La nueva evangelización y concilio (V): el adiós a la hermenéutica antigua o imagen de lo real en el paradigma greco-romano
JAVIER MONSERRAT
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¿Qué actitud tomar ante la Nueva Evangelización? Hemos
visto que la iglesia parece mantener estratégicamente el paradigma antiguo,
aunque de forma difusa y tan oculta como se pueda, al mismo tiempo que procede
a una pura proclamación kerigmática –incontaminada de hermenéuticas– de la fe
de la iglesia. Es lo que parece deducirse de los documentos para el Sínodo de
los Obispos. Sin embargo, muchas circunstancias históricas, filosóficas y
teológicas inducen hoy a pensar que la iglesia debería afrontar la tarea de
hallar la nueva hermenéutica para proponer el kerigma en la modernidad, a
saber, el paradigma de la modernidad. La tesis que aquí defendemos es que en la
actualidad comienzan a vislumbrarse con precisión los perfiles de esa gran
alternativa hermenéutica moderna que la iglesia necesita desde hace siglos
(post IV de esta serie). Ahora bien, ¿en qué consiste la nueva alternativa?
Hasta ahora no la hemos expuesto, pero sólo si la entendemos con precisión
seremos capaces de hallar la fuerza para hacerla eje de la Nueva
Evangelización. En este post (V) y en el siguiente (VI) exponemos los rasgos de
lo que, a nuestro entender, constituye la alternativa, o sea, el paradigma de
la modernidad. Pero para que el entendimiento sea eficaz debemos ser capaces
primero de precisar con exactitud qué era lo antiguo, qué es lo moderno y dónde
se hallan concretamente las diferencias principales. Para ello, previamente, en
este post (V), exponemos el teocentrismo y teocratismo que fueron propios del
paradigma greco-romano, todavía presentes como fondo de la manera de sentir de
la iglesia de nuestros días, matizadamente. Después, en el post VI,
explicaremos cómo y por qué teocentrismo y teocratismo han sido puestos en
cuestión por el paradigma de la modernidad.
La iglesia primitiva debía explicar la armonía
profunda entre la fe cristiana y el mundo natural que se vivía en la cultura de
su tiempo. Es comprensible que los teólogos, en alguna manera auspiciados por
la iglesia, recurrieran a la razón filosófica y a las estructuras
sociopolíticas de su tiempo para presentar en armonía con ellas la
significación y sentido del kerigma cristiano (su conexión con la realidad
creada por el Dios de la revelación). Este intento hermenéutico dio origen al
paradigma greco-romano, tanto en lo filosófico teológico como en lo
sociopolítico. En Hacia el Nuevo Concilio he expuesto ampliamente cómo se formó
este paradigma, cómo evolucionó y cómo está todavía presente en la iglesia
actual, aunque desde mitad del siglo XX, de una forma velada, estratégica,
compatible con las numerosas adaptaciones ad hoc que la iglesia ha debido
aceptar bajo presión de la cultura de la modernidad. ¿Dónde está hoy realmente
la iglesia? ¿Cuál es su actitud? Recordemos que antes reflexionábamos sobre
ello (posts II y III). Pero la verdad es que no se podría decir con toda
seguridad, dada la ausencia, oscilación y falta de claridad de sus tomas de
posición. Por una parte, parece que el paradigma greco-romano todavía está en
el fondo de todo (véanse las últimas instrucciones sobre la enseñanza en
seminarios), pero por otro la iglesia procede de forma puramente kerigmática
(véanse los Lineamenta y Instrumentum Laboris para el nuevo Sínodo de los
obispos).
