Cómo llegué a redactar la trilogía: un apunte de mi biografía intelectual
JAVIER MONSERRAT
|
La trilogía, con la excepción de Dédalo, es una obra
seria, conceptualmente compleja, que debe ser estudiada para entenderla a fondo
y poder emitir juicios. ¿Quién tiene tiempo para el estudio serio? ¿Quién
quiere dar su tiempo a una obra que es compleja, original, y además
“políticamente incorrecta”? Las ideas que he propuesto en la trilogía son
ambiciosas, tanto que podrían transformar la historia de los próximos años.
Cuando un intelectual produce una cierta obra existe
siempre una biografía que la explica. En la mayoría de los casos responde a
exigencias de la profesión universitaria o investigadora que le llevan a
diseñar temas de estudio e investigación que orientan poco a poco sus
publicaciones. En la elección de temas juegan siempre un papel de fondo las
inquietudes, intereses y motivaciones personales; a veces, sin embargo, se
orienta el trabajo solo por un sentido puramente pragmático (vg. elegir una
cierta temática porque en ella se puede hacer un curriculum profesional con
facilidad).
También en mi caso se esconde una biografía personal que me condujo paso a paso
a la redacción de estos tres libros que por su conexión interna, y por
brevedad, nombro como trilogía. Es claro que me refiero a los tres libros
referidos: Dédalo, Hacia un Nuevo Mundo y Hacia el Nuevo Concilio. Quiero dejar aquí testimonio de la evolución intelectual que me
llevó, a lo largo de muchos años, a redactar estos tres volúmenes de la
trilogía.
En mi vida universitaria me he preocupado y he escrito sobre filosofía,
epistemología, psicología cognitiva y ciencia de la visión. Cabe destacar dos
obras. Primero, Epistemología evolutiva y teoría de la ciencia,
Publicaciones Universidad Comillas, Madrid 1987, libro agotado para el que
quisiera tener tiempo y poder preparar una nueva edición. Segundo, un volumen
de 650 páginas, con más de 700 ilustraciones, titulado La Percepción Visual.
La arquitectura del psiquismo desde el enfoque de la percepción visual,
Biblioteca Nueva, Madrid 2008, segunda edición. Debo añadir también otros
libros y numerosos artículos, principalmente los publicados en Pensamiento.
Revista de investigación e información filosófica, PUComillas, Madrid,
publicación de la que soy director desde hace años.
En Pensamiento he preparado la edición de los cuatro volúmenes de la serie
especial Ciencia, Filosofía y Religión (2007-2010) que constan de más de
2.000 páginas. Es claro que mi trabajo filosófico y científico en el marco
universitario ha permitido que me haya formado una idea personal sobre
cuestiones relevantes sobre la materia, el universo, la vida y los sistemas
sensitivo-perceptivos, las inquietudes filosóficas y metafísicas propuestas a
nuestra condición humana.
Todo esto ha constituido sin duda el trasfondo que me ha permitido escribir la
trilogía, ya que en ella se abordan los grandes temas de la ciencia y de la
filosofía. Sin embargo, en estos dos blogs sólo abordaré mi trabajo filosófico
y científico en tanto en cuanto quede asumido en la trilogía, o surja con
ocasión de las temáticas en ella planteadas.
De ahí que sólo vaya a mencionar ahora la biografía intelectual que me condujo
a la redacción de la trilogía. Esta biografía representa, pues, en el fondo lo
más importante que ha sucedido en mi vida intelectual. En el itinerario que me
llevó a la trilogía se muestra la esencia de los conocimientos y de las
conjeturas que he podido construir sobre mi existencia, la historia humana y
los grandes enigmas del universo, tanto desde el punto de vista científico como
desde el filosófico y el religioso.
Es claro que en mis reflexiones he asumido los grandes temas de la historia del
pensamiento y los resultados actuales de las ciencias. Me uno, pues, a la
tradición y al patrimonio moderno de conocimiento, del que soy deudor
agradecido, pues no podría ser menos. Sin embargo, creo haber aportado enfoques
y perspectivas nuevas que nos abren a escenarios de conocimiento originales,
tanto en lo sociopolítico (Hacia el Nuevo Mundo) como en lo filosófico-teológico (Hacia el Nuevo Concilio).
