La nueva evangelización y concilio (IV): el paradigma de la modernidad, clave para el diseño de la nueva evangelización
JAVIER MONSERRAT
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¿Qué hacer? ¿Cómo evangelizar? Hemos visto (posts II y
III) que caben diversas actitudes y modos de concebir qué debe hacerse. Hay
quien piensa que debemos seguir en el paradigma antiguo. Otros piensan que debe
olvidarse el paradigma antiguo, ignorarlo, ignorando también cualquier otra
aventura hermenéutica, y comprometerse con una pura proclamación del kerigma
cristiano que constituye la esencia de la fe de que la iglesia es depositaria.
Existe también un camino intermedio: restar protagonismo al paradigma antiguo,
mantenerlo estratégicamente difuso en un segundo plano, aun sin negarlo, y
poner todo el esfuerzo explícito en la pura proclamación kerigmática. Esta
última vía es la que parece haber seguido la iglesia, claramente en el
pontificado de Juan Pablo II y de forma más imprecisa con Benedicto XVI. Sin
embargo, a la iglesia le cabe también otra actitud posible, legitimada por el
contexto histórico de los últimos cinco siglos y en la dramática experiencia de
la crisis religiosa: buscar el paradigma de la modernidad y, si se hallara,
pensar en su función cómo debería diseñarse la Nueva Evangelización. En este
post exponemos la tesis (ya anteriormente formulada en II y III) de que el
contexto histórico apunta inevitablemente a señalar que la iglesia debe buscar
el nuevo paradigma hermenéutico, diseñar la Nueva Evangelización. La
alternativa al paradigma antiguo está hoy en vías de definición precisa y ello
acabará produciendo en la iglesia un gran movimiento hacia la evangelización
pendiente que desembocará por su propia lógica histórica en el Nuevo Concilio,
tal como he explicado en Hacia el Nuevo Concilio.
De acuerdo con lo dicho (en los artículos I y II de
esta serie), la proclamación del kerigma por la iglesia se ha hecho siempre
procurando mostrar que en él Dios ha desvelado el sentido profundo de la vida
humana: asumiendo que el hombre vería su vida real iluminada por la profundidad
teológica del kerigma. Pero para ello había que describir la vida humana, la
condición natural del hombre en el universo, y esto exigía una hermenéutica.
Así se hizo durante veinte siglos de historia de teología cristiana y no pudo
hacerse sino admitiendo los esquemas conceptuales de la cultura del tiempo, a
saber, el paradigma greco-romano.
Ahora bien, el hecho histórico incuestionable de que en el renacimiento (siglo
XVI) comienza una nueva andadura del pensamiento humano, que supone abandonar
el paradigma antiguo para construir poco a poco la nueva imagen de la realidad
en el paradigma de la modernidad y el hecho histórico de que en ese mismo
tiempo comienza una larga crisis histórica de la iglesia en que la fe cristiana
va desmoronándose en forma creciente, permiten que la iglesia se plantee una
pregunta obvia: ¿no podría ser que una gran parte de la crisis de la religión,
de su crisis de significatividad y de inteligibilidad en el mundo moderno, se
haya debido a que la iglesia permaneció en una hermenéutica caducada y no supo
explicarse dentro de una hermenéutica fundada en la nueva imagen de la realidad
que exigía la modernidad? ¿No podría ser que la disonancia entre mundo moderno
y fe cristiana tuviera su causa primordial en la hermenéutica caducada que fue
usada, y sigue siendo usada, por la iglesia para proclamar el kerigma en la
modernidad?
Si fuera así, parece que no cabe sino pensar que la misión cristiana en la
Nueva Evangelización debería fundarse en un primer paso ineludible, entendido
como la clave esencial para orientar una presentación del cristianismo adecuada
a nuestro tiempo. Este primer paso debería ser necesariamente reconstruir con
todo orden y concierto la imagen de la realidad en la modernidad para preguntar
seguidamente a qué interpretación o hermenéutica del kerigma conduce por su
propia lógica. Si condujera a una hermenéutica armónica con el kerigma, quizá
incluso más profunda, entonces queda fuera de dudas que esta hermenéutica
debiera ser usada por la iglesia para proclamar el kerigma. Por una razón en
lógica teológica evidente: porque el mejor conocimiento del universo permite un
mejor conocimiento de cómo Dios lo ha creado, y, en consecuencia, un mejor
conocimiento de la Voz del Dios de la Revelación.
