Neurociencias:
identidad personal y pervivencia
humana
JAVIER MONSERRAT
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El hecho experiencial de ser persona
es para todo hombre la base sobre la que
se asienta la dignidad de nuestra
condición humana. Nuestro “yo” se
construye en el tiempo a partir de nuestra
condición de personas; por ello hablamos
del “yo personal” que nos constituye. El
yo personal está siempre abierto, pues se
enriquece a medida que vivimos. Pero
mantenemos además la persuasión de que
hemos sido y seguimos siendo la misma
persona a medida que transcurre el tiempo.
Es la convicción de nuestra identidad
personal. Por último, la vida
plantea la gran cuestión de lo que será de
nosotros más allá de la muerte, es decir,
la cuestión del futuro de nuestra persona
en la identidad mantenida y enriquecida a
lo largo de todo nuestro tiempo
biográfico. Es la gran incógnita de la
pervivencia humana, es decir, del “yo
personal” que ha mantenido su identidad a
lo largo de los años. Los hombres
religiosos respondemos esta incógnita
creyendo en que Dios nos salvará como
personas y hará posible nuestra
pervivencia más allá de la muerte. Sin
embargo, ¿es factible y tiene sentido
hablar de persona, identidad personal y
pervivencia humana, de acuerdo con los
resultados actuales de las neurociencias?
Persona, identidad personal y
pervivencia humana
Persona. Todo hombre es, pues, un
“yo individual” porque ha ido construyendo
su “yo biográfico” a partir del sin número
de decisiones constituyentes de su vida.
Pero, ha podido hacer su propia historia
biográfica a partir de un cuerpo
individual en el que se asienta su
condición de persona: su
naturaleza que le permite construir su
historia a partir de decisiones libres
racio-emocionales, en parte condicionadas,
pero en parte libres. Bajo
condicionamientos psicobiofísicos, pero
con niveles reales de libertad, el hombre
es persona y construye su propia e
intransferible personalidad.
Identidad personal. La conciencia
de ser personas va unida a la persuasión
de que poseemos una identidad que, aunque
dinámica y en transformación, se alarga a
lo largo del tiempo. Permanecemos siendo
el mismo “yo personal”. Esta identidad no
significa afirmar que exista algo así como
una entidad estática que permanece siendo
siempre “la misma”. La identidad va unida
a la experiencia de una historia dinámica,
abierta, en transformación. Nuestro yo no
es algo cerrado sino un conjunto de
conexiones que, desde el pasado, llevan a
nuestro yo personal en la actualidad.
Pervivencia humana. Nadie duda
del inevitable acontecimiento de su propia
muerte. Pensar que vaya a existir la
pervivencia de uno mismo, en su identidad
personal, más allá de la muerte no es
universal. Como sabemos es posible no
creer en la pervivencia humana más allá de
la muerte. Sin embargo, también es posible
creer y lo atestiguan la experiencia
religiosa y las tradiciones religiosas.
Para todos, la pervivencia es un problema
abierto.
El problema de la persona desde la
ciencia. En principio, es evidente
que la ciencia moderna conduce a una
cierta idea del hombre que cabe considerar
de sumo respeto porque se construye por
una rigurosa aplicación de la razón a los
datos empíricos que deben fundar nuestro
conocimiento. Desde las ciencias naturales
y humanas, en concreto desde la
neurociencia, ¿es posible hablar de persona,
de identidad personal y de pervivencia
más allá de la muerte?
a) En relación con nuestra condición
real de personas el problema más
importante es el planteado por quienes
defienden el determinismo neural
(asumido por lo general en las teorías
computacionales del hombre). Si no hay
libertad y las acciones humanas son un
resultado determinista ciego, entonces
desaparece la idea de persona, para
sustituirla por una idea robótica del
hombre. Pero el determinismo neural es
sólo una escuela minoritaria que no
representa la neurociencia en su conjunto.
