El espejismo
de Dawkins
JAVIER MONSERRAT
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Ha salido publicada ya en español (comienzos de
2007), un año después de su aparición en inglés (The God Delusion,
2006), la última versión de la crítica a la religión de Richard
Dawkins, con el título El espejismo de Dios. Dawkins argumenta que la
probabilidad del ateísmo es casi absoluta desde la objetividad y la
evidencia científica. El teísmo, en cambio, apenas tiene probabilidad
de ser cierto. La ingenuidad de Dawkins es considerable al fundarse en
sus propios análisis para convertirse en tribunal de apelación y
sentenciar dogmáticamente a favor del ateísmo. Parece proceder al
margen de las reflexiones más elementales de la moderna epistemología
de la ciencia. Sus actitudes llevan a un tipo de sociedad donde unos a
otros no se respetan, sino que se desprecian.
El biólogo Richard Dawkins, en su obra El
espejismo de Dios, funda su crítica de lo religioso en la consideración
de que el darwinismo elimina toda racionalidad de la creencia en Dios.
Otro gran biólogo contemporáneo, Michael Ruse, considera que darwinismo y
cristianismo son compatibles.
En su libro “¿Puede un
darwinista ser cristiano?” (donde responde afirmativamente) Ruse nos
ofrece la siguiente caracterización del radicalismo de Dawkins (del que
disiente por completo): “Es un hombre que se toma en serio su ateísmo,
tanto que, en contraste, el gran filósofo escocés del siglo XVIII,
David Hume (que fuera descrito memorablemente como “el mayor regalo de
Dios a los infieles”), parece moderado”.
Richard Dawkins es titular de la Cátedra
Charles Simonyi para el “Conocimiento Público de la Ciencia”, en la
universidad de Oxford. Estudia zoología en el mismo Oxford y, tras
acceder a la vida académica, comienza pronto a destacar en el marco de
la biología evolutiva.
Su aportación fundamental ha consistido en
contribuir a interpretar teóricamente el papel de los genes en la
selección evolutiva, procediendo a una lectura, digamos, “genética” del
darwinismo tradicional. Estas ideas pueden seguirse a través de dos
libros de referencia: The Selfish Gene (1976) y The Extended Phenotype
(1982).
Para Dawkins, el mecanismo genético-evolutivo es
interactivo con el medio, ya que el mismo medio son “genes”. Entre
otras cosas introdujo por primera vez el concepto de “meme” y, por
tanto, lo que hoy se entiende por “memética” (ver el artículo en Tendencias21: “La
religión no puede reducirse a una réplica memética”, a propósito de
Breaking The Spell de Daniel Dennett).
Aparte de sus contribuciones a la biología
teórica, Dawkins ha alcanzado sobre todo notoriedad por su trabajo como
divulgador científico del darwinismo y, todavía más, como crítico de la
religión.
Aunque su crítica a lo religioso está
omnipresente, podemos destacar obras divulgativas como El relojero
ciego, Escalando el monte improbable, Destejiendo el arco iris y El
capellán del Diablo. Aquí no pretendemos analizar y valorar su obra
científica. Sólo nos referimos a su crítica de la religión, y
limitándonos además a The God Delusión (por otra parte la
última obra y la más complexiva).
Además, vamos a centrarnos principalmente en los
argumentos científicos, aunque sin ignorar otro tipo de valoraciones de
carácter humanístico, sociológico o existencial. Dawkins pretende hacer
“ciencia”, pero sólo hace en realidad “filosofía” mezclada con todo un
muestrario de valoraciones sociales subjetivas y un anecdotario
pintoresco.
¿Desde dónde valorar a Dawkins?
