La nueva evangelización (VI): desde la nueva hermenéutica del kerigma cristiano en la modernidad
JAVIER MONSERRAT
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No parece objetable desde el punto de vista histórico
afirmar que la iglesia del paradigma greco-romano se mantuvo durante siglos en
los principios del teocentrismo (en la dimensión filosófico-teológica) y del
teocratismo (en la dimensión sociopolítica). En la iglesia oficial estos
principios, aunque han estado presentes con toda claridad hasta hace muy poco y
en la actualidad, sin embargo, por las adaptaciones ad hoc (ver post V de esta
serie) se han hecho ciertas matizaciones que no parecen afectar al conjunto del
paradigma que, en forma difusa y estratégica, sigue estando presente. Incluso
en los grandes autores y escuelas de la teología católica actual (escolástica,
tomismo transcendental o el mismo Teilhard de Chardin), como he mostrado en
Hacia el Nuevo Concilio, se han movido en un horizonte teocéntrico. Pero esto
no quiere decir que autores individuales no se hayan distanciado, desde
diversos marcos, de lo teocéntrico o de lo teocrático. Pero, en conjunto, el
amparo difuso y poco preciso que la iglesia sigue dando al antiguo paradigma
hace que continuamente constatemos formas remanentes que brotan de un fondo de
teocentrismo y de teocratismo todavía no superado. No obstante, frente al
paradigma antiguo, la modernidad ha propiciado el conocimiento de una nueva
ontología de la realidad, que no podemos rechazar y que nos lleva a entender
que el hombre en el mundo no se mueve en patencias teocéntricas sino en una
desconcertante incertidumbre metafísica. Por ello, la modernidad sitúa al
hombre actual en una situación existencial, muy distinta de la antigua, en que
podrá entender de una forma nueva y más profunda la coherencia entre la Voz del
Dios de la Creación (que crea un mundo de incertidumbre) con la Voz del Dios de
la Revelación (que revela la existencia de un Dios kenótico que explica en el
logos cristológico la naturaleza de la vida humana).
Sin embargo, como hemos dicho ya muchas veces, la
modernidad, poco a poco desde el siglo XVI en el renacimiento, fue produciendo
una nueva imagen de la realidad, sabiendo que constituía una emancipación civil
frente al antiguo orden mantenido por la iglesia. Esta imagen acabó haciendo
inviables los dos ejes del paradigma antiguo, a saber, el teocentrismo y el
teocratismo (ver artículo V de esta serie). ¿Cómo? ¿Por qué? Vamos a exponerlo
sintéticamente a continuación. Es verdad que a la configuración de esa nueva
imagen moderna de la realidad contribuyeron muchos cristianos. Propiamente
podemos decir incluso que fue obra de cristianos (vg. John Locke o los padres
de la independencia americana). Pero la iglesia católica como tal se mantuvo al
margen de ese proceso, vio con inquietud cómo se ponían en cuestión los
principios del teocentrismo y del teocratismo antiguos, entrando por ello en la
profunda disonancia fe cristiana / mundo moderno que produjo durante siglos la
grave crisis de la religión que hoy en día la iglesia constata con perplejidad
y que la lleva a desear nuevas formas de exposición de la fe que puedan fundar
el proceso de Nueva Evangelización.
Para evangelizar, en último término, si la iglesia no quiere estar en el
segundo binario ignaciano, deberá tener la valentía de afrontar el conocimiento
y aceptación de la nueva imagen de la realidad en la modernidad para emprender
la tarea inevitable de profundizar desde ella en el conocimiento del kerigma,
de tal manera que sea inteligible la armonía entre la Voz del Dios de la
Revelación, el kerigma, y la Voz del Dios de la Creación, que es hoy patente
para todos en la imagen de la realidad en la modernidad y en la experiencia
existencial en la cultura de la modernidad. Sólo si se salva la disonancia
podrán superarse las causas que la han producido en los últimos siglos y, en
principio, podrá ensayarse la Nueva Evangelización que se pretende.
¿Cuál es, por tanto, la nueva imagen de la realidad en la modernidad y a qué
tipo de nueva hermenéutica del kerigma cristiano nos lleva por su propia
lógica? Lo exponemos en una serie de puntos ordenados que intercalarán
alusiones a ambas cuestiones: la imagen moderna de la realidad y la nueva
actitud hermenéutica cristiana que de ella nace.
