El diálogo interreligioso acerca a las distintas religiones en la modernidad
JAVIER MONSERRAT
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¿Son posibles la unidad y la convergencia?
En conjunto, las religiones aparecidas a lo largo de la historia tienen
una idea de Dios, al parecer muy distante. Sus teologías son igualmente
distantes y en apariencia ajenas unas a otras. Pero, en la actualidad,
se tiende a superar este enfrentamiento por el diálogo interrreligioso
e intercristiano. ¿Son posibles la unidad y la convergencia religiosas?
Tras dos artículos previos de reflexión sobre esta cuestión, seguimos
profundizando en ella.
La existencia universal de las tradiciones religiosas –en toda su
variedad de teologías, cultos y diversa inserción social– suele aducirse
como una prueba de que efectivamente existe un Dios que, en alguna
manera, está en el fundamento de todas ellas. Sin embargo, hay un
enfoque distinto que llega, al contrario, a la conclusión de que la
existencia de las religiones es una prueba de la poca probabilidad de
que un único Dios existente hubiera propiciado una variedad tan
contradictoria de religiones.
En conjunto, las tradiciones religiosas aparecidas a lo largo de
la historia tienen una idea de la divinidad, al parecer muy distante. Lo
que podríamos llamar sus teologías (las tradiciones religiosas no
cristianas no hablan de teología) son igualmente distantes y en
apariencia ajenas unas a otras. Además, cada una de las religiones se
presenta con pretensiones dogmáticas de ser la única y verdadera
religión.
Por otra parte, las religiones se han mirado unas a otras como
excluyentes y su rivalidad ha sido causa de sangrientos conflictos y de
todo tipo de enfrentamientos sociales. Es verdad que en la actualidad se
tiende a superar este enfrentamiento por el diálogo interrreligioso e
intercristiano, pero la historia ha sido conflictiva hasta hace pocos
años y todavía sigue siéndolo, aunque se quiera evitarlo.
El aparente desconcierto ante este espectáculo variopinto de las
religiones ha sido ponderado, es cierto, por grandes pensadores, pero es
evidente también a la gente ordinaria que sabe pensar y reflexiona
sobre lo que simplemente se observa. He visto por propia experiencia, en
conversaciones con personas inteligentes y cultas, pero que no son ni
filósofos ni teólogos, que esta sensación de desconcierto se percibe con
toda nitidez.
¿Cómo se pueden tomar en serio las tradiciones religiosas que cada
una se considera la verdad absoluta, la única verdad, pero que son
contradictorias entre sí, que se enfrentan a lucha a muerte, como la
historia muestra, y que son respectivamente excluyentes?
Este problema se plantea cuando consideramos la relación entre las
grandes religiones (cristianismo, judaísmo, hinduismo, el caso especial
del budismo, islamismo, y otras), pero también afecta, en su nivel, a
la existencia de diversas iglesias o grupos religiosos cristianos. Por
ello, han existido siempre dos conflictos diferenciados, el
interreligioso y el intercristiano.
La estrategia de la conversión en tiempos de conflicto.
Es sabido que durante muchos siglos la estrategia de comportamiento de
algunas religiones para con otras era la simple “estrategia de
conversión” (aunque esta no ha existido en algunas tradiciones
religiosas). Nacía de la persuasión de que la verdadera relación del
hombre con Dios que llevaba a la salvación era exclusivamente la que
establecía cada religión, con exclusión de las demás. Sólo existía un
camino de salvación, y éste era el de la propia religión.
Por ello, los misioneros tenían la misión de ir a países de otras
religiones para lograr el máximo de “conversiones”: de personas que
dejaban su religión ancestral y se pasaban a la “verdadera”. ¿Qué pasaba
entonces con quienes no estaban en la propia religión y vivían toda la
vida alejados de ella? Se trataba de dar algunas soluciones, pero
quedaba siempre establecido lo que en la iglesia católica se expresaba
con el principio de que extra ecclesiam nulla salus.
Necesidad de entender la oferta universal de salvación
Es lógico pensar que este modo de entender la relación entre
religiones y confesiones cristianas (exclusión, conflicto y conversión)
debía acabar entrando en crisis, aunque fuera sólo por efecto del
sentido común y de la racionalidad de la cultura moderna. Era evidente,
incluso por sentido común, que, si Dios realmente existía, debía estar
presente, en alguna manera en todas las religiones que debían
considerarse verdaderos caminos de relación con Dios y de salvación.
Todas las religiones debían tener un fondo de unidad que
respondiera al sentido de la relación del hombre con Dios planeado en un
designio de creación que hiciera la salvación asequible a todos los
hombres, que debería ser el mismo para todos. Para pensar así había
argumentos de importancia.
a) Primero era evidente que las religiones tenían siempre su
“nicho” geográfico, cultural e histórico. Ahora bien, no era menos
evidente que la relación con Dios y la salvación ofertada por Dios en la
creación debían ir dirigidas a todos los hombres. Otra cosa no tendría
nunca sentido. Los hombres que no habían conocido ni el cristianismo, ni
el hinduismo, ni el judaísmo, ni el budismo, ni el islamismo…, como son
la mayoría, debían sin embargo ser capaces de relacionarse con Dios y
salvarse.
En alguna manera, esto debía ser posible dentro de cada una de las
religiones. ¿Tenía sentido pensar que Dios había creado un universo en
que sólo unos pocos hombres tuvieran acceso a la relación con Él y a la
salvación? El catolicismo ha pretendido entenderse a sí mismo como
religión “universal” (esto es lo que significa “católico”).
La verdad es que, al menos de momento, parece difícil admitirlo
porque en el pasado y en el presente son mayoría de hombres los que no
conocen el cristianismo. Incluso los mismos cristianos apenas tienen una
idea y comprensión de lo que significa y se cree en la propia religión.
b) Segundo, si parece que debemos admitir que Dios creó un
universo en el que debía ser posible para todos los hombres relacionarse
con Dios y salvarse (otra cosa no parece tener sentido), entonces es
que las condiciones de la vida natural en ese universo debían inducir
(hacer posible) a todo hombre a relacionarse con Dios y abrirse a la
salvación.
