Ontología del universo y hermenéutica cristiana (II): el protagonismo de la iglesia en el cambio hermenéutico
JAVIER MONSERRAT
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Por la proclamación en la historia del kerigma
cristiano quiso siempre la iglesia dar testimonio de las palabras y de los
hechos de Jesús. Al proclamar el kerigma la iglesia era consciente de ser
depositaria de una doctrina revelada que, como tal, no podía ser falsa. Pero el
autor de esa revelación, Jesús, el Cristo, el Mesías, el Verbo encarnado del
Dios Trinitario, había explicado el designio creador de Dios en la naturaleza,
en la vida y en el hombre. Por consiguiente, la Voz del Dios de la Revelación
debía ser congruente con la forma en que Dios había creado la naturaleza, la
vida y el hombre. La Voz del Dios de la Revelación debía ser congruente con la
Voz del Dios de la Creación. Por eso la teología antigua trató de iluminar el
entendimiento del designio divino – la forma de la Creación – por medio de la
razón filosófica que describía cómo de hecho era la Creación obrada por Dios.
Así nació en la teología un lento y complejo proceso hermenéutico que condujo a
constituir el paradigma greco-romano. Este derivó a una interpretación
teocéntrica de la posición del hombre ante Dios y a una interpretación
teocrática, congruente con el teocentrismo, que expresaba la forma de entender
el orden social a partir de la idea de Dios. Este paradigma, tal como he defendido
en Hacia el Nuevo Concilio, ha durado veinte siglos y todavía está presente de
forma difusa en la iglesia católica.
Sin embargo, no eran lo mismo el kerigma cristiano y
su hermenéutica en el paradigma greco-romano. Pero el hecho histórico es que
llegaron a entreverarse de forma muy estrecha. Así, la ontología antigua fue
comentada en mi artículo anterior “Ontología del universo y hermenéutica
cristiana (I)”, del que éste es continuación (y que concluiremos con otros dos
artículos). Es también un hecho histórico no menos evidente que la imagen
filosófica antigua del universo ha ido cambiando de manera continua y rigurosa desde
el renacimiento, cuando comienza el movimiento histórico que hoy conocemos como
modernidad. La forma real de la naturaleza creada por Dios –el universo, la
materia, la vida, el hombre y la sociedad– no son hoy entendidos como lo eran
en el paradigma greco-romano. Por consiguiente, la teología debería cambiar la
forma de entender cómo es realmente el mundo creado por Dios: cómo es, en
definitiva, la Voz del Dios de la Creación. Y este cambio debería llevarla a
configurar una nueva hermenéutica: una nueva manera de entender la iluminación
mutua, bidireccional, entre la Voz del Dios de la Revelación y la Voz del Dios
de la Creación. Una nueva hermenéutica a la que, en principio, cabría atribuir
mayor profundidad en la iluminación de la significación real del kerigma
cristiano.
El temor al cambio y el anclaje en el desconcierto
¿Se plantea por ello algún problema a la teología cristiana, es decir, a su
obligación de proclamar el kerigma cristiano del que la iglesia se sabe
depositaria? Creemos que en absoluto. De acuerdo con el sentido de la teología
cristiana, ¿acaso no es correcta la distinción entre kerigma y hermenéutica?
¿Es incorrecto pensar que los presupuestos hermenéuticos sean dependientes de
la evolución del conocimiento humano y que puedan ser por ello erróneos y
deficientes en muchos sentidos? ¿Acaso no es posible que la hermenéutica
fundada en los principios del paradigma greco-romano pudiera llegar a deber ser
revisada ante el avance del conocimiento en la historia? ¿Es posible en
teología cristiana atreverse a establecer algún tipo de vinculación esencial
entre el kerigma y la hermenéutica greco-romana, en general o en alguno de sus
sistemas como el platónico, el aristotélico o el escolástico en alguna de sus
escuelas? ¿Existe algún problema teológico en afirmar que el kerigma cristiano
puede y debe ser reinterpretado a la luz del avance del conocimiento en la
historia, a medida que este nos permite conocer mejor cómo es realmente el
mundo creado por Dios? ¿Acaso no es correcto en teología decir que la
inerrancia que la iglesia cree tener en la proclamación del kerigma no puede
ser extendida a las hermenéuticas que lo han explicado en los diferentes momentos
históricos? ¿Hay algún tipo de problema teológico en considerar que la iglesia
haya cargado con las deficiencias de sistemas hemenéuticos del pasado, y que
incluso haya sido arrastrada por alguno de sus errores (vg. algunas
concepciones dualistas del hombre o de la manera de entender el universo creado
en el paradigma antiguo)? ¿Hay algún problema en que la iglesia haya asumido
hermenéuticas deficientes e incluso errores que de ellas dependían? ¿Hay algún
problema en que la iglesia lo reconozca de forma clara y explícita? Hablar con
claridad, aceptar las deficiencias hermenéuticas del pasado y reinstalar la
hermenéutica cristiana en la cultura de cada tiempo histórico, ¿no es incluso,
más bien, una obligación de la conciencia moral cristiana que debe proclamar
sin entorpecimientos el contenido real del kerigma cristiano?
