El mundo cuántico posee ciertas carencias de realidad
JAVIER MONSERRAT
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Ramón Lapiedra expone en un nuevo libro la inviabilidad cuántica del universo determinista.
Hoy en día es imposible entender no sólo la ontología del mundo físico,
sino también la del mundo viviente y humano, o sea, entender la
ontología del universo, de la vida y del hombre (la conciencia), sin
hacerlo de acuerdo con la imagen de la realidad que nos ha propuesto la
mecánica cuántica. Para Ramón Lapiedra esta imagen cuántica nos lleva a
entender que, detrás de nuestras experiencias o medidas experimentales,
se esconde una enigmática realidad cuántica “con carencias de realidad”
que excluye el determinismo absoluto. Serían, tal vez, “carencias” de
“realidad mecano-clásica”, pero, al mismo tiempo, “nuevas formas” de
“realidad mecano-cuántica”.
El profesor Ramón Lapiedra es, desde 1982, Catedrático de Física
Teórica de la Universidad de Valencia, de la que también ha sido Rector.
Con la publicación de un reciente libro titulado Las carencias de la realidad,
aborda algunos de los problemas de conocimiento más importantes que han
sido planteados por la ciencia; se trata, como el título ya indica, de
la conciencia, del universo y de la materia (la mecánica cuántica).
En último término aparecen de nuevo aquí los grandes problemas
propuestos al conocimiento humano: cómo entender el mundo físico
(materia-universo), cómo entender la vida o la conciencia y cómo
entender al hombre. Desde un enfoque científico se busca un conocimiento
integrado y armónico. La materia-universo explica la producción de la
vida, pero la vida-conciencia explica la emergencia del hombre. Se
trata, pues, de conocer la unidad psicobiofísica que, en último término,
constituye nuestra experiencia humana. El libro no aborda preguntas
filosóficas, pero trata del conocimiento psicobiofísico en aquella
frontera más profunda en que las respuestas científicas afectan siempre
directamente a las respuestas filosóficas.
Existe una forma técnica de tratar el conocimiento científico,
especialmente en física, que se caracteriza por la descripción
matemática de los fenómenos; es lo que vemos en tratados y artículos
ordinarios de investigación, que sólo son asequibles a quienes
profesionalmente se mueven en ese campo especial. Pero detrás de ese
mundo “esotérico”, aislado por la dificultad matemática, la ciencia
habla del mundo real y produce conocimientos que conducen a una imagen
de la realidad física, biológica y humana, que puede expresarse
conceptualmente.
La ciencia no es sólo una relación de operaciones de medida y de
números, como pretendió el hoy, creemos ya superado, operacionalismo de
Brigdman, sino una construcción de conocimiento sobre el mundo. Y este
conocimiento, en alguna manera cualitativo, supone representaciones y
conceptos que nos dan desde la ciencia la imagen del mundo real.
Lapiedra pretende, pues, pensar sobre la quintaesencia de esa imagen del
mundo de forma representativa y conceptual, de tal manera que sea una
ayuda tanto para científicos como para filósofos (o cuantos accedan a la
lectura desde una preparación suficiente).
La calidad del esfuerzo conceptual del profesor Lapiedra debe ponderarse desde tres perspectivas.
1) Tiene una línea argumental sencilla expuesta con una
extraordinaria claridad y precisión conceptual que ayudarán a muchos
lectores; no es fácil encontrar libros similares con este nivel de
acierto al hablar de cosas que son por su propia naturaleza muy
complejas. 2) Cuando el curso de la explicación desemboca en aquellas
cuestiones más discutidas que hacen más enigmática y desconcertante la
mecánica cuántica, aun manteniéndose en una línea de interpretación
ortodoxa, sus propuestas explicativas abundan en sentido común, sensatez
y hacen el mundo cuántico intuitivamente congruente con nuestra
experiencia. 3) Además, y esto es en nuestra opinión muy importante, se
trata de un esfuerzo conceptual que con toda honestidad y sencillez
lleva la explicación y sus consecuencias científicas hasta donde su
propia lógica exige, tocando con ello en toda su profundidad las grandes
cuestiones de la filosofía.