La universalidad del acceso a Dios obligaría, pues, a admitir unas
condiciones naturales universales (iguales para todo hombre) que harían
posible para todos el ser religiosos (y, en el fondo, para no serlo, si
la religiosidad dependiera de la libertad). Estas condiciones
universales naturales deberían hacer posible la religión para todos de
forma similar. Las religiones históricas que conocemos (judaísmo,
hinduismo…) habrían nacido de ese fondo esencial de sentido religioso
natural y, por influencia de factores geográficos, culturales,
históricos…, se habrían ido formando en sus peculiaridades propias, es
decir, en su contenido “historicista”.
Este “fondo esencial religioso” debería entenderse como el origen
de todas las religiones y, en alguna manera, seguiría presente en ellas.
Por lo tanto, entender la forma en que Dios podría haber establecido un
universo en que se diera una oferta universal a la salvación debería
llevarnos a postular la existencia de algo así como un “universal
religioso”(es decir, la religiosidad esencial de todo hombre por su mera
condición de hombre en el universo). Este concepto de “universal
religioso” es importante para lo que después debemos explicar.
c) Tercero, es también un hecho que la inmensa mayor parte de los
hombres han vivido sin pertenecer a ninguna religión. Es verdad que
estadísticamente la población mundial se reparte casi por completo por
pertenencia a alguna de las grandes religiones. Pero todos sabemos que
se trata de una pertenencia estadística, meramente nominal, de número.
Pensemos lo que pasa en el cristianismo, y en especial en el
catolicismo.
La mayoría de los cristianos “de número” apenas tienen una idea
del cristianismo, no entienden nada, y apenas practican su religión. De
hecho, viven dentro del cristianismo, pero en un desconcierto total en
el que acaban agarrándose a las vivencias básicas religiosas nacidas de
su condición de hombres en el universo (es decir, viviendo
intuitivamente lo que acabamos de llamar el “universal religioso”).
Es decir, si la oferta de salvación hecha por Dios a la libertad
humana debe llegar a todos los hombres (otra cosa no tiene sentido),
entonces hay que entender cómo y de qué manera esta oferta llega a esa
multitud de hombres que, o viven sin religión o, aunque pertenezcan “de
número” a alguna de ellas, están también viviendo de hecho sin religión.
Por consiguiente, entender la oferta universal de salvación nos
lleva a argumentar con profundo sentido teológico que todas las
religiones (y también la religiosidad humana sin religión) deberían
tener un fondo esencial unitario. Es lo que hemos llamado el “universal
religioso”. Este fondo universal no podría ser el de alguna de las
religiones que, como decíamos, no han llegado a estar presentes en todos
los hombres, sino sólo en un sector reducido de ellos.
Lo universal no podría estar en el fondo “historicista” de cada
una de estas religiones que, por principio, es peculiar, propio,
diferenciado. El “universal religioso” debiera nacer de la condición
universal del ser humano y estar presente en todos, haciendo posible el
nacimiento de las grandes religiones, y de las menores, así como la
religiosidad humana de aquellos seres humanos no integrados de hecho en
las religiones sociales.
La teología del pluralismo religioso
Esta necesidad de entender la oferta universal de salvación ha
llevado al esfuerzo de los últimos años por profundizar en una teología
del pluralismo religioso, que ha sido expuesta y comentada en los dos
artículos precedentes de Tendencias21 de las Religiones, el de María Dolores Prieto Santana y el de Leandro Sequeiros.
Esta teología ha hecho resaltar tres puntos principales: a) que
las diversas religiones deben ser consideradas como caminos de salvación
que entran en el plan establecido por Dios; b) que el respeto que
merecen lleva a entender que la salvación depende en ellas de sus
propios valores y del contenido que les es propio como religiones; c)
que las diversas religiones deberían buscar por el diálogo el fondo
común y la unidad que las alienta en su visión de Dios y de la historia.
La idea de pluralismo religioso parece indicar, por tanto, que la
historia ha hecho nacer una pluralidad de caminos válidos para responder
a la oferta de salvación hecha por Dios en la creación.
El respeto y el entendimiento de la unidad plural de las
religiones es un factor que juega a favor de que la sociedad moderna
reconozca la identidad propia de cada una de las religiones y, al mismo
tiempo, se refuerce la presencia religiosa en el mundo actual, por otra
parte tan alejado de las religiones, sobre todo en el mundo occidental
desarrollado.
Por ello observa acertadamente M.D. Prieto que “en todo el mundo y
en todas las tradiciones culturales y religiosas crece la necesidad de
aceptar el pluralismo para reforzar la identidad propia y afirmar más la
presencia religiosa en una sociedad secular”.
Por ello, citando Dupuis, nos dice que “más que un nuevo tema para la reflexión teológica, la teología de las religiones debe ser considerada como un nuevo modo de hacer teología en un contexto interreligioso. Es reflexión teológica sobre el diálogo y en el diálogo. Es teología dialógica interreligiosa.
Es necesario abrir ventanas a la reflexión libre, nos dice M.D.
Prieto, de modo que pueda ser posible realizar un “salto cualitativo” de
la teología cristiana y católica de las religiones, hacia una
valoración teológica más positiva de éstas y una actitud concreta más
abierta en relación con sus seguidores. Estamos persuadidos de que tal
salto cualitativo es obligado para que el mensaje cristiano mantenga, en
el mundo multicultural y multirreligioso de hoy, su credibilidad. O más
exactamente, a fin de que tal credibilidad pueda crecer al ritmo de la
adaptación del mensaje a los horizontes más amplios del mundo actual.
Habría que evitar, sigue diciendo Prieto, para ser fieles a las
tendencias de las religiones para el siglo XXI, los modos de “defender
la fe” que resulten contraproducentes, porque hacen que la fe cristiana
parezca estrecha y limitada. Un planteamiento más amplio y una actitud
más positiva, con tal de que estén teológicamente bien fundamentados,
ayudarán a los cristianos a descubrir –para sorpresa nuestra– nuevas
dimensiones y profundidades en el mensaje cristiano.