Por consiguiente, ante el hecho histórico incuestionable de la nueva imagen de
la realidad en el paradigma moderno, muy distinto del paradigma antiguo, ¿cuál
debe ser la posición correcta de la iglesia, es decir, su actuación conforme a
la obligación moral cristiana de hacer presente y proclamar en la historia el
kerigma cristiano con el mayor nivel de calidad teológica posible?
Veamos, en primer lugar, lo que, a mi entender, no
debería ser la actitud de la iglesia.
1) La actitud no debería ser la angustia ante el reconocimiento de que la
hermenéutica mantenida durante siglos ha llevado consigo insuficiencias, e
incluso errores, que deben ser superados. Esta angustia no está justificada si
se tiene claro que, en la teología cristiana, se afirma la inerrancia solo en
la proclamación del kerigma, pero esto no debe extenderse a los sistemas
hermenéuticos. La iglesia debe explicar las cosas, tal como son y sin temor a
que el reconocimiento de los errores hermenéuticos redunde en una falta de
confianza en la iglesia. Más bien sería al contrario. Todos pueden entender,
especialmente los creyentes, que la hermenéutica del kerigma está sometida a la
misma evolución y perfección del conocimiento en la historia.
2) La actitud tampoco debe ser mantener el silencio y la discreción sobre el
pasado hermenéutico, creyendo que lo prudente es no hablar y todo acabará por
olvidarse, pensando que así se evita algo que angustia, a saber, reconocer que
la iglesia estaba en un paradigma ya superado por la historia. Esta actitud va
unida a lo que he llamado las necesarias “adaptaciones ad hoc” y al creciente
“incompromiso hermenéutico”. Cuando la necesidad apremia (es decir, la presión
de la cultura y del conocimiento moderno) se aceptan entonces apresuradamente
ciertos puntos concretos “ad hoc” pero de forma descontextualizada (guardando
silencio sobre el paradigma antiguo en su conjunto, como si estuviera todavía
vigente). Por otra parte, puesto que, en el fondo, se es muy consciente de que
el paradigma antiguo no es hoy defendible y es embarazoso, gran parte de la
teología oficial va encerrándose más y más en la pura proclamación del kerigma
(procurando aislarlo de las adherencias del paradigma antiguo). Sin embargo,
aunque esto sucede muchas veces, en otras ocasiones constatamos con sorpresa
que la iglesia oficial sigue recomendando lo que todavía está ahí, sin que
nadie lo haya revocado oficialmente, el paradigma greco-romano. Esto sucede
cuando, por ejemplo, se insiste en que filosofía y teología cristiana deben
seguir fundándose en los sistemas escolásticos, principalmente en la filosofía
de santo Tomás y en la escuela tomista. Esto se sigue haciendo en la
actualidad, como es sabido.
3) Tampoco es apropiado para la iglesia contentarse sin más con ser tolerante
con los teólogos particulares cuando ponen en cuestión el paradigma
greco-romano y hacen propuestas de renovación, filosóficas y teológicas. Pero,
al mismo tiempo que estas propuestas son toleradas, se ignoran por completo y
la iglesia oficial sigue una navegación paralela, sosteniendo el rumbo
desconcertante, por una parte, de ignorar lo hermenéutico haciendo sólo una
proclamación puramente kerigmática del cristianismo y, por otra, de seguir con
una sorprendente insistencia en el mantenimiento de los principios del
paradigma antiguo.
