La ciencia y la metafísica nos trasladan a la incertidumbre
JAVIER MONSERRAT
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La Universidad de Deusto celebra un ciclo sobre modernidad y silencio-de-Dios.
La filosofía teísta ha defendido que los resultados de la ciencia
respaldaban la filosofía teísta. Por otra parte, el ateísmo ha
pretendido también que los resultados de la ciencia permiten explicar
el universo sin Dios. ¿Es realmente así? ¿Tienen razón el teísmo o el
ateísmo? A lo largo de este curso académico, la Facultad de Teología de
la Universidad de Deusto, Bilbao, desarrolla el ciclo “Dios y
Religiones en la Era de la Ciencia” que, destinado a todos los
profesores de la universidad, planteará y desarrollará estas
cuestiones. El ciclo contará con tres sesiones, la primera los días
20-21 de noviembre de 2013, y la segunda y la tercera en los meses de
febrero y abril de 2014.
La filosofía teísta, por ejemplo la cristiana, durante siglos, ha
defendido que los resultados de la ciencia respaldaban con toda certeza
la filosofía teísta. Por otra parte, el ateísmo ha pretendido también, y
pretende en la actualidad por boca de no pocos de sus defensores, que
los resultados de la ciencia no sólo permiten explicar el universo sin
Dios, sino que incluso excluyen positivamente su posible existencia. ¿Es
realmente así? ¿Tienen razón el teísmo o el ateísmo?
La evolución de la cultura moderna, en especial la conformación de
la “nueva ciencia” en los dos últimos tercios del siglo XX, no favorece
el dogmatismo teísta o ateo. La imagen del universo en la ciencia no
hace patente su verdad metafísica última, sino que se presenta como un
enigma que hace posible a la filosofía quedar abierta a una
incertidumbre metafísica. Por ello, como veremos a continuación, la
cultura moderna nos instala hoy en una experiencia radical del
silencio-de-Dios…
Para abordar estos temas, a lo largo del curso académico 2013-2014
seré ponente en tres sesiones del Seminario ofrecido por la Facultad de
Teología de la Universidad de Deusto, Bilbao, a todos los profesores de
la universidad. El título del ciclo es “Dios y Religiones en la Era de
la Ciencia” y se desarrollará en tres sesiones, la primera los días
20-21 de noviembre de 2013, y la segunda y la tercera en los meses de
febrero y abril de 2014. El título de la primera sesión es “La cultura
de la ciencia y la visión moderna del silencio-de-Dios”.
La segunda sesión, en febrero, estudiará cómo y por qué la
experiencia radical del silencio divino es la base argumentativa tanto
del ateísmo como del sentido de las religiones. Por último, la tercera
sesión, en abril, estudiará la imagen del hombre en la ciencia y en la
fe cristiana. Ofrecemos aquí, en este artículo, un comentario a algunos
de los perfiles de la temática de esta primera sesión del seminario.
Durante muchos siglos hemos vivido en la cultura de la “modernidad
dogmática”, bien teísta (que seguía en continuidad con el paradigma
greco-romano antiguo en la hermenéutica del cristianismo), bien atea.
Sin embargo, la conformación de la cultura como “modernidad crítica” ha
impulsado –o mejor, sigue impulsando– al teísmo y ateísmo dogmáticos a
convertirse en un nuevo “teísmo y ateísmo críticos”.
La cultura moderna incluye aspectos muy variados (sociedad,
política, arte, literatura, etc.), pero la ciencia y la filosofía
derivada han influido de forma decisiva a configurar la idea de una
sociedad crítica e ilustrada, tolerante, que se funda en la conciencia
de vivir en un universo enigmático que nos instala en la incertidumbre
metafísica y en la nueva conciencia radical del verdadero alcance del
silencio-de-Dios. La toma de conciencia clara y reflexiva de que Dios
está realmente en silencio es único el punto de partida adecuado para
entender el teísmo y el ateísmo, tal como son posibles en la cultura
moderna que tiene su eje en torno al conocimiento de la ciencia.
Observamos que, en efecto, hay personas que han comprometido su
vida, bien en una metafísica teísta (quienes piensan que Dios es real y
existente y viven en consecuencia), bien en una metafísica atea (quienes
consideran que Dios no existe y, por ello, obran sin referencia a Dios
en sus vidas). Es claro que la religiosidad o no-religiosidad suponen un
compromiso vital y un riesgo. Por ello, tanto teístas como ateos, se
esfuerzan en poner de su parte a la razón, y, sobre todo, a una parte
fundamental de la razón que, en la cultura moderna, es precisamente la
ciencia.
Si la razón y la ciencia avalaran el ateísmo, por ejemplo, el ateo
justificaría su ateísmo argumentando que la razón y la ciencia lo
imponen inequívocamente. El hombre debería responder a la razón en su
comportamiento moral y, en consecuencia, el ateísmo sería una opción
inevitable de la que el hombre no sería responsable. Pero, ¿es así en
realidad? A nuestro entender, la reconstrucción de la imagen que la
ciencia nos ofrece de la realidad no permite imponer inequívocamente ni
teísmo ni ateísmo. Tanto uno como otro pueden construir una
argumentación científica y filosófica que para teístas y ateos será,
respectivamente, la más convincente.
Pero, en todo caso, el compromiso de la vida con el teísmo o el
ateísmo no sólo contará con argumentos científico-filosóficos (que en el
fondo nos dejan ante el enigma), sino con la experiencia de la
existencia, de la cultura y de la historia en su conjunto. La ciencia es
esencial en la cultura moderna, pero es sólo una parte de ella. Esto es
evidente ya que no tratamos de reducir la cultura a la ciencia.
El tránsito de una cultura dogmática a una cultura de la incertidumbre
¿Qué objetivo pretendemos alcanzar en esta primera sesión del
seminario? ¿Qué mensaje queremos comunicar? Podemos formularlo en dos
puntos. Primero que todo hombre tiene en su vida una experiencia
profunda del silencio-de-Dios: es universal, en todo tiempo y lugar, se
configura en la psicología profunda de los individuos más allá de los
condicionamientos objetivos de la cultura (quizá teísta en forma
dogmática), y sobre todo tiene una dimensión profundamente dramática.
Segundo que la cultura moderna, en especial por la cultura
derivada de la ciencia, ha creado finalmente las condiciones, en los dos
últimos tercios del siglo XX al nacer la “nueva ciencia”, para una
experiencia moderna del silencio-de-Dios, más profunda y radical. De
ello, podríamos extraer una consecuencia muy importante: que sin una
conciencia clara de esta experiencia moderna del silencio-de-Dios es
imposible entender cómo se plantea en el mundo moderno el problema
metafísico, tanto el teísmo y las religiones como el ateísmo y la
arreligiosidad.
Ahora bien, como después indicaremos la vivencia moderna del
silencio-de-Dios no sólo advierte su silencio real ante el conocimiento
por el enigma del universo (Dios podría no existir), sino que advierte
también el silencio-de-Dios ante el drama de la historia. La conciencia
del silencio-de-Dios es dramática porque, aunque fundada en el silencio
de Dios ente el conocimiento en el enigma del universo es también al
mismo tiempo una experiencia de abandono existencial del hombre por el
Dios-en-silencio ante el drama de la historia. De ello hablaremos
posteriormente.
a) Teísmo y ateísmo fundamentalistas y dogmáticos
Durante siglos anteriores (y todavía hoy en sectores de la
cultura) se vivió en una cultura de seguridades y certezas. Suponía una
forma de entender el conocimiento: hay un fundamento evidente
(fundamentalismo) para conocer con toda seguridad y certeza la verdad
del universo (dogmatismo, hay conocimientos que pueden establecerse como
absolutamente ciertos, o como “dogmas”).
