La nueva evangelización y concilio (I): un proyecto de acción para la Iglesia católica ante la crisis moderna de la religión
JAVIER MONSERRAT
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La constatación de la grave crisis de la religión en
el mundo moderno es en la iglesia el punto de partida del sentimiento de
evangelización urgente que debe emprenderse. La iglesia sabe que nada hay más
importante que la Nueva Evangelización y para hacerlo debe entender con
precisión qué es lo que pasa en nuestra sociedad, es decir, el tipo de crisis
de religión que atribula a la iglesia en los últimos siglos, pero sobre todo en
el siglo XX. En mi opinión, como expongo en este post, es muy importante caer
en la cuenta que la crisis de religión no ha afectado en la misma medida a la
religiosidad interior. La forma de proclamación que la iglesia ha promovido
hasta ahora ha tenido como consecuencia la crisis de la “religión” por el ateísmo
extendido en la sociedad moderna, pero también porque mucha gente no ha visto
representada en la iglesia su religiosidad interior. La nueva evangelización
debe concebirse, por tanto, como un proyecto de acción para que el Evangelio
tenga la fuerza de iluminar la increencia y de vehicular la experiencia
religiosa interior de los hombres. ¿Cómo hacerlo? En esta serie de posts
argumentaremos que la nueva evangelización dependería de que el cristianismo
entrara en el paradigma de la modernidad. Ahora bien, este acontecimiento sería
de tal importancia para la iglesia que exigiría la proclamación de la nueva
hermenéutica del kerigma cristiano en el marco de un nuevo concilio.
El concepto de Nueva Evangelización lleva ya muchos
años presente entre las inquietudes de fondo de la iglesia católica. Después de
siglos y siglos de estar simplemente “en lo mismo de siempre”, el Concilio
Vaticano II representó la clara conciencia de que existía una crisis y del
deseo de reunir a la iglesia universal para hallar la forma de estudiar y
exponer la fe cristiana en nuestra época. El concilio nació de la intuición de
que “algo no funcionaba” y de que en consecuencia “había que hacer algo”. Pero
el concilio, en efecto, no cerró la tarea que se propuso y dejó abierto un
horizonte de trabajo que condujera a encontrar el camino correcto para esta
exposición de la fe en nuestra época. Se abrieron diversas líneas de renovación
–nacidas de distintas sensibilidades– que fueron el quebradero de cabeza de
Pablo VI. En la iglesia aparecieron las tensiones cuya historia todos
conocemos. En el Pontificado de Juan Pablo II se constituyó un férreo liderazgo
de la iglesia que condujo a cortar aquellas líneas de renovación que no
parecían apropiadas y, al mismo tiempo, a establecer un diseño para la
revitalización de la iglesia. Fue Juan Pablo II el que introdujo el concepto de
Nueva Evangelización que se viene usando en los últimos años. La obra de Juan
Pablo II como Papa fue sin duda un inmenso esfuerzo de Nueva Evangelización,
como se ve en sus continuos viajes o en las Jornadas Mundiales de la Juventud.
Benedicto XVI ha retomado con fuerza renovada aquel proyecto de una Nueva
Evangelización, abierto por Juan Pablo II, y lo ha constituido en la iniciativa
estrella de su Pontificado, creando un Dicasterio Romano a cargo de la
promoción y gestión de esta Nueva Evangelización, para cuya presidencia ha sido
nombrado el Arzobispo Monseñor Rino Fisichella.
