La nueva ciencia comienza a explicar por qué el universo físico produce la conciencia
JAVIER MONSERRAT
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La profundización en la física holística abre nuevas perspectivas.
La profundización en la nueva física holística ha permitido abrir
nuevas perspectivas de explicación del ser humano. Se comienza a
entender cómo y por qué el mundo físico puede constituir un “soporte
físico” adecuado para nuestra “psique” y nuestra actividad psíquica,
completamente compatible con una imagen humanista de nuestra especie
(que incluye la subjetividad y el orden social). Dicho soporte físico
sería no sólo clásico (reducción que nos mantendría en el determinismo
robótico), sino también cuántico (lo que implica a la experiencia
campal e indeterminista del psiquismo animal y humano).
El supuesto general de principio en que se mueve la explicación
científica del universo, y todos sus contenidos producidos
evolutivamente, es el monismo. ¿Qué significa “monismo”? Quiere
simplemente decir que el universo y todos sus estados o procesos
evolutivos han surgido de aquel substrato o constituyente esencial que
constituye la materia, el universo, la vida y el hombre. Ahora bien,
¿qué es este substrato, cómo deberíamos entenderlo? ¿Qué es la materia y
qué la constituye primordialmente?
La verdad es que la
ciencia todavía no ha podido decirnos la última palabra. Sabemos muchas
cosas de la materia, pero todavía no hemos llegado a su conocimiento
final, definitivo. En este artículo hacemos una adaptación para Tendencias21 de las Religiones de otro artículo similar aparecido en la Revista Cuenta y Razón, en el número 34, primavera 2015.
Desde este supuesto monista general de la ciencia, las neurociencias
actuales consideran que las células como vivientes unicelulares y los
sistemas nerviosos en organismos pluricelulares han sido producidos
desde el mundo físico.
Es decir, son una evolución
estructural (o sistémica) del mundo físico. Es posible, y así debe
admitirse de acuerdo con las evidencias empíricas, que la aparición de
nuevas estructuras o sistemas haya hecho emerger modos de ser real
distintos al mundo físico, con leyes orgánicas y funcionales no
aplicables a otras formas del mundo físico (por esto suele decirse que
la epistemología de la biología es distinta de la epistemología de la
física).
Pero el emergentismo es siempre conciliable con el
monismo evolutivo y entiende que la vida, la sensibilidad-conciencia,
la vida psíquica y la mente animal y humana, en último término, son una
consecuencia evolutiva congruente con el substrato primordial del
universo, o, si se quiere, de la materia. Por ello, el estudio
científico de las neuronas y su producción de la sensibilidad-conciencia
y de la vida psíquica (neurociencia) debe estar referido a las
propiedades primordiales del mundo físico. De ahí que la neurociencia
dependa de nuestra imagen física del universo [1].
La unidad psico-bio-física de los organismos vivientes
Los organismos vivientes son siempre entidades que presentan una
unidad psico-bio-física que constamos en nuestra experiencia fenoménica.
Por consiguiente, ¿cuál es el soporte físico que hace inteligible la
ontología unitaria psico-bio-física que surge evolutivamente y que
constatamos en nuestra experiencia fenomenológica?
Esta es,
en último término, todavía hoy, la cuestión científica (y filosófica)
fundamental de las ciencias humanas. Que el psiquismo animal y humano ha
surgido desde dentro del universo bio-físico es una evidencia empírica
que no puede negarse. Y la ciencia debe hallar las causas que hacen
inteligible que el mundo psíquico se haya producido de hecho.
La importancia de esta cuestión depende, como decía, de la hipótesis
monista acerca del proceso evolutivo; hipótesis que responde a la
expectativa general de la explicación científica del mundo. Desde el big bang,
durante miles de millones de años, sólo existió un puro universo
físico. De esa realidad física debió de haberse producido primero el
tránsito a la génesis de la estructura mecánica de la vida (aminoácidos,
ADN, proteínas, reduplicación, etc.)