Pensamos que estas observaciones son importantes:
1) El cristianismo tiene una larga historia. La
forma, pues, de argumentar la racionalidad (sentido o significación)
del comportamiento religioso ha variado también en la historia. Por
ejemplo: en el tomismo (las célebres “cinco vías”). Además, han
aparecido diferentes formas de pensar: así, no es lo mismo el mundo
católico que la teología evangélica (que llevaría a la versión moderna
de Karl Barth, por ejemplo). Podemos hablar, por tanto, de un
“cristianismo antiguo” cuyos razonamientos, es verdad, mantienen
todavía hoy grupos conservadores.
Pero, junto a éste, hay hoy un “cristianismo
crítico” que está formado por pensadores católicos, evangélicos,
anglicanos, etc., que tratan de replantearse con seriedad el sentido de
las creencias religiosas desde la imagen del universo, de la vida y del
hombre en la ciencia. Pues bien, Dawkins sólo se refiere a ese
“cristianismo antiguo”, e incluso presenta una caricatura de sus
enfoques.
En otras palabras, ignora completamente (no
expone, no pondera, no discute) los argumentos de ese “cristianismo
crítico” al que debería referirse si realmente intenta discutir la
religiosidad desde la actualidad. Aunque cita algunos autores de ese
“cristianismo crítico”, de forma más bien “retórica” (quizá para que no
se diga que no se citan), la impresión que produce es que ignora casi
enteramente su mundo de argumentos y reflexiones.
Pongamos un ejemplo. Si nos planteamos hoy la
pregunta ¿es la filosofía marxista defendible ante los resultados de la
ciencia en la actualidad?, no es lo apropiado ir a los argumentos
construidos en tiempos de Marx –Engels (mitad del XIX) y confrontarlos
con la ciencia actual. Lo correcto es ir a los autores marxistas
actuales que han reformulado el marxismo a la luz de la ciencia moderna
y discutir esa interpretación. Valorar la racionalidad de la religión
hoy exige discutir con los autores “en punta” de la actualidad; no
basta discutir con una caricatura simplificada del pasado que nosotros
mismos (aquí Dawkins) creamos.
2) Para los autores de ese cristianismo crítico
es hoy común admitir que el universo es, en último término, un enigma
que no ha sido descifrado todavía de forma final y segura. No se niega
que una respuesta pueda ser el ateísmo. Se respetan sus argumentos, su
honestidad personal y, obviamente, su derecho a exponer sus opiniones e
intentar convencer a otros en el marco del diálogo abierto en una
sociedad libre. El ateísmo es una opción libre racionalmente posible;
esto no se discute.
Pero el cristianismo crítico piensa que ese
universo enigmático podría también entenderse por referencia a la
hipótesis de una Divinidad, fundamento del ser y creadora. Y para ello
presenta sus argumentos, consciente de que son “filosofía” y de que
deben ser entendidos en el marco de restricciones de la epistemología
moderna, popperiana y pospopperiana. Lo que el cristianismo crítico
pide al ateísmo es tan simple como esto: que el ateísmo respete la
valoración racional libre del teísmo (ante un universo enigmático) de
la misma manera que el teísmo respeta racional y moralmente al ateísmo
(y por ende al agnosticismo).
Cristianismo crítico, evolución, darwinismo
3) El cristianismo crítico admite hoy, sin
ninguna reserva, que la evolución del universo, de la vida y del
hombre, es resultado de un proceso unitario en el que unos estados
surgen de los anteriores. La explicación de este “proceso unitario y
continuo” es diversa, pero confluyente: la ontología inicial de la
materia (cabe observar que Dawkins ignora completamente las discusiones
actuales en torno a las causas físicas de la sensibilidad-conciencia,
así como propuestas como la hipótesis Hameroff-Penrose, autores que no
son ni siquiera mencionados), el darwinismo (clásico, bioquímico
moderno o genético: o sea, en cualquiera de sus versiones, siempre que
éstas sean conceptualmente conciliables entre sí), los principios de
autoorganización de la materia y de los organismos en la línea de
Stuart Kauffman (al que, por cierto, Dawkins tampoco menciona), etc.
