Roger Penrose propone la existencia de multiversos cíclicos
JAVIER MONSERRAT
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Sería un modelo cosmológico alternativo al de los multiuniversos de Hawking, que plantea diversos problemas y consecuencias.
La edición en español de la última obra de Roger Penrose, “Ciclos del
Tiempo. Una extraordinaria nueva visión del universo”, ha hecho llegar
de inmediato al público en lengua española las nuevas propuestas del
autor. En el fondo, Penrose quiere hablarnos de multiversos, unos
multiversos “cíclicos” que permitirían también ofrecer una explicación
a las evidencias del Principio Antrópico. Las especulaciones de Penrose
son legítimas y viables, aunque también presentan problemas, así como
diferencias con respecto a las propuestas de Hawking y consecuencias
para la metafísica teísta cristiana. Con todo, tienen el derecho de ser
respetadas como propuestas racionales alternativas para desentrañar el
enigma de un universo cuya metafísica fundante todavía desconocemos.
En el presente artíclo, nos referiremos al libro de Roger Penrose
“Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe” (2010), cuya
versión en inglés y en español (noviembre 2010) ha sido publicada un
poco después del ensayo de Hawking "El Gran Diseño". Hawking, años
atrás, presentó en “Historia del Tiempo”, una visión cíclica del
universo que en 2010 parece haber sido sustituida por una cosmología de
multiversos. Sin embargo, la concepción cosmológica de Penrose en 2010
parece más similar (aunque distinta) a la primitiva cosmología de
Hawking y del mismo Penrose, en el momento de su conjunta contribución
relativista al concepto de singularidad y a la teoría de los agujeros
negros.
La edición en español de Ciclos del Tiempo. Una extraordinaria
nueva visión del universo (Debate, Barcelona, 2010) ha hecho llegar de
inmediato al público en lengua española estas nuevas propuestas de
Penrose. En el fondo, Penrose quiere también hablarnos de multiversos,
pero no parecen ser los multiversos de Hawking, ni los universos
“burbuja” ordinarios en la cosmología moderna, sino otros multiversos
“cíclicos” que permitirían ofrecer una explicación a las evidencias del
Principio Antrópico.
Las especulaciones de Penrose son sin duda intelectual, científica
y filosóficamente, no sólo legítimas sino también lógicas y viables,
aunque den la impresión de hallarse en un estadio bastante inmaduro. Aún
así, no dejan de presentar problemas (que el mismo Penrose reconoce) y,
además, distan mucho de poderse considerar probadas por las evidencias
empíricas o experimentales. Se trata, como ocurre también con la
propuesta de multiversos de Hawking, de pura especulación. Posible, eso
sí, pero que no puede exigir en lógica científica que le concedamos el
estatuto de realidad, ni de “verdad” científica, mucho más cuanto que no
se trata de una especulación única, sino que tiene otras alternativas
especulativo-metafísicas (vg. la de Hawking) que son también viables, y
que tienen el derecho de ser respetadas como propuestas racionales
alternativas para desentrañar el enigma de un universo cuya metafísica
fundante todavía desconocemos.
El mismo Penrose es consciente de que su propuesta es sólo una
alternativa teórica, de que se trata de una visión cíclica del universo y
de que la sucesión de ciclos o eones que en ella se contempla puede
equivaler a una teoría cíclica de multiversos. En la concepción de
Penrose, como en general para la ciencia, nuestro universo es el único
hecho empírico existente, en cuya función podemos especular sobre su
naturaleza, sus orígenes y su previsible futuro.
Es la argumentación científica construida, así pues, desde el
universo fáctico la que permite pensar en un futuro cuyo estado
equivaldría a un pasado. Las condiciones de un estado final que
equivaldrían a las condiciones de un estado inicial. Comienzo y fin,
pasado y futuro coincidirían en el ámbito de las “singularidades” (de un
“estado intermedio singular”) y el discurrir entre ellos sería el
presente cósmico. El final de un eón se constituiría en comienzo de
otro. Nuestro universo sería uno de los eones, o tiempos cósmicos, que
estaría precedido y continuado por otros eones que, en conjunto, serían
una infinitud de multiversos que se sucederían unos a otros.
Para que uno de estos universos pudiera tener por azar las
propiedades que nos permiten hablar (y este es el caso en nuestro
universo) del Principio Antrópico, debería entenderse que cada uno de
los universos nacientes pudiera tener unas leyes y unos valores de sus
variables diferentes. Si no fuera así –es decir, si el universo naciente
en cada uno de los eones fuera similar, es decir, de ontología y
valores similares–, entonces esa ontología debería tener en todos ellos
los sorprendentes valores del Principio Antrópico (porque el nuestro,
uno de los eones, de hecho las tiene). Lo sorprendente del Principio
Antrópico quedaría, pues, sin el azar que lo explicaría por ser un caso
único dentro de la infinitud de un conjunto de valores en eones
diversos.
Diversidad conceptual de los multiversos en Hawking y en Penrose
En la propuesta de Penrose se transluce una voluntad explícita de
que su idea de los multiversos permita resolver por azar el sorprendente
cuadro de valores del Principio Antrópico. Sin embargo, su concepción
es marcadamente distinta de la de Hawking. En realidad es distinta de la
teoría ordinaria de multiversos, anterior a Hawking, y a la que este
pretende adherirse en su obra de 2010, El Gran Diseño, dando de ella una
interpretación especial propia.