Pero dentro de ese
mecanicismo germinal de la vida debe postularse también, en principio,
la emergencia primero de la sensibilidad biofísica (que quizá se produjo
en un cierto momento de la evolución unicelular) y, más adelante, ya
dentro de la complejidad de los organismos pluricelulares avanzados, la
aparición de un sujeto psíquico y de la conciencia animal. Por tanto, la
evolución que había nacido del puro mundo físico, a través de los
sistemas bio-físicos, debió entonces de entrar en el mundo psíquico, o
mejor, en el mundo psico-bio-físico.
¿Existe alguna
alternativa científica a este supuesto de principio? Por lo tanto, se
trata de una hipótesis científica esencial para la unidad armónica de
nuestra comprensión del universo: la ontología primordial del mundo
físico debe ofrecer una explicación suficiente del proceso evolutivo
posterior que conduce a la emergencia del hecho real del psiquismo (la
conciencia), con las propiedades fenomenológicas que de hecho presenta.
Es decir, a la aparición de los seres vivos con las propiedades
fenomenológicas propias de los animales y del psiquismo humano.
Volviendo, una vez más, a la pregunta anterior, ¿cómo entender que el
mundo físico haya producido evolutivamente la ontología psico-bio-física
que soporta la existencia real del psiquismo animal y humano? La
respuesta, obviamente, depende de la imagen que las ciencias físicas
ofrecen de la realidad física.
Si las ciencias físicas no
fueran capaces de dar una explicación congruente de la aparición del
mundo psíquico, entonces se debería recurrir obviamente a otras
hipótesis explicativas (vg. a los dualismos u otras). Pero, de
principio, la ciencia se mueve siempre en el supuesto aludido.
La imagen de la materia, ¿explica la vida psíquica?
Por consiguiente, la posición de principio, a saber, que lo psíquico
debe de emerger de las propiedades ontológicas germinales de lo físico,
depende de la imagen del mundo físico que la ciencia nos propone. Esta
imagen fue durante muchos siglos reduccionista y no era fácil
entender cómo del mundo físico pudiera hacer emerger lo psíquico. El
mecanicismo-determinista entró entonces en conflicto con el humanismo.
Sin embargo, en los dos últimos tercios del siglo XX fue apareciendo,
desde la mecánica cuántica, una imagen nueva del mundo físico que,
incluyendo lo mecanoclásico, abría las perspectivas de lo que se ha
llamado la Nueva Ciencia. La Nueva Física debía hacer más fácil
concebir en qué podrían consistir los fundamentos físicos que hicieron
nacer lo psíquico en el proceso evolutivo. Por tanto, ¿la imagen de la
materia en la ciencia, ¿explica la vida psíquica?
a) Si decimos que la ciencia debe explicar (explicans)
aquellas propiedades fenomenológicas del psiquismo que constatamos como
evidencia empírica, debemos describirlas explícitamente. Así, la fenomenología científica (no la de Husserl) es una disciplina básica independiente que describe lo que debemos explicar científicamente (explicar, predecir e intervenir, según sus causas). Brevemente, en síntesis, decimos que el explicandum de las ciencias humanas (lo que debe ser explicado) presenta, entre otras, dos propiedades fenomenológicas a las que debemos referirnos.
Estas dos propiedades, especialmente la experiencia campal, han hecho
que la psicología cognitiva y la neurología se hayan escindido en dos
escuelas diferenciadas: el estructuralismo y la teoría de la percepción
directa. Estas propiedades son dos: primero, la experiencia campal u
holística (la unidad campal de la conciencia en la experiencia
somato-perceptiva que nos hace sentir la unidad campal holística de
nuestro cuerpo, o también la experiencia de inmersión en los patrones de
luz objetivos descritos en la fenomenología de percepción directa de
James J. Gibson) y, segundo, la experiencia de indeterminación (la
flexibilidad de las respuestas animales y la experiencia de libertad
propia del hombre en su contexto social) [2].
b) El supuesto de que el mundo físico es el soporte ontológico radical del que emergen
la vida y la sensación-percepción-conciencia nos remite a la ciencia
física. Esta debe decirnos qué es el mundo físico y, en consecuencia,
hacer inteligible que la materia, según sus propiedades ontológicas,
haya causado la producción evolutiva del psiquismo (su holismo y su
indeterminación). Durante muchos años (y todavía actualmente para
muchos) la ciencia (y un cierto tipo de filosofía consecuente) han reducido de hecho la comprensión del mundo físico a la imagen de la mecánica clásica (un mundo determinista diferenciado en entidades independientes, ciegas, unidas sólo por interacciones mecánicas).
