¿Es el hombre un computador?
JAVIER MONSERRAT
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Disputa científica entre el paradigma computacional y el de redes neurales.
¿Es el hombre un computador? La verdad es que, hoy por hoy, con los
resultados de la ciencia en la mano, es muy difícil atreverse a
responder que sí. Sin embargo, también es verdad que la computación,
bien se trate de modelos seriales o conexionistas, puede ayudar a
entender muchos aspectos funcionales de la mente humana. En cualquier
caso, la actual tendencia de las ciencias humanas a reducir al hombre a
un computador tiene incuestionables consecuencias, ya que una idea
“robótica” del hombre sería difícilmente compatible tanto con el
humanismo que da sentido al orden social, como con la idea religiosa de
que el hombre es un ser constructor personal responsable de su
comportamiento.
La pregunta por la mente humana ha sido la cuestión decisiva para
conocer qué es el hombre. La respuesta en la ciencia actual se apoya en
tres pilares principales. Por una parte las evidencias fenomenológicas:
la experiencia inmediata, personal y social, de cómo funciona nuestra
mente. En segundo lugar la neurología, fundada en las evidencias
empíricas de cómo está hecho el hombre biológicamente. En tercer lugar
las formalizaciones que ofrecen modelos especulativos de cómo pudiera
funcionar la mente humana.
La participación del profesor Antonio Crespo en el Seminario de la
Cátedra CTR, el 15 de febrero de 2007, sobre neurología y computación
(ver documento marco
titulado: “Modelos psicológicos-computacionales de la actividad de la
mente: Ordenadores y neuronas en la explicación de la mente”) nos brinda
la ocasión de plantearnos y discutir las teorías computacionales de la
mente.
¿Cómo debería organizarse una sociedad que llegara al “estado
robótico” de “conocer” que el hombre es un “robot”? Un ejemplo de
perplejidad ante las teorías computacionales del hombre lo tenemos en el
conocido científico Roger Penrose. En “La nueva mente del emperador”
nos cuenta cómo la lectura de psicólogos computacionalistas le produjo
un inmediato rechazo intuitivo, al mismo tiempo que suscitaba la
persuasión intelectual de que ni la física ni la matemática permitían
considerar que la mente humana funcionara computacionalmente.
Pero, ¿es el hombre un computador? La verdad es que, hoy por hoy,
con los resultados de la ciencia en la mano, es muy difícil atreverse a
responder que sí. Sin embargo, también es verdad que la computación,
bien se trate de modelos seriales o conexionistas, puede ayudar a
entender muchos aspectos funcionales de la mente humana. Parece
admisible la metáfora débil del ordenador, pero no la metáfora fuerte
(que el hombre sea un ordenador). En todo caso parece que debemos
comenzar esta reflexión por el concepto de “mente humana”.
Hombre, mente, psiquismo
Nuestra propia autoexperiencia fenomenológica, consensuada
socialmente, nos dice que tenemos unas facultades sensitivo-perceptivas
que nos permiten conocer y pensar, hasta llegar a imaginar
constructivamente incluso las ciencias formales más complejas, poniendo
en juego para ello toda nuestra realidad humana en sus aspectos
emocionales e intencionales encaminados a la supervivencia.
Pues bien, podemos definir aquí la mente humana como la totalidad
de funciones y productos posibilitados por el conjunto de factores
físicos, biológico-neurológicos y psíquicos que constituyen nuestra
realidad humana. Parece, pues, a nuestro entender, que la forma más
obvia de definir la “mente” es verla como la misma realidad
psicobiofísica del hombre en el pleno ejercicio multiforme de sus
facultades.
Sabemos, claro está, que la definición que proponemos sería
discutible quizá por los defensores del computacionalismo (la mente como
puro sistema manipulador de símbolos). Además, la misma historia nos
permitiría hacer una revisión de variadas propuestas para una definición
de mente en filosofía o psicología.
El conductismo, por ejemplo, nos ofrecería un enfoque original no sólo
para hablar de “mente”, sino de las funciones cognitivas en general.
Funcionalismo de la mente
La mente, pues, tiene una primera dimensión “funcional” que nos es
accesible por nuestra propia autoexperiencia psíquica, personal y
social. Muchas de las maneras de estudiar y explicar la mente se han
caracterizado por este enfoque “funcionalista”%C3%ADa%29.
Se estudia cómo funciona la mente a partir de nuestra propia
experiencia subjetiva, el diálogo intersubjetivo y la experiencia social
objetiva de las funciones y productos de la mente (la ciencia, por
ejemplo, es un producto de la mente que nos manifiesta cómo funciona).
