Javier Monserrat: "Para el cambio que la Iglesia necesita, hace falta que aparezca un nuevo Juan XXIII"
JAVIER MONSERRAT | JOSÉ MANUEL VIDAL
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«El discurso de la Iglesia no puede parecer
ridículo, acientífico, o ininteligible para nuestro tiempo.»
Javier
Monserrat es jesuita, doctor y profesor en la Universidad Autónoma de
Madrid. Es, al mismo tiempo, riguroso en sus investigaciones y un poco
soñador. Eso se desprende, al menos, de su último libro Hacia un nuevo Concilio, el paradigma de la modernidad en la era de la ciencia, que acaba de publicar con la editorial San Pablo. Un libro que pretende nada menos que un cambio de paradigma en la Iglesia.
El
Vaticano II se ha convertido en una especie de piedra de toque, de
escándalo. ¿Separa, divide, une? ¿Marca las dos grandes sensibilidades,
aún en la Iglesia actual?
Yo creo que el Vaticano II en su momento histórico
representó una apuesta carismática de un gran profeta que fue, sin duda,
Juan XXIII. Permitió que la Iglesia estudiara y, en consecuencia,
explicara el cristianismo de siempre, el mensaje de Jesús, pero de una
manera apropiada a nuestra época. Esta gran pretensión que tuvo, a mi
modo de ver, Juan XXIII, comenzó a diseñarse en el Concilio. Sin
embargo, si nosotros vemos lo que de hecho hizo el Vaticano II, hay
cosas muy interesantes y de gran calidad, como la Constitución sobre la
Revelación. Pero, en conjunto, el Vaticano II no llegó a realizar el
programa que el mismo Concilio abrió para la Iglesia. De ahí que, una
vez que el Concilio terminó, en el fondo, quedó planteado en la Iglesia
el gran quehacer, la gran tarea de cómo presentar el cristianismo en
nuestra época.
¿O sea que el Vaticano II fue una especie de primer paso hacia un aggiornamento que no se produjo, al menos en su totalidad?
Eso es lo que yo entiendo. Que el aggiornamento que
de alguna manera estableció como horizonte el Vaticano II, no pudo, en
todos sus detalles y contenidos, ser formulado por el mismo Concilio.
Pero lo principal, a mi modo de ver, fue que el Concilio dejó abierta
una inquietud para el futuro. Una tarea que, después, se fue intentando
realizar. Por eso surgieron también tensiones, diferentes modos de
entender.
¿Las tensiones del posconcilio?
Eso es. Después del Concilio hubo quienes pensaron
que para estudiar o exponer el carisma cristiano en nuestra época había
que hacer tal cosa. En cambio, otros pensaron otra cosa. Hubo una
diversidad de opiniones que produjo tensiones en la Iglesia.
¿Diversidad
de fondo, o de forma? ¿Diversidad en cuanto a la aplicación de los
instrumentos, o de interpretación radical? ¿No apuesta la sensibilidad
más de derechas por una ruptura o desactivación del Vaticano II?
Yo pienso que la diversidad de opiniones que dio
origen a diversas corrientes dentro de la Iglesia (todas ellas con una
voluntad cristiana fantástica) pretendían la realización del programa
del Vaticano II. No eran sólo cuestión de forma, tenían una visión más
profunda del cristianismo. No digo visiones irreconciliables, porque
creo que en el cristianismo todo es reconciliable. Pero sí eran
posiciones divergentes que creaban tensión. Una manera de pensar más
bien conservadora tendía a decir que el programa del Vaticano II se
había hecho profundizando en lo que siempre se había dicho (en la
tradición antigua de las hermenéuticas, que son cuestionables y
discutibles, y pueden evolucionar). El que las hermenéuticas se
transformen con la historia forma parte de la teología católica de más
raigambre. Eso es obvio. Por tanto, no es que se produjera una
diversidad muy radical en la interpretación de los grandes principios
del cristianismo, sino en los modos de presentar esto ante el tiempo. Y
una de las posiciones fue la que pretendía seguir entendiendo y
exponiendo el cristianismo más o menos como siempre se había hecho,
dentro de los cauces de la filosofía de la escolástica, o las tendencias
que había en ese momento en la Iglesia, hacia un tipo de teología
kerigmática (sobre las grandes verdades de la fe). Y prescindiendo, en
parte, de su interpretación dentro del tiempo. Precisamente, una de las
características de esta corriente kerigmática (que nació de la nouvelle
teologie, en el curso del siglo XX) suponía una desconfianza de las
hermenéuticas al uso dentro del mundo cristiano. Y por esa desconfianza
(pensemos las críticas que se hicieron a la escolástica en aquellos
tiempos) se tendía a una teología que fuer apura exposición de lo que
podríamos llamar la Palabra de Dios o el lenguaje cristiano.