Creo que en la trilogía hay aportaciones que podrían ser enriquecedoras para la
sociedad (Hacia el Nuevo Mundo) y para las religiones (Hacia el Nuevo Concilio) y merecen por ello ser
consideradas. Creo, pues, justificado abrir estos blogs, en conexión con la
trilogía, en que el lector podrá valorar si mis pretendidas aportaciones son de
interés o no. El itinerario biográfico intelectual que me ha llevado a concebir
estas supuestas aportaciones es, por tanto, el que quiero relatar aquí.
Inquietud metafísica y perplejidad
El itinerario intelectual al que me refiero comenzó hace muchos años, cuando
era joven. Al contrario de lo que hoy parece ser común, y siempre lo fue (al
menos en las apariencias externas), no me sentí inquieto por lo inmediato, por
cómo divertirme, cómo hacer amistades, cómo conseguir tales o cuales cosas,
cómo medrar en el medio inmediato (que en aquel tiempo era solo el escolar). La
verdad es que sentía mi vida en el mundo con un malestar extraño por no saber
claramente dónde me encontraba.
Tenía una sensación de perplejidad porque no sabía cuál era la explicación
final de aquella extraña escena de la pieza teatral que me tenía atrapado. No
sabía qué había entre bastidores. No acertaba a entender cuál era la verdad de
todo, el fondo explicativo final de la existencia del mundo y de mi existencia
personal. Una parte sustancial del malestar derivaba del hecho de que las
instancias familiares, sociales o religiosas que debieran ofrecerme una
explicación, en efecto me la daban. Pero me dejaban en una molesta perplejidad
fundada en la intuición imprecisa de que aquellas explicaciones no valían. No
sabría decir por qué, pero una sospecha intuitiva y vivencial me instaló en la
inseguridad y en la perplejidad.
Inquietud religiosa
Este malestar era intelectual en su quintaesencia y tenía sin duda
repercusiones existenciales. Pero la verdad es que el ambiente religioso en que
me había formado, por influjo de la familia y por la escuela, me indujo también
a interiorizar la experiencia religiosa personal. Un extraño eco interior, que
refería a la realidad de aquel Dios que protagonizaba la vida social que me
rodeaba, estaba realmente presente en mí; al menos así lo interpretaba,
ofreciéndome una pequeña luz que iluminaba tenuemente lo que pudiera haber en
el trasfondo de la escena.
Tenía la intuición de que entre la experiencia religiosa personal y las
interpretaciones religiosas que veía en lo que se hacía y se decía a mi
alrededor había una distancia. Tenía la intuición de que el mundo real de lo
religioso era probablemente más profundo que la religiosidad objetiva que
observaba en la sociedad católica inmediata de aquellos años. Pero, en
conjunto, estaba en gran perplejidad, ya que no tenía formación y no podía
reflexionar con seriedad para analizar y entender mi misma perplejidad.
Sin embargo, lo que quiero decir con esto que mi itinerario intelectual comenzó
de joven por una inquietud metafísica y religiosa. Estas inquietudes y
preguntas filosófico-teológicas de fondo me absorbieron durante años y no fue
hasta mucho más tarde cuando comencé a plantearme preguntas sociopolíticas que
me abrieron a la inquietud, personalmente vivida, del sufrimiento humano. No es
que antes no advirtiera el drama sociopolítico y la trágica existencia de la
humanidad, pero sólo en un determinado momento de mi biografía comencé a
vivirlo con una inquietud personal totalmente sincera que me afectaba
profundamente.
A esto me referiré más adelante, pero primero explicaré cómo evolucionó mi
inquietud filosófico-teológica ante lo metafísico y lo religioso. Por tanto,
primero expondré cómo mi biografía personal me condujo a ir sentando los
fundamentos que me han llevado a escribir Hacia el Nuevo Concilio, o sea, hacia las grandes
preguntas filosóficas y teológicas. Después relataré también cómo y cuándo mi
reflexión científico-filosófico-teológica primera se completó con la nueva
reflexión que hizo posible escribir Dédalo y Hacia el Nuevo Mundo, es decir, los contenidos
sociopolíticos de mi pensamiento, ya definitivamente sentidos.
