La ciencia orienta sobre la cuestión de Dios
JAVIER MONSERRAT
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Presenta un universo enigmático que deja abiertas las hipótesis atea, teísta y agnóstica.
La cuestión de si la ciencia es compatible con la existencia o no
existencia de Dios tiene sentido porque, aunque la ciencia no trata
como disciplina acerca de lo metafísico, ofrece datos y teorías sobre
el mundo que podrían orientar la filosofía hacia el teísmo o el
ateísmo. La ciencia presenta un universo enigmático que deja abierta la
posibilidad de las hipótesis atea y teísta, con la posición agnóstica
intermedia. Negar que ambas hipótesis sean viables (admitiendo una sola
de ellas) nos coloca en el dogmatismo, fuera ya del espíritu crítico,
ilustrado y tolerante de nuestra cultura. Pero esta verosimilitud atea
o teísta es sólo un punto de partida para la resolución de la cuestión
personal ante el enigma metafísico. Nadie es religioso porque pondere
tal o cual consideración científico-filosófica. El problema de Dios se
resuelve de una forma existencial, personalista.
“Tendencias de las Religiones” ha venido publicando diversos
artículos que muestran una variedad de formas de análisis del problema
de la “existencia de Dios” y del sentido de las religiones. En numerosos
artículos hemos presentado puntos de vista ateístas y en otros, en
cambio, se ha seguido el hilo de los argumentos teístas.
Esta variedad de artículos y enfoques multiformes muestra sin
lugar a dudas la complejidad tanto del asunto en sí mismo como de las
actitudes personales ante él. Actitudes casi siempre asociadas a densas
tramas emocionales derivadas del compromiso personal de unos y otros
ante la ineludible cuestión del “sentido último de la vida”.
Este artículo, por tanto, no pretende otra cosa que ofrecer un
ensayo de respuesta a la pregunta por la existencia de Dios y por el
sentido de la religión, valorada desde los resultados de la
investigación científica actual.
Este “ensayo”, evidentemente, representa un punto de vista
personal. Pero reflexionar sobre los argumentos que presenta puede
ayudar a matizar la forma en que otros se enfrentan con la misma
pregunta y tratan de responderla, bien desde posiciones teístas,
ateístas o agnósticas.
La pregunta es, por tanto: la existencia de Dios, y la viabilidad
consecuente de los comportamientos religiosos, ¿son hoy compatibles con
la imagen científica del universo, de la vida y del hombre? Preguntar
por esta “compatibilidad” no significa necesariamente sugerir que la
ciencia “demuestre” la existencia o no-existencia de Dios. Podría haber
una compatibilidad por vía de “verosimilitud”. Es decir, la ciencia
podría quizá no permitirnos un conocimiento cerrado y absolutamente
seguro de lo real, sino que más bien podría dejarnos abiertos a una
realidad enigmática. Debemos explicarnos con mayor precisión.
¿Demostración o verosimilitud?
En este caso, si la ciencia nos mostrara en efecto este “universo
enigmático”, quizá fuera posible construir hipótesis alternativas que,
cada una en su línea, pudieran contar con argumentos que las hicieran
“verosímiles”. Creemos que esto es lo que en realidad ocurre. Hay
argumentos (cuya aceptación depende de la libertad valorativa personal
de cada científico o filósofo) que hacen verosímil la hipótesis de un
universo sin Dios (ateísmo); pero al mismo tiempo es posible también
formular argumentos que hacen verosímil la hipótesis alternativa de que
se funde en un ser que responda a lo que llamamos Dios (teísmo).
El universo en sí mismo, ciertamente, o responderá al ateísmo o al
teísmo; no será al mismo tiempo las dos cosas (o sea, Dios existirá o
no existirá, pero no las dos cosas a la vez, obviamente). Sin embargo,
el conocimiento humano discurre desde la precariedad y no puede
dilucidar con seguridad cuál de estas hipótesis alternativas es
verdadera. El universo –visto desde dentro por la razón humana- es así
enigmático y se resiste a ser conocido últimamente con seguridad por la
razón humana, por la ciencia y por la filosofía. Es “enigmático” porque
es oscuro cuál sea su verdad última.