En estos posts sobre la Nueva Evangelización voy a defender la tesis de que la
coyuntura histórica actual, habida cuenta de los factores concurrentes que la
constituyen, nos lleva con toda lógica cristiana (en el fondo una lógica
teológica que es la lógica de la fe) a establecer un proyecto de lo que debería
ser la Nueva Evangelización. El proyecto que proponemos es una interpretación,
es decir, una hermenéutica; pero una hermenéutica que se defiende frente a
otras a partir de los argumentos que la apoyan. La consecuencia de nuestro
análisis será que el diseño de cuanto hoy hace la iglesia dista mucho de estar
a la altura de lo que debería ser la Nueva Evangelización que nuestra época
necesita. Es claro que somos conscientes de que nuestra propuesta es una
hermenéutica; es posible y congruente con el kerigma cristiano. Como
hermenéutica no puede ser obviamente ni el kerigma cristiano mismo –que no
puede cambiar–, ni es la verdad absoluta. Pero, al menos, creo que la
hermenéutica que proponemos está argumentada, se puede valorar objetivamente y
entender por qué decimos que lo que actualmente se está haciendo no es lo que
se debería hacer, como exigencia de la historia, para emprender la Nueva
Evangelización.
La conciencia de atravesar una grave crisis histórica
El Vaticano II, la honda preocupación que mostró Juan XXIII, el pesimismo que
se traslucía en la personalidad de Pablo VI, la respuesta impetuosa con que
Juan Pablo II intentó revitalizar a la iglesia, o la actual preocupación de
Benedicto XVI –claramente consciente, en textos como Papa y como Cardenal
Ratzinger, de que la iglesia está reduciéndose dramáticamente en su presencia
social– que le ha llevado a diseñar el movimiento de Nueva Evangelización como
forma de hacer frente a un reto imperioso y grave de la iglesia, muestran a las
claras que la jerarquía de la iglesia, al igual que teólogos y creyentes, son
muy conscientes de que el cristianismo atraviesa una dura crisis histórica
grave. Probablemente mucho más grave que otras crisis atravesadas y superadas
en tiempos pasados. La iglesia transita, sin duda ninguna, por una grave crisis
histórica en que coinciden todos los autores (aunque mirando unos y otros al
futuro con más o menos optimismo o pesimismo).
1) La realidad social de la creencia: estadísticas
y hechos. Aquello en que todos coinciden (la existencia de una grave crisis
de la creencia) está avalado por las investigaciones estadísticas en
sociología. Hablamos en general porque es hoy tan grande la variedad de
estudios y de resultados que es muy difícil establecer en concreto alguna
consecuencia general segura. Es claro que no son lo mismo Asia, África, América
Latina que Europa o los Estados Unidos. Igualmente no es lo mismo Europa que
Norteamérica (EE.UU. y Canadá). Pero es también manifiesto que la indiferencia
religiosa popular, el agnosticismo y el ateísmo crecen en el Primer Mundo,
hasta el punto de que hay estadísticas que se aventuran a la prognosis de que
el cristianismo desaparecerá pronto de ciertos países europeos (vg. Dinamarca o
Países Nórdicos). Sin embargo, también parece constatarse que en el Segundo y
Tercer Mundo la religiosidad crece y por ello el efecto mundial en su conjunto
es de crecimiento significativo (pero no así si consideramos sólo el
catolicismo que cede terreno ante religiones como el islam o el hinduismo que
tienen más natalidad). Esto es lo que han mostrado estudios como los de Peter
Berger sobre la situación mundial de las religiones.
Si nos referimos a la iglesia católica, es evidente su crisis en las sociedades
desarrolladas (al igual que en el Tercer Mundo ante la expansión de los
movimientos pentecostalistas o de otras religiones). No obstante, aun siendo
así, es todavía un hecho incuestionable que las estadísticas dicen
insistentemente que un 75/80 por ciento de la población española, por ejemplo,
se declara católica. Lo mismo pasa en Italia y en Estados Unidos donde la parte
absolutamente mayoritaria de la población sigue siendo religiosa (mucho más que
en Europa), todo ello reconociendo que en países como Francia (que antes eran
el eje del catolicismo) la pertenencia declarada a la iglesia apenas es
superior al 40 por ciento (estando el catolicismo francés desbordado por la
práctica religiosa de la numerosísima inmigración islámica en Francia). Es
también evidente que, aunque los porcentajes hayan bajado mucho, un 19 por
ciento de los católicos en España van a la iglesia semanalmente (hace muy poco
eran el 29 por ciento). Pocas organizaciones son capaces de movilizar un sector
tan numeroso de la población, semana tras semana. Además, las movilizaciones de
masas que promueve la iglesia (vg. la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid
2011) son impresionantes y muestran que existe todavía mucha gente que vive
intensamente la religión cristiana y católica.