Descubriendo una creación para la libertad
Cuando al cabo de unos pocos años comencé a estudiar filosofía se me enseñó lo
que en aquel tiempo era la posición habitual de la filosofía y de la teología
católica. Me di perfecta cuenta de que la filosofía escolástica describía a un
hombre que, ejerciendo su razón natural, conocía la existencia de Dios –por un
conjunto de pruebas, ante todo las metafísicas, asequibles a toda razón
natural– y lo hacía con un nivel de seguridad calificado (como se hacía
entonces en las censuras escolásticas) de certeza absoluta o metafísica.
La seguridad del conocimiento natural de Dios se completaba con los signos de
credibilidad que sustentaban afirmar que el Dios real se había manifestado en
el cristianismo y que esa revelación se había conservado en la iglesia
católica. Eran los tres pasos de la apologética de aquellos años: el acceso al
Dios natural, al Dios cristiano y al Dios del catolicismo.
Esta filosofía-teología antigua, llena de seguridad y teocéntrica, conocía
perfectamente los términos en que el Concilio Vaticano I había hablado en el
siglo XIX del conocimiento natural de Dios (donde Dios era conocido
naturalmente, pero no con la certeza absoluta de la escolástica), y también
otros aspectos de la teología cristiana como, por ejemplo, la doctrina de la
Gracia (donde Dios no se imponía y dejaba siempre abierta la libertad).
Sin embargo, no reflexionó a fondo sobre todo ello y siguió instalada con toda
seguridad, sin fisuras, en esa visión teocéntrica del sistema interpretativo
escolástico (la hermenéutica greco-romana). El ejercicio correcto de la razón
llevaba inequívocamente a la Verdad y no estar en ella se debía al error, bien
fuera filosófico en los no creyentes o religioso en las confesiones cristianas
no católicas y en las religiones no cristianas.
Ahora entiendo, volviendo hacia aquellos años desde el presente, que lo que
aquella filosofía-teología católica defendía no era sólo el kerigma
cristiano, sino su interpretación dentro de un paradigma que en Hacia el Nuevo Concilio he
nombrado como greco-romano. Lo dicho hasta aquí necesita matizarse,
evidentemente; los matices pueden verse en la trilogía y se irán viendo también
en estos blogs, a medida que se desarrollen.
Otros supuestos
Frente a este mundo religioso de seguridad teocéntrica, manifiesta no sólo en
el catolicismo sino incluso en el cristianismo, tenía la impresión personal, al
principio más bien intuitiva, de que el mundo real que me rodeaba, la sociedad
en la que vivía, parecía responder a otros supuestos muy distintos. Bastaba
abrir los ojos para observar una sociedad que en gran parte era indiferente a
lo religioso e ignoraba los contenidos más esenciales de la religión cristiana.
Otros muchos eran explícitamente ateos y no creyentes. Había también otras
confesiones cristianas y otras religiones que vivían su fe con la misma
seguridad subjetiva que la vivida por los católicos.
La intuición me llevaba a concebir la hipótesis de que a todas aquellas
personas, en gran parte constituyentes de la sociedad moderna, se les debía
conceder que “lo suyo” no era simplemente un “error”, sino una posibilidad
natural que asumían con honestidad.
Partiendo de estas consideraciones llegué a persuadirme de algo que no era en
aquel tiempo “políticamente correcto”. Entendí que el Dios de la Creación no
debía de haber hecho un mundo en que su presencia transcendente se impusiera
necesariamente a un ejercicio correcto de la razón natural (como pensaba la
filosofía-teología ordinaria).
Dios había querido crear un universo borroso, enigmático, que la razón podía
interpretar de forma teísta (como fundado en un Dios creador) o ateísta (una
pura mundanidad sin Dios). Por tanto, había que pensar que Dios no había
querido imponerse en la realidad. Esto era lo que la realidad social parecía
inequívocamente imponer.
Dios debía de haber creado un mundo para la libertad. Este universo borroso,
que dejaba así abierta la pluriformidad de las manifestaciones del conocimiento
humano, de la cultura y de las religiones, era congruente con la experiencia
inmediata que tenía de la sociedad. Una sociedad tanteante que caminaba en la
oscuridad hacia la configuración del sentido de la existencia. En este
escenario borroso, no impositivo, había Dios diseñado el misterio de su
relación con los hombres.