La teoría común de multiversos, o de los “universos burbuja”,
sostiene que existe una infinitud de universos (en el sentido de
“innumerables”). Pero no es que surjan uno del otro (en el sentido
aproximado de que al morir uno se produzca otro). Los universos no se
tienen así unos a otros como referencia de origen. La teoría de
multiversos, al contrario, considera que los infinitos universos se
refieren siempre a (o se fundan en) un metasistema de realidad (o, si se
quiere, un metauniverso o una metarrealidad) en que son producidos y en
que en alguna manera quedan reabsorbidos.
Para que nazca un universo “burbuja” no es necesario que muera un
universo anterior y que esto sea el detonante que lleve al nacimiento
del otro. Los universos pueden nacer en paralelo sin referencia entre
sí. Su única realidad de referencia es el metauniverso que los genera y
los reabsorbe, una vez que ha transcurrido “su tiempo” o eón. Nuestro
universo habría nacido pues dentro de un metasistema de realidad en la
forma de un big bang (tal como se puede argumentar desde los hechos que
conocemos en nuestro universo), discurriría en el tiempo producido por
el cambio de sus estados internos y acabaría disolviéndose en estados
finales de alta entropía que serían reabsorbidos por el metauniverso en
que tienen su origen fundamental. Con los “tiempos propios” cada uno, el
metauniverso habría producido otros muchos universos independientes que
no interferirían entre sí. Estos universos podrían ser paralelos y no
coincidentes: en realidad sus “tiempos” estarían aislados sin forma
alguna de interferencia. Para esta teoría no tendría sentido decir que
unos salen de otros.
En cambio, la propuesta de Penrose parece hablar de un único
universo en el que se producen diferentes ciclos del tiempo. Es un
universo que produce un eón, un tiempo, y al morir o diluirse su estado
final se convierte en inicio productor de otro eón, otro ciclo del
tiempo. Los infinitos universos de Penrose son así sucesivos y uno nace
de las cenizas del otro. La imagen de este proceso podría ser dos
sinusoides desfasadas en 1800, de tal manera que el punto de
coincidencia de las dos ondas sería el tránsito de un eón a otro; el
área entre los dos sinusoides sería el espacio en que se desplegarían
los estados del tiempo de cada uno de los eones. Habría un tiempo
creciente de expansión del área (hasta el punto de mayor amplitud de
ambos sinusoides) que daría tránsito a una reducción que llegaría a cero
en el punto en que coincidirían las dos ondas: ese punto sería, al
mismo tiempo, final del eón anterior y comienzo del nuevo. Penrose
entiende que el estado final de un eón equivaldría a una singularidad en
que las leyes del espacio-tiempo del eón muriente dejarían de tener
vigencia y, por ello, el nuevo eón naciente estaría ontológicamente
libre frente al eón anterior (aunque sólo en parte como después
explicaremos). Entre eón y eón habría un “estado intermedio singular”.
¿Es congruente la teoría de Penrose? ¿Qué teoría es más aceptable,
la teoría común de multiversos paralelos, por ejemplo, tal como la
concibe Hawking, o la teoría de multiversos cíclicos propuesta por
Penrose? Inclinarse por una u otra visión depende obviamente de las
argumentaciones que las apoyan. Y estas dependen de los hechos empíricos
que las avalen. Lo que ocurre es que, en realidad, ni una ni otra
tienen evidencias empíricas a su favor. Por ello son concepciones
teóricas posibles, pero que no cuentan con evidencias científicas que
las respalden. Por consiguiente, la discusión de estas propuestas de
multiversos, para juzgar cuál de ellas está mejor concebida en teoría,
dependerá de su consistencia lógica interna; es decir, de que el sistema
de realidad que proponen sea consistente internamente, más o menos
congruente con los hechos empíricos y su existencia sea por ello más
verosímil. Se tratará, por tanto, de una discusión sobre la consistencia
teórica de ambos modelos.
En otro escrito he presentado mi opinión sobre la congruencia de
la hipótesis de multiversos propuesta por Hawking en El Gran Diseño.
Debería leerse antes de abordar aquí lo que ahora debemos comentar, a
saber, sólo a la propuesta de Penrose. Como veremos, su universo
oscilante o cíclico no deja de tener serios problemas de consistencia
interna. Por ello, aun tratándose en ambos casos de pura especulación
teórica, tal como argumentaremos, tenemos la opinión de que la propuesta
clásica de multiversos, a la que parece adherirse la versión propia de
Hawking, presenta una mayor consistencia formal. En el fondo es difícil
negar que la propuesta de Penrose sea en absoluto posible, aunque se
presente con lagunas e inmadurez que el mismo Penrose admite. Pero la
visión de Penrose es difícil de mantener y su crítica nos conduce la la
teoría ordinaria de multiversos que acabaría llevándonos a admitir una
dimensión de metarrealidad que debería producir universos paralelos e
independientes en lugar de universos cíclicos.
Universos oscilantes o cíclicos
Penrose es pues consciente de ofrecer una visión alternativa a la
teoría clásica de los multiversos, antes mencionada. Además, tampoco
acepta la teoría de supercuerdas que es hoy para muchos autores (entre
ellos Hawking) un apoyo teórico de importancia en su concepción de los
multiversos. Pero su propuesta de un universo cíclico cuyo futuro es un
pasado, un fin que es un comienzo, no equivale al tipo de universo
oscilante que propuso ya Stephen Hawking en “Historia del Tiempo”.
