La imagen de un universo enigmático hace posible una religiosidad nueva
JAVIER MONSERRAT
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El Forum de la Universidad de Deusto culmina un ciclo sobre Dios y religiones en la Era de la Ciencia.
A lo largo del curso académico 2013-2014 tienen lugar tres conferencias
en el Forum Deusto y tres sesiones del Seminario ofrecido por la
Facultad de Teología de la Universidad de Deusto, Bilbao, a todos los
profesores de la universidad. Se trata del ciclo “Dios y Religiones en
la Era de la Ciencia”, cuya tercera sesión presenta la imagen del
hombre en la ciencia y en la fe cristiana. El teísmo y el ateísmo
dogmáticos creían poseer del universo un conocimiento cierto e
incuestionable que respondía a la razón natural, a la ciencia y a la
filosofía. Sin embargo, en la cultura moderna, la ciencia y la
filosofía han influido de forma decisiva en la conciencia de vivir en
un universo enigmático que nos instala en la incertidumbre metafísica.
A lo largo del curso académico 2013-2014 tienen lugar tres
conferencias en el Forum Deusto y tres sesiones del Seminario ofrecido
por la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto, Bilbao, a todos
los profesores de la universidad. De acuerdo con los intereses de la
organización, el título general que, como ponente, he puesto a este
ciclo es “Dios y Religiones en la Era de la Ciencia”.
El ciclo se desarrolla en tres sesiones, la primera, que ya tuvo
lugar, los días 20-21 de noviembre de 2013; y la segunda los días 12-13
de febrero de 2014. La tercera conferencia se leerá los días dos y tres
de abril de 2014. El título de la primera sesión fue “La cultura de la
ciencia y la visión moderna del silencio-de-Dios”.
La segunda sesión estudió cómo y por qué la experiencia radical
del silencio divino es la base argumentativa tanto del ateísmo como de
la forma en que las religiones formulan la justificación de su sentido.
Por último, la tercera sesión, en abril, se presenta la imagen del
hombre en la ciencia y en la fe cristiana.
Ofrecemos aquí, en este artículo, un comentario a algunos de los
perfiles de la temática de tercera sesión del seminario. Igualmente
publicamos anteriormente en Tendencias21 un comentario con ocasión de la
primera sesión, del seminario y otro comentario de la segunda sesión.
El teísmo y el ateísmo dogmáticos creían poseer del universo un
conocimiento cierto e incuestionable que respondía a la razón natural, a
la ciencia y a la filosofía. Sin embargo, en la cultura moderna, que
incluye aspectos muy variados (sociedad, política, arte, literatura,
etc.), la ciencia y la filosofía construida sobre ella han influido de
forma decisiva a configurar la idea de una sociedad crítica e ilustrada,
tolerante, que se funda en la conciencia de vivir en un universo
enigmático que nos instala en la incertidumbre metafísica.
Todo ello ha producido en nuestro tiempo una nueva conciencia
radical del verdadero alcance del silencio-de-Dios. La toma de
conciencia clara y reflexiva de que Dios está realmente en silencio es
el único punto de partida adecuado para entender el teísmo y el ateísmo,
tal como son posibles en la cultura moderna en la Era de la Ciencia.
Reasumimos ahora estas ideas, expuestas en sesiones anteriores, para
reflejarlas en la idea del hombre que hoy ofrece la ciencia y su armonía
con la imagen del hombre en la fe cristiana.
La imagen del universo en la Era de la Ciencia, que se forma desde
los inicios de la modernidad en el siglo XVI hasta la maduración de la modernidad crítica
en los dos últimos tercios del siglo XX, supone conocer con mayor
precisión cómo es realmente el universo creado por Dios y, en
consecuencia, ello lleva a la necesidad de emprender una nueva
hermenéutica o interpretación del cristianismo en la moderna Era de la
Ciencia.
La ciencia obliga a pasar de la imagen de un universo antiguo en
que Dios se impone teocéntrica y teocráticamente, a un universo en que
Dios se oculta para crear la libertad y la dignidad de un hombre que
construye creativamente su historia. Lo mismo acontece en relación a la
imagen del hombre en la Era de la Ciencia. ¿Quién es el hombre? Cuál es
su naturaleza, su forma de acceder al conocimiento, a la relación con
Dios y la forma en que será salvado por Dios más-allá-de-la-muerte?
El hombre ha sido creado por Dios en el universo tal como la
ciencia moderna describe. La ciencia lleva inequívocamente a una imagen
monista del hombre como un ser que surge de las entrañas de la materia
del universo, hasta la emergencia evolutiva de las condiciones
racio-emocionales propias de la especie humana. ¿Es esta imagen del
hombre en la ciencia compatible con la imagen del hombre en la fe
cristiana?
