Conciencia moral cristiana (II): inevitabilidad histórica de una nueva hermenéutica del kerigma cristiano
JAVIER MONSERRAT
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La actuación del cristianismo en la historia sólo
tiene un objetivo: proclamar de forma inteligible para cada cultura el
impresionante mensaje de Jesús. En Hacia el Nuevo Concilio he argumentado que
esta proclamación del kerigma en nuestro tiempo tiene tareas urgentes, cuya
urgencia crece a medida que consideramos la crisis y tribulación del
cristianismo en nuestro tiempo. Estas tareas responden a la necesidad de que el
cristianismo profundice el kerigma que debe anunciar desde la razón propia de
la cultura de la modernidad. A nuestro entender debería ser la iglesia misma
quien dirigiera y avalara este transcendental proceso hermenéutico del kerigma
cristiano en armonía con el logos de la modernidad.
Las tareas urgentes responden a la necesidad de que el
cristianismo profundice el kerigma que debe anunciar desde la razón propia de
la cultura de la modernidad, elaborando, a) la nueva hermenéutica desde la
modernidad, b) la hermenéutica desde la nueva ontología del mundo real que Dios
ha creado, tal como nos es conocido por la ciencia en la cultura de la
modernidad, c) la hermenéutica desde una realidad metafísicamente ambigua y
borrosa frente al teocentrismo antiguo, d) la hermenéutica que ilumina el kerigma
como revelación del logos cristológico que da sentido a la creación de un
universo para la libertad y para la dignidad humana. A nuestro juicio, es
inevitable que la iglesia como tal asuma la tarea de elaborar y avalar la nueva
hermenéutica que exige la proclamación del kerigma cristiano en nuestro tiempo.
Es precisamente la importancia histórica de dirigir y avalar este cambio
hermenéutico en la iglesia, entre otras razones, lo que justifica la
conveniencia del nuevo concilio en que el cristianismo, dejando atrás el
paradigma antiguo, debería entrar en la nueva época de la modernidad.
Soy consciente de que la propuesta expresada en el título de mi libro Hacia
el Nuevo Concilio supone ciertamente un reto, que algunos juzgarán quizá no
pertinente, precipitado o incluso arriesgado. Sin embargo, expresar la
convicción de que la iglesia debería ir hacia el nuevo concilio no se propone
por las buenas: como puro deseo que apunte a la mera estética de la
orquestación grandiosa que llevaría consigo el concilio. Se propone porque hay
razones profundas que mueven a proponer el concilio como camino idóneo para
contribuir a resolver problemas planteados a la misión de la iglesia entendida
como proclamación del kerigma cristiano.
La idea de concilio se propone como consecuencia de argumentos racionales
(parte como razón científico-filosófica y otros como razón teológica) que, a mi
entender, muestran que el cristianismo, la iglesia católica que representa la
continuidad sin fisuras de la tradición apostólica, tiene pendientes tareas de
importancia histórica excepcional. Si no se vislumbrara el camino a seguir –si
no hubiera alternativa visible a lo que hoy se hace– cabría la perplejidad y la
inacción. Pero el hecho es que la solución, la respuesta a estas tareas,
comienza hoy a vislumbrarse con precisión y es ponderable con objetividad y
honestidad racional por los creyentes. Estas tareas pendientes son por su
propia naturaleza de tal envergadura que, para resolverse, llevarían a la
conveniencia de ser afrontadas por el instrumento más potente a disposición de
la iglesia en orden a la proclamación del kerigma cristiano: el concilio.
Pero no se trata sólo de que haya tareas pendientes. La iglesia, en efecto, tal
como veíamos, se halla hoy en una profunda crisis producida en parte por no
haber afrontado todavía las tareas pendientes. Esta crisis ha sido tan grande
que el concilio supondría una necesaria revitalización, un antes y un después;
sería aquel acontecimiento extraordinario, impulsado por el Espíritu de Dios,
que podría suponer salir de una larga tribulación que ha sumido al mundo
cristiano en el desconcierto. Sería un revulsivo social, histórico, teológico y
espiritual de alta potencia acorde con la profundidad de la crisis de los
últimos siglos.