Sólo desde esta imagen reducida han abordado la explicación del psiquismo. El resultado ha sido el reduccionismo
(como se ve, por ejemplo, en el moderno determinismo neural). La
reivindicación de la auténtica experiencia psíquica (holismo e
indeterminación) produjo así muchas tensiones y reacciones que llevaron a
la escisión de opiniones dentro de la ciencia y a ciertas filosofías
que trataban de defender la experiencia humanística del hombre frente al
reduccionismo mecanicismo y determinista (entre ellas los dualismos de
diversa naturaleza).
c) Sin embargo, la consolidación de
la mecánica cuántica, desde la década de 1920-1930 hasta nuestros días,
ha hecho entender que el mundo físico no es sólo el mundo mecanoclásico.
El mundo mecanoclásico no se niega. Pero la mecánica cuántica ha
conocido que la materia primordial cuántica posee un conjunto de
“extrañas” propiedades que podrían tener una relación con las igualmente
“extrañas” propiedades manifiestas en la actividad psíquica.
Por ello, poco a poco, pero sobre todo en los últimos treinta años, se
ha ido consolidando la intuición de que los seres vivos (y su
naturaleza sensitivo-perceptivo-consciente) podrían estar causados no
sólo por un mundo físico mecanoclásico sino también por una materia que
posee las propiedades descritas en la mecánica cuántica. Por ello, lo
que los seres vivos manifiestan (su forma de ser real producida en la
evolución) pudiera estar causado por un equilibrio balanceado entre
propiedades de interacción clásicas y cuánticas; equilibrio regido por
un interface funcional (un mecanismo de tránsito de lo clásico a
lo cuántico, y viceversa) que habría sido diseñado por la misma
evolución.
Un universo y una neurología clásico/cuánticos
La ciencia moderna comenzó, por tanto, con la descripción del mundo
objetivo y macroscópico en el sistema de la mecánica clásica de Newton.
Esta imagen clásica, sin embargo, ha sido ampliada en la actualidad por
la mecánica cuántica. Así, la ciencia considera que el mundo clásico ha
sido causado por una materia primordial que responde a las propiedades
cuánticas. Sólo existe un tipo de materia, cuyas propiedades radicales
son cuánticas.
Por lo tanto, una intuición o expectativa
inmediata de la ciencia es que la vida, y la sensibilidad que en ella
emerge, dependerán de la evolución tanto de las propiedades del mundo
clásico y como de las propiedades del mundo cuántico (que en última
instancia, son el mismo mundo en su ontología primigenia).
La hipótesis es que la explicación de la vida pudiera ser un equilibrio
balanceado entre un cuerpo clásico (estable, rígido, determinista y
producido por el rigor mecánico de los códigos genéticos que permiten la
seguridad de la herencia en la especie) y, por otra parte, los estados
cuánticos, sumergidos en ciertos nichos imbricados en estos sistemas
clásicos, que interactuarían con los estados cuánticos del universo (lo
que explicaría las propiedades fenomenológicas del psiquismo animal y
humano.
Pienso que algo tan esencial para nosotros como
nuestra propia vida humana, personal y social, tal como se describe en
las disciplinas fenomenológicas, probablemente ha sido falsificado por
una imagen "reduccionista", mecanicista, determinista, esencialmente
"robótica", de la naturaleza del universo, de la vida, y el psiquismo
[3].
Creemos que es importante y enriquecedor estar
abiertos a la imagen alternativa emergente de un universo holístico
(cuántico), que parece permitir un conocimiento más integrado y
unitario, más congruente con nuestra propia experiencia fenomenológica.
Este universo holístico explica la naturaleza holística de los sistemas y
entidades naturales, y sobre todo, de los sistemas vivos que han
logrado construir evolutivamente un equilibrio clásico/cuántico que les
permite integrarse en la sensación que, aunque restringida, los abre a
los campos holísticos de la realidad.