Nadie duda de que en gran parte estamos
determinados, pero nuestro sistema neural
permite ámbitos, o burbujas, de libertad,
tanto en el mundo mecanoclásico como en el
mecanocuántico. Todo esto es argumentable
por la ciencia y, además, es congruente
con nuestra experiencia fenomenológica,
personal y social.
b) En relación con nuestra conciencia de
identidad personal la ciencia plantea
problemas más serios. Quizá nuestra
naturaleza psico-biofísica hace posible
que construyamos nuestra historia
biográfica como personas. Pero ¿cabe
hablar de identidad personal? La
neurociencia nos dice que todas nuestras
imágenes sensibles (visuales, auditivas,
propioceptivas…), nuestras emociones,
ideas, sistemas de conocimiento y
motivación, se producen al ser causadas
por engramas, patrones o circuitos
neurales, en tiempo real, que quedan
registrados y permiten por la memoria ser
reactivados en tiempos en el futuro. En
relación con la identidad personal esto
plantea un primer problema que,
sin embargo, no es en realidad tal. El
hecho es que la materia de nuestro
organismo se renueva completamente al cabo
de unos siete años. Podría decirse, por
tanto, que ya no somos “los mismos”. Sin
embargo, la ciencia también nos dice que
los engramas, o estructuras, permanecen,
ya que, digámoslo así, la nueva materia va
ocupando su lugar en las estructuras
existentes que se mantienen. Pero la
ciencia plantea un segundo problema,
más serio para la identidad personal. Los
engramas que registran nuestra historia en
parte se oscurecen, enmascaran,
deterioran, y parte de nuestro pasado deja
de ser reactualizado. En circunstancias
extremas, al producirse la aparición de
enfermedades neurodegenerativas, como el
Alzheimer, se van desmontando los patrones
neurales que hacen posible nuestra
conciencia de identidad. Según esto,
¿puede seguir hablándose de identidad
personal?
c) En relación con el problema de la
pervivencia humana más allá de la muerte
es donde la ciencia plantea problemas más
serios. Para la ciencia, es evidencia
incontrovertible que el hombre muere
realmente en su totalidad. La ciencia como
tal no conoce nada humano que pueda
pervivir más allá de la muerte. Como
consecuencia, ¿tiene sentido para la
ciencia hablar de pervivencia? Sin
embargo, las religiones apuestan por una
fe comprometida por la pervivencia. ¿Tiene
esto sentido?
La pervivencia humana en el
pensamiento
platónico-aristotélico-escolástico
La idea del hombre en la fe cristiana ha
estado durante siglos y siglos bajo
influencia del paradigma greco-romano. En
un marco dualista, se entendió que el
hombre era un compuesto de materia y
forma, dos formas-de-realidad
irreductibles (como el ser y el no-ser).
Popularmente se hablaba de alma y cuerpo.
El alma era una entidad inmortal por su
propia naturaleza ontológica que, al
producirse la muerte como separación de
alma y cuerpo, entraba en la dimensión
transcendente de la vida eterna. Esta
manera de pensar “dualista” tuvo su origen
en Platón y Aristóteles (hilemorfismo).
Pasó después a la patrística (sobre todo a
los neoplatonismos, no tanto a la
patrística inspirada en la filosofía de la
Stoa, o estoicismo) y a los sistemas
escolásticos. La “idea” platónica o la
“forma” aristotélica recogían el “ser” de
Parménides que permanecía en sí mismo y no
podía dejar de ser. Santo Tomás distinguió
entre formas corruptibles (compuestas) y
la forma simple, el alma humana, que era
inmortal por su propia naturaleza. La
cultura hebrea (como se ve en los estudios
de antropología hebrea) no era dualista:
el hombre era la unidad viviente del
cuerpo y la vida brotaba de él. Pero el
dualismo greco-romano, que dominaba la
cultura de los primeros siglos, forzó
pronto, desde la patrística, la
hermenéutica filosófico-teológica antigua,
que fue dualista. Este dualismo dominante
en la filosofía y en la teología cristiana
(no en el kerigma, sino en la hermenéutica)
se transmitió a la vivencia popular de la
fe.
