Guía temática para leer este blog
JAVIER MONSERRAT
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Este blog, titulado Hacia el Nuevo Concilio, persigue el fin
de dar a conocer, comentar, ampliar, aclarar, el contenido de mi obra: Javier
Monserrat, Hacia el Nuevo Concilio. San Pablo, Madrid 2010.
El blog comenzó en 2011.
Orientaciones para leer este blog con un orden lógico:
En ocasiones los post se agrupan en series (en este caso,
presentan siempre una numeración en romanos). Es obvio que los post de una
serie están en relación y, para hacerse una idea correcta del contenido, deben
leerse todos en el orden de numeración). Si se quiere seguir un orden lógico de
lectura, estos consejos pueden servir de orientación.
1) Comenzar a leer los post de la sección “Por qué este
blog”. Los dos post del 24/12/2010 explican el contenido de la Trilogía, como
respuesta a tiempos excepcionales y la peripecia personal que me llevó a
escribirla. El post de 6/1/2011 contiene una introducción global a lo que
entiendo la responsabilidad de la iglesia de nuestro tiempo para proclamar el
kerigma cristiano y, al mismo tiempo, un resumen y comentario de Hacia el Nuevo
Concilio.
2) Complementando las ideas introductorias de la sección
“Por qué este blog”, puede leerse la primera serie temática que he colocado en
la sección “Argumentos”. Son dos posts: el del 5/2/2011 y el del 2/3/2011,
ambos insisten en la urgencia y responsabilidad de la conciencia cristiana para
proclamar en nuestro tiempo el kerigma cristiano.
3) La sección “El Nuevo Concilio” contiene una serie de ocho
posts que tratan del tema “La Nueva Evangelización y Concilio” (aparecidos
entre el 6/2012 y el 8/6/2012). Su lectura entraría lógicamente después de la
lectura de lo indicado en los puntos 1) y 2) (ver inmediatamente antes). En
estos posts explico que la “novedad eficaz” que la iglesia busca en sus diseños
de nueva evangelización debería ser la entrada en el paradigma de la modernidad
que, por su propio impulso, debería desembocar en el Nuevo Concilio.
4) En la sección “Argumentos” he colocado cuatro posts de la
serie “Ontología del universo y hermenéutica cristiana” (aparecidos el primero
el 1/6/2011 y los otros tres el 16/6/2012). En ellos he argumentado que la
iglesia debe decidirse a aceptar la nueva ontología de la realidad que
conocemos por la modernidad para construir desde ella una nueva hermenéutica
cristiana. Esta nueva ontología del universo nos lleva a una nueva visión de la
ontología humana, no dualista, pero que responde plenamente a la ortodoxia
católica.
5) Por último, en la sección “Imagen de la realidad en la
ciencia” he puesto dos posts (el 12/4/2011 y el 27/4/2011) que complementan el
capítulo cuatro de Hacia el Nuevo Concilio). El primer post trató sobre la
cosmología de multiversos de Stephen Hawking y el segundo sobre la de Roger
Penrose.
Hacia el Nuevo Concilio: la responsabilidad de la
iglesia en la proclamación del kerigma cristiano en nuestro tiempo
Las religiones están ahí como un hecho histórico y una
realidad actual incuestionable. Es verdad que en parte han producido problemas
psicológicos y políticos, incluso violencia. Pero no cabe duda de que, en
conjunto, han supuesto un gran beneficio para la especie humana que ha podido
soñar con la felicidad, el acogimiento divino, aceptar el sufrimiento como
parte mistérica del plan de Dios e imaginar el final feliz de la historia. Por
estos beneficios la inmensa mayoría de los hombres han sido religiosos, tal
como ha sido confirmado por el mismo psicoanálisis y se sigue constatando en
estudios estadísticos globales sobre la religiosidad en el mundo. Pero, en la
situación actual, sobre todo en los países desarrollados, sectores cada vez más
amplios de la sociedad se van aislando de la religiosidad, y más de las
religiones socialmente establecidas, por el indiferentismo religioso, el
ateísmo, el agnosticismo o por la increencia en general. Para estos hombres se
cierra la posibilidad de un soñar absoluto y final, imaginando una plenitud
final de la metahistoria, ya que, por su propio planteamiento de principio
asumido en libertad, su futuro no puede ser sino la decrepitud final hasta la
muerte. Los mismos hombres religiosos, de una forma u otra, atraviesan hoy una
profunda crisis de identidad y de sentido, ya que, aunque sean religiosos,
carecen de un logos (una racionalidad profunda reflexiva) que les instale en su
religiosidad con seguridad y equilibrio humano. De ahí la extraordinaria
importancia humana y social, importancia para la historia de la especie humana
en su conjunto, de afrontar una reconstrucción rigurosa del logos, de la razón
y del sentido de la religiosidad, y del cristianismo, en nuestro tiempo, el
tiempo de la modernidad, después de la larga tribulación histórica atravesada
en los últimos siglos. El logos recuperado de la religiosidad no impondría a
los no creyentes la necesidad de creer, que siempre será un acto libre que se
puede asumir o no. Pero un logos religioso bien formulado desde nuestro tiempo
les haría más fácil abrirse libremente a la esperanza, y a la plenitud humana
que representa el mundo de lo religioso. Para muchas personas sería más fácil y
asumible abrirse responsablemente a la esperanza, a la imaginación y al sueño
de un final feliz para la historia de todos. Este logos recuperado podría
también facilitar que los hombres religiosos alcanzaran un mayor equilibrio
humano, mayor estabilidad y seguridad, en su vivencia de la esperanza
iluminadora y enriquecedora de lo religioso. Este logos recuperado podría ser
también de extraordinaria importancia en el diálogo interconfesional cristiano
e interreligioso, así como para la participación de los ciudadanos cristianos
en el proceso histórico abierto en el compromiso civil en la lucha contra el
sufrimiento humano. Este logos recuperado de la religiosidad jugaría un papel
importantísimo en el proceso de cohesión social que a todos beneficia. Pues
bien, nuestra tesis es que vivimos un tiempo excepcional en que están dados ya
objetivamente todos los elementos que harán posible la recuperación de este
logos de la religiosidad. El gran concilio de nuestros tiempos, el Nuevo
Concilio, debería ser el escenario responsablemente construido por la iglesia
católica para iluminar la profundidad de este nuevo entendimiento del logos de
la religiosidad humana y cristiana y proclamarlo solemnemente ante la
humanidad.
En los dos inputs comunes para la presentación de los
dos blogs, el blogHNM y el blogHNC, me he referido ya a la conjetura de que
estaríamos viviendo un tiempo histórico excepcional en que estaría fraguándose
un cambio transcendental en la iglesia católica, que se proyectaría sobre las
otras confesiones cristianas y sobre las otras religiones. No se trataría de un
cambio en el kerigma cristiano, que es lo que es y no puede cambiarse, ya que
la iglesia es depositaria de las palabras y de los hechos de Jesús a los que
debe ser fiel integralmente, siendo también así en las otras confesiones
cristianas.
