La nueva evangelización y concilio (III): ¿cómo evangelizar? Actitudes de diseño y el proyecto del sínodo de los obispos
JAVIER MONSERRAT
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¿Cómo resolver la disonancia entre fe cristiana y
modernidad? ¿Cómo entender la evangelización de nuestra época? El proceso
histórico visto en el segundo post de esta serie parece inducir a pensar que la
actitud de la iglesia hubiera debido ser el ensayar una nueva hermenéutica de
la fe cristiana desde dentro del logos del mundo moderno. Sin embargo, no fue
esta actitud la que se impuso en la iglesia. De hecho, cuatro actitudes que
describimos en este post explican lo que ha sucedido en los últimos cinco siglos
de disonancia con la modernidad y cómo deberíamos contemplar la situación
actual. Estas actitudes serán: mantenimiento del paradigma antiguo; olvido del
paradigma antiguo y proclamación puramente kerigmática de la fe; conservación
del paradigma antiguo en un discreto y difuso segundo plano, pero centrándose
en una proclamación explícita de la fe puramente kerigmática. La cuarta actitud
sería la de investigar la posibilidad de hallar el nuevo paradigma de la
modernidad. Como veremos, el proyecto actual de Nueva Evangelización, que es
también la temática del próximo Sínodo de los Obispos, muestra la actitud
puramente kerigmática de la iglesia, al margen de toda aquella problemática que
supusiera entrar en el esfuerzo de hallar el nuevo paradigma de la modernidad
que debería ser el instrumento esencial para proclamar el kerigma cristiano en
nuestro tiempo.
Atendiendo, pues, a los principios históricos,
filosóficos y teológicos expuestos (artículo II de esta serie), ¿cómo debería
diseñarse esa Nueva Evangelización que la misma iglesia juzga necesaria? Creo
que, dejándonos llevar por la lógica misma de estos principios, podemos sacar
algunas consecuencias que entiendo fáciles de argumentar.
Actitudes ante el diseño de la Nueva Evangelización
1) Como hemos visto, la fuerza atractiva de la revelación en Jesús nace del
sentimiento de armonía profunda entre Creación y Revelación. En alguna manera
la intuición inmediata puede hacer sentir esta armonía en los grandes símbolos
del cristianismo (vg. la cruz), y esto es lo que ocurre en la gente normal.
Pero la teología es reflexiva y también lo es la cultura en la que la fe
cristiana debe proclamarse. Por ello, la iglesia quiso hacer patente esta
armonía profunda por medio de una hermenéutica adecuada a la idea del universo,
de la materia, de la vida, del hombre y de la historia, en la época en que
nació la expansión del cristianismo. Fue la hermenéutica desde el paradigma
greco-romano. La búsqueda de una hermenéutica, y esto se consideró elemento básico
de la explicación del kerigma, se ha mantenido siempre en la iglesia católica.
En esta se ha distinguido, como decíamos, entre el kerigma y la hermenéutica,
pero ésta última no ha faltado nunca, aunque se ha discutido siempre sobre la
forma de hermenéutica más apropiada y pertinente para entender y explicar la fe
cristiana en el seno de la cultura de cada tiempo.
2) Por consiguiente, en el siglo XVI, al producirse la segunda gran navegación
del pensamiento occidental, cuando la sociedad fue abandonando el paradigma
greco-romano para construir el paradigma de la modernidad (tanto en la
dimensión filosófico-teológica como en la sociopolítica) dejó de entenderse
(dejó de hacerse significativa, conectada con la realidad) la hermenéutica
antigua que seguía usando la iglesia porque la sociedad había entrado en la
imagen moderna de la realidad. Esta imagen no significativa del cristianismo
fue percibida primero por los intelectuales y las clases cultas, pero el pueblo
creyente sencillo siguió todavía durante siglos en la fe cristiana emocional de
siempre. Así era todavía en el siglo XIX cuando Pio IX arremetía con fuerza contra
la cultura del tiempo y contra la modernidad. Pero poco a poco en el siglo XX
esta disonancia de la hermenéutica cristiana con el mundo moderno fue
percibiéndose por más y más gente, por los simples creyentes. Cabe pensar
entonces fundadamente que muy probablemente, en consecuencia, la crisis de la
religión católica (y de las otras confesiones cristianas y religiones), antes
analizada, se ha debido a que la iglesia no pudo disponer en su momento de una
hermenéutica entendible por la modernidad. La iglesia no acertó en explicar su
propio kerigma en consonancia con la cultura que iba construyéndose.
