Los cyborgs
se identificarán con el hombre en una nueva era, según Ray Kurzweil
JAVIER MONSERRAT
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El influyente tecnólogo y filósofo defiende que
los humanos tendrán una conciencia tecnológicamente ampliada, y que
habrá “máquinas espirituales”.
Ray Kurzweil es hoy una de las personalidades más destacadas en la
ingeniería computacional. Es jefe de ingenieros de Google; ha sido
fundador de la Universidad de la Singularidad de California y, además,
es un influyente filósofo de la mente, con inmensa repercusión. Aporta
una teoría computacional del hombre y de los seres vivos, y sobre las
nuevas “máquinas espirituales” o cyborgs. En el siguiente artículo,
reflexionamos sobre sus ideas.
Ray
Kurzweil, nacido en Nueva York en 1948, de familia judía emigrada
de Europa por la persecución nazi, es una personalidad relevante en la
ingeniería, en la filosofía, en la futurología, pero sobre todo en la
teoría computacional de los seres vivos y del hombre.
Kurzweil ha sido, y es, un extraordinario profesional en la ingeniería
informática. Fundó compañías que diseñaron importantes programas
informáticos que se aplicaron, y se siguen todavía hoy aplicando, en
tecnologías de reconocimiento de voz, de textos escritos o de imágenes
(aplicaciones tan conocidas como Omnipage
o Siri, usado en Iphon o en Ipad de Appel, van unidas al nombre
de Kurzweil).
Después de haber fundado, administrado, vendido, importantes compañías
de ingeniería informática, después de haber pasado de unos sitios a
otros, en la actualidad es Jefe de Ingenieros de Google. Ha sido nombrado doctor
honoris causa en más de veinte universidades y ha recibido los máximos
honores del gobierno americano y del mundo empresarial privado,
incluyendo los tres premios concedidos por tres diferentes presidentes
americanos.
Ha publicado siete libros (cuatro que tengan en realidad relación con
el pensamiento científico-filosófico, ya que otros son sobre la salud y
el bienestar), pero son innumerables sus intervenciones públicas en
conferencias y debates de todo tipo.
Además, Kurzweil ha sido uno de los promotores principales de la
fundación en 2009 de la Singularity University en Moffett Field CA, apoyada por Google y el Nasa Ames Research Center, entre
otras empresas y particulares señalados (incluyendo a Arnold
Schwarzeneger). Eludimos exposiciones más amplias de su biografía
personal, intelectual, y de su actividad profesional, ya que son
fácilmente asequibles por Internet.
Pero, ¿en qué consiste entonces el pensamiento de Kurzweil?
Necesitamos, en efecto, una cierta visión global de lo que, a nuestro
entender, constituye su obra científico-filosófico-futurista, de tal
manera que podamos encuadrar en ella el orden y el sentido de nuestro
comentario.
A) En primer lugar, Kurzweil aporta una teoría computacional del hombre
y de los seres vivos. Esta teoría se funda en una teoría sobre el
ordenador como producto de ingeniería humana y en una teoría de los
seres vivos, de su sistema neuronal, y en especial del neocortex
humano, así como en una teoría tendente a mostrar la identidad
funcional entre los computadores y la mente animal y humana.
B) De acuerdo con esta idea de la IA (inteligencia artificial) y de la
mente animal/humana Kurzweil entra en el terreno de la futurología
anunciando que el desarrollo tecnológico, al que atribuye un
crecimiento exponencial por la Ley
de los Rendimientos Acelerados, llevará a la humanidad a entrar
en una Singularidad futura, o
momento en que la historia se introducirá en una fase nueva, esencial y
cualitativamente distinta a lo anterior. En qué consiste la teoría
computacional/humana de Kurzweil, así como las razones que apoyan el
anuncio de la Singularidad y
de su naturaleza, deben ser precisamente expuestas y valoradas por
nuestra parte.
En tres artículos abordaremos el estudio y discusión de la teoría
computacional, aplicada a las máquinas y a los humanos, que constituye
el fundamento del pensamiento de Kurzweil. Primero en este primer
artículo hablaremos de su “humanismo extensivo” y de su forma de
entender la “conciencia”. En otro segundo artículo veremos su teoría
sobre el funcionamiento de la mente como sistema neurológico de
reconocimiento de patrones. En el tercer artículo nos centraremos en la
Singularidad,
como pieza crucial de su futurología.
No queremos comenzar, sin embargo, sin declarar nuestra admiración y
respeto por la obra de Kurzweil. Nos sumamos al reconocimiento que ya
ha sido hecho por la sociedad misma. Pero además, y esto es más
especial, queremos también declarar nuestra simpatía por Kurzweil,
simpatía para con su carácter y su personalidad, muy americana, tal
como traslucen en su obra y actuación pública.
Pero simpatía también con sus ideas, aunque en muchos aspectos debamos
también disentir, y no en cuestiones triviales, tal como expondremos.
No obstante, intuimos que Kurzweil no es un transgresor atolondrado
(pensemos en su discutida predicción de la inmortalidad derivada del
dominio tecnológico futuro), sino un pensador que cree en valores, que
es valiente para meterse en a futurología, que se deja llevar por la
lógica de los hechos que se imponen, según su criterio, por la
evolución tecnológica, y que trata –dudamos de que siempre lo consiga–
de hacerlos conciliables con los valores tradicionales del humanismo.
El “humanismo
extensivo”
Kurzweil es agnóstico en cuanto a las creencias metafísicas. Pero es
respetuoso para con las creencias religiosas. Ser agnóstico es una
forma de reconocer el misterio del más allá metafísico. Si se tuviera
certeza de la existencia de Dios o de su no existencia, o de cualquier
otra naturaleza que debiera atribuirse al más allá, no se estaría en el
agnosticismo. Se estaría en el teísmo dogmático, en el ateísmo
dogmático, o en cualquier otro tipo de dogmatismo. Si Kurzweil se
declara agnóstico es porque considera que la argumentación teísta
acerca de un más allá entendido como Dios no sería descartable.
Tampoco sería descartable el ateísmo. Su posición moderada es, pues,
muy diferente del ateísmo radical excluyente, dogmático, y explícito de
autores como Richard Dawkins, Daniel Dennett, San Harris o Christopher
Hitchens. Esto es evidente. Kurzweil no es un ateo porque está abierto
al enigma de un más allá que se desconoce. Por esto es agnóstico.
Aunque de religión judía familiar, Ray Kurzweil no tuvo una formación
judía fundamentalista, sino extraordinariamente abierta. “Mi formación
religiosa se produjo en una iglesia unitaria en la que estudiábamos
todas las religiones del mundo. Nos pasábamos seis meses con, pongamos
el caso, el budismo. Íbamos a “misas” (las comillas son nuestras)
budistas, leíamos sus libros y formábamos grupos de discusión junto con
sus líderes. Después pasábamos a otra religión, como por ejemplo el
judaísmo. El tema primordial era “muchos caminos hacia la verdad”,
además de la tolerancia y de la transcendencia.
Esta última idea significaba que el resolver las aparentes
contradicciones entre las diferentes tradiciones no implicaba decidir
que una era correcta y otra equivocada. Así, la verdad sólo puede ser
descubierta encontrando una explicación que supere (trascienda) las
aparentes diferencias, especialmente en lo que respecta a cuestiones
fundamentales de significado y propósito” (CCM, pág. 211).
He citado este acertado texto de Kurzweil porque muestra su
identificación con la convergencia y no por la exclusión. No se trata
de rechazar nada, sino más bien de buscar la convergencia. Este mismo
talante es el que parece tener al estudiar la naturaleza del ordenador,
de la mente humana, y de la relación entre ordenador/mente.
“Humanismo extensivo” frente a reduccionismo
Por contraste, en orden a explicar lo que, a nuestro entender, es el
“talante” de la obra de Kurzweil, pensemos en el “reduccionismo”. Para
éste lo que, de acuerdo con nuestra experiencia fenomenológica,
personal y social, es más importante (conciencia, sensibilidad,
pensamiento, lenguaje, motivaciones, sujeto psíquico, mente racional,
decisiones libres y responsables…) queda “reducido” a los sistemas de
interacción deterministas y mecánicos del mundo mecanoclásico.
En último término, los seres vivos y el hombre quedaban “reducidos” a
la condición de puros robots; muy complejos, ciertamente, pero robots.