4) La actitud a nuestro entender correcta tampoco consiste en esforzarse en
razonar que los resultados del conocimiento moderno, principalmente la ciencia,
ya estaban contenidos en la idea de la realidad del paradigma antiguo. Es lo
que hicieron, y se sigue haciendo todavía en muchos centros de estudios
eclesiásticos, quienes, en los siglos XIX y XX, trataron de sostener la
escolástica por encima de todo; por ejemplo, defendiendo entre otras cosas el
hilemorfismo aristotélico y argumentando que la ciencia moderna ya estaba
contenida en él. Esta actitud refleja la angustia del abandono del paradigma
antiguo y la voluntad de apoyar a una iglesia que, en el fondo, aunque se mueva
en la indecisión de las “adaptaciones ad hoc” y en el “incompromiso
hermenéutico”, no ha dado signos claros de estar ya “en otra cosa” y no parece
hacerle ascos a quienes se esfuerzan en defender lo antiguo. Esta voluntad de
apoyar a la iglesia es muy positiva; como creyente, no pretendo negarlo y
suscita mis simpatías. Pero, como después indicaré, a mi entender, lo único que
tiene sentido es admitir en su integridad la imagen de la realidad en el
paradigma moderno, y darse de baja en el paradigma antiguo tras el
reconocimiento de su utilidad histórica y recogiendo los muchos aspectos positivos
que indudablemente tuvo (pensemos que el kerigma se nos ha transmitido envuelto
en el mundo conceptual del paradigma antiguo, y esto tiene una importancia
excepcional para el cristianismo que no pretendemos negar). La iglesia, en
definitiva, no tiene un compromiso “para siempre” con el mundo greco-romano, y
no tiene sentido intentar defender que en aquel mundo antiguo se formuló una
imagen “perenne” de las cosas que siempre tendrá validez y que la iglesia
quiere mantener a toda costa. Lo que verdaderamente puede ayudar a la iglesia
en su misión no es contribuir al “inmovilismo paradigmático”, sino promover el
cambio de perspectiva hermenéutica que la enriquecerá y que indudablemente
deberá producirse.
El necesario cambio hermenéutico
¿Cuál debería ser entonces la actitud positiva de la iglesia como tal?
1) Debería intentar hacer lo que la iglesia siempre ha hecho (e incluso hoy en
día sigue insistiendo en que debemos hacer): el esfuerzo hermenéutico para
mostrar la armonía entre el kerigma y la creación, entre kerigma y razón, entre
kerigma y cultura del tiempo. La proclamación del puro kerigma y su estudio
como tal es necesario para la teología cristiana, y deberá hacerse con el
máximo nivel de calidad. Así lo hace la iglesia y muchos grandes teólogos
tienden también a moverse sólo dentro del puro kerigma. Pero no basta sólo con
el “puro kerigma”: la iglesia debe esforzarse por hallar el logos que muestra
la fuerza iluminadora del kerigma para la cultura de cada tiempo histórico. Si
esto no se hace, el kerigma suena como “fuera de la historia”, sin un impacto
decisivo en la “experiencia real del hombre”. Por tanto, si la hermenéutica
antigua ya no responde en nuestro tiempo, la iglesia debería liderar la
búsqueda de una nueva hermenéutica. No sólo los teólogos, sino la misma iglesia
como tal debería asumir ella misma un protagonismo activo. En lugar de ignorar
a los teólogos, debería dirigir ella misma, confiando en que sigue “asistida”
por el Espíritu, el proceso abierto de búsqueda hacia la nueva hermenéutica.
Por tanto, el cambio de actitud debería consistir en aceptar el hecho de la
crisis de la hermenéutica antigua y afrontar la promoción activa de una nueva
hermenéutica apropiada para el mundo moderno.
2) Esta búsqueda de la nueva hermenéutica debería incluir una actitud
perfectamente definida, de acuerdo con la tradición teológica cristiana: la
conciencia de que la nueva hermenéutica será también provisoria. No será la
última palabra, ya que el conocimiento humano es abierto y crítico. La ciencia,
y el conocimiento en general, no han llegado al final. Tampoco la evolución de
la cultura. Están abiertos y muchas discusiones no están cerradas. Sin embargo,
en comparación con el mundo antiguo, la imagen moderna de la realidad en la
ciencia y en la cultura muestra unas tendencias generales que suponen ya unos
ciertos enfoques asentados. La iglesia debiera afrontar el cambio hacia una
nueva hermenéutica apoyada en esas grandes tendencias y valores. Debería ser
consciente de que no toma posición ante las disputas de la ciencia, no pretende
intervenir en ellas y no cierra su avance abierto y crítico. La iglesia no
puede elevar a categoría de verdad el conocimiento humano de una época
histórica. Ni lo hizo con el paradigma antiguo, ni debe hacerlo con ningún otro
paradigma provisorio del conocimiento humano, tal como ha sido formulado en un
cierto momento. Pero, aun siendo consciente de la provisoriedad, debe
esforzarse por iluminar más y más, con mayor perfección, el kerigma cristiano
desde cada momento de la historia de la cultura. Cada época tiene su logos
propio, y cabe suponer que su profundidad avanza ya que el conocimiento
progresa hacia una mayor corrección. Y la iglesia debe ilustrar al mundo
cristiano sobre la forma en que el avance de la cultura ilumina la Voz del Dios
de la Creación y la hermenéutica armónica de la Voz del Dios de la Revelación.