Para esta cultura dogmática existía, por tanto, ante la razón
humana, una patencia-de-la-Verdad en el universo. La modernidad (desde
el siglo XVI-XVII) vivió en esta cultura dogmática, bien en el
dogmatismo teísta, bien en el dogmatismo ateo.
El dogmatismo teísta en la Europa de la modernidad pervivió en la
forma de la hermenéutica greco-romana del cristianismo. Dios era patente
en el universo y esto llevaba inevitablemente a que el único sentido
“humano” de la existencia fuera el teocentrismo (Dios es la referencia inevitable de la vida), llevaba al consecuente religiocentrismo y a la traducción socio-política de esta manera de ver en el teocratismo.
El ateísmo en la modernidad dogmática se construía sobre el dogma
de que la razón imponía la patencia de la no-existencia de Dios como
fundamento del universo. Por ello, el ateísmo enlazó existencialmente
con las formas modernas de arreligiosidad y con el impulso a construir
una cultura arreligiosa y una sociedad no fundada en Dios.
Esta cultura dogmática implicaba una cierta manera de enfrentarse a
lo que aquí llamamos el silencio Divino. Todos los hombres
inevitablemente advertían el hecho incuestionable de que a Dios “no lo
vemos”, está oculto, y que parece tenernos abandonados al drama de
nuestra existencia en la historia. Pero el teísmo dogmático sabía con
certeza que Dios existía y, por tanto, soportaba su silencio y postulaba
que debía de tener una explicación.
Pero en ningún caso ponía en cuestión la existencia de Dios porque
esta quedaba racionalmente patente a la razón por la naturaleza del
universo. Para el ateísmo, en cambio, el silencio-de-Dios era una
cuestión que no tenía sentido: simplemente porque se tenía la certeza
absoluta, dogmática, de que Dios-no-existía. No es que “estuviera en
silencio”, sino simplemente que “no existía” (y por ello no se lo veía y
estaba en absoluto ausente del mundo). Como veremos más adelante, en la
“modernidad crítica” aparece una forma nueva, más profunda y radical,
de considerar el factum del silencio-de-Dios.
b) El drama del silencio-de-Dios: Silencio/Ausencia ante Llamada/Presencia
La configuración de la cultura de la incertidumbre en la
modernidad crítica, sin embargo, hace posible que no pueda excluirse por
la razón natural que Dios, en efecto, no existiera. El mundo natural
ofrece argumentos que hacen verosímil que Dios pudiera existir y ser el
fundamento del Ser del universo. Pero estos argumentos no se imponen y,
en último término, es también argumentable la hipótesis verosímil de un
puro mundo sin Dios.
Dios podría no existir. Por ello, el hombre moderno vive en la
contradicción de que la razón, por una parte, le muestra un universo en
que Dios podría existir y, por ello, parecería llamarle a creer en su
existencia, pero que, por otra parte, la razón le muestra también un
universo que podría entenderse sin Dios y en el que Dios estaría en
silencio ante el hombre. Es la contradicción natural entre una cierta
Presencia/Llamada y una cierta Ausencia/Silencio de Dios.
Pero para la fe cristiana esta contradicción natural es tanto más
hiriente y desconcertante por cuanto el cristianismo entiende que todo
hombre está sobre-naturalmente afectado por una presencia y una llamada
interior, mística, sobre-natural (porque no puede ser fijada, detectada y
descrita como un elemento natural objetivo, es decir, como algo que
forma parte de la naturaleza humana como tal).
Por ello, para el cristianismo el hombre siente la llamada
interior de Dios, la misteriosa Presencia/Llamada, pero cuando va a la
naturaleza para hallar esta presencia choca con el desengaño de
constatar su Ausencia/Silencio. El hombre se siente llamado y abandonado
al mismo tiempo y, por ello, en relación a lo religioso, se despiertan
en él sentimientos y emociones profundas, angustiosas y contradictorias,
que convierten su existencia en un drama.
La imagen del universo en la ciencia y en la filosofía, fundamento de la cultura moderna de la incertidumbre
La ciencia y la filosofía en el tiempo de la modernidad dogmática
avalaban bien un teísmo dogmático (según la interpretación del teísmo
antiguo que provenía del mundo greco-romano), bien un ateísmo dogmático
que fue creándose desde el siglo XVII. Sin embargo, frente a esta
cultura dogmática la imagen de la ciencia y su proyección sobre la
filosofía en la modernidad crítica no avalan el dogmatismo sino la
consideración del enigma del universo que impone una incertidumbre
metafísica sobre la Verdad última de la realidad del universo.
La ciencia fundamenta que la filosofía quede abierta a una
ambivalencia metafísica última del universo. A) Un universo real fundado
en el Ser de una Divinidad Absoluta sería una hipótesis verosímil
argumentable para la razón científico-filosófica. B) Pero la
autosuficiencia de un universo real puramente mundano, sin Dios, sería
también, al mismo tiempo, una hipótesis verosímil argumentable para la
razón científico-filosófica.
Ahora bien, decimos que esta, digamos, ambivalencia metafísica
del universo ha sido avalada por los resultados de la “nueva ciencia”,
la de los últimos dos tercios del siglo XX. Por tanto, ¿qué avala
rechazar el dogmatismo científico-filosófico antiguo para entrar en una
nueva visión del universo como enigma que nos instala en una
incertidumbre metafísica? Podemos decir que este rechazo, o tránsito
desde el dogmatismo al criticismo, está avalado por dos tipos de
argumentos.
a) Es argumentable por la lógica misma de la historia de las
ideas. En las últimas décadas se ha producido una transformación de las
teorías epistemológicas que tienden al criticismo y abandonan el
dogmatismo fundamentalista del positivismo puro y del racionalismo; ha
aparecido la cultura de la post-modernidad, o de la modernidad crítica,
que abandona también el dogmatismo antiguo no sólo en lo socio-político
sino en el conocimiento del universo; todo ello ha propiciado la
expansión creciente de los valores de una cultura crítica e ilustrada
frente al dogmatismo antiguo.
b) Pero es argumentable, además, al considerar en sí mismos los
resultados de la ciencia actual, en los dos últimos tercios del siglo
XX, y al considerar también la filosofía o metafísica a que dan lugar.
Existen tres vías de argumentación cruciales en que los resultados de la
ciencia se proyectan hoy sobre la filosofía y la metafísica: a) el
problema de la consistencia y estabilidad del universo; b) el problema
de la producción de orden en la evolución del universo; c) el problema
de la emergencia evolutiva de la sensibilidad-conciencia.
Por consiguiente, entrando ya en lo concreto, ¿cuál es la imagen
de la materia, del universo, de la vida y del hombre? ¿A qué reflexión
filosófica conduce en relación con las últimas preguntas metafísicas,
sobre la existencia o la no existencia de Dios? Es claro que la ciencia
produce muchos resultados que no tienen relevancia en orden a las
grandes cuestiones metafísicas (por ejemplo, la investigación bioquímica
sobre drogas anticancerígenas no tiene relevancia filosófica).
