea un tema
para hablar en las homilías. El hombre siempre ha buscado saber de qué
está hecho el cosmos. Nos va la vida en ello, y además tiene
implicaciones para la vida moral de las personas y de la sociedad”.
En este texto inicial de su artículo anticipa ya sin duda Javier
Igea su tesis básica, que compartimos, de que el bosón de Higgs, en
cuanto puro conocimiento científico, no tiene nada que ver con la
religión, ni en un sentido ni en otro. Diríamos que, como aporte
experimental nuevo, añade conocimiento a nuestra idea física del
universo y nos permite confirmar una pieza clave (hasta ahora afirmada
sólo en teoría, pero no confirmada como hecho experimental) de lo que
hasta ahora se llama el “modelo estándar de la teoría de partículas”. En
todo caso, debemos matizar la posición de Igea, y mejor será hacerlo
después, cuando consideremos el conjunto del artículo en sus aspectos
más filosóficos, metafísicos y religiosos.
Después del párrafo introductorio que hemos transcrito, Igea hace
una presentación general del modelo estándar de la física de partículas
con el objetivo de que el lector de El Mundo tenga una intuición de su
contenido y del papel que en ella juegan el campo y el bosón de Higgs.
Nos dice Igea en su párrafo conclusivo. “Las implicaciones
religiosas de este descubrimiento no son tales. Reina una cierta
confusión porque el bosón de Higgs ha sido llamado la ´partícula de
Dios´. Esta es una mala traducción del título inglés de la obra de
divulgación sobre el bosón de Higgs ´The God Particle´, escrita por el
Premio Nobel Leon Lederman.
Es imposible expresar en español el sentido que en inglés tiene el
título del libro sin hacer una paráfrasis. Una traducción más exacta es:
´la partícula Dios´. Sin duda se trata de una metáfora. Éste nombre,
dado a una partícula subatómica por el editor de un libro, no gusta a la
comunidad científica y debe ser evitado, tanto por motivos científicos,
como por motivos religiosos”.
Parece, pues, que la ocurrencia de Lederman tuvo su origen en la
intención de buscar una metáfora sugerente que suscitara el interés.
Pero fue, y los comentarios inducidos lo muestran, una ocurrencia de mal
gusto, tanto científico como filosófico, y por descontado religioso.
Buscar notoriedad no justifica un uso impreciso de los conceptos, y
mucho menos cuando pueda inducirse al error en cuestiones importantes
que a todos afectan. Por una parte, introduce a Dios injustificadamente
en la ciencia suscitando la falsa impresión de que el mundo de la
religión tratara de apropiarse en su favor resultados puramente
científicos (como Igea nos decía al principio de su artículo), pero, por
otra parte, mete a muchos científicos, que se mueven en la actitud de
una neutralidad estrictamente científica, en la embarazosa situación de
tener que hacer matizaciones en torno a esa eventual ´partícula divina´
extemporáneamente propuesta por Lederman, y que continuamente les sale
al paso desde los media.
Igea insiste en matizar que los resultados científicos no pueden
traducirse en consecuencias metafísicas y religiosas inmediatas. “La
ciencia no trata directamente de Dios, pues éste no pertenece al mundo
sensible, experimentable, aun cuando los creyentes pensamos que su
acción en la historia puede ser detectada. Además, identificar a Dios
con una partícula subatómica es una salvajada filosófica que nos
llevaría al más radical panteísmo”. Dicho sea de paso que, en mi
opinión, la boutade de Lederman y de quienes se han tomado en serio su
sugerencia, no debe interpretarse en el sentido de una identificación
del bosón de Higgs con Dios. No creo que Lederman, al introducir su
metáfora, quisiera decir: el Higgs es Dios. Creo que, más bien, tienden a
decir imprecisamente: el Higgs es el impulso en que nace la masa del
universo y, por ello, debe entenderse como el vehículo físico primordial
en que el universo (que no es Dios, como tampoco lo es el Higgs) nace
por la obra creadora de Dios. Pero, en todo, caso, insistimos, no
creemos correcto meter el nombre de Dios en el campo de las referencias
neutras de la ciencia.
Pero veamos el último párrafo con que Igea concluye el artículo.
“Ahora bien, la transcendencia mediática y científica que ha tenido este
descubrimiento sirve para plantear una vez más las preguntas
fundamentales que el hombre se hace sobre sí mismo y sobre lo que le
rodea. Detrás de cada científico hay un hombre que busca saber, y en las
preguntas que hace a la naturaleza hay una pregunta implícita sobre sí
mismo y sobre Dios. La negación de Dios a partir de la ciencia sólo se
podría dar en el caso imposible de que la ciencia estuviese acabada y
diese una explicación última de todo. Pero, después de Gödel,
hay una pregunta que la ciencia no puede responder: ¿quién ha creado
las leyes de la naturaleza que la ciencia descubre? La ciencia no puede
explicarse a sí misma”. En todo esto hay cuestiones que merecen un
comentario que debemos todavía exponer en este post.
El campo de Higgs
Pero antes de proseguir con el comentario de algunas afirmaciones de Igea, insistamos algo más en el concepto de ´campo de Higgs',
mencionado por Igea, pero no en la medida que nosotros desearíamos,
sobre todo para dar el tránsito a lo que constituye el título de este
post: Higgs y la metafísica. Vamos a seguir a Alvaro Rújula, físico de
prestigio, miembro de la UAM y del Consejo, del CERN y con vinculaciones
en el experimento que ha permitido comprobar la existencia del bosón de
Higgs. Las citas son de documentos anteriores al anuncio del hallazgo
del Higgs que hoy se completan con el anuncio que da sentido final a las
consideraciones de Rújula (pueden verse completas en la revista electrónica del Consejo y como entrevista en uno de los blogs científicos del ABC.