Incluso hoy la mayor parte de los
cristianos creen que en todos los hombres
existe un “alma inmortal” que perdura más
allá de la muerte. Tal como concibe la
imaginación popular, en la muerte se
produciría como la exhalación de esa
entidad simple que, sin morir, entraría en
una nueva dimensión (es lo que suele
apuntarse en la expresión cristiana
popular “exhaló el espíritu”). Esta idea
ha pasado al arte cristiano donde se ha
pintado la separación del alma tras la
muerte en forma de angelitos, llamas o
palomas que se escapan de la materia y
entran en el más allá (v.g. en El Greco).
El alma es espiritual y simple,
irreductible por su propia naturaleza al
mundo de la materia que causa la entidad
corporal que se corrompe y deshace tras la
muerte. La muerte no es muerte del alma,
sino la separación de alma y cuerpo,
siendo sólo este objeto de corrupción (1).
Contradicción entre la idea de
alma inmortal y la ciencia. La ciencia,
sin embargo, es una visión monista del
universo y de los seres vivos (todo se
produce desde un único principio que
constituye el universo). Para la ciencia,
cuando el hombre muere, muere en su
totalidad. Es decir, la ciencia no tiene
fundamento para considerar que en el
hombre exista algo similar a lo que la fe
cristiana ha entendido como “alma”, en un
contexto dualista. La vida psíquica de los
animales (sus sistemas
sensitivo-perceptivos, su conocimiento,
sus emociones, y todos los procesos
proto-humanos complejos que anticipan la
mente humana) resultan de los procesos
engramáticos (sistemas de relación entre
neuronas) de los circuitos o redes
neurales. En el hombre todo sucede de una
forma similar a la mente animal, pero en
niveles de complejidad neural que causan
la aparición del estado racioemocional
propio de la mente humana. La biografía
del hombre y sus obras en la historia se
explican por funciones que ha producido el
sistema nervioso. En este contexto, como
pasa con los animales, la muerte del
hombre es la muerte de todo el hombre. La
ciencia no tiene argumentos naturales,
formulables por la razón
científico-filosófica, que lleven a pensar
que exista algo más en el hombre. Esto es
un hecho hoy comúnmente extendido.
Es explicable, pues, que esta visión del
hombre en la ciencia entre en
contradicción con la imagen popular
cristiana del alma. El dualismo y la idea
de “alma inmortal” es una imagen arraigada
(incluso de forma emocional y vital) tanto
en filósofos, teólogos y sacerdotes, como
en la piedad popular de la mayoría de los
fieles. Es explicable que lo dicho por la
ciencia se vea como materialismo,
impiedad, agresividad. Basta sospechar que
una persona duda, o pone en cuestión, una
creencia tan arraigada para que, en no
pocas ocasiones, se la descalifique y se
la margine de mil maneras en ciertos
círculos cristianos.
Cabría decir que la creencia en el
“alma” fuera sólo una “fe” que la ciencia
no pudiera por qué conocer. Pero el
problema es que la existencia del alma ha
sido siempre, en el paradigma
greco-romano, una afirmación ante todo
filosófica, y esto ha traslucido en la
idea popular de alma. Por ello, muchos
científicos actuales, sobre todo
filósofos, psicólogos y neurólogos,
conocen la pretensión racional-filosófica
de la afirmación cristiana del “alma” como
hecho histórico objetivo y denuncian que
el mundo cristiano se mueva en
consecuencia fuera de la racionalidad y de
la ciencia actual. Muchas de las
incompatibilidades entre ciencia y fe se
deben a la idea del alma, y a la tradición
filosófica del dualismo. No son pocos los
científicos que tienen en la idea
cristiana del “alma” la ocasión de burla y
escarnio de las creencias cristianas. Para
ellos es una muestra del “atraso” del
mundo religioso.