La visión clásica de
las ciencias humanas, basada en la imagen de la física clásica que
describe un mundo discreto y diferenciado, determinista y mecánico,
conduce a la neurología clásica. Pero una nueva visión
heurística de la ciencia, construida a partir de la imagen de un
universo abierto e indeterminado, cuya ontología produce en su interior
campos holísticos de realidad, conduce a la moderna neurología cuántica.
El mundo mecanoclásico y la neurología macroscópico clásica
Por lo tanto, ¿cuál sería este "soporte físico" de acuerdo con la
explicación clásica del universo? El modelo explicativo de cómo es el
mundo para la física clásica lo constituye nuestra experiencia
macroscópica. Vemos objetos cuya constitución es independiente y
autónoma, diferenciada. Aquí hay una roca y allí otra; aquí un árbol y
más allá otro; en un lugar del espacio-tiempo (que Newton concebía como
absoluto) hay un cuerpo celeste y otro a gran distancia.
En ese mundo macroscópico los objetos, su forma y las distancias
métricas en el espacio-tiempo pueden describirse matemáticamente con
ayuda del análisis matemático y la teoría de funciones. Se describen
numerosas variables medibles (como velocidad, velocidad angular,
espacio, tiempo, fuerza, peso, masa, energía, trabajo, etc.), cuya
interrelación en los sistemas reales se describe en fórmulas matemáticas
(vg. la gravitación). Newton aceptó la idea griega de átomo: hasta la
luz estaba formada de corpúsculos pequeñísimos (teoría corpuscular de la
luz).
Los cuerpos estaban hecho de materia, o sea de
átomos, con mayor o menor masa. Las fuerzas que ligaban y mantenían
cohesionada la materia formando los cuerpos eran la gravitacional y la
electromagnética (conocida desde fines del XVIII, hasta llegar a las
ecuaciones de Maxwell a mitad del XIX).
Desde este paradigma macroscópico, ¿qué era entonces el mundo microfísico?
Es claro que la tendencia clásica debía ser imaginarlo como una
miniaturización del escenario macroscópico. A esto responde, en efecto,
la teoría corpuscular de la luz en Newton. La unidad clásica del átomo
se problematizó por la aparición de la radioactividad y por el
descubrimiento del electrón (Thompson, 1897). La idea del átomo como pudding de pasas
duró hasta el experimento de Rutherford que permitió por primera vez
concebir el átomo como un microscópico sistema planetario.
Aunque el modelo atómico de Bohr de 1915 (después de Wilson y
Sommerfeld) asumía la idea cuántica de la energía (Plank, 1903), seguía
respondiendo todavía, en el fondo, a las ideas y a las fórmulas de la
mecánica clásica. Una vez que la moderna idea de las partículas
elementales (sobre todo del electrón, protón y neutrón) se fue
imponiendo, se abandonó la simple idea del átomo clásico para dar lugar a
una concepción electromagnética de los corpúsculos que, sin embargo, se
resistía a abandonar también los principios generales de la mecánica
clásica. La idea clásica del mundo físico ha resistido (todavía resiste)
y muchos se han refugiado en ella, manteniéndola a pesar de todo como
modelo o paradigma para representarnos qué es el mundo físico.
Por tanto, para esta concepción residual de la mecánica clásica, en el
mundo microscópico las acciones y las series causa/efecto son roces,
asociaciones y disociaciones de partículas independientes, átomos y
moléculas a través de uniones iónicas y covalentes, de acuerdo con las
fuerzas de cohesión gravitatoria o electromagnética.
Cada
electrón está en su orbital y también las partículas del núcleo
mantienen su independencia, aunque estén cohesionadas (por las fuerza
nuclear fuerte y nuclear débil, conocidas más adelante). Se pueden
formar órbitas de electrones compartidos en enlaces covalentes, pero
están muy localizados y, probablemente, no anulan la independencia de
los electrones. Los enlaces iónicos mantienen también la independencia
de las entidades atómicas microfísicas.