1) La nueva ontología de la ciencia. Este es un
punto capital. No imaginamos nada, puesto que la ciencia es por sí misma una
evidencia histórica. Ha nacido poco a poco en los últimos siglos y es el punto
de referencia esencial tanto de la filosofía como de la cultura de la
modernidad. La ciencia es la forma de conocer más prestigiosa en el mundo
moderno. Pero el hecho que aquí interesa es que, en conjunto, la nueva
ontología de la ciencia (su forma de conocer cómo es la naturaleza de la
realidad, de la materia, del universo, de la vida, del hombre y de la historia)
representa una imagen nueva, que desborda la imagen de lo real en el mundo
antiguo (y la imagen de lo real que tuvo la antigua hermenéutica en el
cristianismo). Es posible que la imagen antigua contenga intuiciones o ideas
que sean asumibles, o reinterpretables, pero en conjunto la nueva imagen
moderna del mundo es algo nuevo que se construye desde la raíz por un proceso
racional irreductible a lo antiguo. La ciencia nos describe un universo
monista, en que determinación e indeterminación cumplen un papel balanceado, en
que materia, cosmos y vida surgen de una misma realidad constituyente, un
universo evolutivo, dinámico, que se hace a sí mismo, que es capaz por su
ontología de producir la sensibilidad-conciencia de los seres vivos, que genera
por evolución el nacimiento de la razón en la especie humana, especie que, una
vez emergida, por la razón-emocional (enfocada a la emoción de vivir) se hace
en parte controladora consciente de los procesos evolutivos que siguen teniendo
lugar en un universo ontológicamente abierto y, hasta un cierto punto, en manos
del hombre. Todo esto, en detalle, lo he expuesto en mi obra Hacia el Nuevo
Concilio, en el capítulo cuarto.
2) Aceptación de la imagen de la realidad en la
ciencia. Decíamos antes que el proceso de búsqueda de una exposición de la
fe cristiana en nuestra época supone, en primer lugar, hacerse una idea
correcta del contenido de la nueva imagen de la realidad en la ciencia (que es
el elemento determinante de la cultura de la modernidad). Pero, después de
conocer, la iglesia debe aceptar sin reservas la imagen de la realidad en la
modernidad. Gran parte de la disonancia iglesia/modernidad ha sido causada por
la persuasión extendida de que la fe es incompatible con la ciencia: que la
razón moderna lleva a unas conclusiones que son contradictorias con la fe e
inaceptables por ella; que tener fe cristiana supone situarse en una visión del
mundo ajena a la modernidad e incompatible con ella (es decir, que debe seguir
instalada en la imagen de lo real en un paradigma antiguo hoy inaceptable).
Estas ideas, propias de minorías en siglos anteriores, están hoy extendidas
popularmente. Por tanto, frente a esto es esencial que la iglesia acepte la
imagen del mundo que la ciencia establece por una razón teológica evidente: que
cabe aceptar que la ciencia representa un conocimiento honesto, preciso y más
profundo de las cosas y que esta profundización no puede ser contradictoria con
el kerigma sino que, al contrario, debe conducirnos a entenderlo con mayor
profundidad. Buscar esta profundización no es trivial, es una obligación moral
del creyente cristiano y de la iglesia. Una vez más repetimos: el mundo real
creado por Dios no es como se entendía en el paradigma antiguo sino como describe
con mayor precisión la ciencia moderna. Por tanto no se trata de entregarse en
manos de la modernidad y renunciar a lo propio (como algunos entienden para
desprestigiar el proceso de búsqueda), sino de que la iglesia busque
racionalmente el más profundo entendimiento del kerigma cristiano dejándose
llevar por el proceso racional de la historia misma, que no supone cambio
kerigmático sino sólo hermenéutico.
Es verdad que durante siglos de modernidad la imagen que la ciencia ofrecía no
era fácilmente compatible con la fe cristiana (ante todo por el mecanicismo
determinista). Por ello hubo disonancia que se mantuvo durante tiempo y tiempo.
