La modernidad exige una revisión de la naturaleza espiritual del ser humano
JAVIER MONSERRAT
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La imagen monista y evolutiva de la realidad, desarrollada por la ciencia, precisa de una nueva hermenéutica religiosa.
La imagen del hombre en la ciencia moderna, ¿permite hablar de la
naturaleza espiritual del hombre? Una atención rigurosa a la imagen
científica del ser humano permite distinguir la realidad del “alma”
humana. Por otro lado, la doctrina cristiana sobre el hombre puede
asumir íntegramente la idea natural del hombre, cuyo único horizonte es
la muerte, y situar en la “llamada” sobrenatural de Dios la
introducción del ser humano en una condición espiritual que lo
relaciona con una dimensión metafísica.
¿Cuál es la ontología moderna de la ciencia y cómo desde ella
podemos hoy abordar una hermenéutica apropiada de las creencias, del kerigma
cristiano? La hermenéutica antigua produce hoy problemas evidentes que
dificultan una proclamación potente y eficaz del kerigma cristiano. Por
la inviabilidad del paradigma antiguo, la lógica de la creencia
cristiana debía conducir a la iglesia a comprometerse en la búsqueda de
una nueva hermenéutica. Sin prejuzgar el resultado, debería dirigir el
proceso abierto de discusión sobre el mundo moderno orientado a
encontrar la forma hermenéutica correcta para proclamar el kerigma
cristiano ante la sociedad actual. Sin duda que las aportaciones de
filósofos y teólogos serían enriquecedoras para este proceso de
reflexión. En este artículo, ciñéndonos a la idea del hombre, vamos a
referirnos a los perfiles antropológicos de la nueva hermenéutica a que
debería conducir la nueva imagen de la ontología del universo.
En concreto pienso, sin creer obviamente que haya dicho la última
palabra, cosa que sería una ingenuidad, que mi propuesta, ya argumentada
en el blog Hacia el Nuevo Concilio,
es una reflexión de altura sobre la imagen científico-filosófica y
socio-política de la realidad en la modernidad y sobre la alternativa
hermenéutica que desde ella se hace posible para entender con mayor
profundidad y proclamar el kerigma cristiano. La verdad no conozco que
existan otras propuestas que sean comparables a la mía en densidad
argumentativa. Pero sería deseable que surgieran, de tal manera que ante
una “proliferación de propuestas”, en el sentido epistemológico de Feyerabend,
la iglesia cristiana misma pudiera dirigir el proceso reflexivo que, a
mi juicio, debiera concluir en el nuevo concilio. Sin embargo, ¿qué es
entonces la ontología moderna? ¿Cómo y por qué nos lleva a una nueva
hermenéutica del kerigma cristiano?
La presente exposición en su conjunto es una respuesta argumentada
a lo que debería ser la nueva hermenéutica moderna del cristianismo.
Aquí, evidentemente, trato de insistir en un punto muy concreto que, por
mi propia experiencia, tiene un valor crucial para muchos. Me refiero a
la constitución humana. A la pregunta qué es el hombre; o sea, cuál es
su ontología real dentro de la ontología del universo. En terminología
más cristiana preguntaríamos qué es el hombre dentro del universo
creado: cómo ha creado Dios al hombre, cómo lo ha hecho en el marco de
la forma general en que ha creado el universo. El hecho es que la
hermenéutica greco-romana llegó a imponer en la cultura cristiana una
imagen dualista del hombre fundada en las filosofías antiguas de origen
griego, interpretadas después por la escolástica. Pero el hecho es que
el mundo moderno ofrece una imagen monista y evolutiva de la realidad, y
también del hombre. ¿Qué es el hombre? Desde la imagen moderna del
hombre, si aceptamos los resultados de la ciencia en la modernidad, ¿es
posible entender el kerigma cristiano? Creemos que sí, y vamos a
exponerlo.
El hombre en la ciencia y en la filosofía moderna: materia y vida
¿Qué debiera hacer la iglesia ante la imagen del hombre en la
ciencia moderna? Sugeriríamos una respuesta: simplemente admitir sus
resultados por la sencilla razón de que, en principio, la ciencia
proporciona el conocimiento más fiable. En principio, el cristiano
deberá pensar, por tanto, que el mundo real que ha sido creado por Dios
es tal como la ciencia describe. En consecuencia, la reflexión
filosófica sobre el hombre deberá asumir los resultados básicos de la
ciencia. Pero esta admisión de la ciencia tiene, claro está, un límite
para el creyente: el kerigma cristiano. Esto quiere decir que si la
imagen científica del hombre no fuera compatible con el kerigma
cristiano, entonces el creyente debería ponerla en duda. Es lo que pasó a
lo largo de siglos cuando la ciencia ofrecía una imagen “reduccionista”
(mecánica, determinista, robótica) del hombre, incompatible con una
idea religiosa de las cosas. Esta es una de las causas de que la iglesia
permaneciera en el paradigma antiguo: porque la modernidad, tanto en lo
científico-filosófico como en lo socio-político, era difícilmente
“asimilable” por la iglesia y sus creencias. La iglesia no aceptó
ciertos planteamientos de la modernidad “naciente” y la historia
posterior ha mostrado que, en efecto, fue un acierto. La modernidad no
había llegado todavía a un estadio de madurez apropiado para poder
establecer un diálogo fecundo con el cristianismo. Sin embargo, hoy en
día está configurándose una nueva imagen científica del universo, de la
vida, del hombre, de la sociedad y de la historia, que ya no responden
al puro reduccionismo antiguo. ¿Cuál es esta nueva imagen
científico-filosófica del hombre? Tracemos, en síntesis, sus perfiles
más importantes. Es algo esencial ya que, en definitiva, defenderemos,
como después veremos, que es compatible con la imagen cristiana del
hombre.
1) El universo nació en el big bang
como una inmensa energía expansiva, dinámica, que produjo la aparición
de la materia en la forma de partículas elementales. Puede decirse, por
tanto, que la realidad física es energía y materia, radiación
ondulatoria y corpúsculo. Los corpúsculos serían, en último término,
“radiación plegada”. Esta realidad física primordial respondía a unas
propiedades que la ciencia ha acabado conociendo en parte, tal como se
explica en la mecánica cuántica. Una de estas propiedades es la llamada “coherencia cuántica”
que hace a la realidad física constituir campos unitarios coherentes
donde es imposible distinguir partículas individuales diferenciadas,
siendo la realidad un solo campo de vibración unitaria o coherente. La
radiación primordial del big bang fue enfriándose y fraccionándose en
pequeñas vibraciones que al plegarse o encapsularse produjeron los
corpúsculos o partículas elementales. Algunas de estas partículas, en
circunstancias apropiadas, podían entrar en coherencia cuántica (así,
las llamadas partículas bosónicas) y, en otras, volver al estado
corpuscular, en procesos de coherencia y decoherencia cuántica.
