La discusión Russell-Copleston sobre la existencia de Dios está superada
JAVIER MONSERRAT
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El ámbito de reflexión ciencia-religión ha cambiado porque tenemos nuevos conocimientos.
La clásica discusión Russell-Copleston de 1948 suscitó enorme interés
en su tiempo, pero en la actualidad puede saber algo a rancia. El
ámbito de reflexión ciencia-religión ha cambiado, tenemos nuevos
conocimientos y autores importantes han aportado sus ideas. No obstante
tiene innegable interés valorarla y discutirla desde la actualidad
porque permite recordar dónde estaba el razonamiento clásico de la
escolástica en aquel entonces y por dónde van hoy las directrices más
modernas del diálogo ciencia-religión.
La lectura de la discusión Russell-Copleston
es útil porque puede servirnos para entender cómo se formulaba la
argumentación sobre la existencia de Dios desde un punto de vista
escolástico clásico. Este es, en efecto, el punto de vista de Copleston.
En 1948 en los centros de enseñanza católicos predominaban las escuelas
de filosofía escolástica y en ellos se defendía la tesis de que Dios
podía ser conocido por la razón natural con un grado de certeza que
solía calificarse (esta era la llamada “censura” de las tesis) como
“absoluta” o “metafísica”.
La exposición de Copleston representa una formulación en esquema
perfectamente lógica de los argumentos metafísicos que, según la
doctrina escolástica clásica, suponían la columna vertebral de la
“demostración” de la existencia de Dios (así se llamaba sin ambajes en
aquellos años). La reacción de Russell ante los argumentos de Copleston
es a la defensiva, manteniendo a toda costa su posición agnóstica (no
ateísta).
Russell en realidad no pretende conocer cómo es la realidad
metafísicamente (es agnóstico), pero argumenta que los argumentos de
Copleston no están bien construidos y que, por tanto, no imponen
racionalmente la existencia de Dios y que, en consecuencia, su posición
agnóstica es defendible. ¿Qué podemos hoy pensar de ambas
argumentaciones?
Es evidente que la valoración de la discusión depende de cada
“valorador”. No pretendemos aquí presentar, ni mucho menos, la
valoración que “nuestro tiempo” hace de la discusión Russell-Copleston.
Sólo hay valoraciones de personas concretas. Muchos filósofos que se
mueven todavía a gusto en el marco de la escolástica tradicional y, en
consecuencia, tenderán a pensar todavía hoy que los argumentos de
Copleston son incontrovertibles. Pensarán que Russell fue acorralado por
los argumentos de Copleston y que se batió puramente a la defensiva,
dejándose llevar en todo momento por el hilo de la conversación impuesto
por Copleston.
Nuestro punto de vista es matizado. Creemos que los argumentos
escolásticos que en aquel tiempo se esgrimían sin complejos necesitan
hoy muchos matices que deberemos argumentar. Por otra parte, las
formulaciones de Russell, aunque le mantienen a flote, no alcanzan una
especial brillantez. Por tanto, exponemos sólo nuestra valoración
personal de la discusión Russell-Copleston. Pero lo hacemos desde el
convencimiento de que cuanto debemos decir está apoyado por las
tendencias modernas del diálogo entre la ciencia y la religión.
La discusión Russell-Copleston es muy extensa y trata dos temas
diferenciados: el argumento metafísico de la contingencia y el de la
experiencia religiosa. En este artículo nos ceñimos sólo al primer
argumento. Será también interesante que, en otro artículo, estudiemos la
discusión del segundo argumento. Pero, en lo que sigue, nos limitamos
al argumento metafísico.
Discusión del argumento metafísico de la contingencia
Copleston comienza proponiendo un acuerdo sobre el tema a debatir:
COPLESTON: Como vamos a discutir
aquí la existencia de Dios, quizás sería conveniente llegar a un acuerdo
provisional en cuanto a lo que entendemos por el término «Dios».