Sin embargo, como he razonado en Hacia el Nuevo Concilio, una de las
características del tiempo presente es que la imagen del mundo en la ciencia ha
cambiado sustancialmente (se ha hecho más cuántica, indeterminista y holística)
y hace posible vislumbrar esa armonía con la fe cristiana que antes era más
difícil. Además, aceptar la ciencia significa aceptar su imagen global objetiva
de la realidad; no significa aceptar en bloque opiniones, puntos discutidos,
teorías opcionales o tecnologías, ya que hay puntos de vista que no tiene
sentido que el cristianismo los acepte (la iglesia tampoco aceptó en bloque el
paradigma greco-romano, sino sólo selectivamente). Pero, en todo caso, es de
sentido común, e inevitable a medio plazo histórico, que la iglesia acepte sin
reservas la imagen de la ciencia. No tiene sentido emprender el esfuerzo de
asegurar que todo lo que hoy se dice son notas a pie de página de lo que ya
dijeron Platón, Aristóteles o la escolástica. No tiene sentido hoy para la
iglesia seguir consumiendo energías infinitas para mostrar que todo lo de
ahora, la ciencia, es compatible con una ontología de hace veinte siglos, que
es insuperable y que la iglesia depende esencialmente de ese paradigma antiguo
para mantener su visión del mundo. Lo que la iglesia debe hacer –y a plazo
histórico medio es inevitable que lo haga– es huir de los anacronismos y
simplemente aceptar la imagen moderna de la realidad de la cultura
contemporánea y disponerse a entender desde ella el profundo mensaje del
kerigma cristiano.
3) Borrosidad del conocimiento en ciencia y en
filosofía. Una consecuencia esencial de la imagen del hombre en la ciencia
ha sido el desarrollo de lo que hoy constituye la epistemología moderna. Frente
a la patencia racional de la verdad en el paradigma antiguo, la ciencia
moderna, y la filosofía que de ella depende, han evolucionado desde los
positivismos (que todavía confiaban en un conocimiento firme y cierto fundado
en los puros hechos) hasta lo que hoy es la epistemología derivada del
racionalismo crítico de Popper en sus diferentes vertientes. El conocimiento no
es absoluto y no toca la verdad final, sino que es un conjunto de hipótesis
sometido a crítica y revisión en la historia. Esta manera de pensar es hoy
general en las ciencias y en la modernidad. Lo mismo pasa con la filosofía
moderna. Pero esto no es relativismo. El hombre debe construir su visión firme
de las cosas y comprometerse con ella, sin caer en la arbitrariedad del
relativismo sin fondo, aunque sea siempre consciente de no ser dogmático y de
la posible necesidad de revisar sus posiciones cognitivas.
En esto la iglesia debe afrontar un cambio profundo porque está hecha a una
epistemología de siglos donde el hombre tenía una patencia racional de la
verdad absoluta. Pero la iglesia difícilmente se instalará en el mundo moderno
para pronunciar en él un discurso inteligible, si sigue situada en el
dogmatismo epistemológico. Las posiciones todavía vivas del paradigma antiguo,
así como recientes críticas de Benedicto XVI al relativismo, siguen induciendo
a confundir “relativismo” con “criticismo epistemológico” y a pensar que, si no
se quiere ser relativista, se debe ser dogmático. En otras palabras, se puede
ser crítico, no dogmático, y, sin embargo, no ser relativista. La iglesia, si
no acepta sin ambages el criticismo ilustrado moderno, difícilmente podrá
presentar discursos consonantes con la modernidad. Por ello, la Nueva
Evangelización deberá darse desde dentro de ese criticismo ilustrado que la
iglesia, si acepta la imagen de la realidad en la ciencia y en la cultura
moderna, debe aceptar también.
4) Incertidumbre metafísica: Dios y la pura
mundanidad sin Dios. Es, pues, la naturaleza incierta de la ciencia y del
conocimiento humano lo que nos hace entender que la razón de la modernidad
queda abierta a una incertidumbre metafísica última. El hombre moderno queda
abierto al enigma del universo y esto quiere decir que no puede afirmar con
certeza dogmática racional si el universo es en su fundamento último un Dios
creador o, más bien, un puro mundo sin Dios. El enigma permite que estas dos
hipótesis (o conjeturas metafísicas) puedan ser objetivamente argumentables.
