Conciencia moral cristiana (I): fundamento de la urgencia moral
JAVIER MONSERRAT
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El cristianismo ha discurrido en los últimos siglos
por una larga travesía de desconcierto y tribulación. Entendemos que esa larga
tribulación no ha concluido y todavía estamos sumidos en su desconcierto.
Tenemos el presentimiento de que algo extraordinario debiera suceder para sacar
a la iglesia de esa larga tribulación de que somos conscientes. Creemos que el
Nuevo Concilio podría ser ese algo extraordinario que podría sacar a la iglesia
de la larga tribulación histórica en que todavía se encuentra. Como creyente
pienso que a ese acontecimiento extraordinario sólo podrá llegarse si muchos
cristianos ponderaran con honestidad racional dónde estamos, dónde deberíamos
estar y fueran capaces de comprometerse con decisiones personales que respondan
a su conciencia cristiana.
La urgencia moral cristiana: el fundamento
Ser cristiano, y serlo dentro del catolicismo, significa algo muy concreto que
quiero establecer desde el comienzo de este blog. Ser cristiano lleva consigo
una forma de entender qué debe ser la propia vida cristiana y esto equivale a
sentirse urgido por la propia “conciencia moral cristiana” a un cierto modo de
actuación personal en la propia vida cristiana y en la historia general de la
comunidad cristiana, o iglesia, y de la humanidad. Voy a comentar aquí, por
tanto, cuál es en nuestro tiempo la inquietud de la conciencia cristiana
(inquietud moral por cuanto la conciencia cristiana impulsa verdaderas
urgencias morales sobre el “deber ser” del comportamiento individual cristiano,
y también colectivo, en la historia). Pero es claro que voy a hablar desde la
inquietud moral de “mi” conciencia cristiana. Es esta la que me ha llevado a
escribir la trilogía, tal como he explicado en otro input a este blog. Sin
embargo, pienso que los factores concurrentes que han conformado mi conciencia
cristiana son los mismos que pesan también sobre otras conciencias cristianas
que, en consecuencia, se verán ante el dilema personal de qué hacer con sus
acciones para obrar en plena autenticidad moral cristiana en nuestro tiempo. Es
decir, por dónde caminar, en qué comprometerse, cómo responder en autenticidad
a las exigencias de sentirse cristiano hoy.
Sin embargo, es evidente que la ponderación de los “factores concurrentes” (que
determina la forma en que cada individuo entiende cómo debe responder a su
conciencia cristiana) es siempre subjetiva (aunque haya factores objetivos,
estos pueden ser interpretados de forma diferente por unos y otros, y de hecho
es así, como todos vemos). Considerando, en efecto, las mismas circunstancias
objetivas hay cristianos que se inclinan a “conservar” y otros a “renovar”.
Cada uno construye su discurso. Es lo que realmente constatamos. Aquí expongo,
por tanto, una forma personal de entender los “factores concurrentes” y cómo
ante ellos se suscita en mí una conciencia moral cristiana que urge a una
cierta forma de compromiso con mi actuación personal en la historia. De la
misma manera que expongo un punto de vista personal cristiano, el mío propio,
otros han expuesto también de diversas maneras sus puntos de vista. De hecho ha
sido así. La misma iglesia católica (y las otras iglesias cristianas) muestran
en su actuación un cierto punto de vista al concebir su actuación en la
historia. El punto de vista de unos y otros, incluido el mío propio, pueden
cambiar, tras la consideración de las cosas y de otros puntos de vista.
Puesto que la auténtica conciencia cristiana no mueve a defender
“pasionalmente” principios personales, sino a promover la fe cristiana como
tal, que es lo que verdaderamente urge, entonces, si hay además honestidad,
autenticidad y apertura, cabe suponer que las grandes fuerzas de la lógica de
la historia harán que los cristianos coincidamos poco a poco en una misma
“inquietud cristiana” que nos lleve a la necesaria unidad en la forma de
concebir nuestra actuación en la historia, de tal manera que podamos promover
la fe cristiana en nuestro tiempo con la mayor calidad posible. Esta dialéctica
–propuesta de diversos puntos de vista y su discusión abierta en el marco de la
comunidad cristiana– es necesaria. Siempre ha sido así, desde los tiempos de la
primera expansión del cristianismo en la iglesia primitiva y en la época
patrística, y así debe ser en la actualidad. Cuanto más en los tiempos
actuales, ciertamente más complicados y problemáticos que otros del pasado. Los
creyentes debemos pensar que la honestidad intelectual, la falta de prejuicios,
la apertura a la consideración de nuevas propuestas creativas, y, sobre todo,
la acción del Espíritu de Dios sobre la comunidad cristiana (en la que los
creyentes debemos confiar con firmeza), acabarán por hacer posible el consenso,
la necesaria unidad de ánimos para alcanzar una proclamación de la fe en
nuestro tiempo con el alto nivel de calidad que deseamos (y al que nos vemos
urgidos por nuestra conciencia moral cristiana).
