La nueva evangelización y concilio (II): las claves históricas, filosóficas y teológicas para diseñarla
JAVIER MONSERRAT
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La crisis del cristianismo como crisis de religión en
el mundo moderno lleva a la conciencia moral cristiana de la urgencia de la
Nueva Evangelización. Pero, ¿cómo emprenderla? ¿Qué debe hacerse para diseñar
la forma de evangelización correcta que la época actual necesita? La pura
intención de querer evangelizar no basta para evangelizar efectivamente. En los
últimos cinco siglos, por ejemplo, se ha querido evangelizar, pero no se ha
conseguido, siendo el resultado la grave crisis de religión que constatamos.
Por tanto, ¿cómo diseñar correctamente la evangelización que la iglesia debe
emprender? En este post explicamos aquellos conceptos que son la clave
histórica, filosófica y teológica para reflexionar e intentar acertar en el
diseño de la Nueva Evangelización. El problema no puede analizarse sin
distinguir entre kerigma cristiano y hermenéutica históricamente condicionada.
Esto supuesto constatamos un hecho histórico difícil de negar: la crisis de la
religión avanza en paralelo con el proceso histórico que llamamos modernidad.
En ella aparece una nueva imagen de la realidad, pero la iglesia permanece
anclada en la hermenéutica del paradigma antiguo. Todo parece indicar que esta
disonancia entre modernidad e iglesia podría estar en los fundamentos de la crisis
de la religión. La nueva evangelización podría quizá depender de llegar a
transformar esta disonancia en consonancia. Consonancia entre la Voz del Dios
de la Creación, patente en la modernidad, y la Voz del Dios de la Revelación
proclamada en el kerigma cristiano.
El proyecto de Nueva Evangelización, que nace de una
aceptación general de que la iglesia transita por una grave crisis histórica,
se perfila desde dentro de una profunda perplejidad de la iglesia. ¿Cómo es
posible que la religión verdadera, que debería ir a más, esté sometida a un
inmisericorde proceso de desmoronamiento social, precisamente en el mundo
occidental en que hasta ahora estuvo absolutamente implantada? Si Europa fue
cristiana desde siglos y siglos de historia, ¿cómo es posible su descristianización
y su frialdad actual hacia las raíces históricas de que ha nacido? ¿Cuáles han
sido las causas precisas de la desevangelización previa de la sociedad actual
que exige hoy una Nueva Evangelización? Es evidente que estas, y otras muchas
preguntas similares que podríamos seguir formulando, no son fáciles de
responder para la iglesia, precisamente porque se halla en un estado de
profunda perplejidad. Una gran perplejidad sobre las causas de la
descristianización y todavía otra mayor sobre el diseño de lo que debería ser
la Nueva Evangelización.
En este post voy a explicar la complejidad que supone salir de la perplejidad,
es decir, la complejidad de entender a) qué causas han producido la crisis
moderna de la descristianización, b) dónde se encuentra hoy la iglesia, es
decir, cómo actúa ante la descristianización, y c) cómo debería diseñarse la
Nueva Evangelización. Se trata de una reflexión compleja, y por tanto, en este
caso también difícil, porque entran muchos factores en juego. La iglesia,
abrumada en la perplejidad, debe saber salir del desconcierto nervioso y
atolondrado en que se halla sumida para reflexionar ordenadamente sobre cada
uno de estos factores y hacer luz en ellos: sobre sí misma, sobre su origen
como religión, sobre su naturaleza; sobre los rasgos fundamentales de su
teología; sobre el camino recorrido en la historia; sobre los rasgos de
aquellas sociedades europeas, y americanas, que en otros tiempos fueron
cristianas, pero que hoy han producido la cultura de la modernidad que parece
jugar un papel decisivo en la crisis; sobre los contenidos filosóficos y
teológicos que orientaron a la iglesia durante siglos; sobre el cómo y el
porqué de sus relaciones con la sociedad civil en aquellos siglos de
cristiandad; sobre los acontecimientos históricos que supusieron el comienzo de
la crisis moderna del mundo cristiano; sobre lo historia de los últimos cinco
siglos de crisis creciente en el campo del pensamiento, la ciencia, la
filosofía y la teología, así como en el campo de la actuación social frente a
los sistemas políticos; sobre la imagen que creyentes e increyentes tienen de
la iglesia, habida cuenta de los grandes escándalos morales producidos en
siglos anteriores, pero sobre todo en los últimos años; sobre el sistema de
causas globales que, en conjunto, han producido la crisis de fe en el mundo
moderno.