Presumo que entendemos un ser personal supremo, distinto del mundo y
creador del mundo. ¿Está de acuerdo, al menos provisionalmente, en
aceptar esta declaración como significado de la palabra «Dios»?
RUSSELL: Sí, acepto esa definición.
COPLESTON: Bien, mi posición es la
posición afirmativa de que tal ser existe realmente y que Su existencia
puede ser probada filosóficamente. Quizás podría decirme si su posición
es la del agnosticismo o el ateísmo. Quiero decir, ¿cree que puede
probarse la no existencia de Dios?
RUSSELL: No, yo no digo eso: mi posición es agnóstica.
Cuando Copleston afirma que la “existencia de Dios” puede “ser
probada filosóficamente” quiere decir que la filosofía llega a una
certeza absoluta o metafísica (en el sentido de la “censura” de las
tesis escolásticas de entonces). Por tanto, si la razón humana natural
funciona correctamente infiere la existencia de Dios como una necesidad
metafísica para la explicación del mundo que observamos con nuestra
experiencia.
Pero veamos cómo expone Copleston el argumento metafísico.
COPLESTON: … ¿Quiere que haga una breve exposición sobre el argumento metafísico, y luego pasemos a discutirlo?
RUSSELL: Ése me parece un buen plan.
COPLESTON: Bien, para aclarar,
dividiré el argumento en distintas fases. En primer lugar, diría,
sabemos que hay, al menos, ciertos seres en el mundo que no contienen en
sí mismos la razón de su existencia. Por ejemplo, yo dependo de mis
padres, y ahora del aire, del alimento, etc. Segundo, el mundo es
simplemente la totalidad o el conjunto real o imaginado de objetos
individuales, ninguno de los cuales contiene sólo en sí mismo la razón
de su existencia. No hay ningún mundo distinto de los objetos que lo
forman, así como la raza humana no es algo aparte de sus miembros. Por
lo tanto, diría pues que existen objetos y acontecimientos, y como
ningún objeto de experiencia contiene dentro de sí mismo la razón de su
existencia, esta razón, la totalidad de los objetos, tiene que tener una
razón fuera de sí misma. Esa razón tiene que ser un ser existente.
Bien, ese ser es la razón de su propia existencia o no lo es. Si lo es,
enhorabuena. Si no lo es, tenemos que seguir adelante. Pero si
procedemos en este sentido hasta el infinito, entonces no hay
explicación de la existencia. Así, diría, con el fin de explicar la
existencia, tenemos que llegar a un ser que contiene en sí mismo la
razón de su existencia, es decir que no puede no existir.
Más adelante matiza esta presentación del argumento:
COPLESTON: Tomemos la proposición
«Si hay un ser contingente, entonces hay un ser necesario». Considero
que esa proposición, hipotéticamente expresada, es una proposición
necesaria. Si va a llamar proposición analítica a toda proposición
necesaria, entonces, para evitar una discusión sobre terminología,
convendré en llamarla analítica, aunque no la considero una proposición
tautológica. Pero la proposición es sólo una proposición necesaria en el
supuesto de que exista un ser contingente. El que exista realmente un
ser contingente tiene que ser descubierto por experiencia, y la
proposición de que existe un ser contingente no es ciertamente una
proposición analítica, aunque, como usted sabe, yo una vez sostuve que,
si hay un ser contingente, necesariamente hay un ser necesario.
A instancias de las preguntas de Russell, matiza Copleston su
concepto de “razón suficiente”: Dios no es la causa de sí mismo (esta no
sería una manera apropiada de hablar), sino que su naturaleza tiene la
razón suficiente de su existencia porque es el que existe
“necesariamente”; esto es, al que compete por naturaleza la necesidad de
existir (no puede no-existir).
COPLESTON: Sí, ciertamente, si alguien viera a Dios, vería que Dios tiene que existir.
