Michael
Heller, Premio Templeton 2008 por sus investigaciones sobre el Universo
JAVIER MONSERRAT
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Propone un modelo teórico que responde a la idea
de un Dios del que surge el espacio-tiempo.
El Templeton Prize 2008 ha sido concedido al profesor polaco Michael
Heller, filósofo, físico, cosmólogo y matemático, además de sacerdote
católico. Este Premio es concedido anualmente por la John Templeton
Foundation y está dotado con 1.6 millones de dólares. Es hoy en el
mundo el Premio de más cuantía concedido a un solo individuo. Al
revisar las investigaciones de Heller, que le han valido este
prestigioso Premio, se plantean de nuevo algunos de los grandes temas
de la moderna física teórica, de la cosmología y de los modelos
matemáticos aplicados a la interpretación de la realidad en la ciencia.
El modelo teórico propuesto por Heller responde a la idea tradicional
de un Dios transcendente que, por otra parte, es el origen creador, el
fundamento del ser, del que surge el espacio-tiempo del mundo creado.
El Premio Templeton 2008 fue anunciado el 17 de marzo
en el curso de una conferencia de prensa en el Church Center de las
Naciones Unidas en Nueva York. El Premio fue otorgado a Michael Heller
por su trabajo de más de cuarenta años y la aportación de conceptos
sorprendentes y agudos sobre el origen y la causa del universo.
Heller ha sido profesor de filosofía, pero su formación proviene de la
matemática, la física, la cosmología, así como también de la filosofía
y la teología. Sus aportaciones son en muchos sentidos estrictamente
físicas, aunque no experimentales, sino teóricas: en realidad son
propuestas de modelos matemático-formales especulativos. De hecho han
sido publicadas en prestigiosas revistas internacionales de física.
Pero el fondo de las preocupaciones de Heller apunta siempre hacia la
filosofía o metafísica del universo, donde el fundamento de lo real
pone en relación las raíces ontológicas del universo con la ontología
de la Divinidad y el acto creador.
Se estará de acuerdo o no con las especulaciones de Heller, se
valorarán como más o menos verosímiles y mejor o peor construidas
formalmente, pero quien lo lee no deja de tener la impresión de seguir
a un físico-filósofo extraordinariamente bien informado, preciso y
profundo en todas sus afirmaciones.
Una circunstancia significativa en la vida de Heller fue su relación
con el Papa Juan Pablo II que se inició ya antes de que el cardenal
Karol Wojtyla accediera al Pontificado. En reuniones privadas con
Heller y otros científicos polacos, Juan Pablo II tuvo ocasión de
reflexionar sobre la proyección de las grandes cuestiones científicas
sobre la teología.
Al parecer (ya que oficialmente no afirmamos obviamente nada) Heller es
el autor de la carta de Juan Pablo II a George Coyne en 1996, director
entonces del Observatorio Vaticano. Esta carta, reproducida en la web de la Cátedra, es uno de los documentos
teológicos más matizados y abiertos de Juan Pablo II. En ella, el Papa
se hace eco de la necesidad de que así como en la Edad Media se hizo
una teología inspirada en Aristóteles, así igualmente en la actualidad
debería hacerse una teoría inspirada en la imagen del mundo en la
ciencia.
El curriculum de Michael Heller
Michael
Heller es profesor de filosofía en la Pontificia Academia de
Teología en Cracovia. Sacó la titulación en teología en la Universidad
Católica de Lubliana y se ordenó como sacerdote católico en 1959.
Volvió a la universidad en 1960 hasta graduarse en filosofía en 1965
con una tesina sobre la teoría de la relatividad y el doctorado con una
tesis sobre cosmología relativista. Aunque sus estudios eran de física
teórica, recibió la titulación en filosofía porque en la época
comunista la universidad católica no tenía autorización para impartir
títulos en física. En 1969 Heller recibió la habilitación – un título
superior al doctorado que autoriza para la docencia – con otra tesis
sobre el principio de Mach en cosmología relativista.