Recapitulando: qué se ha hecho hasta ahora
El hecho de la disonancia mundo moderno/fe cristiana fue percibido y tuvo sus
consecuencias obvias: pensadores modernos propusieron críticas de la religión
desde diversos enfoques. Pero los pensadores cristianos, que actuaban por lo
general dentro del paradigma antiguo, reaccionaron y criticaron igualmente la
modernidad, respondiendo a las críticas de esta (así, por ejemplo, la polémica
en torno a las críticas o contracríticas marxistas o psicoanalíticas de la
religión). Junto a esto, la apologética cristiana fue también una línea en que
muchos autores cristianos aportaron estudios orientados a la argumentación de
que los verdaderos aportes de la modernidad en el conocimiento no tenían por
qué ponerse en disonancia con el paradigma antiguo, sino que más bien lo
reforzaban (por ejemplo, los muchos estudios católicos sobre la ciencia para
seguir justificando los principios del paradigma antiguo, así la filosofía
teísta fundada en los resultados del big bang).
Al mismo tiempo, otros muchos autores percibieron
desde hace ya muchos años lo que estamos defendiendo aquí: que la disonancia
iglesia/modernidad tenía probablemente su origen en que la iglesia no acertaba
en dejar el paradigma antiguo y a dibujar los rasgos de lo que debiera ser la
nueva hermenéutica desde la modernidad. A lo largo de los últimos siglos, en
efecto, muchísimos autores cristianos han ensayado propuestas, análisis,
enfoques, encaminados a perfilar cómo debería proclamarse el cristianismo en la
modernidad, y esto tanto en la dimensión filosófico-teológica como en la sociopolítica.
Así, Teilhard de Chardin, consciente de la disonancia científica con la
modernidad, propuso una nueva visión teológica desde la evolución. Por otra
parte, teólogos que veían la disonancia con la filosofía política de la
modernidad, propusieron la filosofía y teología de la liberación como nueva
forma de presentar la fe cristiana ante las exigencias filosóficas de la praxis
humana.
La misma iglesia se ha hecho eco en numerosas ocasiones de algo que parece
inevitable: reconocer que probablemente la iglesia necesita nuevas formas de
expresión y de presentación del kerigma en el mundo moderno. Es la intuición
acertada de que esta disonancia con el mundo moderno debe superarse y se debe
descubrir la forma de “entrar en onda” con su sensibilidad. El Vaticano II fue
convocado por Juan XXIII, en sus mismas palabras, para hallar la forma de
estudiar y exponer la fe cristiana en nuestra época. Es verdad que, ni entonces
ni ahora, detrás de estas retóricas apelaciones al hallazgo de las “nuevas
formas” se escondía la apelación a un radical cambio de paradigma (que es con
toda probabilidad lo que la iglesia necesita); cambio que en el fondo siempre
ha supuesto grandes resistencias psicológicas derivadas del explicable apego a
veinte siglos de historia. El Vaticano II, convocado por sorpresa en una
iglesia en gran parte inmersa todavía en el paradigma antiguo, no estaba
preparado para ofrecer un proyecto acabado de las “nuevas formas de
presentación” requeridas. Pero no por elló dejó de abrir un horizonte de
búsqueda que, con sensibilidades muy diversas, fue dando origen a ensayos
posteriores que entraron en grave y mutuo conflicto en la etapa postconciliar
de la iglesia. Esta ha sido en parte la historia de los cincuenta últimos años
de iglesia.
Sin embargo, ¿dónde está hoy la iglesia? Lo hemos argumentado antes (en los
artículos II y III de esta serie). Está en la clara conciencia de que como
creyentes en la iglesia atravesamos una grave tribulación histórica por la
crisis de la religión. Por ello la iglesia es al mismo tiempo consciente de que
todo parece indicar que se necesitan nuevas formas de expresión (nosotros
diríamos una nueva hermenéutica) que hagan inteligible la fe cristiana en el
mundo moderno. La iglesia es, pues, consciente de que ha sido la aparición,
desde el XVI, de la lenta configuración progresiva de la cultura de la
modernidad lo que ha tenido como consecuencia dejar sin fuerza significativa al
paradigma antiguo.