…
COPLESTON: Sí, yo añadiría que no
conocemos la esencia a priori. Sólo a posteriori, a través de nuestra
experiencia del mundo, llegamos a un conocimiento de la existencia de
ese ser. Y entonces, uno se dice, la esencia y la existencia tienen que
ser idénticas. Porque si la esencia de Dios y la existencia de Dios no
son idénticas, entonces habría que buscar más allá de Dios alguna razón
suficiente de esta existencia.
RUSSELL: Luego, todo gira en torno
a la cuestión de la razón suficiente y tengo que declarar que no me ha
definido aún la «razón suficiente» de un modo que yo pueda comprenderla.
¿Qué entiende por razón suficiente? ¿No quiere decir causal?
COPLESTON: No necesariamente. La
causa es una especie de razón suficiente. Sólo un ser contingente puede
tener una causa. Dios es Su propia razón suficiente; y Él no es la causa
de Sí. Por razón suficiente, en sentido absoluto, entiendo una
explicación adecuada de la existencia de algún ser particular.
El argumento, por tanto, queda planteado a partir de la
experiencia. No hay conocimiento apriori. La razón humana constata por
experiencia la existencia de los seres contingentes (que no tienen en sí
la razón de su existencia, esto es, que no vemos que deban existir por
necesidad). Un paso importante en las consideraciones de Copleston es
que el “mundo como conjunto” es también contingente porque no es otra
cosa que un agregado de “seres contingentes”.
Como veremos, un factor esencial de la argumentación es el paso
del ser contingente concreto al Todo, o universo en su conjunto. Los
seres concretos son contingentes: por tanto el universo debe ser también
contingente. Estas ideas las formula en un párrafo iluminador para
entender la forma en que Copleston relaciona el ser contingente
individual y la naturaleza del Todo.
COPLESTON: Bien, mi criterio es
que lo que denominamos mundo es intrínsecamente ininteligible, aparte de
la existencia de Dios. Verá, yo no creo que el carácter infinito de una
serie de acontecimientos -me refiero a una serie horizontal, por así
decirlo-, si ese carácter infinito pudiera ser probado, tenga alguna
relevancia. Si usted suma chocolates, obtendrá chocolates y no una
oveja. Si suma chocolates hasta el infinito, es presumible que obtendrá
un número infinito de chocolates. Así, si suma seres contingentes hasta
el infinito, seguirá obteniendo seres contingentes, no un ser necesario.
Una serie infinita de seres contingentes será, de acuerdo con mi modo
de pensar, igualmente incapaz de ser su causa, como un solo ser
contingente. Sin embargo, usted dice, según creo, que no se puede
plantear la cuestión de lo que explicaría la existencia de cualquier
objeto particular, ¿no es así?
Valoración del argumento metafísico de Copleston
Hacemos la valoración desde una perspectiva científico-filosófica.
Es decir, consideramos la forma científica de producir conocimiento y
sus resultados, así como la reflexión filosófica sobre la imagen
científica de la realidad. Comentamos también cómo pueden ser entendidos
hoy los principios de la metafísica tradicional. Nuestras observaciones
serían estas:
1) Realidad y suficiencia.
Tanto la ciencia como la filosofía (incluida la escolástica en que se
mueve Copleston) estarían de acuerdo en que no hay conocimiento apriori y
en que, en consecuencia, todo depende de la consideración racional de
la experiencia. No obstante, debemos destacar que la razón, al constatar
por experiencia la existencia de la realidad (el propio ser humano
inmerso en el universo), hace una inferencia básica: si de hecho algo
real existe es porque “puede existir” y es suficiente (autosuficiente).
Esta expectativa de “autosuficiencia” o “suficiencia” es propia tanto de
la ciencia como de la filosofía. Es la expectativa de que lo existente
está fundado en una realidad que explica con suficiencia su permanencia
en el ser, su existencia (sin deshacer su propia realidad en el tiempo).
2) Búsqueda racional de la suficiencia.