Actitudes básicas ante el rediseño de la evangelización
1) El punto de partida obvio para plantear la necesidad histórica de una Nueva
Evangelización es la conciencia de que lo hecho hasta ahora ha concluido en el
proceso de desevangelización creciente. Por tanto, se trata de buscar algo
nuevo que haga la evangelización eficaz. Por tanto, esta conciencia de que en
el pasado no todo ha sido perfecto, de que se deben buscar nuevos caminos y de
que hay que cambiar, está implicada en el impulso de la Nueva Evangelización y
así puede constatarse en la letra de los documentos oficiales y en las
actitudes de quienes están comprometidos en gestionar los nuevos diseños para
la evangelización. Es un proceso orientado a la novedad. Pero, como veremos,
son apuntes formales, puros deseos, vagos y retóricos, que en el fondo carecen
de propuestas concretas que podamos calificar de renovadoras.
2) Si la crisis –como antes hemos argumentado (art.
I)– es una crisis preferente de religión, y no tanto probablemente de
religiosidad, la iglesia debe admitir que lo que ha fallado ha sido la
capacidad de la religión cristiana como tal para atraer y vehicular la
religiosidad profunda del ser humano. Por duro que sea, esto debe ser admitido;
si no se reconoce el problema difícilmente se caminará hacia las soluciones que
pudieran ser correctas. Sin delimitar con realismo un problema no se pueden
diseñar soluciones.
3) Por consiguiente, lo que la Nueva Evangelización debe pretender es alcanzar
un nivel cualitativo superior en la proclamación de la fe cristiana. Este nivel
debería permitir que el cristianismo, en concreto el catolicismo, fuera
percibido por los increyentes como algo serio, verosímil, posible, que puede
aceptarse o rechazarse, pero que abre un horizonte de enriquecimiento atractivo
para el ser humano. Al creyente este nuevo nivel debería permitirle vehicular y
entender en profundidad su religiosidad interior, de tal manera que la vivencia
interior religiosa se dejara instalar armónicamente en la religión objetiva
cristiana.
4) La iglesia sabe que la fe es libre y no puede imponerse a nadie. Es
imposible, por tanto, intentar controlar el número de hombres que aceptan la
fe. Por ello, el problema de la iglesia no es tanto alcanzar unanimidades (como
en otras épocas), cuanto el problema de la angustia moral cristiana de que los
altos niveles de increencia y apostasía de la fe pudieran estar causados por
una falta de calidad en la forma en que la iglesia realiza en nuestro tiempo,
en la cultura moderna, la proclamación de la fe. Si fuera así, la iglesia no
estaría a la altura de la misión encargada por Jesús. Y esto sería grave.
5) Es, pues, la angustia de que quizá la iglesia no está haciendo lo que
debería para evangelizar: para presentar la fe cristiana con la atracción
suficiente para que los hombres de nuestro tiempo puedan encaminarse hacia ella
y aceptarla con libertad para enriquecer sus vidas. Para una auténtica
conciencia cristiana creyente, situada ante Dios, es ciertamente angustioso
vivir en la inquietud de que no se acierta en hacer lo debido para proclamar la
fe cristiana en nuestra época y cumplir la misión de evangelizar conferida por
Cristo a la iglesia. Esta responsabilidad moral debe dotar al creyente
cristiano, y a la iglesia que se sabe asistida por el Espíritu en todos los
tiempos históricos, de la fuerza espiritual para afrontar con valentía aquellos
cambios que sean necesarios para la Nueva Evangelización. La iglesia sabe que
la fe cristiana no puede salirse de las constricciones que establece el mensaje
de Jesús. Pero sabe también que muchas cosas pueden cambiar y que quizá deban
cambiar para hacer posible la Nueva Evangelización que se juzga necesario
afrontar. La iglesia debe tener la valentía para buscar y detectar con toda
precisión aquellos cambios posibles que deba afrontar para evangelizar con
calidad en nuestro tiempo. La iglesia debe tener la valentía de afrontarlos
–sin límite alguno dentro de lo posible– y debe sentir la fuerza del Espíritu
que sigue estando presente en la iglesia actual con la misma fuerza que tuvo en
los primeros siglos de cristianismo.
