La obra de Hawking confirma el enigma metafísico del universo
JAVIER MONSERRAT
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El físico pasa del universo oscilante a la cosmología de los multiversos para explicar un cosmos sin Dios.
Hawking ha sido uno más de los físicos teóricos de calidad
incuestionable de nuestra época, aunque quizá no uno de los grandes
científicos contemporáneos. Junto con Roger Penrose, estudió la teoría
de la relatividad, y en sus obras ha buscado siempre ofrecer una visión
autosuficiente del universo, haciendo innecesarias las referencias al
Dios de la filosofía teísta. En “Historia del tiempo” quiso presentar
un modelo matemático que permitiera entender la historia del universo
desde su inicio, el big Bang, hasta su colapso gravitatorlo, el big
cranch, evento que adentraría de nuevo al universo en otra
singularidad, origen a su vez de un nuevo big bang. Y así eternamente.
En su última obra, “El gran diseño”, Hawking defiende la teoría de los
multiversos, o multiuniversos, apoyada en la teoría de cuerdas o
supercuerdas. Como otros autores, ha usado esta teoría para argumentar
una explicación atea del universo, sin referencias a un creador divino.
La verdad es que, tras leer la reciente obra de Hawking, El gran diseño,
no hallamos nada que justifique entenderla como una obra de especial
importancia. La tesis a la que todo el libro se orienta ya estaba
formulada por otros autores, en lo científico y en lo filosófico; quizá
pueda haber alguna aportación iluminadora de esta tesis (como la
conexión con los diagramas de Feynman), pero en todo caso de muy poca
importancia y quizá incluso inapropiada, como veremos.
Desde el punto de vista científico –e incluso
filosófico-metafísico– no creemos, pues, que esta nueva obra aporte nada
que merezca nuestra atención. Supone, eso sí, un cambio en la
perspectiva explicativa propia de Hawking (que pasa del universo
oscilante a los multiversos); pero su cambio, aunque sea significativo
en su trayectoria personal, supone sólo sumarse a lo que estaba siendo
defendido por otros autores, y de forma probablemente más consistente
que él. No parece, pues, haber nada nuevo u original en este libro.
Sin embargo, hay algo que justifica que nos fijemos en El gran diseño:
su enorme influencia mediática que nos permite reflexionar sobre las
reacciones que ha suscitado y lo que éstas permiten vislumbrar. En
primer lugar, llama la atención que los grandes medios divulgativos se
hayan enterado de algunas cosas por el libro de Hawking; esto quiere
decir que la ciencia sólo llega al gran público cuando las dice algún
autor con poder mediático, como es el caso de Hawking.
Llama también la atención el grado en que ha sorprendido a muchos,
entre ellos a los periodistas, que Hawking sostenga que es posible
explicar el universo sin Dios. ¿Es que acaso todavía no sabíamos que
esto era posible? ¿Es que acaso no sabíamos que la vía argumentativa del
ateísmo de Hawking en El gran diseño
era ya conocida, habiendo sido defendida por otros autores? Muchos
periodistas, en un nivel superficial, al extrañarse, parecían suponer
que la tesis obvia comúnmente aceptada hasta ahora por la sociedad era
que Dios podía ser demostrado por la ciencia. De ahí la sorpresa.
Parecían también suponer que ésta era la tesis de la iglesia; a saber,
que la ciencia, y la razón filosófica “demostraban” la existencia de
Dios de una forma inequívoca. Parte del morbo intelectual del libro de
Hawking ha consistido precisamente en ver cómo reaccionaba la iglesia
ante este embite de la ciencia, representada por Hawking, que venía a
desmostrar que era falsa una de sus tesis fundamentales.
Pero, ¿qué ha dicho la iglesia? Oficialmente no ha reaccionado,
dejando al margen que se hayan producido algunos comentarios indirectos
de poca importancia. Sin embargo, muchos autores teístas en el mundo
occidental, relacionados con el cristianismo, han reaccionado poniendo
objeciones a la tesis de Hawking, discutiéndola y pretendiendo
argumentar que la tesis teísta es la que tiene el respaldo de la ciencia
y de la razón filosófica.
Al hacerlo así, estos teístas parecen confirmar la tesis de los
periodistas antes aludida; a saber, que el teísmo cristiano excluye
tesis como la de Hawking, de tal manera que se trata de elegir por las
buenas entre teísmo o ateísmo. Una de las dos argumentaciones debe de
estar mal construida. Por esto, tanto teísmo como ateísmo tratan de
presentar la corrección de sus argumentos propios mostrando la
incorrección y debilidad de su adversario científico-filosófico. Es lo
que vemos en la mayor parte de las discusiones teísmo/ateísmo,
suscitadas por el libro de Hawking. Es una lucha excluyente entre dos
posiciones irreconciliables. Si el teísmo está en lo correcto, entonces
el ateísmo debe rechazarse. O tú o yo; no hay alternativa. Se trata de
argumentar que “mis” razones son más válidas que las tuyas.
Sin embargo, ¿no podría ser que el universo fuera en realidad un
enigma metafísico último del que la ciencia no puede dar en la
actualidad una explicación absolutamente cierta y segura? En
consecuencia, ¿no podría haber una explicación hipotética del universo
sin Dios, tal como hace Hawking, que fuera científico-filosóficamente
viable? ¿No podría ser igualmente que la imagen del universo en la
ciencia, pensada filosóficamente, hiciera al mismo tiempo posible
construir una explicación teísta que presentara a Dios como fundamento
creador del universo? ¿No sería posible inclinarse personalmente por una
hipótesis ateísta que, sin embargo, respetara la viabilidad de la
hipótesis alternativa del teísmo? Y, viceversa, ¿no sería posible
inclinarse a una hipótesis teísta, que al mismo tiempo respetara la
viabilidad alternativa de la hipótesis ateísta? ¿No sería esta posición
crítica e ilustrada de mutuo respeto la más apropiada a nuestra
conciencia de que vivimos en el interior de un universo que, al menos
hasta el momento, es un profundo enigma metafísico?
Mi valoración personal del ateísmo de Hawking
Pero, ¿qué es exactamente lo que defiende Hawking en El gran diseño?
Pienso que está bastante claro, aunque, por otra parte, sé que no puedo
responder esta pregunta sin interpretar la obra de Hawking. Desde
luego, pienso que su contenido no responde a las atribuciones de que ha
sido objeto, tales como negar la existencia de Dios o, cosa que sería
mucho más atrevida, pretender haber “probado” la inexistencia de Dios.
Lo que Hawking hace no es otra cosa que construir una macrohipótesis
científica, no confirmada por las evidencias empíricas y puramente
especulativas, que permitiría explicar el universo sin Dios. Hawking se
inclina a pensar que esta especulación es correcta y, por tanto, se
inclina al ateísmo como opción personal. Sin embargo, más allá de su
opción o crencia personal, fundada en una especulación científica,
¿afirma Hawking taxativamente que “Dios no existe”? La verdad es que no
hemos visto que lo haga en ninguna página de su libro. Igualmente,
tampoco valora Hawking su obra como una “demostración” definitiva de que
Dios no exista.