La historia de la filosofía, ya desde el mismo Parménides, es una
búsqueda de cómo entender la “suficiencia de la realidad existente”. La
ciencia ha buscado también la suficiencia, desde la expectativa racional
de que si el universo existe –y todos los seres que contiene– es porque
está asentado (fundado) en la suficiencia. El modo de entenderla
depende obviamente de la descripción por experiencia de la forma real
que el universo tiene (cómo está construido como universo real). Se
trata siempre de una argumentación empírica en busca de un conocimiento
que nos permita entender dónde y cómo está fundado en el universo.
3) Ser contingente. Hemos
visto la importancia que tiene en el razonamiento de Copleston la idea
del ser contingente. La idea de que los seres que constituyen el mundo
(seres o estados del universo) sean “contingentes” –en el sentido de
que, tal como muestra la experiencia, son transitorios, finitos, y no
parecen ser suficientes, autosuficientes, en orden a ser reales y
existentes (no tienen en sí mismos la “razón suficiente” de su
existencia)– puede ser perfectamente aceptada por la ciencia. No vemos
objeción alguna. La ciencia es consciente de la transitoriedad
“contingente” de los objetos y los estados que se producen en la
evolución del universo.
4) ¿Contingencia del sistema en su conjunto?
La gran cuestión, sin embargo, para la ciencia moderna, y para la
reflexión filosófica fundada en los datos de la ciencia, no es el ser
contingente concreto, el estado transitorio, sino lo que debe pensarse
sobre el universo en su conjunto como sistema estructural. Hemos visto
la facilidad con que Copleston argumenta que, si el universo está
constituido por un agregado de seres contingentes, el mismo universo en
su conjunto debe ser también contingente (“si usted suma chocolates,
obtendrá chocolates y no una oveja. Si suma chocolates hasta el
infinito, es presumible que obtendrá un número infinito de chocolates.
Así, si suma seres contingentes hasta el infinito, seguirá obteniendo
seres contingentes, no un ser necesario”). Aquí es donde la ciencia se
ha separado de la visión greco-escolástica para hacerse a una visión
dinámica, estructural, evolutiva, del universo (más cercana al universo
de Heráclito). El universo podría ser un sistema estructural dinámico
que evoluciona en el tiempo creando en su interior múltiples seres y
estados “contingentes”: pero el universo como sistema podría no ser
contingente. Es decir, podría ser que los hechos empíricos nos
permitieran concebir la existencia de un universo eterno, dinámicamente
estable, aunque cambiante y productor de estados contingentes internos, y
que, no obstante, él no fuera como tal contingente, sino autosuficiente
en orden a mantener su existencia dinámica en el tiempo.
5) La argumentación sobre el enigma de la suficiencia de la realidad.
¿Cómo saber entonces donde radica el fundamento de la suficiencia del
universo real? Este es el problema. La argumentación debe hacerse a
partir de los datos que la ciencia ofrece y va encaminada a concebir si
el universo como sistema dinámico estructural pudiera ser
autosuficiente. Este discurso de la ciencia y de la filosofía moderna
sobre el “sistema como tal” no fue propia de la escolástica. Pero es un
hecho social que se trata de un problema de difícil resolución, ya que
hay quienes piensan que es verosímil postular la existencia de un
enigmático universo autosuficiente (ateísmo) y hay también quienes
piensan que es verosímil postular la existencia de un enigmático ser
transcendente personal que fundara por creación la existencia de un
universo, que en este caso debería considerarse contingente (teísmo). En
todo caso, lo que hoy es evidente es que por la mera existencia de un
universo dinámico cuyos estados internos cambiantes sean “contingentes”,
no se puede extraer la consecuencia directa de que el universo como tal
sea también contingente. No es que no pueda ser contingente; pero hay
que argumentarlo estudiando, en función de los hechos, la naturaleza del
sistema como tal.
6) La necesidad. El
concepto de necesidad juega un papel importante en los argumentos de
Copleston. Piensa que sólo Dios podría ser “necesario” y que la razón
debe postular la existencia de algo necesario. En Copleston chirría un
poco el uso de conceptos como causalidad, suficiencia, razón suficiente y
necesidad. La razón humana argumenta a partir de los hechos: es decir,
de la existencia del sistema del mundo, tal como observamos.