La luz, por ejemplo, sería una partícula bosónica (fotón) que podría
también entrar en campos electromagnéticos de coherencia cuántica.
Pero el big bang condujo también a otro tipo de partículas
(fermiónicas) –electrones, protones, neutrones– cuya forma de vibración
(es decir, su “función de onda”, en términos físicos más precisos) no
les hacía fácil entrar en coherencia cuántica, manteniendo por ello su
independencia y la diferenciación de unas partículas frente a otras. Al
relacionarse entre sí estas partículas fermiónicas –de acuerdo con las
cuatro fuerzas naturales– se formaron los primeros núcleos atómicos y
los primeros átomos. Estos dieron lugar a las moléculas, a las
macromoléculas, a la agrupación de materia estelar, al nacimiento de los
cuerpos celestes, a los minerales y a los objetos del mundo inorgánico
en general. Ahora bien, las interacciones entre estos cuerpos formados
por materia fermiónica no respondían ya a las interacciones de la
materia primordial (descritas en la mecánica cuántica). Las
interacciones de este mundo macroscópico formado por materia fermiónica
fueron descritas en la mecánica clásica newtoniana. El mundo clásico es
nuestro mundo de experiencia en el que existen objetos y cuerpos
diferenciados, macroscópicos, cuyas interacciones no responden por las
buenas a las propiedades cuánticas que pertenecen, sin embargo, a la
materia profunda que los constituye, ya que toda la materia del universo
es la misma y responde a la misma ontología fundamental.
2) Por tanto, la ciencia entiende que toda la realidad física que
conocemos proviene de una energía primordial que fue convirtiéndose en
materia. Todo cuanto contiene el universo, y el universo mismo, proviene
del binomio convertible materia/energía. En este sentido la ciencia
tiene un entendimiento “monista” de la naturaleza del universo y de los
seres que contiene (todo proviene de un único principio, la
materia/energía). Por acción de las fuerzas naturales la materia puede
organizarse estructuralmente. Pero las estructuras no son una realidad
distinta de la materia/energía sino la forma en que la materia se
relaciona consigo misma formando sistemas o cuerpos fermiónicos
(estructuras), o incluso sistemas o campos de materia en coherencia
cuántica. La ciencia describe así cómo la misma materia primordial
produce a) un “mundo cuántico” en que rigen la coherencia cuántica, la
superposición cuántica, la indeterminación y la acción a distancia
(excusamos aquí el explicar estos conceptos), pero también b) un “mundo
clásico” en que las interacciones entre sus cuerpos y objetos son con
preferencia deterministas, rígidas, mecánicas (aunque también en el
mundo clásico se producen fenómenos de indeterminación, como el caos, o
como ciertas “burbujas de indeterminación”, tal como es la superficie de
la tierra en que pueden suceder o no suceder muchas cosas).
3) Dejando aparte cuestiones como la explicación más especulativa
de la materia (vg. la teoría de cuerdas y supercuerdas) o la naturaleza y
origen del universo (que da lugar a diversas teorías), que pueden
seguirse en el c. IV de mi obra Hacia el Nuevo Concilio, centrémonos
ahora en aquello que tiene más importancia para el entendimiento de la
naturaleza humana. Comencemos por la naturaleza de la vida. Los seres
vivientes pueden existir porque tienen un “cuerpo clásico”: formado por
estructuras físicas estables similares a las puramente físicas, pero
distintas precisamente por su forma estructural específica (bioquímica).
Los seres biológicos son sistemas físico-químicos que, en principio,
presentan una interacción dinámica con el medio y un crecimiento
adaptativo que depende de su estructura “cibernética”, transmitida por
herencia y en evolución a partir del juego de la codificación genética
en el ADN que rige con determinismo los procesos embriogenéticos. El
cuerpo de los seres vivos, en las diversas especies animales, aunque
dinámico y evolutivo, responde a una gran rigidez mecánica y
determinista: gracias a ella puede hablarse del mantenimiento de la
herencia y de la estabilidad estructural de nuestros cuerpos. Nos
mantenemos de un día para otro y podemos construir nuestras vidas,
nuestra biografía, porque la estructura rígida de nuestro cuerpo puede
mantenerse de un día para otro. Y esto se lo debemos al determinismo
físico que constituye gran parte de la naturaleza y de la biología, y
también de la biología humana en continuidad con la evolución de la vida
en la tierra.
4) Pero los seres vivos presentan otra propiedad que, en
principio, no podemos atribuir al mundo puramente físico: la capacidad
de sentir. La biología describió siempre esta propiedad, visible incluso
en vivientes unicelulares. Hablando del proceso evolutivo biológico
podemos hablar de la aparición de la sensibilidad-conciencia (conciencia
en animales superiores). La conciencia es la capacidad de sentir
unitariamente el cuerpo y el mundo exterior, por una integración
sistémica de los diversos sentidos internos y externos, haciendo posible
una reacción unitaria ante el medio (no confundir la conciencia en este
sentido biológico con conciencia “moral” o “racional”, que sólo es
atribuible al hombre, según cierto uso terminológico). Por la
sensibilidad-conciencia y por sus consecuencias causales los seres vivos
han ido constituyéndose en sistemas psíquicos con un “sujeto psíquico”.
Tienen “psique” porque sus cuerpos constituyen un sistema de
sensibilidad-conciencia y un “sujeto” que impulsa las respuestas y que
juega un papel determinante en su conducta adaptativa al medio para
sobrevivir.
5) La ciencia ha querido explicar las causas que han producido la
aparición de este extraño factor biológico, la sensibilidad-conciencia.