2) Qué es lo que está pasando: la gravedad de la crisis. Lo que en
realidad pasa son varias cosas. Al explicarlas estamos haciendo una
interpretación que, no obstante, creemos similar a la de otros muchos autores y
que, por tanto, entendemos que se acerca a lo que las cosas son. Ser miembro de
una religión como la cristiana supone primero conocer qué afirma esta religión
sobre el sentido de la vida; segundo entender o intuir en alguna manera que
esas creencias son racionalmente verosímiles considerando el conjunto de las
circunstancias reales y culturales; por último, tercero, supone también una
identificación emocional profunda con esas creencias. Si estas tres condiciones
se cumplen el creyente vive su adhesión a la religión como enriquecedora.
a) Pues bien, esto supuesto, el primer problema consiste en que la inmensa
mayoría de los católicos apenas tienen alguna idea coherente del contenido de
su propia fe, aunque se aferren emocionalmente a ella, con la esperanza
metafísica de un Dios salvador que en último término se manifestará como Dios
salvador. Cuando constatamos un porcentaje estadístico de católicos, o el
número de los asistentes a un acto de masas papal, presumimos (esto es una
interpretación fundada) que se trata ante todo de una identificación emocional
con Dios en la fe dentro de la iglesia tradicional de los padres. Pero cabe
presumir también que la mayoría no tienen un conocimiento reflexivo y maduro de
la propia fe.
b) Sin embargo, esta fe preferentemente sólo emocional, desde la ignorancia
intelectual, está sometida a la presión ambiente de la cultura moderna, con la
posición privilegiada que ésta confiere a la razón y a la ciencia y con la
presencia del indiferentismo religioso, del agnosticismo y del ateísmo que
incluso, en muchos ambientes, son considerados como lo “políticamente
correcto”. Esta ignorancia sume al creyente en una crisis social profunda, que
le afecta en su interior, por cuanto la modernidad denuncia –o al menos así
está extendido en el ambiente– que sus creencias no son verosímiles en la
cultura moderna.
c) Por ello, aunque la creencia actual se funde principalmente en la emoción
religiosa (que es profunda y no infravaloramos), sin embargo, faltos de cultura
religiosa y de conexión racional que los haga verosímiles, el catolicismo, y el
cristianismo, que tienen sus bases sociales en el mundo occidental
desarrollado, en que se ha instaurado la cultura de la modernidad, están
sometidos a una pérdida continua de creyentes que rompen su conexión con la
religión cristiana tradicional, pasándose al grupo de la indiferencia religiosa
popular, ya que los agnósticos o ateos declarados y firmes son una minoría. La
religión ha entrado en crisis, como la evidencia social muestra (y la iglesia
reconoce), simplemente porque no tiene dos de los factores que la podrían hacer
viable y estable en nuestra sociedad: no existe entendimiento de la propia fe y
todo parece indicar que no es verosímil ante la cultura moderna (cultura que
por otra parte todos aceptan y respetan). En el fondo, ¿cómo se puede entender
la verosimilitud de unas creencias religiosas si no se sabe en realidad en qué
consisten?