La consideración racional de las tareas pendientes, así como de la crisis
existente y de la alternativa que se vislumbra, apuntando hacia un eventual
nuevo concilio, no son algo trivial para el creyente cristiano, sino que, muy
al contrario, afectan a la esencia misma de su conciencia moral. El cristiano
sabe que debe afrontar la misión de proclamar el kerigma cristiano, y que debe
hacerlo en la forma y con el nivel de calidad exigido por cada momento de la
historia. No reflexionar en profundidad, dejarse llevar por la inercia, lo
mecánico, lo repetitivo, sin afrontar seriamente el análisis de los “signos de
los tiempos”, sería una grave irresponsabilidad moral del creyente. La
propuesta hecha en la trilogía responde subjetiva y honestamente, en efecto, a mi
responsabilidad moral como creyente. Pero todo creyente debe obrar de acuerdo
con la misma responsabilidad moral a impulsos del uso honesto de la razón y de
las exigencias de proclamar el kerigma cristiano en el nivel cualitativo
necesario exigido por la cultura actual.
Por consiguiente, la propuesta de un nuevo concilio se
fundaría en considerar las tareas pendientes y la crisis excepcional que
atraviesan el cristianismo y las religiones en el mundo actual. Las tareas
pendientes y la crisis promoverían por sí mismas su conveniencia. Por tanto, en
alguna manera, la pertinencia del concilio dependería de la pertinencia de las
tareas que la historia estaría exigiendo a la iglesia. Centrándonos en las
tareas pendientes, ¿cómo podemos describirlas? Como seguidamente apuntaré (y
puede verse con mayor amplitud en Hacia el Nuevo Concilio), se trata de
tareas hermenéuticas, ya que, en el cristianismo, el kerigma debe permanecer
inmutable, aunque, según la teología fundamental cristiana, debe ser entendido
por la iglesia con más y más profundidad a lo largo de la historia bajo la
“asistencia” del Espíritu. En la iglesia católica (no así en las iglesias de la
Reforma) la interpretación del kerigma puede ser propuesta por un filósofo o un
teólogo (este es nuestro caso y la historia está llena de ellos), pero las
nuevas interpretaciones no se hacen fiables para la fe hasta que la iglesia
como tal avale las interpretaciones o hermenéuticas que se proponen. No para
elevarlas a condición de verdad, pues las hermenéuticas son dependientes de un
tiempo y una cultura. Pero sí para orientar a los creyentes diciéndoles, con la
autoridad misma de la iglesia, cómo y por qué el kerigma se hace creíble en
nuestro tiempo y en él resplandece la Voz del mismo Dios de la Creación.
La tarea hermenéutica de nuestro tiempo
A nuestro entender la proclamación del kerigma cristiano tiene dos aspectos.
Por una parte, la proclamación del kerigma mismo, recibido de Jesús y que la
iglesia debe transmitir. Por otra parte, la explicitación de los signos de
credibilidad de ese kerigma que, considerado en sí mismo, puede verse como un
conjunto de afirmaciones extrañas que vienen de una cultura del pasado, la
judeo-cristiana primitiva, sin verse su conexión con el mundo real de nuestro
momento histórico (desconexión que, además, viene agravada por el hecho de que
el kerigma se presenta como puro kerigma sin hermenéutica o con una
hermenéutica greco-romana, inercia del mundo antiguo, que no sólo no conecta
con la realidad actual, sino que incluso puede presentarse en contradicción con
ella). Por tanto, la proclamación debe tener dos momentos en conexión: la
proclamación del kerigma y la explicitación de los argumentos que muestran que
ese kerigma está en armonía con la realidad que vemos, tal como es entendida
honestamente por nuestra cultura. Apelar a esta necesidad hermenéutica es lo
mismo que apelar a la necesaria conciliación de fe (el kerigma) y razón
(nuestra experiencia del mundo de acuerdo con la madurez moderna de la razón
natural). Que el cristianismo necesita proclamarse con esta conciliación de fe
y razón es evidente por la historia misma (que construyó el paradigma
greco-romano que hoy debemos superar), e incluso por la opinión ordinaria de
los teólogos y de los últimos papas. Lo que, sin embargo, no está hoy todavía
claramente advertido es que, para esta conciliación entre fe y razón, sea
necesario entrar en el nuevo paradigma de la modernidad (ya que algunos están
todavía ocupados en poner “remiendos” al paradigma antiguo).