Hasta 1977 no se le concedió el pasaporte. Al tenerlo se le nombró
profesor visitante en el Instituto de Astrofísica y Geofísica de la
Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, y también tuvo una
estancia de investigación en el Instituto de Astrofísica de la
Universidad de Oxford y en el departamento de física y astronomía de la
universidad de Leicester. En 1985 entró a formar parte del claustro de
profesores de la Academia Pontificia de Teología de Cracovia donde ha
desarrollado en los últimos veinte años un amplio trabajo docente.
En 1986 comenzó a colaborar con el Observatorio Vaticano en Castel
Gandolfo donde trabajó con los jesuitas George Coyne y William Stoeger,
repetidamente mencionados en “tendencias de las religiones”. Conectó
también con el Vatican Observatory
Research Group en el Steward
Observatory en la Universidad de Arizona en Tucson. Es coautor
de un libro con Coyne y otras de sus obras en inglés fueron también
publicadas por el Observatorio Vaticano.
La biografía de Heller refleja el dramatismo de la atormentada historia
europea en el siglo XX. Su padre, ingeniero de profesión, saboteó las
instalaciones químicas donde trabajaba para evitar su utilización por
las tropas alemanas en la segunda guerra mundial. La huída llevó a la
familia a Ucrania, Siberia y Sur de Rusia, hasta volver de nuevo a
Polonia. La vocación de Heller a la ciencia se vió lastrada y
condicionada durante décadas por la opresión del régimen comunista.
Sólo la protección de la iglesia polaca pudo permitirle la dedicación
al mundo de la ciencia y la filosofía que ha culminado con la concesión
del Premio Templeton.
Publicaciones
En la declaración de la Templeton Foundation que acompaña el anuncio de
la concesión del Premio se indica que Heller tiene una prolífica obra
que incluye treinta libros – unos pocos en inglés y la mayoría en
polaco – y unos 400 artículos, incluyendo en todo ello investigación y,
la mayor parte, divulgación. Nos referimos seguidamente a los cuatro
libros en inglés que, por ahora, son el acceso viable para el
conocimiento de sus aportaciones.
Theoretical
Foundations of Cosmology (World Scientific, 1992) es una obra
técnica de cosmología desde el punto de vista de los modelos
matemáticos que dan pie a la física y a la cosmología teóricas. En Some Mathematical Physics for Philosophers
(Pontifical Council for Culture, Gregorian University, 2005) expone
para filósofos una visión estructuralista de la teoría de la
relatividad y de la mecánica cuántica.
Los otros dos libros en inglés ponen ya en relación tanto la nueva
física como la cosmología con la cuestión de Dios, de la religión o de
la teología. Así The New Physics and
a New Theology (Vatican Observatory Publications, 1996) y
también Creative Tension: Essays on
Science and Religion (Templeton Foundation Press, 2003). En
estos dos libros, así como en la documentación de la página web templetonprize
sobre Heller, nos apoyamos para componer este comentario sobre su
personalidad y su obra.
Una concepción estructuralista de la física
“La gente dice con frecuencia que la física es una ciencia de la
materia o del mundo material, pero sin embargo muchos libros de física
teórica contienen grandes cantidades de matemáticas, y algunos no
mencionan en absoluto la materia. Esto es así porque la física se
desarrolla construyendo modelos matemáticos del mundo para
confrontarlos entonces con los resultados empíricos. Se puede pensar
que el mundo, visto por la física moderna, está construido no de
materia sino más bien de matemáticas. Pero la matemática es la ciencia
de las estructuras”.
“La matemática, por descontado, trata con estructuras mucho más
complejas, por ejemplo espacios vectoriales, algebras, espacios
euclidianos o riemanianos y otras cosas semejantes. Los físicos toman
algunas de estas estructuras y las interpretan como estructuras del
mundo. Por ejemplo, dicen que el espacio-tiempo de nuestro mundo es un
espacio riemaniano cuatridimensional. Es un método muy potente; ve el
mundo a través del cristal de las estructuras. En este sentido la
física no es una ciencia de la materia, sino más bien una ciencia de
las estructuras. Este punto de vista se llama filosofía estructuralista
de la física. No sólo la he desarrollado en mis artículos filosóficos,
sino que trato de hacer ciencia y enseñarla en el espíritu de esta
filosofía” (Heller, Reflexions on
Key Books and Publications, templetonprize.org).