Ahora bien, puesto que hablar de la existencia o no existencia de
Dios supone referencia a cuestiones metafísicas últimas, debemos
advertir también que, desde un enfoque epistemológico (o sea,
teorético-científico), es correcto decir que las disciplinas científicas
no abordan como tales el conocimiento de lo metafísico. Esto es sólo
propio de la disciplina que llamamos “filosofía”. Ahora bien, si no es
competente para lo metafísico y Dios es algo metafísico, ¿tiene sentido
entonces plantear la cuestión de si la ciencia es compatible con la
existencia o no existencia de Dios?
Creemos que sí lo tiene porque, aunque la ciencia no trata como
disciplina acerca de lo metafísico, sin embargo ofrece datos y teorías
sobre el mundo real que, al ser sometidos a la reflexión filosófica (que
sí se plantea las cuestiones metafísicas), podrían orientar la
filosofía hacia el teísmo o el ateísmo; esto es, hacia la verosimilitud
de la existencia o de la no existencia de Dios. En otras palabras, los
resultados de la ciencia, según lo que fueran, podrían hacer posible o
no posible una filosofía teísta o ateísta.
Podemos, pues, precisar más nuestra opinión: la imagen del
universo, de la vida y del hombre en la ciencia, al ser asumida por la
reflexión de una disciplina de conocimiento distinta de la ciencia – la
filosofía –, no conduce a una única explicación metafísica última de lo
real, y menos a una que se impusiera con una certeza absoluta
incuestionable, bien fuera teísta o ateísta. Conduce más bien a la idea
de un universo cuya verdad y naturaleza última es enigmática, dejando
abiertas diversas hipótesis metafísicas que, de hecho, son sometidas a
discusión, tanto en dimensión personal como social.
Ciencia y sociología de la cuestión de Dios
Decir que la ciencia nos lleva a una idea enigmática del universo
es, por otra parte, algo que se entiende perfectamente desde la
epistemología actual. Esta no es dogmática: no cree que la ciencia pueda
llevarnos a un conocimiento cierto, absoluto, que “cierre” ciertos
conocimientos, definitivamente establecidos, que se consideren algo así
como “dogmas” inamovibles. Para Popper y la totalidad de las
epistemologías postpopperianas, la ciencia es sólo un sistema de
hipótesis siempre revisables. La ciencia procede ponderando hipótesis
alternativas que se discuten; los científicos toman posición
inclinándose hacia unas u otras. Esto acontece en muchos campos de
conocimiento.
Es así comprensible que el problema más complejo de todos – el de
conocer metafísicamente qué es el universo en su verdad final – pueda
dar lugar a la incertidumbre, al enigma, a hipótesis alternativas ante
las que debe decidirse la libertad personal valorativa de los
científicos. Pero estos, al tomar posición ante un problema metafísico –
aunque deban tener en cuenta la ciencia –, no hacen “ciencia, sino
“filosofía”, de acuerdo con lo que antes decíamos.
Esta “borrosidad” y precariedad inevitable del conocimiento humano
se aplica a todo: no sólo a la ciencia natural, sino también a las
ciencias humanas (de ahí la idea de la sociedad “abierta y crítica”
popperiana). Por ello la sociedad de la segunda mitad del siglo XX ha
evolucionado tanto a la modestia en la defensa de las propias
convicciones y como a la tolerancia hacia las opiniones de los demás. La
sociedad “ilustrada y crítica” sólo es más y más “intolerante” con la
“intolerancia”.
Es inevitable recordar que en siglos pasados – sobre todo en el
XIX – lo común era defender posiciones “dogmáticas”, tanto teístas como
ateístas. La razón, en la ciencia y la filosofía, permitía demostrar con
toda certeza, según la posición de cada uno, la existencia (teísmo) o
la no existencia de Dios (ateísmo). Así, el teísmo pensaba que los ateos
(digamos para simplificar) o eran “tontos” o eran “malos”. Por su
parte, el ateísmo pensaba también, simplificando, que los teístas o eran
“tontos” o “psicológicamente débiles”.
Estas posiciones dogmáticas no han desaparecido completamente. El
ateísmo de autores como Dawkins o Dennett, por ejemplo, (considerados en
otros artículos de esta sección de Tendencias21) no sólo es
“dogmático”, sino que se ríe de lo religioso con fuerte agresividad.
Por otra parte, todavía hay teísmos dogmáticos que consideran a los
ateísmos con la misma falta de tolerancia, aunque en una dirección
distinta. Residuos de este mismo dogmatismo se pueden hoy constatar en
la reciente disputa en torno al inteligent design: se pretende hacer
“ciencia” pero lo que en realidad se hace es metafísica camuflada, bien
para defender una teoría de la evolución “metafísicamente atea”, bien
para defender una evolución “metafísicamente teísta”, siendo así que la
ciencia como tal ni es teísta ni es ateísta.