A) En primer lugar creo que Hawking ofrece un constructo teórico
del origen, naturaleza y evolución del universo, que muestra cómo podría
estar fundado en un sistema de realidad autosuficiente sin necesidad de
referencia a una entidad divina. Para ello se funda en las teorías de
multiversos y de supercuerdas. B) Hawking sabe perfectamente que su
constructo teórico, aunque posible, es especulativo y no está confirmado
empíricamente; lo presenta, pues, como un constructo posible, aunque no
necesariamente cierto. C) No obstante, aunque sea sólo de momento un
constructo teórico no confirmado (e incluso muy lejos de confirmarse),
Hawking parece inclinarse a aceptarlo, es decir, a comprometerse con él
creyéndolo como la mejor hipótesis para explicar el universo. En este
sentido, Hawking parece tomar una posición definidamente atea que supone
creencia y compromiso personal, arriesgada ciertamente, porque no tiene
la absoluta seguridad de que su constructo se corresponda con la
realidad.
D) Al mismo tiempo que argumenta su constructo teórico Hawking no
pierde ocasión de criticar los argumentos teóricos del teísmo, aunque a
veces los presenta en tonos un tanto pobres y caricaturescos. Sin
embargo, no nos atraveríamos de decir (porque no lo vemos claro) que
Hawking niegue absolutamente la viabilidad científico-filosófica del
teísmo como alternativa a su constructo ateo. Más bien nos inclinamos a
pensar que Hawking no niega, ni puede negar, que el teísmo sea una
alternativa construible (aunque él la considere pobre) y que, por tanto,
la respete. E) Finalmente, cabe también decir con explicitud que
Hawking en ningún momento afirma explícitamente que Dios no exista. Su
obra no es una demostración científica de que Dios no exista. Sólo dice
que es posible construir una explicación hipotética del universo que, si
fuera real (y esto no es seguro), no tendría necesidad de referencia a
Dios, ya que un universo sin Dios aparecería como un sistema de realidad
absoluto y autosuficiente (o mejor como una metarealidad autosuficiente
que generaría un conjunto innumerable de multiversos).
Es decir, Hawking no parece pensar que su propuesta teórica no
pueda tener alternativa, como antes decía. Sólo si la razón
científico-filosófica impusiera la única vía explicativa posible de un
universo autosuficiente, sin alternativa alguna, que estuviera
ampliamente confirmada por los hechos y que hubiera dado lugar a un
altísimo consenso en la comunidad científica, podría estar justificado
decir que la razón habría mostrado que no hay razones
científico-filosóficas para pensar que Dios existe. Pero esto debería
decirse incluso dentro de las restricciones epistemológicas que hoy
exige el criticismo abierto de la teoría del conocimiento y de la
ciencia, principalmente después de Popper,
una vez superado el dogmatismo objetivista del positivismo. El problema
de Dios, como sabemos, no depende sólo de la ciencia, aunque nuestra
imagen científica del universo sea un factor importantísimo para las
cuestiones metafísicas.
Como digo, esta parece ser la posición de Hawking en El gran diseño.
Me refiero a la posición de principio: los perfiles básicos de la
valoración que él mismo hace de su explicación del universo. Recordemos
que Richard Dawkins ofrece un ateísmo mucho más radical que el de Hawking (he analizado el pensamiento de Dawkins en otro artículo de Tendencias de las Religiones).
Pues bien, Dawkins sólo afirma que las probabilidades de que el ateísmo
sea correcto son muy superiores que las del teísmo, ya que su
argumentación –en opinión de Dawkins– es mucho mejor. Dawkins admite,
pues, que el teísmo es una explicación alternativa (aunque sea pobre) y
que su propio ateísmo no es una verdad absoluta (ajena al examen y a la
revisión crítica en sentido popperiano). Hawking es más moderado que
Dawkins: su ateísmo se funda sólo en la propuesta de un constructo
especulativo (la existencia de multiversos). Y, como Dawkins, admite que
el teísmo es una alternativa, entendiendo también que su punto de vista
hipotético no supone excluir en absoluto la posibilidad de que Dios
existiera.
Pero veamos con más detalle en qué consiste la explicación atea
del universo que Hawking nos ofrece. Más adelante, al concluir,
valoraremos su punto de vista desde el cristianismo. Es obvio que el
cristianismo y las otras religiones no serían compatibles con una una
manera de pensar que pretendiera haber demostrado con seguridad
científico-filosófica que Dios no existe. Pero sí son compatibles con
una imagen del universo como enigma último al que se puede dar una
explicación hipotética sin Dios. Esto es lo que ha hecho Hawking (y
otros pueden haber hecho de otra forma). Y que esta posibilidad de
entender el universo de forma puramente mundana, sin Dios, sea
racionalmente viable –como la especulación de Hawking confirma– no es
incompatible con el cristianismo. Lo explicaremos al concluir este
artículo.
¿Qué es la realidad? El realismo dependiente del modelo
Hawking concuerda con la tradición filosófica y epìstemológica (ya desde Kant)
al indicar que el conocimiento que nuestra mente construye no se funda
en la experiencia directa de, digamos, la realidad en sí misma, nouménica (en terminología kantiana), sino en una experiencia fenoménica,
resultado de la interacción entre el mundo físico y nuestro sistema de
sentidos. Así, nuestro mundo percibido es distinto del mundo del
pececillo en la pecera (ejemplo puesto por Hawking). Sin embargo, son
reales tanto la experiencia fenoménica del pez como la experiencia
fenoménica de nuestra especie.
Por ello, los humanos, dotados de razón, analizamos la “realidad”
de los fenómenos para deducir cómo es el mundo en sí mismo; es decir,
cuál es la verdad de la realidad que nos contiene, en la que hemos sido
generados y que nos ha dotado de sentidos que nos permiten tener una
experiencia fenoménica, apariencial, pero “real”. Así, nuestra razón,
fundándose en los fenómenos como base argumentativa racional, construye
modelos o representaciones sobre cómo es la realidad en sí misma, más
allá de nuestra pura experiencia fenoménica. Una imaginaria “razón” del
pececillo razonaria su mundo fenoménico y construiría sus modelos.
Si hombre y pececillo acertaran en llegar a la verdad que se
esconde detrás de sus respectivos mundos fenoménicos deberían
encontrarse en la verdad real que evolutiva y realmente ha producido a
hombres y pececillos, con sus sistemas perceptivos específicos. El
modelo permite explicar los hechos, los fenómenos, y además nos induce a
considerar que es real todo aquello que se contiene en el modelo. Pero
la ciencia, como acertadamente explica Hawking, no ve estos modelos ni
como absolutos ni como únicos. Es lo que desde hace tiempo la
epistemología de la ciencia llama “funcionalismo”: un modelo sirve
mientras es útil para movernos en la realidad (pero no supone un
compromiso absoluto) y, por otra parte, la ciencia puede tener diversos
modelos para entender diversos aspectos de la realidad (como los modelos
cuánticos en lo microfísico y los modelos gravitatorios relativistas en
lo macrofísico).