Quiero aquí destacar que el paradigma greco-romano, a lo largo de los siglos,
ha mantenido una filosofía y teología fundada en una hermenéutica que dependía
de la visión griega del universo y del hombre. Esta ontología griega influyó de
diversas formas sobre la patrística y la escolástica (no eran lo mismo Platón,
los neoplatonismos, Aristóteles, la Estoa o Plotino). Pero, en general, de una
u otra forma, la filosofía griega condujo a dos posiciones características: por
una parte, el teocentrismo y, por otra, el teocratismo. El teocentrismo era la
síntesis de su visión filosófico-teológica; el teocratismo representaba la
manera de entender el orden sociopolítico en relación con el cristianismo. El
fundamento filosófico que permitía justificar el teocratismo estaba en el
teocentrismo: por ello, el teocentrismo y el teocratismo constituían una visión
de la realidad única y coherente. Esta imagen de la realidad en el paradigma
antiguo constituía también una hermenéutica o interpretación del kerigma
cristiano. ¿Podemos considerarla correcta? Fue, al menos, una aproximación que
históricamente resultó útil. Pero la iglesia sabía que una cosa era el kerigma
y otra distinta la hermenéutica. Como argumentaremos después, la imagen de la
realidad en la modernidad nos llevará a una nueva hermenéutica del kerigma que
nos hará caer en la cuenta perfectamente de las insuficiencias que de hecho
tuvo la hermenéutica antigua.
¿Qué es entonces el teocentrismo?
Es una visión del hombre que nos dice que éste, situado en el mundo, se haya
inevitable y necesariamente situado ante una realidad de Dios que se le impone
absolutamente. El hombre vive en un horizonte teocéntrico porque Dios es el
centro inevitable de su vida. Por ello, el hombre, cuando acepta a Dios, vive
auténticamente de acuerdo con su verdad y pero cuando no lo hace vive en la
inautenticidad, vive fuera de la verdad humana. Este teocentrismo tiene dos
aspectos que en el paradigma antiguo se confundieron con frecuencia.
El primer aspecto –o primera forma causal del
teocentrismo– es su dimensión puramente natural. Es un teocentrismo que se
presenta como manifestación necesaria de la naturaleza humana. Que sea así se
argumenta por la razón en la filosofía que aporta una idea del hombre y de su
conocimiento (epistemología). Para la antropología clásica existe una patencia
de la verdad que se manifiesta al ejercicio correcto de la razón. La Verdad es
accesible al conocimiento. Ahora bien, el hecho fundamental es que la razón humana
reconoce la patencia de la Verdad de Dios. Hay pruebas de la existencia de Dios
a las que la escolástica atribuyó una censura de certeza absoluta o metafísica.
La apologética científica del XIX-XX puesta al servicio del paradigma antiguo
insistía en las pruebas de la existencia o patencia de Dios en la naturaleza.
Dios es, pues, el origen creador del universo. Ha dado a la naturaleza un orden
creado que la razón puede descubrir con certeza. Por ello, el orden natural es
un orden divino que debe ser respetado por el hombre que reconoce en Dios la
verdad absoluta. La ley natural es eo ipso la ley divina. Ahora bien, el
universo creado por Dios y la interpretación de la ley divina dependen de la
idea griega del universo. En el mundo cristiano-escolástico acabó imponiéndose
la idea platónico-aristotélica de un universo creado, con un estado constructo
ya hecho y cerrado. La forma de entender la ley natural dependió en gran parte
de una hermenéutica griega. Por tanto, el teocentrismo está causado por la
razón humana y es manifestación inevitable de la naturaleza humana.
El segundo aspecto –o segunda forma causal del teocentrismo– es su dimensión
sobrenatural. La distinción entre natural y sobrenatural se ha planteado y ha
sido siempre discutida desde la teología más antigua. Hubo quienes tendieron a
borrar las fronteras entre natural y sobrenatural (Henri de Lubac). Pero hay
algo que está muy claro para el kerigma cristiano: que el Espíritu de Dios hace
presencia en el espíritu del hombre de una forma que se ha calificado de
diversas maneras, pero principalmente como misteriosa, mística, e incluso
sobrenatural. Lo más importante es que ese Don de la Presencia Divina en el
interior del hombre (que para los creyentes es el fundamento existencial de la
experiencia religiosa indefinible interior) ha sido entendido desde antiguo
como Gracia, la Gracia del Espíritu. De ahí que tenga sentido para la teología
cristiana pensar que el hombre, sin esa Gracia, no desaparecería como tal, sino
que se mantendría en su naturaleza humana y seguiría orientando su vida bajo
los dictámenes de la razón-emocional (la influencia bidireccional entre la
razón y la emoción de vivir, no ajena al binomio teoría/praxis). Por ello tiene
sentido en teología hablar de la dimensión natural creada por Dios y la acción
sobrenatural, sobrevenida al hombre natural como la Gracia del Espíritu que da
testimonio místico en nuestro interior de la verdad de Dios, que hace entrar al
hombre en la dimensión sobrenatural.