El presentimiento histórico de que algo extraordinario
debe suceder
Mi inquietud cristiana personal –que he expuesto en la trilogía y que comento
en este blog– concluye en la honesta persuasión de que ha llegado el momento de
convocar el Nuevo Concilio, el gran concilio que instalara definitivamente al
mundo cristiano en la modernidad. De ahí que, de acuerdo con el tercer volumen
de la trilogía, haya encabezado este blog con el título Hacia el Nuevo
Concilio. A nuestro entender el Nuevo Concilio sería aquel acontecimiento
extraordinario, aquella convulsión excepcional para el mundo cristiano, que
contribuyera a sacar al cristianismo, y a las otras religiones, de una larga
tribulación histórica. Presentir que ese concilio se celebrara –presentimiento
fundado en la persuasión intelectual de cuanto el concilio debiera proclamar–
es el evidente presentimiento, gozoso para un creyente, como es mi caso, de que
en la iglesia algo extraordinario y enriquecedor pudiera suceder, invirtiendo
la tendencia negativa de los últimos siglos de historia cristiana.
La mayoría, en efecto, tenemos el sentimiento de que el cristianismo ha
discurrido en los últimos siglos por una larga travesía de desconcierto y
tribulación. Entendemos que esa larga tribulación no ha concluido y todavía
estamos sumidos en su desconcierto. La crisis del cristianismo y de la fe
católica, patentes por las evidencias objetivas del análisis sociológico, no
dejan lugar a dudas. No es posible ignorarlo. La crisis de dimensiones
colosales es reconocida por la misma jerarquía eclesiástica y por el papa. Sin
embargo, la constatación de que nos hallamos en este túnel histórico debe
hacerse con realismo, equilibrio y sin exagerar. Lo digo porque estoy
persuadido de que la iglesia tiene hoy muchos elementos positivos (los tuvo en
el pasado, pero se han incrementado en la actualidad). No todo es oscuridad,
evidentemente. La iglesia cristiana, a mi entender, en muchos aspectos está
mejor que en el siglo XIX. Está mejor hoy que en los primeros sesenta años del
siglo XX. Después del concilio Vaticano II se suscitó una apertura de
pensamiento que ha dado sus frutos. Los viajes papales y las diversas
asociaciones laicales aparecidas en la iglesia han movilizado la fe de muchos
creyentes en sectores que, aunque sean minoritarios en el conjunto de la
cristiandad y de la humanidad, han contribuido a la estabilidad de la iglesia
en tiempos difíciles. Ciertamente es así y en ello la fe cristiana ha hallado
un apoyo en estos últimos tiempos en que la indiferencia, la increencia y la
descristianización han crecido en los grandes países desarrollados; sobre todo
en Europa, aunque en general también en todas partes. Todavía hoy, aunque sea
con réditos de un pasado mejor, la iglesia cuenta en su haber con cientos de
miles de sacerdotes y religiosos que han sacrificado sus vidas por servir a la
iglesia con honestidad; miles y miles de ellos dejando sus propios países y
viviendo en condiciones extremas de sacrificio. Además, Cientos y cientos de
cristianos se comprometen con la iglesia a través de eficacísimas organizaciones
de ayuda social a los más necesitados. Estos, y otros muchos, son elementos
positivos y no queremos dar aquí la impresión de que lo ignoramos.