“El realismo dependiente del modelo, nos dice Hawking, zanja todos
esos debates y polémicas entre las escuelas realistas y antirrealistas.
Según el realismo dependiente del modelo carece de sentido preguntar si
un modelo es real o no; sólo tiene sentido preguntar si concuerda o no
con las observaciones. Si hay dos modelos que concuerden con las
observaciones, como la imagen del pececillo y la nuestra, no se puede
decir que uno sea más real que el otro. Podemos usar el modelo que nos
resulte más conveniente en la situación que estamos considerando” (El
gran diseño, p. 54).
“Hacemos modelos en ciencia, pero también en la vida corriente. El
realismo dependiente del modelo se aplica no sólo a los modelos
científicos, sino también a los modelos mentales conscientes o
subconscientes que todos creamos para interpretar y comprender el mundo
cotidiano. No hay manera de eliminar el observador –nosotros– de nuestra
percepción del mundo, creada por nuestro procesamiento sensorial y por
la manera en que pensamos y razonamos. Nuestra percepción –y por tanto
las observaciones sobre las cuales se basan nuestras teorías – no es
directa, sino más bien conformada por una especie de lente, a saber la
estructura interpretativa de nuestros cerebros humanos” (p. 55).
De acuerdo. En función, pues, de nuestra experiencia fenoménica
del universo, de la vida y del hombre, construimos modelos que imaginan
cómo es la realidad. Es entonces, en palabras de Hawking, la “realidad
dependiente del modelo”. Pero no todo modelo puede ser construido y
argumentado en función de los hechos. “Un modelo es satisfactorio, nos
dice Hawking, si: 1) Es elegante. 2) Contiene pocos elementos
arbitrarios. 3) Concuerda con las observaciones existentes y proporciona
una explicación de ellas. 4) Realiza predicciones detalladas sobre
observaciones futuras que permitirán refutar o falsar el modelo si no
son confirmadas” (p. 60).
Creemos, sin embargo, que estas observaciones epistemológicas
propuestas por Hawking, y que son, en nuestra opinión, aceptables, deben
ser complementadas por alguna otra observación importante, también
epistemológica, que no está presentada con claridad, pero que es
determinante a la hora de valorar el mismo pensamiento de Hawking.
Me refiero a que la ciencia busca conocer el universo como realmente es.
Pretende conocer su realidad. La ciencia sabe que sus modelos, que de
momento concuerdan con los fenómenos, son provisorios; no son absolutos y
no son únicos. Pero la ciencia, y esto es epistemológicamente esencial,
a) busca conocer la verdadera realidad en que se funda el universo y
además b) pretende que este conocimiento, dentro de cada modelo, esté
fundado argumentativamente en los fenómenos (en la realidad empírica).
Dicho con otras palabras: intenta construir modelos que nos den una idea
de la realidad que se haya argumentado a partir de los hechos
fenoménicos. Esto quiere decir que la ciencia sólo debe atribuir
realidad a los modelos que responden a los hechos empíricos. Por
consiguiente, a un modelo imaginado, por muy elegante y bien construido
que esté, dando por supuesto que no es contradictorio con los hechos,
que es armónico con ellos y pudiera explicarlos, no puede atribuírsele eo ipso la realidad.
Stephen Hawking en busca de un modelo de realidad
En la cosmología moderna los físicos han acuñado el concepto
preciso de modelo cosmológico estándar. Es el modelo de universo (con la
realidad dependiente del modelo derivada) que podemos construir a
partir de argumentaciones fundadas en los hechos empíricos. Es decir, en
la observación de fenómenos que aparecen dentro de nuestro mundo
perceptivo.
Este modelo nos dice que tenemos evidencias empíricas para pensar
que es real un universo que comenzó hace unos 13.500 millones de años en
la forma de la gran explosión o big bang (que, no obstante, todavía
tiene algunos pocos detractores). El modelo describe cómo aparecieron
materia y antimateria, así como las primeras partículas. Un cierto tipo
de partículas originadas presentó unas ciertas propiedades
antisimétricas en su función de onda (electrones, protones o partículas
fermiónicas) que permitió la formación de estructuras de partículas que
no se fusionaban entre sí mantiendo su individualidad y diferenciación.
Así nacieron los objetos del mundo mecanoclásico macroscópico que
constituye el mundo que vemos por los sentidos, los cuerpos celestes,
cuya forma de interacción se ha descrito en la mecánica clásica de
Newton (y que no es la forma de interacción de la materia primordial que
ha sido descrita por la mecánica cuántica). Nace así un universo de
cuerpos celestes y objetos cuya distribución e interacción gravitatoria
en el espacio-tiempo está de acuerdo con las ecuaciones de Einstein, en
las teorías especial y general de la relatividad.
Además se constata la evidencia de que la energía/materia surgida
en el big bang presenta una evolución dinámica en el tiempo y unas
propiedades o variables cuya forma de suceder y cuyos valores concretos
hubieran podido ser diferente. Sin embargo, se constata que existe una
sorprendente coincidencia en las propiedades y valores físicos del
universo, de tal manera que hacen posible la vida y, en último término
al hombre. El modelo cosmológico estánder asume, pues, la facticidad de
lo que se conoce como principio antrópico en sentido débil. Por otra
parte, la llamada teoría estándar de partículas es también elemento
esencial del modelo cosmológico estándar. Explica la naturaleza de la
tabla de partículas hoy conocidas, su carácter ondulatorio y
corpuscular, así como su generación desde la energía primordial del big
bang. La búsqueda y hallazgo del bosón de Higgs, pieza elemental para
explicar la interacción material, culminaría la coherencia teórica y
empírica de esta teoría estándar de partículas (los campos de fuerzas se
producirían siempre por un intercambio de partículas bosónicas, bien
sean gravitones, fotones o el bosón de Higgs). Por último, el modelo
considera que, de acuerdo con el actual estado empírico de nuestro
conocimiento del universo (incluyendo la materia y la energía oscura),
lo más probable es que, si miramos hacia el futuro, se produzca una
expansión indefinida, sin freno, que acabe conduciendo a una muerte
energética del universo. Hasta aquí los rasgos fundamentales del modelo
cosmológico estándar.
En Historia del tiempo, y
en otros escritos de aquel tiempo, defendió Hawking un modelo de
universo oscilante que estaría avalado por un modelo matemático
abstracto que lo describiría formalmente. Un único universo oscilaría
como un acordeón, yendo desde un big bang que produciría una línea del
tiempo expansiva hasta llegar a un frenado gravitatorio, una inversión
de la línea del tiempo contractiva que desembocaría finalmente en un big
cranch, del que se pasaría a una nueva singularidad y a otro big bang.