La teología del pluralismo religioso, como expone Prieto, lleva a
la valoración de cada una de las religiones en sí mismas. Pero además
lleva también a buscar un fondo de unidad entre todas ellas que debería
hallarse, siguiendo a Dupuis, en las condiciones del hombre como tal.
Las religiones podrían tener su origen en una manifestación natural de
Dios que abarcaría a todos los hombres. En este sentido, Dupuis, se
acerca también, en su camino propio, a la necesidad que antes hemos
postulado: la de admitir la existencia de un “universal religioso”.
“La problemática reciente en la teología de las religiones (…),
dice Dupuis citado por Prieto, consiste en preguntarse si es posible
afirmar que las diversas tradiciones religiosas del mundo actual tienen
un significado positivo en el plan único pero complejo de Dios sobre la
humanidad y en qué sentido. Tal problemática supera la anterior de la
mera posibilidad de salvación en Jesucristo de los miembros de otras
tradiciones religiosas, así como también la de un eventual
reconocimiento de valores positivos, tanto “naturales” como también “de
verdad y gracia”, dentro de las mismas tradiciones.
La nueva perspectiva consiste, por el contrario, en preguntar si
tales tradiciones religiosas encuentran en el designio divino universal
de salvación una justificación y un valor positivo como “vías” o
“caminos” de salvación para sus seguidores, previstos o dispuestos por
Dios”.
Los llamados "teólogos pluralistas", prosigue Prieto, buscan la
verdad sobre el Dios que se revela y comunica a los seres humanos en
toda su riqueza, así como las aportaciones de las espiritualidades a la
construcción de la paz y la supervivencia del planeta mediante el
diálogo interreligioso.
Pero hay más: el problema teológico de fondo es: si las
tradiciones religiosas tienen como horizonte de significado del ser
humano y de la historia a un Dios que se autocomunica con la creación y
con los humanos, ¿son todas la religiones la expresión polimórfica de
una misma revelación? ¿Son todas las religiones iguales? ¿Se ha
comunicado el único Dios a todas las tradiciones religiosas a lo largo
de la historia? ¿No caemos por este camino en un sincretismo, en el que
todo es lo mismo pero con ropajes diferentes? ¿Caminamos hacia la utopía
de una religión universal en la que los signos de identidad quedan
absorbidos por unas normas mínimas? Como se ha escrito repetidas veces
en Tendencias21 de las religiones, ¿desaparecerán las religiones par dar
lugar a la difusión de la espiritualidad cósmica? ¿Nos dirigimos
consciente o inconscientemente hacia el universo difuso de la Nueva Era?
Como escribe Dupuis, observa Prieto, si la religión y las
religiones tienen su fuente imaginaria en una automanifestación divina a
los seres humanos, el principio de la pluralidad encuentra su
fundamento primario en la sobreabundante riqueza y variedad de las
automanifestaciones de Dios a la humanidad. La iniciativa divina de
autocomunicación, “muchas veces y de muchas maneras”, y su “recepción” y
codificación de diversas tradiciones están en el origen de la
pluralidad de las religiones.
La prolongación, fuera de la vida divina, de la comunicación
plural intrínseca a esta vida forma parte de la naturaleza de la
comunicación desbordante del Dios tripersonal a la humanidad. El llamado
“pluralismo religioso de principio” se fundamenta en la inmensidad de
un Dios que es Amor y comunicación.
Una única vía de salvación: Jesucristo
Por una parte parece evidente la necesidad de llegar a una
teología del pluralismo religioso que responda a las expectativas que
acabamos de exponer.
Sin embargo, al menos desde el enfoque propio de la tradición
teológica cristiana más antigua, y del mismo contenido del kerigma
cristiano, existe un problema de importancia que no parece resoluble
fácilmente: la persuasión cristiana de que toda salvación está siempre
necesariamente mediada por la fe en Jesucristo, es decir, por la
aceptación de Dios a través de la aceptación del Misterio de Cristo, a
saber el Misterio de su Muerte y su Resurrección.
Para el cristianismo no hay acceso a Dios sin la aceptación del
Misterio de Cristo, es decir, sin la fe en Jesucristo. En este sentido
la teología entiende que Cristo es el único mediador entre Dios y los
hombres. Esto es esencial para el cristianismo.
Por ello, cuando la teología del pluralismo religioso ha tratado
de abrirse a reconocer las otras religiones como caminos verdaderos de
salvación que entran en el plan de Dios para la salvación, ¿dónde queda
el papel de Jesucristo? Por ello, la teología del pluralismo religioso
se ha debatido entre la necesidad de ser fiel a dos principios
imprescindibles: por una parte la inevitabilidad de reconocer el valor
salvífico de las otras religiones (y yo añadiría, y del valor salvífico
de la religiosidad natural subjetiva de tantos hombres sin “religión”)
y, por otra parte, la inevitabilidad de ser fieles a la tradición
cristiana reconociendo el papel mediador universal de Cristo en el
acceso a la salvación.
No ha sido fácil emprender la conciliación de estos dos
principios. Sin reconocer el papel de Jesucristo en el acceso a Dios,
una teología del pluralismo religioso difícilmente podría seguir siendo
cristiana.
El alcance de este problema es evidente. En la historia, teología,
ritos, creencias, de las religiones no cristianas (hinduismo, budismo,
judaísmo, islamismo…), ¿cómo hallar la presencia de Cristo? Es
ciertamente muy difícil. En los hombres, que son la mayoría, que no han
conocido el cristianismo (incluidos muchos de los que son cristianos
sólo “de número”), ¿cómo puede haber estado presente en ellos el
Misterio de Cristo? Es ciertamente muy difícil de explicar.
No obstante, los grandes teólogos del pluralismo religioso, aun
siendo conscientes de la dificultad del problema, han intentado siempre
asumir el principio teológico cristiano de la necesaria mediación de la
fe en Cristo en el acceso a la fe en Dios.
Durante muchos siglos, nos dice M.D. Prieto Santana, la
problemática teológica se ha centrado en la posibilidad de la “salvación
de los otros” en Jesucristo. A partir de la afirmación clara de la fe,
según la cual Jesucristo es el Salvador universal, se preguntaba si “los
otros”, los no cristianos, los de otras religiones, podían alcanzar la
salvación en Jesucristo o no podían. La convicción de los primeros
teólogos cristianos de que la cristiana es la única religión verdadera y
que las otras, en bloque, son falsas y que por ello sus adeptos se
condenan al ser culpables de su error, llevó a una visión “exclusivista”
de las antropologías de la religión cristiana.