Se trataría más bien de un cambio que afectaría al modo de entender el kerigma
desde la experiencia de nuestro tiempo; o sea, a la I[hermenéutica]I del
kerigma. Es decir, la fe cristiana postula una congruencia armónica entre la
Voz del Dios de la Revelación en el Cristianismo y la Voz del Dios en la
Creación, ya que el Dios que se revela es el mismo Dios que crea el mundo de
acuerdo con su designio creador. Por tanto, el conocimiento moderno de la forma
del mundo real, de hecho creado por Dios, debería llevarnos a un entendimiento
de la Voz del Dios de la Revelación con una mayor profundidad teológica.
Es decir, el cristianismo, a la luz de la
modernidad, debería emprender el cambio de paradigma hermenéutico que estaría
pendiente desde los últimos siglos. La iglesia debería pasar desde el mundo
antiguo al mundo moderno, de manera reflexiva y profunda, proclamando ante la
sociedad con nueva calidad teológica la profundidad abismal del Misterio de
Cristo. Misterio iluminado desde nuestra experiencia histórica, de la misma
manera que ésta, es decir, el dramatismo de nuestra historia autónoma en una
tierra inhóspita en que nos angustia el aparente abandono de Dios, es iluminada
por el Misterio de la Cruz.
Siguiendo el contenido de mi ensayo I[Hacia el Nuevo Concilio]I, como parte de
la presentación del blogHNC, expongo en este input una síntesis inicial,
necesariamente parcial, de mis ideas acerca de este mencionado cambio
excepcional y los argumentos principales para hablar de la conveniencia de un
nuevo concilio en la iglesia católica. Esta síntesis puede verse desarrollada
en la trilogía y será objeto del desarrollo pormenorizado de este blog.
La modernidad, ocasión histórica excepcional para redescubrir la profundidad
del kerigma cristiano
El conocimiento producido por la ciencia y la cultura configurada lentamente
desde la aparición del proceso histórico que llamamos modernidad, que sigue
estando en la base del mundo actual, son una ocasión histórica excepcional para
que el cristianismo entienda el sentido profundo del kerigma proclamado desde
hace dos mil años, en testimonio del mensaje de Jesús, del que la iglesia se
siente depositaria y transmisora a la historia. El conocimiento más preciso del
universo creado por Dios, debe permitir un entendimiento más profundo del
mensaje de Jesús que explica el sentido de ese mundo real creado por Dios para
ofertar al hombre la participación en la vida divina. El universo real de la
modernidad se presenta como un universo enigmático y metafísicamente borroso en
que el hombre puede asumir libremente una hipótesis teísta o una hipótesis
ateísta sin Dios, o moverse en el agnosticismo de la increencia metafísica. La
cultura de la modernidad es así también una cultura en que el hombre puede ser,
y de hecho es en parte, puramente mundano, cerrado a Dios. Pero es también una
cultura que permite la apertura a lo divino como se muestra en la variedad
historicista de las religiones y del cristianismo. Si desde esta experiencia de
la modernidad (que en el fondo es la Voz del Dios de la Creación que muestra el
mundo real que ha sido creado) miramos al mensaje de Jesús que, para los
creyentes, revela el plan y sentido de la creación obrada por Dios, entonces
entendemos su profunda coherencia: el mensaje de Jesús desvela, en efecto, el
sentido de ese mundo que constatamos en el plan de creación establecido por
Dios. Dios, en su eterno designio creador, quiere hacer al hombre realmente
libre para aceptar, personalmente y en toda su dignidad humana, la sorprendente
oferta de participación en la vida divina. Por ello crea un mundo en que es
posible el pecado, la negación de Dios y la clausura del hombre en su pura
mundanidad sin Dios.
El mundo de las religiones está ahí en toda la variedad multiforme de sus ricas
tradiciones historicistas, sin que nadie pueda negar su existencia fáctica.
Pero las religiones son antiguas. Todas ellas han pretendido que sus teologías
sean conformes con la razón y, por ello, construyeron desde antiguo argumentos
filosóficos para mostrar su congruencia con el mundo natural.
El cristianismo es también una religión antigua y por ello, ya desde antiguo,
construyó una forma de entender su armonía con la razón natural. Sin embargo,
desde hace ya varios siglos al comenzar la andadura de la modernidad, la imagen
racional del mundo sufrió cambios profundos a medida que la ciencia progresaba
en su conocimiento de la realidad, formándose al mismo tiempo una nueva
sensibilidad existencial, una nueva cultura que abarcaba desde la filosofía
política hasta las manifestaciones más concretas de la cultura lúdica y
estética, o de las valencias existenciales inmediatas de los individuos y de la
sociedad.
Es comprensible que el impulso de las religiones desde la antigüedad, con
filosofías y teologías fundadas en una visión antigua de la realidad, haya
producido una falta de armonía con el mundo moderno; es decir, una desarmonía
palpable con la imagen moderna de la realidad y con sus nuevas sensibilidades
existenciales en la cultura. Por ello, la generalidad de las religiones, de una
u otra manera, han entrado en una cierta crisis de armonía con la realidad
(crisis de armonía entre su contenido teológico antiguo y los contenidos de la
cultura moderna).
El hombre religioso se ha visto así sometido a la tensión de un cierto
bifrontismo existencial no armonizado o, si se quiere, por ello, ante una
cierta crisis de identidad. El impulso a ser “moderno” y la tradición de una
creencia religiosa parecían ir cada una por su lado, cuando deberían responder
a la misma lógica del Dios creador. La crisis ha sido tanto mayor cuanto mayor
ha sido el crecimiento de la cultura moderna en las diversas sociedades que
constituyen el nicho social de una religión. Esta crisis ha afectado también al
cristianismo, y en mayor grado además que a otras religiones por cuanto sus
ámbitos sociales propios, Europa y América, han sido el escenario principal en
que ha nacido y crecido la cultura de la modernidad. El impacto de la modernidad
ha sido grande también en el judaísmo, pero mucho menor en religiones como
budismo, hinduismo o islamismo.