Vemos aquí con claridad meridiana el punto de vista que nos permite
valorar la naturaleza y el sentido del pensamiento físico-filosófico de
Heller: su análisis y entendimiento de las teorías físicas sobre la
materia y el universo es siempre una reflexión sobre los modelos
matemáticos aplicados para ofrecer una visión ontológica de la
realidad. Este enfoque estructuralista de las teorías científicas no es
original de Heller, puesto que tiene ya una larga historia en
epistemología de la ciencia. Recordemos al empiriocriticismo, al mismo
Pierre Duhem o a Poincaré, o al Wolfgang Stegmüller en los años
setenta. Pero es un enfoque asimilado por Heller que ilumina su forma
de pensar los problemas filosóficos de la física.
Sus comienzos estudiando ante todo la teoría de la relatividad le
permiten acceder a un ejemplo de estructuralismo: la relatividad de
Einstein identificada con las geometrías riemanianas que permiten
“encajar” el mundo y describirlo. Impulsado por la lógica matemática de
los modelos relativistas se introduce Heller en el estudio de las
singularidades (anticipadas en la forma matemática del modelo
relativista). Pero cuando la razón llega a los límites de la era de
Plank y pretende cruzar el umbral de Plank en tiempo y en espacio (10
-33 cm), entrando en los límites originarios de la singularidad en que
se produjo el big bang, se plantea la pregunta por el tipo de situación
real en que todo esto fue posible. Y preguntar por una “situación real”
es, en física, preguntar por los modelos matemáticos (estructurales)
que nos permitirían entenderla.
Modelos matemáticos para el origen del universo
La cuestión es, pues, el tipo de situación física dada en la era de
Plank, de la que emergió nuestro mundo real. Este, tal como es
accesible por nosotros ahora responde, por una parte, a la mecánica
clásico-relativista (macrocosmos) encuadrada en un modelo matemático
geométrico riemaniano, pero, por otra parte, a la mecánica cuántica
(microcosmos) encuadrada en un modelo matemático no geométrico (espacio
de Hilbert), con rasgos preferentemente estadísticos y probabilísticos.
En la física ordinaria relatividad y mecánica cuántica han convivido en
paralelo como dimensiones explicativas correctas de la realidad física,
macroscópica una y microfísica la otra.
Pero al entrar en la era de Plank lo relativista y lo cuántico deberían
confundirse ya que no existiría una realidad física susceptible de ser
conocida por estos dos enfoques diferenciados. La teoría física
unitaria capaz de responder, por tanto, a la situación de la era de
Plank debería ser cuántico-relativista; de ahí que la investigación en
torno a la “gravedad-cuántica” sea hoy de gran importancia. El problema
de esta coincidencia cuántico-relativista, como observa Heller, es que
el modelo matemático de la relatividad es geométrico y el de lo
cuántico no. De ahí la dificultad para llegar a la concepción unitaria
entre modelos matemáticos no afines, relativistas y cuánticos.
De hecho, entre los teóricos de la relatividad se han propuesto
diversas formas de explicar la naturaleza geométrica de la
“singularidad” (físicamente el big bang) y el nacimiento del
espacio-tiempo relativista hasta salir de la era de Plank. Heller
analiza con precisión las diferentes propuestas teóricas. No hemos
visto que estudie con amplitud la teoría de supercuerdas (que sin duda
habrá hecho en otros lugares de su extensa obra). Pero debemos recordar
que la Magic-Theory es también una especulación matemático formal para
explicar, en función de sus once dimensiones o variables, cómo habría
emergido nuestro mundo espacio-temporal a través de la era de Plank.
Aquí es donde podemos encuadrar la idea fundamental que ha sido
aportada por Heller, una idea evidentemente especulativa (como también
lo son las supercuerdas). Es la propuesta de que en la era de Plank lo
relativista y lo cuántico podrían coincidir y ser entendidos desde un
nivel de abstracción superior representado por el modelo matemático de
una “geometría no conmutativa”. Esta nueva geometría – construida
recientemente por algunos autores – no sería espacio-temporal, sino un
espacio que no tendría ni puntos ni segundos, pero permitiría, según
Heller, derivar tanto el espacio-tiempo clásico-relativista como la
forma especial de espacio-tiempo del mundo cuántico.
