Una nueva hermenéutica podría orientar el sentido del cristianismo en el mundo
JAVIER MONSERRAT
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Es hoy ordinario entre teólogos destacados decir que la teología
cristiana sobre el hombre no es dualista. Sin embargo, tengo la
impresión a) de que esta opinión de los “teólogos ilustrados” no siempre
ha llegado a otros teólogos menos ilustrados, digamos, y además el
dualismo todavía sigue extendido y dominante entre los creyentes
populares, y b) de que la iglesia, aunque conoce, aprecia y tolera, las
aportaciones de los teólogos ilustrados, no se ha esforzado demasiado
por difundir con fuerza algo así como los “principios de una nueva
antropología” y deja que las cosas se mantengan más o menos como siempre
han estado, sobre todo en niveles populares. En mi opinión, creo que lo
que habría que hacer es proceder a una reconstrucción global de la
hermenéutica del kerigma
cristiano en el mundo moderno. Esto se ve, sin embargo, como una
aventura que crea una angustia invencible para algunos, hasta el
momento, que lleva a no remover demasiado las cosas y dejarlas con
“prudencia” como están.
Esto produce una cierta sensación de desconcierto, ya que nadie
sabe con una cierta seguridad lo que se debe hacer para identificarse
con el “sentir de la iglesia”. Unos siguen pensando que sólo el dualismo
es, en uno u otro sentido, lo auténticamente “cristiano”, juzgando
además duramente a quienes no van por la misma línea. Otros se esfuerzan
por purificar el kerigma (la esencia de la fe cristiana) de todas las
adherencias filosóficas, distanciándose por descontado del dualismo. Hay
también quienes, entre los que creo contarme, consideran que la
proclamación del kerigma exige algo más que un mantenimiento aséptico en
el puro kerigma y que la iglesia, como siempre hizo, debería dirigir la
búsqueda de la hermenéutica que conecte el kerigma con el logos de
nuestro tiempo. Esta nueva hermenéutica no debería ser puntual sino
integral y llevaría, tal como he podido argumentar en Hacia el Nuevo
Concilio, hacia el gran concilio de nuestros tiempos que orientara el
sentido del cristianismo en el mundo moderno. A todo esto me he referido
también en mi blog Hacia un Nuevo Concilio y en un artículo anterior publicado en esta misma sección.
En todo caso, creo de interés dejar hablar aquí al menos a uno de
los teólogos que, en los últimos años, se han esforzado en formular la
idea del hombre que constituye la antropología teológica esencial. Me
refiero a la obra de Luis Ladaria,
publicada en el año 1987, y titulada titulada “Antropología Teológica”.
Entonces Ladaria era profesor de la Universidad Gregoriana de Roma.
Aunque sería mejor leer la obra completa, aquí voy a reproducir sólo
algunos de sus textos referidos a la idea teológica del hombre (no
incluiré las notas que pueden verse en el original). La interpretación
creo que se entenderá fácilmente, porque los textos citados son muy
amplios y los análisis de Ladaria pueden seguirse perfectamente y son
muy claros.
No obstante quiero hacer alguna observación inicial. 1) Ladaria
insiste en que el punto de vista teológico no implica una determinada
filosofía, aunque sea verdad que a lo largo de la historia se haya hecho
uso de las filosofías propias de cada tiempo. 2) El dualismo influyó
sin duda en la teología católica, pero ésta no está identificada con él.
3) Igualmente Ladaria no defiende una determinada forma de antropología
moderna, ni considera que fuera apta para sustituir las filosofías
antiguas. Estas cuestiones no las aborda. 4) Ladaria insiste
positivamente en lo que constituye la idea estrictamente teológica del
hombre que la iglesia ha querido mantener a lo largo de los siglos, más
allá de las influencias filosóficas que hayan podido dejar su huella
(nosotros diríamos que Ladaria trata de expresar la esencia del kerigma
que la iglesia ha querido transmitir, consciente de que debe proclamar
la doctrina de Jesús de la que se siente depositaria y que, como tal, no
está constituida por una filosofía). Por ello Ladaria señala
perfectamente las tendencias esenciales que ha mostrado la teología
católica, aun dentro de las diversas influenbcias hermenéuticas
(filosóficas) a las que se ha visto sometida en las diversas épocas. 5)
Ladaria afirma positivamente que la esencia de la doctrina cristiana es,
primero, la idea unitaria del ser humano como creatura y el valor
integral del hombre en todas sus dimensiones. 6) Segundo que la
condición “espiritual” del hombre en sentido teológico, que le abre a la
dimensión trascendente de lo divino, deriva de una llamada especial a
todo hombre, que forma parte de nuestra condición creatural y que se
manifiesta en la llamada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el
interior del espíritu del hombre. 7) Por ello la “condición espíritual”
de que habla la teología católica, por fundarse en esta llamada de Dios,
no depende de una determinada “ontología filosófica” que le sea propia y
que permitiera distinguir entre una parte inferior y superior del
hombre. 8) Esta llamada de Dios al hombre unitario situado en la
historia real es también el fundamento para confiar en la salvación, la
inmortalidad del alma espiritual, que hará perdurar la vida humana más
allá de la muerte.