Estos sistemas
clásicos serían parte de un macrosistema causal determinista que, en
último término, respondería al universo absolutamente determinado de
Einstein, controlado por el Demonio de Laplace. Las condiciones que
producen a ciegas el vínculo o la disociación de las entidades reales
(macroscópicas o microscópicas) están regidas por las leyes clásicas de
la física y de la química [4].
La explicación clásica de la
ontología psico-bio-física de los organismos vivientes, y en especial
de su sistema nervioso, se ha basado también en la idea de corpúsculo,
dando lugar a una comprensión del mundo como compuesto de entidades
diferenciadas, discretas y discontinuas, en interacción causa/efecto.
Esta imagen del mundo neuronal resulta en reduccionismo, por cuanto
describe sistemas causales de interacción determinista, ciegos y
cerrados.
La explicación clásica del sistema nervioso
contempla, en efecto, redes de neuronas que interactúan dentro de un
sistema de causalidad determinista que pone en interacción en tiempo
real grupos de neuronas por las corrientes químico-eléctricas
transmitidas por vía sináptica como impulsos nerviosos. Es difícil
describir, sin embargo, en este sistema neuronal clásico, la existencia
de campos de realidad, en que se diluyera la individualidad
diferenciada, y en los que pudiera fundarse la explicación de las
propiedades campales del psiquismo.
Lo que llamamos neurología clásica
sería, por un lado, la comprensión de estas redes neuronales: su
diversificación y su modularización, sus ramificaciones, su estructura
de interconexiones y los sistemas interactivos resultantes, así como,
entre otras cosas, el conocimiento de su correlación con los qualia, o eventos de experiencia fenoménica que constituyen los elementos esenciales de nuestra vida psíquica.
El mundo mecanocuántico y la génesis evolutiva del mundo clásico
Sin embargo, como sabemos, en la década de los años 1920-30 se produjo
la gran ampliación de nuestra imagen del mundo físico en la mecánica
cuántica. Los fenómenos de radiación ondulatoria que se conocían ya a lo
largo del siglo XIX (calor, luz y electromagnetismo) se entendieron ya
unitariamente en su armonía con la mecánica clásica.
La
materia era a la vez corpúsculo y onda (en la luz, Einstein 1905, y en
los electrones o toda la materia, De Broglie 1923). Toda forma de
materia, o sea las partículas eran siempre en el fondo “radiación
ondulatoria” que llenaba un campo físico, pero la vibración que
constituía cada partícula podía “plegarse” o “enroscarse”,
manifestándose como corpúsculo.
El electrón en su orbital
era una vibración armónica que podía colapsarse como corpúsculo en
muchos puntos, según una cierta probabilidad. Estaba en todas partes y
en ninguna a la vez: estaba “superpuesto” en relación a distintas
posibles posiciones. No sólo el electrón, muchos otros sistemas
complejos en estado cuántico podían estar “superpuestos” en relación a
diversos estados posibles. Los modelos matemáticos de Schroedinger o
mecánica ondulatoria, Heisenberg o mecánica matricial y de Dirac o
álgebra de Dirac inspirada en las ecuaciones de Hamilton, describían la
posición del electrón con referencia a un centro atómico imaginario.
El progreso en la imagen de la materia en la mecánica cuántica llevó a
descubrir ciertas propiedades “extrañas” de la materia en sus estados
microfísicos primordiales. Nos referimos, entre otras, a la coherencia cuántica, la superposición cuántica, la indeterminación cuántica y la acción-a-distancia o causalidad no-local
(efectos EPR, en referencia a los efectos Einstein-Podolski-Rosen,
1935). La nueva idea de la materia que fue poco a poco configurándose
llevó a la conclusión de que la materia primordial cuántica poseía
propiedades que no se cumplían ya en el mundo macroscópico clásico y
que, en efecto, no habían sido descritas hasta entonces.
No se quería decir, por tanto, que hubiera dos tipos de materia: la
clásica y la cuántica. Toda la materia tenía, en el fondo, las
propiedades cuánticas. Sin embargo, la mayor parte de la materia había
sido “atrapada” en la formación de los cuerpos clásicos, de tal manera
que las propiedades “clásicas” en las interacciones entre sistemas
clásicos no coincidían con las propiedades cuánticas primordiales de la
materia que en el fondo los constituye.