Para Hawking, la fuerza de expansión del universo presente
sufriría un frenado gravitatorio que invertiría la línea del tiempo
hacia un proceso de concentración que terminaría en un big cranch, una
singularidad que eliminaría el espacio-tiempo y sus leyes, produciendo
el nuevo big bang que abriría una nueva fase de tiempo expansivo que
acabaría también frenándose y precipitándose a un nuevo big cranch. Esta
concepción halló en su momento problemas teóricos y experimentales
serios, como fueron la falta de masa crítica que produjera el colapso
gravitario capaz de vencer la fuerza expansiva y la misma dificultad
teórica de entender una eterna oscilación que evitara la degradación
progresiva del sistema.
La propuesta de Penrose no concibe un universo cíclico de este
estilo, girando en torno a la fuerza gravitatoria. Su universo, en
principio el nuestro (como un eón de una serie infinita), terminaría
desapareciendo en una muerte energética por disipación de sus
partículas, al llegarse a un estadio final del eón en que dominaría la
entropía del sistema que habría alcanzado un máximo al degradar
totalmente el orden producido en el tiempo de ese universo. Penrose no
concibe, por tanto, un frenado gravitatorio, un big cranch consecuente y
un nuevo big bang emergente, al estilo de Hawking.
Lo que sucederá en nuestro universo (y en esto Penrose es
congruente con lo que parecen decir las evidencias empíricas en el
“modelo cosmológico estándar”) es una “muerte entrópica” de su orden y
de su energía. Al desaparecer nuestro universo su energía quedaría
“plegada” (la expresión es nuestra) como en un punto y el nuevo universo
emergente sería el despliegue de esa energía latente. Por decirlo así,
existiría una única energía, un único universo, que nacería y moriría
sucesivamente, plegándose y desplegándose indefinidamente en diferentes
eones o universos, con propiedades y tiempos diferentes (variedad
necesaria para explicar el Principio Antrópico, de una forma similar a
como se explica en la teoría ordinaria de multiversos y en la de
Hawking). El esquema esencial de esta visión del universo cíclico nos
permite ya entender con toda sencillez cuáles son los problemas teóricos
a los que Penrose deberá hacer frente (y, digamos de paso, no de una
forma sencilla y pedagógica, ya que, así como la obra de Hawking es muy
clara, divulgativa y conceptualmente precisa, la de Penrose es todo lo
contrario). Seguidamente nos referiremos a estos problemas
fundamentales.
Penrose entiende que su propuesta ha tenido ya versiones
anteriores, que él sin duda pretende mejorar. En uno de los epígrafes de
Cycles of Time (3.3) hace una sumaria revisión de algunas propuestas
“pre-big-bang” que considera precedentes de la suya propia; entre ellas
no cita obviamente el universo cíclico por colapsos gravitarios, como el
de Hawking en “Historia del Tiempo”, ya que, como decíamos, se trata de
otra concepción teórica marcadamente diferente.
“Entre los primeros modelos cosmológicos compatibles con la
relatividad general de Einstein, a saber, los que propuso Friedmann en
1922, había uno que llegó a ser conocido como el universo oscilante”.
“[Su] curva se extiende más allá del único arco que describiría un
universo espacialmente cerrado que se expande a partir de su big bang y
luego colapsa a su big cranch; ahora tenemos una sucesión de arcos
semejantes y podemos considerar que el modelo representa una sucesión
interminable de eones”. “Por supuesto, el “rebote” que tiene lugar en
cada etapa en la cual el radio espacial se hace cero ocurre en una
singularidad espaciotemporal (donde la curvatura del espacio se hace
infinita) y las ecuaciones de Einstein no pueden utilizarse de la manera
ordinaria para describir una evolución razonable” (167).
Poco después “en 1934, el distinguido físico estadounidense
Richard Tolman describió una modificación del modelo de Friedmann”. En
ella se introduce el aumento de entropía y “los sucesivos eones tienen
duraciones cada vez más largas y radios máximos cada vez mayores”
(168-169). Eones que Tolman concibió fundamentalmente como llenos de
radiación frente al concepto de polvo cósmico de Friedmann.
Ahora bien, los sucesivos eones, ¿deberían tener necesariamente
las mismas leyes de la física? Penrose observa que una respuesta
negativa fue ya sugerida por la idea de John A. Wheeler “cuando presentó
la intrigante propuesta de que las constantes adimensionales de la
naturaleza podrían alterarse cuando el universo pasa por un estado
singular, como sucede en los momentos de radio cero que ocurren en estos
modelos de tipo oscilante.
Por supuesto, puesto que las leyes dinámicas normales de la física
han tenido que ser abandonadas para que el universo atraviese estos
estados singulares, parece que no hay ninguna razón para no ceder un
poco más ¡y dejar que también varíen las constantes básicas!” (172).
Estas variaciones podrían dar lugar a la diversidad de eones, uno de los
cuales podría responder por azar a los valores del Principio Antrópico.
Sea dicho esto sin perder de vista que Penrose, como veremos, se ve
obligado también a admitir que deberían darse constantes (como la
geometría conforme) y un conjunto de similaridades entre los diferentes
eones generados sucesivamente.