Prescindiendo de las interpretaciones que habían sido habituales, y que
se tenía la intuición de que no servían. Esto se siguió cultivando
también después del Vaticano II.
Últimamente
se habla mucho de la hermenéutica de la continuidad y de la
discontinuidad. ¿Se está jugando ahí el sentido de la Iglesia presente y
futura?
Cuando hablamos de perspectiva de futuro, nos
estamos saliendo claramente de lo que estrictamente fue el Vaticano II.
Apuntando al futuro, yo pienso que en el cristianismo hay, por una
parte, una perspectiva de continuidad que el mismo Juan XXIII señaló. Él
era consciente de que se necesitaba una nueva exposición del
cristianismo para la época. Pero también dijo en sus discursos que el
cristianismo está vinculado esencialmente a Jesús de Nazaret. Lo que el
cristianismo, como Iglesia y como religión siempre ha pretendido, no es
inventar cosas, sino presentar en la sociedad lo que es el mensaje de
Jesús. Esto constituye claramente su carisma, y no es transformable. Es
la esencia del cristianismo. Ahora bien, esto no significa que nosotros
no podamos, en cada época histórica, interpretar este kerigma. Tenemos
que exponer la profundidad cristiana, es la misión que Jesús ha dado a
la Iglesia. Pero debemos hacerlo desde el logos de cada época.
Entenderlo desde ahí. Por lo tanto, la continuidad está, naturalmente,
en el kerigma, que está en el espíritu de todos los cristianos. Pero a
la vez, la discontinuidad va a afectar (y debería afectar) en nuestro
tiempo a lo que es la hermenéutica y la interpretación de este kerigma.
Ahí es donde, a mi modo de ver, la Iglesia de ha mantenido en unas
líneas de interpretación del pasado, que tienen unas características
determinadas que la historia nos obliga a rehacer. Debemos entrar en una
nueva época, aunque no tiene por qué implicar una discontinuidad
hermenéutica total, porque puede haber aspectos del pasado que sean
también hoy perfectamente asumibles. Pero en conjunto, sí debe darse
una discontinuidad, porque (como expongo ampliamente en mi libro) el
cristianismo se ha movido dentro de una hermenéutica grecorromana, que
comenzó a configurarse en los primeros siglos. Si somos sensatos, es
evidente que hoy en día el pensamiento ha cambiado muchísimo. ¿Cómo
vamos a comparar el mundo de los siglos I y II, de los neoplatonismos y
de las filosofías estoicas, con lo que hoy en día es la ciencia, la
imagen del mundo, del hombre, de la vida, del cosmos, de la materia...?
Eso lo ha producido la ciencia con todo rigor.
¿O sea que la Iglesia tiene que cambiar de paradigma?
Eso pienso. Tiene que transitar al paradigma de la
Modernidad, aunque esto vaya a suponer una cierta discontinuidad. En el
fondo, el entendimiento del cristianismo depende de dos factores: uno es
la voz del Dios de la Creación, que se nos ha dado en Jesús y
constituye el kerigma cristiano. Dios ha creado el mundo, nos ha hecho a
nosotros tal como somos, y ha producido el cosmos. Por lo tanto, si
nosotros queremos comprender la voz de Dios, debemos hacerlos desde
nuestra experiencia humana, porque es al hombre real al que va dirigido
el mensaje de Jesús, y naturalmente (y esto es la clave) debemos
persuadirnos de que el mundo real no es tal como se describió en el
paradigma grecorromano. El mundo creado por Dios no es como se describió
en el paradigma antiguo. Debemos aceptar que el mundo creado por Dios
es tal y como nos lo describe hoy en día la ciencia.