En realidad, tanto el ateísmo como el teísmo dogmático están hoy
fuera del sentir de nuestra cultura crítica e ilustrada, consciente de
vivir en un universo enigmático y tolerante ante las ideas alternativas
que nacen del ejercicio libre de la razón de cada persona. Lo
inapropiado del dogmatismo – bien sea teísta o ateísta – se ve en un
simple análisis sociológico. De hecho hay personas que “lo saben todo”,
perfectamente formadas, que son ateas, unas, y teístas, otras. Es un
hecho social incuestionable que es así, y en proporciones
aproximadamente similares dentro del mundo intelectual (ya que las masas
son mayoritariamente teístas). ¿Qué pasa? ¿Es que unos son tontos y los
otros listos? Evidentemente que no. Lo que pasa es que el universo es
enigmático, borroso, y deja abiertas las hipótesis teístas y ateístas
que de hecho constatamos. Unos se inclinan honestamente por unas
hipótesis y otros por las otras.
El enigma metafísico
Es verdad que de inmediato lo único que el hombre percibe por sus
sentidos es el mundo (la experiencia de la vida humana en el universo).
Este es, en efecto, el hecho real de que partimos. A Dios nadie lo ha
visto. Pero hay algo también cierto: que el hombre tampoco ha visto cuál
es la explicación final, última, metafísica de ese universo. Lo
metafísico no es evidente y, por ello, debe ser argumentado. El hombre
percibe el mundo por una experiencia fenoménica: percibe sólo el
“fenómeno” (aparecer) que no nos da todo el contenido del universo desde
sus fundamentos radicales: la materia se nos escapa en su profundidad
“hacia adentro” y el universo nos desborda en el espacio y en el tiempo.
Por otra parte, es un hecho que desde siempre el hombre ha querido
responder a los enigmas metafísicos últimos. El hombre busca su verdad
humana – para vivir en consecuencia – y ésta depende de la verdad
última, metafísica, del universo. En el marco de esta inquietud
metafísica han nacido las religiones en la historia. Es verdad que en
los últimos siglos se ha producido un crecimiento de quienes han
respondido a la metafísica con el ateísmo (o agnosticismo). Pero es
también un hecho evidente que durante toda la historia, e incluso en el
presente, la gran mayoría de la humanidad ha respondido a la inquietud
metafísica con las ideologías religiosas. Este hecho condiciona en forma
no trivial nuestro planteamiento de la cuestión de Dios.
Es cierto que a Dios no lo vemos. Pero también es cierto que
tampoco vemos la verdad metafísica última de lo real. Además, es cierto
que la inmensa mayoría de la humanidad ha sido teísta, aunque con una
presencia creciente del ateísmo (agnosticismo) en el mundo moderno. Por
ello – por su naturaleza racional en busca del “sentido” y por la misma
historia – se plantea el hombre la pregunta ante el enigma metafísico,
que es el enigma acerca de la existencia (teísmo) o no existencia
(ateísmo) de Dios. Lo evidente es sólo un enigmático mundo fenoménico.
Ni el teísmo ni el ateísmo son “evidentes” por cuanto no es evidente el
fundamento metafísico de lo real. Teísmo y ateísmo deben ser
argumentados: se deben exponer las razones que bien demuestren (cosa
que, como hemos dicho, no creemos viable), bien hagan más o menos
“verosímil”, en un sentido u otro, ambas hipótesis explicativas.
El universo descrito por la ciencia y la cuestión metafísica
Pero, tras estos preámbulos, volvemos a la pregunta que antes
planteábamos. Los resultados de la ciencia en el conocimiento del
universo, de la vida y del hombre, asumidos por el discurso filosófico,
¿demuestran o hacen verosímil el teísmo o el ateísmo? En todo caso, no
todo resultado de la ciencia tendrá la misma capacidad de aportar algo a
la respuesta de esta pregunta.