En realidad, en mi opinión, los tres grandes campos-de-problemas
que surgen en la ciencia y que deben ser razonados por la filosofía en
orden al problema metafísico son los tres ya mencionados: a) el problema
de la consistencia y estabilidad absoluta del universo; b) el problema
de las causas que han producido el orden físico y biológico dentro de la
evolución del universo; c) el problema de la explicación de la
naturaleza y el origen de la sensibilidad-conciencia dentro del
universo, es decir, la explicación del sorprendente hecho de que en el
universo hayan emergido por evolución seres vivos con sensibilidad y conciencia, y con las propiedades y facultades del psiquismo animal y humano.
Sin duda, se trata de cuestiones difíciles y complicadas que, para
entenderlas correctamente, deben ser estudiadas atendiendo a mucha
información científica y filosófica. Pero, ¿es posible presentar estos
problemas en términos sencillos, de tal manera que se entienda
fácilmente su verdadera dimensión y su sentido en orden al conocimiento
filosófico último? Creemos que si, en efecto, aunque cualquier
exposición siempre implique una cierta dificultad en la comprensión de
los problemas, que se deriva inevitablemente de la profundidad de los
temas tratados.
El problema de la consistencia y la estabilidad absoluta del universo
El hecho del que partimos es obvio para todos: la existencia del universo que nos contiene y nos ha producido (dicho de forma más filosófica, la existencia del sistema objetivo de la realidad-en-su-conjunto). Este universo se presenta de hecho como una estructura dinámica:
o sea, como un conjunto de elementos relacionados entre sí formando una
unidad interdependiente que evoluciona en el tiempo. Es, pues, real y
existente como estructura dinámica:
partículas, energía, vibraciones ondulatorias, luz, átomos, campos
físicos, moléculas, materia, cuerpos celestes, estrellas, planetas,
galaxias, etc., todo ello relacionado en el sistema global
interdependiente que nombramos como universo o cosmos.
La experiencia nos impone, pues, el hecho de la existencia del universo. De ahí surge una inferencia racional básica:
si el universo está ahí, es real y existente, es porque “puede estar”.
Es decir, porque debe tener todo aquello que le permite ser real. De
principio, por tanto, la razón postula que el universo debe ser suficiente o autosuficiente:
esto quiere decir simplemente que debe poseer aquellas propiedades y
contenidos que le permiten mantenerse en el tiempo sin deshacerse.
Se habla entonces de su consistencia y estabilidad en sí mismo (teniendo en cuenta que algo estable puede ser dinámico), de forma absoluta
en el sentido de que su suficiencia debe estar en un ámbito de realidad
que ya no necesita referirse a algo exterior para justificar su propia
realidad (esto es lo que suele entenderse en filosofía por ab-solutum, liberado de dependencias externas para dar razón de su propia realidad).
Orientada por esta inferencia básica (una intuición que todos
tenemos y que se explica en epistemología, dando origen al
conocimiento), la razón observa el universo para conocer cómo está
formado de hecho y entender cómo, en efecto, es suficiente o autosuficiente.
Esto es lo que ha hecho la ciencia con un método que consiste en
describir los hechos y sacar consecuencias racionales por medio del análisis y síntesis de estructuras (el universo es real y existente como estructura).
Todo lo que la ciencia puede decir del universo se funda, pues, en
las evidencias empíricas y en los hechos: a partir de ahí concibe cómo
se relacionan en estructuras reales (vg. el complejo sistema o
estructura de una célula viviente, o del universo en su conjunto). Por
tanto, ¿a qué imagen científica de la naturaleza del universo se ha
llegado por la razón humana y por la ciencia? ¿Ha sido posible entender
lo que la razón postula de principio, a saber, la autosuficiencia absoluta del universo?
En un primer momento la
ciencia ha querido trazar aquella imagen de la materia y del universo
que puede argumentarse a partir de las evidencias empíricas (es decir,
que hay evidencias firmes de que tales o cuáles cosas o estados físicos
se produjeron en el pasado o se producirán en el futuro).
Esta imagen científica (argumentada con rigor desde las evidencias constatables por diversos métodos) es lo que se llama, por una parte, el modelo estándar de partículas (sobre la materia o mundo microfísico) y, por otra, el modelo cosmológico estándar (sobre la cosmología o mundo macrofísico).
a) El modelo estándar de partículas y del cosmos
Se ha comenzado a conocer, ya desde la altura del año 1925, que la materia germinal del universo responde a ciertas propiedades extrañas que se describen en la llamada mecánica cuántica.
Nos dice que la materia puede presentarse como corpúsculo y como
vibración ondulatoria. El modelo estándar explica cómo la materia
cuántica, al producir partículas de una cierta forma de vibración, causó
la aparición del mundo objetivo
que vemos por nuestros sentidos, hecho de objetos firmes y estables,
diferenciados, separados unos de otros en el espacio y en el tiempo
(planetas, seres vivos, distancias, etc.).
Este mundo de experiencia humana es el mundo que describió la mecánica clásica
de Newton (pero las interacciones entre los objetos clásicos no
responden a las propiedades de la materia germinal cuántica que, no
obstante, los constituye internamente). La ciencia nos dice que el
universo está hecho, pues, de materia (clásica y cuántica). ¿Cómo ha
evolucionado en el curso del tiempo? Es decir, ¿qué estados ha
atravesado el universo en el pasado y qué estados deberá todavía
transitar en el futuro? También ahora, al igual que al hablar de la
materia, no se trata de especular sino de argumentar el pasado y el futuro en función estricta de las evidencias empíricas.
Aquí es donde comienza la cosmología científica.
Argumentando a partir de las evidencias empíricas del presente, ¿qué
puede pensarse de los estados que fue atravesando el universo en el
pasado? Esta retrotracción hacia el pasado termina en la postulación de
un estado primordial, el big bang,
en que se produce una inmensa fuente de energía que fue transformándose
primero en materia germinal y dando origen después a los cuerpos
celestes, ya como materia organizada en cuerpos estables o materia
clásica. Todo concuerda en apoyar que así sucedió en realidad.
Esta energía germinal y la materia naciente tenían unas
propiedades y leyes que la ciencia ha descrito: pero la ciencia no tiene
razones para afirmar por qué son tal como de hecho son. Podrían haber
sido distintas. Pero el hecho es que las propiedades de la materia (que
podían haber sido otras) son las que han hecho posible el nacimiento de
la vida y del hombre.
Por eso se dice que el universo es antrópico:
con las propiedades precisas que hacen posible la aparición de la vida y
del hombre en la evolución. Un universo con otros valores en sus
variables no hubiera podido producir la vida y el hombre. Piénsese que
esta naturaleza antrópica del universo es tan evidente que no es negada
ni por Richard Dawkins, ni por Stephen Hawking, ni por Penrose, ni por
Martin Rees, entre otros muchos.
Ahora bien, ¿qué pasará con el universo en el futuro? También en
función de las evidencias del estado actual del universo, la ciencia
hace conjeturas sobre lo que
pasará en el futuro. Y, en el estado actual de la ciencia, todo mueve a
pensar que la hipótesis más probable es que el universo vaya
evolucionando hasta perder toda su energía y desaparecer.
Puesto que para la ciencia la energía ni se crea ni se destruye, cabe suponer que la energía inicial del big bang
habría nacido de un fondo o mar de energía en que poco a poco, al
final, quedaría reabsorbida toda la energía que se desplegó en la
historia del universo. (No parece que el universo tenga suficiente masa
gravitatoria para frenar la expansión actual y entrar en una fase de
concentración hasta un big cranch que produjera otro big bang en una historia oscilante del universo, siendo por ello la hipótesis de la muerte energética la más probable para el modelo cosmológico estándar).
No se puede decir más del universo en función de las evidencias empíricas.