Sería un universo eterno y autosuficiente en esta oscilación entre
ciclos expansivos y contractivos (a la que se le ha puesto el símil del
acordeón). Este modelo describía el universo visible y, por tanto, era
fácil constrastar si las evidencias empíricas lo avalaban. Y aquí es
donde apareció para Hawking el problema. Los cálculos sobre la cantidad
de masa gravitatoria en el universo, aun teniendo en cuenta la supuesta
materia oscura, no han llegado a ser nunca suficientes para alcanzar la
masa crítica necesaria para especular sobre un posible frenado y
contracción futura (la masa crítica era el mínimo de masa gravitatoria
del universo capaz de frenar la expansión y producir una inversión de la
línea del tiempo). Por esto en el modelo cosmológico estándar se piensa
hoy que el universo sufrirá una expansión indefinida. Además, en el
modelo de Hawking, no era fácil teóricamente mantener una eterna
oscilación sin que el sistema se degradara y acabara también
desmoronándose.
El modelo de multiversos propuesto por Hawking
El modelo de universo que presenta Hawking en El gran diseño
abandona su antigua tesis oscilatoria y se hace eco de otras líneas
especulativas para concebir cómo pudiera ser nuestro universo. La idea
de la existencia de multiuniversos, de tal manera que el nuestro sería
sólo uno más entre “infinitos” o indefinidos “universos burbuja”, tenía
ya muchos años de rodaje (vg. Martin Rees). Igualmente la teoría de
cuerdas y supercuerdas que ha sido en los últimos treinta años el
“último grito” de la física teórica, y por cierto puramente teórica. Lo
que Hawking defiende en su nueva obra de 2010, junto con Mlodinow, es
que nuestro universo es uno más de entre innumerables universos. Por
ello, el nuestro, como otros universos, ha tenido un origen en un big
bang, evoluciona en el tiempo y terminará deshaciéndose, tal como
describe el modelo cosmológico estándar (esto no lo dice Hawking con
explicitud, pero cabe suponerlo en el contexto, ya que no parece que
quiera negar el modelo cosmológico estándar).
Es claro, pues, que estos hipotéticos “universos burbuja” se
producen en una dimensión meta-real que los genera. Llamémosla un
“metauniverso” o “metarealidad” (metarrealidad). Supongamos que la
materia o entidad ontológica que lo constituyera respondiera a lo
especulado en la teoría de cuerdas/supercuerdas. Entonces en cada uno de
los universos burbuja, por azar, surgidos de ese metauniverso se
habrían asumido un conjunto de valores posible y distinto de las
dimensiones y variables concebidas en la teoría de cuerdas. Por tanto,
nuestro universo habría asumido por azar el conjunto de valores que lo
han producido con las específicas y sorprendentes coincidencias que
describe el principio antrópico del modelo cosmológico estándar. Si
nuestro universo fuera único, sería difícil hallar razón del principio
antrópico; pero si es uno entre innumerables multiversos, no es extraño
que por azar un universo responda a las propiedades del nuestro.
En el capítulo siete de El gran diseño,
titulado "El milagro aparente", expone Hawking, sin ponerlas en duda,
algunas de las constataciones del principio antrópico. De la misma
manera que las propiedades específicas de nuestro planeta para hacer
posible la vida, por sorprendentes que sean, se explican por azar dentro
de la infinitud de planetas en el universo, así igualmente las extrañas
coincidencias del principio antrópico se explican también por azar
dentro de una infinitud de universos. Por tanto, y esto es lo que
interesa a Hawking, la ciencia puede concebir un tipo de universo que se
explicaría con autosuficiencia a sí mismo, incluyendo las propiedades
descritas por el principio antrópico.
Es claro que este modelo de multiversos permite pensar que en
nuestro universo se cumplen las características del modelo consmológico
estándar. Un universo que nace en el big bang (momento en que surge
primordialmente desde el metauniverso) y que desaparecerá por muerte
energética en el futuro (siendo, por decir así, reabsorvido en el
metauniverso de referencia). Hawking puede estar así de acuerdo con las
evidencias empíricas. Por tanto, asume una potente especulación teórica
físico-matemática–no confirmada por los hechos–, tanto en la teoría de
supercuerdas como en la existencia de multiuniversos, que le permite
especular que sería posible que nuestro universo real fuera uno más de
entre una infinita serie de multiversos. ¿Sería esto posible? Pienso que
sí. No veo razones para excluir una argumentación especulativa en esta
línea. Quizá se puedan criticar aspectos concretos de la forma en que se
hace esa especulación (en Hawking o en otros autores): pero no me cabe
duda de que este tipo de especulación puede perfeccionarse y hacerse
viable como tal.
Por tanto, es posible concebir racionalmente que el universo
pudiera explicarse de esta manera. ¿Hay algún tipo de evidencia empírica
que avale que esta especulación posible pueda ser, o tenga
probabilidades de llegar a ser, considerada real? No hay ninguna
evidencia; y algunos piensan que la misma naturaleza de estas
especulación permite incluso pensar que ni siquiera pudiera llegar a
haberla. Por tanto, sin evidencias empíricas, ¿cabe entonces
considerarla subjetivamente real? Es posible, ya que las creencias son
actos de la voluntad libre del hombre. Se puede “creer” que ciertas
especulaciones acabarán por hacerse acreedoras de que las consideremos
reales. Pero mientras esto su suceda no nos está justificado –ni
epistemológica, ni científica, ni filosóficamente– pensar que nuestras
imaginaciones, especulaciones o puras teorías, sean dignas de que eo
ipso las consideremos realidad. Al parecer el mismo Hawking se da
perfecta cuenta de que las cosas son tal como acabamos de exponer.
Citamos el párrafo final de El gran diseño, con anotaciones nuestras
entre corchetes.
“La teoría M es [podría ser] la teoría unificada que Einstein
esperaba hallar. El hecho de que nosotros, los humanos –que somos, a
nuestra [su] vez, meros conjuntos de partículas elementales de la
naturaleza [de las que ha emergido, por las propiedades ontológicas de
la materia, nuestra entidad psíquica y las funciones mentales
derivadas]– hayamos sido capaces de aproximarnos tanto a una comprensión
de las leyes que nos rigen a nosotros y al universo es un gran triunfo
[debido a nuestra mente]. Pero quizá el verdadero milagro es que
consideraciones lógicas abstractas [no sólo, porque incluso la teoría de
supercuerdas es una especulación inspirada en la experiencia real del
universo y de la materia, a las que en último término apuntan] conduzcan
a una teoría única [no necesariamente ya que hasta ahora rigen diversos
modelos aplicables a dominios especiales de realidad, como el mismo
Hawking acepta, y además, por otra parte, la teoría de supercuerdas,
lejos de ser única, está sometida en los últimos diez años a una
creciente cascada de críticas y alternativas, como muestra el libro de
Leo Smolin The Trouble with Physics] que describe un vasto universo
[supongo que querrá decir multiuniverso, más de acuerdo con sus
creencias] lleno de la sorprendente variedad que observamos [observamos
sólo la variedad interna de nuestro universo, pero de los multiuniversos
no observamos nada]. Si la teoría [que es pura especulación] es
confirmada por la observación [que hasta ahora no se ha dado y que
muchos piensan que incluso nunca podrá llegar a darse por la misma
naturaleza de las especulaciones propuestas], será la culminación de una
búsqueda que se remonta a más de tres mil años [la búsqueda de la
verdad del universo es muy antigua, pero la búsqueda de la teoría de
cuerdas y de multiuniversos es de hace dos días]. Habremos hallado el
Gran Diseño [no creo que hablar de “diseño” sea apropiado para Hawking,
al que sin duda se le ha pegado la expresión por la discusión en torno
al “inteligent design”, ya que “diseño” parece apuntar a un diseñador;
por ello, más bien debería hablar Hawking sólo del “gran orden natural
de la ontología ciega del universo” surgido en el azar de los
multiversos].