La idea del hombre en el kerigma y en
la teología cristiana
Es claro que esta contradicción, al
menos aparente y con presencia social,
hace que debamos preguntarnos, ¿es en
efecto la imagen del hombre en la ciencia
contradictoria con la imagen del hombre en
la fe cristiana? Creemos que no es
contradictoria. Pero, para entenderlo,
debemos aclarar que el dualismo, aunque
fue una hermenéutica extendida durante
siglos (que todavía perdura) no es
esencial en la fe cristiana. En primer
lugar, vamos a referirnos a la idea del
hombre en la fe cristiana: es decir, a lo
que debe decirse necesariamente del hombre
en el cristianismo. Pero esto mismo nos
hará entender qué es también lo que no
debe decirse necesariamente. En
definitiva, vamos a ver que la fe
cristiana no contiene una idea filosófica
o científica de la naturaleza humana (ni
por ende del universo). La fe cristiana
habla del hombre (y del universo) en un
sentido teológico. ¿Qué quiere esto decir?
La fe cristiana no implica una
idea científico-filosófica del hombre.
Debemos establecer en primer lugar que el
kerigma cristiano no contiene una idea del
hombre ni cultural, ni filosófica, ni
científica. La cultura hebrea tenía una
cierta antropología, no trabajada
filosóficamente, pero que no era dualista.
Esta antropología dejó su huella en la
Biblia, pero la creencia en la inspiración
de las Escrituras no supone considerar que
la antropología hebrea debiera estar
“inspirada”. Más adelante, la hermenéutica
del cristianismo en la cultura
greco-romana llevó al dualismo del
paradigma antiguo que tuvo como resultado
la idea de alma que hemos comentado. Pero
debemos entender que la idea del hombre
dualista no era kerigma cristiano, sino
hermenéutica propia de la cultura antigua.
Por consiguiente, la idea cristiana del
hombre tampoco exige la identificación con
la antropología dualista antigua. Por
último, la formación de la idea del hombre
en la modernidad estuvo determinada por la
ciencia y, en especial, por la neurología
evolutiva, llevando a las consecuencias
expuestas. La idea cristiana del hombre
tampoco se identifica con la idea del
hombre en la ciencia moderna. Por
consiguiente, ¿cuál es entonces la idea
del hombre en la fe cristiana?
El hombre en el kerigma cristiano.
El hombre en el mundo es un ser
racio-emocional que está abierto al
conocimiento del posible Dios y es posible
sujeto de una apelación divina. El
cristianismo afirma que la incipiente
llamada de Dios al hombre por la razón
natural en la creación (testimonio del
Padre) y en el sentido del Dios kenótico,
oculto y liberador (testimonio del Hijo,
del Verbo, del Misterio de Cristo),
culminan en la llamada interior del
Espíritu de Dios en el “espíritu” humano
(testimonio del Espíritu Santo). Cuando el
hombre responde positivamente a esta
llamada es religioso y entra en la vía de
la “santidad”. El hombre, al ser
religioso, vive esta llamada del Espíritu
que, al ser una llamada, mueve a confiar
en que no será “en falso”, sino que Dios
será fiel a una llamada que no podrá
cumplirse sino tras la muerte. La
esperanza cristiana en una pervivencia más
allá de la muerte es, pues, una
consecuencia de la vivencia de una llamada
del Espíritu que proyecta a la salvación
en que Dios se compromete por su llamada
en la Creación, en la palabra de Jesús y
en la apelación interior del Espíritu. Es
la confianza en la fidelidad de un Dios
que llama y apela interiormente de una
forma directa que se vive en la fe
religiosa (2).
El hombre objeto de la apelación
divina. Ahora bien, el hombre
y el mundo, objeto de la apelación divina,
no son necesariamente el hombre y el mundo
de la cultura hebrea; no son el hombre y
el mundo de la antropología dualista del
paradigma greco-romano; no son el hombre y
el mundo de la ciencia moderna. ¿Cómo son
el hombre y el mundo? En realidad, la idea
cristiana del hombre está abierta. En
principio cómo son el hombre y el mundo se
manifiesta en la obra de la creación y
ésta es conocida por la razón, por la
ciencia y por la filosofía, de acuerdo con
el avance del conocimiento. Por tanto, la
ciencia y la filosofía entienden que el
hombre es como se ha descrito antes y no
cabe pensar que exista un alma que, por su
propio modo de ser espiritual y simple, en
el marco de una antropología dualista
antigua, sea inmortal. Cabe pensar
entonces que el hombre es como la ciencia
moderna entiende. No hay otra vía sensata.