3) Por otra parte, la constatación de que la hermenéutica antigua ya no sirve y
es contraproducente y la estrategia de prescindir de ella, fue establecida ya
hace años por la nouvelle theologie y ha conducido al actual auge de lo que
puede llamarse teología puramente kerigmática. En realidad, parece que podemos
distinguir tres actitudes diferenciadas en relación a la hermenéutica y a la
forma de explicación del cristianismo en nuestra época. A) La primera actitud
es permanecer en el cultivo de la teología de siempre, o sea, kerigma explicado
por la hermenéutica greco-romana (incluso escolástica). B) La segunda actitud
es el arrinconamiento de hecho del paradigma antiguo para cultivar una teología
puramente kerigmática y para explicar el cristianismo como pura presentación
del kerigma vivido por la fe de la iglesia, en las Escrituras y en la Tradición
(ignorando la hermenéutica al uso porque se sospecha de ella). Es pues, esta
segunda actitud, una teología sin hermenéutica reflexiva, esto es, sin
armonizar con una descripción racional explícita y sistemática del logos
natural en nuestra cultura. C) Hay una tercera actitud: no se rechaza
explícitamente la hermenéutica antigua pero se oculta discretamente, porque se
es consciente de que está en clara disonancia con la modernidad, admitiendo
todas aquellas adaptaciones ad hoc exigidas por la razón moderna. Al mismo
tiempo, en esta tercera actitud se cultiva sólo una teología puramente
kerigmática que sirve de esquema noraml para proclamar el cristianismo. Creo
que esta es actualmente, en mi opinión, la posición de la iglesia y de muchos
teólogos que trabajan profesionalmente adaptados a la línea oficial, puramente
kerigmática (aunque teniendo en la reserva el paradigma antiguo).
4) Como se ve, estas tres actitudes presentan un
problema común que es fácil de intuir: la falta de conexión con el logos (o
racionalidad) de la modernidad. En el fondo, o se mantiene una hermenéutica
disonante con la modernidad (actitud A y C, matizadamente) o se carece en
absoluto de una hermenéutica explícita (actitud B). El resultado es que, si el
hombre moderno tiene su experiencia existencial inevitablemente situada en la
cultura de la modernidad, entonces la iglesia no está ofreciéndole una
proclamación de la fe cristiana con elementos explicativos o hermenéuticos que
le hagan sentir la armonía profunda entre Creación y Revelación. En otras
palabras, el hombre moderno no tiene elementos (porque la misma iglesia no se
los ofrece) para entender que la Voz del Dios de la Revelación en Jesús es la
misma Voz del Dios que ha creado las condiciones existenciales de su vida en el
interior de la cultura moderna.
5) Por todo ello, habida cuenta de estas circunstancias y valoraciones, cabe
una cuarta actitud ante la exigencia de proclamar el cristianismo en nuestra
cultura moderna; actitud que es tanto más atendible cuanta mayor sea la
urgencia de una Nueva Evangelización, que es lo que aquí tratamos. Esta actitud
responde en el fondo a pensar: si la modernidad ha producido una nueva imagen
de la realidad y si la hermenéutica antigua es disonante con ella, entonces la
vía no es prescindir estratégicamente de la hermenéutica antigua y reducir la
exposición de la fe cristiana al puro kerigma, sino que lo exigido por la
historia a la iglesia sería más bien buscar la nueva hermenéutica que haga
inteligible el cristianismo en la modernidad y pueda presentarlo en toda su fuerza,
de tal manera que el hombre de nuestro tiempo, a través de la proclamación de
la fe cristiana, del kerigma, y de su explicación teológica, o sea, una
hermenéutica moderna, pueda caer en la cuenta de la profunda armonía entre
Creación y Revelación, sintiéndose atraído entonces a dejarse identificar con
la fe de la iglesia. Pero, ¿qué queremos decir con una nueva hermenéutica desde
la modernidad? Esto es, en efecto, lo que la pura lógica de la situación
histórica parece exigirle a la iglesia y, además, esta nueva hermenéutica
debería ser obviamente la base para diseñar el contenido y la forma de la Nueva
Evangelización. Tracemos algunos perfiles de lo que debería ser la nueva
hermenéutica desde la modernidad.
