Recuperada la
discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios
JAVIER MONSERRAT
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La metafísica clásica frente a agnosticismo
positivista en un debate de 1948.
Es indudable el interés de recordar una discusión clásica sobre la
existencia de Dios, mantenida radiofónicamente en Inglaterra en el año
1948, entre el gran filósofo y matemático Bertrand Russell, que
defendió una posición agnóstica, y el jesuita F.C. Copleston,
prestigioso profesor de filosofía. Revivir esta discusión es remontarse
al pasado para comtemplar la contraposición entre el punto de vista
escolástico clásico de Copleston y el criticismo de Russell frente a la
idea de Dios.
Hace ya más de medio siglo tuvo lugar en Inglaterra una discusión que
se difundió en todo el mundo con amplia repercusión social en ambientes
intelectuales por la importancia de sus dos protagonistas: el célebre
Bertrand Russell, hombre de extraordinaria personalidad, y el jesuita
F.C. Copleston, gran historiador de la filosofía, también de
extraordinario prestigio (cuya historia de la filosofía en diez
volúmenes fue publicada en español en la editorial Ariel, Barcelona).
La posición de Copleston responde perfectamente al punto de vista de la
filosofía escolástica clásica, tal como ha sido defendida durante
muchos años en los centros de enseñanza superior católica. La posición
de Russell responde a su posición neopositivista lógica.
Creemos de interés volver a esta discusión clásica que, sin duda,
resultará apasionante para el lector interesado en los temas propios de
esta sección de Tendencias21. Sin embargo, al tratarse de una discusión
de hace 60 años, merecería un comentario amplio que también resultaría
de indudable interés; hoy en día el enfoque del diálogo
ciencia-religión, desde el punto de vista cristiano, ha evolucionado
mucho y no responde ya al clásico planteamiento escolástico de
Copleston; también Russell pertenece ya al pasado en otro sentido.
Pero, dada la extensión de la discusión, no es posible juntar en un mismo artículo la
discusión y el comentario. Por ello, dejamos en este artículo sólo el
texto de la discusión Russell-Copleston, pero con el compromiso de
comentarla en otro de los próximos artículos de Tendencias21. Esperamos
que el lector disfrute con la consideración de la dialéctica
argumentativa de estos dos grandes personajes y considere un acierto el
reactualizarla de nuevo aquí en el contexto de Tendencias21.
La existencia de Dios: un debate entre
Bertrand Russell y Frederick Copleston SJ.
(Este debate fue radiado
originalmente en 1948 en el Tercer Programa de la BBC. Fue publicado en
Humanitas en el otoño de 1948.)
COPLESTON: Como vamos a discutir aquí la existencia de Dios, quizás
sería conveniente llegar a un acuerdo provisional en cuanto a lo que
entendemos por el término «Dios». Presumo que entendemos un ser
personal supremo, distinto del mundo y creador del mundo. ¿Está de
acuerdo, al menos provisionalmente, en aceptar esta declaración como
significado de la palabra «Dios»?
RUSSELL: Sí, acepto esa definición.
COPLESTON: Bien, mi posición es la posición afirmativa de que tal ser
existe realmente y que Su existencia puede ser probada filosóficamente.
Quizás podría decirme si su posición es la del agnosticismo o el
ateísmo. Quiero decir, ¿cree que puede probarse la no existencia de
Dios?
RUSSELL: No, yo no digo eso: mi posición es agnóstica.
COPLESTON: ¿Está de acuerdo conmigo en que el problema de Dios es un
problema de gran importancia? Por ejemplo, ¿está de acuerdo en que si
Dios no existe, los seres humanos y la historia humana pueden no tener
otra finalidad que la finalidad que ellos decidan elegir, lo cual, en
la práctica, significaría la finalidad que impusieran los que tienen
poder para imponerla?
RUSSELL: Hablando en términos generales, si, aunque tendría que poner
alguna limitación a su última cláusula.
COPLESTON: ¿Cree que si no hay Dios, si no hay un Ser absoluto, puede
haber valores absolutos? Quiero decir, ¿cree que, si no hay un bien
absoluto, el resultado es la relatividad de los valores?
RUSSELL: No, creo que esas cuestiones son lógicamente distintas. Tome,
por ejemplo, la obra de G. E. Moore, Principia Ethica, donde él
sostiene que hay una diferencia entre bien y mal, que ambas cosas son
conceptos definidos. Pero no saca a relucir la idea de Dios en apoyo de
su afirmación.
COPLESTON: Bueno, dejemos para más tarde la cuestión del bien, hasta
que lleguemos al argumento moral, y antes daré un argumento metafísico.
Querría destacar principalmente el argumento metafísico basado en el
argumento de Leibniz de la «contingencia», y luego discutiremos el
argumento moral. ¿Quiere que haga una breve exposición sobre el
argumento metafísico, y luego pasemos a discutirlo?
RUSSELL: Ése me parece un buen plan.
El argumento de la contingencia
COPLESTON: Bien, para aclarar, dividiré el argumento en distintas
fases. En primer lugar, diría, sabemos que hay, al menos, ciertos seres
en el mundo que no contienen en sí mismos la razón de su existencia.
Por ejemplo, yo dependo de mis padres, y ahora del aire, del alimento,
etc. Segundo, el mundo es simplemente la totalidad o el conjunto real o
imaginado de objetos individuales, ninguno de los cuales contiene sólo
en sí mismo la razón de su existencia. No hay ningún mundo distinto de
los objetos que lo forman, así como la raza humana no es algo aparte de
sus miembros. Por lo tanto, diría pues que existen objetos y
acontecimientos, y como ningún objeto de experiencia contiene dentro de
sí mismo la razón de su existencia, esta razón, la totalidad de los
objetos, tiene que tener una razón fuera de sí misma. Esa razón tiene
que ser un ser existente. Bien, ese ser es la razón de su propia
existencia o no lo es. Si lo es, enhorabuena. Si no lo es, tenemos que
seguir adelante. Pero si procedemos en este sentido hasta el infinito,
entonces no hay explicación de la existencia. Así, diría, con el fin de
explicar la existencia, tenemos que llegar a un ser que contiene en sí
mismo la razón de su existencia, es decir que no puede no existir.
RUSSELL: Eso plantea muchas cuestiones y no es del todo fácil saber por
dónde empezar, pero creo que, quizás, respondiendo a su argumento, el
mejor modo de empezar es la cuestión del ser necesario. La palabra
«necesario», a mi entender, sólo puede aplicarse significativamente a
las proposiciones. Y, en realidad, sólo a las analíticas, es decir, a
las proposiciones cuya negación supone una contradicción manifiesta. Yo
sólo podría admitir un ser necesario si hubiera un ser cuya existencia
sólo pudiere negarse mediante una contradicción manifiesta. Querría
saber si usted acepta la división de Leibniz de las proposiciones en
verdades de razón y verdades de hecho. Si acepta las primeras, las
verdades de razón, como necesarias.