La línea argumental: explicación desde el mundo cuántico
Lapiedra apunta a ciertos objetivos precisos de conocimiento. A)
Básicamente plantea el enigma del origen del mundo; cuestión ciertamente
fundamental porque todo lo que vemos, incluida nuestra vida psíquica
debe depender de la naturaleza germinal del universo en el que todo ha
sido producido. En el marco de este objetivo formula también Lapiedra
otros dos problemas: B) primero la cuestión del determinismo (si todo el
acontecer natural y humano está producido con necesidad por ciertas
causas precedentes) y, C) segundo, la cuestión del realismo (si existe
una realidad que, al margen de nuestra experiencia, responde a unos
contenidos precisos e independientes).
La respuesta a estas cuestiones (naturaleza y origen del universo,
el papel del determinismo y el realismo que se esconde detrás del mundo
fenoménico de experiencia) se ha construido durante siglos desde un
modo de organizar el conocimiento del mundo físico que llamamos la
mecánica clásica. Sin embargo, Lapiedra expone la evidencia científica
actual de que todas estas cuestiones deben responderse a partir de la
imagen del mundo construida por la mecánica cuántica.
Esta, en efecto, representa hoy nuestro conocimiento científico
del sustrato más fundamental y primigenio que constituye el universo.
Esta materia es la que se produjo cuando nació el universo y la que
sigue dándose en el fondo profundo de los objetos macroscópicos. Por
tanto, el macrocosmos, el universo, y todos los objetos
macroscópico-clásicos que contiene, accesibles a la experiencia,
incluida la conciencia y su libertad, han sido producidos desde el
microcosmos, o mundo germinal de la materia.
Así, tanto el universo como los objetos macroscópico-clásicos en
su interior son una consecuencia de la organización compleja, dada en el
tiempo, de la materia, según su naturaleza y propiedades ontológicas.
Por tanto, si la mecánica cuántica representa nuestro conocimiento
actual de la materia microfísica es en ella donde la ciencia deberá
hallar el fundamento para responder (en cuanto podamos) al enigma del
universo, al alcance y modo de entender y valorar el determinismo
natural y, por último, al grado de “realismo” que podamos atribuir al
fondo que sustenta nuestro mundo perceptivo de experiencia.
El profesor Lapiedra, en consecuencia, debe construir la línea
argumental que le lleve a responder las grandes cuestiones planteadas
desde la mecánica cuántica. La ciencia moderna no nos permite otro punto
de partida. Y para ello comienza exponiendo conceptualmente los
principios básicos de la imagen de la realidad física en la mecánica
cuántica; todo depende, según lo dicho, de esta imagen (capítulos 1 y
2). En el paso siguiente aborda Lapiedra, en consecuencia, qué respuesta
puede darse a la cuestión del determinismo y del realismo (capítulo 3).
El problema del determinismo debe estudiarse de forma especial cuando
nos referimos a la vida biológica en general y a la vida humana. Estamos
ya ante el hecho de la conciencia (nuestra experiencia de libertad) y
su posible explicación, que Lapiedra entiende también como una
derivación macroscópica de esas mismas propiedades de la mecánica
cuántica (capítulo 4). Por último, cuando entramos en el conocimiento
del origen del universo nos hallamos también en una situación en que
sólo los principios de la mecánica cuántica permiten hacer hipótesis y
supuestos congruentes (capítulo 5).
La imagen cuántica del mundo
Lapiedra ofrece una visión congruente del mundo cuántico que
presenta sus propias opciones interpretativas que como él mismo dice,
aun siendo ortodoxas, quizá no sean admitidas por todos. Como antes
decíamos, su explicación no sólo es defendible, sino que, a nuestro
entender, está respaldada por su congruencia con el mundo de experiencia
inmediata. Con toda brevedad sinteticemos ahora algunas de las ideas
que Lapiedra expone, sin duda, con mayor amplitud y precisión. A él nos
referimos para suplir nuestras imprecisiones expositivas. Los errores
son, evidentemente, nuestros.
1) La función de onda. La realidad cuántica responde a un modo de
ser que se expresa en el principio de la dualidad corpúsculo-onda. Un
sistema cuántico (una partícula, un estado) queda descrito por la
ecuación o función de onda (propuesta por Schroedinger, 1925) cuyo valor
Psi depende de la posición en el espacio y en el tiempo, y de otras
variables o magnitudes. La función de onda, por tanto, es una expresión
matemática que describe en general el sistema cuántico (como la ecuación
de la recta describe en general todos los puntos que pertenecen a una
recta). Si nos fijamos en un valor posible “m” de una magnitud M de la
función de onda, entonces la forma que toma la función (Psi) para ese
valor “m” se conoce como función propia para el valor “m” (o Psim ).