La necesidad, por tanto, de esta hermenéutica estuvo siempre en la agenda más
antigua de la teología cristiana, y por ello fue naciendo el paradigma
greco-romano antiguo desde la misma patrística. Es una necesidad que nace de un
presupuesto esencial del mismo kerigma: que el Dios de la Revelación que se nos
manifiesta en Jesús es el Dios Creador cuya obra se nos manifiesta en el mundo
real. Por ello, la Voz del Dios de la Revelación debe reconocerse en la Voz del
Dios de la Creación. En otras palabras, la proclamación del kerigma debe
conmover las fibras más profundas de nuestra experiencia humana que nos está
haciendo entender cómo es realmente el mundo creado por Dios. Mundo real creado
por Dios que para nosotros no es el mundo del paradigma greco-romano, hoy ya
arqueológico, sino el mundo real de nuestra experiencia en la cultura de la
modernidad. La hermenéutica antigua no era una verdad absoluta, pero tenía
sentido, fue útil para entender el kerigma en su tiempo y fue avalada por la
iglesia. La hermenéutica hoy posible tampoco es la verdad final, pero es la que
nuestro tiempo necesita, probablemente es una profundización en el
entendimiento del kerigma y debería ser avalada por la iglesia. La hermenéutica
futura seguirá abierta, como abierto está el progreso del conocimiento y de la
cultura; pero probablemente supondrá también una ulterior profundización en el
mismo kerigma cristiano de siempre, debiendo también en su momento ser avalada
por la iglesia.
Esta nueva hermenéutica del cristianismo desde la razón de la modernidad es la
gran tarea pendiente: una tarea a todas luces necesaria si reflexionamos con
sensatez sobre el hecho de que son ya veinte siglos en el paradigma antiguo y
de que todo pide que la hermenéutica cristiana se reinstale legítimamente en el
logos, la razón de la modernidad. Los cristianos están asistidos de razón al
pedirle a la iglesia que dirija y avale la inevitable instalación del
cristianismo en la modernidad con todo lo que ello implica.
Hermenéutica desde la modernidad
La historia permite constatar, como puede verse en Hacia el Nuevo Concilio,
que la iglesia ha estado, y sigue estando (lo decimos matizadamente) en el
paradigma antiguo o greco-romano. Entre filósofos y teólogos cristianos ha
habido ciertamente ensayos y propuestas para una nueva hermenéutica (por
ejemplo, nuestro maestro Xavier Zubiri). Pero la iglesia como tal sigue en el
paradigma antiguo, en el marco de las tendencias actuales de la teología
puramente kerigmática (proclamación pura del kerigma sin hermenéutica) que
vemos en el “incompromiso hermenéutico” creciente, aunque ensayando siempre que
es necesario las adaptaciones ad hoc convenientes (vg. admitiendo la
teoría evolutiva o el laicismo moderno), pero sin salir clara y explícitamente
del paradigma antiguo, que rebrota continuamente, y sin que se le haya buscado
un sustituto, ya que la alternativa no parece existir de momento.
Pero la proclamación del kerigma necesita una hermenéutica de acuerdo con
nuestro tiempo. ¿No parece sensato pensar, tras veinte siglos en el paradigma
antiguo, una vez producido el portentoso cambio en el conocimiento
científico-filosófico y en la cultura propia del mundo moderno, que el
cristianismo necesita explicar hoy ordenadamente la hermenéutica del kerigma
desde dentro de la modernidad? Al hecho de proponer una nueva reinterpretación
hermenéutica del kerigma desde el logos de la modernidad, en principio, ¿cabe
objetarle algún problema teológico? Podría tenerla, pero no en el mero hecho de
hacer una propuesta, sino en su contenido (en el supuesto de que éste tuviera
dificultades para asumir íntegramente el kerigma cristiano presente en la fe de
la iglesia). En principio, una nueva propuesta no sólo es inobjetable como tal,
sino que incluso debe ser vista como un servicio a la iglesia (que busca desde
hace tiempo la armonía de la fe y la razón en el mundo moderno).