En el universo, creado para la libertad, el hombre indigente, desde la
dramática experiencia del sufrimiento, podrá mirar hacia la posibilidad de Dios
como el horizonte final de liberación de la historia
La modernidad muestra, en efecto, la forma en que Dios ha creado el mundo y nos
hace entender que se trata de una “creación para la autonomía del mundo, la
libertad y la dignidad humana”. Pero el plan de Dios, revelado por Jesús,
incluye crear un universo dramático y sufriente que sigue sin imponer a Dios,
pero que hace entender al hombre que sólo en un posible Dios podría darse la
liberación y plenitud final de la aspiración humana por la vida. Este sentido
del plan o “historia de salvación” diseñado por Dios se manifiesta y revela en
la esencia del mensaje de Jesús: el Misterio de la Muerte en la Cruz y de la
Resurrección de Cristo. La muerte en cruz de la Persona Divina de Cristo revela
que Dios asume la kénosis o anonadamiento de la Gloria de su Divinidad ante el
mundo, pero asume y se solidariza también con el sufrimiento dramático de la
especie humana, para hacer posible la “autonomía libre” del hombre en la
historia al configurar su existencia en un “universo autónomo”. Pero la
resurrección de Jesús muestra que Dios emprenderá, como se ve anticipadamente
en la resurrección de Jesús, la liberación final, más allá de la muerte, de
quienes libremente hayan aceptado la oferta divina que Dios les tiende, a pesar
del sufrimiento, de la lejanía y del aparente silencio de Dios ante la historia
del mundo. Así, la modernidad, en que el universo es un universo para la
libertad y la creatividad del hombre, se muestra como la Creación obrada por el
mismo Dios de Jesús. Revela que el Dios real que crea el universo es el Dios
que crea el escenario de la libertad y de la creatividad. El Dios que revela el
cristianismo es el Dios que crea la libertad; la misma libertad que se entiende
y se ejerce en la madurez histórica de la modernidad. Esta idea del mensaje de
Jesús estuvo siempre presente en el cristianismo, pero, como veremos, se
oscureció por la interpretación o hermenéutica antigua del cristianismo. Sin
embargo, en los tiempos modernos, la modernidad habría puesto en condiciones al
cristianismo de emprender la nueva hermenéutica desde la madurez de la historia
humana en la modernidad. Esta nueva hermenéutica, el nuevo paradigma de la
modernidad, iluminaría con sorprendente fuerza el sentido de la fe cristiana y
el sentido de todas las religiones en el mundo moderno. Esta nueva hermenéutica
del cristianismo debería ser avalada por el Nuevo Concilio, sin duda uno de los
más importantes de la historia cristiana, para proclamarla solemnemente ante la
humanidad.
Experiencia religiosa y religiones, en la crisis de la modernidad.
En realidad, los seres humanos suelen ser religiosos porque tienen una
experiencia religiosa. Es la sensación interior de estar afectados por el
misterio transcendente de un Ser Divino, al que se apela personalmente, con el
que se cree tener la relación interior de sentirse escuchado y al que se
atribuye un cierto designio divino de salvación al que el hombre se siente
libremente religado. La experiencia religiosa es sentirse en las manos de la
Providencia de un Dios mistérico en el que nos sabemos inmersos. Otra cosa son
las religiones. Estas responden a tradiciones historicistas, formadas en
determinadas culturas y con una historia peculiar, que poseen filosofías,
teologías, cultos, prescripciones, rituales, etc. Puede decirse que las
religiones han vehiculado la experiencia religiosa de los miembros de una
comunidad, creándose así sus tradiciones historicistas (normalmente
comprometidas con sistemas explicativos inspirados en formas de pensamiento
antiguas).
No todas las personas tienen la misma experiencia religiosa; hoy sabemos que
ésta depende incluso de localizaciones neuronales que pueden estar más o menos
activadas, en parte bajo los condicionamientos, a favor o en contra, que
dependen del medio ambiente familiar y social (no hay dos cerebros iguales).
Puede haber también personas religiosamente frías, al menos en algún momento de
su vida, y otras, en cambio, sienten una intensa religiosidad.
Al ir configurándose la cultura de la modernidad, lo primero que entra en
crisis son las “religiones”, ya que son estas las que ven su sistema teológico
antiguo puesto en cuestión por falta de armonía con la nueva imagen de la
realidad. Sin embargo, la “experiencia religiosa”, sincera y profundamente
sentida, está por principio más libre y tiende a coordinarse más fácilmente con
la modernidad. Los individuos se dejan llevar por lo que parece racionalmente
inevitable, es decir, por la manera de pensar y por la manera de vivir propia
de la modernidad.
Pero la experiencia religiosa interior sigue presente, es aceptada y se intuye
que la realidad de ese Dios misterioso debe ser armónica con la realidad que el
hombre debe inevitablemente vivir, o sea con la cultura de la modernidad que se
impone. En cambio son las “religiones”, comprometidas con sus teologías
precisas, sus prescripciones y sistemas morales, las que, por sus conexiones
con el mundo antiguo, han entrado pronto en crisis ante el avance de la
modernidad.
Así, muchos individuos abandonan su integración en las religiones, van
percibiendo poco a poco que no les dicen nada (que no conectan con la
realidad), pero se mantienen fieles a su experiencia interior de religiosidad.
En su “interior” se sienten fieles a la “experiencia religiosa” y sienten una
tranquilidad de conciencia subjetiva. Están subjetivamente en paz con su Dios
interior y con la modernidad.
Pero estas personas, en el fondo religiosas, han dejado de entenderse con las
religiones que han tomado forma desde antiguo en sus respectivas sociedades. Se
sienten más cómodos y moralmente justificados al limitarse a su religiosidad
interna, justificando por ello el haberse desvinculado de unas religiones
intuyen como “anticuadas” y que, en verdad, no entienden.
La crisis del paradigma antiguo del cristianismo como sin-sentido de una
experiencia del universo y de la historia donde fracasa el pretendido plan de
Dios
La crisis del cristianismo ante la modernidad ha dependido también, por tanto,
de la forma en que el cristianismo era entendido según sistemas hermenéuticos
propios del mundo antiguo. Entre las características de esta visión del
cristianismo en la hermenéutica antigua cabe destacar el “teocentrismo”. El
kerigma cristiano no era teocéntrico en el sentido del paradigma antiguo y, de
hecho, será entendido –esta es nuestra tesis– con mayor profundidad en el
paradigma de la modernidad, que no es teocéntrico por no imponer necesariamente
la realidad de Dios. En el teocentrismo antiguo se consideraba (y en parte se
sigue considerando hoy, ya que no ha desaparecido complemente en el
cristianismo actual) que Dios ha creado un universo en que la razón impone la
Verdad fundamental de Dios, que se manifiesta también en una ley natural que,
tal como entiende el paradigma antiguo, hace a Dios origen del orden moral y
social. La razón instala al hombre en el reconocimiento inevitable de que Dios
es la Verdad del universo (teocentrismo) y de que el comportaminto religioso,
la religación a Dios, es la Verdad de la existencia humana, en el orden
personal y social (religiocentrismo). Este mismo Dios, y su ley natural, sería
el origen racional y humano de la autoridad que funda el orden social y
político (teocratismo). Es explicable que, ante una hermenéutica de la religión
de esta naturaleza, la modernidad supusiera una conmoción extraordinaria para
el cristianismo. En la modernidad sectores amplios de la sociedad construyen un
entendimiento del universo sin Dios. De la misma manera sectores amplios de la
sociedad viven sin inquietudes religiosas y, además, la sociedad se construye a
partir de principios puramente laicos, no fundados en el reconocimiento de
Dios. ¿Cómo entender entonces lo que pasa? ¿Es que Dios ha fracasado en su
designio por imponer un orden teocéntrico, religiocéntrico y teocrático? ¿Le
han salido mal las cosas a Dios? ¿Están viviendo los hombres sin Dios una
sublevación irracional frente al orden religioso establecido por Dios en la
naturaleza? Muchos hombres observan a los grupos religiosos inquietos ante cada
hecho científico que cuestiona la realidad de Dios, ante las decisiones de
conducta que orientan la vida al margen de las tradiciones morales religiones
sometidas a la ley divina, ante las decisiones de las naciones al margen del
mundo religioso. Se ve a la iglesia como una organización religiosa arcaica que
se “espanta”, se subleva y denuncia, una sociedad que se ha salido
perversamente de lo que “debiera ser si se atuviera a la verdadera naturaleza
humana”. La impresión es la de que se están constatando dos mundos aislados, el
mundo religioso y el mundo de la modernidad, que viven en dos representaciones
de la realidad que no se encuentran. Por ello el hecho que parece imponerse
sociológicamente es que mucha gente intuye que el mundo religioso es arcaico y
esta percepción fundamenta subjetivamente su progresiva desvinculación del
mundo de las religiones establecidas y del cristianismo.