Existencia, Mundanidad, Cristianismo (1973)
Estas vivencias e intuiciones intelectuales me llevaron a una aventura
inesperada en un estudiante. Al mismo tiempo en que redactaba mi tesis doctoral
en la Universidad Complutense sobre la Fenomenología de Hegel, alternando con
mis primeras estancias en Alemania, fui capaz de redactar y publicar en el
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Madrid) una obra titulada Existencia,
Mundanidad, Cristianismo (1973), volumen complejo de unas 750 páginas. En
ella argumentaba que el Dios que se manifestaba en la realidad era el Dios que
creaba un universo enigmático que dejaba abiertas dos posibles hipótesis de
coherencia metafísica última para ser entendido: la hipótesis de la Divinidad y
la hipótesis puramente mundana sin Dios.
En esta obra entendí también perfectamente que el Dios no impositivo, creador
de la libertad en un universo borroso metafísicamente, era el mismo Dios que se
manifestaba en el Misterio de Cristo: la creación de un universo en que la
muerte de la Divinidad en la cruz, en la persona de Cristo, manifestaba un plan
eterno creador en que la kénosis (el anonadamiento, el vaciamiento, el
ocultamiento máximo de la Divinidad dado en la cruz) manifestaba que Dios
creaba intencionalmente en el mundo el escenario de la libertad humana.
A su vez, la Resurrección de Cristo anunciaba que el plan de Dios emprendería
una salvación final de la historia. Es claro que aquella interpretación del
cristianismo desde la teología de la kénosis chocó con la doctrina oficial que
en aquel tiempo, mucho más que ahora, estaba instalada en el teocentrismo que
había imperado durante siglos. El hecho es que aquella propuesta
filosófico-teológica, políticamente incorrecta y original, con algunas
excepciones, fue ignorada.
Pero la verdad es que con ella me anticipé a la moderna teología de la kénosis
que se desarrollaría años más tarde, como se verá en la obra editada por
Polkinghorne con colaboración de diversos autores, ya en el siglo XXI, titulada
The Work of Love, Creation as Kenosis, aparecida ya en español. Poco
después publiqué otra obra –Nuestra Fe. Introducción al Cristianismo,
BAC, Madrid 1974– en que divulgaba mis conclusiones de entonces sobre la
teología de la kénosis.
En los años siguientes seguí persuadido de que cuanto había dicho en estas
obras atípicas de juventud era correcto y abría una vía enriquecedora para
replantear la forma en que presentar el kerigma cristiano ante el mundo
moderno. Sin embargo, no podía hacer nada para impedir que las cosas siguieran
discurriendo bajo la inercia de los estilos asentados durante siglos y siglos.
No sabía que podía hacer más allá de cuanto había hecho y no me sentía con
ánimos para insistir emprendiendo iniciativas que se hubieran podido considerar
extravagantes. La verdad es que seguía en gran parte desconcertado, pero
durante aquellos años no abandoné nunca mis persuasiones intelectuales. Fue un
largo recorrido en la oscuridad, intelectualmente perplejo ante los caminos que
el mundo cristiano seguía persistentemente transitando.
La revivencia del drama del sufrimiento: una
experiencia en América (1993)
El tiempo pasó velozmente y los años transcurrieron sin que nada sucediera. Mi
vida universitaria me llevó a un año sabático en la University of California,
en el campus de Berkeley, a estudiar ciencia de la visión en el Institute of
Cognitive Studies. No era mi primera estancia en América, pero este año dejó en
mí una huella imborrable por la evolución intelectual que en él se produjo.
Fue algo que sucedió en mi mundo interior y que estaba completamente al margen
de mis ocupaciones oficiales en aquel año, de agosto de 1992 hasta agosto de
1993. Lo que entonces me aconteció fue una nueva experiencia personal intensa
de la realidad aplastante del sufrimiento dramático de la humanidad. Al mismo
tiempo tuve la intuición de que la evolución social estaba abriendo un camino
que podría hacer posible concebir una nueva forma de lucha contra el
sufrimiento.