Por mi parte puedo añadir (pero esto es ya interpretación mía)
que, a mi entender, la antropología teológica explicada por Ladaria, que
representa lo que a toda costa se debe salvaguardar desde un punto de
vista católico, es compatible con la idea del hombre que hoy nos ofrecen
las ciencias y que se ha hecho un factor propio de la cultura de la
modernidad. El hombre, en su condición corporal, neurológica, psíquica y
racio-emotiva, es un producto de la evolución, capacitado para ser
objeto de una apelación divina. Este hombre real unitario forma parte
del mundo natural y, como tal, no tiene más futuro que la muerte. Sin
embargo, la llamada de Dios que irrumpe en la historia natural del
hombre por el testimonio del Padre, del Hijo y del Espíritu (tal como
explicamos en el artículo III de esta serie y a lo largo de mi obra
Hacia el Nuevo Concilio) revela la llamada eterna que permite la Gracia
de la Creación en el logos cristológico. El hombre es así elevado a un
orden sobrenatural por efecto de la Gracia divina, que nace de la Gracia
eterna del Don trinitario en la Creación. Esta llamada divina es la que
funda la creencia en la dimensión metafísica de lo divino y permite
confiar en la “inmortalidad del alma” que el hombre ha construido a lo
largo de su historia personal. Es una “confianza de inmortalidad” que no
se funda en el conocimiento natural, científico-filosófico. de una
entidad “inmortal por su propia ontología” (ya que nuestra naturaleza
conocida es perecedera, mortal), sino que se funda en el reconocimiento
de ese Dios real sorprendente que ha irrumpido en nuestra historia
natural, que “llama” y en cuya omnipotencia salvadora confiamos, aunque
no sepamos cómo puedan ser obradas la inmortalidad de nuestra alma y de
la historia en su conjunto.
El hombre en el Antiguo y en el Nuevo Testamento
“Es antigua –nos dice Ladaria– la pregunta por el hombre y antigua
también la constatación del misterio que en él se oculta. Lo que
nosotros mismos somos, lo que en una mirada superficial es el dato más
seguro con que contamos y nuestro único punto de apoyo para enfrentarnos
con lo que nos rodea, se cnvierte, a poco que nos interroguemos, en la
mayor incógnita” (p. 87).
La Biblia no presta atención a una filosofía sobre el hombre,
ajena al pensamiento hebreo, sino que entiende al hombre desde la
iluminación que nos permite conocer que se ha producido una acción de
Dios sobre el hombre y sobre la historia. Cuando el A.T. habla del
hombre entiende que “su ser está determinado por una especial referencia
a Dios (soplo de vida recibido de él, imagen y semejanza), que ninguna
otra criatura comparte. La noción del hombre en el Antiguo Testamento ha
sido calificada como ‘relacional’” (p. 89).
Esta manera de entender al hombre por su especial relación con
Dios –sin atender especialmente a su constitución humana, filosófica,
como tal– es también, al igual que en el Antiguo Testamento, la
característica esencial del Nuevo Testamento. Así, los autores
neotestamentarios “… han proclamado el mensaje de Jesús, que,
naturalmente, se dirige al hombre, pero sin preocuparse demasiado por el
ser de este último. Y el propio Pablo se ha preocupada del hombre en su
situación ante Dios y en sus relaciones con él, nunca
independientemente de ello. Con esto nos damos cuenta de que la
aproximación teológica al problema del hombre no puede prescindir nunca
de esta perspectiva” (p. 93).
Después de analizar diversos usos y nociones antropológicas en el
Nuevo Testamento, concluye Ladaria su revisión. “La antropología
neotestamentaria, y la paulina muy en particular, contempla siempre el
ser del hombre a la luz de Dios; no está interesada en un concepto de
hombre “en sí”, tal vez por la persuasión tácita de que este hombre no
existe. En las coordenadas concretas en que se mueven Pablo y los demás
autores neotestamentarios el misterio del hombre no se ilumina más que
desde la presencia de Dios en él, la única capaz de hacerle superar el
pecado y hacerle vivir en plenitud. El concepto de hombre en Pablo está
cristológicamente orientado (cf. 1 Cor 15,44ss), como tendremos ocasión
de ver al tratar del hombre como imagen de Dios. Aunque en algunas
expresiones se encuentra el eco y el reflejo del pensamiento helénico,
la concepción neotestamentaria del hombre sigue fundamentalmente los
pasos de la tradición bíblica. Con todo, estas dos nociones del hombre
no pueden sin más contraponerse. Hay entre ellas afinidades y
diferencias, y en todo caso no puede olvidarse que estas imágenes del
hombre han sido con frecuencia muy cambiantes en los diversos ámbitos
culturales. En todo caso es claro que el Nuevo Testamento tiene una
visión nueva del hombre derivada de la novedad de Jesús; sólo en
relación con él se piensa la plenitud del hombre en el más allá, y esta
plenitud se piensa para todo el hombre, aunque en él puedan distinguirse
aspectos diversos (idea de resurrección). Esta unidad sustancial del
ser humano, a la vez que su dignidad y su trascendencia a este mundo,
son los puntos fundamentales en la doctrina teológica sobre el hombre
que se ha proclamado en la tradición de la iglesia” (p. 98).