La teología del pluralismo religioso no renuncia, sin embargo, al
principio de la exclusividad de la salvación por Jesucristo, pero
postula que debe ser conciliable con el respeto de las otras religiones.
En este contexto, M.D. cita de nuevo de Dupuis: “Este es el significado
del “pluralismo religioso de principio”, representado aquí, que no
tiene que ver con el cambio de paradigma hacia un pluralismo neutral e
indiferente de los pluralistas. Jesucristo es el salvador constitutivo
de la humanidad y el acontecimiento Cristo es causa de la salvación de
todos los hombres; pero esto no impide que las otras tradiciones
religiosas puedan, en el marco del designio divino para la humanidad,
servir de “mediación” del misterio de salvación en Jesucristo a favor de
sus seguidores”.
Sin embargo, los esfuerzos de los teólogos del pluralismo
religioso por atender a estos dos principios no dejaron de sembrar la
inquietud de la iglesia oficial. El objeto de su preocupación era salvar
la universal presencia del Misterio de Cristo en el acceso a Dios de
todo hombre: no sólo por la Redención que había hecho posible la
creación, sino porque el acceso individual de todo hombre a Dios suponía
aceptar la fe en Cristo.
Sin embargo, a pesar de todo, Dupuis fue objeto de una admonición vaticana y la declaración apostólica Dominus Jesus,
emitida por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 6 de agosto
del año 2000, trató de establecer los principios católicos que debían
regir el diálogo con las otras religiones.
Dos textos significativos de la Dominus Jesus
“Debe ser, por lo tanto, firmemente creída
como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios
Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio
de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios”.
“Teniendo en cuenta este dato de fe, y meditando sobre la
presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y sobre su
significado en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a
explorar si es posible, y en qué medida, también qué figuras y
elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino
de la salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica
tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de
la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que « la única
mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una
múltiple cooperación que participa de la fuente única». Se debe
profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la
norma del principio de la única mediación de Cristo: « Aun cuando no se
excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin
embargo cobran significado y valor únicamente
por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y
complementarias ». No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y
católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción
salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo” (Dominus Iesus, n. 14).
“Acerca del modo en el cual
la gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo
en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a
los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a
afirmar que Dios la dona « por caminos que Él sabe ».
La Teología está tratando de profundizar este argumento, ya que es
sin duda útil para el crecimiento de la compresión de los designios
salvíficos de Dios y de los caminos de su realización. Sin embargo, de
todo lo que hasta ahora ha sido recordado sobre la mediación de
Jesucristo y sobre las « relaciones singulares y únicas » que la Iglesia
tiene con el Reino de Dios entre los hombres —que substancialmente es
el Reino de Cristo, salvador universal—, queda claro que sería contrario
a la fe católica considerar la Iglesia como un camino
de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones.
Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente
equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino
escatológico de Dios” (Dominus Jesus, n. 21).
Teorías sobre la relación de Cristo con las otras religiones
Vemos por estos textos (y en la lectura de toda la Declaración
Dominus Jesus, a la que nos remitimos). Que la iglesia católica
considera esencial tanto la mediación cósmica de Cristo (la creación ha
sido emprendida por Dios por y en Cristo), como la mediación
antropológica (no es posible acceder a Dios si no es a través de la fe
en Jesucristo).
Por otra parte, reconoce que Cristo y la salvación pueden estar
presentes, de diversas formas que en realidad desconocemos, en las otras
religiones. ¿Cómo, por qué, en qué sentido, por ejemplo, está Cristo
presente en el hinduismo? La Declaración es consciente de que no tenemos
respuestas y la iglesia sólo se mantiene firme en lo que debe defender
en coherencia con el kerigma cristiano.
De ahí, que se exhorte a los teólogos a realizar un trabajo no
hecho hasta ahora: armonizar la valoración de todas las religiones
mostrando cómo y en qué sentido está Cristo presente en ellas. Ahora
bien, la Declaración, que conoce bien el trabajo hecho por la teología
hasta el presente, se mueve en el supuesto de que no hay soluciones
convincentes.
Sin embargo, es evidente que la cuestión hoy esencial del
pluralismo religioso debía ser tratada por la teología. Las soluciones
ofrecidas han sido expuestas en el artículo de Leandro Sequeiros, antes
citado, al que nos referimos. Hagamos aquí un breve resumen.
La teología antigua se orientó por una interpretación rígida de la
sentencia “extra ecclesiam nulla salus”, y así ha sido hasta hace muy
poco. El Vaticano II entendió que esta sentencia no debía entenderse en
sentido rígido y se abrió así el camino para reflexionar de una forma
moderna sobre la relaciones del cristianismo con las otras relaciones.
Sequeiros, siguiendo a Dupuis, ordena las teorías en dos grupos: la
“teoría del cumplimiento” y la “teoría de la presencia inclusiva de
Cristo”.
a) La teoría del cumplimiento
responde al esquema teológico tradicional. El hombre en el mundo como
ser racional conoce a Dios con seguridad como fundamento creador del
universo, puede fundar una religión natural y apuntar a un conjunto de
valores morales, individuales y sociales, fundados en su referencia a
Dios. Esta religión natural (vg. hinduismo) puede estar ya llena de
valores positivos, pero son sólo un anticipo lejano, de la idea de Dios
en el Cristianismo.
Este es el cumplimiento nuevo de lo que se ha atisbado de forma
rudimentaria en la religión natural. El cristianismo es la religión
sobrenatural revelada. A este planteamiento responde el enfoque antiguo
de la escolástica. Los autores modernos que también responden a él, tal
como presenta Sequeiros siguiendo a Dupuis, son Jean Danielou, Henri de
Lubac y Hans Urs von Balthasar.
b) La teoría sobre la presencia inclusiva de Cristo en las religiones
es la alternativa que apunta a postular de principio, o a mostrar,
cómo, en alguna manera, Cristo está presente en las religiones. En
realidad sólo esta teoría parece tomarse en serio lo que la moderna
Declaración Dominus Jesus quiere alcanzar: el entendimiento (todavía no
conseguido) de la presencia de Cristo en las religiones.