Comenzamos, pues, este artículo recordando aquellas ideas
expuestas en las sesiones primera y segunda del ciclo para establecer el
nexo lógico con el contenido de esta tercera sesión sobre el hombre en
la ciencia y en la fe cristiana. a) La Era de la Ciencia presenta una nueva imagen del universo:
se pasa de un universo que hace patente su Verdad (dogmatismo) a un
universo enigmático que hace posible argumentar el teísmo y hace posible
argumentar el ateísmo, sin imponer ni uno ni otro.
Este cambio de perspectiva, ¿hace posible entender la existencia
de Dios, las religiones y el cristianismo? Ciertamente ofrece una imagen
del mundo real creado por Dios que conduce a una imagen mucho más
profunda y armónica de las religiones y del cristianismo. b) Pero la Era
de la Ciencia ha propiciado también una nueva imagen del hombre.
Se ha pasado de una imagen del hombre entendido desde el marco de la
filosofía greco-romana, que era en último término dualista, el antiguo
dualismo tradicional alma/cuerpo, a una imagen del hombre “monista” como
un puro momento de la evolución del universo físico.
Por tanto, la nueva imagen del hombre en la ciencia, ¿es
compatible con la imagen del hombre en la fe cristiana? Como vamos a ver
(esta es la temática de la tercera sesión del ciclo) la nueva imagen
del hombre en la Era de la Ciencia permite una nueva hermenéutica o
interpretación de la imagen del hombre en la fe cristiana.
El Silencio-de-Dios, punto crucial del teísmo y del ateísmo
Las dos primeras sesiones (en noviembre y en febrero) tuvieron un enfoque más general. En la primera sesión
(noviembre) explicamos que la nueva visión del universo en la ciencia y
en la moderna cultura hacía posible una nueva manera de sentir el
silencio-de-Dios. Al mundo antiguo construido desde una cultura
dogmática, que creía poseer verdades absolutamente ciertas fundadas en
la razón natural (un dogmatismo que podía ser teísta y ateo), le había
sucedido, en la modernidad crítica, la conciencia de que la verdad
última del universo es un enigma y por ello el hombre racional debe
orientar su vida ante una incertidumbre metafísica inevitable.
Esta nueva cultura de la incertidumbre –hecha posible en la Era de
la Ciencia– era la que llevaba a una nueva experiencia radical del
hecho de que el posible Dios, en caso de existir, es un Dios que
permanece en silencio ante el universo (ya que, aunque hay argumentos a
favor de su existencia, como veíamos, en último término Dios “podría no
existir”).
En la segunda sesión (febrero) partíamos del factum del silencio-de-Dios (presentado ya en la primera sesión) para mostrar primero
que el ateísmo (y las correspondientes versiones del agnosticismo y del
indiferentismo religioso popular moderno) son siempre una argumentación
a partir del silencio-de-Dios que concluye en que no tiene
justificación racional creer que Dios exista y que, por tanto, está
moralmente justificado para el hombre vivir-sin-Dios-en-el-mundo. Pero, segundo, partíamos además del mismo factum
del silencio-de-Dios para mostrar que está también en el fundamento de
la creencia natural en Dios, de las creencias de las grandes religiones,
y por descontado, del cristianismo.
Es decir, el teísmo no cierra los ojos ante la realidad, no ignora
el hecho del silencio-de-Dios ni cómo este hecho obstaculiza la
aceptación de Dios como real y existente. El hombre religioso siente
también un inmenso malestar por el silencio-de-Dios. Pero la
religiosidad humana natural y las grandes religiones se fundan en que, a
pesar de su lejanía y de su silencio, existe la posibilidad de que el
silencio-de-Dios tenga un “sentido” en Dios. Toda posible religiosidad,
desde el interior de un universo en que Dios está en silencio, se funda,
como veíamos en la aceptación de un Dios oculto y liberador, a
pesar de su lejanía y de su silencio; silencio ante el conocimiento
humano por el enigma del universo y silencio ante el drama de la
historia por el sufrimiento.
Todo hombre religioso, a su manera, intuye pues que el
silencio-de-Dios es real y no por ello deja de confiar en la salvación
obrada por un ser divino; cree que existe un “sentido” que da razón del
porqué del silencio del posible Dios. Por ello, las religiones habrían
construido también, en sus marcos historicistas, justificaciones
teológicas diversas al hecho de que Dios esté en silencio y la realidad
sea tan dramática como sentimos en nuestra vida.
La religión cristiana y el silencio cósmico de Dios
Ahora bien, ¿qué entonces la religión cristiana? ¿Cómo entender su
armonía con la realidad, es decir, su armonía con un universo en que
Dios permanece en silencio? La religión cristiana se funda en la
pretensión de que en la persona de Jesús se ha producido una
manifestación en la historia del Dios verdaderamente existente y creador
del universo.
Si fuera así, la revelación de Dios en Jesús (la Voz del Dios de
la Revelación) debería ser, en principio, congruente con la forma de la
creación y la forma de religiosidad que ésta ha hecho posible para la
inmensa mayoría de los hombres que no han conocido el cristianismo, ni
lo conocen (La Voz del Dios de la Creación).