Dios es argumentable por la razón (y esto es suficiente para afirmar lo que se
debe afirmar en la ortodoxia católica). Pero un puro mundo sin Dios también es
argumentable. Este estado de incertidumbre metafísica moderno explica lo que
socialmente constatamos de forma inequívoca: que hay teístas, que hay ateos y
que también hay agnósticos (que no se deciden entre teísmo y ateísmo). Todo
esto es hoy socialmente evidente.
El reconocimiento de esta incertidumbre metafísica o enigma del universo es
esencial para que la Nueva Evangelización hable un lenguaje inteligible para la
modernidad. En otras palabras: el antiguo teocentrismo (ver artículo V de esta
serie) no puede seguir manteniéndose. La iglesia debe hacerse a la idea de que
el universo que Dios ha creado (y así ha querido hacerlo intencionalmente) es
un universo enigmático, borroso metafísicamente, que en su fundamento podría
ser Dios pero podría ser también puro mundo. Este es un cambio de perspectiva
esencial y de una importancia capital que marca el nuevo estilo de lenguaje que
la iglesia debe mantener en la modernidad para poder emprender una nueva
evangelización inteligible. El universo, tal como ha sido hecho por Dios, no
impone racionalmente una patencia o evidencia, natural y racional, de Dios,
sino que deja abierta más bien la incertidumbre que impulsa una deliberación
existencial metafísica que debe conducir a una toma de posición personal libre
ante el sentido de la vida. Dios es posible pero no se impone. No se impone
precisamente porque ha dado al universo una estructura tal que permite la
incertidumbre que hace posible que el hombre se encamine hacia la pura
mundanidad sin Dios. El hombre que no quiere aceptar a Dios tiene una vía
natural y racional, abierta por Dios mismo, para situarse al margen de lo
religioso.
Pero, volviendo a lo que decíamos antes (artículo V), lo que la nueva imagen de
la realidad en la modernidad nos lleva a rechazar es sólo lo que llamábamos un
teocentrismo puramente natural, aquel que el hombre construye por su razón y
sus emociones naturales (entendiéndolo dentro de la imagen del paradigma
antiguo). Por tanto, el cristianismo puede, y debe, seguir manteniendo lo que
llamábamos el teocentrismo sobrenatural derivado de la presencia del Espíritu
de Dios como Gracia en el interior del espíritu de todo hombre. Sobrenatural,
místicamente, en el fondo interior de su espíritu todo hombre está en el
horizonte teocéntrico de la presencia de Dios. Esto forma parte del kerigma
cristiano y la iglesia no puede renunciar a ello. Pero este teocentrismo sobrenatural
pertenece a la fe cristiana, no puede ser argumentado naturalmente en función
de las evidencias objetivas que la razón puede analizar. Por ello, el
cristianismo, si quiere lograr un lenguaje inteligible por la modernidad, no
puede argumentar un teocentrismo puramente natural, fundado en la razón,
debiendo reconocer, en línea con lo anterior, la incertidumbre metafísica ante
el enigma del universo. Esto no quita, sin embargo, que el mismo cristianismo,
por su propia fe, no reconozca algo que es real, actúa en el hombre, pero no
puede ser reconocido por las fuerzas de la pura razón del hombre, a saber, la
presencia universal del Espíritu como Gracia. Sabemos que, para la teología
católica, el hombre es pecador no porque rechace la racionalidad natural que
pudiera llevarle a aceptar a Dios, sino porque rechaza esta apelación interior
del Espíritu de Dios. Por ello, en teología, el mérito sobrenatural (santidad)
y el demérito sobrenatural (pecado) se derivan de la actitud del hombre ante la
llamada interior de la Gracia del Espíritu.