La mayor parte de las teorías computacionales del hombre son en la
actualidad “reduccionistas” y, a lo más, reducen los fenómenos
psíquicos a puros “epifenómenos” (un producto residual, marginal, de la
evolución que no es un factor causal que influya en los actos humanos).
Para el robotismo computacional y para el determinismo neural nuestra
vida es sólo una consecuencia determinista y mecánica de cadenas
causa-efecto ciegas que se explican por las interacciones físicas de la
mecánica clásica. Pero el sujeto psíquico, apoyado en los procesos
psíquicos que nos dan la apariencia falsa de ser protagonistas de la
vida, no tiene en realidad ninguna “causalidad descendente controladora
de lo físico-químico”. El sujeto es un puro testigo epifenoménico
(falsamente sentido como protagonista) de los productos de un mundo
absolutamente determinista.
Sin embargo, este no es el punto de vista de Kurzweil. No se identifica
con el “reduccionismo” de tantos colegas. ¿Dónde se sitúa entonces su
pensamiento? En principio digamos que quiere salvar al hombre, según la
experiencia que este tiene de sí mismo, según la experiencia y
convicciones “humanistas” que están en la base de la vida social,
religiosa, filosófica, jurídica, económica y política. Kurzweil es un
hombre con “sentido común” y sabe que no puede ofrecer una idea del
hombre “reduccionista” que, en el fondo, es incompatible con nuestra
vida personal y social, haciéndola imposible.
Por ello, Kurzweil se esfuerza por mantener una idea “humanista” del
hombre. Para él es claro que el hombre tiene conciencia, identidad
personal, es libre y responsable de sus actos (hasta un cierto punto),
construyendo su vida mediante una serie de decisiones que ponen en
juego el uso de un psiquismo emocional y racional. Esto quiere decir
que para Kurzweil, tal como yo lo entiendo, el mundo psíquico no es
epifenoménico (ni reduccionista). La mente humana tiene una causalidad
real descendente controladora de lo físico químico.
Por tanto, Kurzweil no pretende negar aquellas propiedades psíquicas
del hombre en que se funda el “humanismo” en nuestra vida personal y
social. En su perspectiva no se trata de negar sino de “extender”. La
cuestión no es negar, o “reducir”, la mente (mind), sino de afirmarla y
“extenderla” (extended mind).
Para él, la tecnología moderna, fundada en los sistemas de computación,
en el desarrollo de su hardware
y de los programas de software
que puedan ser implementados, está haciendo nacer nuevas formas de
realidad que supondrán una extensión de las propiedades de la mente: la
conciencia, la identidad, la condición de sujeto libre y responsable de
sus acciones. Lo humano, pues, se extenderá más allá de lo que hasta
ahora era “humano”, introduciéndose en nuevos ámbitos y dimensiones de
la realidad.
Las dos dimensiones del “humanismo extensivo”
1) La creación de nuevas entidades
cuasi-humanas. A no mucho tardar, los complejos programas de
ordenador encaminados a simular la vida psíquica, y a producir un
comportamiento en ella fundado, se perfeccionarán hasta un punto casi
inverosímil.
Se construirán robots cuasi-humanos que actuaran en el medio en función
de una vida psíquica simulada que incluirá percibir el medio, el
razonamiento y los planes de conducta, las emociones, la elección en un
abanico de posibilidades abiertas, la autoprogramación, el diálogo y la
interacción con los humanos –casi como si se tratara de un humano más–,
y la configuración incluso de una biografía fruto de la personalidad
propia del robot. Este tipo de “humanoides”, cyborgs o androides, nos
son hoy familiares por obras de ciencia-ficción como Star Trek.
Kurzweil nos plantea la cuestión de fondo que esto supone. “Imagínese
que usted se encuentra con una entidad futura (un robot o un avatar)
que es absolutamente convincente en lo que se refiere a sus reacciones
emocionales. Se ríe convincentemente de sus chistes y además le hace
reír y llorar (y no solamente pellizcándole). Le convence de su
sinceridad al hablar de sus miedos y anhelos. Parece consciente en
todas sus formas.
De hecho, tiene el aspecto de una persona. ¿Aceptaría usted a esta
entidad como si fuera una persona consciente?” (CCM, pág. 200).
“Ciertamente, existen desacuerdos sobre si alguna vez nos encontraremos
con una entidad así. La predicción que yo mantengo es que esto ocurrirá
en 2029 y se convertirá en algo habitual en la década de 2030. Pero
dejando a un lado el marco temporal, creo que eventualmente acabaremos
por considerar a estas entidades como conscientes.
Considere cómo las tratamos ya cuando nos las encontramos bajo la forma
de personajes de historias y películas. R2D2 de las películas de Stars War, David y Teddy de la
película A.I., Data de la serie de televisión Star Trek: The next Generation…”.
“Empatizamos con estos personajes pese a que sabemos que no son
biológicos. Los consideramos personas conscientes, tal y como hacemos
con los personajes biológicos humanos. Compartimos sus sentimientos y
tememos por ellos cuando se encuentran en problemas. Si es así como a
día de hoy tratamos a los personajes de ficción no biológicos es que
así es como en la vida real trataremos a inteligencias futuras que no
posean un sustrato biológico” (CCM, pág. 201).
2) Extensión de la mente humana a
sistemas de computación externos. Ya en la actualidad tenemos
experiencia de lo que esto significa: a través del ordenador y de las
redes estamos abiertos “extensivamente” a un mundo de información, de
percepciones, de conocimientos, de imágenes… que potencian la capacidad
de acción, de adaptación al mundo y de supervivencia. Hoy estamos ya
conectados inalámbricamente a estas redes (como fue predicho hace años
por Kurzweil) y es posible que en el futuro no necesitemos teclados, u
otros “medios” que entonces parecerán “primitivos” para comunicarnos
con las redes, que serán algo así como una extensión de nuestros
cerebros.
Podremos comunicarnos por el lenguaje (vg. Siri) o por el mismo
pensamiento (como hoy se investiga). Los robots conducirán nuestros
coches, trenes o aviones, realizarán las tareas industriales o del
hogar, incluso gran parte de nuestra actividad intelectual. Conoceremos
nuestro ADN con un poco de saliva en cualquier farmacia y un análisis
médico exhaustivo. La nanotecnología hará posible que multitud de
nanorobots biológicos vigilen nuestro organismo desde dentro,
conectados a un sistema médico externo dirigido por un robot, o
médico-androide, que podría tener incluso su propia personalidad,
siendo capaz también de aprendizaje y de retro-programación.
En fin, la supervivencia por el conocimiento y por la toma de
decisiones habrá dejado ya de depender exclusivamente de nuestros
cerebros biológicos, ya que habrán aparecido multitud de mentes
externas que nos ayudarán en interacción con nosotros, habiéndose
“extendido” además nuestra misma mente a inmensas plataformas externas
de computación, de virtualidades multiformes para el apoyo individual y
social.
Conclusión: talante
del “humanismo extensivo” de Kurzweil. El hecho que se impone
por la dinámica misma del conocimiento y de la tecnología, que no
podrán frenarse, es la aparición futura de un estado, individual y
social, de Singularidad, en
el que la forma de vivir dará un salto cualitativo y se entrará en una
nueva Era (la quinta y sexta Era, según la clasificación de Kurzweil en
SEC, cap. Uno).
Esta nueva Era no supondrá para Kurzweil “reducir” (reduccionismo) la
mente humana a lo robótico, mecánico, determinista y ciego, sino, muy
al contrario, la extensión de la mente humana hacia posibilidades
nuevas y en sumo grado enriquecedoras. Las propiedades de la mente
humana, tales como la conciencia, la condición de sujeto psíquico, la
identidad personal, la libertad, el conocimiento, la racionalidad, la
construcción biográfica y la especificidad de la propia personalidad,
no desaparecerán. Al contrario, aparecerán nuevas formas de realidad
que harán posibles nuevas formas de conciencia, identidad, libertad,
personalidad… Se hará posible un nuevo “humanismo extensivo”.
La conciencia en Ray Kurzweil
No parece caber duda de que Kurzweil sea una personalidad optimista.
Tiene experiencia profesional de los logros producidos en poco tiempo y
su confianza en la Ley de los
Rendimiento Acelerados le induce a suponer que los logros
futuros van a crecer en una aceleración exponencial. Vislumbra el
panorama futuro que supondrá el enriquecimiento de un humanismo extensivo y toma la
actitud voluntarista de creer
que la “imagen vislumbrada” se hará realidad. El pensamiento de
Kurzweil es, pues, un voluntarismo, es obra de un “creyente”.