El universo, en efecto, tal como vimos, sería un escenario creado
por Dios para hacer que sea posible la religiosidad humana, es decir,
abrirse a la creencia en un Dios oculto y liberador, si es que se está
en la disposición personal de aceptar a Dios a pesar de su lejanía y de
su silencio. Por tanto, si el sentido de toda posible religiosidad
natural en la inmensa mayoría de los hombres –dadas las condiciones del
universo creado por Dios– es siempre la aceptación del Dios oculto y
liberador (este “sentido” es lo que llamábamos, en la segunda sesión, el
“universal religioso”), entonces una eventual revelación del Dios de la
creación debería tener relación con el plan de salvación trazado en el
escenario natural del universo, obra del Dios creador, en que se
manifiesta la Voz de ese Dios Creador.
Puestas así las cosas, el hecho es que la revelación cristiana
muestra una esperada, pero no por ello menos sorprendente armonía con la
Voz del Dios de la Creación. Es sorprendente por la extraordinaria
profundidad –que incluso podríamos calificar como abismal– con que en
la revelación cristiana se explicita, explica y proclama el plan de
salvación dado en el eterno designio de un Dios trinitario. Un plan en
profunda armonía con la naturaleza del escenario del mundo creado por
ese mismo Dios para establecer su relación libre y personal con los
seres humanos.
La revelación en Jesús, proclamada en el kerigma cristiano
por la iglesia, nos dice que el Dios trinitario decidió emprender un
plan de creación para hacer a la estirpe humana partícipe de su realidad
y Vida divina (llamada a la filiación divina). Dios quería crear un
hombre en su plena dignidad de persona libre en la configuración
creativa de su futuro; esta libertad humana radical, sin sucedáneos,
debería hacer posible incluso la negación de Dios y el pecado.
Pero, además, la creación de un orden natural en que Dios
estuviera oculto, en que el hombre pudiera concebir un universo sin Dios
(porque Dios no quería imponerse), y en que los hombres tuvieran un
impulso natural hacia Dios porque sólo en él pudieran hallar la plenitud
de la Vida, abrió la posibilidad de que el escenario de la creación
fuera el de un hombre pobre, indigente, abocado a la muerte, instalado
en el sufrimiento y en el drama evolutivo de la historia.
¿Tenía sentido para Dios crear un mundo de libertad humana radical
que llevaría al pecado y a un mundo de sufrimiento, del que se haría
responsable al mismo Dios? Este mundo y la historia humana dramática que
en él acontecería una vez creado, una historia de
libertad/santidad/pecado y de sufrimiento, no podía nunca exigir, por la
calidad de su propia naturaleza, el ser creado por Dios. Sin embargo,
el hecho es que Dios escogió en su eterno designio trinitario crear este
mundo en que el pecado y el sufrimiento van a ser posibles.
El kerigma cristiano proclama que la decisión libre de Dios de
crear nuestro universo y asumir la realidad del hombre santo, pero
también pecador, instalado en el sufrimiento, es decir, la voluntad de
Dios de aceptar una estirpe humana pecadora y sufriente, es la decisión
libre que se designa como la Redención, es decir, la redención del
género humano, haciendo posible el universo y la existencia del hombre
en el escenario del mundo.
Las razones para la creación y el Misterio de Cristo
Ahora bien, ¿por qué Dios decidió crear este mundo de libertad y
de santidad, pero también de pecado y de sufrimiento? ¿Por qué Dios
decidió crear un mundo donde su existencia sería objeto de un escarnio
masivo por el pecado y en que a Dios se le atribuiría la responsabilidad
moral del inmenso sufrimiento de la historia? En principio, sólo cabe
una respuesta inicial, en concordancia con el kerigma cristiano: porque
Dios consideró que este dramático escenario del mundo iba a hacer
posible niveles altamente cualitativos de la santidad humana.
Santidad que debería hacer entrar al hombre en la filiación
divina. Siendo esto así, en principio, no puede ser entendida, sin
embargo, la amplitud del proyecto divino para la santidad humana sin
entender la verdadera amplitud del plan de Dios en la creación.
Un plan que incluía que Dios mismo emprendería la realización del
Misterio de Cristo, hasta tal punto que la razón, es decir, el por qué
de la creación de este universo (el por qué de la voluntad redentora del
Dios trinitario en su eterno designio) fue en último término el
Misterio de Cristo. Es decir, Dios quiso crear una estirpe humana que se
vería enriquecida por la sorprendente y maravillosa decisión divina de
emprender el Misterio de Cristo.
De ahí que la razón de la creación no sea sólo la santidad humana,
sino la “santidad humana enriquecida y plenificada por el Misterio de
Cristo”. Esto hace entender las expresiones de San Pablo al decir que
Dios creó el universo “en” Cristo y “por” Cristo, expresiones que
sintetizan el logos o sentido “cristológico” de la Creación.