“La energía gravitacional o la de interacción entre espines se
describen como “potenciales” de interacción. El modelo estándar incluye
el potencial de un hipotético campo escalar (de espín cero): el campo
“de Higgs”. En el estado de mínima energía (¡el vacío!), el campo rompe
la simetría gauge y una de sus componentes, que es neutra, adquiere un
valor constante no nulo (su valor en el vacío). La teoría “rota” tiene
pues un vacío que no está vacío, sino permeado por una “substancia”: un
campo constante. A diferencia del viejo éter, este vacío es invariante
relativista (es el mismo para un observador que para otros en movimiento
respecto a él) y hasta invariante general-relativista (el valor del
campo en el vacío no se diluye, aunque el universo se expanda)”.
“Una vez añadido el campo escalar, todo lo del párrafo anterior le
´pasa´ al modelo estándar, pero también –inevitablemente– le pasan
otras cosas. Las partículas de espín ½ (como el electrón y los quarks)
adquieren masa, puesto que su interacción con el vacío –que ya no lo
está– tiene ahora la forma (única e inevitable) de un ´término´ de masa.
Algo aún más sorprendente le pasa a los ´bosones intermediarios´ (W+ ,
W- y Z0), las partículas de espín 1 mediadoras de las interacciones
débiles, responsables, por ejemplo, de la radiactividad natural. De
entrada tienen masa nula y, como el fotón, dos estados de polarización.
Una vez que la simetría de gauge está rota, adquieren masa, lo cual
requiere un tercer estado de polarización o ´grado de libertad´. Este
grado lo heredan de las otras tres componentes del campo de Higgs, que
de entrada tiene cuatro: dos eléctricamente cargadas y dos neutras, solo
una de las cuales sobrevive como el campo que ´llena´ el vacío.
Siguiendo una más antigua tradición, opino que, el bosón de Higgs
debería de llamarse el ´kenonón´, del griego kenon, ´vacío´”.
El bosón de Higgs en el ´campo de Higgs´
“A todo este edificio estándar le falta una constatación: el
descubrimiento del “bosón de Higgs”. Ya va siendo hora de recordar que
un bosón es una partícula de espín entero, como el fotón, cuyo espín es
la unidad. Un fermión (como el electrón) es una partícula de espín
semi-entero (½ en este caso). Los fermiones son asociales: solo cabe uno
en un estado cuántico determinado. Los bosones, como los hinchas, son
lo contrario: añadirlos sucesivamente en el mismo estado cuesta cada vez
menos energía”.
“Al sacudir una substancia cualquiera, vibra. Las vibraciones de
campos electromagnéticos, por ejemplo, son la luz. A un nivel elemental,
las vibraciones son cuantos (o partículas): fotones este caso. Si
existe una substancia, el campo de Higgs que permea el vacío, la
podríamos también ´sacudir´ con energía suficiente como para crear sus
correspondientes cuantos (bosones de Higgs) de masa aún desconocida”.
Por tanto, ¿de qué estamos hechos exactamente?
“Todos estamos hechos de tres tipos de partículas: electrones, y otras dos que son el quark up y el quark down.
Quizás no se note, pero es evidente que es así. Si estamos aquí
sentados tranquilamente, eso quiere decir que no estamos flotando por el
aire. Y para eso hay dos motivos: el primero es que estamos inmersos en
algo que no se ve, pero que existe, que es el campo gravitatorio de la
Tierra, que es el que tira de nuestra masa y nos sienta en la silla; y
el otro es que tenemos masa. ¿Y por qué tenemos nosotros, y las
partículas elementales que nos componen, esa propiedad que se llama
masa? Pues resulta que no la tenemos porque sí, sino por una razón que
podríamos llamar "ambiental". Las partículas elementales tienen masa
porque están sumidas en otro campo, que tampoco se ve y al que llamamos
el campo de Higgs, y que permea el vacío por completo”.
El vacío como tal, en consecuencia, no existe… “Si vaciamos esta
habitación hasta que nos parezca que no queda nada, seguirá habiendo dos
cosas: el campo gravitatorio y el campo de Higgs. Si nos alejamos de la
Tierra, el primero se irá haciendo más débil y desaparecerá. Pero
vayamos donde vayamos en el Universo, no importa lo lejos que sea ni lo
vacío que parezca, el segundo, el campo de Higgs, seguirá estando ahí.
El vacío no es la nada. Y de eso estamos hechos todos, de partículas que
sufren la influencia de ese vacío, en el sentido de que es él quien les
da la masa. Esa es, precisamente, la hipótesis que queremos comprobar”.
“Las estructuras de la naturaleza son variadísimas. Sin embargo,
las leyes fundamentales de la naturaleza y los constituyentes
elementales de la materia de la que estamos hechos son ambos
sorprendentemente simples. Lo que es complicado es combinar estos
ladrillos de las innumerables formas posibles. Pero cualquier
estructura, por diferente que nos parezca, está construida con esas
pocas y sencillas leyes”.