Historias alternativas
Stephen Hawking trata de avalar la teoría de multiversos con
diversos resultados de nuestra comprensión física del universo en que
vivimos. Sin embargo, aunque se entiende a dónde apunta, la verdad es
que sus consideraciones suscitan serias dudas de coherencia, al menos a
nuestro juicio. La primera de ellas es su modo de presentar las
“historias alternativas” y su aplicación a la teoría de multiversos.
Es claro que la teoría de multiversos al uso especula con un,
digamos, metasistema en el que se irían produciendo los infinitos
universos. Sería un sistema abierto por su propia naturaleza a una
multitud de procesos posibles (los multiversos generados en él). Se
trataría, pues de un continente/productor (metauniverso) que contendría
en su interior diversos sistemas/producto (multiversos). Este
planteamiento cosmológico parece hallar intuitivamente un cierto
paralelismo con la propiedad cuántica de “superposición” que ha sido
usado por Hawking, a nuestro entender indebidamente. Un electrón, por
ejemplo, en su órbita no es una partícula que esté en un sitio u otro,
sino una vibración o un campo que está en muchos sitios a la vez y no
está en ninguno; es un estado de “superposición” en relación a los
múltiples “colapsos” que podría sufrir. Por ello habla Hawking del
experimento de la doble rendija, que discute ampliamente, del principio
de incertidumbre y de los diagramas de Feynman, dentro de su teoría de
la quantum electrodynamics por él creada en torno a los años 40. También
podría haber hablado de la teoría de “otros mundos” de Everett, cosa
que sin embargo no hace, silenciándola por completo.
La intuición de fondo es clara: el metauniverso podría estar como
en, digamos, un estado de superposición que estaría abierto a producir
una serie de “colapsos” que serían los multiuniversos. De la misma
manera que Feynman nos habla de “historias alternativas” en la
interacción entre partículas elementales, el metauniverso estaría
abierto a sus “historias alternativas”, siendo cada una de ellas un
universo real.
“La teoría de Feynman –nos dice Hawking – permite predecir los
resultados probables de un “sistema” que puede ser una sola partícula,
un conuunto de partículas o incluso el universo entero. Entre el estado
inicial del sistema y nuestras medidas posteriores de sus propiedades,
dichas propiedades evolucionan de una cierta manera que los físicos
denominan “historia” del sistema. En el experimento de la doble rendija,
por ejemplo, la historia de cada partícula es simplemente su
trayectoria. Así como en el experimento de la doble rendija la
probabilidad de observar que la partícula va a aterrizar a un cierto
punto depende de todas las trayectorias que la podrían haber llevado
allí, Feynman demostró que, para un sistema general, la probabilidad de
cualquier observación está construida a partir de todas las posibles
historias que podrían haber conducido a dicha observación” (p. 91-92).
“En lo que sigue, aplicaremos la formulación de Feynman de la mecánica
cuántica al universo como un todo. Veremos que, tal como ocurre con una
sola partícula, el universo no tiene una sola historia sino todas las
historias posibles, cada una con su propia probabilidad” (95-96).
Es verdad que un electrón en su orbital está vibrando en un estado
de “campo” (que llena su orbital). Podría colapsarse en infinitos
puntos (infinitas historias) y cada uno de ellos tiene una cierta
probabilidad (calculable en cada uno de los sistemas matemáticos que
describen el mundo cuántico). Si se acercan dos electrones y se produce
entre ellos una interacción cifrada en el intercambio de un fotón, las
posibles trayectorias (historias) de ese fotón podrían establecer un
“campo” en que el fotón está en todas y en ninguna de las trayectorias
(como dice la electrodinámica cuántica de Feynman), aunque realmente su
estado de superposición se colapse en una historia resultante (la
interacción real). En general, un estado cuántico (dos electrones) puede
evolucionar a otro estado (su interacción por intercambio de un fotón)
por una serie de posibles trayectorias (historias), pero sólo lo hará
colapsándose en una de ellas. Las trayectorias o historias son en alguna
manera reales en estado de superposición ya que el electrón, o el
fotón, llenarán un “campo” que es algo real. Pero, sin embargo, no todos
los colapsos que establecerían la evolución del sistema son “todos”
reales; real “real” sólo hay uno, los demás son posibles, pero no
reales. Si cada posible evolución del universo fuera real (para cada
partícula y para el universo en su conjunto) deberíamos admitir, al
estilo de Everett, que actualmente nuestro universo real en cada uno de
sus momentos está generando una infinitud de otros universos paralelos
(que con gran sorpresa y difícil explicación física) no interfieren ni
chocan con el nuestro. No creemos que el pobre Feynman aspirara a que su
electrodinámica cuántica fuera entendida de esta manera tan
sorprendente como pintoresca y, en el fondo, imposible.
Cuando la teoría ordinaria de multiversos postula la existencia de
un metauniverso como fondo ontológico del que surgirían, postula
también que entre el proceso físico evolutivo de unos y otros universos
no hay interferencia; son universos paralelos, rasgo esencial para
evitar el caos que produciría su interferencia. Pero concebir, al estilo
de Everett (y como parece también hacer Hawking, aunque no con gran
claridad y explicitud) que los multiversos van generándose poco a poco
dentro de nuestro universo real, al hilo de las diferentes trayectorias o
historias cuánticas que se generan continuamente en la evolución real
generando infinitos universos coexistentes, crea un problema de difícil
solución: la interferencia de unos con otros universos. Es decir,
mantener el paralelismo absolutamente independiente de infinitos
universos dentro del nuestro que distan unos de otros milésimas y
milésimas de milimetro (como algunos sorprendentemente parecen aceptar
sin titubeos) es, a nuestro humilde entender, pura “física teórica
ficción”.