5A) En principio, la naturaleza de la fe cristiana, y la teología tradicional
más exigente, avalan esta actitud de búsqueda de una nueva hermenéutica. Como
antes dije, siempre se distinguió entre kerigma y hermenéutica. A lo largo de
su historia la iglesia respetó siempre las opciones hermenéuticas y ella misma,
después de tantos siglos, usó en ocasiones los sistemas hermenéuticos al uso
(greco-romanos) y sus conceptos surgieron incluso en documentos pontificios y
en concilios. Por tanto, si en la modernidad nació, por la razón y por la
ciencia, una nueva imagen de la realidad, la actitud de la iglesia no puede ser
sino aceptar en principio que esa imagen debe de ser más correcta que la
antigua y que, por tanto, debe permitir entender con más profundidad la armonía
entre Creación y Revelación. En otras palabras: debe aceptarse el supuesto de
que la razón y la ciencia, a través de su honesto progreso en la historia,
llevan al cristiano a conocer mejor cómo es realmente el mundo creado por Dios
y, desde ese mejor conocimiento, a entender con mayor profundidad y precisión
la Voz del Dios de la Revelación. Ahora bien, que la nueva imagen de la
realidad en la modernidad permita un conocimiento más profundo de la Revelación
es inicialmente sólo un supuesto al que las circunstancias concurrentes
conducen. ¿Cómo someterlo a prueba? ¿Cómo comprobar que, en efecto, la
modernidad permite un conocimiento más profundo de la fe cristiana?
5B) El primer momento de esta comprobación debería consistir obviamente en
reconstruir en toda su amplitud cuál es la nueva imagen de la realidad en la
modernidad. Esto permitiría entender de forma ordenada y sistemática en qué
consiste y, como consecuencia, en qué se distingue de la imagen de la realidad
en el paradigma antiguo. Esta reconstrucción objetiva debería abarcar la
dimensión filosófico-teológica y la dimensión sociopolítica.
5C) El segundo momento de la comprobación debería consistir en examinar si esa
nueva imagen de la realidad en la modernidad hace posible un conocimiento más
profundo del kerigma cristiano. Que esto fuera posible no puede establecerse a
priori, sino que debe ser objeto de análisis. Podría ser que entre cristianismo
y modernidad sólo apareciera disonancia (esto ha ocurrido durante unos cinco
siglos). La ciencia, en efecto, durante muchos siglos, promovió una imagen
monista, determinista y mecanicista del universo y del hombre que no era
entendible ni admisible por la iglesia. Pero si se hallara armonía entre fe
cristiana y modernidad (y esto es lo que está pasando en nuestro tiempo), esta
visión del kerigma iluminada por la modernidad constituiría el paradigma de la
modernidad en el cristianismo. Si, en efecto, esto se comprobara, entonces se
habrían hallado las bases conceptuales para hablar con fuerza y significación
del cristianismo en la cultura moderna. ¿Qué podría objetarse a que la iglesia
debiera construir su teología abandonando el paradigma antiguo y pasándose al
paradigma de la modernidad? No sólo no se podría objetar, sino que se vería
como una exigencia moral cristiana, a saber, la de evangelizar dentro de la
cultura de cada tiempo.
6) Por tanto, volviendo a la pregunta que orientaba estas reflexiones, ¿cómo
debería diseñarse la Nueva Evangelización pretendida por la iglesia ante la
constatación de la incuestionable crisis de la religión cristiana en el mundo
moderno? De acuerdo con lo dicho deberíamos establecer que la Nueva
Evangelización exigiría que la iglesia estuviera ya en posesión de ese nuevo
paradigma cristiano en la modernidad. Si todo parece indicar que el origen de
la crisis moderna de la religión radica en la disonancia entre Creación y
Revelación, entonces es claro que debería salvarse esta disonancia por medio de
una nueva hermenéutica que hiciera inteligible el cristianismo, es decir, la
armonía entre Creación y Revelación, desde dentro de la cultura de la
modernidad. No parece haber duda de que la Nueva Evangelización tendría muchos
aspectos y perfiles, pero su elemento fundamental debería ser un nuevo
paradigma que permitiera hablar de la fe cristiana de forma inteligible desde
dentro de la modernidad. Si la iglesia no estuviera todavía en posesión de una
nueva hermenéutica –que describiera con fuerza la Voz de la Revelación en el
kerigma ante la experiencia del mundo en la modernidad–, entonces no tendría
otro recurso que fundar la lógica de la Nueva Evangelización o bien en la
hermenéutica antigua (lo que reforzaría la disonancia) o bien en la pura
proclamación del kerigma (cuya fuerza significativa estaría mermada porque
quedaría en manos de la intuición, pero carecería de la fuerza de un logos
racional organizado que permitiera una hermenéutica reflexiva exigida por la
cultura de la modernidad).