En Hacia el Nuevo Concilio hemos hecho una propuesta sobre cuál debería
ser esta nueva hermenéutica del kerigma en el mundo moderno. Además, hemos
mostrado también que no sólo asume íntegramente el kerigma cristiano, sino que
está en condiciones en entender con mucha mayor profundidad la armonía entre el
mensaje del Dios revelado en Jesús y la naturaleza real del mundo creado por
Dios. Pensando con sensatez histórica, ¿no ha llegado el tiempo de que la
iglesia, con la valentía de la fe que se se sabe “asistida” por el Espíritu, ampare
y dirija ella misma la búsqueda de la alternativa hermenéutica que urgentemente
necesita la proclamación cualitativa del kerigma en nuestro tiempo? ¿Acaso no
parece haber llegado el tiempo histórico en que la iglesia misma, unida a los
creyentes, a los intelectuales y teólogos, se deje llevar confiada por el soplo
del Espíritu, en el que debemos confiar con firmeza si somos verdaderamente
creyentes?
Hermenéutica desde una nueva ontología del mundo real
El mundo antiguo se construyó sobre una compleja ontología filosófica, al hilo
del platonismo, del aristotelismo, de los neoplatonismos e incluso inspirándose
en autores como el mismo Plotino. Es hoy evidente que aquella ontología ha sido
dejada atrás por el desarrollo creciente de la ciencia moderna. Esta no es una
clarificación, una nota explicativa, una matización a la ontología antigua. Es
una visión del mundo real que se construye desde sus fundamentos a partir de un
proceso organizativo del conocimiento completamente nuevo y al margen de lo
antiguo: así en la teoría de la materia, de la cosmología, de la vida, de la
neurología, del hombre, y todo ello en el marco de la teoría evolutiva. Ahora
bien, ¿cómo es el mundo real creado por Dios tal como hoy nos hace entender la
madurez del conocimiento en la modernidad?
No creo que se pueda dar otra respuesta sensata que no sea esta: nuestro
conocimiento del mundo creado por Dios no está cerrado, sino que sigue abierto
y en progreso, pero podemos decir que en este momento histórico la visión de
conjunto ofrecida por la ciencia no tiene alternativa; es decir, debemos pensar
que Dios ha creado el mundo como hoy parece decirnos la ciencia. Esto quiere
decir que asumimos las tendencias abiertas hasta hoy por la ciencia: la materia
es como nos dice la ciencia, y así el cosmos, la vida, la evolución, la
neurología y el ser humano. Se trata de una visión monista muy distinta a la
del mundo antiguo, pero mucho más compleja. Pensemos, por otra parte, que nadie
se atreverá a decir que el cristianismo y su kerigma están necesariamente
identificados con el dualismo clásico de tipo
platónico-aristotélico-escolástico. Por tanto, si el mundo real es como nos
dice la ontología de la ciencia en el marco de la cultura de la modernidad,
entonces, ¿cómo entender el kerigma cristiano?
Se abre la inmensa obra de emprender la nueva hermenéutica desde la ontología
de la modernidad, una ontología monista muy distinta a la del dualismo antiguo.
No basta, a mi juicio, que un teólogo ensaye este reentendimiento hermenéutico
del cristianismo. A un teólogo nadie le hace caso y su obra no llega a la gente
creyente; además, no tiene las credenciales de credibilidad que sólo la iglesia
puede darle. Es una obra de hermenéutica o clarificación histórica que debe ser
afrontada por la iglesia misma: la misma iglesia sólo cumplirá con su deber
histórico hacia la proclamación del kerigma si es capaz de decirles a los
creyentes, confiando en el Espíritu, que el mundo actual, la ciencia actual, la
cultura actual, nos iluminan profundamente para una nueva profundización y
recomprensión del kerigma, explicando cómo y por qué esto es así. Es verdad que
la ciencia fue durante siglos “reduccionista” y esto no favorecía la
hermenéutica cristiana. Pero hoy se han abierto nuevas tendencias, una nueva
ciencia “no-reduccionista”, más holística y campal, que permiten entender el
universo en clave religiosa. Entre afrontar, por una parte, la hermenéutica
posible por las tendencias modernas de la ciencia (que sin duda se irán
consolidando) o, por otra, quedarse en un paradigma antiguo (claramente
cuestionable y desfasado), no parece caber duda, en nuestra opinión, de que la
iglesia debe afrontar la tarea de avalar la nueva hermenéutica desde las
tendencias dominantes en la cultura de la modernidad.