Existen sin duda razones objetivas, científicas y filosóficas, para
admitir que lo afirmado en su voluntarismo se hará realidad. No es un
voluntarismo arbitrario, gratuito, sino argumentado científica y
filosóficamente. Pero, en el fondo, su prognosis del futuro no es
segura, y aceptar ese futuro supone lo que el mismo Kurzweil llama en
diversos lugares un “acto de fe”.
En el fondo, la belleza de ese futuro, en el que Kurzweil cree, depende
de que pueda hacerse realidad el humanismo
extensivo. Por tanto, no se trata de negar la experiencia
humanista del hombre que constituye nuestro ser personal y social, sino
de extenderla.
Por tanto, si nuestra realidad humana como entidad biológica se funda
en propiedades tales como conciencia, identidad personal, libertad,
racionalidad, etc., la extensión del humanismo deberá asumir una
“extensión” de esas propiedades. Pero aquí es donde comienza el
problema para Kurzweil.
Estrategia para
extender la mente
1) Si nos referimos –primera dimensión del humanismo extensivo– a la creación
de nuevas entidades cuasi-humanas
se presenta el problema de si a esas entidades cabe atribuirles la
extensión de propiedades. La entidad biológica del hombre tiene
“conciencia”.
Ahora bien, ¿cabe atribuir conciencia a un robot, a un avatar, cyborg o
androide, cuyos programas simulan casi perfectamente la conciencia
humana? El hombre es una entidad personal que se mantiene en el tiempo
y que constituye una biografía específica. ¿Tiene sentido decir que un
robot sea también una entidad personal?
El hombre, y en su nivel, los animales gozan de grados de libertad.
¿Puede decirse que un robot humanoide sea también una entidad libre que
construye su historia a través de un conjunto de elecciones libres
derivadas de su personalidad? El problema de Kurzweil es que hay muchos
científicos y filósofos que niegan que esas propiedades puedan
aplicarse legítimamente a los robots.
Es la cuestión de si será posible crear un nuevo tipo de entidades que
supongan la extensión de las propiedades de la entidad biológica
humana. Es el problema esencial de How
to Create a Mind, el libro de 2012 (Cómo crear una mente, 2013).
2) Si nos referimos –segunda dimensión del humanismo extensivo– a la extensión de la mente humana por redes
externas de percepción e información, de conocimiento, de
ingeniería y mecánica, de biología y de nano-tecnología médica, ¿será
todo eso compatible con las propiedades “humanistas” de la condición
humana? ¿Se perderá la conciencia como propiedad individual de ciertas
entidades biológicas como el hombre? ¿Será posible la libertad y el
proceso libre de creación de una personalidad específica a través de
una historia biográfica individual? ¿Seguirá siendo el hombre
independiente para mantener su identidad personal a través del tiempo
sin instancias deterministas externas que la limiten?
El establecimiento de la Singularidad,
¿acabará arrastrando la existencia de la dignidad humana personal tal
como hasta ahora ha sido conocida? Este es el gran problema que para el
hombre individual supone la llegada de la humanidad al momento de una
futura Singularidad que
supondría vivir como hombre en un nuevo marco de condiciones objetivas
para la vida. La Singularidad, por tanto, ¿permitirá la continuidad de
la dignidad individual del hombre? Esta es la gran cuestión tratada por
Kurzweil en The Singularity is Near:
When Humans Transcend Biology, 2005 (La singularidad está cerca: cuando los
humanos transcendamos la biología, 2012).
Como decíamos, en los dos primeros artículos (conciencia y
reconocimiento de patrones) abordamos sólo la primera de estas dos
dimensiones del humanismo extensivo: la creación de nuevas entidades
cuasi-humanas (How to Create a Mind,
2012). En un artículo posterior nos centraremos en el análisis de la Singularidad (The Singularity is Near, 2005).
La estrategia de Kurzweil
para defender el humanismo extensivo
es obvia. Por una parte, a nuestro entender, es claro, como decíamos,
que no es ningún iconoclasta atolondrado que pretenda reducirnos a
robots, negando todo aquello que da sentido individual y social a la
vida. Por otra parte, es también claro que se ha dejado atrapar por la
belleza de una nueva sociedad en que lo maravilloso del hombre pueda
ser extendido a nuevas entidades emergentes de sorprendentes
posibilidades tecnológicas. Ahora bien, ¿cómo armonizar estos dos
valores?
¿Cómo extender lo humano a las máquinas, sin deteriorar lo humano de
las entidades biológicas ya existentes? A mi entender, la estrategia de
Kurzweil consiste, usando algunas expresiones del lenguaje español, en
“marear la perdiz”, o escaparse del problema echando la “tinta del
calamar”. Kurzweil argumenta que la idea de propiedades humanas como
conciencia, identidad, libre albedrío…, lejos de estar definidas y ser
evidentes, han sido objeto de interpretaciones muy diferentes y a ellas
han sido atribuidos significados polisémicos.
Por tanto, en este estado de confusión, sin contornos precisos,
mareados como la perdiz o enmascarados por la oscuridad de la tinta del
calamar, ¿quién puede negar la legitimidad de atribuir a las máquinas
la conciencia, la identidad, la personalidad o la libertad, en el mismo
sentido con que se atribuyen al hombre?
El hecho de la conciencia
Kurzweil sabe perfectamente que el hombre real y la sociedad están
construidos a partir de un hecho radical incuestionable: la conciencia. Los individuos se hacen
a sí mismos personalmente, y la sociedad es lo que es, a partir de una
propiedad de la mente que hace posible vivir una biografía humana
responsable (existe un sujeto de atribución) que funda el orden social:
es la conciencia.
Por consiguiente, si se trata de argumentar que en la Singularidad se producirá una
extensión del humanismo a las máquinas (spiritual maquines), difícilmente
será esto posible si a las máquinas no se les confiere conciencia. No sólo conciencia,
sino también las otras propiedades de la mente constituidas en una
entidad biológica como la nuestra. Es evidente que los cyborgs no son
“biología”. Veamos un texto del mismo Kurzweil.
“De manera que, en lo que respecta a la conciencia, ¿cuál es
exactamente la cuestión una vez más? Es esta: ¿quién o qué es
consciente? En el título de este libro (CCM, 2013) hago referencia a la
“mente” (mind) en vez de al
“cerebro” (brain) porque una
mente es un cerebro consciente. También podríamos decir que una mente
posee libre albedrío e identidad. La propia aseveración de que estas
cuestiones son filosóficas no es por sí evidente. Así, yo mantengo que
estas cuestiones nunca podrán ser completamente resueltas por la
ciencia.
En otras palabras, sin la aceptación de presuposiciones filosóficas, no
existen experimentos falsables que podamos realizar para resolverlas.
Si tuviéramos que construir un detector de conciencia, Searle querría
estar seguro de que chorreara neurotransmisores biológicos. Por su
parte, el filósofo norteamericano Daniel Dennett (nacido en 1942) se
mostraría más flexible en cuanto al sustrato [es decir, el fondo
ontológico, biológico o no-biológico], pero es posible que quisiera
saber si el sistema contiene o no un modelo de sí mismo y de su propio
rendimiento.
Esta visión se acerca más a la mía, pero en el fondo sigue tratándose
de una asunción filosófica. Regularmente se presentan propuestas que
pretenden ser teorías científicas que enlazan la conciencia con algún
atributo físico medible, a lo cual se refiere Searle como el mecanismo
causante de la conciencia” (CCM, 196-197).
Por consiguiente, cuando Kurzweil escribe su obra How to Create a Mind tiene la
intención explícita de explicar cómo se construye una “mente” que
incluye la “conciencia”. En otras palabras, Kurzweil pretende explicar
cómo construir una “máquina” que sea “mente”, es decir, que tenga
“conciencia”. Dado el objetivo de Kurzweil (conferir a las máquinas
“espirituales” aquellas propiedades que hagan posible un humanismo extensivo, es decir,
hacerlas spiritual maquines)
es explicable que no le guste que algunos (como Searle, Hameroff o
Penrose) hagan depender la conciencia de condiciones biológicas muy
precisas, ya que entonces se podría hacer depender la atribución, o la
no-atribución, de conciencia a la presencia de tales o cuales
condiciones biológicas objetivas ya establecidas.