Pero esta imagen construida por la ciencia es insuficiente para
entender lo que la razón postula de principio: a saber, que el universo
debería ser suficiente o autosuficiente para mantenerse de forma
consistente y estable a lo largo del tiempo, sin deshacerse.
Por ello es extraña la existencia de un universo que tiene su origen real en el big bang
y que se deshará en el futuro por una muerte energética. Sin embargo,
la ciencia no tiene fundamentos empíricos para establecer hipótesis
argumentadas sobre lo que había antes del big bang
y lo que habrá después de su muerte energética. En el fondo es lo
mismo: el enigma de ese mar de energía del que nace y en el que se
reabsorbe el universo. De ese mar de energía
puede afirmarse científicamente, eso sí, todo aquello que debe poseer
para hacer posible la génesis de energía y su reabsorción final. Pero,
aparte de esto, no es posible decir más cosas que tengan fundamento
empírico.
Es posible especular científicamente
(como seguidamente veremos), pero sólo como pura teoría que, en el
fondo, no tenemos pruebas empíricas de que se corresponda con la
realidad. Las puras teorías son legítimas y tienen cabida en la ciencia,
siempre que sean lógicas, consistentes en sí mismas y no contradigan la
experiencia, aunque no podamos saber si se corresponden con la realidad
(por no tener un aval empírico). Pero, además, existe otro tipo de
especulación posible: es la especulación filosófica (aunque fundada en la ciencia). Como veremos, tanto el teísmo como el ateísmo son una especulación filosófica posible a partir de los resultados empíricos y teóricos de la ciencia.
b) Modelos especulativos de la materia y del universo
Por ello, se entra en un segundo momento en que predomina la especulación, bien sea científica (la pura teoría especulativa) o la filosófica.
La especulación científica ha buscado concebir alguna explicación que permita entender el universo (o el sistema de la realidad-en-su-conjunto)
como una realidad autosuficiente, consistente y estable en el tiempo
para mantenerse en sí misma. A esta especulación han contribuido dos
teorías: la teoría de cuerdas o supercuerdas y la teoría de multiuniversos.
La especulación sobre multiversos supone que ese mar de energía (del
que brota y en el que se diluye finalmente nuestro universo) podría
entenderse como una metarrealidad o dimensión transcendente de realidad que estaría produciendo continuamente diferentes universos que serían reales en paralelo.
Cada uno tendría comienzo como un big bang y, por azar, su tipo de materia y sus leyes responderían a alguna de las formas de materia previstas por la teoría de cuerdas.
Nuestro universo sería uno más de entre esa infinitud de universos que
nacerían y morirían y, por azar, no sería ya extraño que nuestro
universo tuviera el conjunto de propiedades que hacen posible la vida y
el hombre. No sería extraño que, por azar, se hubiera producido un
universo antrópico, como de hecho es el nuestro (ver lo que antes
decíamos sobre el universo antrópico).
Por tanto, estas dos teorías, supercuerdas y multiversos, son sólo
especulativas, pura teoría, sin fundamento empírico, pero son
lógicamente posibles; algunos autores indican que incluso, por su propia
naturaleza física, nunca podrían llegar a tener el respaldo de
evidencias empíricas. En realidad son teorías muy discutidas y les
crecen las alternativas por todas partes (por ejemplo Leo Smolin o Roger
Penrose frente a la teoría de cuerdas). La mayor parte de los
científicos, que con prudencia sólo quieren hacer ciencia y no
especulación teórica o filosófica, se limitan a decir lo que puede
decirse dentro de lo que hemos llamado antes el modelo estándar de partículas y el modelo cosmológico estándar, sin adentrarse pues en el campo de la especulación, ni científica ni filosófica.
La especulación filosófica se construye a partir de los modelos estándar y de las especulaciones teóricas posibles. Pero argumentar el teísmo o el ateísmo
supone siempre necesariamente moverse dentro de la especulación
filosófica. En la ciencia se preparan conocimientos previos, pero la
metafísica es filosófica. Esto es inevitable. La ciencia como tal no
impone una metafísica “científica”, ya que toda metafísica, aunque
fundada en la ciencia, es siempre “filosófica”, tanto la teísta como la
atea.
El ateísmo argumentado científico-filosóficamente debe conseguir ofrecer una explicación bien construida de la autosuficiencia del universo. Para ello tiene en la actualidad dos vías posibles: argumentar un universo oscilante
de expansión-concentración eterna (Hawking lo defendió hace años y en
2010 Roger Penrose ha ofrecido una nueva versión en la forma de
multiversos que nacen unos de otros) o argumentar la existencia de multiversos
que se producirían en una dimensión de metarrealidad (Stephen Hawking
ha publicado también en 2010 su teoría de multiversos, abandonando al
parecer su primera teoría oscilante).
Hoy en día, la mayoría de los científicos/filósofos ateos y con
militancia atea se inclinan más bien por la teoría de multiuniversos,
aunque sea discutida y puedan ponérsele muchas objeciones. Un defensor
(Stegmark) de los multiversos ha promovido incluso la pintoresca opinión
de que, aunque no haya evidencias empíricas, debemos pensar que es real
y existente todo aquello que nuestra razón puede construir lógicamente
(esta era la tesis del racionalismo clásico del XVIII). Por tanto, si
los multiversos están bien construidos como pura teoría (matemática y
física) debemos postular su existencia. La especulación filosófica se
proyectaría entonces hacia lo metafísico y argumentaria que un universo
autosuficiente de esta naturaleza explicaría perfectamente su propia
existencia y haría innecesaria la referencia a Dios.
El teísmo funda su
argumentación en dos pilares: a) la inferencia racional de que si algo
existe (el universo) debe estar fundado en una suficiencia absoluta; y
b) el hecho de que la forma de ser del universo real que podemos
describir tiene unas propiedades que hacen muy difícil entenderlo como
una estructura a la que pueda atribuírsele la autosuficiencia absoluta
que debería postularse. En otras palabras: el universo aparece como insuficiente,
tal como está hecho, para dar razón de una existencia eterna,
consistente y estable. ¿Qué explicación cabe dar a un universo que surge
en el big bang y se diluye energéticamente en el curso del tiempo? El ateísmo argumenta que el mar de energía
podría ser entendido como una metarrealidad que produce infinitos
universos; es una especulación. El teísmo argumenta que es posible
pensar que esa metarrealidad podría ser entendida como un Ser Divino que
funda la suficiencia absoluta (divina) del universo, lo crea y lo
diseña con su Inteligencia; también es una especulación.
Para el teísmo, por tanto, el universo real no es autosuficiente, pero tiene su suficiencia
fundada en la autosuficiencia de la Divinidad. El tesísmo formula
entonces una idea de cómo debería ser esa realidad divina para poder
fundar la suficiencia del universo. Para el teísmo poner en Dios el
fundamento suficiente y necesario del Ser sería una solución posible y
más fácil. Para los autores teístas la idea de un universo oscilante o
de la existencia de infinitos universos es muy oscura y discutida: no
tiene la fuerza requerida para imponerse con claridad, aunque sean
hipótesis defendibles lógicamente. La solución más fácil y mejor
construida, a la que libre y legítimamente se inclina el teísmo, es
referir la existencia del universo a Dios.
Además, el teísmo no excluye totalmente que Dios incluso hubiera
podido crear el universo por medio de los multiversos, o hubiera podido
crear de tal manera que fuera posible, al menos, concebir correctamente,
desde dentro de nuestro universo, la hipótesis de multiuniversos. El
cristianismo, tal como hoy muchos teólogos lo entienden, no pretende
decir que Dios ha creado un mundo para imponerse racionalmente al hombre
con toda evidencia.