Por tanto: las ideas de autores como Demski o
Behe que han contribuido a promocionar la defensa de un “intelligent
design” (con especial eco en el fundamentalismo y creacionismo
americano) no tienen nada que ver con el cristianismo crítico. Este ha
evitado todo lo que pueda ser referencia a un “Dios-tapa-agujeros” (que
tiene que intervenir en el proceso evolutivo para conseguir, por
ejemplo, que el sistema inmunológico o el ojo humano lleguen a
funcionar).
4) Esto quiere decir que para el cristianismo
crítico se tiene una idea muy clara de la autonomía del proceso
cósmico: o sea, que éste se explica por sí mismo. Esto no quiere decir
que el teísmo no argumente que puede descubrirse una racionalidad
cósmica, un diseño cósmico global que conduce al hombre. Es la
racionalidad del diseño de un cosmos autónomo en que el proceso conduce
a la libertad humana. La idea del principio antrópico cristiano de
Ellis (anticipada por otros autores) es la lectura e interpretación
teísta de cómo un cosmos autónomo se relaciona con un Dios oculto y la
libertad humana.
En esta misma línea, otro autor, Philip Hefner,
ha conciliado la autonomía del cosmos con el diseño creador de Dios
hablando del hombre como “co-creador creado”. En este sentido el cosmos
sería también “co-creador de sí mismo” (autónomo). Estos autores son
ignorados por Dawkins y sus ideas desconocidas. Sus enfoques, sin
embargo, a nuestro entender, deberían haber sido discutidos (no sólo
las ideas medievales de Dios), si se hubiera abordado una discusión
seria de la religión desde la racionalidad moderna.
Los argumentos de Dawkins: el darwinismo
El capítulo tercero de The God Delusion trata de
exponer los argumentos a favor de la existencia de Dios. En primer
lugar se refiere a las pruebas de Santo Tomás (las cinco vías), después
al argumento de San Anselmo, al argumento de la belleza, de la
experiencia de Dios (a lo que se refiere Dawkins es a quienes pretenden
haber tenido “visiones” o “apariciones” de Dios), al argumento de las
escrituras (Dios existe porque se puede deducir de las Escrituras,
sic), y a algunas otras cuestiones.
Todo es una síntesis simple y caricaturesca del
“cristianismo antiguo”, sin ninguna referencia seria a lo que antes
hemos llamado “cristianismo crítico”. La verdad es que sería una
pérdida de tiempo, a nuestro entender, presentar y discutir esta
caricatura de Dawkins. Es mejor que veamos directamente sus argumentos
positivos sobre la no existencia de Dios.
El capítulo cuarto se titula: “Por qué es casi
seguro que no hay Dios”. El primer argumento parte de la biología
(especialidad de Dawkins). Es claro que el supuesto de Dawkins es éste:
los teístas consideran que su “gran argumento” a favor de Dios es la
complejidad del mundo biológico. Esta complejidad no se puede explicar
sin un diseñador creador. El símil que usa es el Boeing 747: su enorme
complejidad hace imposible explicarlo al azar y de ahí que el teísta
postule un diseñador constructor.
Frente a esto, Dawkins expone cómo el darwinismo
ha propuesto una teoría que explica perfectamente cómo ha podido surgir
la complejidad: un gran número de eventos, pequeños cambios, o
mutaciones genéticas, avance y nuevos pequeños pasos. El monte de la
complejidad se sube poco a poco, de una forma progresiva y plausible.
Por tanto, si la complejidad se explica por el darwinismo, entonces no
es necesario recurrir a Dios. Dios no existe, es una hipótesis
explicativa innecesaria. El mundo biológico está ahí y se explica por
sí mismo.