COPLESTON: Bien, yo, desde luego, no suscribo lo que parece ser la idea
de Leibniz sobre las verdades de razón y las verdades de hecho, ya que
al parecer, para él, a la larga, sólo hay proposiciones analíticas. Al
parecer, para Leibniz, las verdades de hecho se pueden reducir en
último término a verdades de razón. Es decir, a proposiciones
analíticas, al menos para la mente omnisciente. Yo no estoy de acuerdo
con eso. Por un lado, no se corresponde con los requisitos de la
experiencia de la libertad. Yo no deseo apoyar toda la filosofía de
Leibniz. Me he valido de su argumento de la contingencia para el ser
necesario, basando el argumento en el principio de la razón suficiente,
simplemente porque me parece una formulación breve y clara de lo que
es, en mi opinión, el argumento metafísico fundamental de la existencia
de Dios.
RUSSELL: Pero, a mi entender, «una proposición necesaria» tiene que ser
analítica. No veo qué otra cosa puede significar. Y las proposiciones
analíticas son siempre complejas y lógicamente algo lentas. «Los
animales irracionales son animales» es una proposición analítica; pero
una proposición como «Esto es un animal» no puede ser nunca analítica.
En realidad, todas las proposiciones que pueden ser analíticas son un
poco lentas en la construcción de proposiciones.
COPLESTON: Tomemos la proposición «Si hay un ser contingente, entonces
hay un ser necesario». Considero que esa proposición, hipotéticamente
expresada, es una proposición necesaria. Si va a llamar proposición
analítica a toda proposición necesaria, entonces, para evitar una
discusión sobre terminología, convendré en llamarla analítica, aunque
no la considero una proposición tautológica. Pero la proposición es
sólo una proposición necesaria en el supuesto de que exista un ser
contingente. El que exista realmente un ser contingente tiene que ser
descubierto por experiencia, y la proposición de que existe un ser
contingente no es ciertamente una proposición analítica, aunque, como
usted sabe, yo una vez sostuve que, si hay un ser contingente,
necesariamente hay un ser necesario.
RUSSELL: La dificultad de esta discusión estriba en que yo no admito la
idea de un ser necesario, y no admito que tenga ningún significado
particular el llamar «contingentes» a otros seres. Estas frases no
tienen para mí significado más que dentro de una lógica que yo rechazo.
COPLESTON: ¿Quiere decir que rechaza usted estos términos porque no
encajan en lo que se denomina «lógica moderna»?
RUSSELL: Bien, no les encuentro significación. La palabra «necesario»
me parece una palabra inútil, excepto cuando se aplica a proposiciones
analíticas, no a cosas.
COPLESTON: En primer lugar, ¿qué entiende por «lógica moderna»? Que yo
sepa, hay sistemas un poco diferentes. En segundo lugar, no todos los
lógicos modernos reconocen seguramente la falta de sentido de la
metafísica. De todos modos, ambos sabemos que había un pensador moderno
muy eminente, cuyos conocimientos de lógica moderna eran bien
profundos, que no pensaba ciertamente que la metafísica carece de
sentido o, en particular, que el problema de Dios carece de sentido. De
nuevo, aunque todos los lógicos modernos sostuvieran que los términos
metafísicos carecen de sentido, eso no significaría que tuviesen razón.
La proposición de que los términos metafísicos carecen de sentido me
parece una proposición basada en una supuesta filosofía. La proposición
dogmática que hay detrás de ella parece ser ésta: lo que no cabe dentro
de mi máquina no existe, o carece de sentido; es la expresión de la
emoción. Sencillamente, estoy tratando de destacar que cualquiera que
afirma que un sistema particular de lógica moderna es el único criterio
sensato, afirma algo superdogmático; insiste dogmáticamente en que una
parte de la filosofía es toda la filosofía. Después de todo, un ser
«contingente» es un ser que no tiene en sí mismo la completa razón de
su existencia, que es lo que yo entiendo por ser contingente. Usted
sabe, tan bien corno yo, que no puede ser explicada la existencia de
ninguno de nosotros sin referencia a algo o alguien fuera de nosotros,
nuestros padres, por ejemplo. Por el contrario, un ser «necesario»
significa un ser que tiene que existir y no puede dejar de existir.
Puede decir que no existe tal ser, pero le va a ser difícil convencerme
de que no entiende los términos que uso. Si no los entiende, ¿qué
motivos tiene entonces para decir que no existe ese ser, si es eso lo
que dice?
RUSSELL: Bien, aquí hay puntos en los que no quiero profundizar. No
sostengo en absoluto que la metafísica carezca de sentido en general.
Sostengo la falta de sentido de ciertos términos particulares, no
basándome en alguna razón general, sino simplemente porque no he sido
capaz de ver una interpretación de esos términos particulares. No es un
dogma general; es una cosa particular. Pero, por el momento, dejo esos
puntos. Y diré que lo que ha dicho nos lleva, a mi entender, al
argumento ontológico de que hay un ser cuya esencia implica existencia,
de forma que Su existencia es analítica. A mí eso me parece imposible,
y plantea, claro está, la cuestión de lo que uno entiende por
existencia, y, en cuanto a esto, pienso que no puede decirse nunca que
un sujeto nombrado existe significativamente, sino sólo un sujeto
descrito. Y que la existencia, en realidad, no es, definitivamente, un
predicado.
COPLESTON: Bien, usted dice, me parece, que es mala gramática o, mejor
dicho, mala sintaxis el decir, por ejemplo, «T. S. Eliot existe»;
debería decirse, por ejemplo, «El autor de Asesinato en la Catedral
existe». ¿Va usted a decirme que la proposición «La causa del mundo
existe» carece de significado? Puede decir que el mundo no tiene causa;
pero yo no veo cómo puede decir que la proposición «La causa del mundo
existe» no tiene sentido. Póngalo en forma de pregunta: «¿Tiene el
mundo una causa?» «¿Existe la causa del mundo?» La mayoría de la gente
entendería seguramente la pregunta, aun cuando no estén de acuerdo
sobre la respuesta.
RUSSELL: Bien; realmente la pregunta «¿Existe la causa del mundo?» es
una pregunta con significado. Pero si dice «Sí, Dios es la causa del
mundo», emplea a Dios como nombre propio; luego «Dios existe» no será
una afirmación con significado; ésa es la postura que yo defiendo.
Porque, por lo tanto, se deduce que no puede nunca ser una proposición
analítica decir que esto o aquello existe. Por ejemplo, supongamos que
toma como tema «el círculo cuadrado existente»; parecería una
proposición analítica decir «el círculo cuadrado existente existe»,
pero no existe.
COPLESTON: No, no existe, pero no se puede decir que no existe hasta
que se tenga un concepto de lo que es la existencia. En cuanto a la
frase «círculo cuadrado existente» yo diría que carece absolutamente de
significado.
RUSSELL: Completamente dé acuerdo. Entonces yo diría lo mismo en otro
contexto en lo que respecta a un «ser necesario».
COPLESTON: Bien, parece que hemos llegado a un callejón sin salida. El
decir que un ser necesario es un ser que tiene que existir y no puede
dejar de existir tiene para mí un significado definido. Para usted
carece de significado.