¿Cuántos son, en total, los constituyentes del Universo en que
vivimos? “Hay dos tipos de constituyentes. Unos que se manifiestan sobre
todo como materia, por ejemplo los electrones y los quarks. Estos
tienen la propiedad particular de que si los vamos metiendo en una caja,
llega un momento en que la caja se llena y ya no caben más. Y luego hay
otras partículas que se manifiestan más bien como fuerza. Por ejemplo
la fuerza electromagnética se transmite por medio de partículas de luz
que llamamos fotones. Al contrario de las otras, cuantas más de estas
partículas metamos en una caja, más fácil será ir metiendo las
siguientes. Pues bien, del primer tipo de partículas, las que no caben
todas en el mismo sitio, hay tres estables, que son el quark up, el
quark down y el electrón (estos dos últimos forman los protones y los
neutrones). El electrón, además, tiene un primo, que es el neutrino, que
tiene un papel muy importante en el funcionamiento del Sol. Así que hay
cuatro partículas importantes para que luzca el Sol, para hacer una
paella, para enamorarse... todo eso lo puedes hacer con sólo cuatro
partículas”.
Ahora bien, ¿podría la teoría de cuerdas dar por fin una respuesta
final a las grandes cuestiones sobre la materia y el universo? “Yo soy
escéptico. "En Ciencia avanzamos a base de ir descartando las teorías
falsas y aproximándonos a las verdaderas, que nunca lo son del todo,
pero que constituyen buenas aproximaciones a la realidad. Y para que una
teoría sea interesante de verdad, tiene que incluir la manera de poder
demostrar lo contrario, es decir, tiene que tener alguna predicción que
sea falseable. La teoría de cuerdas no hace ninguna predicción
falseable, y por lo tanto tiene un estatus en la Ciencia que es
diferente al del resto de las teorías. Tiene un estatus más "místico",
por decirlo de alguna forma. Y en ese sentido, es una teoría floja como
tal. Hace un tiempo se pensaba que podría ser la teoría del todo, pero
últimamente se ha descubierto que aplicando lo que sabemos de la teoría
de cuerdas al vacío, sale como resultado que hay, como mínimo, diez
elevado a quinientos vacíos distintos... Y eso es una estimación muy a
la baja. Es decir, que como mínimo habría diez elevado a quinientas
leyes de la Naturaleza diferentes, y eso empieza a ser una teoría muy
poco predictiva. Así que la teoría de cuerdas no está en el mejor de sus
momentos”.
La búsqueda y el encuentro con el bosón de Higgs
“Hemos llegado a la conclusión de que el vacío es una sustancia,
un campo fundamental que permea todo el Universo. Y si se sacude un
campo fundamental, como es el vacío, entonces las vibraciones de ese
campo, que son las partículas o cuantos, aparecen. El bosón de Higgs es
la partícula del vacío, igual que el fotón es la partícula, o cuanto, de
los campos electromagnéticos. Aunque la partícula desaparezca, aún
queda su campo, que lo impregna todo”.
Para encontrar el Higgs, los físicos exploran en sus colisionadores de partículas
lo que sucede a distintos niveles de energía. Se van explorando
"parcelas" diferentes, y descartando las que están vacías... Parece que
no quedan ya muchas por comprobar... ¿Cuándo se encontrará por fin el
bosón de Higgs?
“La parcela en la que estamos actualmente es suficiente. Cuando el LHC
funcione al doble de su energía actual durante algunos años, y eso es
sólo una cuestión de tiempo, entonces podremos demostrar que existe la
partícula, o que no existe en absoluto. Si no aparece en esta "parcela"
es inútil seguirla buscando en otras, porque en otros rangos de energía
diferentes el bosón de Higgs deja de tener su rol y ya no tendría
sentido”.
Volviendo a la metafísica
En el mes de julio de 2012 estas consideraciones de Álvaro Rújula
deben completarse obviamente con la confirmación experimental de la
existencia del bosón de Higgs y, en consecuencia, del ´campo de Higgs´
del que es una vibración cuántica. A partir de ese campo bosónico se
generaría la masa de todas aquellas vibraciones con masa, especialmente
las partículas fermiónicas que producirán el mundo visible, macroscópico
clásico con objetos estables, ubicados en un espacio-tiempo descrito
por la relatividad y diferenciados unos de otros. Pero volvamos a
algunas de las preguntas y cuestiones que nos venían sugeridas por el
artículo de Javier Egea en el diario El Mundo.
¿De qué trata la ciencia? Su relación con lo metafísico.
La ciencia es evidentemente una forma, metódicamente rigurosa de
producir conocimiento. Ahora bien, ¿hasta dónde llega este conocimiento?
En el artículo de Igea destaca claramente la intención de situar el
ámbito del conocimiento científico en una zona en que no se toca, ni en
positivo ni en negativo, la posible existencia de Dios. Así es de hecho
la ciencia que conocemos hasta ahora. En concreto: la confirmación del
campo y del bosón de Higgs, con la confirmación paralela del modelo
estándar de la teoría de partículas, no supone un conocimiento
metafísico último, absoluto, de la naturaleza del universo.
Por tanto, esta imagen científica del universo no es una
metafísica: o sea, no tiene elementos para decir que la realidad
fundamental del universo sea Dios o un puro mundo sin Dios. Y, por
descontado, el bosón de Higgs no tiene nada absolutamente que ver con la
realidad divina.