Este argumento se lee con perplejidad por el
teísmo crítico moderno, ya que éste asume enteramente el darwinismo y
la autonomía funcional del proceso evolutivo (recordemos el mencionado
libro de Michael Ruse). Dawkins, en cambio, ignorándolo, sólo parece
pensar en lo que le interesa: crear un enemigo ficticio (el
“Dios-tapa-agujeros”, el cristianismo antiguo, el creacionismo
fundamentalista, quizá Behe y Demski) y dedicarse a combatirlo. La
perplejidad surge de la seguridad, aplomo y triunfalismo con que
Dawkins es capaz de exponer esta argumentación tan ignorante del
cristianismo crítico actual.
Darwinismo cosmológico
Dawkins advierte, evidentemente, que para
“demostrar” que no hay Dios no basta con la biología (Dawkins conoce
los argumentos de los defensores del “principio antrópico”). Hay que
fundar la biología en el universo, cuya evolución y propiedades deben
explicarse también de forma natural sin Dios. Para ello, amplía su
pensamiento hacia un, digamos, darwinismo cosmológico.
De la misma manera que hay multitud de eventos
biológicos, también hay multitud de planetas e infinitos universos: por
azar estamos dentro del planeta y del universo que nos ha hecho
posibles. Así, Dawkins se refiere a billones de planetas dentro de
nuestro universo y a “infinitos” multiuniversos, apoyándose en las
ideas de Martin Rees y el modelo darwiniano de multiuniversos de Lee
Smolin. No menciona, sin embargo, en todo el libro, la teoría de
cuerdas que le podría haber ayudado en su intento de hacer verosímiles
los multiuniversos.
La consecuencia es evidente para Dawkins:
también el darwinismo cosmológico hace innecesaria la hipótesis de
Dios, por tanto no hay Dios. Sin embargo, Dawkins pasa por alto el
hecho decisivo de que la teoría de multiuniversos, y la misma teoría de
cuerdas, son una pura especulación teórica, sin ninguna evidencia
empírica o experimental a su favor.
La idea del universo fundada en los hechos
empíricos es lo que se conoce hoy como “modelo cosmológico estándar”
(MCE) que describe un universo nacido en un big bang singular que
probablemente acabará muriendo térmicamente en un lejano futuro de
expansión indefinida (el MCE es admitido por la casi totalidad de los
científicos, pero es discutido por minorías que siguen el universo
estacionario de Hoyle, los quasars de Arp, o el universo de plasma).
Además, autores relevantes del teísmo crítico
cristiano, como George Ellis y William Stoeger, defienden la teoría de
los multiuniversos (lo mismo que otros muchos defienden la teoría de
cuerdas). Para ellos, que Dios hubiera querido crear a través de los
multiuniversos formaría parte del diseño creador de un cosmos
“co-creador” de sí mismo, de un proceso autónomo orientado al
ocultamiento de Dios y a la libertad. Todo esto también lo ignora
Richard Dawkins.
Ateísmo y teísmo
Insistimos en que el teísmo crítico considera que
el ateísmo no sólo es viable, sino también honesto. Aún a pesar del
desequilibrio del MCE, podría pensarse que los multiuniversos y la
teoría de cuerdas abren horizontes teóricos para hipotetizar un
universo eterno y autosuficiente que ha producido la vida por
mecanismos internos (darwinismo). Este ateísmo es hipotético,
filosófico, e incluso metafísico. Pero es legítimo y honesto, como
vemos en la sociedad.
Lo que pasa es que el mismo universo es muy
complicado y otros pueden construir una hipótesis alternativa: la
hipótesis teísta, cuya viabilidad está también socialmente fuera de
dudas. Para éstos, el universo del MCE es a todas luces de difícil
autosuficiencia para una consideración filosófica o metafísica. Por
otra parte, el proceso evolutivo autónomo del universo (que podría
incluir los multiuniversos) presenta todo él en su conjunto una razón
de diseño (no nos referimos al “Dios-tapa-agujeros” de Dawkins) que
haría verosímil la hipótesis de que todo se explicara desde el
fundamento de un ser divino creador y diseñador de la libertad humana.