¿Ni tampoco es el paradigma que se aplica en el Concilio Vaticano II?
A mi humilde modo de ver, el Vaticano II es un
concilio que estableció una apertura de horizontes, un proyecto. Esto se
ve en el espíritu de Juan XXIII. Lo que quería era la exposición del
cristianismo en la cultura de nuestro tiempo. Pero el Concilio no llegó a
realizar todo esto.
¿Tantos
pecados cometimos en la aplicación del Concilio, para que se acuse al
sector moderado, o progresista, de todos los males de la Iglesia actual?
Bueno, yo pienso que todas las facciones que se han
dado en la Iglesia han actuado en la Iglesia dentro de un gran espíritu
de sensibilidad cristiana. Por tanto, ni unos ni otros tienen la culpa
(si hay culpa de la desorientación en la que estamos, de las luchas
internas, el caos de que nadie sepa exactamente lo que tiene que
pensar...la situación de desconcierto que se da en la Iglesia). De esto
no somos responsables ni unos ni otros. El verdadero responsable de que
en la Iglesia no hayamos encontrado todavía un camino para realizar el
Vaticano II es el sistema. Esto se ve en cualquier grupo humano: cuando
se debe producir un cambio y hay que ir hacia algo nuevo, se tiene que
vislumbrar una alternativa. Y tiene que ser una alternativa bien
construida. Y en estos años no se llegó a una alternativa. Había una
gran diversidad de opiniones. Yo, lo que he intentado hacer en mi libro,
como la propuesta de un intelectual, es proponer a la Iglesia (desde un
espíritu de comunión con ella) que, después de toda la evolución de la
Iglesia en los últimos siglos, y el desfase que se produjo entre ella y
la Modernidad a partir de los siglos XVI y XVII, que aproveche la nueva
situación que se da de convergencia de ideas, para comenzar a vislumbrar
cuál puede ser la alternativa. La interpretación paradigmática
alternativa.
¿Una alternativa que podría recuperar lo que llamábamos "el espíritu del Vaticano II"?
Eso es. Porque, si tiene que dar un nuevo Concilio,
en el fondo será la continuación del Vaticano II. Y debería ser el
Concilio en el cual el programa del Vaticano II llegara a su
cumplimiento. No definitivo, porque en la historia no hay nada
definitivo. Pero sí que se cerraría un ciclo histórico.
¿Y
con esa alternativa también se podría recuperar la ilusión pastoral que
sí hubo durante una determinada época del posconcilio?
También. Si la Iglesia entra en un proceso de
convergencia y armonía es sobre todo porque se va viendo que existe una
alternativa. Y esta alternativa no va en contra del kerigma cristiano,
al revés: permite una profundización sorprendente. Si vamos viendo que
la alternativa no es algo que abandona la tradición, sino que la
integra, veremos que todas las corrientes progresistas que ha habido en
los últimos tiempos también pueden encontrar su acomodo en esta nueva
perspectiva que se va abriendo. Por tanto, yo creo si esta perspectiva
va abriéndose un sitio en la Iglesia, no se van a producir más
tensiones.
¿O sea que usted propone una alternativa de síntesis?
Sí. Es la propuesta de un intelectual que tiene todo
el derecho a decir: "Pienso que en la Iglesia hoy deberíamos hacer
esto". Y soy consciente de que al proponerlo no estoy contraviniendo,
negando, ni planteando cuestiones que no sean asumibles por el kerigma
cristiano.
¿Pero
es una alternativa factible? ¿Es plausible en estos momentos en que las
distintas sensibilidades están radicalmente enfrentadas?