La iluminación hermenéutica forma parte de la guía con que la iglesia debe
acompañar a los creyentes y a los no creyentes.
3) Por ello, la iglesia debería decirnos cómo y por qué esa imagen global del
universo, de la materia, de la vida, del hombre y de la historia, tal como hoy
nos la ofrece la cultura moderna, aun sin haber llegado al final y siendo
provisoria, nos ayudan a entender en este momento de la historia el kerigma
cristiano en un nivel de mayor profundidad. Es decir, la profunda concordancia
entre la Voz del Dios de la Revelación y la Voz del Dios de la Creación. Entre
una iglesia acurrucada sin saber qué decir en un paradigma antiguo, del que no
acaba de salir y darse de baja, indecisa y en desconcierto, paralizada, y una
iglesia metida de lleno en el logos de nuestro tiempo para proclamar el kerigma
desde el paradigma moderno, creo que no hay duda de la opción a tomar. El
paradigma antiguo es una imagen ya anticuada y superada de la realidad (y de
esto podemos estar moralmente seguros); el paradigma moderno es también un
paradigma que, por descontado, no es la verdad final y mantiene sus
incertidumbres, pero cabe atribuirle, en sus grandes tendencias y valores,
mayor corrección que al antiguo. En el nivel hermenéutico nunca se tendrán
certezas absolutas: la ciencia es abierta y la historia camina hacia
conocimientos cada vez más precisos, como hoy nos hace entender la
epistemología moderna. La opción no es, por tanto, entre algo “seguro” (el
paradigma antiguo) y algo “inseguro” (el paradigma moderno). Hay quienes
parecen creer que lo antiguo es “seguro”, sin darse cuenta de que no sólo es
“inseguro” sino que, además, sume a la iglesia en una posición anacrónica y de
desprestigio en nuestra cultura. Ambos paradigmas son inseguros: pero la
diferencia es que el antiguo lo es mucho más y, además, coloca a la iglesia
fuera de la historia conceptual de nuestro tiempo. Por tanto, sinceramente,
¿qué sentido tiene seguir en el paradigma antiguo? ¿Es que no vemos que, al
mantenerlo y tratar de disimularlo, nos vemos obligados a carecer de una
hermenéutica adecuada a nuestro tiempo, hermenéutica que debería ser un
instrumento esencial para la gran proclamación del kerigma ante el mundo actual
con la calidad debida?