La crisis del cristianismo en la modernidad.
Los creyentes cristianos han vivido su religiosidad intensamente por medio de
la religión cristiana. Sin embargo, poco a poco, la modernidad, nacida en las
sociedades occidentales desarrolladas, ha ido produciendo la crisis de armonía
entre religión y modernidad antes aludida. De hecho se ha tratado
principalmente de una crisis de religión cristiana; también ha sido una crisis
de experiencia religiosa, pero mucho menos. La verdad es que todos reconocen la
profunda crisis producida en las iglesias cristianas en los últimos siglos. Lo
hacen los sociólogos que la describen objetivamente, pero también los
filósofos, teólogos, la intuición de los simples creyentes, no creyentes e
indiferentes, pero incluso las jerarquías eclesiásticas y el mismo Papa.
Es verdad que quedan muchos creyentes; son todavía la mayoría en las sociedades
cristianas europeas y americanas. Entre estos (dejando aparte los clérigos)
algunos pocos tienen una cierta formación religiosa, pero simple y poco
rigurosa. Es verdad que hay grupos de creyentes muy comprometidos con la
iglesia, agrupados en diferentes asociaciones; tienen “experiencia religiosa”
dada en la tradición cristiana y quieren defenderla, tal como de hecho se
presenta en la actualidad (esta actitud es loable y muestra de fidelidad
incuestionable).
Pero la mayoría de los creyentes, sin embargo, mantienen formalmente su fe,
pero están cada vez más alejados de la práctica religiosa, limitada a
situaciones extraordinarias puntuales, como puedan ser las celebraciones
familiares o la visita de un Papa. Las estadísticas, por ejemplo en países como
España, muestran cómo la asistencia a las iglesias disminuye de forma continua.
Lo mismo pasa en los grandes países desarrollados, siendo los Estados Unidos de
América el que conserva niveles de religiosidad popular más estables. Por otra
parte, el número de aquellos que, más allá del mero indiferentismo práctico
(del que participan también muchos creyentes), se declaran ateos o agnósticos
crece constantemente, aunque todavía sean posiciones minoritarias.
Lo que estos hechos parecen decir es que el lenguaje y las actitudes de las
iglesias cristianas no son entendidos, no dicen nada a esas grandes masas de
creyentes y no creyentes. Es verdad, como decíamos, que mucha gente con
experiencia religiosa profunda sigue referida a las iglesias cristianas
tradicionales que han vehiculado su religiosidad desde generaciones y
generaciones. Pero debemos aceptar que, si una persona creyente observa una
religión establecida socialmente, que no entiende y que le dice muy poco, es
muy difícil integrarse en sus cultos.
Es muy difícil sentir motivación para ello, y más cuando el sujeto queda
moralmente tranquilo al mantener su religiosidad interior, en caso de que haya
alguna fuerza íntima que le impulse a ello. Entonces se produce una
desintegración inevitable y el individuo se distancia del cristianismo, o sea,
de la “religión establecida” en la que tiene, sin embargo, probablemente, sus
raíces personales y familiares. Esto pasa a mucha gente, incluso a quienes
siguen teniendo una experiencia religiosa personal sincera, ya que sienten una
presión situacional a desentenderse de la “religión oficial”.
La responsabilidad de la iglesia frente a la proclamación del kerigma.
La crisis del cristianismo en la modernidad ha sido, y es cada vez con más
fuerza, una enorme tribulación para las iglesias cristianas. Para medir el
alcance del malestar-de-conciencia que esto produce basta recordar que los
cristianos, y sobre todo las jerarquías de las iglesias, entienden que su
misión en la historia es proclamar correctamente y con fuerza el mensaje de
Jesús. Ahora bien, son muchos los indicios históricos de que quizá esta
proclamación no se está haciendo con el nivel de calidad que debiera. La crisis
real de los últimos siglos habla por sí misma.
Además, es significativo que haya mucha más “experiencia religiosa” que
“religión” cristiana establecida. No quiero decir que, por las buenas, podamos
establecer qué es lo que está pasando, y menos atribuir sin más una falta de
calidad a la proclamación del kerigma. Cuanto más cuando en la crisis religiosa
contribuyen muchas causas (como, por ejemplo, el bienestar y el sometimiento al
consumo en las sociedades desarrolladas que “ciega” el interés de las personas
sobre lo inmediato).
Pero, en todo caso, el cristianismo debe hacer un análisis reflexivo de la
situación. Es una exigencia moral ante la debida proclamación del kerigma en la
historia y la crisis actual que se produce. Es la reflexión organizada y
argumentada la que debe permitirnos dar un dictamen acerca de lo que realmente
está pasando en el mundo religioso del cristianismo.
En Hacia el Nuevo Concilio he querido contribuir personalmente a esta
reflexión. Lo he hecho dando cuatro pasos fundamentales (en los capítulos
segundo al quinto), otros complementarios (en los capítulos seis y siete) y una
conclusión final en que se realiza una apelación final a la convocatoria del
Nuevo Concilio que debiera introducir oficialmente a la iglesia en la
proclamación del kerigma desde dentro del logos del mundo real creado por Dios,
tal como se nos impone en la experiencia histórica de la modernidad. Hagamos
una síntesis del contenido de Hacia el Nuevo Concilio que, aunque muy densa en
este momento, se irá explicando en este blog.