Por ejemplo, en la
materia primordial (no atrapada en las estructuras de los cuerpos que
constituyen el mundo macroscópico clásico) se cumple la propiedad de
coherencia cuántica (vg. en un sistema de fotones o en los mismos
electrones en condiciones experimentales extremas, como se ha
comprobado). Pero entre los objetos clásicos (digamos, entre la luna y
la tierra) no existe la propiedad de coherencia cuántica, ni puede
producirse en absoluto.
Debe existir una teoría armónica
sobre la emergencia del mundo clásico desde un mundo primordialmente
cuántico. Esta explicación existe y, para entenderla, ayuda saber
distinguir entre dos tipos de partículas o materia, tal como hoy son
descritos en la física teórica con apoyo de amplias evidencias empíricas.
En primer lugar, existe un tipo materia que se denomina materia bosónica,
formado por un cierto clase de partículas que poseen la propiedad de
desplegarse más fácilmente en los campos de vibración unitaria o
coherencia cuántica y en las que se cumplen fácilmente las propiedades
cuánticas en general, tanto en su forma ondulatoria o campal o en la
forma corpuscular.
Así, una masa de partículas bosónica,
como los fotones, pierde la individualidad de cada fotón para entrar en
un estado de vibración unitaria extendido en un campo electromagnético
que conocemos como un estado de coherencia cuántica. La facilidad para
estar en estados materiales que realizan las propiedades cuánticas
depende, como nos dicen los físicos, de que estas partículas tienen una
forma de vibración que se describe en una función de onda “simétrica”.
Los condensados Bose-Einstein describieron por primera vez estos
estados de la coherencia cuántica hacia 1930 (de ahí la denominación de
“bosónicas” para estas partículas). La física moderna ha descrito
después un gran número de estados cuánticos coherentes dentro de las más
rigurosas condiciones experimentales. En condiciones experimentales
extremas hasta los electrones, como hemos dicho, pueden entrar en
coherencia cuántica (hecho que confirma la unidad ontológica de toda la
materia).
Pero en segundo lugar existe también otro tipo de materia que ha sido descrita por la física: es la materia fermiónica (denominación en honor de Enrico Fermi). Se trata de partículas (también originadas de la energía primordial del big bang)
que presentan una forma de vibración cuya función de onda es
“asimétrica”. Esto tiene unas consecuencias decisivas porque esta forma
de vibración dificulta extraordinariamente (pero no en absoluto) que
estas partículas se diluyan, perdiendo su individualidad para entrar en
sistemas de materia en estado de coherencia cuántica. Estas partículas
persisten en mantener su individualidad, no se fusionan con otras
partículas para permanecer en un estado de indiferenciación unitario y
coherente.
Los electrones y los protones, constituyentes
esenciales de los átomos, por ejemplo, se unen y se distancian, formando
las estructuras materiales de acuerdo con las cuatro fuerzas de la
naturaleza: la gravedad, la fuerza electromagnética, la fuerza nuclear
fuerte y fuerza nuclear débil. Sin embargo, esto es esencial, cada
partícula mantiene su individualidad y cada una está en su orbital o en
su nivel de energía. Cada electrón en un átomo, por ejemplo, tiene su
órbital y vibra armónicamente en él de forma individual; sin embargo,
ese electrón posee por su ontología la capacidad de manifestar
propiedades cuánticas.
De hecho las cumple cuando, de
acuerdo con los principios cuánticos, decimos que no podemos saber
exactamente dónde está el electrón y dónde puede producirse en colapso
de su función-de-onda. Su ubicación en el espacio, en efecto, depende
del "colapso de la función de onda", producido, por ejemplo, por la
intervención experimental de un observador (o por la acción microfísica
de otra partícula).
El hecho, pues, de que la energía del big bang
causó ciertas vibraciones y el plegamiento de este tipo de partículas
“fermiónico” ha producido la existencia del mundo macroscópico clásico
que observamos: los cuerpos estelares, planetas, seres vivos y el
hombre. En los átomos que los constituyen existen partículas fermiónicas
que mantienen su individualidad, sin diluirse en una especie de plasma
material indiferenciado.