RUSSELL: Bien, podemos llevar el asunto un poco más lejos, me parece.
Un ser que tiene que existir y que no puede dejar de existir sería,
según usted, un ser cuya esencia supone existencia.
COPLESTON: Sí, un ser que es la esencia de lo que ha de existir. Pero
yo no querría discutir la existencia de Dios simplemente partiendo de
la idea de Su esencia, porque no creo que hasta ahora tengamos una
clara intuición de la esencia de Dios. Creo que tenemos que discutir
partiendo de la experiencia del mundo hasta llegar Dios.
RUSSELL: Sí, veo claramente la diferencia. Pero, al mismo tiempo, un
ser con el conocimiento suficiente podría decir: «¡Aquí está este ser
cuya esencia supone existencia!»
COPLESTON: Sí, ciertamente, si alguien viera a Dios, vería que Dios
tiene que existir.
RUSSELL: Por eso digo que hay un ser cuya esencia supone existencia
aunque no conozcamos esa esencia. Sólo sabemos que ese ser existe.
COPLESTON: Sí, yo añadiría que no conocemos la esencia a priori. Sólo a
posteriori, a través de nuestra experiencia del mundo, llegamos a un
conocimiento de la existencia de ese ser. Y entonces, uno se dice, la
esencia y la existencia tienen que ser idénticas. Porque si la esencia
de Dios y la existencia de Dios no son idénticas, entonces habría que
buscar más allá de Dios alguna razón suficiente de esta existencia.
RUSSELL: Luego, todo gira en torno a la cuestión de la razón suficiente
y tengo que declarar que no me ha definido aún la «razón suficiente» de
un modo que yo pueda comprenderla. ¿Qué entiende por razón suficiente?
¿No quiere decir causal?
COPLESTON: No necesariamente. La causa es una especie de razón
suficiente. Sólo un ser contingente puede tener una causa. Dios es Su
propia razón suficiente; y Él no es la causa de Sí. Por razón
suficiente, en sentido absoluto, entiendo una explicación adecuada de
la existencia de algún ser particular.
RUSSELL: Pero ¿cuándo es adecuada una explicación? Supongamos que yo me
dispongo a encender una cerilla. Usted puede decir que una explicación
suficiente es que la frote contra la caja.
COPLESTON: Bien, en lo que respecta a la práctica, sí, pero
teóricamente esa es sólo una explicación parcial. Una explicación
adecuada tiene que ser en último término una explicación total, a la
cual no se puede añadir nada más.
RUSSELL: Entonces sólo puedo decir que usted busca algo que no se puede
conseguir, y que no debemos esperar conseguir.
COPLESTON: El decir que no se ha encontrado es una cosa; el decir que
no debe buscarse me parece demasiado dogmático.
RUSSELL: Bien, no lo sé. Quiero decir que la explicación de una cosa es
otra cosa que hace la otra cosa dependiente de otra cosa aún, y que hay
que captar todo este lamentable sistema de cosas para hacer lo que
usted quiere, y eso no lo podemos hacer.
COPLESTON: ¿Pero me va a decir que no podemos o que no deberíamos
siquiera plantear la cuestión de la existencia de esta lamentable serie
de cosas... de todo el universo?
RUSSELL: Sí. No creo que tenga ningún sentido. Creo que la palabra
«universo» es una palabra útil con relación a algo, pero no creo que
represente algo que tenga un significado.
COPLESTON: Si la palabra carece de significado, no puede ser tan útil.
De todas maneras, no digo que el universo sea algo distinto de los
objetos que lo componen (ya lo indiqué en mi breve resumen de la
prueba); lo que hago es buscar la razón, en este caso la causa, de los
objetos, cuya totalidad real o imaginada constituye lo que llamamos
universo. ¿Usted dice: yo creo que el universo -o mi existencia si lo
prefiere, o cualquier otra existencia- es ininteligible?
RUSSELL: Primero voy a rebatir el punto de que si una palabra carece de
sentido no puede ser útil. Eso suena bien, pero no es verdad. Tomemos,
por ejemplo, la palabra «el» o «que». Usted no puede indicarme ningún
objeto con esos significados, pero son muy útiles; yo diría lo mismo de
«universo». Pero dejando eso aparte, usted pregunta si creo que el
universo es ininteligible. Yo no diría ininteligible; creo que no tiene
explicación. Inteligible para mí es una cosa diferente. Se refiere a la
cosa en sí, intrínsecamente, y no a sus relaciones.
COPLESTON: Bien, mi criterio es que lo que denominamos mundo es
intrínsecamente ininteligible, aparte de la existencia de Dios. Verá,
yo no creo que el carácter infinito de una serie de acontecimientos -me
refiero a una serie horizontal, por así decirlo-, si ese carácter
infinito pudiera ser probado, tenga alguna relevancia. Si usted suma
chocolates, obtendrá chocolates y no una oveja. Si suma chocolates
hasta el infinito, es presumible que obtendrá un número infinito de
chocolates. Así, si suma seres contingentes hasta el infinito, seguirá
obteniendo seres contingentes, no un ser necesario. Una serie infinita
de seres contingentes será, de acuerdo con mi modo de pensar,
igualmente incapaz de ser su causa, como un solo ser contingente. Sin
embargo, usted dice, según creo, que no se puede plantear la cuestión
de lo que explicaría la existencia de cualquier objeto particular, ¿no
es así?
RUSSELL: Sí, si entiende que explicarla es simplemente hallar su causa.
COPLESTON: Bien, ¿por qué detenernos en un objeto particular? ¿Por qué
no presentar la cuestión de la causa de la existencia de todos los
objetos particulares?
RUSSELL: Porque no encuentro la razón para pensar que la hay. Todo
concepto de causa está derivado de nuestra observación de cosas
particulares; no encuentro ninguna razón para suponer que el total
tenga una causa, cualquiera que sea.
COPLESTON: Bien, el decir que no hay causa no es lo mismo que decir que
no debemos buscar una causa. La afirmación de que no hay causa debería
venir, si viene, al final de la indagación, no al principio. En
cualquier caso, si el total carece de causa, entonces, a mi manera de
ver, tiene que ser su propia causa, lo que me parece imposible. Además,
la afirmación de que el mundo existe, aunque sólo sea como respuesta a
una pregunta, presupone que la pregunta tiene sentido.
RUSSELL: No, no necesita ser su propia causa; lo que digo es que el
concepto de causa no es aplicable al total.
COPLESTON: Entonces, ¿está de acuerdo con Sartre en que el universo es
lo que él lama «gratuito»?
RUSSEU: Bien, la palabra «gratuito» sugiere que podría haber algo más;
yo digo que el universo simplemente existe, eso es todo.
COPLESTON: Bien, no comprendo cómo suprime la legitimidad de preguntar
cómo el total, o cualquiera de las partes, ha adquirido existencia.