Decíamos al concluir el artículo anterior (III) que la iglesia parece estar en
un segundo binario ignaciano: es consciente de lo que hay que hacer, pero
fuertes presiones emocionales la precaven de intentar hacer, o incluso
plantear, la única vía que la llevaría a hacer lo que se debe hacer. Por ello,
la iglesia –sin plantear ningún cuestionamiento hermenéutico profundo, ni
antiguo (de lo que no se atreve a hablar) ni moderno (en lo que no se atreve a
meterse)– se limita a concebir la nueva evangelización como una pura
proclamación del kerigma de la fe cristiana. El kerigma es algo entrañable para
todos los creyentes, pero probablemente no bastará para romper el hielo de la
disonancia establecida durante siglos y siglos entre iglesia y modernidad. La
iglesia dispone de ideas que han ido produciendo los cristianos sobre cómo
podría llegarse a la nueva hermenéutica requerida (entre ellas las mías). Sin
embargo, la iglesia ignora en absoluto todo lo que sea hermenéutico y se limita
a la pura proclamación kerigmática del contenido de la fe cristiana, sin entrar
en mostrar su reflejo en profundidad sobre el logos racional de nuestro tiempo.
Pero la iglesia al caminar solo sobre lo kerigmático, asumiendo a conciencia lo
que en otros sitios he llamado el incompromiso hermenéutico, sin atreverse a
poner orden en un pasado de veinte siglos, probablemente está cerrando el
camino hacia lo que ella misma busca, y se siente obligada en conciencia moral
cristiana a intentar emprender, a saber la Nueva Evangelización.
El quehacer pendiente
El mensaje que quiero transmitir en esta serie de artículos en torno a mi modo
de entender la Nueva Evangelización es inequívoco: la iglesia católica debe
sobreponerse al temor de tener que afrontar la revisión hermenéutica (que le
hace temer que deberá poner a buen recaudo el paradigma habitual durante veinte
siglos y hacerlo a la luz de la sociedad contemporánea) para afrontar la
reflexión seria y rigurosa que la lleve al único destino al que puede dirigirse
la nave de la iglesia, si es que no está en el segundo binario ignaciano y
realmente quiere emprender la Nueva Evangelización. La iglesia debe salir del
esterilizante incompromiso hermenéutico para entrar de lleno en el pensamiento
contemporáneo y entender plenamente cómo el mundo realmente creado por Dios nos
acerca un paso más a entender la profundidad abismal del kerigma cristiano.
Digo que es la iglesia la que debe entrar. Desde hace siglos muchos pensadores
cristianos están ya intentando superar la disonancia iglesia/modernidad. Pero
los pensadores son como francotiradores (yo mismo) que apenas pueden
transformar el panorama global de la evangelización. Nadie puede liberar a la
iglesia católica de su responsabilidad y hoy la historia le impone afrontar el
inevitable compromiso hermenéutico. En ello podrá ayudarse en mayor o menor
grado de la obra de los “francotiradores”, pero es la iglesia la que deberá
liderar el proceso de pensamiento que la conducirá a reencontrarse a sí misma
en la modernidad, sabiendo que hoy como en Éfeso está asistida por el Espíritu
de Dios. La iglesia, si es creyente, debe confiar en que saldrá airosa, con
excelencia, del delicado proceso histórico que debe liderar.
¿Qué es entonces lo que la iglesia deberá emprender? Lo he comentado ya en los
anteriores posts de esta serie (II y III). Recapitulémoslo en síntesis.
A) El primer momento de la tarea histórica debería consistir obviamente en
reconstruir en toda su amplitud cuál es la nueva imagen de la realidad en la
modernidad. Esto permitiría entender de forma ordenada y sistemática en qué
consiste y, como consecuencia, en qué se distingue de la imagen de la realidad
en el paradigma antiguo. Esta reconstrucción objetiva debería abarcar la
dimensión filosófico-teológica y la dimensión sociopolítica. B) El segundo
momento de la tarea debería consistir en examinar si esa nueva imagen de la
realidad en la modernidad hace posible un conocimiento más profundo del kerigma
cristiano. Que esto fuera posible no puede establecerse a priori, sino que debe
ser objeto de análisis y profundización teológica. C) El tercer momento sería
el diseño de la Nueva Evangelización que, dirigida al mundo moderno, debería
construirse lógicamente desde el paradigma cristiano de la modernidad. De
acuerdo con lo dicho deberíamos establecer que la Nueva Evangelización exigiría
que la iglesia estuviera ya en posesión previa de ese nuevo paradigma cristiano
en la modernidad. No parece haber duda de que la Nueva Evangelización tendría
muchos aspectos y perfiles, pero su elemento fundamental debería ser un nuevo
paradigma que permitiera hablar de la fe cristiana de forma inteligible desde
dentro de la modernidad. Si la iglesia no estuviera todavía en posesión de una
nueva hermenéutica –que describiera con fuerza la Voz de la Revelación en el
kerigma ante la experiencia del mundo en la modernidad–, entonces no tendría
otro recurso que fundar la lógica de la Nueva Evangelización o bien en la
hermenéutica antigua (lo que reforzaría la disonancia) o bien en la pura
proclamación del kerigma como hasta ahora se hace (cuya fuerza significativa
estaría mermada porque quedaría en manos de la intuición, pero carecería de la
fuerza de un logos racional organizado que permitiera una hermenéutica
reflexiva exigida por la cultura de la modernidad). Es decir, sin nueva
hermenéutica no sería posible una Nueva Evangelización en profundidad que es lo
que el tiempo histórico pide a la iglesia. Eso sí, un deseo abstracto y
genérico de “cumplir la misión”, aunque en segundo binario, haría posible
montajes retóricos, poco eficaces porque les falta lo fundamental, que dejarán
las cosas donde están: a saber, quizá con una vigorización momentánea de
ciertos grupos eclesiásticos, pero sin superar la gran crisis histórica de la
modernidad.