Este enfoque puede desarrollarse al margen de cuál sea la “ontología”
real que funda, produce y modula estas funciones.
El enfoque puramente funcionalista es muy antiguo. Ya Aristóteles
construyó en su Lógica un primer estudio de cómo funcionaba la mente
humana; de acuerdo con sus pautas se la siguió estudiando a lo largo de
toda la historia de la escolástica y se actualizó en la lógica formal o
matemática, principalmente del siglo XIX.
La matemática en general, pero sobre todo la más básica y
primitiva (aritmética y geometría), describen también en parte cómo
funciona la mente en el conocimiento del espacio y el tiempo. Además,
otras ciencias como la lingüística han estudiado también cómo funciona
la mente al producir lenguaje (pensemos, por ejemplo en la gramática
universal de Chomsky).
Los psicólogos han pretendido, y siguen pretendiéndolo hoy, que el
estudio de las funciones de la mente puede hacerse al margen del
conocimiento de las causas reales (ontológicas) que las producen. Puesto
que estas causas son psicobiofísicas, diríamos, para entendernos, que
se sitúan al margen de las “neuronas”.
Ontología de la mente
Sin embargo, aunque un enfoque funcionalista es legítimo (durante
muchos siglos fue el único posible), nadie puede poner seriamente en
duda que la mente está hecha de “algo”: esto quiere decir que tiene una
“ontología real” (un modo de ser real) de propiedades muy precisas como
para hacer posible sus funciones.
La ciencia tiene la expectativa de que esta ontología sea la
unidad psicobiofísica; el dualismo, en cambio, creería que las funciones
son producto de una entidad distinta, irreductible a lo psicobiofísico.
Pero en todo caso siempre es necesario postular una ontología, aunque
sea para decir que la desconocemos.
Pero la cuestión de fondo es que nuestro conocimiento de las
funciones de la mente está necesariamente en función del conocimiento de
su ontología. Hubo un tiempo en que sólo podíamos acceder a la mente
por el funcionalismo. Pero a medida que tenemos más y más conocimientos
sobre su ontología debemos también replantear y matizar nuestro
conocimiento de la mente.
La verdad es que hoy la ciencia ha producido mucho conocimiento
sobre la ontología de nuestra mente –una ontología de neuronas–, sin que
ello sea óbice a reconocer que sea todavía mucho mayor el conocimiento
que nos queda por conseguir.
Neurología de la mente
La ciencia nos dice hoy que la mente tiene una ontología neuronal: con más precisión una ontología psicobiofísica.
¿Hay alternativa a este supuesto? La única sería el dualismo, pero se
trata de un supuesto cada vez más innecesario a medida que avanza el
supuesto psicobiofísico por el que apuesta la ciencia moderna. Pero,
¿qué nos dice la neurología sobre la forma real en que está construida
nuestra mente?
Nos dice que los animales han desarrollado un sistema de sentidos
que les permiten advertir el medio interno y externo. Las ramificaciones
del sistema nervioso (por ejemplo la retina) llevan al cerebro una
estimulación que activa un cierto sistema de neuronas (engrama, red,
pauta o patrón neuronal) que en interacción producen lo que llamamos una
sensación (que la teoría de la mente llama un quale, qualia en plural).
En paralelo a la formación de sistemas sensitivos apareció
evolutivamente un sistema de reacciones al medio con beneficio
adaptativo. Poco a poco las sensaciones dieron lugar a su transformación
en sistemas perceptivos y a la aparición de un sujeto psíquico animal
que “percibe”, adaptando su conducta al medio. La integración coordinada
del sistema sujeto-sensación-percepción es lo que llamamos
“conciencia”.
Pero ¿cómo y por qué la actividad de las neuronas produce la
“sensación”, esos extraños efectos cualitativos sobre el sujeto que
llamamos qualia, y que analógicamente suponemos también en el mundo
animal? La verdad es que todavía no podemos responder con seguridad.
Pero la suposición general de la ciencia consiste en que la vida
psíquica surge de esa correlación causal entre neuronas y actividad
psíquica.
Dinámica evolutiva
El cerebro humano es resultado de esta misma dinámica evolutiva.
El cerebro sensitivo alberga en módulos independientes las sensaciones,
conectadas con las respuestas motoras primitivas. El crecimiento del
córtex dio lugar al nuevo cerebro de conexión donde las sensaciones son
analizadas y combinadas entre sí, produciéndose la aparición de la
memoria y de la representación.