Sin embargo, siendo así las cosas, no es menos verdad que la iglesia cristiana
sigue atravesando el túnel oscuro de una larga tribulación histórica. La
iglesia proclama sus creencias y su doctrina como siempre ha hecho. Pero se
tiene la impresión de que no produce impacto más allá de los fieles más
comprometidos y minoritarios. Hasta tal punto de que la mayoría de los
cristianos apenas entienden el cristianismo y viven en ignorancia casi total
sobre el sentido de su fe. Por ello crece el número de personas con experiencia
religiosa interior que se desvinculan de la “religión”, en este caso la
cristiana. La religión cristiana es vista como un gran sistema residual del
pasado que sigue jugando su papel, resonando como un antiguo disco de vinilo
rayado, pero que va reduciendo continuamente su volumen, su impacto y sus
fronteras. A la gran mayoría de la gente, incluso a la honestamente religiosa,
le es ciertamente difícil identificarse con la iglesia. Crece la indiferencia y
la fuerza de los movimientos agnósticos y ateos. A esta crisis, abierta ya
desde hace siglos, se han venido a sumar en las últimas décadas los grandes
escándalos de todo tipo producidos en la iglesia. Nada ha sido comparable, sin
embargo, a los numerosos casos de pederastia, y a la equivocada política que en
relación a ellos siguieron las autoridades eclesiásticas. El desprestigio
producido ha contribuido sin duda a incrementar ese aislamiento de la iglesia
que es vista como una nave arqueológica embarrancada en el devenir histórico,
sin expansión porque sus fieles apenas pueden ir achicando el agua que entra a
borbotones y que amenaza con el naufragio. Es significativo que incluso la
gente con experiencia religiosa interior tiende a desvincularse de esa religión
a la deriva de la historia, y lo hacen con la sensación de que obran con una
correcta conciencia interior.
Esta larga tribulación histórica de la iglesia, como he argumentado en Hacia
el Nuevo Concilio, comenzó cuando el mundo medieval se transformó por el
renacimiento y en los siglos siguientes fue naciendo poco a poco la modernidad.
Fue una crisis en una dimensión filosófico-teológica porque la modernidad puso
en cuestión la imagen del mundo desde la que se había entendido el cristianismo
antiguo. Fue una crisis en una dimensión sociopolítica por cuanto la modernidad
evolucionó sacando a la iglesia del papel que había jugado en la sociedad
antigua. Podría decirse que la iglesia no ha encontrado todavía su sitio ni en
el mundo de las ideas ni en el mundo sociopolítico que han sido promovidos por
la modernidad. La crisis y atonía de la iglesia reflejan la deriva actual de
esa larga tribulación histórica que comenzó con la modernidad. Se trata de una
tribulación tan grande, de dimensiones tan extraordinarias, que el creyente
intuye que la proclamación de la fe cristiana en nuestro tiempo sólo podría
recobrar la fuerza de su impacto social si algo excepcional, extraordinario,
pudiera llegar a suceder. Es la sensación imprecisa de que algo excepcional
–que el creyente entendería como providencial”– debiera suceder como un
revulsivo potente que sacara a la iglesia de su aparente postración. En HNC he
defendido que la celebración del nuevo concilio sería la excepcional ocasión
histórica para que la iglesia cristiana se reencontrara a sí misma en el
corazón del mundo moderno. Lo excepcional no sería el concilio por sí mismo,
sino la impactante imagen del cristianismo –es decir, del proyecto salvador de
Dios– que ese concilio podría proyectar sobre la humanidad.
La fe como fundamento del malestar de la conciencia cristiana
La reflexión propuesta en la trilogía es consecuencia de un malestar nacido de
la fe cristiana. El creyente firme y honesto, como es mi caso, no puede
contemplar la crisis de la iglesia, que es una crisis en la proclamación del
kerigma cristiano en nuestro tiempo, sin sentir un profundo malestar de
conciencia. Es la mala conciencia de ver la falta de calidad y de fuerza en el
cumplimiento del sentido de la vida cristiana en la iglesia: ser luz ante las
gentes para proclamar la grandiosidad del plan creador de Dios. Es el malestar
de conciencia que brota al constatar una iglesia en crisis en que la luz
deslumbrante que debiera proponerse a la libertad humana no pasa de ser la luz
mortecina en crisis que antes describíamos. ¿Dónde estamos? ¿Qué es lo que estamos
haciendo?
Mi obra HNC nace desde la inquietud honesta de la creencia cristiana dentro de
la iglesia católica. Es una reflexión hecha desde dentro de la fe católica para
buscar el proyecto de actuación que permitiera llegar a la proclamación
brillante de la fe desde dentro de la cultura de nuestro tiempo. Decir que nace
de la fe cristiana en la iglesia católica significa que nace desde dentro de la
adhesión a Jesús de Nazaret tal como se me ha dado en la fe de la iglesia.