La gravedad de la crisis moderna de la religión puede medirse por el hecho de
que se trata de una crisis de fe, por la que las masas populares se desvinculan
de la iglesia y se quedan sin embargo tan tranquilas. En otras épocas la
iglesia pasó por grandes convulsiones, mucho más aparatosas que en la
actualidad: pensemos en los siglos XVI o XVII, con toda Europa convulsa por las
guerras religiosas, o en el siglo XIX, tan cercano a nosotros, donde el
integrismo católico había aislado totalmente a la iglesia de los movimientos
culturales europeos. Pero en aquellos tiempos la masa social absolutamente
mayoritaria de los países cristianos europeos vivía su fe con una
identificación emocional y una convicción tan sólida que dotaban a la iglesia
de un suelo sólido inalterable de implantación social. Esta era su verdadera
fuerza. Hoy en día, en cambio, se está diluyendo el suelo o fundamento que
constituye la iglesia: la fe de los creyentes se desmorona y, en consecuencia,
la iglesia va apareciendo más y más como una inmensa organización que carece de
base. Es claro que, a lo largo del siglo XX, se ha ido desmoronando esta
solidez de la “simple creencia” ancestral, fundada sólo en las emociones.
¿Hasta dónde llegará esta crisis de desmoronamiento interior? ¿Podrá seguir
manteniéndose y resistir lo que podríamos llamar la “simplicidad creyente” de
tantos cristianos? Pienso que probablemente siempre quedarán cristianos (quizá
incluso “muchos” si los reunimos en una plaza, pero “pocos” en relación al gran
número de ciudadanos de las naciones modernas). Pero pienso también que todo
parece indicar que el proceso de desmontaje de la creencia seguirá en el futuro
un ritmo creciente, difícil de frenar, a no ser que pase algo que se introduzca
como un nuevo factor, una nueva variable histórica, capaz de frenarlo. ¿Una
Nueva Evangelización? Eso es ciertamente lo que la iglesia católica desearía.
Pero no hay razones que aseguren que sea posible, sobre todo si se hace de ella
un diseño inapropiado que no responde a lo que debería ser (y no es una falta
de ortodoxia católica pensar que la iglesia pueda errar en su diseño de nueva
evangelización).
3) Religión y religiosidad. El hecho de este
desmoronamiento de la creencia en la religión cristiana conduce por sí mismo a
plantear una pregunta: si la religión une a los individuos a su tradición y les
instala existencialmente en un futuro de esperanza metafísica que resulta sin
lugar a dudas consolador, ¿cómo es posible que se esté produciendo entonces
este abandono social tan masivo de la religión cristiana? Es decir, conectando
con las anteriores reflexiones, ¿cómo es posible que la modernidad haya
producido una presión tan fuerte sobre los creyentes que haya sido capaz de
vencer poco a poco – como los hechos muestran – el inmenso poder emotivo de la
religión, radicada emocionalmente en la tradición de las familias y de los
pueblos (o sea, su fuerza memética). Creo que hay dos causas que lo explican.
a) La primera se formula así, en síntesis: el abandono de la religión no supone
necesariamente abandono de la religiosidad. Esto nos obliga a distinguir entre
religión y religiosidad. Por religiosidad entendemos la experiencia interior
que une al individuo a una realidad nouménica, mística, profunda y al mismo
tiempo cósmica o trascendente, que se identifica como Dios, que se acepta, con
la que se dialoga y a la que se confía la salvación metafísica. Por religión,
en cambio, entendemos las formas sociales en que se ha organizado la
religiosidad de los seres humanos que están conviviendo dentro de una cultura.
Así, el judaísmo, el cristianismo, hinduismo, budismo o islamismo son
religiones que vehiculan y expresan el sentido de la experiencia religiosa
interior de los individuos. Así, en el mundo occidental, el cristianismo ha
sido la religión en que se ha realizado durante siglos y siglos la experiencia
religiosa de muchísimos seres humanos que se han sentido ayudados, unidos a sus
raíces tanto culturales como familiares y en ella han hallado su sentido de la
vida.