En este caso, ya que las máquinas no tienen “ontología” o harware
biológico, sería imposible detectar en ellas, o atribuirles, estas
condiciones biológicas requeridas que justificaran hablar de
conciencia. En otras palabras: no podríamos atribuir conciencia a las
máquinas, en contra precisamente de lo que Kurzweil quiere conseguir.
Por ello, es lógico que mencione a Dennett que es abierto en cuanto al
sustrato ontológico y parece no exigir lo biológico, limitándose a
postular que el sistema (consciente) debería tener al menos un modelo
de sí mismo y de su propio rendimiento. Es claro que esto sí podríamos
tratar de encontrarlo en un robot (aunque no en todos).
El
filosóficamente difuso concepto de conciencia
Parece, pues, que a Kurzweil le interesa que la naturaleza de la
conciencia, qué significa tener conciencia, cuál sea la ontología de la
conciencia, es decir, quién o qué tiene conciencia, es decir, todo lo
que atañe al concepto de conciencia no sea una cuestión científica
precisa y bien definida, ante la que quepa tomar una posición
igualmente precisa.
El concepto de conciencia es, al contrario, filosófico y, por ello
mismo, difuso, impreciso, abierto a la especulación y a posiciones
teóricas, en ocasiones incluso contradictroias, que permanecen en
disputa desde hace siglos.
Nos dice Kurzweil que “el filósofo británico Colin McGinn (nacido en
1950) escribe que ´discutir sobre la conciencia puede reducir incluso
al pensador más meticuloso a un parloteo incoherente´. La razón de esto
es que a menudo la gente tiene opiniones no contrastadas e
inconsistentes sobre lo que el término conciencia significa
exactamente” (CCM, pág. 192).
Muchos analistas consideran que la conciencia es una forma de
rendimiento, como por ejemplo, la capacidad de autoreflexión, que es la
capacidad para comprender los pensamientos propios y explicarlos. Según
esto, un bebé, un perro, ¿tendrían conciencia? Para otros, como Searle,
la conciencia se reduce a mecanismos biológicos, pero esto llevaría al
reduccionismo como muchos critican. David Chalmers ha acuñado la
expresión “el duro problema de la conciencia”.
La conciencia, ¿nombra simplemente los atributos observables y medibles
asociados al hecho de tener conciencia? Hay analistas que asocian la
conciencia con la inteligencia emocional o inteligencia moral.
Comprender cómo el cerebro realiza este tipo de tareas y lo que sucede
en el interior del cerebro cuando las realizamos es lo que configura la
“sencilla” cuestión de la conciencia planteada por Chalmers.
Por el momento la “dura” cuestión de Chalmers es tan dura que entra
dentro de lo inefable, comenta Kurzweil. Chalmers imagina un
experimento mental: una reunión de humanos y zombis (cuyo
comportamiento no contendría nada que pudiera distinguirlos de los
humanos). Por ello, por definición, no habría manera de identificar a
un zombi. Chalmers especula también con que la conciencia podría
existir en una dimensión distinta del mundo físico. Este “dualismo”
(mundo de la conciencia y mundo físico) no permitiría que la conciencia
afectara causalmente al mundo físico o fuera afectada por él
(epifenomenalismo).
Otra especulación de Chalmers es el pamprotopsiquismo (todo lo físico
es consciente). Un enchufe, un hombre, una hormiga, pero también una
colonia de hormigas como sistema, deberían ser conscientes en mayor o
menor grado. Otra manera de conceptualizar la idea de conciencia es
como un sistema que posee “qualia” (o “experiencias conscientes” de
todo tipo, un color, una imagen, un sentimiento, un pensamiento).
Aquellas “cualidades” (qualia) que son susceptibles de ser percibidas
por un sujeto, al ser percibidas, constituirían la conciencia. Kurzweil
argumenta también que esta definición tampoco es fiable, crea
confusiones que pueden aplicarse de forma generalizada.
Abundando en la idea de Searle de que la conciencia es un estado que
deriva propiedades biológicas precisas, se fija Kurzweil en las
propuestas de Hameroff y de Penrose, que trata sucesivamente, para
acabar descartando su propuesta por presentar inconsistencia interna y
por no poder aportar evidencias empíricas, de tal manera que quedaría
reducida a un puro “acto de fe”.
Al igual que hace con el hecho de la conciencia, presenta también
Kurzweil los conceptos de libre albedrío e identidad. Son igualmente
confusos y distan de constituir un concepto cerrado que sólo pudiera
aplicarse a entidades exclusivamente biológicas. Sobre el libre
albedrío discute y muestra las contradicciones entre los experimentos
clásicos de Sperry sobre cerebro dividido, las aportaciones de
Gazzaniga, del determinismo neural que parte de Libet, o las idea de
Ramachandan de que se debería hablar, más bien, de un libre no-albedrío (la mente sería
libre para elegir entre un abanico de propuestas deterministas).
Presenta también cómo se vería el libre albedrío en la propuesta del
autómata universal del Dr. Wolfram Alpha, así como la discusión del
libre albedrío que estaría presente en el robot Watson, capaz de
derrotar a cualquier humano en el juego Jeopardy o sea, de preguntas y
respuestas sobre tema universal (sobre todo esto ver: CCM, págs..
191-234).
La conclusión de
Kurzweil. Es obvio que interesa que el concepto de conciencia
sea algo difuso e impreciso, al que no podemos acercarnos “sin marear
la perdiz” o sin meternos dentro de la “tinta del calamar”. Es claro
que sólo así se podrá hallar una vía para atribuir “conciencia” a los
robots. Por tanto, nos dice Kurzweil, la pregunta sobre si una entidad
es o no es consciente no es una cuestión científica. Basándose en esto,
algunos analistas proceden a cuestionar si la propia conciencia tiene
alguna base real.
La filósofa y escritora inglesa Susan Blackmore (nacida en 1951) habla
de la gran ´ilusión de la conciencia´. Reconoce la realidad del meme
(idea) de la conciencia. En otras palabras, la conciencia existe como
idea y existen muchísimas estructuras neocorticales que tienen que ver
con esta idea, por no mencionar las palabras que han sido proferidas y
escritas sobre ella. Sin embargo no está claro que haga referencia a
algo real.
Blackmore continúa diciendo que ella no está necesariamente negando la
realidad de la conciencia, sino que se limita a exponer los tipos de
dilemas con los que nos encontramos al intentar fijar el concepto. Tal
y como escribió el psicólogo y escritor británico Stuart Sutherland
(1927-1998) en el International
Dictionary of Psycology, “la conciencia es un fenómeno
fascinante, pero evasivo. Es imposible especificar lo que es, lo que
hace o el por qué de su evolución” (CCM, pág. 202). Ciertamente en este
párrafo evidencia Kurzweil lo que significa “marear la perdiz” o “echar
tinta de calamar”.
La conciencia en la experiencia y la ciencia
humanas
No ponemos en duda que hay muchos autores que han “mareado la perdiz”
en torno al hecho y al concepto de conciencia. Son autores provenientes
en su mayor parte de la filosofía, de la filosofía analítica, de la
teoría de la mente, del mecanicismo determinista clásico, de las
modernas versiones computacionales de la mente, y de algunos otros.
Kurzweil está interesado en echar “tinta de calamar” sobre el concepto
de conciencia y, por ello, recurre a estos autores para avalar su idea
que la “conciencia” es algo muy confuso. Tiene todo el derecho a unirse
a este grupo minoritario de autores.
Sin embargo, debemos también poner de relieve que para la mayor parte
de autores y profesionales en psicología, filosofía, neurología,
medicina, biología evolutiva, etología, ciencias naturales y humanas en
general, existe un concepto de conciencia general, más obvio, derivado
directamente de la experiencia. Pero, sobre todo, hay que insistir en
que ese concepto es intuitivamente el que todos tenemos personal y
socialmente.
Es la idea de que la conciencia es un hecho real, dado en el hombre y
en animales superiores. Este hecho funda los procesos y la actividad de
la mente, jugando además un papel causal descendente en la producción,
control de las acciones, en el comportamiento, en la construcción de la
propia biografía y en las acciones libres responsables que fundan el
orden social. La idea fenomenológica de la conciencia que funda la
ciencia, así como el orden personal y social, no es “epifenomenalista”;
para la mayor parte de los científicos, neurólogos, psicólogos y para
la gente en general, el hombre no es un robot.