Pero, ¿qué es el Misterio de Cristo? El kerigma cristiano ha
entendido que el eterno designo redentor fue obra de la Trinidad, dentro
de la solidaridad de la acción divina trinitaria. Pero fue la Sabiduría
divina, el Verbo, la Persona trinitaria que “personificó” la voluntad
redentora del Dios trinitario en su unidad de acción.
El sorprendente plan de creación contenido en el eterno designio,
que conocemos por el cristianismo, incluía un compromiso casi
impensable, y misterioso, mistérico, con la estirpe humana: el de unirse
a ella por la Encarnación de la persona divina del Verbo, en la persona
de Jesús, el Cristo o enviado por Dios para desvelar a los hombres el
plan de Dios en la creación del universo. Por la Encarnación el Dios
trinitario entra en la estirpe humana, pero también la estirpe humana
entra dentro de la vida divina. El plan de Dios por ello no sólo incluía
la filiación divina sino igualmente la hermandad con Jesús hecha
posible por la encarnación.
La kénosis divina en la Creación y en el Misterio de Cristo.
El desvelamiento a los hombres del eterno designio salvador de Dios
concebido para la humanidad se manifiesta y se realiza a través del
Misterio de Cristo en un momento de la historia del mundo. Si Dios en su
plan de creación, manifiesto en la Voz del Dios de la Creación, se
presenta como un Dios que se humilla por el silencio-de-Dios, primero
ante el conocimiento por el enigma del universo y segundo ante el drama
de la historia por el sufrimiento, así también el Dios que se manifiesta
en la Encarnación es un Dios que se humilla por la kénosis de la Gloria
de la Divinidad en la humildad de la carne humana.
La kénosis (Himno de San Pablo a los Filipenses) debe ser
entendida en teología cristiana tanto como la humillación asumida por
Dios en la Creación (kénosis en la creación) como en la Encarnación que
se plenifica en el Misterio de la Muerte y Resurrección (kénosis
cristológica). La kénosis o humillación de Dios en la Creación por el
silencio divino, se manifiesta en armonía profunda con la kénosis de la
Encarnación y la kénosis final de la Muerte y Resurrección de Cristo.
El “universal religioso” y el “cristianismo universal”
La imagen de la realidad promovida por la Era de la Ciencia, ha
permitido pasar, por tanto, de una cultura de “patencia de la verdad”,
que propició tanto al teísmo como al ateísmo dogmático, a una cultura de
la incertidumbre en que el hombre queda confrontado con el enigma de la
Verdad última del universo.
Esta incertidumbre moderna ha permitido caer en la cuenta de lo
que con toda probabilidad fue intuido ya por todo hombre a lo largo de
la historia (incluso a pesar de la influencia social de las culturas
dogmáticas del pasado): el factum
incontrovertible del silencio-de-Dios en el universo. Por ello, como se
explicó en las sesiones primera y segunda de este ciclo, la
religiosidad natural y todas las religiones suponen siempre el sentido
de aceptar un Dios oculto y liberador, a pesar de su lejanía y de su
silencio.
Ahora bien, lo que dice el Dios de la Revelación en Jesús de
Nazaret es precisamente lo que manifiesta y realiza finalmente el
Misterio de Cristo, en armonía con el eterno designio divino de la
creación: que Dios, en la creación, ha querido pasar por el momento de
su ocultamiento, por la kénosis o humillación de su Gloria tal como se
muestra en la cruz, donde aparece tanto el silencio o inoperancia de
Dios ante el conocimiento por el enigma del universo que deja abierta la
libertad y el pecado, como el silencio e inoperancia de Dios ante el
drama de la historia por el sufrimiento; pero, al mismo tiempo, el
Misterio de Cristo también realiza y manifiesta que ese Dios oculto se
manifestará como Dios liberador cuando por la resurrección, anticipada
en la resurrección de Cristo, los hombres entren en la salvación
escatológica (más allá de la muerte) que Dios ha preparado para los
santos.
Por consiguiente, en la cruz se manifiesta el Misterio eterno del
designio divino: el de asumir su silencio ante el Cosmos y ante el drama
de la historia. Jesús, el Hijo de Dios, la persona divina del Verbo o
Sabiduría trinitaria, asume en la muerte en cruz su silencio ante el
universo y el sufrimiento humano universal, presente en el sufrimiento
de Jesús en la cruz. Pero el sacrificio de Cristo, que asume el pecado y
el sufrimiento de la historia, así como la unión de todo hombre al
sacrificio de Cristo, uniéndose al Dios oculto en la cruz, asumiendo su
silencio y el sufrimiento, conducen finalmente a la liberación más allá
de la muerte.
Por ello, entre el “universal religioso” y el cristianismo existe
una profunda unidad de sentido. Cualquier hombre en el mundo, al ser
libremente religioso, acepta la creencia en Dios porque admite el
sentido de creer en un Dios oculto y liberador, a pesar de su lejanía y
de su silencio. Los cristianos, a saber, quienes se han adherido a las
palabras y a los hechos de Jesús de Nazaret, que se muestran en plenitud
en el Misterio de su Muerte y Resurrección, al aceptar el mensaje de
Jesús no hacen sino aceptar de una forma abismalmente más profunda lo
que constituye la esencia misma del “universal religioso”.