En las áreas temporales se construyeron los primeros engramas o
patrones neurales que leen las sensaciones (surgiendo representaciones
registrables por la memoria). Al expansionarse las zonas temporales
hacia las nuevas zonas prefrontales y frontales del córtex en
crecimiento, el sujeto conoce, imagina, piensa y es capaz de
registrar-recuperar por la memoria sus propios sistemas de pensamiento.
Estamos ya en el orto evolutivo o nacimiento de la razón (que aquí no
analizamos en más detalle).
En todo caso, evolutivamente, el sistema nervioso es una forma de
regulación adaptativa: las estimulaciones “aferentes” (que llegan al
cerebro) activan engramas que producen efectos “eferentes” (que salen
del sistema nervioso) produciendo adaptación óptima al medio. La mayor
parte de estos sistemas son inconscientes: no producen directamente
sensación o qualia. Sólo ciertos estados de activación engramática en
sistema (de interacción de diferentes módulos neurales) constituye lo
que Edelman llama el “núcleo dinámico” que permite la conciencia global y la conducta controlada por el sujeto.
Sólo la punta del iceberg produce, pues, “conciencia” o qualia. La
base del iceberg son procesos de interacción engramática inconscientes;
esto es, que no se proyectan sobre el sujeto psíquico. Pero lo
consciente e inconsciente están coordinados (diseñados evolutivamente)
para producir una supervivencia por la conciencia.
Cuando hablamos, el sujeto controla la emisión de lenguaje; pero
una enorme cantidad de interacciones engramáticas inconscientes soportan
nuestro lenguaje. Lo mismo pasa con la motricidad: la controla el
sujeto, pero en coordinación con complejos mecanismos inconscientes.
Ordenación, lógica y topología de las redes neurales
La teoría de la mente a que hoy conducen las evidencias
neurológicas (que son lo principal porque nos hablan de la ontología
real de la mente) nos dice que la mente se ha construido por procesos
evolutivos de complejización creciente de redes neurales que producen
activaciones inconscientes o conscientes.
Pero tanto la neurología y como nuestra propia experiencia
fenomenológica nos permiten afirmar que esas redes de engramas están
“ordenadas” según una cierta “lógica” por medio de una cierta
“topología” (o sea, una cierta ordenación en el espacio o tejido neural
tridimensional).
Las claves de la topología de esta ordenación lógica real del
tejido neural (ontológica) nos son hoy todavía desconocidas. Su
descubrimiento sería probablemente tan importante como el de la
ordenación del ADN por Watson y Crick; al menos, sería probablemente
mucho más compleja.
Cuando registramos en nuestra memoria, por ejemplo, las imágenes
visuales, se hace mediante una cierta lógica neural. Así, cuando
recuerdo una imagen de un pasado viaje a Japón, van afluyendo a mi mente
en cadena un sinnúmero de imágenes que parecían olvidadas.
La lectura cognitiva de las imágenes está también archivada en
“carpetas”: así, por ejemplo, cuando se deteriora en su totalidad la
capacidad de reconocer animales (ver un león y no saber qué es); es lo
que se ve en la anomalía llamada agnosia visual.
Cuando aprendemos una asignatura, creamos en las zonas frontales
una red ordenada de engramas; después del aprendizaje, al llegar el
examen, si la red está bien construida, iremos pasando de una idea a
otra a medida que se activen o desactiven esos mismos engramas que
producirán estados psíquicos o qualia.
Todo parece indicar, por tanto, que estas redes de interactivación
de engramas (en niveles inconscientes o conscientes), dentro de los
diversos módulos neurales y por interconexión entre estos, tiene en
parte un carácter “serial”. Es decir, son operaciones que siguen un
cierto orden secuencial: primero una cosa y después otra (son
operaciones que llamamos “algorítmicas”).
Pero, por otra parte, también parece que en el cerebro estas
activaciones interneurales suceden en paralelo: simultáneamente en
muchas direcciones y sentidos dentro del tejido y orden neural. Por
ello, como después diremos, es posible usar el ordenador como “metáfora
débil” que ayude a conocer la mente.
Formalización y máquinas
El hecho es que la mente humana ha sido capaz de crear
imaginativamente una gran cantidad de sistemas formales. Por ejemplo en
la matemática. El cálculo infinitesimal o de integrales; o el operador
laplaciano; o el teorema de Fourier. O ha sido capaz de concebir
complejos sistemas axiomáticos. Es claro que todos estos sistemas son
producto de la mente. Pero cuando la misma mente quiere operar
sometiéndose a las reglas de esos sistemas creados por ella misma no lo
tiene fácil: por ejemplo, al resolver una ecuación diferencial o al
hacer a mano el análisis Fourier de una función.