Al contrario, Dios ha debido crear el universo de tal manera –como
entendemos en la modernidad– que el hombre pueda rechazar en el uso de
su libertad el reconocimiento de su existencia para vivir al margen de
Dios. Un universo, creado por multiversos o que, al menos, permite
concebir su posibilidad, podría traslucir la estrategia divina de crear
un universo que pueda ser entendido sin Dios.
Conclusión. Es claro que el
ateo, movido por impulsos emocionales a negar la existencia de Dios, se
inclinará científico-filosóficamente por su hipótesis atea. Lo mismo le
pasa al teísta, movido sin duda emocionalmente por su conexión con la
presencia de Dios en la historia de las religiones. No se trata de
discutir quién tiene razón, cuestión racionalmente insoluble por cierto.
El hecho es que estas dos hipótesis se muestran socialmente y su
presencia es inequívoca. Por tanto, este hecho avala la constatación de
que el universo es enigmático y que da pie a la incertidumbre metafísica que todos deben personal y libremente resolver.
Las causas del orden físico y biológico
Dejando aparte la explicación científico-filosófica de la
existencia misma del universo, su suficiencia o autosuficiencia, el
hecho es que ese universo existe y a través del proceso evolutivo ha
producido un orden altamente cualitativo, en lo puramente físico y en lo
biológico. Es propio de la ciencia preguntarse por las causas reales
que han producido la aparición de este orden: no hay duda de que el
orden está ahí y de que se habrá producido por ciertas causas que la
ciencia debe conocer. Pues bien, la deliberación científico-filosófica
sobre ellas ha sido otro de los campos problemáticos relevantes
en que la ciencia se ha proyectado sobre las grandes cuestiones
metafísicas. Con mucha mayor brevedad, digamos ahora algo sobre ello.
Para el ateísmo es esencial defender que el orden cósmico se ha producido por la naturaleza misma de la materia surgida del big bang.
Sus propiedades y sus leyes son las que han causado la forma de
organización y el aumento evolutivo de la complejidad que han derivado
al orden físico y al orden biológico. Para poner un ejemplo, podemos
recordar a Richard Dawkins. Para dar razón de que nuestro universo haya
surgido de una materia con las leyes apropiadas para que aparezcan el
orden físico y biológico recurre a los multiversos (que presenta como
una especie de darwinismo cósmico
en el que, por azar, la materia de nuestro universo ha resultado con sus sorprendentes propiedades antrópicas).
Notemos que casi ningún ateo niega hoy en día el hecho de las propiedades antrópicas, ya que forman parte del modelo cosmológico estándar;
Dawkins también lo admite, como antes dijimos. Pero, además, las leyes
de esta materia y los lentos procesos de ensayo y error, entendidos en
el marco de referencia de una teoría darwinista
general, explican que sistemas altamente complejos hayan podido surgir
como una combinación entre azar, necesidad y utilidad adaptativa al
medio. Existe, pues, en el ateísmo una explicación autosuficiente del
orden producido evolutivamente dentro del universo.
El teísmo, por su parte,
tal como hoy es entendido, admite que la ontología de la materia (es
decir, el modo de ser real de la materia, sus propiedades y sus leyes)
haya sido la causa del orden producido en la evolución. Incluso los
procesos y estados de mayor complejidad constatados (como los procesos
embriogenéticos del orden de la formación del globo ocular) pueden
explicarse dentro de un proceso autónomo de la naturaleza.
Dios ha creado una naturaleza autónoma en el sentido de que,
funcionando según sus propias leyes creadas, puede producir todos los
procesos y estados internos que aparecen evolutivamente, incluso los más
complejos, sin necesidad de una intervención puntual de Dios como un Deus ex maquina o un Dios-tapa-agujeros (ya la antigua escolástica decía que Dios no obra a través de las causas segundas,
es decir, interviniendo en las interacciones naturaleza de este mundo
autónomo). El mundo, desde el soporte del concurso divino, funciona
autónomamente. En la teología cristiana actual no se admite lo que se ha
llamado el Intelligent Design promovido sobre todo por el fundamentalismo protestante americano.
Por ello, el hombre, desde el interior del mundo, puede entender la autonomía del proceso evolutivo natural
sin Dios. Podría decirse que es comprensible que Dios haya creado un
mundo autónomo porque Dios no quiere imponerse absolutamente a la razón
humana, sino crear un universo enigmático que permita con más fuerza la
libertad humana para decidir el sentido de la vida dentro de la
incertidumbre.
Sin embargo, aun reconociendo esta autonomía, el teísmo
es libre para valorar que la enorme complejidad del universo y su
orientación a medida de la génesis de un escenario antrópico (orientado
al hombre) permite establecer la hipótesis de que todo el universo y su
escenario antrópico respondan al diseño racional de la Inteligencia
Ordenadora de un Ser Divino. La complejidad racional de las propiedades
emergentes de la materia (antrópicas) en cuanto deben producir la enorme
complejidad evolutiva que hará posible al hombre en ese proceso, que
como decíamos es autónomo, permiten la hipótesis de un Diseño Global de
la racionalidad profunda del universo, que aúna la autonomía con la
finalidad en último término antrópica.
La posibilidad de la hipótesis ateísta no se niega, pero postular
una Inteligencia Ordenadora es también una buena hipótesis, viable tanto
más por ser congruente con la posibilidad de que la suficiencia del
mismo universo se fundara en la existencia de una Divinidad creadora.
Nada impide, en efecto, que esta hipótesis sea formulable, argumentable y
admisible, ya que el teísmo y el ateísmoenigma de la incertidumbre metafísica del universo.
responden a la libertad valorativa humana, abierta dentro del
El problema de la emergencia de la sensibilidad y de la conciencia
Es un hecho empírico –incuestionable para la ciencia puesto que
ésta debe explicar todo lo que ha sido producido dentro de la evolución
del universo– que la sensibilidad (capacidad de sentir, presente ya probablemente en animales unicelulares) y la conciencia (sensibilidad integrada y referida a un sujeto psíquico que impulsa las acciones de respuesta al medio, tal como aparece en animales superiores) han emergido,
forman parte constitutiva de los seres vivos y son un elemento
necesario para entender lo que objetivamente es el mundo biológico.
La manera de entender qué son los seres vivos, qué papel juegan en
ellos la sensibilidad y la conciencia, cómo su forma de ser biológica
específica se relaciona con el mundo físico del que surge, ha sido
también un aspecto de la idea científica del universo que ha tenido una
repercusión relevante sobre la metafísica; o sea, sobre la forma en que
los resultados de la ciencia, sometidos a la reflexión de la filosofía,
se proyectan sobre la idea metafísica última del universo.
El problema de la sensibilidad-conciencia ha sido, por tanto, el tercer campo problemático
que, a mi entender, se proyecta sobre la metafísica. Así ha sido en la
historia de la filosofía y de la filosofía de la ciencia, y así sigue
siendo en la actualidad.
Como decíamos, no cabe duda de que la imagen que la ciencia debe
ofrecernos del universo, de la materia, de la vida y del hombre, debe
hacer inteligible que en el proceso evolutivo se haya producido la
emergencia de la sensibilidad y de la conciencia.
Hacer inteligible significa
que la ciencia debe conocer las causas que, dentro de la unidad del
proceso evolutivo, han hecho posible la emergencia de la sensibilidad.