Por consiguiente, cuando tantos individuos han abandonado la religión no cabe
aseverar a la ligera que eo ipso hayan abandonado su religiosidad interior. En
realidad no hay estadísticas ni estudios empíricos que nos digan con certeza
qué pasa en el interior de quienes abandonan la religión y pasan a engrosar la
creciente indiferencia religiosa popular. Interiormente podrían quizá
instalarse en el agnosticismo, en el ateísmo o, quizá sea lo más probable (es
lo que yo pienso), en una religiosidad interior indefinida. Por ello, abandonar
la religión, para los individuos que conocen su interior y saben lo que en él
pasa, no equivale a abandonar a Dios; por ello, en consecuencia, estos hombres
se “sienten tranquilos” ante el enigmático Dios que ha establecido un camino de
salvación al que se ofrecen y se hallan existencialmente abiertos. En otras
palabras: dejar la religión social, como vemos en tanta gente, no es sin más
dar un “portazo a Dios” y caer en el frío vacío del ateísmo sin Dios, sino
quedar replegados en una religiosidad interior que les justifica ante el
posible Dios de forma satisfactoria.
En estos tiempos, en que todas las religiones por igual, aunque unas más que
otras, sobre todo las occidentales, presionadas por la cultura de la modernidad
que se extiende universalmente, tienen grandes autopistas abiertas que impulsan
hacia ese refugio en una religiosidad o espiritualidad interior, se va abriendo
ya algo que era de esperar: la naciente reflexión organizada y consciente de lo
que significa estar en esa espiritualidad personal, al margen de la religión,
ensayando nuevas formas de describirla y promoverla socialmente. Estos nuevos
paradigmas religiosos están ya presentes y probablemente crecerán en el futuro,
llegando quizá a contribuir al mantenimiento de ese mundo religioso interior de
tantas personas. Más y más personas sabrán explicar y justificar en un lenguaje
explícito inspirado en esos nuevos paradigmas religiosos, el sentido y
contenido de esa religiosidad interior, al margen de las religiones, que hoy
muchos viven sin exteriorización.
b) La segunda causa sería, en síntesis, la siguiente: el abandono de la
religión ha sido inducido también por la falta de calidad de la acción
vehiculadora de la religiosidad en las religiones y, en especial, por lo que a
nosotros afecta, en el cristianismo y en el catolicismo. Es decir, muchas
personas que han sido y siguen siendo con toda sinceridad religiosas
(emocionalmente religiosas) no se han sentido religiosamente representadas por
la iglesia. Han estado en ella por la inercia de la tradición familiar, pero
llega un momento en que –auspiciados por la conciencia de dignidad moral,
autonomía moral y libertad en la cultura de la modernidad que nos abarca– se
sienten capaces de prescindir de la religión porque en realidad no entienden
casi nada, no aparece racionalmente verosímil y, además, presenta tantos fallos
morales y sociales, es decir, se muestra “tan humana”, que es muy difícil
vislumbrar la presencia en ella de la acción divina. Las religiones sociales se
presentan como producto de la contingencia histórica: con toda arrogancia, unas
y otras religiones, cada una a su manera, pretenden ser cada una posesora de la
verdad, pero en realidad es muy difícil vislumbrar en ellas –la gente al menos
no lo entiende ni lo ve– la presencia real de la obra de Dios. Si no se
entiende casi nada de la teología, de los ritos, de las liturgias, del
lenguaje, de la moral de una religión, e incluso se constata en muchos casos el
escándalo evidente y gravísimo, o la falta de sintonía emocional con el
comportamiento constatable de cristianos, clérigos y organizaciones
eclesiásticas, entonces, en el mundo libre la de la cultura moderna, ¿cómo se
le puede pedir a alguien que se identifique con una religión concreta? Se le
hace muy difícil. Esto es lo que ha pasado, y sigue pasando, en amplios
sectores de las sociedades ancestralmente católicas. Al individuo le resulta
moralmente justificado ante la propia conciencia ignorar religiones
organizadas, llenas de defectos evidentes e incluso pintorescas en muchos
casos, y refugiar su religiosidad profunda en el interior de su vida anímica.