Especulación metafísico-teológica desde la
cosmología
La realidad primordial modelizada por esta “geometría no conmutativa”
sería, por tanto, no local, no temporal, al margen del espacio-tiempo
que conocemos, pero no estática, sino dinámica. Habría diferentes
estados y operadores entre unos y otros estados, pero sin
espacio-tiempo; es decir, en una especie de simultaneidad
“superpuesta”. En alguna manera, en esa realidad primordial en que se
resolverían los mundos clásico-relativista y cuántico, modelizada por
la “geometría no conmutativa”, tendrían vigencia muchas de las
propiedades cuánticas a las que ahora tenemos acceso experimental
mediante un conjunto de “observables”.
Es evidente que esto le gusta a Heller, ya que como teólogo y entrando
en un momento de especulación de “segundo orden”, este modelo parece
sugerir unos ciertos paralelos con la idea de un Dios más allá del
espacio-tiempo y, sin embargo, dinámico. Este Dios no sería “eterno” (o
sea, con tiempo sin fin), sino simplemente otra cosa distinta, no
temporal, más allá del espacio-tiempo, donde privaría la superposición
de estados y la simultaneidad.
Por otra parte, la idea de Dios sugerida por esta “geometría no
conmutativa” le sirve a Heller para discutir algunos de los principios
de la teología del proceso (Whitehead). A saber, su idea de Dios como
un Demiurgo no creador y sometido al espacio-tiempo del mundo real
clásico. Pero para Heller es erróneo exigir que Dios debiera ser
espacio-temporal para poder ser un Dios dinámico y vivo, conectado con
los sucesos del mundo. El modelo de geometría no conmutativa permite
concebir un tipo de realidad fuera del espacio-tiempo pero, sin
embargo, dinámica. En este sentido el modelo propuesto por Heller
respondería más a la idea tradicional de un Dios transcendente que, por
otra parte, es el origen creador, el fundamento del ser, del que surge
el espacio-tiempo del mundo creado.
No debemos olvidar que hay otro aspecto especulativo acerca de los
orígenes y fundamento último de la realidad física. Hablamos de una
“singularidad” (en el marco del modelo matemático de la relatividad)
que se traduciría en un big Bang
real sucedido (como evento físico). Pero, ¿qué hubo antes del big Bang? Hoy en día está abierta
la especulación de que la singularidad de nuestro universo fuera una de
las infinitas singularidades producidas en un meta-espacio o universo
fundamental eterno constituido quizá por el vacío cuántico, por un mar
de energía, por un “orden implícito” de Bohm, por un “éter primordial”
(aunque no en sentido newtoniano) del que fueran generándose infinitos
“multiversos”. En cada uno de estos el universo emergido respondería a
un juego de valores en correspondencia con la estructura de variables
concebida, también con métodos matemático-especulativos, por la teoría
de supercuerdas.
Heller obviamente no es partidario de estas especulaciones sobre
multiversos y teoría de cuerdas. Él mismo nos propone una especulación
alternativa que le parece más verosímil y, a su entender, más acorde
con la teología: la especulación sobre un universo que, al ir hacia sus
fundamentos primordiales, se transforma en una dimensión no
espacio-temporal que acabaría conectando, más allá de las posibles
sigularidades geométricas y del big
Bang, con la realidad transcendente de un Dios a-temporal.
Geometría no conmutativa para una filosofía teísta
Veamos cómo expone Heller sus propios conceptos.
“Podríamos especular que la geometría no conmutativa no es un
instrumento artificial usado en correspondencia con las singularidades
clásicas en la relatividad general, sino más bien algo que refleja la
estructura de la era de la gravedad cuántica. El hecho de que los
operadores en un espacio de Hilbert (que son los típicos objetos
matemáticos de la mecánica cuántica) responden a la verdadera esencia
de una descripción no conmutativa de las singularidades podría sugerir
que las singularidades “tienen un cierto conocimiento” sobre los
efectos cuánticos. La hipótesis tentadora es que por debajo del umbral
de Plank existe la era de gravedad cuántica que está modelizada por una
geometría no conmutativa y, en consecuencia, es absolutamente no-local.