¿Por qué algo,mejor que nada? El hecho de que sostengamos nuestra
noción de casualidad empíricamente de causas particulares no excluye la
posibilidad de preguntar cuál es la causa de la serie. Si la palabra
«causa» careciera de sentido, o si pudiera demostrarse que el criterio
de Kant sobre la materia era el verdadero, la pregunta sería ilegítima;
pero usted no parece sostener que la palabra «causa» carezca de
sentido, ni creo que sea kantiano.
RUSSELL: Puedo ilustrar lo que me parece su falacia por excelencia.
Todo hombre existente tiene una madre y me parece que su argumento es
que, por lo tanto, la raza humana tiene una madre, pero evidentemente
la raza humana no tiene una madre: ésa es una esfera lógica diferente.
COPLESTON: Bien, realmente no veo ninguna similitud. Si dijera «todo
objeto tiene una causa fenoménica; por lo tanto, toda la serie tiene
una causa fenoménica», habría una similitud; pero no digo eso; digo:
todo objeto tiene una causa fenoménica si insiste en la infinidad de la
serie, pero la serie de causas fenoménicas es una explicación
insuficiente de la serie. Por lo tanto, la serie tiene, no una causa
fenoménica, sino una causa trascendente.
RUSSELL: Eso, presuponiendo siempre que no sólo cada cosa particular
del mundo sino el mundo globalmente tiene que tener una causa. No
encuentro la razón para esa suposición. Si usted me la da, le
escucharé.
COPLESTON: Bien, la serie de acontecimientos tiene causa o no tiene
causa. Si la tiene, debe haber, evidentemente, una causa fuera de la
serie. Si no tiene causa, entonces es suficiente por sí misma, y si lo
es, es lo que yo llamo necesaria. Pero no puede ser necesaria ya que
cada miembro es contingente, y hemos convenido en que el total no tiene
realidad aparte de sus miembros, y por lo tanto no puede ser necesario.
Por lo tanto, no puede carecer de causa, y tiene que tener una causa. Y
me gustaría anotar, de pasada, que la afirmación «el mundo existe
sencillamente y es inexplicable» no puede ser producto del análisis
lógico.
RUSSELL: No quiero parecer arrogante, pero me parece que puedo concebir
cosas que usted dice que la mente humana no puede concebir. En cuanto a
que las cosas no tengan causa, los físicos nos aseguran que la
transición del cuántum individual de los átomos carece de causa.
COPLESTON: Bien, yo me pregunto si eso no es simplemente una inferencia
transitoria.
RUSSELL: Puede ser, pero demuestra que las mentes de los físicos pueden
concebirlo.
COPLESTON: Sí, convengo en que algunos científicos -los físicos- están
dispuestos a permitir la indeterminación dentro de un campo
restringido. Pero hay muchos científicos que no están tan dispuestos.
Creo que el profesor Dingle, de la Universidad de Londres, sostiene que
el principio de incertidumbre de Heisenberg nos dice algo sobre el
éxito (o la falta de él) de la presente teoría atómica basada en
observaciones correlativas, pero no sobre la naturaleza en sí, y muchos
físicos comparten este criterio. Sea como sea, no comprendo cómo los
físicos pueden no aceptar la teoría en la práctica, aunque no la
acepten en teoría. No comprendo cómo puede hacerse ciencia, si no es
basándose en la suposición del orden y la inteligibilidad de la
naturaleza. El físico presupone, al menos tácitamente, que tiene cierto
sentido investigar la naturaleza y buscar las causas de los
acontecimientos, como el detective presupone que tiene un sentido el
buscar la causa de un asesinato. El metafísico supone que tiene sentido
buscar la razón o la causa de los fenómenos y, como no soy kantiano,
considero que el metafísico está tan justificado en su suposición como
el físico. Cuando Sartre, por ejemplo, dice que el mundo es gratuito,
creo que no ha considerado suficientemente lo que implica «gratuito».
RUSSELL: Creo... me parece que de eso no podemos hablar por extensión;
un físico busca causas; eso no significa necesariamente que haya causas
por todas partes. Un hombre puede buscar oro sin suponer que haya oro
en todas partes; si encuentra oro, enhorabuena; si no lo encuentra mala
suerte. Lo mismo ocurre cuando los físicos buscan causas. En cuanto a
Sartre, no sé exactamente lo que quiere decir, y no querría que
pensasen que lo interpreto, pero, por mi parte, creo que la noción de
que el mundo tiene una explicación es un error. No veo por qué uno debe
esperar que la tenga, y creo que lo que dice sobre la justificación de
la suposición del científico es una afirmación excesiva.
COPLESTON: Bien, me parece que el científico hace ciertas suposiciones.
Cuando experimenta para averiguar alguna verdad particular, detrás del
experimento se esconde la suposición de que el universo no es
simplemente discontinuo. Existe la posibilidad de averiguar una verdad
mediante el experimento. El experimento puede ser malo, puede no tener
resultado, o no el resultado deseado, pero, de todas maneras existe la
posibilidad de hallar la verdad que supone mediante el experimento. Y
esto me parece que presupone un universo ordenado e inteligible.
RUSSELL: Creo que está generalizando más de lo necesario. Sin duda el
científico supone que probablemente la hallará y con frecuencia es así.
No da por supuesto que la hallará seguro y ése es un asunto muy
importante en la física moderna.
COPLESTON: Bien, creo que lo da por supuesto, o está obligado a darlo
tácitamente, en la práctica. Puede ocurrir, citando al profesor Haldane
que «cuando encienda un gas bajo la marmita, parte de las moléculas de
agua se evaporarán, y no habrá modo de averiguar cuáles serán», pero no
hay que pensar necesariamente que la idea de la casualidad tenga que
ser introducida excepto en relación con nuestros propios conocimientos.
RUSSELL: No, no es así, al menos si puedo creer en lo que él mismo
dice. Descubre muchas cosas el científico; descubre muchas cosas que
están sucediendo en el mundo, que son, al principio, comienzos de
cadenas causales, primeras causas que no tienen causa en sí mismas. No
supone que todo tiene una causa.
COPLESTON: Seguramente hay una primera causa dentro de un cierto campo
elegido. Es una primera causa relativa.
RUSSELL: No creo que diga eso. Si existe un mundo en el cual la mayoría
de los acontecimientos, pero no todos, tienen causas, el científico
podrá describir las probabilidades e incertidumbres suponiendo que este
acontecimiento particular en que uno está interesado, probablemente
tiene una causa. Y como, en cualquier caso, no se tiene más que la
probabilidad, con eso basta.
COPLESTON: Puede ocurrir que el científico no espere obtener más que la
probabilidad, pero, al plantear la cuestión, supone que la cuestión de
la explicación tiene un significado. Pero su criterio general es,
entonces, Lord Russell, que no es siquiera legítimo plantear la
cuestión de la causa del mundo, ¿no es así?
RuSSELL: Sí, ésa es mi postura.
COPLESTON: Si esa cuestión carece para usted de significado, es, claro
está, muy difícil discutirla, ¿no es cierto?
RUSSELL: Sí, es muy difícil. ¿Qué le parece si pasamos a otros
problemas?