Sequeiros expone a los dos autores más significativos en este
línea: Karl Rahner por su teoría de los “cristianos anónimos” y Raimon
Panikkar con su teoría de la presencia oculta de Cristo en las
religiones. Rahner postula que todo hombre es un “cristiano anónimo”, es
decir, que en el fondo real de su religiosidad está siendo un
cristiano, aunque no lo sepa (anónimo). ¿Por qué?
Aquí la respuesta de Rahner debía construirse en el marco general
de su pensamiento filosófico-antropológico y teológico. Todo hombre está
constitutivamente abierto por su naturaleza [“transcendentalmente”] a
la existencia de Dios. Es, además, un “existencial sobrenatural” abierto
a la experiencia mística de ese ser divino.
Es también un ser abierto en la historia a una posible
manifestación de ese ser divino (es “oyente de la (posible) Palabra de
Dios”). La pregunta es: ¿dónde está Cristo en esta teoría? ¿En qué se
diferencia esta teoría de las teorías clásicas del cumplimiento? La
teoría de Panikkar es mucho más sugerente al comprometerse positivamente
en afirmar que Cristo está presente de forma oculta en todas las
religiones.
Su teoría es menos explicativa, al decir que es para nosotros una
presencia “oculta”, pero se compromete en afirmar lo fundamental. Al
decir que es oculta no comete errores o propone explicaciones
insuficientes. Pero por ello mismo se queda (como la Dominus Jesus) en una posición de principio.
Panikkar, nos dice Sequeiros, expresa desde el principio una firme
toma de postura a favor de una teoría que va más allá de la “teoría del
cumplimiento”. Sus ideas nacen de una profunda reflexión de las
relaciones entre hinduismo y cristianismo, sus dos raíces existenciales.
Para él, Cristo “no pertenece al cristianismo, sólo pertenece a Dios.
Son el cristianismo y el hinduismo los que pertenecen a Cristo, aunque
de manera diferente”.
Panikkar elabora una ”peculiar dialéctica” de hinduismo y
cristianismo: “El hinduismo es el punto de partida de una religión que
culmina en su plenitud cristiana”, “tiene ya en sí la semilla
cristiana”; contiene ya “el símbolo de la realidad cristiana”. Pero esto
no significa que una mera “prolongación natural” lleve finalmente de
uno a otro. El misterio de Jesucristo está presente de forma escondida,
perceptible solo para la fe cristiana, dentro de las tradiciones
religiosas y en particular del hinduismo.
Dado que Cristo, continua Sequeiros, ha actuado anticipadamente
dentro del hinduismo, la tarea de la revelación cristiana consiste, al
menos en parte, en el “desvelamiento de la realidad”. “El apostolado
cristiano, apunta Panikkar, no consiste, en definitiva, en introducir a Cristo, sino en descubrirlo, en desvelarlo”.
Pero ¿qué significa Cristo? En una nueva edición revisada y ampliada de su libro The Unknown Christ of Hinduism
(publicada en inglés en 1981) responde a esta pregunta. Panikkar
explica que es para él el símbolo más poderoso – pero no un símbolo
limitado al Jesús histórico – de la realidad plenamente humana, divina y
cósmica a la que se da el nombre de Misterio.
El símbolo puede tener otros nombres: por ejemplo, Rama, Krisna,
Isvara o Porusha. Los cristianos lo llaman “Cristo”, porque en Jesús y
por Jesús han llegado a la fe en tal realidad decisiva. Ahora bien, todo
nombre expresa el Misterio indivisible, y cada uno representa una
dimensión desconocida de Cristo.
c) La valoración de estas teorías
debe hacerse en relación a su capacidad de explicar en qué sentido
puede hablarse de una presencia de Cristo en las religiones no
cristianas (y en la religiosidad de quienes no pertenecen a las
religiones establecidas). Las teorías del cumplimiento
apenas pueden conectar una religión natural fundada en una presencia de
Dios en el universo con la persona histórica de Jesús y el Misterio de
Cristo.
Por esto siempre se había visto que la escolástica había creado un
abismo entre la religión natural y el cristianismo. Las teorías de la presencia inclusiva de Cristo apuntan a lo correcto, al igual que la defensa de principios hecha por la Declaración Dominus Jesus.
Pero una cosa es declarar intenciones o principios y otra explicar
convincentemente cómo pueden hacerse realidad, o mejor, de qué forma son
efectivamente reales.
Rahner, como decía, apenas llega a razonar que la naturaleza
humana está abierta a una posible revelación, pero esto ya lo decía la
escolástica. En Rahner no hay, pues, una explicación que relacione de
forma convincente religión natural y Misterio de Cristo, ni conocemos
otros autores que la hayan propuesto (ciertamente no en los autores de
referencia en el libro de Dupuis). En el caso de Panikkar, igualmente,
tampoco existe una propuesta efectiva que explique por qué es verdad lo
que intuye de forma sugerente (que nosotros valoramos de forma muy
positiva).
Nos dice que el cristianismo está dentro del hinduismo; también
que la misión del cristianismo no es introducir a Cristo sino desvelar
que ya está ahí en la esencia de las religiones; por ello, es muy
sugerente decir que todo hombre está en el misterio y que Cristo está
presente en el misterio de todo hombre. Todo esto es muy sugerente y lo
aceptamos.
Pero sigue planteada la pregunta: ¿por qué, de qué manera está
realmente Cristo en el hinduismo, en las otras religiones, en toda
religiosidad humana, y en qué sentido Cristo está en el misterio de toda
existencia humana? Si estas preguntas no se responden con precisión, el
cristianismo apenas podrá ser entendido y desvelar la religiosidad
humana, mostrando su presencia universal.
La modernidad ilumina una nueva hermenéutica
Ciertamente, explicar en qué sentido el Misterio de Cristo está
presente en el fondo misterioso de toda religiosidad humana no es fácil.