En un universo enigmático metafísicamente
(recordemos los principios críticos, no dogmáticos e hipotéticos, de la
moderna epistemología de la ciencia) son viables ambas hipótesis,
ateísmo y teísmo, como la sociología muestra. Situarse en una u otro es
resultado de la capacidad de valoración racional, libre y honesta, de
cada ser humano.
Probabilidades y tribunal de apelación
Richard Dawkins se esfuerza también en analizar
la probabilidad de ambas hipótesis, la ateísta y la teísta. Argumenta
que la probabilidad del ateísmo es casi absoluta. Por eso titula el
capítulo cuarto, como decíamos, “Por qué es casi seguro que no hay
Dios”. Intenta mostrar que su interpretación teísta es la más probable
si nos atenemos a la objetividad y evidencia científica, casi con una
probabilidad absoluta. El teísmo, en cambio, apenas tiene probabilidad
de ser cierto.
Intenta, pues, mostrar que la “objetividad
científica”, la “ciencia”, siempre están de parte del ateísmo. Pero, en
realidad, ateísmo y teísmo no son ciencia, sino filosofía (aunque, por
descontado, fundada en reflexiones basadas en la ciencia). Sin embargo,
Dawkins no se da cuenta de que las valoraciones de “objetividad” y
“probabilidad” son “suyas” (o de los ateos en general). Es lógico que
el ateo piense que es mucho más probable el ateísmo y lo vea
“clarísimo”; por eso es ateo. Sin embargo, el teísta hace una
valoración personal, honesta y libre, distinta, pensando que es más
verosímil el teísmo y por esto se inclina hacia él. Y, por su parte,
también lo ve “clarísimo”.
¿Existe algo así como un “tribunal de apelación”
que sentenciara quién es más objetivo y probable? Pues la verdad es que
no lo conocemos. La ingenuidad de Dawkins es considerable al fundarse
en sus propios análisis para convertirse en tribunal de apelación y
sentenciar dogmáticamente a favor del ateísmo. Parece proceder al
margen de las reflexiones más elementales de la moderna epistemología
de la ciencia.
Sociología de ateísmo y teísmo
Dawkins se hace eco del argumento teísta de que
grandes científicos han sido creyentes. Obviamente trata de argumentar
lo contrario. Sin matices, por ejemplo, argumenta que Einstein era
ateo, en contra de la matizada ponderación de su religiosidad, tal como
hacen normalmente los grandes estudiosos del tema. Se refiere a la
encuesta entre científicos de la Academia Nacional de Ciencias en la
que sólo el 7% se declaran creyentes.
Los más inteligentes son, pues, ateos. A otra
encuesta más amplia entre científicos, también de Nature, en la que el
40% eran creyentes, el 40% no creyentes y el resto abstención, se
refiere con desprecio porque, claro está, se trata ya de científicos
más tontos.
Encabeza su análisis con una cita de Bertrand
Russell: “La inmensa mayoría de los hombres eminentes
intelelectualmente no creen en la religión cristiana, pero ocultan este
hecho en público, quizá porque temen perder sus ingresos” (sic). En
este marco programático se refiere ya en concreto a su amigo Martin
Reed para contar conversaciones “privadas” (suponemos que con su
autorización) en que éste le decía que iba a los servicios religiosos
sólo por ser algo tradicional. De Freeman Dyson nos dice también que en
el fondo es ateo, pero que para recibir el dinero del premio Templeton
ha representado un papel acomodaticio (o sea, que se ha dejado comprar
indignamente, sic).
A la misma Templeton Foundation (que tiene todo
el derecho a dedicar su capital a los fines que libremente considere)
la acusa repetidamente de comprar voluntades deshonestamente,
construyendo así un montaje que constituye un verdadero fraude social.
No digamos ya del resto del género humano no científico: humanistas,
historiadores, economistas, políticos, todo tipo de profesionales,
muchos de gran prestigio, y al resto de la humanidad, en su inmensa
mayoría religiosa. Todos son, individuos e instituciones, indignos
hasta dejarse comprar, infantiles intelectualmente, ignorantes,
dominados por comportamientos meméticos y dignos de desprecio. Pero, en
el fondo, les concede algo “positivo”: que todos están deseando ser
“ateos” y demostrarlo socialmente.