Hacia el Nuevo Concilio, una maqueta argumentada del quehacer pendiente en vías a la Nueva Evangelización
Es posible que alguien piense que todo esto son análisis y consideraciones de
carácter puramente general y abstracto. ¿Nuevo paradigma? Bien, pero, ¿dónde
está? ¿En qué consiste? ¿Existe realmente un paradigma de la modernidad que
permita considerar al antiguo como un momento superado por la historia? Es
verdad que hasta ahora hemos hablado de forma general, sin precisar. Como suele
decirse hemos estado afilando el cuchillo pero sin entrar a cortar. En una gran
parte, pienso que la justificación que la iglesia ha tenido para renunciar sólo
discreta y estratégicamente al paradigma antiguo y para mantenerse en la pura
proclamación kerigmática y en el incompromiso hermenéutico, es que la
alternativa a lo antiguo apenas era visible y, desde luego, diseñable como
empresa.
Ciertamente, muchísimos pensadores cristianos reflexionaron en el pasado. Pero
han sido reflexiones fraccionarias, sesgadas o cuestionables. La historia lo
muestra. No había una gran maqueta de la alternativa viable y posible, del
camino a recorrer, en el que la iglesia se pudiera apoyar. Por esto la iglesia
no ha caminado hasta ahora hacia el nuevo paradigma: simplemente porque no
existía alternativa teórica, porque estaba pendiente de diseño y no existía un
proyecto de acción alternativo que fuera sensatamente perceptible y que
inspirara confianza.
Sin embargo, en mi opinión, estamos entrando, como iglesia, en una situación
intelectual nueva en que la alternativa posible y pragmáticamente viable se
está ya perfilando con tonos nítidos y precisos. Podremos valorar la
alternativa objetivamente en sus contenidos concretos (porque no es pura
formalización de principios o deseos abstractos): será posible ponderar los
argumentos en que se apoya, considerar si deben rechazarse, matizarse o
complementarse, o si es posible ofrecer una alternativa mejor a esta alternativa.
Pero todo ello no deberá hacerse obviamente expresando puras emociones
abstractas y sin argumentar, sino, muy al contrario, sosteniendo los juicios
sobre el presente y el futuro de la iglesia en argumentos seriamente
construidos, dignos del estilo de intelectuales cristianos.
La exposición razonada de esta alternativa nos permitirá considerar cómo, en
efecto, en lugar de lo que hoy se hace podrían hacerse otras cosas distintas.
Podremos considerar cuál sería la imagen resultante de la iglesia si, en lugar
de la estrategia presente, se siguiera el proyecto de evangelización preciso
que se propone en la alternativa. Como veremos, no hay color de uno a otro. Me
complacería imaginar que aquellos creyentes que sienten la responsabilidad de
hacer presente el kerigma cristiano en la historia humana, si logran vencer sus
emociones ancestrales, ponderen con ecuanimidad qué se podría hacer y que
sintieran la responsabilidad moral cristiana de vencer el temor, ponerse en
manos del Espíritu y emprender el camino que debe llevarnos al compromiso
hermenéutico que la historia demanda hoy de la iglesia.