De la misma manera que Kurzweil, o cualquier otro pensador, tiene
derecho a considerar que no sabemos de qué hablamos cuando hablamos de
la conciencia, así igualmente la mayor parte del consenso social tiene
derecho a mantener que la conciencia es un hecho definido cuyos
perfiles fenomenológicos forman parte de la evidencia social.
En nuestra perspectiva, la naturaleza
fenomenológica de la conciencia es evidente como hecho (es
decir, la forma en que aparece o se manifiesta en nosotros este hecho).
Es un hecho que, además, debe ser descrito en sus características
fenomenológicas (y no todos lo harán insistiendo en los mismos rasgos
fenomenológicos).
Además, junto a lo fenomenológico, debemos distinguir el problema de la
naturaleza
ontológica de la conciencia que sigue siendo una cuestión oscura
tanto para la ciencia como para la filosofía. En todo caso, la cuestión
sobre la ontología de la conciencia
ha sido planteada en las modernas ciencias humanas en dependencia de la
fenomenología de la
conciencia.
Es obvio que sea así, ya que la ciencia pretende siempre explicar los
fenómenos. Se parte de un explicamdum
(el fenómeno que debe ser explicado, aquí la “conciencia”) y se busca
un explicans a medida del
fenómeno que se quiere explicar (un conjunto de causas que permitan
entender cómo y por qué el fenómeno en cuestión es real).
Una idea de la conciencia alternativa a Kurzweil
Defendemos, pues, que la forma en que Kurzweil presenta el “duro
problema de la conciencia” (Chalmers) no responde a la forma en que
ordinariamente se plantea hoy la cuestión en la ciencia, en la
filosofía y, sobre todo, en la vida personal y social.
Hay una experiencia fenomenológica de la conciencia que establece el
marco en el que se accede a plantear la discusión del espinoso problema
de la ontología de la conciencia. Hacemos seguidamente algunas
observaciones que permitan distinguir con precisión la cuestión
fenomenológica de la conciencia en relación con la cuestión de su
explicación ontológica.
1) Lo que designamos con el término “conciencia” forma parte de la
experiencia primordial que constituye el origen de nuestro mundo
humano. Todo surge del hecho de que “advertimos” nuestra
auto-experiencia psíquica. Lo que llamamos “conciencia” es una
propiedad básica y fundamental, esencial, de nuestra psique. El término
psique designa, pues, nuestro cuerpo con dos propiedades esenciales:
tener “conciencia” (sentirse a sí mismo, ser una entidad cum-sciencia, con sensación o
conocimiento de sí mismo, o sea, con con-ciencia) y ser un “sujeto”
(una entidad que, a partir de la conciencia, es capaz de impulsar
acciones para la adaptación óptima al medio).
Esta experiencia primordial de conciencia se nos da de una forma
integrada o unitaria (si se quiere “molar”): es la integración de la
conciencia visual, auditiva, propioceptiva, gravitatoria, etc. La
conciencia es el resultado de la integración unitaria, armónica y
coordinada, de todos los sistemas sensitivo-perceptivos, internos y
externos.
Por ello, el sujeto psíquico (“psíquico” porque impulsa y dirige la
adaptación del medio a partir de la “conciencia”) es el que, según
nuestra auto-experiencia actúa en el mundo. Conciencia y sujeto
constituyen la psique, pero la conciencia aislada (esto en realidad no
sería posible) no es sujeto, no tiene por sí misma “subjetualidad”,
aunque sea una propiedad esencial de la psique (ya que, sin conciencia,
no habría ni psique ni sujeto).
2) La experiencia primordial de todo hombre es, pues, un cuerpo
consciente que constituye un sujeto activo. Ahora bien, a su vez, la
experiencia del cuerpo es una experiencia psicobiofísica.
El cuerpo es psico-bio-físico: “físico” porque es parte del mundo
físico objetivo (la conciencia está abierta al mundo por los sentidos
externos); “bio” porque se siente un cuerpo que pertenece a la clase
especial de los cuerpos físicos “vivientes”, con vida; “psico” porque
el cuerpo se siente a sí mismo, tiene “psique”, o sea, “conciencia” y
es un “sujeto psíquico” (que actúa a partir de la conciencia y desde
ella se constituye).
3) La experiencia de la conciencia –así integrada en la unidad
psicobiofísica de nuestro cuerpo– es una experiencia primordial que
tiene un carácter deíctico: es decir, no podemos describirla o
conceptuarla en sí misma en función de alguna otra experiencia más
primordial, sino recurriendo a palabras que sólo apuntan, describen,
señalan (deiksis), hacia la
conciencia como única experiencia primordial.
Así, al decir que sentimos, que tenemos cum-sciencia, conciencia o
conocimiento de nosotros (o, por igual, que sentimos imágenes visuales,
auditivas, propioceptivas, o tenemos emociones…) no hacemos sino
introducir palabras que apuntan, señalan, a la experiencia primordial
de sensación-percepción-conciencia. Si no tuviéramos esa experiencia
primordial seríamos incapaces de entender qué es la conciencia. En
otras palabras: a alguien que no tuviera conciencia sería imposible
explicarle qué es la experiencia real de tener conciencia.
4) La experiencia primordial, deíctica, de la
sensación-percepción-conciencia es individual e intransferible. El
hombre sólo tiene experiencia de la conciencia en su experiencia
psicobiofísica individual. Ahora bien, tras la intercomunicación humana
primitiva en los grupos sociales (por signos), la aparición del
lenguaje, la cultura y las diversas formas de conocimiento, la
experiencia individual da lugar al establecimiento de los grandes ejes
de consenso sobre la conciencia (y la entidad psíquica): se asume que
lo que hombre individual advierte en sí mismo, y señala deícticamente,
existe también en los demás hombres.
Pronto aparecen en el lenguaje los términos que nombran la actividad
psíquica, presente en todos los hombres, de tal manera que se hace
entonces posible intercambiar los contenidos de esa actividad psíquica
(sensaciones, percepciones, recuerdos, conocimientos, emociones…). La
posesión de una psique y la actividad psíquica consecuente se atribuyen
por extensión a otros hombres y a los animales, cada una dentro de sus
propiedades específicas y diferenciales.
5) La auto-experiencia de la actividad psíquica, consensuada
socialmente, nombrada hasta ahora en general, se especifica como
experiencia del conjunto de los procesos psíquicos (de un cuerpo
consciente dirigido por un sujeto): sensación, percepción, conciencia,
memoria, subjetualidad psíquica, atención, conocimiento, pensamiento,
lenguaje, emoción, etc.
Ahora bien, se trata de funciones, procesos y estados psíquicos que se
producen en la actividad psíquica del cuerpo, a saber, como producto
propio de su unidad psicobiofísica. El término “mente” podría servir
para designar el conjunto de funciones y procesos psíquicos que hace
posible la psique animal y humana (la mente animal y la mente humana).
En lo específico de la mente humana aparece la actividad
racio-emocional especifica del hombre. El sujeto humano advierte que
dirige un cuerpo consciente por medio de la aplicación de los recursos
de su mente.
[Causalidad descendente de la sensibilidad-conciencia]
6) Hay un elemento importante para describir la auto-experiencia
psíquica: la causalidad descendente con que la psique (a través de la
actividad del sujeto psíquico) controla y dirige las acciones del
cuerpo. Si este es una entidad psico-bio-física, lo bio-físico tiene
una acción causal sobre lo psíquico, pero, a su vez, lo psíquico
(mediando los procesos psíquicos) tiene una acción causal sobre lo
bio-físico.
El hombre advierte que por medio de sus pensamientos, intenciones,
conocimientos, planes de conducta, emociones, decide, controla y dirige
la actividad bio-física del cuerpo. Es la experiencia de la interacción
psico/bio-física. Todos los grupos humanos han vivido siempre en el
consenso “obvio” de que la vida es producto de las acciones humanas. En
las modernas sociedades este consenso ha crecido hasta llegar al
concepto de persona y responsabilidad moral que funda el orden social,
jurídico y político de todas las naciones.