Los capítulos y la estructura argumentativa de mi ensayo Hacia el Nuevo
Concilio
¿Cómo someter organizada y sistemáticamente a reflexión la forma en que la
iglesia cristiana está realizando la proclamación del kerigma ante la sociedad
de nuestro tiempo, o sea, en el tiempo de la modernidad? El itinerario seguido
en HNC ha partido de una primera recapitulación de la naturaleza del kerigma
cristiano (capítulo II): es el depósito custodiado en la iglesia como esencia
del mensaje de Jesús, contenido en sus palabras y en sus hechos. De lo que se
trata es de preguntarse cómo este kerigma podría resonar con fuerza
sobrecogedora ante la cultura de la modernidad. El segundo paso ha sido
reconstruir cómo se ha hecho la hermenéutica del kerigma a través de los
siglos, de acuerdo con lo que llamamos el paradigma greco-romano, y cuál es
actualmente su forma de proclamación en la iglesia (capítulo III). El tercer
paso ha sido presentar la imagen de la realidad en la ciencia moderna para
compararla con lo que fue el paradigma antiguo (capítulo IV). Entre las muchas
diferencias que se analizan puntualmente destaca el hecho del consenso moderno
en los principios de una epistemología crítica e ilustrada (frente al
dogmatismo racionalista) y la constatación del enigma metafísico que deja
abiertas las hipótesis de Dios y de la pura mundanidad sin Dios (frente a
teocentrismo). El quinto paso es el definitivo y consiste en preguntarse a qué
hermenéutica lleva la nueva imagen de la realidad en la ciencia y en la cultura
moderna (a partir del conocimiento científico y de la antropología filosófica
que describe al hombre de nuestra cultura). El paradigma de la modernidad en el
cristianismo (capítulo V), frente al paradigma antiguo greco-romano, formula
una serie importante de contenidos y matices que representan la forma de
entender el kerigma cristiano iluminada por la imagen del mundo moderno (que es
el mundo realmente creado por Dios). En el paradigma de la modernidad destaca
el entendimiento de que el plan de Dios en la creación del mundo se expresa en
la revelación del Misterio de Cristo, misterio de un Dios que se deja llevar a
la kénosis de su presencia en el mundo, a favor de la libertad y plenitud de la
dignidad autónoma del hombre en el mundo (la cruz), pero que intervendrá
también metahistóricamente en la liberación final de la humanidad (la
resurrección). Una vez descrito el paradigma de la modernidad, Hacia el Nuevo
Concilio estudia sus consecuencias para el diálogo interconfesional cristiano y
para el interreligioso (capítulo VI), así como su relación con la filosofía de
la historia (capítulo VII). Por último, el ensayo en su conjunto confluye en
argumentar cómo la lógica de la historia cristiana conduce a la conveniencia de
la convocatoria del gran concilio de nuestro tiempo en que, con orden y
concierto, con toda explicitud y pedagogía, la iglesia escenificara la gran
lección histórica de integración reflexiva en el mundo moderno (capítulo VIII).
El esfuerzo del concilio sería la respuesta responsable de los cristianos y de
la jerarquía eclesiástica a la obligación moral cristiana de proclamar el mensaje
de Jesús en nuestro tiempo con los niveles de calidad que merece.
El kerigma cristiano (capítulo II).
La gran cuestión que debe ser examinada, por tanto, es si el kerigma cristiano,
aquello que constituye la esencia del cristianismo, es entendible en
congruencia con la imagen del universo en la ciencia y con los rasgos de la
cultura en la modernidad. Ahora bien, ¿qué es el kerigma cristiano? Su
descripción establece el punto de referencia de nuestro ensayo: aquella fe
religiosa cuya aceptación puede o no considerarse sostenible desde la cultura
de nuestro tiempo.
Lo primero que debe establecerse es la esencia del cristianismo como religión:
es la aceptación y adhesión personal a la persona de Jesús, y por tanto a la
doctrina en que Jesús revela el eterno designio creador de Dios para hacer
posible la historia de salvación humana, como respuesta a la oferta de
participación en la vida divina.
Ahora bien, ¿qué es el kerigma cristiano? Es la transmisión a la historia del
contenido de la doctrina reveladora de Jesús a través de la fe de la iglesia. Y
esto es de gran importancia: el kerigma no es ni el Jesús histórico, ni la pura
historia en uno u otro sentido. El kerigma es Jesús en la fe de la iglesia.
A) Consideremos primero la fe desde el tiempo histórico, por ejemplo, el
nuestro: nuestra fe, en efecto, se funda en la consideración de la imagen de
Jesús que transmite la fe de la iglesia (kerigma) y nos adherimos
responsablemente a la fe de esa misma iglesia, es decir, nos adherimos
personalmente al Jesús que se nos da en la fe de la iglesia. Es ahí donde
nuestra adhesión surge y donde encuentra su fundamento: tiene sentido creer en
el Jesús que la iglesia nos transmite. Nos adherimos porque es racional y tiene
sentido adherirnos al Jesús que se nos da en la fe de la iglesia.
B) Entonces, dentro ya desde esa misma fe y dentro de la coherencia que
implica, consideramos, mirando al pasado histórico, que los primeros cristianos
que hallaron a Jesús y se adhirieron a su doctrina en la fe se constituyeron en
transmisores del mensaje de Jesús a la historia. Es la fe que se nos ha
transmitido y en la que hemos creído. Por ello, la lógica de la fe lleva a
considerar que la Providencia de Dios debió velar para que la imagen y la
doctrina de Jesús se transmitieran correctamente a la historia, según la
esencia del mensaje que Dios quería efectivamente comunicar. Esta “lógica de la
fe”, que poco a poco fueron descubriendo los primeros cristianos, produjo en
los primeros siglos la persuasión teológica de que la Providencia de Dios debía
haber “inspirado” las Escrituras y debía seguir “asistiendo” a la iglesia en la
proclamación de la doctrina de Jesús en la historia. De acuerdo con esta
“lógica teológica” o “lógica de la fe”, la iglesia entendió también pronto que
“inspiración” y “asistencia” se referían sólo a la proclamación del kerigma,
pero no a las hermenéuticas e interpretaciones que, ya desde los primeros
tiempos, iban apareciendo en conexión con la cultura del tiempo.
C) Por esto mismo, cuando desde nuestro tiempo actual nos adherimos a la
persona de Jesús, tal como se nos da en la fe de la iglesia, entendemos que esa
imagen dada en la fe de la iglesia está “inspirada” y “asistida” por la
Providencia de Dios sobre la historia de la iglesia que hace presente la
revelación en cada época. Este es el kerigma cristiano, la fe de la iglesia
mantenida desde la tradición apostólica más antigua, y la pregunta desde la
crisis actual del cristianismo consiste precisamente en examinar si ese kerigma
es inteligible desde la experiencia del mundo real en la modernidad.
El paradigma greco-romano (capítulo III).
Ya los primeros cristianos estaban persuadidos de que el Dios que se había
manifestado en Jesús era el mismo Dios que había creado el mundo. Por tanto,
entre el Dios de Jesús y el Dios de la Creación del orden natural debía
postularse una armonía. Es decir, Dios había creado el mundo de acuerdo con el
designio o plan de salvación manifiesto en Jesús. Esta persuasión fue el origen
de las hermenéuticas teológicas que aparecieron desde el principio en la
filosofía y en la teología patrística.
El mundo de referencia era la cultura greco-romana y por ello fue
configurándose poco a poco el paradigma greco-romano (o sea, una hermenéutica
del cristianismo fundada en la cultura greco-romana). Este paradigma antiguo
tuvo dos dimensiones: la filosófico-teológica y la sociopolítica (que se inicia
con la integración en el imperio romano de Constantino). Pero este paradigma
hizo que se impusiera una hermenéutica teocéntrica, religiocéntrica y
teocrática del kerigma. Hermenéutica, sin embargo, que no se identificaba con
el kerigma, aunque pretendiera interpretarlo (y así lo hiciera durante muchos
siglos).