Es evidente que, ya desde hacía muchos años, era consciente del sufrimiento
dramático que acompañaba la historia de la humanidad y la biografía personal de
todo hombre, en uno u otro momento de su vida. Sin embargo, durante mi año en
Berkeley sentí que aquella idea era una realidad angustiosa circundante que en
cada momento atenazaba dramáticamente a la mayor parte de la humanidad.
Angustia sufrida por decisiones y situaciones que los hombres teníamos en
nuestra mano evitar. No era moralmente admisible estar pasivo ante lo
irremediable y me sentía culpable. Era necesario hacer algo, con urgencia y
pragmatismo.
Pero ¿qué se podía hacer? Y, más en concreto, ¿qué podía hacer yo? La respuesta
estuvo mediada por las circunstancias que estaban dadas por mi estancia en
América. La sociedad americana vivida de cerca por su seguimiento in situ por
periódicos, radio, televisión, publicaciones… me permitió advertir qué era una
sociedad que defendía el papel de la libertad y la creatividad del ciudadano
frente al Estado.
Aquella experiencia de vitalidad civil, a la que no estaba acostumbrado en
España, me llevó a la idea de que la lucha frente al sufrimiento humano podía y
debía ser liderada por la sociedad civil. La evolución de la historia estaba
desembocando en un nuevo protagonismo de la sociedad civil que debería jugar un
nuevo protagonismo en la lucha contra el sufrimiento.
La inevitable transformación de la sociedad civil, ante todo por el factor
inmigratorio que pude palpar en América, podía impulsar tormentosas
convulsiones en el siglo XXI que, a mi entender, sólo podría controlarse si la
sociedad civil llegara a estar en condiciones de promover la solidaridad
internacional en la creación de un nuevo orden social mucho más humano. Estas
intuiciones me llevaron a profundizar en la historia de la filosofía política y
económica, así como en una visión de la filosofía de la historia de América
abierta hacia el futuro y la evolución social del siglo XXI.
La interconexión de dos cambios excepcionales: el cambio socio-político y el
cambio religioso
Estando así las cosas, mi evolución intelectual me había llevado a entender que
la sociedad podía estar entrando en dos tiempos excepcionales. El primer tiempo
sería la evolución de las condiciones objetivas que iban confluyendo en hacer
posible el gran tránsito del cristianismo hacia el paradigma de la modernidad;
o sea, hacia el entendimiento del kerigma cristiano desde la idea de la Voz del
Dios de la Creación que se nos mostraba en la idea del universo alcanzada en el
pensamiento moderno.
El segundo tiempo era el gran cambio sociopolítico protagonizado por la
emergencia de la sociedad civil que debía hacer posible un nuevo compromiso de
la humanidad en la lucha contra el sufrimiento humano evitable. Se trataba,
pues, de dos cambios excepcionales que, de producirse, podrían transformar en
muchos sentidos el rumbo de la historia religiosa y civil. Pero había más: me
di cuenta de que el cambio sociopolítico hacia el protagonismo de la sociedad
civil podía depender del cambio religioso, ya que las religiones (no sólo el
cristianismo) estaban llamadas a jugar un protagonismo esencial y determinante
para que la sociedad civil (de la que formaban parte los ciudadanos religiosos
con toda legitimidad) pudiera llegar a organizarse y ponerse en condiciones de
controlar el rumbo de la historia.
Sin embargo, para que el cristianismo y las religiones pudieran estar en
condiciones de asumir el protagonismo a que su corresponsabilidad con la
historia humana les forzaba, sería necesario que se produjera el esperado
cambio hermenéutico y el cristianismo entrara en el paradigma de la modernidad.
De esta manera percibí ya con toda claridad cómo mi evolución intelectual me
hacía entender que entraban en confluencia los dos grandes cambios que había
tenido ocasión de concebir como conjetura filosófico-teológica (el cambio
religioso) y como conjetura sociopolítica (el cambio hacia el protagonismo de
la sociedad civil). A mi entender, vivíamos, pues, en un tiempo en que, en
paralelo, estaban configurándose dos cambios excepcionales que debían confluir
produciendo una transformación sustancial de la historia.