El hombre en la tradición de la iglesia
Nos referimos ahora, siguiendo a Ladaria, a la patrística y a la
escolástica. “Esta visión bíblica, nos dice, radicalmente
cristocéntrica, del hombre se ha mantenido en los primeros escritores de
la edad patrística. Naturalmente aceptan las ideas corrientes en su
tiempo, y en concreto consideran al hombre como compuesto de alma y
cuerpo. Pero, salvo excepciones, no son estas ideas filosóficas las
determinantes de su definición del hombre” (p. 98). “Señala Orbe que en
los escritores eclesiásticos del s. II ‘predomina… una tendencia
abiertamente escrituraria. En lugar de aceptar nociones filosóficas,
para sobre ellas construir la antropología histórica (teológica?),
ocurre al revés’” (p. 102). En los autores eclesiásticos entra pronto la
definición filosófica del hombre como ‘animal racional capaz de
inteligencia y razón’ (Atenágoras). En Clemente de Alejandría aparece ya
claramente la concepción platónica, aun sin menosprecio del cuerpo y
sentando que lo divino en el hombre no es el alma sino la comunicación
del don del Espíritu Santo. En Orígenes se intensifica el platonismo
“hasta extremos inconciliables con la fe cristiana” (p. 103). Con San
Agustín se reafirma la visión platónica del hombre, aunque, como indica
Ladaria, manteniendo la dignidad del cuerpo, sin llegar nunca a un
“dualismo radical”, como pudiera ser el del maniqueismo del siglo III,
ni cayendo en el emanantismo propio de las visiones gnósticas, que ya
había combatido San Ireneo.
Los primeros siglos de escolástica se mantuvieron en línea con la
antropología platónica de San Agustín. Santo Tomás, tal como lo presenta
Ladaria, supuso un avance, en relación al agustinismo, por cuanto hubo
una formulación más clara de la unidad sustancial del ser humano, y por
tanto una suavización del radicalismo dualista. “Los dos aspectos del
ser del hombre no pueden ser disociados. El sujeto que es el hombre se
experimenta a la vez como espiritual y como corporal. Existe una unidad
originaria del hombre, su ser personal, que abarca ambos aspectos; de
modo que el hombre no es un simple compuesto de dos elementos distintos,
sino una unidad original irreductible. El medio de que Tomás se sirve
para la explicación del ser humano en sus diversos aspectos es la
concepción del alma como ‘forma del cuerpo’. Con esta definición se
cierra todo camino a cualquier idea dualista del hombre que considere el
alma como preexistente o unida al cuerpo de modo sólo accidental” (p.
105). “No hay por consiguiente cuerpo si no hay alma, y a la vez ésta ha
de expresarse y actualizarse en el cuerpo; no hay “ser” del alma
independiente del cuerpo, puesto que es por este individualizada. Por
ello la materia no es una cárcel del alma, ni un estorbo para su
actividad, ni siquiera un instrumento de ella. El hombre es una unidad y
como tal conoce y obra. Esta unidad de cuerpo y alma, de los dos
principios espiritual y material, hace que queda destacada la
historicidad y la mundanidad del hombre” (p. 105-106).
“Con todo, no puede negarse que [en santo Tomás] hay algún
corrimiento desde la noción bíblica del hombre que hemos examinado
brevemente. Sto Tomás no introduce en su definición del hombre de modo
explícito el elemento cristológico. Quiere hablar del hombre ‘natural’,
con los problemas que esto plantea a la teología hodierna; ello se ve p.
ej. cuando trata de la condición del alma separada del cuerpo después
de la muerte; al quedar privada de su función de ‘informar’ el cuerpo
que por su naturaleza le corresponde, su estado es contrario a su
‘naturaleza’ […] no siempre es fácil de armonizar lo que se dice sobre
la perfección del alma en su unión con el cuerpo y por otro la mejor
condición en que se halla en el estado de separación. Tales dificultades
nos persuaden de que no es posible simplemente repetir en cada momento
histórico fórmulas del pasado [...] Mejor o peor entendida, [esta
concepción] ha sido considerada en cierto modo como ‘vinculante’. Tanto
más cuanto que algunas de sus fórmulas, en particular la decisiva de
‘alma forma del cuerpo’, han sido recogidas en las declaraciones del
magisterio” (p. 106-107).
Debo comentar por mi parte que concordamos con Ladaria en acentuar
que santo Tomás, dado el contexto filosófico en que se movía (el
aristotelismo), es una muestra evidente de su enorme esfuerzo por
defender la unidad esencial del hombre (que el aristotelismo permitía
explicar con más radicalidad que el puro platonismo, más inclinado a un
dualismo fuerte, presente en la escolástica anterior y en san Agustín).