La prueba es que hasta ahora apenas se han propuesto soluciones
convincentes. Por su parte, la Dominus Jesus
reafirma el contenido tradicional del kerigma esencial del
cristianismo, pero es también consciente de que no hay soluciones y
exhorta a los teólogos para que las hallen.
Sin embargo, en nuestra opinión, se está configurando una
situación intelectual nueva que hará probablemente posible una nueva
manera de entender el cristianismo (es decir, una nueva “hermenéutica”)
que, a su vez, permitirá también una nueva forma de entender la esencia
de la religión natural y, en definitiva, una explicación de las ideas
intuitivas de Panikkar: que Cristo está en el misterio interior de todo
hombre, que Cristo pertenece ya desde siempre a todas las religiones (no
les llega desde fuera, desde el cristianismo), que la misión del
cristianismo no es imponer algo que no había sino contribuir a
“desvelar” lo que siempre ha estado presente en el hombre y en todas las
religiones.
1) ¿Cuál es entonces esta nueva perspectiva hermenéutica? En
principio, podemos decir que es una consecuencia de la imagen de la
materia, del universo, de la vida, del hombre, de la historia humana y
de la sociedad, que ha nacido con el movimiento cultural de la
modernidad que, en el siglo XVI comienza a sustituir la imagen medieval
del mundo.
Esta era, por una parte, teocéntrica (Dios es el centro y punto de
referencia necesario de toda existencia humana individual) y, por otra,
teocrático (Dios es el origen de la autoridad civil y el principio
desde el cual debe organizarse la sociedad). La modernidad fue
derribando poco a poco tanto el teocentrismo (por la ciencia y por la
filosofía) como el teocratismo (por la filosofía política).
Después de siglos de modernidad dogmática (tanto el teísmo como el
ateísmo eran dogmáticos, seguros de poseer la verdad absoluta), en el
curso del siglo XX la modernidad se ha transformado en una modernidad
crítica. El resultado de este proceso crítico ha llevado a lo que hoy es
el espíritu ilustrado y crítico de nuestro tiempo: la conciencia de que
el universo es un enigma y de que el hombre se halla ante una
inevitable incertidumbre metafísica ante el más allá.
La incertidumbre ha venido a sustituir a la persuasión dogmática
de una patencia absoluta de la Verdad (bien fuera teísta o atea). El
hombre vive en la incertidumbre porque existe una alternativa para la
explicación del universo: es verosímil construir una argumentación
teísta (Dios sería el fundamento creador del universo), pero también es
posible construir una argumentación atea (el universo sería
autosuficiente sin Dios).
Sociológicamente es muy difícil negar que en nuestro tiempo no
esté imponiéndose esta cultura de la incertidumbre y que en nuestra
sociedad no haya hecho acto de presencia la alternativa expuesta en la
interpretación metafísica última del universo.
2) Esta cultura de la incertidumbre general, que tiene especial
importancia en la incertidumbre metafísica, ha venido imponiéndose por
obra de la ciencia y de la filosofía, argumentada en un plano altamente
reflexivo, al que no todos tienen acceso. Pero la evolución del
pensamiento en la modernidad crítica da pié a entender que esto es
exactamente lo que siempre ha estado pasando en la existencia de todo
hombre, en el hombre universal abierto a su existencia en las
condiciones objetivas del universo.
El hombre universal (antes de ser teísta o ateo), en su condición
humana esencial, está abierto al impulso a la vida y por ello tiene el
impulso a conocer la verdad última del universo, por si pudiera
iluminarle su acceso a la vida. En respuesta a esta inquietud metafísica
el hombre intuye que el universo podría fundarse en un ser divino,
Dios, pero podría ser un puro mundo sin Dios.
Abierto a esta alternativa (que es la que hemos hallado en la
modernidad crítica), el hombre entiende que el posible Dios, en caso de
que existiera es un Dios-en-silencio. En silencio ante el conocimiento
humano porque a Dios no lo vemos, se oculta, se ha retirado del mundo de
experiencia humana, y ha creado un universo que puede entenderse sin
Dios (al menos como hipótesis).
Pero también en silencio ante el sufrimiento humano, personal y
colectivo: la historia trágica de la sociedad y del individuo personal.
Este silencio es, ciertamente, una potente fuerza disuasoria para
aceptar la posibilidad de Dios (que explica el ateísmo). Pero el hombre
se interesa por la posibilidad de Dios porque sólo si existiera podría
aspirarse a una plenitud final liberadora de la existencia personal y de
la historia.
Este dramatismo de la vida por la angustia ante el silencio de
Dios ante el conocimiento y ante el sufrimiento, mueve, sin embargo, a
buscar la plenitud. Pero sólo es posible buscarla en Dios, si se acepta
que cabría un logos, una razón, un sentido, para aceptar a un Dios
lejano y en silencio: a saber, aceptar y creer que existe un Dios oculto
que no impone su presencia en el universo, pero que esconde un
misterioso plan de liberación de la historia. Es decir, aceptar a Dios y
ser religioso, desde un mundo enigmático y en incertidumbre, supone
aceptar y creer en un Dios oculto y liberador.
Esta creencia en un Dios oculto y liberador es el logos,
razón o sentido, que alienta siempre en el interior de un hombre que se
abre a la esperanza religiosa de la existencia de un Dios, desde un
universo enigmático como el nuestro. Este logos religioso natural es el
“universal religioso” de que antes hablábamos en este artículo. Todo
hombre religioso lo es siempre aceptando este logos del Dios oculto y
liberador. En realidad, la religión o religiosidad, así como el ateísmo,
son la respuesta individual (positiva o negativa) a la posibilidad de
creer en el Dios oculto y liberador.
Todas las religiones (incluido el cristianismo), y toda
religiosidad natural no integrada en religiones sociales, nacen de esta
condición universal previa que sitúa al hombre intuitivamente ante la
posibilidad de creer o no creer en un Dios oculto y liberador. Esta
manera de entender el “universal religioso” y la “religión universal” (a
la que están abiertos todos los hombres) ha sido hoy posible por la
cultura de la incertidumbre avalada por la modernidad crítica antes
aludida.