Se debe admitir que el hombre ha sido
querido y creado por Dios tal como la
razón humana entiende en este momento de
la historia. No tiene sentido seguir
aferrados a una manera de entender
superada por la ciencia moderna porque la
apelación divina al hombre, la respuesta e
historia religiosa de la persona humana,
la salvación y la pervivencia más allá de
la muerte, pueden entenderse
cristianamente sin necesidad de recurrir a
un alma inmortal por naturaleza, que no
muere. Todo parece indicar hoy que el
hombre muere en su totalidad, pero la
persona humana configurada en la historia
de su relación con Dios, la parte superior
del hombre (que podemos seguir llamando
“alma”, con tal que no le demos un sentido
dualista), será salvada por Dios.
La llamada salvadora del Espíritu
se cumplirá en la Nueva Creación.
Por tanto, el ser humano es la historia de
la vivencia personal de su Yo, sus
conocimientos, sus emociones, sus
decisiones libres, su esclavitud del
determinismo neural, sus trabajos, su vida
interior, sus pensamientos, sus relaciones
interpersonales, sus amores, sus
sufrimientos, su vivencia del dramatismo
de la historia, el camino hacia Dios a lo
largo de la vida, sus decisiones y
vivencias religiosas, el diálogo mistérico
con Dios a lo largo de los años… Ese
conjunto de experiencias de la biografía
del Yo constituye la parte superior del
hombre, su espíritu: podemos decir incluso
que el hombre, a lo largo de su vida ha
configurado su “alma personal”, hecha a
partir de las posibilidades de su biología
neurológica creada por Dios. Esa alma
humana que recibe la llamada o apelación
del Espíritu de Dios confía en la
salvación y pervivencia más allá de la
muerte no porque el alma no muera por su
ontología, sino porque Dios en la Nueva
Creación prometida emprenderá la
recreación de nuestra alma personal. Ya el
mismo san Pablo, al referirse a la
esperanza cristiana de la vida eterna, se
refiere siempre a ella en términos de
resurrección, de la re-creación hecha por
Dios de nuestro cuerpo ya inmortal en la
Nueva Creación. Dios nos salva y, sin
resurrección, no habría esperanza de
salvación. Incluso para la teología
antigua, ya que las almas sin el cuerpo no
tenían individualidad personal, debía
esperarse igualmente la re-creación de un
nuevo cuerpo inmortal hecho por Dios. En
la liturgia cristiana hay formulaciones
(que provienen de san Agustín) que pueden
interpretarse en el sentido que
explicamos: “aunque la certeza de morir
nos entristece…”, ya que la muerte de
nuestra entidad humana es cierta, sin
embargo, “nos consuela la esperanza de una
futura inmortalidad”, puesto que la
inmortalidad en que el hombre confía por
la fe no es una inmortalidad natural sino
la inmortalidad re-creada por Dios en la
Nueva Jerusalén Celestial.
Esta creencia en la omnipotencia divina
para re-crear el yo personal de cada uno
en un nuevo cuerpo inmortal, es una
creencia, una persuasión fundada en la fe
y envuelta en un profundo misterio. ¿Cómo
crea Dios el universo? ¿Cómo se relaciona
la ontología del universo con la ontología
de Dios? Todo esto y otras muchísimas
cosas no las conocemos. El ateo tampoco
puede responder muchas de las preguntas
acerca de la existencia de un puro
universo y está también abrumado por
profundos misterios. El hombre vive en el
misterio, y uno de los misterios de la fe
es cómo la omnipotencia divina será capaz
de re-crear la Nueva Creación, unos nuevos
cielos y una tierra nueva, y en ella
nuestro “yo personal” de una forma más
rica y potente que en la tierra.