Los individuos saben que no tienen la culpa ni deben sentirse responsables de
que las religiones sean hasta tal punto incapaces de suscitar la adhesión como
de hecho se muestra en las circunstancias históricas. Al refugiarse en su
religiosidad interior creen que se sitúan en un plano moral superior a lo que
sería aceptar una inmersión irracional en una religión que no tiene ante ellos
fuerza moral, que además no entienden y que no se hace verosímil en la cultura
moderna que se les impone.
La urgencia cristiana de una Nueva Evangelización
Como decíamos, existe un consenso generalizado sobre el hecho de que hoy en día
el catolicismo atraviesa una crisis profunda. Es una crisis que puede hacerse
extensiva a las otras confesiones cristianas, e incluso a las otras religiones
(en menor medida porque sus culturas no se han visto afectadas hasta ahora en
la misma medida por la modernidad). En discursos y documentos pontificios, en
obispos y cardenales, en teólogos y filósofos cristianos, en la intuición de
los “simples creyentes”, en todos se constata la crisis a que nos referimos. En
los documentos que las instituciones pontificias han emitido para la
convocatoria del próximo Sínodo de los Obispos que tratará sobre la Nueva
Evangelización se parte siempre de una constatación de la crisis de la fe. Es
claro que el mismo concepto de Nueva Evangelización supone la aceptación del
hecho de que una sociedad que, en principio, estaba evangelizada ha quedado,
por las diversas razones que se aducen, desevangelizada y, por ello, la iglesia
cree que la esencia de la misión conferida por Cristo es emprender una Nueva
Evangelización. El sentir general es que, para ser fiel a la fe cristiana, los
creyentes deben proceder a impulsar una Nueva Evangelización. No hay otro
camino.
Constatar la crisis no significa, sin embargo, estar de acuerdo en la forma de
describirla y, sobre todo, en el análisis de sus causas. Nosotros hemos
ofrecido en lo anterior la interpretación que consideramos cercana a lo que en
realidad ha sucedido. Quizá no todos estén de acuerdo con nuestro análisis. Por
ejemplo, he considerado, supuesto que los creyentes no entienden en qué creen y
que ven que sus creencias no son verosímiles en la modernidad, son capaces de
romper la fuerza emotiva que les liga todavía al catolicismo porque a)
sostienen una religiosidad interior remanente y b) porque el catolicismo social
objetivo no tiene fuerza de atracción, tal como hemos explicado. Si es así, la
crisis que lleva a la necesidad cristiana de volver a evangelizar quizá haya
sido producida por una falta de calidad en la acción de la iglesia. Somos
conscientes de que habrá algunos que no acepten esta autocrítica, por leve que
sea: la iglesia ha hecho lo que debía hacer y la desevangelización se ha
producido por culpa de otros. Sin embargo, este reconocimiento de culpa de
parte de la iglesia ha sido reconocido en muchos documentos papales y
pontificios, y mucho más en opiniones de obispos, cardenales, teólogos, e
intuición de la gente.
Cabe entender que los documentos preparados para el próximo Sínodo asumen lo
que sus redactores consideran lo más valioso para entender qué debe ser y cómo
debe ser promovida la Nueva Evangelización. La verdad es que se trata de cosas
tan generales, y tan repetitivas, que, aun siendo todas ellas hermosas, sobre
todo para los que tenemos fe, sin embargo, en mi opinión, no creo que puedan
conducirnos a una Nueva Evangelización que demanda la crisis religiosa actual.
Pero, entonces, para no incurrir en descalificaciones simples, no argumentadas,
e intentando pasar a consideraciones positivas que puedan mostrar qué es lo que
hacemos y qué alternativas existirían, ¿qué debería ser la Nueva
Evangelización? Es lo que explicaré en los posts siguientes de esta serie. Lógicamente
debemos ir paso por paso y sólo al final llegaremos a las propuestas positivas.
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