La idea científica de ambas entidades físicas es pura ciencia: se
trata sólo de conceptos científicos, al parecer confirmados por la
experimentación altamente compleja del CERN, que no suponen más que
puras construcciones científicas sobre cómo debemos pensar que es el
mundo real en su evolución en el tiempo. Es lo que hemos visto en la
exposición conceptual del profesor Rújula, donde sólo hay ciencia y pura
ciencia. No hay asomo de metafísica, ni tiene por qué haberlo.
Sin embargo, también es verdad que la ciencia y la metafísica
tienen un objetivo común, apuntan a lo mismo: a conocer hasta el fondo
cuál es el fundamento último, absoluto, del universo en que habitamos.
La ciencia es limitada y no entra en lo metafísico porque, de hecho, de
acuerdo con su metodología normativa, no ha llegado hasta el momento a
producir un conocimiento suficiente que permita construir una imagen
última y discernir entre las diferentes hipótesis metafísicas hoy
planteadas (la teísta y la ateísta). Pero, ¿podemos imponer de derecho
límites al conocimiento científico? No lo creo. Es decir, podría llegar
un momento en que la ciencia le diera a la metafísica la solución final
prácticamente resuelta.
Igea nos dice que “la negación de Dios a partir de la ciencia sólo
se podría dar en el caso imposible de que la ciencia estuviese acabada y
diese una explicación última de todo”. No creo que la imposibilidad a
que se refiere Igea pueda entenderse de otro modo que en el sentido de
que la ciencia siempre será hipotética, abierta, sometible a crítica y
revisión. Pero podría llegar un momento (que no es el presente) en que
la ciencia, aunque en último término abierta epistemológicamente,
construyera una explicación última de todo muy acabada y consensuada por
la comunidad científica, que resistiera el paso del tiempo y que se
constituyera en una imagen estable del universo.
No puede descartarse que esta imagen del universo en la ciencia
implicara por ella misma una imagen metafísica última, bien en el
sentido teísta o en el ateísta. La “explicación última del todo” no
implicaría necesariamente ateísmo, puesto que podría llevar al teísmo.
Habría que ver cuáles serían sus rasgos finales. Pero podría darse una
“explicación última del todo” puramente física que, sin embargo, no
entrara en lo metafísico. En este caso tendríamos una imagen científica
cuasi-terminada y estable, pero a la que le seguiría siendo inaccesible
el ámbito de la metafísica.
Metafísica y filosofía: el ámbito de lo metafísico
El que de hecho la ciencia no lleve eo ipso a conclusiones
metafísicas (esto es lo que pasa tras el descubrimiento del campo y el
bosón de Higgs) no quiere decir que, por ello mismo, lo metafísico ya no
interese al hombre. El conocimiento que el hombre aspira a tener para
vivir su vida con sentido no depende exclusivamente de la ciencia. La
ciencia es la forma más rigurosa de conocimiento, pero no la única. El
hombre se relaciona con la realidad y forma representaciones sobre ella,
incluso sobre la dimensión metafísica, de muy diversas maneras: por la
intuición en el arte o en la literatura o en las religiones, o por la
razón en la filosofía. Esto está sugerido en el artículo de Igea.
Por ello, donde la ciencia no puede decir nada por el rigor de su
propio método (y este es el caso de lo metafísico), la filosofía, sin
embargo, dada su naturaleza epistemológica, puede especular orientada
por la razón. Es lo que ha pasado y sigue pasando. Pero la filosofía, al
especular sobre lo metafísico, dentro de la mayor amplitud de su método
racional, no puede ignorar los resultados de la ciencia. La ciencia de
hecho no llega a lo metafísico, pero la filosofía debe asumir los
resultados de ésta para proponer constructos racionales sobre lo
metafísico que, además de lo conocido por la ciencia tengan también en
cuenta otros aspectos del conocimiento humano de la realidad.
De ahí que la ciencia, aunque no haya llegado todavía a una
“explicación última del todo”, en su estado provisorio, produce siempre
una imagen de la realidad del universo que debe ser tenida en cuenta por
el conocimiento también provisorio que construye la filosofía (o
metafísica). Así, aunque la ciencia no pueda de momento decir nada sobre
lo metafísico, sin embargo, influye, imprime sesgos a radice, sobre las
especulaciones racionales de la filosofía. Puede haber momentos de la
historia de la ciencia en que ésta induzca al ateísmo y otros en que nos
lleve al teísmo. Esto ha pasado en los últimos siglos.
La ciencia especulativa tras el ´campo de Higgs´
La ciencia, pues, aunque como tal no extrae consecuencias
metafísicas de sus resultados de conocimiento, sin embargo apunta a
grandes cuestiones que pertenecen a la ciencia como tal, es decir, que
son conocimientos que la ciencia debiera alcanzar por su propia
naturaleza epistemológica. A) Me refiero primero al supuesto básico de
que, si existe un universo real, debe postularse de principio que se
trata de un universo consistente y estable, que puede mantenerse con
autosuficiencia en el curso eterno del tiempo. Esta no es una cuestión
filosófica sino científica (aunque obviamente influya en la filosofía).
B) La segunda gran cuestión es la de conocer las causas que han
producido evolutivamente la construcción del orden dentro del universo,
el orden físico y el orden biológico. El orden es un hecho y es evidente
que la ciencia debe apuntar a conocer las causas que lo han producido.