No ha sido fácil. La explicación de los cuerpos biológicos en el marco
físico de la mecánica clásica, como sistemas deterministas, ha sido más
fácil. Pero, ¿de dónde viene la sensibilidad-conciencia y lo que
constituye la forma de actuación de los seres con “psique”? Cuando la
explicación trató de reducirse al determinismo clásico se cayó en el
“reduccionismo”. La ciencia, en efecto, fue durante muchos años
determinista (y todavía lo sigue siendo en ciertos sectores). Sin
embargo, hoy en día la ciencia, por el emergentismo
por la neurología cuántica, está construyendo un marco adecuado y
convincente, holístico, para explicar la sensibilidad-conciencia. Para
hacerlo se postula que debe atribuirse a la ontología propia de la
energía/materia que constituye el universo la capacidad de producir
sensación. ¿Por qué la materia produce “sensación” o más bien no la
produce? No lo sabemos. Pero el hecho es que debemos atribuirle la
capacidad ontológica de producir “sensación”. Por otra parte, en el
cuerpo biológico y en su sistema nervioso (en el sistema neuronal) los
seres vivos habrían ido construyendo evolutivamente las diversas
sensaciones, internas y externas, en tiempo real, su registro y su
conexión con las respuestas al medio, contando para ello con una
estructura cuántica que habría ido formando su nicho en el interior de
un cuerpo clásico.
Entre las propiedades de la actividad psíquica (experiencia
holística e indeterminación) y las propiedades de los sistemas cuánticos
(coherencia, superposición, indeterminación y acción-a-distancia)
existiría un cierto paralelismo que sugeriría la atribución causal del
psiquismo a un “soporte cuántico” generado en la evolución. Por ello,
los seres vivos estarían producidos mediante el equilibrio entre dos
sistemas físicos complementarios; el sistema clásico-determinista de
nuestros cuerpos y el sistema cuántico, entreverado en el cuerpo
clásico, que constituiría el verdadero “soporte físico” de la actividad
psíquica del mundo animal. En este sentido, el sistema nervioso-cerebral
sería el soporte en que los seres vivos han ido produciendo en tiempo
real las sensaciones-conscientes y en el que las han registrado para
reactualizarlas como un “pasado recordado” (Edelman) que sigue influyendo en sus respuestas adaptativas al medio.
El hombre en el proceso evolutivo: el “alma” humana
1) Desde un punto de vista científico la aparición del hombre se
ve hoy como un paso más en el proceso evolutivo continuo de la vida
animal. En concreto un paso más allá en la evolución de los homínidos.
El hombre es un sistema de sensaciones, integradas en la conciencia
unitaria, que, como sujeto psíquico, responde al medio de manera similar
a como responden los animales superiores. Su mundo sensitivo-emotivo y
sus respuestas son registradas en su cerebro, de tal manera que el
hombre construye su propia historia, su propio yo biográfico. La
estructura biológica funcional humana, con un cuerpo clásico
determinista y un sistema de estados cuánticos anidados en ese cuerpo
clásico y en su cerebro, es enteramente similar a la de los animales. El
hombre es consciente de su propio cuerpo y de su condición de sujeto
hacedor de “su vida” en un sin número de situaciones emocionales que
constituyen su historia personal. Lo que distingue al hombre del animal
es la especificidad psíquica humana diferente de los homínidos: la
emergencia de la razón y de un mundo emocional propio del hombre. La
razón hace que las respuestas al medio ya no sean automáticas, en alguna
manera deterministas (como pasa en el animal), sino que deben estar
“mediadas” por los constructos que la razón produce para dar a su vida
“sentido” (es decir, una adecuación lo más correcta posible al mundo
objetivo en orden a una supervivencia óptima). El hombre se sabe
moralmente responsable de su vida, del “sentido” que le ha dado, y se
pregunta por medio de la razón cuál es la verdad profunda del mundo que
le rodea (desarrolando una compleja tecnología científica para su
control) y cuál es la verdad final, metafísica, del universo en que ha
sido producida la especie humana. El mundo humano –de la “persona”
humana– es el mundo de la cultura, de la estética, de la filosofía, de
la ciencia, de las religiones, de la tecnología… Pero ese mundo humano
se explica como algo que ha sido construido en el cerebro de una forma
cualitativamente distinta e irreductible al comportamiento animal, pero
fundada en unos mecanismos similares a los del cerebro animal producido
evolutivamente.
2) Según esto, es decir, según los resultados del conocimiento
científico sobre la realidad humana, ¿qué es entonces el hombre? Tiene
sentido responder diciendo que el hombre está constituido por dos
dimensiones nacidas de la profunda unidad real de su ser psicobiofísico.
Por una parte distinguimos su “cuerpo” producido por un sistema
clásico-determinista (su ADN, sus interacciones bioquímicas y celulares,
sus sistemas automáticos, los determinismos cerebrales…) y por un
sistema cuántico oscilante-indeterminista que permite su vida psíquica
en tiempo real, indeterminista y holística, y la vida mental de los
recuerdos en el pasado actualizado por la activación de complejas tramas
de redes o circuitos neuronales. El cuerpo biofísico no siempre es el
mismo, ya que se transforma dinámicamente, aunque conserve aquellas
estructuras básicas que permiten su continuidad. Así nuestro cuerpo es
permanente aunque en realidad se transforma. Pero, por otra parte,
distinguimos en el hombre algo distinto que podríamos llamar su “alma”
(podemos, en efecto, admitir libremente este término). Son las
experiencias, los conocimientos, las emociones, las decisiones, los
compromisos vitales y metafísicos, las actitudes, las emociones y los
sentimientos tenidos ante Dios, todo aquello que, en último término,
constituye la historia o biografía personal que cada uno ha construido a
lo largo del tiempo, apoyándose en su propio cuerpo, en sus procesos
psicobiofísicos a lo largo de los años.
Sin esta historia no habría habido, ciertamente, un “alma”: a
saber, el “alma” que el yo personal ha ido dando a su cuerpo a medida
que se ha apropiado de sus posibilidades y se ha construido la propia
biografía. Así, el “alma” de cada uno es la “vida” que ha sido, que es y
que será construida por cada hombre. El alma es intangible en un
momento concreto. En cada tiempo nuestra “alma” está enraizada
biológicamente en nuestro cerebro: en nuestros engramas y circuitos
neurales que nos permiten pensar, tener emociones y recuerdos, ser
conscientes de nuestro propio yo. Pero en su conjunto nuestra dimensión
anímica no se identifica con el cuerpo en un momento dado (pensemos en
un enfermo de Alzheimer). Cuando el cuerpo se desmorona y las redes
neuronales que nos permitían pensar, sentir y ser nosotros mismos, se
desvanecen, al llegar a la vejez, en alguna manera nuestra “alma” se
de-construye en el aquí y ahora. En esta lamentable situación, por el
estado de nuestro cuerpo, tal como solemos comentar en el lenguaje
ordinario, “ya no somos nosotros mismos”. Sin embargo, nuestra alma
intangible ha sido producida por nosotros y ha sido real en nuestro
cuerpo a lo largo de años y años: nuestro cuerpo ha ido dando realidad a
nuestra alma. La historia vivida de nuestro ser personal es algo que
está ahí aunque ya no sea tangible neurológicamente. La historia humana
en su conjunto es también ese algo intangible que ha sido producido por
el alma de muchas vidas humanas. Nuestra alma está ahí, pero también
está ahí el alma de la historia humana.