Es comprensible que quienes han interiorizado la ontología dualista antigua
tiendan a pensar que sólo una idea escolástica de “alma” puede ser armónica con
los contenidos del kerigma cristiano. Por ello, aun conscientes de las
exigencias de la ciencia moderna, han ensayado diferentes estrategias de
camuflaje o adaptaciones ad hoc con tal de seguirse manteniendo, aunque
sea confusamente, “lo de siempre”. Sin embargo, pensemos, por ejemplo, que el
término “alma” puede seguir usándose sin darle un sentido dualista (conectado
con el paradigma greco-romano). El alma, en efecto, asentada en nuestro cuerpo
mortal, es nuestro ser biográfico e histórico, el total de nuestro tiempo
vivido, nuestra experiencia viviente, nuestro conocimiento, nuestras emociones
y sentimientos, incluidas nuestras relaciones con los demás y nuestras relaciones
con Dios. Pues bien, la nueva ontología monista permite perfectamente entender
los contenidos del kerigma. Por ejemplo, decir que Dios “salva” nuestro ser
personal, nuestra “alma”, inmediatamente tras la muerte, no implica explicarlo
como hacía el tomismo puro: basta entender simplemente que el poder de Dios,
que crea el universo y lo sostiene, “salva”, recrea o reconstituye nuestra alma
más allá de la muerte de una forma que desconocemos (y que tampoco conocemos en
la hipótesis explicativa del dualismo propio del paradigma antiguo). Así
igualmente es posible entender el juicio personal tras la muerte, la
resurrección definitiva en el Juicio Final sobre la Historia y la recreación
divina de unos cielos nuevos y una tierra nueva en la Nueva Jerusalén. De la misma
forma pueden entenderse perfectamente otros contenidos que forman parte de la
fe de la iglesia: como la Asunción de la Virgen, la teología de los difuntos o
el mismo entendimiento católico del sacramento de la Eucaristía. En Hacia el
Nuevo Concilio he argumentado que la iglesia debe hacerse a la idea de que el
mundo real creado por Dios es como la ciencia nos describe. Mi obra no es, como
he indicado en ella, algo así como un catecismo, ya que aborda sólo los grandes
principios de la nueva hermenéutica desde la modernidad; pero en ella puede
entenderse que el nuevo paradigma asume y profundiza en su totalidad el kerigma
cristiano y la fe tradicional de la iglesia. En un nuevo artículo en este blog
abordaré lo relativo a la nueva ontología de la modernidad con más detalle.
Todo ello supone obviamente un nuevo proceso hermenéutico; hermenéutica que
antes se había hecho a partir de la ontología greco-romana y ahora debería
hacerse desde el supuesto de que la ontología real del mundo creado por Dios es
la que la ciencia ha descrito hasta el momento. Y para ello los creyentes
tienen derecho a pedirle a la iglesia que ilumine con su autoridad esta nueva
criteriología hermenéutica exigida por nuestro conocimiento más profundo de
cómo es el mundo creado por Dios. Es esta una gran tarea pendiente que, bajo la
dirección de la iglesia, colaborando filósofos y teólogos, debería llevar a
cabo en los próximos años, hasta culminar en la convocatoria del concilio.
Hermenéutica desde una realidad metafísicamente ambivalente y borrosa
La nueva ontología del mundo real conocida por la ciencia ha tenido una
consecuencia transcendental que cambia esencialmente la hermenéutica propia del
paradigma greco-romano. El paradigma antiguo describía una patencia de la
Verdad accesible a la razón humana: y esta patencia mostraba inequívocamente la
existencia fundante de Dios que ponía al hombre en un horizonte teocéntrico, en
un sentido de la vida religiocéntrico y en un orden social teocrático. Dios
estaba impuesto inequívocamente por el orden natural. Es explicable que para
quienes han interiorizado este punto de vista durante años no sea fácil cambiar
de perspectiva. Pero es inevitable deber hacerlo y debe ser la iglesia quien
nos guíe en este proceso.