Inicialmente busca siempre las causas de las cosas y tiene la
expectativa de que todo conduzca a conocer la autosuficiencia del
sistema del mundo. Sin embargo, la búsqueda científico-filosófica de la
suficiencia no lleva a una solución clara y definida. Unos argumentan
que el universo es un sistema eterno autosuficiente, pero otros
argumentan alternativamente que el universo no presenta las propiedades
de autosuficiencia, que probablemente es contingente y que depende del
fundamento de una realidad autosuficiente que llamamos Dios. Supongamos
que aceptamos como más verosímil la autosuficiencia del universo:
entonces, para entender su suficiencia en orden a ser eternamente real y
existente, deberíamos atribuirle por postulación la necesidad de
existencia (siempre ha existido por necesidad y por necesidad seguirá
existiendo). En cambio, si suponemos que aceptamos como más verosímil
que la suficiencia se funda en un ser transcendente divino, deberíamos
atribuirle también por postulación la necesidad (Dios siempre habría
existido necesariamente y nunca dejará de existir).
7) ¿Es posible argumentar apriori sobre la necesidad?
En relación con el concepto de necesidad han interferido ciertas
especulaciones que van desde el argumento ontológico (San Anselmo) hasta
la célebre pregunta de Leibniz y su reformulación en otros autores
(como Heidegger). ¿Por qué existe algo y más bien no existe nada?
Podríamos incluso concretar más: ¿por qué existe el universo y más bien
no existe? ¿Por qué existe Dios y más bien no existe? La verdad es que
la razón, construida aposteriori sobre los hechos, sólo puede decidir si
se inclina a entender que el universo es autosuficiente o que la
suficiencia debe colocarse en Dios. Pero en ninguna de estas dos
hipótesis puede argumentarse por qué existe el mundo, o Dios, y por qué
más bien no existe. Nunca entenderemos por qué algo existe. Partimos del
hecho de que algo existe y, después de conocer su forma más probable de
suficiencia (Puro mundo o Dios), postulamos la necesidad aposteriori.
No es posible lo que se llama una “argumentación a priori” sobre la
necesidad (similar a la que parece adoptar Copleston) que nos llevara a
pensar que, en absoluto, la necesidad sólo podría ser atribuida a un ser
divino y no al universo como tal. Pero incluso la postulación de la
necesidad (relativa al universo o a Dios) no equivaldría a entender por
qué el universo o Dios serían necesarios. Postular, por ejemplo, que
Dios fuera el fundamento necesario de la suficiencia no supondría
entender la naturaleza divina y su relación con la necesidad. En otras
palabras: apriori, la razón humana no podría excluir que no existiera
absolutamente nada. Si postulamos la necesidad es porque aposteriori
constatamos que algo existe realmente y argumentamos post factum. Pero
pensar que no existiera absolutamente nada no es contradictorio por sí
mismo.
Los argumentos agnósticos de Russell
A nuestro entender, Russell no sabe razonar brillantemente su
posición y, en efecto, se deja arrastrar por los argumentos de
Copleston. Los rechaza en función de consideraciones más bien lógicas
(analíticas), pero no entra en las consideraciones ontológicas, físicas y
cosmológicas que hubieran podido dar más fuerza a sus puntos de vista.
Sin embargo, se intuye lo que Russell quiere argumentar: que los seres
concretos pueden ser contingentes, pero que esto no nos permite aseverar
que el conjunto, el Todo, sea también contingente. Por ello Russell
parece pensar que si el Todo no fuera contingente no tendría entonces
sentido preguntar por su causa o por su razón suficiente. Simplemente
estaría ahí existiendo de una forma autosuficiente.
Veamos algunos tramos del diálogo donde aparece la posición de Russell:
COPLESTON: Bien, ¿por qué
detenernos en un objeto particular? ¿Por qué no presentar la cuestión de
la causa de la existencia de todos los objetos particulares?