3) Pero, al morir, ¿qué será de nuestros cuerpos? ¿Qué será del
alma que hemos sabido crear libremente con nuestros cuerpos? ¿Qué será
de nuestra realidad humana? Lo que la ciencia nos dice depende de los
conocimientos producidos por ella y responde con toda objetividad y
frialdad: al morir nos espera simplemente la muerte, la corrupción de
nuestro cuerpo mortal y la desaparición de nuestra alma. El cuerpo se ha
ido ya corrompiendo poco a poco a lo largo de la vida. Nuestra alma
también ha ido pasando por un proceso de desmoronamiento: la enorme
riqueza existencial vivida en nuestra alma, en nuestra vejez, apenas se
recuerda, y ni siquiera existen las redes neurales que soporten el
recuerdo de los conocimientos y las emociones vividas. Llegamos a un
estado en que ni nosotros mismos nos recordamos. Los otros hombres
apenas nos recordarán. De la historia real vivida por la especie humana,
apenas quedará un recuerdo que sea capaz de hacer revivir la verdadera
grandeza de lo que fue la historia de los hombres. Esto es lo que nos
cabe esperar de acuerdo con el mundo natural que ha sido creado por Dios
y que conocemos por la ciencia.
4) Entonces, al morir, ¿todo desaparece? Eso es exactamente lo que
dice la ciencia. Apenas quedará el tenue recuerdo que las nuevas
generaciones tengan de la historia pasada. Por consiguiente, la ciencia y
la cultura de la modernidad, ¿no conoce una entidad humana inmortal por
sí misma? ¿No descubre en la realidad humana algo que de por sí deba
obligarnos a pensar que el hombre es inmortal? La respuesta es que la
ciencia no descubre ninguna entidad a la que podamos atribuir la
inmortalidad (eso de que nuestra inmortalidad es el recuerdo que dejamos
en os demás no pasa de ser un consuelo ingenuo e infantil). La ciencia
no tiene argumentos para afirmar la existencia de una entidad similar a
lo que fueron las formas platónicas o aristotélicas, a las que por su
propia naturaleza, por su propia ontología, se les debía atribuir la
inmortalidad, la permanencia más allá de la muerte. Así, el “alma” que
la ciencia puede reconocer que el hombre ha construido a lo largo de su
vida, no será un “alma inmortal”, ya que desaparecerá por el dinamismo
evolutivo del mundo. La vida nos permite construir algo grandioso que es
el “alma”, la formidable historia personal de todo ser humano: pero la
vida que conoce la ciencia en el contexto del universo evolutivo que
habitamos no tiene otro futuro que la muerte y el olvido. Así es
objetivamente y la ciencia debe reconocerlo sin titubeos.
La inmortalidad cristiana del alma desde el nuevo paradigma
1) Por consiguiente, la ciencia no conoce una entidad que por su
propia ontología fuera “inmortal” (como era el alma aristotélica
entendida en el sistema tomista). El hombre, en su cuerpo y en su alma,
está naturalmente abocado a la muerte y al olvido. ¿Es esta manera de
pensar aceptable para el cristianismo? Es claro que el kerigma cristiano
contiene la creencia en la inmortalidad del “alma” humana. Parece, por
tanto, existir, en principio, una cierta contradicción entre el nuevo
paradigma de la ciencia en la modernidad y las creencias más propias del
cristianismo. ¿Es realmente así?
2) Ciertamente esta contradicción existiría si la inmortalidad del
alma en sentido cristiano debiera depender de, o se fundara en
argumentos científico-filosóficos que conocieran una inmortalidad
natural. Pero no es así. La creencia cristiana en la inmortalidad del
alma no se funda en la filosofía sino en el reconocimiento de la
existencia de una “llamada” de Dios. El hombre natural, dentro del
proceso evolutivo del mundo, como describe la ciencia en función de las
evidencias objetivas, ve cómo emerge la razón, así como el
cuestionamiento cognitivo y emotivo-sentimental sobre el sentido de la
vida y de lo metafísico. Por su pura naturaleza en el mundo, el hombre
sólo puede esperar la muerte en el sentido explicado. Pero está ya
abierto por su razón a la búsqueda del sentido último de su existencia
por el cuestionamiento de la dimensión metafísica fundante de la
realidad. Y esta apertura racional a lo metafísico sí está justificada y
argumentada en la descripción científico-filosófica del hombre en el
mundo. Por ello el hombre natural tiene las condiciones psíquicas,
ratio-emotivas, para plantearse el problema de lo metafísico (como en
realidad sucede) y para ser objeto personal de una posible apelación
divina. Pues bien, la fe cristiana nos dice que este hombre natural ha
sido ya desde siempre objeto de una llamada sobrenatural o apelación
divina a creer y aceptar la existencia de un Dios que ha creado el
universo como proyecto de salvación del hombre. De salvación del alma
humana individual y de salvación de la historia. El hombre natural está
preparado para recibir esta apelación, para aceptarla e integrarse en
ella con fe y esperanza, o para rechazarla. Es una llamada que la
teología cristiana ha entendido siempre como “sobrenatural”, en el
sentido de que el hombre “natural” situado en el mundo (ya hemos visto
cómo lo describe la ciencia y qué se puede esperar) no cuenta con esa
“llamada” (podría no darse) y no puede ser exigida en ningún sentido
natural.
Entre las propiedades de la actividad psíquica (experiencia
holística e indeterminación) y las propiedades de los sistemas cuánticos
(coherencia, superposición, indeterminación y acción-a-distancia)
existiría un cierto paralelismo que sugeriría la atribución causal del
psiquismo a un “soporte cuántico” generado en la evolución. Por ello,
los seres vivos estarían producidos mediante el equilibrio entre dos
sistemas físicos complementarios; el sistema clásico-determinista de
nuestros cuerpos y el sistema cuántico, entreverado en el cuerpo
clásico, que constituiría el verdadero “soporte físico” de la actividad
psíquica del mundo animal. En este sentido, el sistema nervioso-cerebral
sería el soporte en que los seres vivos han ido produciendo en tiempo
real las sensaciones-conscientes y en el que las han registrado para
reactualizarlas como un “pasado recordado” (Edelman) que sigue influyendo en sus respuestas adaptativas al medio.