2) Superposición de estados. Esto nos hace ver que el estado
microfísico de un sistema cuántico descrito por su función de onda puede
coincidir con una multitud de estados propios de esa función (cuando se
concretiza en un valor u otro de sus magnitudes). El principio de
dualidad corpúsculo-onda nos dice que el sistema cuántico puede
comportarse como una onda o como una partícula. En general se dice que
los sistemas cuánticos presentan “superposición de estados” y por
consiguiente la función de onda está compuesta por una variedad de
estados posibles, ninguno de los cuales se ha realizado, y que es igual a
la suma (superposición) de los estados propios. Así, la partícula (vg.
un electrón) está en todas sus posibles ubicaciones dadas por la
función de onda y no está en ninguna; tiene sus posibles localizaciones
superpuestas. La mecánica cuántica entiende, como sabemos, que el valor
de |Psi|2 representa la probabilidad de encontrar la partícula en unos
determinados valores espacio-temporales dentro de la función de onda.
3) Colapso de la función de onda y medida. La expresión
mecano-cuántica “colapso de la función de onda” se usa para decir que un
estado cuántico de superposición (de indeterminación en cuanto a un
cúmulo de posilidades) queda concretado a una de ellas: el tránsito
desde la superposición a la concreción de un valor preciso es el
“colapso”. Así, la onda, que está superpuesta en relación a un abanico
de localizaciones posibles como partícula, se colapsa en una de ellas
cuando lo hace en un punto. Este colapso es el que se produce cuando
sobre el sistema cuántico se realiza una medida por una estrategia
invasiva dirigida desde el mundo macroscópico (el observador). Muchos
teóricos entienden que sólo en el proceso de la medida se produce el
colapso. Pero el profesor Lapiedra defiende una interpretación natural
más amplia del colapso. Al margen de observadores y medidas, el fondo
cuántico del mundo natural está por sí mismo en continuas trasiciones
reales entre los sistemas cuánticos y continuamente se producen colapsos
que pueden trasmitir sus efectos hacia el mundo macroscópico.
4) Relaciones de incertidumbre. Las magnitudes y variables del
mundo cuántico están afectadas por las llamadas relaciones de
incertidumbre que se derivan de la misma naturaleza de la medida y de
los estados de superposición. Como se ve según el “principio de
incertidumbre” de Heisenberg es imposible, por ejemplo, medir con
precisión, al mismo tiempo, dos variables de un sistema cuántico: la
posición y la velocidad (o el momento) de una partícula. La medida de
una variable produce un efecto de incertidumbre en el valor de la otra.
Diríamos, si nos movemos en una interpretación “natural” del colapso,
que probablemente no sólo las medidas experimentales sino las relaciones
de los sistemas cuánticos con los sistemas macroscópicos del entorno (e
incluso probablemente del efecto de unos sistemas cuánticos sobre
otros) producen constantemente en la naturaleza “efectos de
incertidumbre” en estos sistemas.
5) Indeterminación y probabilidad. Todo esto nos hace entender que
el mundo cuántico está indeterminado: no es posible predecir (en
función de un conjunto de causas precedentes) qué valores de la medida
producidos en el colapso van a hacerse realidad. Las interacciones de
los sistemas cuánticos entre sí y de estos con los macroscópicos va
creando continuamente multitud de incertidumbres en la evolución del
universo. En este sentido la evolución del mundo no refleja una
partitura preestablecida sino que es “creativa”, al elegir continuamente
unos valores precisos de entre un conjunto de posibilidades
superpuestas que nunca llegarán a ser realidad, tal como expone el
profesor Lapiedra. Es, por tanto, entendible que la mecánica cuántica
describa siempre la evolución de los sistemas cuánticos por medio de
conceptos y de fórmulas probabilísticas.
6) Indiscernibilidad de partículas idénticas. La enigmática
“ontología” cuántica que sintetizamos aquí no permite, pues, considerar
que dos partículas idénticas sean indiscernibles en el espacio. Tampoco
permite decir que una partícula se mantenga siendo “la misma” en el
tiempo (por ejemplo, un electrón en su orbital atómico).