Lee Smolin habría propuesto también la idea de que el colapso
gravitatorio en los agujeros negros, por efectos cuánticos desconocidos,
podría producir una forma de “rebote” que fuera semilla de un nuevo
universo en expansión. También desde el punto de vista cuántico se ha
tratado de argumentar la posibilidad de un “rebote”; y en especial,
aplicando algunas ideas especulativas sacadas de la teoría de cuerdas,
autores como Gabriele Veneziano, o Paul Steinhardt y Neil Turok, que son
mencionados por Penrose con reservas, ya que, como es sabido, este no
ha admitido nunca la viabilidad de la teoría de supercuerdas o teoría M,
tan esencial en la teoría de multiversos de Hawking. Además, nos dice
Penrose, “existen numerosos intentos de utilizar ideas procedentes de la
gravedad cuántica para conseguir un “rebote” desde una fase previa de
universo en colapso a una fase posterior de universo en expansión”. “En
estos términos, Ashtekar y Bojowald han conseguido una evolución
cuántica que atraviesa lo que clásicamente sería una singularidad
cosmológica” (175-176). Esto permitiría pensar que el estado final de la
evolución cósmica fuera un estado cuántico que equivaliera al concepto
de singularidad (en la que, en alguna manera, la realidad escaparía a
las leyes del eón anterior).
Sin embargo, aunque estos modelos se acercan más a la propuesta de
Penrose, distan todavía mucho de haber abordado en profundidad los
verdaderos problemas que se plantean en la concepción físicamente
correcta de un universo oscilante similar a lo que Penrose pretende
aportarnos. Veamos en qué consiste.
El problema del orden y entropía en el universo cíclico de Penrose
El problema fundamental se plantea por la Segunda Ley de la
termodinámica que constata el aumento de entropía de los sistemas. El
universo debería diluirse en un máximo de entropía final que daría
entrada en un estado en el que el espacio-tiempo y las leyes de nuestro
eón perderían vigencia en una singularidad. Ahora bien, tras el momento
de disolución final en la singularidad debería mantenerse la energía del
universo (ya que ésta ni se crea ni se destruye). Por tanto, si el
universo desaparece, la energía (que ha producido el eón final y
producirá el siguiente) debería estar como “plegada” o “autocontenida en
algún sitio”. Otra cosa no tendría sentido físico. Si al diluirse un
eón, su energía no quedara en algún sitio, replegándose, y desapareciera
absolutamente, entonces no habría energía para el siguiente eón: no
podríamos concebir que de un universo saliera otro, ya que de la nada
nada podría salir. Por ello Penrose concibe que existe una continuidad
entre un eón y el otro.
“Cuando el universo entra en esa aparentemente etapa final… Los
sucesos más excitantes previos a esta Era habrían sido los pops finales
de los últimos remanentes minúsculos de agujeros negros, que finalmente
desaparecen (se supone) después de haber perdido poco a poco toda su
masa mediante el proceso penosamente lento de radiación de Hawking… Un
universo que en otro tiempo habría parecido tan excitante… pero todo
esto desaparecerá finalmente…” (147-148). Sin embargo, que nuestro
universo acabe en una singularidad y que el próximo eón comience por
otra, con la consiguiente desaparición de las leyes físicas que han
regido en uno y otro, no quiere decir que para Penrose no exista
relación entre un eón y otro. “Una cosa de la que podemos estar seguros,
si la Cosmología Cíclica Conforme es correcta, es que la geometría
espacial general de nuestro propio eón debe empalmar con la del eón
previo. Si el eón previo fuera espacialmente finito, por ejemplo, así
debería serlo el nuestro” (211). Por tanto, la geometría conforme
(después me referiré a ella) debería mantenerse de un eón a otro; pero
no sólo, ya que el sistema de eones sucesivos debería mantener siempre
la misma energía que pasaría de uno a otro, de acuerdo con las leyes de
la termodinámica.
Penrose tiene claro que el eón desaparecerá por aumento de la
entropía. Pero sabe también que debe reconocer que un eón, por ejemplo
el nuestro, puede poseer, y de hecho posee, un alto grado de orden: por
ejemplo, en el nuestro, el complejo orden organizativo de la materia en
el mundo físico y en el biológico. Por ello muchos autores han
reconocido la existencia de fuerzas “negantrópicas” (es decir, entropía
negativa que produce la organización y la complejidad). Penrose por ello
admite con flexibilidad el concepto de entropía en la Segunda Ley. “Hay
momentos excepcionales u ocasionales en los que hay que considerar que
la entropía realmente se reduce… pese a que la tendencia general es
hacia el aumento de entropía” (10).
Un curso del tiempo apropiado en un eón podría consistir en el
inicio por un big bang que contuviera un orden que fuera degradándose
por el aumento de entropía hasta un final de colapso por disolución
absoluta del orden. Esto es lo que parece defender Penrose. “Deberíamos
tener en cuenta que tiene que haber una extrema organización presente en
el big bang, como consecuencia directa de la Segunda Ley, y los
argumentos de este libro apuntan a que esta organización tenga un
carácter que permite que nuestro big bang se extienda de manera conforme
a un eón previo al nuestro, y que esta extensión esté gobernada por una
evolución determinista muy específica” (211). Penrose se refiere aquí a
que de un eón a otro se mantiene una geometría conforme. Pero en todo
caso es manifiesta la necesidad de continuidad de un eón a otro y el
mantenimiento de ciertas constantes (vg. la geometría conforme ya
mencionada o, a nuestro entender, la energía del sistema). Pensemos que,
si la energía fuera disminuyendo, disipándose, llegaría un momento en
que ya no habría energía suficiente para el nacimiento de nuevos eones.