5) Las preguntas metafísicas de la condición
humana: la religión natural. Si las cosas son tal como acabamos de
describir, de acuerdo con la imagen del hombre en la modernidad, todo hombre
intuitivamente (no sólo aquellos que en la modernidad han descrito su condición
humana reflexivamente) está viviendo su vida como una apertura a la
incertidumbre y al enigma del universo. No es patente para nadie que Dios sea
real. Pero, impulsados por esta presencia interior del Espíritu, el hecho es
que muchos hombres, a lo largo de la historia, han creído en la existencia de
un poder salvador divino transcendente, bien sea por el monoteísmo o por el
fraccionamiento de la idea de Dios en un conjunto diversificado, o politeísta,
de la realidad divina. El problematismo de acceder a la esperanza de la
salvación divina se ha centrado siempre en dos dimensiones (derivadas de la
condición metafísica objetiva del hombre en el mundo): el problema del enigma
del universo (el enigma divino de un Dios que calla y permanece en silencio, no
imponiendo inequívocamente su presencia y su ayuda el hombre) y el problema del
drama de la existencia (la dificultad de armonizar la existencia del
sufrimiento y del mal con un plan de salvación divino). El hombre religioso es
el que, a pesar de estos problemas, acepta a Dios y da un voto de confianza a
su plan de salvación (a pesar de su silencio ante el enigma del universo y ante
el enigma del sufrimiento). El hombre no religioso es el que niega su confianza
en Dios, ni acepta ni cree a Dios, por razón de estos dos grandes problemas
metafísicos, el silencio de Dios en el enigma del universo y en el drama de la
existencia.
Que todo hombre, por la esencia de su condición natural, esté abierto al enigma
del universo y a esta incertidumbre metafísica es algo que se entiende de
acuerdo con la imagen de la realidad en la modernidad. El teocentrismo impone
al hombre la presencia inequívoca de Dios y no hay incertidumbre. Por ello,
como estamos viendo, la imagen del hombre en la modernidad permite una imagen
mucho más rica del problematismo y del sentido de la religiosidad humana que se
manifiesta en las diversas religiones (judaísmo, hinduismo, budismo, islamismo,
ya que en todas ellas es el mismo hombre, inevitablemente inmerso en el enigma
del universo y en el drama de la existencia, el que se abre a la esperanza de
salvación divina a pesar del silencio de Dios en el enigma del universo y en el
drama de la existencia).
Por esta condición humana puede decirse que la incertidumbre metafísica, que
acompaña siempre a todo hombre en el mundo (tenga la religión que tenga, o una
pura religiosidad interior), está siempre acompañada por dos grandes preguntas
que, por las fuerzas naturales del hombre (por su razón y por sus vivencias
emocionales) nunca pueden ser definitivamente respondidas. La primera pregunta
es por el Dios oculto y en silencio: ¿cabe pensar que Dios es real y que
permanece oculto y en silencio? La segunda pregunta hace referencia especial al
drama de la historia: ¿cabe pensar que ese Dios oculto, en aparente
indiferencia ante el sufrimiento, alberga un plan de salvación para la
liberación del hombre y de la historia? En definitiva, esta profunda
problemática existencial del hombre moderno, y del hombre de siempre, cabe en
una pregunta breve: ¿es real y existente un Dios oculto y liberador?
6) Hermenéutica del kerigma desde la modernidad: el
paradigma cristiano de la modernidad. La verdad es que, si admitimos la
imagen de la realidad en la modernidad, la ontología monista de la ciencia
moderna y el entendimiento de la apertura del hombre a la incertidumbre
metafísica descrita, es decir, si nos salimos del teocentrismo habitual hasta
ahora, nos situamos en una experiencia de la realidad mucho más apropiada para
entender el mensaje divino en Jesús que la iglesia proclama como el kerigma
cristiano. Pensemos que Jesús revela la existencia de un Dios Trinitario que
concibe el eterno designio de la creación para ofrecer al hombre la
participación en la vida divina. Pero la oferta de Dios no puede ser hecha sino
a un hombre libre, al que no se impone su inserción mecánica en la vida divina.
Por ello, el eterno designio divino contempla la creación de un universo,
escenario de la libertad humana. Una libertad que no es retórica (esto no
tendría sentido para Dios), sino real y de ahí que lleve a la consumación del
pecado humano. Para respetar esta creación para la libertad que será pervertida
por el pecado libre del hombre, Dios concibe también su escenario de la
creación como un proceso autónomo donde el drama de la historia y el
sufrimiento hacen acto de presencia. De este modo el escenario de la creación,
un mundo de libertad en que la evolución autónoma se hace por el sufrimiento,
establecen las condiciones que hacen posible acceder a Dios, que es la última
posible liberación, tanto para la santidad como para el pecado.