Estas observaciones no son triviales porque no podrá haber en la iglesia Nueva
Evangelización, si no se pone en manos de la razón y del Espíritu para abrirse
a los cambios, sin límites, que sean necesarios para evangelizar la sociedad de
nuestro tiempo. Lo digo porque, una vez planteada la pura intención de Nueva
Evangelización, es posible estar dándole vueltas años y años retóricamente,
pero sin voluntad abierta de búsqueda real, ni mucho menos de cambio. Desde el
presupuesto inconfesado e inconfesable de que todo está bien dónde está y de
que hay cosas que no pueden ni plantearse, sólo se pueden organizar grandes
montajes retóricos que concluyen siempre en que todo sigue igual. Pero el
problema es que este “hacer igual” es lo que ha sumido a la iglesia en una de
las peores y más graves crisis de su historia.
Las claves formales filosóficas y teológicas para
entender cómo debería rediseñarse la Nueva Evangelización
Algunos principios históricos y teológicos, que sintetizamos a continuación,
nos ayudarán a entender cómo debería diseñarse en el mundo moderno la Nueva
Evangelización de que estamos hablando. Estos principios serán la base de la
argumentación que nos diga cómo deberíamos concebir hoy en nuestro tiempo la
Nueva Evangelización.
1) Para la iglesia que quiere evangelizar es esencial entender que hacerlo es
anunciar o proclamar el evangelio, la Buena Nueva de Jesús. El cristianismo se
reduce a proclamar el mensaje de Jesús y no puede ser otra cosa. La iglesia se
sabe depositaria de las palabras y los hechos de Jesús, se sabe inspirada para
haberlos recogido en las Sagradas Escrituras y se sabe asistida por el Espíritu
para proclamarlos en cada tiempo histórico. El contenido esencial del mensaje
de Jesús que se propone a los hombres en la fe de la iglesia es el kerigma
cristiano. La iglesia no puede reinventar el cristianismo para adaptarlo a la
modernidad. Esto es claro y no se pone en duda. La iglesia es depositaria de un
patrimonio de fe del que se siente servidora.
2) El kerigma, que proclama a Jesús el Hijo de Dios, contempla que el Dios
trinitario que crea el universo es el mismo Dios que se revela en Jesús. Por
ello, el Dios de la Revelación es el mismo Dios de la Creación. El mensaje de
Jesús revela las decisiones trinitarias de Dios que explican cómo y por qué
Dios ha creado este universo en que la vida humana será de una cierta manera
para conducir al hombre a aceptar la filiación divina. Por consiguiente, para
la fe cristiana, entre el universo creado (el hombre real producido en su
interior) y la revelación de los planes de Dios en la creación (el eterno
designio divino) existe una profunda armonía. La Creación ilumina el sentido de
la Revelación y ésta ilumina a su vez el sentido de la Creación.
3) De ahí que los cristianos hayan entendido siempre que la fuerza que atrae al
hombre a la aceptación del mensaje de Jesús es que la esencia más profunda de
la condición humana (que el hombre advierte y en la que se encuentra inmerso en
toda conciencia experiencial) es iluminada por la figura de Jesús que, en el
fondo, es la misma esencia de su mensaje. El hombre advierte en Jesús una
iluminación de su realidad de hombre, de tal manera que se hace patente una
profunda armonía entre la Creación y la Revelación. Ahora bien, el contenido de
la Revelación se nos da en el kerigma recogido y proclamado por la iglesia, sin
embargo, el contenido de la Creación se nos da en la experiencia humana natural
(que hoy es la experiencia natural del hombre en la cultura de la modernidad).
Esta es vivida por todo hombre de forma natural inmediata y desde ella puede
tenerse una intuición de la armonía entre vida (creación) y revelación
(kerigma). Pero la experiencia humana natural (la condición humana en la
Creación) puede ser también descrita reflexivamente por la razón.
4) Se explica así que la teología cristiana más antigua (intento de conocer en
profundidad el contenido de la Revelación, o sea, del kerigma) se haya visto
referida a una reflexión sobre el hombre natural que es el mismo del que habla
armónicamente la Revelación. Pero la teología, por su misma naturaleza, no
podía contentarse con una experiencia intuitiva y vaga de la condición humana.