Sin embargo, a nuestro juicio, la forma de entender el orden y la
entropía en Penrose dista mucho de estar bien argumentada. En gran parte
todo depende de la forma de explicar en qué consiste este “estado
intermedio singular y conforme” del universo entre eones, es decir, la
ontología de la singularidad final de un eón y el comienzo del
siguiente.
La ontología “singular” y “conforme” del universo entre eones
Roger Penrose concibe pues un único universo que va produciendo
universos o eones sucesivos. En el momento en que nuestro universo, en
un futuro lejano, se haya ido disolviendo en partículas aisladas (muchas
de ellas provenientes de la radiación de Hawking que disuelve los
agujeros negros), que primero perderán su masa hasta quedar reabsorbidas
en un estado de referencia que se ha escapado al espacio-tiempo y a las
leyes físicas vigentes en nuestro eón, se estará gestando el nacimiento
de un nuevo eón, el nuevo “universo” que provendrá del “nuestro”, de la
misma manera que nosotros provenimos del previo, dentro de un universo
infinito que engendra los eones de cada tiempo finito. Ese estado
intermedio entre eón y eón es una “singularidad” porque en él no rigen
ya nuestro espacio-tiempo y sus leyes. Además, debe contener “plegada
sobre sí misma” (la expresión es nuestra) la energía del eón anterior
para poder generar la energía del próximo y debe responder, tal como
argumenta Penrose, a una “geometría conforme” (epígrafe 2.3) conservada
en el estado intermedio y que estaría vigente en uno y otro eón.

La “geometría conforme” se funda en los ángulos y describe la pura
estructura del espacio de una forma no-métrica. Así, por ejemplo,
nuestro universo o eón podría desaparecer métricamente (las partículas
se diluirían y se llegaría a un radio cero como ocurre al terminar un
eón) y, sin embargo, conservar una geometría conforme que se mantendría
en el estado singular intermedio entre eones. La geometría conforme
puede intuirse en las figuras de Escher (Penrose reproduce algunas en su
libro) en que una misma estructura se reproduce reduciéndose hasta el
infinito con la misma forma, hasta perder incuso sus propiedades
métricas (algo así podría pensarse también en algún sentido de los
fractales). Esta geometría estaría presente en todos los eones y, en
alguna manera, daría razón de la organización extrema, en opinión de
Penrose, que cabría atribuir al momento del big bang que hace nacer un
nuevo eón. Por ello entiende Penrose su teoría, y así la nombra, como
una Cosmología Cíclica Conforme (CCC). A su vez argumenta también sobre
la estructura del espacio de fases en el big bang, de acuerdo con la
geometría conforme, para justificar ese orden inicial en el universo tal
como lo postula (del que se pasaría después a la entropía final
dominante).
El “modelo cosmológico estándar” presenta una imagen del universo
que nace con el big bang y acabará en una muerte térmica a medida que el
dominio de la entropía se extiende anulando la energía de las últimas
partículas residuales. Se trata de una imagen obviamente insuficiente
para dar razón de que realmente sea real y existente. Por ello la
ciencia, en parte ayudada por la reflexión científico-filosófica,
necesita concebir la existencia del universo en el marco de una realidad
autosuficiente y absoluta que pueda mantener eternamente su propia
realidad. Pero, ¿de qué realidad autosuficiente se trata? En la ciencia
debe argumentarse a partir de los hechos que constatamos en nuestro
universo. Si el universo nace como una explosión de enorme energía (que
debe mantenerse) y, con sorpresa nuestra, acabará en una disolución o
muerte energética final, entonces se debe dar razón del origen y
estacionamiento final de la energía. Si un eón (en la concepción de
Penrose) desaparece y da lugar a un “estado intermedio singular y
conforme”, debe pensarse que en ese estado físico queda “replegada” la
energía que se “desplegó” en el big bang que le dio origen. El universo
debería tener un fondo continuo y constante de energía que explica su
aparecer y su desaparecer energético; sería algo así como un fondo de
referencia que ya intuyó Paul Dirac en los años veinte con sus
operadores de creación y de aniquilación.
Penrose hace un gran esfuerzo argumentativo, del que tomamos nota,
para justificar que nuestra imagen real del universo actual, según las
leyes físicas existentes, nos lleva a admitir que lo anterior, el
pasado, y lo posterior, el futuro, deben concebirse como eones que se
producen a trevés de un estado intermedio singular y conforme. Este
estado intermedio, por una parte, conservaría algunas propiedades
estables como la geometría conforme (que podría conservarse tras la
desaparición métrica del eón anterior y que condicionaría el orden del
big bang futuro) y como el fondo energético “plegado” que no puede
desaparecer (puesto que ya no habría energía para nuevos eones). Pero,
por otra parte, el estado intermedio, aun conservando estas constantes,
no estaría atado a las leyes de la física del eón anterior (Wheeler) y
el nuevo eón podría generar un universo diferente cada vez (pudiendo
coincidir por azar uno de ellos con los valores sorprendentes del
Principio Antrópico). De esta manera el universo cíclico autosuficiente
consistiría en un sistema sucesivo de eones que se extenderían
eternamente, creando cada uno de ellos su propio tiempo (cycles of
time).