Cómo llegué a concebir la trilogía
Tras las primeras publicaciones de juventud que anticiparon mis reflexiones
filosófico-teológicas en los años 1973-74, entré en una larga etapa de
perplejidad de la que desperté por mi evolución intelectual producida durante
mi año sabático en Berkeley. Las ideas que tenía concebidas en torno a la
conjetura sobre el posible cambio sociopolítico estaban sin publicar. Me sentía
con la obligación moral de publicarlas, ya que un intelectual, como yo era, no
podía hacer otra cosa que contribuir con ideas y proyectos al compromiso moral,
pragmático y urgente, de luchar contra el dramático y universal sufrimiento de
la humanidad.
Veía también que las ideas concebidas sobre el cambio sociopolítico por el
protagonismo de la sociedad civil estaba en estrecha relación con el necesario
cambio filosófico-teológico que había concebido hacía años (y que se mantenía
desde entonces con una presencia latente, pero que no había perdido una pizca
de persuasión interior). Por ello entendí que debía proceder a publicar aquella
excepcional conjetura sobre los dos grandes cambios que podrían estar
fraguándose en la evolución social: el cambio hacia la renovación religiosa y
el cambio hacia la renovación pragmática y urgente en la lucha contra el
sufrimiento humano.
Pero, ¿cómo hacerlo? Al responder esta pregunta nació la concepción general de
la trilogía. Pensé que primero podía resultar quizá apropiado escribir una obra
literaria, una novela, que permitiera un acceso intuitivo y más fácil al
conjunto de las ideas que quería proponer. A esta novela debían seguir dos
ensayos: uno en que expusiera sistemáticamente mis ideas acerca del cambio sociopolítico
y otro en que hiciera lo mismo sobre el fondo filosófico-teológico del cambio
religioso. Los dos ensayos sistemáticos entraban dentro de mi trabajo habitual.
Sin embargo, escribir una obra literaria en forma de novela suscitó en mí
grandes resistencias. Me parecía que sería una pérdida de tiempo, que no
saldría bien y que podría incurrir por imprudencia en un ridículo intelectual.
Ciertamente, la publicación de Dédalo en su momento suscitó más de una sonrisa
prepotente y compasiva. No fue problema porque ya lo había asumido de antemano.
Redacción y publicación de la trilogía (2002-2010)
La verdad es que con poca persuasión comencé a trabajar en la novela, a modo de
prueba, a ver qué salía. Pero, al ir comprobando la calidad del resultado, me
animé a terminar, quedando tranquilo porque se trataba de una obra de calidad
que introducía al conjunto de las ideas que debía después desarrollar
sistemáticamente en los dos ensayos posteriores.
En la novela aparecen todos los temas socio-políticos y religiosos que había
concebido: el problema de la transformación de la estructura social por la
inmigración masiva y la natalidad, las tendencias involutivas posibles de las
democracias del siglo XXI hacia el fascismo, el nacimiento del protagonismo de
la sociedad civil en América por la organización y crecimiento del movimiento
de acción civil Nuevo Mundo, así como la relación de todo esto con el
movimiento paralelo de cambio religioso hacia el Nuevo Concilio.
Primero pensé en publicar Dédalo en inglés, pero finalmente lo publiqué en
español en la Editorial Biblioteca Nueva (2002), donde ya había publicado mi
tratado universitario sobre la percepción visual. El ensayo sociopolítico que
explicaba de forma sistemática las ideas socio-políticas esbozadas en Dédalo lo
publiqué en Publicaciones de la Universidad Comillas (2005) con el título Hacia
un Nuevo Mundo.
Mi idea era escribir un ensayo de lectura fácil que no sobrepasara las 300
páginas. Lo conseguí sólo en parte porque el ensayo tenía una inevitable
complejidad conceptual y llegó a las 350 páginas. Por último, apareció también
en la Editorial San Pablo (2010) el ensayo que exponía la justificación
sistemática de las ideas filosófico-teológicas ya presentes en Dédalo, y que
eran las mismas, en esencia, que había concebido en mis escritos de juventud.
El título de este último ensayo fue Hacia el Nuevo Concilio, manteniéndose así
una cierta simetría con el título del ensayo de 2005.