Tal como hoy entendemos en la cultura de la modernidad, cuando la razón humana
trata de construir por la filosofía una imagen metafísica última de la
realidad, apoyándose en la imagen que la ciencia moderna nos ofrece del mundo,
entonces queda abierta a la imagen metafísica borrosa, ambivalente, de un
universo que podría ser metafísicamente una Divinidad fundante o un universo
puramente mundano sin Dios. En la modernidad se establece una epistemología
crítica, fundada en los fenómenos, en que no hay una patencia o evidencia
metafísica de la Verdad última, sino una aproximación crítica a través del
progreso del conocimiento en la historia. Este universo ambivalente es también
intuido por la mente del hombre natural, por el hombre ordinario en la cultura
de la modernidad. La razón, por tanto, permite una argumentación racional
seriamente construida que hace posible que el hombre se incline por una
metafísica teísta. Pero el ateísmo, dentro de ese universo borroso, puede
construir también su argumentación. La apertura racional a Dios es así viable,
pero no existe una patencia de la Verdad metafísica. Y menos lo que los
sistemas escolásticos llamaban una certeza absoluta metafísica de la existencia
de Dios, extensible necesariamente a todos los hombres.
Todo hombre puede asumir la racionalidad natural que le lleva a Dios, pero no
se trata de una evidencia impositiva sino de una inferencia racional que se
acepta libremente. Pero ese mismo hombre –y esto lo sabemos por la fe
cristiana– está afectado en el interior de su Espíritu por el testimonio
sobrenatural o místico (que no podemos fijar como un hecho natural objetivo
ordinario) de la llamada de Dios como Espíritu. Además, puede creer en el Amor
de Dios por encima de su ocultamiento (puede tener fe en el Dios
oculto/liberador). Estos tres testimonios (de que habla la Biblia y que han
sido recogidos en el kerigma cristiano) –el testimonio de la naturaleza, el
testimonio del misterio de Cristo (el Dios oculto y liberador) y el testimonio
del Espíritu– pueden justificar la seguridad subjetiva de la fe del creyente.
Aun dentro de la borrosidad metafísica natural abierta a la razón por el mundo
creado por Dios, el hombre creyente puede hallar la seguridad subjetiva de su
fe.
Por tanto, de acuerdo con los resultados de la ciencia en la modernidad y según
la experiencia inmediata que tenemos de una sociedad donde teísmo y ateísmo son
de hecho posibles en la sociedad, y asumidos por grupos humanos consistentes,
¿tiene sentido seguir en la defensa de un teocentrismo concebido a la manera
del paradigma antiguo? ¿No es inevitable admitir que Dios, en su plan de
salvación de un hombre libre, ha creado un universo borroso, tal como de hecho
nos impone la modernidad? Salir del teocentrismo ordinario del paradigma
antiguo para aceptar el universo enigmático y borroso de la epistemología, de
la ciencia y de la filosofía moderna, es una de las tareas pendientes para
construir la nueva hermenéutica de la modernidad.
Hermenéutica del kerigma cristiano desde la modernidad
La hermenéutica del kerigma cristiano desde el mundo real creado por Dios, si
es que el mensaje de Jesús debe hacerse inteligible por la armonía de fe y
razón, es inevitable. A) No parece haber alternativa, si queremos que el
kerigma muestre su armonía con el mundo real en que vivimos (y que es el que
realmente ha sido creado por Dios). Por ello debe admitirse la tarea de la
nueva hermenéutica, bajo la guía de la iglesia “asistida” por el Espíritu. B)
En consecuencia, ¿cuál es la imagen del mundo real en la modernidad? Es la
imagen que nos describe la ciencia y que hemos presentado en Hacia el Nuevo
Concilio, una imagen en que el universo aparece como un sistema monista que
produce desde sí mismo autónomamente el proceso evolutivo y la aparición del
orden, de la vida y del hombre. ¿Hay alguna alternativa a esa imagen del mundo
en la modernidad? Si queremos como cristianos vivir en armonía con la imagen
del universo, de la vida y del hombre en la modernidad, ¿hay alguna alternativa
a la admisión integral y sin cortapisas de las grandes tendencias ontológicas
de la ciencia moderna? Es inevitable afrontar la hermenéutica del cristianismo
desde la imagen real del mundo en la modernidad. C) Además, si el mundo real
está constituido como nos dice la modernidad, entonces es inevitable la
apertura final a la ambivalencia metafísica mencionada, y ya no es posible
seguir instalados en el teocentrismo, religiocentrismo y teocratismo antiguos.