Santo Tomás muestra una profunda intuición del kerigma que debía ser
defendido para proclamar el “sentir teológico cristiano” (yo diría que
para proclamar el kerigma), a saber, la unidad esencial del hombre.
Pero, aun siendo esto así, santo Tomás estaba atado por el marco
hermenéutico aristotélico que constituye la infraestructura conceptual
de su teología. Es verdad que el mismo Aristóteles defendió la unión
substancial de materia y forma. Pero no es menos verdad que santo Tomás
aceptó el hilemorfismo tal como históricamente fue de acuerdo con la
evolución conceptual de los griegos, existiendo entre la materia y la
forma una irreductibilidad ontológica que respondía a la
irreductibilidad entre el no-ser y el ser (irreductibilidad que provenía
de Parménides y de Heráclito). La escuela tomista posterior entendió a
santo Tomás afirmando que, a pesar de la unión substancial (la unidad
cuerpo-alma en santo Tomás que Ladaria correctamente destaca), existía
también una “distinción real” ontológica entre materia y forma que era
siempre, en último término, irreductible. Es un hecho histórico
comprobable que esta fue la interpretación de santo Tomás que se impuso
en el tomismo clásico.
Por otra parte, está muy bien afirmar la unidad substancial entre
forma/materia en los seres que de hecho existen en el momento, pero esto
plantea el problema filosófico inevitable de explicar cómo se juntan
para constituir una entidad unitaria que antes no existía. Ya en tiempos
de Aristóteles el problema de las formas “separadas”, o sea, el
problema de la generación y corrupción de las formas, fue un problema
sin solución (de la misma manera que para el platonismo la teoría de la
“participación” tampoco tuvo solución satisfactoria y fue una de sus
aporías permanentes). Santo Tomás heredó sin duda este problema
filosófico que Aristóteles no había resuelto. Para intentar hacerlo,
Tomás distinguió originalmente entre “formas corruptibles” (compuestas) y
la “forma humana incorruptible” (simple), creada directamente por Dios
(todo esto eran supuestos filosóficos). El mismo Suárez, aun dentro de
todas sus diferencias con el sistema tomista (en mi opinión a mejor),
siguió manteniendo en su tratado De Anima la creación directa del alma
espiritual del hombre, entendida como entidad natural irreductible al
cuerpo, o a la materia, aunque en acto formara una unión substancial con
la materia. En el capítulo III de mi libro Hacia el Nuevo Concilio he
explicado, con cierta amplitud, cómo se formaron las ideas filosóficas
fundamentales del paradigma greco-romano.
Es verdad, pues, que santo Tomás fue un hito importante en
defender la unidad del hombre real, el que existe en este momento de su
presencia en el mundo. Pero, a mi entender, no es menos verdad histórica
que el tomismo contribuyó a extender la concepción dualista de un
hombre compuesto de cuerpo (materia) y alma (forma). Un alma que
subsistía en sí misma tras la muerte y que creó todos los problemas de
su desindividualización y universalización, de acuerdo con la doctrina
tomista (problema al que el mismo Ladaria hace referencia, al igual que
el entonces teólogo Joseph Ratzinger en su libro Muerte y Vida Eterna,
publicado en español en Herder). Este dualismo ha estado influyendo
durante siglos y siglos y ha dado origen al dualismo extendido, incluso
hoy en día, en la idea de alma presente en la mayor parte de los
cristianos. Aun siendo verdad que santo Tomás hizo un esfuerzo
considerable en defender la unidad substancial del hombre, el hecho
histórico que se nos impone es que ha prevalecido la influencia
histórica del dualismo. No sólo en la teología (hasta hace muy poco de
forma mayoritaria), sino entre el común de los creyentes cristianos.
Para juzgar, por consiguiente, la figura de santo Tomás no sólo
hay que constatar sus querencias hacia salvaguardar los grandes
principios del kerigma cristiano (y uno de ellos era la unidad del
hombre). Se debe también considerar que santo Tomás estaba en alguna
manera atrapado en el sistema aristotélico y no pudo liberarse de muchas
de sus servidumbres. Dice Ladaria que algunas expresiones de santo
Tomás han sido recogidas por el magisterio, citando la expresión “alma
forma del cuerpo”, y en este sentido tendrían un sentido vinculante. No
creemos que se pueda afirmar (Ladaria no lo hace) que el aristotelismo
–ni otros sistemas hermenéuticos recogidos por la iglesia a lo largo de
los siglos– deban ser elevados a categoría de verdad v sean en este
sentido “vinculantes”. Tampoco, creo que esto es claro, la teoría
hilemórfica. Pero, refiriéndonos en concreto a la expresión “alma forma
del cuerpo”, si le quitamos el sentido hilemórfico aristotélico-tomista,
es ciertamente una buena expresión de la moderna antropología
científica a la que antes hemos hecho referencia. El alma sería un
momento sistémico de la estructura del cuerpo –ante todo, pero no sólo,
de su sistema neuronal– y sería un elemento esencial de la unidad
constitutiva del hombre. El hombre, en su unidad
formal-estructural-sistémica constituiría el sujeto psíquico productor
del alma por la historia biográfica personal de cada uno.