Suele distinguirse entre la mente natural y los productos formales
de la mente; estos últimos con sus reglas de operación, que pueden ser
tan variadas como sean los sistemas formales. Lo formal no tiene
“ontología”, sólo existe en la mente humana (el platonismo es una opción
minoritaria).
La mente natural opera “naturalmente” con unas funciones adecuadas
a su ontología. Pero es también capaz, sin embargo, de someterse a las
reglas de los sistemas formales creados por ella y operar dentro de sus
constricciones artificiales. Esto no significa que la lógica funcional
de la mente “natural” sea la misma que la lógica de los muchos sistemas
formales “artificiales” creados por ella (que, además, en gran parte
pueden ser funcionalmente incompatibles entre sí).
Cuando, en el marco de discusión creado por Hilbert, Turing creó
su “máquina de computación universal”, se dio el paso decisivo para que
von Newman creara el primer ordenador, tal como puede verse más
ampliamente en el documento del profesor Crespo. El computador es, pues,
algo real que tiene su propia ontología o harware (como chips,
circuitos, cables, cristal líquido, plástico…). Sus funciones pueden
responder también a diversas lógicas o software que le permitirán hacer
operar universalmente sistemas matemáticos, de lenguaje, de imágenes,
etc.
¿Es el hombre un computador?
De la misma manera que el maquinismo del siglo XVIII llevó al
mecanicismo, así el computacionalismo moderno ha propiciado un nuevo
mecanicismo computacional. ¿Es el hombre un computador?
Notemos, en principio, que el ordenador es sólo una máquina de
cómputos que permite implementar las operaciones de muchos sistemas
formales diversos. No es la “ontología real” de ninguno de esos sistemas
formales; pero, sin embargo, el sistema nervioso sí es la ontología
real de la mente humana. ¿Es, pues, el hombre un computador?
Puesto que hay dos tipos de ordenador, el computador clásico serial y el PDP (paralell distributing processing) o conexionismo
(ver documento del profesor Crespo), debemos contemplar ambos supuestos
para hacer una valoración. En primer lugar veamos la identidad
ontológica y después la funcional.
Es difícil primero admitir una identidad ontológica: simplemente
por análisis objetivo del hardware, tanto serial como conexionista, del
ordenador y su comparación con el hardware biológico-neuronal de la
mente. La identidad funcional es igualmente difícil de admitir.
No hay evidencias neurológicas que nos permitan pensar que el
cerebro realiza un procesamiento computacional de tipo serial: ni hay
codificación o registro de series de ceros y unos, ni hay unidad central
de proceso, ni memoria de programas para una computación algorítmica,
etc. No parece haber, pues, una identidad funcional.
Por otra parte, el ordenador conexionista consiste en redes de
“neuronas artíficiales” que son barridas constantemente por
estimulaciones que producen un efecto de salida, en cuya función se
produce una retroprogramación hasta alcanzar las señales definidas que
se desean.
Sin embargo, en el cerebro humano, tal como antes explicábamos,
las estimulaciones nerviosas que se propagan terminan en la activación
de engramas o patrones estables que son registrados y reactivados según
la dinámica de la actividad psíquica en cada momento. Tampoco parece
haber en el conexionismo una identidad funcional con el cerebro. Como
dice el profesor Crespo, el conexionismo no pretende ser una teoría
fisiológica del funcionamiento cerebral.
Pero si el conexionismo progresara hacia diseños de redes que
crearan registros estables interactivos semejantes a los redes
neuronales reales, quizá podría acercarse más a la ontología y a la
dinámica funcional de la mente humana. Si la ingeniería
cuántico-neurológica permitiera en el futuro crear redes artificiales en
esta línea (más allá de la mera computaciòn cuántica de que hoy se
investiga), entonces quizá se podría hablar de ordenadores con
“sensibilidad”. No puede excluirse, aunque hoy sea casi ciencia ficción.
La cuestión de la simulación, por último, es distinta. Aunque el
ordenador tenga una ontología y un modo de funcionar distinto del
sistema nervioso animal y humano, cabe la posibilidad (ya se hace con
mayor o menor acierto) de diseñar sistemas de inteligencia artificial
(vg. sistemas expertos) o sistemas de simulación de la mente humana (vg.
cuando hablamos con un robot).
Pero estos diseños no significan, ni ontológica ni funcionalmente,
que hayamos producido un hombre o una mente humana. Además, ya hoy por
hoy, los sistemas inteligentes, seriales o conexionistas, dentro de la
“metáfora débil” pueden ofrecer modelos útiles para describir las
funciones de la mente natural (como antes ya hicieran la lógica, la
matemática o la lingüística).
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