En Hacia el Nuevo Concilio aporté una idea que no había concebido en mi
juventud: la idea de que el cambio religioso hacia el paradigma de la
modernidad debería solemnemente culminar en la celebración de un nuevo
concilio, el gran concilio de nuestro tiempo y uno de los más importantes de la
historia. Tenía también la idea inicial de escribir un libro fácil que no
sobrepasara la extensión de Hacia un Nuevo Mundo. Sin embargo, pronto vi que,
si quería explicar las cosas correctamente, de tal manera que no se me pudiera
acusar después de desconocimiento, era necesario admitir mayor extensión y
complejidad conceptual. Esto hizo que el libro llegara a las 750 páginas. Sin
embargo, he podido concluirlo con la satisfacción de haber explicado cuanto, al
menos en síntesis y con la suficiente precisión, creía que debía explicar.
La apertura de estos blogs en Tendencias21 (enero 2011)
Con la publicación de Hacia el Nuevo Concilio en septiembre de 2010 culminó,
pues, el proyecto que había sido concebido tras mi estancia en Berkeley
(1992-93). Debo confesar que escribí las tres obras de la trilogía con grandes
resistencias internas. Era consciente de que, como siempre ha sido, todas las
ideas nuevas suscitan reacciones adversas. Sé que algunos no soportan lo
políticamente incorrecto, ni que alguien sea capaz de escribir una obra
literaria y dos ensayos en que, por principio, se trata de exponer las ideas de
un autor.
No faltará quien lo interprete como arrogancia intelectual. Pero era lo que
debía hacer y lo que pedía la transmisión de las ideas que había concebido en
un terreno neutro que no está ni con unos ni con otros, sino en la apertura de
nuevos horizontes que angustian siempre, soy consciente de ello, a quienes se
encuentran comprometidos puramente en defender la conservación de lo que hay o,
simplemente, de lo que ellos han defendido hasta el momento.
Tampoco se me escapaba que la trilogía, con la excepción de Dédalo, era una
obra seria, conceptualmente compleja, que debe ser estudiada para entenderla a
fondo y poder emitir juicios. ¿Quién tiene tiempo para el estudio serio? ¿Quién
quiere dar su tiempo a una obra que es compleja, original, y además
“políticamente incorrecta”?
Bien, a pesar de todo, debo confesar que culminar la trilogía en septiembre de
2010 me ha proporcionado una gran satisfacción interior. La satisfacción de
haber hecho lo que moralmente creía que debía hacer.
Las ideas que he propuesto en la trilogía son ambiciosas, tanto que podrían
transformar la historia de los próximos años. Su éxito no radica en una
divulgación o influencia que, aunque fuera muy amplia en relación al influjo de
la mayoría de obras similares, siempre quedaría muy por debajo de sus
ambiciosas pretensiones. Al ser una persona creyente y tener la persuasión,
aunque, también sea dicho, desde la profunda oscuridad, de que la Providencia
de Dios se extiende sobre la historia, creo por ello que si las ideas que he
aportado en la trilogía deben jugar algún papel en la historia, acabarán por
jugarlo a pesar de los contratiempos que puedan hallar en su recorrido.
La convicción de haber cumplido moralmente con mis compromisos como
intelectual, y ante mi conciencia religiosa, me produce una gran satisfacción
interior. Un complemento al compromiso adquirido con la trilogía está
representado por la apertura de estos blogs, en que se permitirá obviamente un
acceso más amplio al contenido de la trilogía.
Para abrirlos he esperado a tener concluida la trilogía que ha culminado en
septiembre de 2011 con la publicación de Hacia el Nuevo Concilio. Con la
publicación final de estos tres libros que componen la trilogía (con un total
de más de 1.900 páginas) tengo una obra de referencia básica de cuanto pueda ir
comentándose en estos blogs, tanto en lo sociopolítico como en lo
científico-filosófico-teológico.
A estas obras me refiero, pues, para que sean consultadas por el lector que
pueda interesarse por cuanto en estos blogs vayamos diciendo. Es obvio, además,
que en los dos blogs, de forma viva y directa, iremos también comentando,
ampliando, analizando, precisando desde perspectivas nuevas, muchas de las
ideas que sistemáticamente deben verse en el conjunto de la trilogía.
|
|
|