El hombre en el magisterio de la iglesia
Nos dice Ladaria que “desde antiguo se ha preocupado el magisterio
de la iglesia por mantener la integridad de la doctrina cristiana sobre
el hombre en relación con la salvación que éste está llamado a recibir y
que viene de Cristo. No se trata de la defensa de una ‘filosofía’
frente a otras, sino de salvaguardar aquellas verdades esenciales sin
las cuales la imagen del hombre resultaría incompatible con el Nuevo
Testamento. Como en tantas otras ocasiones también aquí hay que tener en
cuenta el carácter fragmentario y ocasional de la doctrina del
magisterio sobre el hombre. Nunca se ha intentado dar una visión global
de estos problemas, sino hacer frente a errores concretos; en cada
momento se aceptan normalmente las nociones antropológicas vigentes en
la cultura del tiempo” (p. 107).
“El magisterio por una parte ha condenado toda forma de dualismo
exagerado que defiende la condición negativa del mundo material y por
tanto del cuerpo, la prexistencia de las almas y su venida al mundo como
castigo, el carácter divino del alma, la negación de la resurrección de
la carne, etc. […] Frente a esta doctrina [de Juan de Olivi] el
Concilio –nos dice Ladaria– define que el alma racional e intelectiva es
por sí y esencialmente forma del ser humano. Así este es radicalmente
uno, y no queda dividido en una parte superior e inferior…” (p.108).
“Queda claro –concluye Ladaria– en este rápido recorrido por los
textos magisteriales que se refieren a la antropología […] que se afirma
la unidad del hombre en la pluralidad de sus dimensiones, se rechaza el
dualismo craso y la devaluación de la dignidad del cuerpo, a la vez que
se defiende la existencia en el hombre a un elemento trascendente a
este mundo, que subsiste más allá de la muerte de modo que se da una
identidad de sujeto, el “alma”. Es claro que a lo largo de la historia
se ha usado una determinada terminología, inspirada en el hilemorfismo,
para trasmitir esta verdad sobre el hombre, hasta cristalizar en la
fórmula del alma racional forma única del cuerpo. Esta doctrina ha sido
considerada durante siglos un vehículo apto para la trasmisión de la
verdad cristiana sobre el hombre. Pero es opinión muy común que como tal
no ha sido definida, de modo que quedan abiertas otras posibilidades de
expresión de la verdad cristiana sobre el hombre que salvaguarden los
puntos esenciales que el magisterio de la iglesia ha querido
directamente defender. De hecho ha habido en los últimos tiempos
intentos muy autorizados de reinterpretar a la luz de categorías más
actuales esta verdad de siempre” (p. 109-110).
El ser humano en la pluralidad de sus dimensiones
Ladaria aborda finalmente una cierta recapitulación conclusiva de
su análisis sobre la doctrina teológica esencial sobre el ser humano.
“Empecemos por el dato más elemental: es claro que nosotros nos
experimentamos como una unidad, aunque con una pluralidad de aspectos
irreductibles entre sí. Pero la consideración de estos diferentes
aspectos es posterior a la de la unidad de nuestro ser, y no puede en
ningún momento atentar contra ésta. Nuestro psiquismo y nuestra
corporalidad van unidos y se condicionan mutuamente. Somos incapaces de
pensarnos sin nuestro cuerpo, no podemos distanciarnos de él. La misma
fe en una nueva vida más allá de la muerte no nos libra de que nos
enfrentemos a esta última con el temor de la destrucción der todo
nuestro ser. No existe una subjetividad humana separada del cuerpo; éste
ni es ni puede ser para nosotros un ‘objeto’ como son las cosas
exteriores” (p.111).
Comentando la idea rahneriana de “espíritu encarnado” nos dice
Ladaria que “con todo hay que ser conscientes de que la definición del
hombre como ‘espíritu encarnado’ desde el principio lo coloca en una
situación de trascendencia respecto del mundo. ‘Espíritu’ es aquí el
sustantivo, cuya ‘encarnación’ se predica” (p. 112). […] “… pero si
consideramos que es el ‘espíritu’ en cuanto opuesto al cuerpo o a la
materia la razón de esta referencia a Dios o lo que está relacionado con
él, debemos consecuenctemente afirmar que el ‘espíritu’ es ‘mas ser’ y
por tanto se halla más cercano a Dios que la materia. Naturalmente esto
no lleva a negar la radical bondad de todo como salido de las manos de
Dios ni el principio de la inmediatez de Dios a todo lo creado. Pero si
ello es así, ¿nos sería más consecuente decir que el hombre es
‘espíritu’ por su radical referencia a Dios y no que tiene esta
referencia por su condición espiritual (que en este caso hay que pensar
como algo distinto de la materia)? Esto sería sin duda más cercano al
Antiguo y al Nuevo Testamento, según los cuales, como ya sabemos, el
espíritu es la fuerza salvadora de Dios de la que el hombre participa y
en virtud de la cual está abierto a Dios en todas sus dimensiones” (p.