El seguimiento de las etapas y de la evolución del paradigma greco-romano a lo
largo de los siglos permite comprobar su mantenimiento sin fisuras hasta bien
entrado el siglo XX. Desde mitad del siglo XX, sobre todo después del concilio
Vaticano II, el paradigma sufrió un considerable debilitamiento, pero ha
seguido presente de forma imprecisa, poco definida y confusa, sin que se haya
declarado nunca oficialmente como fuera de uso.
Sin embargo, entrado el segundo tercio del siglo XX una nueva corriente
teológica, que llegará a conocerse como la Nouvelle Theologie, comenzó a poner
seriamente en cuestión el antiguo paradigma, sobre todo la pertinencia de
seguir en los antiguos sistemas escolásticos. Esta teología propugnaba más bien
que la pura proclamación de la Palabra de Dios, del kerigma, tal como estaba
presente en la fe de la iglesia, tenía más fuerza que transmitirla “velada” por
sistemas interpretativos anticuados.
Esta teología puramente kerigmática tuvo influencia decisiva en el concilio
Vaticano II (donde Joseph Ratziger, al parecer en aquella época teólogo
kerigmático, fue uno de los teólogos consultores) y ha constituido la forma de
hacer teología de una gran parte de los teólogos profesionales de los últimos
años, centrados en la hermenéutica bíblica y en la transmisión kerigmática en
los santos padres y en la tradición de la iglesia.
Esto es, a nuestro entender, positivo en sí mismo, pero no en cuanto que ofrece
una imagen del kerigma al margen del logos de nuestra cultura. Sin un esfuerzo
hermenéutico profundo. Al fin y al cabo, la gran tradición cristiana en el
paradigma greco-romano buscó el logos de la cultura de su tiempo. Si los
tiempos han cambiado, y aquel logos ya no es apropiado, la solución no es
abandonar el logos, sino buscarlo en las condiciones de la nueva cultura de la
modernidad. Este es nuestro punto de vista.
El kerigma cristiano es la fe de la iglesia, no es ni la pura historia ni la
hermenéutica filosófica
El kerigma cristiano, por tanto, no debe confundirse ni con la historia ni con
el llamado “Jesús histórico”. El acceso a la fe desde nuestro momento histórico
se hace al adherirnos a la persona de Jesús, tal como se nos transmite en la fe
de la iglesia. En esta imagen de Jesús en la iglesia está el fundamento de la
creencia. Y esta creencia, una vez constituida, nos hace entender que la imagen
de Jesús en la iglesia está “inspirada” y “asistida” por la Providencia divina.
La misma iglesia primitiva fue comprendiendo poco a poco esto mismo: que su fe,
transmisora a la historia de la revelación, debía estar “inspirada” y
“asistida” por Dios. Por consiguiente, esto quiere decir que la fe de la
iglesia fue haciendo “teología” desde los primeros tiempos (como se ve
claramente en San Juan y en San Pablo, pero también en los otros escritos del
Nuevo Testamento). La fe de la iglesia que hizo la Escritura y la Tradición no
sólo hizo “teología”, sino que pudo haber atribuido a Jesús palabras que nunca
pronunció, o incluso haber reinterpretado acciones de Jesús (por ejemplo, algún
milagro u otras narraciones, como las circunstancias del nacimiento y de la
adoración de magos o reyes) de formas que no acontecieron en realidad. Todo
esto es posible. Pero, por encima de todo ello, la fe cristiana entiende que la
“teología” y su narrativa (en circunstancias quizá no estrictamente fieles de
la historia) han sido “inspiradas” para comunicar la esencia del mensaje de
Jesús que debía transmitirse y entenderse posteriormente por la iglesia bajo la
“asistencia” divina. Y de la misma manera que la fe no consiste en la historia,
ni en el Jesús histórico, sino en el kerigma constituido por la misma fe de la
iglesia, así también la fe, el kerigma, tampoco consiste en las hermenéuticas o
interpretaciones formadas en la historia. El kerigma no se identifica con el
paradigma greco-romano, ni con otras hermenéuticas pasadas, presentes o futuras
que puedan surgir por la evolución del conocimiento. No se identifica, por
tanto, con la nueva hermenéutica en el paradigma de la modernidad, que nosotros
promovemos, aunque consideremos que, por el avance del conocimiento en la
historia, representa un acercamiento al kerigma cristiano mejor, y más adecuado
a nuestro tiempo, que el propuesto en el paradigma greco-romano antiguo, tanto
en lo filosófico-teológico como en lo socio-político.
La imagen de la realidad en la ciencia (capítulo IV).
La imagen de la realidad en el mundo moderno ha dependido de la producción de
conocimiento científico. Este ha influido en la manera de ver las cosas de la
gente y en parte ha sido uno de los factores determinantes de la cultura de la
modernidad. Que la imagen de la realidad en el paradigma antiguo no se
corresponda con la moderna no es un supuesto establecido de principio, sino
algo que debe ser mostrado. Para ello, se debe reconstruir la imagen de lo real
constituida en el mundo moderno y compararla con la antigua (es lo que hemos
hecho en el capítulo IV de Hacia el Nuevo Concilio).
Si se tratara, en efecto, de una visión nueva del universo, de la vida y del
hombre, entonces sería explicable que entre la hermenéutica del kerigma en la
iglesia (construida desde el paradigma antiguo) y la imagen de las cosas en la
modernidad no hubiera armonía. El hombre moderno intuiría esta falta de
armonía, vería el lenguaje explicativo del cristianismo fuera de la realidad y
tendería por ello a desentenderse de la iglesia, aun quizá manteniendo su
experiencia religiosa interior.
Como decíamos, la nueva imagen de la realidad en la modernidad afectaría, entre
otros muchos, a tres contenidos: primero la idea crítica y abierta del
conocimiento (frente a la patencia racionalista de la Verdad del paradigma
antiguo); segundo la nueva ontología fundada en los conocimientos científicos
que establecen una imagen monista del proceso evolutivo (frente a la ontología
antigua fundada en el dualismo platónico y aristotélico); tercero la idea del
enigma metafísico último en un universo borroso donde la metafísica fundada en
la ciencia deja abiertas dos posibles hipótesis de entendimiento metafísico
último de la realidad: la hipótesis teísta (que puede construirse con
argumentos objetivos) y la hipótesis puramente mundana, sin Dios (que se
construye también con sus argumentaciones objetivas propias).
Este universo ambivalente, borroso, enigmático, es la nueva imagen metafísica
de la ciencia (frente al teocentrismo del paradigma antiguo). Una circunstancia
de gran interés, para entender las consecuencias de la imagen del universo en
la ciencia sobre la religión, debe destacarse. La ciencia de los últimos siglos
fue reduccionista (reducía la explicación de la vida y del psiquismo a una
materia mecánica y determinista, es decir, de acuerdo con una imagen
mecanoclásica del mundo físico).
Pero la evolución de la ciencia en los últimos cuarenta años ha pasado del
reduccionismo al holismo fundado en una consideración integral de las
consecuencias de la mecánica cuántica. Por ello, esta nueva ciencia holística
(que explicamos ampliamente en el capítulo IV) ha abierto nuevas vías monistas
en la explicación no-reduccionista del psiquismo animal y humano. No queremos
decir que esta nueva vía holística de la física y de las ciencias humanas se
haya impuesto definitivamente: todavía hay reduccionistas y se mantienen
opiniones diversas sobre la filosofía y metafísica de la ciencia.