Bueno, no soy tan ingenuo como para pensar que la
alternativa va a abrirse camino ahora, en este momento. Difícilmente una
propuesta como la que yo hago va a tener eco inmediato, es lógico.
Porque muchas personas están en otra manera de pensar. En la Iglesia se
tiene que dar todo un proceso de transformación de las ideas, maduración
de la manera de pensar de la gente, de los teólogos, los filósofos
cristianos...
¿Arriba y abajo?
Claro. Yo pienso que en primer lugar se tiene que
dar un proceso de transformación en la base. Pero cuando se produzca el
momento de cambio clave en una institución como es la Iglesia, tendrá
que aparecer otro nuevo Juan XXIII. Un hombre carismático que se haya
dado cuenta de lo que hay y por dónde van las cosas. Que vea la
situación de la Iglesia y vea que no estamos bien. Y que, consideradas
todas estas cosas, se sienta movido por el Espíritu para decir que la
Iglesia tiene que afrontar en nuestros tiempos la gran tarea pendiente
desde hace siglos. Lo que decía Juan XXIII: "La tarea de estudiarse y
explorarse a sí mismo y al kerigma cristiano en cada época".
O
sea que, una vez que las bases están preparadas para ese cambio de
paradigma, ¿no se producirá si en la cúpula (en Roma, en el Vaticano) no
hay un Papa profético, digamos?
En la Iglesia católica el que toma las decisiones y
la conduce es el Papa. Entonces, en contra del Papa o al margen del Papa
difícilmente se podría producir un cambio en la Iglesia. Yo comprendo
perfectamente que la Iglesia es una institución de mucha historia, y que
las jerarquías y los obispos tienen la preocupación de que no se les
vaya de las manos el mensaje de Jesús. Entonces, tienen una prudencia,
que es a la que estamos acostumbrados en el Vaticano. Pero claro, llega
un momento en que este no decir conduce a una desorientación general.
Hay mucha gente que defiende posiciones conservadoras, y que está
persuadida de que desde estas posiciones conservadoras defiende a la
Iglesia, sin darse cuenta de que quizá es al revés. Es decir, que
defender la Iglesia en nuestro tiempo no es retrotraerla a la época
grecorromana.
No sólo piensan defienden a la Iglesia, sino que, para hacerlo, excomulgan a las otras sensibilidades
Claro. Y en la Iglesia lo hermenéutico está abierto.
Yo, por ejemplo, como filósofo y teólogo, propongo una hermenéutica de
cristianismo basada en la idea de la Modernidad de qué es el cosmos, la
vida, el hombre, la historia. Yo creo que desde esta perspectiva se
puede abordar una nueva interpretación del cristianismo.
¿Qué plazos prevé, tanto en las bases como en la cúpula, para conseguir este cambio?
No lo sé. Yo lo único que puedo hacer es escribir
cosas. La idea que tenía en principio era escribir algo legible para
todo el mundo. Pero, cuando comencé a escribir, me di cuenta de que, o
las cosas las dices bien, o te van a decir que no entiendes, que no
sabes, que no has tenido en cuenta... Por eso mi libro es un ensayo de
alto nivel. Todo lo que digo lo razono a fondo. Explico, por ejemplo, lo
que es el paradigma grecorromano, y expongo cómo está perdurando en la
Iglesia.
El libro lleva ya unos meses en el mercado. ¿Qué reacciones ha recibido hasta ahora?
Por parte de la jerarquía, reacción oficial
(naturalmente) no he tenido ninguna. Guardan una discreción que
comprendo, porque podrían meterse en una situación embarazosa. Pero, a
nivel personal (y aunque no puedo dar información), la posición no ha
sido de exclusión, sino de ánimo y estímulo.
¿O sea que la jerarquía estaría abierta a la posibilidad de ese cambio de paradigma?