C) La última gran cuestión es la explicación del hecho empírico de que
en el proceso evolutivo se hayan producido seres con
sensibilidad-conciencia. ¿Cuáles son las causas de que este hecho pueda
ser real? Por una parte, la ciencia se mueve, al menos de principio, en
el supuesto monista de que todo lo producido dentro del universo
evolutivo deriva del único principio que es la ontología misma del
universo generada en el big bang. El sustrato primordial del universo
(llamémoslo ´materia´, siempre que no entendamos por ´materia´ lo que se
entiende por ella en los sistemas dualistas), debe ser la causa
primordial cuya ontología hace explicable todo lo que ha surgido en la
evolución del universo.
1) En relación al postulado de la consistencia y estabilidad del
universo, el descubrimiento del campo/bosón de Higgs dota al ´modelo
estándar de la teoría de partículas´ de una extraordinaria consistencia
experimental que refuerza igualmente el ´modelo cosmológico estándar´.
Ambos modelos cobran fuerza y se yerguen con prepotencia al oponer la
imagen teórica de la realidad fundada en los hechos y evidencias
empíricas a otras imágenes de la realidad puramente especulativas que
incluso no son capaces de diseñar las condiciones de una posible
confrontación con los hechos que pudiera falsearlas. Recordemos la dura
valoración, antes citada, que hace Álvaro Rújula de la teoría de
cuerdas. Sin embargo, si el universo ha surgido de pronto en un big bang
y va a diluirse su expansión evolutiva en una muerte térmica final
inevitable, entonces, ¿cómo entender su consistencia y estabilidad
eterna?
Yo creo que la teoría de supercuerdas y la de multiversos
(que pueden complementarse) es válida como pura teoría formal que, por
ello mismo, no puede descartarse. El modelo estándar (de partículas o
cosmológico) no implica en pura lógica científica una metafísica.
Debemos recordarlo. Pero para explicar la consistencia y estabilidad del
universo del modelo estándar –si no se admiten las teorías de
cuerdas/multiversos– se abre por delante un trabajoso camino por
recorrer que va más allá del conocimiento de la materia oscura y de la
indagación sobre la misteriosa ontología de los campos físicos
(electromagnético, gravitatorio, de Higgs) que deben postularse y de los
que existen pruebas experimentales. La futura cosmología empírica y
experimental, atenida sólo a los modelos estándar, es todavía un arduo
camino por recorrer.
2) El orden es otro hecho empírico incuestionable del que la
ciencia debe dar ´razón´, es decir, conocer las causas reales que lo
producen. En este sentido la única posibilidad de argumentación de la
ciencia es ésta: las propiedades ontológicas de la radiación y de la
materia primordial que poco a poco va formándose, tal como emergen de
facto en el big bang, son la causa de que aparezcan las estructuras
físicas y biológicas en el proceso evolutivo posterior. El orden natural
es el orden a que conducen las interacciones lógicas de una materia que
de hecho posee ciertas propiedades ontológicas. Son estas las que, al
actuar, producen las leyes de naturaleza (que constatan las formas y
regularidades de la ordenación e interacción de la materia).
Por ello, en tanto en cuanto la confirmación del campo/bosón de
Higgs completa el modelo estándar (de partículas y cosmológico), puede
decirse también que se completa el marco teórico que explica por qué
surge el orden natural, físico y biológico. No obstante, aun siendo esto
así, quedan abiertas algunas preguntas que, de momento, la ciencia del
modelo estándar no puede responder: a saber, si el universo es único, a)
por qué la radiación/materia emergida tiene precisamente aquellas
propiedades ontológicas que harán posible el orden (ya que pudieran ser
otras y no hay ninguna argumentación que obligue a pensar que la materia
debiera tener necesariamente estas propiedades) y b) por qué los
valores de ciertas variables del proceso estándar son las que de hecho
son y además los valores que hacen posible la vida y el hombre (estos
valores no son los que son por necesidad y pudieran ser otros).
Todo esto hace relación al llamado Principio Antrópico
que después mencionaré. En todo caso debe quedar claro que una ciencia
prepotentemente experimental, que rechaza la especulación, no puede
recurrir a la teoría de cuerdas y a los multiversos que explicarían que,
por azar entre ´infinitos´ universos, haya uno que posea las
propiedades del nuestro. En este sentido, el modelo estándar completado
por Higgs, si no acepta las cuerdas y los multiversos, tiene todavía
abiertas graves cuestiones cuya explicación deberá abordar.
3) Por último, el hecho empírico incuestionable es que la
evolución ha producido la emergencia de la sensibilidad-conciencia. La
ciencia debe explicar por qué esto ha sido posible y no puede hacerlo
sino a partir de la ontología, propiedades y leyes de la
radiación/materia primordial. Explicar significa conocer las causas que
hacen posible la conciencia, de acuerdo con las propiedades
fenomenológicas que esta tiene y son descritas en las ciencias humanas.
Las tres propiedades fenomenológicas básicas son la unidad de la
conciencia, la indeterminación o libertad impulsora de las acciones y la
experiencia campal u holística que proporcionan los sentidos (así el
campo de la visión o la experiencia campal del propio cuerpo). La
conciencia se produce en animales y hombres (no así la razón que es
propia sólo del hombre).
Es sabido que la ciencia fue durante siglos sólo mecanoclásica y
de ella nació una visión de los objetos, y de las interacciones clásicas
entre ellos, que respondían a los principios del mecanicismo,
determinismo, escisión, diferenciación y distancia en un espacio-tiempo
métrico. Esto llevó a lo que conocemos como ´reduccionismo´, al
pretender explicarse la sensibilidad-conciencia a partir de esos mismos
principios mecanoclásicos.