Este Misterio no nos dice otra cosa, en efecto, que es real y
existente el Dios que quiere permanecer oculto ante el conocimiento y
ante el sufrimiento (la cruz), pero que ese Dios alberga un plan de
liberación final de la historia (la resurrección). Es decir, cuando
aquellos hombres religiosos, que no han conocido históricamente el
cristianismo, lo son es porque implícitamente aceptan la cruz de Cristo
al aceptar al Dios oculto y sufriente, y aceptan también igualmente la
resurrección en la esperanza escatológica de la liberación.
De ahí que tenga sentido afirmar la unidad del fenómeno religioso
universal, siempre mediado por el logos del Dios oculto y liberador, de
tal manera que el “universal religioso” tiene su expresión suprema en el
“cristianismo universal” que proclama que toda relación del hombre con
Dios está mediada por la aceptación del Misterio de Cristo,
implícitamente dado en el logos natural del Dios oculto y liberador.
El hombre, cuestión crucial para ciencia y fe cristiana
La gran cuestión del hombre ha estado presente desde el principio como protagonista esencial de las dos primeras sesiones del ciclo.
El hombre es una cuestión crucial que nos afecta en lo más íntimo y no
nos deja nunca indiferentes. ¿Quién es el hombre? ¿Cuál es su
naturaleza? ¿Cuál es su ontología profunda, su modo de ser real en el
marco del universo? ¿Existe el alma en el sentido tradicional? ¿Qué es
lo que verdaderamente debe afirmarse del hombre en el kerigma cristiano?
¿Cómo se realiza la salvación más allá de la muerte?
Estas son ciertamente preguntas cruciales que necesitan una
aclaración que nos permita instalarnos con armonía, racionalidad y
congruencia dentro de la fe cristiana. Ciertamente, sin aclarar estas
cuestiones no podemos hablar de un entendimiento suficiente del lugar de
la idea de Dios, del hombre y de las religiones en la Era de la
Ciencia.
El punto de vista que hemos venido defendiendo en las dos sesiones iniciales
del ciclo ha sido que el kerigma cristiano necesita una hermenéutica o
interpretación (una búsqueda de armonía con la Voz del Dios de la
Creación), de acuerdo con la imagen de la realidad en cada época.
Nuestra tesis fundamental ha sido que, frente al mundo antiguo, la
imagen del universo en la Era de la Ciencia, que se forma desde los
inicios de la modernidad en el siglo XVI hasta la maduración de la modernidad crítica
en los dos últimos tercios del siglo XX, supone conocer con mayor
precisión cómo es realmente el universo creado por Dios y, en
consecuencia, ello lleva a la necesidad de emprender una nueva
hermenéutica o interpretación del cristianismo en la moderna Era de la
Ciencia.
La ciencia, como acabamos de comentar, nos obliga a pasar de un
universo en que Dios se impone teocéntrica y teocráticamente, a un
universo en que Dios se oculta para crear la libertad y la dignidad de
un hombre que construye creativamente su historia. Lo mismo acontece en
relación a la imagen del hombre en la Era de la Ciencia. ¿Quién es el
hombre? Cuál es su naturaleza, su forma de acceder al conocimiento y a
la relación con Dios y la forma en que será salvado por Dios
más-allá-de-la-muerte?
Por tanto, ¿quién es el hombre? Nuestra tesis es que el hombre ha
sido creado por Dios en el universo tal como la ciencia moderna
describe. La ciencia no ha llegado al final de los conocimientos, pero
muestra ya con toda seguridad una línea armónica de conocimiento que
lleva inequívocamente a una imagen monista del hombre como un ser que
surge de las entrañas de la materia del universo, formado evolutivamente
hasta la aparición de la sensibilidad-conciencia (común con el mundo
animal) y, finalmente, hasta la emergencia evolutiva de las condiciones
racio-emocionales propias de la especie humana. ¿Es esta imagen del
hombre compatible con la imagen del hombre en la fe cristiana?
La imagen del hombre en la ciencia y la fe cristiana
La idea del hombre en la fe cristiana ha estado durante siglos y
siglos bajo influencia del paradigma greco-romano. En un marco dualista,
se entendió que el hombre era un compuesto de alma y cuerpo. El alma
era una entidad inmortal por su propia naturaleza que, al producirse la
muerte como separación de alma y cuerpo, entraba en la dimensión
transcendente de la vida eterna. Esta manera de pensar “dualista” tuvo
su origen en Platón y Aristóteles (hilemorfismo), pasando a la
patrística (sobre todo en los neoplatonismos) y a los sistemas
escolásticos.
La “idea” platónica o la “forma” aristotélica recogían el “ser” de
Parménides que era lo que era y no podía dejar de ser. Santo Tomás
distinguió entre las formas corruptibles (por ser compuestas) y la forma
simple, el alma humana, que era inmortal por su propia naturaleza.