Mi punto de vista y la alternativa razonada al paradigma antiguo, es decir, el
paradigma de la modernidad, han sido expuestos en una extensa obra de 750
páginas titulada: Hacia el Nuevo Concilio. El paradigma de la modernidad en la
Era de la Ciencia, San Pablo, Madrid 2010, salida al mercado hace escasamente
algo más de año y medio. En esta libro he expuesto la imagen de la realidad en
la modernidad; cómo esta imagen exige de la iglesia el reentendimiento y
proclamación del kerigma cristiano desde la imagen más profunda del mundo
creado por Dios, tal como nos permite conocer el avance del conocimiento en el
mundo moderno; cómo esta imagen moderna de la realidad nos lleva a una
profundización extraordinaria de la armonía del kerigma con la realidad, a
partir de una extensión de la teología de la kénosis que nace en el eterno
designio trinitario de la creación por el logos cristológico; cómo este
paradigma cristiano de la modernidad abre nuevas vías para el diálogo
interconfesional cristiano e interreligioso, así como a un nuevo entendimiento
de la filosofía de la historia en el siglo XXI; finalmente, cómo tanto la
importancia trascendental del cambio hermenéutico, como la conveniencia
estratégica en orden al mayor eco mundial de la transformación hermenéutica de
la iglesia, aconsejarían a que un Nuevo Concilio fuera el marco de máxima
relevancia que avalara los nuevos cambios hermenéuticos. Esta obra ofrece
incluso, en el capítulo octavo, una simulación del contenido de lo que debieran
ser los grandes documentos conciliares. La obra es completamente armónica con
el kerigma, y responde a las exigencias de una ortodoxia cristiana y católica;
si alguien piensa que no es así, debe argumentarlo. Sin embargo, es evidente
que la obra está toda orientada a proponer a la iglesia un nuevo paradigma
hermenéutico, el que exige la modernidad, y por ello difiere de otras
propuestas hermenéuticas, del pasado o del presente. Pero esta diferenciación
en lo puramente hermenéutico es siempre legítima, de acuerdo con los principios
más antiguos de la teología cristiana y católica.
En relación a una eventual Nueva Evangelización, como la que actualmente es
promovida por la iglesia, lo que mi obra Hacia el Nuevo Concilio vendría a
decir, en síntesis, es que la nueva evangelización no puede nacer de un día
para otro. Antes que nueva evangelización es necesario que la iglesia atraviese
un proceso, todavía sin emprender, que la lleve a encontrar el paradigma de la
modernidad que permita habla de Dios desde dentro del logos de la modernidad.
Sin estudiar y exponer la fe cristiana en nuestra época, como decía Juan XXIII,
no será posible la nueva evangelización, y estaremos en lo de siempre, en una
imagen antigua del cristianismo, aunque la recubramos de toda la retórica que
nos sea posible (y los medios organizativos de la iglesia permiten mucha),
imagen anticuada que ha llevado a la disonancia fe cristiana / mundo moderno
que, como hemos explicado, está en la raíz de la crisis de la religión en la
modernidad. Por tanto, antes que evangelización es necesaria la reconversión de
la teología cristiana en la modernidad. Y, dada la importancia de este cambio
hermenéutico después de veinte siglos de permanencia en el paradigma antiguo y
del largo desencuentro fe/modernidad en los últimos cinco siglos, el aval de la
iglesia a las nuevas hermenéuticas (en el sentido que he explicado en mi obra)
exigiría por la propia lógica histórica la celebración del Nuevo Concilio que
sería el gran escenario mundial para el lanzamiento, promoción y proclamación
de la Nueva Evangelización.
En los próximos posts de esta serie (V y VI) ofreceré una intuición esencial de
la naturaleza del nuevo paradigma de la modernidad en el cristianismo, para que
pueda valorarse el alcance del cambio hermenéutico pendiente y del cambio
necesario de imagen de la iglesia en el mundo moderno. Explicaré dónde ha
estado la iglesia durante siglos, el paradigma greco-romano, todavía presente
en forma difusa en la iglesia. La naturaleza del cambio hermenéutico no podrá
precisarse sin referencia al paradigma que debe superarse (post V). Desde la
perspectiva de lo que debemos abandonar podrá perfilarse con más nitidez en qué
consiste el cambio hermenéutico hacia el paradigma de la modernidad (post VI).
Por tanto, la obra de referencia a que me remito es Hacia el Nuevo Concilio,
donde se han explicado muchas cosas que aquí no podemos ni siquiera mencionar.
Si hasta ahora hemos estado afilando el cuchillo, en los próximos posts
entraremos definitivamente a cortar, es decir, expondremos en qué consiste
concretamente el cambio hermenéutico hacia el paradigma de la modernidad,
necesario para emprender el proceso de la Nueva Evangelización.
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