Hacia el nuevo Concilio: un cambio viable y necesario
JAVIER MONSERRAT
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Una nueva hermenéutica del kerigma cristiano en el mundo moderno.
En este complejo ensayo he defendido que el nuevo concilio no solo sería viable y conveniente para la Iglesia,
sino que incluso sería necesario. Soy consciente, sin embargo,
de que se trata de una reflexión muy densa, que exige lo que, aludiendo a
Hegel, he llamado el “esfuerzo del concepto”.
Sería una necesidad que nace de la urgencia moral de la conciencia
cristiana: conciencia de un deber eclesial que no debería eludirse. Pero el
concilio sería consecuencia de una necesidad mucho más fundamental, más básica,
generada por la lógica de la objetividad histórica que conduce al concilio. Me
refiero a la necesidad de que
la Iglesia explique ante el mundo moderno la profunda conexión del kerigma
cristiano con la realidad; es decir, simplemente, ante los
hombres de nuestros días que, en los últimos siglos, dejándose llevar por el
ejercicio de la razón, han constituido un movimiento científico, filosófico,
cultural y socio-político conocido como modernidad.
La gran tarea pendiente de
la Iglesia actual es realizar la solemne proclamación del
mensaje de Jesús; pero hacerlo en su abismal profundidad, en su impactante
conexión con la existencia actual en el marco cultural de la modernidad.
Después de siglos de tribulación histórica, el iluminador reencuentro
hermenéutico de la Iglesia con la modernidad tendría una importancia histórica
transcendental. Probablemente, sería un momento de profundización excepcional
en el kerigma del que es depositaria la Iglesia. Sin duda, uno de los momentos
más importantes en la historia de la Iglesia, germen de un tiempo de
creatividad espiritual y de prosperidad.
La Iglesia debe a la humanidad, desde hace siglos, esta proclamación
iluminadora del kerigma: la debe a los hombres de nuestro tiempo, a los
creyentes cristianos y a todos los hombres religiosos. Y en el momento en que
la Iglesia se vea en condiciones de abordar esta proclamación, dada su
transcendencia histórica, no podrá dejar de hacerlo sin poner en juego la
escenografía más impactante de que dispone: el gran concilio ecuménico, uno de
los más relevantes de la historia.
El gran concilio
hermenéutico en que los obispos del orbe cristiano, asistidos
por el Espíritu, deberían orientarnos sobre la luz deslumbrante con que el
kerigma cristiano es iluminado por el logos del mundo moderno en que
inevitablemente nos hallamos todos inmersos. Estamos hablando de la Iglesia de
siempre. Nada fundamental
debería cambiar. Pero sería ya una Iglesia que iluminaria el corazón de nuestro
tiempo.
Nuestra conciencia cristiana y el inevitable cambio
hermenéutico
Quienes somos profundamente creyentes coincidimos en algo fundamental: la
adhesión existencial e intelectual a las palabras y a los hechos de Jesús de
Nazaret. La Iglesia, por su condición humana, se sabe zarandeada por los
vaivenes de la historia y por las pasiones humanas, por el pecado; pero
tiene la confianza de que está
“asistida” por el Espíritu providente de Dios para transmitir y hacer presente
en la historia el kerigma cristiano del que es depositaria.
La conciencia de esta “misión” cristiana lleva a la convicción de que su
cumplimiento, “evangelizar”,
proclamar el kerigma de Jesús en nuestro tiempo, exigiría un nuevo concilio.
Este sería la respuesta “debida”: la respuesta cualitativa de la Iglesia al
imperativo moral cristiano de proclamar de forma inteligible el kerigma
cristiano en cada tiempo histórico.
Es claro que se trata de una convicción personal. Pero no es el simple
enunciado de un deseo o una aspiración imprecisa. Es una convicción argumentada
con profusión. Por ello entiendo que mi propuesta constituye un reto moral a la conciencia cristiana,
que busca hoy cómo proclamar con la máxima calidad la llamada de Jesús a través
del kerigma de que la Iglesia es depositaria.
Las decisiones personales, cerradas a la renovación exigida, no frenarían
nunca el inevitable avance de la historia, aunque podrían retrasarlo. Quienes frenaran el curso renovador del
Espíritu, por pura pasividad o por no afrontar el “esfuerzo del
concepto”, serían entonces
responsables de ello.