El hombre en el proceso evolutivo: el “alma” humana
1) Desde un punto de vista científico la aparición del hombre se
ve hoy como un paso más en el proceso evolutivo continuo de la vida
animal. En concreto un paso más allá en la evolución de los homínidos.
El hombre es un sistema de sensaciones, integradas en la conciencia
unitaria, que, como sujeto psíquico, responde al medio de manera similar
a como responden los animales superiores. Su mundo sensitivo-emotivo y
sus respuestas son registradas en su cerebro, de tal manera que el
hombre construye su propia historia, su propio yo biográfico. La
estructura biológica funcional humana, con un cuerpo clásico
determinista y un sistema de estados cuánticos anidados en ese cuerpo
clásico y en su cerebro, es enteramente similar a la de los animales. El
hombre es consciente de su propio cuerpo y de su condición de sujeto
hacedor de “su vida” en un sin número de situaciones emocionales que
constituyen su historia personal. Lo que distingue al hombre del animal
es la especificidad psíquica humana diferente de los homínidos: la
emergencia de la razón y de un mundo emocional propio del hombre. La
razón hace que las respuestas al medio ya no sean automáticas, en alguna
manera deterministas (como pasa en el animal), sino que deben estar
“mediadas” por los constructos que la razón produce para dar a su vida
“sentido” (es decir, una adecuación lo más correcta posible al mundo
objetivo en orden a una supervivencia óptima). El hombre se sabe
moralmente responsable de su vida, del “sentido” que le ha dado, y se
pregunta por medio de la razón cuál es la verdad profunda del mundo que
le rodea (desarrolando una compleja tecnología científica para su
control) y cuál es la verdad final, metafísica, del universo en que ha
sido producida la especie humana. El mundo humano –de la “persona”
humana– es el mundo de la cultura, de la estética, de la filosofía, de
la ciencia, de las religiones, de la tecnología… Pero ese mundo humano
se explica como algo que ha sido construido en el cerebro de una forma
cualitativamente distinta e irreductible al comportamiento animal, pero
fundada en unos mecanismos similares a los del cerebro animal producido
evolutivamente.
2) Según esto, es decir, según los resultados del conocimiento
científico sobre la realidad humana, ¿qué es entonces el hombre? Tiene
sentido responder diciendo que el hombre está constituido por dos
dimensiones nacidas de la profunda unidad real de su ser psicobiofísico.
Por una parte distinguimos su “cuerpo” producido por un sistema
clásico-determinista (su ADN, sus interacciones bioquímicas y celulares,
sus sistemas automáticos, los determinismos cerebrales…) y por un
sistema cuántico oscilante-indeterminista que permite su vida psíquica
en tiempo real, indeterminista y holística, y la vida mental de los
recuerdos en el pasado actualizado por la activación de complejas tramas
de redes o circuitos neuronales. El cuerpo biofísico no siempre es el
mismo, ya que se transforma dinámicamente, aunque conserve aquellas
estructuras básicas que permiten su continuidad. Así nuestro cuerpo es
permanente aunque en realidad se transforma. Pero, por otra parte,
distinguimos en el hombre algo distinto que podríamos llamar su “alma”
(podemos, en efecto, admitir libremente este término). Son las
experiencias, los conocimientos, las emociones, las decisiones, los
compromisos vitales y metafísicos, las actitudes, las emociones y los
sentimientos tenidos ante Dios, todo aquello que, en último término,
constituye la historia o biografía personal que cada uno ha construido a
lo largo del tiempo, apoyándose en su propio cuerpo, en sus procesos
psicobiofísicos a lo largo de los años.
Sin esta historia no habría habido, ciertamente, un “alma”: a
saber, el “alma” que el yo personal ha ido dando a su cuerpo a medida
que se ha apropiado de sus posibilidades y se ha construido la propia
biografía. Así, el “alma” de cada uno es la “vida” que ha sido, que es y
que será construida por cada hombre. El alma es intangible en un
momento concreto. En cada tiempo nuestra “alma” está enraizada
biológicamente en nuestro cerebro: en nuestros engramas y circuitos
neurales que nos permiten pensar, tener emociones y recuerdos, ser
conscientes de nuestro propio yo. Pero en su conjunto nuestra dimensión
anímica no se identifica con el cuerpo en un momento dado (pensemos en
un enfermo de Alzheimer). Cuando el cuerpo se desmorona y las redes
neuronales que nos permitían pensar, sentir y ser nosotros mismos, se
desvanecen, al llegar a la vejez, en alguna manera nuestra “alma” se
de-construye en el aquí y ahora. En esta lamentable situación, por el
estado de nuestro cuerpo, tal como solemos comentar en el lenguaje
ordinario, “ya no somos nosotros mismos”. Sin embargo, nuestra alma
intangible ha sido producida por nosotros y ha sido real en nuestro
cuerpo a lo largo de años y años: nuestro cuerpo ha ido dando realidad a
nuestra alma. La historia vivida de nuestro ser personal es algo que
está ahí aunque ya no sea tangible neurológicamente. La historia humana
en su conjunto es también ese algo intangible que ha sido producido por
el alma de muchas vidas humanas. Nuestra alma está ahí, pero también
está ahí el alma de la historia humana.
3) Pero, al morir, ¿qué será de nuestros cuerpos? ¿Qué será del
alma que hemos sabido crear libremente con nuestros cuerpos? ¿Qué será
de nuestra realidad humana? Lo que la ciencia nos dice depende de los
conocimientos producidos por ella y responde con toda objetividad y
frialdad: al morir nos espera simplemente la muerte, la corrupción de
nuestro cuerpo mortal y la desaparición de nuestra alma. El cuerpo se ha
ido ya corrompiendo poco a poco a lo largo de la vida. Nuestra alma
también ha ido pasando por un proceso de desmoronamiento: la enorme
riqueza existencial vivida en nuestra alma, en nuestra vejez, apenas se
recuerda, y ni siquiera existen las redes neurales que soporten el
recuerdo de los conocimientos y las emociones vividas. Llegamos a un
estado en que ni nosotros mismos nos recordamos. Los otros hombres
apenas nos recordarán. De la historia real vivida por la especie humana,
apenas quedará un recuerdo que sea capaz de hacer revivir la verdadera
grandeza de lo que fue la historia de los hombres. Esto es lo que nos
cabe esperar de acuerdo con el mundo natural que ha sido creado por Dios
y que conocemos por la ciencia.