La experiencia religiosa
COPLESTON: Muy bien. Voy a decir unas palabras sobre la experiencia
religiosa, y luego pasaremos a la experiencia moral. Yo no considero la
experiencia religiosa como una prueba estricta de la existencia de
Dios, por lo que el carácter de la discusión cambia un poco, pero creo
que puede decirse que su mejor aplicación es la existencia de Dios. Por
experiencia religiosa no entiendo simplemente sentirse a gusto.
Entiendo una apasionada, aunque oscura, conciencia de un objeto que
irresistiblemente parece al sujeto de la experiencia algo que le
trasciende, algo que trasciende todos los objetos normales de
experiencia, algo que no puede ser imaginado, ni conceptualizado, pero
cuya realidad es indudable, al menos durante la experiencia. Yo
afirmaría que no puede explicarse adecuadamente y sin dejarse cosas en
el tintero; sólo subjetivamente. La experiencia básica real, de todos
modos, se explica fácilmente mediante la hipótesis de que existe
realmente alguna causa objetiva de esa experiencia.
RUSSELL: Yo respondería a esa argumentación que todo el argumento que
se derive de nuestros estados de conciencia con respecto a algo fuera
de nosotros es un asunto muy peligroso. Aun cuando todos admitimos su
validez, sólo nos sentimos justificados al hacerlo, me parece a mí, en
virtud del consenso de la humanidad. Si hay una multitud en una
habitación y en la habitación hay un reloj, todos pueden ver el reloj.
El hecho de que todos puedan verlo tiende a hacerles pensar que no se
trata de una alucinación: mientras que esas experiencias religiosas
tienden a ser muy particulares.
COPLESTON: Sí, así es. Hablo estrictamente de la experiencia mística
pura, y ciertamente no incluyo lo que se llaman visiones. Me refiero
sencillamente a la experiencia, y admito plenamente que es inefable,
del objeto trascendente o de lo que parece ser un objeto trascendente.
Recuerdo que Julian Huxley dijo en una conferencia que la experiencia
religiosa, o la experiencia mística, es una experiencia tan real como
el enamorarse o el apreciar la poesía y el arte. Bien, yo creo que
cuando apreciamos la poesía y el arte apreciamos poemas concretos o una
obra de arte en concreto. Si nos enamoramos, nos enamoramos de alguien,
no de nadie.
RUSSELL: Permítame interrumpirle un momento. Eso no sucede siempre así.
Los novelistas japoneses nunca creen que han conseguido su objetivo
hasta que gran cantidad de seres reales se han suicidado por amor a la
heroína imaginaria.
COPLESTON: Bien, le creo lo que dice que sucede en el Japón. No me he
suicidado, gracias a Dios, pero me vi fuertemente influido, al tomar
dos importantes decisiones en mi vida, por dos biografías. Sin embargo,
debo aclarar que encuentro poca semejanza entre la influencia real de
esos libros sobre mí, y la experiencia mística pura, hasta el punto,
entiéndase, en que alguien ajeno a ella puede tener una idea de tal
experiencia.
RUSSELL: Bien, yo quiero decir que no debemos considerar a Dios al
mismo nivel que los personajes de una obra de ficción. ¿Reconocerá que
aquí hay una diferencia?
COPLESTON: Desde luego. Pero lo que yo diría es que la mejor
explicación parece ser la explicación que no es puramente subjetiva.
Claro que una explicación subjetiva es posible en el caso de cierta
gente, en la que hay escasa relación entre la experiencia y la vida,
como en el caso de los alucinados, etc. Pero cuando se llega al tipo
puro, como por ejemplo San Francisco de Asís, cuando se obtiene una
experiencia cuyo resultado es un desbordamiento de amor creativo y
dinámico, la mejor explicación, a mi entender, es la existencia real de
una causa objetiva de la experiencia.
RUSSELL: Bien, yo no afirmo dogmáticamente que no hay Dios. Lo que
sostengo es que no sabemos que lo haya. Yo sólo puedo tener en cuenta
lo que se registra, y encuentro que se registran muchas cosas, pero
estoy seguro de que usted no acepta lo que se dice sobre los demonios,
etc., aunque todas esas cosas se afirman exactamente con el mismo tono
de voz y con la misma convicción. Y el místico, si su visión es
verdadera, puede decir que él sabe que existen los demonios. Pero yo no
sé que los haya.
COPLESTON: Seguramente en el caso de los demonios ha habido gente que
ha hablado principalmente de visiones, apariciones, ángeles o diablos,
etcétera. Yo excluiría las apariciones porque pueden ser explicadas con
independencia de la existencia del sujeto supuestamente visto.
RUSSELL: Pero ¿no cree que hay suficientes casos registrados de
personas que creen que han oído cómo Satán les hablaba dentro de su
corazón, del mismo modo que los místicos afirman a Dios? Y ahora no
hablo de una visión exterior, hablo de una experiencia puramente
mental. Ésa parece ser una experiencia de la misma clase que la
experiencia de Dios de los místicos, y no veo por qué, por lo que nos
dicen los místicos, no se puede sostener el mismo argumento en favor de
Satán.
COPLESTON: Estoy completamente de acuerdo en que hay gente que ha
imaginado o pensado que ha visto u oído a Satán. Y de pasada, yo no
tengo el menor deseo de negar la existencia de Satán. Pero no creo que
la gente haya afirmado haber experimentado a Satán, del modo preciso en
que los místicos afirman haber experimentado a Dios. Tomemos el caso de
Plotino, que no era cristiano. Éste admite la experiencia de algo
inexpresable, el objeto es un objeto de amor, y por lo tanto no un
objeto que causa horror y disgusto. Y el efecto de esa experiencia
está, diría, refrendado o, mejor dicho, la validez de la experiencia
está refrendada por las crónicas de la vida de Plotino. De todas
maneras, es más razonable suponer que tuvo esa experiencia, si hemos de
aceptar el relato de Porfirio sobre la bondad y benevolencia de
Plotino.
RUSSELL: El hecho de que una creencia tenga un buen efecto moral sobre
un hombre no constituye ninguna evidencia en favor de su verdad.
COPLESTON: No, pero si pudiera probarse de verdad que la creencia era
realmente la causa de un buen efecto en la vida de ese hombre, la
consideraría una presunción en favor de alguna verdad; en todo caso, de
la parte positiva de la creencia, no de su entera validez. Pero, sea
como sea, utilizo el carácter de su vida como prueba en favor de la
veracidad y la cordura del místico más que como prueba de la verdad de
sus creencias.
RUSSELL: Pero incluso eso no lo considero como prueba. Yo he tenido
experiencias que han alterado mi carácter profundamente. Y de todas
maneras, en aquel momento pensé que fue alterado para bien. Aquellas
experiencias eran importantes, pero no suponían la existencia de algo
fuera de mí, y no creo que, si yo hubiere pensado que la suponían, el
hecho de que tuvieran un efecto saludable constituiría una prueba de
que yo tenía razón.
COPLESTON: No, pero creo que el buen efecto atestiguaría su veracidad
en la descripción de la experiencia. Por favor, recuerde que no estoy
diciendo que la mediación de un místico o la interpretación de su
experiencia deban ser inmunes a la crítica o discusión.