Bástenos pues recordar que el “dualismo” fue una de las características
del paradigma greco-romano. La cultura hebrea (como se ve hoy sin duda
en los estudios de antropología hebrea) no era dualista: el hombre era
una unidad viviente y la vida brotaba del cuerpo.
Pero el dualismo greco-romano, que dominaba la cultura inicial en
que nació el cristianismo, forzó pronto, desde la patrística, construir
una hermenéutica filosófico-teológica cristiana que ya era
inequívocamente dualista. Este dualismo dominante de la filosofía y de
la teología cristiana (no del kerigma, sino de la hermenéutica) se
transmitió a la vivencia popular de la fe.
Incluso hoy, en nuestro tiempo, la mayor parte de los cristianos
tienen la idea de la existencia en todos los hombres de un “alma
inmortal” por su propia naturaleza ontológica que es lo que perdura más
allá de la muerte. Tal como aproximadamente concibe la imaginación
popular, en la muerte se produciría como la exhalación de esa entidad
simple que, sin morir, entraría en una nueva dimensión (es lo que suele
apuntarse en la expresión cristiana popular “exhaló el espíritu”).
Esta idea ha pasado al arte cristiano donde se ha pintado la
separación del alma tras la muerte en forma de angelitos, llamas o
palomas que se escapan de la materia y entran en el más allá. El alma es
espiritual y simple, irreductible por su propia naturaleza al mundo de
la materia que causa la entidad corporal que se corrompe y deshace tras
la muerte. La muerte no es muerte del alma, sino la separación de alma y
cuerpo, siendo éste objeto de corrupción.
Contradicción entre la idea de alma inmortal y la ciencia
Como hemos tenido ocasión de explicar en el epígrafe anterior,
para la ciencia, cuando el hombre muere, muere en su totalidad. Es
decir, la ciencia no tiene fundamento alguno para considerar que en el
hombre exista algo similar a lo que la fe cristiana ha entendido como
alma, en un contexto dualista. La vida psíquica de los animales (sus
sistemas sensitivo-perceptivos, su conocimiento, sus emociones, y todos
los procesos protohumanos complejos que anticipan la mente humana)
resultan de los procesos engramáticos de las redes neurales (redes,
mapas, circuitos, cánones, pautas… neurales).
En el hombre todo sucede de una forma similar a la mente animal,
pero en los niveles de complejidad neural que causan la aparición del
estado racio-emocional propio de la mente humana y su estructura
psíquica. La biografía del hombre y sus obras en la historia se explican
por las funciones que ha producido el sistema nervioso. En este
contexto, como pasa con los animales, la muerte del hombre es la muerte
de todo el hombre. La ciencia no tiene argumentos naturales, asequibles a
la razón científico-filosófica, que lleven a pensar que exista algo más
en el hombre. Esto es un hecho.
Es explicable que esta visión del hombre en la ciencia entre en
contradicción con la imagen popular cristiana del alma. El dualismo y la
idea de “alma inmortal” es una imagen tan arraigada (incluso de una
forma emocional y vital) tanto en filósofos y teólogos (y sacerdotes con
una formación intelectual muy elemental) como en la piedad popular de
la mayoría de los fieles, que es explicable que lo dicho por la ciencia
se vea como materialismo, impiedad, agresividad.
Basta sospechar que una persona duda, o pone en cuestión, una
creencia tan arraigada para que se la descalifique y se la margine de
mil maneras en ciertos círculos cristianos. Cabría decir que la creencia
en el “alma” es sólo una fe que la ciencia no tiene por qué conocer.
Pero el problema es que la existencia del alma ha sido siempre, en
el paradigma greco-romano, una afirmación filosófica, y esto ha
traslucido a la idea popular del alma. Muchos científicos, sobre todo
filósofos, psicólogos y neurólogos, conocen la afirmación cristiana del
“alma” como hecho histórico objetivo propio de la tradición cristiana y
ello es ocasión para comprobar y denunciar que el mundo cristiano se
mueve fuera de la racionalidad y de la ciencia. Muchas de las
incompatibilidades entre ciencia y fe se deben a la idea del alma. No
son pocos los científicos que tienen en la idea cristiana de alma una
ocasión de burla y escarnio de las creencias cristianas.
Es claro que esta contradicción, al menos aparente y con presencia
social, hace que debamos preguntarnos, ¿es en efecto la imagen del
hombre en la ciencia contradictoria con la imagen del hombre en la fe
cristiana? Creemos que no es contradictoria. Pero, para entenderlo,
debemos aclarar algunos extremos que deben llevarnos a una comprensión
precisa de lo que queremos decir.
1) La fe cristiana no implica una idea científico-filosófica del hombre
Debe establecerse en primer lugar que el kerigma cristiano no
contiene una idea del hombre ni cultural, ni filosófica, ni científica.