¿Metarrealidad con multiversos o universo cíclico?
Sin embargo, el estado de referencia necesario para justificar el
origen del big bang y para dotar a nuestro universo de un “lugar” que
acoja el repliegue de su energía, ¿debe concebirse necesariamente como
un proceso continuo a través del “estado intermedio singular y conforme”
entre eones, al que se atribuye una geometría conforme de fondo que
sería transmitida? No necesariamente, aunque Penrose haga todo lo
posible para argumentar qué es así como debemos pensarlo, según las
leyes de la física. Hay otra manera de concebir ese fondo de referencia
del que nace y en que queda reabsorbido nuestro universo: es simplemente
la metarrealidad o metauniverso que se concibe en la teoría ordinaria
de multiversos y en la teoría especial de Hawking. Sería un fondo de
realidad, concebido como un mar de energía fontanal (que podría conectar
con las ideas físicas actuales sobre el vacío cuántico o con el orden
implicado de Bohm).
En alguna manera, tanto el “estado intermedio singular” de Penrose
como el metauniverso o metarrealidad de la teoría ordinaria de
multiversos (vg. en Hawking) deben referirse al concepto físico de vacío
cuántico, de constante uso en la mecánica cuántica. El vacío cuántico
en la mecánica cuántica ordinaria es un fondo de referencia para los
sucesos (creación y aniquilación de partículas) que tienen lugar de
forma continua dentro ya de nuestro universo (o eón). Sin embargo, el
“vacío cuántico” de la física de “nuestro tiempo eónico” puede ser
extrapolado para suponer que el “estado intermedio singular” o el
“metauniverso” fueran como un mar de energía fontanal en que pudieran
producirse diferentes universos (en la teoría ordinaria de multiversos) o
eones sucesivos (en el universo cíclico), de una forma semejante a las
fluctuaciones en el vacío cuántico de que hace uso la mecánica cuántica
ordinaria. Sin embargo, aun admitiendo que ambas teorías, multiuniversos
ordinarios o multiversos en un universo cíclico, son puramente
especulativas, ¿cuál de las dos parece mejor construida, más
consistente, más simple y lógicamente congruente? En definitiva, ¿cuál
de ellas se presenta como más posible? ¿Cuál de ellas se hace más
verosímil? Es claro que como constructo teórico ambas teorías parecen
verosímiles y, por tanto, cada una tendrá sus seguidores: es lo que
vemos en la divergencia entre Penrose (único universo cíclico, sin
teoría M) y Hawking (multiuniversos con teoría M). En principio, no
podemos excluir la viabilidad teórica de ninguna. Pero en la valoración
respectiva de ambas teorías también nosotros tenemos derecho a tener una
opinión. Y nos inclinamos claramente por la teoría de multiversos
ordinaria (o por la misma teoría de multiversos especial de Hawking).
Por consiguiente, habida cuenta de que ambas teorías son
especulativas y de que por ello no podemos tener sino una mera
preferencia teórica “débil”, ¿por qué sin embargo preferimos la teoría
ordinaria de multiversos? Primero porque es una teoría más general, no
restrictiva y por ello ofrece más posibilidades abiertas en la forma de
entender la realidad y la variedad de universos que podrían producirse.
Segundo porque el nacimiento de nuestro universo, así como los otros
posibles, pueden ser explicados perfectamente como simples fluctuaciones
en el mar de energía fontanal de referencia, dentro de un espectro
amplísimo en la variación de sus propiedades ontológicas. Tercero porque
cabe entonces concebir la existencia de infinitos universos paralelos
sin interferencia (unos con unas ontologías y otros con otras, con o sin
teoría M), que de manera simple nacen y mueren (como se constata en
nuestro universo según el “modelo cosmológico estándar”). Cuarto porque
una metarrealidad de ontología no restringida y abierta permitiría
especular mejor sobre el nacimiento de universos con ontologías
diferentes, cabiendo en este marco mejor el azar en que situar el
universo con propiedades antrópicas (el nuestro). Quinto porque si sólo
existe un universo cíclico y el “estado intermedio singular y conforme”
es el único universo existente entre eones, aunque “replegado en sí
mismo” como una singularidad sin espacio-tiempo métrico y sin leyes
físicas (pero manteniendo en estado latente la energía y la estructura
de la geometría conforme), es entonces mucho más difícil teóricamente
argumentar a) el tránsito indefinido de un eón a otro, b) la
conservación del orden sin degradación, sin llegar a puras eclosiones de
energía sin orden, y c) las condiciones que permiten un cambio radical
de las leyes físicas de un eón a otro (como sería necesario para dar
razón por azar del Principio Antrópico), ya que la geometría conforme
sería un condicionamiento mantenido que debería unificar la semejanza
fundamental entre un eón y el otro.