La jerarquía son muchos obispos, yo no hablo en
general, sino de los contactos que yo, personal y sectorialmente, he
tenido. La sensación no es de rechazo, sino de reconocimiento de que es
un libro de servicio a la Iglesia. Yo pienso que si el libro se estudia
en profundidad, se ve que difícilmente se sale de la ortodoxia católica.
Y si alguno dice que se sale de la ortodoxia católica, lo que puede
mostrar es su desconocimiento de la ortodoxia católica. Y las posibles
descalificaciones, en un teólogo de categoría, no son apropiadas. Esas
efusividades no son propias de un intelectual católico. Todo el mundo
tiene derecho a decir lo que quiera, pero dentro de una argumentación.
¿Cómo han respondido sus colegas, los teólogos?
Con los que yo he hablado, la percepción es
positiva. Han salido muchas recensiones, y sólo una, a los 15 días de
publicarse el libro, que es mejor dejar entre paréntesis, porque es
muestra de la falta de dignidad intelectual de su autor. Pero, en
general, la actitud es positiva. Esto no significa que yo no sea
consciente de que el mundo de la teología es también un mundo de
personalismos, y alguno se pueden sentir ofendidos porque a un jesuita
profesor de teología se le haya ocurrido escribir un libro de estas
aspiraciones. Supongo que algunos se han sentido molestos, pero la
emotividad de cada uno es lo que es. Yo lo que hago en el libro es una
propuesta, porque creo que ha llegado el momento en que la Iglesia pueda
clarificarse a sí misma en la historia, y pienso que esto tendría unas
repercusiones inmensas.
Pero, si existe ese diálogo teológico entre ustedes, ¿por qué no sale a la luz pública?
Bueno, en parte sí lo hay. Yo en el libro he hecho
una especie de reconstrucción de la historia, hasta llegar al futuro que
se nos presenta. Es decir, qué interpretación del cristianismo la
Iglesia nos está obligando a hacer. Me he referido a las grandes
escuelas del pensamiento cristiano, pero es cierto que no me he dedicado
a dialogar con tal teólogo de España o de Alemania. No me interesa
entrar en diálogo artificialmente.
Ante una propuesta de este calado, ¿no debería salir otros colegas, quizá con otras propuestas o con otros ensayos?
Claro, buscando el camino que la Iglesia necesita.
Si uno piensa otra cosa o se plantea la misma problemática, lógicamente
tendrá que ponderar las cartas que yo he puesto sobre la mesa. Los temas
se han puesto sobre el tapete, pero yo cambiaría mi opinión si viera
una crítica que me convenciese. Así es el mundo de los intelectuales.
Usted
propone un Vaticano III, pero algunos sectores dicen que sería
contraproducente, porque piensan que un episcopado de tendencia
mayoritariamente conservadora nos retrotraería a Trento.
Yo no pienso igual. Creo que la Iglesia católica,
actualmente, está en una situación posconciliar de cierto
desconcierto, con posiciones poco armonizables, y donde las cosas están
todavía muy oscuras. La Iglesia es depositaria, y por eso yo comprendo
que los obispos tienen que tomar una garantía de que esto no es un
desmadre. Por tanto, yo creo que los obispos están donde están dado el
contexto. Pero desde la base de la Iglesia (de la que participarían
muchos obispos, porque hay muchos obispos que son intelectuales), se
pueden ponderar las cosas perfectamente. Igual que yo me he colocado con
honestidad ante la historia, y he visto que hay una serie de cosas que
se nos imponen. Los obispos también pueden formar parte de este proceso
de reflexión que se tiene que ir dando. Y, desde el momento en que los
obispos vieran que por parte de las directrices de la Iglesia, de las
cabezas, comienzan a variar las cosas, ellos mismos cambiarían en dos
días. La masa conservadora se puede transformar en un momento.
Eso lo vimos ya en el cambio de Pío XII a Juan XXIII, con el mismo episcopado.
Exactamente. El episcopado de entonces era mucho más
conservador que ahora, y Juan XXIII rompió moldes, desorientó a la
gente con un acto carismático. Por eso, en gran parte, tuvieron que
improvisar. Pero en la Iglesia se hizo una reflexión en profundidad, que
hizo que surgieran nuevos documentos, redactados desde una nueva
mentalidad.