La cultura hebrea tenía una cierta antropología no muy trabajada
filosóficamente, pero que no era dualista. Esta antropología dejó su
huella en la biblia, pero la creencia en la inspiración de las
Escrituras, del AT y del NT, no supone considerar que la antropología
hebrea estaba “inspirada”. Más adelante, la hermenéutica del
cristianismo en la cultura greco-romana llevó al dualismo del paradigma
antiguo que tuvo como resultado la idea de alma que hemos comentado.
Pero debemos entender que la idea de alma dualista no era “kerigma
cristiano”, sino hermenéutica condicionada por el tiempo. Por
consiguiente, la idea cristiana del hombre no exige necesariamente la
identificación con la antropología dualista antigua. La formación de la
idea del hombre en la modernidad estuvo determinada por la ciencia y, en
especial, por la neurología evolutiva, llevando a las consecuencias
expuestas. Es también evidente que la idea cristiana del hombre tampoco
se identifica con la idea del hombre en la ciencia moderna. Por
consiguiente, ¿cuál es entonces la idea del hombre en la fe cristiana?
2) El hombre en el kerigma cristiano
El hombre es un ser situado en el mundo cuya naturaleza
racio-emocional le hace estar abierto al conocimiento del posible Dios y
ser posible sujeto de una apelación divina. El cristianismo afirma que
la incipiente llamada de Dios al hombre en la creación (testimonio del
Padre) y en el sentido del Dios oculto y liberador (testimonio del Hijo,
del Verbo, del Misterio de Cristo) han culminado en la llamada interior
del Espíritu de Dios en el “espíritu” humano (testimonio del Espíritu
Santo). Cuando el hombre responde positivamente a esta llamada es
religioso y entra en la vía de la “santidad”.
El hombre, al ser religioso, vive esta llamada del Espíritu que,
al ser una llamada, mueve a confiar en que no será “en falso”, sino que
Dios será fiel a una llamada que no podrá cumplirse sino tras la muerte.
La esperanza cristiana en una pervivencia más allá de la muerte es,
pues, una consecuencia de la vivencia de una llamada del Espíritu que
proyecta a la salvación en que Dios se compromete por su llamada en la
Creación, en la palabra de Jesús y en la apelación interior del
Espíritu. Es la confianza en la fidelidad de un Dios que llama y apela
interiormente de una forma directa que se vive en la fe religiosa.
3) El hombre objeto de la apelación divina
Ahora bien, el hombre y el mundo, objeto de la apelación divina,
no son necesariamente el hombre y el mundo de la cultura hebrea; no son
el hombre y el mundo de la antropología dualista del paradigma
greco-romano; no son el hombre y el mundo de la ciencia moderna. ¿Cómo
son el hombre y el mundo? En realidad, la idea cristiana del hombre está
abierta. En principio cómo son el hombre y el mundo se manifiesta en la
obra de la creación y ésta es conocida por la razón, por la ciencia y
la filosofía, de acuerdo con el avance del conocimiento.
Por tanto, si la ciencia y la filosofía entienden que el hombre es
como se ha descrito antes y que no cabe pensar que exista un alma que,
por su propio modo de ser espiritual y simple, en el marco de una
antropología dualista antigua, sea inmortal, cabe pensar entonces que el
hombre es como la ciencia moderna entiende. No hay otra vía sensata.
Se debe admitir que el hombre ha sido querido y creado por Dios
tal como la razón humana entiende en este momento de la historia. No
tiene sentido seguir aferrados a una manera de entender el hombre
superada por la ciencia moderna porque la apelación divina al hombre, la
respuesta e historia religiosa de la persona humana, la salvación y la
pervivencia más allá de la muerte, pueden entenderse cristianamente sin
necesidad de recurrir a un alma inmortal por naturaleza, que no muere
(tal como se entendía en el paradigma antiguo). Todo parece indicar hoy
que el hombre muere en su totalidad, pero la persona humana configurada
en la historia de su relación con Dios, la parte superior del hombre
(que podemos seguir llamando “alma”, con tal que no le demos un sentido
dualista), será salvada por Dios.
4) La llamada salvadora del Espíritu se cumplirá en la Nueva Creación
Por tanto, el ser humano es la historia de la vivencia personal de
su Yo, sus conocimientos, sus emociones, sus decisiones libres, incluso
en parte su esclavitud del determinismo neural, sus trabajos, su vida
interior, sus pensamientos, sus relaciones interpersonales, sus amores,
sus sufrimientos, su vivencia del dramatismo de la historia, el camino
hacia Dios a lo largo de la vida, sus decisiones y vivencias religiosas,
el diálogo mistérico con Dios a lo largo de los años… Ese conjunto de
experiencias de la biografía del Yo constituye la parte superior del
hombre, su “espíritu”: podemos decir incluso que el hombre, a lo largo
de su vida ha configurado su “alma personal”, hecha a partir de las
posibilidades de su biología neurológica específica, creada y querida
por Dios.