Este escenario de la creación proclamado en el kerigma cristiano es por entero
armónico con la experiencia de la realidad en la modernidad. Si el mundo que la
modernidad describe (por la maduración del conocimiento en el avance de la
cultura) es el mundo real creado por Dios, entonces entendemos perfectamente la
armonía entre la Voz del Dios de la Creación y la Voz del Dios de la
Revelación. Dios es el creador del universo y lo mantiene continuamente en el
ser por su concurso; esto es lo que proclama el kerigma. Pero los hechos nos
muestran que Dios ha creado un mundo autónomo, que evoluciona por sus propias
leyes y procesos, consiguiendo la perfección creciente a través del drama de
historia y del sufrimiento de los seres. La modernidad nos hace entender cómo
ese mundo es enigmático y hace posible a la razón humana argumentar la
existencia de un Dios fundamento, pero también argumentar que todo se funda en
un puro mundo sin Dios. Aunque todo hombre está bajo la influencia interior de
la Gracia del Espíritu, el mundo creado por Dios permite construir por la razón
natural una hipótesis sin Dios para situarse al margen de Dios. En otras
palabras, el mundo que describe la modernidad nos hace entender la filigrana
del escenario creado por Dios para la libertad desde dentro del drama del
sufrimiento. Un mundo en que Dios se ha ocultado en parte, pero que permite el
acceso a Dios en la santidad (por la razón y por el Espíritu) y el rechazo de
Dios en el pecado (por la razón y la sordera a la apelación interior del Espíritu).
Sin embargo, este proyecto creador llevaba a consecuencias que, en principio,
debieron ser consideradas en el eterno designio trinitario de creación. Esto es
lo que nos dice el kerigma cristiano en la fe de la iglesia. En efecto, de
acuerdo con este plan de salvación, ¿tenía sentido que Dios creara y mantuviera
en el ser una historia humana en que el pecado se apoderado de la creación?
¿Tenía sentido crear un mundo en que los hombres deberían atravesar la penosa
tribulación del drama de la historia y del sufrimiento? El kerigma nos dice que
la creación que vemos (o sea, la creación descrita por la modernidad) ha sido
posible por un acto de voluntad divina que ha aceptado crear este nuestro
mundo: ha aceptado la humillación de Dios, la kénosis de la Divinidad, en un
mundo en que, por su silencio en la creación, el pecado se enseñorea de la
creación y ha aceptado también crear un mundo de drama y sufrimiento en que los
hombres deberán atravesar la penosa tribulación en que finalmente consiste la
vida para todos. El kerigma nos dice que esta decisión trinitaria es la que
asume el Verbo Divino, la Sabiduría Divina: por ella el mundo es creado, se
acepta el pecado, se asume un mundo de sufrimiento, y la salvación es ofertada
libremente a todos, incluso a los pecadores cuyo pecado es perdonado por la
voluntad divina. Esta decisión trinitaria, asumida por el Verbo, que acepta la kénosis
divina y hace posible nuestro mundo de libertad y de sufrimiento es lo que el
kerigma cristiano conoce como Redención.
7) El logos cristológico de la creación. El kerigma cristiano revela un
Dios trinitario que hasta tal punto ama a los hombres que alcanzarán su
santidad a través del plan de salvación (o sea, la iglesia) establecido en su
eterno designio creador (salvación por la confianza en el Dios oculto a pesar
de su silencio y del drama de la vida) que decide comunicar personalmente a los
hombres el sentido de la creación que nace del eterno designio trinitario. El
Verbo Encarnado en la persona divina de Jesús manifiesta y realiza en un
momento del tiempo (en la plenitud de los tiempos en que la eternidad de Dios
se funde con el tiempo del mundo) lo que constituye el logos eterno de la
creación. En el Misterio de Cristo la persona misma del Verbo acepta la Muerte
y se lleva a la kénosis de la Gloria de su Divinidad ante el mundo, que se
inicia en la Encarnación y se plenifica en la Cruz, y en la Resurrección
anticipa la salvación escatológica de la humanidad en que Dios se mostrará en
su Gloria liberadora. En el sorprendente y casi increíble Misterio de Cristo,
que Jesús manifiesta y realiza, el eterno designio trinitario de la creación en
Cristo se manifiesta: la voluntad redentora del Verbo Divino es la misma
voluntad kenótica y liberadora de Cristo. El logos cristológico nos dice que la
creación entera y la historia de salvación concebida por Dios tienen sólo
sentido en Cristo, esto es, en la voluntad redentora eterna del Verbo que se
hace tiempo del mundo en Jesús.