Cristianismo, ciencia, neurociencia
Pero volvamos a los conceptos de persona,
de identidad personal y de pervivencia
humana. El cristianismo puede
aceptar plenamente y sin restricciones la
idea de persona e identidad personal que
se desprende de nuestro conocimiento del
hombre en las neurociencias, según la
forma ordinaria en que estas se entienden
(3). El hombre es persona y tiene
identidad personal como nos dice la
ciencia, sin restricciones. En este
sentido, la construcción de la persona,
del yo biográfico, es un proceso abierto
de modelación del propio cerebro en el
curso del tiempo. El hombre advierte que
tiene una identidad personal que le une al
pasado y le proyecta hacia el futuro de
forma abierta. Sin embargo, el proceso de
deterioro del sistema nervioso puede
producir el desmoronamiento progresivo de
la personalidad y de la identidad
personal. Es lo que vemos en nuestra
experiencia diaria. El hombre sabe que el
estado del conocimiento en la ciencia y en
la neurociencia en este momento de la
historia le dicen que el final de su
condición natural es la muerte. Pero el
hombre cristiano sabe también que la
razón, la ciencia y la filosofía, permiten
estar abierto a un posible Dios autor de
esa creación, eventualmente descrita por
la ciencia. El cristiano se siente apelado
por la creación (el testimonio del Padre),
por el Misterio de Cristo (el testimonio
del Hijo) y por el Espíritu (testimonio
del Espíritu Santo Paráclito) y responde a
esta apelación por la fe y la entrega
existencial a Dios. Por ello confía que el
Dios que “llama” será fiel a su llamada y
le llevará a la pervivencia personal más
allá de la muerte, en que el hombre será
“salvado” y “recreado” en la Nueva
Creación. Este hombre nuevo que Dios por
su poder hará pervivir más allá de la
muerte será la plenitud de la historia
personal de todo hombre en que se
alcanzará la verdadera identidad personal
de lo que ha sido la propia historia
biográfica. El hombre que Dios salvará no
será el hombre desmoronado por la
enfermedad y el envejecimiento final, sino
la plenitud del hombre en la totalidad de
su historia.
Conclusión
Por consiguiente, la actitud que tiene
sentido para la filosofía y la teología
cristiana es entender que el mundo ha sido
creado por Dios tal como la ciencia y la
filosofía moderna entienden, con rigor y
honestidad. ¿Se excluyen por tanto las
visiones dualistas mantenidas durante
siglos? No es esto lo que queremos decir.
Es decir, defender el dualismo sigue
siendo posible, ya que la visión monista
de la ciencia no tiene garantías
absolutas, aunque todo parezca indicar que
es lo más probable. Por tanto, no tendría
sentido, ni sería culturalmente posible,
encerrarse en una visión antigua y
anacrónica de las cosas que sólo acabaría
conduciendo a la marginación intelectual
de la fe cristiana en el mundo moderno y a
dificultar innecesariamente la
proclamación del kerigma cristiano. El
universo y el hombre han sido creados por
Dios en la forma que la ciencia describe.
Ahora bien, esta imagen del hombre y del
mundo es perfectamente compatible con la
imagen esencial del hombre en la fe
cristiana, un hombre apelado por Dios en
el Espíritu y llamado a la salvación. El
“alma” humana es “inmortal” no porque esté
constituida por una ontología
“indestructible” por su naturaleza, de
acuerdo con la imagen dualista que dominó
el mundo cristiano durante siglos, sino
porque Dios será fiel a su llamada y la
recreará en la Nueva Creación, donde
perdurará ya sin morir.
Notas
1. Es verdad, pues, que santo Tomás fue
un hito importante en defender la unidad
del hombre real (unión substancial). Pero,
no es menos verdad histórica que el
tomismo contribuyó a extender la
concepción dualista de un hombre compuesto
de cuerpo (materia) y alma (forma). Un
alma que subsistía en sí misma tras la
muerte y que creó todos los problemas de
su desindividualización y
universalización, de acuerdo con la
doctrina tomista (problema al que el mismo
Ladaria hace referencia, al igual que el
entonces teólogo Joseph Ratzinger en su
libro Muerte y Vida Eterna, publicado en
español en Herder). Al morir el alma se
hacía universal, desindividualizada, y por
ello la inmortalidad personal del
individuo como tal estaba ya referida a la
resurrección de los cuerpos en que el
hombre era dotado de un nuevo cuerpo.