La religión suma de todos los males, sin
mezcla de bien alguno
La crítica clásica de la religión, después de la
crítica científica y filosófica, entraba siempre en explicar por qué
los hombres, sin tener razones, se han empeñado en ser religiosos: Son
las llamadas “teorías de la alienación”. También Dawkins entra en estas
cuestiones humanísticas, éticas, sociales…, a partir del capítulo
quinto del libro. La religión es origen de todos los males: guerras,
odios, enjuiciamientos, injusticias, abusos de todo tipo, eliminación
de la libertad, pederastia, ignorancia, superstición, etc.
Pero él mismo se pone una objeción: ¿y Hitler y
Stalin? No eran religiosos y, sin embargo, hicieron mucho mal. ¿Cómo es
posible? La solución que Dawkins propone es que el mal no lo hicieron
como “ateos”, sino como “hombres”. Y esto hace que nos preguntemos
obviamente: en muchos de los problemas producidos por la religión en el
pasado y en el presente, ¿no estará también jugando un papel la
condición humana, así como el contexto global de los individuos, de las
culturas y de la historia?
Es verdaderamente muy difícil afrontar una
valoración del pensamiento de Richard Dawkins sin entrar
lamentablemente en la polémica. Pero es el mismo Dawkins el que ofrece
a la consideración pública unas ideas que son polémicas por sí mismas,
tanto por su contenido como por su forma.
Son polémicas por su radicalismo (llevadas al
extremo, sin matices), por ser indiscriminadas (no distingue formas,
sobre todo modernas, de religiosidad, sino que para él lo religioso es
siempre un mismo comportamiento unívoco, arcaico, caricaturesco y
peyorativo, sin matices), por su carácter ofensivo (a personas e
instituciones muy concretas), por su desprecio generalizado de los
seres humanos (que son en su mayor parte religiosos), por su dogmatismo
(ignorando los principios críticos de la epistemología moderna), por su
imprecisión argumentativa (donde se mezcla lo científico con lo
filosófico, no se conocen los datos del problema y se procede sin
matices valorativos y epistemológicos), por su intolerancia (ya que sus
actitudes llevan a un tipo de sociedad no tolerante donde unos a otros
no se respetan, sino que se desprecian).
¿No nos hemos pasado un poco? La verdad es que
el análisis objetivo del contenido y forma de los desarrollos de
Dawkins nos lleva a considerar que, sorprendente y lamentablemente, es
así. Se trata (no podría ser de otra forma) de nuestra valoración
subjetiva; otros harán quizá otra valoración que respetamos.
Sumariamente hemos expuesto aquí los argumentos que nos apoyan.
Demasiado agresivo
El mismo Dawkins parece advertir que quizá es
demasiado agresivo y nos cuenta ingenuamente lo que le dicen sus
compañeros de Oxford. Es fácil imaginar a sesudos profesores que le
dicen: “Pero Richard, no te ocupes tanto de la religión, déjala en
paz…”. Es verdad que la religión ha tratado al ateísmo con radicalismo
(y, todavía más, con la “hoguera”). Quizá hoy siga habiendo radicalismo
(aunque no en el teísmo crítico que respeta al ateísmo, tal como
explicábamos).
Pero en el caso de Dawkins creo que se ha pasado
la frontera de la sensatez y prudencia que cabría esperar de un
profesor de Oxford: acusar de fraude o deshonestidad a personas e
instituciones es algo grave. Despreciar a millones y millones de
creyentes que viven honestamente su religiosidad, muchos de ellos desde
un perfecto conocimiento de la ciencia y de la cultura, es una
insensatez e indignidad humanística considerable. Podría haber expuesto
el ateísmo de una forma más digna y competente, como otros muchos hacen.
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