A nuestro entender –y somos conscientes de que podríamos
equivocarnos al hablar de un mundo tan complejo conceptualmente– la
teoría cuántica ordinaria, incluyendo la electrodinámica cuántica de
campos, han sido construidas por la física para entender cómo se
producen los fenómenos físicos dentro de nuestro universo. Hay que ir
con mucho cuidado al tratar de aplicarlas a las propiedades físicas del
metauniverso, buscando con ello conseguir que se nos haga inteligible
por qué el metauniverso ha producido esa infinitud de multiversos. ¿No
podría haber multiversos en que no rigieran la mecánica cuántica, la
electrodinámica cuántica de Feynman o, en general, las leyes precisas de
“nuestro” universo? La leyes físicas de un metauniverso que produjera
una serie indefinida de multiversos, ¿serían inferibles desde las leyes
de “nuestro” universo?
a teoría del todo, multiversos y teoría M
Hawking reconstruye la historia de nuestra idea del mundo
microfísico desde el siglo XIX y la obra de Maxwell, pasando por las
teorías macrofísicas de la gravedad y de la relatividad de Einstein,
hasta llegar a las cuatro grandes fuerzas de la naturaleza e investigar
su posible unificación a partir de la electrodinámica cuántica de
Feynman. Esta línea de investigación abre el camino hacia las teorías de
la gran unificación (GUT), que todavía topan hoy con grandes
dificultades. Finalmente Hawking expresa su convicción de que la gran
candidata final a ser “teoría del todo” sería la teoría M, la magic
theory cuyo elemento esencial debería ser la teoría de cuerdas y
supercuerdas.
“La teoría más fundamental – nos dice Hawking – es la denominada
teoría M", como dijimos antes. Nadie parece saber qué significa la M,
pero puede ser Maestra, Milagro o Misterio (nosotros la hemos llamado
antes “magic”, como hacen otros muchos autores). Parece participar de
las tres posibilidades. Aún estamos intentanto descifrar la naturaleza
de la teoría M, pero puede que no sea posible conseguirlo (desde luego
no será posible hacer de la teoría M una teoría única de la ontología
del metauniverso antes aludido). Podría ser que la tradicional
expectativa de los físicos de una sola teoría de la naturaleza sea
inalcanzable y que no exista una formulación única (esto es lo más
probable como después diremos). Podría ser que para describir el
universo tengamos que emplear teorías diferentes en situaciones
diferentes” (134-135).
“Tanto si la teoría M existe como una formulación única o como una
red de teorías, conocemos algunas de sus propiedades. En primer lugar,
el espacio-tiempo de la teoría M tiene once dimensiones, en lugar de
diez”. “Además la teoría M puede contener no sólo cuerdas vibrantes,
sino también partículas puntuales, embranas bidimensionales, burbujas
tridimensionales y otros objetos que resultan más difíciles de
representar y que ocupan todavía más dimensiones espaciales, hasta
nueve. Son llamados p-branas (donde p va de 0 a 9)”. “La forma exacta
del espacio interno [hay dimensiones externas, así el espacio-tiempo
ordinario de cuatro dimensiones que percibimos, y dimensiones internas
“plegadas” que no se se manifiestan inmediatamente en nuestra
percepción] determina los valores de las constantes físicas, como la
carga del electrón, y la naturaleza de las interacciones entre las
partículas elementales; en otras palabras, determina las aparentes leyes
de la naturaleza. Decimos “aparentes” porque nos referimos a las leyes
que observamos en nuestro universo –las leyes de las cuatro fuerzas y
los parámetros como las cargas y las masas que caracterizan las
partículas elementales– pero las leyes más fundamentales son las de la
teoría M” (p. 135).
“Las leyes de la teoría M permiten diferentes universos con leyes
aparentes diferentes, según como esté curvado el espacio interno. La
teoría M tiene soluciones que permiten muchos tipos de espacios
internos, quizá hasta unos 10500, lo cual significa que permitiría unos
10500 universos, cada uno con sus propias leyes. Para hacernos una idea
de qué representa ese número pensemos lo siguiente: si alguien pudiera
analizar las leyes predichas para tales universos en tan solo un
milisegundo por universo y hubiera empezado a trabajar en el instante
del big bang, en el momento presente sólo habría podido analizar las
leyes de 1020 de ellos” (136). Efectivamente, no cabe duda, serían
muchos universos.
La teoría M, la macroteoría de supercuerdas que integra las
diversas formas de ver la misma teoría de cuerdas, no ha sido concebida
por la física teórica primariamente para establecer una teoría de
multiversos. Más bien han sido los partidarios de la teoría de
multiversos quienes han acudido a la teoría M en busca de apoyo teórico.
Pero la teoría M se creó para especular sobre las propiedades de una
materia primordial que, generada en el big bang, hubiera podido generar
tanto el mundo microfísico de las partículas materiales como las
interacciones gravitatorias en el macrocosmos, tal como describe
Einstein en la relatividad. La teoría M está pensada, pues, para
concebir una hipótesis sobre cómo pudo ser la materia primordial, cuya
ontología permitiría explicar desde una misma raíz la mecánica cuántica y
la mecánica clásica (cómo, por ejemplo, la gravedad cuántica sería la
raíz ontológica de la gravedad macroscópica que explica el universo que
vemos). Sería, según Hawking, la teoría del todo.
Sin embargo, la teoría M, ¿sería la teoría de todo nuestro
universo o de todos los multiversos o, lo que es lo mismo, la teoría del
sistema de metarealidad que genera los multiversos? Lo que, a mi
entender queda fuera de toda duda es que la teoría M se construye con la
vista puesta en concebir la ontología radical que permite explicar
nuestro universo, unificando los modelos cuánticos y relativistas. Ahora
bien, la posición de Hawking pretende más: que el proceso teórico que
ha llevado a concebir la teoría M, partiendo de nuestro universo, haya
transpasado los límites de nuestro universo hasta llegar a concebir la
ontología del metauniverso que produce los infinitos universos
(innumerables universos, 10500).
Pero esto plantea sin duda inevitables preguntas teóricas. La
principal es esta: ¿tiene sentido, es decir, responde a una lógica
argumentativa fundada en la epistemología de la ciencia, atribuir a la
teoría M la condición de ser una teoría sobre la ontología del
metauniverso? Es obvio que, si nuestro universo existe de hecho y es uno
de los multiversos, debemos atribuir a la ontología del metauniverso
unas características capaces de generarlo. Sin embargo, ¿qué impide
pensar que el metauniverso tenga una ontología que permita generar
nuestro universo y, además, digamos, otros 10500.000 universos con
propiedades ontológicas completamente diferentes de la teoría M? En este
caso, la ontología del metauniverso generador de multiversos no sería
la teoría M. Lo más que podría decirse sería que la teoría M sería la
teoría de uno de los múltiples universos generados. Ahora bien, si la
teoría M es la explicación de uno solo de estos universos generados (el
nuestro) nada impediría que fuera también la explicación de otros
universos producidos en el metauniverso. Si éste, en efecto, ha
producido el nuestro, ¿Por qué no hubiera podido producir otros 10500
similares, es decir, universos con otro juego de valores de la teoría M?