Ahora bien, puesto que el origen del mundo biológico, en el que aparece
la sensibilidad, es el mundo físico (en el universo durante muchos miles
de millones de años sólo hubo realidad física y de ella surgió la
realidad biológica y psíquica en un determinado momento), cabe pensar
que el mundo físico tiene una constitución ontológica tal que haga
posible la emergencia de la sensibilidad-conciencia.
La pregunta es, pues, en un ámbito estrictamente científico: ¿cuál es entonces el soporte físico,
o sea, la ontología o manera de ser real de la materia, que haga
posible e inteligible la emergencia del mundo de la
sensibilidad-conciencia tal como de hecho lo advertimos en nuestra
experiencia fenomenológica?
a) La explicación mecanoclásica
Es sabido que durante muchos años, siglos, la explicación
científica del mundo físico se hizo exclusivamente en el marco de la
llamada mecánica clásica de
Newton. El universo era un sistema de entidades diferenciadas, situadas
en un espacio-tiempo de forma precisa, con distancias métricas entre
ellas y sometidas a un conjunto de interacciones por las fuerzas
naturales conocidas (que actualmente son las gravitatorias,
electromagnéticas, nuclear débil y nuclear fuerte).
El mundo estaba hecho de cuerpos e incluso la luz era un chorro de
corpúsculos finísimos. Es claro que esta imagen derivó a una idea
mecánica y determinista de las interacciones entre un universo de
materia diferenciada y distante. En este contexto –o sea, con esta idea
del soporte físico del que
debiera surgir la sensibilidad– era muy difícil llegar a explicar la
génesis evolutiva de lo biológico y de sus aspectos psíquicos
(sensibilidad-conciencia), presentes en los seres vivos.
Pues bien, la ciencia (o filosofía) que pretende explicar lo
psíquico aplicando simplemente la imagen mecanoclásica del universo es
lo que ha venido a llamarse reduccionismo
(reducir lo psíquico al tipo de realidad que se conoce en la mecánica
clásica). El reduccionismo todavía existe y tiene hoy nuevas
formulaciones a través de la imagen robótica o computacional de animales
y hombres en biología, neurología (determinismo neural) y antropología
computacional (según los modelos computacionales seriales o los
conexionistas).
Esta imagen del universo, de la materia, de la vida y del hombre,
unificada desde los principios mecánicos y deterministas de la mecánica
clásica, apenas pudo llegar a explicar nuestra experiencia personal y
social de la vida. Lo psíquico era un fenómeno extraño, algo así como un
epifenómeno (un fenómeno marginal sobrevenido por la evolución).
En esta perspectiva del universo no sólo no se explicaba el humanismo esencial para entender nuestra vida, sino que a fortiori tampoco se podía explicar la realidad de un posible Dios y su relación con el mundo. El reduccionismo
fue incompatible durante mucho tiempo con la imagen religiosa de Dios y
favoreció el ateísmo, tal como puede comprobarse en la historia
científica y filosófica de los últimos siglos.
b) La explicación mecanocuántica
La imagen clásica del universo comenzó a verse ampliada (no digo
cuestionada) con la aparición de la mecánica cuántica en torno a 1925.
Poco a poco se fue conociendo que la materia primordial,
es decir, la materia en su forma más germinal, poseía unas propiedades y
unas formas de interacción que no se cumplían en el mundo macroscópico,
cuyo conocimiento había dado lugar a la mecánica clásica.
Desde la mecánica cuántica, o sea, desde la idea de la materia
cuántica podía explicarse cómo y por qué se había producido en la
evolución del cosmos la aparición de los objetos clásicos, en cuya
interacción no se cumplían las propiedades de la materia primordial. El
mundo físico real ya no era sólo el mundo clásico de objetos
diferenciados y distantes, sino también el mundo cuántico de campos
unificados y coherentes de materia que llenaban el espacio y que no
permitían la diferenciación; una materia indeterminada, abierta a
evolucionar de una u otra forma; una materia que interactuaba a través
del espacio de una forma no-local por la llamada acción-a-distancia.
Al principio los fenómenos cuánticos se veían todavía como algo
extraño y predominaba la imagen del universo en la imagen clásica. Sin
embargo, ya a mitad del siglo XX, fue el gran ingeniero John von Neumann
el que insistió en una hipótesis que ya habían atisbado los padres de
la macánica cuántica, como Schrödinger o Bohr, a saber, que entre las
propiedades extrañas de la materia cuántica y las propiedades
fenomenológicas del mundo no menos extraño del psiquismo
(sensibilidad-conciencia) existía una sorprendente similitud.
Por ello, la ciencia debía investigar para entender que los seres
vivos eran un equilibrio entre una organización clásica (estable y
determinista que explicaba el cuerpo) y ciertas estructuras que
permitían la existencia de estados cuánticos en la textura biológica (de
tal manera que estos estados cuánticos serían el soporte físico que explicaría los estados psíquicos).
Esta nueva forma de concebir el mundo físico, la nueva física –orientada ante todo a ofrecer una imagen congruente de una materia que debe poder constituir el soporte fisico
que explica por evolución cósmica la realidad emergida en la biología y
en la sensibilidad-conciencia– supuso ciertamente una superación del reduccionismo como filosofía de la naturaleza.
La indeterminación, los campos físicos, la coherencia y la acción-a-distancia, condujeron a una imagen holística
de un universo que estaría referido a un fondo ontológico profundo, un
mar de energía, un universo implícito o un vacío cuántico, es decir, una
dimensión unitaria y holística de la que nacería y en la que se
diluiría finalmente la energía total del universo.
c) Teismo y ateísmo ante el problema de la conciencia (del psiquismo)
Según lo dicho, la nueva física
presentaría una imagen holística del universo y de la materia que
permitiría una armonía entre las propiedades del mundo psíquico y las
del mundo físico (esto no pasaba con el reduccionismo). Pero, para
explicar científicamente el origen evolutivo de la
sensibilidad-conciencia sería necesario postular la atribución a la
materia de la propiedad de poder producir sensación.
Ahora bien. ¿por qué la materia poseería en sí misma esta ontología germinal sensible?
La ciencia no puede dar una explicación, ya que no es posible exigir a
priori que la materia fuera capaz de generar sensación. Simplemente se
debería admitir que así es de hecho. En consecuencia, debería dar una
explicación de las propiedades de la materia que puedan dar razón de la
experiencia fenomenológica del psiquismo en animales y hombres (de la
que no podemos dudar porque es una evidencia empírica). La ciencia y la
filosofía no dan razón, por tanto, de que la materia tenga la propiedad
ontológica real de producir sensibilidad (o no la tenga), sino, esto
supuesto, sólo de aquellas propiedades de la materia para que de ella
pudieran emerger los seres psíquicos con las propiedades que de hecho
poseen.
Así, el reduccionismo no alcanza a explicar el psiquismo, ni la
experiencia psíquica holística de campo (como en la visión de un campo
de luz), ni en la indeterminación, flexibilidad y oscilación de las
respuestas al medio, que en el caso humano llegan a la libertad de que
en parte disfrutamos. Pero la nueva física holística sí ofrece, en
efecto, de forma en gran parte convincente, una explicación del soporte físico
(cuántico) que estaría en la base de nuestra vida psíquica, tanto en lo
que tiene de campal-holístico como en la indeterminación de la conducta
de los seres vivos.
Debemos decir que esta manera holística de ver el universo es compatible tanto con el teísmo y como con el ateísmo.
No hay que pensar que el holismo de la nueva física impone el teísmo.