3) El cristianismo se sabe depositario de la doctrina de Jesús y
la proclama en la historia en la forma del kerigma cristiano. Pero la
interpretación de este, o sea, su entendimiento o hermenéutica, se ha
hecho siempre en función de la manera de pensar del tiempo. Así nació el
paradigma greco-romano, fundado en la cultura greco-romana, en lo
teocéntrico y en lo teocrático. Pero el supuesto es que, a medida que
avanza el pensamiento humano sobre el universo, se debe estar alcanzando
una idea más profunda de cómo ha creado Dios el universo.
Hoy debemos pensar que el universo no ha sido creado por Dios como
decía el paradigma greco-romano, sino como dice la ciencia y la
filosofía moderna. Por ello, para alcanzar la armonía entre la Voz del
Dios de la Creación y la Voz del Dios de la Revelación en Jesús, hay que
construir una hermenéutica del kerigma cristiano a partir de la imagen
de la realidad en la modernidad. Esta imagen es lo que he llamado el
paradigma de la modernidad en el cristianismo.
Este paradigma es el que permite entender la sorprende armonía
entre la creación de un universo enigmático que deja abierta la
incertidumbre metafísica y el plan creador de Dios manifiesto en la
doctrina de Jesús. Pero ante todo permite entender la profunda
significación cósmica del plan de salvación manifiesto en el Misterio de
Cristo, de su muerte y de su resurrección, El silencio, el vacío, la
muerte cósmica de la Divinidad en un universo que no impone su
presencia, se manifiesta y realiza en la muerte de Cristo en la cruz,
como la persona divina del Verbo.
En su muerte en cruz Cristo asume su ocultamiento cósmico de Dios
ante el conocimiento y ante el sufrimiento de la estirpe humana, pero en
su resurrección manifiesta y realiza anticipadamente la liberación
final de la historia. Por ello, en el fondo, el Misterio de Cristo, la
esencia del cristianismo, no hace otra cosa que confirmar
fundamentalmente el logos de toda posible religiosidad humana: el logos
del Dios oculto (la cruz) y liberador (la resurrección). Así, el
“universal religioso” está en profunda armonía con el “universal
cristiano”. El “universal religioso” es una forma universal de presencia
del “universal cristiano”.
Todo esto lo he argumentado mucho más ampliamente en mi obra Hacia el Nuevo Concilio. El paradigma de la modernidad en la Era de la Ciencia,
Ed. San Pablo, Madrid 2010. En ella he argumentado que la gran tarea d
un nuevo concilio debería ser hacer entrar la hermenéutica cristiana en
el paradigma de la modernidad, después de veinte siglos de permanencia
en el paradigma greco-romano.
Las religiones desde el paradigma de la modernidad
1) Todas las religiones nacen, pues, según esto, de la condición
humana universal que lleva al “universal religioso”. Judaísmo,
hinduismo, budismo (un caso especial cuyo análisis no podemos abordar
aquí), islamismo, incluso cristianismo, todas las religiones menores, y
toda forma individual de religiosidad sin religión social, han nacido de
la condición humana universal de estar abierto a lo metafísico, al
dramatismo angustioso de la vida, a la incertidumbre de un universo
enigmático que podría ser Dios o no serlo, a la posibilidad de creer o
no creer en un Dios oculto y liberador.
Las religiones, y toda religiosidad, serían la respuesta positiva
al posible logos del Dios oculto y liberador. Pero al aceptar este logos
natural se está aceptando implícitamente el logos cristológico, el
Misterio de Cristo. ¿Por qué? Pues porque creer en el Dios oculto es una
aproximación natural a la imagen del Dios oculto en la cruz, ante el
silencio cósmico y ante el sufrimiento universal. Y porque, además,
creer en el Dios liberador es una aproximación natural a la confianza en
la liberación final de la historia obrada por Dios y anticipada en la
resurrección de Jesús.
Dicho en otras palabras: la religión natural es siempre
implícitamente cristiana y por ello podemos entender que las religiones
tienen siempre a Cristo en su interior (a través del logos del Dios
oculto y liberador).
2) Esto supuesto no puede olvidarse que la doctrina de Jesús
recogida en la proclamación del kerigma cristiano contiene mucho más
contenido que el dado en el “universal religioso”. Por ejemplo, la
imagen trinitaria de Dios, el eterno designio divino para la creación
del universo en Cristo, el sacrificio de Cristo, el alcance de la
llamada del hombre a Dios para participar en la vida divina, etc., no
pueden ser atisbados por la razón natural, ni formar parte de la
religiosidad natural a través del “universal religioso”.
Pero forma también parte esencial de ese mismo kerigma cristiano
entender que la salvación se alcanza por la aceptación del Misterio de
Cristo, es decir, la aceptación del Dios kenótico (anonadado en la cruz)
y la aceptación esperanzada de una liberación final, más allá de la
lejanía y el silencio de Dios en el mundo (la resurrección). Y esto se
presenta ya implícito en el logos del “universal religioso”. En este
sentido sería posible una salvación fundada en Cristo, pero dada por
medio de las otras religiones.
La Dominus Jesus nos decía
en los textos antes citados: “se debe profundizar el contenido de esta
mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única
mediación de Cristo: « Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales,
de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias »”.
Es claro, pues, que la iglesia católica admite que las otras
religiones pueden tener “mediaciones” o formas de presencia de Dios en
ellas armónicas con el plan de salvación, pero insiste en que estas
“mediaciones salvíficas” deben poseer intrínsecamente una referencia a
Cristo, es decir, al logos cristológico que es el único que hace posible
acceder a la salvación ofertada por Dios en el universo.
Esto es exactamente lo que aquí hemos razonado: que el “universal
religioso”, la “mediación” establecida por Dios en la creación para
hacer posible la salvación en todo hombre y en toda religión es siempre
implícitamente cristológica. Por consiguiente, esta propuesta para
explicar el sentido de la religiosidad natural por medio de un logos
natural implícitamente cristológico es perfectamente congruente con los
principios establecidos en la Dominus Jesus.
3) A lo dicho cabe añadir algo que repite también la Dominus Jesus.