4) Entonces, al morir, ¿todo desaparece? Eso es exactamente lo que
dice la ciencia. Apenas quedará el tenue recuerdo que las nuevas
generaciones tengan de la historia pasada. Por consiguiente, la ciencia y
la cultura de la modernidad, ¿no conoce una entidad humana inmortal por
sí misma? ¿No descubre en la realidad humana algo que de por sí deba
obligarnos a pensar que el hombre es inmortal? La respuesta es que la
ciencia no descubre ninguna entidad a la que podamos atribuir la
inmortalidad (eso de que nuestra inmortalidad es el recuerdo que dejamos
en os demás no pasa de ser un consuelo ingenuo e infantil). La ciencia
no tiene argumentos para afirmar la existencia de una entidad similar a
lo que fueron las formas platónicas o aristotélicas, a las que por su
propia naturaleza, por su propia ontología, se les debía atribuir la
inmortalidad, la permanencia más allá de la muerte. Así, el “alma” que
la ciencia puede reconocer que el hombre ha construido a lo largo de su
vida, no será un “alma inmortal”, ya que desaparecerá por el dinamismo
evolutivo del mundo. La vida nos permite construir algo grandioso que es
el “alma”, la formidable historia personal de todo ser humano: pero la
vida que conoce la ciencia en el contexto del universo evolutivo que
habitamos no tiene otro futuro que la muerte y el olvido. Así es
objetivamente y la ciencia debe reconocerlo sin titubeos.
La inmortalidad cristiana del alma desde el nuevo paradigma
1) Por consiguiente, la ciencia no conoce una entidad que por su
propia ontología fuera “inmortal” (como era el alma aristotélica
entendida en el sistema tomista). El hombre, en su cuerpo y en su alma,
está naturalmente abocado a la muerte y al olvido. ¿Es esta manera de
pensar aceptable para el cristianismo? Es claro que el kerigma cristiano
contiene la creencia en la inmortalidad del “alma” humana. Parece, por
tanto, existir, en principio, una cierta contradicción entre el nuevo
paradigma de la ciencia en la modernidad y las creencias más propias del
cristianismo. ¿Es realmente así?
2) Ciertamente esta contradicción existiría si la inmortalidad del
alma en sentido cristiano debiera depender de, o se fundara en
argumentos científico-filosóficos que conocieran una inmortalidad
natural. Pero no es así. La creencia cristiana en la inmortalidad del
alma no se funda en la filosofía sino en el reconocimiento de la
existencia de una “llamada” de Dios. El hombre natural, dentro del
proceso evolutivo del mundo, como describe la ciencia en función de las
evidencias objetivas, ve cómo emerge la razón, así como el
cuestionamiento cognitivo y emotivo-sentimental sobre el sentido de la
vida y de lo metafísico. Por su pura naturaleza en el mundo, el hombre
sólo puede esperar la muerte en el sentido explicado. Pero está ya
abierto por su razón a la búsqueda del sentido último de su existencia
por el cuestionamiento de la dimensión metafísica fundante de la
realidad. Y esta apertura racional a lo metafísico sí está justificada y
argumentada en la descripción científico-filosófica del hombre en el
mundo. Por ello el hombre natural tiene las condiciones psíquicas,
ratio-emotivas, para plantearse el problema de lo metafísico (como en
realidad sucede) y para ser objeto personal de una posible apelación
divina. Pues bien, la fe cristiana nos dice que este hombre natural ha
sido ya desde siempre objeto de una llamada sobrenatural o apelación
divina a creer y aceptar la existencia de un Dios que ha creado el
universo como proyecto de salvación del hombre. De salvación del alma
humana individual y de salvación de la historia. El hombre natural está
preparado para recibir esta apelación, para aceptarla e integrarse en
ella con fe y esperanza, o para rechazarla. Es una llamada que la
teología cristiana ha entendido siempre como “sobrenatural”, en el
sentido de que el hombre “natural” situado en el mundo (ya hemos visto
cómo lo describe la ciencia y qué se puede esperar) no cuenta con esa
“llamada” (podría no darse) y no puede ser exigida en ningún sentido
natural.
3) El reconocimiento de la existencia de esta llamada o apelación
divina forma parte del kerigma cristiano y ha sido explicada a través de
la teología de los tres testimonios, o del “testimonium veritatis”.
¿Cómo llama Dios al hombre? La obra del Padre, la obra de Dios en la
Creación, es ya una llamada a la razón del hombre a conocer la posible
existencia real de un Dios que podría esconder un proyecto de salvación
(testimonio del Padre). El hombre, además, es llamado por el Misterio de
Cristo a creer en la kénosis de Dios en el mundo como preludio de la
resurrección gloriosa, creencia a la que tiene acceso implícito todo
hombre al creer en el poder salvador de Dios, a pesar de su lejanía y de
su silencio en el mundo (testimonio del Hijo). Por último, todo hombre
es objeto de la presencia sobrenatural del Espíritu de Dios, del
Espíritu Santo, que llama interiormente y nos mueve a creer en el Dios
Creador y en el Dios del Misterio de Cristo, oculto/liberador, ya que el
Espíritu Paráclito es el Espíritu del Padre y el Espíritu del Hijo,
dentro de la unidad solidaria de la obra trinitaria en la creación y en
la salvación del hombre. Este “testimonio” ha sido expuesto a lo largo
de mi obra Hacia el Nuevo Concilio.
4) Por tanto, ¿quién es el hombre en el mundo? Es el que describe
la ciencia: el hombre que por su propia naturaleza en un universo
evolutivo no tiene otro futuro previsible que la muerte y el olvido.
Pero cuando este hombre natural recibe de una forma sobrenatural el
testimonio trinitario, armónico y solidario, del Padre, del Hijo y del
Espíritu, puede abrirse a la fe y a la esperanza de que su “alma” será
“salvada” por Dios. Pero no sólo su alma, sino el “alma” de toda la
historia humana. En este sentido su alma no morirá porque, aun
atravesando el inevitable trance natural de la muerte, será “salvada”
por Dios de acuerdo con el plan creador que adquiere su sentido en el
eterno logos cristológico de la creación. Por ello, para el cristiano,
la vida natural no desaparece, sino que se transforma por obra de la
potencia salvadora de Dios. En este sentido el alma humana es inmortal,
no muere en realidad (aunque muera) porque la vida se transforma en la
nueva vida del “alma” salvada por Dios. Esto quiere decir que para la fe
cristiana el fundamento para creer en la inmortalidad del alma es la
respuesta creyente a la llamada de Dios que se proclama en el kerigma
cristiano. Sabemos que somos inmortales, que en realidad no moriremos,
porque nuestra alma se transformará en una vida nueva obrada por el
poder “omnipotente” del mismo Dios creador del universo.