RUSSELL: Evidentemente, el carácter de un joven puede verse, y con
frecuencia se ve, inmensamente afectado para bien por las lecturas
sobre un gran hombre de la historia, y puede ocurrir que el gran hombre
sea un mito y no exista, pero el muchacho queda tan afectado para bien
como si existiera. Ha habido gente así. En las Vidas de Plutarco
encontramos el ejemplo de Licurgo, que no existió de verdad, pero se
puede uno ver muy influido leyendo cosas sobre Licurgo, teniendo
incluso la impresión de que ha existido. Entonces uno habrá recibido la
influencia de un objeto que ha amado, pero no habrá objeto existente.
COPLESTON: En eso estoy de acuerdo con usted; un hombre puede sufrir la
influencia de un personaje de ficción. Sin profundizar en la cuestión
de qué es lo que precisamente le afecta (yo diría que un valor real),
creo que la situación de ese hombre y del místico son diferentes.
Después de todo, el hombre influido por Licurgo no ha tenido la
irresistible impresión de que ha experimentado, en alguna forma, la
última realidad.
RUSSELL: No creo que haya captado bien mi criterio sobre estos
personajes históricos, estos personajes no históricos de la historia.
No supongo lo que usted llama un efecto sobre la persona. Supongo que
el joven, al leer sobre esa persona y creerla real, la ama, cosa que
ocurre con mucha facilidad, pero, sin embargo, ama a un fantasma.
COPLESTON: En un sentido ama a un fantasma, eso es perfectamente
cierto; en el sentido, quiero decir, que ama a X o Y que no existen.
Pero, al mismo tiempo, creo que el muchacho no ama al fantasma como
tal; percibe el valor real, una idea que reconoce como objetivamente
válida, y eso es lo que despierta su amor.
RUSSELL: Sí, en el mismo sentido en que hablábamos antes de los
personajes de ficción.
COPLESTON: Sí, en un sentido el hombre ama a un fantasma; perfectamente
cierto. Pero, en otro, ama lo que percibe como un valor.
El argumento moral
RUSSELL: Pero ¿ahora no está diciendo, en efecto, que entiende por Dios
todo cuanto es bueno, o la suma total de lo que es bueno, el sistema de
lo que es bueno, y, por lo tanto, cuando un joven ama algo bueno, ama a
Dios? ¿Es eso lo que dice? Porque, si lo es, hay que discutirlo.
COPLESTON: No digo, claro está, que Dios sea la suma total o el sistema
de lo bueno en el sentido panteísta; no soy panteísta, pero sí creo que
toda bondad refleja a Dios de alguna forma y procede de Él, de modo que
el hombre que ama lo que es realmente bueno, ama a Dios, aun cuando no
advierta a Dios. Pero convengo en que la validez de esta interpretación
de la conducta de un hombre depende del reconocimiento de la existencia
de Dios, evidentemente.
RUSSELL: Sí, pero ése es un punto que hay que probar.
COPLESTON: De acuerdo, pero yo considero que lo prueba el argumento
metafísico y ahí diferimos.
RUSSELL: Verá, yo entiendo que hay cosas buenas y cosas malas. Yo amo
las cosas que son buenas, que yo creo que son buenas, y odio las cosas
que creo malas. No digo que las cosas buenas lo son porque participan
de la divina bondad.
COPLESTON: Sí, pero ¿cuál es su justificación para distinguir entre lo
bueno y lo malo, o cómo se las arregla para distinguir ambas cosas?
RUSSELL: No necesito justificación alguna, como no la necesito cuando
distingo entre el azul y el amarillo. ¿Cuál es mi justificación para
distinguir entre el azul y el amarillo? Veo que son diferentes.
COPLESTON: Estoy de acuerdo en que ésa es una excelente justificación.
Usted distingue el amarillo del azul porque los ve, pero ¿cómo
distingue lo bueno de lo malo?
RUSSELL: Por mis sentimientos.
COPLESTON: Por sus sentimientos. Bien, eso era lo que yo preguntaba.
¿Usted cree que el bien y el mal hacen referencia simplemente al
sentimiento?
RUSSELL: Bien, ¿por qué un tipo de objeto parece amarillo y otro azul?
Puedo darle una respuesta a eso gracias a los físicos, y en cuanto a
que yo considere mala una cosa y otra buena, probablemente la respuesta
es de la misma clase, pero no ha sido estudiada del mismo modo y no se
la puedo dar.
COPLESTON: Bien, tomemos por ejemplo el comportamiento del comandante
de Belsen. A usted le parece malo e indeseable, y a mí también. Para
Adolfo Hitler, me figuro que sería algo bueno y deseable. Supongo que
usted reconocerá que para Hitler era bueno y para usted malo.
RUSSELL: No, no voy a ir tan lejos. Quiero decir que hay gente que
comete errores en eso, como puede cometerlos en otras cosas. Si tiene
ictericia verá las cosas amarillas aun cuando no lo sean. En eso comete
un error.
COPLESTON: Sí, uno puede cometer errores, pero ¿se puede cometer un
error cuando se trata simplemente de una cuestión referida a un
sentimiento o a una emoción? Seguramente Hitler sería el único juez
posible en lo relativo a sus propias emociones.
RUSSELL: Tiene razón al decir eso, pero puede decir también varias
cosas sobre los demás; por ejemplo, que si eso afectaba de tal manera
las emociones de Hitler, entonces Hitler afecta de un modo totalmente
distinto a mis emociones.
COPLESTON: Concedido. Pero ¿no hay criterio objetivo, aparte del
sentimiento, para condenar la conducta del comandante de Belsen, según
usted?
RUSSELL: No más que para una persona daltónica que se encuentra
exactamente en la misma posición. ¿Por qué condenamos intelectualmente
al daltónico? ¿Porque se trata de una minoría?
COPLESTON: Yo diría que es porque le falta algo que normalmente
pertenece a la naturaleza humana.
RUSSELL: Sí, pero si se tratara de una mayoría, no diríamos eso.
COPLESTON: Entonces, usted diría que no hay criterio aparte del
sentimiento que nos permita distinguir entre la conducta del comandante
de Belsen y la conducta, por ejemplo, de Sir Strafford Cripps, o del
Arzobispo de Canterbury.
RUSSELL: Lo del sentimiento es demasiado simple. Hay que tener en
cuenta los efectos de los actos y los sentimientos hacia ésos efectos.
Como verá, puede provocar una discusión, si usted dice que cierta clase
de sucesos le agradan y que otros no le agradan. Entonces, tendría que
tener en cuenta los efectos de las acciones. Puede decir muy bien que
los efectos de las acciones del comandante de Belsen fueron dolorosos y
desagradables.
COPLESTON: Indudablemente lo fueron, de acuerdo, para toda la gente del
campo.
RUSSELL: Sí, pero no sólo para la gente del campo, sino también para
los extraños que los contemplaban.
COPLESTON: Sí, completamente cierto. Pero ése es mi criterio. No
apruebo esos actos, y sé que usted no los aprueba, pero no veo razón
alguna para no aprobarlos, porque, después de todo, para el comandante
de Belsen esos actos era agradables.