Pero sí queremos decir que la nueva física constituye una vía heurística
consistente, abierta a su progreso en los próximos años: es indicativo de su
importancia que, en el fondo, sólo esta vía heurística podría llegar a estar en
condiciones científico-filosóficas de explicar satisfactoriamente la emergencia
evolutiva evidente de las propiedades del psiquismo animal y humano. Por
consiguiente, esta circunstancia –la nueva física holística– sería la ocasión
histórica para que el mundo religioso supere el enfrentamiento con una ciencia
reduccionista y se abra al diálogo con la ciencia que permite llegar al
paradigma de la modernidad.
El paradigma de la modernidad (capítulo V).
El supuesto de la fe cristiana es que el Dios que se manifiesta en Cristo, o
sea, la Voz del Dios de la Revelación, debe estar en congruencia con la
naturaleza del universo, de la vida y del hombre, o sea, con la naturaleza que
manifiesta la Voz del Dios de la Creación. Por tanto, si la modernidad
representa una profundización en el conocimiento de la naturaleza del mundo
real y de la situación del hombre en la historia, entonces la modernidad (más
allá del paradigma del mundo antiguo) debería permitir una comprensión nueva
más profunda del kerigma cristiano.
¿Es esto así? Si lo es, debe argumentarse: describiendo la naturaleza del
kerigma cristiano (capítulo II), describiendo la situación real del hombre en
la modernidad (capítulo IV) y mostrando argumentadamente cómo se produce una
iluminación bidireccional entre kerigma y modernidad (capítulo V). Según lo
dicho, por tanto, ¿cuál es la situación del hombre en la cultura de la
modernidad? Está abierto a la conciencia de un universo enigmático que pudiera
ser Dios, pero también un puro mundo; esta experiencia ambivalente se ve
confirmada por la experiencia fáctica de una sociedad de creyentes y no
creyentes.
En último término, la experiencia metafísica del hombre le instala
existencialmente ante dos preguntas decisivas ante el enigma del universo y del
sentido de su propia vida: ¿es real y existente un Dios oculto y en silencio,
creador de este universo donde no se impone su presencia y la pura mundanidad
sin Dios es posible? Ese Dios oculto y en silencio, ¿alberga una intención de
relación con la especie humana y de liberación de la historia?
La pregunta ante el posible Dios oculto y liberador es la gran inquietud
existencial del hombre. Este hombre se ve a sí mismo en un universo borroso y
enigmático donde no existe una patencia de la Verdad; en un universo no
teocéntrico en que Dios no se impone; en un universo que puede ser entendido
sin Dios y donde los hombres pueden asumir libremente una existencia puramente
mundana. Es el hombre que, desde esta experiencia de sí mismo en el mundo real,
se encuentra con el kerigma cristiano y considera entonces la forma en que éste
describe el eterno designio divino y el sentido de su obra creadora.
En la doctrina de Jesús, como antes decíamos, se revela el eterno designio
divino que crea un mundo para la libertad donde el pecado, la negación de Dios
es posible. Pero un mundo indigente y dramático donde los hombres, aunque
pueden ser mundanos y cerrados a Dios, llegan a entender que sólo la posible
realidad de un Dios oculto y en silencio podría ofrecer a la humanidad la
liberación final de la historia.
Por ello, los hombres abiertos a la esperanza en Dios y a la oferta de una
comunión metahistórica con la Divinidad son quienes aceptan al Dios oculto en
la creación (que se nos revela en el misterio de la kénosis en la encarnación y
en la cruz) y al Dios liberador (cuya acción liberadora de la historia se
anticipa en la resurrección de Cristo). El plan de Dios revelado en Jesús es el
de una creación que tiene a Cristo por Cabeza. Una creación que tiene sentido
en el logos cristológico: el Dios que acepta la kénosis ante el enigma del
universo y el drama de la historia, pero que finalmente se manifestará
metahistóricamente glorioso por la liberación de la humanidad.
El plan establecido por Dios, y revelado en Jesús, es la creación de un
universo enigmático y dramático como escenario portentoso en el que quienes
aceptan a Dios –creyendo en su Amor y su voluntad liberadora por encima del
enigma y del drama de su lejanía y de su silencio en la historia–, o sea, los
santos, pueden enriquecer sus vidas construyendo en libertad su entrega a la
comunión con Dios.
Pero el plan de Dios contempla de la misma manera una creación enigmática y
dramática en que los hombres podrán cerrarse a un Dios que les llama por una
apelación inequívoca en el fondo de su espíritu (el pecado). La teología
cristiana sostiene que no sabemos con seguridad de alguien que haya muerto en
cerrazón total a Dios. Pero el kerigma cristiano deja abierto sin dudas, junto
al Misterio de Santidad, el escenario del Misterio de Iniquidad que se presenta
como una realidad incuestionable en la historia humana. El mundo que vemos no
es un mundo que se salga del plan de Dios, sino que, al contrario, es un mundo
que responde integralmente a su designio creador.
El eterno designio divino hace posible El Misterio de Santidad y el Misterio
de Iniquidad
El paradigma de la modernidad nos hace entender que la cultura de la
modernidad, y lo que en ella se manifiesta, no es un mundo que se haya salido
del control de Dios. Lo que sucede y constatamos no es algo que deba asombrar a
los creyentes, como si la sociedad y la historia estuvieran contraviniendo el
orden natural establecido por Dios. Lo que sucede en la modernidad es lo que
Dios ha previsto en el proyecto creador revelado en la doctrina de Jesús. Es
una realidad en que el enigma del universo y el drama de la existencia hacen
posible que se construya una hipótesis explicativa sin Dios, puramente mundana,
y que muchos orienten el sentido de su vida sin referencias a Dios. El mundo
sin Dios asume una posibilidad natural viable, admitida por Dios en su proyecto
creador. El enigma del universo permite también entenderlo por la hipótesis
racional argumentable del teísmo. Pero Dios ha hecho un mundo naturalmente
enigmático donde es posible negar a Dios. Negación que tiene tanta más fuerza
cuanta es la dramática experiencia, personal y social, del sufrimiento en la
historia. Por ello, la responsabilidad de negar a Dios que responde al concepto
teológico de “pecado” no consiste en una posición filosófica natural puramente
mundana (que es naturalmente asumible), sino en rechazar la presencia interna
de Dios como Espíritu en el “espíritu” humano, apelando a todo hombre para que
acepte la oferta de comunión con Dios. El hombre es “pecador porque rechaza
esta llamada personal, interior y mistérica (mística), de Dios a todo hombre en
su individualidad. El universo responde al proyecto creador de Dios en que la
libertad hace posible el Misterio de Santidad, pero también el Misterio de
Iniquidad. El mundo real, la modernidad, es un mundo donde sucede lo que Dios
ha previsto en su proyecto creador.