7) Teoría de los muchos mundos. La conocida teoría de los “muchos
mundos” de Everett, como sabemos, atribuiría realidad o existencia
paralela a cada uno de los itinerarios cuánticos posibles (abiertos por
las infinitas posibilidades en superposición y a su compleja
combinatoria). Lapiedra rechaza esta teoría y no la considera exigida
por la mecánica cuántica ortodoxa, mostrando en ello su buen sentido. La
evolución del mundo real habría ido dejando en el camino como
consecuencia del colapso una infinitud de posibilidades que nunca
llegaron ni llegarán a ser realidad.
8) Colapso en la mente del observador. Lapiedra rechaza también la
teoría que se conoce como “idealista” (Wigner) de la mecánica cuántica.
Según Lapiedra. si no existieran “observadores”, el mundo real seguiría
siendo como es: el universo macroscópico seguiría donde está con el
bullir interactivo de los colapsos y superposiciones en su ontología
cuántica profunda. La teoría de los muchos mundos y la versión idealista
son discutidas por Lapiedra en el marco de un amplio análisis del
experimento imaginario del “gato de Schroedinger”, que consideramos en
extremo acertada.
Determinismo y realismo
Las grandes cuestiones de fondo abordadas por el profesor Lapiedra
eran, recordemos, el origen y naturaleza del universo, el determinismo y
el realismo. Por consiguiente, según la imagen del mundo en la mecánica
cuántica (que nos dice qué es la ontología profunda de la realidad),
¿qué podemos pensar del determinismo y del realismo? En ambos casos,
nuestra manera de pensar está intuitivamente influida por la imagen del
mundo macroscópica, mecano-clásica, y en ella se impone una forma de ver
tanto el “determinismo” como el “realismo”. La imagen cuántica nos
obliga, sin embargo, a matizar.
1) Determinismo. El determinismo mecano-clásico que la ciencia
newtoniana constata es verdadero en su ámbito; aunque sea también verdad
que hay procesos clásicos que no son analizables sino por métodos
probabilísticos (vg. sistemas caóticos). La ciencia cuántica, en cambio,
tal como hemos visto muestra que los procesos germinales y profundos de
la realidad son en parte indeterminados y sólo pueden conocerse por
estadística y probabilidad. Puede ser objeto de discusión el alcance de
la indeterminación de los procesos macroscópicos (es decir, si sólo es
un déficit de nuestro conocimiento de las pequeñas variaciones en las
condiciones iniciales o si la indeterminación tiene un alcance real
ontológico). Pero también la indeterminación cuántica puede ser
discutida: ¿es sólo epistemológica o se produce en los procesos físicos
reales al margen de nuestro conocimiento? La teoría de las llamadas
“variables ocultas” (Bohm, Einstein…) postulaba, como sabemos, un
determinismo causal objetivo aplicable también a los fenómenos
cuánticos.
El profesor Lapiedra considera, sin embargo, que la
indeterminación cuántica no es sólo epistemológica, sino que sucede
realmente en el mundo, incluso si no hubiera observadores. La prueba que
excluye una interpretación determinista (variables ocultas) está
contenida en el hecho de la violación de las desigualdades de Bell; la
violación de estas desigualdades (entrando también en consideración las
desigualdades posteriores de Wigner-D´Espagnat) excluyen una
interpretación determinista de la mecánica cuántica y refuerzan la
admisión de las interacciones no-locales entre las partículas del
experimento EPR. Al mismo tiempo, estas indeterminaciones cuánticas
(vinculadas a colapsos de sistemas cuánticos en superposición de estados
posibles), al trasmitir sus efectos hacia el mundo macroscópico,
podrían ser también causa de ciertas indeterminaciones presentes en el
ámbito macroscópico-clásico.
2) Realismo. Queda fuera de toda duda que Lapiedra no considera
apropiada una interpretación idealista de la mecánica cuántica. La
realidad cuántica está ahí, objetivamente y al margen de cualquier
observador; Lapiedra defiende, pues, una interpretación “realista” del
mundo cuántico (aunque sin llegar al “hiperrealismo” que supondría
admitir la existencia real de los “muchos mundos” de Everett). Sin
embargo, la mecánica cuántica supone admitir la existencia de
posibilidades “superpuestas” que nunca llegaron, ni llegarán, a ser
“realidad”. Por eso, al mundo cuántico cabe atribuirle, en expresión de
Lapiedra, ciertas carencias de realidad.
Se entiende perfectamente lo que Lapiedra quiere decir, pero, no
obstante, cabría pensar si, con más acierto, no se debería hablar de que
la mecánica cuántica nos descubre “nuevas formas de realidad”. Serían
“carencias” de “realidad mecano-clásica”, pero, al mismo tiempo, “nuevas
formas” de “realidad mecano-cuántica”.