El Misterio de Cristo, por tanto, y el kerigma
cristiano no sólo no nos obligan a prescindir de la razón sino que son
armónicos con el mundo que nuestra razón describe en la modernidad. Nos
explican por qué el mundo que vemos es el mundo diseñado por Dios en el logos
cristológico. El mundo en que Dios está en silencio, aunque podemos descubrir
sus huellas por la razón, un mundo en que el pecado es posible, pero en el que
todo pecado ha sido perdonado por Dios si el hombre se convierte, un mundo en
que el sufrimiento forma parte del designio salvador del hombre, un mundo que
es escenario de la libertad y de la dignidad humana en la historia. El Misterio
de Cristo revela el sentido de la historia: revela que el Dios kenótico acepta
la lejanía de su silencio y asume el sufrimiento de la historia con el que se
solidariza en el sufrimiento de la cruz, mostrando por la resurrección el final
liberador de la historia. La Muerte de Jesús en la cruz muestra que acepta la
humillación de la kénosis de su Divinidad y muestra también que Dios sufre con
el sufrimiento humano en la tribulación de la cruz. Pero todo ello, el enigma
del universo y el drama de la historia, en el plan salvador de Dios, llevan a
la Resurrección en que Dios se mostrará escatológicamente, más allá de la
muerte, en la Gloria final de su Liberación de la historia.
8) Paradigma de la modernidad y la Nueva Evangelización. Entre kerigma
cristiano y paradigma de la modernidad existe una profunda congruencia que he
expuesto más ampliamente en mi libro Hacia el Nuevo Concilio, a él me refiero
para profundizar en las intuiciones que aquí hemos presentado de una forma
sumaria. El mundo moderno, la modernidad, como mundo creado por Dios,
constituye el mundo a medida para hacer realidad el logos cristológico de la
creación, tal como se concibió en el eterno designio divino. El mundo es como
es porque ha sido creado en el logos cristológico: un mundo de libertad por el
silencio divino en que el hombre, y toda la realidad, avanzan hacia la
perfección a través del sufrimiento.
Es obvio que, dada la crisis de la religión en la modernidad, en un tiempo en
que el sentido de la fe cristiana quedó velado por la disonancia entre
modernidad/iglesia, el proyecto de una Nueva Evangelización debería estar en
todo caso fundado en el nuevo paradigma cristiano de la modernidad. Es decir,
aquella manera de explicar el kerigma cristiano iluminado por la real
experiencia existencial del hombre dentro de nuestra cultura. Frente a la
disonancia del pasado, la nueva evangelización debería fundarse en la
consonancia moderna.
La única nueva evangelización exigida por la historia y la única que podrá
constituir una novedad que pueda acercar al hombre de nuestro tiempo a sentirse
afectado por la poderosa fuerza atrayente de la fe cristiana, tal como es
transmitida por la iglesia, deberá ser una evangelización fundada en el logos
de nuestro tiempo, es decir, en el paradigma de la modernidad. ¿Cómo llegar a
poner a la iglesia en condiciones de emprender la Nueva Evangelización que
todos entendemos debe producirse? Si consideramos dónde está hoy de hecho la
iglesia (lo hemos expuesto antes en esta serie de artículos) debemos admitir
que el tránsito hacia el paradigma de la modernidad no será fácil. Pero es
posible, y a plazo medio inevitable porque las grandes líneas de fuerza de la
historia acaban siempre por imponerse. A este proceso me referiré en el próximo
artículo de esta serie, argumentando que el Nuevo Concilio debería ser el gran
instrumento doctrinal y mediático que vehiculara el gran proceso histórico en
curso hacia la Nueva Evangelización.
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