El cristianismo como religión universal
Los hombres que aceptan a Dios y son religiosos lo hacen siempre venciendo la
desmoralización que supone el enigma de un universo en que Dios está oculto y
no se impone; pero venciendo también la desmoralización de un Dios que permite
el sufrimiento dramático de la historia. Por ello, todo hombre que se abre a la
esperanza de un Poder Divino, un Dios que salva y libera al hombre y a la
historia, lo hace creyendo en el Amor de Dios por encima o a pesar de su
lejanía y de su silencio. Todo hombre religioso, en cualquier religión, cree en
un Dios oculto y liberador, venciendo la angustia por su lejanía y por su
silencio en el enigma y del drama de la existencia. La esencia del mensaje
revelado en Jesús consiste precisamente en la confirmación de que el Dios real
es efectivamente el Dios cuyo proyecto creador pasa por el ocultamiento de la
cruz y la liberación metahistórica de la resurrección. Todo hombre religioso,
por ello, al creer en el Dios oculto/liberador está admitiendo el Misterio de
Cristo y, en este sentido, es implícitamente cristiano. Esto es lo que, como
explicamos en Hacia un Nuevo Mundo (especialmente en el capítulo VI) nos
permite hablar de “religión universal”, “cristianismo universal” e “iglesia
universal”.
El Nuevo Concilio (capítulo VIII).
No abordamos en este input el contenido del capítulo VI, sobre las religiones,
y del capítulo VII, sobre la filosofía de la historia, ya que no queremos
alargar este input y, por otra parte, los capítulos VI y VII serán tratados en
el desarrollo posterior de este blog.
El argumento básico para justificar nuestra apelación a la convocatoria del
Nuevo Concilio queda trazado a través de los diferentes capítulos que
constituyen la estructura de Hacia el Nuevo Concilio. El argumento básico es
este: se ha llegado a un punto en que la alternativa a la hermenéutica antigua
greco-romana se está configurando en el paradigma de la modernidad; este
paradigma permite una hermenéutica más profunda del kerigma cristiano en
nuestro tiempo, entendiendo cómo la Voz del Dios de la Revelación se armoniza
con la Voz del Dios de la Creación que se manifiesta en la modernidad; de ahí
que la iglesia deba asumir su responsabilidad proclamadora del kerigma
cristiano en la historia afrontando su reformulación hermenéutica en el mundo
moderno por medio de la escenografía mediática más importante de que dispone la
iglesia, a saber, el concilio.
Tras veinte siglos en la hermenéutica del paradigma antiguo, ha llegado el
momento en que la iglesia debe afrontar su responsabilidad en la proclamación
del kerigma. Hasta hace muy poco, digamos sesenta años, la iglesia católica
estaba todavía de lleno en el paradigma antiguo. En la actualidad está todavía
presente en amplios sectores de la iglesia. Aunque gran parte de la teología
pasó a ser una teología kerigmática (pura proclamación del kerigma, sin
hermenéutica filosófica), tal como antes explicábamos, el hecho es que la
iglesia está en una situación de indefinición: no se sabe bien hasta qué punto
estamos o no estamos en el paradigma antiguo, hasta qué punto la teología
kerigmática es la teología oficial, hasta qué punto lo que he llamado en HNC
ciertas adaptaciones ad hoc (como la evolución, la idea del dualismo, el
laicismo, etc.) suponen una revisión global del paradigma antiguo.
La iglesia se halla en un estado general de desconcierto e indefinición, en un
momento de la historia en que atravesamos una grave crisis del cristianismo y
por ello es una indefinición más paralizante. El objetivo del nuevo concilio
sería emprender la tarea sistemática de reorientar la proclamación del kerigma
desde nuestra experiencia del mundo en la cultura de la modernidad.
La nueva hermenéutica iría desde la instalación en la nueva ontología de la
ciencia, saliendo del hoy difuso mundo de la ontología greco-romana, hasta la
proclamación del Misterio de Cristo como luz que ilumina el sentido de una
creación para la libertad. La fuerza de esta proclamación del kerigma iluminada
por el renovado entendimiento de la Voz del Dios de la Creación, manifiesta en
la cultura de la modernidad, daría al testimonio de la iglesia una
extraordinaria capacidad para iluminar el sentido de la creencia en Dios y la
responsabilidad de la libertad humana al tomar una posición ante Dios.
Un tiempo excepcional para el cristianismo y para las religiones.
Si, en efecto, el cristianismo estuviera hoy cercano al cambio de paradigma que
permitiera entender con mayor profundidad el sentido de la religiosidad humana,
este hecho nos haría entrar en un tiempo excepcional por el enriquecimiento
humano que supondría, al que antes hacíamos alusión. Los creyentes, que han
atravesado en los últimos siglos una grave tribulación, una molesta crisis de
identidad en la cultura moderna, podrían llegar a estar en condiciones de
entender el sentido de la fe cristiana en coherencia con la cultura de la
modernidad en que inevitablemente deben vivir.
Las diferentes confesiones cristianas y las religiones podrían hallar un campo
de convergencia nuevo y enriquecedor, llegando al “mutuo reconocimiento” a
través de los conceptos de “religión universal”, “cristianismo universal”,
“religión universal”.
Esta convergencia interconfesional cristiana e interreligiosa haría también
posible el mutuo entendimiento para afrontar juntas, todas las religiones, su
contribución con el proceso civil de la historia hacia una lucha renovada
contra el sufrimiento humano a través de la organización de la sociedad civil.
De esta manera, si el cristianismo fuera capaz de entrar como religión en el
tiempo histórico excepcional que significaría la convocatoria del nuevo
concilio, entonces se estarían sentando los fundamentos que pondrían a las
religiones en condiciones de contribuir decisivamente al otro tiempo histórico
excepcional de la historia civil en la lucha contra el sufrimiento.
Por otra parte, la profundización en el sentido de la religiosidad, desde
dentro del logos racional de la modernidad, una vez proclamado y conocido,
permitiría a muchos hombres en la duda del agnosticismo y en el vacío del
ateísmo emprender una nueva ponderación del sentido de la vida que pudiera
abrirles al enriquecimiento que para sus vidas supondría poder abrirse
libremente a la esperanza religiosa.
El mensaje del concilio a la humanidad
Lo que el concilio debería proclamar ante la humanidad, ante las sociedades
humanas y ante las otras religiones, sería la esencia del mensaje de Jesús: la
llamada a no desesperar ante la angustia del enigma del universo y del drama
sufriente de la existencia humana, personal y colectiva, abriéndose a la
esperanza en el Poder Divino que liberará la historia, más allá de la lejanía y
el silencio de Dios. Sería, en definitiva, la llamada a creer en el Amor del
Dios oculto y liberador que diseña la creación para la libertad, a pesar de su
silencio y del drama de la existencia. En esta creencia todos los creyentes se
sentirían unidos en la “religión universal”, los cristianos serían conscientes
de su fe como “cristianismo universal” y la iglesia se sentiría “iglesia
universal” que transmite desde la tradición apostólica el mensaje de Jesús que
desvela el misterio de un universo para la libertad que cobra su sentido en el
Misterio de Cristo.
Javier Monserrat
Jueves, 6 de enero 2011.
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