Conciencia, libertad y mecánica cuántica
Ha existido, y sigue existiendo, una explicación determinista del
hombre (y por ende de los seres vivos) en el marco causal de la mecánica
clásica. Las nuevas teorías computacionales del hombre han supuesto hoy
una versión renovada de ese determinismo, por cuanto la conducta humana
estaría producida por el sistema biológico entendido como computador
neuronal que procesa la información y emite las respuestas deterministas
de acuerdo con programas que responden a la evolución natural.
Lapiedra es consciente de estos determinismos y los expone
sumariamente. Sin embargo, considera que el determinismo no puede dar
razón de la experiencia fenomenológica de libertad que constatamos
incuestionablemente en nuestra experiencia individual y social.
Podríamos decir que el determinismo no es un soporte físico apropiado
para explicar nuestra libertad. No somos robots.
Por consiguiente, ¿dónde hallar un soporte físico apropiado para
explicar la conciencia y la libertad? Lapiedra entiende que este soporte
podría estar (e incluso cabe suponer que debe estar) en la ontología
cuántica de la realidad física de que están hechos nuestros cerebros.
Opta, pues, sin ambajes y con toda honestidad, por la línea de
pensamiento que hoy podríamos llamar “neurología cuántica”.
“Es nuestro hardware, el cerebro, nos dice Lapiedra, el que
amplificando hasta niveles macroscópicos las fluctuaciones cuánticas nos
convierte, a los humanos, en unos seres no totalmente predecibles, en
contra de lo que establecería nuestra reducción a un mero software
clásico, por más sofisticado que sea” (179). Este indeterminismo
viviente de origen cuántico no sólo se aplicaría al hombre, sino también
al mundo viviente en general.
“La imposibilidad práctica de predecir los repentinos cambios en
el movimiento de un pez en una pecera podría venir, no únicamente de la
dificultad de determinar en la práctica las condiciones iniciales de un
movimiento supuesto predecible en principio, o incluso de las
limitaciones fácticas de predicción que comporta el caos dinámico, sino,
también, del hecho de que en sus movimientos el pez podría estar
amplificando, hasta el nivel de su conducta macroscópica, las
transiciones cuánticas imprevisibles que tienen lugar en su propio
cerebro” (191).
Como antes veíamos, la indeterminación cuántica podría ser
discutida por la apelación a un fondo de “variables ocultas” que
permitiera explicar una última causalidad determinista de las
fluctuaciones cuánticas y de los colapsos. Sin embargo, la violación de
las desigualdades de Bell parece finalmente obligarnos a aceptar el
indeterminismo ontológico real del mundo cuántico. También en relación
al mundo de la libertad-conciencia podría arguirse una causalidad
determinista, abierta como posibilidad no descartable. Por ello,
Lapiedra propone una vía que pudiera servir de experimento crucial para
descartar que la explicación de la libertad-conciencia pudiera ser
clásica (determinista) y no cuántica (indeterminista). Por ello, sugiere
que esta vía quizá pudiera consistir en hallar algo parecido a lo que
son las desigualdades de Bell para el mundo físico, pero aplicables al
mundo neurológico. Su violación permitiría concluir la existencia
ontológica real de un indeterminismo neuronal.
Perspectivas abiertas
Las reflexiones expuestas por el profesor Lapiedra llegan hasta
ciertos límites probablemente establecidos para mantener una extensión
apropiada del texto. Sin embargo, el hilo argumental deja abiertas una
serie de perspectivas de gran interés. Hubiera sido enriquecedor conocer
el acertado juicio de Lapiedra sobre ellas. Destacaríamos las
siguientes.
1) Mundo macroscópico. Un montón de guijarros de río (objetos
inorgánicos) o un rebaño de ovejas (objetos vivientes) constituyen
conjuntos de objetos independientes y diferenciados que no se “diluyen”
unos en otros en una unidad indiferenciada. Por eso poseemos un cuerpo y
podemos vivir nuestra vida en un mundo macroscópico que nos contiene.
Estas unidades diferenciadas se dan “en lo más pequeño” hasta un cierto
límite: los electrones en un átomo, por ejemplo, mantienen su
diferenciación y por ello es posible la estructura de la materia, aunque
un electrón en su órbital deba ser entendido como una función de onda
en estado de superposición. Existe, pues, una frontera o ámbito en que
lo cuántico, en forma de materia fermiónica, comienza a construir los
objetos del mundo macroscópico.