Pues bien, el kerigma cristiano proclama que la Gracia del Espíritu apela a
todos los hombres como llamada mística interior a una respuesta positiva a la
aceptación de Dios. Es evidente, por tanto, que el kerigma cristiano supone la
creencia en el teocentrismo que depende de esa apelación universal del Espíritu
de Dios como Gracia. Todo hombre vive su vida en un último horizonte de
experiencia de Dios, la experiencia mística del Espíritu. Quiere esto decir que
el teocentrismo presente en las Escrituras y en la Tradición de la iglesia es
ante todo este teocentrismo causado por la presencia sobrenatural del Espíritu.
¿Por tanto, de qué teocentrismo se habla en el paradigma antiguo?
Se habla evidentemente de los dos, del teocentrismo puramente natural causado
por el ejercicio de la razón natural, de acuerdo con la naturaleza humana y del
teocentrismo sobrenatural causado por la presencia interior del Espíritu como
Gracia. Ambos teocentrismos, el de la naturaleza y el de la Gracia, se
fusionaban entre sí presentando la imagen de un ser humano, todo él referido a
la Transcendencia de Dios como centro y eje de su existencia. En el pensamiento
clásico cristiano la evidencia de ambos teocentrismos fácilmente fue confundida
e identificada como una única descripción armónica de la naturaleza humana, en
que lo natural y lo sobrenatural se identifican. Como después veremos, lo que
el paradigma de la modernidad cuestionará será sólo el teocentrismo puramente
natural. El teocentrismo sobrenatural, proclamado en el kerigma cristiano, ni
será ni podría ser puesto en cuestión en lógica cristiana. Más adelante lo
explicaremos.
Pero bástenos comentar que este teocentrismo confuso,
en que se mezclan los principios remanentes del teocentrismo natural del
paradigma antiguo con las persuasiones kerigmáticas de que todo hombre está
ante Dios y no hallará su plenitud sino en Dios, siguen presentes hasta la
iglesia de nuestros días. El clásico rechazo de un humanismo sin Dios, la
declaración del drama absurdo del humanismo ateo, la apelación a que el hombre
sólo tiene sentido cuando acepta a Dios y sitúa su existencia bajo la ley
divina, el lamento de una gran parte de la humanidad salida del único
teocentrismo que puede dar sentido a la vida, siguen estando presentes en el
lenguaje de la iglesia, como puede verse en el fallecido Juan Pablo II y en
Benedicto XVI. Pero cuando se habla en esta perspectiva teocéntrica no siempre
somos capaces de distinguir si se está hablando del teocentrismo natural o del
teocentrismo sobrenatural. Ambas dimensiones parecen entremezclarse en fondo
confuso que es el mismo que se ha mantenido en los últimos años de teología, e
incluso siglos.
Entonces, ¿qué es el teocratismo como rasgo del paradigma antiguo?
El teocratismo sociopolítico se implantó en la historia del cristianismo por
razones en parte coyunturales. Así fue por la conversión de Constantino y por
el comienzo de la cristianización forzosa del imperio romano. Pero, al mismo
tiempo, el teocentrismo filosófico-teológico, que iba configurándose poco a
poco en el paradigma greco-romano, contribuyó también a que el cristianismo se
hiciera fuerte en que la dimensión sociopolítica del paradigma antiguo tuviera
su expresión en el teocratismo. El teocentrismo sirvió para tranquilizar la
conciencia de una iglesia que se enredaba históricamente con el teocratismo,
más y más desde Constantino. En realidad, la filosofía política del teocratismo
tenía su justificación en las consecuencias lógicas de la dimensión
filosófico-teológica del teocentrismo. El hombre individual no podía entenderse
sino por referencia fundamental a la Divinidad. En consecuencia, la sociedad no
podía establecer el fundamento del orden social sino por referencia a Dios.