Nada lo impide. Pero, en todo caso, la ontología del metauniverso no
tendría por qué ser la teoría M, sino otra ontología que pudiera generar
no sólo universos regidos por la teoría M, sino también otros con
ontologías radicalmente distintas a la teoría M.
Por otra parte, si retomamos los principios epistemológicos
establecidos por Hawking, antes mencionados –y en los que nos
mostrabábamos en conformidad con él–, era el llamado realismo
dependiente del modelo el criterio que, según Hawking, debe dar la pauta
para entender la naturaleza y el alcance de nuestras teorías físicas.
La teoría M es una teoría fìsica, obviamente. Sería, pues, un modelo que
nos permite entender cuál es el origen de nuestro universo y cómo
podemos explicarlo. Un modelo que establece lo que podría ser real (ya
que la realidad pensada depende del modelo). Por tanto, según esto, es
obvio que la teoría M debería entenderse como una teoría, no única y no
absoluta, de nuestro mundo. Teoría que es totalmente especulativa,
porque el único modelo de universo argumentable en evidencias empíricas
es el modelo cosmológico estándar, antes aludido.
Multiversos, sí como posibilidad, pero ¿son creíbles los multiversos de Hawking?
Si la teoría M fuera verdad, y por tanto real, deberíamos
entenderlo de acuerdo con las observaciones que siguen. Veamos primero
si nuestro universo fuera único. 1) Deberíamos afirmar, al menos, que la
teoría M describe la ontología de la materia primordial que ha generado
nuestro universo. 2) Si nuestro universo fuera un universo único,
deberíamos decir que, de entre el 10500 (admitiendo los cálculos de
Hawking) conjuntos distintos de valores para sus dimensiones, variables y
propiedades de la materia concebida en la teoría M, nuestro universo
sería real de acuerdo con un conjunto específico sorprendente, a saber,
el que constata el principio antrópico. 3) Este conjunto específico de
valores haría evolucionar nuestro universo asumiendo en cada momento de
su estado global sólo opciones concretas, de acuerdo con el modelo
cosmológico estándar (no tendría sentido pensar que dentro de nuestro
universo se fueran generando en cada momento otros innumerables
universos, paralelos y sin interferencias físicas, en la línea de dar
realidad simultánea a las historias alternativas de la electrodinámica
cuántica de Feynman o a los muchos mundos de Everett).
En segundo lugar veamos si existieran multiuniversos. 1) La
eventual verdad de la teoría M para nuestro universo no prueba que los
múltiples juegos de valores, que la materia en ella especulada pudiera
asumir, deban existir necesariamente en otros universos reales. Probaría
sólo (dentro de la epistemología de la realidad dependiente del modelo)
que de hecho existe un universo, el nuestro, donde existe una materia
con un conjunto específico de valores de la teoría M. 2) Que existan
otros 10500 universos que respondan a otros juegos de valores
concebibles por la teoría M, surgidos en un metauniverso (cuya ontología
podría no ser la de la teoría M), es posible, pero es una especulación
voluntarista que no es necesariamente real y verdadera. 3) Si existieran
otros universos que respondieran a juegos de valores de la teoría M,
debería pensarse que habrían sido producidos en el metauniverso (o sea,
no en nuestro universo, que es un universo concreto que responde sólo a
un conjunto de valores específicos de una materia que eventualmente
tiene la ontología especulada por la teoría M).
Por consiguiente, ¿es posible que la explicación física de nuestro
universo fuera una metarealidad que genera multiversos en número
incontable o infinito (usando aquí el concepto de infinito en sentido de
innumerables)? Creemos que sí: que es posible como especulación en
física o cosmología teórica. Pero la presentación concreta que Hawking
nos ofrece de su teoría M como fundamento de la existencia real de
multiversos, ¿es aceptable? ¿Está bien construida? Personalmente pienso
que no, pero mi valoración es obviamente discutible también. Mi
argumento fundamental es que me parece que Hawking confunde lo que
podemos decir de nuestro mundo con la metarealidad de referencia en la
teoría de multiversos, como se ve en su intento de aplicar las historias
alternativas o la misma teoría M al metauniverso. ¿Podría ser correcta
la teoría M? Hoy no lo sabemos y cada vez tiene más detractores (antes
aludíamos a Leo Smolin). Pero debemos admitir que sería posible que
fuera verdadera y que se fuera acercando más y más a una formulación
aceptable (que el mismo Hawking admite que hoy no se da). ¿Puede haber
una teoría de multiversos que no se apoye en la teoría M y que no
dependa esencialmente de ella? Pensamos que sí, la especulación sobre
los multiversos es muy simple en sí misma y no creemos que nadie le
pueda negar su viabilidad especulativa. En otras palabras: aunque la
teoría M se abandonara, no por ello dejaría de ser viable una teoría de
multiversos.
Por ello queremos insistir en que, para que una teoría de
multiversos sea consistente, es necesario afirmar que a) se producen en
un sistema de metarealidad del que nuestro universo es sólo un producto
entre otros y que además b) es necesario entender que los multiversos
producidos son paralelos, independientes y no existen interacciones
entre ellos, aunque todos ellos estén dentro del sistema de
metarealidad. Es decir, los multiversos no deberían estár unos “dentro
de otros”. Esto es lo que pasaría si confundieramos nuestro universo con
la metarealidad que, regida por la teoría M, generara los 10500
universos que respondieran a la misma teoría M fundamental. Debemos,
pues, distinguir entre nuestro universo y la metarealidad que nunca
deberían ser lo mismo. Confundir nuestro universo con la metarealidad
llevaría a considerar que la ontología de la metarealidad se rige
exclusivamente por la teoría M, cosa que no consideramos aceptable
(aunque la metarealidad, como hemos dicho, pudiera producir, entre
otros, universos que se rigieran por conjuntos de valores de la teoría
M). Igualmente, tampoco sería consistente con la teoría de multiversos
creer que la electrodinámica cuántica de Feynman, las historias
alternativas, los mundos de Everett o la referencia al vacio cuántico,
por ejemplo, justifican pensar que nuestro universo genera continuamente
una infinitud de multiversos paralelos entrelazados con el nuestro. La
mecánica cuántica y la relatividad, el modelo cosmológico estándar y, si
fuera real, la teoría M describen nuestro universo. Es un universo
abierto con alternativas evolutivas en cada momento, donde el azar, la
probabilidad y la estadística juegan un papel esencial. Un universo que
ha seguido una evolución concreta, pero que hubiera podido podido seguir
muchas historias alternativas. Le han estado abiertas muchas
posibilidades evolutivas que no han llegado a ser realidad. Si
admitiéramos que todas esas posibilidades o historias han creado
realmente infinitos universos paralelos, dentro de nuestro universo y
brotando en su mismo interior, entraríamos en una concepción del
universo inverosímil. Deberíamos tener evidencia empírica de la
interferencia entre unos universos paralelos y otros, pero no la
tenemos. Es una concepción de los multiversos, ciertamente, muy difícil
de creer para científicos con sentido común.