No obstante, frente a esto, la ´nueva física´ ha insistido en que
la raíz profunda, digamos ´ontológica´, del mundo de objetos clásico es
el mundo mecanocuántico en el que rigen propiedades que no se cumplen en
el clásico: la coherencia cuántica, la superposición cuántica, la
indeterminación cuántica y la acción a distancia. La diferenciación
entre partículas bosónicas y fermiónicas es también esencial. Estas
últimas tendrían una función de onda que les haría mantener su
independencia (con un spin y una masa), cosa que no pasa con las
bosónicas que disuelven su individualidad vibracional en un estado de
coherencia cuántica unitario e interiormente indiferenciado (recordemos a
Rújula).
Por ello, la tendencia actual de la neurología cuántica explicaría
los seres vivos como un equilibrio balanceado entre mundo clásico (el
cuerpo consistente y estable) y mundo cuántico (los fenómenos cuánticos
imbricados en lo clásico que explicarían lo que el reduccionismo
determinista no puede explicar, a saber la unidad de la conciencia, su
indeterminación y su dimensión holística y campal).
Por esa razón, además de ciertos filósofos que se anticiparon a su
tiempo (como Nicolás de Cusa), tanto en la física antigua (como el éter
de Newton y su ´sensorium divinitatis´, desprestigiado por el experimento de Michelson Morley y la relatividad,
como en la física moderna se ha tendido siempre a postular la
existencia de un fondo unitario de la realidad, entendido como un mar de
energía fontanal, como el universo implícito de Bohm, como el reciente ´vacío cuántico´, como el fondo de referencia para los operadores de creación y destrucción de Dirac,
o cómo el fondo referencial en que nace o en el que se disuelve
finalmente la energía del universo. Este fondo unitario del universo es
el que parece haberse confirmado por la existencia del ´campo de Higgs´ y
su vibración en forma de un bosón de Higgs que conferiría la masa a las
vibraciones generadas desde el big bang.
De esta manera, como hemos visto en la explicación de Álvaro
Rújula, las vibraciones fermiónicas adquirirían la masa que hace nacer
el mundo mecanoclásico con los objetos macroscópicos ordenados, físicos y
biológicos, que entre otras cosas forman el universo y nos permiten
tener un cuerpo estable con el que construir una biografía personal. La
teoría y comprobación experimental del campo/bosón de Higgs –de acuerdo
con su papel en el modelo estándar de la teoría de partículas–
contribuye de una forma nueva, por primera vez avalada
experimentalmente, a considerar la existencia de un fondo unitario que
permea universalmente el universo. Así, el modelo estándar, reafirmado
por Higgs, asume con nueva fuerza la visión unitaria de la materia que
constituye el universo; materia unitaria que se manifiesta como bosónica
y como fermiónica, pero siempre dentro de una profunda unidad
ontológica.
Al contribuir, por tanto, desde su perspectiva conceptual propia, a
fundar una imagen holística del universo, el Higgs acerca la ciencia de
forma significativa a la verosimilitud de los intentos por explicar la
naturaleza de la sensibilidad-conciencia a partir de las propiedades
cuánticas y campales de la materia y del universo físico. La teoría del
campo/bosón de Higgs es puramente física y no implica por sí misma una
explicación del psiquismo.
Pero es un resultado científico que facilita el esfuerzo
conceptual de los científicos que están efectivamente comprometidos en
la explicación de los seres vivos como un balance equilibrado
clásico/cuántico. Higgs nos dice que la realidad física está constituida
por campos primordiales previos que fundan la aparición del mundo
clásico pero que todavía no están atrapados en la rigidez determinista y
diferenciada de ese mundo clásico.
La metafísica especulativa tras el ´campo de Higgs´
La ciencia permanece de hecho, hasta el momento, al margen de la
filosofía y de lo metafísico. Pero la filosofía puede especular más allá
de lo permitido al científico. La verdad es que muchos científicos,
como Hawking, son especuladores y por ello no gozan de buena imagen ante
los científicos que sólo creen en una imagen científica construida
desde evidencias experimentales.
Pero la filosofía como tal tiene derecho a la especulación vedada a
la ciencia (aunque especulación fundada siempre en los datos de la
ciencia). Por tanto, ¿a qué tipo de metafísica, construida por la
filosofía, conduce la imagen del modelo estándar de lo microfísico y de
lo macrofísico, tal como se completa hoy con el campo/bosón de Higgs?
Hagamos algunas consideraciones esenciales.
1) El modelo estándar es todavía muy fragmentario y no tiene
elementos cruciales para inducir con preferencia una metafísica teísta o
ateísta. Las dos serían posibles como argumentación filosófica.
2) En el estado actual de la ciencia, la explicación ateísta del
universo tal como se describe en el modelo estándar debería relacionarse
con las teorías de cuerdas y de multiversos, aunque de momento sólo
sean especulación. En mi opinión, la especulación o pura teoría
pre-experimental tiene un papel en la ciencia, y las teorías de cuerdas y
multiversos son lógicamente posibles. En ellas se especularía que ese
fondo campal del universo pudiera estar en relación con una especie de
metauniverso en el que fueran apareciendo ´ínfinitos´ universos
paralelos. Por azar se explicaría entonces que nuestro universo poseyera
las sorprendentes propiedades antrópicas que han hecho posible la vida y
al hombre.