RUSSELL: Sí, pero ve que en este caso no necesito más razones que en el
caso de la percepción de los colores. Hay personas que piensan que todo
es amarillo, hay gentes que sufren de ictericia, y yo no estoy de
acuerdo con ellas. No puedo probar que las cosas no son amarillas, no
hay prueba de ello, pero la mayoría de la gente está de acuerdo conmigo
en que el comandante de Belsen
estaba cometiendo errores.
COPLESTON: Bien, ¿acepta alguna obligación moral?
RUSSELL: El responder a eso me obligaría a extenderme mucho. Hablando
en términos prácticos, sí. Hablando teóricamente, tendría que definir
la obligación moral muy cuidadosamente.
COPLESTON: Bien, ¿cree que la palabra «debo» tiene simplemente una
connotación emocional?
RUSSELL: No, no lo creo, porque, como decía hace un momento, uno tiene
que tener en cuenta los efectos, y yo opino que la buena conducta es la
que probablemente produciría el mayor saldo posible en valor intrínseco
de todos los actos posibles de acuerdo con las circunstancias, y hay
que tener en cuenta los efectos probables de una acción al considerar
lo que es bueno.
COPLESTON: Bien, yo traje a colación la obligación moral porque pienso
que uno puede acercarse por ese camino a la cuestión de la existencia
de Dios. La gran mayoría de la raza humana hará, y siempre ha hecho,
alguna distinción entre el bien y el mal. La gran mayoría, a mi
entender, tiene alguna conciencia de una obligación en la esfera moral.
Yo opino que la percepción de valores y la conciencia de una ley y una
obligación morales tienen su mejor aplicación en la hipótesis de una
razón trascendente del valor y de un autor de la ley moral. No entiendo
por «autor de la ley moral» un autor arbitrario de la ley moral. Creo,
en realidad, que esos ateos modernos que han sostenido, a la inversa,
«no hay Dios; por lo tanto, no hay valores absolutos ni ley absoluta»
son completamente lógicos.
RUSSELL: No me gusta la palabra «absoluto». No creo que haya nada
absoluto. La ley moral, por ejemplo, cambia constantemente. En un
período del desarrollo de la raza humana casi todo el mundo pensaba que
el canibalismo era un deber.
COPLESTON: Bien, no veo que las diferencias entre juicios morales
particulares constituyan ningún argumento concluyente contra la
universidad de la ley moral. Supongamos por el momento que hay valores
morales absolutos; incluso manejando esta hipótesis sólo se puede
esperar que diferentes individuos y diferentes grupos posean diversos
grados de percepción de esos valores.
RUSSELL: Me siento inclinado a pensar que «debo», el sentimiento que
uno tiene acerca de «debo», es un eco de lo que nos han dicho nuestros
padres y nuestras ayas.
COPLESTON: Bien, yo me pregunto si se puede acabar con la idea del
«debo» solamente en términos de ayas y de padres. Realmente no sé cómo
puede ser transmitida a nadie en otros términos que los propios. Me
parece que, si hay un orden moral que pesa sobre la conciencia humana,
entonces ese orden moral es ininteligible sin la existencia de Dios.
RUSSELL: Entonces, tiene que elegir una de las dos cosas. O Dios sólo
habla a un pequeño porcentaje de la humanidad -que da la casualidad que
le comprende a usted-, o deliberadamente dice cosas que no son ciertas,
cuando se dirige a la conciencia de los salvajes.
COPLESTON: Bien, yo no estoy sugiriendo que Dios dicte realmente los
preceptos morales a la conciencia. Las ideas humanas del contenido de
la ley moral dependen, desde luego, en gran parte de la educación y del
medio, y un hombre tiene que usar su razón al estimar la validez de las
ideas morales reales de su grupo social. Pero la posibilidad de
criticar el código moral aceptado presupone que hay un patrón objetivo,
que hay un orden moral ideal, que se impone (quiero decir, cuyo
carácter obligatorio puede ser reconocido). Creo que el reconocimiento
de este orden moral ideal es parte del reconocimiento de la
contingencia. Implica la existencia de un fundamento real de Dios.
RUSSELL: Pero el legislador siempre ha sido, a mi parecer, los padres o
alguien semejante. Hay muchos legisladores terrestres, lo que explica
por qué las conciencias de la gente son tan extraordinariamente
distintas en diferentes tiempos y lugares.
COPLESTON: Eso ayuda a explicar las diferencias de percepción de los
valores morales particulares, diferencias que de lo contrario son
inexplicables. Ayudará también a explicar los cambios en materia de ley
moral, en el contenido de los preceptos aceptados por esta o aquella
nación, o este o aquel individuo. Pero su forma, lo que Kant llama el
imperativo categórico, el «debo», yo realmente no sé cómo puede ser
inculcado a nadie por los padres o las ayas, porque no hay términos
posibles, que yo sepa, con que se pueda explicar. No puede definirse
con otros términos que los suyos propios, porque una vez que se le ha
definido en otros términos que ésos, se ha terminado con él. Ya no es
un deber moral. Ya es otra cosa.
RUSSsELL: Bien, yo creo que el sentimiento del deber es la consecuencia
de la imaginaria reprobación de alguien; puede ser la imaginaria
reprobación de Dios, pero es la reprobación imaginaria de alguien. Y
eso es lo que yo entiendo por «deber».
COPLESTON: A mí me parece que todas las cosas externas, las costumbres
y tabús, son las que pueden ser explicadas en base al medio y la
educación, mas todo eso pertenece, a mi entender, a lo que llamo la
materia de la ley, al contenido. La idea de «deber» es tal que no puede
ser inculcada a un hombre por un jefe de tribu ni por nadie, porque no
hay términos para ello. Me parece perfectamente... (Russell
interrumpe).
RUSSELL: Pero no encuentro ninguna razón para decir eso. Todos sabemos
algo sobre reflejos condicionados. Sabemos que un animal, si se le
castiga habitualmente por un determinado acto, a1 cabo de un tiempo
dejará de hacerlo. No creo que el animal deje de hacerlo porque se ha
dicho «mi amo se enfadará si hago esto». Tiene la sensación de que no
debe hacer aquello. Eso es lo que ocurre con nosotros y nada más.
COPLESTON: No veo ninguna razón que nos haga suponer que un animal
tiene conciencia de la obligación moral; y la verdad es que no
consideramos a un animal moralmente responsable por sus actos de
desobediencia. Pero el hombre tiene conciencia de la obligación y de
los valores morales. No creo que se pueda condicionar a los hombres,
como se puede «condicionar» a un animal, ni supongo que usted quisiera
hacerlo realmente, aun cuando se pudiera. Si el conductismo fuera
cierto, no habría distinción moral objetiva entre el emperador Nerón y
San Francisco de Asís. No puedo menos que pensar, Lord Russell, que
usted considera la conducta del comandante de Belsen como moralmente
reprensible, y que usted jamás, bajo la circunstancia que fuese,
actuaría de ese modo, aun cuando pensase, o tuviera razones para
pensar, que posiblemente el saldo de felicidad de la raza humana podría
aumentarse si se tratase a algunas personas de esa manera abominable.