RUSSELL: Porque no encuentro la
razón para pensar que la hay. Todo concepto de causa está derivado de
nuestra observación de cosas particulares; no encuentro ninguna razón
para suponer que el total tenga una causa, cualquiera que sea.
COPLESTON: Bien, el decir que no
hay causa no es lo mismo que decir que no debemos buscar una causa. La
afirmación de que no hay causa debería venir, si viene, al final de la
indagación, no al principio. En cualquier caso, si el total carece de
causa, entonces, a mi manera de ver, tiene que ser su propia causa, lo
que me parece imposible. Además, la afirmación de que el mundo existe,
aunque sólo sea como respuesta a una pregunta, presupone que la pregunta
tiene sentido.
RUSSELL: No, no necesita ser su propia causa; lo que digo es que el concepto de causa no es aplicable al total.
…
RUSSELL: Puedo ilustrar lo que me
parece su falacia por excelencia. Todo hombre existente tiene una madre y
me parece que su argumento es que, por lo tanto, la raza humana tiene
una madre, pero evidentemente la raza humana no tiene una madre: ésa es
una esfera lógica diferente.
COPLESTON: Bien, realmente no veo
ninguna similitud. Si dijera «todo objeto tiene una causa fenoménica;
por lo tanto, toda la serie tiene una causa fenoménica», habría una
similitud; pero no digo eso; digo: todo objeto tiene una causa
fenoménica si insiste en la infinidad de la serie, pero la serie de
causas fenoménicas es una explicación insuficiente de la serie. Por lo
tanto, la serie tiene, no una causa fenoménica, sino una causa
trascendente.
RUSSELL: Eso, presuponiendo
siempre que no sólo cada cosa particular del mundo sino el mundo
globalmente tiene que tener una causa. No encuentro la razón para esa
suposición. Si usted me la da, le escucharé.
Para Russell, pensando siempre un una perspectiva
lógico-analítica, una cosa son los eventos particulares y otra el total,
el Todo. Diríamos, más bien, si se traduce a términos físicos y
cosmológicos, el sistema de lo real en su conjunto; o sea, el sistema
estructural dinámico del universo. Como antes hemos dicho, los estados
producidos en la evolución del sistema podrían ser contingentes y
deberíamos preguntarnos por sus causas; pero el sistema como tal podría
ser autosuficiente y no tendría sentido, en consecuencia, preguntar por
sus causas, ya que simplemente deberíamos constatar su existencia
autosuficiente. El sistema, por tanto, podría no tener causas porque se
explica de forma autosuficiente. Russell insiste en que la esfera lógica
de los eventos puntuales del sistema y la del sistema como tal son
distintas. Atribuir la contingencia a los eventos puntuales no implica
atribuirla al sistema.
La argumentación científico-filosófica sobre el universo
En nuestra opinión, desde un punto de vista epistemológico, cabe
justificar que existe un nivel de racionalidad “metafísico” (o de
“filosofía primera”) del que pueden extraerse consecuencias válidas que
no sólo orientan la filosofía sino también el conocimiento científico.
Así, la razón natural constata la realidad que existe en el tiempo. Por
ello, la mente natural del hombre se construye desde ciertas intuiciones
sobre la forma en que está construida la realidad existente. Esta
“ontología natural” o “filosofía primera” explica por qué y cómo
funciona el conocimiento humano y de donde nacen los principios de la
lógica natural que rige la mente de los seres humanos. Son también los
principios sobre los que se funda la actividad racional de la ciencia.
Una de las inferencias básicas de la razón natural en esta
“filosofía primera” es que si algo es real y existe (y esto se impone
como un hecho de experiencia), entonces está fundado en una suficiencia.
En algo que es suficiente para ser real y existente. Si no lo fuera, no
sería posible explicar que algo existiera. Si existe, entonces es
suficiente. La idea de suficiencia es previa a la ciencia y pertenece a
esta “filosofía primera” (así como a la simple razón natural). La
filosofía y la ciencia responden a esta búsqueda de conocimiento
orientado a entender cómo es suficiente la realidad existente que
constatamos como factum.