5) Quizá a alguien le parecerá que afirmar la existencia de un
“alma inmortal” por su propia ontología, conocida ya por la razón y que
la ciencia pudiera confirmar, sería mucho más “seguro”. Esto es lo que
hacía el paradigma antiguo. Pero debemos pensar que el mundo real, el
mundo creado por Dios, es como nuestra razón nos permite conocer en la
actualidad. Y el hecho es que la reflexión científico-filosófica no nos
permite argumentar la existencia de un “alma inmortal” por su propia
ontología. Debemos aceptarlo y, por ello, entender el kerigma cristiano
en conformidad con las propiedades del mundo real, tal como ha sido
creado por Dios y la ciencia nos describe. Esto es lo que significa
entenderlo de acuerdo con el paradigma de la modernidad. Pero entonces,
¿imposibilita este paradigma la creencia cristiana en la inmortalidad
del alma, tal como proclama el kerigma cristiano? En absoluto. El
cristiano cree en la inmortalidad de su alma y del alma de la historia
a) porque ha sido llamado por Dios a esa inmortalidad y lo acepta y b)
porque confía en la potencia salvadora del Dios todopoderoso que ha
creado el universo y lo sostiene en el ser. Ahora bien, ¿cómo realizará
Dios la salvación del alma haciéndola entrar en su condición “inmortal”
por gracia divina? No lo sabemos, pero la fe cristiana que se adhiere a
Jesús en el kerigma proclamado por la iglesia, lo cree: la fe confía en
la omnipotencia divina que se ha manifestado ya en el esplendor de la
naturaleza creada.
Tampoco el paradigma antiguo podía explicar cómo Dios asumía en la
inmortalidad transcendente el alma inmortal que se describía en los
sistemas escolásticos. Durante siglos, la escolástica trató de entender
cómo un alma, la “forma corporis” desmaterializada, universal, podía
hacer entrar en la inmortalidad al “individuo personal”. Los problemas
conceptuales de la llamada “escatología intermedia” fueron
interminables, y en el fondo insolubles. En último término se recurría
también a la postulación del poder salvador de Dios para explicar cómo y
por qué el ser personal del hombre era salvado tras la muerte. Pues
bien, la postulación del poder salvador de Dios es también, en el
paradigma de la modernidad, el fundamento para creer que el alma humana
entra en la inmortalidad. No sabemos cómo Dios crea el universo y ni
siquiera conocemos la ontología profunda del ser de Dios; no conocemos
lo que es el universo, ni la ontología profunda de la materia, del
espacio y del tiempo, ni su relación con la ontología de la Divinidad; y
tampoco conocemos cómo Dios puede hacer “inmortal” nuestra “alma”
individual con la riqueza de su historia personal construida en el
tiempo. Pero el estar llamados por Dios por el testimonio del Padre, del
Hijo y del Espíritu fundamenta nuestra fe y nuestra esperanza en la
inmortalidad que será realizada por la omnipotencia salvadora del Dios
en que los cristianos creemos. Es un hecho que el hombre quisiera vivir
en la absoluta seguridad, dominando por el conocimiento el pasado, el
presente y el futuro del universo. Pero debemos atenernos a los hechos y
estos imponen la incertidumbre. El ateo vive en la incertidumbre sobre
el fundamento final del universo. El creyente tampoco tiene un dominio
absoluto sobre el conocimiento de Dios. Pero el creyente confía en el
poder de Dios y por ello cree en que Dios obrará la salvación de su alma
porque nos ha llamado y nos ha prometido la salvación en Jesús.
6) Esta idea de la inmortalidad del alma permite entender también
otros aspectos del kerigma cristiano. Por una parte, la creencia en la
inmortalidad personal inmediata tras la muerte y el juicio personal. Por
otra parte, la creencia en la resurrección final de los cuerpos y el
Juicio Final en que Dios juzgara a cada uno y a la historia en su
conjunto. Tras la Parusía, con la segunda venida de Cristo, aquellos que
hayan sido salvados por la omnipotencia divina, tras la resurrección
final dfe los cuerpos, entrarán en la Nueva Jerusalén, en la morada
final de Dios con los hombres de que nos habla el Apocalipsis, como
rezan las creencias proclamadas en el kerigma cristiano. ¿Cómo se
realizará todo esto? La verdad es que la fe cristiana está llena de
oscuridad. En la fe se aceptan cosas que no atisbamos a entender cómo
podrán llegar a hacerse realidad por obra de la omnipotencia divina,
aunque se crea firmemente que sucederán. Sabemos por experiencia cómo es
el tiempo del mundo, pero no sabemos cómo es el “tiempo” de Dios. No
conocemos las diferencias entre el “más acá” de nuestra historia y el
“más allá” de la vida divina transcendente. Por ello, es dificil
entender qué serán esos extraños “estados intermedios” entre la
salvación y el juicio individual, tras la muerte, y la resurrección en
el día del Juicio Final al final de la historia (y aquí hablamos, claro
está, de la “historia” en nuestro “tiempo humano”).
7) La hermenéutica que la teología cristiana hizo del kerigma
cristiano dependió en muchos aspectos de la ontología y de la
antropología del paradigma greco-romano. Es claro en muchos de los
conceptos utilizados para “aclarar” la teología trinitaria y los grandes
dogmas cristológicos (acerca de la persona de Cristo), tal como se
formularon en los primeros concilios. Pero, al situarse el cristianismo
en el paradigma de la modernidad, que implica una nueva ontología sobre
el universo creado por Dios y una nueva antropología (por ejemplo, un
nuevo entendimiento o hermenéutica de la inmortalidad del “alma humana”,
como hemos visto), entonces la teología deberá examinar la forma de
“afinar” la dogmática tradicional. Es inevitable que el paradigma de la
modernidad abra para la teología un programa de estudio de gran
transcendencia. Si nos ceñimos a la antropología (a la forma de entender
la naturaleza humana, su dimensión corporal y anímica, así como la
inmortalidad del alma) lo que hemos venido diciendo es perfectamente
compatible con la liturgia católica de difuntos, con la dogmática sobre
la Asunción de la Virgen o con los principios de la dogmática
cristológica. Es claro que muchos conceptos antiguos (vg. el de
“persona”, esencial en la teología trinitaria y cristológica) podrán ser
asumidos. Así también otros muchos. Pero en todo caso es claro que la
teología deberá revisar muchos de sus enfoques hermenéuticos antiguos a
la luz de la nueva ontología en el paradigma de la modernidad. Esta
revisión será laboriosa, ciertamente, pero posible e inevitable. La
elaboración de la teología antigua, bajo la inspiración del paradigma
greco-romano, también duró muchos siglos, en realidad hasta la
actualidad. Hemos visto aquí, en concreto, cómo la ontología del nuevo
paradigma conduce a una nueva forma de entender la inmortalidad del alma
en sentido cristiano.