Un tratamiento más amplio de estos extremos, aunque ya apuntados
por Lapiedra, hubiera permitido entender mejor, por ejemplo, cómo las
fluctuaciones cuánticas pudieran trasmitirse hasta efectos
macroscópicos. El efecto imprevisible de la voluntad humana ante varias
acciones posibles (A, B y C) se induciría desde un nivel cuántico
actuante en el cerebro. A, B y C serían estados posibles en la evolución
del mundo macroscópico, pero sólo la opción B, por ejemplo, se haría
realidad; por tanto, A y C nunca llegarían a ser realidad macroscópica.
Esto nos hace ver que el mundo macroscópico sería algo así como una
“burbuja de indeterminación” que hace posible que las fluctuaciones
cuánticas produzcan efectos imprevisibles de forma indeterminista. El
“universo abierto” de Popper podría ser así una combinación
complementaria de indeterminación cuántica e indeterminación
clásico-macroscópica.
2) Holismo psíquico y holismo cuántico. Lapiedra aborda el
problema de la conciencia centrándose en una experiencia fenomenológica:
la indeterminación o libertad. Sin embargo, la fenomenología actual del
psiquismo en las ciencias humanas constata también (entre otras cosas)
una propiedad psíquica que debe ser explicada por la ciencia: es el
holismo experiencial de la conciencia (vg. la imagen visual o la
sensación unitaria del propio cuerpo, propiocepción, como inmersión en
un campo de realidad).
Esta propiedad (esencial para explicar la emergencia evolutiva del
“sujeto psíquico”) podría quizá ser explicada por ciertas propiedades
“campales” de los sistemas cuánticos: esto permitiría conectar con la
presencia de la materia bosónica, la coherencia cuántica y los efectos
EPR. Muchos autores, en efecto, han planteado estos problemas, con
propuestas variadas, y hubiera sido muy interesante conocer el criterio
valorativo del profesor Lapiedra.
3) La hipótesis Hameroff-Penrose. El hilo argumental de Lapiedra
se mueve conscientemente en el ámbito de una hipótesis muy básica
(aunque valiente e importante). Es muy similar a la hipótesis clásica
Von Neumann-Stapp: la naturaleza experiencial de los procesos psíquicos
debe de tener su causa en la naturaleza similar de los procesos
cuánticos. La búsqueda de un experimento crucial para apoyar esta
hipótesis cuántica es la que lleva a Lapiedra a sugerir la búsqueda de
algo similar a las desigualdades de Bell que fuera aplicable a la
neurología.
Pero esta hipótesis básica de la neurología cuántica nos lleva a
una pregunta más concreta: ¿qué procesos cuántico-neuronales precisos
causan entonces la indeterminación y el holismo de la conciencia, y cómo
se trasmiten sus efectos a la neurología macroscópica? Como sabemos,
responder esta pregunta no es fácil y la llamada hipótesis de
Hameroff-Penrose es hoy la propuesta más compleja y elaborada. La
hipótesis cuántica básica no implica estar a favor de la hipótesis
Hameroff-Penrose, o no poderla discutir o matizar. Lapiedra cita varias
veces a Penrose con respeto, pero no entra en la valoración de sus
hipótesis sobre el psiquismo. Creemos que también aquí hubiera sido
enriquecedor conocer el criterio valorativo del profesor Lapiedra.
El origen del universo
Lapiedra expone los problemas planteados a una explicación clásica
del origen del universo y, de nuevo, sólo la mecánica cuántica puede
suministrar un marco conceptual apropiado. En resumidas cuentas el
origen habría que situarlo en una fluctuación producida en una dimensión
real conocida como “vacío cuántico”. La creación (o autocreación) no se
habría producido desde la nada y, por ello, no tiene sentido la
pregunta por el “qué había antes”. Siempre ha existido algo y no tendría
sentido pensar que de la “nada” pueda producirse algo.