En nuestra opinión, el error de la filosofía escolástica (desde la
que Copleston piensa en 1948) fue considerar que se “probaba
filosóficamente” (en palabras de Copleston) que la búsqueda de
suficiencia conducía a la razón exclusivamente al Ser suficiente y
necesario que llamamos Dios. La escolástica esgrimió durante muchos
siglos estas “pruebas filosóficas” que desarrollaban las conocidas cinco
vías tomistas. El grado de certeza racional de la existencia de Dios
era “metafísico” o “absoluto” (en las “tesis” escolásticas). La
consideración de la contingencia de los seres exigía a la razón natural
postular la existencia de una realidad transcendente suficiente y
necesaria. La razón natural de todo hombre le situaba, pues, ante el
reconocimiento de una realidad fundante transcendente (casi con la misma
necesidad racional, referida al mundo fisico, con que, formalmente,
debemos asentir cuando decimos que “dos y dos son cuatro”).
Sin embargo, aunque la “filosofía primera” contiene una riquísima
reflexión sobre la realidad existente, sólo puede establecer el supuesto
de la suficiencia y de la necesidad. Pero no puede dilucitar por sí
misma dónde hay que situar esa suficiencia y necesidad (en último
término, si lo suficiente y necesario es el puro mundo o Dios). Los
argumentos dependen de la forma en que la realidad existente se presenta
ante nuestra experiencia. En este sentido, es la ciencia la que aporta
los conocimientos y teorías más ricos. Por tanto, la argumentación para
ver cómo puede entenderse la suficiencia no es ya sólo exclusivamente
“metafísica”, sino que incluye –entre otras cosas– los resultados de la
ciencia. La argumentación debe ser ya científico-filosófica.
Dios como fundamento
Hoy en día la casi totalidad de los grandes autores teístas
(Polkinghorne, Peacocke, Barbour, Ellis, etc.), que han tomado parte en
el moderno diálogo ciencia-religión, consideran que hay muchos argumentos científico-filosóficos
que hacen verosímil (argumentable por la razón científico-filosófica)
que Dios sea, en efecto, el fundamento transcendente suficiente y
necesario que explica el universo. Pero, al mismo tiempo, se admite que
el universo es enigmático y permite también construir una hipótesis
racional explicativa que considera al universo autosuficiente, y por
ende necesario. Si esta hipótesis ateísta fuera verdad, entonces los
estados puntuales del universo serían contingentes, pero el sistema como
tal debería ser considerado autosuficiente y necesario.
Desde la ortodoxia católica debemos recordar que los teólogos han
insistido que la afirmación del Concilio Vaticano I al decir que podemos
conocer con certeza la existencia de Dios por la razón natural (certo cognosci posse)
no debe entenderse en el sentido de la “certeza metafísica o absoluta”
de que hablaba la escolástica, sino simplemente como “certeza moral
libre” (la aceptación de ciertos argumentos racionales al ponerse en
juego una capacidad de decisión moral y libre de la persona humana).
Además, muchos pensamos
que el diseño divino en la creación no ha sido el de imponerse
necesariamente al hombre por una racionalidad inevitable. Dios no tiene
una patencia metafísico-racional inevitable. Dios ha creado un universo
enigmático con una racionalidad que puede conducirle a conocer la
existencia de Dios, pero no “impositivamente”; es decir, siempre que
ponga en juego su libertad personal para aceptarla. Es lo que dice
actualmente la teología de la kénosis.
Ha creado un mundo en que el ateísmo, la negación de Dios, o el
agnosticismo incomprometido, son posibles. Creemos, pues, que es útil
reactualizar la discusión Russell-Copleston porque permite recordar
dónde estaba el razonamiento clásico de la escolástica y por dónde van
hoy las directrices más modernas del diálogo ciencia-religión.
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