A nuestro entender, la teoría ordinaria de multiversos (o la
especial de Hawking) es mucho más simple conceptualmente, más general y
abierta, menos restringida a ciertas condiciones básicas (como la
energía limitada de nuestro universo y la geometría conforme), más
especulativa y por ello mismo más verosímil en su posible realidad. El
sistema de metarrealidad sería un mar de energía ilimitada, podría
general ontologías y sistemas físicos variadísimos en desarrollo
paralelo sin interferencias, y en una de sus fluctuaciones energéticas
habría producido nuestro universo. El flujo de energía que se
desplegaría entonces respondería a unas propiedades determinadas (fueran
las de la teoría M, como piensa Hawking, o no, como piensan Smolin y el
mismo Penrose). Esas propiedades de la materia germinal (la ontología
de la radiación germinal) contendrían la raíz ontológica del orden
futuro del universo, pero el flujo energético no tendría orden inicial
ya que sería pura radiación sin orden (quizá en estado de coherencia
cuántica). Pero poco a poco las propiedades ondulatorias de la
radicación habrían producido el nacimiento del orden de la materia
fermiónica (de los cuerpos estables, físicos y biológicos, donde las
partículas mantienen su función de onda sin diluirse en un plasma de
coherencia cuántica). La fuerza energética inicial impulsaría la
creación de estados de orden posibles por la ontología ondulatoria de la
radiación generada en el big bang de nuestro universo. Aparecerían el
orden físico y biológico estable. Pero a medida que el orden quedara
constituido por esta energía negantrópica (productora de orden), en el
curso del tiempo producido en ese mismo universo, se iniciaría un
continuo proceso de aumento de entropía que conduciría al inexorable
final de ese universo que quedaría reabsorbido en el sistema de
metarrealidad que lo generó. Nuestro universo tendría así su principio y
su final, manteniéndose la autosuficiencia estable en el metauniverso o
metarrealidad de referencia, sin necesidad de construir la compleja
argumentación para mostrar que nuestro universo muriente se
transformará, como el Ave Fénix, en otro eón (al estilo de la compleja
argumentación de Penrose).
Sólo vemos un punto en que el modelo de Penrose es superior al de
multiversos. En este último es muy difícil pensar que puedan hallarse
pruebas empíricas ordinarias de la existencia de otros universos (e
incluso pruebas de la teoría M, tan esencial para Hawking). Se trata de
universos paralelos, independientes y sin interferencia. Sin embargo, el
universo cíclico de Hawking concibe la dependencia de unos eones de
otros a través del “estado intermedio singular y conforme”. Por ello,
podrían más fácilmente concebirse posibles pruebas (o contrastaciones
empíricas) que permitieran atisbar la existencia del eón precedente (por
la continuidad entre eones que se postula). Penrose reconoce que estas
pruebas no existen en la actualidad, e incluso que cabe pensar que la
enorme temperatura del big bang inicial (aunque se produjera dentro del
orden de la geometría conforme) habría borrado todas las posibles
huellas del eón anterior. Sin embargo, en la última sección de su obra
(3.6), estudia las posibles implicaciones observacionales de su visión
del universo pudiera tener, volviendo a especular sobre posibles
circunstancias igualmente difíciles de llegar a ser asequibles.
La metafísica teísta cristiana desde la ciencia
Hagamos algunos comentarios conclusivos.
Primero. Viabilidad de una cosmología sin Dios.
Es un hecho que el universo existe y que ha producido evolutivamente la
realidad humana, incluida la razón. Es esta la que establece el
supuesto básico de que, si el universo (y nosotros) existe, es porque
puede existir: es decir, porque es el real en un ámbito de suficiencia
en orden a poder ser real. La razón científico-filosófica (ya que la
pura ciencia no puede abordar las últimas preguntas según su propio
método) intenta construir explicaciones que “den razón” de la realidad
del universo. Si este fuera un universo único, y además con las
propiedades empíricas del nuestro, sería muy difícil atribuirle la
suficiencia (suficiencia en el sentido de eterna consistencia y
estabilidad). Ha habido muchas teorías de “universo único”, pero se han
abandonado por los muchos problemas que planteaban. Por ello, en la
actualidad, quienes se esfuerzan es ofrecer una teoría cosmológica
autosuficiente lo hacen por lo general en el marco de los multiversos.
Es el caso de la teoría ordinaria de multiversos, y de la versión
especial de Hawking, o de la teoría de multiversos en una “cosmología
cíclica conforme”, propia de la versión de Roger Penrose (con los
precedentes que él menciona y que antes hemos aludido). Si el universo
aparece como autosuficiente en orden a justificar su propia realidad, se
trata entonces de una metafísica última que no necesita a Dios para
justificar la realidad del universo. Son cosmologías ateas, cosmologías
sin Dios. Sin embargo, advirtamos que una cosmología atea (esto es, “sin
Dios”) no implica siempre necesariamente la negación de la existencia
de Dios. En otras palabras: que el universo pudiera ser explicado sin
Dios no significa eo ipso que Dios no exista, ya que Dios pudiera haber
qurido crear un universo que pudiera ser explicado sin Él.
Segundo. El enigma persistente del universo.
El problema de una cosmología de multiversos (en unas versiones u
otras) lleva siempre consigo el problema de ser una pura construcción
teórica especulativa. No existen pruebas empíricas que nos induzcan a
pensar y admitir que cuanto dicen estas teorías cosmológicas sea
efectivamente la verdadera realidad. No tenemos así evidencias
disponibles para saber si es verdad (si se corresponde con la realidad
existente) lo que dice Hawking o lo que dice Penrose. Sin embargo,
aunque podamos considerar la teoría de Hawking o la de Penrose mejor o
peor construida, y nos inclinemos hacia una u otra (como nosotros hemos
hecho), no parece posible negar que ambas son posibles como pura teoría.