3) Si el reciente éxito experimental que corona la comprobación
del modelo estándar envalentona a los físicos sólo ´atenidos
experimentalmente a la realidad´ a ignorar la especulación de
cuerdas/multiversos, entonces le queda a la física estándar un arduo
camino que recorrer hasta clarificar la ontología de la materia oscura y
de los fondos campales del universo, así como de otras muchas cosas. En
la oscuridad actual el modelo estándar no puede inducir algún tipo de
consideración crucial que permita elegir entre teísmo a ateísmo. Los dos
están abiertos y dependen de las argumentaciones filosóficas que
implican el sesgo personal libre de sus autores.
4) Pero si el universo es único y responde a lo que hasta el
momento dice el modelo estándar, entonces sigue abierta la posibilidad
de un tipo de filosofía (no ciencia) teísta que argumente que un
universo, que nace en el big bang (desde no se sabe dónde) y que se
disolverá en el futuro en un enigmático fondo referencial (que no se
sabe qué es), pueda ser referido a una realidad metafísica creadora
entendida como Dios.
5) La viabilidad de la hipótesis de un universo creado por obra de
un ser metafísico y transcendente entendido como Dios, como hace la
metafísica teísta, depende en gran parte de la ontología del mundo
físico, tal como sea conocida por la ciencia. La idea de Dios supondría
una presencia que abarca todo el universo como su fondo más profundo, y
esta es la experiencia del hombre religioso que halla a Dios en lo
profundo de su ser; además, esa ontología divina fontanal sería la que
habría hecho nacer el universo como creación.
Pues bien, la verdad es que la, todavía remanente en algunos,
imagen reduccionista de la ciencia (limitada a una imagen sólo
mecanoclásica) no favoreció, durante muchos años, la viabilidad de la
idea de Dios. Pero el reduccionismo no sólo no favorecía el teísmo, sino
que hacía inviable incluso el mismo humanismo que todos advertimos en
nuestra experiencia social (llevaría a una idea robótica de los seres
vivos como vemos hoy en las modernas psicologías computacionales, que
son la versión moderna del mecanicismo del XIX).
De ahí que la ´nueva física´, que nos hace ver la importancia de
que el universo no sólo sea clásico sino, en su raíz ontológica
primordial, también mecanocuántico, haya contribuido a hacer más y más
verosímil la idea de Dios como realidad fontanal del universo.
El entender que el universo no es un mosaico de entidades
escindidas y aisladas, puramente clásicas, sino una entidad unitaria que
responde a una ontología holística en que existe el universo, ha sido
un cambio de perspectiva científica que ciertamente hace más verosímil
que tras ese fondo campal que la ciencia atisba a postular, a comprobar
experimentalmente y a describir con conceptos puramente físicos, pudiera
esconderse el enigma de la presencia de la ontología de la divinidad en
que se ha producido el universo y en que es sustentado en el ser por la
voluntad divina (insisto en que estas consideraciones son filosofía
teísta, no pura ciencia). En otras palabras, en tanto en cuanto la
ciencia se acerca a entender el universo como unidad holística, la
ciencia hace tanto más verosímil el holismo divino.
En este sentido, el descubrimiento del campo/bosón de Higgs debe
entenderse como la primera gran comprobación experimental de que el
universo existe efectivamente inmerso en un campo holístico que se
describe como el campo de Higgs. Hasta ahora había mucha especulación
sobre el fondo de la realidad. Desde ahora el campo de Higgs forma parte
ya de la ciencia experimental.
Sabemos que estamos en un universo que responde a una ontología
holística. Y en este sentido se hace más verosímil pensar en la
ontología divina fontanal del universo que, de existir, debería ser
también holística. En este sentido creemos que el descubrimiento del
campo/bosón de Higgs contribuye a hacer más verosímil la especulación
filosófica del teísmo (verosimilitud, insistimos, que, por descontado,
no elimina la posibilidad de una interpretación ateísta del universo).
6) Las ciencias humanas tienen un problema esencial que afecta al
modo de entender las propiedades del mundo psíquico (ante todo la
indeterminación y el holismo campal de la experiencia de la
sensibilidad-conciencia por los sentidos). Por ello, como ya se formula
en la hipótesis Von Neuman-Stapp,
cabe establecer el supuesto de principio de que probablemente los
rasgos sorprendentes del mundo psíquico son posibles por el soporte
físico de estados cuánticos que presentan propiedades físicas similares a
las psíquicas, a saber, coherencia, superposición, indeterminación y
acción-a-distancia o efectos EPR.
Por ello también los ´campos de realidad´ podrían ser el soporte de las
experiencias psíquicas en que se ´siente´ un holismo campal. De
acuerdo con esto, el descubrimiento del campo/bosón de Higgs reafirma
nuestro conocimiento de que el mundo real en que nos hallamos nace de
ámbitos campales u holísticos y de que las partículas bosónicas nacen y
se diluyen en ellos, siendo la realidad física en que nos movemos un
escenario equilibrado entre lo clásico (fermiónico) y lo primigenio (los
campos bosónicos).
Si las ciencias humanas resolvieran el problema de la naturaleza
física causal de los fenómenos psíquicos (y hoy en día se tiende a ello)
en las propiedades de la materia en estados cuánticos no clásicos,
entonces, en alguna manera, habría que postular que la ontología de la
materia tiene incoada (o potencialmente) la producción de
sensibilidad-conciencia.