Hay resultados científicos que apenas tienen proyección
metafísica. Por ejemplo, la investigación que nos lleva a conocer una
nueva fórmula bioquímica que hará más eficaz un cierto antobiótico para
combatir determinados gérmenes; o la investigación sobre el sistema
motor de una especie de artrópodos. Pero, frente a ciertas
investigaciones y conocimientos metafísicamente irrelevantes, hay
también ciertos campos, preguntas y resultados de la ciencia que tienen
una gran importancia metafísica. Son aquellos resultados en que la
ciencia aporta elementos sustanciales para que la filosofía trate de
responder las preguntas en torno a la naturaleza metafísica última de la
realidad.
En nuestra opinión, estos campos problemáticos abiertos a lo
metafísico son tres: primero, el problema de la consistencia
(estabilidad, suficiencia, absolutez) del universo; segundo, el problema
de las causas reales que permiten explicar la producción de orden
dentro del universo; tercero, el problema del origen y de la naturaleza
del psiquismo animal o humano (problema de la conciencia). Nos referimos
ahora muy brevemente a cada uno de estos problemas.
Consistencia y absolutez del universo
La ciencia constata por los sentidos un universo fáctico que está
ahí, constituido ante nosotros, y trata de conocer cuáles son las causas
de que efectivamente esté ahí en la forma en que podemos describir en
tiempo real (que es la única que nos es asequible y que constituye el
punto de referencia experimental a todas luces incuestionable). Pero la
expectativa de la razón científica (justificada en epistemología) es que
ese universo está ahí porque “puede estar”: porque se funda en un
conjunto de contenidos que consisten (se mantienen establemente en el
tiempo) en interacción relacional, de forma suficiente y absoluta en
orden a existir en el tiempo pasado y en el futuro, sin deshacerse.
La expectativa racional de la ciencia es, pues, que el universo
sea “suficiente” (que se baste a sí mismo para explicar el hecho de su
existencia). Pero, ¿cuál es el resultado de la ciencia? Ateniéndonos a
los hechos experimentales y otras evidencias empíricas dadas en el
estado actual del universo, la ciencia ha reconstruido su historia
evolutiva desde un primer momento “conjeturable” que conocemos como el
big bang. ¿Qué había antes? En función de las evidencias, la ciencia
como tal no es capaz de hacer ninguna otra conjetura que vaya más allá
del big bang. El conjunto de esta imagen, conforme con la física
experimental, es lo que se llama “modelo cosmológico estándar” (tratado
en otros artículos de tendencias y que aquí no vamos a exponer). Pero la
cuestión es, repetimos, ¿qué había antes?
Si el universo está hecho de materia organizada en estructuras,
¿dónde surgió la materia-energía producida en el big bang? ¿Qué
propiedades primordiales de la naturaleza de la materia serían la causa
de la materia que vemos emergente en el big bang? El razonamiento
empírico y experimental de la ciencia nos lleva al “modelo estándar de
la física” que constituye el marco general de la física de partículas.
Pero bucear hacia la causas y naturaleza primordial de la materia ha
obligado a los físicos teóricos a ir más allá del big bang, de la “era
de Plank” e incluso de las posibilidades de contrastación empírica de la
física ortodoxa, entrando en el campo de la pura especulación sobre
modelos matemáticos e hipótesis físicas.
Las teorías de cuerdas y supercuerdas han especulado sobre las
propiedades emergentes de la materia y las variables o dimensiones en
cuya función se haría la explicación de su desarrollo evolutivo. Aunque
estas especulaciones han sido, y en parte siguen siendo, lo
“políticamente correcto”, distan mucho de estar aceptadas y fuera de
sospecha (recordemos, por ejemplo, la crítica de Leo Smolin,
recientemente comentada en otros artículos de Tendencias).
Desde una y otra perspectiva, además, parece exigirse un ámbito de
fondo que fuera origen de la génesis y disolución de partículas. Este
fondo ha sido sugerido y postulado desde diferentes contextos teóricos y
se le han dado nombres como éter, campo de energía, espacio-tiempo,
orden implícito o vacío cuántico. En realidad, la idea de “surgir de la
nada” no parece aceptable en la ciencia. Si en alguna ocasión se habla
de “nada” no se está pensando en la “nada absoluta”, sino en vacío
cuántico, geometría del espacio o cosas similares.
Como se ve, esta imagen del universo físico es compleja y
discutible, todavía muy oscura. También lo es al ser sometida a la
reflexión filosófica en orden a una metafísica última. No es fácil ver
la suficiencia del universo en orden a su propia realidad. El “modelo
cosmológico estándar” presenta un universo que sorprendentemente nace en
el tiempo. Por otra parte, con la ayuda de una gran especulación,
podríamos concebir la posibilidad de un campo metafísico de realidad en
el que fueran apareciendo fluctuaciones que dieran lugar a infinitos
universos burbuja, finitos e insuficientes, pero fundados en un ámbito
físico metafísico al que atribuiríamos estabilidad, suficiencia y
absolutez.