Debía ofrecer una descripción reflexiva y para ello recurrió a la filosofía. No
podía ser de otra manera, pues la misma cultura exigía hacerlo. Desde este
momento, la teología fue aceptación del kerigma que la iglesia conservaba y
proclamaba celosamente, pero también hermenéutica que interpretaba la armonía
entre Creación y Revelación para mostrar que la Voz del Dios de la Revelación
era la misma Voz del Dios de la Creación. Sin embargo, desde el momento en que
la teología antigua comenzó a construirse desde una previa hermenéutica
filosófica, la iglesia aprendió a distinguir entre el kerigma y la
hermenéutica. El primero le venía dado a la iglesia por inspiración y
asistencia, pero la segunda dependía de las contingencias de la razón. La
iglesia sabía que no podía fallar en el kerigma, pero sí podía hacerlo en las
hermenéuticas. El hecho histórico es que la hermenéutica cristiana comenzó a
construirse a partir de una aceptación de alguno de los muchos contenidos que
se contenían en la cultura greco-romana. Esta hermenéutica dio origen al
paradigma greco-romano, por una parte en la dimensión filosófico-teológica y
por otra en la dimensión sociopolítica.
5) De hecho (pues se trata de evidencias históricas constatables que no podemos
poner en cuestión) la teología cristiana, a lo largo de los siglos mantuvo el
kerigma y lo interpretó de acuerdo con una variedad de hermenéuticas (no es
igual san Agustín que santo Tomás). Todas ellas se movían en el ámbito cultural
greco-romano. Esta hermenéutica greco-romana tuvo una dimensión
filosófico-teológica (una idea del hombre y una interpretación del kerigma) y
una dimensión sociopolítica (una idea de la sociedad civil y de cómo se integra
en ella la religión cristiana). Es un hecho que esta hermenéutica greco-romana
se mantuvo durante siglos en los mismos términos aproximados y pudo satisfacer
en su tiempo la expectativa cristiana de coherencia entre la Creación y la
Revelación.
6) Sin embargo, a partir del renacimiento en el siglo XVI, comienza lo que la
historia general ha llamado la segunda gran navegación del pensamiento
occidental. Su característica de conjunto es que supuso un abandono de las
líneas de pensamiento antiguo que, desde hacía siglos, venían estructurándose
en torno al paradigma greco-romano. La idea del hombre y del universo comenzó a
variar, y en ello jugaron un protagonismo progresivo los resultados de la
ciencia que influyeron en todos los filósofos. También varió la forma de
entender el fundamento y la naturaleza del orden sociopolítico que, fundado en
la pura razón y desde el humanismo renacentista de los derechos humanos y de la
dignitas del ciudadano, comenzó a presionar hacia el nacimiento de las monarquías
constitucionales y, más adelante, de las repúblicas y democracias. En resumidas
cuentas, el movimiento histórico que llamamos modernidad representó un cambio
profundo en la imagen del universo, de la materia, de la vida, del hombre y de
la historia. Comenzó a gestarse la imagen moderna de la realidad, en cuyo
despliegue histórico todavía estamos hoy inmersos.
7) Al tiempo en que la modernidad crecía (desde hace cinco siglos), la iglesia
se hallaba inmersa en un modo de entenderse a sí misma que respondía, por una
parte, al mantenimiento esencial del kerigma, pero también por otra parte al
uso de una determinada hermenéutica, el paradigma greco-romano. Este paradigma
era el instrumento para entender el kerigma y explicarlo a la sociedad, tanto
en la dimensión filosófico-teológica como en la dimensión sociopolítica. Pero,
al tiempo en que la modernidad cambiaba y dejaba de lado la visión antigua de
las cosas, la iglesia se mantenía en la conservación del paradigma antiguo. Por
ello se fue produciendo un desfase progresivo entre modernidad e iglesia,
caminando cada una por distintas vías paralelas que representaban formas
diversas de ver la realidad que con frecuencia producían roce y conflicto
manifiesto. ¿Por qué no se produjo este encuentro entre iglesia y modernidad?
Sin duda hubo razones (en otro post me referiré a ello). ¿En qué puntos la
imagen antigua entró en conflicto con la imagen moderna? Es posible precisar y
describirlos explícitamente (en otro post también lo abordaremos). Aquí nos
basta con constatar que el desencuentro se produjo como un hecho histórico: el
kerigma cristiano no se veía entendible a la luz de la imagen moderna de la
realidad. Apareció una disonancia que perdura hasta hoy.