7) Debe advertirse que la descripción de esta experiencia primordial
“psíquica”, que incluye la conciencia, tiene un carácter exclusivamente
fenomenológico. Por “fenómeno” (de fainein,
en griego, “aparecer”, “manifestarse”) se entiende la forma en que se
manifiesta la realidad. La auto-experiencia psíquica, como conciencia y
como sujeto, con sus funciones, sus procesos y sus estados, tal como
hemos descrito, es la experiencia fenomenológica primordial de la
realidad.
Es, por una parte, la experiencia de la unidad psico-bio-física del
cuerpo, y, por otra parte, el mundo objetivo, externo, del que el
cuerpo forma parte. El mundo y el cuerpo sólo existen, o son reales, a
través de la actividad psíquica primordial que los presenta en su
experiencia fenomenológica.
8) Por consiguiente, teniendo de hecho el hombre una constitución
psíquica racio-emocional, ha ejercido la razón para preguntarse de
dónde viene, por qué, cuáles son las causas de la existencia del mundo
físico, del mundo biológico y del mundo psíquico, es decir, del hecho
de la unidad psico-bio-física del cuerpo en el mundo. La razón ha sido
ejercida en el conocimiento ordinario, en la filosofía y en la ciencia,
como muestra la historia. Así aparecen la física, la biología y la
psicología (que se corresponden, en definitiva, con los tres mundos de
Popper).
[La construcción racional de una idea de la realidad]
9) La primera gran inferencia hecha por la razón, a partir de la
experiencia de la psique, es que el cuerpo humano, en su unidad
psicobiofísica, existe en un mundo real objetivo externo, que existe
independientemente del hombre y de su psiquismo, en el que el hombre ha
sido producido. El consenso social sobre la existencia del mundo
externo es la base de todas las culturas, del conocimiento ordinario,
de la filosofía y de la ciencia. El gran movimiento de la ciencia
actual, por ejemplo, carece de sentido si le quitamos su intención de
conocer el mundo y de dominarlo.
10) El hombre, pues, ha ejercido la razón para preguntarse cuáles son
las causas que han producido la existencia física del mundo externo,
que se infiere como independiente. Se pregunta también cómo y por qué
ese mundo físico que está ahí ha producido los seres biológicos.
11) Se ha preguntado además cómo y por qué el mundo bio/físico ha
producido la emergencia de los seres vivos con sensibilidad y con
conciencia. En el marco de la ciencia moderna, la física (en la
microfísica clásica y cuántica, y en la macrofísica o cosmología), la
biología y la psicología, explican la existencia de la psique a partir
de las propiedades primordiales de la materia que constituye el
universo.
La materia debe tener unas propiedades ontológicas tales (es decir, un
modo de ser realidad) que hagan posible que en los organismos vivientes
hayan emergido la sensibilidad y la conciencia. Sin atribuir a la
materia la “capacidad ontológica de producir sensibilidad-conciencia”
no sería posible una explicación racional de cuanto el hombre, y el
consenso social, advierten en su experiencia fenomenológica primordial.
12) Ahora bien, ¿por qué la materia del universo tiene una ontología
“capaz de producir sensibilidad-conciencia” y, más bien, no la tiene?
La materia podría no ser apta para producir conciencia. La ciencia no
puede argumentar la necesidad de que la materia produjera la
conciencia. La materia primordial podría no ser sensible, capaz de
producir la conciencia superior. Simplemente debe admitirlo como un
hecho porque lo impone la experiencia fenomenológica primordial de la
psique de hecho existente.
[El factor sensibilidad-conciencia en la biología evolutiva y en la neurología]
13) Las ciencias humanas, por tanto, han tratado de explicar la
emergencia de la sensibilidad, o sentisciencia primitiva, en los
organismos vivientes. El universo fue puramente físico durante más de
diez mil millones de años. Es probable que la vida comenzara como puro
mecanicismo determinista. Pero ya en los seres vivos unicelulares, en
algún momento evolutivo, debió de comenzar a producirse una
“sentisciencia primitiva”.
Desde entonces la vida evolucionó mediante una coordinación balanceada
entre determinación y sensibilidad. Los organismos pluricelulares
especializaron un subsistema de células para constituir el sistema
nervioso que organizaba la sensibilidad externa e interna en orden a
una adaptación óptima al medio.
Sin embargo, los seres vivos evolucionaron por medio de un equilibrio
entre la determinación (mecanicismo, vg. el ADN) y la
sensibilidad-conciencia, de acuerdo con el interaccionismo antes
señalado. La información (estímulo) produjo reacciones adaptativas
(respuesta). El hecho de que hubiera emergido la capacidad de sentir,
ya en el mundo celular, constituyó un cambio evolutivo favorable para
que los organismos vivientes consiguieran una mejor información, una
mejor evaluación del estado del propio cuerpo y una mejor respuesta
adaptativa al medio en que se debía supervivir.
Poco a poco, por tanto, en paralelo y coordinadamente, el
perfeccionamiento del sistema sensitivo de información y la perfección
consecuente del sistema de respuestas, fue dando origen al nacimiento
del sujeto psíquico.
14) En estados primitivos de sentisciencia no había, evidentemente, un
sujeto que fuera capaz de “advertir el hecho de sentir”. Pero la
sentisciencia era algo real que tenía consecuencias favorables en la
adaptación al medio. La neurología evolutiva explica cómo poco a poco
los diversos sistemas sensitivo-perceptivos fueron coordinándose por
medio de un sistema nervioso central. Esta integración sensitiva dio
origen a la “conciencia” y, en consecuencia, a la aparición de un
sujeto psíquico cada vez más complejo.
Los organismos primitivos, como un anfibio, serían “autómatas
sensitivos”, aunque el anfibio estuviera produciendo ya la emergencia
incipiente de un sujeto psíquico (que permanecería latente, sin
causalidad descendente, como factor sólo epifenoménico). Esta forma de
respuesta automática (determinista) sería lo que llamamos el instinto
(o también “respuestas signitivas”). Pero en los animales superiores la
hipercomplejidad de los sistemas estimulo/respuesta, es decir, de la
información (señales) y de los programas de respuesta (adaptación
consecuente al medio) habría ido forzando poco a poco la aparición de
unas nuevas funciones del sujeto psíquico que supondrían la “ruptura de
la signitividad de las respuestas”.
Frente a un puro determinismo en las respuestas, el animal superior
comienza a deliberar sobre los sistemas de señales y sobre las posibles
respuestas. Lo vemos en animales superiores. Esta ruptura de
signitividad es la que desemboca evolutivamente en la aparición de la
razón en la especie humana.
La neurología moderna ha descrito cómo las sensaciones se registran en
el cerebro en engramas o patrones neurales, en módulos específicos
(visual, auditivo…), de tal manera que entre ellos se establecen un
conjunto de links que hacen
posible la memoria, la combinatoria de imágenes por el remembert present de Edelman, hasta
el nacimiento de las representaciones en la mente animal (en el segundo
artículo relacionaremos esto con la idea de reconocimiento de patrones
de Kurzweil).
[El problema de la conciencia como problema de su ontología biofísica profunda]
15) La conciencia es, y ha sido, para la ciencia algo evidente y sin
problema: el hecho de que existe una sensibilidad-conciencia, que de
ella tenemos una directa experiencia primordial, deíctica,
fenomenológica, incuestionable, personal y socialmente, que ha
aparecido en el proceso evolutivo, que existe en los seres biológicos
en una coordinación armónica con factores mecánico-deterministas, que
existe dentro de un interaccionismo causal biofísico-psíquico, y que es
un factor causal descendente que influye en la conducta dirigiendo y
controlando los mecanismos físico-químicos que permiten la acción y la
adaptación al medio físico objetivo.
En la ciencia lo normal es considerar que los seres vivos no son robots
(aunque en ellos haya mucho de determinación mecánica); esto quiere
decir que la sensibilidad-conciencia no tiene un puro papel
epifenoménico, sino que influye en la acción con una causalidad
descendente que controla los mecanismos físico-químicos. Ahora bien, la
sensibilidad-conciencia tiene muchas manifestaciones: desde la
sentisciencia de organismos unicelulares, a la sensibilidad de
autónomatas sensitivos (como los anfibios), a la conciencia de animales
superiores.
Pero si nos referimos a la capacidad de reflexión (o imagen racional de
sí mismo), a la conciencia racional o moral, no podemos hablar sólo de
conciencia, puesto que en la reflexión, la razón, la moral, juega un
papel el sujeto psíquico (la psique armoniza la conciencia con la
subjetualidad).