4) En todo lo que decimos late una persuasión que no queremos ocultar: que
debería ser la iglesia misma la que dirigiera y diseñara la forma en que el
cristianismo debe abordar la nueva hermenéutica. Puede haber filósofos y
teólogos cristianos que digan tales o cuales cosas, que aporten tales o cuales
propuestas hermenéuticas. Es claro que me cuento entre ellos. Es posible que la
iglesia tolere sus propuestas. Pero, para el creyente, todas sus ideas quedan
arrinconadas y no tienen ninguna repercusión si no están avaladas por la
iglesia. Las ideas que constituyan la base para el entendimiento del
cristianismo en nuestro tiempo no deben depender de la opinión de un teólogo u
otro. Sobre opiniones concretas de filósofos y teólogos no puede edificarse la
vida creyente de la iglesia. No tiene sentido. Los creyentes y los mismos
teólogos (yo mismo), como cristianos, necesitamos vivir nuestra fe dentro de la
iluminación que la iglesia tiene la obligación de dar en cada momento
histórico. Y la coyuntura actual está demandando de la iglesia una orientación
hermenéutica concorde con el mundo moderno. La hermenéutica antigua se
construyó desde coordenadas ya caducadas; hasta el punto de que la iglesia
apenas se atreve hoy a reafirmarlas con convicción. Pero la iglesia, en otros
tiempos, sí que construyó una hermenéutica y, en alguna manera, aun sabiendo
que no era una verdad definitiva, se comprometió con ella. ¿Por qué hoy en día
la iglesia no afronta este deber hermenéutico exigido por el tiempo? De una
forma u otra, con unos u otros resultados, pero la iglesia debe hacer frente
con entereza al inmenso cuerpo de conocimiento y de cultura producido en la
modernidad. Los cristianos –y en primer lugar los filósofos y los teólogos
creyentes– necesitamos que la iglesia nos explique con toda claridad cómo y por
qué el kerigma cristiano es iluminado por la cultura de nuestro tiempo. Y para
ello no basta con tímidas “adaptaciones ad hoc” o con un lenguaje eclesiástico
emitido desde el “incompromiso hermenéutico”. La iglesia debe afrontar con
seriedad el hacerse responsable de la nueva hermenéutica que los cristianos
necesitamos. No son una o dos cosas, es una imagen global de la realidad, de
gran complejidad y contenido, como un “todo” ante el que la iglesia debe tomar
posición definida. La fe cristiana, que cree que la iglesia está “asistida” por
el Espíritu, le pide que se comprometa con valentía y explicite con claridad la
forma en que el kerigma cristiano puede entenderse desde nuestro tiempo. Para
ello la iglesia debe afrontar el esfuerzo y el compromiso hermenéutico global.
Sin duda que las aportaciones de filósofos y teólogos cristianos serán de gran
utilidad; pero el trabajo de dirigir, diseñar y avalar la nueva hermenéutica
sólo puede ser afrontado por la iglesia como tal. Esto es lo que tiene sentido
desde la lógica misma de la fe cristiana.
5) En Hacia el Nuevo Concilio he admitido que en los últimos siglos la iglesia
estuvo en una posición difícil a) porque el mundo moderno no se mostraba como
“asimilable” por el cristianismo (vg. el reduccionismo de la ciencia o muchos
radicalismos anticlericales sociopolíticos) y b) porque no parecía haber una
alternativa apropiada al paradigma antiguo. Hoy en día estos dos
entorpecimientos parecen ir desapareciendo ya que a) la imagen del mundo real
en la modernidad ha ido madurando y es “asimilable” por el cristianismo y b)
comienza a vislumbrarse que una alternativa paradigmática para construir la
nueva hermenéutica es posible y tiene unos rasgos definidos que llevan a un
entendimiento mucho más profundo del kerigma cristiano. A todo ello me he
referido en mi obra. Como digo en ella, a) la modernidad presenta hoy unas
tendencias y valores que, sin cerrar la evolución del conocimiento, que siempre
está abierta, la hacen claramente “asimilable”, tanto en lo
científico-filosófico como en lo sociopolítico y b) es posible concebir en qué
debería consistir la alternativa hermenéutica que hoy hace posible la
modernidad. Al menos, la iglesia puede ya disponer de la propuesta que he
argumentado, sin duda de forma compleja, a lo largo de mi obra. Pero no
pretendo, como es obvio, haber dicho la última palabra. Un gran proceso de
reflexión que la iglesia misma debería dirigir y controlar aportaría, con la
participación de unos y otros, la discusión de ideas que debiera conducir al
nuevo concilio. Hasta ahora, sin embargo, tengo la persuasión personal de haber
ofrecido los argumentos para mostrar en qué debería consistir la alternativa al
paradigma antiguo. Cualquier otra propuesta debería mostrar igualmente sus argumentos
y debería ser valorada, al igual que debe serlo la mía. No creo que pudieran
caer en vacío muchos de los argumentos que he aportado.