112-113). Ladaria, por tanto, insiste de nuevo aquí, a nuestro entender,
en que la referencia a Dios en sentido cristiano no depende de una
ontología del espíritu diferenciada de la materia (o sea, de una
filosofía), sino de la llamada de la fuerza de Dios en nosotros que nos
constituye en ‘espíritu’ y nos abre a la esperanza de una salvación más
allá de la muerte.
Entiendo perfectamente la crítica de Ladaria al concepto
rahaneriano de “espíritu congelado”. Como he explicado en Hacia el Nuevo
Concilio (c. III), la ontología de Rahner responde inicialmente al
dualismo propio del tomismo puro, aunque interpretado de forma
transcendental kantiana (tal como se ve sin lugar a dudas en su obra
fundamental Espíritu en el Mundo). La expresión “espíritu congelado”,
surgida por la influencia de Teilhard en los años sesenta, no pasa de
ser una propuesta imprecisa pero “sugerente” (no se sabe en realidad qué
quiere decir) que, según como se entendiera, obligaría a que Rahner
revisara por completo su ontología tomista-transcendental anterior.
Pero, en alguna manera, como Ladaria observa, en su expresión “espíritu
congelado” parece esconderse todavía solapadamente el dualismo anterior,
presente en la obra rahneriana.
Ladaria finalmente se pregunta, “¿cómo tenemos que hacer esto hoy
[afirmar la trascendencia del ser humano a cuanto nos rodea]? No pocas
de las críticas que desde diferentes puntos de vista se hacen a la
noción de “alma” y a las ideas de inmortalidad, etc., que la acompañan
se deben a las dificultades que suscita la ‘sustancia espiritual’ como
distinta de la materia y constitutiva con ésta del ser del hombre. Tal
vez estos problemas pueden obviarse si, como ya hemos insinuado,
tratamos de volver a la noción original de ‘espíritu’ en la antropología
cristiana. En efecto, veíamos que el espíritu no es en las fuentes
bíblicas y patrísticas primariamente una sustancia espiritual que se
distingue del cuerpo, sino aquella realidad divina por medio de la cual
Dios se comunica al hombre y le hace partícipe de su propia vida. Más
que a categorías de sustancia se nos remite a las de encuentro
interpersonal, comunión de vida, inserción en Jesús (cf. 1 Cor 6,17); y
ello no como algo que afecta a un aspecto del hombre, sino que eleva a
otra dimensión todo su ser. Dios llama a todo hombre y a todo el hombre,
en la creación realmente existente, a la comunión con él por Cristo y
en el Espíritu Santo. Es evidente que esta llamada personal de comunión,
que el hombre puede rechazar pero que no por ello es menos determinante
de su ser, está posibilitada por una determinada estructura psicofísica
(no cabría pensar en esta llamada en un animal), que precisamente ha
sido querida por Dios para hacer posible esta comunión. Tengamos
presente además que esta llamada divina determina el sustrato creatural
profundo del hombre, le hace ser lo que es. La trascendencia del hombre
sobre lo meramente mundano, su capacidad de superar los
condicionamientos de este mundo, su inmortalidad derivan por lo tanto de
esta llamada a la comunión con Dios como determinante de su ser
creatural. ‘Alma’ y ser del hombre en cuanto derivado de esta invitación
de Dios a la participación de su vida, vienen por tanto a coincidir. El
ser personal del hombre, presupuesta la constitución psicosomática que
se le ha dado, está constituido por esta posibilidad que se le ofrece de
entrar en comunión con Dios. Porque esta llamada del Dios fiel y
omnipotente sustenta al hombre no sólo en esta vida sino también en el
más allá de la muerte; y no olvidemos que el ‘yo’ tiene sentido con un
‘tú’” (p. 114-115).
Creo que esta magistral explicación de Ladaria para hacernos
entender en qué consiste la esencia de la doctrina cristiana sobre el
hombre (yo diría el contenido esencial del kerigma cristiano del que la
iglesia se sabe depositaria y que trasmite a la historia) no necesita
comentario y es clara por sí misma. El kerigma cristiano sobre el hombre
no es una filosofía (y menos dualista) sino la experiencia de estar
llamados por la fuerza del Espíritu de Dios, en Cristo, que nos
constituye en ‘espíritu’ en la unidad radical psicobiofísica de nuestro
ser humano.
“Las páginas precedentes –concluye Ladaria– no han tratado de
resolver el enigma del hombre. Desde la conciencia de abordar un
imposible, y siguiendo por otra parte una línea de pensamiento
autorizada en la teología católica actual, he tratado de plantear el
problema con fidelidad a la más antigua tradición cristiana y a la vez
en un modo que pueda resultar inteligible a la ciencia y al pensamiento
de nuestros días. En resumen, el hombre, en su unidad original, está por
su corporeidad en continuidad de todo orden con el mundo que le rodea;
pero lo trasciende en cuanto ha sido llamado por Dios a la comunión con
él, lo que le da una apertura a lo divino. Estos dos aspectos no se
identifican totalmente (distinción tradicional de alma y cuerpo) pero la
relación con Dios afecta al hombre entero, subsiste después de la
muerte aunque el yo humano se vea privado de su cuerpo (no podemos
imaginar el cómo), y nos da el germen de resurrección a una vida futura
de transfiguración y plenitud de nuestro ser en todas sus dimensiones
personales, cósmicas y sociales” (p. 117-118).