En esta era no hay ningún espacio y tiempo en su significado usual.
Sólo cuando el universo pasa el umbral de Plank se produce una “fase de
transición” a la geometría conmutativa, y en esta transición emerge el
espacio-tiempo ordinario juntamente con sus fronteras o límites
singulares (singularidades)” (Creative Tension, 92-93).
“Las singularidades se forman en el proceso de transición por el umbral
de Plank al emerger el espacio-tiempo desde una geometría no
conmutativa. Este proceso podría explicarse como sigue. Normalmente
pensamos en la era de Plank como algo escondido en la prehistoria del
universo cuando su escala típica era del orden de 10-33 cm. Sin
embargo, la era de Plank puede verse precisamente ahora si ahondamos
más y más en la estructura del mundo hasta que alcanzamos el umbral de
10-33 cm. Al cruzar este umbral nos hallaríamos en el “estrato” de
Plank con su régimen no conmutativo. En este nivel fundamental debajo
de la escala de Plank todos los estados discurren por igual y no hay
distinción alguna entre estados singulares y no singulares. Sólo el
observador macroscópico, situado en el espacio-tiempo (y por ello más
allá del umbral de Plank), puede decir que su universo comenzó en una
singularidad en un finito pasado, y posiblemente se resolverá en una
singularidad final en su finito futuro” (Creative Tension, 93).
“Todos los fenómenos no-locales tienen su explicación natural en el
punto de vista no conmutativo. Por ser el nivel fundamental totalmente
no-local no es de extrañar que ciertos fenómenos cuánticos (tales como
el tipo de experimento EPR) que están producidos en este nivel muestren
efectos no-locales; son como la punta del iceberg de esta
“no-conmutatividad no-local” que se ha mantenido a pesar de la fase de
transición a la física ordinaria.
Para explicar el “horizon problem” [el hecho astrofísico de que partes
muy distantes del universo sin contacto físico alguno presentan
ecatamente los mismos valores de ciertos parámetros] podríamos tomar
otra perspectiva y mirar la “no conmutatividad fundamental” como
situada “en el principio”, en la era pre-Plank. En conformidad con
nuestra hipótesis, esta época era totalmente global; no es extraño, por
tanto, que cuando el universo estaba atravesando el umbral de Plank
preservara ciertas características globales también en aquellos lugares
que nunca (después del umbral de Plank) habían interactuado causalmente
entre ellos” (Creative Tension, 115).
La reflexión especulativa de “segundo orden” (la de “primer orden”
sería la sólo científica) es en Heller la
filosófico-metafísica-teológica. Es aquí donde la lógica de su
hipótesis explicativa de la geometría no conmutativa le lleva a ciertas
reinterpretaciones de temas clásicos de la filosofía-teología, como
son: la idea del tiempo –o mejor del no espacio-tiempo – en Dios; la
aplicación de esto a la idea tradicional de “creación” (creación
continua y “desde la eternidad”, posibilidad prevista por Santo Tomás);
el concepto de causalidad y también de “causa primera”; la forma de
entender cómo el azar, la probabilidad y la estadística pueden
entenderse como elementos del diseño creativo de una divinidad más allá
del espacio-tiempo; los temas clásicos de la omnipotencia y la
omnisciencia divina en discusión con la filosofía-teología del proceso
(Whitehead), así como la temática clásica sobre el sentido de la
“acción de Dios en el mundo” …
¿Necesita una causa el universo?