Cómo se ha diseñado hasta ahora la Nueva
Evangelización en los documentos del próximo Sínodo de los Obispos
La conciencia de la profunda crisis histórica de la fe cristiana y de la
necesidad de afrontar la empresa de la Nueva Evangelización no es de hace dos
días. Ya Juan Pablo II introdujo el concepto y en su actividad pastoral quiso
hacer realidad lo que en él se apuntaba. Cuando Benedicto XVI advirtió que tras
la idea de una Nueva Evangelización se escondía la misión decisiva de la
iglesia en nuestro tiempo y creó el Dicasterio para la Nueva Evangelización,
que se encomendó a Monseñor Rino Fisichella, una serie de cartas y documentos,
actos públicos de diversos representantes vaticanos, conferencias de prensa,
etc., han ido acumulando reflexiones en torno a la crisis de fe que la exige,
lo que debería constituirla y cuáles deberían ser sus contenidos. El próximo
Sínodo de los Obispos se ha convocado además bajo el tema de la Nueva
Evangelización.
Por ello, dada la importancia capital de este Sínodo para la iglesia, cabe
pensar que en sus documentos previos se habrá dado cabida a las ideas y al
diseño más brillante de que hasta el momento pueda disponerse en los círculos
de gobierno de la iglesia. En la web del Vaticano (vatican.va), seleccionando
Curia Romana y Sínodo de los Obispos, se tiene acceso a los dos documentos
fundamentales, con sus cartas de presentación: primero están los Lineamenta y
después el Instrumentum Laboris, ambos titulados La Nueva Evangelización para
la transmisión de la fe cristiana, habiéndose hecho público este último el 19
de junio de 2012. Su redacción se hizo teniendo en cuenta los informes y las
propuestas que llegaron a Roma de las diócesis católicas, y otras
instituciones, extendidas por todo el mundo. Estos extensos documentos abren,
pues, y en cierto modo condicionan, el trabajo que debe ser realizado por el
Sínodo y en ellos se vislumbra lo que serán sus conclusiones. He leído
atentamente estos documentos y sugiero a todos que hagan lo mismo. Como
cristiano creyente me hago eco de todo lo que estos documentos contienen que,
en gran parte, relatan los grandes contenidos de la fe cristiana a que estamos
adheridos. No voy aquí a exponer un extenso análisis del contenido de estos
documentos que están al alcance de todos para constatar lo que dicen y juzgar
mis valoraciones desde la constatación efectiva de lo que hay en estos
documentos.
Sin embargo, sí quiero indicar que, a mi entender, contienen descripciones más
o menos brillantes de la crisis de la fe cristiana en el mundo moderno, el
análisis del concepto mismo de Nueva Evangelización, de las causas y
circunstancias que –provenientes de la cultura, la ciencia, la tecnología, la
economía, los modos de vida, etc. del mundo moderno– deben determinar la forma
de la nueva presentación de la fe cristiana, la exposición de los grandes
contenidos del kerigma cristiano que debe proclamarse, la exhortación a que no
habrá nueva evangelización si los cristianos no se convierten y viven su fe con
una nueva profundidad, la revisión, por último, de las actividades pastorales
habituales de la iglesia para revisar su rendimiento, la forma de
revitalizarlas y la apertura a las nuevas tecnologías e instrumentos de
comunicación de que se debiera hacer un nuevo uso al servicio de la fe.