Creo, pues, en la divinidad de Jesús que revela el eterno designio creador de
Dios, que “inspira” a la iglesia para escribir las Escrituras y que la “asiste”
para hacer presente la revelación en la historia. Ser cristiano es la adhesión
personal e intelectual a Jesús, a sus palabras y a sus hechos, como el Hijo de
Dios que revela el plan salvador de Dios en la historia. La voluntad divina de
hacer presente la Revelación en la historia llevaba consigo el ejercicio de su
Providencia sobre la comunidad cristiana, la iglesia, que debía estar
“inspirada” para redactar las Escrituras y “asistida” para mantener la
Revelación en la historia. Mi adhesión a Jesús es, pues, la adhesión al Jesús
de la fe de la iglesia. Es el Jesús del kerigma cristiano. En este sentido ser
católico significa tener conciencia de que esta adhesión a la iglesia tal como
realmente es, que mantiene sin fisuras la continuidad con la tradición
apostólica desde el mismo Jesús, es la adhesión que Jesús ha previsto y querido
de acuerdo con su plan providente, manifiesto en la historia misma. Sea dicho
esto de acuerdo con el profundo respeto a las otras confesiones cristianas y a
las otras religiones, tal como ha sido argumentado con amplitud en HNC, en
conformidad con la idea de “religión universal”, “cristianismo universal” e
“iglesia universal” que allí hemos presentado.
Por tanto, esta urgencia moral cristiana, nacida de la adhesión a Jesús y a su
presencia providencial en la iglesia, no cuestiona nunca el kerigma cristiano,
o sea, el contenido de la fe cristiana que nace de Jesús y del que la iglesia
se entiende como depositaria. Pero sí debe preguntarse si la forma de
proclamación, en las palabras y en los hechos, tal como actualmente hacemos los
cristianos, o sea, la iglesia, tiene el nivel de calidad que exige nuestro
compromiso con Jesús. Hacerse esta pregunta es una exigencia moral inevitable
al contemplar la deriva de la iglesia y la crisis de los últimos siglos,
acentuada gravemente en nuestro tiempo.
¿Dónde estamos? ¿Contiene nuestra actuación como cristianos, comprometidos en
proclamar el kerigma cristiano, aspectos susceptibles de mejora cualitativa que
debiéramos asumir? ¿Cuáles son? ¿Qué debiéramos hacer para responder con la
mayor competencia a la misión de hacer presente de forma inteligible y
existencialmente impactante el mensaje de Jesús? La trilogía, especialmente
HNC, contiene el resultado de mi reflexión personal: un análisis de dónde
estamos y un dictamen de aquellos puntos en que la hermenéutica asociada a la
proclamación del kerigma debería reorientarse para hacerlo presente en la
modernidad. Se trata evidentemente de una propuesta hermenéutica (por tanto,
filosófica y teológica). Una propuesta, por tanto, nueva y creativa, pero
armónica con el kerigma cristiano. Propuesta que, si se hace, es porque la
considero pertinente. En la trilogía está ampliamente argumentada. Sin embargo,
es una propuesta personal que, puesto que no considero tener la última palabra,
está sometida a examen y revisión. Pero es una propuesta importante que no
debería ser ignorada por quienes sienten la misma responsabilidad moral
cristiana de hacer presente el kerigma cristiano en la historia y saben
perfectamente que la hermenéutica cristiana está abierta a su perfección en la
historia. La trilogía nace de una responsabilidad moral cristiana honesta, pero
es un reto a la responsabilidad de otros que deben responder también ante sus
conciencias cristianas.
La propuesta, como seguiré explicando en este blog y puede ya verse publicada
en la trilogía, considera que la modernidad –que en definitiva constituye una
considerable profundización en la forma en que Dios ha creado el mundo y las
condiciones de la existencia humana en el universo– es una gran ocasión
histórica para entender cómo la Voz del Dios de la Revelación puede iluminarse
desde el conocimiento de la Voz del Dios de la Creación. La trilogía expone con
claridad la nueva hermenéutica que la iglesia debería afrontar, tanto en la
dimensión filosófico-teológica como en la dimensión sociopolítica. Después de
veinte siglos instalados en la hermenéutica antigua, la entrada en el nuevo
“paradigma de la modernidad” sería de tal importancia que exigiría la convocatoria
del Nuevo Concilio. Un concilio que podría producir la revitalización del mundo
católico, pero también de las otras confesiones cristianas y de las otras
religiones, al mismo tiempo que impulsaría una nueva forma de compromiso del
mundo de las religiones con un problema de la humanidad todavía sin resolver,
la lucha contra el sufrimiento humano. El concilio podría ser ese algo
extraordinario que podría suceder y que podría sacar a la iglesia de la larga
tribulación histórica en que todavía se encuentra. Como creyente pienso que a
ese acontecimiento extraordinario sólo podrá llegarse si muchos cristianos
ponderan con honestidad racional dónde estamos, dónde deberíamos estar y son
capaces de comprometerse con decisiones personales que respondan a su conciencia
cristiana.
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