No es así. Sin embargo, es verdad que este holísmo moderno, no
reduccionista, hace mucho más verosímil
la imagen de un universo que podría tener a la Divinidad como su
fundamento profundo. Este universo holístico hace, en efecto, más
inteligible la imagen de un Dios que, como dice el cristianismo, pero
también las religiones orientales como el hinduísmo, es el fondo de la
realidad que lo abarca todo.
El Dios en el que, en expresión de San Pablo, nos movemos,
existimos y somos. El universo, para el cristianismo, ha sido creado ex nihilo, de la nada; pero el universo ha sido creado en
la ontología divina, ha nacido en Dios. Así lo han vivido la mayor
parte de las religiones. Dios sería el fondo holístico del universo del
que habrían sido producido el universo, sería la realidad fontanal que
funda la génesis de la realidad. Esto no es ni emanantismo (al estilo
Plotiniano o neoplatónico) ni es panteísmo. En todo caso respondería a
lo que hoy se llama panenteísmo (vg. en la filosofía de la naturaleza de Arthur Peacocke, en total congruencia con la idea de Dios en la ortodoxia cristiana).
Esta fácil intuición de lo que Dios podría representar como fondo
ontológico del universo no era accesible para la imagen reduccionista
clásica de un espacio escindido en unidades diferenciadas e
irreductibles, que producen un mecanicismo universal determinista y
ciego. Pero sí es congruente con la imagen de la nueva física que hace
concebible un universo holístico que se resolvería en un fondo de
referencia unitaria –bien se llame mar de energía, universo implícito,
fundamento holístico, vacío cuántico o meta-realidad– que haría
verosímil entenderlo, ya en perspectiva filosófica o teológica, con la
ontología fundante y fontanal de la Divinidad.
d) Valoración final
La tesis que hemos defendido en este artículo es que los
resultados actuales de la investigación científica, sometidos a
reflexión filosófica, no nos imponen una patencia de la verdad metafísica última del universo, sino que más bien nos dejan abiertos a un persistente enigma metafísico. Podríamos nombrar esta tesis con brevedad como la tesis de la incertidumbre metafísica del universo. Puesto que esa incertidumbre hace posible una explicación teísta, pero también atea, entonces podríamos también hablar de la tesis de la ambivalencia metafísica del universo.
¿Quiénes podría estar en desacuerdo con esta tesis? Creo que
quienes piensan que el universo hace patente su verdad última en forma
inequívoca. El teísmo dogmático,
por una parte, afirmaría que la existencia de Dios es patente
racionalmente para todo hombre (ante todo porque a los resultados de la
ciencia se suman los argumentos metafísicos que vienen de la filosofía).
Pero el ateísmo dogmático, por otra parte, también afirmaría que la no existencia de Dios también es patente ante la razón.
Richard Dawkins, el ateo quizá más popular de nuestro tiempo,
viene a decir que la probabilidad racional de que el teísmo sea
verdadero es tan reducidísima que, en la práctica, el ateísmo es
racionalmente patente y se impone inevitablemente a la razón.
La tesis que defendemos es, evidentemente, una interpretación. No
es la verdad absoluta. Pero es la tesis más fácil de defender, tanto si
reflexionamos sobre los resultados mismos de las ciencias y su análisis
filosófico, como si atendemos a los hechos que nos impone el análisis
sociológico objetivo de lo que realmente pasa en la sociedad en este
momento de la historia de la cultura. La experiencia social muestra, en
efecto, que hay intelectuales científicos/filósofos que se inclinan por
una metafísica teísta y dan argumentos para ello; pero también que hay
otros que se inclinan por una metafísica atea y también nos exponen
ampliamente sus argumentos.
Esto parece indicar que, en efecto, estamos en un universo con la
incertidumbre y la ambivalencia metafísica que hemos mencionado y
argumentado. ¿Quién tiene la razón? ¿Son unos tontos y los otros listos?
En realidad no existe, ni es posible, un tribunal que dictamine quién
es más objetivo o quién se acerca más a la verdad (como ingenuamente
parece postular Dawkins, constituyéndose él mismo en presidente del
Tribunal). El ateo considera que su hipótesis es la más correcta y por
ello la sigue; pero el teísta piensa igualmente que el teísmo tiene
mejor argumentación y por ello lo sigue. Para cada cual su posición es
la más correcta. Esto es lo que los hechos parecen mostrar y es muy
difícil ir en contra de estas evidencias, pretendiendo defender
dogmáticamente la patencia del teísmo o del ateísmo.
La visión moderna del silencio-de-Dios
La cultura moderna, por tanto, en el tiempo de la modernidad
crítica, a lo largo de los dos últimos tercios del siglo XX, ha
propiciado el tránsito desde la modernidad dogmática a la modernidad
crítica. Esta, como consecuencia de los resultados de la ciencia y de la
reflexión filosófica sobre ellos, ha hecho posible la nueva imagen del
universo que lleva a lo que hoy podemos llamar un “teísmo crítico” (que
admitiría que, por la razón natural, Dios podría no existir) y a un
“ateísmo crítico” (que admitiría que, por la razón natural, Dios podría
existir).
El hombre, pues, se hallaría abierto al enigma del universo y a la
incertidumbre metafísica última. Si, en definitiva, el posible Dios en
efecto existiera sería un Dios que habría establecido en el mundo su
silencio radical. Así sería puesto que la estructura del universo haría
posible concebir que Dios pudiera no existir.
Aquí, en este artículo, hemos considerado la razón metafísica que
la filosofía despliega a partir de los datos de la ciencia. Es el
fundamento de la vivencia moderna del silencio-de-Dios que es, ante todo
un silencio ante el conocimiento humano. Dios, en caso de existir, ha
creado un universo en que es posible concebir que no existiera. Es el
silencio divino ante el conocimiento humano que queda instalado
naturalmente ante el enigma del universo y la incertidumbre metafísica.
Si este silencio ante el conocimiento no fuera real (y Dios, en
alguna manera, fuera cognoscible por la razón natural con seguridad),
entonces ya no habría silencio de Dios en sentido radical, ya que el
hombre no podría negar que Dios es real y existente. En todo caso el
hombre podría quedar abierto al desconcierto de la acción de Dios en el
mundo, a su ocultamiento inmediato y al desamparo de la existencia
humana. Pero nunca se podría poner en duda la existencia real de Dios.
Así ha sido durante siglos en el teísmo.
a) Dimensiones del silencio-de-Dios en el universo y en la historia
Sin embargo, el silencio-de-Dios ante el conocimiento es el
fundamento que confiere radicalidad a otras manifestaciones del
silencio-de-Dios que le dan fuerza y sentido en la cultura moderna. Si
podemos hablar del silencio-de-Dios ente el conocimiento humano también
podemos hablar de su silencio ante la historia humana.
Si por el silencio ante el conocimiento Dios parece distanciarse
del hombre y ocultarse, por su silencio ante la historia Dios parece
indiferente ante el hombre y haberlo desamparado a su suerte. De ahí que
pueda hablarse de dos dimensiones complementarias del silencio de Dios:
silencio en el universo y silencio en la historia humana.
1) Silencio de Dios ante el conocimiento.
La estructura del universo hace posible que Dios pudiera no existir. Es
el enigma del universo que funda la incertidumbre metafísica, y deja
abierta la posibilidad del teísmo y del ateísmo.
2) Silencio de Dios ante el drama de la historia.