La presencia del Espíritu es universal y todo hombre se siente
sobrenatural y misteriosamente afectado por la apelación interior del
Espíritu. Por ello, cuando el hombre universal, abierto a creer en el
Dios oculto y liberador, se deja llevar a la esperanza religiosa fundada
en ese logos, implícitamente cristológico, responde también a la fuerza
interior del Espíritu presente en el interior de todo espíritu humano.
Así, el Espíritu alienta en todas las religiones y en todos los hombres
que asumen de una u otra manera una creencia religiosa.
La respuesta a Dios como Espíritu y la vivencia de esa relación
interior es la mística cuya presencia, o cuyas huellas, constatamos en
el movimiento religioso universal.
4) Esta explicación de en qué consiste la religión natural permite
dar razón de las intuiciones de Panikkar antes mencionadas. Panikkar
simplemente intuye que es así, lo enuncia postulatoriamente, pero no lo
explica. Desde la explicación que nosotros proponemos, en cambio,
entendemos que es correcto, en efecto, lo que Panikkar postula.
Para él, decíamos, Cristo “no pertenece al cristianismo, sólo
pertenece a Dios. Son el cristianismo y el hinduismo los que pertenecen a
Cristo, aunque de manera diferente”. Así es, en efecto, porque acceder a
Dios por la admisión del Dios oculto (la cruz) y liberador (la
resurrección) pertenece a la condición universal del hombre en el mundo.
Es el universo, creado para el hombre, el que posee un logos
cristológico.
El cristianismo cósmico pertenece a todos. El hinduismo es así, en
su profundidad, una forma de apertura a un Dios oculto y liberador; el
cristiano, ya como hombre está abierto al Dios oculto y liberador, pero
al conocer la revelación de Jesús puede entender y vivir a Cristo con
una abismal y sorprendente profundidad. En la forma de religiosidad
cristiana el “universal religioso” al que se abre como hombre se
plenifica armónicamente con la admisión del Misterio de Cristo.
“El misterio de Jesucristo está presente de forma escondida,
perceptible solo para la fe cristiana, dentro de las tradiciones
religiosas y en particular del hinduismo”. “¿Qué significa Cristo?
Panikkar explica, nos dice Sequeiros, que es para él el símbolo más
poderoso –pero no un símbolo limitado al Jesús histórico– de la realidad
plenamente humana, divina y cósmica a la que se da el nombre de
Misterio.
Ahora bien, todo nombre expresa el Misterio indivisible, y cada
uno representa una dimensión desconocida de Cristo”. Todo hombre, por la
condición universal del hombre y por la moderna cultura de la
incertidumbre, vive abierto al enigma y a la incertidumbre metafísica.
Su apertura a Dios, en el “universal religioso” o en el Cristo del
cristianismo, es siempre un modo existencial de asumir y vivir el
misterio del universo.
Dado que Cristo, decía Sequeiros comentando a Panikkar, ha actuado
anticipadamente dentro del hinduismo, la tarea de la revelación
cristiana consiste, al menos en parte, en el “desvelamiento de la
realidad”. “El apostolado cristiano, apunta Panikkar, no consiste, en
definitiva, en introducir a Cristo, sino en descubrirlo, en desvelarlo”.
Creemos que así es. La acción del cristianismo en relación a las
otras religiones no consiste en llevarles algo nuevo, desconocido,
sorprendente, que ellas no tuvieran en alguna manera de antemano, sino
en desvelar la sorprendente profundidad, revelada por Jesús, del Cristo
universal que estaba ya presente en el hinduismo, en las religiones, y
en toda religiosidad de los hombres sin religión social. Cristo,
insistimos, no pertenece exclusivamente al cristianismo, sino al hombre
universal, a las religiones y al cosmos.
5) Todo esto lleva, evidentemente a una nueva forma de entender el
diálogo y la convergencia religiosa. Siempre será legítimo que un
hombre decida desde su libertad, ejerciendo la razón y las emociones,
“convertirse” de una religión a otra. Pero la relación entre las
religiones no debe ser la de siglos anteriores, de enfrentamiento
multiforme, de desconfianza, y de promoción agresiva de las
“conversiones”.
El diálogo entre las religiones debe llevar a encontrar el tronco
común, para descubrir el Cristo que alienta en todas, para configurar un
frente de unidad armónica frente a la increencia para proclamar la
creencia en un Dios oculto pero que será un Dios liberador de la
historia humana. El dialogo deberá llevar a la convergencia religiosa
que no se dio en siglos pasados, pero se irá haciendo posible en el
marco de la cultura de la modernidad crítica, antes aludida.
Las religiones no deben desaparecer, pues Cristo está presente en
todas. Suponen una inmensa riqueza mutua que todas las religiones deben
compartir. El diálogo y la convergencia sobre la base del mutuo
reconocimiento de las diversas formas de presencia del “universal
religioso” y de Cristo, supondrán para el cristianismo un camino mucho
más fecundo para proclamar el kerigma cristiano.
Conclusión
Las teologías del pluralismo religioso, expuestas en los artículos
anteriores de M.D. Prieto Santana y de L. Sequeiros, dejaban sentada la
necesidad de que el cristianismo reconozca el valor salvífico de las
otras religiones, pero sin que ello supusiera negar el principio
teológico cristiano de que toda relación con Dios debe estar mediada por
el Misterio de Cristo.
¿Cómo armonizar estos dos principios? Ha sido, y sigue siendo, ciertamente difícil, como reconoce la Dominus Jesus.
Sin embargo, creemos que, a medida que el cristianismo reconozca que se
necesita una nueva hermenéutica del kerigma cristiano desde la imagen
del universo en la modernidad, se irán abriendo nuevas posibilidades
para hallar la explicación convincente de por qué el cristianismo afirma
que Cristo, el Misterio de Cristo, pertenece a todo hombre, al hombre
universal.
En este sentido, como hemos expuesto, la idea del “universal
religioso” lleva a la idea de un “cristianismo universal” y de una
“iglesia universal”. De todo ello puede hallarse una explicación más
amplia, como decía, en mi libro Hacia el Nuevo Concilio, especialmente en el capítulo sexto, titulado “Religiones”.
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