Sin embargo, esta gran complejidad nos hace entender la viabilidad
de una hipótesis también verosímil (posible y congruente con los
hechos): la hipótesis de que la estabilidad, suficiencia, absolutez del
universo que vemos, se fundara en una dimensión metafísica que
respondiera a lo que llamamos Dios. El ateo considerará que su hipótesis
es la más verosímil y se esforzará en argumentarla. Pero el teísta no
piensa así y se inclina a pensar que el teísmo es más verosímil,
argumentando en su favor. No existe un Tribunal neutro e independiente
que pueda dictaminar qué hipótesis es mejor y más verosímil (y
ciertamente no creemos que ese juez absoluto sea el señor Dawkins). Lo
que la sociología nos impone es que ambas hipótesis son verosímiles y
cuentan con gente a su favor que las argumenta. Si esto pasa es, pues,
porque “puede pasar”: porque el universo físico es oscuro, enigmático, y
permite construir alternativas metafísicas verosímiles y argumentables.
Producción de orden dentro del universo
Ya con más brevedad comentemos el segundo campo en que los
resultados de la ciencia se abren a dimensiones metafísicas: la
producción de orden, tanto físico como biológico. Supuesta la
descripción de la naturaleza misma del orden, la ciencia debe plantearse
el conocimiento de las causas que lo han producido. Se trata, pues, de
dos cuestiones en principio diferentes. La primera previa a la segunda.
El orden es, pues, un hecho. Un hecho físico que depende de las
propiedades ontológicas de la materia que explican por qué se ha
producido la ordenación estructural de la materia que conduce desde la
radiación del big bang al mundo real de cuerpos y objetos estables. Sin
embargo, no hay causas que justifiquen por qué los valores precisos de
una serie numerosa de variables son los que de hecho son, con los
valores precisos para producir al hombre evolutivamente (es lo que
llamamos “principio antrópico”, que aquí tampoco exponemos pero que ya
consideramos conocido).
Pero el orden es también un hecho biológico. Si el orden físico es
ya sin duda sorprendente, mucho más el orden biológico. No sólo se
trata de un orden estático, sino de un orden funcional y dinámico,
desplegado en el tiempo secuencialmente, tal como vemos en el desarrollo
embriogenético, hasta el estado adulto por medio de la actuación
bioquímica regulada del ADN.
Pero la segunda cuestión hace referencia a las causas de este
orden. Como ya sabemos hay dos respuestas posibles. Una es naturalista:
la misma naturaleza ha producido este orden desde sus propiedades
ontológicas (ateísmo); la teoría de los multiversos especula que entre
infinitos universos aparece uno con las sorprendentes propiedades
antrópicas del nuestro y, además, el avance parsimonioso de una
evolución darwinista, paso a paso, justifica la construcción de los
complejos sistemas vivientes.
La otra teoría explica el orden postulando la existencia de un
diseño inteligente. El pensamiento teísta más serio no postula un diseño
en la forma del intelligent design del fundamentalismo americano
reciente: un “Dios tapa agujeros” que debe intervenir para que el mundo
funcione. El supuesto es que Dios crea el mundo de manera que éste
funciona autónomamente por sus propias leyes (el darwinismo se asume
perfectamente en este supuesto, e incluso la teoría de multiuniversos).
Pero el diseño de este universo autónomo permite la hipótesis verosímil
de que responde a un plan racional orientado a la libertad humana. La
complejidad del orden y la precisión del diseño hacia la libertad harían
verosímil la hipótesis de una razón diseñadora, en la línea del
“principio antrópico cristiano” de George Ellis.
Origen y naturaleza del psiquismo
Este sería el tercer campo en que los resultados de la ciencia se
proyectan sobre la metafísica. Digamos muy brevemente que hasta hace
poco la biología, la explicación del psiquismo y del hombre desde la
ciencia, se hacía en el marco del reduccionismo. Éste ofrecía una imagen
determinista, mecánica, del hombre y de los seres vivos que culminaría
en el computacionalismo actual y su idea robótica de la vida. La verdad
es que este robotismo científico no contribuía a que la filosofía
pudiera argumentar la verosimiltud del teísmo.