En su “statement” ante el Premio Templeton nos dice Heller:
“Al contemplar el universo se impone una pregunta: ¿necesita el
universo tener una causa? Es claro que las explicaciones causales son
una parte vital del método científico. Variados procesos en el universo
pueden ser expuestos como una sucesión de estados, de tal manera que el
estado precedente es causa del que le sucede. Si observamos con más
profundidad estos procesos vemos que hay siempre una ley dinámica que
prescribe cómo un estado debe producir el otro. Pero las leyes
dinámicas se expresan en forma de ecuaciones matemáticas y si
preguntamos acerca de la causa del universo deberíamos preguntar acerca
de la causa de las leyes matemáticas. Al hacerlo así nos retrotraemos a
la gran huella del Dios que piensa el universo. La pregunta sobre la
última causalidad se traslada a otra de las preguntas de Leibniz: ¿por
qué hay algo y no más bien nada? (en sus “Principles of Nature and
Grace”). Al plantear esta pregunta no estamos preguntando sobre una
causa similar a las otras causas. Preguntamos por la raíz de todas las
posibles causas”.
Al leer este texto (y otros similares de Heller) se tiene la impresión
de que Heller admite el enfoque de la metafísica tomista clásica: la
explicación del universo exige una causa primera no mundana y
necesaria, sólo atribuible a Dios, ya que al mundo no puede
atribuírsele la necesidad. Sólo Dios – y no el universo – puede ser
entendido como “causa raíz”, como fundamento del ser, es decir, como
ser necesario: sólo Dios puede ser necesario.
Haciendo de abogado del diablo nos atreveríamos, sin embargo, a hacer
algunas observaciones. 1) La ciencia – y también la razón filosófica –
comienzan a pensar desde un mundo empírico fáctico y se encamina a
conocer su suficiencia para ser real, tal como se presenta (la
expectativa de la ciencia y de la razón sería, de principio, que el
sistema real que vemos fuera auto-suficiente). 2) El problema de la
ciencia/razón es precisamente que es enigmático cómo entender esta
suficiencia: atribuirla al puro mundo sin Dios (ateísmo) o a un Dios
que se entiende como realidad transcendente al universo (teísmo). 3)
Tanto si atribuyéramos la suficiencia al universo o a Dios, en ambos
casos, deberíamos atribuirle eo ipso la necesidad. Este sería el
enfoque propio de la ciencia.
En otras palabras, la necesidad es algo que debemos postular, bien del
universo, bien de Dios, según a quien atribuyéramos la suficiencia de
la realidad. Pero ni en un caso ni en otro podemos entender por qué su
“ontología” lo hace “necesario”. Volviendo a la pregunta de Leibniz,
que Heller menciona en el texto anterior, no podemos saber por qué el
universo existe o más bien no existe, ni por qué Dios existe o más bien
no existe. Lo único que puede hacer la razón, y la ciencia, es tratar
de conocer dónde se funda la suficiencia del universo que de hecho
existe y nos contiene y, eo ipso,
atribuirle la necesidad.
Esto mismo es lo que dice Leo Smolin – refiriéndose a la frase de
Leibniz “¿por qué hay algo y no más bien nada?” – en un texto citado
por el mismo Heller: “No entiendo, en realidad, cómo la ciencia, por
mucho que pueda progresar, pudiera llevarnos a entender preguntas de
esta naturaleza. En último término quizá debiera quedar un lugar para
el misticismo. Pero misticismo no es metafísica y esto es sólo lo que
yo pretendo eliminar” (Creative Tension, 160).
Pensemos que, si sólo a Dios pudiera la razón atribuirle la necesidad,
entonces la existencia de Dios sería racionalmente segura (o sea, de
“certeza metafísica” como decía la escolástica tomista). El ateísmo no
sería viable para la razón. ¿Es esto lo que piensa Heller? La verdad es
que parece moverse en una cierta ambivalencia. Por una parte, hay
textos como el último citado. Pero, por otra nos dice también que la
gran aportación de la ciencia a la teología es habernos hecho entender
que el universo es un Misterio. Y en esto último estamos de acuerdo con
Heller.
Un misterio que algunos intentar clarificar con hipótesis ateístas
libremente asumidas. Pero un misterio también susceptible de que a
otros, como Heller, les sugiera hipótesis y especulaciones posibles,
libremente asumidas, que muestran la verosimilitud de la hipótesis de
que fuera creado por ser divino personal, fundamento del ser.
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