8) ¿Hasta cuándo ha durado este desfase histórico
entre iglesia y modernidad? En mi opinión no ha terminado. Todavía hoy la
iglesia se halla en el paradigma antiguo y la modernidad sigue progresando en
su línea de pensamiento. El desfase es en lo científico-filosófico-teológico y
en lo sociopolítico. Basta pensar que Pio IX está muy cerca de nosotros y fue
beatificado hace poco por Juan Pablo II. Sin embargo, el mantenimiento sin
fisuras del paradigma antiguo en la iglesia ha entrado, en los dos últimos tercios
del siglo XX, en una situación nueva. Se caracteriza porque en ella la iglesia
parece sentirse ya insegura sobre la corrección del sistema hermenéutico
antiguo. La inseguridad se nota en que son ya numerosas lo que (en mi obra
Hacia el Nuevo Concilio) he llamado adaptaciones ad hoc. Estas son
correcciones, matizaciones, cambios de puntos de vista, en relación al
paradigma antiguo, que tocan aspectos puntuales, concretos. Pero estas
autocríticas se presentan como si no parecieran afectar al conjunto del
paradigma antiguo que sigue vigente y nadie ha desautorizado. Por tanto, en
realidad, da la impresión de que la iglesia evita el referirse con fuerza a los
principios del paradigma antiguo, pero al mismo tiempo no los desautoriza y
vuelven a renacer con fuerza en cualquier momento. La iglesia se mantiene en la
posición de una cierta ambigüedad e indecisión, que hace difícil saber
exactamente dónde se halla. Nadie podría atreverse a asegurar que la
hermenéutica antigua se ha dejado de lado definitivamente (es evidente que en
el pontificado de Juan Pablo II estaba muy presente y hace muy poco se insistía
desde Roma en que la enseñanza de seminarios y centros católicos se siguiera
rigiendo por los sistemas escolásticos que han sido el buque insignia del paradigma
antiguo). Pero, al mismo tiempo, parece también que la iglesia se encierra en
lo que puede llamarse un enfoque puramente kerigmático de la proclamación de la
fe, que parece ignorar y dejar de lado las hermenéuticas antiguas.
9) De todo esto he hablado ampliamente en Hacia el Nuevo Concilio. En torno al
segundo tercio del siglo XX comenzó a tomar cuerpo en la iglesia lo que hoy
conocemos como la Nouvelle Theologie. Con ella se inició una fuerte crítica a
la hermenéutica antigua escolástica y se propugnó que la proclamación de la fe
se fundara sólo en la pura declaración del kerigma cristiano, desde sus bases
bíblicas y de acuerdo con su presencia en la Tradición de la iglesia, en
especial en la patrística. Si la hermenéutica antigua greco-romana no servía y
existía una profunda desconfianza hacia ella, era mejor prescindir y fundar la
experiencia cristiana en el puro kerigma. ¿Hasta dónde pudo esta nueva teología
prescindir de los principios de la antigua hermenéutica? Es una cuestión que
dejamos abierta. Pero digamos que en el Vaticano II los primeros documentos,
dirigidos por el cardenal Ottaviani, eran totalmente escolásticos, pero
cambiaron al sentirse la influencia de teólogos de la nouvelle theologie
nombrados por Juan XXIII para las comisiones, siendo uno de ellos el entonces
profesor de teología Joseph Ratzinger. No obstante, en los pontificados de
Pablo VI y sobre todo en el de Juan Pablo II volvió a hacer acto de presencia
la hermenéutica antigua. En la actualidad la teología puramente kerigmática, en
la que se prescinde de la hermenéutica antigua (que no es sustituida por hermenéutica
actualizada), es una parte importante de lo que se hace en la mayor parte de
las cátedras de teología y lo que constituye el enfoque de documentos
pontificios y episcopales. Veremos que los documentos recientes para dirigir el
Sínodo sobre la Nueva Evangelización siguen manteniendo este enfoque puramente
kerigmático.
10) Pero debemos hacer una observación, necesaria para valorar lo que hemos
dicho en puntos anteriores. Nos hemos referido exclusivamente a la posición
oficial de la iglesia. No negamos que desde hace ya muchos años numerosos
teólogos han reflexionado sobre la iglesia, han constatado los problemas de su
desencuentro con la modernidad y han aportado ideas de muy distinto tipo. Un
caso evidente es Teilhard de Chardin que construyó la primera gran teología
cristiana desde la ciencia. Sin embargo, la iglesia, aunque ha tolerado todo
ese cúmulo de teologías, en realidad más bien las ha ignorado. Los teólogos,
aunque con un gran influjo entre minorías, no tienen capacidad de que sus
ensayos hermenéuticos ayuden a alumbrar masivamente la fe de los creyentes que
sigue respondiendo a las directrices pastorales de la iglesia. En estas
reflexiones nos estamos refiriendo a la iglesia como tal porque a ella compete
la responsabilidad de hacer presente el kerigma con la calidad debida.
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