Debemos admitir la posibilidad de que la razón natural construya una hipótesis
teísta (y hay argumentos objetivos para ello, siendo Dios por tanto
“razonable”), pero debemos también admitir la posibilidad de que construya una
hipótesis ateísta, como socialmente comprobamos (y existen argumentos para
ello). Por ello, la lógica de esta condición metafísica del hombre en el mundo,
abierto a esta inevitable borrosidad metafísica última, hace que el hombre
pueda ser religioso siempre que acepte el enigma de un Dios oculto/liberador
por encima de su lejanía y de su silencio.
Si la ciencia entrara en contradicción con el kerigma, o bien si hiciera
difícil entender su armonía con la realidad, tal como de hecho pasó durante
siglos de una ciencia “reduccionista”, estaría justificado que el kerigma se
aislara de la ciencia (es lo que ha pasado durante siglos). Pero esa no es la
situación de la ciencia actual: tal como hemos explicado, el reduccionismo,
aunque todavía existe en amplios sectores, está siendo sustituido hoy por una
nueva tendencia creciente hacia una ciencia holística (más mecanocuántica que
mecanoclásica) más cercana al humanismo y a la misma religiosidad. Esas nuevas
tendencias de la ciencia nos presentan hoy una imagen del mundo real creado por
Dios que hace posible un entendimiento en mayor profundidad de la armonía del
kerigma cristiano con la realidad actual. Hoy se va haciencia la luz suficiente
para que el cristianismo, y las religiones hallen su armonía con la imegen del
mundo en la modernidad. Es mejor seguir esas tendencias matizadamente que
seguir instalados en un paradigma antiguo que, ciertamente, es hoy ya
arqueológico.
Entendemos que ese universo autónomo, que da lugar a la ambivalencia
metafísica, nos hace ver cómo de hecho ha sido creado el mundo por Dios para
hacer posible la existencia de un hombre libre que debe decidir su existencia
ante la oferta de amistad divina. Dios ha creado un universo borroso donde es
posible al hombre situarse libremente en una visión puramente mundana sin Dios,
pero donde es también posible que el hombre se abra a la esperanza de la
salvación de un Dios oculto y liberador. El mundo de la modernidad permite
entender armónicamente cómo y por qué la realidad responde a una creación
divina realizada en el “logos cristológico” que es la esencia del kerigma
cristiano que proclama la kénosis de la Divinidad ante la realidad y ante el
pecado, creando un mundo con una estructura ontológica que hace posible el
pecado, pero también la santidad. La modernidad nos hace ver que la autonomía
ontológica y la borrosidad metafísica de un universo en que Dios no se impone
responden al plan creador de Dios que, a través de su humillación kenótica ante
la Creación, hace posible el ámbito de la libertad. El Dios cristiano, el Dios
que crea y redime al hombre en el logos cristológico, es el Dios que crea un
universo para la libertad y la dignidad humana en que el hombre construye
personalmente su propia historia ante Dios, en el Misterio de Iniquidad o en el
Misterio de Santidad.
Por consiguiente, el universo borroso que nos hace salir del teocentrismo
impositivo del paradigma antiguo no sólo no impide el entendimiento de la
armonía entre el kerigma y el mundo real sino que lo hace mucho más profundo.
En este universo borroso, metafísicamente ambivalente, donde Dios no se impone
y el drama de la libertad lleva a muchos hombres a desconfiar de Dios, a
cerrarse a la transcendencia aceptando su condición puramente mundana sin
esperanza, se entiende mucho mejor un kerigma cristiano que anuncia que Dios ha
emprendido la creación en el logos cristológico que supone la revelación de la
voluntad redentora del Dios Trinitario que acepta la kénosis de su presencia en
el mundo, abriendo la libertad y dignidad de la historia como escenario del
Misterio de Iniquidad, dramática posibilidad humana, y del Misterio de
Santidad, a saber, el de aquellos que construyen libremente la melodía de su
biografía personal aceptando al Dios oculto y liberador desde el enigma y el
drama de la historia.
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