Esa alma humana que recibe la llamada o apelación del Espíritu de
Dios confía en la salvación y pervivencia más allá de la muerte no
porque el alma no muera por su ontología física, sino porque Dios, en la
Nueva Creación prometida, emprenderá la recreación de nuestra alma
personal. Ya el mismo san Pablo, al referirse a la esperanza cristiana
de la vida eterna, se refiere siempre a ella en términos de
resurrección, de la re-creación hecha por Dios de nuestro cuerpo ya
inmortal en la Nueva Creación. Sin resurrección no habría esperanza de
salvación.
Incluso para la teología antigua, ya que las almas sin el cuerpo
no tenían individualidad personal, debía esperarse igualmente la
re-creación de un nuevo cuerpo inmortal hecha por Dios. En la liturgia
cristiana hay formulaciones (que provienen de san Agustín) que pueden
interpretarse en el sentido que explicamos: “aunque la certeza de morir
nos entristece…”, ya que la muerte de nuestra entidad humana es cierta,
sin embargo, “nos consuela la esperanza de una futura inmortalidad”, ya
que la inmortalidad en que el hombre puede confiar por la fe no es una
inmortalidad natural debida a una “indestructibilidad físico-ontológica
de un alma aristotélica” sino la inmortalidad re-creada por Dios en la
Nueva Jerusalén Celestial.
Esta creencia en la omnipotencia divina para re-crear el yo
personal de cada uno en un nuevo cuerpo inmortal, es una creencia, una
persuasión fundada en la fe y envuelta en un profundo misterio. ¿Cómo
crea Dios el universo? ¿Cómo se relaciona la ontología del universo con
la ontología de Dios? Todo esto y otras muchísimas cosas no las
conocemos.
El ateo tampoco puede responder muchas de las preguntas acerca de
la existencia de un puro universo. El hombre vive en el misterio, y uno
de los misterios de la fe es cómo la omnipotencia divina será capaz de
re-crear nuestro yo personal de una forma más rica y potente que en la
tierra. Pero la creencia esperanzada de que el Dios que ha sido capaz de
crear el universo vaya a ser también capaz de emprender una Nueva
Creación donde salve también la personalidad de todos los hombres, no es
sino una forma lógica de admitir la omnipotencia divina.
Conclusión
Por consiguiente, la única actitud que tiene sentido para la
filosofía y la teología cristiana es entender que el mundo ha sido
creado por Dios tal como la ciencia y la filosofía moderna entienden,
hasta este momento de la historia, con rigor y honestidad.
No tendría sentido, ni sería culturalmente posible, enrrocarse en
una visión antigua y anacrónica de las cosas que sólo acabaría
conduciendo a la marginación intelectual de la fe cristiana en el mundo
moderno y a dificultar innecesariamente la proclamación del kerigma
cristiano. Hay que admitir que el universo ha sido creado por Dios en la
forma que la ciencia describe. Ahora bien, la imagen del hombre y del
mundo en la ciencia moderna es perfectamente compatible con la imagen
esencial del hombre en la fe cristiana, un hombre apelado por Dios en el
Espíritu y llamado a la salvación.
El “alma” humana es “inmortal” no porque esté constituida por una
ontología “indestructible” o “inmortal” por su naturaleza, de acuerdo
con la imagen dualista que dominó el mundo cristiano durante siglos,
sino porque Dios será fiel a su llamada y la recreará en la Nueva
Creación, donde perdurará ya sin morir.
El cristiano no sabe cómo es Dios, cómo ha creado el universo,
cómo es la ontología profunda de la materia, de los seres vivos y del
hombre. Creer en la pervivencia más allá de la muerte que dará principio
a un estado nuevo de inmortalidad no supone saber racional, científico,
filosóficamente, es la respuesta a la apelación divina y a la fidelidad
a la promesa de liberación final que esta apelación lleva consigo.
Pensemos que el universo enigmático en que vivimos nos sitúa en
una profunda incertidumbre metafísica. El ateísmo es posible,
intelectualmente construible y aceptable con una moralidad natural
incuestionable. Pero el ateísmo, sin duda, legítima opción de la
libertad humana, no puede impedir en la actualidad –sin caer en un
dogmatismo arcaico hoy fuera de la sensibilidad de nuestro tiempo– que
el teísmo, las religiones y el cristianismo presenten los argumentos que
hacen su visión religiosa del universo como una forma viable de
entender la verdad última y el sentido de la vida.
Una manera de ver las cosas, absolutamente mayoritaria en la
historia de la humanidad, que no trata de imponerse necesariamente. Pero
que intenta mostrar con toda legitimidad los argumentos que la hacen
viable. Por ello argumentan que, en la Era de la Ciencia, la imagen de
un universo enigmático y en incertidumbre hace posible una religiosidad
nueva y más profunda, de la misma manera que argumentan también que la
imagen del hombre en el universo evolutivo hace posible una nueva manera
de entender la confianza religiosa en una pervivencia inmortal más allá
de la muerte.
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