La diferenciación de los cuerpos
se construye sobre átomos, moléculas y macromoléculas estables. La
materia fermiónica hace posible una multitud de cosas, así como la
supervivencia de los seres vivos con sus cuerpos estables que se
mantienen de pie con firmeza en la superficie de la tierra. El
determinismo no es un enemigo de la vida, sino lo que la hace posible.
Gracias al mundo clásico en el que rige el determinismo nos es posible
tener un cuerpo, construir una biografía personal y dejar a nuestra
descendencia nuestro legado (por la firmeza determinista del ADN y de
los procesos embriogenéticos que tienen lugar en el mundo clásico).
Proyección metafísica del nuevo holismo psicobiofísico
Sin embargo, la profundización en la nueva física holística ha
supuesto abrir nuevas perspectivas para explicar al hombre. Se comienza a
entender cómo y por qué el mundo físico puede constituir un “soporte
físico” adecuado de nuestra actividad psíquica, completamente compatible
con una imagen humanista del hombre: a saber, la que poseemos
subjetivamente y, además, la que da sentido al orden social.
Este soporte físico sería no sólo clásico (reducción que nos
mantendría en el determinismo robótico), sino también cuántico (haciendo
posible así una mejor explicación del soporte físico de la experiencia
campal e indeterminista del psiquismo animal y humano). Pero esta
explicación clásico/cuántica, en equilibrio balanceado, es enteramente
monista y física; es una explicación física mejor que la reduccionista,
en nuestra opinión, porque no está reducida sólo a una parte sesgada de
la física. Criticar, por tanto, el reduccionismo clásico no significa no
querer explicar el psiquismo a partir del universo físico, sino al
contrario, es construir una explicación física integral (balanceada
clásico/cuánticamente).
La ciencia no puede argumentar cómo debiera ser la realidad a priori,
sino cómo de hecho es. La metafísica filosófica, sin embargo, como
sabemos, más allá de cuanto la ciencia puede decir de acuerdo con su
estricta metodología, se pregunta cuál es el fundamento último y la
explicación final de este universo capaz de generar conciencia por sus
propiedades ontológicas. Creo que este universo con
sensibilidad-conciencia, que me gusta llamar transparencial, puede dar lugar a una metafísica teísta o agnóstica.
Es decir, la nueva física no impone necesariamente una metafísica
teísta. Podría ser que de hecho existiera un universo absoluto,
autosuficiente, formado de un sustrato ontológico primordial que pudiera
producir sensibilidad-conciencia, tal como de hecho constatamos por la
experiencia de cuanto ha emergido en el proceso evolutivo (TUSZYNSKI,
Jack A. (ed.) (2006), The Emerging Physics of Consciousness, Berlin-Heidelberg, Springer-Verlag).
Sin embargo, creemos que esta nueva física holística hace también
mucho más verosímil que el fundamento metafísico y absoluto de la
realidad pudiera ser un ser divino, tal como han creído las tradiciones
religiosas que abarcan la historia completa de la humanidad. La ciencia
nos lleva hoy a un campo fundante de la realidad que trata de entender
con complejos conceptos “físicos” como vacío cuántico, mar de energía,
geometría del espacio-tiempo, orden implicado, etc.
En
este contexto, yendo más allá de los conceptos físicos, la imagen de una
divinidad que constituye el fondo ontológico de toda la realidad, en la
que nos movemos, existimos y somos, una realidad que, en último
término, es un campo transparencial abarcado por la conciencia
divina, nos acerca mucho más a la idea de que algo así como lo que las
religiones han vivido como Dios, pudiera realmente existir. Una imagen
holística, panenteísta (que no debe confundirse con panteísmo), monista,
no dualista del mundo real nos acerca a Dios mucho más, en mi opinión,
que el reduccionismo clásico y las explicaciones dualistas fundadas en
el paradigma greco-romano.