Este era, en efecto, el origen del orden civil y de la autoridad. Por ello, el
monarca o el emperador, en el régimen político antiguo, ejercían su autoridad
en nombre de Dios. El teocratismo, a través de una confusa mezcolanza entre
poder civil y poder religioso, tuvo su punto culminante en la edad media,
cuando en la época de cristiandad el pontificado ejercía su supremacía moral, y
casi política, sobre todos los estados cristianos. Santo Tomás y Francisco
Suárez, autores básicos de la escolástica, pusieron también en Dios el origen
de la sociedad civil. Cuando, llegado el renacimiento y el inicio de la
emancipación del poder civil frente al religioso, la sociedad europea y
americana comenzó a fundarse al margen de la religión, la iglesia hubiera
transigido en que la sociedad política obrara con autonomía en las decisiones
políticas, pero no podía entender que la sociedad civil quisiera fundarse
constitucionalmente sin reconocer a Dios como principio natural de las
sociedades humanas. Esto es lo que, en efecto, representa, en el siglo XIX, la
rebelión de Pio IX con el Syllabus contra la modernidad y el liberalismo. Así
fue prácticamente hasta el concilio Vaticano II con el documento sobre la
Libertad Religiosa. En la actualidad, aunque la situación ya no es igual,
todavía pueden detectarse actitudes eclesiásticas en que se manifiesta la
persuasión de que, aunque se transija con el mundo laico de la modernidad, se
mantiene la convicción de fondo (que rebrota de nuevo en el momento más
inesperado) de que sólo las sociedades fundadas en Dios y en Cristo podrían
llegar a ser el tipo de sociedad civil que exigen tanto la razón como la
naturaleza humana.
Pero el paradigma antiguo está hoy matizado por las
adaptaciones ad hoc
En efecto, lo dicho hasta aquí sobre teocentrismo y teocratismo en el paradigma
antiguo debe matizarse mencionando algunas adaptaciones ad hoc, aparecidas
sobre todo después del concilio. Nos referimos sólo a las principales.
En relación al teocentrismo, la iglesia ha caído en la cuenta de la extensión
del ateísmo, del agnosticismo y del indiferentismo en la sociedad moderna. Por
ello, consciente de que debía entenderse la viabilidad de hecho de estas
opciones arreligiosas, evidentes en la sociedad, ha matizado su teocentrismo
interpretando lo que quiso decir el concilio Vaticano I sobre el conocimiento
natural de Dios. Este no sería algo automáticamente impuesto por la razón (algo
así como un determinismo racional), sino que debería aceptarse a partir de un
juego libre de la voluntad del individuo. De ahí el concepto de certeza moral
libre con que muchos teólogos entienden hoy, con el asentimiento tácito de la
iglesia, el teocentrismo fuerte presente en la tradición. No obstante, la
antropología que en general sigue manteniéndose responde a un teocentrismo
clásico, en que el hombre sólo puede tener sentido y cumplimiento como hombre
si se sitúa en el horizonte existencial teocéntrico que acepta a Dios. No
existe, pues, en el fondo, un humanismo sin Dios. Por tanto, en este
teocentrismo concurren, no siempre con la precisión debida, la dimensión
puramente natural y la dimensión sobrenatural del teocentrismo, antes aludidas.
En relación al teocratismo también la iglesia ha entendido, por vía pragmática,
la necesidad de reconocer el laicismo de las sociedades modernas. Así lo ha
hecho, en efecto, a través de discursos papales, especialmente de Benedicto XVI
en los últimos tiempos. Sin embargo, reconocer la viabilidad del laicismo no
quiere decir que se haya abandonado la persuasión de que la verdadera sociedad
fundada en la naturaleza del hombre debería generarse en el reconocimiento de
la realidad divina y de la ley natural que es la ley divina. Se trataría, por
tanto, en la actualidad del mantenimiento de una forma débil de teocratismo, no
comparable obviamente al teocratismo fuerte de la edad media. Pero se seguiría
tratando, en el fondo, del mismo estilo de teocratismo. A pesar de su apertura,
el concilio Vaticano II, en el fondo, aunque estableció la meta final de
estudiar y exponer la fe cristiana en nuestra época, no pudo salirse de
numerosos enfoques teocéntricos (como se ve al hablar del ateísmo) o
teocráticos (presentes en el mismo documento sobre Libertad Religiosa).
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