No es posible excluir que lo afirmado por Hawking o por Penrose pudiera
ser realidad; naturalmente, no las dos cosas al mismo tiempo, sino la
una o la otra. Por consiguiente, en resumidas cuentas, ¿cuál es la
metafísica fundante del universo? El hecho hasta el momento
incontrovertible es que, al razonar científico-filosóficamente desde su
interior a partir de nuestra experiencia fenoménica, no tenemos acceso a
una explicación única. El “modelo cosmológico estándar”, fundado en las
evidencias empíricas de la ciencia, es fragmentario, muy problemático, y
no llega al fondo metafísico del universo. La especulación
científico-filosófica permite pues diversas hipótesis, que se formulan
con legitimidad lógica (como es el caso de las visiones de Hawking y
Penrose) y por ello tiene sentido decir que el universo se nos presenta
como un enigma metafísico. Se trata de algo hasta tal punto complejo que
se nos presentan diversos constructos especulativos posibles que, en el
fondo, no desvelan un enigma final del universo que persiste sin
resolverse.
Tercero. Otra hipótesis alternativa: el teísmo científico-filosófico.
Que las hipótesis de Hawking o Penrose, u otras, sean
lógico-científica-filosóficamente viables no quiere decir que la
hipótesis tradicional del teísmo (con una historia mucho más larga e
importante socialmente) no sea también viable. Es decir, no hay ningún
argumento científico-filosófico que la excluya. Se trata, evidentemente,
de otra hipótesis que está también dentro de la especulación (al igual
que Hawking, Penrose o la Magic Theory). Pero es una especulación
posible. La hipótesis teísta considera que el universo que constatamos
pudiera tener su fundamento metafísico suficiente (la suficiencia última
metafísica) en un Ser Divino, personal e inteligente, que por vía de
creación habría producido el universo visible. La idea de Dios que se
argumenta está construida en función del papel creador que Dios debe
jugar como fundamento del universo (ya que sólo para serlo se considera
justificado postular su existencia real). Esta hipótesis considera, por
tanto, que la dimensión de metarrealidad que funda nuestro universo es
un Ser Divino Creador. Es la alternativa a un sistema de metarrealidad
ciego (que es el metauniverso de la teoría ordinaria de multiversos). El
teísmo es perfectamente conforme con todo lo afirmado en el “modelo
cosmológico estándar”. Ofrece una explicación a) al problema de la
consistencia y estabilidad del universo, b) al problema del origen de la
racionalidad y orden del universo en lo físico y en la vida, c) ofrece
una explicación desde la ontología fundante, holística y sensible de
Dios al hecho de que se hayan producido en la evolución física la
sensibilidad y la conciencia, con las propiedades fenomenológicas
propias del psiquismo. El teísmo no se impone, es especulativo, no es la
hipótesis única, pero es lógicamente viable como hipótesis
científico-filosófica que entra en congruencia con la gran tradición
religiosa de la humanidad.
Cuarto. Ateísmo dogmático y teísmo teocéntrico.
El hecho de que la cultura de la modernidad lleve a reconocer que el
universo es un enigma al que se pueden dar dos interpretaciones últimas
viables (teísta y ateísta) representa un problema tanto para el
dogmatismo ateo (principalmente decimonónico, pero que todavía persiste
hoy en algunos), como también para el teísmo dogmático teocéntrico, como
ha sido (y todavía sigue siendo en amplios sectores) lo que he llamado
el “paradigma greco-romano” como enfoque hermenéutico antiguo en el
cristianismo.
Quinto. El paradigma de la modernidad en el cristianismo.
Pero el cristianismo no está necesariamente identificado con la
hermenéutica del paradigma antiguo greco-romano, tal como he argumentado
en mi obra Hacia el Nuevo Concilio. El paradigma de la modernidad
aborda la hermenéutica del cristianismo desde la manera de entender el
mundo creado por Dios, de acuerdo con la ciencia moderna y la cultura de
la modernidad. Aparece así una nueva hermenéutica moderna que hace
posible una profundización en el sentido actual del cristianismo. Dios
ha querido un mundo para la libertad qu se manifiesta en el eterno
designio divino al crear en el logos cristológico, manifiesto en el
Misterio de su Muerte y Resurrección. Es lo que he explicado en Hacia el
Nuevo Concilio.
Sexto. Multiversos y cristianismo.
Como hemos dicho, el teísmo cristiano no tiene por qué identificarse,
en las actuales circunstancias de alta especulación, con la teoría de
multiversos. Le basta argumentar la verosimilitud de que el universo
descrito en el “modelo cosmológico estándar” pudiera haber sido creado
por Dios y que hay una argumentación objetiva que lo avala. Sin embargo,
no es excluible ni repugna a la teología cristiana, construida desde el
paradigma de la modernidad, que Dios, para no imponer su presencia en
la realidad, hubiera querido crear un universo que bien diera pié a
construir una teoría especulativa de multiversos (como parece ser el
caso), bien incluso hubiera sido creado a través de una creación real de
multiversos. Esta forma de creación no impediría que la razón humana
siguiera descubriendo argumentos de verosimilitud para un Dios que
hubiera emprendido la creación a través de una realidad de multiversos. A
ello me he referido también en Hacia el Nuevo Concilio (capítulo IV).
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