Hoy en día, sin embargo, la explicación científica del psiquismo
se orienta hacia la neurología cuántica dentro de una visión mucho más
holística del universo. En otros artículos de Tendencias hemos
presentado estas nuevas orientaciones de la biología desde una manera de
entender el “soporte físico del psiquismo” desde la mecánica cuántica.
No es que esta nueva manera de pensar holística “demuestre” la
existencia de Dios. El holismo admite una interpretación ateísta: el
universo podría responder a los principios del holismo actual y, sin
embargo, excluir la existencia de Dios. Sin embargo, aun siendo así, es
verdad también que el holismo hace mucho más verosímil la existencia de
Dios. En otras palabras, es mucho más fácil pensar en la verosimilitud
de la hipótesis de Dios desde dentro de una imagen holística del
universo, que desde una imagen reduccionista clásica de la ciencia.
Decisión filosófica ante la cuestión de Dios
La decisión filosófica ante el enigma metafísico último de lo real
debe tener en cuenta la imagen científica del universo, al menos para
aquellas personas que tienen acceso a ella. En el marco de este enigma
se plantea la cuestión de Dios; cuestión que, al menos, todo el mundo
debe proponerse por el hecho de que gran parte de la humanidad ha
resuelto la cuestión metafísica de forma religiosa. Y el hecho
sociológico es que, en efecto, la ciencia presenta un universo
enigmático que deja abierta la posibilidad de argumentar la
verosimilitud de las dos hipótesis: la hipótesis atea y la hipótesis
teísta, con la posición agnóstica intermedia. Negar que ambas hipótesis
sean viables (admitiendo una sola de ellas) nos coloca en el dogmatismo,
fuera ya del espíritu crítico, ilustrado y tolerante de nuestra
cultura.
Pero esta verosimilitud – atea o teísta – posibilitada por la
ciencia y asumida por la argumentación filosófica, es sólo un
presupuesto, un punto de partida para la resolución de la cuestión
personal ante el enigma metafísico. Nadie es religioso porque pondere
tal o cual consideración científico-filosófica. El problema de Dios se
resuelve de una forma existencial, personalista, que no abordamos en
este artículo. La desarrollaremos próximamente en otro artículo de
Tendencias complementario de éste.
Algunas consideraciones desde la teología
1) La teología católica considera que la razón humana – bien sea
científica o filosófica – puede acceder a la existencia de Dios. Pero
esto no se ha entendido como si la razón pudiera “demostrar”, con
certeza absoluta, metafísica, que se impusiera en toda razón humana, la
existencia de Dios. La interpretación del Concilio Vaticano I puso ya de
manifiesto la moderación con que la teología considera la racionalidad
de la fe. Esta no se reduce nunca a razón. Supone una respuesta a la
Gracia interior del Espíritu y un compromiso personal libre que no se
impone por ningún tipo de mecanicismo racional. El hablar, en la línea
de la explicación anterior, de verosimilitud racional de la afirmación
de Dios, fundada en la ciencia y asumida por la filosofía, es
perfectamente congruente con la “ortodoxia” teológica.
2) Desde el enfoque de la metafísica escolástica se podría objetar
la viabilidad del ateísmo diciendo: aunque el universo pueda aparecer
como autónomo, nunca se podrá considerar como “necesario”. La razón
busca la necesidad y esta sólo se puede atribuir a Dios. Este
razonamiento escolástico (que es filosofía y no fe cristiana) no se
admite hoy en la epistemología moderna. Para ésta, la razón busca
entender la “suficiencia del sistema” en que nos hallamos: si este fuera
“puro mundo sin Dios”, habría que atribuir a este sistema la necesidad;
si se fundara en Dios, habría que atribuir la necesidad a Dios. Pero,
en principio, para la razón ni del universo ni de Dios se puede decir a
priori que deban existir “necesariamente”.
3) El relativismo no puede entenderse desde el dogmatismo
epistemológico. No ser relativista no debe identificarse con una idea
dogmática del conocimiento, ajena a la epistemología actual. El hombre
se ve ante un universo borroso y enigmático ante el que debe decidirse
con firmeza y estabilidad. Tanto para el ateísmo como para el teísmo no
es todo igual: deciden firmemente su posición y se comprometen por ella.
Admitir la viabilidad de ateísmo y teísmo – y su tolerancia mutua – no
equivale, pues, a ser “relativistas”.
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