“El lector se equivocará si piensa que las fluctuaciones cuánticas
del vacío son meras especulaciones de teóricos ociosos: algunos efectos
de esas fluctuaciones se manifiestan experimentalmente con una
precisión extremada”. “De todas maneras, no son estas creaciones
efímeras de energía, inducidas por las fluctuaciones cuánticas del
vacío, lo que se necesita para crear nuestro Universo, dado que, como se
ha dicho antes, la energía total de éste es justamente cero. Al lado,
sin embargo, de la creación de paquetes de energía positiva, aquellas
fluctuaciones pueden crear también, con una determinada probabilidad,
estructuras físicas de energía con un contenido de radiación y de
materia, más un campo gravitatorio, compensados entre sí de manera que
la energía total sea nula. Unas características que este sistema físico
primigenio compartiría con el universo actual. Por ese camino, a la hora
de pensar el origen del universo, renunciamos claramente a la noción de
una nada absoluta, lo que nos librará de la extrañeza de un universo
que saldría de esa nada para pasar acto seguido a ser alguna cosa”.
“Llegamos al final de nuestro recorrido, nos dice Lapiedra: esta
ha sido la historia de un Universo que, con su espacio tiempo como
escenario, surgió presumiblemente de una fluctuación de la espuma
cuántica primigenia, donde no había ni espacio ni tiempo. Un tipo de
fluctuación de energía total nula que ha preservado hasta hoy esa
nulidad, de acuerdo con el principio de la conservación de la energía
total. Desde entonces este mundo nuestro se ha ido expandiendo, en un
corto intervalo temporal remotísimo, muy rápidamente y después hasta
ahora a un ritmo bastante más sosegado. Durante todo ese tiempo, desde
la creación primigenia hasta ahora mismo y en el porvenir, el mundo
continua con su tasa regular de autocreación relativa, anclada en las
fluctuaciones cuánticas del mundo microscópico, aquí y allá amplificadas
macroscópicamente”.
Consideraciones teístas finales
Esta consideraciones teístas no son del profesor Lapiedra, sino
nuestras. El cristianismo ha hablado, en efecto, de la creación ex
nihilo (de la nada) como algo externo a Dios, pero la creación se
produce desde el supuesto de la ontología divina preexistente. Por otra
parte, el teísmo cristiano actual no pretende llegar, ni por la ciencia
ni por la filosofía, a una “demostración” impositiva de que Dios es el
Creador del universo. Esta racionalidad impositiva no sería fácilmente
compatible con un universo cristiano pensado para la libertad (por
ejemplo, en el sentido del “principio antrópico cristiano” de George
Ellis).
¿Por qué existe un universo absoluto y eterno y no, más bien, la
nada? ¿Por qué existe Dios y no, más bien, la nada? ¿Por qué la materia
es capaz de producir la sensibilidad y la conciencia, y no, más bien,
puros sistemas robóticos deterministas? Nuestra razón, ni científica ni
filosófica, puede responder estas preguntas. La razón debe atenerse a
los hechos, cuya existencia se constata aposteriori, y tratar de
encontrarles una explicación suficiente.
Ese vacío cuántico, mar holístico de energía de fondo, orden
implícito …, tal como ha sido conceptualmente construido por la mecánica
cuántica, podría abrirnos a una misteriosa “metarealidad”, que quizá
pudiera estar bien descrita por las especulaciones de la teoría de
cuerdas y que quizá hubiera podido producir multiuniversos generados en
infinidad de fluctuaciones cuánticas; universos especulativos que
incluso probablemente nunca podríamos comprobar que existen. Esta
metarealidad eterna no-divina sería el fondo que explicaría la
existencia, al menos, de nuestro universo.
El teísmo, en cambio, considera que esa enigmática dimensión de
metarealidad de la que hemos sido producidos por una fluctuación
cuántica, esa realidad que hace emerger los campos psíquicos de
sensibilidad-conciencia, esa realidad que posee sorprendentes
propiedades que conducen a un universo antrópico que hace al hombre
libre, es una realidad que hace cada vez más verosímil (aunque nunca
impone) la hipótesis de que todo tenga su origen en una misteriosa
ontología fundamental de la Divinidad. Autores como el mismo Ellis y
William Stoeger piensan incluso que el universo creado a través de los
multiuniversos sería compatible con el teísmo cristiano …
El profesor Lapiedra juega en diversos lugares, ambigua e
inteligentemente, con los conceptos de “creación” y “autocreación”.
Quizá la lección más importante de la imagen cuántica del universo sea
el impulso a un pensamiento crítico y no dogmático, a la libertad
valorativa, al presupuesto de la honestidad y al respeto tolerante de
todas las opiniones que legítimamente puedan construirse.
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