El origen del hombre
Más adelante hace también Ladaria mención del problema teológico
del origen del hombre, sin duda relacionado con la idea teológica sobre
la naturaleza humana que acabamos de exponer. Se refiere primero a la
oposición teológica a la teoría de la evolución, tal como se estaba
formulando en la ciencia. Así fue en el siglo XIX, e incluso en el siglo
XX. Observa también Ladaria que las posiciones de la ciencia no eran
precisamente en tiempos pasados maduras y equilibradas, desde luego muy
distintas a lo que hoy es la ciencia. También la iglesia mantuvo
posiciones cerradas a una ciencia que se esforzaba poco en dialogar. Sin
embargo, expone también Ladaria cómo fue variando la posición del
magisterio hasta llegarse a la encíclica “Humani Generis” de Pio XII en
1950. En este documento aparece una sentencia importante, frecuentemente
aducida para apoyar más bien una idea dualista del hombre, en línea con
la manera de pensar que ha sido habitual en muchos teólogos poco
matizados, y desde luego en la manera de pensar ordinaria de los
cristianos.
“Tampoco ofrece mayor dificultad –explica Ladaria– el hecho de que
también el hombre, en cuanto a su corporalidad, pueda proceder de
materia viva preexistente. Esta posibilidad fue expresamente reconocida
por Pio XII en la encíclica Humani Generis ya mencionada (cf. DS 3896).
No obstante en esta misma ocasión reafirma el Papa la doctrina
tradicional según la cual el alma del hombre, la del primero y la de
todos los demás, es creada inmediatamente por Dios: ‘la fe católica nos
manda sostener que las almas son creadas por Dios inmediatamente’. Una
primera lectura de este texto magisterial nos dice por tanto que
mientras el cuerpo de los primeros hombres puede proceder (la ciencia lo
considera la hipótesis más probable) de la evolución a partir de los
homínidos anteriores mediante determinadas mutaciones, p. ej. aumento de
la capacidad cerebral, figura erecta, etc., hay que afirmar una
intervención inmediata de Dios en cuanto a la creación del elemento
espiritual del hombre, el alma. Por lo que respecta al cuerpo se puede
admitir una intervención divina a través de las causas segundas, pero no
por lo que respecta al alma. Evidentemente con esto se quiere salvar la
primacía del hombre sobre el resto de los seres creados. La
intervención inmediata de Dios en la creación del alma, que no se deriva
ni se deduce del curso normal de la evolución, nos dice que en el
hombre se produce una novedad radical, un ‘salto’ que los estadios
anteriores no justifican, y es la mayor dignidad y mayor cercanía de
Dios al ser humano. Pero esto, que es la intención última del texto
magisterial y que debemos mantener a toda costa, nos obliga a una
reflexión más profunda” (p. 131-132).
“Se podría [también] pensar que esta preeminencia del hombre
deriva del componente espiritual de su ser, del alma. El cuerpo, que
podría provenir de la materia viva anterior, participaría de la
condición del resto de los seres que conocemos, el alma espiritual sería
de condición superior, más cercana a Dios en virtud de su naturaleza y
en virtud de su creación directa e inmediata. Es claro que un tal
razonamiento es insostenible; significaría dar preeminencia no al
hombre, sino a su alma; podría llevar a un dualismo craso que
desconociera la unidad del hombre y colocara al cuerpo en clara posición
de inferioridad. Nos encontraríamos además con todas las dificultades, a
las que nos hemos referido ya, inherentes a la concepción del hombre
como compuesto de una sustancia material y otra espiritual… […] ¿Tenemos
que defender nosotros que se produce por creación inmediata de Dios
aquel fenómeno que al científico se le presenta como un resultado de la
evolución, tal vez no más difícil de explicar que otros ‘saltos’ que
pueden comprobarse?” (p. 132-133).
“Debemos recoger lo que ya hemos indicado sobre la llamada de Dios
a la comunión con él como lo que da al hombre su propiedad y
especificidad definitiva. Todo ello es lo que en último término nos
constituye y determina nuestro ser creatural… […] Dios ha querido que el
mundo sea así y que la evolución se haya producido de un modo
determinado en orden a poder llamar al hombre a la comunión con él; y
aquí sí que hay una intervención divina que no procede ni puede proceder
de la evolución. Es la llamada personal a la participación en la vida
divina, y ello rebasa el orden de la causalidad eficiente, aunque en
cierto modo lo incluye porque, como ya hemos dicho, esta llamada
determina nuestro ser como creaturas. Esta llamada de Dios, que
indudablemente presupone un destinatario dotado de determinadas
cualidades, es lo que en último término da al hombre realmente
existente, el único que conocemos, su dimensión trascendente, su
preeminencia sobre el resto de las criaturas. En esto consiste su
dimensión ‘espiritual’ que hace de él un ser tal que, como veíamos al
analizar las nociones antropológicas del Antiguo y Nuevo Testamento, no
puede definirse más que teniendo en cuenta su referencia a Dios; el
hombre es ‘espíritu’ porque, al menos en forma de invitación y llamada,
existe para la comunión con Dios, es decir, está destinado para la
recepción del Espíritu divino. Y como ya hemos dicho, esta llamada
condiciona y determina todo su ser, no por supuesto en el sentido de un
‘elemento’ visible experimentable que pueda colocarse en la misma línea
que los demás aspectos de su ser, sino otorgándole una dimensión de
eternidad. Y ello ocurre en todo hombre, aunque le sea desconocida la
revelación cristiana, la única que le revela el último sentido de lo que
es” (p. 133-134).