Multiversos y cristianismo
Es evidente que, como antes dijimos, una imagen científica del
universo, de la vida y del hombre, que pretendiera haber “demostrado”
que Dios no existe no sería a todas luces compatible con el cristianismo
(y en general con las religiones). Las religiones se fundan
precisamente en creer que Dios es real y existente. Por ello las
religiones consideran que la existencia del universo es armónica con la
creencia en Dios; es decir, que el universo considerado por la razón no
excluye o contradice la existencia de Dios. El cristianismo, por
ejemplo, cree que la razón humana, al considerar el mundo natural, puede
argumentar la existencia de Dios: el mundo, pues, para la fe cristiana,
manifiesta en alguna manera la existencia de Dios. En este sentido
habló el concilio Vaticano I en uno de sus documentos dogmáticos.
Otra cosa es decir que el universo permita construir una
explicación especulativa (en una dimensión ya metafísica) en que
aparecería como un sistema autosuficiente que no necesitaría a Dios para
dar razón de sí mismo. Sería por tanto concebir la hipótesis
explicativa de un universo autosuficiente sin Dios. Esto es lo que hace
Hawking con su teoría de multiversos. Hawking no demuestra nada: ni que
su especulación sea verdadera, ni que Dios no exista. La viabilidad de
esta hipótesis, ¿es aceptable para el cristianismo? Es decir, que la
pura hipótesis especulativa de un universo sin Dios pueda construirse
correctamente en cuanto hipótesis, ¿plantea algún problema para el
cristianismo? Pienso que no y lo comento seguidamente con brevedad.
Como he explicado en mi obra Hacia el Nuevo Concilio
–comentada en mi blog en Tendencias21 sobre este libro– el cristianismo
ya no debería ser ya entendido en la perspectiva teocéntrica propia del
paradigma antiguo. La modernidad ha descrito en la ciencia cómo es
realmente el mundo creado por Dios y esa Voz de Dios en la Creación
permite entender con mayor profundidad qué es el cristianismo como
religión. La modernidad, en efecto, como resultado de la ciencia, no
muestra un universo en que la existencia de Dios sea patente, evidente o
impositiva por la estructura misma de la naturaleza (como se pensaba en
el cristianismo antiguo). Muestra al contrario la existencia de un
universo enigmático en su explicación metafísica última. El universo no
impone a la razón su fundamento metafísico último por, digamos, una
patencia evidente. El universo, su verdad metafísica, es en último
término un profundo misterio natural que todavía no hemos podido
desvelar. Se pueden hacer conjeturas sobre esta verdad metafísica, pero
son sólo conjeturas aunque puedan ser argumentadas de forma compleja
poniendo en juego los conocimientos científicos y las argumentaciones
filosóficas.
Una posible conjetura o hipótesis metafísica es la de un universo
puramente mundano, sin Dios, como sistema autosuficiente para dar razón
de su existencia real. Pero otra posible hipótesis viable es la
conjetura especulativa del teísmo que presenta también argumentos que
hacen verosímil a la razón que el fundamento metafísico último del
universo fuera un ser que responde a la idea de Dios.
Por consiguiente, que la teoría de multiversos o multiuniversos
–que describiría un sistema hipotético y especulativo de metarealidad
autosuficiente– sea viable y pueda ser construida con argumentos
especulativos bien planteados no crea ningún problema, ni filosófico ni
teológico, al cristianismo. Igualmente, la versión original de la teoría
de multiversos presentada por Hawking en El gran diseño (a mi
juicio poco acertada como hemos tenido ocasión de argumentar) tampoco
crea ningún problema a la fe cristiana. Al contrario, ensayos como el de
Hawking (o de otros autores, bien sea en el marco de los multiversos o
de otros contextos) permiten comprobar cómo, en efecto, la razón humana
puede concebir, dentro de un universo enigmático, la conjetura (que no
prueba o demostración) de que el universo podría ser entendido sin Dios.
Al mismo tiempo, el pensamiento teísta en el cristianismo ha
establecido también los argumentos especulativos que permiten la
conjetura de que el fundamento metafísico último del universo pudiera
ser una Divinidad existente creadora. Que pueda haber una especulación
atea, dentro de un universo enigmático, no excluye que sea viable
también otro tipo de conjetura alternativa, a saber, la conjetura
metafísica última de naturaleza teísta. Ni ateísmo ni teísmo son
impositivos, ambos suponen la valoración personal libre que instala al
hombre en una “creencia” metafísica última. El teísmo, pues, es
argumentable objetivamente en función del resultado de la ciencia
moderna, y es avalado por la constante experiencia religiosa a lo largo
de la historia de la humanidad y en el presente. Pero no se impone
necesariamente como resultado de un ejercicio natural de la razón que
deba ser aceptado por todos.
El hombre es libre para situarse en la increencia y la naturaleza
enigmática le ofrece la viabilidad objetiva de construir una descripción
del universo sin Dios en que pueda alojar su increencia. Es lo que
vemos en el ateísmo y, en concreto, en Hawking. Pero esto no significa
que el hombre no pueda situarse libremente en la creencia y, en este
caso, también la naturaleza enigmática le ofrece al hombre la viabilidad
de una conjetura teísta en que pueda alojar su creencia en armonía con
el universo. Este universo enigmático, creado por Dios para hacer
posible la libertad humana en la toma de posición ante la oferta de
amistad hecha por Dios, permite entender con mucha mayor profundidad el
cristianismo. Su esencia es el Misterio de Cristo en que se revela el
plan de salvación o eterno designio del Dios Trinitario: crear un
universo para la libertad en que Dios se oculta hasta la kénosis
manifiesta en el Misterio de la Cruz y obrar la salvación en una
dimensión escatológica (más allá del espacio-tiempo) de aquellos que
libremente aceptan a Dios, tal como se manifiesta en el Misterio de la
Resurrección de Cristo. Todo ello está explicado ampliamente en mi obra Hacia el Nuevo Concilio.
Es más, la teoría de multiversos podría ser aceptada incluso por
el cristianismo. Es decir, podría aceptarse que Dios hubiera querido
crear el universo no sólo dándole una estructura que permitiera la
especulación de los multiversos (cosa que, como vemos, ya es de hecho
posible), sino incluso habiendo creado el universo que habitamos como
uno de entre otros universos que constituyeran la creación en su
conjunto. Todo ello podría formar parte de un diseño divino de creación
orientado a hacer posible la libertad humana. Así piensan autores
cristianos cono Georges Ellis o William Stoeger. Sin embargo, de
momento, no creemos que el cristianismo deba adentrarse en mirar con
simpatía una teoría de multiversos especulativa que, al fin y al cabo,
está todavía en un estadio inmaduro (como el mismo Hawking confiesa) del
que no sabemos si acabará saliendo.
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