Ahí estaba ya el profesor Ratzinger. ¿Dónde se encuentra ahora el Papa Benedicto XVI, respecto a esta problemática?
Por lo que he entendido, el cardenal Ratzinger
formaba parte en aquella época de esta corriente de teología
kerigmática. No era escolástico, sino de la nouvelle theologie. Y creo
que siempre se ha mantenido en esta perspectiva, con influencias
agustinianas, pero dentro de una teología que tiende a ser la exposición
de la Palabra de Dios. En contacto con las Escrituras y en contacto con
la tradición, pero haciendo que resalte sobre todo esta exposición de
los grandes principios del kerigma cristiano. Los libros que el Papa
escribe siguen yendo en esta línea de siempre. Juan Pablo II estaba más
afincado en lo tradicional, este Papa es más abierto. Benedicto XVI goza
de mi aprecio en muchas cosas. Es un intelectual.
¿O sea que no se puede decir que el Papa actual sea el "tapón" que está evitando que este paradigma llegue a plasmarse?
Bueno, es que hay que ir por pasos. Para que este
paradigma llegue a realizarse, hay un proceso anterior que no se ha
dado. Yo no conozco ningún libro en el mundo, con este nivel de
argumentación, que haga un análisis de lo que debería ser la
hermenéutica de la Iglesia. Hay autores con los que coincido, pero no
hay un libro de estas características. Todas las ideas del libro, antes
de llegar al Papa, tienen que ser discutidas y conocidas por mucha
gente. Tiene que haber un proceso previo de conformación del pensamiento
en la Iglesia.
Yo pienso en mi situación como intelectual, y me
pregunto cómo puede el cristianismo presentar su sentido y significación
en el mundo contemporáneo. Llevo años pensando en esto.
¿Lo que está claro es que la Iglesia está perdiendo capacidad de oferta de sentido?
Exacto. Yo me planteo con toda honestidad cristiana
qué puedo hacer para la misión que Jesús confió a la Iglesia, que es
hacerla inteligible en cada momento y en cada época. Y yo soy tan
responsable de eso como los obispos.
¿Implica eso estar muy atento al mundo, a la gente?
Claro. Mi humilde aportación son los libros de este
estilo. No soy periodista, y no tengo el carisma de la divulgación, pero
pienso que otras personas se sienten interpeladas, como yo por la
cuestión de hacer visible al cristianismo en nuestro tiempo. Hacer una
reflexión serena sobre lo que ha sido la Iglesia en el pasado, o sobre
los problemas que tenemos hoy. Uno no se compromete y sigue en su
teología profesional corporativa, metido en su mundo, sin plantearse
estas grandes cuestiones.
Porque, a pesar de hacer un ensayo muy serio, usted se ha mojado.
Sí. Y otras personas tienen que mojarse. Si esto
tiene que prosperar históricamente, si éste es el camino que lleva a la
renovación de la Iglesia, como soy creyente, pienso que contará con el
impulso del Espíritu. Por tanto, tiene que impulsar a otras personas. Si
alguien siente esa responsabilidad y no se compromete, eso ya es cosa
suya. Yo mantendré mi compromiso de defender estas ideas hasta que vea
que se pueden defender. Si uno va dejándose llevar por el discurso de
nuestro tiempo, con espíritu abierto, entonces se irá produciendo una
transformación, y así se irá creando en la Iglesia un humus. Muchos de
los obispos pueden formar parte de este compromiso vital. Tienen que
responder ante su conciencia, esto tiene que presionarles. Si todo esto
se tomara en serio, y la Iglesia entrara en un proceso de repensamiento,
en un intento de reformulación de su propia visión del mundo, esto
repercutiría en un beneficio inmenso para toda la sociedad cristiana.
Crearía unas ideas y unos esquemas que para la libertad humana, porque
el cristianismo nos habla del Dios que ha creado la libertad.