El dramatismo de la vida que hacen al hombre sentir el desamparo de la
existencia refuerza la posibilidad de que Dios pudiera no existir. El
silencio de Dios ante la historia tiene, a su vez, dos aspectos. a) El sufrimiento natural
producido por un universo evolutivo, autónomo y ciego: catástrofes,
terremotos, enfermedades, muerte… que llenan la vida de sufrimiento,
sensación de desamparo y malestar ante el posible Dios. b) El sufrimiento producido por la perversidad humana,
por la perversidad general de la historia (enfrentamientos, violencia,
guerras, injusticias…) y por la perversidad acontecida en la historia de
las religiones, producida por los hombres religiosos y por las
instituciones religiosas o religiones.
El silencio-de-Dios, como antes decíamos, es una vivencia presente
siempre en la vida de todo hombre. A Dios no lo vemos, está oculto y en
silencio. Además parece indiferente ante el Mal producido por la
naturaleza y ante la inmensa perversidad humana desplegada en la
historia. Dios parece en silencio ante el descomunal drama de la
historia humana. En la cultura teísta fundamentalista y dogmática, esta
vivencia radical del silencio divino quedaba enmascarada por la
persuasión impuesta socialmente de la patencia racional de Dios en el
universo. Por ello, la ausencia de Dios y el desamparo del hombre no
ponían en duda la existencia de Dios, aunque el hombre tuviera un
profundo desengaño, desconcierto y angustia existencial ante Dios.
En cambio, en la cultura de la modernidad crítica, como hemos
explicado, es posible que Dios no existiera, ya que no existe una
patencia incuestionable de Dios en el universo. Por ello, el silencio de
Dios ante el conocimiento y ante el drama de la historia mueven a poner
en cuestión su posible existencia. La duda metafísica sobre Dios se
instala en el hombre totalmente. El desconcierto, la angustia, la
desconfianza, el malestar profundo ante el silencio-de-Dios, llevan a un
impulso a olvidar a Dios y a centrar el interés de la vida en lo
puramente inmediato. El hombre entiende el gran enigma de Dios, el gran
enigma que pesa sobre su existencia y se siente incapaz de hallarle una
solución. El hombre ve nacer en su interior una enorme perplejidad
metafísica que lo aboca a la indiferencia ante lo metafísico,
indiferencia ante el teísmo y ante el ateísmo.
b) Dramatismo de la vida ante el silencio-de-Dios
La actitud del hombre ante el posible Dios es dramática porque
debe asumirse con libertad en medio del abandono, el sufrimiento, el
dolor profundo, las emociones vitales, la incógnita molesta e
inquietante sobre el enigma del más-allá. Por sus fuerzas y facultades
naturales, como ser en el mundo natural, el hombre vive angustiosamente
en el desconocimiento definitivo de la Verdad última y en la experiencia
de estar abandonado en el drama de la historia. Vive en la angustia de
entender que el mundo haría posible una presencia oculta de un Dios que
fuera su fundamento y que pudiera llamar al hombre a ser religioso. Pero
vive también en la angustia de que Dios pudiera no existir y que su
silencio y abandono respondieran simplemente a su no-existencia. Es la
angustia de la tensión natural entre la Presencia/Llamada y la
Ausencia/Silencio de Dios en el universo.
Pero para el cristianismo todavía hay algo más, como antes
decíamos. La fe cristiana entiende que todo hombre está afectado
interiormente por una presencia, una llamada de Dios como Espíritu que
apela a ser aceptada y acogida. Obviamente, el cristianismo no afirma
que esta presencia pueda ser conocida por la ciencia, por la filosofía o
por el razonamiento natural ordinario. Es una presencia que la
tradición cristiana ha calificado como sobre-natural y mística. No
pertenece como tal a la naturaleza humana, es una Gracia misteriosa de
Dios que se sobrepone a la naturaleza y es por ello sobre-natural. Pero
es real y afecta interiormente al hombre.
Si esta presencia mistérica de Dios en todo hombre es real,
entonces esta idea cristiana del hombre hace el dramatismo natural de la
existencia mucho más angustioso y desconcertante. El hombre tiende a
Dios por esta llamada interior pero acude a la naturaleza en su búsqueda
y queda desconcertado por un inmenso vacío, ante su conocimiento por el
enigma del universo y ante el drama de la historia por el Mal que acosa
desde una naturaleza ciega y por la perversidad humana. Es la dimensión
más trágica, dramática y mistérica de la tensión existencial de todo
hombre entre la Presencia/Llamada y la Ausencia/Silencio de Dios en el
universo.
Así la experiencia del itinerario espiritual en la tradición cristiana que, ya desde la patrística habla del Deus absconditus y en la teología espiritual de San Juan de la Cruz aparece el concepto de la noche oscura.
“… salí tras ti clamando y eras ido…”. Es posible interpretar que el
hombre herido por la “llama interior” va en busca de Dios pero queda
perplejo por su ausencia en el mundo y en la historia humana. Sin
embargo, como han repetido los poetas, “…has cortado mi respiración, has
destrozado mi cerebro, has destrozado mis entrañas, has destrozado mi
corazón…”, pero lo que queda de mi cuerpo seguirá buscando las huellas
de tu presencia en la naturaleza y en mi experiencia interior.
Conclusión
Por consiguiente, ¿existe Dios o no existe? ¿Tiene razón el teísmo
o el ateísmo? ¿Qué pensar de las religiones? El hombre, por su propia
naturaleza, puede quedar reducido a responder sólo por la intuición y
por las emociones. Sin embargo, el hombre tiene una naturaleza
racio-emocional y sólo las respuestas que respondan al ejercicio de la
razón le llenarán plenamente. Y hoy debemos construir las respuestas a
partir de nuestra imagen del universo en este momento de la historia de
la cultura, por la ciencia y por la filosofía, que sin duda entrarán en
armonía con las grandes intuiciones inmediatas de la vida humana.
No responderemos correctamente estas preguntas si lo hacemos fuera
de nuestro tiempo, desde posiciones fundamentalistas y dogmáticas hoy
trasnochadas. La ciencia de nuestro tiempo y la filosofía en ella
fundada nos hacen entender que Dios, si es el creador del universo, ha
creado un universo enigmático que nos instala en la incertidumbre
metafísica. Es el universo que Dios ha querido. La modernidad crítica ha
dado pie a que en nuestro tiempo la cultura de la incertidumbre
metafísica permita entender en toda su radicalidad el hecho de que Dios
está en silencio, hasta el punto de que la creación permite concebir que
Dios pudiera no existir, como entiende de hecho el ateísmo.
En consecuencia, para responder hoy las preguntas que más arriba
proponíamos debemos situarnos correctamente en la realidad que estamos
viviendo. Es la realidad de que en el universo se despliega un radical y
desconcertante silencio-de-Dios. No debemos enmascarar la realidad –la
forma del universo creado, si Dios en su creador– por medio de teísmos y
ateísmos fundamentalistas y dogmáticos. Hay que aceptar con realismo el
universo tal como hoy podemos entenderlo por la ciencia y por la
filosofía en la modernidad crítica. Un universo en que Dios está en
silencio.
Este hecho, la realidad del silencio-de-Dios, en toda su
radicalidad y en todas sus dimensiones, tal como hoy debemos entender en
la Era de la Ciencia, es el punto de partida para entender la lógica
argumentativa y la posibilidad natural del ateísmo, y la existencia
natural al margen de Dios. Pero es también el punto de partida para
entender el verdadero sentido de la argumentación y la lógica de la
religiosidad natural y de las religiones.
Esta será la temática que
abordaremos en la segunda sesión del Seminario de Profesores de la
Universidad de Deusto, organizado por la Facultad de Teología, en el mes
de febrero, dentro del ciclo “Dios y religiones en la Era de la
Ciencia”.
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