Esta manera de ver las cosas, admitiendo como evidencia real el hecho
de la sensibilidad-conciencia y su función causal en la conducta, es
común en la mayor parte de los científicos, en física, en biología,
psicología, filosofía, pero sobre todo en la praxis profesional de
médicos, neurólogos y psicólogos que, si consideraran que sus pacientes
son robots, no sabrían cómo proceder.
Este es el mismo consenso que existe en la vida real: en la manera de
entender y ejercer los individuos su propia vida y en la forma en que
se ha organizado la sociedad como marco de las relaciones de unos seres
humanos con otros.
16) ¿Dónde está, por tanto, el problema de la conciencia? El problema
no está en reconocer que la conciencia (mejor, la psique que incluye
conciencia y sujeto) exista, sea real e influya como protagonista en la
conducta de los seres vivos. El problema consiste, más bien, en conocer
las causas que producen la aparición de la sensibilidad-conciencia en
el proceso evolutivo. Hay un problema irresoluble, ya mencionado: por
qué la ontología de la materia del universo es susceptible de producir
“conciencia”.
No cabe sino aceptar el hecho de que la materia es así, aunque pudiera
ser de otra manera. Ahora bien, el problema sigue. Consiste en que la
sensibilidad-conciencia (de acuerdo con las propiedades que podemos
describir fenomenológicamente) tiene que haber sido producida desde el
mundo físico y desde el mundo biológico. ¿Cómo concebir la imagen
física y biológica del universo de tal manera que podamos explicar
satisfactoriamente el hecho real de la existencia de la
sensibilidad-conciencia, según la experiencia fenomenológica que de él
tenemos?
Este es el auténtico problema de la conciencia, tal como en efecto ha
sido planteado en la ciencia. En el fondo es el problema del “soporte
físico” del psiquismo animal y humano.
Las teorías clásicas sobre la conciencia (que aquí voy sólo a nombrar)
son, en el fondo, una discusión y propuesta sobre cómo entender el
“soporte físico” del psiquismo a partir del mundo bio-físico:
agnosticismo psicofísico interaccionista, dualismo interaccionista,
fisicalismo, fisicalismo lógico y computacional, teoría de la
identidad, también llamada identismo, epifenomenalismo, pampsiquismo y
su matización en la forma de pamprotopsiquismo, funcionalismo, la forma
computacional del funcionalismo, la teoría marxista de los saltos
cualitativos (Luria), o, finalmente, las teorías que pretenden explicar
el psiquismo a partir de las propiedades cuánticas de la materia
(Hameroff y Penrose, rechazados por Kurzweil como antes indiqué).
La explicación del “soporte físico” de la conciencia ha sido un serio
problema que dependía de la imagen del mundo físico en la ciencia.
Cuando en esta era predominante, y casi exclusiva, una explicación solo
mecanoclásica (mecánica clásica), mecánica y determinista, fue muy
difícil y se cayó en el reduccionismo. Muchos llegaron a pensar que era
imposible una explicación unitaria de la condición psicobiofísica del
hombre y de los seres vivos (muchos recurrieron al dualismo). Sin
embargo, nadie en la cviencia dudaba de que la conciencia era realmente
existente y que se producía dentro de la unidad psicobiofísica que
mostraba la experiencia fenomenológica.
Conciencia
biológica y computacional
No ponemos en duda, por tanto, como antes decíamos, que sobre el hecho
de la conciencia es posible “marear la perdiz” y echar sobre ella
“tinta del calamar”. Kurzweil se hace eco de estas visiones
desconcertadas ante el hecho de la conciencia porque cree que esta
oscuridad le interesa en orden a su “humanismo extensivo”.
No obstante, el desconcierto de que Kurzweil se hace eco no es lo
ordinario, ni en el mundo de la ciencia, de las ciencias humanas, ni
mucho menos en el mundo de la experiencia ordinaria de la vida personal
y social. Es lo que el mismo Kurzweil entiende y, por ello, sabe que su
intento de unificar la conciencia biológica con la conciencia
computacional está bailando en la cuerda floja.
Es muy difícil negar que el hecho de la conciencia sea algo real que va
unido esencialmente a la experiencia fenomenológica de nuestra realidad
psico-bio-física.
El mecanicismo “espiritual” de Kurzweil
“La palabra “espiritual”, nos dice Kurzweil, suele usarse para hacer
referencia a las cosas que poseen una significación fundamental o
última. A mucha gente no le gusta utilizar la terminología procedente
de las tradiciones espirituales o religiosas, ya que ello implica unos
conjuntos de creencias con los que puede que no estén de acuerdo.
Sin embargo, si dejamos a un lado las complejidades místicas de las
tradiciones religiosas y nos limitamos a respetar “lo espiritual” como
un término que implica algo cuyo significado para los humanos es muy
profundo, entonces el concepto de conciencia sí que encaja, ya que
refleja el valor espiritual último o fundamental. De hecho, la propia
palabra “espíritu” suele ser usada para indicar conciencia”.
“Así, la evolución puede ser vista como un proceso espiritual en el que
se crean seres espirituales, es decir, entidades conscientes. Así
mismo, la evolución se desplaza hacia una mayor complejidad, un mayor
conocimiento, una mayor inteligencia, una mayor belleza, una mayor
creatividad y hacia la capacidad de expresar emociones de mayor
transcendencia como el amor. Todas estas son descripciones que la gente
ha utilizado para referirse al concepto de dios, aunque en estos
aspectos a dios se lo describe como carente de limitaciones”.
“La gente suele sentirse amenazada por discusiones que implican la
posibilidad de que una máquina pueda ser consciente, ya que este tipo
de consideraciones son interpretadas por ellos como denigrantes con
respecto al valor espiritual de las personas conscientes. Sin embargo,
esta reacción refleja una mala comprensión del concepto de máquina.
Tales críticas abordan la cuestión basándose en las máquinas que
conocen a día de hoy, y aun con todo lo impresionantes que se están
volviendo, estoy de acuerdo en que los ejemplos contemporáneos de la
tecnología todavía no merecen que los respetemos como seres
conscientes.
Mi predicción es que se harán indistinguibles de los humanos
biológicos, a los cuales sí que consideramos seres conscientes, y que
por tanto se beneficiarán del valor espiritual que otorgamos a la
conciencia. No se trata de una denigración de las personas, sino de un
aumento de nuestra comprensión sobre ciertas máquinas futuras. Es
probable que para estas entidades tuviéramos que adoptar una
terminología diferente, ya que serán un tipo diferente de máquinas”.
Funciones, procesos y estados de un sistema
Podemos extraer ciertas conclusiones sobre las funciones, procesos y
estados, de un sistema, así como de la identidad ontológica y funcional
entre sistemas.
1) En principio, podemos imaginar la estructura de las funciones,
procesos y estados de un sistema, prescindiendo de cómo pudiera estar
construido en la realidad ( es decir, de su ontología, bien fuera
biológica o no lo fuera).
Así, sería posible imaginar un sistema capaz de recibir información por
diversas vías externas al sistema e internas al sistema mismo; capaz de
analizar esa información, de registrarla, retenerla, recuperarla y de
relacionarla entre sí; capaz de ponderar esa información en orden a
ciertos valores relativos al óptimo mantenimiento y funcionamiento del
sistema; capaz de actuar en el medio motrizmente en beneficio del
propio sistema; capaz de aprender y capaz de construir formas de
información perfeccionadas y seleccionadas; capaz de aprender y de
construir sistemas de valores perfeccionados y seleccionados; capaz,
mediante ese aprendizaje, de construir un sesgo de propiedades global
en la captura de información, en su valoración y en el diseño de las
formas de actuación motriz en el medio (“personalidad”); capaz de un
análisis reflexivo (sobre sí mismo) de la propia información, de las
formas de aprendizaje, de los sistemas valorativos, de los procesos de
respuesta al medio por la motricidad del sistema (programas); capaz de
construir diversos programas o formas de información, valoración y
respuesta, poseyendo formas de elección entre las diversas opciones
posibles…
Ponemos “puntos suspensivos” porque podríamos seguir la enumeración y
matización de las propiedades y atributos de este “sistema imaginario”.
Ahora bien, un sistema de estas características imaginarias, ¿cómo
podría estar construido realmente?