6) Pero, ¿por qué precisamente un nuevo concilio? Si lo que la iglesia
necesita, tal como estoy diciendo, es un cambio hermenéutico, ¿sería el
concilio el lugar apropiado para abordarlo? ¿No sería más fácil realizar el
cambio a través de diversos documentos emitidos poco a poco por la iglesia? En
Hacia el Nuevo Concilio, en el capítulo VIII, he presentado los argumentos que
justifican hoy apelar a la conveniencia del concilio. Un concilio que debería
ser de “orientación hermenéutica”: la gran guía que el órgano colegial más
importante de la iglesia debería ofrecer a creyentes y no creyentes para
entender cómo y por qué el mundo moderno (la obra del Dios de la Creación que
nos permite conocer el mundo moderno) nos permite profundizar en el kerigma
cristiano (la obra reveladora de Dios en Jesucristo). Los concilios pasados han
tenido sesgos muy diferentes y son los mismos concilios los que pueden por su
soberanía teológica decidir su propio sentido y el papel que deben jugar en la
historia. Y así, el concilio que nuestro tiempo demanda debería ser un
“concilio hermenéutico” que ofreciera los criterios para situar al cristianismo
en el mundo moderno. Pero, ¿por qué el concilio? En primer lugar por la
transcendencia histórica inconmensurable del gran cambio paradigmático, tras
veinte siglos en el paradigma antiguo. En segundo lugar porque esa
transcendencia histórica pide ser realizada en el marco superior máximo de que
dispone la iglesia. En tercer lugar por la misma complejidad del cambio
hermenéutico que abarca toda una visión de la realidad desde sus raíces,
llegando a reconstruir de manera armónica nuestra comprensión más profunda del
cristianismo, y que, por esto mismo, pide el cuerpo de doctrina unitaria que el
concilio produciría. En cuarto lugar porque la crisis de la iglesia en los
últimos siglos, que ha sido muy grande y ha tocado fondo en los últimos años,
pide una medicina potente que conmoviera a la iglesia haciéndola volver a la
vivencia entusiasta de la fe, y en este sentido ninguna medicina sería tan
potente como la de un concilio. En quinto lugar porque el cristianismo, tras
siglos de incertidumbre y pérdida de prestigio por la crisis de la modernidad,
necesita proclamar de forma impactante la llamada profunda de Dios a todo
hombre, a la sociedad, a las otras religiones y a la historia, tal como se
contiene en el kerigma cristiano, y nada comparable al formidable escenario que
un concilio crearía para dar forma a lo que sería el impresionante reencuentro
global de la iglesia con la historia y con el sentido de la religiosidad
humana.
La ontología moderna y las raíces del cambio
hermenéutico
Como he venido diciendo, este reencuentro de la iglesia con la historia no son
dos o tres cosas marginales, algunas notas a pie de página en la hermenéutica
antigua. Es situar el kerigma cristiano en el conjunto de una visión del
universo, de la materia, de la vida, del hombre y de la historia, que ha sido
reconstruida desde sus raíces en el curso del proceso científico-filosófico y sociopolítico
de la modernidad. La nueva hermenéutica necesitaría una reconstrucción unitaria
y sistemática que debería tener su expresión en los documentos unitarios
producidos por el concilio. Esta reconstrucción debería fundarse en la
ontología moderna: la imagen que la modernidad nos ofrece sobre cómo es
realmente el mundo creado por Dios y cómo desde esta ontología debemos iluminar
la comprensión del kerigma cristiano (de la misma manera que el kerigma nos
ilumina también la comprensión de la ontología real del universo). Que la nueva
hermenéutica del cristianismo deba edificarse desde la nueva ontología de la
modernidad no es algo trivial ya que de ella depende el entendimiento más
profundo de aspectos esenciales del kerigma cristiano. A esta nueva ontología,
centrada en el punto crucial de la imagen del ser humano, nos referimos en el
tercero y cuarto de los artículos que hemos titulado “Ontología del universo y
hermenéutica cristiana” (I, II, III y IV).
Pero debemos insistir en que la nueva imagen del hombre en la modernidad, la
nueva antropología teológica, aunque sea un punto crucial, no lo es todo. En
Hacia el Nuevo Concilio hemos argumentado que no sólo es importante la imagen
del hombre sino también la imagen del universo que el hombre puede conocer, y
que le contiene a él mismo como hombre en su interior. Imagen del hombre e
imagen del universo (así como de la materia, de la vida y de la sociedad) que
están esencialmente conectadas. Es la imagen de un universo enigmático la que
permite salir del teocentrismo y del teocratismo del paradigma antiguo para
entrar en el conocimiento de que Dios ha creado un mundo para la libertad que
responde en su profundidad al logos cristológico que da sentido a la Creación.
Esta nueva hermenéutica del Misterio de Cristo será, como hemos argumentado en
Hacia el Nuevo Concilio, un elemento esencial para potenciar la fuerza de la
proclamación del kerigma cristiano en coherencia con el logos de la cultura de
nuestro tiempo.
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