“Creo que esta solución al problema del origen del hombre nos
permite por un lado salvar la ‘novedad’, y por cierto muy trascendental,
del hombre, que en ningún caso puede ser deducida ni derivar
simplemente de lo anterior. Pero por otra parte esta ‘novedad’ se
realiza sin ruptura, es decir, sin necesidad de postular una
intervención inmediata de Dios que de algún modo corte el curso de los
acontecimientos naturales, queridos y dirigidos por Dios desde la
eternidad precisamente para este fin. La intervención inmediata de Dios
se sitúa en otro plano, más profundo. La novedad radical que significa
la aparición de un ser llamado a la comunión con Dios es infinitamente
más grande que lo que puede suponer la creación inmediata de un ser
cualquiera, por excelente que lo podamos pensar, cuya esencia no esté
constituida por esta referencia a lo divino. La novedad de la
intervención de Dios se sitúa en un ámbito, como ya repetidas veces
hemos dicho, que rebasa, aunque incluye, el de la causalidad eficiente;
en efecto éste, por sí solo, es incapaz de fundamentar una mayor
cercanía a Dios. Pero la vocación del Creador a la criatura para el
diálogo y la amistad con Dios no puede derivar de la creación en cuanto
tal. Recogemos así la noción bíblica del hombre imagen de Dios, con las
matizaciones cristológicas del Nuevo Testamento. Y esto no es un aspecto
más de su ser, sino lo que en último término lo determina” (p. 134).
Conclusión
En este artículo nos hemos referido a un punto crucial de la
ontología del universo: la ontología del ser humano. La teología antigua
se comprometió con una determinada hermenéutica que dependía de la
intención de hacer inteligible la proclamación del kerigma cristiano en
la cultura de aquel tiempo. Por ello se formó el paradigma greco-romano.
Cuando por la evolución misma del conocimiento en la cultura moderna el
paradigma antiguo entró en crisis, la actitud correcta de una iglesia
que debe proclamar con dignidad cualitativa el kerigma en cada tiempo
histórico, no debería ser arrinconar en lo posible el paradigma antiguo y
limitarse a proclamar el puro kerigma.
La iglesia debe seguir proclamando el kerigma mostrando su fuerza
para el logos de la cultura moderna, a la que en principio cabe atribuir
una mayor profundización en el conocimiento del universo, de la
materia, de la vida, del hombre y de la historia, realmente creados por
Dios. Mayor profundización que, en principio, este es el supuesto,
debería permitir un conocimiento más profundo de la Voz del Dios de la
Revelación (del kerigma cristiano). La iglesia, pues, debería dirigir y
orientar la formulación del nuevo paradigma hermenéutico apropiado para
la cultura de la modernidad. No para darle categoría de verdad (cosa que
tampoco hizo con el paradigma antiguo), sino simplemente para mostrar, a
la altura de nuestro tiempo, que el kerigma resplandece en toda su
fuerza ante el logos de la modernidad en este momento de la historia.
Nos hemos referido pues a la cuestión crucial del hombre. Pero no
es única. En realidad la imagen del mundo en la ciencia y en la cultura
moderna hacen referencia a otros muchos aspectos que, en conjunto,
emplazan a la iglesia cristiana a la gran tarea hermenéutica de hacer la
re-lectura del kerigma cristiano en el paradigma de la modernidad. Es
una tarea de importancia excepcional que la iglesia debería emprender
con todos los medios a disposición porque es excepcional la misión
recibida de Jesús y la responsabilidad que implica. La alternativa al
paradigma antiguo ya existe –al menos la que he propuesto en Hacia el
Nuevo Concilio– y el estado actual de la ciencia y de la cultura moderna
permiten ya un acercamiento entre modernidad y cristianismo que no era
posible por el radicalismo de otros tiempos (radicalismo en la
modernidad, pero también en el mundo cristiano). Debería abrirse el
proceso de reflexión con apertura total, conducido por la misma iglesia,
sin oscurantismos nacidos de una falsa prudencia que, a mi entender,
oculta en ocasiones la desconfianza del creyente en que la iglesia, la
de ayer y la de hoy, esté “asistida” por el Espíritu que, sin duda, la
guiaría en el necesario proceso integral de configuración de la nueva
hermenéutica del kerigma cristiano en nuestro tiempo.
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