2) Una primera respuesta es obvia y nos viene dada por nuestra
experiencia de la entidad psico-bio-física que nos constituye y que
podemos describir de una forma fenomenológica, tal como antes
explicábamos. La ontología psico-bio-física de la realidad ha hecho
posible la existencia de los seres vivos, y del hombre, como sistemas
equilibrados entre determinación (interacciones mecano-clásicas) y
sensibilidad-conciencia-sujeto.
Estos sistemas de ontología psico-bio-física (más en breve, de
ontología biológica) permiten, de hecho, construir seres vivos con
conciencia, subjetualidad psíquica, conocimiento, valores, identidad,
libre albedrío y las otras muchas propiedades que advertimos en nuestra
vida psíquica. Es lo que hemos venido describiendo.
3) Una segunda respuesta viene dada hoy al extraer las consecuencias de
la ingeniería y lógica de la computación. Un sistema como el que
imaginábamos en el punto uno podría ser hecho realidad a partir de la
ingeniería y la lógica del ordenador. Hemos visto cómo Kurzweil predice
que pronto tendremos máquinas robóticas que harán realidad los cyborgs
o androides que hoy vemos ya en las películas de ciencia ficción.
Podrán ser construidos de manera tal que no sólo tengan las propiedades
del sistema imaginario antes descrito, sino que tengan propiedades
similares a las de una implementación psicobiofísica de ese sistema:
conciencia, identidad, personalidad, emociones, libre albedrío, etc.
No ponemos en duda que pudiera ser posible en el futuro la construcción
de ese tipo de androides que, en la práctica fueran indistinguibles de
un humano (robots que pasarían finalmente el llamado test de Turing).
4) Ahora bien, entre los sistemas psicobiofísicos, producidos por la
evolución del universo real, y los sistemas computacionales, producidos
por la ingeniería computacional de los androides, ¿existe una identidad
ontológica? Es decir, ¿son idénticos por el hardware que los constituye
internamente?
Debemos puntualizar que no albergamos, ni nadie puede albergar, ninguna
duda sobre la respuesta. Las entidades de ontología biológica están
hechas de tejidos vivos en los que ha emergido la
sensibilidad-conciencia, una psique constituida por conciencia y
subjetualidad psíquica, tal como hemos explicado y hoy describe la
ciencia.
Las entidades de ontología computacional, en cambio, están hechas de
chips, de silicio, de unidades de memoria digital, de CPSs, de
programas o algoritmos de operaciones, de redes neurales o unidades de
procesamiento físicas (PDP), etc. Pero todo ello es objetivamente un
sistema lógico-matemàtico de algoritmos “mecánicos y ciegos”.
No tenemos ningún dato objetivo que nos permita dudar que sea así. En
otras palabras, es evidente que no existe una “identidad ontológica”
entre el hombre (seres vivos) y el ordenador (máquinas).
5) Ahora bien, entre las funciones, procesos y estados de ambos
sistemas –las entidades biológicas y las computacionales–, ¿existe
identidad? El que dos sistemas sean capaces de llegar a resultados
similares (resultados inteligentes, análisis racionales, reflexión
sobre sí mismo, personalidad, identidad, libre albedrío…), no justifica
afirmar que los dos sistemas lleguen a esos resultados a través de
funciones, procesos y estados idénticos.
Es decir, la similitud en los resultados no permite hablar de identidad
funcional. Sabemos que no existe una identidad ontológica entre
entidades biológicas y entidades computacionales. Nadie puede ponerlo
en duda sensatamente (aunque sabemos, eso sí, que marear la perdiz y
echar tinta de calamar siempre es posible). La mente humana funciona
poniendo en juego la sensibilidad-conciencia, la psique (conciencia más
sujeto) en una coordinación armónica con muchos procesos mecánicos y
deterministas, también regulados por el cerebro.
La “mente” computacional, en cambio, funciona por algoritmos
lógico-matemáticos mecánicos, deterministas y ciegos. Lo que el
robot/androide hace (o hará) nunca podrá ser otra cosa en realidad que
“simular” propiedades funcionales, procesos y estados de las entidades
biológicas: conciencia, subjetualidad, identidad, libre albedrío, etc.
Pero no hace esa simulación ni a partir de una “identidad ontológica”,
ni a partir de una “identidad funcional”.
El computador puede llegar a resultados similares (por ejemplo, libre
albedrío en la máquina Watson que juega al Jeopardy), pero llega a ellos por
procesos ontológicos, y en consecuencia también funcionales,
diferentes.
De ahí que, en nuestra opinión, la “metáfora fuerte” del ordenador no
tiene argumentos serios a su favor (no así la “metáfora débil” que en
muchos sentidos puede ser admitida).
6) Por consiguiente, que el computador pueda “simular” funciones,
procesos y estados de las entidades biológicas (psico-bio-físicas),
tales como conciencia, subjetualidad, identidad, personalidad,
emotividad, libre albedrío, etc., no quiere decir ni identidad
ontológica ni identidad funcional.
No parece, pues, apropiado calificar con términos idénticos las
funciones, procesos y estados de una entidad biológica y de una entidad
computacional. Nuestra propuesta sería obvia: hablar, por una parte de
sensibilidad-conciencia, o simplemente conciencia, biológica, o
psico-bio-física, y, por otra parte, de conciencia computacional, de
identidad computacional, de libre albedrío computacional, etc., de tal
manera que al añadir el adjetivo “computacional” quedara explícitamente
señalado que se trata de una forma especial de esas propiedades que no
es idéntica a la de los seres vivos, aunque pueda ser similar.
Conclusión: El “humanismo extensivo” posible
No ponemos en duda que se pueda llegar a la construcción de
robots-androides o cyborgs tan perfectos que apenas puedan ser
distinguidos de los humanos (que pasaran el test de Turing). No lo
afirmamos, porque no tenemos las creencias futurólogas de Kurzweil.
Pero podría hacerse realidad.
No ponemos límite a la capación de programar una simulación de los
seres vivos. Estas máquinas podrían tener, no lo negamos, lo que en el
párrafo anterior denominamos, específicamente, conciencia
computacional, identidad computacional, libre albedrío computacional,
emoción computacional, etc. Pero estas máquinas no tendrían ni
identidad ontológica ni identidad funcional con las entidades que
llamamos biológicas, o psico-bio-físicas. Pensar así es una exigencia
de los hechos objetivos y de la ciencia. ¿Es posible argumentar en
contra? No lo creemos.
No obstante, es por otra parte evidente que la construcción de estos
nuevos robots-androides cuasi-humanos, representa un salto cualitativo
importante en la historia de la ingeniería. Estas spiritual machines, como Kurzweil
suele decir, no serán para nosotros igual que un ventilador o una
nevera, por ejemplo. Darán comienzo a una nueva forma de comportamiento
moral y ético para con ellas.
De la misma manera que un animal es biológico, pero no humano, y existe
una moral en el comportamiento ante los animales, así igualmente las
nuevas spiritual machines no
tendrán sensibilidad-conciencia biológica (que los animales tienen),
pero tendrán más cercanía al hombre porque poseerán mejor ciertas
propiedades similares (o sea, computacionales) como conciencia,
identidad, razón y diseño existencial,, emotividad, personalidad, etc.
¿Cómo se integrarán estas máquinas en nuestras vidas?
Sin duda que se deberá tener ante ellas un respeto y reconocimiento de
su condición cuasi-humana. La simpatía, respeto, solidaridad
existencial, con que los humanos tratan a los cyborg androides en la
ciencia ficción que vemos en novelas, en películas y series de
televisión, son un anticipo de lo que probablemente será la integración
moral de esas spiritual machines en la sociedad del futuro.
Es también evidente que la aparición de estos androides supondrá la
aparición de un incuestionable “humanismo extensivo”. La condición
humana se habrá sin duda “extendido” a máquinas creadas por el mismo
hombre (con las cautelas y restricciones que hemos explicado). Pero,
aunque esas máquinas no sean biológicas (no tengan una ontología y una
funcionalidad psico-bio-física), serán ciertamente una forma de
extensión artificial de la condición humana.
Por tanto, habrá un “humanismo extensivo” posible, fundado en la
similitud entre estas spiritual
machines y el hombre. Pero un “humanismo extensivo”, entendido
tal como parece hacerlo Kurzweil, no creemos que fuera posible. Como
decía, en otros dos artículos, deberemos matizar también otros aspectos
importantes del pensamiento de Kurzweil.
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