Notas:
[1] Debe entenderse que estamos hablando de una posición inicial, de principio, en la ciencia. Por una parte
tenemos el substrato primordial del universo, digamos la “materia”: es
decir, su ontología primordial, o sea, su naturaleza, su forma y sus
propiedades primordiales como realidad. Ahora bien, ¿cómo es esta
ontología o naturaleza primordial? Sólo la ciencia puede respondernos
con precisión y argumentación empírica; pero la imagen de la materia en
la ciencia no es infalible, ha evolucionado en la historia, sigue
abierta, y presenta diversas explicaciones. Pero, por otra parte, tenemos la experiencia fenomenológica de lo que de hecho es la vida psíquica (fenómeno –de to fainein,
lo que se manifiesta o aparece– quiere decir la forma en que la
realidad se manifiesta directamente en nuestra experiencia): advertimos
la experiencia fenomenológica de la vida psíquica, la
sensibilidad-conciencia, la condición de ser sujeto psíquico, el
conocimiento, la memoria y otros procesos psíquicos como las emociones.
La posición de principio de la ciencia es que la experiencia
fenomenológica de la vida psíquica debe poder explicarse como emergencia
de las propiedades ontológicas primordiales de la materia. Si esto no
fuera posible, es decir, si lo psíquico no pudiera surgir de la materia,
entonces cabría establecer otras hipótesis para explicar el hecho de la
existencia de la materia y el hecho de la existencia del psiquismo.
Quizá cupieran entonces hipótesis dualistas, por ejemplo, que en su caso
deberían argumentarse científica y filosóficamente. Es el problema
mente/cuerpo o problema psico/físico. Pero la posición inicial de la
ciencia, obviamente, debe ser y es monista, tal como decimos.
[2]
La fenomenología de James J. Gibson, y su escuela, ha mostrado que
nuestra experiencia sensible es la de estar abiertos al mundo (diríamos
que, para Gibson, nuestro sistema nervioso hace que mi “mente” esté “en”
en mundo). En cambio para la escuela estructuralista que nace con
Helmholz nuestros sentidos “construyen” el mundo en mi mente (de tal
manera que nuestro sistema nervioso hace que el mundo esté “en” mi
mente). La imagen mecanoclásica de la ciencia pareció favorecer durante
décadas el pensamiento constructivista. Pero la imagen campal favorecida
por la mecánica cuántica, la Nueva Física, hace cada vez más verosímil
que fuera verdad la experiencia fenomenológica descrita por Gibson.
[3]
Esta manera de pensar reduccionista o robótica ha tenido modernamente
un importante refuerzo al proponerse interpretaciones del psiquismo
inspiradas en los modelos computacionales, seriales o conexionistas,
PDP. Estas nuevas versiones del reduccionismo clásico convertirían al
hombre en un sistema robótico en que la conciencia apenas jugaría un
papel epifenoménico. Es sabido que el interés de Penrose por el problema
de la conciencia nació al conocer estas propuestas computacionales en
las CCHH y sorprenderse por el grado de influencia que habían alcanzado;
teorías, por otra parte, para él injustificables. Ante la evidente
reducción del hombre a un robot, si se pretendía explicarlo
científicamente a partir de la fìsica (reducida a la mecánica clásica),
tomaron fuerte aliento explicaciones alternativas de corte más o menos
dualista para defender el humanismo.
[4] Sin
embargo, la verdad es que hoy sabemos (más allá del Demonio laplaciano)
que estos sistemas clásicos pueden dar lugar a estados de interminación,
tal como describe la mecánica estadística. No sabemos el efecto preciso
de un estado clásico y su evolución entre una multitud de estados
posibles. Atribuimos el efecto del azar y del caos que se han convertido
también en protagonistas del mundo clásico. Esto ocurre en la física de
los sistemas caóticos y en la biología, por ejemplo, en bioquímica
citoplasmática que da lugar a una selección darwiniana. La evolución
mecanoclásica del universo ha producido estados o los bucles de
indeterminación. Por ello, lo que finalmente se produce en este entorno
indeterminado, aunque sea “indeterminado” sólo dentro de las leyes del
caos, es causado por series ciegas y deterministas de sistemas
causa/efecto en cadenas interactivas. Así, podríamos decir, que la idea
popperiana de que vivimos en un universo abierto puede aplicarse también hoy a la mecánica clásica en un cierto sentido.
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