Mi valoración personal de los documentos es la siguiente:
1) En ellos hay una apertura intencional incuestionable al objetivo de que la
Nueva Evangelización debiera encontrar nuevos métodos y formas de presentación
de la fe adaptadas al mundo moderno, no debiendo consistir en una repetición de
lo de siempre sino en la invención creadora de nuevos caminos. Pero no se
explica en absoluto ni se sugieren estos nuevos caminos a los que, por otra
parte se apunta y de los que se desearía poder disponer. En mi propia
terminología, diría que no existe propuesta alguna de un nuevo paradigma de la
modernidad, aunque sabiendo leer entre líneas se viene a confesar que esto
sería necesario. Pero todo queda en la exposición de deseos vagos, indefinidos
y, en el fondo, retóricos.
2) El paradigma hermenéutico antiguo, el paradigma greco-romano, no se
menciona, aunque tampoco se niega, ni existe declaración crítica alguna acerca
de los enfoques hermenéuticos usados hasta el momento, y a los que se pudiera
atribuir eventualmente una parte de responsabilidad de la disonancia entre el
mundo cristiano y la cultura moderna. Todo parece indicar, por tanto, que la
hermenéutica clásica sigue vigente, aunque discretamente colocada en un segundo
plano. Que sea así queda también confirmado por el hecho de que no existe
mención a lo que, en mi perspectiva de análisis, he llamado antes un nuevo
paradigma de la modernidad que permitiera la presentación de la armonía entre
Creación y Revelación en el mundo moderno. Por todo ello, estos documentos me
producen la impresión de que tratan de mantenerse al margen de todo tipo de
pretensión hermenéutica, ni antigua ni moderna. En ellos, por tanto, se carece
de lo que antes hemos llamado una profundización sistemática y seria en el
logos racional de la cultura moderna (los aspectos del mundo moderno que se
mencionan, como la ciencia o la tecnología, son contextuales, no se saca de
ellos ninguna conclusión, e incluso son vistos con algunos perfiles críticos,
al relacionarlos causalmente con la crisis de la fe cristiana). La iglesia que
habla en estos documentos apunta retóricamente a que sería deseable tener
nuevos enfoques creativos para explicar la fe cristiana, pero que, de hecho,
ignora todo lo hermenéutico, limitándose a repetir los contenidos del kerigma.
Es difícil advertir que se esté hablando de nueva evangelización.
3) En consecuencia, ¿cuál es entonces la actitud presente en documento para
orientar la forma de abordar la Nueva Evangelización? Recordemos que antes
distinguíamos cuatro posibles actitudes. Pues bien, los documentos parecen
moverse claramente en una actitud puramente kerigmática como forma de entender
la proclamación de la fe cristiana. Se apunta, como he dicho, a que la
presentación del kerigma debería hacerse de una forma nueva y creativa. Pero
esto no pasa de ser un desiderátum abstracto que no es presentado de hecho con
propuestas que indiquen cómo hacerlo. Por ello, las orientaciones de la iglesia
para la Nueva Evangelización, a tenor de estos documentos, no abordan la
cuestión decisiva para que la evangelización fuera efectiva, y quedan reducidas
a la renovada presentación del kerigma tradicional sin alusiones ni discusión
de los enfoques hermenéuticos que deberían hacerlo inteligible en toda su
fuerza para el mundo moderno.
En conclusión. Los documentos preparados por la iglesia para
dirigir la Nueva Evangelización se limitan a insistir en una revitalización de
la proclamación kerigmática de la fe cristiana, en la línea que, como antes he
indicado, es hoy la más habitual en la iglesia, y en gran parte de la teología
profesional. Debo indicar sin ambages que, personalmente, el contenido de esta
presentación me dice mucho porque soy creyente y entiendo qué significa
iluminar la vida por el kerigma cristiano. También me parece bien el análisis
de la crisis de fe en el mundo contemporáneo, aunque yo habría insistido más en
que la crisis de religión no es en la misma medida crisis de religiosidad.
Están también mencionados los ámbitos de la cultura moderna con los que se debe
contar para buscar las posibles causas de la crisis. Sin embargo, en mi
opinión, estos documentos no entran en el núcleo gordiano de la cuestión. A
saber: la necesidad de una hermenéutica que hiciera posible la explicación del
kerigma cristiano en armonía con el logos racional de la cultura moderna. La
hermenéutica antigua se arrinconó, pero nadie sabe a ciencia cierta qué quiere
la iglesia hacer con ella. Sólo nos queda el kerigma (que sin duda es lo
fundamental), pero seguimos sin acertar en la forma de presentarlo ante el
mundo moderno. Falta la nueva hermenéutica de la modernidad.