Esta renovación de la Iglesia, por tanto, no la
proponemos para intentar volver al teocratismo o al teocentrismo
antiguo, sino para que el discurso que la Iglesia tenga en nuestro
tiempo, sea inteligible. Que no parezca ridículo, acientífico, que no
conecta con la realidad. Porque el hombre moderno, por la razón, se
siente repelido por esto. Queremos dar a la libertad humana la
posibilidad de decantarse hacia la oferta de Jesús.
¿Hacer creíble racional y testimonialmente el mensaje de Jesús?
Exacto.
¿La crisis social está influyendo en la crisis de la Iglesia, y viceversa? ¿Tienen algo que ver?
Una de las grandes inquietudes del cristianismo han
sido siempre (y sobre todo en los últimos tiempos) las corrientes
progresistas que se han dado en el seno de la Iglesia. Desde el Vaticano
II, son corrientes que han estado muy influidas por el pensamiento de
que el cristianismo tiene que contribuir a la fe y a la justicia. Como
decimos los jesuitas, y como dice la Doctrina de la Iglesia hoy. Muchos
grupos sociales tienen la necesidad de que la Iglesia se comprometa con
la justicia. Lo que nosotros vemos es que el mundo que constituye el
panorama internacional de las naciones, del consenso y del concierto, es
una estructura sociopolítica nacida de la Modernidad. Y cuando la
Modernidad se fusionó con el liberalismo, dio lugar también a la
Modernidad liberal. Y, a mi modo de ver, la crisis financiera que se ha
producido muestra clarísimamente que las reglas del funcionamiento
económico de la sociedad en la que nos encontramos estaban mal
diseñadas, y daban lugar a una corrupción inmensa, a especulación, a una
economía de burbujas mal diseñada. Y esto al final ha terminado
repercutiendo sobre la masa social, produciendo pobreza. Esto es un
episodio de la necesidad y el deseo que muchas personas tenemos de que
en el mundo se produzca un cambio hacia un nuevo orden internacional.
¿Esa es la voz que tendría que subrayar la Iglesia?
La Iglesia durante mucho tiempo ha expuesto ideas
fecundas desde su Doctrina Social, de las cuales, si muchas se hubieran
aplicado, quizá ahora no tendríamos los mismos problemas. Pero es un
hecho que la Iglesia apenas ha tenido influencia con su Doctrina, en lo
que es el mundo real. El Papa publica encíclicas, pero esto es una
evidencia. Ahora estamos viviendo tiempos excepcionales, porque no sólo
las ideas pueden cambiar: algo tan importante como es la religión en la
historia, puede llegar a un nuevo paradigma. Y la búsqueda de la
justicia también está entrando en tiempos excepcionales, que tienen que
ver con la movilización de la sociedad civil, que puede ser el gran
protagonista del siglo XXI. Pero para poder llegar a sus objetivos, la
sociedad civil tiene que organizarse mediante diseños intelectuales
técnicamente bien construidos. La promoción de este mundo más justo y de
este nuevo orden internacional, que en cierta manera hiciera inviables
las crisis como la que estamos atravesando, puede ser impulsado por la
sociedad civil. Porque estamos asistiendo a un proceso de protagonismo
creciente de la sociedad civil en la transformación de la historia,
donde todas las religiones podrían jugar un papel decisivo. Hoy en día
la sociedad civil puede transformar el mundo. Tiene los elementos para
conseguir muchos de los grandes ideales que hasta ahora nos han
frustrado. Ahora el poder está en manos de la sociedad civil, lo que
falta es que la sociedad civil se sepa organizar. En los últimos tiempos
han surgido ONGs, movimientos de acción ciudadana...cada vez hay más
conciencia de que la sociedad civil puede hacer algo. En cierto modo, ya
está cansada de la política. Yo no pienso que la sociedad civil deba
convertirse en un partido político, pero sí puede convertirse en un
factor de presión que oriente la historia. Y en todo este proceso los
grupos cristianos podrían jugar un papel muy importante.
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