Por tanto, esto significaría que la materia o el universo están
hechos de una ontología susceptible de producir sensibilidad-conciencia
(siempre que hubiera un sujeto psíquico capaz de ´sentir´ los ámbitos de
realidad). Insisto en que la ciencia tiene la obligación de explicar
todo cuanto se constata en el proceso evolutivo y también debe explicar
la conciencia. No puede taparse los ojos con sus alas como el avestruz,
ignorando la realidad empírica que exige hallar las causas que la
producen.
Pero admitir que debe postularse la cualidad psíquica primigenia
de la ontología de la materia no implica una metafísica teísta. ¿Por qué
la materia tiene la propiedad de producir sensibilidad-conciencia, como
muestra de hecho la evolución? ¿Por qué más bien no la tiene? Nunca lo
sabremos, pero en nuestro universo debemos atribuir esa propiedad a la
materia porque sin ella no pueden explicarse los productos fácticos
posteriores de la evolución. Debemos también observar que la materia
primordial podría tener una ´ontología psíquica´ y, no obstante, ser un
sistema natural autosuficiente, puramente mundano, sin Dios. Por ello
decíamos que admitir la ontología psíquica de la materia no es un
supuesto crucial que permita decidir entre teísmo a ateísmo.
Sin embargo, aun siendo todo esto así, no cabe duda de que, tras
el campo/bosón de Higgs, se abre también para la metafísica teísta una
puerta a una mayor verosimilitud de la hipótesis de Dios como fundamento
fontanal del universo. Si vivimos en un universo que ´flota´ en una
realidad campal y holística a la que cabe atribuir una ontología
psíquica profunda, entonces ese universo nos hace mucho más verosímil el
pensar que pueda estar producido por una ontología divina de fondo cuya
transparencia absoluta se atisbaría en los campos psíquicos de
sensibilidad-conciencia que se han ido abriendo en el proceso evolutivo
(no deja de ser sugerente en este sentido la teoría del Tzim-Tzum en la
Cábala judía).
Conclusión: Higgs y la metafísica
La teoría sobre el campo/bosón de Higgs, confirmada
experimentalmente hace unas semanas, hace referencia pues a la forma de
entender cómo está hecho el universo que habitamos y esto no supone como
tal un contenido de conocimiento metafísico inmediato, ya que se trata
de algo puramente físico. Ahora bien, todo avance en el conocimiento
físico debe influir en la filosofía y en la metafísica, pero dentro ya
del razonamiento propio de estas disciplinas que, junto a la física y
las otras ciencias naturales, tienen también su legitimidad
epistemológica propia.
El Higgs no es crucial para dirimir entre una filosofía teísta o
ateísta. No tiene sentido ninguno hablar de ´la partícula de Dios´, o
cosas similares. Sin embargo, también es verdad, como hemos explicado,
que, para el razonamiento propio del filósofo teísta, la imagen de la
realidad física que está hoy configurando la ciencia, y el Higgs es un
paso decisivo en ello, hace más y más verosímil la hipótesis de Dios.
Pero volvamos al último párrafo valorativo del artículo de Javier
Igea en el diario El Mundo. “Ahora bien, la transcendencia mediática y
científica que ha tenido este descubrimiento sirve para plantear una vez
más las preguntas fundamentales que el hombre se hace sobre sí mismo y
sobre lo que le rodea. Detrás de cada científico hay un hombre que busca
saber, y en las preguntas que hace a la naturaleza hay una pregunta
implícita sobre sí mismo y sobre Dios. La negación de Dios a partir de
la ciencia sólo se podría dar en el caso imposible de que la ciencia
estuviese acabada y diese una explicación última de todo. Pero, después
de Gödel, hay una pregunta que la ciencia no puede responder: ¿quién ha
creado las leyes de la naturaleza que la ciencia descubre? La ciencia no
puede explicarse a sí misma”.
Efectivamente en todo conocimiento científico hay siempre una
pregunta implícita del hombre sobre sí mismo y sobre Dios. Pero
propondría que la última pregunta de Javier Igea se formulara de esta
forma: la ciencia se pregunta, ¿cómo han sido producidas las leyes de la
naturaleza que el hombre descubre? Podríamos añadir, ¿por qué son como
son? Pienso que la ciencia no está hoy en condiciones de responder estas
preguntas. Pero está abierta a una metafísica teísta o ateísta. En
principio, la ciencia no pregunta ¿quién? sino ¿cómo? Hay muchos
argumentos que hacen verosímil que la ontología de la materia y los
principios antrópicos de la naturaleza hayan sido diseñados por un
´Quién´ (un diseño inteligente divino). Pero esta hipótesis no se impone
a la razón por los puros resultados de la ciencia: debe construirse
desde el compromiso personal libre del filósofo teísta.
Gödel, por otra parte, se refiere a la decidibilidad de los
sistemas puramente formales. Pero la naturaleza es un sistema real y la
eventualidad de que su explicación última deba hacerse en función de un
sistema externo, trascendente al propio sistema (Dios, como piensa el
teísmo), debe decidirse mediante una argumentación racional sobre los
hechos en la ciencia y en la filosofía (que tiene en cuenta además
muchos otros aspectos no contenidos en la ciencia misma). Y es este
razonamiento real el que, aunque haga altamente verosímil la posible
existencia de Dios (cuyas huellas, como dice Igea, podemos ver en la
historia), no nos la impone y nos deja todavía inmersos en una
desconcertante incertidumbre metafísica.
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