Da la penosa impresión de que a la iglesia le da pánico meterse a fondo en la
reflexión hermenéutica que exigen los tiempos y carece de valentía para dejarse
llevar hasta el final de sus consecuencias lógicas. Por ello, a mi entender,
repito, con estas orientaciones puramente kerigmáticas seguiremos en la misma
situación que hasta ahora: proclamando el kerigma pero sin acertar a desactivar
la sensación de disonancia que, como la historia de la crisis de la religión
muestra, parece suscitarse en el mundo moderno. Lo más probable es que, si no
acertamos a hacer alguna otra cosa, la disonancia existente entre mundo moderno
y fe cristiana seguirá produciéndose, y la crisis de la religión creciendo más
y más. En estas condiciones, la Nueva Evangelización no pasará de ser un puro
deseo retórico de la iglesia, un nuevo episodio truncado, que no llegará nunca
a producir la evangelización a que aspira. En términos de los Ejercicios de San
Ignacio podría decirse que la iglesia parece estar en un segundo binario:
sabemos qué debemos hacer pero no nos atrevemos a hacerlo porque estamos
aferrados a una tradición greco-romana de dos mil años y, para no hacerlo,
construimos las estrategias convenientes para dejarnos la conciencia tranquila.
Referencia a una crónica indicativa
Como ejemplo de las reflexiones que suscita en los creyentes la propuesta de la
Nueva Evangelización, transcribo algunos párrafos de un artículo firmado por
José Antonio Méndez en el semanario Alfa y Omega, del periódico español ABC de
Madrid, en su nº 728. No damos especial valor a las consideraciones de este
artículo, pero nos permite constatar e intuir que existe un desconcierto de
fondo que, en ocasiones y con la mejor voluntad, cuando por algún lapsus se
olvida el talante de incensario general que impera, se manifiesta de manera
bastante clara. El artículo se titula Entonces, ¿en qué consiste la nueva
evangelización?
“El concepto de nueva evangelización, que Benedicto XVI ha propuesto como la
principal tarea de la Iglesia para el siglo XXI, aún suscita dudas: ¿En qué
consiste, cómo se articula? ¿Cómo afecta a la vida ordinaria de los fieles?
¿Sólo implica evangelizar por Internet, o habrá que ir casa por casa? ¿Se trata
de rebajar el Evangelio para que nos acepte la cultura de hoy? La Santa Sede
acaba de presentar los Lineamenta del Sínodo de los obispos que, el próximo
octubre, abordará estas cuestiones, y con los que anima a la Iglesia a hacer
examen de conciencia, a recuperar el ardor apostólico, a ser imaginativa y a
prepararse para una época de evangelización total y global”.
El artículo inserta la imagen de un smartphone con la leyenda: “La nueva
evangelización es «el coraje de atreverse a transitar por nuevos senderos» para
anunciar a Cristo”. Y el artículo prosigue:
“El ejemplo es revelador: el pasado jueves, un considerable número de
responsables de las principales Universidades de España se reunieron en la
Universidad Francisco de Vitoria, de Madrid, para abordar el papel de las
universidades católicas, en el contexto de la nueva evangelización. Como
ponente principal figuraba monseñor Rino Fisichella, Presidente del Pontificio
Consejo para la promoción de la nueva evangelización. Entre los asistentes,
laicos, sacerdotes y alguna consagrada, vinculados a diferentes movimientos
eclesiales o familias religiosas, y algunos con notables responsabilidades
eclesiales. La duda, sin embargo, se escuchaba en diferentes conversaciones de
pasillo: Entonces, ¿en qué consiste la nueva evangelización?; El diálogo con
los no creyentes, tipo «Patio de los gentiles», ¿es nueva evangelización, o
sólo es el anuncio directo de Cristo, con estilo kerigmático? En sus propuestas
de cómo articular la nueva evangelización de forma palpable, parecía que ni el
propio Presidente del Pontificio Consejo quería (o sabía) dar respuestas
concretas. En realidad, estas dudas que flotaban en el ambiente son las mismas
que reconocen los Lineamenta del próximo Sínodo de los Obispos, que, un día
después de este encuentro universitario, se presentaron en la Santa Sede”.
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