RUSSELL: No. Yo no imitaría la conducta de un perro rabioso. Pero el
que no lo hiciera no incumbe a la cuestión que estamos discutiendo.
COPLESTON: No, pero si usted estuviera dando una explicación utilitaria
del bien y del mal en términos de consecuencias, podría sostenerse, y
yo supongo que algunos de los mejores nazis lo habrán sostenido, que,
aunque es lamentable proceder de este modo, sin embargo, a la larga el
saldo de felicidad es mayor. No creo que usted afirme eso, ¿verdad? Yo
creo que usted dirá que esa acción es mala, en sí, aparte de que
aumente o no la felicidad general. Entonces, si está dispuesto a decir
esto, creo que debe de tener cierto criterio del bien y del mal, al
margen del criterio del sentimiento. Para mí, ese reconocimiento
tendría como último resultado el reconocimiento de Dios, como suprema
razón de los valores existentes.
RUSSELL: Creo que nos estamos confundiendo. No es el sentimiento
directo hacia el acto el que me sirve de juicio, sino más bien el
sentimiento hacia sus efectos. Y no puedo reconocer circunstancia
alguna en la cual ciertas clases de conducta como las que ha estado
poniendo como ejemplo podrían causar un bien. No concibo circunstancias
en las cuales pudieran tener un efecto beneficioso. Creo que las
personas que lo creen se engañan. Pero si hubiera circunstancias en las
que produjesen un efecto beneficioso, entonces podría verme obligado a
decir, aunque de mala gana, «No me gustan esas cosas, pero las
aceptaré», como acepto el Código Penal, aunque el castigo me molesta
profundamente.
COPLESTON: Bien, quizás ha llegado el momento de que yo haga un resumen
de mi postura. He discutido dos cosas. Primero, que la existencia de
Dios puede ser probada filosóficamente, mediante un argumento
metafísico; segundo, que sólo la existencia de Dios da sentido a la
experiencia moral y a la experiencia religiosa del hombre.
Personalmente, opino que su modo de explicar los juicios morales del
hombre lleva inevitablemente a una contradicción entre lo que exige su
teoría y sus juicios espontáneos. Además, su teoría da de lado a la
obligación moral, y eso no es una explicación. Con respecto al
argumento metafísico, aparentemente estamos de acuerdo en que lo que
llamamos mundo consiste sencillamente en seres contingentes. Es decir,
en seres carentes de razón para su propia existencia. Usted dice que la
serie de acontecimientos no necesita explicación: yo digo que, si no
hubiera un ser necesario, un ser que tuviera que existir y no pudiera
dejar de existir, no existiría nada. El carácter infinito de la serie
de seres contingentes, aun probado, no conduciría a nada. Hay algo que
existe; por lo tanto tiene que haber algo que explique este hecho, un
ser que esté al margen de la serie de seres contingentes. Si usted
hubiera admitido esto, podríamos haber discutido si ese ser es
personal, bueno, etc. En el punto sobre el que hemos realmente
discutido, si hay o no un ser necesario, yo estoy de acuerdo con la
gran mayoría de los filósofos clásicos. Usted sostiene, según creo, que
los seres existentes existen sencillamente, y que no hay justificación
para plantear la cuestión de la explicación de su existencia. Pero yo
querría indicar que esta posición no puede fundamentarse mediante el
análisis lógico; expresa una filosofía que necesita pruebas. Creo que
hemos llegado a un callejón sin salida porque nuestras ideas
filosóficas son radicalmente diferentes; me parece que a lo que yo
llamo una parte de la filosofía, usted lo llama el total, al menos en
lo que tiene de racional la filosofía. Me parece, si me perdona que se
lo diga, que además de su sistema lógico, que llama «moderno» por
oposición a la lógica anticuada (un adjetivo tendencioso), defiende una
filosofía que no puede ser verificada mediante el análisis lógico.
Después de todo, el problema de la existencia de Dios es un problema
existencial mientras que el análisis lógico no trata directamente los
problemas de la existencia. Luego, a mi modo de ver, declarar que los
términos que suponen una serie de problemas carecen de sentido, porque
no son necesarios para tratar otra serie de problemas, es establecer
desde un principio la naturaleza y la extensión de la filosofía, y esto
en sí mismo es un acto filosófico que necesita justificación.
RUSSELL: Bien, también yo diré unas cuantas palabras como resumen.
Primero, en cuanto al argumento metafísico: no admito las connotaciones
del término «contingente» o la posibilidad de explicación en el sentido
del padre Copleston. Creo que la palabra «contingente» inevitablemente
sugiere la posibilidad de algo que no tendría lo que llamaría usted el
carácter accidental de existir simplemente, y no creo que esto sea
verdad excepto en el sentido puramente causal. A veces se puede dar una
explicación causal de algo diciendo que es el efecto de otra cosa, pero
esto es sólo referir una cosa a otra y no hay -a mi entender-
explicación alguna en el sentido del padre Copleston, ni tiene sentido
tampoco llamar «contingentes» a las cosas, porque no podrían ser de
otra manera. Esto es lo que yo diría acerca de eso, pero querría decir
unas palabras sobre la acusación del padre Copleston acerca de que
considero la lógica como el total de la filosofía, lo que no es así. No
considero en absoluto la lógica como el total de la filosofía. Creo que
la lógica es una parte esencial de la filosofía y que la lógica tiene
que ser usada en filosofía, y creo que en eso él y yo estamos de
acuerdo. Cuando la lógica que él usa era nueva, a saber, en la época de
Aristóteles, hubo que darle una gran importancia; Aristóteles le dio
pues una gran importancia a la lógica. Ahora se ha hecho vieja y
respetable y no hay que darle tanta importancia. La lógica en que yo
creo es relativamente nueva y, por lo tanto, tengo que imitar a
Aristóteles dándole mucha importancia; pero no es que yo crea que
representa toda la filosofía, no lo creo. Creo que es una parte
importante de la filosofía y, cuando digo eso, que no encuentro un
significado para esta o la otra palabra, se trata de una apreciación
basada en lo que he averiguado sobre esa palabra en particular, al
pensar acerca de ella. No se trata de una postura general que implique
que todas las palabras usadas en metafísica carezcan de sentido, o cosa
semejante, que realmente yo no creo. Con respecto al argumento moral
advierto que cuando uno estudia antropología o historia se da cuenta de
que hay personas que piensan que su deber consiste en realizar actos
que yo considero abominables y, por lo tanto, no puedo atribuir origen
divino a la materia de la obligación moral, cosa que el padre Copleston
no me pide; pero creo que incluso la forma que toma la obligación
moral, cuando se trata de ordenarle a uno que se coma a su padre, por
ejemplo, no me parece una cosa muy noble y bella; y, por lo tanto, no
puedo atribuir origen divino a la obligación moral en este sentido que
creo que puede explicarse fácilmente de otras muchas maneras.
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