La situación de la Iglesia: cómo la veo y qué
propongo
Mi reflexión y mis
propuestas pueden resumirse en algunos puntos esenciales. La
hermenéutica antigua del kerigma cristiano dio origen al paradigma greco-romano
que entendió el cristianismo en dos dimensiones complementarias: una
filosófico-teológica (teocéntrica) y otra socio-política (teocrática).
Sin embargo, la modernidad produjo una imagen del universo, de la materia,
de la vida, del hombre y de la historia que fue dejando sin sentido, alejada de
su congruencia con la realidad, la imagen teocéntrica y teocrática de la
hermenéutica antigua, presentando el mundo religioso del cristianismo como un
sistema social anacrónico y desprestigiado.
La Iglesia permaneció
durante los últimos siglos al margen del mundo moderno.
Diversas circunstancias dificultaron el diálogo, quedando sin una alternativa
al paradigma antiguo. Sin alcanzar a realizar, pues, la necesaria hermenéutica
moderna del kerigma, la Iglesia se ha limitado hasta ahora a afrontar aquellas “adaptaciones ad hoc” puntuales para salir
del paso ante la presión intelectual de la modernidad y ha
fomentado el talante del “incompromiso hermenéutico” en la línea de una pura
proclamación del kerigma, al margen de la hermenéutica antigua y de aquella
otra, nueva, que debiera presentarlo en su profunda armonía con el logos
racional y cultural de la modernidad.
La Iglesia no ha hecho todavía una hermenéutica integral del kerigma cristiano desde el
logos de la modernidad. No obstante, una serie de circunstancias históricas han
llevado por fin a delimitar con precisión la alternativa hermenéutica que se
hace posible para entender hoy la profunda armonía entre la Voz del Dios de la
Revelación en el Cristianismo y la Voz del Dios de la Creación, tal como
podemos conocerla desde el logos de la modernidad; alternativa que hemos
nombrado como el “paradigma de la modernidad”.
En mi ensayo Hacia el Nuevo Concilio he mostrado por qué este nuevo
paradigma permite ofrecer una iluminación más profunda de la armonía de la
religiosidad humana y del cristianismo en el mundo moderno. He argumentado
también por qué la entrada de la Iglesia en el paradigma de la modernidad
debería orquestarse en la celebración del gran concilio ecuménico de nuestro
tiempo. En este concilio la
Iglesia debería establecer los principios de la nueva hermenéutica del kerigma
cristiano en la modernidad: sería la gran profundización
hermenéutica del kerigma pendiente desde los últimos siglos.
He argumentado mis propuestas en el marco de las diversas corrientes del
pensamiento cristiano filosófico-teológico actual, y sus horizontes
hermenéuticos: la patrística, los sistemas escolásticos, santo Tomás, el
tomismo, Suárez y el suarismo, las interpretaciones transcendentales del
tomismo desde Kant, Teilhard de Chardin, los intentos actuales de una teología
de la ciencia, la teología de la liberación como teología socio-política, y las
corrientes actuales de una teología puramente kerigmática en conexión con la nouvelle
theologie, sin olvidar las referencias a la teología de las otras
confesiones cristianas y a las teologías del judaísmo, budismo, hinduismo e
islamismo.
Pero debe quedar claro que mi ensayo se dirige a la Iglesia como tal. La Iglesia debe entrar de lleno y con
valentía –fundada en su confianza en la “asistencia” del
Espíritu– en el logos de nuestro tiempo. Es una tarea que debe hacer la Iglesia
como tal, dejando de ignorar el esfuerzo de los teólogos y dirigiendo ella
misma el camino de búsqueda hacia una nueva hermenéutica integral de nuestra
fe.
¿Es esto posible? Hoy las
cosas han cambiado. La modernidad ha madurado, y la alternativa paradigmática
es formulable.
Puede ser objeto de consideración, diálogo y
análisis objetivo para perfilarla en la forma adecuada. Pero, en todo
caso, es cada vez mayor la fuerza de las circunstancias históricas para
que la
Iglesia acepte que debe liderar un proceso de cambio hermenéutico
inevitable.
Vida Nueva, pliego íntegro, en el nº 2.775.
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