2. Quiero observar que esta manera de
entender está en conformidad con lo
expuesto por Luis F. Ladaria en su tratado
de antropología teológica (especialmente
el capítulo segundo). En síntesis, me
refiero a la exposición de Ladaria.1)
Ladaria insiste en que el punto de vista
teológico no implica una determinada
filosofía, aunque sea verdad que a lo
largo de la historia se haya hecho uso de
las filosofías propias de cada tiempo. 2)
El dualismo influyó sin duda en la
teología católica, pero ésta no está
identificada con él. 3) Igualmente Ladaria
no defiende una determinada forma de
antropología moderna, ni considera que
fuera apta para sustituir las filosofías
antiguas. Estas cuestiones no las aborda.
4) Ladaria insiste positivamente en lo que
constituye la idea estrictamente teológica
del hombre que la iglesia ha querido
mantener a lo largo de los siglos, más
allá de las influencias filosóficas que
hayan podido dejar su huella (nosotros
diríamos que Ladaria trata de expresar la
esencia del kerigma que la iglesia ha
querido transmitir, consciente de que debe
proclamar la doctrina de Jesús de la que
se siente depositaria y que, como tal, no
está constituida por una filosofía). Por
ello Ladaria señala perfectamente las
tendencias esenciales que ha mostrado la
teología católica, aun dentro de las
diversas influencias hermenéuticas
(filosóficas) a las que se ha visto
sometida en las diversas épocas. 5)
Ladaria afirma positivamente que la
esencia de la doctrina cristiana es,
primero, la idea unitaria del ser humano
como creatura y el valor integral del
hombre en todas sus dimensiones. 6)
Segundo que la condición “espiritual” del
hombre en sentido teológico, que le abre a
la dimensión trascendente de lo divino,
deriva de una llamada especial a todo
hombre, que forma parte de nuestra
condición creatural y que se manifiesta en
la llamada del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo en el interior del espíritu
del hombre. 7) Por ello la “condición
espiritual” de que habla la teología
católica, por fundarse en esta llamada de
Dios, no depende de una determinada
“ontología filosófica” que le sea propia y
que permitiera distinguir entre una parte
inferior y superior del hombre. 8) Esta
llamada de Dios al hombre unitario situado
en la historia real es también el
fundamento para confiar en la salvación,
la inmortalidad del alma espiritual, que
hará perdurar la vida humana más allá de
la muerte.
3. Habría que hacer un matiz importante:
el cristianismo no sería compatible con
una idea del hombre que respondiera a un
mecanicismo-objetivista-computacional, ya
que este ofrecería una imagen robótica del
hombre y de los seres vivos incompatible
con la libertad y, en consecuencia, con la
idea de persona y de identidad personal.
Pero la imagen común del hombre en la
neurociencia no es computacional (en el
sentido de la metáfora fuerte). La gran
corriente de la neurociencia actual, en el
marco monista de la ciencia, responde a un
paradigma emergentista-funcional-evolutivo
que puede ser asumido plenamente por la
imagen cristiana del hombre.
Referencias
Ratzinger, Joseph, Introducción al
cristianismo, Ed. Sígueme, Salamanca
2002.
Ratzinger, Joseph, La muerte y la vida
eterna, Herder, Barcelona.
Balthasar, Hans Urs von, Teodramática,
vol. 2: Las personas del drama: el
hombre en Dios, Ed. Encuentro, Madrid
1992.
Ladaria, Luis F., Antropología teológica,
U. P. Comillas / Univ. Gregoriana, Madrid /
Roma 1983.
Zubiri, X., Sobre el hombre, Alianza
Editorial, Madrid 2007.
Monserrat, J., Hacia el Nuevo Concilio.
El paradigma de la modernidad en la Era de
la Ciencia, Ed. San Pablo, Madrid
2010.
Monserrat, J., El gran enigma. Ateos y
creyentes ante la incertidumbre del más
allá, Ed. San Pablo, Madrid 2015
(aparición mayo 2015).
Revista Pensamiento.
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