Conclusión
1) Pero pensemos algo más desde el punto de vista cristiano; o
sea, desde la teología católica. El universo, el hombre y el plan de
salvación, han sido creados por Dios como pura Gracia. Dios ha creado
por Gracia, como un Don de su libre voluntad. Pero los hechos (nuestro
conocimiento del universo real creado por Dios, tal como lo vemos desde
la cultura de la modernidad) nos dicen que Dios ha creado un mundo
autónomo. Es un universo donde el hombre racional, abierto a lo
metafísico como enigma, puede conjeturar la existencia de Dios, pero
puede conjeturar también que el universo fuera puramente mundano, sin
Dios. Así, sobre el hombre “natural” no pesa la “imposición” necesaria
de la realidad divina. Vive en un universo metafísicamente enigmático y
autónomo que no excluye tener una explicación final sin Dios. Así ha
querido Dios crear el universo. Por ello el hombre, por su condición
natural, aunque construya una historia personal, un “alma” formidable,
no puede esperar con seguridad más que la muerte y el olvido, como antes
decíamos. Dios, por Gracia, ha creado un mundo autónomo donde el hombre
“natural” no puede exigir a Dios. Sin embargo, a ese hombre situado en
una historia natural Dios le ha llamado por una irrupción “sobrenatural”
(que la historia evolutiva del mundo natural no puede esperar, producir
ni exigir). Esta llamada se manifiesta por la concordancia entre el
testimonio del Padre (la naturaleza creada), del Hijo (el Misterio de
Cristo que nos dice que el mundo natural creado lo ha sido en el logos
cristológico que funda la autonomía y la libertad de la historia humana)
y del Espíritu Santo (la fuerza interior del Espíritu en el ‘espíritu’
del hombre). Hacemos estas observaciones para que se advierta que la
imagen del hombre que la ciencia nos describe en la modernidad, no sólo
permite entender de una forma nueva y más profunda la inmortalidad del
alma en la teología cristiana, sino que también permite profundizar en
otros temas clásicos del kerigma y de la dogmática cristiana, como son
la teología de la Gracia y la distinción entre lo “natural” y lo
“sobrenatural”, estrechamente relacionada con ella, así como con la
teología cristiana del demérito sobrenatural (pecado) y el mérito
sobrenatural (santidad).
2) Esta manera de entender la inmortalidad del alma en sentido
cristiano –como una consecuencia de nuestro conocimiento de cómo ha
creado Dios el mundo– debe llevarnos a considerar que esta llamada
profunda de Dios que nos interpela en el interior de nuestro espíritu de
forma sobrenatural, no delimitable como cualquier otro factor natural
controlable objetivamente, acompaña desde siempre a la especie humana y
no es algo que pueda darse o no darse. El kerigma cristiano nos dice que
Dios se ha donado desde siempre a todos, a cada uno de los hombres, de
tal manera que está llamada sobrenatural forma parte de nuestra
condición de creaturas en el mundo (no sólo afectados por factores
naturales, sino también sobrenaturales). Por ello, se puede decir en
cristiano que esta presencia sobrenatural de Dios ha sido un factor real
que ha influido sin duda en la evolución de nuestra especie,
civilizando al hombre por la llamada interior que de manera
imperceptible pero constante ha movido al hombre a sentir el enigma
metafísico de la existencia y a comprometerse ante él. La presencia de
Dios como Espíritu en la historia es “sobrenatural”, ciertamente, pero
“real”, aunque no pueda ser fijada como un hecho natural como los otros.
Sin duda, y así lo cree el cristianismo, Dios produce una experiencia
real que se ha denominado “mística” o misteriosa. Esta presencia de Dios
en el alma humana es esencial para entender la idea cristiana de “alma
espiritual”. Como hemos dicho, el hombre construye su alma, su propia
biografía e historia personal, en el curso de su vida natural. Pero el
hombre natural que ha construido su propia alma es apelado por la
llamada interior del Espíritu de Dios en su alma natural: por esta
presencia entra el alma natural en la dimensión de lo divino y se
constituye en el “alma espiritual”, afectada por lo divino y llamada a
la transcendencia. Esta llamada de Dios afecta a todo hombre desde
siempre y constituye nuestro ser humano. Es una presencia de lo divino
que siempre ha estado en el hombre y que, por ser algo real aunque no
sea detectable como un factor meramente natural, ha influido en el
proceso abierto de hominización, humanización y “civilización” de la
especie humana por su apertura a la transcendencia.
3) No me cabe duda de que la idea del hombre dualista ha calado
profundamente en la manera de pensar de muchos teólogos, y, por
descontado, en la sensibilidad de los creyentes cristianos populares.
Incluso hoy en día, en que la misma iglesia ha hecho una “adaptación ad
hoc” en este punto y no urge el dualismo como en otros tiempos, el
dualismo sigue ahí y es como un punto crucial del que muchos no acaban
de salir. Lo que los científicos piensan acerca de la idea que los
creyentes tienen sobre el hombre se enmarca también en el dualismo. Es
lo que yo he visto con frecuencia. Mi experiencia personal me ha hecho
ver además cómo en ciertos ambientes católicos, todavía hoy, el
defender, por ejemplo, el emergentismo como idea científico-filosófica
del hombre más probable significa que de inmediato eres puesto bajo
sospecha y eres marginado (se pone en cuestión incorrectamente tu
ortodoxia cristiana, aunque no se atrevan a decírtelo abiertamente). Sin
embargo, la doctrina teológica esencial del cristianismo sobre el
hombre no es necesariamente dualista (aunque lo fue durante siglos). Lo
que en absoluto debe salvaguardarse para mantenernos dentro de la idea
del hombre en la fe cristiana es perfectamente compatible con la imagen
actual del hombre en la ciencia. A esta cuestión me referiré más
extensamente en un próximo artículo.
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